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9 (Des)esperar en el hospital público

Percepciones del tiempo en las experiencias de espera de la población trans

Julián Ortega, María Victoria Tiseyra y Santiago Morcillo

Introducción

Realizar una aproximación a las situaciones de espera en salud de las personas trans[1] implica, en primera instancia, reconocer las diversas exclusiones que atraviesa este colectivo en el contexto de las sociedades latinoamericanas. Las demandas por el acceso a una salud integral, a la educación, al trabajo y la vivienda ocupan un lugar preponderante entre las reivindicaciones de la población trans (Red LACTRANS, 2014). En Argentina el activismo trans  ha sostenido distintas luchas por sus derechos desde la reinstauración democrática de 1983. Hacia principios de los años noventa algunos movimientos se institucionalizaron en organizaciones de activistas para reclamar el reconocimiento por parte del Estado de la identidad de género como categoría diferenciada de la orientación sexual (Berkins, 2003).

La ley 26.743 (Infoleg, 2012) de Identidad de Género fue sancionada en nuestro país el 9 de mayo de 2012 y promulgada el 23 de mayo de 2012[2]. Uno de los aspectos más destacados de la misma es que prescinde de la patologización como requisito para el reconocimiento de la identidad autopercibida –por ejemplo, mediante el diagnóstico de disforia de género[3]– sin tampoco requerir ninguna autorización judicial para solicitar la atención por parte de los servicios de salud, pudiendo acceder a los tratamientos gratuitos de hormonización y las cirugías “totales o parciales” (Farji Neer, 2014). Esto supondría, además de la despatologización, una agilización de los trámites y una reducción de los tiempos de espera para acceder a los tratamientos y cirugías. Sin embargo, sabemos que la legislación tiene muchas veces un tránsito complejo hacia la implementación y la transformación de las realidades sobre las que pretende incidir. Si bien dicha normativa fue promulgada en 2012, la reglamentación del artículo 11 que garantiza el derecho a la salud integral ocurrió recién 3 años más tarde (bajo el Decreto 903/2015 del 29 de Mayo de 2015). Esta reglamentación enumera de forma no taxativa un listado de intervenciones posibles “que ayuden a adecuar el cuerpo a la identidad de género autopercibida” (Decreto 903/2015, Anexo I punto 1) que deberán ser incluidas en el Programa Médico Obligatorio.

En este contexto nos interesa analizar las situaciones de espera de la población trans en los servicios de salud, específicamente en relación con los tratamientos de hormonización. Aunque estos tratamientos no son los únicos que contempla la ley, en la fase exploratoria de nuestra investigación encontramos que todas las personas trans entrevistadas hicieron uso de hormonas, con supervisión médica y sin ella. En investigaciones anteriores (Berkins, 2007) se señala la vulnerabilidad que implican ciertos procedimientos de modificación corporal, como las inyecciones de siliconas, los implantes de prótesis y los tratamientos de hormonización, realizados por fuera del sistema de salud. Es decir, un ámbito sin las adecuadas condiciones de asepsia ni controles médicos. Es preciso destacar que la automedicación –aplicación de hormonas sin supervisión médica– o el abandono de los tratamientos emergen en el discurso de lxs entrevistadxs[4] como una práctica recurrente ante las dificultades de acceso al sistema público de salud.

En Argentina el sistema de salud se encuentra fragmentado en tres subsectores: público, privado y de la seguridad social (este último hace referencia tanto a las obras sociales nacionales y provinciales como al Instituto Nacional de Servicios Sociales para Jubilados y Pensionados). Un estudio reciente realizado conjuntamente por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, la Organización Panamericana de Salud y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (2011) describe cómo la organización del sistema de salud se caracterizó por una excesiva fragmentación durante las décadas de los setenta y los años noventa, que se ha mantenido hasta nuestros días. Esta yuxtaposición entre los distintos subsectores cuestiona el funcionamiento articulado del sistema salud argentino. En este trabajo nos centraremos en el subsector público porque allí se atiende gran parte de la población trans que no tiene cobertura en los otros subsectores y donde las vivencias de esperas adquieren mayor relevancia.

