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1 Ascenso de la opinión pública

Sus métodos y discusiones

El uso del término “opinión pública” se ha vuelto habitual en la vida cotidiana cuando se hace referencia a cuestiones que suceden en la sociedad en términos políticos. Tampoco es extraño encontrar enunciados que personalizan a la opinión pública como si fuera un sujeto de carne y hueso y que buscan señalar en su “cuerpo” reacciones, expresiones y hasta sentimientos de difícil objetivación (ej. “la opinión pública está enojada”). Sin embargo, la opinión pública es una construcción colectiva desterritorializada y anónima de voluntades, cuyo registro e identificación sigue provocando debates, así como también bajo qué fórmula establecer la definición más apropiada para precisarla. Incluso algunos autores han negado su propia existencia tratándola si fuera un elemento místico o religioso. A pesar de la necesidad de precisar su génesis y características, la “ansiedad” por conocer el “veredicto de la opinión pública” no se ha detenido, por lo que en el último siglo se han desarrollado diversas tecnologías para aproximarse e investigar a ese objeto opaco, dentro de las cuales la encuesta de opinión es sólo su modalidad de abordaje más popular.

Lo específico de la opinión pública es centro de permanente debate. Su propia designación no es neutral, por el contrario, está cargada de sentido con la combinación de las dos palabras. La opinión (doxa) suele ser confrontada o contrapuesta al saber científico (episteme). El primer término, la opinión, que define su horizonte conceptual, sería, para sus críticos, una instancia superficial y de fácil manipulación (las opiniones son cambiantes), mientras que, en cambio, la “verdad” científica obtendría su supremacía del modelo experimental y de sus leyes trascendentes. Sin dudas esta contraposición doxa-episteme obligó a los investigadores de la opinión pública a mostrar métodos semejantes a otras disciplinas “científicas”.

Sobre el segundo término, la palabra “pública” existe cierto consenso que sugiere que su referencia se remite a “lo común” (lo público) con foco en lo político, sin límites precisos con excepción a lo que sucede en la vida íntima o privada. Este límite hoy está evidentemente vulnerado, con lo cual aquel consenso vuelve a ponerse en discusión. Por esa difuminación de los límites entre público y privado es que aspectos altamente subjetivos como los sentimientos emergen como efector de decisiones y generador de creencias compartidas socialmente. La combinación de las palabras “público” y “opinión”, terminaría siento un oxímoron al decir de Grossi (2007) dado el permanente intercambio entre la opinión privada (casi incidental o en voz baja) y su expresión externa: la palabra personal dicha en voz alta, y que marca el laxo límite entre lo público y privado.

Una definición casi canónica como la de Vincent Price explica que la opinión pública va configurando procesos o mecanismos de “juicios colectivos fuera de la esfera de gobierno que afecten a la toma de decisiones políticas” (1994, pág. 22). Aquí la sociedad civil generaría en forma autónoma definiciones colectivas buscando influir a la sociedad política, es decir a las instancias gubernamentales. Es evidente que este punto de vista es heredero del iluminismo, y no es extraño que aquí se considere a Rousseau como el creador de la expresión opinión pública, en espejo con los usos y costumbres de la sociedad francesa tras la revolución de 1789.

Una perspectiva clásica del término pertenece al autor alemán Jürgen Habermas que ha planteado que la emergencia del concepto compuesto lleva inserta la existencia de un público capaz de desarrollar juicios de valor basándose en el “raciocinio” propio de la sociedad burguesa. Esta burguesía desplegada de la sociedad estatal sería la que organizaría a la opinión pública como una forma de limitar la autonomía de los gobiernos y a la burocracia estatal. Habermas plantea concretamente dos elementos esenciales para la invención de la opinión pública: la prensa (en especial el nacimiento de la prensa política) y las casas de cafés y salones de discusión donde se reunía la burguesía. En esos sitios se desarrollaría “una tendencia hacia la discusión permanente entre personas privadas, de ahí que dispusieran de una serie de criterios institucionales comunes” (2009, pág. 73).

