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Prólogo

Salvador D. Bergel

Los Comités de Ética Hospitalaria constituyen hoy uno de los pilares indiscutibles en la práctica médica.

A partir de la segunda mitad del siglo XX es dable advertir que asistimos al desarrollo de dos procesos que en última instancia convergen: el creciente cuestionamiento al paternalismo médico –que acompañó el ejercicio profesional desde sus albores– y paralelamente el reconocimiento de la autonomía de los pacientes que –con toda razón– reclaman ser consultados en la toma de decisiones que hacen a la vida, a la salud y al bienestar.

En este clima –aparentemente conflictivo– nacieron los Comités de Ética Hospitalaria con objetivos limitados que con el correr de los años se convirtieron en pieza central del engranaje hospitalario.

La creciente complejidad de la práctica médica, los riesgos a los cuales habitualmente se somete a los pacientes, la constante incorporación de mayores y mejores alternativas terapéuticas, operan de consuno para hacer de los Comités de Ética Hospitalaria un componente necesario y a veces central en la vida de los establecimientos de salud.

Hoy no se concibe una decisión médica que pueda importar para el paciente algún grado de riesgo, sin la necesaria intervención del Comité. Hasta podría considerarse un supuesto de ejercicio criticable de la profesión médica si en tales casos no se convoca al Comité.

Estas estructuras son por esencia multidisciplinarias e integradas de común por médicos, enfermeros, psicólogos, filósofos, teólogos, bioeticistas, representantes de la sociedad civil, etc., convergiendo en razón de ello una pluralidad de conocimientos y de enfoques que apuntan al estudio y a las propuestas de solución para el caso concreto llevado a su decisión.

Elvio Diego Galati, destacado investigador con sólida formación filosófica y jurídica pese a su juventud, ha trabajado con éxito diversos temas vinculados con la bioética. En esta oportunidad ha asumido la difícil tarea de vincular la estructura y el funcionamiento de los Comités de Ética con la teoría trialista, creada por W. Goldschmidt. No era una tarea sencilla pero al finalizar la lectura del trabajo podemos afirmar sin hesitaciones que ha logrado sobradamente la meta propuesta, ofreciendo a los estudiosos un material que seguramente servirá de base para emprender nuevas búsquedas.

Si nos acercamos con detenimiento y con sentido crítico al tema general de los Comités de Ética, podremos advertir que la mayor parte de los trabajos publicados apuntan a enfoques superficiales o descriptivos. Por el contrario, el trabajo que nos ocupa apunta a bucear en los fundamentos filosóficos del tema para construir una crítica que sirva para mejorar el funcionamiento de los Comités en beneficio de su actor principal: el paciente.

Galati se introduce con solvencia en los problemas de la transdisciplina, de la interdisciplina, de la multidisciplina y de la pluridisciplina en el funcionamiento de los Comités.

En el primer capítulo estudia las relaciones entre el pensamiento complejo y la transdisciplinariedad desde el derecho, acudiendo a los aportes de Nicolescu, Morin y Piaget. Especialmente compara las contribuciones de Nicolescu y Morin sobre los aspectos generales de metodología.

El Capítulo II encara la distinción de lo que denomina las categorías políticas de la ciencia. Luego de analizar los aportes de Piaget, Morin y Nicolescu en el tema de la transdisciplina, el autor concluye señalando que la visión de los Comités desde el punto de vista transdisciplinario y trialista implicará aplicarles la declinación trialista y valerse de las categorías transdisciplinarias.

Considera sobre este particular que se trata de una propuesta superadora de la interdisciplina y del mero normativismo reductor de los Comités de Ética. Se trata de una “bioética compleja” que se concibe como una posibilidad de articulación para ligar acción y reflexión, experiencia y conocimiento.

Es natural que debamos valernos de categorías transdisciplinarias, ya que ello surge no sólo de la compleja composición de los Comités (en atención a la diversidad de profesiones de sus componentes), sino en la diversa construcción de los pensamientos, que sólo mediante un diálogo abierto, desprovisto de todo tipo de condicionamientos, podrá llegar a la finalidad propuesta: dar solución atendible a un problema concreto, que es lo esperable.

En el Capítulo III el autor vuelve sobre la dupla trialismo/transdisciplina, ahora desde una visión jurídica.

Transdisciplinariamente se le plantea al autor el desafío de colocar en un mismo campo herramientas que brindan tres aspectos del derecho, que se relacionan con distintas ciencias: la sociología, la lógica y la filosofía de la justicia.

Las interacciones son imprescindibles para los Comités y de ello da cuenta la transdisciplinariedad, porque si se tienen en cuenta las distintas disciplinas que convergen en aquéllos por separado, caeremos en lo que señala Nicolescu que la suma de las competencias no es la competencia. De allí que a su juicio sea indispensable analizar los desarrollos interactivos que se dan en los Comités a la luz de las relaciones que plantea el análisis trialista conjuntamente con la transdisciplinariedad.

El Capítulo IV aborda el tema de la declinación trialista de los Comités Hospitalarios de Ética entendidos éstos como instancias de diálogo y no como meros tribunales de ética profesionales.

Aquí, en base a las conclusiones teóricas de los capítulos precedentes, el autor entra de lleno a los aspectos particulares de la actuación de los Comités, formulando críticas compartibles.

Es aquí materia de especial atención su funcionamiento, incorporando su propia experiencia con miembros de Comités, lo que muestra la amplitud de los enfoques intentados.

El libro se cierra con el Capítulo V, en el que se relacionan las ideas desarrolladas con la realidad del funcionamiento de los Comités, estudiando en particular lo relativo a Comités de Rosario y de París, que vivió de cerca.

Tal como comprenderá el lector resulta muy difícil referirme en un prólogo a la totalidad de los temas abordados en el libro, o plantear algunos puntos de disidencia, lo que evidentemente excedería la extensión de la tarea propuesta.

Sí, cabe destacar que en la redacción del trabajo, Galati ha recurrido a una bibliografía seleccionada, cuya lectura muestra la responsabilidad intelectual con la cual se encaró el trabajo.

Estamos –sin dudas– ante un trabajo serio que muestra ideas originales para contribuir a un mejor conocimiento de los Comités de Ética Hospitalarios y aportar elementos para su correcto funcionamiento.



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