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2 Oku no hosomichi

Primer acercamiento al haikú

No sigo el camino de los antiguos.

Busco lo que ellos buscaron.

(Matsúo Basho) 

Lo que se fija por escrito se eleva en cierto modo,

a la vista de todos, hacia una esfera de sentido

en la que puede participar

todo el que esté en condiciones de leer.

(Hans-Georg Gadamer – Verdad y Método)

El actual territorio de Japón es un archipiélago constituido por una infinidad de islas e islotes ubicado al este del continente asiático. Es el resultado de continuos e inmensos movimientos tectónicos y oceánicos que ocurrieron durante centenares de millones de años desde mediados del Período Silúrico, es decir desde hace 420 millones de años aproximadamente. Situado en el océano Pacífico, limita al oeste con el mar del Japón, China, Corea del Norte, Corea del Sur y Rusia; al norte con el mar de Ojotsk y al sur con el mar de China Oriental y Taiwán. Los caracteres que componen el nombre de Japón significan “el origen del sol”, motivo por el cual, el país también es conocido como la Tierra del Sol Naciente.

El músico, poeta y viajero argentino Atahualpa Yupanqui en su libro “Del algarrobo al cerezo” –libro de anotaciones y reflexiones nacidas de su viaje por el Japón en 1964- recopila esta leyenda pintoresca acerca de la formación del archipiélago:

Cuenta la leyenda, esa imponderable leyenda que siempre precede a los acontecimientos trascendentales, que un tiempo antes de Yin apareció en las costas de Toba una visión, un ser extraño que llevaba en su mano, una larga lanza como de bambú, pero que lanzaba vivos destellos al sol. Entonces, en la bahía, no estaban las islas; el mar galopaba con fuerza y golpeaba los duros barrancos, como amenazando destruirlos. Esa extraña visión, hombre-dios, estuvo sobre el tope de la costa largo tiempo mirando el paisaje. La costa, daba al Este, los primeros rayos del sol buscaban ese lugar de monte y piedra ocre. Y entonces, la visión, el hombre-dios, caminó sobre el mar apoyado en su larga y brillante lanza, a manera de bastón. Y a cada trecho levantaba la lanza, que emergía con su punta chorreando barro, arenilla mojada. El hombre-dios pasó su mano limpiándole el lodo y arrojaba a los costados la arcilla, las gotas de agua, las algas desmenuzadas. Y así se fueron formando las islas sobre este mundo del Sol Naciente: Toba, Tsú, Yse, Kowána, Yokáichi, Tóshi… (Yupanqui, 2012: 38 y 39)

En realidad, el propio nombre de “Japón” tiene un origen chino. El nombre en japonés en realidad es NipponNihon. Aparentemente la palabra empleada en chino para denominar al país fue registrada por Marco Polo (1254-1324)[1], el famoso viajero y comerciante veneciano en sus viajes por las tierras del Gran Khan. Esta palabra, luego fue adoptada por los mercaderes portugueses en el siglo XVI y por intermedio de ellos la palabra Japón se popularizó en Europa.

Acerca de la fundación del país del Sol Naciente, Yupanqui recopila esta otra leyenda en el libro ya mencionado:

Y aquí, precisamente entre las islas de Toba e Yse, hace dos mil seiscientos cuarenta años, Yin fundó el país del Sol Naciente, Nipo, constituyéndose en su primer emperador y estableciendo la religión del amor a la Naturaleza, el sintoísmo, que reconocía a diversos dioses, pero como supremo dios de la vida, al Sol. (Yupanqui, 2012: 38)

De este gran país es hijo un peculiar personaje llamado Matsuo Basho, hoy considerado uno de los más grandes poetas de la historia del Japón. A través de Basho será tratada fundamentalmente en este libro una de las tantas formas literarias hermosas que produjo el género humano: el Haikú. Hermoso por lo simple, por lo breve, por lo directo, por sus temáticas, por su espontaneidad, por la comunión con la naturaleza y -¿por ello tal vez?- con las fibras más íntimas del hombre, con la mirada hacia dentro, hacia uno mismo y hacia todo al mismo tiempo. Hacia el mundo, hacia lo más introspectivo.

 

La rama seca

Un cuervo

Otoño- anochecer.

