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10 Escenas de espera en vínculos eróticos-afectivos

Mariana Palumbo, Maximiliano Marentes y Martín Boy

Introducción [1]

Si abrimos el telón a nuestra vida cotidiana y hacemos el ejercicio imaginario de preguntarnos a nosotros mismos en qué momentos esperamos, prácticamente cualquier acción está –al menos tangencialmente– atravesada por la espera. Hay diferentes tipos de espera, algunas odiosas e indefectiblemente necesarias: esperamos el transporte público para que nos alcance a nuestro trabajo o a nuestra casa, esperamos para usar el baño en un bar, esperamos el resultado de un análisis, esperamos que alguien nos dé su opinión o calificación sobre nuestro trabajo. No obstante, existen también esperas que motorizan nuestros deseos eróticos-afectivos a partir de las cuales los sujetos alcanzan sensaciones de intensidad. Georges Bataille comprende a la intensidad como “(…) los momentos de exceso y de fusión de los seres” (Bataille, 2000: 105). Estos tipos de espera atravesadas por el deseo transcurren, por ejemplo, cuando esperamos que una cita se repita, cuando esperamos que algo especial suceda, cuando esperamos que él/ella (no) se enamore de mí o cuando esperamos conocer al amor de nuestras vidas.[2]

El objetivo de la ponencia es analizar escenas de espera en relaciones erótico-afectivas heterosexuales entre jóvenes de clase media. Específicamente cómo, en ese tipo de escenas, determinadas tecnologías como Facebook y/o WhatsApp adquieren un lugar central. La perspectiva que guía este trabajo es que éstas tecnologías devienen en agentes constitutivos de la espera generando (des)control sobre la propia subjetividad y sobre el sujeto amado. Si bien retomamos algunas particularidades de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, nuestro objetivo es ilustrar cómo éstas se insertan en las escenas de espera más que problematizar la forma en que se inscriben en las relaciones de pareja. Por exceder a los fines de nuestro estudio, no discutimos con la bibliografía específica sobre estas tecnologías.

Desde una perspectiva sociológica, se retoma la definición de juventud interpretada como una construcción social, histórica y relacional que se articula social y culturalmente en función de la edad, la generación, la clase social y el género de pertenencia (Margulis, 1996). En términos etarios, la noción de juventud que retomamos corresponde al rango de edad entre los 15 y 29 años, aproximadamente (Dávila León, 2004).

Las lógicas de la espera en el amor entre jóvenes se encuentran atravesadas por las representaciones del amor romántico (Alberoni, 1989; Tenorio Tovar, 2012). En las trayectorias amorosas de los y las jóvenes aparecen estos elementos en tensión. Se hacen presentes características del amor pasión, tales como la idea de “búsqueda” personal del ser amado ideal, los afectos y sus expresiones corporales (caricias o besos) por sobre la relación sexual. Otros rasgos que moldean el amor romántico en estos jóvenes son la idealización del sujeto amado, la propuesta de un proyecto compartido que perdure en el tiempo, la promesa de la fidelidad y también elementos del amor agápico, como por ejemplo la entrega total. Las fisuras de estas representaciones generan situaciones de conflicto y discusión cuando uno o el otro ya no es el centro del mundo (del otro y del propio), quebrándose así la premisa fundamental del vínculo amoroso.[3]

El trabajo se estructura en cuatro apartados. El primero corresponde a las estrategias metodológicas que hemos utilizado, precisando ciertas definiciones teóricas. En el siguiente analizamos las dinámicas y efectos que tienen sobre los sujetos las situaciones de espera, para lo que se retomó la historia de Germán y Daniela. Seguidamente, nos concentramos en el vínculo amoroso a través de la espera. Habiendo retomado varias interacciones de espera, se reconstruyó y guionó la escena protagonizada por Emilia y Pablo. Finalmente, en el último apartado problematizamos cómo los y las jóvenes experimentan el amor y qué sentidos le dan a sus prácticas amorosas. Allí, se observa cómo las esperas generadas a través de las tecnologías de la comunicación intervienen en el registro de lo amoroso a partir del análisis de fuentes primarias (fragmentos de entrevistas en profundidad escenificadas).

Estrategias metodológicas

En el caso del corpus de las entrevistas, se entrevistaron a veinticinco personas, doce varones y trece mujeres que se identifican como de clase media. En la ponencia retomamos tres de estas entrevistas, ya que son las que mejores ejemplifican los ejes que problematizamos (el amor romántico, escenas de esperas en que las tecnologías tienen un lugar predominante, y resabios de celosía y de (des)control sobre el sujeto amado y sobre sí mismos/as). Asimismo, estos casos condensan sintéticamente muchos de las particularidades de la espera en jóvenes heterosexuales de clase media que pudimos ver en el resto de las entrevistas. Quienes hicieron referencias más extensas y reflexivas sobre esperas en el amor fueron las mujeres –tanto heterosexuales como lesbianas– y los varones gays[4]. Para comprender mejor este punto, retomamos el análisis que hace Eva Illouz (2009) acerca de las emociones, sobre todo las afectivas, en las parejas heterosexuales.

