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8 Nueva opinión pública

Como se ha discutido en los capítulos preliminares, es habitual dentro de la disciplina que estudia la opinión pública la distinción entre quienes han centrado sus análisis en términos históricos, conceptuales y teóricos y quienes han orientados sus estudios vinculados a su base empírica intentando producir datos principalmente en aspectos coyunturales de la vida pública. Quienes se han enrolado en la primera corriente han buscado identificar el concepto, analizando su emergencia a partir de la separación entre el Estado y la sociedad civil siguiendo, por ejemplo, los textos clásicos de Jürgen Habermas (2009), remitiéndose a las bases historiográficas de la construcción de la esfera pública, las propias conceptualizaciones de las opiniones (distinguiendo por ejemplo entre doxa y episteme) y las dificultades para construir una definición consensuada como ha planteado Vincent Price (1994).

Análisis más recientes cruzan la generación de los sondeos de opinión pública con la posibilidad de existencia de un proyecto de democracia deliberativa (Sampedro Blanco, 2000). Sin embargo, los estudios empíricos, en particular los cuantitativos en base a encuestas de opinión han pasado a ocupar un lugar preponderante entre los estudios académicos y profesionales, en buena parte vinculadas por la amplificación producida por los medios de comunicación que toma a los resultados de las encuestas como fotografía de la realidad, así como también del uso intensivo de las mismas por parte de los políticos profesionales.

Por lo dicho, la encuesta de opinión ha pasado a convertirse en un dispositivo casi único por el nivel de difusión que suelen tener sus resultados en especial cuando las temáticas que abordan son relativos a temas políticos con un dominio característico en tiempos electorales al punto de diferenciarse los términos de opinión pública de opinión publicada, en un juego de palabras que destacan una búsqueda de influencia en términos de creación artificial de climas de opinión. En este punto han surgido una serie de críticas sobre la fiabilidad de las encuestas en general y las electorales en particular. Alain Garrigou (2007) ha puesto el foco en los aspectos metodológicos, como por ejemplo la forma de seleccionar a los encuestados, el escaso conocimiento sobre las personas que rechazan participar (¿cómo conocer qué piensan los que no participan de las encuestas? ¿la distribución de sus opiniones serán las mismas que los demás?) y finalmente los sesgos en la confección de las preguntas o incluso en el flujo del cuestionario, es decir en qué medida una pregunta puede sesgar a la siguiente, y si podrían obtenerse diversos resultados planteando un orden diferente.

Como se ha observado anteriormente algunos autores han cuestionado las modalidades de formulación de las preguntas, todo en cuando a la capacidad (limitada) de los encuestados para expresar opiniones políticas (competencias) y desde allí la relevancia de las no- respuestas (o los “no sabe/no responde/no contesta”).

La opinión pública standard

Existe un acuerdo tácito en que el nacimiento de los estudios de opinión pública coincidió con la elección para presidente de los Estados Unidos en 1936. El contexto combinaba las consecuencias económicas de la Gran Depresión, el desempleo y sobre todo la respuesta por parte del país frente a la situación internacional y la carrera armamentística de la Alemania Nazi. La disputa electoral se centraba entre el republicano Alfred Landon, gobernador de Kansas contra el presidente en ejercicio Franklin D. Roosevelt. El primero se destacaba por sus posturas propensas a no involucrar a los Estados Unidos en un nuevo conflicto mundial, mientras que el demócrata mostraba una mayor preocupación al respecto.

En ese marco The Literary Digest, una de las revistas más respetadas de su época, organizaba su propio sondeo de opinión que venía repitiendo desde 1916 con un particular sistema, quienes recibían la revista podían completar un cuestionario y enviarlo en forma gratuita a vuelta de correo. Según la revista, certificado por alrededor de los 2,4 millones de papeletas que se recibieron, Landon obtendría el 57% de los sufragios contra el 43% de Roosevelt. Por el contrario, este último ganaría la elección con el 62%, mientras que London obtenía el 38%. En cambio, el periodista y matemático George Gallup, que había creado American Institute of Public Opinion un año antes, “acertaba” el triunfo de Roosevelt prediciendo el 60,8% para el presidente que buscaba su reelección[1] con una muestra de “tan” solo 2285 casos según Lusinchi (2012) y Desrosières (1998). 

