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8 La comunidad de la escritura

En el último ensayo de la serie de textos dedicados al tema de la comunidad, Jean-Luc Nancy retoma la frase que él mismo había citado de Bataille sobre la relación que, según el propio Bataille, lo unía a Nietzsche: “El deseo de comunicar –escribía Bataille- nace en mí de un sentimiento de comunidad ligándome a Nietzsche”[1].

Allí, en el tercer apartado del texto que abre La comunidad revocada, Nancy vuelve sobre la cita de Bataille para intentar explicar otra frase: la que elige Blanchot para concluir la primera parte de su libro La comunidad inconfesable: “la desobra […] –escribía entonces Blanchot- es la forma misma de la comunidad desobrada sobre la que Jean-Luc Nancy nos ha llamado a reflexionar sin que nos esté permitido detenernos allí”[2].

No detenerse allí significaba, para Blanchot, ir más lejos. E ir más lejos significaba, explica Nancy, ir más lejos de lo que él mismo había propuesto bajo el nombre de la comunidad desobrada. Significaba, entonces, extender la reflexión de Nancy, la reflexión que Nancy había hecho. No permitirse detenerse allí era un modo, en suma, de intentar ampliar los límites de lo que la comunidad es o puede ser.

Ahora bien: la serie de ensayos a la que hacemos referencia comienza, sin embargo, antes de la aparición de La comunidad desobrada, cuya primera versión se remonta a la primavera de 1983, y cuya publicación, de esa primera versión, no fue en forma de libro, la forma que adoptaría después cuando es compilada junto con otros textos de Nancy, sino en forma de artículo para una revista: la revista Aléa. Esa serie de ensayos -decíamos entonces- comienza con Bataille: unas tres o cuatro décadas antes de la década del ‘80. Bataille es, por lo tanto, el primero que se ocupa del tema de la comunidad en el sentido que Nancy y Blanchot querían poner en juego. Pero a diferencia de Nancy y de Blanchot, que responde, este último, al artículo de Nancy en el mismo año con el libro que antes mencionábamos, La comunidad inconfesable, segundo libro de esa serie (o tercero, si contamos al propio Bataille) y cuya primera parte es, en efecto, una respuesta explícita al texto de Nancy; a diferencia de ambos, entonces, Bataille destina varios textos y frases al tema, aunque éste aparezca, ciertamente, diseminado a lo largo de toda su obra. “…el sentimiento de comunidad ligándome a Nietzsche” es, de este modo, sólo una de las tantas reflexiones con las que Bataille aborda la cuestión. Pero hay otras: la comunidad de los que no tienen comunidad o la comunidad de los amantes, objeto central de la segunda parte del libro de Blanchot, son algunos ejemplos.

Ahora bien: la frase de Bataille, o el sentimiento de comunidad que lo ligaba a Nietzsche venía a concluir, según Nancy, el último desarrollo de su propio texto, en donde afirmaba “la comunidad ni comunal ni estrictamente política de éstos…”. La cita completa de la reflexión de Bataille es, sin embargo, más larga:

Hablé de la comunidad como un existente: Nietzsche refirió a ella sus afirmaciones pero estuvo solo […] El deseo de comunicar nace en mí de un sentimiento de comunidad que me vincula a Nietzsche, no de una originalidad aislada.[3]

Como vemos, Bataille agrega a la serie de ensayos sobre el tema de la comunidad un nuevo eslabón, Nietzsche: “Hablé de la comunidad como un existente: Nietzsche refirió a ella sus afirmaciones, pero estuvo solo”. Para Bataille, Nietzsche, aunque solo, había ya anticipado el debate que reverdece en los ‘80. Antes que Bataille, que Blanchot y que Nancy, estuvo Nietzsche. Y podemos agregar entonces contra Bataille, no estuvo verdaderamente solo. O estuvo solo en su sentido restringido: estuvo solo, pero solo para su tiempo, para el tiempo en el que vivió y escribió, solo, esas afirmaciones.

