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7 La doble trama de la medicalización del envejecimiento[1]

Paula Gabriela Rodríguez Zoya

Introducción

El envejecimiento es un proceso que atañe a todos los seres vivos. En el caso de los seres humanos, este curso vital de carácter universal e inevitable adquiere caracteres singulares puesto que se encuentra tensado por múltiples factores como son los aspectos biológicos, biomédicos, psicosociales, culturales y subjetivos, lo que hace del envejecimiento un fenómeno ciertamente complejo. En un mundo en el que se logró el incremento de la expectativa de vida, en el que la longevidad aparece como un fenómeno cada vez más frecuente y el envejecimiento poblacional signa un escenario demográfico en el que la proporción de personas mayores aumenta en relación con los grupos más jóvenes, el envejecimiento constituye una problemática central de las sociedades contemporáneas. Asimismo, en una configuración sociocultural que pondera los ideales de juventud, belleza, vitalidad y salud perfecta y, correlativamente, carga de sentidos negativos al envejecimiento, se despliega –por medio de discursos y prácticas– una voluntad que busca disimular, silenciar, postergar y hasta detener o controlar este proceso vital y sus signos. En esta encrucijada se expande la medicalización del envejecimiento como un fenómeno de época que demanda y merece nuestra atención.

El objetivo de este trabajo es problematizar el modo en que el envejecimiento se conformó en objeto para el saber médico. Con este propósito se desarrolla un trabajo genealógico sobre el nacimiento de la medicalización del envejecimiento, concebida como un proceso biopolítico de larga duración. La tesis central afirma que el envejecimiento se constituyó simultáneamente como un doble objeto para la medicina, de modo que se propone pensar la medicalización de este proceso vital en términos de una doble trama. Por un lado, se plantea que el envejecimiento se configuró como un fenómeno de neto interés biopolítico y fue integrado a la trama principal de la medicalización. Por otro lado, se señala que el envejecimiento fue objetivado por la medicina como un fenómeno, en principio, sin relevancia para la regulación de la vida y la salud de las poblaciones, de modo que se acopló a un hilo sutil de la medicalización. El trabajo exhibe que esta doble objetivación del envejecimiento dio nacimiento a dos prácticas médicas distintas: la medicina de la vejez y la medicina del rejuvenecimiento.

A partir de la revisión y el análisis de fuentes documentales se exploran los principales nodos genealógicos de estas dos vertientes de la medicalización del envejecimiento. En relación con la objetivación del envejecimiento como vejez se destaca la emergencia de saberes médicos específicos y de tecnologías estadísticas que signaron la constitución del campo de prácticas gerontológicas y geriátricas. Por su parte, la invención de la medicina del rejuvenecimiento se rastrea a través de ciertas prácticas médicas, desarrolladas desde el siglo XVIII, orientadas a prolongar la vida, rejuvenecer y recobrar la vitalidad.

Medicalización, veridicción y objetivación del envejecimiento

El nacimiento de la medicina moderna como campo de saber-poder es un acontecimiento biopolítico decisivo en la historia de Occidente. Asimismo, el desarrollo de la medicina –en su extensión y especialización– constituye un proceso biopolítico de larga duración. La medicalización es el nombre dado al proceso por el cual la medicina expande el horizonte de su discurso, amplía su campo de prácticas, extiende sus modos de objetivación, sus tecnologías de poder y sus mecanismos de regulación a nuevos objetos y ámbitos que anteriormente no estaban alcanzados por el saber médico (Conrad, 2007).

El proceso de medicalización iniciado con el nacimiento de la biopolítica en el siglo XVIII no se ha detenido desde entonces. Más aún, la biopolítica como tecnología de poder sobre la vida no podría haberse desarrollado sin el concomitante despliegue de la medicina como campo de saber-poder. En efecto, en la medida en que la población se constituye como problema de gobierno, la salud de la población se convierte en objeto de regulación política y “la medicina, en una estrategia biopolítica” (Foucault, 1996: 87). La medicina se configura como una tecnología política cuya más alta función es regular y asegurar las condiciones de salud de las poblaciones.

Desde el siglo XVIII, el cuerpo, la salud y la enfermedad de la población se constituyen como problemas políticos y como objetos de regulación médica. En el análisis genealógico de la medicalización, Foucault identifica tres momentos cruciales de este proceso: la formación de la medicina de Estado, el nacimiento de la medicina urbana y el desarrollo de la medicina de la fuerza de trabajo (Foucault, 1999). Por esta vía, la medicina coadyuvó a “la reorganización de la sociedad como medio de bienestar físico, de salud óptima y de longevidad” (Foucault, 1991: 94). La medicina como tecnología biopolítica dio forma a la vida de la población a través de la regulación de una multiplicidad de objetos: organización del espacio urbano, campañas de higiene y salud pública, fabricación de antibióticos, campañas de vacunación, erradicación de epidemias, potabilización del agua. En suma, “las prácticas de la medicina modificaron la forma de vida de los seres humanos” (Rose, 2007: 701).

