En la misma colección

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7 Un mundo lleno de caminos

El hombre es

tierra que anda.

(Atahualpa Yupanqui – Este largo camino

Tiki… era jefe y era dios. El trajo a mis antepasados a estas islas

donde ahora vivimos. Antes vivíamos en un gran país,

al otro lado del mar.

(Tei Tetua, citado por Thor Heyerdahl – La expedición de la Kon Tiki).

La historia en la sangre

El origen del hombre moderno, el homo sapiens, nuestra especie, se remonta a aproximadamente doscientos mil años atrás, luego de, como vimos, alrededor de siete millones de años de evolución de homínidos. Pero ¿dónde apareció el Homo Sapiens por primera vez?

Si por un lado, un solo sitio se acreditara el título de cuna de la humanidad, debemos pensar que de allí, ésta, se fue expandiendo a lo largo y ancho de sus miles de años de existencia para llegar a cubrir finalmente todos los rincones del planeta habitables. La gran mayoría de científicos a este respecto coinciden en atribuir al este de África ese honor. La segunda gran alternativa sería que el humano moderno hubiese surgido en diferentes partes y de forma paralela a partir de los procesos evolutivos de diversas poblaciones antecesoras de homínidos, dispersas por África, Asia y Europa.

Los doctores en antropología Ana M. Aguerre y José. L. Lanata (2004) sintetizan claramente en cuatro grandes modelos las principales teorías sobre el tema.

1- Modelos de reemplazo: Según estas teorías el origen del hombre sería africano y desde allí se dispersó al resto del mundo, reemplazando las poblaciones homínidas premodernas. Estos modelos prácticamente no admiten mezclas genéticas entre las diferentes poblaciones de homínidos que puedan considerarse relevantes para la constitución morfológica del hombre moderno.

2- Modelos de hibridación y reemplazo: El origen del hombre es nuevamente africano, pero estos modelos tienen en cuenta una mayor influencia del factor de hibridación o mezcla genética entre población moderna y premoderna en la conformación humana.

3- Modelos de asimilación: En estas teorías los homínidos africanos no habrían reemplazado a las poblaciones anteriores al llegar a los otros continentes. El evento central en estos modelos lo cumple el elemento de asimilación entre las poblaciones a través de las mezclas genéticas que terminaron por conformar la humanidad actual.

4- Modelos multirregionales: En estos modelos, el origen del hombre no sería africano. Lo que habría existido en realidad es una continuidad regional así como un intercambio genético intenso entre las diferentes poblaciones coexistentes, que bajo presiones selectivas y adaptativas determinadas concluyó por dar origen al hombre moderno. Esta continuidad regional junto con el intercambio genético entre los grupos habrían dado nacimiento a la diversidad que nuestra especie presenta aún en la actualidad. Los modelos que proponen el origen africano, en cambio, atribuyen la diversidad humana a adaptaciones climáticas y ambientales en lugar de a diferencias biológicas significativas.

Sintetizando, podemos decir que la esencia del esquema Fuera de África (que incluye los modelos 1 y 2) es que los genes de las poblaciones humanas actuales derivan de poblaciones que vivieron sólo en África hace 150 Ka (ciento cincuenta mil años). Por su parte, en el caso del esquema Multirregional (modelos 3 y 4), los genes de las poblaciones humanas actuales derivan de poblaciones que vivieron en diferentes continentes hace 150 Ka (Aguerre- Lanata, 2004: 169)

Nosotros compartimos un código genético que es casi totalmente idéntico para todas las personas del mundo, donde el porcentaje mínimo restante es el causante de las diferencias de todo tipo que podemos encontrar entre los seres humanos. A lo largo del proceso evolutivo de los individuos se pueden producir variaciones o mutaciones en algún segmento de ADN (ácido desoxirribonucleico), que luego también pueden ser heredados a sus descendientes y así sucesivamente. Esto quiere decir que si se compararan las secuencias de ADN en poblaciones diversas, rastreando este tipo de marcadores o variaciones genéticas, se podrían llegar a establecer las conexiones ancestrales entre los distintos grupos humanos. El problema es que la recombinación genética que tiene lugar cada vez que el ADN de los progenitores se ensambla para originar un hijo, hace imposible el seguimiento de este tipo de alteraciones de forma completa (Shreeve, 2006)

Sin embargo, los científicos descubrieron que algunas regiones de nuestro ADN parecían mantenerse intactas en el paso del progenitor al descendiente, como es el caso del ADN mitocondrial, o ADNmt.

