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4 Pruebas y soportes en torno a la sexualidad y afectividad en adolescentes escolarizados en el nivel medio de Argentina

Sebastián Ezequiel Sustas 

Introducción

Planteamos algunos interrogantes que ponen en vinculación aspectos de tipo institucional en el ámbito educativo, los procesos de transformaciones socio-culturales cristalizadas en legislaciones específicas, y las relaciones generacionales entre adultos y adolescentes: ¿Cómo se configuran los entramados sociales en la vida sexual y afectiva de las y los jóvenes? ¿Qué desafíos comunes son posibles de identificar en esas configuraciones sociales? ¿De qué forma se vinculan dichos desafíos con las trayectorias sociales, los vínculos –intra e inter generacionales–, y los contextos o escenarios que enmarcan dichas interacciones? Estas preguntas nos permiten indagar acerca de las formas y dinámicas vinculares que enmarcan los diferentes desafíos a los que son puestos a prueba las y los adolescentes, que por su fuerte regularidad en los relatos de sus experiencias sociales, nos permiten identificarlos como pruebas con un substrato común: desafíos que aluden a dimensiones de la sexualidad y afectividad. Asimismo, indagamos acerca de las formas en cómo se presentan los dicho, los escenarios que enmarcan las relaciones, y los soportes disponibles para hacer frente a dichas pruebas.

Para responder a estos interrogantes, recurrimos a una indagación que se sitúa en el enfoque interpretativo de las ciencias sociales, cuyo objetivo central es la comprensión de los sentidos de las acciones sociales desde la propia perspectiva de los sujetos (Kornblit, 2004). Empleamos técnicas de recolección de información de metodologías cualitativas, conformando así el corpus de información compuesto por 8 entrevistas individuales y 10 grupos de discusión formados por alrededor de 4 adolescentes en cada una de las escuelas medias de la región Metropolitana de Buenos Aires, la provincia de Córdoba, y la provincia de Mendoza. La metodología cualitativa tiene especial interés en los sentidos, significados y experiencias construidos en las interacciones sociales (Vasilachis De Gialdino, 1992). En relación a las técnicas empleadas, las entrevistas en profundidad permiten observar experiencias, percepciones y sentidos de los sujetos sobre sí mismos y su entorno, en contextos particulares que enmarcan las interacciones (Sautu, 1999). Por su parte, los grupos de discusión, retomando a Freidin (2014), permiten generar las condiciones para dar cuenta de las formas en que los sujetos optan por diferentes tipos de prácticas, la aceptación y tensión sobre ellas, las limitaciones con las que se enfrentan y los significados otorgados a dichas elecciones en un marco donde las interacciones grupales resultan un elemento central del análisis. El trabajo de campo tuvo lugar durante el 2014. En algunos grupos de discusión contamos con la colaboración de responsables locales de diferentes programas (salud sexual, adolescencia). La edad de las y los entrevistados se situó en una franja entre 15 a 19 años. Los grupos de discusión fueron mixtos, y se buscó que compartieran el mismo curso. Para el análisis del corpus retomamos los lineamientos generales de la teoría fundamentada (Glaser & Strauss, 1967). Aplicando los criterios de parsimonia –maximizar la comprensión de un fenómeno con la menor cantidad de conceptos posibles– y de alcance –ampliar el campo de aplicación del análisis sin desfasarse de la base empírica–, identificamos categorías emergentes en torno a las dimensiones asociadas al placer sexual y lo erótico, las formas en que dichas dimensiones condicionan los vínculos, y las formas de comprenderse a sí mismos medidas por dichas facetas. Estas categorías emergentes se encuentran en dialogo con el marco conceptual y las bibliografías temáticas empleadas.

Consideramos necesario realizar algunas aclaraciones que sirven para enmarcar el presente trabajo, como así también marcar las limitaciones de alcance. El presente trabajo se enmarca en una investigación doctoral realizada por el autor sobre las vinculaciones de las concepciones, prácticas y conductas sexuales de adolescentes de escuelas medias en el marco de la ley de Educación Sexual Integral.[1] En este contexto, el objetivo de identificar desafíos comunes o pruebas por los cuales transiten las y los adolescentes implica una revisión del trabajo de investigación doctoral desde una mirada conceptual asentada en la sociología de la individuación. Asimismo, la presentación de las categorías emergentes identificadas permite delinear de forma sucinta el mapa de los entramados sociales sobre los cuales se configuran los procesos de individuación en términos sexuales y afectivos. Por las características del trabajo, quedan pendientes profundizar en los múltiples vínculos en que es posible analizar las dimensiones emergentes identificadas.