Ahora bien, la medicalización puede ser pensada como un proceso de doble hélice, es decir, como una trama histórica constituida por dos hilos. El primer hilo lo configura el desarrollo de la medicina como estrategia biopolítica, lo que implica la expansión de la tecnología médica como mecanismo de regulación de la salud y la vida de las poblaciones. El segundo hilo, más sutil e imperceptible, está constituido por el desarrollo microfísico de una multiplicidad de prácticas médicas, en principio, alejadas de las estrategias gubernamentales orientadas hacia la población. En el primer caso, la medicalización se inicia con el “desarrollo del sistema médico y el modelo seguido por el `despegue´ médico y sanitario de Occidente a partir del siglo XVIII” (Foucault, 1996: 85) y se acelera con la tendencia biopolítica de “estatización de lo biológico” durante el siglo XIX (Foucault, 2010: 217). En el segundo caso, la medicalización consiste en la ampliación del campo de saber de la medicina mediante la expansión de sus modos de objetivación sobre una multiplicidad de objetos situados en los intersticios de las estrategias gubernamentales. Esto quiere decir que la medicina avanza, objetiva, indaga, experimenta sobre fenómenos que, en principio, carecen de interés para la regulación biopolítica de la población.

Mediante este hilo sutil de la medicalización, la medicina se despliega como el agua entre las grietas de la biopolítica y constituye nuevos territorios para sus prácticas. Estas prácticas médicas situadas en los confines de la biopolítica aparecen como ‘formas menores’ de medicina, no siempre aceptadas o legitimadas por las prácticas médicas que configuran la trama o hilo principal de la medicalización. Más aún, esta medicalización de los intersticios forma, a menudo, una zona de disputa o una región de conflicto en la lucha por la verdad médica. Dicho de otro modo, estas formas menores de medicina se encuentran, a veces, fuera de la verdad de su tiempo, relegadas a una forma dudosa de saber al ser consideradas desde el punto de vista de la veridicción médica generalizada. Que estas prácticas médicas menores carezcan de interés biopolítico primario y que su legitimidad esté puesta en duda no quiere decir que funcionen por fuera de las relaciones de poder; tampoco significa que no configuren una forma de ejercicio del biopoder en tanto tecnología capaz de intervenir y regular la vida.

Es necesario señalar que la doble trama de la medicalización no constituye un límite ni una frontera rígida. Por el contrario, saberes médicos marginales que se encuentran fuera del discurso de verdad de su tiempo pueden, en ciertas condiciones, devenir en una tecnología biopolítica formidable y pasar a constituir la trama principal de la medicalización. Inversamente, saberes de la trama principal pueden caer en el olvido y ser relegados por un cambio en el juego de verdad que rige los discursos y las prácticas médicas. Por ejemplo, el saber hipocrático-galénico constituyó la trama principal de la medicina en el mundo antiguo pero no jugó un rol central en la medicalización de la sociedad desde el siglo XVIII. En la biología, la teoría de la herencia de Mendel “decía la verdad, pero no estaba «en la verdad» del discurso biológico de su época” (Foucault, 2012: 37). En suma, la relación entre el hilo principal y el hilo sutil de la medicalización se expresa como un conflicto de veridicción. Una práctica médica menor “puede decir la verdad […] pero no está en la verdad más que obedeciendo a las reglas de una policía discursiva” que controla la producción de discursos que conforman el hilo principal de la medicalización (Foucault, 2012: 38).

En este marco, reviste interés problematizar la relación entre medicina y envejecimiento, es decir, el modo en que el envejecimiento se conformó como objeto del saber médico. La hipótesis que guía el análisis aquí desarrollado es que el envejecimiento se constituyó simultáneamente como un doble objeto para la medicina. Por un lado, este proceso vital se configuró como un fenómeno de interés biopolítico y, por lo tanto, fue integrado a la trama principal de la medicalización. Por otro lado, el envejecimiento fue objetivado por la medicina como un fenómeno, en principio, sin relevancia para la regulación de la vida y la salud de las poblaciones, de modo que se acopló al hilo sutil de la medicalización. Esta doble objetivación del envejecimiento dio nacimiento a dos prácticas médicas distintas: la medicina de la vejez y la medicina del rejuvenecimiento. A continuación se explora el nacimiento de cada una.