Según Illouz (2009), las emociones afectivas se encuentran insertas dentro de un discurso que se ha “feminizado”. En contraposición con el ideal caballeresco del cortejo, que apuntaba a perfeccionar el modelo masculino de valor y heroísmo por amor, en el modelo cultural estadounidense que investiga Illouz, la autora encuentra que se ha desdibujado la división entre la esfera masculina y femenina. Retomando a Francesca Cancian (1987), Illouz sostiene que para ser románticos “los hombres deben hacer a un lado (temporalmente) el control de las emociones y la firmeza de la autoridad, cambiando esas cualidades por otras como la ‘delicadeza’, la ‘candidez’ y el ‘cuidado’. Las mujeres, por su parte, sólo deben seguir siendo lo que son ‘por naturaleza’” (Illouz, 2009: 150). De este modo, la imagen del romance neutraliza las diferencias de género dado que coloca tanto a los varones como a las mujeres dentro de la esfera femenina de los sentimientos. No obstante, desde una perspectiva de género, discutimos en parte con el análisis que desarrolla la autora. En las entrevistas nos encontramos con que si bien los varones no hacen alusión al discurso cortés, tampoco hacen referencias extensas a esperas en el amor desde un discurso feminizado. Entendemos que las mujeres, en el discurso del amor romántico, son quienes centran su atención en la idealización del sujeto amado y desarrollan reflexiones acabadas sobre sus amores y desamores. Esto pudimos observarlo al momento de elegir las escenas con las cuales queríamos trabajar. Si bien el trabajo de campo era equitativo entre varones y mujeres heterosexuales, las últimas hacían referencias más acabadas y explícitas.

A través de las entrevistas nos proponemos analizar las dinámicas y efectos de las situaciones de espera: cómo el amor las moldea, y cómo los sujetos ven modificaciones en su estado de ánimo, (des)controlan sus emociones y generan celos excesivos. Utilizamos la metodología de las escenas de Vera Paiva (2006) como recurso para explorar las experiencias de los actores en situaciones de espera en sus relaciones erótico-afectivas. La utilización de esta técnica posibilitó hacer una descripción exhaustiva sobre el espacio donde se generó una interacción, recuperar quiénes fueron los actores que interactuaron, ponderar la gestualidad y los diálogos, y medir la velocidad temporal que atravesó cada una de las escenas descriptas. A partir de la transcripción de las entrevistas, se ficcionaron escenas que condensaban los elementos más representativos de las distintas entrevistas realizadas en el marco del proyecto de investigación[5] del que parte este trabajo.

Sobre las interacciones de espera. Sujetos, dinámicas y efectos

Las escenas de espera, en este caso en el amor, implican al menos que un sujeto espera a alguien o algo y otro o algo se hace esperar. Sin embargo, esto no significa que haya un sujeto activo que hace esperar y otro que espera pasivamente, como tampoco hay siempre una intención racional de hacer esperar al otro. Es decir, si bien hay uno que está haciendo esperar, hay otro que mantiene esa espera por diferentes motivaciones; a la vez que ese individuo que hoy espera en otra situación es quien hará esperar al sujeto amado. Las dinámicas y los sentidos en esta serie de trabalenguas entre espera, hacer esperar y esperar son analizados en las siguientes páginas a la luz de la interacción en una relación de pareja concreta.

Al momento de la entrevista, Daniela y Germán eran novios hacía un año y cuatro meses. Daniela, de 16 años, estaba rindiendo las materias para pasar a cuarto año. Tendría que haber pasado a quinto año, pero repitió uno. Cursaba la secundaria en una escuela pública del barrio de Belgrano. Sus padres estaban separados. Vivía con su mamá en una casa del barrio de Colegiales de la cual son propietarios. Su padre alquilaba un departamento en Moreno. Tanto su madre, empleada bancaria, como su padre, psicólogo, habían completado el nivel universitario. Ellos le daban dinero para sus gastos.

Con Germán iban a la misma escuela. Antes de comenzar a salir con él tuvo dos parejas. Un novio cuando tenía catorce años y luego salió seis meses con el mejor amigo de Germán. Mientras que salía con él comenzó a sentirse atraída por Germán. Terminó ese noviazgo e inició una relación con Germán. Daniela fue entrevistada de manera individual y también junto a Germán.

Germán tenía 18 años al momento de la entrevista. En diciembre terminó los estudios secundarios en una escuela media pública del barrio de Belgrano. Estaba preparando el ingreso para estudiar ingeniería en la Universidad Tecnológica Nacional. Había comenzado a trabajar hacía unos días. Sus padres estaban divorciados, y él vivía la mitad de la semana con cada uno. Ambos alquilaban en el barrio de Belgrano. Su mamá es docente y trabaja como tal; su papá posee el nivel universitario incompleto y trabaja como empleado y de forma independiente. Antes de comenzar a salir con Daniela tuvo una relación por un tiempo con una joven tres años menor que él, y luego con otra joven con la que se veían esporádicamente. Daniela es su primera relación de noviazgo duradera.

Una las razones por las cuales ellos discuten, según Daniela, es porque

me clava el visto[6] en el WhatsApp[7], no me responde los mensajes de texto o no me llama por teléfono y eso me enferma.

Estos hechos generan situaciones de espera que ponen en entredicho el precepto del amor romántico de que uno es la prioridad para el sujeto amado. No ser el centro del otro genera conflictos.