(Matsúo Basho)

 

El pequeño poema que precede es un haikú, ni más ni menos. Tres líneas, 17 sílabas (en la lengua japonesa, no en sus traducciones al español). El haikú es la instantánea aguda de un momento, de un pensamiento, de un sentimiento que se resiste a pasar desapercibido, a desaparecer, a no dejar siquiera una huella en tinta, efímera, poeta…

Poemas, cuadros: objetos verbales o visuales que simultáneamente se ofrecen a la contemplación y a la acción imaginativa del lector o del espectador (Paz y Hayashiya, 1981: 8)[2]

Este es el primero de tres capítulos que dedicaré al haikú en este libro. Aquí, referencias a Japón y su geografía girarán en torno de lo que hoy se considera la obra maestra del poeta –y “medio” monje- Basho, me refiero a Oku no hosomichi, “Sendas de Oku” en castellano.

Sendas de Oku es un diario de viaje, pero no es un diario de viaje cualquiera. En realidad es un Haibun, un texto referido a un viaje que intercala prosa y haikús. El Haibun era un género literario común en la época de Basho, es decir en el siglo XVII japonés, y Sendas de Oku es considerado el más alto ejemplo del mismo, aunque Basho en realidad escribió cinco diarios de viaje en total.

Nos dice Octavio Paz acerca de Sendas de Oku:

Viajar no es “morir un poco” sino ejercitarse en el arte de despedirse para así, ya ligeros, aprender a recibir. Desprendimientos: aprendizajes (Paz y Hayashiya, 1981: 6)

Poemas y pasajes en prosa se complementan y recíprocamente se iluminan (…) En ese breve cuaderno hecho de veloces dibujos verbales y súbitas alusiones –signos de inteligencia que el autor cambia con el lector- la poesía se mezcla a la reflexión, el humor a la melancolía, la anécdota a la contemplación (Paz y Hayashiya, 1981: 34)

El primer párrafo de Sendas de Oku es simplemente magistral. La prosa simple, bella y profunda de Basho expresa sin reservas su insondable espíritu:

Los meses y los días son viajeros de la eternidad. El año que se va y el que viene también son viajeros. Para aquellos que dejan flotar sus vidas a bordo de los barcos o envejecen conduciendo caballos, todos los días son viaje y su casa misma es viaje. Entre los antiguos, muchos murieron en plena ruta. A mí mismo, desde hace mucho, como girón de nube arrastrado por el viento, me turbaban pensamientos de vagabundeo. Después de haber recorrido la costa durante el otoño pasado, volví a mi choza a orillas del río y barrí sus telarañas. Allí me sorprendió el término del año; entonces me nacieron las ganas de cruzar el paso Shirakawa y llegar a Oku cuando la niebla cubre cielo y campos. Todo lo que veía me invitaba al viaje; tan poseído estaba por los dioses que no podía dominar mis pensamientos; los espíritus del camino me hacían señas y no podía fijar mi mente ni ocuparme en nada. Remendé mis pantalones rotos, cambié las cintas a mi sombrero de paja y unté moka quemada en mis piernas, para fortalecerlas. La idea de la luna en la isla de Matsushima llenaba todas mis horas. (Basho, Sendas de Oku)

Las cuatro islas principales de Japón, de norte a sur, son Hokkaido, Honshu, Shikoku y Kyushu. Alrededor del 70 % del país es de superficie montañosa y cada una de las grandes islas cuenta con su propia cadena montañosa, que siguiendo ejes transversales las dividen a la mitad. La montaña más alta es el Monte Fuji –un volcán dormido coronado de nieves eternas, también citado en textos castellanos como Fujiyama-, de más de 3700 metros de altura[3] y ubicado en la isla de Honshu. Debido a que existen pocas y son pequeñas las llanuras en Japón, muchas colinas y laderas son aprovechadas como tierras de cultivo. Por otra parte, al encontrarse situado el archipiélago en una zona de mucha actividad volcánica, son frecuentes los temblores de pequeña magnitud. Y varias veces cada siglo, Japón sufre terremotos de gran intensidad[4].