El nacimiento de la geriatría y la gerontología

Si la biopolítica consiste en una estrategia de regulación biológica de la población, cabe preguntarse cuál es el aspecto biológico del envejecimiento que reviste interés biopolítico. Ciertamente, el envejecimiento como un proceso que comprende toda la vida no es en el siglo XVIII y XIX un problema para la gestión política de la población. En ese período hay tres ámbitos principales para la intervención biopolítica: (i) los procesos de natalidad, mortalidad y morbilidad; (ii) los fenómenos que modifican las aptitudes biológicas de la población; y finalmente, (iii) la relación de la población con el medioambiente (Foucault, 2010). El envejecimiento aparece como fenómeno biopolítico en relación con el segundo ámbito, en la medida en que afecta, transforma o modifica las capacidades biológicas de los individuos. Por lo tanto, no es el envejecimiento en sí como proceso vital, sino las consecuencias del envejecimiento las que revisten interés para la biopolítica. En una palabra, es la vejez la que se construye como objeto biopolítico. En efecto, la biopolítica objetiva al envejecimiento como ‘vejez’ por sus implicancias políticas y económicas para la vida de la población. La vejez constituye un problema “muy importante desde principios del siglo XIX (en el momento de la industrialización)” ya que implica que “el individuo […] queda fuera del campo de capacidad, de actividad” (Foucault, 2010: 221).

En tanto que la vejez se erige como problema biopolítico también se configura como objeto médico. En este sentido, la objetivación del envejecimiento como vejez dio nacimiento a la medicina de la vejez, es decir, la geriatría. La invención de la medicina geriátrica bajo la racionalidad científica moderna acontece recién a comienzos del siglo XX. Sin embargo, una cartografía genealógica de la geriatría puede trazarse desde el mundo antiguo a partir de la identificación de algunos nodos principales. En el corpus Hipocrático aparecen consideraciones respecto del estado de salud y enfermedad asociado a la vejez y el envejecimiento. Posiblemente fue Galeno quien acuñó el concepto gerocomia para referir al “régimen de vida, dietético e higiénico, aconsejado por los médicos a los ancianos” (Sánchez Granjel, 2003: 693). Estas prácticas son consideradas por algunos autores como la primera forma de medicina geriátrica y la única practicada en la Antigüedad (Parkin, 2003). En el mundo romano, Cicerón (2001), en su obra De Senectute, elabora un ‘arte de aprender a envejecer’ y establece una crítica respecto de quienes consideran a la vejez un estado de enfermedad y degradación. Durante la Edad Media los cuidados médicos de la vejez recibieron gran atención. En 1236 uno de los grandes alquimistas medievales, Roger Bacon, publicó la obra La cura de la vejez y la preservación de la juventud, en donde desarrolla “recomendaciones dietéticas, descanso adecuado, ejercicio, moderación del estilo de vida y buena higiene”, para prevenir los males de la vejez (Morley, 2004: 1133).

Ahora bien, como forma de saber moderno, el acontecimiento decisivo para el nacimiento de la medicina geriátrica es la publicación en 1914 de la obra de Ignatz Leo Nascher, titulada Geriatría: las enfermedades de los ancianos y su tratamiento (Nascher, 1914). Nascher es considerado “el padre de la investigación médica de la vejez” (Streib y Orbach, 1967: 615) y es quien inventó en 1909 “el concepto de «geriatría» (geriatrics) […] conquistando para la medicina un nuevo territorio” (Lehr, 1977: 28). La geriatría es, pues, un producto del proceso de la medicalización de la vida humana por el cual la vejez se constituyó como un objeto legítimo de indagación médica. Nascher utiliza el concepto de geriatría para concebir una nueva disciplina médica y explica que esta noción deriva del griego geron = viejo e iatrikos = tratamiento médico.

Asimismo, en su estudio, Nascher distingue los aspectos normales, patológicos e higiénicos del envejecimiento y con ello inaugura el discurso de la medicalización de la vejez. Según Nascher el envejecimiento ocurre en ausencia de enfermedad y aunque “la sanidad, la higiene y la dietética permitan prevenir enfermedades no tienen ninguna influencia en la prolongación de la vida” (Clarfield, 1990: 945). En segundo lugar, Nascher argumenta que las enfermedades presentan características especiales en la vejez debido a las particularidades del funcionamiento orgánico de los ancianos. Así, analiza la manifestación de las enfermedades en la vejez (como la constipación, la senilidad, la demencia, la neumonía, entre otras) y propone tratamientos médicos específicos para estas alteraciones. De este modo, la vejez es objetivada como una condición orgánica propia y singular, y la geriatría es constituida como una práctica médica diferenciada para el tratamiento de las enfermedades asociadas a la edad avanzada. Finalmente, Nascher se ocupa de la higiene y de los aspectos médico-legales vinculados al cuidado institucional y doméstico de los ancianos (Clarfield, 1990).

El discurso médico de la geriatría constituye una forma de ejercicio del poder que permite clasificar a los individuos y los cuerpos según los criterios de lo normal y lo patológico. El proceso de objetivación de la vejez como objeto de saber e intervención médica erigió a la geriatría en la autoridad médica que tiene el poder de crear norma respecto del proceso vital del envejecimiento. Allí reside la función política de esta especialidad médica centrada en la vejez. Así, la geriatría puede ser pensada como una tecnología política por la cual se construye una forma de normalización de la vejez.

