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9 Conclusión

Ingenieros es un pensador de transición. Esta es la razón por la que afronta una dialéctica inevitable: entre el sistema armonioso que da cuenta del mundo y el germen de disolución interna de una época de crisis. Su tentativa de construir un sistema surge en una época en que la quiebra está anunciada por Paúl Valéry en La crisis del espíritu, por Husserl hablando del cansancio de la razón y de Europa, por Nietzsche pronosticando el nihilismo o los surrealistas refugiándose en lo onírico. Todo sistema empieza a resultar artificial mientras Ingenieros trata de construir el suyo, sus paredes empiezan a derrumbarse ante los cañones que resuenan en Europa. ¿El progreso indefinido? ¿La ciencia que humaniza? Todo parece ahogarse en la sangre que inunda el viejo continente.

J. Damis[1]

La construcción sistemática de Ingenieros representa un esfuerzo original en nuestro medio, a la par de fecundo para el incentivo de las vocaciones intelectuales en general, y filosóficas en particular. La trabazón interna que funda sus asertos es lo que nos propusimos esclarecer en los desarrollos que precedieron. La crítica filosófica, tan importante para toda construcción especulativa, es algo que debe seguir, metodológicamente, a la reconstrucción global y al esclarecimiento de las relaciones que unen los conceptos, conjuntamente con la determinación precisa de los supuestos; en ello consiste la humilde tarea a la que nos abocamos en este trabajo.

No nos sería difícil, por otro lado, extender la justificación de nuestra tesis con la inclusión de más análisis de textos: como los estudios de criminología, los políticos contenidos en los Tiempos nuevos, La psicología de la curiosidad, etc., los cuales reproducen el esquema básico, donde la teoría evolutiva ocupa un lugar central. El hecho de no habernos detenido especialmente en ellos fue con la conciencia de que en relación a toda sistemática en general, y filosófica en especial, se impone una distinción por demás significativa entre lo que corresponde al ámbito de los principios doctrinales, lo que hace a la articulación concreta de los mismos, y aquello que corresponde al plano de las consecuencias teóricas. Y entendemos que, con respecto a la determinación precisa de los caracteres específicos que integran la matriz conceptual que informa determinada sistemática, la profundidad resulta siempre más fecunda que la extensión; los detalles no caen dentro del área de incumbencia de los profesionales científicos, a menos que puedan ser integrados en una concepción sintética y general que los ordene y justifique.

Ahora bien, si nuestra posición es certera y el conjunto de la obra ingenieriana reproduce en diferentes obras y áreas disciplinares un esquema básico que coloca a ‘la constante evolutiva’ en el centro del mismo, ella pareciera entrar en conflicto con aquellas posiciones que encuentran contradicciones en la obra de nuestro autor o que bien reconocen etapas en su pensamiento. Respecto a la presencia de estas últimas, nos detendremos en dos conceptuaciones que consideramos paradigmáticas. Así, por ejemplo, nos dice Agosti que:

Bermann divide en tres períodos la evolución filosófica de Ingenieros. En el primero forma su cultura general y penetra en las ciencias normativas partiendo de la psicología: la obra típica de este momento es Principios de psicología (1911) y sus direcciones principales se prolongan en los estudios sobre Le Dantec y Ribot (1917). En el segundo culmina su obra filosófica propiamente dicha con las Proposiciones relativas al porvenir de la filosofía (1918), fundamento de su metafísica de la experiencia. El tercer período está señalado por sus obras polémicas, de las cuales es evidentemente el Boutroux (1922) la más importante, aun cuando no puedan desdeñarse, por su tono combatiente, los ensayos sobre Croce (1923) y sobre Kant (1924). (Agosti, 1950: 94).

