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4 Acontecimiento y opinión pública

Eventos inesperados como catástrofes naturales o artificiales, la expansión de un virus planetario, muertes de personalidades políticas relevantes, atentados terroristas o incluso el ascenso electoral veloz de un candidato, entre muchos otros sucesos, pueden provocar un giro radical en la opinión pública hacia escenarios impensados antes de la ocurrencia del evento. Estas situaciones a veces denominadas “cisnes negros” o “serendipia” en el sentido de un hallazgo o situación impensada, suelen tener al menos cinco características, su aparición es inesperada, interrumpen el orden vigente, generan nuevas subjetividades en la sociedad o en buena parte de ella, posibilitan el ascenso de opiniones minoritarias o dominadas y finalmente pueden generar o acelerar cambios políticos.

Se propone en este capítulo realizar una revisión del concepto teórico de acontecimiento, que, si bien tiene una larga tradición en el pensamiento occidental, aquí se trata de vincular su capacidad de producir permutaciones en el sentido común y en su dimensión performativa con su capacidad de generar cambios políticos, buscando desplegarse de su faceta esencialista.

El fenómeno del acontecimiento y su impacto en la opinión pública es un aspecto poco explorado en la bibliografía reciente, relevante por su potencial de introducir cambios en la sociedad asociado a su capacidad de movilizar a la opinión pública. Proveniente etimológicamente del latín, la palabra acontecimiento es la sumatoria del prefijo “a” y del verbo “contingere” y según la definición de la Real Academia Española se trata de un “hecho o suceso, especialmente cuando reviste cierta importancia”.

A partir de la premisa que se trata de un suceso de importancia social, se analizará -sin ánimo de agotar la cuestión- las implicancias del concepto a partir de su caracterización filosófica-política presente en autores que prestaron especial interés sobre la cuestión como Jacques Rancière, Alain Badiou, y Gilles Deleuze.

En segunda instancia se propondrá un giro más pragmático del concepto recuperando su rol en la historia, pero también en la institución de lo social a través de los aportes de René Loreau ampliando la mirada desde el cruce entre el psicoanálisis, la psicología social y el análisis institucional realizado por el autor en los años sesenta y setenta. Desde la perspectiva de la opinión pública se abordará tanto el acontecimiento como el micro acontecimiento (aquellos sucesos relevantes, pero a escala local o de importancia para determinados grupos) como “shift” o bisagra de clima de opinión y que pueden introducir cambios en un resultado electoral o iniciar procesos de reforma. También en este plano se pueden mencionar las políticas del acontecimiento, es decir, aquel conjunto de acciones de carácter deliberado que tiene por objetivo producir transformaciones sociales, políticas o económicas. Estos factores sin dudas están vinculados a su faceta mediática característica de la era de las mediatizaciones, cuestión que fuera abordada por Eliseo Verón en tanto a la producción social del sentido vinculada al principio de inter discursividad que es propia del acontecimiento desde el punto de vista semiótico.

Finalmente, y a modo de cierre se platearán algunas críticas a la noción, en base a la reapropiación del concepto para designar a eventos sin potencial de cambio social, es decir a la cotidianización del acontecimiento.

Perspectivas del acontecimiento

Jacques Rancière plantea que generalmente “se denomina política al conjunto de los procesos mediante los cuales se efectúan la agregación y el consentimiento de las colectividades, la organización de los poderes, la distribución de los lugares y funciones y los sistemas de legitimación de esta distribución” (2010, pág. 43). A este sistema el autor propone darle el nombre de “policía” u “orden policial”. En cambio, reserva el nombre de política a una actividad antagónica de aquella, en donde se rompe la configuración sensible de la organización de las partes, una ruptura manifiesta en actos que vuelven a representar el espacio donde se definían las partes, o sus ausencias.

Es inevitable determinar que entre las dos definiciones existe una diferencia sustantiva dónde el “orden policial” parece ser el determinante en los efectos de lo instituido para Castoriadis (1975). Para Rancière un acontecimiento político introduce un cuestionamiento a una determinada división de lo sensible, “pudiendo afectar el régimen mismo de la creencia según la cual una serie de hechos se comprueba como acontecimiento singular y acontecimiento subsumido en la categoría de lo posible”. (2010, pág. 160) El acontecimiento abre el orden policial que normativiza y jerarquiza cuerpos y lugares, mostrando que detrás de la apariencia de un orden natural existe un conjunto de prácticas de poder naturalizadoras y naturalizadas. En síntesis, para Rancière el acontecimiento político es ruptura y novedad de lo imposible, estableciéndose por fuera de las condiciones previas. Se debe observar que el “régimen de creencias” ocupa un rol central en la conformación de la humanidad desde sus orígenes.

