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5 De etapas y rupturas

La verdadera unidad del pensamiento –por lo demás, inseparable de la unidad de la persona– es una unidad existencial y no lógica. Ahora bien: la existencialidad es contradictoria. La persona es la invariabilidad en la variación. Ésta es una de las definiciones esenciales de la persona. Las variaciones se efectúan en el interior de un solo y mismo sujeto. No hay variación, en el sentido propio de la palabra, cuando a un sujeto lo substituye otro. La variación destruye a la persona, cuando se convierte en traición. Y el filósofo comete una traición cuando cambia los temas fundamentales de su filosofía, los motivos esenciales de su pensamiento, la base de su escala de valores. Se puede variar en cuanto a la cuestión de saber dónde y cuándo se realiza la libertad. Pero se comete una traición cuando se substituye el amor de la libertad por el amor de la esclavitud y de la violencia. El cambio de ideas puede ser real, pero también puede ser aparente, porque se encara desde una falsa perspectiva.

N. Berdiaev[1]

Al considerar etapas en el pensamiento de un autor, es porque se distinguen diferencias, más o menos marcadas, en el delineado específico de su trayectoria especulativa. Ahora bien, la cuestión general a considerar se reduce a ésta: ¿cuándo, afirmamos, se producen estas diferencias? En efecto, lo que se pretende al establecer estas distinciones es que éstas resulten de cierta utilidad interpretativa, de manera de certificar y rotular variaciones de hecho significativas. De manera tal que la reflexión acerca de esta cuestión general es un preliminar necesario, que se impone metodológicamente a modo de condición a los desarrollos ulteriores de este estudio.

En el pensamiento, forma peculiar de la acción, como expresión diferenciada de la actividad vital, la norma es la variación. Así, por ejemplo, un autor que en determinado momento de su actividad se ocupa con preferencia de determinada clase de estudios, pasa en otro tiempo a otro tipo de abordajes. Aquí la variación ofrece una diversidad de posibilidades: en efecto, el pensador puede abordar directamente una cuestión distinta (en otra área disciplinar o bien en la misma), puede pasar a afrontar la misma desde una distinta área disciplinar o, finalmente, abordar el mismo objeto desde la misma disciplina pero desde otra perspectiva. Así, por ejemplo, cuando antes se trataba de exponer el sentido general de un objeto o proceso, luego se trata de reconstruir la totalidad en relación a los elementos concurrentes en la complejidad constitutiva del mismo, más adelante de criticar, etc. Distinciones generales, todas estas, involucradas en la utilización de una metodología sólida en el abordaje sistemático de cuestiones teóricas.

Ahora bien, esta primera modalidad de desarrollos, si bien diferenciados, no implican contradicción necesaria y, en ese sentido, tampoco ninguna forma de ruptura, con el pensamiento precedentemente desarrollado. Denominaremos a esta forma de variación como actitudinal y la denominaremos simple, al no involucrar rupturas.

Ahora bien, ¿cuándo, afirmamos, se produce una ruptura? Creemos ésta puede ser fundamentalmente de dos tipos.

En primer lugar, podemos hallarla cuando se produce un quiebre respecto a los motivos fundamentales del pensamiento, con los ideales directrices que orientaban axiológicamente la actividad creativa del pensador con respecto a una instancia previa. En este caso, es particularmente patente la transición existencial del sujeto de creación, ya que éste, en tanto agente humano, no deja de actuar de acuerdo a fines que configuran bienes y, junto a ellos, normas, en tanto orientan la voluntad del agente. Estos bienes conforman, a nivel subjetivo, una jerarquía axiológica, que permite dar cuenta del modo particular de resolverse la elección entre los valores en caso de entrar en conflicto en una situación dada.

Este caso ya implica una contradicción, en la medida en que involucra una reestructuración de la jerarquía axiológica, no compatible con la compartida por el mismo pensador en una situación precedente. Denominaremos a esta clase de distinción como variación axiológica o valorativa, y, en la medida en que los valores configuran el modo concreto de articulación subjetiva de su jerarquía de bienes, materializadas en acciones, orientarán teleológicamente las realizaciones vitales, junto a las situaciones y creencias, de manera tal que, en caso de verificarse la presencia de esta contradicción instaurada en el proceso de evolución del pensador, podremos certificar, con gran precisión, lo que podríamos llamar una crisis existencial en el mismo.

