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5 Una historia de orígenes

¿Dónde está Dios? Se los voy a decir.

Lo hemos matado; ustedes y yo,

todos nosotros somos sus asesinos…

(Friedrich Nietzsche – La Gaya Ciencia

No es la más fuerte de las especies la que sobrevive,

ni la más inteligente,

sino aquella que responde mejor al cambio.

(Charles Darwin – El origen de las especies)

Una familia de siete millones de años

Pareciera que siempre ha sido para el hombre un acuciante motivo de reflexión la cuestión de los orígenes. El ¿de dónde venimos?, principio ineludible de toda filosofía y tema de infinidad de mitos y religiones. Y sin llegar tal vez a un nivel tan metafísico, la pregunta por innumerables orígenes de diverso tipo, motivos de interminables debates e investigaciones, como por ejemplo ¿cuál fue el origen de nuestro planeta?, ¿cómo y dónde se originó la agricultura?, ¿cuál es el origen del Estado moderno?

A esta misma inquietud y tentación humana atribuyo otro tipo de interrogantes tan diversos -y esta vez bien absurdos- como podrían ser: ¿tal individuo es un legítimo representante de la cultura africana de los Hazda?, o ¿cuál es la “verdadera” música folclórica peruana?, o ¿qué costumbres y tradiciones que hoy vemos podemos considerar “puras” -culturalmente hablando- entre los bosquimanos de África? El problema de estas últimas preguntas es que son superficiales, nocivamente simples y ni atisban a vislumbrar la complejidad de elementos y relaciones que rodean la vida de todos los hombres y todos los pueblos.

Sin embargo, hay una historia de orígenes, que lejos de ser absurda, me parece la más fascinante y maravillosa por mucho y es la que comienza en África, hace alrededor de siete millones de años. A esa época se remonta la aparición de la familia de los homínidos. Una familia de mamíferos que, entre otras, incluye la especie a la cual pertenecemos: el Homo Sapiens.

Brevemente diré que es recién en el siglo XVIII, de la mano de investigadores como William Smith, Georges Cuvier y Charles Lyell, que se empieza a proponer que la historia del mundo debe considerarse en millones de años, y no en algunos miles de años como se pensaba hasta ese momento. Ya comenzado el siglo siguiente será Boucher de Perthes quien asocie por primera vez trozos de piedra tallada, hallados en la región de Abbeville -norte de Francia- a la actividad humana. El mismo Lyell, para entonces un reconocido científico, apoya esta teoría a mediados de siglo (Di Sarli, 1999). En el año 1859, como remate, Darwin publica El origen de las especies[1].

Darwin iría por más y en el año de 1871 publicaría El origen del hombre y de la selección en relación al sexo, donde ubica al hombre expresamente dentro del mismo proceso que dio origen a las plantas y al resto de los animales. En realidad la polémica ya estaba instalada. El tiempo favorecía las teorías evolucionistas como las de Darwin, a quien la historia reconocería como el más lúcido y padre de los pensadores de esta corriente.

¿Pero qué diferencia su pensamiento del de otros naturalistas, o de incluso el mismo Linneo[2], que ya había tratado al hombre como una especie dentro de su sistema natural un siglo atrás? La diferencia fundamental radica en la forma particular de considerar las semejanzas y analogías entre la fisiología humana y la del resto de los mamíferos, en especial la de los monos.

Esta constitución homóloga en toda la estructura de los miembros de una misma clase, no podemos comprenderla sino admitiendo su procedencia de un progenitor común, juntamente con su ulterior acomodamiento a diversas condiciones. Pensando de otra suerte, es de todo punto inexplicable la similitud que existe entre la mano del hombre o del mono, el pie del caballo, la aleta de una foca, el ala de un murciélago, etc. Decir que todas han sido formadas por el mismo plan ideal, no es una explicación científica ((Darwin, 1989: 32)