A causa de esto, a mediados de los ochenta del siglo pasado, aparecieron importantes investigaciones basadas en análisis filogenéticos de ADNmt humano, que intentaron dar respuestas acerca del origen de los humanos modernos de forma paralela e independiente de los estudios enfocados en los restos fósiles, que hasta ese momento habían acaparado la escena. Así, los análisis apuntaron a las variaciones internas en las secuencias de ADNmt en seres humanos vivos para determinar el punto de inicio temporal del ADN moderno.

Esto era factible porque en un principio se creyó que el ADNmt se transmitía integro y solo de la madre a los descendientes. Eso, sumado a que las variaciones crecen en una proporción relativamente estable, permitiría realizar los estudios comparativos necesarios para ubicar ese punto temporal inicial (viajando de lo más complejo a lo más simple, es decir, descartando variaciones), así como también establecer las mencionadas conexiones temporales entre los diversos grupos humanos de la actualidad.

En estos supuestos se basó la teoría conocida como la Eva africana o Eva mitocondrial, ya que los estudios del ADNmt demostraron que las poblaciones africanas actuales eran significativamente más diversas genéticamente que cualquier otra población de la tierra, lo que indudablemente indicaba que el hombre debió vivir en África un tiempo mucho mayor al que vivió en cualquier otro sitio, hecho que le habría permitido desarrollar aquella diversidad de variaciones. Entre las poblaciones africanas, entonces, debía buscarse el grupo humano que originó a toda la humanidad, que sería el que poseyera el ADN más antiguo. Investigaciones posteriores estimaron que el tamaño de aquella población original debería oscilar entre unos cinco mil y diez mil individuos (Aguerre- Lanata, 2004)

El otro resultado que arrojaron estos estudios fue fijar una fecha de coalescencia (punto de unión inicial de los linajes de ADNmt humano) hace unos 150- 200 mil años atrás. Lo que quiere decir que a ese período correspondería la aparición del hombre moderno. De más está decir que estas investigaciones filogenéticas parecían insinuar lo que los restos fósiles humanos más antiguos hasta el momento hallados en Etiopía empezaban a confirmar, el origen africano de la humanidad, más allá de cuanto se haya mezclado o no el hombre africano con las poblaciones que fue encontrando en su camino hacia todas las geografías de la tierra. De hecho a doscientos metros del poblado afar de Herto (Etiopía) fue hallado en 1997 un cráneo de homínido muy completo y sorprendentemente moderno, datado en 160- 154 mil años de antigüedad.

Hoy es sabido que, contrario a lo que se creía, el ADNmt sí puede llegar a recombinarse, como también se sabe que éste no solo se hereda de la madre, sino que por cada diez mil mitocondrias maternas se hereda también una mitocondria paterna conocida como cromosoma Y, que son las que determinan el sexo masculino, y que se transmiten, por consiguiente, de padre a hijo. Por lo que resulta necesario también valorar el peso que las mitocondrias masculinas podrían llegar a cobrar con el paso de las generaciones para realizar cualquier estudio sobre el tema (Aguerre- Lanata, 2004). Todo esto implica que no podemos esperar fechas precisas de este tipo de análisis, el importante aporte que brindan son marcos de referencia temporales que no dejan de ser por eso de gran utilidad y relevancia. De más está decir que lo mencionado en este párrafo no contradice los resultados centrales y más relevantes de las investigaciones sobre el ADNmt.

Por otra parte, los estudios filogenéticos, demostraron que los marcadores de ADNmt más antiguos se presentan con mayor recurrencia entre las poblaciones de bosquimanos, pueblo del suroeste africano, los pigmeos de Biaka, en el centro del continente y algunas tribus del este africano (Shreeve, 2006). Lo que quiere decir que entre los ancestros más remotos de estas poblaciones, muy posiblemente hallaríamos los ancestros de toda la humanidad.

Estelas en el mar

Las mutaciones acumuladas en el ADNmt y en los cromosomas Y (en los hombres) constituyen tan sólo dos filamentos en el enorme tapiz de personas que han contribuido a formar un genoma individual. Sin embargo, al comparar el ADNmt y los cromosomas Y en gente de poblaciones diferentes, los genetistas pueden formarse una idea general de dónde y cuándo se separaron esos grupos en las grandes migraciones del planeta (Shreeve, 2006: 54)

Para escribir este apartado me baso fundamentalmente en los datos aportados por el ya citado artículo La gran travesía humana de la revista Nacional Geographic de marzo de 2006. Estos son los datos proporcionados por dichos estudios filogenéticos, apoyándose al mismo tiempo en diversas evidencias arqueológicas y fósiles.