A partir de allí nacía lo que Bryson llamaría la construcción de un “mito estadístico” (1976). La encuesta de opinión realizada mediante sistemas de muestreo se transformaba en un paradigma triunfante, mostrado como la aplicación del método científico era posible en el conocimiento del mundo social, y que iba mucho más allá de la situación puntual del voto. Pero además introducía una promesa central de la mirada cientificista: la posibilidad de predecir acontecimientos futuros.

El otro gran constructor de la encuesta de opinión pública como el instrumento científico por antonomasia de las ciencias sociales fue Paul Lazarsfeld. Matemático de profesión desarrolló sus estudios centrados en el “análisis empírico de la acción” (Picó, 1998). Para Lazarsfeld la acción social era esencialmente individual y podía medirse especialmente mediante las encuestas por muestreo. Una de decisiones más importantes en la vida social era el voto, y a él dedicó una de sus obras más importantes: The People’s Choice. How the Voter Makes Up his Mind in the Presidential Campaing publicado en 1944. Igual que para Gallup, la evaluación electoral estaba en el centro de sus preocupaciones, pero a diferencia de muchos de sus colegas influidos por el estructural funcionalismo también estaba interesado en conocer los modos y causas por los que las personas cambian de opinión, esto lo llevó a desarrollar los métodos de paneles por el cual los mismos hogares recibían periódicamente la visita de un encuestador (Lazarsfeld & Stehr, 1982).

Los problemas de la interpretación

El desarrollo de las encuestas de opinión basadas en complejos métodos de muestreo[2] significó la posibilidad de alcanzar cierto tipo de objetividad asimilando las ciencias sociales a las ciencia físicas y naturales. Como plantea Thomas Wilson “durante la ilustración se generalizó la idea que las ciencias sociales debían modelarse sobre las ciencias naturales, y fue formulada como tesis explícita por Auguste Comte y John Stuart Mill” (1990, pág. 491). Las ciencias naturales han obtenido el status científico a través del desarrollo de procedimientos estandarizados y que se podían alcanzar mediante la realización y repetición de experimentos. Buscando esta similitud, algunos de los procedimientos objetivados en ciencias sociales se han denominado como “cuasiexperimentales”, donde por ejemplo se comparar dos grupos o problaciones de similares característica excepto una incluído o manipulado en forma conciente por el investigador.

Sin embargo, no pocos cuestionamientos surgieron de lo que se podría denominar el método estándar en el estudio de opinión pública, justamente por intentar alcanzar criterios de objetividad mediante la cuantificación de los resultados, parte del mundo social y de las inersubjetividades quedarían fuera de esta máquina encuestadora tan existosa. En este sentido, en forma paralela se desarrollaron otras formas de acceder al mundo social incluso aplicados al campo de la opinión pública basados en las técnicas cualitativas de investigación[3]. Estos desarrollos descansaron en otra corriente de las ciencias sociales que también se desplegó a lo largo del siglo XX: la fenomenología y que tuvo su correlato epistemológico en la hermenéutica y en la etnometodología. En este sentido se debe remarcar la oposición que ha generado esta concepción de la ciencia social de la sociedad (Wilson, 1990). Por este motivo las dos estrategias de abordaje: cualitativa y cuantitativa se han mostrado como opuestas y con resultados divergentes (lo que no es necesariamente cierto).

Desde el punto de vista fenomenológico la investigación en ciencias sociales solo puede alcanzar ciertos niveles de interpretación de los fenómenos sociales ya que, a diferencia de las ciencias de la naturaleza, la observación de sujetos/actores sociales es realizada por otro sujeto que necesariamente interactúa en ese medio. Además, la información que se logra registrar o alcanzar por el investigador ya fue previamente interpretada los propios agentes, es decir por la fuente primaria (observador de primer orden). Esta interpretación tiene el propio lenguaje como constructo principal. Por ese motivo Antony Giddens (1993) ha planteado que la investigación social tiene el carácter de la doble hermenéutica, se interpretan señales planteadas por los sujetos primarios que ya interpretaron sus acciones desarrolladas en acciones o relatos. Incluso es posible hablar de triple hermenéutica cuando se trata de interpretar y/o comparar investigaciones o estudios realizados diacrónicamente.