El cielo del alba envuelto en vapores; la luna en menguante y ya sin brillo; se veía vagamente el monte Fuji. La imagen de los ramos de los cerezos en flor de Ueno y Yanaka me entristeció y me pregunté si alguna vez volvería a verlos. Desde la noche anterior mis amigos se habían reunido en casa de Sampu, para acompañarme el corto trecho del viaje que haría por agua. Cuando desembarcamos en el lugar llamado Senju, pensé en los tres mil ri[5] de viaje que me aguardaban y se me encogió el corazón. Mientras veía el camino que acaso iba a separarnos para siempre en esta existencia irreal, lloré lágrimas de adiós:

De prisa se va la primavera,

lloran los pájaros y hay lágrimas

en los ojos de los peces.

(Basho, Sendas de Oku)

 

El 11 de marzo de 2011 Japón se vio azotado por un terremoto de 9 grados MW (Escala Sismológica de Magnitud de Momento), por muchos investigadores considerado el mayor en intensidad de la historia del país y que tuvo una duración de 6 minutos. El epicentro fue en el Océano Pacífico a 130 kilómetros de Sendai, en la costa este de Honshu y provocó un tsunami con olas de casi 40 metros de altura según la Agencia Meteorológica de Japón. La catástrofe dejó más de 15.000 muertos según la Agencia de Policía Nacional Japonesa. Este terremoto había sido precedido dos días antes por otro temblor importante, pero de menor magnitud en la misma zona de la costa oriental de Honshu y que tuvo una intensidad de 7,2 MW. También como antecedente reciente en el mes de febrero había entrado en actividad el volcán Shinmoedake. Luego del terremoto inicial se registraron más de cien réplicas con magnitudes superiores a 4,5 MW. El archipiélago de Japón está ubicado en un área en la que se produce una subducción[6] de la placa tectónica del Pacífico bajo la placa de Norteamérica, a esta zona se la denomina Fosa del Japón[7]. El choque de placas tectónicas es la principal causa de los movimientos sísmicos naturales[8]

Desde mediados del siglo XVII una nueva clase urbana empieza a surgir en Edo, Osaka y Kyoto. Son los mercaderes, los chonines u hombres del común, que si no destruyen la supremacía feudal de los militares, sí modifican profundamente la atmósfera de las grandes ciudades. Esta clase se convierte en patrona de las artes y la vida social. Un nuevo estilo de vida, más libre y espontáneo, menos formal y aristocrático, llega a imponerse. Por oposición a la cultura tradicional japonesa -siempre de corte y cerrado círculo, aristocrática o religiosa- la nueva sociedad es abierta. Se vive en la calle y se multiplican los teatros, los restaurantes, las casas de placer, los baños públicos atendidos por muchachas, los espectáculos de luchadores (…) Genroku -tal es el nombre del período- se distingue por una vitalidad y un desenfado ausentes en el arte de épocas anteriores. Este mundo brillante y popular, compuesto por nuevos ricos y mujeres hermosas, por grandes actores y juglares, se llama Ukiyo, es decir, el Mundo que Flota y que pasa como las nubes de un día de verano (Paz y Hayashiya, 1981: 25)

Matsúo Basho (su nombre de nacimiento en realidad era Matsúo Kinkasu), para muchos el más grande poeta de Japón, nació en la ciudad fortificada de Ueno o en sus cercanías, al sureste de Kioto, en la provincia de Iga en 1644. Pertenecía a una familia humilde, hijo de un samurai de bajo rango llamado Matsúo Yozaemon (hijo según Paz y Hayashiya; Francisco Serrano (1995) solo menciona que era “discípulo” del mismo). Los Matsúo trabajaban al servicio de la familia Todo. El mismo Basho entra a trabajar a su servicio en el año 1653 cuando contaba con nueve años de edad, en calidad de compañero de estudios y sirviente del heredero de la familia, Todo Yoshitada, quien era dos años mayor que él.

Entre ambos jóvenes empieza a florecer y consolidarse una fuerte amistad fundada en el amor a la literatura bajo las enseñanzas del maestro Kitamura Kigin (1624-1703), quien era discípulo a su vez de un gran poeta llamado Teitoku. Juntos comienzan a escribir versos bajo los seudónimos Sengin (Yoshitada) y Sobo (Basho) y entre 1660 y 1662 se incluyen algunos poemas suyos en una antología publicada en Kioto. Dos elementos influencian la primera escritura de Basho: la poesía china y los preceptos del taoísmo. Al poco tiempo, en el año 1666 Yoshitada muere y Basho abandona su tierra natal. Vive un tiempo en Kioto, donde estudió filosofía, caligrafía, y practica una forma literaria llamada Haikai. Con el tiempo su nombre empieza a hacerse más conocido y en 1672 publica una compilación de haikús llamada El juego de la concha marina, que incluía obras de 30 poetas y comentarios del propio Basho.

