En la misma colección

9789877230178-frontcover

9789871867653_frontcover

En la misma colección

9789877230017_frontcover

9789877230970_frontcover1

1 Y atardeció y amaneció: día primero

Los reflejos, a su vez, no eran más que los reflejos

de los rayos solares penetrando en dichas aguas,

y refractándose en su fondo hecho de rocas

micáceas.

(Juan Gustavo Cobo Borda – Oro y Paraíso perdido)

La historia de la civilización humana

no se nos aparece como enteramente determinada

por una necesidad psicológica que resulte en una

evolución uniforme a lo largo del mundo.

Más bien vemos que cada grupo cultural tiene

su historia propia y única, dependiente en parte

del peculiar desarrollo interno del grupo social,

y en parte, de las influencias

extranjeras a las cuales ha estado sojuzgado.

(Franz Boas – Los métodos de la etnología)

La unidad y la diversidad

¿Por qué escribo este ensayo? La pregunta parece simple pero responderla ya no lo es tanto. Cualquier respuesta que intente me resultará luego incompleta. Siempre le estará faltando algo. Aún así, ahí va una: Hay un interés artístico, obviamente; también un gusto hacia lo que podemos llamar “exótico”, ya sea por lejanía espacial, temporal e incluso cultural, haciendo alusión a lo que puede resultar poco común o directamente raro para nosotros como hombres de nuestra porción de sociedad global; por supuesto está el simple deseo de conocer, de investigar y aprender; pero tal vez lo más importante es la convicción en la sana necesidad de interpelarnos, de cuestionarnos, de avanzar en el camino de comprendernos, no ya como hombres de ésta o aquella sociedad, sino como compañeros de un viaje de cientos e incluso miles y más de años, de humanidad.

Esta última es la columna vertebral del libro, la idea que sobrevuela todo este trabajo. Nuestro origen y nuestro destino en sus aspectos verdaderamente importantes es el mismo. La desigualdad y la explotación social del hombre por el hombre son enfermedades que carcomen la verdad de igualdad de todo el género humano, que no por ello deja de ser cierta, ni deja de revelarse a todas luces cada vez que nos animamos a mirarnos con honestidad y conciencia.

La pertenencia de todos al mismo género humano no debe entenderse como opuesta al otro principio que rige la historia del hombre: la gran diversidad cultural. El ser humano a lo largo de su historia ha repetido incontables intentos por suprimir esta diversidad que parece tan íntima a la naturaleza humana. A veces negándole a ciertos grupos o culturas el carácter de “gente”, llamándolos por ejemplo “bárbaros” –como lo hacían nuestros padres civilizadores griegos-. Otras veces preguntándose si aquellos seres que habitan en las selvas poseerían alma. Otras muchas, siendo más condescendientes, solamente se los trató de atrasados o no evolucionados, de no civilizados, de “menores de edad”, como si el tiempo acaso no transcurriera y nunca hubiera transcurrido para aquellos pobres infelices. Por lo que el deber lógico y casi divino de las sociedades que se pensaban a sí mismas como “avanzadas” era encauzar a los “primitivos” en el camino del progreso y la civilización. La superioridad en las técnicas y tecnologías de guerra eran razones suficientes para creer en la superioridad moral y social de estas sociedades “civilizadas” y vencedoras por la fuerza.

A veces fue la conquista, a veces el colonialismo, y otras tantas el imperialismo. Cada uno de estos emprendimientos por supuesto tenía su correlato en el enriquecimiento del dominante por el aprovechamiento de recursos y el sojuzgamiento del dominado. Casi se podría hacer una historia basada en todos esos proyectos en los que se embarcó el hombre con el fin de homogenizar -una homogenización por supuesto no carente de jerarquías y explotaciones-, de medir en la propia escala de pensamiento a los diferentes, o directamente eliminarlos en el nombre de unos valores, de una lengua, de un dios, de un camino hacia el progreso y la plena civilización, que por supuesto es el “verdadero” y que solo fue revelado a algunos, a los “elegidos”… Sería un error considerarnos, en la actualidad, libres de estos males que nos persiguen como si fueran nuestro verdadero pecado original.