Este tipo de distinción de etapas en la obra de Ingenieros cae de lleno en lo que hemos denominado, en la Sección número II, como variación actitudinal simple. La certificación de la existencia de la misma presentará, para nuestros estudios, una relevancia más bien limitada. Por otro lado, en el “Estado de la cuestión”, también expusimos la posición de Terán con cierto detenimiento, la cual consideramos cuanto menos fundada. En efecto, aquí la discriminación de etapas atiende a contradicciones verificadas en las opiniones de nuestro autor en distintos momentos de su trayectoria especulativa. Si bien la distinción de etapas es en este caso ilustrativa y su determinación resulta filosóficamente significativa, no será menos cierto que dicha importancia se relativiza en relación a la acotación exclusiva a los aspectos político-ideológicos de sus posicionamientos. En este sentido, podríamos hacer también corresponder estos virajes señalados con una variación axiológico-valorativa, que sin embargo no será substancial o profunda, sino más bien accidental, y que no referirá a los fines, sino al modo de evaluar los sucesos, los objetos o bien la aptitud de los medios y juzgarlos en consecuencia (este será el caso, por ejemplo, de la consideración diversa que el capitalismo presentará en Ingenieros a lo largo de su obra). En apoyo de nuestra postura podríamos recurrir al sustento de Damis, quien sostiene que las contradicciones en el pensamiento de Ingenieros son más bien aparentes[2]; no obstante ello, no es necesaria a nuestra tesis negar toda rectificación en cuanto a las opiniones del autor, más bien nos interesa solamente situarlas y demostrar que no comprenden éstas lo medular de su propuesta. Coincidimos en ello más bien con Agosti cuando afirma que:

El creador que se enciende con sus pasiones, y que anhelosamente procura orientarse y orientar, ése es forzoso que incurra en contradicciones de detalle proyectadas sobre la unidad impresionante de su conducta, jamás desmentida en su finalidad trascendental. Ingenieros dijo de Ameghino estas palabras que podrían serle aplicadas línea a línea: “Ameghino, a la par de todos los que piensan mucho e intensamente, se contradijo muchas veces en los detalles, aunque sin perder nunca el sentido de su orientación global”. Lo mismo puede decirse de Ingenieros. Sus contradicciones de detalle ¿cuántas veces no se las levanta cualquier lector cuidadoso al prosista de la simulación? Con frecuencia pudimos encontrarlas a lo largo de estas páginas; pero estas páginas también nos confirman la unidad de su orientación global. Sus desencuentros y sus yerros tienen mayor fertilidad social que la continuidad aparente de quienes jamás osaron empinarse sobre lo consentido (Agosti, 1950: 209).

De este modo, en relación a la consideración axiológico-valorativa de su pensamiento, negamos la existencia de un viraje profundo. Por otro lado, el reconocimiento de etapas será relativo a la dimensión considerada, dependiendo la misma del respecto que nos importe en cada caso considerar. Del mismo modo, en relación a la consideración de un enfoque sistemático que atienda a una variación doctrinal, contamos con elementos suficientes para afirmar que las variaciones reconocidas por Terán no tocan a la matriz conceptual y, contrariamente, que se fundan en una aplicación diversa proporcionada por el complejo juego de sus principios fundamentales. Este mismo hecho fue además reconocido por el propio Terán al admitir la existencia de una serie de conceptos invariantes en el pensamiento de nuestro autor: organicismo social, cientificismo, evolucionismo[3], conceptos todos correspondientes a la matriz doctrinal o bien al diseño general de su metodología. No sería difícil encontrar otros motivos invariantes. Así, por ejemplo, para Damis la constante fundamental del pensamiento de Ingenieros será el moralismo.[4] La moralidad, no obstante la exactitud de su aserto, dentro de la esfera sistemática debe ser experiencial y filosóficamente justificada; por lo que, primordial desde el punto de vista de la consideración axiológica, resultará derivada desde el punto de vista de la consideración doctrinal.