Desde la perspectiva de Alain Badiou existe una “complicidad ontológica” que articula los conceptos de verdad, acontecimiento y sujeto: la verdad se despliega en el acontecimiento y se propaga en la elaboración de un esfuerzo subjetivo siempre incompleto. Desde aquí la “verdad” no es un problema teórico, sino ante todo una cuestión práctica; no es la adecuación de un saber a su objeto, sino algo que llega, un punto de exceso, una excepción acontencimental [événementielle, neologismo, relativo al acontecimiento] esto es, un proceso de donde emerge algo nuevo. Este plano vincula al acontecimiento con el factor instituyente que modifica las percepciones sociales de los agentes.

El acontecimiento puede ocupar el rol del “ser significante” que transforma “la alquimia mental” reconstruyendo una subjetividad ahora modificada, donde se combina con los elementos propios de la “ecuación personal” que incorpora y mezcla los componentes de la realidad psíquica presente en los sujetos, esto es pensamiento lógico y abstracto, morfología emocional, percepciones, creencias, imaginación, resignificación de los recuerdos y evocaciones, todo reunido para transformar la significación de algo; como resultado de la intención de una conciencia. En este plano el concepto de acontecimiento irrumpe como primordial, en el marco de la producción de una episteme liminal y rizomática, por tratarse de epistemes definidas por su capacidad para desatar la creación, para transgredir las fronteras establecidas, para problematizar, para producir sentidos y hacerlos circular, así como para fracturar las clausuras y encerramientos del pensamiento. El acontecimiento se enuncia en clave relacional y se concibe como devenir, como trayecto, como transcurrir de la actividad y la experiencia humana, concretas, pero no predeterminadas.

Para Slavoj Žižek el eje del edificio teórico de Badiou es la brecha entre el ser y el acontecimiento; el “ser” es el orden ontológico positivo accesible al saber, la multiplicidad infinita de lo que “se presenta” en nuestra experiencia, categorizado en géneros y especies de acuerdo con sus propiedades” (1991, pág. 139). El ser genera un exceso de la re-presentación sobre la presentación: la agencia genera el pasaje de una situación a un estado que está siempre en exceso respecto a la estructura, por ejemplo, el Estado (en el sentido del orden policial) frente a la sociedad civil. El ser condenado a la estructura. Sin embargo, “de tiempo en tiempo, de un modo totalmente contingente, impredecible, fuera del alcance del saber sobre el ser, se produce un acontecimiento que pertenece a una dimensión totalmente distinta: precisamente la dimensión del no-ser” (1991, pág. 140). El ejemplo que da Badiou (y continúa Žižek) es la Revolución Francesa como acontecimiento que devela la verdad de la situación, haciendo visibles los excesos e inconsistencias del Ancien Régime. El acontecimiento crea al sujeto como emergencia contingente finita: el sujeto sirviendo a una verdad que lo trasciende.

Para Deleuze una vida (singular) sólo contiene virtuales, conformada por virtualidades, acontecimientos, singularidades. Lo virtual no es la ausencia de realidad, sino que se implica en un proceso de actualización acompasado al plano que le otorga su realidad propia. “El acontecimiento inmanente se actualiza en un estado de cosas y en un estado de vivencia que hacen que ocurra”. (2008, pág. 350). Por esto el acontecimiento propone un salto, una discontinuidad con una situación con el orden policial planteado por Rancière. Es un salto en el vacío radicalmente contingente y sin fundamento, dado que se enfrenta a la brecha que en una situación determinada (como la Revolución Francesa) introduce lo político. Para Derrida (1998) cada vez el acontecimiento es repetición, una primera y una última vez, pero siempre completamente distinta, una puesta en escena para un fin de la historia. Por eso mismo la denomina “fantología”, por su categoría de fantasmal como aquello que aparece, desaparece y deja secuelas.