Si no hubo “originalidad aislada”, entonces, es porque la reflexión de Bataille sobre la comunidad, sea como comunidad de los amantes, como comunidad de los amigos, ese deseo de comunicar el sentimiento de comunidad nació ya, y antes que en él, en Nietzsche. Y se expandió varias décadas después, más allá de Bataille y de Nietzsche: no sólo ligó a ambos, ligó también en otro tiempo y en otro lugar a Nancy y Blanchot, y a Nancy y Blanchot con Bataille y con Nietzsche. Y los ligó, en efecto, para formar, entre ellos, una comunidad. Curiosa, o paradójicamente, lo que formó comunidad entre Nietzsche, Bataille, Nancy y Blanchot fue la comunidad como tema, como objeto de reflexión. El asunto de la comunidad hizo comunidad. Sus escritos sobre la comunidad formaron finalmente una comunidad: una comunidad de textos, de escritos o de ensayos sobre la comunidad. ¿Pero es esta la comunidad “la comunidad ni comunal ni estrictamente política” a la que se refiere Nancy? ¿Es realmente ella? Es necesario, pues, ir más lejos:

Puedo imaginar que esta fórmula retoma, a su manera, la última frase del texto que yo había publicado en Aléa. Esta decía: “no podemos sino ir más lejos” para sugerir que debíamos prolongar lo que acaba de citar de Bataille: el “sentimiento de comunidad ligándome a Nietzsche”. Estas palabras venían a concluir el último desarrollo del texto: la comunidad ni comunal ni estrictamente política de éstos y de lo que se comunica(n) en el suspenso o en la interrupción de transmisiones, de continuidades de intercambio –lo que yo designaba con la palabra “escritura” según un sentido de la palabra proveniente del mismo Blanchot y de Derrida-.[4]

Casi terminando el párrafo, Nancy parece, efectivamente, ir más lejos: “lo que yo designaba con la palabra “escritura”, según un sentido de la palabra proveniente del mismo Blanchot y Derrida”. Sin embargo, en una nota al pie, agrega: “ellos mismos (Blanchot y Derrida) conducidos hacia ese valor de la palabra a través de canales de transmisión abiertos desde hace algún tiempo –recordemos El grado cero de la escritura de Roland Barthes, en 1953- y cuya historia precisa queda por hacer”[5]. Otra vez, pues, un tema, la escritura, haciendo comunidad. No ya, aquí, la comunidad como tema, sino la escritura como tema. Los canales de transmisión abiertos desde hace algún tiempo, abiertos por Barthes y su texto El grado cero de la escritura, condujeron a ese valor de la palabra, a ese valor de la palabra escritura, que ahora retoma Nancy y que lo conduce, a Nancy, a Derrida y Blanchot. Blanchot, Derrida y Barthes parecen, entonces, haber formado también comunidad: pero esta vez conducidos, ellos, por otro tema: la escritura.

¿Pero cuál este valor de la palabra escritura? Es decir: ¿cuál es el valor que habría portado la palabra escritura y que, portando ese valor, habría hecho comunidad en Blanchot, Derrida y Barthes? En ese valor se juega, pues, el verdadero valor de la palabra comunidad. Verdadero, sin embargo, no porque responda a la estructura de la verdad, no porque responda al ser de la comunidad (pues, ¿hay ser de la comunidad? ¿Lo hay verdaderamente, por lo menos en (o después de) la propuesta de Nancy, de Blanchot, de Nietzsche y de Bataille, es decir en ese conjunto de textos sobre la comunidad?), sino porque responde, en todo caso, al punto de partida a partir del cual Blanchot propone, luego, “ir más lejos”. En otras palabras: si allí se juega el verdadero valor de la palabra comunidad / escritura es porque con él, o a partir de él, fue lo más lejos que llegó Nancy en La comunidad desobrada, texto que inicia el debate de los ’80 y que origina la comunidad formada por ese debate aunque, ambos, comunidad y debate, hayan sido, en realidad, ya iniciado, como vimos, un buen tiempo antes por Bataille y Nietzsche.