En la última oración se resume la puñalada fatal. El plan ideal ya no constituye una respuesta válida, no sirve para los tiempos que corren, había una necesidad de ciencia “nueva”. No se trata de creer o no creer en un dios creador, la cuestión tal vez sea más profunda que eso. Se trata de dónde buscar el fundamento último de la verdad de las cosas del mundo. Aunque hoy nos pueda parecer un dato menor, en su momento este cambio explícito de visión así proclamado significaba una verdadera revolución. Si hay o no un dios no importa, la discusión se aparta de esa cuestión. Lo importante es que ya no se puede pensar en un plan digitado por la mano de un buen titiritero. El motor de la vida es la evolución y éste está incrustado, con su propio orden y su propia lógica, en el corazón de la naturaleza.

La teoría evolutiva de Darwin se apoya en un mecanismo intrínseco a los propios seres en su constitución biológica, que no es idéntica en todos los individuos de una especie, y que explicaría la transformación paulatina de ésta con el transcurso del tiempo.

Marta Lahr explica esta teoría –aplicándola a los homínidos- de la siguiente manera:

La evolución de los homínidos, como la de cualquier otra familia animal, es el resultado de dos hechos: primero, que todas las especies son inherentemente variables y esa variabilidad afecta la capacidad de los individuos de sobrevivir y reproducirse; segundo, que los recursos son limitados, y por lo tanto existe competencia entre los individuos por ellos, lo que resulta en la supervivencia y reproducción diferenciales (…) Al seleccionar aquellos individuos que tienen una mayor capacidad de obtener recursos y compañeros en una determinada circunstancia ecológica, la selección natural cambia, de una generación a otra, la variabilidad de la especie (aumentándola, reduciéndola u orientándola hacia ciertas combinaciones de caracteres) (Lahr, 2001: 108 y 109)

Esto quiere decir que las adaptaciones y cambios filogenéticos que van ocurriendo a lo largo del camino evolutivo de una especie, actúan orientando y limitando la capacidad de cambio de dicha especie en el futuro. Esto podría llegar a explicar por ejemplo, por qué los homínidos evolucionamos hacia una forma bípeda en lugar de hacerlo hacia una cuadrúpeda. Es decir, el andar en dos patas, estaba más cerca de nuestras condiciones genéticas cuando nos fue necesario, como homínidos, empezar a recorrer distancias más largas para sobrevivir, y la locomoción propia de los grandes simios –más adaptados a la vida arbórea- nos resultaba ineficiente.

Del libro Darwin. Una evolución extraordinaria, del biólogo Pascual Comín del Río:

 

Los principios del paradigma de Darwin.

  1. Los individuos de una misma especie presentan una variabilidad de caracteres hereditarios que tiende a infinito. Cada individuo es único en el conjunto de su grupo específico o población.
  2. La tendencia de todas las especies, por ley natural, es a reproducirse y expandirse sin límites en número y en el espacio. En consecuencia, como se producen más individuos de los que es posible que sobrevivan por las limitaciones del alimento y del espacio vital, debe haber una lucha por la existencia que favorece a los más aptos, en el sentido de mejor adaptados a su medio ambiental.
  3. Los caracteres individuales hereditarios de los seres vivos se transmiten de los progenitores a su descendencia mezclados con modificaciones, generación tras generación; ésta es la causa de la variabilidad de los individuos en una misma especie (…)
  4. La humanidad, desde muy antiguo, ha logrado por selección doméstica o artificial, separar selectivamente variedades de las especies silvestres de acuerdo con sus intereses y beneficios (…)
  5. (…) 3700 millones de años, desde el origen y evolución de la vida unicelular; éste es el período que la selección natural lleva operando a favor de los intereses de la supervivencia y la procreación.
  6. La selección natural actúa como mecanismo causal determinante de la adaptación del diseño estructural y funcional de los seres vivos y, en consecuencia, de la evolución de las especies; dicha evolución favorece a los individuos mejor adaptados al medio que habitan dotándoles con más alimento, vigor, territorio y número de hijos, los cuales, a su vez, heredan las variaciones con mayor potencial de supervivencia selectiva.
  7. La selección natural, al actuar en el tiempo y en el espacio de manera gradual, lenta, continua y acumulativa, hace que las especies, tanto en el ámbito de los individuos como de las poblaciones o de las especies, nazcan y mueran, cambien y se transformen, estimulando la preservación de las variaciones favorables (…)
  8. La especie Homo sapiens se halla sometida a estas mismas leyes naturales y, por tanto, a todos los principios anteriores, como una especie más entre el resto de los seres orgánicos (…) (del Río, 2009: 86, 87 y 88)