Como se señaló, varias de las escuelas vinculadas a la tradición fenomenológica como la etnometodología tradujeron sus esfuerzos de investigación en analizar las subjetividades mediante las estrategias cualitativas ya nombradas, pero también las investigaciones realizadas mediante cuestionarios estandarizados existe una interpretación tanto en la generación como en la recepción de las preguntas realizadas y en la exégesis de las categorías que muchas veces se proponen en los cuestionarios. Esta interpretación que realizan los sujetos no es trivial, sino que está atravesada por múltiples discursos que puede incluir a la propia difusión de resultados y popularización de las teorías sociales. Un ejemplo de las teorías “populares” es la psicoanalítica donde no es extraño que los propios sujetos (o pacientes) preinterpreten sus actos (como sueños o fallidos) a la luz de su conocimiento de la teoría freudiana. Esta teorización del sentido común puede trasladarse con aun mayor facilidad a los estudios de opinión pública hasta el punto donde se pueden hallar respuestas estratégicas por parte de los encuestados.

En síntesis, la idea que se intenta desplegar va contra la concepción común que los “datos se explican solos”. Por el contrario, múltiples esfuerzos interpretativos median entre la experiencia directa del mundo de la vida (como expresaba Alfred Schutz) y las explicaciones de comportamientos sociales de agregados complejos desde pequeños grupos hasta la sociedad como un todo.

La fuerza del relativismo

La discusión central que enfrentó a las dos estrategias principales para comprender en mundo social entre el objetivismo y el subjetivismo han resultado fatales para el desarrollo de los estudios de opinión pública en las primeras décadas del siglo XXI debido a que las promesas de predicción de los estudios mediante encuestas electorales mostraron “fallas” que tuvieron amplias repercusiones en los medios de comunicación[4], y que las ponen al borde de la desacreditación. Las estrategias objetivistas también son cuestionadas desde las posturas relativistas radicales que consideran que no es posible plantear leyes generales y universales transcendentes.

Los planteos del relativismo cognitivo sostienen que el mundo no tiene características intrínsecas o trascendentes, sólo existen interpretaciones y subjetividades. Significa en otras palabras la caída de la “verdad objetiva”, o como ha expresado Richard Rorty que se trata simplemente de elegir la mejor explicación disponible para entender lo que está sucediendo: “la desacralización del mundo reconstruye las formas de creencias donde las inquietudes acerca del estatus cognitivo y la objetividad son características de una cultura secularizada en la que el científico sustituye al sacerdote” (Rorty, 1996, pág. 57). Las ideas planteadas por Michel Foucault sobre la verdad vinculada al tiempo histórico, también significó un cambio trascedente sobre lo que se entiende como “objetividad” vinculado a entramados de poder y el dominio del saber.

Me propongo mostrar a ustedes cómo es que las prácticas sociales pueden llegar a engendrar dominios de saber que no sólo hacen que aparezcan nuevos objetos, conceptos y técnicas, sino que hacen nacer además formas totalmente nuevas de sujetos y sujetos de conocimiento. El mismo sujeto de conocimiento posee una historia, la relación del sujeto con el objeto; o, más claramente, la verdad misma tiene una historia (Foucault, 1995, pág. 6).

Esta presentación llevada adelante por Foucault en las conferencias de Río de Janeiro en 1973 traería intensos debates hasta el día de hoy. Sin embargo, sus consecuencias son de orden práctico, y han decantado en las tesis del relativismo cultural que afirma que todo principio moral se basa en convenciones de una sociedad dada, y decantan en el subjetivismo según el cual las elecciones individuales determinan los principios morales. El relativismo cultural abre las compuestas de la diversidad, de modo que se supone que se pueden generar comportamientos no reglados, que las normas o reglas culturales mutan de una época a otra, de una sociedad a otra, pero en su carácter último pueden mutar de grupo en grupo en una misma sociedad y época, y hasta de persona a persona, disolviendo en última instancia el propio concepto de sociedad.