Algunas líneas más adelante Nancy precisa, en suma, el valor de esa palabra crucial, es decir de la palabra escritura:

El desplazamiento de un mundo del autor, del estilo y de la obra (incluso del mensaje) hacia un espacio de la escritura y del texto […] ha respondido a una mutación de la percepción y de las condiciones del sentido, es decir, de lo que produce lazo y relación.[6]

No es entonces, estrictamente hablando, la escritura sobre la comunidad lo que formó comunidad en Bataille, Nietzsche, Blanchot y Nancy, sino la escritura, simplemente la escritura. La escritura a secas, y no el tema sobre el que versa esa escritura. Lo mismo, en efecto, corre para la comunidad formada por Blanchot, Derrida, y Barthes: en ellos, también, es la escritura lo que hizo lazo o relación, y no la escritura sobre la escritura.[7]

El desplazamiento de un mundo del autor, del estilo y de la obra (incluso del mensaje, es decir del tema) hacia un espacio de la escritura y del texto ha respondido a una mutación de la percepción de lo que hace lazo y relación, escribe Nancy. ¿Y qué es lo que hace lazo y relación en la escritura? ¿Cuál el espacio que con ella se abre? ¿Hay verdaderamente espacio abierto por la escritura, es decir, hay un espacio de la escritura?

Relación que une sin unir, lazo que liga sin ligar, éste es, pues, el lazo y la relación singular de la escritura, el lazo y la relación a partir de la cual se forma la comunidad de la escritura. Lazo que no une, aquí, en presencia y en persona, a las personas que une. Relación que no liga, ahora, en el mismo tiempo o presente, a los que escriben y que se unen con la escritura. La escritura es, así, un espacio metafísico y anti-metafísico al mismo tiempo. Espacio que no es físico, espacio que está más allá de la física, de la materialidad del espacio en el que cualquiera puede hacerse presente, presentarse o presenciar plenamente o en persona. Espacio sin espacialidad, sin superficie, pero también sin límites, infinitamente expandible, todo lo que la escritura lo permita porque ni el tiempo ni el espacio, ni la espacialidad ni la superficie, lo limitan. Espacio huérfano de personas que no están, donde están, plenamente presentes, que están sólo presentes por el trazo, por el movimiento que deja su escritura, trazo, cosa muerta y trazo, cosa viva, materia sin alma y animada al mismo tiempo. Por eso mismo, también, es un espacio anti-metáfisico: porque allí no hay presencias plenas, sino semi-presencia, o incluso más: huellas de la huella. Ni virtual ni concreto, el espacio de la escritura es, en este sentido, un espacio que verdaderamente no tiene lugar. No tiene ni lugar preciso ni lugar concreto. Es éste, aquí y ahora, su lugar, el lugar mientras escribo. Pero es cualquier lugar, cualquier espacio en donde se escriba. Espacio huérfano, decíamos, pero común, compartido. Y compartido en la ausencia: está ausente el escritor cuando se lee, y está ausente el lector cuando se escribe. Pero se comparte y se abre, cada vez que se lee y cada vez que se escribe. Cada vez que un libro es abierto para ser leído, cada vez que un papel es escrito, nace ese espacio indeterminable, imposible de tocar o de agarrar: el espacio literario que forma la comunidad de la escritura. Cada vez que Blanchot, Bataille, Nancy y Nietzsche escribieron sobre la comunidad, ellos mismos formaron comunidad. Y la formaron escribiendo, a través del lazo y del espacio que forma la escritura. Sus textos son, para parafrasear al propio Nancy, menos una serie de ensayos sobre el asunto de la comunidad, que una serie de ensayos ellos mismos asunto de una comunidad.

Hasta aquí, entonces, todo lo lejos que fue Nancy. O, mejor aún, todo lo lejos que podemos ir nosotros con Nancy, haciendo comunidad con la escritura de Nancy, con la escritura de La comunidad desobrada. Pero se trataba, en realidad, de ir más lejos que Nancy. Por lo menos esa era la propuesta de Blanchot, que retomaba la propuesta con la que el propio Nancy concluía el texto publicado en Aléa: “Sólo podemos ir más lejos”. En La comunidad revocada Nancy se lamenta, en efecto, de no haber comprendido del todo ese ir más lejos que, si bien era de su propia autoría, Blanchot había hecho propio: “En ese momento –escribe- sólo percibí muy confusamente, y en el apuro, esa intención”[8]. Ahora bien: ¿se puede ir más lejos? ¿Qué tanto más lejos se puede ir? ¿Qué tanto más lejos se puede ir, con Blanchot? ¿Se puede, pues, ir tan lejos? ¿No estamos ya lo suficientemente lejos, es decir lo suficientemente lejos de cualquier reflexión sobre la comunidad? ¿Y qué es, en todo caso, ir más lejos, ir más lejos con Blanchot? ¿Qué es, en fin, lo que Nancy percibió, en aquel momento, muy confusamente?