Enfocamos el análisis sobre las situaciones de espera que experimentan las personas trans en los hospitales públicos de la ciudad de Buenos Aires para acceder a la atención de su salud integral. Desde algunas décadas, los tiempos de espera son considerados como parámetros para evaluar tanto la calidad como la accesibilidad a los servicios de salud. En diversos estudios para distintos contextos (Siciliani et al, 2014; Aday y Andersen, 1974) las formas de estudiar estos tiempos de espera han sido mayormente a través de mediciones cuantitativas y orientadas a la generación de políticas públicas tendientes a reducir dichos tiempos. Aunque la dimensión cuantitativa y cronológica del tiempo de espera tiene un valor significativo, aquí nos interesa poner de relieve las experiencias de temporalidad en su dimensión subjetiva para analizar las relaciones de poder que emergen o se expresan en dichas esperas para comprender qué hay de particular en ellas. La experiencia, sin ser una forma de evidencia incuestionable, puede servir para reconstruir los procesos socioculturales que la enmarcan y le dan sentido (Scott, 2001). Entonces, indagar sobre las experiencias de espera no se reduce únicamente a la medición de tiempos cronológicos, sino que permite conocer la construcción y la vivencia de una temporalidad distinta en las esperas de las personas trans, enmarcadas en un contexto de exclusión social e institucional que se expresa en diferentes situaciones de discriminación.

A continuación describiremos brevemente la estrategia metodológica utilizada y realizaremos algunas aproximaciones teóricas en torno a las esperas. Luego nos centraremos en el análisis de los escenarios de espera y sus características particulares. En segundo lugar, nos referiremos a los abordajes biomédicos de lxs profesionales de la salud sobre las personas trans. Este recorrido nos permitirá pensar cuáles son las especificidades que enmarcan y moldean las experiencias de espera relatadas por las personas trans en los hospitales públicos.

Aspectos metodológicos

El trabajo de campo en esta fase inicial consistió en la realización de entrevistas en profundidad y observaciones[5]. La elección de esta metodología se debe a que la entrevista constituye un recurso privilegiado para acceder a la información  desde la perspectiva de lxs sujetxs, lo cual era uno de los objetivos primordiales de nuestra investigación. A su vez, al implicar un intercambio social que “comprende un proceso, un tanto artificial y artificioso, a través del cual el entrevistador crea una situación concreta –la entrevista- que, lejos de ser neutral, implica una situación única” (Ruiz Olabuénaga, 1996: 165). En esta situación intervienen el entrevistado y también el entrevistador, dando lugar en muchas ocasiones, a significados que sólo pueden comprenderse en este marco de interacción (Ruiz Olabuénaga, 1996). Asimismo, se consideración los aportes metodológicos de Paiva (2012) para el análisis de las entrevistas, haciendo hincapié en la producción narrativa de las personas entrevistadas respecto de las diversas escenas de esperas. El análisis de las entrevistas se enmarca en la metodología de las escenas propuesta por Paiva (2012) según la cual se desarrollan acciones dramáticas cargadas de sentido dentro de escenarios culturales que se delimitan en un espacio físico determinado. En dichos escenarios culturales se comparten guiones o papeles -scripts- que son construidos socialmente desde la infancia.

Esta primera aproximación estuvo conformada por entrevistas a cinco trans, y a dos profesionales de la salud. Además se realizaron observaciones en dos hospitales generales de agudos, ubicados en zonas céntricas de la ciudad, que atienden a la población que no posee cobertura en el subsector privado ni tampoco en el subsector de la seguridad social. Los servicios que atienden a la población trans están compuestos por equipos interdisciplinarios de psicólogxs, médicxs clínicxs y endocrinólogxs, entre otros.

La selección de las personas a entrevistar supuso contactar a quienes hubiesen experimentado alguna situación de espera en instituciones de salud para acceder a tratamientos de hormonización y/o cirugías. Adicionalmente, se decidió entrevistar a profesionales médicxs que brindaran tratamientos de hormonización. Por su parte, la selección para las observaciones en los hospitales públicos se basó en la atención específica que brindan a personas trans y su ubicación dentro de los límites de la Ciudad de Buenos Aires.

Las esperas como mecanismos de subordinación política

Para reflexionar acerca de las escenas de espera en salud retomamos el análisis que propone Auyero (2013) al estudiar las experiencias de quienes requieren asistencia social ante el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Estas personas tienen que soportar esperas prolongadas para obtener turnos y realizar diversos trámites en un contexto de incertidumbre y arbitrariedad que se vale de dichas esperas como mecanismo de subordinación y dominación política. El autor afirma que el Estado trata a quienes asisten al Ministerio de Desarrollo Social como “pacientes del Estado” (2013: 39) y no como ciudadanos, con una demanda implícita de sumisión. Además señala que los agentes estatales transmiten un mensaje de desvalorización del tiempo de los desposeídos que puede ser leído como una desvalorización de dichas personas en sí mismas.