El acontecimiento como analizador social

Una concepción original sobre el acontecimiento se puede encontrar en Nietzsche, para quien el acontecimiento es inseparable de la concepción del gran ser humano. En este autor es posible distinguir entre dos políticas del acontecimiento (Lemm, 2011). En primera instancia, la referida a la “pequeña política” (kleine Politik), es decir aquella multitud de sucesos vinculados a las políticas de Estado o de las instituciones religiosas y morales cuya intención es producir condiciones que favorezcan el surgimiento de grandes seres humanos. En su segunda concepción Nietzsche hablaba de una gran política (große Politik) del acontecimiento por fuera de toda institución política o moral particular, donde el propósito no es cambiar el curso del tiempo, sino que afirmar la eternidad del momento. En el centro de esta política se ubica la concepción de idea del amor fati (amar el destino). Para el propósito de comprender el vínculo entre la opinión pública y el acontecimiento quizás sea más relevante atender a la pequeña política como sucedáneo del “pequeño acontecimiento”.

También Kant, en “El conflicto de las facultades”, advierte sobre el poder simbólico de las grandes revoluciones, producido no tanto por ser sucesos llenos de dramatismo, sino en cuanto acontecimientos que tiene la capacidad de dejar huellas en la memoria. Lo relevante es identificar las posibilidades de modificar a un conjunto del entorno social a la luz de un acontecimiento, aún sin haber participado directamente o haber sido actores fundamentales, establecen una relación con ese acontecimiento. Es la huella de ese acontecimiento, su capacidad de transformación, lo que es relevante. Muchas veces las revoluciones sociales no logran otra cosa que cristalizar esos cambios, fijarlos en la memoria de muchos:

En esta visión iluminista de la historia, Kant enfatiza en el impacto de los acontecimientos sobre los espectadores, antes que en la estética misma del espectáculo revolucionario; porque si el entusiasmo prende en esa audiencia lejana, ello estaría significando que la población toda está observando la posibilidad de progreso continuo y apropiándose de grandes ideas que ya no aparecen como inaccesibles (Useche Aldana, 2012, pág. 97).

Si hechos, situaciones, e incluso escándalos políticos suelen generarse en todas las sociedades todo el tiempo como viene dando cuenta la prensa sensacionalista desde hace muchos años (Davis & McLeod, 2003), la irrupción del acontecimiento político reúne ciertas características particulares que puede provocar un cambio o incluso la ruptura en el clima político y social en un momento específico y por eso reúne ciertas características particulares que lo convierten en singular:

  • El acontecimiento es inesperado.
  • Debido a su emergencia imprevista, el acontecimiento político provoca una interrupción del orden vigente.
  • Cambia los escenarios previsibles acelerando o mutando la dirección del orden político.
  • El acontecimiento es productivo, genera nuevos sentidos y percepciones (no es la expresión o el resultado de unas condiciones dadas, sino que las crea); no encuentra ningún fundamento último como causa de su acontecer (ni un actor, ni unas condiciones estructurales, ni cualquier otro), es indecidible; y, por último, no se produce en la nada, está materialmente situado.
  • El acontecimiento descubre una serie de enunciados performativos, es decir una invitación a la acción.

Existen múltiples interpretaciones y adquisiciones del acontecimiento, sin embargo. las características citadas se distancian de la “metafísica de la presencia” abandonando concepciones sustancialistas y esencialistas introduciendo multiplicidades y abriendo la posibilidad transformadora de un elemento (o conjunto de elementos) en que están involucrados en una presencia plena.

Lo inesperado del acontecimiento cumple de alguna forma la función de “magia social”. El efecto del mago y de la magia en general tiene el secreto en el estremecimiento de los espectadores. Si los mecanismos de los trucos quedan explicitados con antelación, el propio espectador pone en marcha mecanismos cognitivos para racionalizar el procedimiento y aislar aspectos emotivos de la impresión que causa la paloma surgiendo del sombrero. Finalmente, como plantea Bourdieu la magia social también es susceptible de ser convertirse en un nuevo objeto de interés y de luchas, (2007) como también sucede con las interpretaciones posible del acontecimiento.

No todo acontecimiento se vuelve político o genera cambio en la esfera política. Para este punto es útil recuperar el concepto de “analizador” desarrollado por René Loreau en los años sesenta. Si bien el espacio disciplinar en dónde Loreau desarrolla su teoría está en el cruce entre el psicoanálisis, la psicología social y el análisis institucional, su definición de analizador se cruza con el acontecimiento ya que desde su perspectiva “se denominará analizador a lo que permite revelar la estructura de la institución, provocarla, obligarla a hablar” (Lourau, 1970, pág. 282).