El relativismo cultural parece emerger triunfante en el siglo XXI e incluso revolucionario en el respecto a la diversidad y a la diferencia, y efectivamente se verifican cambios en torno a un conjuntos de variables considerados canónicos como raza, sexualidad, etnia o incluso nacionalidad. Sin embargo, aparece como obstáculo (o muro) epistemológico el impedimento final de conocer al otro en tanto no es posible aprehender nada si no se es parte de esa cultura. Sin embargo, frente a esta imposibilidad radical Geertz plantea que “podemos aprehender bastante, al menos tanto como aprehendemos cualquier cosa que no es propiamente nuestra; sin embargo, lo aprehendemos, no al reconsiderar las interpretaciones entremezcladas que nos conectan a ella, sino al mirar a través de ellas” (1994, pág. 80).

Fragmentación del mundo social

Como se expresó más arriba, aquellos inicios de la encuesta de opinión como herramienta principal para acceder a la opinión pública desde los años 40 del siglo XX, tenían sus bases técnicas en las estrategias de muestreo que se fueron adaptando desde el muestreo simple aleatorio, que pensaba a los objetos/sujetos como selecciones dentro de un bolillero desde donde se extraían los casos, a modelos más complejos adaptados al territorio (fundamentalmente de las grandes urbes), combinando estratos, conglomerados y el sorteo simple dentro de cada hogar. Pero el sustento del modelo se basaba en un mundo social que lograba una estabilidad social estructural (siempre relativa) pero que organizaba funcionalmente a las sociedades, especialmente a la estadounidense y europea. Desde esos días las preguntas de clasificación, es decir aquellas variables por fuera de las opiniones se organizaron alrededor de algunas pocas donde la ocupación era (y sigue siendo) uno de los elementos principales. Patrones, trabajadores de cuello azul y cuello blanco eran las terminologías predominantes en un mundo que ya no parecía encontrar sorpresas. Richard Sennet muestra con claridad las claves de aquellos días “lo que más me sorprendió de Enrico y su generación fue cuán lineal era el tiempo en su vida: año tras año en empleos que raramente presentaban cambios en lo cotidiano; en ese tiempo lineal, los logros eran acumulativos” (2005, pág. 14).

La cohesión social fue un concepto clave durante el siglo XX para describir sociedades en donde se generaba una identidad común, la confianza mutua, y ciertos valores compartidos tanto en los campos políticos, económicos y culturales. (Lozares, Martí, Molina, & García-Macías, 2013). El siguiente elemento fundamental a fin de identificar las fuentes de las diferencias de opiniones en diversos temas era (y sigue siendo) el nivel educativo, fundamentalmente el paso de los sujetos por el sistema formal de educación, poniendo a un costado otros conocimientos o habilidades como por ejemplo la de oficios, los artesanos o artistas. Obviamente se daba por sentado que el nivel educativo certificado se asociaba fuertemente con la ubicación en el mundo laboral, de esta forma se esperaba que los obreros tuvieran niveles menores de años de educación que los cuadros medios o gerenciales. Pero esta clasificación también suponía una universalización del sistema educativo con fases bien delimitadas, inicial o primario, medio y superior o universitario.

Si bien difícilmente se pueda plantear que aquellas condiciones de la “época dorada” del capitalismo hayan desaparecido, se han ido reestructurando desde los años ´90 del siglo XX por los desplazamientos (deslocalización) de los entramados industriales en el mundo hacia zonas con amplia mano de obra y de bajos salarios. Los efectos de estos cambios trascienden a los aspectos económicos para producir impactos desde los procesos políticos. sociales, hasta los urbanísticos, pasando por los aspectos sociales y culturales (Boltanski & Esquerre, 2016). Sin embargo, no es solo un problema de cambio en las estructuras productivas, adicionalmente en las primeras décadas del siglo XXI comienzan a surgir identidades diferentes a las tradicionales que habían ocupado a las ciencias sociales hasta el presente como las identidades religiosas, las clases sociales, e incluso las nacionalidades. Las nuevas identidades son variadas y parecen multiplicarse en forma incesante, a punto tal que parecen reversionar a las olvidadas teorías de los roles. Estos roles adquirirían la forma de máscara goffmaniana ya que “en la medida en que esta máscara representa el concepto que los sujetos se forman de sí mismo y de acuerdo del rol con el cual se desea vivir, esta máscara es “sí misma” más verdadera, que su determinismo biológico o familiar” (Goffman, 2012). Obviamente que las dificultades para descubrir al “verdadero individuo” se complejizan al punto que como lo recordaba Goffman, “las actitudes, creencias y emociones “verdaderas” o “reales” del individuo pueden ser descubiertas solo de manera indirecta, a través de sus confesiones o de lo que parece ser conducta expresiva involuntaria” (2012, p. 14).