Por otro lado, como se verá, la variación axiológico-existencial no llevará necesariamente aparejada un cambio doctrinal. Podría tratarse simplemente de la misma doctrina que, en base a interpretaciones diversas, permite extraer conclusiones contradictorias al aplicarse a otros ámbitos diferentes a aquellos en los que originalmente se formulara. Este es el caso de la teoría evolutiva en su variante darwiniana, cuyo traslado a cuestiones sociales por parte de distintos pensadores se ha verificado de modo de permitirles extraer, de los mismos principios fundamentales, implicaciones políticas en conflicto.[2]

Finalmente, podemos establecer un último tipo de distinción que podríamos denominar variación doctrinal. Ésta implica una reestructuración de los fundamentos teóricos de la propia doctrina, de modo de que la formulación posterior resulte inconsistente con la precedente. En este tipo de variación, como en la anterior, pueden distinguirse matices. Por ejemplo, diferente es el caso de una redefinición explícita de los principios doctrinales, a aquel otro donde a partir de una actividad teórica aplicada a la elaboración conceptual se verifique un conflicto entre las nuevas concepciones con las implicaciones conceptuales de la doctrina anteriormente desarrollada. Así, el primer caso caerá dentro de lo que podríamos denominar variación doctrinal explícita, e implícita o no tematizada, el último.

Esto, en cuanto al modo general de plantearse la contradicción conceptual. En cuanto a su certificación, ésta nuevamente es problemática, y plantea toda una serie de cuestiones epistemológicas que no podremos desarrollar en este lugar.[3] Bástenos consignar aquí que, dada una concepción teórica cualquiera, no son siempre transparentes las implicaciones teóricas o fácticas que con legitimidad pudieran extraerse de ella. Los mismos principios generales de una doctrina pueden presentarse en articulaciones diferenciales inconsistentes en sus consecuencias parciales. De modo que debemos distinguir, en esta problemática general, la cuestión de hecho de la del derecho, que exige una crítica filosófico-epistémica especial y metódica.

Ahora bien, un fenómeno adicional que complica fácticamente la problemática aún más, y que debemos al menos mencionar, no es otro que el dinamismo que preside el desarrollo de las concepciones especulativas.[4] Un mismo sistema conceptual puede enriquecerse de hecho al extenderse a nuevos fenómenos, puede precisarse estableciendo distinciones más sutiles, puede ser corregido en función de contradicciones surgidas del contacto con una experiencia cada vez más cuantiosa o de la consideración crítica de la misma; modificarse, en fin, de manera más o menos fundamental o accesoria. La contradicción, a partir de las consideraciones precedentemente consignadas, dado que es problemático certificarla con nitidez, no es significativa en la distinción de etapas, sino allí donde ésta se muestre particularmente patente dado que, como ya expresamos, en los sistemas mismos el cambio es la norma.

Sin perder de vista lo medular, la cuestión central planteada a retener no radica en otra que en esta: ¿cuándo estos cambios naturales al desarrollo evolutivo de un pensamiento alcanzan la suficiente dimensión como para ser tipificados como característicos de una nueva etapa e indicativos de una ruptura? Cuestión general relacionada con otra aún más fundamental: ¿cuál debe de ser la consideración filosófica privilegiada en la evaluación crítica de la transformación del pensamiento de un filósofo y de sus sistemas?

No esbozaremos aquí sino una respuesta preliminar. Nuevamente, las consideraciones relativas a las cuestiones de derecho deberán esperar a otra ocasión para ser debidamente atendidas y tematizadas. Dada la índole de nuestro trabajo, no podremos ofrecer aquí más que una explicitación de lo que se da efectivamente como cuestión de hecho en la reconstrucción de la sistemática abordada. Las contradicciones, más o menos inaparentes, de alguna forma, se vuelven significativas gradualmente; de lo latente, se pasa a lo patente, y esta patencia no es sino el efecto de una espontaneidad interpretativa en lo que hace a la dimensión subjetiva de la actividad del intérprete. Así, es como si la cantidad o la diferencia de grado, en determinado momento, al incrementarse, pusieran la cualidad; y ésta, una vez manifiesta al escrutador, es recogida en un nuevo concepto y rotulada con su correspondiente tipificación.

Pero la contradicción, una vez patente, no hace sino referirse a determinada modalidad particular correspondiente a una dada posición especial, que define la perspectiva del hermeneuta. En efecto, la distinción refiere a determinado respecto, desde el punto de vista del objeto abordado, y el reconocimiento de la misma depende de una decisión del estudioso que, desde determinado ángulo y posición, aplica su actividad en base a sus criterios conceptuales y valorativos correspondientes a los intereses subjetivos que definen la especificidad de su práctica concreta conjuntamente con su carácter significativo.