Desde un análisis de la escena, se puede observar que apenas ella le envía el mensaje, comienza la espera. Daniela puede ver si él recibió el mensaje dado que las redes sociales nos informan el horario exacto de la última conexión y si el destinatario lo leyó o no (hoy en día los/as usuarios/as pueden deshabilitar esta opción aunque en el momento de realizada la entrevista esto no era posible). De este modo estas nuevas tecnologías habilitan una forma de poder para quien hace esperar y de control para quien espera porque estará pendiente que le responda. Dentro de las secuencias que desarrollan dentro de la espera –primero envía el mensaje de WhatsApp, ve si él está conectado, cuándo fue el horario de su última conexión– aparecen las dos tildes azules que representan que el destinatario leyó el mensaje y decidió no responder. En ese momento se termina para Daniela la primera espera, marcada por la ansiedad, de no saber si él leyó el mensaje o no y nace una nueva espera: la de esperar que él decida responder el mensaje. En este nuevo momento de espera Daniela se siente desvalorizada y esto le genera enojo. No obstante, podemos observar que, en las escenas, puede haber resistencia por parte de quien está esperando. Cuando Germán aparezca, Daniela actuará tal como hizo Germán con ella, no le hablará. En este nuevo escenario, ella se volverá la soberana.

En la primer parte de la espera el que no responde es Germán. En ese momento él, al no responder, obtiene la última palabra y deja a su novia en una situación de espera que solo terminará cuando él le escriba. Para Bataille (1996, 2008, 2010), quien obtenga la última palabra se tornará soberano ante el otro. Será soberano, explica Antonio Campillo, quien “se niegue a ser siervo y se afirme como señor” (1996: 25). Germán se vuelve de este modo soberano. Sin embargo, ese lugar soberano o de cumbre es también un lugar de perdición. En este caso, debido a que existe la posibilidad de que el sujeto amado se exprese, abandone la espera o responda con la misma actitud, que es lo que hizo Daniela.

Estas dinámicas de venganza por la espera que el otro generó, conciente o inconcientemente, llevarán a que Daniela monte lo que Roland Barthes (2009) denomina hacer una escena, como modo de demostrarle que ahora ella es quien lo hace esperar a él. Este autor sostiene que

Cuando dos sujetos disputan de acuerdo con un intercambio regulado de réplicas y con vistas a tener “la última palabra”, estos dos sujetos están casados: la escena es para ellos el ejercicio de un derecho, la práctica de un lenguaje del que son copropietarios; cada uno a su turno dice la escena, lo que quiere decir: jamás tú sin mí, y recíprocamente. Tal es el sentido de lo que se llama eufemísticamente el diálogo: no escucharse el uno al otro sino servirse en común de un principio igualitario de repartición de los bienes de la palabra. Los participantes saben que el enfrentamiento al que se entregarán y que no los separará es tan inconsecuente como un goce perverso (Barthes, 2009: 124, cursivas en el original).

Para que la escena adquiera una determinada velocidad es necesario, para Barthes (2009), un señuelo: por ejemplo, que uno de los participantes niegue y el otro afirme, o una decisión que uno imponga y el otro rechace. En el caso de esta pareja lo que sucede es una suerte de cambio de roles: Germán intentará imponer su palabra hablándole y ella lo rechazará a partir del silencio.

Me hacés esperar, ahora te hago esperar a vos funciona como una estrategia para hacerle sentir al otro simétricamente la sensación que vivenció. Si Germán primero no me habló, ¿por qué tengo que hablarle yo cuando él se digna a hablarme? En términos de Barthes, lo que se pone en juego en esta escena no es otra cosa que “el grito de Narciso: ¡Y yo! ¡Y yo!” (2009: 127). Obtendrá el triunfo quien logre hacer esperar más al otro y será perdedor quien intente establecer la comunicación.

Daniela no solo hace esperar a su novio cuando está enojada, también en la cotidianeidad de su relación se olvida de llamarlo

Soy medio colgada. Él a veces me dice «No, porque yo te llamo todos los días y vos no me llamás nunca». Lo mismo sucede con Germán perdón, no me di cuenta de que te molestaría que no te escriba, no fue a propósito.

Ambos se excusan en que no fue intencional y que ignoraban que esa actitud le molestaría a su pareja. Esto se debe a que las situaciones de espera no implican necesariamente una intención racional de un sujeto que hace esperar a otro. Como modo de subsanar esa situación, el pedido de disculpas aparece como una práctica correctiva (Goffman, 1971) que restablece el equilibrio y corrige el malestar que pudo causar en el sujeto amado. ¿Tendrán acaso las esperas, en el terreno amoroso, la potencialidad de introducir rupturas para que luego las reconciliaciones sean más anheladas?

Daniela sabe que en muchas situaciones su novio no dejó de responderle adrede, que en ese momento estaba estudiando o trabajando. Ella, en vez de esperar que él terminara su actividad para comenzar a preguntarse por qué no la llamaba, continuaba esperando que él lo hiciera en ese momento. Me hago la cabeza, es terrible pero me quedo maquinando. Ella podría terminar con la situación pero decide, por motivos abordados en el próximo eje, quedarse en el lugar esperando. A partir de esta perpetuación de la espera, Daniela le hace una escena a su novio (Barthes, 2009). Para que se monte una escena es necesario que haya al menos dos personas que mantienen esa interacción (Goffman, 1971). Su novio es partícipe de ésta porque, aun sabiendo que ella discutirá con él porque no le respondió, no hace nada para evitarlo.

Germán «me clava el visto» y sabe que voy a estar pensando todo el día en él. No me manda un WhatsApp que diga «Gorda, estoy en el laburo. Salgo y te llamo». En vez de eso me deja todo el rato pensando.

