Prácticas asociadas a lo científico entre la epistemología y la geopolítica
Luz Lardone
1. Resumen ejecutivo e introducción
A lo largo de la historia se han construido numerosas narrativas sobre la neutralidad de la ciencia, sostenida principalmente como una actividad objetiva apoyada en los fundamentos de la filosofía clásica. Los postulados han surgido desde diversas perspectivas, a veces como mito –verdades simbólicas o culturales– y otras como tesis –verdades verificables–. Cabe recordar que la palabra ciencia proviene del latín scientia, que significa ‘conocimiento’. A partir de su valor simbólico, desde la perspectiva del mito sus límites y alcances han estado sujetos a profundas disputas y tensiones. Las justificaciones dominantes han sido, en su mayoría, aquellas que reducen su marco teórico al positivismo[1] como eje fundamental de la modernidad. Durante este tiempo histórico, entendido como proyecto político, económico y epistemológico europeo entre los siglos XVII y XVIII, primó la fe inquebrantable en el método científico, la exaltación de la razón, y se establecieron las bases del conocimiento moderno. Una Ciencia que se erigió en mayúscula y singular[2].
En clave defensiva del objetivismo y la neutralidad, se ha sostenido que la totalidad de las prácticas asociadas al quehacer científico operan al margen de intereses, valores o contextos sociopolíticos y económicos. Se trata de abordajes de corte “purista” que hunden sus raíces en la revolución científica y la Ilustración y requieren revisiones críticas constantes, ya que no solo permanecen, sino que además se resignifican con las dinámicas dominantes del mundo. Con base en este enfoque, la tesis central que atraviesa el presente trabajo se refiere a la no neutralidad de la ciencia, donde las prácticas asociadas a la producción, gestión, definición de políticas y comunicación del conocimiento científico tecnológico (CCT) están geohistóricamente situadas y organizadas por jerarquías epistémicas. Además, vinculadas a procesos de metropolización/periferización[3], donde el conocimiento funciona como la economía, es decir, organizado mediante centros de poder y regiones subalternas (Walsh, 2003).
Ahora bien, ¿qué se sitúa hoy tras/en/junto al sostenimiento del mito de la neutralidad de la ciencia? A partir de un marco teórico pluriperspectivo, se analizan algunas trazas sobre cómo la modernidad impuso epistemologías. Es decir, cómo sus jerarquías persisten en las prácticas científicas contemporáneas en el marco de la economía global y donde el Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación argentino –SNCTI[4]– no queda exento. Dicho de otro modo, desde el quehacer científico se reproduce y resignifica la otrora colonialidad jurídica que incluye la del saber[5] (Quijano, 2000).
Como vínculo entre la propuesta teórico-conceptual y la evidencia empírica, a modo de ejemplo, se examinan dos de los últimos documentos referidos al SNCTI. El primero producido desde el ex Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Nación (MINCyT), denominado Hacia una política de Estado. Ciencia, Tecnología e Innovación 2019-2023. El segundo tiene como fuente institucional a la Jefatura de Gabinete de Ministros, de donde depende la actual Secretaría de Innovación, Ciencia y Tecnología de la Nación, que lleva por título Lineamientos Estratégicos en Innovación, Ciencia y Tecnología (2025-2027). Ambos son leídos como narrativas que producen y reproducen sentidos sobre las prácticas científicas y otorgan densidad a la tesis de no neutralidad de la ciencia desde la política científica argentina.
1.1. Línea de base
Presentar la neutralidad científica como un mito conlleva entender esa afirmación no solo como falsa, sino como una narración sociopolítica que cumple funciones simbólicas y prácticas. En este sentido, el texto aquí propuesto se constituye sobre la siguiente premisa básica: todo conocimiento surge de una perspectiva específica orientada por una finalidad y un propósito fijado; inserto en una determinada matriz sociopolítica y económica que, a su vez, resulta funcional a un modelo de desarrollo específico. En otras palabras, lejos de ser neutral, la práctica científica con sus resultados, productos, impactos o efectos se revela como un espacio técnico densamente atravesado por relaciones de poder, disputas geopolíticas y jerarquías epistémicas (Lardone y Garro, 2021). De allí la importancia de recuperar lo situado[6] como posibilidad epistémica que permite evidenciar el lugar desde el cual se parte. Expresado de otra manera, independientemente del método elegido y utilizado, es necesario reconocer que ningún conocimiento está desligado de una determinada matriz epistémica, ni de su contexto geopolítico, ni de la subjetividad de quien lo emite. En este plano, conviene aclarar que no se examina la ciencia argentina, sino que el análisis está situado desde la Argentina.
1.2. Operacionalizar
Bajo este marco y solo a los fines de este trabajo, es necesario desagregar aquello que se entiende por prácticas en torno al CCT. Un ejercicio que permite operacionalizar múltiples acciones, facilita un mejor abordaje y análisis y aporta interés interpretativo. De esta manera, desde un punto de vista sintáctico y a partir de entender que en el verbo –como categoría gramatical– está el compromiso, se asume que también para las prácticas científicas la intención se manifiesta en la acción. Por consiguiente, aunque están estrechamente interrelacionadas, dentro de la idea conceptual de práctica científica tecnológica se identifican aquí cuatro (4) acciones –verbos– que poseen distinciones y alcances respecto al CCT: 1) producir, 2) gestionar, 3) definir políticas y 4) comunicar en el espacio público. Dicho de otro modo, cuatro acciones para traducir la crítica teórica en ejes analíticos potencialmente aplicables, y aunque se particularizan, el foco analítico está puesto en la interacción.