El hombre moderno entonces, originado en África hace alrededor de doscientos mil años atrás, por primera vez habría salido de este continente hace unos 70 o 50 mil años, llegando a las costas del oeste de Asia. Los datos de las investigaciones indican que todos los no africanos compartimos los marcadores genéticos que portaban estos primeros viajeros intercontinentales, lo que significaría que de ellos descenderían todas las poblaciones que miles de años después terminarían por alcanzar todos los límites de la tierra.

Una parte de los grupos arribados a Asia siguió la costa hacia el este llegando a la actual India. Con el paso de los milenios descendientes de estas poblaciones tocaron el sureste de Australia hace unos 50 mil años.

Descendientes de otros grupos que se habían afincado en Oriente Medio se adentraron, con el avance de los deshielos, en territorios europeos hasta ese momento bastiones de los hombres de Neandertal (homínidos descendientes de migraciones anteriores de especies africanas premodernas, que se habían asentado tanto en Europa como en buena parte de Asia, y muy cercanos morfológica y culturalmente al homo sapiens)

La evidencia arqueológica parece confirmar el contacto entre ambas especies, aunque es muy difícil definir cuál fue la naturaleza más preponderante de este, es decir si compitieron por recursos, si se evitaron cuanto pudieron, si confrontaron o establecieron algún tipo de relación amistosa. Lo que sí se sabe a partir de los últimos estudios genéticos es que Neandertales y Homo Sapiens, se mezclaron genéticamente. Lo cierto es que los Neandertales, especie muy adaptada a los ambientes fríos, ante la progresiva pérdida de éstos provocada por el fin de la era glaciar y la presencia –cada vez más densa en términos poblacionales- del hombre moderno, se recluyeron en sus últimos refugios para desaparecer finalmente hace unos 28 mil años atrás.

Otros grupos humanos conectados con las poblaciones asentadas en Oriente Medio, penetraron el centro de Asia alcanzado el sur de Siberia hace 40 mil años.

Mientras las poblaciones se separaban y se aislaban, sus linajes genéticos también se dividían en varias ramas, pero el aislamiento nunca fue del todo completo (Shreeve, 2006: 61)

Debemos pensar que se trata de grupos humanos, con una gran movilidad propia de poblaciones cazadoras y predadoras, recorriendo y habitando extensos territorios; Debemos, así mismo, pensar que se trata del transcurso de miles de años, no décadas ni siglos, miles de años de ocupar y vivir la tierra, con todo lo que esto implica para una especie como la nuestra. Con frecuencia se piensa en comunidades primitivas (primitivas en términos puramente temporales) como aisladas, hostiles, brutas, recluidas sobre sí mismas, pero realmente ¿el hombre fue así en algún momento de su historia?, la evidencia genética parece concluyente al respecto. Somos seres sociales, el hombre siempre formó comunidades y siempre éstas se relacionaron e interactuaron, algunas más, otras, menos, en buenos o malos términos, entre sí.

Para el hombre en plena expansión hacia el mundo, solo quedaba una última gran frontera a vencer. Los datos genéticos parecen confirmar que las primeras poblaciones llegaron a América procedentes del noreste asiático a través del paso de Bering, en muy probablemente más de una migración, ocupando prácticamente todo el continente americano en el período de tiempo que va de 25 a 10 mil años atrás.

¿Qué llevó al hombre a recorrer tal largo camino? ¿El crecimiento poblacional y el consiguiente desplazamiento demográfico? ¿La necesidad de alimentos? ¿Acaso el seguir la marcha de las manadas de animales que constituían su principal alimento? ¿La ocupación de sus tierras por otros grupos humanos? ¿Las primeras guerras entre hermanos? ¿La curiosidad? ¿El deseo de ir más allá? Tal vez entre los intersticios de todas estas respuestas y otras más, se halle la respuesta.

Cuando los exploradores europeos se hicieron a la mar hace 700 años, las tierras que ‘descubrieron’ ya estaban llenas de gente. Los encuentros fueron a menudo cautelosos o violentos, pero eran, genéticamente hablando, reuniones de una familia muy unida (Shreeve, 2006: 61)



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