Recién algunas décadas más tarde, casi exactamente dos décadas más tarde de la publicación de La comunidad desobrada y de La comunidad inconfesable, en 2002, Nancy comienza a despejar esa confusión o cree, por lo menos, comenzar a despejarla (aunque él mismo se va a ocupar de aclarar que ella quizás no pueda ser nunca despejada del todo). Y lo hace en un texto que con el nombre de La comunidad afrontada hace las veces de prefacio en la segunda edición italiana de La comunidad inconfesable y que luego, corregido y ampliado, es incluido como posfacio de la edición española. La conclusión a la que llega Nancy en ese texto es la siguiente: no es necesario ir demasiado lejos para comprender qué tan lejos pretendía ir Blanchot. Sólo basta con comenzar por el título del texto.

¿Qué significa entonces ir más lejos? Ir más lejos quería decir, para Blanchot, penetrar en lo inconfesable, en lo inconfesable de la comunidad, de lo común. “Atención a lo inconfesable!”, le decía Blanchot a Nancy, según el propio Nancy. Esa atención debía dirigirse por lo tanto al título, que realizaba un desplazamiento con respecto al título del texto de Nancy, al título del texto pero también, lógicamente, con respecto a su contenido. Del desobramiento de la comunidad proponía Blanchot desplazarse hacia lo inconfesable de la comunidad. ¿Y qué es, al fin y al cabo, ir más lejos sino desplazarse, moverse de un punto a otro? Si había desplazamiento, sin embargo, ese desplazamiento debía ser comprendido con ciertas limitaciones: desplazarse significaba trazar un nuevo recorrido, ir más lejos, en fin, pero sin borrar el camino que se había realizado antes que él, es decir antes de ir efectivamente más lejos.

El desobramiento de la comunidad, la comunidad no haciendo obra, es decir no haciendo nada, o haciendo nada, venía, en el texto de Nancy, en su primer texto, a denunciar no sólo al comunismo como proyecto de comunidad a realizar, a realizarse, a convertirse en obra, sino también a cualquier forma de comunidad que pretendiese hacerse obra: sea bajo la forma de los Estados – Nación, de Asambleas, sea bajo la forma del Pueblo o de la Nación. Hay una comunidad que está antes que todas las formas en las cuales la comunidad se vuelve sustancia. Antes de lo que tenemos en común, una cultura, una nación, un territorio, una lengua, una ideología, está lo que somos en común. Hay un común que somos que se comparte, compartido, pero que no se presenta como obra, que no se presenta como lo que tenemos. Es la presencia de un común sin presente. Que está o es sin estar nunca presente.

Pero lo inconfesable de la comunidad que postulaba Blanchot, que se proponía ir más lejos, iba más lejos de la diferencia entre lo común como perteneciendo al orden del tener o del ser, al registro de lo que se posee o de lo que es. Aunque, por supuesto, también la incluía. O, mejor aún, precisamente porque lo común inconfensable pertenece al orden del ser es que es inconfesable. Hay algo de lo somos, de lo que nos hace ser, que no se puede confesar. Ahora bien: ¿qué es, para Blanchot, lo inconfesable? ¿Qué significa que lo que hace comunidad en la comunidad de la escritura sea inconfesable? Casi al final del libro, en el último párrafo, Blanchot se pregunta, una vez más, por lo inconfesable: “La comunidad inconfesable: ¿Quiere ello decir que no se confiesa o bien que ella es de tal modo que no hay confesiones que la revelen, ya que cada vez que se ha hablado de su manera de ser se presiente que de ella sólo se ha captado lo que la hace existir por defecto?” Si el libro de Blanchot no responde nunca a esa pregunta es porque se la “confía a otros”, menos para responderla que para “cargar con ella y acaso prolongarla”[9]. ¿Y cómo prolongarla sino es a través de la escritura?