 

Haikú del poeta Matsunaga Teitoku (1571-1653):

 

Año del Tigre:

Niebla de primavera

¡También rayada!

 

La poesía japonesa, gracias sobre todo a Matsúo Basho, alcanza una libertad y una frescura ignoradas hasta entonces. Y, asimismo, se convierte en una réplica al tumulto mundano. Ante ese mundo vertiginoso y lleno de colorido, el haikú de Basho es un círculo de silencio y recogimiento: manantial, pozo de agua oscura y secreta (Paz y Hayashiya, 1981: 25 y 26)

Para el mismo año de 1672, Basho, viaja a Edo, actual Tokio, donde se instala y desarrolla diversos oficios. En aquel tiempo Edo era una ciudad naciente y próspera que vivía un gran cambio social con una población que crecía vertiginosamente, ámbito que para Basho significaba la posibilidad de dedicarse a las letras. En 1675 conoce al poeta Soin y forma parte de su escuela llamada Danrin. Adopta el seudónimo “Tosei” con el que publica más antologías. De a poco comienza a crear su propio estilo y muchos admiradores se transforman en sus discípulos.

Pero la literatura es también y sobre todo experiencia interior; intensa búsqueda, años de meditación y aprendizaje bajo la dirección del maestro de Zen, el monje Buccho (1643-1715). Uno de sus admiradores, Sampu, hombre acomodado, le regala una pequeña casa cerca del río Sumida, en 1680. Ese mismo año otro de sus discípulos le ofrece, como presente, una planta de banano (basho). La planta da nombre a la ermita y luego al poeta mismo. (Paz y Hayashiya, 1981: 23)

Haikú del poeta Nishiyama Soin (1605-1682):

 

Lluvia de mayo:

Es hoja de papel

El mundo entero

 

En 1682 un incendio destruye su pequeña casa y al año siguiente muere su madre. Estos acontecimientos motivan en parte que en el otoño de 1684 Basho decida realizar el primero de sus grandes viajes por el país. Serrano los llama “peregrinaciones en busca de disciplina espiritual y estética” (1995: 3). En total realizará cinco de estos viajes. El anteúltimo de estos largos viajes lo realiza al norte del país, es en la primavera de 1689. En ese momento el poeta contaba con 45 años y la peregrinación duró dos años y medio. La mayor parte de este viaje poético y espiritual permanece en las sombras de los paisajes de Japón, ya que el diario escrito por Basho a la ocasión –el mencionado “Sendas de Oku”- solo se basa en los primeros seis meses del mismo.

Me amedrentaba pensar que, por las penalidades del viaje, mis canas se multiplicarían en lugares tan lejanos y tan conocidos de oídas, aunque nunca vistos; pero la violencia misma del deseo de verlos disipaba esa idea y me decía: “¡he de regresar vivo!”. Ese día llegué a la posada de Soka. Me dolían los huesos, molidos por el peso de la carga que soportaban. Para viajar debería bastarnos sólo con nuestro cuerpo; pero las noches reclaman un abrigo; la lluvia, una capa; el baño, un traje limpio; el pensamiento, tinta y pinceles. Y los regalos que no se puedan rehusar… Las dádivas estorban a los viajeros (Basho, Sendas de Oku)

Entre el viaje de 1684 y el de 1689 hay otros como ya se adelantó: En 1687 viaja a Káshima para ver la luna nueva de otoño, nos dice Serrano; luego, algunos meses más tarde, al monte Yóshino para visitar los cerezos en flor; de allí mismo parte para Ósaka, Suma y Akashi, para visitar sitios tradicionales; y a Saráshina, de nuevo con motivo de conocer la luna de ese lugar.

