En la misma colección

Book cover

12-3052t

En la misma colección

614_frontcover

9789871867950_frontcover

8 El patriarca de los pájaros

¡Oh, sí, puros amigos,

venid a ver mi nombre!

Mi nombre interminable,

hecho de interminables nombres;

el nombre mío, ajeno,

libre y mío, ajeno y vuestro,

ajeno y libre como el aire.

(Nicolás Guillén – El apellido)

Y desde entonces, me he bañado en el Poema

del Mar, infundido de astros, y casi lechoso,

devorando los azures verdes; flotación lívida

y arrebatadora, un ahogado pensativo a veces desciende.

(Arthur Rimbaud – El barco ebrio)

En el camino

¿Por qué los hombres, nuestros ancestros abuelos, un día salieron de África? ¿Por qué se fueron de su terruño, de su querencia, de lo conocido? Salir de África a pié, por supuesto, por tierras difíciles, inexploradas, tierras jamás holladas por pasos humanos ¿No sabrían que más allá se escondían infinidad de peligros, tal vez monstruos acechantes, quizá hasta una muerte segura? ¿Por qué abandonaron a sus antepasados y recorrieron tantos kilómetros? Cien, miles de kilómetros ¿Qué buscaban? ¿A dónde iban?

El camino seduce, lo desconocido nos causa un extraño deseo. También le tememos. Los horizontes despiertan en la mirada un anhelo, sueños y en ese viaje muchos hombres sabían que se jugaban la vida. En todo viaje hay algo de jugarse la vida, tal vez no la vida entera, pero sí una parte de ella. En el camino siempre algo se pierde, siempre algo se gana. Nunca somos los mismos después de transitar un camino, se trate de una distancia corta o larga, se trate de transitar un espacio físico o de transitar en nuestro propio cuerpo, en nuestra propia mente.

Conocer es viajar, comprender es viajar, nos posiciona en otro lugar, ya no somos los mismos cuando comprendemos, cuando conocemos algo hasta ese momento desconocido. Reflexionar es estar en movimiento, es dejar nuestra casa de seguridades y avanzar, es abrir interrogantes, reconocer que no sabemos, plantearnos una pregunta todos los días, una tras otra, reconocer que nunca sabremos, incluso que nunca comprenderemos de forma absoluta ninguna cosa.

Pero el mundo está ahí, delante nuestro, y necesitamos intentar comprenderlo, darle un sentido, una lógica. Todos necesitamos darle un sentido a las cosas, a nuestras vidas, necesitamos encantar el mundo, llenarlo de sueños, de pasiones, de ideas, de certezas que tal vez solo existan en nuestras cabezas, que tal vez solo sean ciertas en las cabezas de los seres humanos. Y cuando nos sentimos insatisfechos, cuando el sentido que tenemos no nos alcanza, cuando desconfiamos de lo propio, de lo nuestro, de nuestras propias verdades, se abre una grieta en las verdades, aparecen los caminantes, los eternos buscadores de sentidos, de experiencias, de las otras verdades. Ni siquiera llegar es relevante, no hay donde llegar, el destino del caminante es caminar, el camino es el lugar.

El camino se compone de infinitas llegadas. Yo he caminado sobre el caballo mucho tiempo. Años. Tal vez dieciséis, dieciocho años de mi vida. En mi tierra, que es la Pampa, y en Tucumán, conocí el norte argentino y parte de Bolivia. Conocí todo desde la senda. Esa fue mi universidad (…) Por ejemplo, un viaje a caballo a Bolivia se compone de infinitas llegadas. Cuando uno toma un autobús o un avión, es otro asunto. Va y llega. Desde el avión ve solamente un mar de nubes y nada más. Así es muy rápido el andar, muy cómodo también, pero nada madura en el camino. En dos horas nada madura, como no sean… las ganas de llegar. En cambio a caballo uno llega a una flor, a un amigo, a una piedra, a un árbol, a un arenal (Yupanqui, 2008: 167 y 168)