Otra definición habitual y que sostiene a la opinión pública de base empírica es que la misma se conforma con datos agregados provenientes del “sentido común” de los individuos y presentados en forma objetiva, casi como el producto de un relevamiento estadístico. Sin embargo, esta postura ha sido blanco de críticas para quienes sostienen que “hay algo más”. A diferencia de esta postura cuantitativista y que permita una visión más amplia se puede considerar a la opinión pública como un campo de disputa permanente entre agentes o grupos que buscan la conquista del “sentido común” (mayoritaria) o al menos la generación de marcos de referencia en la sociedad. Esta “conquista” se puede pensar en función de consenso, por la obtención de la hegemonía de una clase social sobre otra, o bien por el desarrollo de mecanismos sutiles y capilares de control social. Sobre esta línea se puede pensar a la opinión pública como un amplio campo de disputa en la construcción de sentidos socialmente compartidos, definición que excede al campo político (incluso a lo público) y que se puede orientar hacia una infinidad de aspectos que van desde la economía, hasta la moda y “los estilos de vida”.

Las diferencias para comprender e interpretar los procesos de la opinión pública han abierto dos tradiciones que no pocas veces aparecieron como contrapuestas: la “clásica o teórica” y la “empírica o práctica”. La fórmula clásica persigue el “ser y el deber ser” de la opinión pública, es decir aquí se busca conocer cómo se construyen los juicios sociales y cómo se expresan en forma de narrativas sociales. En cambio, para la tradición empírica las conceptualizaciones generales (teóricas o generalistas) son menos relevantes, en comparación a la necesidad de la obtención de datos empíricos. La necesidades metodológicas primar en esta fórmula. Para esto es prioritario construir instrumentos de registro para traducir las ideas de “flotan” en la sociedad desarrollando indicadores (preguntas) y categorías (posibilidades de respuestas) y la transformación de esos registros en datos para su análisis a través de técnicas y software específicos. Una característica del trabajo empírico es que el tiempo para la obtención de los resultados y la comprensión de los fenómenos que se intentan “medir” cada vez se vuelve más escaso, conforme los tiempos sociales se aceleran, y las opiniones también cambian.

La tradición clásica, ha dado su aporte sobre discusiones sustantivas que no finalizan: las esferas de debate político, la participación de los ciudadanos (o gobernados), las formas que asume el control de los gobernantes, el rol de los medios como formadores de opinión y en general la comprensión de las áreas cognitivas a nivel individual que construyen las creencias (Sampedro Blanco, 2000). En cambio, la tradición empírica puso sus esfuerzos en generar datos. Una cantidad enorme de datos (a nivel local, nacional y global) se han desarrollado desde mediados de los años cincuenta del siglo XX, y que hoy se incrementan en forma exponencial que hace que se conozcan detalles mínimos de la vida de las sociedades, sus costumbres, hábitos, consumos y valoraciones sobre casi todo tipo de cosas, muchas veces sin la intención de explicar las motivaciones, intenciones o las razones de esas actividades.

Intentando sintetizar ambas fórmulas, la disciplina queda problematizada por tres cuestiones: las definiciones en torno a su alcance (teoría), las estrategias para acceder al “pensamiento” de la sociedad (método), y finalmente los usos que se hacen de la información obtenida (política).

Más allá de estos debates se debe observar que el estudio de la opinión pública ha devenido en una materia cuya construcción e investigación atraviesa diversas disciplinas de las ciencias sociales: sociología, ciencia política, semiótica, comunicación, psicología social y se ha integrado con cada vez mayor habitualidad a las contribuciones de ciencias “duras” como matemática, estadística, geografía y sistemas (entre otras). Incluso en los últimos años el análisis de la gran cantidad de información que se genera (especialmente en internet) ha dado lugar a la ciencia de datos, buscando analizar  y presentar los hallazgos en forma sintética. Por otra parte, la teoría de las probabilidades dio un aporte fundamental con el desarrollo de las técnicas de muestreo con la capacidad de inferir estimaciones a la población, así como el software estadístico que facilitó la modelización multivariada, como el análisis de conglomerados, el análisis de correspondencias, entre otras técnicas ampliamente empleadas por sociólogos como Pierre Bourdieu.

Como sucede en otras ciencias sociales, se discute en el ámbito de la opinión pública si la propia generación de información por parte de sus investigadores no modifica las percepciones sociales. Es un problema que no sólo tiene raíz epistemológica sino práctica en relación a la amplia difusión que suelen tener estas investigaciones provenientes de este campo en comparación con otras áreas de las ciencias que tienen en general como lectores principales de sus resultados a especialistas y otros investigadores.