En esta línea, producir CCT refiere al acto fundamental de la investigación y el desarrollo (I+D), donde científicos/as, investigadores/as generan nuevas ideas, datos, teorías, invenciones o descubrimientos, entre otros. Por su parte, gestionar CCT implica la organización, administración y optimización de los recursos (humanos, materiales, financieros), así como los procesos para que la producción de CCT se concrete. A su vez, definir y gestionar políticas de ciencia y tecnología se entiende como una función estratégica de orden superior, generalmente gubernamental o institucional, que establece lineamientos, direcciones y prioridades, ya sean jurisdiccionales, organizacionales o sectoriales; o que impliquen niveles de financiación y marcos regulatorios que orientarán la actividad científico-tecnológica en su conjunto. Paralelamente, determina qué se investiga –agendas–, para qué fines y con qué recursos, buscando alinear la ciencia con los objetivos del ámbito y de la escala que se gestione. Por último, comunicar en el espacio público esos conocimientos consiste en la comunicación, divulgación y toda mediación de resultados, procesos e implicancias del CCT a distintas audiencias del espacio público –sean o no especializadas–. Su objetivo es informar, educar, generar confianza pública en la ciencia, fomentar la participación ciudadana y propiciar un diálogo social que conecte los hallazgos/desarrollos científicos tecnológicos con las necesidades, debates, oportunidades, la cultura y la sociedad en general.
1.3. Marco teórico
A partir de las distinciones expresadas hasta aquí, este trabajo busca especialmente establecer interacciones y correspondencias entre argumentos en torno al disenso y al consenso epistemológico y patrones de poder de la modernidad, con las cuatro acciones de las prácticas científicas. La mirada se integra en un marco teórico amplio, desde la Argentina y en tiempos del capitalismo tardío, global y transnacional (Lardone, 2019). Lentes analíticos complementarios –sin jerarquización de unos sobre otros–, que combinan aportes de autores de los estudios culturales latinoamericanos a partir del proyecto colonialidad-decolonialidad[7], con otros referentes teóricos como Michel Foucault, Bruno Latour e Immanuel Wallerstein. Asimismo, se recuperan nociones de especialistas en comunicación para el desarrollo[8].
Como parte del abordaje multidisciplinar, el marco crítico y político lo aporta el proyecto colonialidad/decolonialidad, desde donde es posible conectar y relacionar algunas de las bases de la Ciencia moderna y su supuesta neutralidad con las cuatro (4) acciones señaladas respecto al quehacer científico. Esto es, como ya se señaló, como prácticas sociales y políticas que no se desarrollan al margen de intereses individuales, gubernamentales o institucionales, sino sobre el reconocimiento de algunas de las huellas de la modernidad. Aquí, huella según la concepción foucaultiana que refiere a las marcas que dejan las prácticas discursivas e institucionales en el tiempo, tanto visibles como invisibles, y que permiten reconstruir, entre otros aspectos, cómo se constituyen saberes (Foucault, 1978).
2. Raíces moderno-coloniales
Como noción arqueológica/genealógica no lineal, las huellas muestran condiciones de aparición de enunciados, normas y prácticas, así como revelan relaciones de poder, exclusiones y transformaciones históricas. El mito de la neutralidad científica, según el cual la ciencia es un ejercicio puro, objetivo, universal y apolítico, es una de las falacias más constantes legadas por la modernidad. Una concepción que no solo presenta una imagen idealizada del quehacer científico, sino que también legitima estructuras de poder. Esto es, valida ciertos saberes mientras subalterniza otros. En sentido sociológico, el mito oficia como relato compartido que organiza creencias, legitima instituciones y ofrece certezas sobre el mundo, aunque simplifique u oculte contradicciones.
En la actualidad existe una diversidad epistémica-metodológica, que no obligatoriamente se atiene a parámetros exclusivamente objetivistas. Estas “otras” perspectivas, que proporcionan herramientas teórico-conceptuales particulares, pueden ser aceptadas, criticadas o rechazadas, pero no pueden ser negadas o ignoradas. Desde la propuesta de los estudios decoloniales, la modernidad creó la ilusión de un conocimiento des-incorporado y des-localizado, estableciendo que la epistemología occidental era el único camino válido para todas las regiones del planeta. En palabras de Mignolo: “vemos que la ‘historia’ del conocimiento está marcada geo-históricamente y además tiene un valor y un lugar de ‘origen’. El conocimiento no es abstracto y des-localizado. Todo lo contrario” (como se citó en Walsh, 2003, párr. 4). En este sentido, desde la teoría de la colonialidad del poder/saber pueden rastrearse algunas marcas de la interrelación entre geopolítica y epistemología para explorar qué se sitúa hoy tras/en/junto al sostenimiento del mito sobre la neutralidad científica. Una posición epistémica que indaga sobre cómo el saber moderno-científico se consolidó en la expansión colonial y ha reproducido jerarquías epistemológicas entre centros y periferias de conocimientos.