Sexualidad y afectividad desde la individuación

Analizar las dinámicas configuradas por los diferentes entramados sociales en la vida sexual y afectiva de mujeres y varones adolescentes teniendo en cuenta aspectos de sus trayectorias sociales, sus vínculos y los contextos que enmarcan las interacciones, implica hacer algunas precisiones en torno a las categorías analíticas a partir de las cuales se indagan dichas dinámicas en el presente trabajo: pruebas y soportes. Partir de analizar las dinámicas entre las pruebas y soportes en torno a lo sexual y afectivo en adolescentes escolarizados en el nivel medio de Argentina tiene como propósito hacer inteligible de forma sociológica una serie de problemas que emergen de forma estridente como problemas sociales en muchos discursos que involucran a la adolescencia y a la sexualidad. Estos discursos suelen asociar de forma lineal consecuencias negativas (embarazos no deseados y/o tempranos, ITS) con el ejercicio afectivo y sexual de los adolescentes. Los desafíos comunes a los que son puestos a prueba las y los adolescentes son una clave para analizar las diferentes dinámicas en que se vinculan sexual y afectivamente, los escenarios que enmarcan las relaciones, y los soportes disponibles para hacer frente a dichas pruebas. Esta sugerencia implica definiciones teórico analíticas que se describen a continuación.

Durante la primera mitad del siglo XX, las instituciones lograban transmitir de forma armónica normas sociales concurrentes, en mayor o menor medida, con acciones y prácticas esperadas, llevadas adelante por los actores. Las teorías sociológicas de este período, más allá de sus diferencias, podían partir de una idea de sociedad que se sustentaba en instancias estructurales que encontraban en las instituciones y los programas institucionales la fuente de sostén de los individuos. Procesos presentes a largo del siglo comienzan a hacerse más palpables a partir de las década de 1960, momento en el que muchos autores señalan la emergencia de una modernidad diferencial signada por el fin de la creencia en el progreso, la aparición de desfases entre las posiciones sociales, las prácticas y deseos de las personas y una importancia cada vez mayor de las tendencias hacia la singularización individual (Beck, Giddens, & Lash, 2001; Martuccelli & De Singly, 2012). Estos procesos de desinstitucionalización (Beck & Beck-Gernsheim, 2003) o de declinación de las instituciones (Dubet, 2013), desplazaron los marcos de socialización desde las instituciones hacia las personas, vivenciados a nivel individual como fracasos personales. En estos contextos de mayores niveles de incertidumbres, inseguridades y angustias por los desfases entre las expectativas y las prácticas concretas, los sujetos regresan sobre sí mismos frente a la pérdida de las “recetas” brindadas por las instituciones.

Vincular aspectos que son vivenciados a nivel individual –las trayectorias o itinerarios individuales– con aspectos de tipo social estructural continúa siendo la aspiración de cualquier pregunta sociológica. Sin embargo, a raíz del proceso de cambios previamente narrados, es necesario un análisis que permita dar cuenta de lo social a partir de lo individual. En este sentido, dos perspectivas teóricas y analíticas convergen a partir de pensar el trabajo de los individuos sobre sí mismos en los escenarios característicos de la modernidad tardía: 1) la experiencia social de los individuos requiere el trabajo de dar coherencia a lógicas de acción –maneras de definir la sociedad y a sí mismos– que son en parte disímiles y autónomas (Dubet, 2013), 2) el imperativo social de las sociedades actuales que obliga a los individuos a individualizarse a partir de un sistema estandarizado de pruebas (Martuccelli & De Singly, 2012). Las lógicas de acción “no son sólo grupos de motivos, son también puntos de vista sobre lo social, más cognitivos que normativos, que implican un tipo de representación de la sociedad” (Dubet, 2013, p. 194).

Estas lógicas de acción son articuladas por los individuos en la construcción de su entorno social: a) integración o programación –la interiorización del control social externo, la asunción de múltiples roles y pertenencia a diferentes nosotros que aseguran el propio yo–; b) estratégica –la definición de objetivos en sintonía con el interés situado de los actores, y la movilización de los recursos y medios para alcanzarlos en dichas situaciones sociales particulares–; c) subjetivación –la adopción de un punto de vista que permita a los sujetos situarse más allá de cualquier determinación social, sea producto de su socialización o sus elecciones y movilización de recursos en clave estratégica.