Consideramos que esta forma de concebir las experiencias de espera que propone Auyero puede ser útil para reflexionar acerca de los avatares y obstáculos que deben sortear las personas trans para acceder a la atención en salud en los hospitales públicos de la ciudad. En este sentido, siguiendo al autor entendemos a las esperas como “procesos temporales y a través de los cuales se reproduce la subordinación política” (2013: 16). De este modo se observa cómo las vivencias individuales de espera se enmarcan en dinámicas institucionales y políticas que, a través de los servicios de salud, el Estado y sus instituciones, reproducen las condiciones de vulnerabilidad a las que están expuestos los individuos y determinadas poblaciones al interior de sus propios contextos. Se trata de una dimensión estructural de la vulnerabilidad que algunos autores han denominado “programática” (Ayres, Paiva y França, 2012; Pecheny, 2013). Este tipo de mecanismos son desplegados por agentes e instituciones tales como el Ministerio de Desarrollo Social, los hospitales y las escuelas, entre otros, que encarnan, se valen de y mantienen la burocracia estatal como un conjunto de fuerzas sutiles e invisibilizadas de control social. Se trata de la contracara del brazo represivo o mano derecha del Estado (Bourdieu, 1999) que hace uso de la fuerza pública (poder de policía), por ejemplo, mediante la aplicación de los edictos policiales que sancionaban a aquellas personas que vistiesen ropas del sexo contrario (Fernández, 2004; Sabsay, 2011).

El poder represivo del Estado moldea las subjetividades de las personas trans de un modo particular en relación con los tiempos de espera y la posibilidad de queja o protesta, tal como lo expresa una de las entrevistadas:

“Y también estaba el tema de que nosotras no podíamos exponer… o sea, no podíamos poner una queja porque nosotras mismas por el solo hecho de salir a la calle ya éramos delincuentes… a nosotras nos llevaban presas por el solo hecho de ser trans, por eso no tenemos el derecho de ir y en una entidad pública decir ‘quiero que me atiendan ya’, sea con el nombre que sea… ya era un delito… llamaban a la policía en ese momento y terminábamos detenidas y ni siquiera… o era esperar o esperar… esperar a que se dignen a atenderte, ya sea con turno, sin turno, era esperar….” (Romina, 36 años)

Esta docilidad que se les exigía a las personas trans es, en parte, comparable a la obediencia que, según Auyero, se les exige a los pobres cuando realizan pedidos o demandas ante organismos públicos: “… saben por experiencia que para obtener la tan necesaria ‘asistencia’ (esto es, un plan social, un servicio o algún otro bien), tienen que demostrar que se lo merecen esperando obedientemente. Saben que tienen que evitar causar problemas…” (Auyero, 2013: 25). Además, en el caso de las personas trans la estigmatización amplifica esta sumisión, pues quejarse supone el riesgo de ser avergonzadxs o humilladxs públicamente.

Desde una sociología de las emociones Scribano plantea que la dominación capitalista produce mecanismos que evitan el conflicto y la hacen emocionalmente soportable. Dentro de estos mecanismos la espera estaría ligada al desarrollo de la paciencia como única estrategia posible para los desposeídos. En este esquema, la espera supone como requisitos mínimos: el manejo de la ansiedad, la adecuación a los procedimientos burocráticos, y el abandonar el cuerpo mientras se espera (Scribano, 2010). Este último punto nos lleva a señalar la necesidad de problematizar la idea de que todos los cuerpos sean o no igualmente “abandonables” pues allí radica una diferenciación para las personas trans. Como veremos más adelante, estas distintas (des)valorizaciones atribuidas a los cuerpos cis[6] y a aquellos trans contribuyen a explicar las diferencias entre una espera que podría ser pensada como tediosa y aquellas que son vividas y relatadas como esperas angustiantes.

