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3 El fin de la magia

Diciembre de 1876: hace ya casi dos años

que Rimbaud no da muestra alguna

de estar escribiendo poesía.

(Graham Robb- Rimbaud)

¿Estar inmerso en tradiciones significa real

y primariamente estar sometido a prejuicios

y limitado en la propia voluntad?

¿No es cierto más bien que toda existencia humana,

aún la más libre, está limitada y condicionada

de muchas maneras? Y si esto es así,

entonces la idea de una razón absoluta

no es una posibilidad de la humanidad histórica.

Para nosotros la razón sólo existe como real e histórica,

esto es la razón no es dueña de sí misma

sino que está siempre referida a la dado en

lo cual se ejerce.

(Hans-Georg Gadamer- Verdad y Método)

Europa y la última cruzada

En el año medieval de 1415 tiene lugar un suceso que se puede considerar el precursor de muchísimos otros que se van a continuar en los años siguientes y que prefigura un proceso crucial, único y universal que marcará a fuego toda la historia de la modernidad. El mundo asistirá a partir de entonces a un desarrollo que ya no tendrá vuelta atrás y prácticamente ningún rincón de éste saldrá ileso del golpe, ni volverá a ser el mismo. Es el inicio de la expansión europea a gran escala, quebrando las barreras de los mares y todo lo que se le interponga. De aquí en adelante, las sociedades europeas comenzarán a hacer sentir su presencia de forma creciente, en el transcurso de sólo un par de siglos, en todas las latitudes del planeta.

Son los tiempos de los grandes nombres, de las colosales travesías, la época de los descubrimientos y las conquistas. Se trate de pueblos débiles o fuertes, con organización para la guerra o casi carentes de ella, pueblos poderosos y ricos, o simples grupos habitantes de los llanos, Europa se impondrá, por las buenas algunas veces, por las malas muy generalmente. Impondrá y regará por el mundo con la fuerza de sus persuasivas armas, su idea de sociedad, su comercio y su fe cristiana. Algunos sufrirán menos el impacto, otros más, y para muchos incluso la consecuencia será mortal:

Dejados atrás en el tiempo por los ancestros de los europeos, habían sobrevivido a su época en muchos miles de años. Y cuando los dos extremos de la escala de tiempo cultural fueron finalmente puestos en contacto espacial allá, en los lejanos confines del mundo, la extinción fue simplemente una cuestión de rectificar la escala y colocar a los tasmanos de vuelta en el mundo muerto de la prehistoria al cual pertenecían (Stocking, 1987: 9 )

Esta cita grafica un caso de desaparición forzada de una comunidad al entrar en contacto con una Europa avasallante, con el aditivo de que el autor en su análisis, logra expresar el imaginario de una época: el de una civilización que justifica a través de un supuesto fundamento científico y racional, el dominio y hasta el aniquilamiento, o en el mejor de los casos, el dejar morir a un pueblo que por un capricho de la historia había “sobrevivido a su época en muchos miles de años”, y que sólo era cuestión de tiempo para que éste encuentre su fin y su lugar en el devenir de las crónicas del hombre. Solo era necesario que los extremos se junten para que cada uno “rectifique” su posición en la escala del tiempo. Unos al inicio del género humano y otros en la cumbre de su desarrollo.

Quién sabe cuántos siglos llevaban los tasmanos en su imperturbable soledad, desarrollándose entre virtudes y defectos, pero con una cultura sin dudas rebosante de riquezas a causa de tal largo período de tiempo de adaptación y evolución en su medio. El encuentro con el europeo se produce en 1772. Bastará alrededor de un siglo para que con su extinción abran una llaga, una más que jamás sanará en el corazón de la humanidad. En el nuevo mundo que nacía a Europa, los tasmanos como tantos otros grupos humanos no tenían lugar, o en todo caso, su lugar debía ser la sala de prehistoria de los grandes museos.

