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4 La primera lengua

Sólo la imaginación de Rousseau, o el logocentrismo que acompaña la imaginación de su filosofía, puede aventurar la existencia de una primera lengua que, “si existiese aún”, se cuida el propio Rousseau de aclarar como si hiciese falta mencionar que ella no existe (aunque la aclaración más pertinente debería responder a la pregunta de si ella realmente alguna vez existió, o si ella sólo existe, o existió, en la cabeza de Rousseau), multiplicaría las voces de aquellos primeros hombres que, siempre todavía en el plano de la imaginación, la habrían “hablado”[1]:

No dudo de que independientemente del vocabulario y de la sintaxis, si existiese aún, la primera lengua habría conservado los caracteres originales que la distinguirían de todas las otras. No solamente todos los giros de esta lengua deberían estar expresados en imágenes, en sentimientos, en figuras, sino que en su parte mecánica debería responder a su primer objeto, y presentar, tanto a los sentidos como al entendimiento, las impresiones casi inevitables de la pasión que trata de comunicar. Como las voces naturales son inarticuladas, las palabras tendrían pocas articulaciones. Algunas consonantes interpuestas, suprimiendo el hiato de vocales, bastarían para hacerlas fluidas y fáciles de pronunciar. En cambio, los sonidos serían muy variados y la diversidad de los acentos multiplicaría las mismas voces…[2]

¿Por qué la primera lengua multiplicaría las voces? ¿Y qué voces serían, en todo caso, las que multiplicaría esta primera lengua? ¿Serían realmente voces habladas? ¿Hablarían las voces en la primera lengua que imagina Rousseau?

Lejos de la articulación de las lenguas más avanzadas, es decir de aquellas que se encuentran más cerca en el tiempo, lejos de las convenciones que las lenguas sucesivas habrían incorporado como parte de la evolución humana, la primera lengua, para Rousseau, sería poco articulada. Y no es difícil descifrar los motivos del carácter casi inarticulado de ésta: pues ella estaría más cerca de la naturaleza que de la sociedad, más cerca del origen primitivo y natural del hombre que de la cultura y las instituciones. El destino articulado de nuestras lenguas, por lo tanto, sería un largo camino que la primera lengua tendría aún por recorrer.

Antes de que la articulación la modifique, entonces, fue la naturaleza la que explicaba cómo funcionaba esa primera lengua. Sin el efecto de las articulaciones, que son convenciones y que deben aprenderse, que exigen atención y ejercicio, los sonidos y los acentos (es decir los acentos como variedad de sonido y no como convenciones), que precisamente “pertenecen a la naturaleza”, pues “salen naturalmente de la garganta, estando la boca más o menos naturalmente abierta”[3], habrían sido por lo tanto muy variados y diversos. Y es esa variedad de sonidos y de acentos la que, para Rousseau, habría multiplicado las voces

Pero una lengua tan poco articulada como esta primera lengua que imagina Rousseau estaría al borde de no ser una lengua, casi no sería una lengua. Pues ella respondería “a su primer objeto”: a las pasiones y no al sentido, comunicaría pasiones y no mensajes. El significado de las palabras, muy poco articuladas, estaría casi reducido a la nada: “en lugar de argumentos, contendría enunciados, persuadiría sin convencer y evocaría sin razonar”[4].

Precisamente por eso para Rousseau, que “conoce” las limitaciones propias de esta primera lengua, que “conoce” los “caracteres distintivos” de una lengua que por ser la primera conservaría aquello que la distinguiría de todas las otras, la falta de articulación y de significado, ella sería, mas que una lengua hablada, cantada, es decir una lengua que “descuidaría la analogía gramatical para dedicarse a la eufonía, al número, a la armonía y a la belleza de los sonidos”[5].

“La onomatopeya –se arriesga incluso Rousseau- aparecería allí continuamente”[6]. Lengua no sólo cantada sino, mejor aún, cantada al ritmo de las onomatopeyas porque las onomatopeyas, ajenas a todo tipo de articulación y significación, sólo pueden nombrarse por sí mismas, el nombre o la palabra que las designa no quiere decir nada, nombra por sí mismo el ruido o el sonido al que hace referencia: sólo reproduce la materialidad del sonido y nada más, la palabra sólo quiere reproducir las vibraciones sonoras de la referencia onomatopéyica y el significado desaparece en la inmediatez de un nombre que sólo dice el sonido al que alude la materia significante.[7]

Ahora bien: ¿Alguna vez alguien escuchó esta primera lengua? Si Rousseau puede imaginar no sólo la existencia de una primera lengua sino también los caracteres distintivos de ésta, es porque su imaginación se rinde ante la misma evidencia a la que se rinde el zoon politikon de Aristóteles: a la oposición, o antes bien a la partición, siempre metafísica, entre la voz humana y la simple voz, entre la voz envuelta en el logos y el puro sonido de la phoné. Cantada y no hablada, onomatopéyica y poco articulada, las voces que esta primera lengua multiplicaría no podrían, entonces, ser otra cosa que simples voces, la voz y nada más de cada hombre que, siempre y todavía en el plano de la imaginación, la habrían cantado. La voz humana no sería, pues, necesaria para hablarla o, más precisamente, para cantarla.