Sin embargo, se debe considerar que los roles tampoco pasarían a reemplazar a las antiguas estructuraciones, por el contrario, funcionan como cadenas de códigos y a su vez pueden combinarse, dividirse o dar lugar a nuevas realidades de fragmentaciones interminables. De esta forma lo expresarían Gilles Deleuze y Félix Guattari:

Es como si de golpe hubiese una cadena, una cadena significante, después esta intercepta un fragmento de otra cadena significante… en una sociedad, hay cadenas en todos los extremos, no hay una sola cadena, un significante mayor, es como una banda donde hay un montón de cosas que pasan, después un fragmento intercepta a otro fragmento (1994, pág. 56).

Se ha considerado extensamente el espacio laboral ocupado (o la categoría socio-profesional) como un elemento clave en la generación de la conciencia de clase, constructor de esquemas de sentidos y percepciones y a partir de allí la producción de rutinas, perspectivas, opiniones, gustos e intenciones, pero se debe destacar que avanzando el siglo XXI la fragmentación del mercado laboral (trabajadores autonomizados, informales de baja calificación, terceristas de grandes corporaciones, la nueva elite de trabajadores de la industria de tecnologías avanzadas, etc.) también debería generar subjetividades diferenciadas.

Si bien se sigue pensando que los determinantes identitarios son fundamentales para capturar diferentes formas de pensar y evaluar el entorno político y social, el propio término de identidad está en crisis (Descombes, 2015). El propio principio de la religión que se consideró “ordenador” de las sociedades durante largos períodos de tiempo al punto de ser considerado por Weber como impulsor del capitalismo ha sufrido una transformación hacia el mundo de las “espiritualidades” (Zinnbauer, Brian J. et al., 1997) que conlleva no sólo a la extrema dispersión de las iglesias, sino al crecimiento de creencias diversas como la fuerza de la energía, la transmutación, la armonización, etc., formando nuevas identidades por fuera de los entramados institucionales (Beck, 2009). Si tradicionalmente la religión era un elemento característico para interpretar el mundo social por parte de los agentes, el vínculo con el territorio, a partir del siglo XX se transformaría en un elemento central con el nacimiento de la “nación”, pero tampoco sería suficiente para entender el habitus de los sujetos. Para esto hubo que interpretar su inserción en el mundo productivo y luego incorporar este elemento en un índice más complejo (el nivel socioeconómico) dónde el nivel de estudios formales pasó a tener un peso cada vez mayor, y también la evaluación del nivel de estudios de los padres, bajo la concepción que el tipo de hogar de proveniencia “constreñía” a los agentes a un mundo limitado (el capital cultural en Bourdieu). Sin embargo, a partir de los años sesenta del siglo XX emerge la cuestión generacional como disruptiva desplazando al hogar de proveniencia como central. “Ser joven” pasó ser un rasgo identitario en sí mismo. Ese rasgo lejos de relativizarse se profundiza en el siglo XXI como producto de la revolución de las tecnologías computacionales con la generalización del uso de la categoría de “nativo digital” (Piscitelli, 2008). Conforme avanza el siglo XXI, otros elementos posidentitarios (como la multiplicidad que generan las autopercepciones sexuales  o étnicas) comienzan a jugar y se vuelven decisivos para interpretar a la opinión pública con la generación de nuevos colectivos que se agregan (y desagregan) empleando las mediatizaciones que ofrecen las redes sociales computarizadas.