Ahora bien, además de la medicina geriátrica se evidencia la constitución de otro campo de saber por el cual el fenómeno del envejecimiento se constituye como objeto biopolítico: el nacimiento de la gerontología. Según Birren (1961a, 1961b), la publicación en 1835 de la obra de Quetelet titulada El hombre medio y el desarrollo de sus facultades marca el nacimiento de la Gerontología. Quetelet fue uno de los primeros en aplicar la teoría de las probabilidades y la estadística a los problemas sociales creando un modo de objetivación completamente nuevo (Hacking, 2005). La estadística comienza a ser empleada para “establecer los principios que rigen el proceso por el que el ser humano nace, crece y muere” (Carbajo Vélez, 2009: 244). Por esta vía se abre “la posibilidad de tratar cuestiones humanas aplicando métodos ya comunes en astronomía [y otras disciplinas], yendo más allá de la mera recolección y clasificación de datos” (Piovani, 2007: 37).

Según Lazarsfeld “esta combinación de la matemática abstracta y la realidad social proveyó la convergencia ideal de dos líneas en torno a las cuales se había desarrollado la mente de Quetelet” (Lazarsfeld, 1961: 295). Por un lado, la posibilidad de realizar mediciones probabilísticas sobre el cuerpo humano; y por el otro, la aplicación de la teoría de las probabilidades al campo de la conducta moral y política. Así, hacia mediados del siglo XIX Quetelet descubrió que la ‘ley de los grandes números’ –es decir, el comportamiento promedio de una gran cantidad de acontecimientos que suceden por azar–, podía aplicarse a la distribución de las características humanas. Con esto se avanzó en la objetivación estadística de los fenómenos humanos, una cuestión decisiva para los mecanismos biopolíticos de regulación de las poblaciones. Para Quetelet las leyes estadísticas “se manifestaban como regularidades expresadas en términos de frecuencias. El concepto central era el de normalidad, y ésta se representaba mediante el valor medio de la distribución” (Piovani, 2007: 37). Sobre esta base Quetelet construye su teoría del hombre medio que remite a un valor promedio para describir una característica o regularidad de un grupo o población como la altura, el peso, la inteligencia, etcétera. Al respecto, Canguilhem observa que al “tipo humano en relación al cual el desvío se hace tanto más raro cuanto mayor es, Quetelet le da el nombre de «hombre medio»” (Canguilhem, 2011: 123).

La centralidad del concepto de «hombre medio» para los mecanismos de regulación biopolítica es evidente ya que refiere al “hombre que aparece como parámetro a partir del cual se definirá la normalidad y los desvíos de la humanidad como un todo” (Caponi, 2013: 834). La importancia del trabajo de Quetelet para la objetivación de la vejez como fenómeno poblacional y, por lo tanto, para el despegue de una biopolítica del envejecimiento estriba:

por una parte, en que se opuso a la inaceptable generalización de las comprobaciones aisladas y combatió cualquier procedimiento meramente casuístico; por otra, en que destacó de un modo convincente, la relación entre las influencias biológicas y sociales, incluso por lo que se refiere al proceso de envejecimiento (Lehr, 1977: 25).

Por esta vía Quetelet dirige su atención al estudio de las facultades humanas en relación con las distintas edades, observa las modificaciones que se producen y analiza el modo en que la edad influye en las características antropométricas y mentales de los individuos. Por esta razón, Birren afirma que “Quetelet inicia claramente la psicología del desarrollo y del envejecimiento” (Birren, 1961a: 70).

En virtud de lo expuesto puede afirmarse que la geriatría y la gerontología configuran la vía por la cual la vejez y el envejecimiento ingresan a la trama principal de la medicalización al constituirse como objetos para la biopolítica. Lo que la geriatría es al cuerpo-máquina individual, la gerontología lo es al cuerpo-especie poblacional. Así, la geriatría y la gerontología como campos de saber-poder delinean una tecnología de doble faz orientada a la normalización del cuerpo individual y la regulación de la población. De este modo, el saber médico-geriátrico y gerontológico “opera como nexo, como correa de transmisión entre procesos que involucran al cuerpo individual y al cuerpo de la población. La medicina además actúa como técnica política de intervención y produce sus propios efectos de poder, tanto disciplinarios como regularizadores” (Bianchi, 2014: 236). Finalmente, es interesante advertir que los saberes involucrados en la tecnología geriátrico-gerontológica se nutren mutuamente. Por una parte, la medicina geriátrica le aporta a la gerontología los recursos empíricos de casos y tratamientos para la generalización de un conocimiento de la vejez como construcción abstracta de esa etapa de la vida en una población concreta. Por otra parte, la gerontología le brinda a la medicina geriátrica los parámetros poblacionales de normalidad correspondientes a una determinada distribución empírica, a partir de los cuales se definen diagnósticos y tratamientos clínicos de los sujetos envejecidos.