De acuerdo a nuestra tesis, en el centro de la sistemática de Ingenieros se encuentra la teoría evolutiva a manera de núcleo fundamental y eje articulador en torno del cual se aglutinan las demás ideas esenciales a su doctrina y encuentran su justificación las consecuencias teóricas en cada caso extraídas. Las contradicciones verificadas pueden deberse a articulaciones diversas de aquellos principios que, en virtud de su generalidad, no presentan consecuencias conceptuales del todo transparentes. Los fundamentos doctrinales, no obstante ello –lo hemos visto–, permanecen invariables.

Ahora bien, la constancia, si bien es un signo necesario a las ideas fundamentales, no alcanza, por sí sola, para definir a la teoría evolutiva como correspondiendo a ellas. Nos hemos interrogado en la Sección segunda acerca de los requisitos de las ideas fundamentales, y hemos encontrado su clave de obtención en la definición del sistema teórico como un múltiple nocional integrado por determinada lógica que constituye la norma de inscripción de la particularidad en la totalidad de la que forman parte. Esta lógica es expresión de una idea fundamental que informa al sistema y que representa el correlato objetivado de la personalidad creativa de un autor. Los signos de la idea fundamental de las sistemáticas filosóficas serán, de acuerdo a lo dicho: la integración interdisciplinar, la integración intradisciplinar, y la capacidad de extensión.

La teoría de la evolución de las especies, por medio de la acumulación gradual de diferenciaciones orgánicas fijadas por selección natural, construye el fundamento dinámico del sistema de clasificación de los seres vivos, al modo de un sistema genético.[5] Las diferencias se acumulan trascendiendo gradualmente el ámbito de lo específico hasta dar lugar a diferencias genéricas de orden superior. El esquema evolutivo, de este modo, involucra una dinámica formativa de unificación nocional a través de principios genéticos. La matriz protoplasmática original se diferencia en diversos niveles de complejidad estructural y de especialización funcional que hacen al conjunto de diferenciaciones orgánicas existentes. Lo mismo sucederá con la teoría evolutiva considerada en toda su universalidad. La multiplicidad, a través de este esquema, es reintegrada a la unidad nomológica de lo real que rige, a través de sus desarrollos formativos, la especificidad de sus caracteres intrínsecos. De esta manera, la evolución permite explicar, en cierta forma, la matriz monista y naturalista desde la que sus concepciones se vuelven operativas.

Este esquema de reducción de la multiplicidad a la unidad se reproduce desde el punto de vista de la consideración disciplinar. De modo correlativo, existirán disciplinas fundantes y disciplinas fundadas. La evolución, por medio de su dinámica formativa que asciende desde lo simple hacia lo complejo unificando la realidad en su despliegue diferenciador, acaba por considerar esta diversidad a manera de simples diferencias de grado de un principio que, en cuanto a su fundamento, permanece inalterado. Las diferencias pertinentes serán, así, las relativas a la organización, complejidad de la misma y especialización, diversidad permeable a la potencia generadora de la realidad y abordable metódica y sistemáticamente desde disciplinas científicas otrora incapaces de dar cuenta de la génesis y clasificación de cualidades formales consideradas irreductibles.

De este modo, la teoría evolutiva, una vez considerada de manera universal, implicará una concepción unificadora de la realidad, que supone asimismo un principio de integración interdisciplinar: sólo de esta manera puede entenderse la concepción que sostiene que la sociología es una ciencia natural y la afirmación de que las leyes económicas son leyes naturales especializadas. En efecto, en este esquema todo será natural, presentado de manera diversa en virtud de su complejidad estructural, su especialización funcional y las relaciones variables concomitantes a la diversidad constituida en el desarrollo evolutivo. Este esquema de reducción se encuentra, también, en la concepción de la lógica, la ética y la estética, como cayendo dentro de los dominios de la ciencia psicológica y, por medio de ella, dependientes de la biología.[6]