La opinión pública tiene una historia que se puede rastrear desde las primeras polis griegas, pero en términos modernos es posible periodizar los últimos cuatro siglos de la opinión pública divididos en tres períodos (Grossi, 2007):

  • La opinión ilustrada (siglos XVII y XVIII), propia de ciertas elites, arraigada en salones, cafés y clubes, sitios de reunión de la minoría culta donde sus características predominantes serían el diálogo racional y la co-presencia espacio temporal
  • La opinión gritada (siglo XIX y parte del siglo XX) propia de la masificación de las ciudades industriales y emergente de los movimientos colectivos, manifestaciones y luchas populares. La dimensión expresiva cobra relevancia por sobre la fase anterior: la denuncia, el testimonio, la protesta, la prensa partidista y popular y la propaganda son las formas de su presencia en las calles.
  • La opinión sondeada, (siglo XX/actualidad) que se caracteriza por la profesionalización de su evaluación, con la aplicación de métodos que se deben transparentar con la finalidad de validar los resultados. Esta etapa es públicamente mediada y expresada en el surgimiento de entidades especializadas en la valoración de la opinión pública y la importancia creciente de la comunicación política en general y la gubernamental en particular.

Esta periodización estaría incompleta si no se observa la emergencia de una cuarta etapa: la opinión virtual. Surgida hacia fines del siglo XX, se expresa principalmente en las aplicaciones de las tecnologías de info-comunicación. Se trata de comunidades, foros y espacios de publicaciones de ideas como periódicos online (con la participación del lectorado), blogs, redes sociales, periodismo ciudadano, entre muchas otras. La opinión virtual se caracteriza por relaciones despersonalizadas, muchas veces anónima, con la desaparición de los límites entre lo público y privado (Sibilia, 2008). Se desata allí una puja entre múltiples actores por hacerse oír en espacios globalizados. La renovación permanente de formatos en el ámbito virtual haría que cualquier descripción se vuelva obsoleta en poco tiempo. La opinión virtual subsume a las otras tres etapas en su formato. Circula información especializada de pago para públicos específicos (propia de la etapa ilustrada), una extendida militancia social y política que se expresa en las redes (opinión gritada), y técnicas buscan sondear, “extraer” o “minar” la opinión pública inscripta en los sistemas virtuales (opinión sondeada).

Los momentos o períodos señalados no pueden considerarse como lineales, ni excluyentes, por el contrario, las diversas manifestaciones de la opinión pública son contemporáneas y muchas veces contradictorias, sumergidas en la lucha por ocupar los espacios y construir marcos de referencia sociales. Como resultante de las nuevas formas de representaciones de la era actual se pone en crisis el contenido de “lo público” expresado en la fórmula habermasiana. Cuestiones eminentemente íntimas como la felicidad o la sexualidad hoy pasan a ser preocupaciones de una disciplina que se expande por fronteras laxas.

Si bien varias teorías fueron desarrolladas buscando dar cuenta del concepto, tres teorías de finales del siglo XX plantean líneas de trabajo vinculando la tradición clásica con el mundo empírico. Por un lado, Noelle-Neumann a través de la idea de “la espiral del silencio” (1995) plantea que la opinión pública es el resultado de la interacción entre los individuos y su entorno social, donde los agentes adoptarían mayormente posturas conformistas para no aislarse de su entorno social. Por otro lado, la teoría de la agenda setting desarrollada por McCombs y Shaw en los años setenta, a través de sus investigaciones mostrarían una alta vinculación entre las principales preocupaciones de la ciudadanía y la cobertura de las principales cadenas de medios de comunicación. En este marco se plantea la teoría del establecimiento de agenda según la cual, si bien los medios no inducirían en forma inmediata a la audiencia, sí les daría un marco sobre “qué pensar” (McCombs, 2006). Ambas teorías serán discutidas en diversos contextos a lo largo del libro. La teoría del framing o encuadre complementa la imposición de agenda, aquí la hipótesis central es que la organización de la información y cómo se presenta la misma podría tener efectos sobre la forma en se forman las opiniones (Koziner, 2013).