Las pruebas son una categoría analítica que permite dar cuenta de la diferenciación funcional que caracteriza las sociedades contemporáneas según las esferas de acción a las cuales acceden los individuos, sin perder de vista la fuerte estandarización social y temporal de dichas pruebas en las sociedades actuales. Martuccelli (2006) describe las pruebas a partir de algunas características de orden general que adaptamos a nuestra población en estudio: a) encuentran en el individuo el eje singular de la afección encarnado en vivencias, el cuerpo y los afectos; b) poseen una intensa implicancia a nivel vivencial; c) son instancias de tensión percibidas, de forma más o menos velada, por los propios adolescentes entre las expectativas, deseos y las posibilidades de llevarlos a cabo; d) requieren la movilización de soportes para ser superadas. Como señala el mismo autor:

“[…] las pruebas se declinan en forma diferente según las trayectorias y los lugares sociales, y asumen significaciones plurales según los actores considerados. […] Conservando en primer plano los cambios históricos y los inevitables efectos del diferencial de posicionamiento social entre actores, las pruebas permiten justamente dar cuenta de la manera en que los individuos son producidos y se producen” (Martuccelli, 2006, citado por Di Leo y Camarotti, 2013: 21).

Dos lados de un mismo fenómeno concurren: la impronta a singularizarse a partir de experiencias individuales y los desafíos comunes que requieren la movilización de soportes para ser enfrentados. Los soportes, siguiendo al mismo autor, son el material con el cual se construye el tejido social y existencial de las y los adolescentes (Martuccelli, 2007). Algunos soportes adquieren una mayor materialidad (objetos, recursos económicos o de tipo relacional), mientras que otros potencian sus capacidades de “sostener” a los individuos a partir de aspectos simbólicos (experiencias, actividades, afectos, aspiraciones, deseos o expectativas). Las pruebas no son sólo puntos de quiebre de las trayectorias biográficas, sino instancias donde quedan expuestas las posibilidades de elección y movilización de los recursos y soportes al alcance de las y los adolescentes. No todos los contextos habilitan el mismo punto de partida para afrontar una prueba del orden sexual y afectivo, ni el acceso a un rango ilimitado de soportes.

En el imperativo a individualizarse en términos sexuales y afectivos los adolescentes deben transitar por diversos desafíos que los ponen a prueba y en relación a los cuales deberán movilizar los recursos de los que disponen para salir airosos. Denominamos a este proceso como individuación en términos sexuales y afectivos (Sustas, 2015). El mismo expone el trabajo de las y los adolescentes por dar unidad a sus experiencias sociales, surgidas de lógicas de acción que responden a modelos más tradicionales en los que los procesos institucionales de socialización de períodos previos continúan vigentes, pero que conviven con modelos que implican en mayor grado la singularidad y la reflexividad. Este imperativo social cobra para las y los adolescentes la forma de pruebas que involucran aspectos de la sexualidad y la afectividad, en sus dimensiones performativas, vivenciales, como así también las proyectadas. Estos desafíos poseen una fuerte herencia deudora de lo que Araujo and Martuccelli (2012) denominaron prueba de pareja, que remite al imperativo social en la búsqueda de pareja que surge de los relatos de entrevistas en su análisis de la sociedad chilena, y donde aspectos en torno a concepciones de familia y la división sexo genérica de la sociedad se presentan como ejes centrales.[2]

En términos analíticos, en este proceso de individuación, los actores realizan búsquedas activas a partir de los entramados sociales en los que se desenvuelven sus vidas. Estas búsquedas los llevan a atravesar las pruebas que la época y el medio les plantean y a seleccionar los soportes en los que pueden apoyarse. La pretendida unicidad identitaria propia de los procesos de socialización exitosos de las instituciones de la primera modernidad está resquebrajada en el presente. El trabajo de los individuos sobre sí mismos refiere a un proceso de búsqueda de identidad, en nuestro caso en términos sexuales y afectivos, no como un sentido acabado, sino como una imaginada unicidad necesaria para conjugar de un modo convergente los trabajos de las instituciones sobre los individuos y el imperativo a individualizarse.