Para Dussel (2000), existen al menos dos formas de considerar la modernidad: una, eurocéntrica, provinciana, regional (p. 45). Enfoque que toma como puntos de partida de la modernidad fenómenos intraeuropeos, en los que Galileo Galilei, Francis Bacon o René Descartes serían los iniciadores del proceso moderno. La segunda consideración es definida por el mismo autor como “una determinación fundamental del mundo moderno, el hecho de ser –sus Estados, ejércitos, economía, filosofía, etc.–, ‘centro’ de la historia mundial” (Dussel, 2000, pp. 45-46). La centralidad de la Europa-latina en la historia mundial es, para este especialista, la “determinación fundamental de la modernidad”. De esta manera, la expansión portuguesa desde el siglo XV y el descubrimiento de América hispánica permitirían que “todo el planeta se torne el lugar de una sola Historia Mundial” (pp. 45-46). Para este pensador, aunque no el único, esta Europa moderna –desde 1492, centro de la historia mundial– constituye, por primera vez, a todas las otras culturas como sus periferias. Por ello, asevera que la modernidad nace realmente en 1492 y que América Latina queda, desde entonces, oficialmente instituida como una de esas “otras” culturas colonizadas e históricamente periféricas.
3. El conocimiento como producto geohistórico
Con el paso del tiempo, han existido sucesivos procesos de metropolización/periferización que pueden ser analizados desde la teoría del sistema-mundo propuesta por Wallerstein en 1974. Este autor operacionalizó categorías y dividió el mundo en centros (países dominantes y capitalistas), periferias (países proveedores de materias primas y mano de obra barata) y semiperiferias (países intermedios con características de ambos, que estabilizan el sistema). Desde allí, se expresa una jerarquía global de asimetrías y explotación económica, y no necesariamente una división política, donde el flujo de riqueza circula desde la periferia al centro.
Siguiendo esta categorización a escala subcontinental, también en la Argentina e incluso en cada una de sus jurisdicciones, la producción de CCT ha quedado y suele quedar, en general, atrapada en los vaivenes de las periferias y las centralidades tanto geográficas como epistémicas. Aquí, centros y periferias, al decir de Mignolo (citado en Walsh, 2005), “como un lenguaje pasado de moda, pero una situación histórica que no ha pasado de moda” (p. 8). Escenarios que no solo continúan vigentes, sino en los que es posible reconocer, al menos, cinco (5) distintas escalas de metropolización/periferización. Dicho de otro modo, una escala mundial, entre naciones y a partir de allí a nivel interno de los países; otra escala entre provincias; otra a nivel local/regional, entre distintos núcleos poblacionales de esas jurisdicciones provinciales; e inclusive una quinta escala hacia el interior de las poblaciones entre lo urbano-rural (Lardone, 2019).
A través de los años, fueron los centros académicos tradicionales desde donde se establecieron estándares y criterios “universales” de cientificidad. Según Beigel, especialista en sociología de la ciencia y en la circulación internacional del conocimiento:
También en las periferias mismas, donde se persiguió de manera obsesiva la ilusión de producir un conocimiento científico ‘puro’, ideado a imagen y semejanza del mito construido por aquellos centros. Una corriente nativista, casi telúrica, completó este trabajo de autoculpable minoridad, exigiendo a este conocimiento autóctono, además, una esencia propiamente nacional. (Beigel, 2013, p. 112)
Revisar la aseveración de Beigel hoy a partir de la distinción de Wallerstein (1974) sobre la existencia de centros, semiperiferias y periferias de conocimiento en el seno de la economía mundial sigue remitiendo a un modelo explicativo de diferenciación. En ese modelo, la periferia es siempre subordinada respecto a un centro dominante de producción y gestión de CCT. Es acertado, entonces, reconocer múltiples centros y periferias. Un reconocimiento y relacionamiento siempre disimétricos, fundados principalmente en una lógica de intercambio desigual.
4. Producir: Ciencia en singular y con mayúscula
Como acto fundamental de la investigación y el desarrollo científico, los investigadores y las investigadoras generan nuevas ideas, datos, teorías e invenciones; en ese contexto, escribir Ciencia en singular y con mayúscula inicial no es solo una convención gramatical o estilística, sino un gesto con significado crítico y esencialmente político. La principal crítica a la singularidad de “la Ciencia” es que, en primera instancia, genera un borramiento de la pluralidad. Vale decir, oculta la vasta diversidad existente de conocimientos, metodologías y aproximaciones al mundo. Asimismo, al referirse a “la Ciencia” como una unicidad, se invisibilizan las múltiples “ciencias” (naturales, sociales, humanas) y, más aún, las heterogéneas epistemologías, saberes locales, indígenas, comunitarios y otras formas de conocer que no necesaria ni exclusivamente se ajustan al modelo científico hegemónico de las centralidades.
En las huellas modernas puede rastrearse también el universalismo que, al igual que la singularidad, se enmarca en el contexto del llamado cartesianismo[9]. Fue el filósofo René Descartes quien buscaba una ciencia universal y única, fundamentada en la razón. Definido como el “padre de la filosofía moderna”, introdujo el método de la duda sistemática y la búsqueda de certezas indudables (“Cogito, ergo sum”), estableciendo un sistema único de verdades a partir de principios evidentes. Descartes aspiraba a una filosofía que unificara todas las ciencias, donde la matemática y la física se instauraban como modelos de conocimiento seguro, buscando leyes universales aplicables a todo, desde lo físico hasta lo metafísico, lo que le daba sustrato instituyente a una “Ciencia” con mayúscula.