Un aporte relevante lo realiza Luhmann (2009) al plantear a la “opinión colectiva” como un dispositivo propio de las poblaciones pequeñas, y una función de equilibrio entre ausentes y presentes. Claro que las condiciones cambiarán con el aumento de la complejidad de la modernidad, donde la opinión pública en su dicotomía disenso/consenso pasa a ser una herramienta fundamental para el sistema político ya que permite construir una observación de segundo orden (observación de observadores). Mientras el sistema económico guía sus operaciones mediante los precios, y ofrece la “posibilidad de observar cómo los observadores observan el mercado. La política orienta sus operaciones por la opinión pública para observar la resonancia de sus acciones a través de los ojos de otros observadores” (pág. 336). Es por eso que la investigación en opinión pública va amplificando su importancia a medida que se los sistemas sociales se vuelven más complejos e interconectados.

Como se ha expresado, los estudios de opinión pública en base empírica han tenido un fuerte desarrollo a partir de los años cincuenta del siglo XX, y esto se relaciona con la diversidad de instituciones e investigadores que realizan proyectos tanto en el ámbito privado como en el público. En este sentido, Manuel Mora y Araujo (2005), ha agrupado a los estudios en tres categorías: los estudios académicos o explicativos, los privados o estratégicos y los públicos o mediáticos.

Los estudios académicos o explicativos, suelen ser llevados a la práctica por universidades e institutos de investigación. Su finalidad busca comprender el comportamiento de las sociedades en el mediano y largo plazo buscando un enfoque contextual y combinando metodologías. Estos estudios pueden comparar países o regiones, así como también observar cambios a lo largo del tiempo. En este sentido, los estudios académicos suelen buscar explicaciones sobre los comportamientos políticos en la estructura social, construyendo en muchas ocasiones modelos complejos.

Los estudios privados o estratégicos son en forma habitual generados por empresas privadas u organizaciones no gubernamentales y tienen la finalidad de brindar información a usuarios que suelen emplearlos como insumo para la toma de decisiones. Entre los múltiples objetivos que suelen tener estas investigaciones, muchas tienen como meta visualizar las demandas de la población en general o ciertos colectivos en particular, medir los impactos de políticas públicas, conocer la satisfacción sobre bienes o servicios ofrecidos o para conocer la imagen de dirigentes e intención de voto de determinados referentes políticos.

Finalmente, los estudios públicos o mediáticos (y ciertamente los más polémicos) tienen como objeto ser difundidos en medios de comunicación. Pueden contener segmentos de la información de estudios privados, académicos o bien realizados ad hoc para medios de prensa. Los grandes medios de comunicación del mundo suelen contratar este tipo de trabajos con la finalidad de presentarles a sus audiencias información en exclusiva. Por este mismo motivo suelen ser controversiales por sus potenciales efectos en la sociedad, en particular en períodos electorales. Pierre Champagne ha señalado en forma muy crítica en su famoso texto “Hacer hablar a la gente. El uso social de las encuestas de opinión pública en democracia que “si la encuesta política ha tenido tanto éxito entre los medios … como entre los actores políticos, el hecho de que se publiquen, produce efectos en el juego político que no son en absoluto menores por resultar mucho más visibles” (2005, pág. 127). En base de esta “alianza” entre consultoras políticas y medios, se construye la diferencia entre “la opinión pública” y “la opinión publicada”.

La expansión de las empresas globales también ha afectado a la actividad de la opinión pública en términos profesionales. A nivel mundial buena parte de estos estudios son elaborados por consultoras privadas multinacionales. De hecho, uno de los inicios más notorios de la encuesta de opinión pública en términos electorales data de 1936 con George Gallup como se detalla en el capítulo Nueva opinión pública. Existen excepciones como el CIS en España que depende del Ministerio de la Presidencia o fundaciones, como es el caso del The Pew Research Center en los Estados Unidos, que se constituye como un fact thank no partidario. Otro ejemplo de ONG, pero con injerencia en cuestiones política a partir de los estudios de opinión a nivel regional en Latinoamérica es la chilena Latinobarómetro.

El campo electoral se ha transformado en el ámbito más relevante donde los estudios de opinión pública reinan con el uso de estrategias cuantitativas, pero también (y con menor presencia y escasa difusión) existe el desarrollo de estudios cualitativos con la aplicación de entrevistas en profundidad, grupos focalizados y análisis de discurso.

