En la misma colección

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A manera de prólogo

Amo la naturaleza. Amo a Juan Sebastián Bach.

Amo al árbol, al viento y al caballo.

Y abrigo un anhelo, para mí profundo y soñado.

El de sumarme un día a la legión de los Anónimos,

sin nombre, sin imagen, sin historia personal.

Solo un canto de amor y de paz

que el viento lleva hacia un mundo de hermanos.

(Atahualpa Yupanqui- Este largo camino.)

¿De qué se trata este libro? Se trata de reflexiones, de la luna, del género humano, de versos, de regiones muy distantes, de Europa y de América, y de todo el mundo, de conquistas y encuentros, de asombros, de orígenes, de la evolución biológica de una especie, también de migraciones, de notas biográficas, de relaciones a veces más aparentemente congruentes y otras más bien aparentemente incongruentes, de geografía y de anécdotas históricas, se trata del amor, pero también de odios. Un poco de todo eso se respira y se revuelve por las páginas que siguen. A veces en un orden poco claro, casi anárquico, pero todo profundamente articulado tal vez en dos o tres ideas que se irán expresando implícita o explícitamente en el devenir de los capítulos que integran este escrito y le dan sentido a todo el conjunto, o por lo menos eso espero.

Este ensayo nace a partir del asombro, curiosidad y fascinación que me causó el primer contacto –hace ya algunos largos años- con algunas formas artísticas de procedencias remotas –remotas en sentido tanto físico como intelectualmente hablando- que se adscriben bajo signos culturales disímiles, pero que también se me figuran como, por lo menos, comparables y en ciertos aspectos similares. En fin, una primera presentación de este trabajo podría hacerse diciendo que es el fruto de una iniciación personal en algunas formas artísticas- culturales, que motivaron pensamientos y preguntas. Estas expresiones fueron especialmente: el canto con caja de los andes; el canto Hoomi de Mongolia y Siberia y el Haikú japonés.

Se trata de expresiones y creaciones del hombre que siendo artísticas también comprometen de forma clara un elemento reflexivo con ciertas particularidades. Por supuesto que todo arte puede entenderse como reflexivo e inclusive tal vez toda producción del hombre en general. Sin embargo, aquí me refiero a formas de arte que se me figuran como esencialmente reflexivas, que nacen y se desarrollan en contemplación introspectiva pero también en contacto profundo con el entorno que las rodea, y que tienen por motivo el ser mismo del hombre, la experiencia con el orden natural y el mundo cultural que habita.

Otra característica que comparten además -y a diferencia de otras manifestaciones culturales- es el ser formas expresivas que podemos entender como mínimas, simples y directas. Pero no en el sentido de interpretarlas como obras de poca importancia o significancia, por el contrario son creaciones cargadas de una honda espontaneidad. Expresiones que son el fruto de la improvisación y la originalidad que confiere el primer momento, un primer encuentro, con una emoción, con el amor, con una tristeza, con un pensamiento o con un paisaje, por lo que prácticamente están desprovistas de mayor producción y adorno, pero al mismo tiempo, y por esas mismas características, rebosan de una peculiar belleza.

Por eso se debe comprender bien el sentido que intento darle aquí a las palabras “mínimas”, “simples” y “directas”. La suya es una simpleza no ajena a una profunda complejidad, tal vez por eso son capaces de reflejar de una forma cabal y a la vez, la simplicidad y también la complejidad de la vida del hombre y su paisaje.

Son mínimas, porque el tema que las ocupa es lo cotidiano, lo concreto y lo real (lo mágico y sobrenatural en este libro debe entenderse como real), lo familiar, lo propio. Expresan ciertos aspectos e idearios de las culturas que encarnan y en las cuales son producidas, o de un grupo de personas que se identifican en afinidades, prácticas, creencias, tradiciones, la propia vida. Y estas formas de arte parecieran no buscar la espectacularidad aunque sin embargo muchas veces la consigan, pero a su propia manera.

Son generalmente formas breves en el tiempo y si se extienden lo hacen en base a la reinvención o recreación de un motivo central, porque parecen estar firmemente amarradas al instante fundacional del más espontáneo asombro, de la mínima y primera pregunta y pensamiento. Lo que puede llegar a durar quizá el instante de la felicidad más perfecta y la nostalgia más intensa.

La vida, nuestro progreso y transformaciones, el mismo ser humanidad tanto tiempo y a nuestra manera occidental, capitalista- consumista, pareciera habernos llevado a buscar cada vez más sentidos y satisfacciones en lo extraordinario, en lo espectacular. Esta podría considerarse una de las marcas de nacimiento más profundas de una buena sociedad consumista, como la que somos. Ahora, sin hacer un juicio de valor sobre eso -que no es exactamente el tema que me interesa tratar en este libro- y en el caso de querer volver a asombrarnos de cosas más sencillas, poder leer y disfrutar de un sencillo verso dedicado a un río, a un árbol o nacido de una pena, o escuchar un canto íntimo y directo que evoca un dolor o una alegría, con poquitas palabras, sin demasiada pompa o cosas que puedan hacer perder la seriedad de ese “momento fundacional”, aquello, decía, nos puede ayudar a recobrar esa lejana mirada de lo simple y lo cercano. La mirada que deben tener los seres menos “avanzados”, o la que supimos tener nosotros, quizás hace siglos o milenios en el caso de la humanidad, o hace solo algunos años en el juego de nuestro ser individual.