No podremos jamás responder a la pregunta, pero sí prolongarla, y prolongarla a través de la escritura. ¿Cómo prolongar, aquí, esa pregunta? Hay un común que somos, que compartimos, que no se comunica, pero que se transmite y que se transmite sólo a través de la escritura, a través del gesto que inaugura cada escritura y que nos convierte, a cada uno, mientras escribimos, parte de la misma comunidad, de la comunidad de la escritura. Ni comunal ni estrictamente política, la comunidad de la escritura pertenece a la espacialidad y a la temporalidad del parpadeo de la política, a su duración. Hundida en lo inconfesable de lo que somos y de lo que compartimos, la escritura ya no comunica porque transmite algo que está más allá de lo que ella, incluso aquí, en esta escritura, que es la mía, comunica: un movimiento, un trazado inconfesable que la palabra no puede decir, pero que sí puede, y que sólo ella puede, la escritura, transmitir. No hay confesión que revele eso que somos, que nos hace ser humanos y que nos relaciona, sin ligarnos, en la escritura.

Yendo más lejos que Nancy, yendo aún más lejos que la reflexión de Nancy en La comunidad desobrada, Blanchot perturba, de este modo, el origen de la escritura y, perturbando su origen, perturba su objetivo como objetivo ligado a la necesidad originaria de la escritura. Pero ya no se trata, aquí, del origen (perdido, elusivo) de la escritura como el movimiento de la presencia y del sentido (como quisiera Derrida), sino de la escritura como el ejercicio de la mano que escribe. En su minucioso estudio sobre la escritura, Ignace J. Gelb explica: “La escritura comenzó al aprender el hombre a comunicar sus sentimientos mediante signos visibles, comprensibles también para las demás personas con cierta idea […] de sistema”[10]. Algunas líneas más adelante, luego de un repaso por la historia de la escritura y por el paso decisivo, “revolucionario”, que habría significado su fonetización, su división en unidades con valor lingüístico, Gelb descarta que exista una diferencia demasiado sustancial entre la escritura fonética y la no fonética en la medida en que “tanto un tipo como otro de escritura tienen un fin idéntico: la comunicación humana por medio de signos convencionales visibles”[11]. Así, si el origen de la escritura estuvo marcado por la necesidad humana de comunicar, ese origen marcará a fuego, y para siempre, el fin propio de la escritura, es decir de toda escritura: la comunicación humana.

Sin embargo, Blanchot, que no descarta de ningún modo ese fin originario y siempre presente de la escritura, cree que hay, en la escritura, algo más que la sola comunicación y es precisamente ese algo más lo que, con ella, hace comunidad. Para Blanchot la escritura no sólo comunica, sino que transmite, y eso que transmite es, finalmente, lo común que sólo ella puede transmitir y volver presente, aunque sin estar plenamente presente, con su gesto, con su trazado, con su movimiento que es el gesto, el trazado y el movimiento de la mano, de cada mano que, de hecho, no está nunca presente en el papel escrito. La escritura está, en su seno, dividida entre lo que ella comunica: un mensaje, un sentido, y entre lo que ella transmite como común, como ser en común pero como propio de cada uno que escribe. Y que transmite y no comunica porque, lo que con ella hace lazo, hace comunidad, lo que en ella es común a cada uno que escribe, a cada ser humano, es inconfesable.

De la ruptura con la escritura como medio de comunicación, de la ruptura con la escritura como comunidad que se comunica sólo se puede, pues, ir más lejos.


  1. Bataille, Georges, citado por Nancy en La comunidad desobrada, J. L. Nancy, Madrid, Arena Libros, 2001, p. 78.
  2. Blanchot, Maurice: La comunidad inconfesable, Madrid, Arena Libros, 2002, p. 46. La traducción fue ligeramente modificada.
  3. Bataille, Georges, citado por Nancy en La comunidad desobrada, op. cit. p. 78.
  4. Nancy, J. L.: La comunidad revocada, Buenos Aires, Mar Dulce, 2016, p. 21-22.
  5. Ibid., p. 22, nota 8.
  6. Ibid.
  7. Aunque aquí, como podrá deducirse fácilmente, escritura y tema se tocan en la medida en que el tema de la escritura es la escritura.
  8. Ibid.
  9. Blanchot, Maurice: La comunidad inconfesable, Madrid, Arena Libros, 2002, p. 94.
  10. Gelb, Ignace, J.: Historia de la escritura, Madrid, Alianza editorial, 1976, p. 31.
  11. Ibid., p. 31-32.


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