El camino inquieta, en el camino somos vulnerables, nos sentimos pequeños, el mundo, el inmenso cielo puede abrumarnos, el cansancio puede pesarnos. No sabemos nunca lo que nos espera más allá de una flor, de una piedra, del amigo o del arenal. Estamos solos y estamos en peligro, presas de un universo desconocido, de un universo “otro”. Nos sentimos más tranquilos en nosotros mismos, con nuestras seguridades, la vida será más monótona y aburrida, pero no nos depara mayores sorpresas. Pero el camino también excita los corazones y algunos hombres pagan el precio de recorrerlos, y son los que mueren y renacen, los que descubren las maravillas solo visibles desde la senda, sus tristezas y alegrías.

El camino es un lugar profano, es ningún lugar, es un trance, no está iluminado por la fe, no lo tocan las verdades reveladas, solo lo iluminan el sol y la pálida luna por las noches, el camino pertenece al reino animal y sus habitantes, habitantes que no se desviven por poseer almas inmortales, anteriores a las religiones, a las escuelas filosóficas y a la ciencia moderna.

El camino podía ser traicionero, no sabía adónde conduciría, pero lo tomé de todos modos. Ante mi se desplegaba un mundo extraño, como un frente tormentoso con los bordes irregulares e iluminados por los destellos de los relámpagos. Muchos no lo pillaron y ya no fueron capaces de rectificar. Yo me lancé de cabeza a ese mundo. Estaba abierto de par en par. Una cosa era evidente: no sólo no estaba regido por dios, sino que tampoco lo estaba por el demonio (Dylan, 2005: 300)

Un camino inexplorado es imposible de saber hacia dónde conduce. ¿No lo sabían los hombres que salieron de África, los primeros que llegaron a Europa, los que llegaron a Asia, los que pisaron por primera vez Oceanía, ni tampoco quienes arribaron por primera vez al continente americano a través del paso de Bering hace unos 20.000 años? Sin embargo, como menciono en el capítulo “Un mundo lleno de caminos”, no fue la especie Homo Sapiens la que dejó África por primera vez, otras especies de homínidos ya habían trazado ese camino más de un millón de años atrás, que con el paso del tiempo en aquellas regiones distantes y climas diferentes del africano, fueron evolucionando en otras especies. Así, cuando los primeros humanos llegaron a Asía y Europa, no encontraron continentes vacíos por completo de homínidos. Los Neandertales estaban allí, entre otras posibles especies.

Pero los Neandertales eran homínidos de la glaciación, adaptados a climas más difíciles y duros y a los animales de su entorno, conocidos hoy como “megafauna”. El cambio climático no estaba de su lado. La glaciación estaba destinada a terminar, llevándose sus fuentes de alimento, y los Neandertales desaparecieron con su época. Los homo sapiens jugamos también un papel en esa extinción y quedamos solos entre todos los homínidos para reclamar nuestro premio, la totalidad y la soledad de la tierra. Esa es la historia de cómo fue que quedamos solos, de cómo nos constituimos en una especie solitaria entre todas las especies animales. Nuestro pariente más cercano genéticamente en la actualidad, el chimpancé, comparte con nosotros una especie ancestro de primate que hace 7 millones de años derivó en dos troncos genéticos diferentes. Al final de uno de esos troncos, nosotros, al final del otro, una especie en peligro como la gran mayoría de las especies animales, amenazada de extinción por nosotros y que nos divierte en los zoológicos.