Escenarios de espera en salud

En una mañana fría del mes de junio nos acercamos a uno de los hospitales más concurridos de la ciudad para conocer las instalaciones del lugar y para poder conversar con pacientes que se hubiesen llegado hasta allí por alguna consulta o bien dialogar con algún profesional de dicho sector. Consultamos en secretaría si era posible entrevistar a alguien del equipo y, luego de preguntarnos de dónde veníamos, nos indicaron que debíamos esperar para hablar con el jefe del servicio. Luego de unos minutos salió el médico y nos dijo que no sabía con exactitud si tendría tiempo para que podamos entrevistarlo ese día. De todas maneras, nos solicitó que aguardáramos un tiempo más. Finalmente, luego de esperar alrededor de una hora, nos comunicó que no podría atendernos, razón por la cual acordamos otro día y horario de visita al hospital.

Imagen 1: Sala de espera compartida. Fotografía tomada en Junio 2015, Hospital Público de la Ciudad de Buenos Aires.

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Durante ese tiempo de espera pudimos notar la falta de asientos suficientes para quienes aguardaban a ser atendidxs, gente que iba y venía por los pasillos, escaleras y ascensores. Algunas personas se detenían a leer carteles o incluso para preguntarnos cómo llegar a otra área del hospital. Por su parte, el servicio de endocrinología que atendía a lxs pacientes trans no estaba circunscripto a un espacio específico, sino que la sala de espera era compartida por otras especialidades como urología y cardiología. Destacamos esta distribución del espacio en tanto que la delimitación de ciertas especialidades médicas como la urología o la ginecología se realiza principalmente en torno al género, lo cual puede suponer un alto nivel de exposición que vuelva más incómoda la espera para las personas trans, con repercusiones negativas que pueden obstaculizar el acceso a la atención profesional. Tampoco encontramos carteles o indicaciones específicas para pacientes trans sobre el funcionamiento del servicio o el tipo de asistencia que brindaban como una estrategia para incrementar el número de consultas y disminuir la distancia entre lxs profesionales y la población.

Imagen 2: Burocratización del espacio. Fotografía tomada en Junio 2015. Hospital Público de la Ciudad de Buenos Aires.

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Cabe destacar que si bien nuestro análisis se focaliza en la atención de la salud en el subsector público, los sentimientos de exposición e incomodidad también aparecen en los ámbitos privados de atención. Un varón trans entrevistado describe cómo fue su primera visita al médico ginecólogo:

“La verdad es que fue bastante tensa la situación (de espera) porque estaba toda la sala de espera y había consultorio únicamente de ginecología y estaba lleno de mujeres que obviamente me miraban y no entendían qué hacía ahí, más allá de que sabemos que un ginecólogo también atiende a hombres que no sean trans cuando tienen problemas de glándulas mamarias o cualquiera de ese tipo de cosas, pero como es algo desconocido obviamente estaban todas las miradas puestas en mí de saber qué estaba haciendo ahí… sí estaba esperando a alguien que salga del consultorio, estaba esperando alguien que llegue o qué…” (Martín, 21 años)

  Y también agrega lo siguiente acerca del momento en que se anunció con la secretaria:

“Ahí también fue un tema porque la chica me decía ‘pero dame el carnet de la persona que se viene a atender’ y le digo: ‘No, sí… soy yo la persona que me vengo a atender’, le expliqué que era un hombre trans… como que no entendía. Fue adentro, preguntó todo y cuando volvió me dice: “Pero ¿vos te tenés que atender?, no entiendo” (Martín, 21 años)

Durante las entrevistas a pacientes trans pudimos dilucidar cómo las condiciones de infraestructura de los hospitales recortan las experiencias de espera como formas de disciplinamiento, malestar e incertidumbre, razón por la cual muchxs entrevistadxs expresaron que preferían concurrir a las consultas médicas sin ningún tipo de compañía de familiares o amigxs:

“Y porque es una situación… sabía que iba a ser una situación incómoda y no quería estar con otra persona que también se incomodara, prefería estar solo…” (José, 22 años)

 El escenario en el cual se montan estas escenas de espera se reitera en lo observado en otro hospital público de la Ciudad de Buenos Aires: allí encontramos un ambiente repleto de gente, escasa información y largas filas para obtener un turno con una demora mínima de un mes. A su vez, pudimos detectar irregularidades en el otorgamiento de estos turnos por un manejo discrecional que favorecía ciertos “amiguismos” con la persona de la ventanilla encargada de brindarlos. Una de las personas entrevistadas compartió con nosotrxs el relato de una escena de espera ocurrida años atrás en la que se describen este tipo de mecanismos inequitativos de distribución de turnos:

“Particularmente hace 7 años atrás me tocó venir a este hospital y no ser atendida en la forma en la que te atienden actualmente… me tocó sufrir la discriminación y la discriminación me llevó a esperar porque debido a los pensamientos de ese entonces de enfermeros, médicos, fuera lo que fuera… me obvió en todo sentido, obvió mi presencia… es como que… cuando él decidió que yo tenía que ser atendida, fui atendida.(…) yo llegué, me anoté… creo que fui una de la quinta o sexta que me anoté y fui atendida como la decimoquinta, más o menos. Cada vez que yo iba a preguntar por qué no me atendían rápidamente me esquivaban diciendo que ya había turnos programados y que había gente…. mientras que yo veía que llegaba la gente, se anotaba y la atendían…” (Romina, 36 años)

Esto supone una situación de arbitrariedad e injusticia que, sumada a las esperas prolongadas, afecta la calidad y la continuidad de las consultas. Además impacta negativamente sobre el sentido atribuido a dichas vivencias:

“Esperar tanto para hacer un trámite, es como que decís ‘bueno, se está pasando mi vida por un trámite de mierda’. Y mucho de eso tiene que ver también por lo que abandoné el tratamiento digamos, me parecía… Dije bueno, no, la verdad lo voy a continuar más adelante cuando el tema se haga un poco más operativo o se abran cosas más especializadas” (Eliana, 23 años)

Otra paciente trans hizo un comentario en este mismo sentido respecto de la frustración que generan este tipo de interacciones con las instituciones burocráticas de salud, que reproducen y reactualizan otras exclusiones anteriores comunes en la población trans tales como la expulsión del hogar y de los sistemas de educación formal a temprana edad:

“Mal, mal… me sentí como que no… Realmente ese día sentí como que no tenía un lugar en el mundo, como que no… ese día me pregunté ‘¿qué hago yo acá?’ Si tengo que pasar todo esto, no solamente ahí… veníamos con una carga social bastante importante, de ser excluidas de todos los lugares. Si bien yo no tuve la exclusión de mi casa pero sí me tocó pasarla en los colegios, hospitales… todos los sistemas habidos y por haber, fui excluida… menos de las comisarías, calabozos… ahí sí estábamos incluidas permanentemente…” (Romina, 36 años)

Las prácticas disciplinadoras que imponen las instituciones de salud, no sólo complejizan la accesibilidad a los servicios que deberían brindar, sino que, en el caso de las personas trans, la angustiante espera funciona como antesala a la mirada médica que pone en acto la exclusión generalizada de la sociedad cisexuada. En varios de los relatos de lxs entrevistadxs se hizo patente el carácter paradigmático de la escena de espera en el hospital como una escena temida y rehuida por la población trans. Esto se debe a que en dicho escenario es donde el mecanismo del nombre –al ser llamadxs por un nombre de otro género- reactivaba el control del sistema de sexo-género sobre los cuerpos trans y se traducía en la forma de una interacción humillante. Si bien la ley de identidad de género brinda la posibilidad de cambiar el nombre de acuerdo a la identidad autopercibida, cierto temor que despierta esta escena en los hospitales (como en las escuelas) permanece vivo en la memoria emotiva de la comunidad trans (Berkins, 2007).

La población trans desde la mirada biomédica

Otra barrera en el acceso a la atención en salud que puede ser identificada en los relatos de lxs entrevistadxs es el papel desempeñado por lxs médicxs, que toman decisiones por lxs pacientes. Aparece como una constante en el discurso de las personas trans la recurrente reticencia por parte de lxs médicxs para atenderlxs, ya sea por desconocimiento en la temática o por prejuicios.

Este desconocimiento o prejuicio de médicxs y profesionales de la salud en general (enfermerxs, psicólogxs, etc.) hunde sus raíces en el enfoque biomédico. Éste se constituye por múltiples componentes, entre los cuales destacamos la relación de asimetría y subordinación entre médicxs y pacientes, la exclusión del saber del paciente, la tendencia a la medicalización de los problemas, entre otros (Menéndez, 2003). Si bien no podemos ocuparnos aquí en profundidad de este punto, es sabido que la historia de la categoría género surge estrechamente ligada al campo de la medicina, en el contexto de las cirugías de “reacondicionamiento” para los casos de personas intersex y transexuales (Cabral y Benzur, 2005). La patologización de las identidades trans que aún persiste tras la aprobación de la ley de identidad de género queda expresada en la inclusión en distintos manuales y nomenclaturas usadas globalmente, bajo la forma de diversos diagnósticos psiquiátricos (transexualismo, trastorno de la identidad sexual, fetichismo transvestista, disforia de género). La forma dicotómica y estática en que el discurso médico hegemónico ha entendido la relación entre sexo y género se liga con el biologicismo como rasgo estructural de dicho modelo, que relega los procesos sociales, psicológicos y culturales como aspectos anecdóticos en la atención de los padecimientos.