Ahora bien ¿dónde se habrían originado aquellos antepasados del hombre actual? Darwin arriesga: en África. Como el continente de los grandes monos –se sabía- había sido hogar de otras especies simiescas ancestrales en ese momento ya extintas, seguramente allí también habría que buscar los ancestros del hombre. También arriesga un período, el Eoceno[3] y se alimentarían de una dieta similar a la de los monos, es decir frugívora.

Hoy sabemos que la evolución de cualquier especie, incluida la humana, no debe pensarse de una forma lineal, donde los diferentes tipos se ubicarían en distintos puntos de la misma recta evolutiva. Así no funciona la evolución. Esta crece como crecen los árboles, con ramificaciones complejas, que se dirigen en diversas direcciones, algunas más largas, otras más cortas. Algunas mueren y otras nacen, como nació el hombre en algún momento y como murieron esas especies que fueron sus ancestros, y aún aquellas que coexistieron con el mismo Homo Sapiens, para luego desaparecer para siempre.

Nosotros como especie, y dentro del orden de los primates -que incluye desde el lemur hasta el chimpancé y el hombre- pertenecemos, como ya dije, a la familia de los homínidos, junto con las otras especies que nos precedieron y que podemos pensar como nuestros antepasados extintos, aunque muchas de ellas como quedo dicho con la analogía del árbol, no estén conectadas evolutivamente en línea directa con nosotros.

Mirando desde hoy en perspectiva, hay algunos desarrollos que podemos destacar como esenciales en el camino evolutivo que nos dio origen. Estos son el bipedismo, o capacidad de andar en dos patas; la adquisición y complejización de la habilidad del trabajo manual; y la encefalización, o el desarrollo cerebral.

Los tres procesos están intrínsecamente relacionados. El desenvolvimiento de cualquiera de ellos repercute de forma decisiva en el desarrollo de los otros y viceversa. Por ejemplo, adquirir la posición erecta, que es una de las diferencias del hombre con respecto al resto de los primates actuales, significa desencadenar importantes cambios en la fisonomía corporal que afectan la columna vertebral, la cadera y las extremidades. Las piernas se especializan para soportar todo el peso del cuerpo y cargar con toda la responsabilidad de la locomoción. Los brazos al quedar liberados de esta tarea se acortan y las manos desarrollan una importante destreza para el trabajo manual, útil para la realización de artefactos que se destinarán a determinados fines. Al mismo tiempo todo este largo proceso repercute y se acompaña con el incremento de la masa cerebral y su esencial sofisticación que a su vez potencia, relaciona y motoriza aquellas mismas facultades que se van desarrollando –por ejemplo, un cerebro cada vez más complejo permite idear y realizar herramientas más sofisticadas-.

Una conquista posterior en nuestro rumbo evolutivo y crucial para llegar a entender lo que somos como especie, es la adquisición del lenguaje, que requiere una grandísima capacitación tanto anatómica como también intelectual (Di Sarli, 1999). Por otro lado todo esto implica otra serie de cambios fundamentales en la vida de aquellos individuos. Estar capacitado para andar en dos patas más que para trepar a los árboles, significa un cambio de hábitat, o por lo menos, un cambio en el lugar en que se empieza a desarrollar buena parte de la vida. La capacidad de crear herramientas destinadas a fines prácticos implica por un lado, una capacidad relacional del cerebro muy avanzada, y por otra parte expande y transforma considerablemente la capacidad de acción sobre el entorno, por solo dar algunos ejemplos[4]. El desarrollo del lenguaje por su parte, habla a las claras de un tipo de sociabilidad más sofisticado e intenso.