“Oku” quiere decir “fondo” o “interior”, en este caso designa a la distante región del norte, en el fondo del Japón, llamada Oou y escrita con dos caracteres, el primero de los cuales se lee Oku. El título evoca no sólo la excursión a los confines del país, por caminos difíciles y poco frecuentados, sino también una peregrinación espiritual. Desde las primeras líneas Basho se presenta como un poeta anacoreta y medio monje; tanto él como su compañero de viaje, Sora, recorren los caminos vestidos con los hábitos de los peregrinos budistas; su viaje es casi una iniciación y Sora, antes de ponerse en marcha, se afeita el cráneo como los bonzos. Peregrinación religiosa y viaje a los lugares célebres -paisajes, templos, castillos, ruinas, curiosidades históricas y naturales- la expedición de Basho y de Sora es asimismo un ejercicio poético: cada uno de ellos escribe un diario sembrado de poemas y, en muchos de los lugares que visitan, los poetas locales los reciben y componen con ellos esos poemas colectivos llamados haikai no renga (Paz y Hayashiya, 1981: 7)

Mirar, admirar

Hojas verdes, hojas nacientes

Entre la luz solar.

En la montaña, a más de veinte cho (2180 metros de altura), hay una cascada, desde el pico de una cueva se despeña y cae en un abismo verde de mil rocas. Penetré en la cueva y desde atrás la vi precipitarse en el vacío. Comprendí porque la llaman “Cascada-vista-de-espaldas”.

Cascada – ermita:

devociones de estío

por un instante.

(Basho, Sendas de Oku)

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Mapa del viaje de Basho extraído de Sendas de Oku, versión en español de Paz y Hayashiya.

 

Tres haikús de Basho, en Sendas de Oku:

 

A caballo en el campo,

y de pronto, detente:

¡el ruiseñor!

 

Quedó plantado

el arrozal cuando le dije

adiós al sauce.

 

Al plantar el arroz

cantan: primer encuentro

con la poesía.

 

Menciona Howard Norman (2008) que el viaje de Basho por el norte del país se extendió a lo largo de 2000 kilómetros, y que muchos de sus admiradores lo recorren desde entonces. También hoy día miles de personas peregrinan por año al lugar de nacimiento del poeta, como también al sitio- santuario donde descansan sus restos mortales.

Con un viaje aún largo en perspectiva, mi estado me desasosegaba, aunque el andar de peregrino por lugares perdidos, me decía, es como haber dejado ya el mundo y resignarse a su impermanecencia: si muero en el camino, será por voluntad del cielo.

El Quinto Mes,

sus caminos de lluvia:

¿dónde estará Kasajima?

 

Al visitar muchos lugares cantados en viejos poemas, casi siempre uno se encuentra con que las colinas se han achatado, los ríos han cambiado su curso, los caminos se desvían por otros parajes, las piedras están medio enterradas y se ven pimpollos en lugar de los árboles aquellos antiguos y venerables. El tiempo pasa y pasan las generaciones y nada, ni sus huellas duran y es cierto. Pero aquí los ojos contemplan con certeza recuerdos de mil años y llegaba hasta nosotros el pensamiento de los hombres de entonces. Premios de las peregrinaciones… El placer de vivir me hizo olvidar el cansancio del viaje y casi me hizo llorar (Basho, Sendas de Oku)

Es común en toda la obra de Basho la reflexión sobre la vida y la muerte, la presencia de lo natural corporizado, por lo general en vegetación, la alusión a un momento particular del día o una época del año, la referencia a la poesía antigua, a la espiritualidad y las tradiciones históricas del país, la melancolía en fusión estrecha con la alegría, el llanto y la risa…

Entre los pinos hay muchas tumbas. Ver que en esto terminan todos esos juramentos y promesas de vivir “como el pájaro de dos cabezas”[9] o “los árboles de ramas unidas” aumentó mi tristeza. Cuando llegamos a la bahía de Shiogama, tañían las campanas del crepúsculo repitiéndonos que nada permanece. El cielo lluvioso del Quinto Mes se aclaró levemente y la luna del atardecer se mostró pálida. La isla de Magali parecía al alcance de la mano: tan cerca se veía. Los pescadores remaban en sus barquitas, todas formadas en hilera y se oían las voces de los que repartían los peces. Recordé el verso: “atados con sogas”. Comprendí al poeta y me conmoví (Basho, Sendas de Oku)

El territorio japonés presenta una gran variedad de especies vegetales (algunos autores refieren más de 17.000 especies) y la razón la adjudican a la particular diversidad de climas y relieves del país, así como al importante régimen de lluvias y a su proyección transversal, norte- sur. Los bosques cubren gran parte de la superficie del país y se componen en su mayoría de árboles frondosos y coníferas como el castaño, el haya, el arce, la tuya, el pino rojo y el laricio, junto con el abedul y el fresno. El ciruelo blanco y rojo, el cerezo, el bambú y también el pino se han convertido en símbolos tradicionales de Japón, siendo el crisantemo la flor nacional del país del Sol Naciente.