Para dar el “salto” del socio análisis de los grupos y las instituciones pequeñas y medianas se deben tomar en cuenta los aportes de Cornelius Castoriadis al hablar de una sociedad instituyente y de una sociedad instituida (1975) en una polaridad agonística que construye la polaridad desde los conceptos de alienación y de autonomía. En periodos normales, la autonomización de esta sociedad instituida desplaza y opaca a la sociedad instituyente, aunque la presupone.

Una definición alternativa interpreta al analizador como toda aquella persona, situación, acción, que desarma lo instituido de la institución y ese es precisamente el efecto del acontecimiento conmueve y deconstruye a la institución denominada “sociedad”.

Se pueden caracterizar tres tipos de analizadores a) El analizador construido, en forma de dispositivo de intervención donde un actor externo (ej. un analista, un observador) introduce diversos elementos con la finalidad de desmontar discursivamente el funcionamiento y estructura institucional, haciendo emerger el no-saber b) El analizador natural, formas de eventos y situaciones que son generados al interior de las instituciones y que se transforman en dispositivos de intervención que irrumpen sobre la misma generando un saber sobre elementos ocultos u olvidados de la propia institución. Esta irrupción puede ser traumática por desnudar relaciones y alianzas previas a la irrupción del evento y que probablemente cambie el curso de su historia y c) El analizador histórico, como forma y situaciones de movilizaciones sociales, revueltas, formas de resistencias explícitas que extienden el modelo del Análisis Institucional al conjunto de la sociedad. Como puede observarse la introducción del acontecimiento como es planteado en el mundo social puede tratarse tanto de un analizador natural o histórico.

(Micro) acontecimientos como “shift

El análisis de los cambios en los climas de opinión que llevan a cambios en las tendencias electorales en países con sistema democrático y elecciones libres es uno de los temas recurrentes en el análisis de la teoría llamada la “espiral del silencio”. Muchas veces estos cambios parecen ocurrir sin explicación mediante, y suelen ser detectados en las encuestas realizadas a último momento, como relata la propia Noelle-Neumann en relación a unas elecciones en Alemania en 1965 (1998).

La explicación se basa en los supuestos de la psicología social extendiendo la definición y la propia gestión de la opinión en términos no exclusivamente políticos, diferenciándose de las hipótesis que dominaron en la primera mitad del siglo veinte que planteaban dinámicas tipo cascada, donde la información para la toma de decisiones política por parte de la ciudadanía y el electorado provenía, en general, de las elites.(Dittus, 2005)

El primer supuesto es que las personas poseen un miedo innato al aislamiento. Segundo, los entornos sociales y la sociedad como un todo sancionan a quienes se aparten de los cánones consagrados, aislando al individuo que actúa por fuera de lo esperado (operando como el desvío en el estructural funcionalismo). Tercero, actuando bajo la amenaza permanente del aislamiento, el individuo busca identificar a las corrientes de opinión predominantes. Cuarto, combinando racionalidades con prácticas, los sujetos ajustan sus opiniones para encajar con su entorno o actúan directamente omitiendo u ocultando sus expresiones.

Dentro de este esquema teórico los sujetos producirían una adaptación de sus ideas y concepciones frente a los demás a fines de ajustarse a las opiniones dominantes. Aquí los contextos, tanto mediatos como inmediatos funcionan como un mecanismo de control social ejerciendo presión para homogeneizar las opiniones sobre diversos temas de relevancia para el grupo.

El problema esencial radica en cómo los sujetos detectan o determinan la “idea de reparto” de las opiniones y cómo determinan el momento del “shifts”, para lograr que sus opiniones tengan éxito o se acoplen al entorno y para de esta forma los sujetos puedan exponer sus opiniones sin temor al aislamiento. El órgano “cuasiestadístico” de los actores sería el encargado de generar esta alerta para estar prestos a cambiar de opinión. “Hay una correlación positiva entre la apreciación presente y la apreciación anticipada: si a una opinión se la considera dominante, es plausible pensar que seguirá siéndolo en el futuro (o viceversa). Esta correlación, no obstante, puede variar” (Noëlle-Neuman, 1998, p. 202). La segunda pregunta es por qué puede variar la correlación, o lo que es lo mismo cuál o cuáles son los disparadores que permitan un cambio en las opiniones dominantes, ya sea en un pequeño grupo o en una sociedad. La respuesta es múltiple, pueden existir cambios abruptos en las condiciones de la economía, escándalos políticos de envergadura, o amenazas (como atentados terroristas o estallidos de guerras) que movilicen las subjetividades. También puede ocurrir que determinados acontecimientos o micro acontecimientos (de los cuales los anteriores ejemplos pueden ser parte) incentiven a los sujetos a cambiar de opinión incluso en forma abrupta. Esta perspectiva se diferencia del método de ensayo – error, ya que estos cambios se provocan cuando los sujetos comienzan a evaluar que sus opiniones son débiles por encontrar resistencia en su entorno, surgiendo la amenaza de su aislamiento, mientras que el acontecimiento tiene como consecuencia la liberación de las ideas dominantes anteriores y la creación de nuevos contextos sobre otras expresiones pueden ser planteadas sin el miedo a sanciones.