Es precisamente desde la singularidad desde donde se promueve la idea de una única forma válida de conocimiento universal, descontextualizado y supuestamente objetivo. Implica, en el sentido de la teoría decolonial, un monotopismo[10] (Mignolo, 2001), donde hay un único punto de vista legítimo. Una imposibilidad impuesta para pensar fuera de las categorías, saberes y lógicas de la modernidad occidental. Igualmente, oculta que el conocimiento es un “campo de lucha y de tensión” donde se ponen en juego diferentes representaciones de la verdad y la realidad (Walsh, 2001). La unidad atribuida despolitiza, neutraliza las tensiones inherentes.
En consecuencia, la producción de conocimientos desde la construcción de “la Ciencia” como singular ha sido una herramienta política para establecer una jerarquía epistémica. Legitimó el conocimiento occidental moderno como el estándar universal y superior, subalternizando o deslegitimando activamente otras formas de saber. Esto se vincula directamente con las estructuras de poder colonial y la colonialidad del saber (Quijano, 2000; Lander, 2006; Walsh, 2005), donde lo que no se produce en los centros hegemónicos no alcanza a ser considerado conocimiento lo suficientemente legítimo. Es decir, un CCT reconocido por las instituciones hegemónicas –centros académicos, editoriales, agencias de evaluación– que lo creen válido, reproducible y merecedor de apoyo y visibilidad. Al postular una Ciencia unificada se facilita la imposición de agendas, métodos y criterios globales de evaluación.
Como síntesis de este apartado, cabe decir que quienes controlan los centros de poder (Latour, 1987) definen qué es ciencia legítima, qué es un/a “científico/a valioso/a” y qué es un “desarrollo correcto”, generando inclusiones y exclusiones. Todo ello como instrumentos de control y normalización (Foucault, 1978). Aunque el teocentrismo quedó desplazado por el positivismo, la mayúscula confiere a la “Ciencia” el estatus de un nombre propio, una institución reverenciada, casi una entidad trascendente por encima de las contingencias humanas y políticas. Esto la eleva a una categoría que parece infalible e incuestionable, dotándola de una autoridad cuasi religiosa.
5. Gestionar: autoridad y legitimidad
La gestión del CCT suele parecer que también surge de un lugar “neutro”, de una “vista desde ninguna parte” (Haraway, 1988), cuando en realidad es el resultado de decisiones, intereses y contextos humanos y donde “lo objetivo” debe construirse desde posiciones concretas que reconozcan sesgos, intereses y relaciones de poder. No es solo un conjunto técnico de tareas, es el mecanismo por el cual se materializan decisiones, intereses y, siguiendo a Latour (1987), redes socio‑técnicas que sustentan la producción del conocimiento. Esto es entender la ciencia como una red de actores humanos y no humanos interconectados, de instituciones, leyes, equipos, laboratorios, recursos, instrumentos y financiamiento que la constituyen. Si la ciencia aparece como entidad despersonalizada y aparentemente neutral, la organización, administración y optimización del CCT muestran que esos resultados dependen de elecciones humanas, subjetivas. Están supeditados a prioridades institucionales, organización de agendas, asignación de recursos, gestión de financiamiento y estrategias de gobernanza, entre otros. La fortaleza o debilidad de esta red depende directamente de las decisiones políticas. Desde el análisis latouriano se refuta la neutralidad científica al mostrar que la ciencia funciona cuando la red socio-técnica es sostenida políticamente, no por su propia autonomía, ya que no la tiene.
Así, la práctica de gestión convierte en actos administrativos y políticos aquello que se invoca como autoridad científica para trabajar en nombre de la Ciencia. En una misma acción legitima decisiones y políticas institucionales precisamente porque la gestión y sus actores imprimen a ese nombre intereses concretos y relaciones de poder dentro y fuera de la comunidad científica. No obstante, y según como se viene expresando, si la Ciencia es una entidad superior, despersonalizada y abstracta, entonces sus resultados parecen escapar a los intereses individuales, políticos o económicos. Reinterpretando, se convierte en un concepto desvinculado de los individuos concretos que la producen.
Cuando una acción se realiza en nombre de la Ciencia, su validez se presume automática; es legitimada. Una legitimidad vinculada a regímenes de poder-saber y discursos que normalizan determinados conocimientos (Foucault, 1980). Siguiendo a Escobar (1996), esto permite gobernar el desarrollo nacional y territorial a través del saber científico que se convierte, al decir de Foucault (2006), en un instrumento de gobierno. Desde esta perspectiva, sacralizar la producción y fundamentalmente la gestión del CCT funciona como un velo eficaz que invisibiliza intereses políticos, económicos y geopolíticos que realmente impulsan las agendas de investigación y desarrollo. Como se señala, “la ciencia suele revelar exactamente lo que los grupos de poder necesitan que revele. Es un recurso político, no solo epistemológico” (Lardone, 2006).