A partir de las decisiones analíticas asumidas se requiere relacionar diferentes niveles de análisis. Entendemos por entramados sociales a las múltiples redes que conforman los individuos en los diferentes escenarios en los cuales transitan, es decir sus círculos de sociabilidad. En definitiva, su mundo circundante, en el que el trabajo de los actores sobre sí mismos intenta dar coherencia a sus prácticas en esos múltiples ámbitos de sociabilidad. Este aspecto central se expresa en la expansión de instancias reflexivas, ligadas a la introspección, es decir, la vuelta hacia uno mismo. Entendemos por interacciones personales las relaciones que surgen de los vínculos con otros, en los que emergen posiciones o situaciones sociales diferenciales. Estas no necesariamente orientan las conductas, sino que al contrario hacen emerger las contradicciones entre los deseos y las posibilidades objetivas.

Estudios clásicos sobre la sexualidad (Gagnon, 2006) vincularon los patrones de interacción, los escenarios culturales y los guiones intrapsíquicos necesarios para que cualquier práctica sexual sea posible. La certeza de que la sexualidad requiere de un proceso de aprendizaje permite situar nuestra perspectiva en contexto: ese proceso de construcción de experiencias sexuales y afectivas está signado por pruebas, esas pruebas requieren de soportes para ser superadas, las dinámicas entre pruebas y soportes son diferenciales según las posibilidades de elección y movilización de soportes. No todos los adolescentes se encuentran en contextos en los que dispongan de soportes que les permitan situarse en una posición de ejercicio de derechos en términos sexuales y reproductivos. Asimismo, las experiencias sociales de los individuos se encuentran influenciadas en la actualidad por contextos de desinstitucionalización, en los que el trabajo de las instituciones sobre los individuos ha cesado de tener la influencia de antaño. La sociedad, entendida como las recetas institucionales para lograr la socialización e integración, ha dejado de dar unidad a la vida social (Dubet, 2013), para dejar paso a un creciente proceso de singularización individual, en el que los desfases sistémicos se vivencian a nivel personal como angustias e inseguridades. Sin embargo, las posibilidades emancipatorias de contextos signados por una mayor capacidad reflexiva no implican la desaparición de las lógicas de acción de la primera modernidad. En esta concurrencia de lógicas de acción, el análisis a posteriori de los sentidos construidos y otorgados a los desafíos comunes en torno a lo sexual y afectivo permite vincular las trayectorias individuales con los fenómenos sociales que las enmarcan.

Pruebas y soportes en los procesos de individuación en términos sexuales y afectivos

A partir del corpus de datos compuestos por las entrevistas en profundidad y los grupos de discusión dimos cuenta de algunas instancias que precisan de las y los adolescentes movilización de soportes para ser afrontadas. Por tratarse de un segmento de ciclo de vida particular, –la adolescencia–, es posible que algunos desafíos se enmarquen dentro de lo “esperado” en dicha etapa de la vida, particularmente en lo que respecta a la iniciación sexual y afectiva. Sin embargo, en los relatos emergen del análisis otras pruebas con una fuerte regularidad, como el posicionamiento en torno a las diversidades sexuales, y en menor medida el posicionamiento frente al aborto. A continuación avanzamos sobre ello.

El inicio sexual fue identificado en los primeros estudios sobre fecundidad adolescente como el origen de la exposición al riesgo de embarazos no deseados o tempranos, o infecciones de transmisión sexual (ITS). A pesar de este origen deudor de paradigmas médicos hegemónico (Menéndez, 1985), diversas investigaciones continuaron profundizando en la iniciación sexual. Sin embargo, los motivos no descansan necesariamente en una perspectiva de riesgo, sino en que dicha instancia es identificada por las y los propios adolescentes como una prueba, que a pesar de su regularidad, adquiere diferentes matices (Geldstein & Schufer, 2002; Grimberg, 2002; Jones, 2010; Pantelides, 1996).

