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1 Un mundo político animal

En una carta que le envía a su entonces colaborador Arnold Ruge, fechada en marzo de 1843, Marx le comenta a su colega de los Anales Franco Alemanes su opinión acerca del presente alemán: “Por lo que leo en los periódicos del país y en los franceses, Alemania está y seguirá estando cada vez más hundida en el bochorno”[1]. Una y otra vez Marx no deja de mostrar su indignación con respecto a la situación alemana: “…si disto mucho de sentir ningún orgullo nacional, siento, sin embargo, la vergüenza nacional…”[2]

Esa vergüenza e indignación, que Marx comparte con Ruge, aunque con diagnósticos distintos con respecto a lo que de esa misma vergüenza e indignación se podría esperar, sobre todo si ellas fueran compartidas por el resto de los alemanes, lo lleva al joven Marx a describir en forma lapidaria el modo de vida de sus compatriotas: viven, escribe, en un “mundo político animal”, un “mundo deshumanizado”[3].

El pesimismo con el que Marx ve la actualidad alemana no es el mismo con el que ve el provenir de su tierra natal. Cree, en efecto, que si la vergüenza e indignación se extiendesen por toda Alemania, ése sería el paso decisivo para la Revolución contra el despotismo que gobierna la Confederación Germánica: “La vergüenza es ya una revolución… Y si realmente se avergonzara una nación entera, sería como el león que se dispone a dar el salto”[4].

Durante el mismo mes, en marzo de 1843, Ruge le hace llegar sus propias palabras a Marx. A diferencia del optimismo de su colega, radicado temporalmente en Holanda, el futuro de Alemania no tiene, para Ruge, ningún buen augurio: “Su carta es una ilusión. Su entusiasmo me deprime todavía más. […] Amigo mío, convierte usted sus deseos en creencias”[5]. La revolución, para Ruge, está demasiado lejos, mucho más lejos de lo que espera, con entusiasmo, Marx. Sin embargo, el diagnóstico con respecto al presente alemán es casi el mismo, sino el mismo. O mejor aún, son las mismas las palabras que emplea para realizar ese diagnóstico: “Resulta duro, pero hay que decirlo, porque es verdad: no conozco pueblo alguno tan desquiciado como el alemán. Ves artesanos, pero no ves hombres; pensadores, pero no hombres; señores y siervos, jóvenes y personas maduras, pero no hombres”[6]. Las palabras de Ruge parecen efectivamente calcadas: como Marx, acusa a sus compatriotas de carecer de humanidad, de poseer una humanidad que no es plena (“ves artesanos, pero no hombres”). Es decir: como Marx, Ruge describe al pueblo alemán como un pueblo deshumanizado.

La indignación y la vergüenza de Marx y Ruge se deben al atraso de Alemania con respecto a las transformaciones que anticipan el advenimiento de la modernidad: todavía la revolución política no había pasado por la tierra natal de ambos. La constitución de un Estado moderno, es decir del Estado de derecho, la separación del Estado de la esfera religiosa y del cristianismo eran todavía una ilusión: cercana en todo caso para Marx, lejana para Ruge.

No sabemos con seguridad si para Arnold Ruge la referencia a los alemanes como hombres que no son hombres, como hombres deshumanizados, es una metáfora. Es posible que lo sea: el párrafo en el que se apoya para hacerla proviene, como el mismo se lo hace saber a Marx, de una obra de Hölderlin: Hyperion. Su empleo podría cumplir la misma función que en la obra literaria del romántico alemán: la del recurso literario, o la de la metáfora. Lo que sí sabemos con seguridad es que las palabras que emplea Marx, casi las mismas que Ruge, no son y no pueden ser de ningún modo palabras cuya función sean la de un recurso literario. Cumplen muy por el contrario la función de un recurso filosófico. Un recurso filosófico que esconde detrás de sí el peso de una tradición, de una historia de la que Marx, como filósofo político, no escapa ni podría jamás escapar.

Un sólo dato basta para confirmar la hipótesis: justo después de describir a Alemania como un mundo político animal, justo después de aludir a su tierra natal como un mundo deshumanizado, justo en el mismo párrafo, Marx nombra a Aristóteles:

Era, pues, natural que el mundo filisteo más perfecto de todos, nuestra Alemania, quédese muy rezagado detrás de la Revolución francesa, que volvió a restaurar el hombre; y el Aristóteles alemán que calcara su Política sobre nuestras realidades escribiría a la cabeza de ella: “El hombre es un animal social, pero totalmente apolítico”.[7]

Está claro que no hay ningún Aristóteles alemán, y que ningún Aristóteles alemán calcó en la época de Marx su Política sobre las realidades alemanas. Está claro que la alusión a un Aristóteles alemán es simplemente un juego que propone Marx y que requiere de la imaginación. Pero precisamente es ese juego imaginario que permite comprender su afirmación, comprender el sentido del juego que propone, es decir el fundamento filosófico detrás de esa propuesta. Sólo con el nombre de Aristóteles el párrafo, la fórmula de un mundo político animal, y quizás toda la carta de Marx, cobran su verdadera dimensión. No se trata, pues, de una metáfora.

Marx entonces se permite imaginar: si hubiera un Aristóteles alemán, y si él viviera en la actualidad en la que vive el propio Marx, escribiría sobre la realidad del alemán: “es un animal social, pero totalmente apolítico”. El Aristóteles alemán que imagina Marx describiría a sus compatriotas como hombres que no son verdaderos hombres, es decir “animales sociales pero apolíticos”, hombres que son casi hombre, hombres deshumanizados, hombres de una humanidad ausente. ¿Pero qué son, entonces, estos hombres deshumanizados? ¿Son todavía hombres? ¿O son simplemente animales? Ni del todo hombres ni del todo animales, son animales apolíticos y no ya animales políticos porque no les queda nada, o casi nada, de su condición de zoon politikon. Se trata, así, de hombres que, como las bestias, como los esclavos en la Antigua ciudad griega, sólo quieren “vivir y multiplicarse” porque es lo único que pueden hacer en el mundo político animal en el que viven: la Confederación germana.