Una espera no necesariamente desencadena en un conflicto, ya que se relaciona con el nivel de tolerancia del sujeto que está esperando. Ahora, ese nivel no es dado de una vez y para siempre, sino que es contextual y está estrechamente ligado con la escena. Como observamos en las entrevistas, este nivel varía dependiendo del lugar, con quién se está y el motivo que sostiene la espera, entre otras cuestiones. Por ejemplo, Daniela estará todo el tiempo pensando según el horario en que amanezca. Depende cuando me despierte, porque si me desperté a las siete de la mañana y él no me respondió, el día se me va a hacer larguísimo, voy a estar re ansiosa. Si hasta el mediodía no me dijo ni «Hola» voy a estar con los pelos de punta. Pero si me levanto a las doce capaz no me importa. Ella espera recibir noticias constantemente de su pareja, frases cariñosas que reconfirmen el amor romántico.

Me molestaba mucho que no estuviera pendiente, que no me llamara, que no me preguntara cómo estaba. No está bien que una relación sea así.

Dentro de las representaciones del amor romántico de la entrevistada, marcado por parámetros de género de una joven heterosexual, la no aparición constante de expresiones de amor a partir de las tecnologías cuando no están juntos en el mismo espacio físico deviene en una espera, en una serie de eslabones que construyen la cotidianeidad.

Las situaciones de espera y de no respuesta generan efectos tangibles sobre el estado de ánimo de Daniela. Su foco de atención queda puesto en por qué no me responde, al punto de que no puede concentrarse en sus actividades diarias. Estoy ahí pendiente de lo que pasa. No está bueno. La espera y ausencia del sujeto amado “se inscriben como letras de tinta visible e invisibles” (Frigerio, 2006: 26) en la superficie del cuerpo. Como explica Frigerio (2006), cada sujeto puede dar cuenta del efecto devastador de la ausencia del amor o su desmesura; o el dolor que genera el desamor no buscado, la tristeza de su deshilachamiento, el vacío que deja su retirada; o las dificultades que encuentra el sujeto cuando el amor se torna obsesivo, posesivo, destructivo o equivocado.

Desde estas lecturas corporales se puede afirmar que los cuerpos de estos jóvenes son cuerpos vivos (Grosz, 1994) que afectan, desde lo emocional vinculado a lo corporal, a otros sujetos, a la vez que son afectados y tensionados por otros, que sienten y se hacen sentir. En el caso de Daniela cuando espera a que su novio le escriba, por un lado se siente enojada y triste; pero por el otro, aumenta su interés de estar con él y saber qué está haciendo.

Los efectos que generan en la subjetividad las situaciones de espera si bien pueden ser nocivos como el enojo, también producen efectos positivos en el sentido que generan juegos de seducción en la pareja.

Lo puteé de arriba abajo con una bronca, y le planteé que cambie, que no me gustaba cómo era, que me molestaba mucho que no estuviera pendiente, que no me llamara (…) Él me dijo «Tenés razón, perdoname» y yo «Que no me importa, que qué sé yo»; a mí no me importa, yo quiero hechos, no palabras… Y nada, después empezó a cambiar y me llamaba, Antes como que yo era súper dependiente de él pero él no tanto de mí. A él le gustaba estar solo y yo pensando en él queriendo que venga a casa y él no. Después cambió; como que se volvió más dependiente de mí y eso a mí me gustó porque estábamos más equiparados…

Las resoluciones de los conflictos, en este caso las esperas de ella porque él no la llamaba, son formas a partir de las cuales los jóvenes reafirman su amor y son recordados como hitos que les permiten ver evoluciones dentro de la pareja.

En este primer eje se visibilizaron las dinámicas presentes en las escenas de espera que se dan en noviazgos entre jóvenes. Para dicho fin se indagó en quiénes esperan, cómo son vivenciadas esas esperas, cómo actúan las tecnologías en esas situaciones, cuáles son los sentidos que le dan a estas escenas y cómo afectan sus subjetividades. En el próximo eje se enfatiza en cómo el amor, en sus diferentes acepciones, desde sus representaciones y expectativas, incide y moldea de una forma específica estas escenas de espera.

El amor a partir de la espera

Como se mencionó anteriormente, presentes en gran parte de nuestra cotidianeidad, las escenas de espera poseen gran valor analítico ya que permiten ir desenredando elementos tanto del orden de lo estructural como de lo particular. Cuando la espera se da en el plano de las relaciones amorosas, se pueden desentrañar rasgos de éstas que exceden a la espera en sí misma al tiempo que se potencian en ella. A partir de una escena de espera de Emilia, ilustramos aspectos del amor que allí se condensan.

Miércoles de septiembre, 10.30 horas. Emilia está preparándose el mate, fiel compañero de su momento de estudio. Mientras espera se caliente el agua, envía un WhatsApp a Pablo. Mira por la ventana de la cocina, desde la que se ve un radiante sol golpeando contra las ventanas del edificio de enfrente. Apaga la hornalla. Pone el agua en el termo y ceba el primer mate mientras relojea su celular. Abre WhatsApp. El doble tilde azul indica que Pablo leyó el mensaje. La respuesta de él no llega habiendo pasado cinco minutos. Se lleva el termo a la mesa. Se sienta. Abre el cuadernillo de fotocopias. Antes de empezar, me fijo si contestó, piensa. Seis minutos y no hay respuesta. Se ceba otro mate y empieza a estudiar.

La vida de Emilia, 23 años, se estructura en torno a su actividad principal: el estudio. La facultad es el centro a partir del cual organiza su cronograma diario. Todo en su vida se ordena por esta actividad: sus rutinarios rituales, su mudanza a Buenos Aires desde La Pampa, sus planes a futuro. La escena, a simple vista, parece la de una joven que recién levantada se alista para arrancar, tranquilamente, el día estudiando, como parte de un acto cotidiano. Pero un elemento rompe con esa armonía.

