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7 La palabra y el gesto

En un breve ensayo sobre el gesto, cuya fecha de publicación es varios años antes de su obra célebre Homo Sacer, Giorgio Agamben recupera una observación del romano Marco Terencio Varrón que contiene, según sus propias palabras, “una indicación preciosa”[1]. En De lingua latina, Varrón identifica al gesto con la acción pero, al mismo tiempo, lo diferencia de la acción que actúa y de la acción que hace, del actuar (agere) y del hacer (facere):

Es posible, en efecto, hacer algo sin actuar, como el poeta que hace un drama pero no actúa (agere, en el sentido de “desempeñar un papel”); a la inversa, en el drama, el actor actúa pero no lo hace. Análogamente el drama es hecho (fit) por el poeta, pero no es objeto de su actuación (agitur), ésta corresponde al actor, que no lo hace. De manera inversa, el imperator (el magistrado investido con el poder supremo), con respecto al cual se usa la expresión res gerere (llevar a cabo algo, en el sentido de tomarlo sobre sí, asumir por completo su responsabilidad), no hace ni actúa sino gerit, es decir soporta (sustinet).[2]

El poeta, escribe Varrón, hace el drama pero no lo actúa, el actor actúa el drama pero no lo hace, y el imperator lleva a cabo una acción pero sin hacerla ni actuarla, sino soportándola, es decir asumiéndola. He aquí, entonces, tres formas distintas de la acción, la acción que actúa, la acción que hace, y la acción que soporta. El pasaje de Varrón es ciertamente un hallazgo porque, como bien explica Agamben, introduce una tercera esfera de la acción con respecto a las dos esferas que Aristóteles ya había identificado en su Ética a Nicomáquea: la acción que soporta o asume que, en Varrón, es distinta a la acción que actúa o que hace. Varrón introduce, en otras palabras, la acción como gesto.

Según recuerda Hannah Arendt en La condición humana, la palabra es siempre acción. Ahora bien: ¿a qué esfera de la acción corresponde la palabra? ¿Qué tipo de acción es la palabra según la tipología que elabora Varrón? Si bien en todo momento la palabra puede ser objeto de una actuación, en la medida en que ella siempre puede ser una palabra actuada, como en el caso de la palabra interpretada por un actor, lo que convierte a la palabra en acción es su capacidad de hacer, es decir de comunicar, de hacer comunicando. Si el mundo del hombre está hecho de palabras, si las palabras hacen, construyen el mundo, es porque ellas comunican un mundo, hecho de palabras, que es siempre compartido, comunicado entre quienes lo comparten. El mundo común del que habla Arendt, la esfera pública, es compartido porque en él las palabras comunican, porque la comunidad se comunica el mundo común que construye con ellas.

Es en este preciso sentido que el destino de la palabra, es decir del logos, estuvo siempre marcado, en el pensamiento político, por esta esfera de la acción. La palabra que no comunica, que no quiere decir nada, es una palabra fútil, pervierte su buen uso y, sobre todo, ella deja de ser una palabra capaz de hacer lugar a la política, de disputar el sentido del mundo. Si la política se reconoce por su capacidad de transformar el mundo, ella lo transforma transformando el sentido con el que construimos ese mundo.

Si bien es cierto que, como quisiera Hannah Arendt, la palabra pertenece a la esfera de la acción, y que la acción que a ella le corresponde es la del hacer, en la medida que ella hace comunicando, además de comunicar un mensaje o un sentido toda palabra está soportada por el gesto que la dice, y ella es asumida sólo a partir de esa otra esfera de la acción: la del gesto de la palabra dicha. En una primera dimensión, por lo tanto, el gesto de la palabra dicha se corresponde con la diferencia inaugurada por los lingüistas modernos entre lenguaje y discurso, entre lengua y habla. El lenguaje como reservorio de códigos, como sistema de diferencias es una cosa, y el lenguaje articulado en el habla, en el discurso o la enunciación es otra distinta. Pertenece precisamente a los shifters (Jakobson) o a los indicadores de la enunciación (Benveniste), a los “yo”, a los “esto”, a los “aquí”, etc., articular el pasaje de la lengua al habla, del lenguaje al discurso. Y es precisamente en ellos donde mejor se muestra, donde mejor se hace ver, el gesto, o la acción, para seguir a Varrón, que soporta la palabra: ningún “yo” dicho es igual a otro, el “yo” asumido en el habla o el discurso es, pues, la marca identitaria, gestual, del que habla.