Sobre la base de esta concepción reconstruida de la unidad natural, se inscribirá la unidad metodológica. En efecto, la diferencia, principio activo de la evolución, organiza las estructuraciones aparecidas en grupos semejantes cuya génesis se corresponde con una instancia precisa del proceso evolutivo. De esta manera, del conjunto de fenómenos de que se ocupa cierta disciplina, se extrae un principio de unificación que integra la multiplicidad genéticamente. Diferenciación estructural, diferenciación funcional, fenómeno aparecido en determinada instancia del proceso evolutivo: las fronteras disciplinares desdibujan sus contornos en la unidad del método genético y su promesa de establecer un principio sistemático de clasificación, operativo tanto en el orden universal filosófico como en el local propio de las disciplinas científicas. Las especies se constituyen a través del proceso filogenético, las sociedades se desarrollan en el sociogenético, las individualidades se actualizan en el devenir ontogenético. De este modo, el método genético encontrará su aplicación en diversos órdenes, ya sea en lo biológico, lo societario como en lo individual; siendo que, en última instancia, en el fondo, todos responden a los mismos principios formativos que constituyen la trama entera del devenir universal.

La aplicación de este método, que explica el carácter de un fenómeno puntual rastreando su desarrollo hasta las expresiones larvarias del mismo a lo largo del proceso evolutivo, permite al mismo tiempo un principio de inscripción del fenómeno en estudio dentro de un marco mucho más amplio. Mediante la teoría evolutiva, la diferencia se construye desde la unidad, encontrando allí un principio de explicación sistemático. Un ejemplo de la utilización de este método lo podemos encontrar desarrollado en el análisis de La simulación en la lucha por la vida. Aunque no será éste el único lugar donde lo haga. Su utilización será otra constante en el pensamiento ingenieriano, con la aptitud para proporcionar al mismo tiempo un criterio de discriminación valorativo pretendidamente neutral y, en virtud de su cientificidad, objetivo.[7]

De este modo, la teoría evolutiva es, también, el fundamento de la integración intradisciplinar, por medio de las consecuencias metodológicas surgidas como resultado de la integración interdisciplinar.

De esta suerte, la concepción de Ingenieros resolverá las diferencias en una concepción homogénea: una sola realidad, un solo método, que a su vez delimita procedimentalmente la índole de un objeto de contornos fundamentales ya definidos[8], explican que la teoría evolutiva sirva también en el proceso de extensión sistemática, ampliando su articulación con la inclusión de elementos y disciplinas anteriormente no desarrollados. Esta capacidad de extensión sistemática se articula como una constante heurística y una modalidad privilegiada de trabajo por medio del método genético, y puede encontrarse presente de forma constante en los trabajos incluidos en la sistemática en ampliación continua de Ingenieros. Ejemplos de la ampliación de este esquema podemos hallarlos en los estudios referentes a las Proposiciones relativas al porvenir de la filosofía y en los estudios éticos, fundamentalmente en Hacía una moral sin dogmas. Allí, el esquema de la selección natural supone un recorte entre las anticipaciones hipotéticas, fundado en la necesaria adaptación de sus caracteres específicos a las condiciones impuestas por el medio experiencial en ampliación progresiva. A su vez, este proceso de agregación cuantitativa del medio experiencial permitirá establecer un criterio que justifique la superior aptitud epistémica de las hipótesis metafísicas del porvenir, o bien la perfectibilidad de las hipótesis morales, colocando al mismo tiempo a la propuesta de Ingenieros en una posición progresiva, como enarbolando la bandera, en la vanguardia de las transformaciones, de una verdad más precisa y de un futuro cada vez menos imperfecto.

De esta manera, la teoría evolutiva en la economía del sistema ingenieriano cumplirá con las condiciones por nosotros fijadas a las ideas fundamentales en la Sección segunda de nuestro trabajo. En efecto, creemos suficientemente demostrado el hecho de que habrá de ser ella la que informe su sistema, definiendo esencialmente la índole de su propuesta teórica.