Uno de los movimientos más relevantes del siglo XXI es el feminismo que se ha transformado desde luchas puntuales como el sufragismo a un movimiento global (Sapiro, 1991), con características particulares en cada espacio nacional y subnacional, pero con fuerzas para introducir miradas y temas en la agenda pública (Losiggio, 2020). La cuestión del feminismo toca fibras profundas modificando la perspectiva de buena parte de la vida pública y privada, así como introduce nuevas miradas en la opinión pública tanto como disciplina y como sus metodologías, así como en las nuevas tematizaciones que se incorporan. Sin embargo, a pesar de la amplitud de la cuestión feminista, ésta se puede incluir en la agenda de género que incluye la “explosión” de las diferentes minorías, que generan tanto sus organizaciones como sus demandas en la escena pública y política. Para algunos autores se trata de la emergencia de los valores posmateriales en competencia con los tradicionales materiales (Hayes, McAllister, & Studlar, 2000), lo cual puede relativizarse al observarse los ingresos económicos percibidos por distintos segmentos poblacional.

Se debe señalar que las identidades dejaron de representar patrones fijos y estables, por el contrario, se puede hablar tanto de identidades múltiples, identidades débiles e identidades cambiantes que se van articulando en torno a otros ejes y preocupaciones, que muchas veces pueden parecerse a modas o a estilos de vida y como señalara tempranamente Bourdieu en La Distinción (2012). Las prácticas marcan diferencias “percibidas por unos agentes dotados de los necesarios esquemas de percepción y de apreciación para descubrir, interpretar y evaluar en ellos las características pertinentes, funcionan como estilos de vida” (2012, págs. 200,201). Esto requiere una reactualización de métodos que incorporen nuevos indicadores que funcionen como variables independientes.

Otro ejemplo de elemento novedoso y reciente generador de identidades es la cuestión de la comida y las formas de alimentación, que se vincula a anteriores luchas de ecologistas y ambientalistas y que implican nuevas miradas sobre el mundo de la vida. Se trata de nuevos estilos de vida y una actualización de valores incorporables al capital cultural que va más allá de los viejos patrones como el acceso al arte o al mundo académico. El nuevo conjunto de nociones (de las cuales el veganismo es una de ellas) vincula no sólo selecciones sobre qué es lo adecuado para alimentarse sino una posición sobre el mundo y la naturaleza, en, por ejemplo, el rechazo a los productos de cuero y al maltrato animal y que se constituye como una nueva forma de militancia política y social, constructora de identidades. Como plantea Motta:

se están produciendo nuevos procesos de cambio social a medida que las cuestiones alimentarias se politizan cada vez más. La alimentación llega a los medios de comunicación de masas y a las conversaciones públicas, y se convierte cada vez más en un marcador de posicionamiento político, especialmente entre los jóvenes, como en los recientes debates sobre el consumo de carne y el cambio climático[5]. (2021, pág. 604).

En las nuevas formas de movilización no se pueden dejar de visualizar las formas de militancia online que van desde la queja y el enojo que los ciudadanos realizan en los medios online y redes sociales, hasta las convocatorias a petitorios (estilo change.org y similares) y las movilizaciones políticas convocadas desde lo virtual.

Pensar la nueva opinión pública

Si se sigue considerando que los procesos sociales, económicos y políticos continúan teniendo repercusiones en la vida de los individuos y sus núcleos vitales, ya sean en forma de conversaciones cara a cara o virtuales, y que generan acciones políticas en forma de la opinión política movilizada y en términos de “opinión expresada” aunque sea en la forma más simple como el voto hastas las rebeliones masivas, justifican la existencia de la opinión pública como una disciplina que se nutre de diversas tradiciones y que tiene como finalidad comprender las acciones políticas de la sociedad.

De todos modos, no se trata aquí de replantear la discusión sobre las definiciones sobre la opinión pública que no han tenido un efecto conducente, sino buscar estrategias de aproximación en escenarios de complejidad y cambios acelerados. En este sentido se puede observar las dificultades que la mayoría de los estudios de opinión pública presentan y la han ido alejando de una subdisciplina de las ciencias sociales, para adoptar formas de empirismo radical buscando “reflejar” lo que la gente dice, sin ingresar en los aspectos más espinosos de los “porqué”. En este sentido se trata de recuperar algunas tradiciones de las ciencias sociales que se fueron distanciando del trabajo más profesionalizado de la generación de reportes de actualidad. En este proceso de reunir viejas y nuevas tradiciones se propone aquí una breve introducción de tres ejes que se consideran vitales para el análisis social en general y de la sociología política y opinión pública en particular: la recuperación de las teorías de alcance medio; la escenificación de la generación de opiniones en torno a tramas y prácticas sociales y la dinámica del sistema social a través de la óptica de sus aceleraciones.