Herzog escribe: Al caminar, uno se cruza con muchas cosas desechadas (2015: 18) y es verdad que caminando podemos encontrar cosas que nadie atesora en sus casas, cosas que desechamos en nuestra vida diaria, que abandonamos por la senda o que no nos interesa llevarnos con nosotros, flores, piedras, lunas, leyendas… los neandertales también quedaron allí, desechados en el camino. Pero lo desechado no desaparece, espera en el camino. Los que caminan ven lo desechado y recuerdan quienes fuimos, comprenden mejor quienes somos, la sensibilidad se hace más intensa, el viaje nos moviliza corporal y mentalmente, los pensamientos se hacen más hondos, por eso el director cinematográfico alemán es capaz de reflexionar y escribir mientras camina:

En viejas fotos marrones, los últimos navajos marchan, agazapados sobre sus caballos y envueltos en mantas en la tormenta de nieve, hacia la extinción…” (Herzog, 2015: 34)

Nietzsche, otro alemán, también escribió: Únicamente tienen valor los pensamientos que se nos ocurren andando (2011: 21) Caminando las cosas maduran, le damos más tiempo a la contemplación del paisaje, del entorno, de las cosas del mundo, vemos cosas que no están en casa, que no vemos todos los días, con las que no tenemos contacto diario. Encerrados en lo que creemos saber y tener no hay posibilidades de crecer, el crecimiento está afuera, allí, donde sabemos que no sabemos, entonces todo es posible, todo puede ser sentido, pensado, vivido. Ese es el lugar del asombro, de la poesía, de la antropología y del haikú.

124. En el horizonte de lo infinito- ¡Abandonamos la tierra y nos subimos a bordo! Hemos roto el puente que tras de nosotros quedaba; más aún, hemos roto la tierra que dejábamos atrás. ¡Bien! Barquichuelo, ten cuidado. En torno tuyo no hay más que océano; cierto es que no siempre brama, que a veces su sábana se extiende como si fuera de seda y oro, cual un ensueño de bondad. Pero vendrán horas en que tendrás que confesar que es infinito, y nada hay tan terrible como lo infinito. ¡Ay! ¡Pobre pájaro, te creíste libre y te estrellas contra los barrotes de la jaula! ¡Desgraciado de ti si te invade la nostalgia de la tierra, como si en ella hubiese más libertad, pues para ti no hay ya tierra! (Nietzsche, 2002: 208)

El encuentro

Acostumbramos a decir que “llevamos” una conversación, pero la verdad es que, cuanto más auténtica es la conversación, menos posibilidades tienen los interlocutores de “llevarla” en la dirección que desearían. De hecho la verdadera conversación no es nunca la que uno habría querido llevar. Al contrario, en general sería más correcto decir que “entramos” en una conversación, cuando no que nos “enredamos” en ella. Una palabra conduce a la siguiente, la conversación gira hacia aquí o hacia allá, encuentra su curso y su desenlace, y todo esto puede quizá llevar alguna clase de dirección, pero en ella los dialogantes son menos los directores que los dirigidos. Lo que “saldrá” de una conversación no lo puede saber nadie por anticipado. El acuerdo o su fracaso es como un suceso que tiene lugar en nosotros. Por eso podemos decir que algo ha sido una buena conversación, o que los astros no le fueron favorables. Son formas de expresar que la conversación tiene su propio espíritu y que el lenguaje que discurre en ella lleva consigo su propia verdad, esto es, “desvela” y deja aparecer algo que desde ese momento es (Gadamer, 1999: 461)

La conversación de Gadamer es como el camino inexplorado. La verdadera comunicación, aquella en la cual abrimos nuestra mente a lo ajeno, a lo “otro”, para posibilitar un diálogo sincero, donde hablamos tanto como escuchamos, es un camino sin destino conocido. Si terminamos de conversar y somos exactamente lo mismo que antes, no conversamos, solo fingimos para los demás o nosotros mismos hacerlo, pero allí no hubo ningún diálogo. Si nuestro pensamiento, si nuestros sentimientos, salen intactos, si no se mueven en los más mínimo, si no hubo en ellos ninguna mutación, entonces no hubo verdadera comunicación. En una comunicación sincera, algo tiene que madurar. Es como el camino para los caminantes.