En una segunda dimensión, el gesto que soporta la palabra se puede reconocer en el énfasis o el acento puesto en el discurso, es decir en cada palabra, cuando se habla. La ironía y el sarcasmo son un ejemplo de ello. Incluso más: éstos pueden transformar el sentido comunicado en el mensaje, y transformarlo radicalmente, según la economía gestual que se asume al decir una frase. Un mensaje cordial puede convertirse en una orden dependiendo del gesto que asume el que habla en el discurso. Entre el “Dame eso, por favor” como pedido, al “Dame eso, por favor” como orden, por ejemplo, la única diferencia está en el gesto con el que se los asume al decirlos.

¿Se puede, sin embargo, separar la palabra del gesto, la palabra del gesto que identifica a la palabra dicha? ¿Qué hay, pues, más allá de la comunicación, del sentido comunicado en la palabra? ¿Qué hay del gesto con el que toda palabra es asumida? Siguiendo la definición de Varrón es posible entonces identificar una tercera dimensión del gesto que soporta al logos: la de la gestualidad que soporta no ya a la palabra hablada, sino a la palabra escrita. Es decir, la gestualidad de la escritura. Y con ella, en efecto, la política ya no depende de la voz, de la presencia viva de la voz y de la proximidad del habla. La política de la palabra escrita ya no depende, en este sentido, de lo que ella comunica. Con el gesto a partir del cual la palabra escrita es asumida, con la escritura, la política se extiende, así, más allá de la política, ella se abre al parpadeo de la política y a su duración.

¿Qué es, pues, lo que el ojo ve durante el parpadeo que le permite ver? ¿Sigue el ojo viendo durante el parpadeo? ¿Ve algo? ¿Acaso no se ve algo en la oscuridad del parpadeo, en el presente infinitesimal que dura su movimiento? ¿O se ve nada? Entonces: ¿no se sigue viendo? Empujar la reflexión sobre la política más allá de los límites de la filosofía política comprende, de este modo, fijar la mirada ya no en la palabra y en lo que ella comunica, sino en el gesto a partir del cual ella es asumida y a partir del cual ella efectivamente comunica. La historia de la filosofía política es, por lo tanto, la historia de una cierta mirada: la que reduce, la existencia de la esfera política, a la toma de la palabra. Tomar la palabra en el espacio público, he aquí, en efecto, lo que la tradición de la filosofía política nos ha enseñado a ver. Detenernos en el gesto, fijar la mirada en la gestualidad escrita es la tarea de otro pensamiento, el del parpadeo de la política, que aunque se aleje de la reflexión de la filosofía política, no deja de depender de ella.

Sólo en la escritura, en la palabra escrita queda, en suma, el gesto de la palabra dicha retenido como el trazo del movimiento de la mano que escribe. Pues sólo la escritura retiene el gesto, ese gesto único que convierte a cada ser humano que escribe en un único ser humano, en una presencia única. Sin comunicar nada, el gesto de la palabra escrita hace política porque, como quisiera Hannah Arendt, es la gestualidad de la escritura lo que nos distingue tanto como nos distingue la voz en la esfera pública. A costa, sin embargo, de no estar nunca plenamente presentes, a costa de no estar nunca presentes en forma plena, en persona, en el papel escrito.


  1. Agamben, Giorgio: “Notas sobre el gesto”, en Medios sin fin. Notas sobre política, Valencia, Pre-textos, 2010, p. 53.
  2. Varrón, M. T.: De lingua latina, citado por Agamben en Medios sin fin, op. cit., p. 53.


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