A veces podemos sentir que esas manifestaciones, sin embargo, siempre estuvieron ahí, con su voz baja y su rusticidad y delicadeza, en nosotros, en la humanidad, a la manera de recuerdos, querencias y nostalgias felices. Bien podrían ser recuerdos de nuestra infancia, aunque no necesariamente sean cosas del pasado, quiero decir pertenecientes y aferradas al pasado, ya que sabemos desde el siglo de Darwin que todo lo que es, es evolucionando, es decir en relación de continuidad, mutando, transformándose y recreándose.

Es curioso y motivo de alegría reconocer que estas creaciones nos siguen interpelando, y si les damos la oportunidad de interesarnos aunque sea mínimamente, veremos que es difícil mantenernos impasibles ante ellas. Es por eso que son tan actuales. Aun hoy mantienen una gran vigencia que se expresa de diferentes maneras. En general tienen orígenes muy antiguos y tradiciones que se remontan cientos de años atrás, pero a lo largo de las sucesivas generaciones se actualizaron, ellas les dieron voz, forma y color a hombres y mujeres en diferentes situaciones históricas. Escribió Trotski que el arte que es ajeno a una época no tiene nada que decir y de esa forma pierde todo su valor y peso (Trotski, 2004) y definitivamente este no es el caso de las expresiones aquí mencionadas. Entonces, qué podemos decir del arte que pareciera perdurar, una vez creado, indefinidamente a través de largas generaciones y cruzando distantes geografías. Tal vez toque fibras tan íntimas del hombre que le permite ser redescubierto por los hombres de muchas épocas y diferentes latitudes.

Un gran reto para el hombre posmoderno podría ser volver a emocionarse y volver a enamorarse de esos recuerdos. Recuerdos que son como herramientas, apoyos, que nos pueden ayudar a vernos a nosotros mismos, a los demás y a todo lo que nos rodea de una forma quizá más introspectiva y también global, como sujetos y como humanidad. Al fin y al cabo, seguramente a veces podemos entender la vida como algo maravillosamente simple.

Estas creaciones artísticas- reflexivas nacen y se expresan por ser justamente producto del asombro y la espontaneidad, en soledad. Pero también es igualmente cierto que son expresiones propias de ciertas tradiciones, comunidades o grupos humanos que comparten –y también debaten hacia sus adentros- una historia, un sistema de creencias y una solidaridad que se manifiesta a través de diferentes lazos y relaciones. Por lo que es común que se muevan entre los dos universos: aquel que refiere a lo individual -aunque inscripto por cierto en un contexto y una vivencia social- y aquel que refiere a lo colectivo, donde la manifestación adquiere su culminación y su plenitud final.

Los autores así pasan a un segundo plano y en muchos casos son olvidados. Lo que permanecerá en el tiempo será la forma, el estilo de expresarse de unos hombres que pisan juntos su espacio y su tiempo. La originalidad del autor y la impronta individual se produce canalizándose por los cauces sociales, en el idioma de todos, entendible por todos, y esto para nada significa ir en desmedro de algunos grandes autores y referentes que estas tradiciones han tenido en el desarrollo de sus historias.

A todo esto se suma también un componente muy importante que aporta el silencio. La presencia de la soledad creadora, el silencio pensativo y la realización colectiva son prácticamente inevitables tanto como saludables para estas expresiones. Son requisitos constituyentes de su intimidad y sociabilidad.

Así pienso este tipo de arte, este razonamiento silencioso, mínimo, vital y social, breve y salvaje, que, como dije anteriormente, se puede concebir como sin autores, o con uno muy grande, que en definitiva podría ser la humanidad en toda su extensión.

Al embarcarme en el estudio de estas expresiones artísticas y culturales, sin embargo, descubrí inmensos universos imposibles de acotar para mí en una sola obra. Debido a este inconveniente me resigné a abordar solamente una de estas formas artísticas para la ocasión de este escrito, dejando el resto de ellas a la espera de una futura oportunidad. Así, fui escribiendo y escribiendo, y las hojas se sucedieron entre acercamientos al haikú japonés y reflexiones sobre variados temas que se me atojaron afines, hojas que ahora he decidido compaginar y compartir en forma de libro.

De esta manera -y ya para terminar esta presentación- mencionaré que el libro quedó dividido en dos ejes. Algunos capítulos se enfocan en la presentación y descripción de algunas dimensiones propias de esta forma poética excepcional nacida hace algunos siglos en el País del Sol. Por otra parte, los ya mencionados, se acompañan –y se intercalan- con capítulos que desarrollan líneas reflexivas sobre algunas temáticas y cuestiones antropológicas, sociales e históricas que considero relevantes y fructíferas en lo que respecta al resultado final del libro. En todo caso, las reflexiones presentes en estos últimos capítulos mencionados fueron tomando forma a medida que me iniciaba en el universo del haikú japonés, por lo que considero justa y beneficiosa su inclusión, aunque a primera vista a algún lector le pueda parecer incoherente la composición de la obra.

Finalmente diré que como todo libro, toda escritura, toda pintura o quizá toda creación humana, Con el Otoño, por lo menos, es una buena excusa para hablar de algunos temas, personajes y sentires que divagaron por el interior de su autor en los años que llevó su preparación y escritura.

Mayo de 2015, en General San Martín, Buenos Aires.

Luciano Martín Mantiñán

Y aquí siguen, en tropel desordenado, los asuntos que resonaron en mi adentro (Yupanqui, 2012: 8)



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