Hasta en esos mismos intentos y cruzadas recurrentes, repetidas aquí y allá, ayer, hoy y antes de ayer, se puede ver que tampoco somos tan distintos. Que nunca lo fuimos. Que las barreras de los siglos y los mares y las montañas no son verdaderos obstáculos para la unidad de la especie humana, la unidad de sus anhelos… y también sus miedos.

Y sin embargo si alguien preguntara ¿cuál es la mayor riqueza de la humanidad, el mayor don, la mayor virtud? Qué podemos responder sino la gran diversidad de formas, de adaptaciones, de respuestas, de valores, lenguas y dioses con los que los diferentes grupos humanos afrontaron su historia y pensaron su mundo. ¿Qué puede haber más grandioso en el hombre, como especie, que ser un creador, un imprevisible creador?

Luchamos contra nosotros mismos, contra lo que quizá es más sustancial a nosotros. Pareciera que tenemos el germen, en nuestro interior, de la autodestrucción. Tal vez a esto se deba la aseveración de Lewis, citada por Esteban Krotz, que dice: (el) “etnocentrismo es la condición natural de la humanidad” (Lewis, I. M. en Krotz, 1987: 9). Se podría concluir que etnocentrismo y diversidad son las dos caras de la misma moneda. Ambos se podrían pensar como elementos constitutivos de la naturaleza humana.

El etnocentrismo se refiere al acto de colocar la “etnia” a la cual pertenecemos, lo que nos es propio culturalmente hablando, en el centro, convirtiéndolo en el parámetro para ver y afrontar lo diferente. Ahora, esto es algo natural, sucede inconscientemente, y es hasta necesario para poder formular la pregunta sobre el otro, aquel que es semejante a mí y sin embargo, tan distinto. Es imposible pensar a un otro en el vacío, sólo puedo pensarlo desde mis propios pensamientos.

Pienso en cuántas preguntas y reflexiones habrá inspirado al hombre de los comienzos de la historia encontrarse con “otros” hombres, de otras comunidades, habitantes de otras regiones y con hábitos quizá tan disímiles. Cuántas veces ese encuentro habrá inspirado temor, respeto, amistad y guerra. El reconocer al otro como semejante a mí, me permite comprenderlo como alguien diferente. Esto solo es posible con una conciencia de mí, de quién soy, de lo propio, de lo que me es familiar. A partir de ahí puedo ver a ese otro como otra identidad, con particularidades ajenas a mí y a pesar de eso tan semejante a mí.

El etnocentrismo es la puerta que me permite ir y venir en este juego, entre estas dos posiciones -la propia y la ajena-, y hacer dialogar estos opuestos -que en realidad habría que pensar hasta qué punto son tan opuestos- de la diferencia y la semejanza. Esto es útil y necesario. El otro nos enseña más sobre nosotros, sobre nuestras características y posibilidades. Conocerlo a él, es conocernos más y comprender mejor quienes somos nosotros, comprender que nosotros mismos de no pertenecer a donde pertenecemos, podríamos ser muy diferentes, quizá podríamos ser él. El problema se da cuando el etnocentrismo esta distorsionado en nosotros y nos impide un acercamiento real al otro. Ni lo conocemos a él, ni nos conocemos a nosotros, y esa ignorancia justificó y continua justificando muchas desgracias y atrocidades para el género humano.

Conocer y juzgar

El siglo que terminó con su saldo de matanzas, genocidios, guerras étnicas, políticas, económicas y religiosas, hambrunas y miseria en gran parte del planeta –males que se continúan en los primeros años del nuevo milenio y que no parecen estar prontos a abandonarnos- nos ofrece una prueba contundente de que el progreso social y moral, el progreso de la humanidad, no depende de los grandes avances tecnológicos y técnicos. La sociedad moderna no fue ni por poco la respuesta que creyó ser para el género humano.