Del mismo modo, desde la perspectiva de Foucault (1978), la Ciencia no revela una verdad universal preexistente, sino que produce “regímenes de verdad”, concebidos como formas históricas de establecer qué es legítimo, válido, quién tiene autoridad para hablar y desde dónde. La legitimidad ocurre solo cuando se realiza o procede de ámbitos académicos acreditados. Un ejemplo de ello en la Argentina, solo uno, es la carrera de investigador/a científico/a formalmente instituida en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas (Conicet). Una institución reconocida internacionalmente que suele ser referenciada, casi exclusivamente, como sinónimo de ciencia, cuando no de Ciencia. Una reducción que suele dejar por fuera del reconocimiento y la legitimidad la producción de conocimientos en otras instituciones del amplio ecosistema que da forma al SNCT. Y en ese acto, por ejemplo, poner en jaque las agendas subnacionales en el marco de un país federal como es la República Argentina. El hecho de que el Conicet actúe como único reconocimiento formal configura y reproduce un régimen de verdad científico: define qué cuenta como ciencia, quién la produce y cómo se distribuyen recursos y, fundamentalmente, prestigio. Esto tiene efectos normativos y distributivos, por ejemplo, sobre la pluralidad epistemológica y la equidad territorial, dos aspectos que dan cuenta del funcionamiento de la ciencia dentro de relaciones de poder y lejos de una neutralidad preexistente.
6. Definir y gestionar políticas: ciencia como dispositivo de poder
A los fines de llevar el hilo conceptual, se vuelve a señalar que la ciencia se encuentra imbricada en matrices de poder, decisiones políticas, desigualdades territoriales y lógicas globales. Desde los regímenes de verdad foucaultianos, quienes producen y gestionan políticas científicas en ámbitos como las universidades –públicas y privadas, instituciones de investigación sectoriales e incluso entidades del tercer sector que generan conocimiento– pueden ser reconocidos como productoras/es de CCT, mas no siempre legitimados/as. En simultáneo con los regímenes de verdad, Foucault (1978) define un dispositivo como un ensamblaje de prácticas, discursos, instituciones, leyes, tecnologías y saberes que orientan la conducta de individuos y poblaciones.
El SNCTI, con leyes vigentes[11], instituciones, programas, financiamiento, infraestructuras, discursos de legitimidad, diagnósticos territoriales y actores sociales de distinta índole –investigadores/as, autoridades, etc.–, funciona como un dispositivo. Desde la definición de políticas y su gestión, el objetivo estratégico de este dispositivo es “gobernar” el desarrollo nacional y territorial a través de la ciencia. Aquí el CCT no es solo un fin, sino que se ubica como el medio para un objetivo ulterior. En este sentido, los textos, los documentos, son la formulación discursiva, narrativa, de este dispositivo que, como cualquiera de ellos, se analiza por su historia, sus condiciones de aparición y los efectos que produce y da cuenta de que el mito sobre la neutralidad de la ciencia es una falacia.
6.1. Análisis interpretativo de un documento como dispositivo de poder
En 2021, se presenta en el espacio público el documento producido desde el ex MINCyT, denominado Hacia una política de Estado. Ciencia, Tecnología e Innovación 2019-2023. Una acción gubernamental estratégica, concebida como parte de una política pública con horizonte plurianual, que buscó orientar acciones tanto del entonces ministerio como del SNCTI. Un trabajo que, desde el enfoque de Foucault, produjo un nuevo régimen de verdad sobre la ciencia en la Argentina, definiéndola como política de Estado, desarrollo y soberanía. Como acto de gestión política, el texto expuso a la ciencia no como neutral, sino como productora y reproductora de verdades que habilitan ciertas prácticas y desautorizan otras. Inserta el CCT en una matriz donde se materializa el vínculo entre el poder/saber, donde el CCT emerge como campo de gobierno. Para Foucault (1970), el saber y el poder son inseparables. Cada producción de conocimiento habilita nuevas formas de gobernar. El saber científico se convierte en poder técnico para gobernar territorios. Como indica el propio documento:
El MINCyT tiene que ocupar un rol de conducción al interior del Sistema, de fijar políticas y de articular acciones. El Ministerio debe tener la autoridad necesaria para coordinar políticas de ciencia, tecnología e innovación, lo cual no quita que los organismos tengan sus propias atribuciones y poder de decisión. El trabajo conjunto entre las distintas instituciones que integran el SNCTI es el mejor camino para resolver ciertos problemas que son transversales a ellas, y esa articulación se tiene que dar a través de la ejecución de programas que incentiven el crecimiento del Sistema, apuntando a una política científica democrática, federal y soberana. (Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación [MINCyT], 2021, p. 39)
La afirmación precedente muestra cómo parte de la producción normativa del entonces ministerio materializa el vínculo poder/saber y convierte el conocimiento científico en un dispositivo técnico para gobernar. Asimismo, incorpora el criterio de federalización como parte de la política científica. Entendiéndola, por ejemplo, no solo como una distribución de recursos, sino como una forma de gobernar las periferias territoriales argentinas a través del saber científico. “Las Agendas Territoriales […] son el resultado de un trabajo colaborativo con las 24 jurisdicciones […] es la primera vez que las jurisdicciones participan de manera tan activa y protagónica en la planificación de sus propias agendas científicas y tecnológicas” (MINCyT, 2021, p. 19). Paralelamente, las estadísticas, diagnósticos y agendas presentadas en el documento del ex MINCyT actúan como tecnologías de gobierno, permitiendo ordenar el SNCTI, planificar, intervenir y legitimar decisiones políticas. “El CONICET concentra en 2023, 12.442 investigadores/as de carrera (CIC) […] Se dice que esta institución se revela como un actor central para la formación y desempeño de los recursos humanos del SNCTI” (MINCyT, 2021, p. 22). En este sentido, el conocimiento produce gobernabilidad.