Tal demostración tuvo lugar en dos niveles:

  1. A nivel textual, se demostró la efectiva presencia y la utilización de esta idea a lo largo de su producción teórica (Cf.: resúmenes bibliográficos correspondientes a la Sección número III).
  2. Por otro lado, se buscó reconstruir la sistemática esclareciendo la lógica que justifica, desde sus fundamentos doctrinales, la índole puntual de los asertos ocasionalmente formulados (Cf.: las conclusiones incluidas al finalizar cada uno de los análisis bibliográficos que se encuentran desarrollados en la Sección número III, así como también en la presente conclusión general).

Ahora bien, si es verdad que la teoría evolutiva representa una constante doctrinal fundamental, ¿qué podemos decir nosotros en relación a la existencia de etapas en el pensamiento de Ingenieros? El carácter de las distinciones es relativo a la dimensión considerada, según ya se ha señalado. En este sentido, en el respecto fundamental y sistemático que nos ocupa, en relación a la matriz conceptual de cualquier sistematización, creemos que, considerado de un modo general y un tanto esquemático, podrían llegar a distinguirse solamente tres etapas: etapa de agregación sistemática, acción sistemática y disgregación sistemática.

La agregación sistemática refiere al proceso de formación de los conceptos fundamentales de la doctrina y a su articulación progresiva hasta alcanzar la estructura formal madura. Esta instancia puede reconocerse en Ingenieros en los escritos juveniles, que reivindicaban su carácter de cientificidad en su no oposición a la teoría evolutiva, justificando en ella el carácter progresivo de su propuesta, reforzado a nivel polémico con la recusación de sus rivales ideológicos.

El proceso de acción sistemática refiere al período de su madurez y operatividad. En él la matriz fundamental de la sistemática se encuentra ensamblada definiendo al mismo tiempo la modalidad privilegiada de trabajo junto a las categorías de análisis forjadas. Su acción procede en dos direcciones: por un lugar, en la extensión, por la que incluirá progresivamente nuevos elementos, ampliándose hacia la construcción de una concepción global, integrando también sistemáticas disciplinariamente localizadas. Por otro lado, en la articulación, por la cual la generalidad de sus principios se vuelve operativamente apta para dar cuenta de los fenómenos concretos que caen dentro del ámbito de competencia de las parcelas de realidad sucesivamente consideradas. La obra de Ingenieros puede situarse, en este período, desde su obra acerca de La simulación en la lucha por la vida hasta sus últimos trabajos sobre ética y metafísica.

La etapa de disgregación sistemática involucra una auténtica ruptura en relación a los principios doctrinales que informan una concepción. Esta ruptura puede verificarse vía una reformulación explícita de los principios doctrinales o bien por un cambio sensible en la orientación general de la propuesta. En cuanto al pensamiento de Ingenieros, no encuentro elementos para pensar que el mismo haya entrado en un proceso de disgregación sistemática, y las únicas referencias relativas a variaciones en sus puntos de vista se refieren a cuestiones parciales que no afectan a la índole esencial de sus planteos, y obtenibles en todo caso a través de interpretaciones diversas del mismo substrato básico de ideas. Así, de acuerdo a Bagú, en sus últimos años Ingenieros

Hablaba de la edición de sus obras completas, propósito que llegó a entusiasmarle. Dirigiéndola con sentido crítico, hubiera tenido que volver a enfrentar temas dejados desde mucho atrás y entonces quizá hiciera valer el nuevo criterio que se estaba formando sobre algunos problemas sociales. El de las razas, por ejemplo, ya no lo plantearía como lo había hecho antes, quitándole el valor que llegó a asignarle. Su convicción acerca de la existencia de ciertas razas inferiores se había debilitado sensiblemente y algunos datos de que ahora disponía la hubieran tal vez modificado en su esencia (Bagú, 1963: 102).[9]

Sobre la mesa de trabajo de nuestro pensador se encontró esbozado un libro de metafísica que venía prometiendo desde hacía unos cuantos años.[10] Su planteo programático había sido desarrollado en Las proposiciones relativas al porvenir de la filosofía. Sin poder estar nunca seguros acerca de su contenido, de haberlo finalizado, le hubiera legado a la cultura filosófica nacional una proyección de sistemática filosófica inédita en nuestras tierras. Por otro lado, la existencia de dicha obra nos proporcionaría de una prueba textual para dilucidar definitivamente la cuestión acerca de si su pensamiento hubiera entrado o no en fase de disgregación sistemática.