Sin embargo la vida misma, por su llamado a no morir -mientras vivamos-, nos arroja a luchar, a resistir y hasta, por qué no, a ser optimistas. Una cita del historiador italiano Leo Valiani dice: “…si conseguimos preservar la libertad, siempre es posible comenzar de nuevo” (Valiani, citado en Hobsbawm, 1998)

El problema consistiría en este caso, en saber de dónde es que deberíamos comenzar de nuevo, en qué sostenes debemos apoyarnos, qué cosas son las que debemos desechar.

Desde ya, en este trabajo no me propongo ensayar una respuesta o solución a estas cuestiones, que por otro lado ya han sido motivo de reflexiones y análisis de grandes pensadores contemporáneos y de siglos pasados. Pero sí creo que una de las bases necesarias para poder encarar cualquier proyecto o estudio, que intente hacer una mayor justicia y un mejor homenaje a la humanidad como un todo, como especie, es revalorizar incansablemente, una y otra vez, lo que más tiene de mágico y de utópico, que es su diversidad cultural en su unidad de género. Y este es el principal objetivo manifiesto de todas las páginas que siguen.

Mi propuesta en este sentido es simple: propongo anécdotas, relaciones, reflexiones, caracterizaciones, historias de una forma particular de arte que se remite a una región del globo, a un grupo humano, y el cual, sin embargo, puede interpelarnos más allá de cualquier clase de distancia.

Pienso que para realizar cualquier aproximación de este tipo, es necesario intentar adentrarse lo más posible en los universos culturales en los cuales se manifiestan las expresiones en cuestión. Universos que por supuesto no deben entenderse como cerrados ni autónomos, sino más bien como permeables, en movimiento, que se desplazan, que migran y se estacionan, que interactúan y se mezclan con sus entornos, que dan y toman prestado, que se invaden y son sojuzgados, que se sumergen y vuelven a emerger, siempre en proceso, siempre transformándose, en una palabra: dinámicos, como toda cultura. Esto permite dar mejor cuenta del contexto social en el cual se producen dichas expresiones y comprenderlas de este modo de una forma más cabal y compleja.

Alguien avezado en los estudios de este tipo fue el antropólogo Claude Lévi-Strauss[1] que, en su libro Tristes Trópicos (1970), menciona y reflexiona sobre algunos problemas con los que el interesado en indagar en cuestiones culturales deberá enfrentarse.

El primero de ellos se presenta en forma de dilema que no se puede saltear – como si fuera la piedra angular de toda reflexión de este tipo-, donde pareciera que en nuestro análisis debemos tomar partido consciente o inconscientemente por nuestra sociedad, es decir, sus valores, instituciones e ideales, o por el contrario por las “otras” sociedades, las estudiadas, en detrimento de la “nuestra”. Este es un punto crucial y de su resolución dependen en gran medida las conclusiones a las que uno pueda arribar.

Una decisión inteligente sería la que nos lleve a conocer lo que nos interesa, un esfuerzo por comprender una forma, una expresión cultural y su lugar en un grupo social, reflexionar sobre qué papel juega y cómo se articula en la comunidad en que se expresa, relegando para un posterior momento, en todo caso, el juicio y la crítica, que sin que signifique motivo de temor, podría llegar. Porque criticar no es contrario a conocer, ni será opuesto a hacer ciencia para cualquier persona que sienta un mínimo compromiso con su realidad, la sociedad y el tiempo en el que vive. Pero esto no debe confundirse con tomar partido por una u otra cultura en detrimento de la opuesta.

Los valores y las respuestas que las sociedades adoptan a lo largo de su historia son elecciones que éstas toman a partir de ciertas posibilidades concretas, y donde estas elecciones diversas no son necesariamente semejantes entre sí, ni superiores o inferiores unas con respecto a otras (Lévi-Strauss, 1970). Cada vez que nos paramos sobre los cimientos y los pilares de nuestra cultura, tomándola como parámetro de medición o comparación, y desde ellos intentamos observar el horizonte de la gran diversidad humana, caemos en la peor ignorancia, que es la de creer saber y no saber, pensar que se conoce y no conocer. Y la ignorancia que le dará paso a la confusión, es el primer paso hacia la desestimación, o en el peor de los casos, miedo, rechazo y odio hacia lo diferente.

