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3 Entre la mejor abeja y el peor maestro albañil

Más de veinte años después de su carta a Ruge, Marx vuelve a hacerle un guiño a la tradición. Vuelve, así, a confirmar la historia de la que él, como filósofo político, forma parte. No se trata, en este caso, del joven liberal que comparte la indignación y la vergüenza sobre la situación alemana con otro compatriota y liberal: Arnold Ruge. Es el Marx que, según la clásica división que hizo famosa Althusser, se encuentra en la época de madurez de su pensamiento. Distanciado ya definitivamente de Ruge y de los principios liberales, Marx vuelve a rendirle homenaje a Aristóteles en las páginas de El Capital.[1] Aunque ahora sin nombrarlo. Y sin tampoco imaginarlo como un falso Aristóteles alemán.

Después de un largo párrafo que describe el proceso general de trabajo, y que da inicio al capítulo V del primer tomo de El Capital, Marx se detiene en una célebre observación, tan célebre como el pasaje de Aristóteles de la Política, que si bien parece alejarse de la tradición y de la historia que ella narra: la del hombre como animal político, a costa de inaugurar una nueva historia, la del hombre como homo faber, como toolmaking animal, no hace, sin embargo, más que acercarse:

Concebimos el trabajo bajo una forma en la cual pertenece exclusivamente al hombre. Una araña ejecuta operaciones que recuerdan las del tejedor, y una abeja avergonzaría, por la construcción de las celdillas de su panal, a más de un maestro albañil. Pero lo que distingue ventajosamente al peor maestro albañil de la mejor abeja es que el primero ha moldeado la celdilla en su cabeza antes de construirla en la cera. Al consumarse el proceso de trabajo surge un resultado que antes del comienzo de aquél ya existía en la imaginación del obrero, o sea idealmente.[2]

El comienzo del párrafo que citamos declara una batalla que Marx sólo insinúa pero que, en los hechos, no libra en absoluto. Es la ilusión de una batalla porque Marx disuelve la realidad de esa batalla por medio de un rodeo. La primera frase, lo que ella enuncia, parece tener un solo y único destinatario: el zoon politikon de Aristóteles. “Concebimos el trabajo -dice Marx- bajo una forma en la cual pertenece exclusivamente al hombre”: “exclusivamente”, es decir sólo al hombre. El trabajo (y no el logos, insinúa sin decirlo del todo en la frase) es lo que distingue al hombre de los animales. Es su ser propio, lo propio más propio del hombre, lo que le pertenece en forma exclusiva. Algunas páginas más adelante Marx vuelve sobre la misma idea, la amplía y revela el nombre propio que está en el origen de esa idea: “El uso y la creación de medios de trabajo, aunque en germen se presentan en ciertas especies animales, caracterizan el proceso específicamente humano de trabajo, y de ahí que Franklin defina al hombre como a toolmaking animal, un animal que fabrica herramientas”[3]. En un mismo movimiento Marx realiza entonces dos operaciones distintas aunque relacionadas: agrega que el trabajo, bajo la forma en la cual pertenece exclusivamente al hombre, significa el uso y la creación de sus medios de trabajo -a pesar de que el uso y la creación de los medios de trabajo se presente “en germen” en otros animales, como anticipa sólo unas páginas antes (ahora bien: ¿qué significa “en germen”?: allí está, en efecto, toda el meollo del problema, y en la comparación entre la mejor abeja y el peor maestro albañil Marx lo resuelve, aunque lo resuelva con un resultado distinto del que él mismo espera, con sus argumentos, demostrar). Y en el mismo movimiento revela también, y contra Aristóteles, el rival del zoon politikon y el nombre del hacedor del toolmaking animal: Benjamin Franklin.

Así las cosas, la distancia entre Marx y Aristóteles, entre Marx y la historia de la filosofía política parecen ser, varias décadas después de la carta a Ruge de 1843, insalvables. La propia historia que describe la trayectoria intelectual de Marx, que va del joven Marx al Marx maduro, de la ruptura epistemológica que señalaba Althusser y de la ruptura ideológica que en esa trayectoria separan a Marx del pensamiento liberal, sirve de fundamento para justificar esa distancia. Pero sólo bastan unas pocas líneas para borrarla.