1. Teorías de alcance medio

Ante la dificultad de expresar marcos teóricos que muestren la totalidad del mundo social, una alternativa productiva es la introducción de las teorías de corto y mediano alcance para explicar los fenómenos. En ese sentido es relevante la definición de Robert Merton sobre las teorías intermedias, que se diferencian de las extensas y omnicomprensivas, pues se trata de generar

hipótesis de trabajo menores pero necesarias que se producen abundantemente en las rutinas de investigación. Sin embargo, para proponer esto se debe suspender, aunque no sea de forma transitoria, la segunda parte del párrafo y los esfuerzos sistemáticos totalizadores por desarrollar una teoría unificada que explicara todas las uniformidades observadas de la conducta, de organización y los cambios sociales (Merton, 2002, pág. 56).

Sin dudas la cercanía de Merton a Parsons es conocida, sin embargo, esta la connotación valorativa de las teorías intermedias o de corto alcance como también se las denominó, dio al menos un matiz al estructural-funcionalismo dominante hacia mediados del siglo XX y que buscaba explicar la totalidad.

Para Merton las teorías de alcance medio (TAM) consisten en conjuntos limitados de supuestos, confirmados por la investigación empírica con hipótesis específicas y que pueden reunirse en redes más amplias de teorías, sin perder la abstracción que remitan a diferentes esferas de la conducta social y de la estructura social, pero (y aquí está el punto en cuestión) que trascienda la mera descripción o la generalización empírica. Muchos de los ejemplos que presenta Merton son propios de los temas de investigaciones relevantes en los círculos académicos estadounidenses de su época y que puede volver a emergen tiempos posteriores como por ejemplo la teoría del conflicto social empleada para analizar “subconflictos” como étnicos, raciales, de clase o incluso internacionales. Como el autor lo explicita se deben distinguir “entre problemas microsociológicos, evidenciado en la investigación de pequeños grupos, y los problemas macro sociológicos, evidenciado en los estudios comparativos de movilidad social y de organización formal, y la interdependencia de las instituciones sociales” (pág. 87). La utilidad de las TAM sugiere que pueden emplearse tanto en problemas localmente focalizados (por ejemplo, determinados conflictos ambientales, o elecciones subnacionales, o acontecimientos geográficamente limitados), como en procesos temporales (crisis económicas, políticas y sociales, procesos electorales, hasta revoluciones). Sin embargo, surge la duda hasta dónde se pueden establecer “micro teorías” con poder explicativo y en qué medida logran vincularse con los procesos sociales más amplios, sobre todo hasta dónde llega lo micro. De esta forma, Morrow y Muchinsky cuestionan cuatro puntos de las TAM:

1) El énfasis en las proposiciones contrastables no sería más que un ardid para una concepción positivista de la ciencia, 2) los errores en teorías iniciales o en un conjunto de suposiciones de las que una teoría de alcance intermedio se deriva no son detectables, 3) el pensamiento de alcance intermedio promovería la fragmentación y un énfasis excesivo en las teorías especializadas independientes, 4) la búsqueda de teorías intermedias estimula bajos niveles de ambición y la investigación no-teórica.

Finalmente se deben destacar las ventajas de estas teorías planteadas por los mismos autores:

1) su capacidad de trascender la descripción pura y simple de las observaciones empíricas, 2) su capacidad para recurrir a unidades de análisis, perspectivas y aún disciplinas divergentes, con el fin de formular una nueva teoría; 3) su reconocimiento de que el conocimiento básico debe ser obtenido antes de que complejas cuestiones teóricas puedan ser contestadas, y 4) su flexibilidad, una vez que permite a los investigadores buscar la generalización sin respaldar totalmente la creencia de que se puede lograr una sola ciencia social unificada. (Abreu, 2020, págs. 180-181).

Frente a las tentaciones de la investigación completamente basada en la presentación de datos empíricos, las TAM otorgan mayor profundidad en las explicaciones de los fenómenos, pues si al tiempo que se muestran los resultados se proponen algunas hipótesis vinculadas a su contexto, las investigaciones podrán crecen en densidad explicativa y finalmente construir una red teoría más amplia. Esto es particularmente útil para pensar en el ascendente problema de la fragmentación de las sociedades, públicos, audiencias y permite identificar segmentos que tienen comportamientos distintos aún a una puerta de distancia.