Cuanta más información podamos poseer de una cultura, de cualquier grupo humano, mejor podremos acercarnos a sus expresiones artísticas, su mundo de valores y su manera de afrontar la vida. Siempre y cuando, lo repito, se le dé en la tarea un lugar preponderante a la diversidad. Por otra parte, si para encarar cualquier tipo de contacto cultural serio uno de los pilares centrales es la idea de la diversidad, el otro es necesariamente comprender que:

Ninguna sociedad es perfecta. Todas implican por naturaleza una impureza incompatible con las normas que proclaman y que se traduce concretamente por una cierta dosis de injusticia, de insensibilidad, de crueldad (Levi-Strauss, 1970: 388)

La mirada romántica hacia lo “exótico” y extraño debe ser abandonada o por lo menos atenuada. El interés por lo diferente y el deseo de su conocimiento no puede confundirse con caer en una idealización de aquello observado, que en definitiva será perjudicial tanto para unos como para otros. Esto menoscabará inevitablemente el rigor que el conocimiento y la reflexión puedan alcanzar y la desilusión -que no tardará en llegar- resultará en alejamiento y distancia o incluso desprecio. Y esto está muy lejos de ser un intento sincero por conocer una forma cultural, su historia, sus problemáticas y sus aspiraciones.

En este reconocimiento, el de la imperfección de toda sociedad, estriba el lugar de la crítica. Aquí es donde tiene su lugar y cobra su valor, de lo contrario se podría estar en una situación en la cual todo, absolutamente todo, se puede aceptar sin objeción alguna por hundir sus raíces en factores e implicancias “culturales”. Si así fuera el caso, uno sería simplemente un espectador de lujo del devenir social bajo pretexto de que cualquier involucramiento demasiado personal repercutiría en perder rigurosidad reflexiva, lo que haría peligrar el lugar de la “objetividad” mal pretendida de la ciencia moderna. Entiendo que este tipo de ciencia jamás existió en realidad y si, en todo caso lo hizo, no debería volver a hacerlo.

La segunda consecuencia de este reconocimiento, pero no por ello menos importante, sería la de saber que si bien es necesaria la crítica, también lo es que ésta sea medida y moderada, ya que nadie debería jactarse de poseer la “verdad” última y absoluta. Los elementos más importantes a tener en cuenta para entender esta necesidad y llevarla a buen puerto son nuevamente: el principio de la diversidad humana y el de la imperfección de toda sociedad. La unidad en la diversidad, la diversidad en la unidad.

Anteriormente mencioné que mi fin no era realizar una propuesta que permita considerar una reestructuración del curso del devenir social ni mucho, muchísimo, menos, y que por otro lado ya había autores de gran talento que sí lo habían hecho. En los párrafos siguientes de este capítulo repasaré en este sentido una reducida parte del pensamiento de dos de ellos.

Pues bien, uno de ellos es Jean Jacques Rousseau, y el otro, el ya mencionado Claude Lévi-Strauss, que retoma el pensamiento del primero en varios aspectos.

Rousseau en su Discurso… (1755) se pregunta por el origen de la desigualdad entre los hombres y a partir de esta pregunta realiza un repaso reflexivo por los más importantes hitos que debió atravesar la humanidad, desde sus inicios hasta su actualidad.

El intenta buscar el orden social que más correspondería por naturalidad y plenitud al hombre, el estado histórico en que éste se hallaba más realizado como individuo y comunidad. Ésta, para Rousseau, sería la base sobre la cual se debería pensar la reconstrucción de su sociedad contemporánea, para despejar así lo que en las sociedades modernas hay de artificial y superfluo, cosas que por otro lado solo sirvieron para envilecer y corromper al hombre, trayendo la desigualdad social.