El nacimiento de la medicina de rejuvenecimiento

Además de la geriatría y la gerontología hay un segundo acontecimiento por el cual la experiencia del envejecimiento se constituye como objeto de la medicina e ingresa al hilo sutil de la trama de la medicalización: el nacimiento de la medicina de rejuvenecimiento. Si el modo de objetivación de las primeras disciplinas configuró la vejez a partir del binomio normal/anormal como principio de normalizaciones corporales y regulaciones poblacionales, la medicina de rejuvenecimiento objetivó al envejecimiento como un fenómeno capaz de ser transformado por la razón, la ciencia y la técnica para devolverle vitalidad a la vida y, de esa manera, prolongarla. Más que por el binomio normal/anormal, la medicina de rejuvenecimiento se rige por el binomio posible/deseable. Este binomio funciona como un núcleo organizador que orienta las prácticas hacia la construcción de estrategias posibles para alcanzar lo que se instituye como deseable. Así, la medicina de rejuvenecimiento configura un campo de prácticas dirigidas a construir métodos posibles para revertir el envejecimiento y lograr el rejuvenecimiento deseado.

El blanco estratégico de la medicina de rejuvenecimiento es la intervención, reconfiguración y transformación del organismo humano con la pretensión de revertir o postergar el envejecimiento y recobrar la juventud. Para la medicina de rejuvenecimiento no se trata, simplemente, de alargar la vida a través de la cura de enfermedades, la erradicación de epidemias o el mejoramiento de la salud de la población envejecida. Más bien, se trata de diseñar una estrategia de rejuvenecimiento y revitalización como forma de gobierno del envejecimiento y prolongación de la vida. En sus comienzos, las prácticas de la medicina de rejuvenecimiento fueron menores en su número, limitadas en sus resultados, restringidas en su poder de intervención y reducidas en sus aplicaciones. En definitiva, fue a través de un largo proceso que la medicina de rejuvenecimiento buscó conquistar y legitimar su saber y poder para intervenir y manipular el cuerpo a fin de controlar el envejecimiento. El nacimiento de la medicina de rejuvenecimiento no representó una entrada triunfal en el juego de verdad del discurso médico, sino la afirmación de una idea contraevidente y problemática: que el envejecimiento es evitable y que puede ser regulado y revertido.

La voluntad de rejuvenecimiento que anima las prácticas médicas orientadas a tal fin no es necesariamente distinta a la voluntad expresada por los discursos de los mitos, la magia o la alquimia referidos particularmente a la eterna juventud, la revitalización o la prolongación de la vida, pero instituye con respecto a estos últimos un cambio en la racionalidad de las prácticas. Son otras reglas las que deben ser observadas para construir una estrategia posible a fin de alcanzar la finalidad de rejuvenecimiento deseada. La Modernidad pone en funcionamiento las reglas de juego de la ciencia y la medicina para la estructuración de un nuevo campo de prácticas en torno al rejuvenecimiento. Más allá de este relevo de racionalidades es interesante notar que tanto en el constructo pre-moderno que puede delinearse por los mitos, la magia y la alquimia como en la propia racionalidad médica moderna se revela un doble vínculo entre la voluntad de rejuvenecimiento y la voluntad de prolongevidad como dos caras de una misma moneda: rejuvenecer para extender la vida ←→ extender la vida mediante el rejuvenecimiento.

El trazado de una cartografía genealógica de la medicina de rejuvenecimiento es ciertamente complejo ya que, como se señaló, podría retrotraerse al mundo antiguo y medieval y ser explorado en un conglomerado de micro-prácticas desarrolladas de manera dispersa y muchas veces también aleatoria. Ahora bien, en lo que respecta concretamente al nacimiento de la medicina de rejuvenecimiento bajo la racionalidad científica moderna es posible establecer algunos nodos genealógicos centrales, organizados a partir de un componente discursivo y un componente práctico. Mucho antes de que la práctica médica del rejuvenecimiento se constituya como una tecnología de poder médico, el rejuvenecimiento fue una práctica discursiva, una creación imaginaria, en suma, el objeto de un querer, el deseo de una voluntad. Por lo tanto, puede plantearse que la institución imaginaria[2] del rejuvenecimiento como deseo y como posibilidad ha coadyuvado a la configuración del rejuvenecimiento como finalidad estratégica de las prácticas médicas.