Hace tres años que Pablo es el novio de Emilia. Los separa una considerable distancia que las nuevas tecnologías se atreven a desafiar. En tan sólo 60 segundos, Emilia chequea dos veces la respuesta de Pablo. El tiempo en el amor se vive distinto que en el estudio: la intensidad del vínculo repercute en que la percepción del tiempo sea diferente. Y esto no solamente en esos momentos buenos que Emilia comparte con Pablo cuando «la hora vuela», sino también cuando espera. ¿Deviene, como sostenía Thompson (1984), la intimidad el último reducto en que la percepción del tiempo escapa a la lógica capitalista? La precisión en que se puede medir el tiempo en estas situaciones es garantizada por el protagonismo que las nuevas tecnologías tienen. Enemigas de preservar a sus usuarios en la calma, dan a los más ansiosos la medición exacta del retraso en las respuestas. La demanda de inmediatez en la respuesta se intensifica por el vínculo que los une: si fuera de una amiga de quien se espera la respuesta, el malestar seguramente sería bastante menor.

10.50 horas. Emilia está intentando estudiar. Le está costando concentrarse. Mira el celular y se fija en el perfil de WhatsApp de Pablo cuándo fue su última conexión. Va a cambiar la yerba. La respuesta de él brilla por su ausencia. Vuelve a sentarse. Se para porque olvidó el mate en la mesada. Se sienta nuevamente. Está un poco inquieta. Prepara nuevamente el mate y se ceba uno. Debe estar ocupadísimo en el trabajo, por eso no contesta, piensa mientras cuenta cuántas páginas le faltan leer.

O lo mandaron a buscar algo al otro edificio, mientras vuelve a controlar la cantidad de páginas restantes, pues se perdió en el primer conteo. También se pone ansiosa. Lo importante es que no haya salido a hacer ningún mandado con esa compañerita.

Mientras toma el mate, su mirada se pierde en la puerta de entrada. La incertidumbre y angustia que comienza a sentir parecen penetrar en la madera de la abertura.

Este miércoles de septiembre no parece ser un día muy productivo para Emilia. La no respuesta de Pablo interviene de modo determinante en su rutina. Una de las cuestiones centrales en la espera es el qué se espera. En el caso del amor esto es central para aceitar el vínculo de manera que fluya autónomamente. Si bien el Que tengas un lindo día hoy y el ¿Almorzamos juntos? desempeñan funciones distintas en términos comunicativos, en el ejercicio del amor siempre exigen respuesta. La no respuesta es entendida como una forma de incumplir con la reciprocidad que el romance requiere para seguir tiñendo la relación (Giddens, 1992). De allí que la espera vaya dejando sabores amargos en el resto de las interacciones.

Las emociones de Emilia, ante esa no respuesta, iban modificándose a lo largo de esa espera. Esta secuencia emocional (Ariza, 2014) no implica que un sentimiento vaya desplazando al otro. Por el contrario, van mutando y mezclándose en una sensación corporal, en la que se reconocen rasgos típicos de cada una de esas emociones. Como sostiene Grosz (1994), el cuerpo afecta a la vez que es afectado.

Cuadernillo, marcadores, lapiceras, mate, celular, mesa, silla, etc. Lejos de resultar un listado de utilería en una obra de teatro, son constitutivos de la escena de espera de Emilia. La forma en que estos objetos son forzados por ella para intervenir en su pensamiento y amenizar esos minutos de espera nos permiten ver que la atención de ella se centraba en la respuesta de Pablo que no llegaba. Contaba y recontaba las hojas, iba y venía con el mate, chequeaba el celular. Pareciera que el interactuar más con lo que la rodeaba serviría para apresurar el tic-tac que la era digital va haciendo desaparecer.

A partir de la comunicación con su estado anímico, Emilia se da cuenta de cuán importante es la respuesta de Pablo. Se impacienta. Los minutos pasan más lentos que la capacidad que tiene su mente para explicar(se) por qué él no contesta. Excusarlo implica entender que su dilación en la comunicación no corresponde a un deseo de su propia voluntad sino que es un sujeto pasivo que circunstancias externas a él le impiden tomar su celular y mandar aunque sea un emoticón. Emilia entiende que es el trabajo de él que se interpone en la voluntad para responderle. Seguro que él quiere responder pero no puede. La colocación del otro en el centro de la relación es una de las características del amor romántico (Illouz, 2009). De allí que la no respuesta se explique por eso: si Pablo es protagonista en la vida de Emilia, seguro que ella también lo es en la de él. ¿O no?

La estelaridad del otro es fundante del vínculo amoroso, pero al mismo tiempo puede extenderse a las diferentes esferas de la vida, impregnando así otros ámbitos. La rutina de estudio de Emilia, para quien la facultad era su actividad principal, se vio interrumpida cuando Pablo no contestó.

Para explicar la no respuesta de Pablo ella ensaya diferentes explicaciones, muchas de las cuales quitan la capacidad de agencia de él. No obstante, esta carencia de agencia en él es contextual. Su voluntad por responder queda diluida ante la posibilidad de la compañía de esa compañerita que tantos celos producía en Emilia. El carácter monogámico de la pareja, otro de los elementos nucleares del amor romántico, presupone esa centralidad del otro. La posibilidad de que Pablo dejara de estar ocupado para que hiciera mandados con su compañerita marca un quiebre en la forma en que Emilia se explica la no respuesta de él. Incumpliendo uno de los tácitos contratos de su pareja, Pablo está también desplazándola a ella de su rol protagónico, al menos en esa escena. La imaginación de Emilia, sin importar si justificada o no, corroe la confianza que se presupone funda el vínculo y hace peligrar la situación de espera. A las emociones que iba experimentando Emilia se le suma la ira.