Si un camino está compuesto de muchas llegadas, es para que esas llegadas dialoguen con nosotros. Para notar la flor o la piedra en el camino en necesario dejarnos sorprender por ellas. Aunque existan millones de flores y piedras en el mundo, la que nos sale al camino no volveremos a verla jamás en ningún otro sitio, es única. Para verlas es preciso notar sus colores, sus matices, sus temperaturas, su textura, debe asombrarnos. El asombro puede estar en los ojos con los que recorremos el mundo, el asombro nos abre al diálogo, el asombro descubre las maravillas, lo que nos conmueve en lo más hondo. Cualquier cosa puede ser motivo de poesía, de belleza, solo es necesario verla con asombro. El asombro de quien se despide de sí mismo, de su verdad y de sus miedos.

Conversar es desplazarnos de nosotros mismos hacia otro lugar, otro sujeto, otra palabra, comprender es desplazarnos hacia otra cosa, otra razón, otra lógica desde nuestro propio asombro, con nuestra razón y lógica. Encontrar a otro, el encuentro de dos personas, solo se produce si nos asombramos ante su presencia y lo admiramos en su diferencia. Si me acerco al otro desde mi verdad y mis miedos solo podré ver en él mi verdad y mis miedos. Es el encuentro de los conquistadores y los conquistados, de los civilizados y los salvajes, de los misioneros y los paganos, del bien y del mal, de la verdad y la mentira.

Comprender implica realizar un esfuerzo frente a algo que nos resulta extraño, que nos provoca, que nos desorienta. Es un camino que trazamos desde quien éramos para encontrar algo ajeno, que nos devolverá a nosotros mismos pero posicionándonos en otra parada e indicándonos los nuevos caminos posibles. El asombro nos invita a pensar y el pensar a avanzar, a continuar el camino por senderos más profundos. La modernidad, con su devoción a la razón y su mágico método científico quiso eliminar el asombro, la posibilidad misma de comprender, quiso proponer que ya no había nada que realmente comprender, porque ya no existía lo extraño, lo “otro”, lo simplemente diferente, el hombre moderno todo lo podía saber y abarcar con su lógica evolucionada y civilizada. El hombre moderno soñó que iluminaba y guiaba la humanidad toda.

Pero como todo pasa, la modernidad cayó por su propio peso, no fue capaz de soportar los embates, sus murallas se desplomaron y se desploman día a día. No existen las verdades universales, lo absoluto. Cada verdad que se alza con la intención de proclamarse la última verdad, la respuesta final, la explicación del todo, es un nuevo dios inventado por el hombre que no tiene más destino que morir a las propias manos del hombre. Nietzsche lo sabía y cuando hablaba de la muerte de dios, no hablaba del dios cristiano asesinado por la modernidad, hablaba de la muerte de toda ilusión de verdad absoluta, esa cosa que parecemos necesitar los hombres para enfrentar la vida y la muerte.

125. El loco- … ¿Dónde está Dios? Se los voy a decir. Lo hemos matado; ustedes y yo, todos nosotros somos sus asesinos… ¿Hay todavía un arriba y un abajo? ¿Flotamos en una nada infinita?… Los dioses también se descomponen. ¡Dios ha muerto! ¡Dios permanece muerto! ¡Y nosotros le dimos muerte!… ¿Qué expiaciones, qué ceremonias sagradas tendremos que inventar? La grandeza de este acto, ¿no es demasiado grande para nosotros?… Jamás hubo acción más grandiosa, y los que nazcan después de nosotros pertenecerán, a causa de ella, a una historia más elevada que lo fue nunca historia alguna… Vine demasiado pronto –dijo él entonces-; mi tiempo no es aún llegado. Ese acontecimiento está todavía en camino… Ese acto esta todavía más lejos de los hombres que la estrella más lejana. ¡Y sin embargo, ellos lo han ejecutado!… ¿De qué sirven esas iglesias, si no son los sepulcros y los monumentos de Dios? (Nietzsche, 2002: 209)