Es decir, la evolución avanza como un todo, donde cada parte, conquista o desarrollo evolutivo repercute, incide, y a su vez es influenciado, por el resto de los elementos presentes en una especie en un momento dado.

Entonces toda la evolución está promovida por mutaciones en las constituciones genéticas de las poblaciones, que si perduran, se pueden traducir en desarrollos como los recién mencionados para nuestra especie, y que pueden estar producidas por una gran diversidad de factores. Estas mutaciones se expresan en adaptaciones y diferenciaciones, algunas, en perspectiva, destinadas a truncarse a la vuelta de la esquina, y otras no.

Si por un determinado motivo se comienza a producir alguna mutación genética en un grupo de individuos de una especie, estando ésta dividida espacialmente en lo que podemos considerar dos poblaciones diferentes –sin producirse entre ellas intercambios genéticos considerables o asiduos-, ambas, en condiciones favorables, y con el transcurso de algunos miles de años, podrían evolucionar acumulando mutaciones en sus respectivas constituciones genéticas, pudiendo llegar a conformar, de hecho, dos especies diferentes.

Pero cabría preguntarse cuáles son los factores que pueden desencadenar esta serie de mutaciones y adaptaciones. Un lugar preponderante sin dudas lo ocupa el contexto ecológico, que es el escenario interactivo en el que se desenvuelve la evolución y la vida de las especies.

Es innegable la importancia del ambiente físico en la marcha evolutiva de las especies. A lo largo de la historia de los primates se sucedieron cambios climáticos y geológicos que incluyeron ascensos y descensos de las temperaturas, variaciones en la humedad y las lluvias y grandes alteraciones en la vegetación. En los comienzos de la era Cenozoica, el clima era cálido y húmedo, y las selvas se extendían mucho más que en la actualidad (…) Todo este período cálido, que se prolongó durante el Paleoceno, favoreció la radiación adaptativa de los mamíferos, que ocuparon todos los hábitats. Durante el Eoceno y el Oligoceno, la temperatura comienza a bajar limitando las grandes extensiones de selvas y produciendo un ambiente boscoso más seco y templado. (Di Sarli, 1999: 10)

En este marco de cambios físicos, separación de poblaciones, migración de especies y evoluciones adaptativas, es que surgen los primeros homínidos, a partir de un tronco común que también dio origen a los ancestros de nuestros primos actuales, es decir el resto de los primates que hoy comparten el planeta con nosotros.

El progresivo enfriamiento del planeta –lo que conocemos como glaciaciones-conlleva un aumento de la aridez, por lo que las selvas y los bosques de ambientes cálidos y lluviosos retroceden en su extensión. Como contrapartida las praderas abiertas y secas crecen en tamaño y número. Ya mencioné que el proceso evolutivo que seguirán los homínidos está estrechamente relacionado con estos cambios en el ambiente físico, ya que una de sus principales adaptaciones la constituye la adquisición del andar erguido y en dos patas o bipedestación. Esto no es otra cosa que una especialización para explotar más eficazmente los territorios abiertos a los que deben empezar a enfrentarse, y cada vez más progresivamente, nuestros primeros ancestros.

Adán y Eva

En su trabajo ya citado, Marta Lahr también hace hincapié en las condiciones ecológicas y climáticas que vive la tierra entre siete y ocho millones de años atrás como determinantes en nuestra evolución. El aumento de la aridez de las regiones ecuatoriales, producido por el enfriamiento general del clima, en África, adquiere características particulares por la presencia del gran valle del Rift. Este se trata de una gran falla tectónica, que entrando por Etiopía atraviesa el continente de norte a sur hasta adentrarse en Mozambique.