En la madrugada fui al Santuario de Shiogama. Reconstruido por el actual Gobernador, sus columnas son suntuosas y pesadas; las vigas de la techumbre relucen pintadas de colores brillantes y los peldaños de su escalera de piedra se repiten hasta perderse de vista. El sol temprano chisporroteaba sobre las balaustradas de laca roja. Me impresionó que en rincones tan apartados de este mundo manchado, la devoción a los dioses estuviese tan viva. Esto es algo muy de la tradición de mi país. Frente al santuario hay una antigua linterna con una pequeña puerta de hierro que dice: “Ofrenda de Saburo Izumi, año tercero de Bunji” (1187). Cómo sería todo esto hace quinientos años… Este Izumi fue un guerrero valiente, fiel y leal; su nombre aún es venerado y todo el mundo lo recuerda con amor. La verdad de los clásicos resplandece: “Leal a tu ley y a tu palabra: la fama te seguirá” (Basho, Sendas de Oku)

En cuanto al clima, en la parte norte del territorio es ligeramente frío templado, con fuertes veranos y grandes nevadas en invierno sobre todo en la isla de Hokkaido, aunque también en Honshu son comunes. En el centro del país el clima es cálido, con veranos húmedos e inviernos cortos y en el sur es ligeramente subtropical, con veranos más largos, calientes y húmedos e inviernos cortos y suaves. 

El clima a su vez suele ser afectado por los vientos estacionales producidos por los centros ciclónicos y anticiclónicos que se forman en el continente y en el Océano Pacífico. Japón es un país lluvioso, y desde el mes de agosto a principios de septiembre vive un periodo de tifones que pueden ser peligrosos en caso de alcanzar sus poblaciones.

Ya es un lugar común decirlo: el paisaje de Matsushima es el más hermoso del Japón. No es inferior a los de Doteiko y Seiko, en China. El mar, desde el sureste, entra en una bahía de aproximadamente tres ri, desbordante como el río Sekiko de China. Es imposible contar el número de las islas: una se levanta como un índice que señala al cielo; otra se tiende boca abajo sobre las olas; aquélla parece desdoblarse en otra; la de más allá se vuelve triple; algunas, vistas desde la derecha, semejan ser una sola y vistas del lado contrario, se multiplican. Hay unas que parecen llevar un niño a la espalda; otras como si lo llevaran en el pecho; algunas parecen mujeres acariciando a su hijo. El verde de los pinos es sombrío y el viento salado tuerce sin cesar sus ramas de modo que sus líneas curvas parecen obra de un jardinero. La escena tiene la fascinación distante de un rostro hermoso. Dicen que este paisaje fue creado en la época de los dioses impetuosos, las divinidades de las montañas. Ni pincel de pintor ni pluma de poeta pueden copiar las maravillas del demiurgo (Basho, Sendas de Oku)

Retomando –y finalizando ya- la cuestión física y geológica del Japón, se puede mencionar que el archipiélago estuvo asociado originalmente a la costa este del continente eurasiático. Antiguos movimientos de las placas provocaron que la masa terrestre se rompa y el arco de islas originado se abrió lentamente hacia el este, dando lugar a la apertura del Mar del Japón hace varios millones de años. Se cuentan en total alrededor de 200 volcanes y sesenta de ellos aproximadamente permanecen en actividad. El Asama, de poco más de 2500 metros, es el volcán más activo de todo el archipiélago y está situado en la isla de Honshu, a casi 150 km de Tokio, la actual capital del país.