Los dioses también se descomponen, las verdades que se pretenden absolutas no pueden sostenerse, por eso el filósofo se pregunta si aún existe un arriba y un abajo. Si no existe nada universal y absoluto ¿todo es relativo? La ficción de esas verdades muere, porque ellas nunca fueron reales más que en las cabezas de los hombres o de algunos hombres. Podremos inventar muchos cultos y ceremonias, demonios, santos y ángeles, pero tarde o temprano reconoceremos que estamos en el mar, flotando a la deriva y sin tierra a la vista, la realidad más terrible y más apasionante, la de ser hombres que renunciaron a los dioses, hombres que partieron de África, sin destino conocido y a través de los desiertos, mares y montañas, dispuestos a la mayor aventura, al asombro.

¡No!, no hay acción más grandiosa que la de reconocer que una verdad no es tal, que se nos ofreció un mito como una realidad irrefutable, que los templos, solo eran templos vacíos, sin vida propia. Pero ¿cuántas verdades absolutas aún están por inventarse? ¿Cuánto más se resistirá a morir el hombre moderno? ¿Cuántas veces aún reencarnará el hombre que dice “yo soy la verdad”? ¿Un supremo sacerdote? ¿Un rey? ¿Un portavoz de la humanidad? y ¿Cuántas veces más creeremos en él? ¿Abandonar la tierra firme para siempre es aún un acto más distante de nosotros, que la estrella más lejana? Curioso destino parecemos tener los hombres, misterioso nuestro afán de crear dioses destinados a morir cuando en la realidad de un cerezo cabe toda la verdad del mundo.

Adiós, tierra de misterios y leyendas, país de la poesía. No he de olvidar tus templos, tus jardines, tus caminos, tu gente. Adiós, Shinyiku, monte de pájaros, colina brumosa, soledad del sur. Adiós, biwas, samisén, flautas de bambú, canciones inocentes. Adiós, muchacha de Hokkáido, que cantabas con una voz extraña las coplas de tu isla, allá en “el Final de la Tierra”. Adiós, amigos silenciosos y discretos, que me enseñaron a no presumir del paisaje para merecerlo. Adiós, nieve dura, plateada noche de Morióka, tierra de Kenyi. Adiós, viejo castillo de Hamamatzu, peldaño gastado, tradición samurai, espada justiciera. Adiós, Hiroshima, cicatriz de la tierra, kimono desgarrado, grito esparcido en la mañana de oro, esperanza de cal, arena y flor. Ya retorno a mi tierra. Vuelvo a la sombra de los viejos algarrobos llevándome un tímido botón de tus cerezos, y un caudal de razones vivenciales para adornar el sol de mis otoños. La guitarra está callada. Y ya no está conmigo. La guitarra está dormida en la caja. Pero la vida sigue en ella como los ríos del Cerro Colorado, que corren sumergidos en la arena. Vibrando bajo la piel de la tierra, como una arteria vital, Tal vez no vuelva ya por este Oriente. Quizá crezca la sombra en torno mío, como la niebla junto al árbol añoso. Déjame andar los pasos que me quedan, envuelto en tu recuerdo, bálsamo milagrero. Yo me voy, con la noche me voy. Pero mucho de mí queda contigo, junto a tus casitas de papel y silencio, junto a los lotos, en la bruma de tus lagos, en la nieve que decora el arrozal, en el misterio azul del Fujiyama. Sayonara, ¡Japón! ¡Sayonara! (Yupanqui, 2012: 47 y 48)

Hace miles, millones de años, ayer, hoy y mañana otra vez, un hombre que mira el horizonte con ojos soñadores, infantiles, con el otoño del año en curso, haciendo un camino nunca hecho, no conocido, buscando quién sabe qué cosa, en una nube, en una rana, perdido en un campo de flores, como si ellas fueran las formas elementales del arte y el pensamiento.



Deja un comentario