Algunas líneas más adelante, después de comentar el fracaso de Guillermo IV en instaurar la unión de las Dietas provinciales en una única Asamblea para lograr cumplir los sueños liberales que barriesen con el sistema despótico alemán (“El rey de Prusia ha intentado cambiar el sistema con su teoría, que realmente no había mantenido su padre”, sostiene Marx en su carta a Ruge) Marx vuelve a describir, apoyándose otra vez en Aristóteles, pero esta vez sin nombrarlo, puesto que ya no le hace falta, cómo viven los hombres que no son plenamente hombres, cómo se entienden, en fin, esa “masa de cabezas sin seso”: los habitantes alemanes, amos y servidores del mundo político animal que representa Alemania:

Y, así, se reeditó la vieja proscripción de todos los deseos y pensamientos de los hombres en torno a los derechos y los deberes humanos, es decir, el retorno al viejo Estado anquilosado de los servidores, en que el esclavo sirve silenciosamente y el amo del país y de sus habitantes domina en medio del mayor silencio posible por medio de un séquito sumiso y bien educado. Ni el uno ni los otros pueden decir lo que quieren: los habitantes, que quieren llegar a ser hombres, el amo que no puede utilizar para nada a los hombres en su reino. El silencio es, por lo tanto, el único medio de entenderse. Muta pecora, prona et ventri obedientia.[8]

El esclavo sirve silenciosamente, dice Marx, y el amo domina, en Alemania, en medio del mayor silencio posible. En el mundo político animal, a partir del cual el Aristóteles alemán calcaría imaginariamente su Política, el silencio es el único medio de entenderse. El silencio y no la palabra. El silencio porque las “bestias políticas” no hablan. A los animales sociales apolíticos que viven en Alemania, que viven en sociedad como el zoon politikon de Aristóteles, les falta lo que hace del zoon politikon un hombre: la palabra. El hombre deshumanizado, el alemán, sea amo o esclavo, no posee el logos para hacer presente su humanidad, para hacerse presente como hombre. El silencio en el que viven los deshumaniza. Y los convierte, así, en bestias políticas.

La expresión que Marx elige para referirse a la Alemania de su época, la expresión que describe a esa Alemania como “un mundo político animal” no es una metáfora pero tampoco es simplemente la fórmula con la que un liberal, puesto que el joven Marx lo era en ese tiempo, decide criticar el atraso alemán con respecto a los avances de la modernidad. No es simplemente la vergüenza y la indignación de un liberal que ve que su tierra natal se resiste a la emancipación política y a los beneficios de la Revolución Francesa. Ella no encierra sólo eso. Aunque, por supuesto, la crítica existe y tiene como blanco el régimen monárquico y el despotismo que gobierna Alemania: “El principio de la monarquía es, en general, el principio del hombre despreciado y despreciable”, concluye Marx. Pero la crítica encierra, también, algo más que el sólo rechazo a la monarquía: encierra una historia. En ella, en la referencia a Aristóteles, aunque bien sea un Aristóteles imaginario, un Aristóteles alemán, y en todo lo que ella comprende: en el dominio del silencio o en el silencio como único medio de entenderse, en la ausencia de la palabra y en la existencia de hombres que son casi hombres, de bestias políticas deshumanizadas, se muestran los síntomas de una larga historia: la historia sobre la que se cierra la filosofía política, que es la historia del zoon politikon como traductor de una humanidad plena y siempre presente. Una historia que, precisamente, comienza con Aristóteles. Escribiendo sobre el mundo político alemán, entonces, Marx no hace otra cosa que confirmar esa historia. No lo sabe, pero lo hace.[9]


  1. Carta de Marx a Ruge (marzo 1843), en Escritos de juventud, K. Marx., México D.F., FCE, 1982, p. 441.
  2. Ibid.
  3. Carta de Marx a Ruge (mayo 1843), en Escritos de juventud, K. Marx., México D.F., FCE, 1982, p. 446.
  4. Carta de Marx a Ruge (marzo 1843), op. cit., p. 441.
  5. Carta de Ruge a Marx (marzo 1843), en Escritos de Juventud, K. Marx, México D.F., FCE, 1982, p. 442.
  6. Ibid.
  7. Carta de Marx a Ruge (mayo 1843), op. cit., p. 446.
  8. Ibid., p. 449.
  9. “No lo saben, pero lo hacen”: la expresión le corresponde, en realidad, al propio Marx y al célebre pasaje de El Capital: “Al equiparar entre sí en el cambio como valores sus productos heterogéneos, equiparan recíprocamente sus diversos trabajos como trabajo humano. No lo saben, pero lo hacen”. Cf. Marx, Karl: El Capital. Crítica de la economía política, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002, p. 90. No es, dicho sea de paso, la primera vez que una frase del propio Marx puede ser aplicada a él mismo. Cuando Pierre Bourdieu crítica la teoría de las clases sociales del marxismo le reprocha a Marx, precisamente, lo que Marx le reprochaba a Hegel: el confundir las cosas de la lógica con la lógica de las cosas: “Esto marca una primera ruptura con la tradición marxista: ésta identifica, sin más trámite, la clase construida con la real, es decir (como el propio Marx se lo reprochaba a Hegel), las cosas de la lógica con la lógica de las cosas”. Cf. Bourdieu, Pierre: Sociología y cultura, México D.F., Grijalbo, 1990, p. 286.


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