Pero Rousseau va incluso más allá: pues las mismas razones por las que la primera lengua multiplicaría las simples voces son, también, las razones por las cuales nuestras lenguas no tienen acentos, aunque creamos tenerlos. Es la misma evidencia logocéntrica, dicho de otro modo, lo que lleva a Rousseau a encontrar imposible suplir, en las lenguas posteriores a la primera lengua, el acento por los acentos, el acento de la simple voz por los acentos ortográficos, por los acentos que caracterizan los acentos de “nuestras lenguas”, es decir por el acento como función del logos o de la palabra:

Uno se engaña si quiere suplir el acento por los acentos. Sólo se inventan los acentos cuando el acento ya se perdió. También creemos tener acentos en nuestra lengua pero no los tenemos. Nuestros supuestos acentos son sólo vocales o signos de cantidad, no marcan ninguna variedad de sonido. La prueba es que todos esos acentos se hacen evidentes por tiempos desiguales o por modificaciones de los labios, de la lengua o del paladar (…); pero ninguno por modificaciones de la glotis que son las que producen la diversidad de sonidos. Así, cuando nuestro acento circunflejo no es una simple voz, es una voz larga o no es nada.[8]

Sólo se inventan los acentos, escribe Rousseau, cuando el acento ya se perdió. Los acentos como función del logos no pueden y no podrían jamás suplir el acento de la simple voz. La articulación y los acentos, los acentos como expresión de la articulación, llegan siempre a costa de borrar la simple voz, de interrumpir el acento como materialidad sonora de la simple voz. Por ello, agrega Rousseau, creemos tener acentos en nuestras lenguas cuando en realidad no los tenemos. Ellos, en todo caso, son “supuestos acentos”. Es decir son sólo vocales o signos de cantidad pero de ninguna manera “variedad de sonido”, variedad de sonido de la simple phoné: “cuando nuestro acento circunflejo no es una simple voz, es una voz larga o no es nada”.

Algunas líneas más adelante Rousseau le reprocha a Duclos precisamente el no reconocer el acento musical que, en sí mismo, escapa a la posibilidad de su escritura por el logos y por la palabra. Según Rousseau, en efecto, Duclos sólo reconoce el acento prosódico, el acento vocal y el acento ortográfico. Pero éstos, señala, “no modifica(n) en nada la voz, ni el sonido” sino que, según el caso, indican una letra suprimida (el acento circunflejo), o fija el sentido equívoco de un monosílabo (como el acento grave que distingue en francés el adverbio de lugar , del disyuntivo ou, y el à como artículo, del a como verbo).

Rousseau llega, finalmente, a una conclusión definitiva: “si el acento fuese determinado, el aire también lo sería”[9]. El acento de la simple voz es aire y no sentido, vibración sonora que ni el logos ni el sentido pueden determinar. Así, parece indicar Rousseau, es imposible volver a hablar, a cantar, esta primera lengua. Y, en efecto, si seguimos las huellas logocéntricas de la imaginación de Rousseau, la primera lengua sería, por lo tanto, una lengua apolítica: ella sería, mejor aún, no sólo la primera lengua sino, también, la primera lengua sustraída de toda política.


  1. Como veremos algunas líneas más adelante, esa primera lengua sería, en realidad, cantada y no hablada: a ello se debe el uso de las comillas en el final de la frase.
  2. Rousseau, Jean-Jacques: Ensayo sobre el origen de las lenguas, Buenos Aires, Ediciones Caldén, 1970, p. 52.
  3. Ibid., p. 51. Como si quisiera destacar la relación natural que hay entre los sonidos y la naturaleza, Rousseau menciona en la frase dos veces la palabra “naturalmente”.
  4. Ibid., p. 53.
  5. Ibid.
  6. Ibid., p. 52.
  7. No es casual que las onomatopeyas sean por excelencia el medio utilizado por nuestras lenguas para reproducir los sonidos que emiten los animales, es decir la voz animal, simple phoné desprovista de logos.
  8. Ibid., p. 65-66. El resaltado es mío.
  9. Ibid., p. 68.


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