El es consciente de que la suya no es una tarea fácil:

Otros podrán fácilmente ir más lejos en esta vía, pero a nadie le será dado con facilidad llegar a su verdadero fin, pues no es empresa sencilla la de distinguir lo que hay de original y lo que hay de artificial en la naturaleza actual del hombre, ni de conocer perfectamente un estado que ya no existe, que tal vez no haya existido, que probablemente no existirá jamás, y del cual es necesario, sin embargo, tener nociones justas a fin de poder juzgar bien a nuestro estado presente (Rousseau, 1755: 56)

La empresa que se propone Rousseau es gigantesca y noble –tal vez incluso inútil, pero de las tres características esta es sin dudas la menos importante-. En dicha empresa se hacen presentes fuertemente lo dos componentes antes mencionados y no contrarios –y tranquilamente complementarios- de conocer y juzgar. En su trabajo son inseparables. Conocer un pasado para juzgar y re-pensar un presente. De esta manera también presenta una proyección a futuro y se pregunta:

¿Qué experiencias serían necesarias para llegar a conocer al hombre primitivo, y cuáles son los medios para llevar a cabo esas experiencias en el seno de nuestra sociedad? (1755: 56)

Rousseau busca un modelo de sociedad “…que tal vez no haya existido…”, pero esto no le importa, no es relevante la historicidad rigurosa de aquella sociedad ideal, sino poder reflexionar sobre ella, sobre el hombre y sobre su estado actual. El camino para llegar a ese modelo social, para el autor francés del siglo XVIII, es despejar los ropajes artificiales con los cuales las sociedades se fueron cubriendo, trayendo consigo las desigualdades entre los hombres.

Lévi-Strauss, siguiéndolo, propone como método la comparación etnográfica, un estudio antropológico comparativo entre culturas con el propósito de desentrañar los elementos comunes y fundamentales al mayor número de sociedades humanas y de esta manera, construir lo que sería aquel modelo hipotético de sociedad sobre el cual trabajar e indagar, del cual servirse para reflexionar el presente y pensar un posible futuro. Con Rousseau, él concluye que lo más cercano a ese arquetipo social lo representan las comunidades humanas que ocuparon el espacio temporal y cultural que hoy conocemos con el nombre de neolítico[2], que se inicia hace alrededor de 12 mil años atrás.

El hombre en este período habría alcanzado los logros más esenciales que le permitirían vivir en sociedad y de una forma segura (Lévi-Strauss, 1970), pues en éste último período de la prehistoria el hombre aprendió a dominar mejor el medio ambiente, pasando entre otras cosas de una economía predadora a otra donde la producción del alimento, por la cría de animales y trabajo de la tierra, ocupa un lugar primordial.

Con el neolítico, el hombre se puso a resguardo del frío y del hambre; conquistó el tiempo disponible para pensar; sin duda, luchó mal contra la enfermedad, pero no es seguro que los progresos de la higiene hayan hecho algo más que proyectar sobre otros mecanismos (grandes hambres y guerras de exterminación) la carga de mantener una medida demográfica a la que las epidemias contribuían de una manera no más espantosa que las otras (Lévi-Strauss, 1970: 393)

Las guerras y el hambre, por supuesto, no son patrimonio exclusivo de la modernidad, pero sí es un terrible logro suyo el que estos males hayan alcanzado unos límites jamás experimentados en la historia del hombre. Este breve párrafo nos enseña de una manera magistralmente simple y lúcida la necesidad de intentar comprender profundamente, en toda su dimensión y en toda su significación posible, incluso los “éxitos” y los “fracasos” sociales que podemos considerar más extremos y evidentes. Una apreciación como ésta, nos permite dotar a nuestra mirada de una relatividad prudente, frente a la cual la realidad aparece de una forma mucho más densa y compleja, y comprendemos que las clasificaciones y las definiciones pueden –tal vez- ser útiles para dar los primeros pasos en entender y acercarnos a muchas cuestiones, pero nunca dejarán de pertenecer a cierto punto de vista, a cierta forma de pensar un fenómeno o comprender el mundo.