Consideraciones todas estas, necesarias a la elucidación del asunto tratado; dado que, no debemos olvidar, que en una sana metodología, el objeto formal determina la índole particular del abordaje conjuntamente con las distinciones pertinentes[5]; del mismo modo, en la faena epistémica, la hipótesis preliminar habrá de orientar la realización de experiencias conjuntamente con el registro, acopio y selección de los datos pertinentes a la resolución de la problemática planteada.[6]


  1. Berdiaev, N. (1955) [1939], Libertad y esclavitud en el hombre, Trad. de R. Anaya, Buenos Aires, Emecé Editores, p. 12.
  2. Respecto a ello, dentro del marco del positivismo vernáculo, Biagini expresa que: “Así como otros grupos emplearon diferentes racionalizaciones para justificar políticas sojuzgadoras, destacados positivistas levantarán las consignas de la selección natural, la lucha por la vida y el antagonismo étnico, preconizando el abandono o la eliminación lisa y llana de los sectores indigentes de la población.
    Sin embargo, aunque se lo haya soslayado habitualmente, no es menos cierto que otros líderes y simpatizantes del positivismo vernáculo reivindicaron, por ejemplo, el carácter civilizatorio de nuestros aborígenes y regularon las derivaciones genocidas y antisociales del darwinismo. Sin faltar tampoco aquellos que exigían medidas proteccionistas o mutualistas para con los menos favorecidos” (Biagini, H. E. (1981), “Reexamen del positivismo en la argentina” en Revista Todo es historia, nº 173, p. 24).
  3. El ejemplo anteriormente mencionado acerca de conclusiones sociales contradictorias extraídas de la misma doctrina evolutiva originalmente perteneciente a otras disciplinas, demuestra que, en la práctica, la cuestión de derecho relativa a la legitimidad de las conclusiones obtenidas por cada autor deja un amplio campo abierto a la crítica epistémica. Pero es precisamente a partir de esta interpretación problemática de unos principios teóricos fundamentales, de donde se concluirá la contradicción (a través de consecuencias experimentalmente verificables o bien concordantes o discordantes con otros principios sostenidos), en caso de una variación doctrinal implícita. Esta cuestión general no deja de estar relacionada, además, con los problemas asociados a la confirmación (y la refutación) de las teorías. Cuestiones que deberemos dejar de lado en nuestro estudio.
  4. No se nos escapa el carácter esquemático de estas distinciones. En efecto, reconocemos que las idealizaciones de la ciencia, los tipos puros del teórico, no se presentan jamás a la experiencia ordinaria sino de manera imperfecta a través de una compleja gama de matices. A través de la inclusión de la multiplicidad diferenciada de elementos intervinientes en la complejidad constitutiva de la realidad empírica, los contornos se vuelven difusos. Las tonalidades de matices atraviesan, sin transiciones bruscas, los extremos del espectro. No obstante ello, las idealizaciones teóricas, lo sabe hace mucho tiempo la ciencia, no dejan de ser útiles siempre que se las emplee con cuidado y método.
  5. Especialmente instructivo, en relación al tratamiento de estas consideraciones metodológicas y, en tanto tales, filosóficamente previas al abordaje de las cuestiones específicas a tratar, pueden resultar las consideraciones de Jolivet. En efecto, aquí se muestra cómo la índole peculiar del objeto que define la especificidad del área disciplinar, supone un abordaje diferenciado distinguiendo, respecto al método, caracterizaciones más o menos generales en relación directa al grado de especificación de su objeto, configurando de este modo la condición exigida de adecuación formal del mismo. Cf.: Jolivet, Op. Cit., pp. 47-85.
  6. “Lo que ocurre es que hay demasiados hechos particulares, demasiados datos en el mundo, para que nadie pueda registrarlos a todos. Todo el mundo, hasta el más paciente y minucioso investigador, debe apartar y elegir, debe decidir cuáles hechos estudiar y cuáles dejar de lado. Debe tener alguna hipótesis de trabajo por la cual, o contra la cual, escoger datos pertinentes a ella. No necesita ser una teoría completa, pero debe ser al menos un esbozo a grandes rasgos. De lo contrario, ¿cómo sería posible decidir qué hechos seleccionar, para su análisis, de la totalidad de todos los hechos, que es demasiado vasta, hasta para comenzar a filtrar?” (Copi, I. (1964) [1952], Introducción a la lógica, Buenos Aires, Eudeba, p. 387, énfasis en el original). Similar dificultad, dada la cuantiosa cantidad disponible de material teórico escrito por nuestro autor, nos sale a nosotros al paso. Confiando en la idea preliminar que informa nuestra tesis, construiremos nuestro principio de selección, con la aprensión de que toda selección, más allá de lo acertado de la idea de que surja, entrañe una desfiguración en la medida en que fragmenta aquello que, en su sustancia, diseña los trazos de una trayectoria siempre personal y viva.


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