Otra diferencia cuando media el acontecimiento en la construcción de cambio de clima de época es que los debates suelen ser suspendidos, no haciéndose evidente un grupo vencedor. La opinión ganadora no puede discutirse ni ser objeto de debate en público. Una vez que se declara tabú a un valor, – quedando, por tanto, rodeado de una muralla protectora – nadie puede expresar su desacuerdo con el nuevo valor sin arriesgarse a quedar excluido de la comunidad. Sin embargo, el acontecimiento al ser autoevidente hace imponer la primera categoría reduciendo al grupo “díscolo” a un sector muy minoritario.

Política del acontecimiento

Si el acontecimiento tiene la capacidad de cambiar percepciones, temporalidades, subjetividades y provocar finalmente cambios políticos, pasa a convertirse en un objetivo político directo para los grupos que buscan con su acción generar transformaciones sociales. Esta precisamente es la perspectiva que reivindica Mauricio Lazzarato tras las jornadas de Seattle[1] como “un verdadero acontecimiento político” (2006, pág. 43). Este evento habría producido una mutación de la subjetividad donde la consigna de la Contracumbre: “Otro mundo es posible” planta una nueva idea más allá de la lucha de clases y la toma del poder, y anuncia que se “ha creado algo en el orden de lo posible, que se expresaron nuevas posibilidades de vida y que se trata de llevarlas a cabo” (pág. 44).

El acontecimiento desde esta mirada es evaluado en mayor medida por sus consecuencias: la apertura de un nuevo campo de lo posible, más que por el evento en sí (el evento de la Contracumbre por motivos obvios requirió un cierto nivel de organizativo y también se encontró con una fuerte represión de las fuerzas policiales que no necesariamente se podía prever). El acontecimiento corre o devela lo intolerable de la vida haciendo emergen mutaciones en la subjetividad que daría cuenta de ello y abre nuevos agenciamientos, dispositivos e instituciones que habiliten el despliegue de las nuevas posibilidades. En este plano existe una vinculación a lo expresado por Deleuze y Guattari tras los eventos del Mayo Francés de 1968 “El acontecimiento crea una nueva existencia, produce una nueva subjetividad: nuevas relaciones con el cuerpo, con el tiempo, con la sexualidad, con el medio, con la cultura, con el trabajo…” (Deleuze G. , 2008, pág. 243).

La operatoria política que se abre tras un acontecimiento es incierta, ya que no es la solución de un problema, sino la apertura de posibilidades. Lazzarato trae el carácter develador del acontecimiento desde la mirada del filósofo Mijail Bajtin, por el cual “el acontecimiento revela la naturaleza del ser como pregunta o como problema, de manera que la esfera del ser es la de “las respuestas y las preguntas”. (Lazzarato, 2006, pág. 45). Es relevante que aquí se marca una distancia con referencia a la famosa frase de Karl Marx, quién decía que la humanidad sólo se plantea únicamente los problemas que puede resolver, mientras que el acontecimiento abre nuevos problemas cuyas soluciones no están a la vista, debiendo ser un acto de creación.