La formación del Rift, y su efecto en el cambio de altitud en la región oriental de África, llevaron a cambios en el régimen pluvial que crearon la sábana africana. Por lo tanto, los homínidos aparecen como uno de los animales de la sabana desarrollándose en un ambiente complejo de mosaicos de estepas, bosques secos y bosques de galerías, lagos y volcanes (Lahr, 2001: 117 y 118)

El desarrollo del bipedismo parece así estar estrechamente relacionado con estos cambios ecológicos, como una adaptación creciente a un nuevo ambiente en el que transcurre, sino toda, por lo menos buena parte de la vida de los primeros homínidos. Porque ya veremos que los primeros homínidos, aún seguían siendo animales perfectamente adaptados en su fisonomía para desenvolverse arriba de los árboles y el hábitat boscoso continuaba siendo, sin lugar a dudas, su ambiente favorito.

La consecuencia del proceso de evolución de los primeros homínidos fue el surgimiento de un grupo de primates bípedos de gran porte, que explotaron un nuevo nicho en las sabanas del este de África (Lahr, 2001: 121)

De tal manera que todos los homínidos descendemos del mismo grupo original, y sabemos a partir de estudios de biología molecular realizados en primates actuales, que la separación entre las especies africanas finaliza alrededor de ocho millones de años atrás. Es decir, todas las especies de primates existentes en la actualidad derivan de ancestros comunes que existieron hace más de ocho millones de años, y que en un momento dado anterior a esa época, evolucionaron en especies diferenciales. La última de esas separaciones es la que provoca la aparición de dos ramas evolutivas diferentes –debe recordarse que la evolución avanza como una ramificación y no como una línea recta inequívoca- .Una de estas ramificaciones es la que dará origen, pasados algunos millones de años, al chimpancé moderno, que de los seres vivos actuales es nuestro pariente genéticamente más cercano. La otra ramificación, y también pasados algunos millones de años, es la que nos dará origen a nosotros, el Homo Sapiens.

Pero ¿cuál sería la especie que podemos considerar el padre y la madre de todas las especies de homínidos?

Mencionaré aquí cuatro especies, de descubrimiento relativamente reciente, y de las que aún falta mucho por conocer, a causa de que los trabajos de los especialistas sobre los restos fósiles y los yacimientos todavía tienen años por recorrer y mucho por decir. Sin embargo, cada vez son más los investigadores que se atreven a afirmar que todas ellas pertenecen al linaje de los homínidos, es decir, fueron primates no simios, muy cercanos fisonómicamente a nosotros, los humanos.

Para caracterizar sobre todo los dos primeros casos me baso en los datos aportados por el capítulo Antes de la joven inquieta, del libro Los aborígenes, de Juan Luís Arsuaga[5].

Caso 1: Es la especie aparentemente más antigua y está representada por un cráneo muy completo, hallado por el equipo del francés Michel Brunet en Chad, en lo que a pesar de ser hoy un desierto de los más áridos, hace siete millones de años -antigüedad a la que se remontan los restos- fue una selva aún muy húmeda en el este de África. El individuo apodado Toumai, fue catalogado como una nueva especie, el Sahelanthropus Tchadensis. Su cara es pequeña, al igual que sus dientes caninos -lo que a los humanos modernos nos diferencia de gorilas y chimpancés- y posee un grueso toro supraorbitario o reborde óseo sobre los ojos, característica que lo identificaría como un macho. Sin embargo, pareciera no existir demasiada evidencia para afirmar que fuera capaz de moverse en dos patas cuando fuese necesario.

Caso 2: Una mandíbula y algunos dientes fueron hallados en las montañas de Tugen Hills, en Kenia (África) por el equipo de la francesa Brigitte Senut. La especie fue bautizada Orrorin Tugenensis. Orrorin no viene de horror, sino que significa “hombre original” en lengua Tugen. Las muelas son pequeñas, como las de los chimpancés, pero el esmalte es grueso, a diferencia del de nuestros primos, por lo que ingeriría un alimento diferente, más duro y desgastador. Sin embargo ésta no es una característica que por sí sola pueda atribuir el individuo a la línea de los homínidos, quienes en algún momento definitivamente adquirieron un esmalte grueso. Pero los restos de fémur encontrados junto a los dientes son muy similares a los de la especie Australopithecus, y éstos sí eran bípedos y ciertamente homínidos. Su antigüedad sería de unos seis millones de años.