Y Marx comienza, en los hechos, a borrarla con un detalle. Después de casi sentenciarle la muerte al zoon politikon, y tras la mención breve de una araña “cuyas operaciones recuerdan las del tejedor” (pues “las operaciones”, es decir el trabajo, que realiza la araña para fabricar sus medios de subsistencia: la telaraña para cazar a su presa, recuerdan las operaciones, es decir el trabajo, que realiza el tejedor para fabricar los suyos: la ropa que viste para vivir), el párrafo continúa con otra comparación que Marx, en un guiño inesperado, le hace a Aristóteles. Un guiño que llega justo después de haberle declarado, con Franklin, una batalla no sólo a Aristóteles (al mismo Aristóteles que acaba implícitamente de criticar) sino, a partir de él, a la historia que con él comienza. Es decir al zoon politikon y a la historia de la filosofía política.

Como en las frases ilustres del Libro I de la Política, como en el célebre pasaje en donde Aristóteles da comienzo a la historia de la filosofía política, Marx se sirve de la comparación del hombre y de la abeja para explicar la diferencia entre el hombre y el animal. Si para definir al zoon politikon Aristóteles compara al hombre con la abeja (“La razón de que el hombre es –dice Aristóteles-, más que la abeja o cualquier animal gregario, un animal político…”), para definir al toolmaking animal que es el hombre Marx lo hace también comparando al hombre (“el peor maestro albañil”) con la abeja (la “mejor abeja”). Casi sin darse cuenta, y desde el inicio, cuanto más intenta alejarse Marx no hace otra cosa que acercarse a la tradición que cree enfrentar. Y lo hace hasta en los detalles más nimios con los que elige “enfrentarla”.

Después de haber dicho que concibe al trabajo bajo la forma en la cual pertenece exclusivamente al hombre, Marx despliega entonces la comparación entre la abeja y el hombre. La abeja, sostiene, avergonzaría por la construcción de las celdillas de su panal a más de un maestro albañil. Pero hay algo que, incluso tratándose de la mejor abeja y del peor maestro albañil, diferencia a uno del otro. Y esa diferencia en lugar de confirmar la afirmación que Marx acaba de hacer sólo unas líneas más atrás, la refuta. Marx vuelve, así, sobre sus pasos, sobre los pasos que marcaban el camino del hombre como un toolmaking animal. Pues lo que distingue al hombre del animal, incluso al peor trabajo del hombre, es decir al peor maestro albañil, del mejor trabajo de una abeja, es decir de la mejor abeja, es que “el primero ha moldeado la celdilla en su cabeza antes de construirla en la cera”. Antes de construirla con sus manos en la cera el hombre, suponiendo que construya celdillas para un panal de abejas, se escucha hablar diciéndose cómo va a hacer la celdilla en la cera, la construye antes “idealmente” en su cabeza, se la representa antes de construirla en la cera, como una celdilla en la cera. Se trata de una diferencia que, en efecto, no está en el proceso de trabajo sino antes del mismo. La celdilla, afirma Marx, “ya existía en la imaginación del obrero”. Si está antes está más allá del proceso de trabajo, más allá del trabajo. ¿Es entonces el trabajo lo que pertenece en forma exclusiva al hombre? ¿O es lo que ya existía antes de él, o sea fuera del trabajo? ¿No es entonces otro trabajo lo que hace a la diferencia? ¿No es entonces el trabajo de representación de la celdilla en su cabeza lo que le da fundamento a esa diferencia? ¿Y no es ese trabajo de representación, en efecto, el trabajo propio del logos?