Sea de ello lo que fuere, la constante fundamental, la unidad de la que hablamos, no debe confundirnos. No negamos el carácter dinámico de sus concepciones ni la ampliación constante de sus soluciones. Lejos de ello, simplemente señalamos un principio de orden que fundamenta el carácter metódico de los estudios filosóficos y científicos y que señala, al mismo tiempo, su lugar al registro variable de nociones incorporadas a su sistemática doctrinal. La duda no se detiene, ella ensancha el horizonte y es lógico que lo conocido se constituya en foco orientador en los oscuros derroteros de lo ignorado y nos proyectemos hacia sus inexplorados fondos pertrechados de las armas que en nuestro pequeño reducto han dado resultado.

De cualquier manera que fuera, lo que no podemos es dejar de admirar el esfuerzo monumental involucrado en la construcción teórica de Ingenieros. Su inteligencia fecunda, lejos de detenerse o paralizarse en un sopor de vejez conservador, que tanto temía, no cesó un instante hasta el final de su vida de avanzar hacia nuevas regiones problemáticas, buscando con una gran confianza en sí mismo echar nueva luz sobre la ‘solución’. Esta búsqueda, que encendió la mirada escrutadora de los grandes pensadores, todavía resplandece en el pecho de quienes, aun con humildad y vacilación, disponen su vida en rastrear, hasta lo profundo de la espesura y lo vacío de la intemperie, la huella ejemplar de sus pasos, en la construcción perennemente renovada de un camino nuevo.

Con estas ideas presentes, no podremos menos que adherir a las palabras vertidas por el propio Ingenieros en relación al devenir característico del pensador auténtico:

La evolución mental de un pensador –muy distinta de la variación ajustada a la moda, que sólo demuestra ausencia de ideas propias– sigue siempre un curso lógico, es una integración permanente, enriquecida sin cesar por una experiencia que crece y por un sentido crítico que se perfecciona. Cambiar de ideas en esa forma es un proceso normal y una prueba de juventud; revela posibilidad de educarse más y más, de crecer mentalmente, de expandir la personalidad propia. Y es, precisamente, la incapacidad de perfeccionar las propias ideas, lo que permite diagnosticar el envejecimiento de un pensador: la declinación de esas aptitudes asimiladoras e imaginativas que enriquecen la cultura personal o ensanchan el horizonte de las síntesis, elevando los puntos de vista (Ingenieros, 1917: 90).