La filosofía occidental desde Kant a Husserl, pasando por Hegel y Marx, dilucidan la constitución del mundo y de sí mismo mediante la ontología de la relación sujeto/objeto y de su variación intersubjetiva. Para el marxismo en particular el trabajo no es una simple actividad sino la praxis, la producción del mundo, evocando el advenimiento de una subjetividad global y genérica, la producción de un sujeto único, “la constitución del mundo es pensada como producción, como un hacer, como exteriorización del sujeto en objeto, como transformación y dominación de la naturaleza y del otro por la objetivación de las relaciones subjetivas” (Lazzarato M. , 2006, pág. 46). En este sentido gran parte de los desarrollos de la teoría sociológica pasando por Weber y Durkheim, plantean que lo social es el resultado de la acción individual subjetiva cristalizados en la objetividad de lo colectivo actuando como restricción sobre los individuos que produjeron esa realidad. A la inversa, la filosofía del acontecimiento haría posibles nuevas formas en que la sociedad se podría construir de otro modo, definiendo un proceso de constitución del mundo y de la subjetividad que no surgiría desde el sujeto (o del trabajo), sino del acontecimiento. Siguiendo a Deleuze el mundo es visto como una construcción virtual pleno de una multiplicidad de relaciones y acontecimientos que expresan o desarrollan agenciamientos colectivos de enunciación que son una creación de un otro posible. Este posible es necesario crearlo, instituirlo.

Las nuevas posibilidades son reales, pero deben efectuarse en agenciamientos maquínicos (en los cuerpos) por no tener existencia por fuera de lo expresivo, en los signos, lenguajes y gestos.

Mediatizando el acontecimiento

Una lectura diferente y complementaria del acontecimiento es realizada desde la semiótica por Eliseo Verón poniendo el foco en la producción social del sentido vinculada al principio de interdiscursividad. Desde su perspectiva un “hecho” sólo se transforma en acontecimiento luego que es construido por los medios, es decir, mediatizado: “Los acontecimientos sociales no son objetos que se encuentran ya hechos en alguna parte en la realidad y cuyas propiedades y avatares nos son dados a conocer de inmediato por los medios con mayor o menor fidelidad. Sólo existen en la medida en que esos medios los elaboran” (Verón, 1987, pág. x).

De aquí lo relevante del concepto de “producción” en la elaboración del acontecimiento, entendido como un espacio o un conjunto discursivo que mantienen entre sí relaciones de delimitación recíproca. Esta perspectiva se emparenta con el concepto de acontecimiento discursivo que se “se define de lo dicho con un momento dado en configuraciones de enunciados” (Chareaudeau & Maingueneau, 2005, pág. 6) y que también se conjuga con el poder o la capacidad performativa de los enunciados. La caracterización de este tipo de enunciados parte de la oposición realizada por el filósofo británico John L. Austin entre los enunciados de tipo performativos y los constatativos. Un enunciado será performativo si “1) describe una determinada acción de su locutor y si 2) su enunciación equivale al cumplimiento de esa acción” (Ducrot & Todorov, 2014, pág. 384). De aquí se deduce la “invitación a la acción”. Austin es claro al respecto que cuando “decir algo producirá ciertas consecuencias o efectos sobre los saberes, pensamientos o acciones del auditorio o de quien emite la expresión” (Austin, 1962, pág. 145).

Sin embargo, el sentido veroniano es más amplio en términos de la cadena de mediatizaciones que va reuniendo elementos dispersos como tramos de hechos, detalles, anécdotas, y contextualizaciones que permiten el acercamiento al evento y la percepción de estar frente a un acontecimiento, un hecho inminente capaz de producir nuevos sentidos. Aquí acontecimiento y actualidad tienen tiene una raíz común en torno a la producción de sentido:

Lo que llamamos “actualidad” es también el resultado de un proceso productivo, del mismo modo que la mesa en la que almorzamos y que el sillón en que nos instalamos para leer el diario. Esto no quiere decir que la “actualidad” sea una ilusión o (como dicen algunos, siguiendo otra moda intelectual un poco más reciente) un “simulacro”. Por el contrario: de lo que se trata es de la producción de la realidad social como experiencia colectiva (Verón, 1987, pág. ii).

Dos definiciones de orden práctico le permiten a Verón discutir el acontecimiento: “El acontecimiento es un producto elaborado por la fábrica periodística”, y otra en forma de hipótesis (más precisamente de hipótesis metodológica), dado que el acontecimiento es una x a la cual todos se refieren. Sin embargo, para el autor la producción discursiva es una instancia diferente al reconocimiento de ese discurso: “un efecto determinado de sentido jamás es deducible del análisis de un discurso en producción. Las propiedades discursivas de este último, descritas a la luz de su gramática de producción, definen un campo de efectos de sentido y jamás un solo efecto” (Verón, 1993, pág. 189).