La concepción del hombre como toolmaking animal queda, en el mismo párrafo que es enunciada, tambaleando. Y no sólo ella queda tambaleando sino que, en el mismo movimiento que la hace tambalear Marx mismo tambalea y queda atrapado en la tradición que parecía querer, con ayuda de Franklin, derribar. ¿No es la voz que el obrero escucha en su cabeza, la voz con la que imagina la celdilla antes de construirla en la cera, voz humana, voz que es siempre ya voz que quiere decir, unidad indivisible entre logos y sentido, voz que acoge, recibe y recoge al sentido?

A Marx no le hace falta nombrarlo para, en un mismo pasaje, volver dos veces sobre Aristóteles. Primero para marcar distancia, y luego para borrarla. Primero para desmarcarse, y luego para correr tras sus huellas, tras las huellas del origen que comienza con la Política. Porque lo que diferencia el trabajo del hombre, del obrero o del peor maestro albañil de la abeja, o de la mejor abeja, no es lo que está en el trabajo porque la mejor abeja, escribe Marx como si nada hubiera dicho unas líneas atrás, avergonzaría al peor maestro albañil, y porque el trabajo de la araña recuerda al trabajo de cualquier tejedor. Si el trabajo humano es humano, si la humanidad del hombre se presenta en el trabajo es por lo que está antes, afuera y más allá del trabajo: es por su trabajo de representación, por el trabajo del logos. Para que el trabajo de la construcción de la celdilla en la cera sea plenamente humano hace falta ver más allá del proceso de trabajo. Hace falta ir más allá del toolmaking animal, alejarse de Franklin para acercarse al zoon politikon y, en todo caso, acercarse también a Aristóteles. Acercarse, por un rodeo, a la tradición de la que Marx intenta alejarse. El rodeo que Marx realiza deja intacto el logocentrismo: del trabajo humano al trabajo animal existe la misma distancia que entre la phoné, la simple phoné, y el logos como unidad entre sentido y phoné, entre logos y representación. Es decir, entre la voz humana y la voz animal, entre la simple voz animal y la voz que quiere decir de la humanidad, entre la voz y nada más, y la voz articulada del logos. O mejor aún: entre la presencia plena y la plena ausencia de humanidad.


  1. Más allá de la fidelidad a la tradición que inaugura Aristóteles con el zoon politikon, cuyo saber representa el saber de la filosofía política, Marx fue un atento y agudo lector de Aristóteles: no sólo no se preocupa en disimularlo cuando se propone el juego de imaginar un Aristóteles alemán para criticar el presente de Alemania, como lo hace en la carta que le envía a Ruge, sino que, cuando puede, y aún cuando encuentra que su pensamiento choca con los límites de su realidad histórica, como en el caso del análisis que hace Aristóteles sobre el valor, que Marx cita en El capital, no deja sin embargo de admirarlo: “Pero que bajo la forma de los valores mercantiles todos los trabajos se expresan como trabajo humano igual, y por lo tanto como equivalentes, era un resultado que no podía alcanzar Aristóteles partiendo de la forma misma del valor, porque la sociedad griega se fundaba en el trabajo esclavo y por consiguiente su base natural era la desigualdad de los hombres y de sus fuerzas de trabajo. El secreto de la expresión de valor, la igualdad y la validez igual de todos los trabajos por ser trabajo humano en general, y en la medida en que lo son, sólo podía ser descifrado cuando el concepto de igualdad humana poseyera ya la firmeza de un prejuicio popular. Mas esto sólo es posible en una sociedad donde la forma de mercancía es la forma general que adopta el producto del trabajo, y donde, por consiguiente, la relación entre unos y otros hombres como poseedores de mercancías se ha convertido, asimismo, en la relación social dominante. El genio de Aristóteles brilla precisamente por descubrir en la expresión del valor de las mercancías una relación de igualdad. Sólo la limitación histórica de la sociedad en la que vivía le impidió averiguar en qué consistía, “en verdad”, esa relación de igualdad.” Cf. Marx, K.: El Capital. Crítica de la economía política, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002, p. 73-74.
  2. Marx, K.: El Capital. Crítica de la economía política, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002, p. 216. El subrayado es de Marx.
  3. Ibid., p. 218. El subrayado es de Marx.


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