La sangre de las cruzadas y la Guerra Santa contra el Islam tiñe los años anteriores a 1415. Asia y África, con su comercio y sus riquezas son una puerta cerrada, un muro infranqueable para las ambiciones europeas. El mundo árabe y musulmán está culminando un período de siglos de expansión y parece en ese momento impenetrable. A Portugal le debe Europa un episodio tan osado como en gran medida inimaginable: Un ataque marítimo a la ciudad y fortaleza musulmana de Ceuta, en el norte de África (Parry, 1952). Este constituye el primer paso en el largo camino de expansión militar y comercial de esta potencia en el mundo. Portugal emprende la organización de la ciudad, su administración y su defensa. Es una ocupación que se proyecta con vistas a seguir ocupando tierras extrajeras, extrayendo sus recursos, sojuzgando a los nativos, todo en aras de enriquecer las arcas de la metrópoli y consolidar un imperio. La colonización moderna está dando a luz.

Es la primera gran herida abierta en territorio árabe, de muchas que se irán sucediendo en los años siguientes. En sus pretensiones, en sus desarrollos, y en sus logros, este episodio se ubica a mitad de camino entre ser la última cruzada medieval y el inicio de la expansión europea de características modernas. De esta manera se inicia un avance que no se detendrá en muchísimos años. Solo es cuestión de tiempo para que las bastas fronteras de África y Asia empiecen a abrirse a las revitalizadas y sedientas potencias europeas. Con pocos años de diferencia, también le llegará el turno a América.

En los años siguientes Portugal continuará explorando y avanzando en su interés en el llamado “continente negro”, interés que se ve definitivamente justificado y recompensado cuando en el año de 1441 y desde la costa sur del cabo Bojador, una carabela arribe en el reino con una cantidad de oro en polvo no muy significativa, pero seguramente si prometedora. También traía algunos africanos cautivos, los primeros de un importantísimo y floreciente comercio que tendría en Portugal uno de sus principales beneficiarios y que se extenderá a lo largo de cuatro siglos. Cerca de mil esclavos más les seguirían a aquellos en los siguientes cinco años (Parry, 1952)

El comercio de esclavos llegó a extenderse tanto que en 1448 el príncipe Enrique ordenó la construcción de un fuerte y depósito en la isla Arguim, en la bahía formada por la curva del cabo Branco. Este depósito de Arguim fue la primera factoría comercial europea en ultramar (Parry, 1952: 40)

Así es como la esclavitud juega un rol central en la expansión europea de esta época. Ya sea con destino a las propias posesiones portuguesas en América aún en ese momento por descubrirse o poblando las islas del Atlántico americano, pertenecientes a la corona española, cuyas poblaciones indígenas pagarán muy caro ser las primeras en conocer a los visitantes europeos, sus enfermedades desconocidas y por tanto letales, su celo religioso, su sed de riqueza y sus armas de fuego. Portugal inicia así con su expansión lo que habrían de continuar muchos reinos europeos. No pasará mucho tiempo para que éstos se apuren a tomar su tajada de la torta africana y la sangre de estos pueblos empiece a correr como nunca lo había hecho antes. Es el inicio de un período muy oscuro para la tierra que por primera vez recibió la huella de un pie humano. Me refiero obviamente a África, la cuna de nuestros primeros ancestros hace varios millones de años.

América y África, los dos pilares sobre los que se va a construir la opulenta y prospera Europa occidental. Y allá, de fondo, el comercio de los esclavos negros.

Con esto no habría que entender que el fenómeno de la esclavitud es patrimonio exclusivo de la Europa expansionista de este período. Diferentes formas de ella ya se habían hecho presentes y con anterioridad en todos los continentes. Pero es en este período que dicho fenómeno adquirirá una universalidad y una proporción sin precedentes, y ello en aras de la construcción de las grandes potencias del viejo continente que iniciaban su camino de ascenso y modernidad.

Hoy, varios siglos después de estos acontecimientos, como “civilizados” que somos, miramos con sincero horror la furia que parece despertar desde hace ya demasiado tiempo y cada dos por tres en diferentes regiones de África, explotando en sangrientas guerras políticas, económicas, religiosas y étnicas. Toda la tristeza y el sentimiento de horror son legítimos. Pero acaso también es legítimo pensar que esta violencia no sea otra cosa que una lejana heredera de aquella que sufrieran para nada menos violenta y durante tanto tiempo, los hombres y los pueblos que habitaron y habitan el suelo que vio nacer al género humano, bajo el azote de la redituable esclavitud.