En nuestro corpus de datos el inicio sexual también emerge como una categoría importante en lo que respecta a las instancias de individuación y subjetivación adolescente. Sin perder de vista los sentidos diferenciales genéricamente conformados, es posible observar alusiones al inicio sexual como una instancia con una relativa capacidad de regulación, al menos desde los propios adolescentes. Sin embargo, concurrente con esta capacidad de regulación contingente a evitar determinadas situaciones que involucran la dimensión erótica, el control parental se presenta de forma omnipresente en los relatos. Asimismo, en ocasiones, el inicio sexual se enmarca en relatos de los vínculos cercanos, convirtiéndose así en un mal a conjurar por fuera de la realidad de las adolescentes con el propósito de no repetir historias de embarazos tempranos y las posibles coacciones sexuales asociadas (Checa, Erbaro, Schvartzman, Perrotta, & Tapia, 2010; Fainsod, 2005). Es interesante la emergencia de sentidos con una aparente lateralidad al inicio sexual, tales son los casos de la capacidad masculina de la espera y la femenina del miedo al dolor. ¿Es posible pensar estas instancias que se corporizan en un desplazamiento de la abstinencia, en el primer caso, y en una imposibilidad de asociación con el placer en el segundo, sin contemplar aspectos que remiten a las concepciones sobre sexualidad y género que predominan en los entramados sociales de dichos adolescentes?

La predominancia de perspectivas de la sexualidad deudoras de posturas biologicistas, aspecto que se manifiesta de forma más contundente en los modelos de educación sexual (Kornblit & Sustas, 2014; Morgade, 2011; Wainerman, Di Virgilio, & Chami, 2008), enmarca la prueba de posicionamiento frente a las diversidades sexuales. La normatividad sexual establece el binomio sexo-genérico que estable límites precisos sobre las orientaciones, deseos, gestos y fantasías sexuales, al mismo tiempo que establece instancias de poder desiguales entre los sexos (Scott, 1996). Sin embargo, frente a esta tendencia que continúa teniendo una fuerte inercia en las instituciones escolares, el avance de legislaciones que amplían los derechos y libertades civiles de las “minorías” sexuales avalado por agendas públicas, emerge como un factor que permite y habilita instancias de introspección.[3] ¿Desde qué concepciones de la sexualidad y el género se habilitan la ruptura con las miradas restrictivas en torno a las diversidades sexuales? ¿Qué tipos de recursos son movilizados para romper con la linealidad construida desde la diada sexo-genérica?

La prueba posicionamiento frente al aborto se enmarca en el mismo registro que la relativa a las diversidades sexuales, y de alguna manera ambas dan cuenta de posicionamientos más generales sobre la sexualidad. En consonancia con investigaciones en la temática (Climent, 2005; Petracci, 2004), los sentidos con mayor predominancia aluden al rechazo de la interrupción del embarazo ya que no se corresponde con hacer frente a las “consecuencias” del acto sexual. La premisa que pone la vida por venir en el centro de los valores que orientan dichas posturas en torno al aborto, se desplaza hacía el rechazo por la incapacidad de regular los instintos sexuales como razón para sostener las opiniones. Encontramos sentidos aún de mayor radicalización de aversión, cuando las relaciones sexuales que dieron lugar al embarazo poseen la duda de instancias de placer intervinientes. El goce sexual intensifica así el rechazo en nombre de la incapacidad de manejar aquello que los mismos adolescentes en ocasiones parecen señalar como difícil de regular. Posicionamientos de aceptación parcial emergen cuando se aluden a las causales no penadas por la ley (Bergallo, 2011). Las respuestas agrupadas en posiciones causales habilitan las posibilidades de interrupción del embarazo pero asociadas a situaciones límites que se presentan como desvíos de los marcos y espacialidades esperados para las relaciones sexuales. En particular, la violación se presenta como un caso recurrente en las narraciones de los adolescentes, ya que en dicho abuso sexual, el placer, como dimensión de la sexualidad, no se encuentra implicado. La ausencia de instancias de goce durante el acto sexual que da origen a la gestación se presenta así con un poder explicativo más fuerte que la vulneración física que implica la violación. Finalmente, posicionamientos de aceptación de la interrupción del embarazo parecen emerger cuando existen referencias o vivencias cercanas. Si las vivencias cercanas –o las referencias a ella–habilitan la puesta en duda de los valores que sostienen las posturas conservadoras, la introspección y los procesos de reflexión son una instancia importante para sostener posturas más abiertas en temáticas íntimamente vinculadas a la vida de las personas, en las que experiencias concretas atraviesan el presente.

Comentarios finales

En los procesos de individuación en términos sexuales y afectivos las y los adolescentes transitan por diversos desafíos que involucran de forma activa la movilización de soportes y recursos para afrontarlos. En este trabajo identificamos tres instancias: el inicio sexual, el posicionamiento frente a las diversidades sexuales y frente al aborto. Aunque nuestro esfuerzo analítico fue compartimentar estas pruebas, consideramos que existen elementos comunes que permiten comprender de forma dinámica las vinculaciones entre dichos desafíos.