En lo que respecta al componente discursivo, la voluntad moderna de prolongevidad y rejuvenecimiento puede rastrearse en el siglo XVII en el discurso de dos de los fundadores de la filosofía moderna: Francis Bacon y René Descartes. Aunque estos filósofos son ubicados como iniciadores de tradiciones dispares como el empirismo y el racionalismo, respectivamente, Gerald Gruman (2003) apunta que ambos comparten la idea de la posibilidad de extender la vida humana a través de la ciencia y del conocimiento. De este modo, puede conjeturarse que el imaginario moderno de la medicina de rejuvenecimiento nace de modo sutil e imperceptible con las prácticas discursivas modernas de filósofos como Bacon, Descartes y también de Franklin y Condorcet. En algunos de sus escritos se destacan planteos que sostienen que en el futuro “todas las enfermedades podrán ser curadas o prevenidas por medios seguros, sin exceptuar, incluso, a la vejez” y que, por esa vía, la vida podrá “ser extendida según nuestro deseo incluso más allá de los estándares antediluvianos” (Franklin, 1904: 174-175). Esta clase de discursos, anclados en el ideal del progreso, sugerían la posibilidad de descubrir las leyes que gobiernan el proceso de envejecimiento para luego, a través de la intervención médica, lograr el anhelado rejuvenecimiento. Cabe destacar que la asociación progreso-medicina-rejuvenecimiento-extensión de la vida tuvo su expresión en el plano discursivo pero en ninguno de los casos se desarrollaron prácticas médicas concretas.

Ahora bien, ese primer componente discursivo de la voluntad de rejuvenecimiento se articula posteriormente con una dimensión práctica a partir de la experimentación y el desarrollo de nuevas técnicas orientadas a intervenir el cuerpo humano con la finalidad de lograr el rejuvenecimiento y prolongar la vida humana. No puede comprenderse el nacimiento de la medicina de rejuvenecimiento sino en su referencia a la racionalidad del progreso, la pantometría mecanicista, la manipulación y el control experimental y la objetivación mecánica del cuerpo como campo de intervención. Es por esto que las prácticas modernas de rejuvenecimiento conforman una tecnología de intervención corporal desarrollada bajo la racionalidad mecanicista, sustentada en la objetivación del cuerpo-máquina que permitió desplegar un conjunto de experimentos orgánicos dirigidos a incrementar la vitalidad, extender la vida y lograr el rejuvenecimiento. Esta tecnología de intervención corporal se encuentra estructurada en torno a tres blancos de acción: el control de fluidos corporales, la manipulación hormonal y la intervención sobre órganos vitales.

En el primero de estos grupos de prácticas se destacan las experimentaciones con la sangre. La transfusión de sangre fue la primera práctica moderna de prolongevidad sustentada en la pretensión de intervenir el cuerpo para restaurar estados de juventud del organismo. Ya en el siglo XVII se creía en la factibilidad de reemplazar órganos vitales aduciendo efectos benéficos en los cuerpos viejos e, incluso, reemplazando los fluidos corporales de un organismo envejecido por los de uno joven. El físico Richard Lower fue el primero en lograr la transfusión de sangre en animales en 1650 a partir de un experimento con un perro, mientras que en 1668 un informe de Italia asevera que la transfusión de sangre de un cordero joven en un perro de trece años de edad “había tenido un efecto restaurativo maravilloso” (Gruman, 2003: 143)[3]. Los experimentos prosiguieron durante varias décadas en distintos países y más allá de que los resultados efectivos resultan difícilmente comprobables, lo que se evidencia es una tentativa sistemática para desarrollar una práctica con una finalidad estratégica deliberada: el rejuvenecimiento.

El segundo grupo de prácticas de intervención corporal se relaciona con la manipulación del sistema endócrino y la revitalización mediante la regulación hormonal, fundamentalmente de carácter sexual. Durante el siglo XIX avanzó la objetivación mecanicista del cuerpo y el desarrollo de la medicina experimental. En esta andadura, en el último tercio del siglo XIX, Charles Brown-Séquard[4] desarrolló la teoría del envejecimiento endócrino y diseñó una tecnología de rejuvenecimiento basada en la inyección en el cuerpo humano de hormonas animales. El envejecimiento –afirmaba este médico– se relaciona con la disminución de la producción de hormonas sexuales por lo que regulación endócrina podría tener efectos revitalizantes y rejuvenecedores. A la edad de 72 años, Brown-Séquard decidió “inyectarse a sí mismo una mixtura de glándulas sexuales animales”, basada en extractos de testículos de cobayos (Haber, 2004: 516). Según su propio testimonio “a la tercera inyección se sintió notablemente rejuvenecido” (Zaragoza, 1990: 40).

En las primeras décadas del siglo XX las tecnologías endócrinas continuaron su desarrollo de la mano de Eugen Steinach y Serge Voronoff. El primero avanzó con la práctica de la «cirugía endócrina experimental». No se trataba ya de inyectar hormonas, sino de intervenir físicamente el cuerpo y modificar las glándulas sexuales. Según sus experimentos, en “ratas macho claramente envejecidas, la ligadura de los conductos deferentes [–intervención habitualmente conocida como vasectomía–] mejoraba rápidamente el aspecto del animal y aumentaba su potencia sexual” (Zaragoza, 1990: 41). Por su parte, Voronoff avanzó en una intervención endocrinológica radical consistente en el trasplante de testículos. En 1920 se realizó el primer trasplante testicular del mono al hombre[5]. Voronoff documentó su método y proclamó su éxito en dos obras: El estudio de la vejez y mi método de rejuvenecimiento (Voronoff, 1926) y Cómo restaurar la juventud y alargar la vida (Voronoff, 1928).