Asimismo, el documento plantea la reconfiguración del sistema científico –el paso de secretaría, vigente hasta 2015, a rango de ministerio desde 2019– como un ejercicio de poder que aumenta la capacidad estatal de producir, direccionar y controlar el CCT estratégico. “Por eso, una de las primeras medidas […] fue la restitución a su rango al Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación. Esta decisión […] demostró inmediatamente la relevancia que tendría la política científica-tecnológica” (MINCyT, 2021, p. 9). El Estado produce saberes para gobernar y gobierna produciendo saberes.
En la misma clave, los sistemas de saber clasifican, ordenan y normalizan (Foucault, 1978). El documento del MINCyT (2021) normaliza qué es “ciencia legítima” (I+D, proyectos estratégicos, publicaciones, agendas gubernamentales, laboratorios, organismos del SNCTI), qué es un/a científico/a “valioso/a” (doctorado, publicaciones, pertenencia, participación en temas estratégicos), y qué es un desarrollo “correcto” (agregación de valor, soberanía, innovación, inclusión territorial). Estas normalizaciones definen inclusiones y exclusiones. El documento reconfigura los criterios de normalidad en el campo científico argentino. “El Plan Nacional de CTI 2030 […] se basa en la premisa de que el Estado debe constituirse como garante de derechos, productor de conocimiento y articulador de la inversión pública y privada” (MINCyT, 2021, pp. 31-33).
6.2. Modificaciones en el régimen de verdad: dispositivo 2025-2026
Hasta aquí se ha sostenido que, como dispositivos, los documentos emanados desde el Estado son referencias explícitas de cómo una política pública configura un régimen de verdad. Si el documento del ex MINCyT (2021) configuró un régimen de verdad que articuló saber y poder en torno a una política científica estatal, a partir de diciembre de 2023 se reorientó la gestión de políticas públicas de ciencia y tecnología y comenzó a construirse un nuevo régimen de verdad sobre la ciencia en la Argentina y su no neutralidad. Los puntos clave de la política científica 2024-2026 pasan por una reestructuración institucional que instituye un nuevo cambio de rango donde se convierte el anterior ministerio en secretaría, y con ello aparecen, también, readecuaciones presupuestarias e interrupciones de financiamiento de líneas, programas y proyectos de corte más tradicional.
El presente documento denominado Lineamientos Estratégicos en Innovación, Ciencia y Tecnología (2025-2027), tiene por finalidad guiar la implementación del Plan Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación 2030 (PNCTI2030) aprobado por consenso por el Congreso Nacional mediante la Ley 27.738 en el año 2023, en tanto sostiene una dinámica de mejoramiento continuo basada en el pluralismo de actores y enfoques, en el aprendizaje derivado de su implementación, y en la necesidad de atención a nuevas cuestiones emergentes. (Resolución 282 de 2025, Anexo I, p. 1)
Este dispositivo 2025-2027 se presenta como la guía operativa para implementar el Plan Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación 2030, y pone el acento en el pluralismo de actores, el aprendizaje institucional y la atención a cuestiones emergentes. Prioridades que, en algunos casos, confluyen, y en otros contrastan con el régimen de verdad y las tecnologías de gobierno delineadas y expresadas en el documento del 2021. En principio, del escrito se desprende que el Estado tendrá un rol más limitado y el énfasis será hacia lo productivo. Bajo este marco, se priorizan áreas consideradas estratégicas –como inteligencia artificial, biotecnología, nanotecnología, tecnología espacial y satelital y tecnologías de la información y la comunicación–, prevaleciendo un enfoque mucho más cercano al mercado que a las agendas institucionales y territoriales del SNCTI. Expresado en los considerandos del acto administrativo: “Que, para ello, se propicia la vinculación del sistema científico y tecnológico con el sector productivo, orientando los procesos de innovación en torno a los siguientes ejes estratégicos: agroindustria, minería y energía, salud y economía del conocimiento” (Resolución 282 de 2025, Anexo I, p. 1).
El nuevo régimen de verdad busca transicionar desde una ciencia financiada principalmente por el Estado a una mayor participación privada, enfocada en la rentabilidad y la competitividad internacional, en medio de un contexto de severa reducción del gasto público.
La selección de las áreas económicas y tecnologías se sustenta en criterios objetivos que consideran su aporte actual y potencial al desarrollo económico, la competitividad internacional y la capacidad de dinamizar cadenas de valor. Ello responde, principalmente, a la necesidad de orientar la política pública hacia sectores con mayor impacto en la economía nacional y en la mejora de la calidad de vida de la población. (Resolución 282 de 2025, Anexo I, sección 2, p. 3)
La elección de prioridades evidencia intereses económicos y políticos que orientan la ciencia hacia fines concretos. La asignación de recursos revela valores y poder: financiar determina qué conocimientos permanecen y cuáles quedan al margen. La estructura de gobernanza define quién tiene voz y poder para legitimar conocimientos. No es neutral. La menor participación restringe la pluralidad epistemológica y favorece visiones dominantes. La continuidad o cierre de programas muestra cómo los intereses políticos/económicos moldean la producción científica. Igualmente, el marco epistemológico prioriza ciertos tipos de conocimiento sobre otros.