África. Nuestra herida más dolorosa. ¿Cuántas aflicciones habrá vivido y cuántas todavía tiene que vivir?

Esa tierra que nos dio la vida ¿Nos perdonará algún día?

La nueva fe

A Isaac Newton le debe la mecánica clásica algunos de sus principios fundamentales. Sus tres Leyes famosas son: el principio de inercia: Todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que sea obligado a cambiar su estado por fuerzas impresas sobre él; el principio de acción de fuerzas: El cambio de movimiento es proporcional a la fuerza motriz impresa y ocurre según la línea recta a lo largo de la cual aquella fuerza se imprime; y el principio de acción y reacción: Con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria: quiere decir que las acciones mutuas de dos cuerpos siempre son iguales y dirigidas en sentido opuesto (Newton, 2003: 199). El físico y matemático inglés nació en 1642 y murió en 1727. Por esta temporalidad y por la significancia de sus trabajos podemos decir que Newton está inmerso justo en el centro de un proceso complejo, que terminaría por consolidar una forma novedosa en la comprensión del mundo de esa época y cuyos alcances son aún hoy muy difíciles de medir y determinar. Se trata de una comprensión que no es la que se desarrolló y primó en la Edad Media, a través de una patente impronta religiosa, donde la iglesia y sus verdades reveladas aportaban un sistema autosuficiente y cerrado de conocimiento.

La nueva comprensión es la del hombre moderno. Para él, el mundo es algo nuevo, todo es objeto de reflexión y nada escapa a su mirada. El papel de Newton en esta historia fue consolidar y avanzar aún más en los desarrollos científicos que se estaban produciendo desde hacía dos siglos atrás, con personajes como Galileo y Kepler a la cabeza. La revelación ya no será la puerta al conocimiento, la razón y la observación serán los pilares sobre los que se construirá el nuevo camino para alcanzar la verdad. Los elementos de análisis constituyentes del nuevo mundo mecánico son el espacio, el tiempo, el movimiento, la fuerza, la masa y la velocidad. El universo es ahora comprensible y materia de medición y conocimiento. A través de la observación de la realidad se pueden descifrar las causas y los efectos intrínsecos a los fenómenos naturales. Con el uso de la razón el hombre puede a partir de estos datos establecer leyes que lo acerquen a la comprensión total del universo.

Sobre la base de esta nueva concepción ideológica se desarrollará el llamado tradicionalmente Iluminismo, el cual consiste en la adopción por parte de los filósofos modernos de los principios y métodos de la física y la matemática newtoniana para comprender y explicar al hombre y la sociedad. Así, todos los ámbitos de la vida se transformaron en ámbitos del saber moderno. Todos los fenómenos, ya sean físicos, naturales o sociales, todos, son capaces de abordarse a través del constituido y prestigioso método científico. Para la modernidad no hay límites a este conocimiento, el mundo que parece abrirse a los hombres de esta época no tiene fronteras, y no solo esto, la razón los guiará a la verdad y ésta a la completa realización del género humano.

Más que los pensadores de cualquier época anterior, los hombres del Iluminismo adherían firmemente a la convicción de que la mente puede aprehender el universo y subordinarlo a las necesidades humanas. La razón se convirtió en el dios de estos filósofos, quienes se inspiraron principalmente en los avances científicos de los siglos precedentes. Tales avances los llevaron a una nueva comprensión del universo basada en la aplicabilidad universal de las leyes naturales. Utilizando los conceptos y las técnicas de las ciencias físicas, emprendieron la tarea de crear un mundo nuevo basado en la razón y la verdad. Esta última fue el objetivo fundamental de los intelectuales de dicha época; pero no la verdad basada en la revelación, la tradición o la autoridad, sino aquella cuyos pilares gemelos serían la razón y la observación (…) Combatieron lo que consideraban superstición, fanatismo o intolerancia (Zeitlin, 1982:13)

Combatieron la superstición sin tal vez ser demasiado conscientes de que el suyo, como momento histórico, en el futuro iba a ser pasado y que muchas de las verdades en que se sostenían estaban destinadas a caer o ser superadas. Combatieron el fanatismo sin tal vez percatarse demasiado de que repetidas veces fueron presas ellos mismos de un nuevo fanatismo, dirigido a un nuevo dios. Combatieron la intolerancia, practicando la intolerancia hacia lo que consideraron irracional frente a su concepto seguramente demasiado estrecho de razón. Sitiaron y finalmente demolieron la ciudad de dios, en su lugar levantaron el imperio de la razón, quizá no menos autoritario, quizá con un dios no menos incuestionable.