11.02 horas. La vibración del celular anunciando la llegada de un mensaje no sorprende a Emilia que lo sostenía firmemente. Su corazón se acelera. Espera, añora, que sea Pablo. Su corazón comienza a latir más fuerte. Quiere que haya respondido a su mensaje. Suspira cuando ante el deslizamiento de su dedo aparece la foto de Pablo acompañando el Te llamo? Doblemente aliviada, le clava el visto. Atiende el llamado de Pablo y le corta. Vas a aprender cuándo contestar, piensa vengativamente.

Luego de 32 minutos llega la ansiada respuesta de él. El alivio de ella es doble. Primero, porque la vuelve a colocar en el centro de la relación, después de haberse sentido desplazada por más de media hora. Se reacomodan las posiciones dentro de la pareja. Pero el alivio no viene sólo por el lado de confirmar esa centralidad y eliminar cualquier posibilidad de infidelidad. Se relaciona con que es ahora Emilia quien detenta el poder de hacer esperar.

Desde este lugar Emilia se reposiciona. Decide atender a Pablo pero cortándole la comunicación. La estrategia del decir a partir del callar es extendida en muchas parejas. Según Simmel (1961), forma parte de la coquetería. Este silencio condensa muchos significados. En primer lugar, sirve como una prueba: si me conocés, sabés qué te estoy diciendo cuando callo. Emilia le estaba comunicando a Pablo lo enojada que se encontraba por la dilación en su respuesta: el emotional work en términos de Hochschild (1983) la obligaba a ofenderse más que contentarse con la esperada respuesta de Pablo, adecuando sus emociones a lo que correspondía en esa situación.

Además, el silencio es para Pablo una prueba de amor: si me querés, me vas a volver a llamar. Reprochándole su falta de deferencia por no haber respondido inmediatamente, Emilia condena el accionar de Pablo. Al mismo tiempo, si él insiste en comunicarse con ella lo reposiciona como el súbdito en esta interacción romántica.

Por último, el pago con la misma moneda es una forma de dar cuenta de la reciprocidad que presupone el acto amoroso. La noción de intercambio de dones ilustra cómo en el amor conviven dos lógicas diferentes. Mientras que la entrega total en términos agápicos presupone el desinterés para preservar la fusión de las almas, el cálculo racionalista de semblante erótico protege a los individuos del incumplimiento de esa reciprocidad (Boltanski, 2000; Illouz, 2009). Es en esta tensión entre individualismo y entrega total que la lógica comunicativa permea el vínculo romántico. Los arrebatos espontáneos de la fuerza de las pasiones deben equilibrarse con la racionalidad instrumental que protege a los egos en el intercambio afectivo. El puente es, según las perspectivas psicoanalíticas, la verbalización de los sentimientos (Illouz, 2009). Ahora, las situaciones de espera en el amor, y nos atrevemos a extender a la totalidad de prácticas amorosas, permiten observar que el silencio no es una no comunicación, sino un acto de (no) habla con fuerza locutiva, ilocutiva y perlocutiva (Austin, 1982).

Habiendo ya analizado tanto la espera en el amor como el amor a partir de la espera, una serie de interrogantes queda abierta. La intensidad con que se vive el vínculo amoroso, tan extendido en todos los fragmentos etarios, ¿es potenciado en el caso de los jóvenes por la mediación de las nuevas tecnologías? ¿O la pasión entre éstos es una característica intrínseca de las vidas jóvenes que atraviesan? El próximo apartado arroja luz sobre ciertas cuestiones que, sin agotar estas preguntas, contribuyen con su respuesta.

Nuevas tecnologías en los vínculos erótico-afectivos: o la díada control-descontrol como clave explicativa

Existen entre los y las jóvenes nuevas formas de relacionarse, dar muestras de afecto y comenzar una disputa: las redes sociales. Las nuevas tecnologías habilitan otros códigos en la comunicación afectiva como, por ejemplo, el envío de emoticones para expresarse. Al mismo tiempo, estos mensajes implican un ejercicio de nuevas formas de decodificación: un “Me gusta”[8] a la foto de alguien de otro género en las parejas heterosexuales puede generar una situación de conflicto (Palumbo, 2015). Este apartado problematiza cómo las redes sociales son un elemento constitutivo de las relaciones erótico-afectivas entre los jóvenes de clase media y cómo se conforman como un viaducto por donde circulan los celos y el (des)control sobre sí mismo y sobre el otro a partir de la promesa de la fidelidad.

A partir de relatos de escenas a nuestro/as entrevistado/as queremos dar cuenta de una díada constitutiva de sus vínculos erótico-afectivos: control-descontrol. La particularidad que asume esta díada es que en estos tiempos se encuentra atravesada por el uso cotidiano de la tecnología asociada a la comunicación, es decir, la telefonía celular y el uso de aplicaciones. Usualmente, a través de estas comunicaciones uno puede tener información de los movimientos del otro: última vez que tuvo el teléfono en la mano utilizando una aplicación (WhatsApp y Facebook), desde qué barrio está escribiendo (Facebook) y a qué distancia se encuentra el otro de uno (Tinder, Grindr y Happn). Estas características de las aplicaciones generan cambios en los comportamientos y en las percepciones de sus usuarios/as sobre todo para quienes están entrenadas/os en sacarle provecho a estas herramientas. En los relatos de los/as jóvenes entrevistados/as, estas modalidades que implicaban tener mayores certezas sobre los movimientos del otro, funcionaban como pruebas (Boltanski, 2000) para refutar o confirmar los argumentos sobre lo que la pareja estaba haciendo en tal horario. Siguiendo las figuras analizadas por Barthes (2009), las nuevas tecnologías vienen a oficiar de informantes, que agregan información de carácter público a la imagen que el sujeto amoroso tiene del sujeto amado. Es decir, al devenir en una prueba objetiva, sirven de materialidad para contrastar lo enunciado por el otro. A continuación lo ilustramos a partir de la escena de Verónica.