Ojima es una estrecha lengua de tierra que penetra en el mar. Todavía hay vestigios de la ermita del bonzo Ungo y aún puede verse la roca sobre la cual meditaba. Se entreven algunos devotos que viven a la sombra de los pinos, retirados de la vida mundana. Habitan apaciblemente en chozas de paja, de las que sale continuamente el humo de los conos de pino y hojas secas que queman. Aunque no sabía qué clase de gente realmente era aquélla, sentí unas extrañas ganas de conocerlos, pero cuando me acercaba a una de sus chozas me detuvo el reflejo de la luna sobre el mar: el paisaje de Matsushima se bañaba ahora en una luz diferente a la del día anterior. Regresé a la playa y me hospedé en su parador. Mi cuarto estaba en el segundo piso y tenía grandes ventanas. Dormir viajando entre nubes, mecido por el viento. Extraña, deliciosa sensación.

En Matsushima

¡sus alas plata pídele,

tordo, a la grulla!

(Haikú de Sora, incluído por Basho en Sendas de Oku)

Deseábamos ir a Hiraizumi y en el camino preguntamos por el pino de Aneha y el puente de Odae, a los que tantos poemas se refieren. Como apenas si pasa gente por esos senderos, veredas para cazadores y leñadores, nos extraviamos, confundimos el camino y sin quererlo llegamos al puerto de Ishinomaki. Desde allí se ve, al otro lado del mar, el monte Kinkazan, del que un antiguo poeta dijo: “el monte donde florece el oro…”. Cientos de barcos se apiñan en la bahía; las casas se apeñuscan unas contra otras y el humo de sus chimeneas enturbia el cielo. Me dije: “yo no quería venir a este lugar…” (Basho, Sendas de Oku)

Cuatro haikús de Sendas de Oku:

 

Hierba de estío:

combates de los héroes,

menos que un sueño.

 

Terco esplendor:

frente a la lluvia, erguido

templo de luz.

 

Piojos y pulgas;

mean los caballos

cerca de mi almohada.

 

Quietud:

los cantos de la cigarra

penetran en las rocas.

 

El que sigue es un Renga o poema colectivo, compuesto en el camino con poetas de Ohishida e incluido por Basho en su diario. A continuación de la estrofa se consigna el nombre del autor de la misma:

 

Apacentado

aguas del quinto mes

hacia el mar, el Mogami. (Basho)

 

Los botecitos de los pescadores anudan

sus luces de luciérnaga a la ribera. (Ichiel)

 

Los campos de melones

aguardan a la luna

titubeante en el cielo. (Sora)

 

A la salida del pueblo:

un sendero entre las zarzamoras. (Sensui)

En este monasterio la doctrina del budismo Tendai -“la negación conduce al conocimiento”- brilla como una luna límpida y su prédica de la conquista de la serenidad por medio de la identidad (de los contrarios) es como una lámpara que no se apaga nunca. Todo lo que se ve es prueba del milagroso poder de este lugar santo y mueve a la piedad. La montaña, admirada y venerada por todos, difunde su poder sagrado en toda la región.

Junta las lluvias

del Quinto Mes el río-

y al mar las lanza.

Me senté sobre una roca y mientras descansaba descubría un árbol de cerezo de tres shaku de altura, ¡sus capullos estaban entreabiertos! Maravillosa lección la de ese cerezo tardío que no olvidaba a la primavera ni aun sepultado bajo la nieve.

Penetro en el aroma

del arrozal temprano.

El mar de Ariso late, a mi derecha

 

En homenaje a un poeta muerto Basho escribió:

 

Muévete, tumba,

oye en mis quejas

al viento de otoño.

 

Otros haikús de Sendas de Oku:

 

Arde el sol, arde

sin piedad – más el viento

es del otoño.

 

El nombre es leve:

viento entre pinos, tréboles,

viento entre juncos.

 

Viento de otoño:

más blanco que tus piedras,

Monte de Rocas.

 

Otros haikús de Sora recopilados por Basho en su diario:

 

Ando y ando.

Si he de caer, que sea

entre los tréboles.

 

Viento de otoño:

lo oí toda la noche

en la montaña.

 

Pensamiento de Basho ante la separación temporal de su compañero Sora durante el viaje:

La pena del que ya se va y la tristeza del que se queda son como la pareja de gaviotas que, separadas, se pierden en la altura.