El pensamiento occidental le debe muchísimo a los hombres del iluminismo. Su capacidad de crítica y su puesta en cuestión de aspectos antes insospechados, así como hacerlos temas de reflexión, fue su gran logro, dentro de seguramente muchos otros. Intentaron comprender el mundo todo a través de su sistema y de hacerlo realmente un lugar mejor donde vivir. Pero como hombres se iluminaron frente a algunas cosas y se cegaron frente a otras.

Mary Louise Pratt (1987) cita el año de 1735 como un tópico en el desarrollo del pensamiento europeo a raíz de dos acontecimientos que en su análisis resultan centrales en la configuración de la llamada “conciencia planetaria” de Europa. Estos acontecimientos significarán una nueva forma de comprenderse los sectores y las elites dirigentes, su lugar en sus sociedades y su lugar frente al mundo. Uno de ellos es la publicación en ese año de “El sistema de la Naturaleza” de Carl Linneo. En esta obra el naturalista sueco propone un sistema de clasificación para todas las plantas, sean conocidas o no, según las características de sus partes reproductivas. La categorización se complementa con otros atributos concretos, que se refieren al tamaño y la forma. No fue el primer sistema propuesto de este tipo, pero sí el más ambicioso, el más completo y al mismo tiempo el más práctico por lo que marcó todo un hito en la materia, llegando incluso a convertirse en la base de la clasificación botánica de la ciencia moderna que llega hasta nuestros días. El trabajo se completó con un sistema de clasificación de minerales, así como también de animales.

Por último, Linneo, sin lugar a dudas provocando una importante conmoción, también incluyó en su sistema al ser humano. De hecho a él le pertenece la nomenclatura de Homo Sapiens.

Así clasifica el naturalista las variedades humanas en 1758.

 

a. Hombre Salvaje. Cuadrúpedo, mudo, peludo.

b. Americano. De color cobrizo, colérico, erecto. Cabello negro, lacio, espeso; fosas nasales anchas: rostro áspero; barba escasa; obstinado, contento, libre. Se pinta con finas líneas rojas. Regulado por costumbres.

c. Europeo. De tez blanca, sanguíneo, fornido; cabello rubio, castaño, sedoso; ojos azules; amable, agudo, inventivo. Cubierto con vestimentas ceñidas al cuerpo. Regido por leyes.

d. Asiático. Oscuro, melancólico, rígido. Cabello negro; ojos oscuros; severo, arrogante, codicioso. Cubierto con vestiduras sueltas. Regido por opiniones.

e. Africano. Negro, flemático, relajado. Cabello negro, rizado; piel sedosa; nariz chata, labios túmidos; taimado, indolente, negligente. Se unta con grasa. Regido por el capricho (Pratt, 1987: 66)

 

Por alguna razón la rigurosidad en el método que el sistema natural intentaba emplear para categorizar las formas vegetales, es totalmente pasada por alto a la hora de clasificar las formas humanas. Las descripciones carecen totalmente de seriedad. No es sorpresa para nadie decir que generalmente un africano será negro y un europeo –por lo menos en el caso de los europeos de los países del norte del continente- blanco, pero de ahí a definir al europeo como amable y regido por leyes y al africano como negligente y regido por el capricho, por citar solo dos ejemplos de los más ridículos, hay realmente toda una brecha imposible de justificar de ninguna manera. O mejor solo posible de justificar a partir de una ideología ya dada de antemano, pero sin ningún asidero razonable y verosímil. Sin embargo tampoco es una sorpresa reconocer que aún hoy día entre nosotros, muchas veces subsisten estereotipos semejantes que orientan nuestros pensamientos y acciones.