A través de los años, las campañas electorales han ido desarrollando una progresiva profesionalización en países con sistemas de elecciones libres, donde candidatos y dirigentes políticos establecen estrategias apoyados en los estudios de opinión, abandonando la tradicional “intuición” como guía de su accionar. Aquí, las encuestas se vuelven en un insumo crucial, y la “intención de voto” una herramienta de regulación de la propia campaña, donde no es extraño que la selección de las candidaturas principales de los partidos políticos dependa de los resultados de las encuestas. En este sentido, los estudios electorales han pasado a ocupar un rol importante en la arena política, anclados en la expectativa de conocer las preferencias de los votantes antes de los comicios. Uno de los tópicos de relevante interés es identificar a los indecisos, es decir aquel grupo que no muestra afinidad por ningún candidato o partido en particular. El “votante flotante” o “votante blando” es especialmente de interés por quienes planifican las campañas electorales, dado que en ciertas elecciones se considera que pueden cambiar el resultado. Conocer los intereses y expectativas de estos sectores puede ser decisivo.

En este aspecto se debe analizar si los resultados de los sondeos pueden influir en la opinión de los electores mediante la difusión de datos estratégicamente construidos como parte de la campaña. Se entiende que estos datos “estratégicos” sería construidos de forma diferente a los procedimientos estadísticos globalmente aceptados. Es conocido, que con un determinado nivel de confianza y dentro de un intervalo de estimación, todos los estudios realizados en un momento y lugar similar debieran dar resultados comparables. Las controversias sobre los resultados de la “opinión publicada” se amplifican cuando las elecciones son muy reñidas o cuando los resultados difundidos suelen ser contradictorios o con diferencias importantes. En este sentido, los sondeos de opinión y su difusión suelen estar intrínsecamente unidos al debate sobre el rol de los medios masivos de comunicación que son el vehículo que transmiten dicha información, incluso por la difusión de las “encuestas a pie de urna” realizados el mismo día de los comicios. Muchos países limitan la difusión de encuestas de opinión en los días previos del acto electoral.

No obstante, el razonamiento que la difusión de datos preelectorales puede influir en el acto del sufragio descansa en dos razones paralelas: 1) o bien se supone que los votantes no están al tanto de los candidatos por falta de interés o ausencia de acceso a la información y las encuestas publicadas les pueden brindar los “resultados” que incluyen las posiciones de los candidatos, o 2) se supone que los votantes realizarían un “voto estratégico” dependiendo quién lidere la intención de voto. Por “voto estratégico” debe entenderse como el acto de votar para dar respuesta a cierta situación o acontecimiento, (votar contra un candidato o partido, para otorgar un “castigo”) como el cambio del voto a partir de atentado de Atocha en Madrid (España) el 11 de marzo de 2004. Sin embargo, esta hipótesis de posibles cambios en los comportamientos electorales con motivo de la difusión de encuestas electorales es de difícil generalización, aunque las sociedades suelen en determinados momentos históricos producir transformaciones a un ritmo acelerado, sin una lógica preestablecida. Allí los ciudadanos pueden modificar su voluntad en términos inesperados, como fue el caso de las elecciones nacionales en primera vuelta en Francia de 2002 donde ninguna encuesta pudo prever el segundo lugar para quien líderaba la extrema derecha Le Pen, así como el referéndum en Gran Bretaña con motivo del Brexit de 2016, ejemplos que plantean dudas razonables sobre una lineal y uniforme influencia sobre los votantes. La existencia de esta posibilidad de cambios abruptos en los registros sociales y políticos se analizará en el capítulo Acontecimiento y opinión pública.

Los estudios de opinión han devenido en herramientas relevantes en las sociedades democráticas, así como las encuestas electorales se han convertido en parte del proceso electoral, pero en ningún caso las encuestas e investigaciones en general están formuladas para realizar predicciones. No obstante, en vista de las críticas que algunos estudios de opinión pública reciben actualmente, debe llevar a los investigadores del campo a ser más explícitos en sus explicaciones y evitar sus usos como método de campaña, que lleva a la pérdida de la credibilidad de sus resultados, su activo más preciado.



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