Volviendo al hombre del neolítico, él ya ha constituido aldeas y comunidades estables. Ha adquirido los rudimentos de la agricultura y la cría de animales, técnicas que perfeccionará hasta niveles insospechados[3]. Se ha organizado socialmente, en poco tiempo dominará cabalmente las técnicas de la cerámica y el trabajo de los metales. ¿Qué quebró a este mundo que evolucionaba gradual y casi uniformemente? Para Lévi-Strauss, “…el advenimiento de la civilización mecánica.” (Lévi-Strauss, 1970: 394). Es evidente que este “advenimiento” no fue un acto exterior que se impuso a las sociedades del mundo, o mejor dicho por lo menos no a todas. Más bien se refiere a un proceso que se da al interior de algunas sociedades con especial pronunciación y se desarrolla a través de largos períodos de tiempo.

Recordemos que ni Rousseau, ni Lévi-Strauss intentan hacer un estudio rigurosamente histórico. Saben que aquella sociedad neolítica en cuanto ideal es en gran medida un mito, una utopía, pero que como tal, es totalmente legítima para encarar una reflexión sobre nosotros y nuestra sociedad ¿Dónde está escrito que no se puede hacer ciencia de una utopía?

Las otras sociedades no son quizá mejores que la nuestra… Al conocerlas mejor, obtenemos sin embargo un medio de desprendernos de la nuestra, no porque ésta sea la única mala o absolutamente mala, sino porque es la única de la que debíamos librarnos… De este modo, nos ponemos en condiciones de abordar la segunda etapa, que consiste en utilizar a todas las sociedades, sin retener nada de ninguna, para desentrañar esos principios de la vida social que aplicaremos a la reforma de nuestras propias costumbres y no de las sociedades extrañas (Lévi- Strauss, 1970: 393)

Adentrarnos en el estudio de la diversidad es adentrarnos en nuestro propio conocimiento, en el conocimiento de nuestra particularidad, en lo que nos hace diferentes dentro de la unidad. Cuanto más avancemos en este camino más podremos ganar una mirada reflexiva sobre los desarrollos y procesos que se insertan en el devenir de las sociedades humanas. No se trata de eliminar, negar ni asimilar lo diferente, se trata de comprenderlo como diferente y como igual al mismo tiempo, y tan cargado de valor y dignidad como lo nuestro, lo que nos resulta propio, para nosotros.

Con esto, a la vez, ganamos en algunos saberes, como por ejemplo, el saber que nada es para siempre. Que la historia y la riqueza del hombre nos exceden infinitamente como individuos y como cultura. Que nunca está todo dicho. Que si conservamos nuestra libertad siempre podremos comenzar de nuevo. Que cuanto más podamos penetrar en estos misterios seguramente seremos más plenos y más hombres. Humanos reconociéndose y pensándose como humanos, simplemente humanos, con todo lo que pueda contener la realidad sujeta a ese concepto. Al fin, humanos, demasiado humanos.

…los hombres, siempre y en todas partes, han emprendido la misma tarea asignándose el mismo objeto, y, en el curso de su devenir, solo los medios han diferido… Si los hombres solo se han empeñado en una tarea: la de hacer una sociedad buena para vivir, las fuerzas que han animado a nuestros lejanos antepasados aún están presentes en nosotros. Nada ha sido jugado; podemos retomarlo todo. Lo que se hizo y se frustró puede ser rehecho…Pues, sabiendo que desde hace milenios el hombre no ha logrado sino repetirse, tendremos acceso a esa nobleza del pensamiento que consiste, más allá de todas las repeticiones, en dar por punto de partida a nuestras reflexiones la grandeza indefinible de los comienzos (Lévi-Strauss, 1970: 395)

Acaso como un aporte mínimo a esta tarea de gigantes, respondo a la pregunta del inicio.


  1. Fallecido recientemente el 30 de octubre de 2009.
  2. Piedra nueva.
  3. Pensemos solo de pasada en los impresionantes sistemas de cultivos en terrazas con sus canales de riego en las laderas de las montañas, con escasez de tierra y agua, tan difundidos en el corazón de los andes y en el Japón.


Deja un comentario