Una categoría final de monstruo mencionada por Linneo incluye también a gigantes, enanos y eunucos.

Es interesante la reflexión de Pratt acerca de que difícilmente se puede encontrar, a esta escala, un ejemplo mejor del intento de naturalizar el mito estúpido de la superioridad de la raza europea. Pero es importante entender que Linneo no fue un loco fuera de lugar. El expresó “científicamente” (con muchas comillas) un pensamiento y una creencia común a no pocas sociedades, que movilizaba y estaba detrás de los proyectos expansionistas de las potencias europeas, y justificaba políticas tanto explícitamente violentas como también paternalistas hacia las razas “inferiores”. A los pueblos regidos por las costumbres, los caprichos y las opiniones, hasta se les hace un favor imponiéndoles el dominio y la explotación por parte de pueblos gobernados por leyes y la razón. Los fanáticos de la nueva fe ya no necesitan la cruz y la Biblia, esas son supersticiones que no encajan en el mundo de la modernidad. Su razón y su observación, su método científico, esas son las supersticiones que valen la pena y que justifican todo, al igual que los sistemas autosuficientes y cerrados que se esmeraron en hacer entrar en crisis y abolir.

El sistema tal vez cambió la forma pero no su contenido más profundo:

La sistematización de la naturaleza coincide con el punto culminante del tráfico de esclavos, el sistema de plantaciones, el genocidio colonial en Norteamérica y África del Sur… (Pratt, 1987: 72)

El otro acontecimiento que cita Pratt en su trabajo es una expedición científica conjunta de países europeos que tiene como fin determinar de una vez por todas, la forma exacta de la tierra. La duda era si tenía la forma de una esfera perfecta o si era una esfera achatada en las puntas. Con este objetivo una comisión de científicos partió hacia Lapland, al norte, para medir un grado longitudinal en el Meridiano. Otro equipo partió hacia el sur para hacer la misma medición en el Ecuador. Este hecho prefigura lo que…

…habría de llegar a ser uno de los más orgullosos y notables instrumentos de expansión de Europa: la expedición científica internacional. En la segunda mitad del siglo XVIII, la exploración científica se convertiría en un imán que atraería las energías y los recursos de complicadas alianzas de élites intelectuales y comerciales en toda Europa. Y lo que es igualmente importante, la exploración científica sería un foco de intenso interés público y la fuente de algunos de los más poderosos aparatos de ideas y de ideología, por medio de los cuales las ciudadanías europeas se relatarían a sí mismas ante otras partes del mundo (1987: 51)

Esta conciencia planetaria europea significa una nueva manera de pensarse puertas adentro y hacia los límites más lejanos del imperio, y más allá aún, hacia lo desconocido. Estos dos acontecimientos marcan esa tendencia de la ciencia imperial de abarcarlo todo. Son sistemas totalitarios que buscan una comprensión completa del universo. Lo que se descubra mañana, ocupará su lugar en las clasificaciones ahora creadas. En su momento la iglesia debió definir si los “indios” americanos poseían o no alma. En el sistema medieval cabían las dudas. El sistema moderno es más perfecto, todo tiene asignado su lugar y su papel de forma predeterminada.

Las ideas, las ideologías, la expansión territorial, económica, militar, la exploración científica y los sistemas de clasificación de todas las realidades del mundo, pueden entenderse como diferentes caras del mismo proceso, complementarias, interactuantes y dialécticas entre sí, y también solidarias. El caos del universo es prolijamente ordenado por los nuevos proyectos científicos. Las plantas, los minerales, los animales, el hombre, son extirpados de su contexto caótico y son ubicados en el lugar que les es propio en las nuevas clasificaciones. No importa el rol simbólico, cultural o social que cumplían en su hábitat, su relación histórica con sus ambientes naturales no es relevante. Lo útil es hacerlos encajar en el sistema total. Ni siquiera la forma exacta de la tierra será a partir de entonces un misterio.

Es el triunfo definitivo de la Europa expansionista, de la razón, de los hombres iluminados, de la ciencia moderna. Es el fin de la magia.



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