Caso 3: La siguiente especie que quiero mencionar está representada por unos restos óseos hallados por el equipo de Tim White en Afar, Etiopía, datados en cuatro millones y medio de años. Primero llamado Australopithecus Ramidus, luego se bautizó como Ardipithecus Ramidus: ardi, significa suelo, y ramid, raíz en lengua Ayar (Shreeve, 2010). Sus molares son pequeños y de esmalte fino como el de los chimpancés, por lo que su alimentación sería muy similar a la de éstos, sin embargo algunas características morfológicas de su pie animan a pensar que este individuo fue capaz de caminar en dos patas y de forma bastante erguida. A causa de esto cada vez son más los especialistas que no dudan en catalogarlo como uno de los primeros homínidos.

Hay muchas razones para pensar que los primeros homínidos vivían en un bosque lluvioso, que se alimentaban preferentemente de fruta madura y que, para conseguirla, trepaban a los árboles; o sea, un modo de vida comparable al de los actuales chimpancés. Casi seguro que, con ese régimen de comida, las muelas serían pequeñas (como las de los chimpancés). Pero no sabemos todavía, a ciencia cierta, cuándo surgió la postura erguida como modo habitual de marcha en el momento en que los homínidos bajaban de las ramas (Arsuaga, 2002: 59)

A partir de algunos datos que ahora veremos, parece que esta especie -y tal vez no sea la única- se sitúa justo en ese momento de la evolución de los homínidos, cuando debieron, a causa de los procesos climáticos, bajar de las ramas para enfrentarse a la estepa africana.

Sobre el caso del Ardipithecus, recientemente la revista Nacional Geographic de edición española (2010), ha publicado un artículo en el que se detallan los últimos resultados de los estudios realizados sobre estos restos. Estos resultaron ser un esqueleto bastante completo perteneciente a una mujer adulta -apodada finalmente Ardi- y de los que paso a dar cuenta de forma muy resumida.

Primeramente y de acuerdo a lo afirmado por Arsuaga, Ardi presenta una fisonomía muy adaptada al ambiente boscoso y a la vida en los árboles. De hecho, el hueso del pie cuneiforme medial -hueso que se articula con el dedo pulgar- lo hacía a la manera que se presenta en los simios, separándose este dedo del resto para permitir utilizarlo como pinza y de esta manera estar capacitado para aferrarse a las ramas de los árboles con los pies. Sin embargo otra característica que su pie presenta es un hueso llamado os peroneum, hueso presente en todos los pies de homínidos encontrados, pero muy raras veces en simios. Este hueso permite mantener firme y rígida la planta del pie, y según algunos anatomistas, su presencia junto con el resto de los dedos alineados, le habría permitido a esta especie desarrollar un primitivo bipedismo.

Su pelvis y cadera también muestran esta mezcla de rasgos simiescos y hominoides, como también su mano, muy adaptada a la vida arbórea en su morfología pero aparentemente no capacitada para permitir la locomoción del individuo apoyándose sobre sus nudillos, como sí lo hacen los simios actuales. En realidad todo el Ardipithecus presenta un mosaico de características muy primitivas, compartidas con especies de simios del Mioceno ya extintas, junto con otras atribuidas solo a los homínidos. De esta manera Ardi representaría un género muy primitivo de homínido anterior en, por lo menos, doscientos mil años al Australopithecus Anamensis, la primera variedad reconocida de la familia de los Australopithecus. Los Australopithecus ya eran definitivamente bípedos y considerados por tanto homínidos. Ellos fueron quienes habitaron posteriormente la misma región que el Ardipithecus. A pesar de esto, no se puede afirmar hoy en base a las evidencias, que los Australopithecus sean una especie evolucionada a partir de los Ardipithecus, aunque en realidad no constituya una locura pensarlo.