Dos momentos parecen converger para enmarcar uno de los sentidos predominantes del inicio sexual: dificultades para lograr algún grado de manejo de situaciones eróticas por parte de los mismos jóvenes (alusiones a la imposibilidad de encauzar instintos o de planificar las relaciones), frente a una omnipresente normatividad adulta destinada a evitar instancias donde las interacciones sexuales y afectivas pudieran ocurrir. A pesar de su relativa obviedad, estos sentidos son deudores de concepciones esencialistas sobre la sexualidad, que encuentran en los instintos la materia maleable sobre la cual se constituye todo lo referido a lo sexual. Es interesante el hecho de que categorías como la espera –en el caso masculino–, o el miedo al dolor –en el caso femenino–, a pesar de su aparente lateralidad, también concurran con posiciones de tipo esencialistas. En el caso de la primera, concurre en los modelos de educación sexual más conservadores al generar un marco espacial y temporal de las acciones afectivas y sexuales. Frente a la imposibilidad de la abstinencia, la postergación corporizada en la espera marca la temporalidad y se esgrime como valor deseado de la masculinidad, mientras que el espacio está delimitado por formas vinculares que muestran en el antagonismo del placer sexual y el amor/intimidad las características exteriores de concepciones binarias en torno a la sexualidad. El tiempo y espacio de la sexualidad dicta y establece la normalidad como alegoría de la naturalidad. En el caso del miedo dolor como sentido asociado al inicio sexual, la potencialidad de sentido viene dada por su opuesto, que en este caso se encuentra ausente: la posibilidad de alusión al placer. Si el cuidado desde un punto de vista asociado al deber ser se manifiesta en la aversión a la infidelidad, en estos modelos deudores del paradigma médico, el cuidado se establece a partir de las distancias relativas en torno a aquello considerado riesgoso. El placer desplaza su lugar pecaminoso confesional a una instancia secular que lo identifica con el azar, pero donde las probabilidades no tienen el mismo peso: el azar siempre conlleva a lo no deseado de la sexualidad. Esta metonimia entre placer y riesgo establece jerarquías, donde algunos cuerpos son objeto más acentuado de la intervención de los saberes de control, en especial los femeninos. Las posibilidades de conformación de las subjetividades también difieren al estar atravesadas por saberes y valoraciones de lo legitimo diferentes que buscan dar las características totalizantes de cada ser.

Finalmente, los desafíos de posicionamientos respecto de las diversidades sexuales y el aborto presentan facetas de un mismo fenómeno: la tensión entre la inercia de ciertas concepciones en determinadas instituciones y el avance de legislaciones y debates desde agendas públicas. Como hemos sucintamente analizado, gran parte de los sustentos conceptuales sobre los que se sostienen las posiciones en relación a las diversidades sexuales o a la despenalización del aborto no pueden ser comprendidos sin indagar en torno a las dimensiones de la sexualidad y el género. Las definiciones de lo público o lo privado, las formas de amar, el lugar del placer están estrechamente vinculadas.

Referencias bibliográficas

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  1. Dicha tesis fue presentada para optar por el título de Doctor en Ciencias Sociales por Universidad de Buenos Aires. Intitulada: Cambios y permanencias en torno a la sexualidad y afectividad en las mujeres y varones adolescentes escolarizados en el nivel medio de Argentina (2005-2014). Dirigida por la Dra. Ana Lía Kornblit.
  2. En dicho análisis, los autores describen tres tipos de ideales que se articulan, concurren y tensionan en la constitución de los imaginarios de pareja: el ideal protector –construido alrededor de la figura de quien protege y estabiliza–; el ideal de fusión –constituido en la tensión entre la fusión pasional y la tendencia a la formalización de la pareja–; y el ideal de independencia –el cual supone espacios de reconocimientos propios para cada miembro (Araujo & Martuccelli, 2012). Nos parece interesante señalar los posibles trasvasamientos entre las lógicas de acción dubetianas y estos ideales.
  3. También son recurrentes en los relatos las alusiones a la visibilidad de las personas con orientaciones sexuales no heterosexuales en diferentes novelas, shows mediáticos y ámbitos televisivos.


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