Esta mirada biologicista se cuela en el discurso de una de las profesionales que atiende a la población trans en uno de los hospitales públicos observados. Durante la entrevista nos muestra un mensaje que le había enviado uno de sus pacientes por el celular y nos dice:

“Miren, este es un chico trans que es paciente… es chico, pero sigue teniendo eso de mujer, por los corazoncitos que pone en el mensaje” (Médica endocrinóloga, 42 años)

En la misma dirección un varón trans nos relata lo sucedido con la médica que lo atendía, quien le dijo:

“‘Tenés más alta la testosterona de lo que la deberías tener. Una mujer no tiene este rango de testosterona ¿Vos ya te aplicaste alguna vez?’ Le digo que no, que nunca hice tratamiento hormonal y me dice: ‘Bueno, entonces este es el problema. Yo te voy a dar unas pastillas de estrógeno para que baje la testosterona y así se te van todas esas ideas de ser hombre’” (José, 22 años)

En las entrevistas podemos notar que si bien las esperas actúan como barreras en el acceso y mantenimiento de los tratamientos, el rol que desempeña el equipo profesional no es menos importante y determinante en el modo de vivenciar dichas esperas en salud. La incertidumbre, arbitrariedad y malestar anticipado y/o real se reduce drásticamente en aquellos casos en que se logra establecer una relación de confianza entre pacientes y profesionales. Un entrevistado nos comenta que luego de su primera visita al ginecólogo:

“…ya iba diferente a la consulta porque por más que tuviera que esperar yo sabía que iba a entrar e iba a estar todo bien.” (Martín, 21años)

A través de las entrevistas a lxs médicxs, también pudimos notar la existencia de una noción de temporalidad atribuida por ellxs a la población trans en relación no sólo con los tiempos de espera para ser atendidxs, sino también respecto de los tratamientos en general. Uno de los médicos entrevistados comentó al respecto:

“(…) ellos son una población con una paciencia particular….el hecho capaz de que saben que de última van y se compran la hormona en la farmacia, hace que no tengan las mismas necesidades de una persona que está enferma y necesita un diagnóstico.” (Médica endocrinóloga, 42 años)

Y además agrega sobre la continuidad en el tratamiento:

“No lo sé, no son muy adherentes en general (…) adherentes en el sentido a los controles médicos y a venir a controlarse “(Médica endocrinóloga, 42 años)

Por otra parte, desde el punto de vista de uno de los profesionales de la salud entrevistados, los tiempos de espera para acceder a un tratamiento estarían justificados por el servicio interdisciplinario que ofrecen en ese hospital, a diferencia de otros servicios de salud en otras instituciones. En palabras del médico:

“Abandono antes de llegar no tengo, no te puedo mentir porque no la tengo. Pero en general los que se anotan vienen. Es muy raro… Es sabido que algunos van a otros hospitales, que dicen que hay menos lista de espera, pero terminan viniendo acá, porque la atención de acá es mucho más integral y tenemos un equipo muy importante (…) El acompañamiento lo hacemos nosotros, no lo hace casi ninguno.” (Médico endocrinólogo, 50 años)

  La espera y la paciencia de lxs pacientes queda delimitada por el discurso médico y el reconocimiento que las personas recibirán por parte de los profesionales de dicho campo, aunque sea en términos negativos, tales como “no son muy adherentes”. Asimismo, la ausencia de enfermedad o la contingencia del diagnóstico fundamentarían la construcción de un otro “irresponsable” por la falta de controles. De este modo, las personas que esperan -lxs pacientes- son aquellas que tienen o no tienen paciencia como una cualidad con distintos grados de posesión individual, invisibilizando la dimensión social e institucional de quienes hacen esperar y ejercen poder a través de estos mecanismos de dominación sobre los cuerpos.