Dos de los efectos de sentido probables son la (re) construcción de las subjetividades o la legitimación de una acción posible. En el plano de la construcción de subjetividades no se puede restringir a una elaboración racional como predecirían los autores enrolados en la Rational Action Theory para dar espacio a la encarnación (corporal) de mecanismos emocionales y energéticos, que puedan generar y modificar hábitos (en el sentido de disposiciones o normas para la acción), producir fracturas o microfracturas sobre las concepciones dominantes mediante la interacción continua con y en el medio social (de Lauretis, 1992).

Las condiciones de elaboración de un discurso o de un curso de acción legítimo es una de las preocupaciones centrales de la teoría social de Pierre Bourdieu. Sin embargo, la postura del autor francés es crítica a la idea de la autonomía del lenguaje ya que “desde el momento en que se trata el lenguaje como un objeto autónomo…estamos condenados a buscar el poder de las palabras, donde no está, en las propias palabras” (Bourdieu, 2008, pág. 85).

La crítica del acontecimiento

Si bien se ha planteado que el acontecimiento puede intentar provocarse mediante una acción política, también existe una reapropiación del término por parte de mecanismos capitalísticos, en particular como forma de exponer marcas y productos como disrruptores del flujo del mercado, elaborando en forma artificial un “antes y un después”. Este aspecto es señalado críticamente por Deleuze y Guattari:

La mercadotecnia ha conservado la idea de una cierta relación entre el concepto y el acontecimiento; pero ahora resulta que el concepto se ha convertido en el conjunto de las presentaciones de un producto (histórico, científico, sexual, pragmático…) y el acontecimiento en la exposición que escenifica las presentaciones diversas y el «intercambio de ideas» al que supuestamente da lugar. Los acontecimientos por sí solos son exposiciones, y los conceptos por sí solos, productos que se pueden vender. El movimiento general que ha sustituido a la Crítica por la promoción comercial no ha dejado de afectar a la filosofía. El simulacro, la simulación de un paquete de tallarines, se ha convertido en el concepto verdadero, y el presentador- expositor del producto, mercancía u obra de arte, se ha convertido en el filósofo, en el personaje conceptual o en el artista (Deleuze & Guattari, 1993, pág. 16).

La búsqueda de la reapropiación del acontecimiento y su política en el capitalismo cognitivo es también recogida por Lazzarato (2008) dado que el corazón de la empresa, escindida de la fábrica, ya no tiene por finalidad crear objetos en tanto mercancías sino el mundo de referencia donde el objeto cobra existencia. Se trata del mundo de las marcas de bienes de uso que son fabricados en factorías dispersas en el planeta en sitios donde sea temporalmente conveniente producir, es un mundo donde su modo de producción principal es el capitalismo de conceptos. Por este motivo las tareas más relevantes para la producción globalizada son los servicios que tienen como finalidad valorizar los productos en un mundo indiferenciado de símbolos: servicios de marketing, comunicación, relaciones públicas.

En el capitalismo avanzado consumir (usar) ya no se reduce a “destruir” un bien de uso sino a pertenecer a un universo, ser parte de algo especial, las empresas pasan a ser generadoras de enunciados, signos, imágenes que se puedan traducir en vínculos afectivos para abrazar “un estilo de vida” por parte de los “felices” consumidores. En síntesis, un régimen de signos que constituye el agenciamiento de enunciación sistematizado por las más modernas técnicas de publicidad.

Las empresas a través de la publicidad y sus creativos buscan explotar la lógica y la dinámica de acontecimiento, produciendo mensajes que buscan ser rupturistas con la finalidad de producir empatía e inducir (o al menos hacer deseables) modos de vida, afectando percepciones y subjetividades y en definitiva vender más productos o servicios. Para finalizar se debe señalar los creativos publicitarios arriban a la política (especialmente en Estados Unidos) a partir de los años sesenta con su producción de slogans y cortos televisivos, con la finalidad de producir “acontecimientos” controlados y como forma de incorporar a los votantes desencantados dentro de un sistema bipartidista consolidado, donde encontrar las diferencias prográticas entre las diferentes propuestas partidarias era una tarea detectivesca.


  1. Manifestaciones llevadas adelante en la ciudad de Seattle entre el 29 de noviembre y el 3 de diciembre de 1999 con motivo de la cumbre de la Organización Mundial de Comercio (OMC) y que se denominó Contracumbre de Seattle.


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