Ahora sabemos por estudios genéticos que pequeñas alteraciones en la regulación de los genes pueden tener consecuencias anatómicas importantes en un período corto. Si se encuentra una gran ventaja al caminar erguido con mayor eficiencia, no se necesitarían muchos milenios para que la selección natural desarrollara un dedo alineado con los otros y que se hicieran los ajustes necesarios en el diseño del esqueleto (Shreeve, 2010: 28)

Caso 4: Cerca del lugar del hallazgo de los restos de Ardi, un equipo dirigido por Yohannes Haile- Selassie, ha encontrado fragmentos de huesos datados en casi seis millones de años y que muchos consideran pertenecientes a una especie primitiva de Ardipithecus a la cual se la bautizó como Ardipithecus Kadabba.

Lo cierto con respecto a Ardi, es que no todas las voces de los especialistas se expresan en el mismo sentido:

En todo caso, con tantos rasgos extremadamente primitivos, algunos investigadores sostienen que el Ardipithecus ramidus no es realmente un homínido. Terry Harrison, de la Universidad de Nueva York, por ejemplo, señala que hay una gran diversidad de especies de simios en África y Eurasia de la época del Mioceno, de hace 23 millones de años hasta hace cinco millones de años. ‘Tal vez era sólo uno de los simios que andaban por ahí, en lugar de ser el que dio origen a los homínidos’, dice Harrison. En respuesta, Lovejoy (Owen Lovejoy, anatomista que estudia hace más de catorce años a Ardi) señala que hay más de dos docenas de rasgos distintivos que vinculan al Ardipithecus ramidus exclusivamente con los homínidos más tardíos, los cuales, si lo que postula Harrison es correcto, de alguna forma habrían logrado terminar juntos por coincidencia en un simio extinto que no tiene nada que ver con nosotros (Shreeve, 2010: 34)

Muy probablemente la respuesta a esta cuestión llegue con el tiempo y el avance de los estudios. Muy posiblemente también haya que repensar qué rasgos son esenciales para considerar a una especie ¡homínido!, que no es otra cosa que redefinir el propio término de homínido.

Hasta aquí llega lo que me interesaba recopilar en este trabajo sobre los muy probablemente más antiguos miembros de nuestra gran familia. Después de ellos, como ya quedo dicho, llegarían los Australopithecus, y resumiendo mucho, luego aparecerían las diferentes variedades atribuidas al género de “homo”, como el Erectus, el Hábilis y el Neanderthal, etc. Muchas de ellas coexistieron. Algunas se extinguieron definitivamente. Algunas más, evolucionaron de otras. Otras más seguramente esperan por ser descubiertas, pero todas ocuparon un lugar único en la historia de los homínidos, la historia que termina en lo que hoy somos nosotros.

Para el interesado en una revisión de todo este largo proceso evolutivo que nos llevó millones de años, desde ya, recomiendo la bibliografía que utilicé para escribir este capítulo. Pero es mucho, por suerte, lo escrito sobre el tema. Mi intención sólo fue presentar algunas cuestiones referidas a la pregunta por nuestros orígenes, apoyándome en algunos datos y publicaciones actuales.


  1. El título original era Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la existencia.
  2. Ya hablamos de Carl Linneo en el capítulo El fin de la magia.
  3. El Eoceno se extiende desde hace 55 millones de años hasta alrededor de 35 millones de años atrás. Hoy se sabe que en este período de la Era Cenozoica hacen su aparición los primeros primates. Aunque los protosimios –ancestros de los primates-, aparecen incluso en el período anterior: el Paleoceno.
  4. Hoy sabemos que otras especies animales –en especial algunas especies de simios- utilizan objetos de la naturaleza para lograr fines. Sin embargo la capacidad de imaginar y construir herramientas proyectadas para satisfacer necesidades y/o deseos es, aparentemente, exclusivamente propia de los homínidos avanzados.
  5. Arsuaga es uno de los directivos del equipo de investigación de los yacimientos pleistocenos de la sierra de Atapuerca, en España.


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