Finalmente, luego de la experimentación con fluidos corporales como la sangre y la manipulación hormonal, el tercer grupo de prácticas se corresponde un tipo de estrategia médica orientada a intervenir directamente en los órganos del cuerpo humano. Elie Metchnikoff fue posiblemente el primero en diseñar un estudio científico sistemático del envejecimiento, incluso se le atribuye el haber acuñado el término gerontología como ciencia para el estudio del envejecimiento[6]. Metchnikoff creyó encontrar una relación inversa entre la longitud del sistema digestivo y la duración de la vida. Su trabajo comenzó con la observación en el mundo animal, lo que le permitió constatar que los animales inferiores de mayor expectativa de vida tienen un sistema digestivo relativamente corto. A medida que se incrementa la complejidad del organismo vivo, se presenta la relación inversa: la duración de la vida se reduce y el sistema digestivo se alarga.

Además, los estudios sobre el sistema digestivo le permitieron a Metchnikoff objetivar la presencia de bacterias en los intestinos. Sobre esta base propuso una teoría de la «autointoxicación» según la cual los sistemas vivos con intestinos más largos tienen mayor probabilidad de desarrollar bacterias patógenas en el proceso digestivo (Morley, 2004: 1133). La cusa de la vejez sería la autointoxicación progresiva del organismo por la cual la flora intestinal normal se convierte en patológica (Zaragoza, 1990). Como respuesta estratégica a la causa de la vejez propuso la realización de operaciones de intestinos para acortar su longitud y extender la vida (Metchnikoff, 2004). Asimismo, a partir de sus experimentos logró reconocer que ciertos microbios propios del yogurt eran capaces de renovar la flora intestinal y eliminar los gérmenes patógenos. Si bien finalmente se comprobó que el yogurt no tiene un efecto prolongevidad, resultó válida la importancia de los probióticos del yogurt para el tratamiento de enfermedades (Trimmer, 1967: 94-95).

Las diversas prácticas que organizan la tecnología de intervención corporal para el rejuvenecimiento visibilizan la tentativa sistemática de desarrollar una estrategia médica revitalizadora que contrarrestara los efectos del envejecimiento. La racionalidad que organiza estas prácticas de rejuvenecimiento y prolongevidad se sustenta en la medicina como una tecnología de poder capaz de hallar la verdad sobre el cuerpo y controlar el envejecimiento. Sin embargo, en sentido estricto ninguna de estos tipos de intervención médica logró probar su fecundidad de acuerdo a las propias reglas del juego de verdad que regía y rige la producción científica. Desde su nacimiento, la medicina de rejuvenecimiento planteó una relación conflictiva con los juegos de verdad de la ciencia, la religión y la medicina en general. En virtud de ello es posible afirmar que la voluntad de rejuvenecimiento se ve atravesada desde su invención por discursos que la relegan al terreno del descrédito y la sospecha, poniendo en duda su legitimidad y factibilidad. Gruman observa que autores como Descartes, “no publicaron ningún punto de vista detallado sobre la prolongevidad para evitar el conflicto con la Iglesia” y los poderes establecidos (Gruman, 2003: 135-136).

En suma, la medicina de rejuvenecimiento nace de modo marginal e imperceptible en los intersticios del biopoder. Esta trama sutil de la medicalización del rejuvenecimiento no tuvo un rol biopolítico claro ni inmediato en la regulación de la población y la normalización de los cuerpos. A este respecto, cabe pensar que el rejuvenecimiento constituye en sus inicios un saber médico potencial más que real, un territorio a explorar más que un dominio establecido. El rejuvenecimiento fue más una promesa o un deseo que una práctica cuyos resultados puedan ser constatados, regulados y guiados; aunque diversas técnicas fueran proclamadas como eficaces para tratar y revertir los aspectos funcionales de la vejez. Es posible que por ello la medicina de rejuvenecimiento no haya tenido en su nacimiento una función biopolítica explícita y se haya deslizado sutilmente por el hilo menor de la trama de la medicalización.

Epílogo

La analítica de la medicalización del envejecimiento como un proceso biopolítico de larga duración permitió advertir que este proceso vital se configuró como un doble objeto para la medicina, dando lugar al nacimiento de dos prácticas médicas distintas: la medicina de la vejez y la medicina del rejuvenecimiento. Cada uno de estos sistemas de prácticas constituye un hilo que conforma la doble trama de la medicalización del envejecimiento. El hilo mayor de esta forma de medicalización se teje mediante la objetivación del envejecimiento como vejez. Así, se ha delineado el nacimiento de la medicina geriátrica a partir de las contribuciones de Nascher, mientras que la descripción estadístico-poblacional efectuada por Quetelet signa la constitución de la gerontología. La tecnología geriátrico-gerontológica constituye la trama principal de la medicalización del envejecimiento.