Verónica se estaba viendo hace tres meses con un chico que le gustaba: Juan. Él tenía un cumpleaños un viernes por la noche y le dijo a ella que si no terminaba tarde podía acercarse a su casa. Verónica, creyendo en esta posibilidad, se aferró a ella. Pensó que alrededor de la una de la madrugada recibiría un WhatsApp de él confirmándole que iría. O, al menos, que le comunicaría todo lo contrario: dejar el encuentro en stand-by.

Ya pasados treinta minutos de la una, Verónica seguía esperando. Por las ventajas que arroja el WhatsApp, ella vio que él había leído su último mensaje. Éste era un emoticón, quería no exponerse demasiado y, al mismo tiempo, respetar los tiempos de su chico con sus amigos en el cumpleaños. No voy a ser invasiva, se decía a sí misma mientras se debatía cómo actuar. La incertidumbre que le causaba el hecho de que Juan no respondiese iba apoderándose de su estado de ánimo.

La escena de espera de Verónica y de Juan deja entrever las (im)posibilidades que permiten las nuevas tecnologías y cómo se construye una situación desde un espacio y un tiempo que no se comparten físicamente, pero sí en la virtualidad. Ellos pertenecen a una generación de jóvenes cyborg (Haraway, 1991) donde las tecnologías forman parte de su vida cotidiana y son apéndices del propio cuerpo. Verónica está pendiente de que él le escriba, y esta ausencia que ella puede observar a partir de la falta de un mensaje o llamado en su celular la angustia.

Tal como se explicó páginas atrás, la (falta de) comunicación a través de los medios virtuales genera efectos tangibles sobre los jóvenes. Verónica, a eso de las dos de la mañana comenzó a limpiar los pisos. Luego ordenó las alacenas y pasó una franela a los muebles. El peinado que se había armado para esperar a Juan se le había desfigurado. Prendió la tevé y se dio cuenta de que ni atendía a lo que estaban dando: lo mismo daba fuera una clásica película romántica, publicidades o una misa de alguna iglesia evangélica con un efusivo pastor brasilero.

Verónica sentía que el tiempo corría más lento que de costumbre, comenzaba a hablar, pero consigo misma. Imaginó una conversación en tiempo real con Juan, reclamándole.

-Escuchame una cosita… me dijiste que me ibas a tener al tanto de si venías o no a casa.

-Bueno, gorda, estaba tomando cerveza con mis amigos… el cumpleaños de Felipe y la despedida de Mariano.

-Mirá, hace tres meses que estamos saliendo y no conozco a ninguno de tus amigos. Yo ya no sé si creerte. Pero no me importa… lo que más me jode es que te la des de noviecito y después te cagues en mi tiempo. ¡Dejame ser dueña de mi tiempo!

En la escena de Verónica se evidencia que intentó ponerse límites a sí misma para no invadir al otro, para no controlar más intensamente a Juan y, en ese mismo intento, su humor cambió, se inventó actividades, ficcionó situaciones y construyó guiones en voz alta dando origen al tiempo chicle, ese que se estira y tarda en quebrarse. Cuanto más pendiente estaba del otro, más perdía el control sobre su estado de ánimo, su tiempo y su sueño. Fue una escena que involucró a dos personas pero que fue montada por una sola: Juan nunca le había prometido una certeza y Verónica calculó que a tal hora él iba a estar comunicándose con ella para, finalmente, verse. Podemos destacar dos temas paralelos: por un lado, esta escena encarna cómo las nuevas tecnologías no son solo un espacio virtual donde las personas plasman intenciones sino que terminan constituyéndose como actores no corpóreos que construyen tipos de interacción, afectos y sentires; por otro lado, a partir de estas nuevas formas de vincularse, el problema pareciera ser cómo se convive con la falta de certeza sobre el otro y cómo las nuevas herramientas dadas por la tecnología otorgan a sus usuarios/as poder para recolectar pruebas o indicios que supuestamente dicen algo de las intenciones del otro.

Las aplicaciones de celular, como se mencionó, permiten ver cuándo la otra persona la utilizó por última vez y si el mensaje que uno envió fue leído. A partir de ahí, la lectura de un mensaje y una no-respuesta puede leerse como una acción ofensiva del otro para con uno: una muestra de falta de interés, una provocación, una falta de respeto por el uso del tiempo propio, entre otras posibilidades. Siguiendo a Barthes (2009), en el juego del amor todo acto es entendido como un signo que debe ser interpretado.

El ejercicio del control sobre los movimientos del otro excede el uso de la tecnología y va acompañado necesariamente de una sensación y práctica de descontrol sobre el estado de ánimo de uno mismo. Hasta que no se encuentra una prueba que dé certeza, el control y la calma parecieran no poder retornar a pesar de los costos que representan en la construcción de los vínculos amorosos entre jóvenes.