  1. Damis, J. (1985), “José Ingenieros (1877-1925)” en: Biagini, H. (comp.), El movimiento positivista argentino, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1985, p. 528.
  2. “Ingenieros es un pensador de una coherencia irreprochable. Partiendo de ‘¿qué es el socialismo?’, escrito a los 18 años, hasta sus últimos sermones laicos publicados en las Fuerzas Morales, la dimensión moral de su pensamiento se mantiene intacta. De igual modo, el marco monista evolucionista planteado en 1900 en La Simulación en la lucha por la vida hasta las páginas compiladas en el Tratado del Amor, publicado después de su muerte, permanece inalterable. No se descubren afirmaciones contradictorias en el discurso de su obra, y lo que puede sospecharse como tal no es más que el acentuamiento, en cada época, de un determinado aspecto del sistema” (Damis, 1985: 530).
  3. Cf.: Terán (1986), Op. Cit., p. 100.
  4. “La moral penetra en el centro de sus preocupaciones hasta convertirse en el fundamento de su filosofía. El hombre, el más excelso producto de de la evolución, mora en el eje de su sistema” (Damis, 1985: 13).
  5. Precisamente, la agrupación de las especies en función de diferencias y semejanzas estructurales y funcionales más o menos acentuadas sirvió de apoyo para cimentar empíricamente la idea de la teoría evolutiva. En efecto, “La propia clasificación de los seres vivos ¿no sugiere ya por sí misma, invenciblemente, la idea de la evolución?
    ‘El sistema natural, observa Darwin, tiene por base la descendencia con modificaciones, y los caracteres que los naturalistas consideran que indican afinidades reales entre dos o más especies son los que éstas deben por herencia a un padre común. Toda verdadera clasificación lo es genealógica: La comunidad de descendencia es el vínculo oculto que los naturalistas han buscado siempre, aun sin darse cuenta, bajo pretextos diversos, ya sea el de enunciar proposiciones generales, ya sea el de agrupar cosas semejantes o separar cosas diferentes’” (Rostand, 1945: 126).
  6. Cf.: Damis (1985), Op. Cit., p. 534.
  7. Muy interesante a este respecto resulta el estudio acerca de La psicología de la curiosidad (conferencia pronunciada en el Centro de Estudiantes de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires en 1907). Aquí Ingenieros considera a la curiosidad, junto al conocimiento, como una función vital que permite alcanzar los fines conociendo el carácter de los medios. El estudio genético de la evolución de las modalidades específicas de aparición de la curiosidad y su presencia diferencial dentro de la especie humana, permite establecer una valuación de la superioridad en función de la especialización de la misma en los tipos humanos característicos. De este modo, se construye también un programa de reformas, basado en un criterio de evaluación de políticas, orientado a la educación de la curiosidad en la medida en que, por medio de ella, es posible direccionar la atención y el conocimiento: “Es innegable que las tendencias individuales suelen seguir el rumbo señalado por el temperamento y que éste se constituye obedeciendo a la herencia; pero esa verdad es relativa y tiene sus límites en las influencias ejercidas mediante la educación. Sugerir el culto exclusivo de la energía muscular significa desenvolver sentimientos atávicos; sugerir el placer de las cosas intelectuales equivale a constituir sentimientos evolutivos” (Ingenieros, 1907: 137).
  8. Los fundamentos de su metafísica fueron explicitados por Ingenieros en Los principios de psicología. Estos fundamentos se mantendrán como constantes haciéndoles cumplir la función de supuestos. Allí, haciendo referencia a Spencer, señala que: “Muchas fallas han podido señalarse en los ‘primeros principios’; no pocas contradicciones hallamos en su introducción, propiamente metafísica, sobre ‘lo incognoscible’. Quedan en pie, sin embargo, las nociones fundamentales del sistema: la experiencia empírica determina el conocimiento, las sensaciones son relativas y constituyen la base del pensamiento, la realidad es única, todo fenómeno responde a un determinismo riguroso, toda la realidad evoluciona perennemente. Nociones que podemos traducir diciendo: la unidad de lo real (monismo) se transforma incesantemente (evolucionismo) por causas naturales (determinismo). Así formuladas, nos parece que ellas persistirán en toda filosofía del porvenir que aspire a no estar en contradicción con los resultados de la experiencia” (Ingenieros, 1919: 104; énfasis en el original).
  9. Con respecto al tema de las razas, Cf. también: Agosti (1950), Op. Cit., p. 202. Contra esta opinión puede verse la anécdota recogida en Grandes protagonistas de la Historia Argentina: José Ingenieros, Colección dirigida por Félix Luna, Buenos Aires, Editorial Planeta, 1999, pp. 7-9.
  10. “De los Principios de Metafísica no quedó nada con redacción definitiva. Mientras preparaba las Proposiciones iba tomando notas ligeras sobre puntos que más tarde trataría en aquéllos, alternando las simples referencias bibliográficas con pensamientos originales. Fue esto lo único que se halló” (Bagú, 1963: 106). Cf. también: Ponce (1957), Op. Cit., p. 96.


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