El segundo hilo, más sutil e imperceptible, nace en los intersticios del biopoder a través de las primeras prácticas médicas orientadas a prolongar la vida, rejuvenecer y recobrar la vitalidad. La objetivación del envejecimiento efectuada por la medicina del rejuvenecimiento es distinta a la de la geriatría y la gerontología. Estas últimas constituyen un dispositivo biopolítico de la vejez dirigido, simultáneamente, a la normalización del cuerpo individual y la regulación de la población. La medicina de rejuvenecimiento produce una objetivación diferente puesto que no se centra tanto en el binomio normal/anormal, sino más bien en la consideración del envejecimiento a la luz del binomio posible/deseable. Primero, se plantea la finalidad estratégica de rejuvenecer o alargar la vida y, luego, se objetiva al envejecimiento como un fenómeno modelable que es posible intervenir para reorientar y conducir hacia el fin deseado.

Entre la medicina de la vejez y la medicina de rejuvenecimiento es posible establecer contrastes en relación con el modo de objetivación del envejecimiento, la finalidad estratégica y la racionalidad que las sustenta o el tipo de prácticas y métodos que las organiza. Más allá de esto lo que resulta crucial para sopesar su participación en el proceso biopolítico de medicalización es la relación que cada uno de estos regímenes de prácticas mantiene con los juegos de verdad médicos y científicos de su momento. Ahora bien, la medicina de rejuvenecimiento continuó desarrollando prácticas más o menos sistemáticas de intervención del cuerpo y pudo avanzar en el diseño de tecnologías de rejuvenecimiento en un diálogo estrecho con los saberes médicos de la época contemporánea. En este sentido, cabe conjeturar que la medicina de rejuvenecimiento fue constituyéndose en una tecnología de poder sobre la vida que interviene cada vez más en la configuración de nuevos dispositivos biopolíticos orientados al control del envejecimiento.

En efecto, un análisis genealógico de gran escala permite afirmar que además de las tecnologías de intervención corporal de base mecanicista desarrolladas desde el siglo XVIII que fueron exploradas en este trabajo, la medicina de rejuvenecimiento continúa su curso en un largo proceso de constitución hasta la actualidad. En el siglo XX y los años transcurridos del siglo XXI se desarrollan tres grandes tecnologías médicas para regular el proceso de envejecimiento: la tecnología de revitalización celular, la tecnología farmacológica de rejuvenecimiento y la tecnología de base molecular que sustenta una diversidad de prácticas conocidas actualmente bajo el nombre de medicina antiaging. Este despegue de la medicina de rejuvenecimiento pone en entredicho su posición marginal en la trama de la medicalización y disputa por acceder al hilo principal tensado por la tecnología geriátrico-gerontológica. Así, el posicionamiento de cada uno de los hilos de la trama de la medicalización responde a profundas disputas por la veridicción que, en este caso, son también luchas de poder por la normalización del envejecimiento y la regulación de la vida.

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  1. Este trabajo forma parte de la Tesis Doctoral realizada por la autora para el Doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, titulada “El dispositivo biopolítico de revitalización en la gubernamentalización del envejecimiento. Problematización, eventualización y analítica de tecnologías de rejuvenecimiento, prolongevidad y vejez saludable para el gobierno del envejecimiento” (Rodríguez Zoya, 2016). La investigación doctoral fue financiada con becas del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)
  2. El concepto es empleado aquí en el sentido sugerido por Castoriadis para referir al carácter instituyente de los imaginarios y las significaciones sociales, y problematizar el doble vínculo entre lo instituido y lo instituyente (Castoriadis, 2010).
  3. El trabajo genealógico ha permitido documentar varias obras en las que se tratan experimentos de transfusión de sangre a lo largo del siglo XVII. Entre ellos cabe destacar el trabajo de John Lowthorp, editado por la Royal Society de Londres, titulado The Philosophical Transactions and Collections to the End of the Year 1700 (Lowthorp, 1716). Sobre la historia de la transfusión en Francia véase (Brown, 1948). Documentación sobre la historia general de la transfusión de sangre puede encontrarse en Maluf (1954) y Zimmerman y Howell (1932).
  4. Charles Brown-Séquard (1817-1894) fue un médico francés que contribuyó al desarrollo de la fisiología del sistema nervioso y la endocrinología, campo en el que mostró el funcionamiento de las glándulas suprarrenales.
  5. El primer ser humano en someterse a la operación de Voronoff fue un empresario inglés de 76 años de edad llamado Edward Liadet quien luego de “recibir el trasplante de glándulas de mono, afirmó sentirse y verse como si no tuviera más de 45 años” (Haber, 2004: 517). Voronoff proclamó el éxito de su método aunque su paciente falleció dos años después de la operación (Voronoff, 1926).
  6. Metchnikoff se especializó en patología e inmunología y en 1908 recibió el Premio Nobel de Medicina y Fisiología.


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