Para finalizar este apartado, cabe señalar que ambos dispositivos producen y reproducen jerarquías epistémicas. No interroga, define qué se investiga, quién investiga, para quién y con qué finalidad son los interrogantes transversales. Un acercamiento interpretativo de ambos textos/discursos como dispositivos que soportan regímenes de verdad permite aproximarnos a ver cómo la ciencia se inscribe en relaciones de poder y cómo las políticas públicas la orientan –no neutralmente–, ya que determinan los fines, sujetos y modalidades de la producción, gestión e incluso circulación del CCT. Decidir qué se comunica en el espacio público y cómo influye, por ejemplo, en la legitimidad de lo que se valora y considera como ciencia y científico.
7. Comunicar: ciencia como narrativa y tecnología de poder
Como uno de los atributos asignados al campo comunicacional, la circulación del CCT se inserta en relaciones de poder y decisiones políticas y se entiende que “lo científico es parte intrínseca de lo político” (Uranga, 2007, p. 2). Del latín communicare, que significa ‘poner en común’, la acción de comunicar ciencia se instala en la complejidad de lo comunicacional. La definición más básica de comunicación es aquella que la ubica como transmisión de información. Otro lugar común es referenciarla, generalmente, en asociación con los medios –físicos o digitales–. No obstante, como práctica sociocultural, la comunicación se configura en los límites de varias disciplinas con fronteras siempre en disputa (Lardone, 2009, p. 23). Lo científico como concepto adjetiva, y al hacerlo focaliza un campo de la práctica comunicacional.
Desde un enfoque crítico, Uranga (2010) concibe la comunicación como una práctica política, colectiva, territorial y dialógica, donde se disputan sentidos sobre lo común. Para este autor, la comunicación es constitutiva de la sociedad y produce sentidos mediante negociación entre actores (Uranga, 2007). En relación con la ciencia, significa que los conocimientos científicos circulan, se interpretan y se resignifican en contextos culturales y políticos; su autoridad no se ejerce en el vacío. Para el referente, la comunicación no solo transmite datos, sino que produce, negocia y resignifica sentidos colectivos (Uranga, 2007, pp. 3-6). Cuando un conocimiento científico circula, deja de ser solo técnica y se convierte en discurso social que se interpreta en contextos culturales específicos. Cabe aquí una distinción que no es un juego de palabras: una cosa es la comunicación científica y otra es la comunicación de la ciencia en el espacio público.
Desde esta clave, la comunicación como práctica inherente a la producción y gestión científica debe reconocer que la recepción pública reconstruye el sentido del conocimiento científico. De este modo, Uranga (2007, p. 2), en referencia a Frei Betto, afirma que la ciencia no es ajena al orden político; sus preguntas, prioridades y aplicaciones están inmersas en relaciones de poder. Aplicado a la comunicación de la ciencia, comunicar como si la ciencia fuera neutral oculta decisiones políticas y valores subyacentes. Una afirmación que requiere entender la comunicación como proceso social y productor de sentido (Uranga, 2007, pp. 3-6).
Ciencia y comunicación, ambas como inseparables de lo político, cultural y material. La comunicación de la ciencia debe asumir esa no neutralidad –hacerse responsable, transparente, participativa y transdisciplinaria– para contribuir a una deliberación pública informada y a procesos de cambio social legítimos. Los enunciados de la producción y gestión científica no forman parte ni de una práctica ni de un proceso neutral ni descontextualizado. Sus enunciados, prioridades y mecanismos de legitimación se constituyen en redes comunicacionales e institucionales que configuran lo que puede ser reconocido como conocimiento válido. Rechazar el mito de neutralidad implica, por ejemplo, reconocer públicamente valores, supuestos y financiamiento que orientan la investigación, tal como se expuso en el apartado 6 de este trabajo con los ejemplos de los documentos como dispositivos.
En síntesis, circular conocimiento científico y comunicarlo en el espacio público es un proceso que, además de comunicacional, es político. Lejos está de ser solo transferencia de datos, de mensajes entre emisores y receptores. Es una producción discursiva que disputa sentidos en condiciones culturales y de poder. Por eso la comunicación científica debe ser transparente, situada, participativa y transdisciplinaria para que sea legítima y transformadora. No obstante, es necesario reconocer que algunos grupos –clases, instituciones– tienen mayor capacidad para imponer sentidos. La comunicación científica que no cuestiona esas y otras asimetrías refuerza la falsa neutralidad. Visibilizar la ciencia mediante comunicación crítica y estratégica transforma asuntos privados, reservados a “entendidos/as” o periféricos, en objetos de debate público, posibilitando deliberación, demandas políticas y cambios materiales. Cuando un conocimiento científico circula, deja de ser solo técnica y se convierte en discurso social que se interpreta en contextos culturales situados.
8. Consideraciones finales: qué se investiga, para quiénes y qué se comunica
La neutralidad de la ciencia y sus prácticas, como un mito y como narración social, cumple múltiples funciones, tanto simbólicas como prácticas. Desarmar el mito de la neutralidad no deslegitima la ciencia; la fortalece. Interpelar el mito se convierte en una condición necesaria para construir conocimiento científico-tecnológico con perspectiva emancipadora. Esto implica avanzar hacia la búsqueda de una soberanía epistémica que reconozca la diversidad de modos de conocer; que valore los saberes locales y comunitarios, y que promueva desarrollos territoriales inteligentes que sitúen a los sujetos y sus historias en el centro.