Reflexiones finales

A lo largo de este trabajo hemos analizado los relatos y escenarios de espera en torno a los servicios públicos de salud y su accesibilidad para personas trans en el contexto de la sanción y reglamentación de la ley de Identidad de Género. Las entrevistas y las observaciones nos han permitido describir cómo las situaciones de espera se erigen como barreras que tienden a mantener las condiciones de vulnerabilidad en las que se encuentran expuestas las personas trans, lo cual genera percepciones singulares de las temporalidades experimentadas por lxs trans mientras esperan (im)pacientemente a ser atendidxs en los hospitales públicos.  Esta paciencia tácita exigida por el modelo médico-estatal opera como mecanismo sutil de subordinación y control disciplinar sobre los cuerpos y las subjetividades. Las experiencias de espera en el marco de los servicios de salud adquieren un relieve específico para las personas trans como resultado de la exposición a la mirada de los otros, la falta de un circuito claro de atención, y principalmente, por la estigmatización y los prejuicios vigentes en nuestra sociedad, que hacen del tiempo de espera una situación particularmente densa y angustiante para ellxs. Si bien el carácter de esta escena paradigmática de exclusión parece estar transformándose en los últimos años, dichas esperas en salud aún tienen un fuerte efecto atemorizador que marca una distinción propia del esperar siendo trans.

La memoria emotiva que se reactualiza en estas experiencias en los servicios de salud tiene un fundamento en la histórica relación de poder que ha planteado el modelo médico hegemónico respecto de la población trans. Este enfoque se materializa en los discursos de lxs profesionales que entrevistamos, quienes mediante distintos giros normativos y biologicistas contribuyen a la construcción y reproducción de miradas sobre lxs trans como “otrxs” singulares, impacientes y estigmatizadxs. En este sentido, la ley de Identidad de Género brinda un marco legal crucial para desarticular la despatologización de las identidades trans, reduciendo la brecha entre los servicios de salud y lxs pacientes trans. Aún así, quisiéramos destacar que si bien la normativa y su reglamentación representan un avance sustancial, surge el interrogante sobre las limitaciones que podrían implicar los prejuicios e imaginarios que circulan entre lxs profesionales de la salud respecto de la población trans. En este sentido, consideramos que un aspecto prioritario para lograr la plena implementación de la ley no puede eludir la discusión necesaria acerca de los modelos y concepciones vigentes entre lxs profesionales de la salud respecto del colectivo trans, para problematizar las miradas de corte biologicista sobre los cuerpos y las identidades, promoviendo enfoques verdaderamente despatologizantes que entiendan y reconozcan a lxs pacientes como sujetxs de derecho.

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  1. El término trans incluye a travestis, transexuales y transgéneros. En Argentina muchas personas se identifican como travestis, una categoría que antiguamente se usaba en sentido peyorativo pero que ha sido apropiada y resignificada en términos indentitarios de lucha y resistencia política (Berkins, 2007).
  2. La ley se basa en los Principios de Yogyakarta al entender a la identidad de género como: “(…) la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente, la cual puede corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo. Esto puede involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios farmacológicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que ello sea libremente escogido. También incluye otras expresiones de género, como la vestimenta, el modo de hablar y los modales.” (Artículo 2, 2012)
  3. La explicación del derrotero que ha tenido esta clasificación excede a los fines del presente trabajo pero es preciso mencionar que la transexualidad fue incluida bajo diferentes categorías en las distintas versiones del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) como así también en la Clasificación Estadística de Enfermedades y Problemas Relacionados con la Salud elaborada por la Organización Mundial de la Salud (CIE). La inclusión de la transexualidad en este tipo de listados y manuales es fuertemente criticado por el activismo trans a nivel mundial en tanto que reproducen la patologización de sus identidades.
  4. Esta forma de escritura pretende poner de relieve el binarismo genérico presente en el lenguaje (que se acentúa por las reglas gramaticales del español). Hemos optado por utilizar la “x” para evitar el binomio “masculino-femenino” que invisibiliza la especificidad de las identidades trans y su politicidad
  5. Este trabajo constituye una fase preliminar y exploratoria de una investigación más amplia, dirigida por Mario Pecheny, en la cual se indaga sobre distintas situaciones de espera en relación a los campos de la salud, el dinero y el amor.
  6. Por cis o cisexuado nos referimos a aquella personas cuya vivencia interna del género se corresponde con el sexo asignado al momento del nacimiento. En este sentido “cis” funciona aquí como el par antinómico de “trans”. La indagación crítica sobre los potenciales y limitaciones de esta categorización constituye un trabajo que excede el marco del presente artículo.


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