Una referencia del poeta al monje Doghen, a quien le dedico algunas pobres líneas en el capítulo “ZEN (Segundo acercamiento al Haikú)”:

Después de caminar cincuenta cho me interné en la colina y cumplí con mis devociones en Eihei-ji, en el monasterio fundado por el maestro de Zen, el monje Doghen. Dicen que un día huyó de la capital y se refugió en estas montañas, en busca de la serenidad anónima. No obstante, al fundar, por motivos admirables, este templo, dejó huellas de su paso en este mundo.

¿Luna de otoño?

Promesas y perjurios,

Norte cambiante.

 

El triste atardecer penetró en nuestros corazones:

 

Melancolía

más punzante que en Suma[10],

playa de otoño.

(Basho, Sendas de Oku)

 

Leyendo las impresiones de Basho al caminar los rumbos de su gran país, no pude evitar pensar en las palabras que Yupanqui –otro caminante- tres siglos después, le dedica al mismo territorio con emoción y asombro:

Así, portando un destino que de lejos ordenaba el pulso de la sangre y el rumbo del anhelo, caminé por los viejos caminos desconocidos de este Oriente hechizado, de este Japón de montañas, y lagos, y bosques, y mares, donde todo es sorpresa y deslumbramiento, donde cada piedra, cada curva, cada árbol tiene su leyenda, su historia de silencio, de guerra, de poesía. (Yupanqui, 2012: 27)

Tal vez la mejor reflexión acerca de Sendas de Oku la brinden una vez más Paz y Hayashiya:

En este libro de Basho no pasa nada, salvo el sol, la lluvia, las nubes, unas cortesanas, una niña, otros peregrinos. No pasa nada, excepto la vida y la muerte (Paz y Hayashiya, 1981: 34)

De la almeja

se separan las valvas;

hacia Futami voy

con el otoño.

(Basho, Sendas de Oku)


  1. Para la época de Marco Polo el territorio de China formaba parte del Imperio Mongol.
  2. A Octavio Paz y Eikichi Hayashiya le debe el mundo hispano la gran difusión de la obra de Matsuo Basho. Si bien algunos poemas de Basho ya habían sido traducidos a varios idiomas y hasta habían inspirado movimientos poéticos modernos, la primera traducción y publicación en 1957 de “Oku no hosomichi” (Sendas de Oku) de forma completa les pertenece a ellos. Mi propio acercamiento al haikú japonés y en especial a la gran figura de Basho le debe mucho a su trabajo. Octavio Paz (1914-1998) fue un poeta, ensayista y diplomático mexicano, Premio Nobel de Literatura en 1990 y considerado uno de los más influyentes escritores hispanos del siglo XX.
  3. En las cercanías del Monte Fuji se produce la convergencia de las placas Filipina, Euroasiática y la de Ojotsk, lo que dota a la zona de un alto potencial sísmico y vulcanológico.
  4. El archipiélago se ubica en una de las zonas geológicamente más inestables y complejas del planeta, llamada por lo mismo “Cinturón de Fuego del Pacífico”.
  5. El “ri” es una medida de longitud antigua que equivalía a casi 4 kilómetros. Según Hayashiya tanto en la poesía china como en la japonesa, la expresión “tres mil ri” refiere a una gran distancia.
  6. Se conoce como subducción al proceso por el cual una placa tectónica se hunde bajo otra en un límite convergente entre ambas.
  7. La compleja historia geológica de la zona originó profundas y extensas fosas oceánicas, especialmente en la costa pacífica del archipiélago. Entre ellas destaca la Fosa de Japón, de aproximadamente 9000 metros de profundidad.
  8. Los terremotos principales más recientes del país incluyen el Gran terremoto de Hanshin-Awaji en 1995, el Terremoto de la costa de Chūetsu de 2007 y el Terremoto y tsunami de Japón de 2011. Uno de los terremotos más importantes del siglo XX fue el del año 1923 que provocó alrededor de 100.000 víctimas fatales en Tokio y Yokohama.
  9. En los tres entrecomillados de este párrafo nos dice Hayashiya que Basho alude a famosos poemas de la tradición literaria china.
  10. Dice Hayashiya que Suma es un pasaje tratado en la literatura antigua como un lugar triste, de ahí la referencia de Basho en su haiku para hablar de la melancolía que experimenta en su estado de ánimo.


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