Es urgente incorporar mecanismos participativos y democráticos en la agenda científica para que la investigación responda a necesidades colectivas y no solo a intereses particulares. Paralelamente, es necesario asumir la responsabilidad de transparentar procesos, diversificar voces y visibilizar impactos. Por último, la producción de conocimiento debe regirse por criterios éticos que prioricen el bienestar humano y ambiental frente a beneficios exclusivamente económicos o de mercado. Si la ciencia y sus acciones –producir, gestionar, decidir y ejecutar políticas y comunicar– son entendidas como una práctica sociopolítica, tienen el potencial de ser un instrumento para la construcción de mundos posibles más justos, equitativos y sostenibles. Una de las tantas formas de contribuir a debates sobre soberanía epistémica, pluralidad de saberes y democracias científicas.
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- Una aproximación al positivismo lo identifica como corriente filosófica cuyo inicio puede ubicarse a partir del siglo XIX. Dejó atrás el teocentrismo predominante en la Edad Media. Sostiene, básicamente, que el único conocimiento auténtico y legitimado es el reconocido como científico. Una legitimidad que solo puede surgir de la afirmación positiva de las teorías, a través del método científico.↵
- A los efectos de este trabajo, cuando se utilice la palabra Ciencia se refiere a una conceptualización operativa para denotar la ciencia moderna dominante y su carácter reduccionista implícito y asociado a las verdades verificables. Paralelamente, utilizar la palabra ciencia corresponde a interpretar el concepto como un conjunto de conocimientos reconocidos como científicos, sin focalizar en una corriente de pensamiento de pertenencia. Para esta última acepción, en este trabajo, se utilizarán indistintamente ciencia o conocimiento, y también CCT –como siglas que denotan conocimiento científico tecnológico–. ↵
- Siguiendo la teoría del sistema-mundo de Immanuel Wallerstein, desarrollada en 1974.↵
- El Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología está integrado por: Administración de Parques Nacionales (APN), Administración Nacional de Laboratorios e Institutos de Salud (ANLIS), Banco Nacional de Datos Genéticos (BNDG), Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), Consejo de Rectores de Universidades Privadas (CRUP), Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), Instituto Antártico Argentino (IAA), Instituto de Investigaciones Científicas y Técnicas para la Defensa (CITEDEF), Instituto Geográfico Nacional (IGN), Instituto Nacional de Desarrollo Pesquero (INIDEP), Instituto Nacional de Prevención Sísmica (INPRES), Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), Instituto Nacional del Agua (INA), Servicio de Hidrografía Naval (SHN), Servicio Geológico Minero Argentino (SEGEMAR), Servicio Meteorológico Nacional (SMN). También por instituciones y organizaciones actuantes en el orden provincial y regional.↵
- Colonialidad del saber es una idea conceptual vinculada originalmente al trabajo de A. Quijano y la perspectiva decolonial. Enfatiza continuidades entre dominación colonial y jerarquías epistémicas contemporáneas (Universidad, revistas científicas, políticas de ciencia).↵
- Donna Haraway fue quien, en 1988, en su ensayo “Situated Knowledges: The Science Question in Feminism and the Privilege of Partial Perspective”, desarrolló con mayor fuerza teórica el concepto de conocimiento situado, incorporando así la crítica feminista a la ciencia moderna.↵
- Algunos referentes del proyecto colonialidad/decolonialidad son: A. Quijano, E. Dussel, E. Lander, W. Mignolo, A. Escobar, C. Walsh y J. Cajigas-Rotundo, entre otros y otras. Su enfoque crítico contemporáneo se articula desde América Latina, pero no se circunscribe a esta, permite reflexionar acerca del sentido de pensar desde las especificidades históricas y políticas de las sociedades. Para esta corriente, la colonialidad es nodal como categoría conceptual, puesto que en ella se sostiene la transición del colonialismo moderno a la colonialidad global actual.↵
- Los referentes de la comunicación para el desarrollo se centran en superar visiones unidireccionales, adoptando enfoques participativos y críticos. Algunos de ellos son J. Martín Barbero, P. Freire, W. Uranga, A. Gumucio, R. M. Alfaro, L. R. Beltrán, entre otros y otras. Corriente que contrasta con paradigmas que miran “la comunicación”, para dar lugar a entender la comunicación como un proceso de diálogo, intercambio equitativo y construcción colectiva de conocimiento para el cambio social.↵
- Cartesianismo deriva del nombre latino de Descartes: Cartesius. Se utiliza para designar a) sus doctrinas; b) su influencia; c) los debates en torno a las doctrinas cartesianas y a varias interpretaciones de estas. ↵
- Mignolo (2001) plantea el monotopismo del pensamiento moderno, donde el mito de la neutralidad asume un observador sin ubicación específica, y la invisibilización de lo “otro”.↵
- Ley 27614 de Financiamiento del Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación en Argentina, aprobada en 2021 y Ley 27738 de Plan Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación 2030, sancionada en octubre de 2023.↵