Los celos, el control, la desconfianza, la sensación de desprecio son elementos, que aunque cercanos al registro de la violencia, coexisten dentro del amor. Esto nos lleva a preguntarnos ¿Será que se puede pensar la violencia por fuera del amor? ¿Será que la violencia existe porque la forma en la que amamos la incluye?

En suma, los testimonios, entre otros registros aquí no analizados (como los registros de las organizaciones y hechos políticos como el Ni una menos[9]) contribuyen a responder a un interrogante: ¿cómo nos vinculamos? Las relaciones erótico-afectivas protagonizadas por jóvenes también se encuentran en este marco, de allí que resulta interesante dar cuenta de cómo ellos/as perciben y vivencian el (des)control como parte de los vínculos sentimentales que construyen.

Conclusiones preliminares

Las esperas son un aspecto constitutivo con el que se debe lidiar en todas nuestras acciones y ámbitos de la vida social, por ende, también en el amor de pareja. A partir del análisis propuesto en los tres apartados que conforman esta ponencia pudimos observar que si bien las esperas generan escenas de conflicto y discusión, como así también sensaciones de ira, bronca y desamor, la resolución de estas escenas permiten momentos de fusión entre los amantes, reconciliaciones a partir de las cuales los jóvenes restablecen los pilares que sustentan su relación. Vos sos el centro de mi vida, si te hice esperar fue sin querer, no fue adrede.

Un segundo interrogante que se abre se relaciona con la estructuración de guiones propios de la espera en el campo amoroso. Pensando la realidad social como texto configurado a partir de géneros discursivos particulares, es dable preguntarse hasta qué punto nuestras propias experiencias amorosas, que vivimos como si fueran únicas, no están guionadas por ciertos marcos culturales. De ese modo, las expectativas que se generan en las esperas amorosas nos llevan a actuar dentro de cierto libreto esperable.

Tal como se trabajó a lo largo del texto, las herramientas de estas nuevas tecnologías permiten a sus usuarios/as recolectar indicios de los comportamientos del otro como si fueran pruebas. Esta recolección le da nuevas modalidades a la experiencia del amor romántico, recicla y potencia algunos de sus rasgos: el sujeto amado y quien ama en un centro que debería ser protagonizado sólo por las dos partes pero que en ocasiones es intrusado por un/a tercero/a. La prueba, los sentires, las revanchas son parte de estos vínculos amorosos juveniles.

En un contexto permeado por la economía de la inmediatez, la fluidez de los vínculos y la separación entre el tiempo y el espacio a la hora de relacionarnos, podemos afirmar que las tecnologías no son un simple medio para comunicar mensajes sino que juegan un papel performativo en el vínculo amoroso. El tiempo deviene en chicle mascado (lento, interminable, sin sabor fresco) y el intento del control sobre el otro se transforma en potenciales escenas protagonizadas por actores descontrolados (ansiedad, ira, celos).

Referencias bibliográficas

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  1. Esta ponencia fue presentado en las XII Jornadas de Salud y Población. Es una versión preliminar del artículo ““Me clavó el visto”: los jóvenes y las esperas en el amor a partir de las nuevas tecnología” publicado en la Revista Astrolabio. Nueva Época. Asimismo, otra versión de esta ponencia se publicó en el libro “Esperar y hacer esperar: escenas y experiencias en salud, dinero y amor” coordinado por Mario Pecheny.
  2. En el castellano, el verbo “esperar” tiene principalmente dos acepciones, a diferencia de otros idiomas como el inglés o el italiano. La primera se relaciona con tener esperanzas (to hope en inglés), la segunda permanecer en algún lugar hasta que algo suceda (to wait en inglés). Nos resulta interesante establecer cómo esta distinción semántica queda diluida en frases como “espero que me diga que me ama”.
  3. Cabe aclarar que cada vez que se habla de amor se estará haciendo referencia al amor romántico en particular.
  4. En esta investigación solo nos centraremos en relaciones heterosexuales, dejando abierta la comparación con parejas lesbianas y gays para futuros trabajos.
  5. Esta ponencia se enmarca en el proyecto de investigación “Esperar y hacer esperar: escenas en salud, dinero y amor”, dirigido por Mario Pecheny, con sede en el Instituto de Investigaciones Gino Germani de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.
  6. “Clavar el visto” es un modo coloquial de dar cuenta de que la otra persona, habiendo leído mi mensaje, no lo contesta. Este conocimiento (y control) en la comunicación es habilitado por las más recientes tecnologías de la información y la comunicación (como Facebook, WhatsApp, entre otras). Es interpretado como una forma consciente e intencional de ignorar a otra persona.
  7. WhatsApp es una aplicación de mensajería multiplataforma que permite enviar y recibir mensajes de texto, de voz, imágenes y videos.
  8. “Me gusta” es una función que aparece en la parte inferior de cada publicación hecha por el usuario o sus contactos (actualizaciones de estado, contenido compartido, etc.); se caracteriza por un pequeño ícono con la forma de una mano con el dedo pulgar hacia arriba. Permite valorar si el contenido es del agrado del usuario actual en la red social; del mismo modo se notifica a la persona que expuso ese tema originalmente si es del agrado de alguien más (alguno de sus contactos). También es llamado con el término “like”.
  9. Ni una menos fue una multitudinaria marcha de protesta en contra de la violencia contra las mujeres que se dio simultáneamente en varias ciudades de Argentina, Chile y Uruguay el 3 de Junio de 2015 (reedita con el mismo nivel de masividad en 2016). En la Ciudad de Buenos Aires, en 2015, se estima que se reunieron más de doscientas mil personas.


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