2. Tramas y prácticas

Más allá de los logros encomiables de la técnica de encuestas que sigue vigente en prácticamente toda la información de que se produce en el mundo (Kuechler, 1998) no es posible dejar de observar que uno de los principales supuestos de la muestra aleatoria es la independencia de las observaciones. Es decir, el principio del individualismo metodológico sigue resultando la columna vertebral de la encuesta, de hecho, como es sabido cuando un cuestionario hace referencia a un hogar, la información es suministrada (en general) por su referente (preferentemente principal sostén económico). Este principio no impide de ningún modo que la vida social no funcione de modo relacional. En este sentido, es relevante pensar que las sociedades o al menos sus fragmentos funcionan en modo de tramas. Por el contrario, tampoco es posible pensar como plantean las posturas más extremas del relativismo que las sociedades han desaparecido dando lugar a una suerte de anarquía, abandonando toda experiencia compartida.

En este sentido, se debe recuperar el concepto bourdesiano de práctica o sentido práctico que implica una noción disposicional que permite el ajuste de los agentes desde sus habitus hacia su acción en el campo. Bourdieu plantea que “cada agente tiene un conocimiento práctico, corporal, de su posición en el campo social” (1999, pág. 220). Contrariamente al pensar que las características de los agentes son producto del azar o de la suerte, los habitus son condicionamientos asociados a las condiciones de existencia y como “sistema de disposiciones duraderas y trasferibles” (2007, pág. 86) funcionan como principios generadores de prácticas que son adaptadas a ciertas metas sin un propósito consciente (casi como en la acción social weberiana), ni requieren el dominio particular de las operaciones para alcanzar los objetivos, sin necesariamente la respuesta a reglas explícitas, ni una respuesta en forma de obediencia.

En tanto el habitus como productor de estrategias debe ser objeto de los análisis y generador de hipótesis que permita observar a la práctica como una respuesta no azarosa, pero tampoco racionalmente diseñada en términos de utilidad o beneficio directo. Pero las prácticas no se ejercen en el vacío, sino que existen asociadas a “reglas del juego”, contextos de normas escritas y tácitas que marcan fronteras que en algunas ocasiones algunos agentes están dispuestos a traspasar. “El juego social es reglado, es el lugar de regularidades. Las cosas pasan en él de manera regular: los herederos ricos se casan regularmente con menores ricas” (Bourdieu P. , 2007, pág. 72). El ejemplo que da el autor es aplicable a diversos contextos, la “regularidad” de las formas matrimoniales sugiere tendencias pero que pueden configurarse de otro modo en el marco de otro juego.

El problema estriba en observar que el juego social es de carácter espacial y por lo tanto multidimensional, donde nuevos elementos convergen como las habilidades y posibilidades lingüísticas de los agentes, pero también elementos emotivos que suelen ser difícil tratamiento, como el propio proceso de enamoramiento en materia de juegos matrimoniales. El proceso del pasaje de una categoría unidimensional como “clase social” a la multidimensional “espacio social” en Bourdieu es explicado por Denis Baranger (2004), basado en el texto “Anatomía del gusto” publicado junto a Monique de Saint-Martín en 1976, previo a La Distinción. Allí se describe dos esquemas sinópticos: el espacio de las posiciones sociales y el espacio de los estilos de vida. En el primer espacio surgen las categorizaciones “convencionales” de las categorías socio-profesionales (ocupación), mientras que en el espacio de los estilos de vida se presentan una serie de indicadores sobre gustos y prácticas culturales. Sin embargo, para combinar las diversas fuentes de información los autores deberán recurrir a técnicas estadísticas más avanzadas como el análisis de correspondencias múltiple. Mayor complejidad aún se presentará cuando se trate de combinar los diversos tipos de capitales que posean los individuos, algunos como el social de difícil ponderación.

Resulta relevante ampliar el concepto de prácticas. Tradicionalmente se las asoció a las rutinas cotidianas, y formas habituales de resolver cuestiones de la vida diaria. Sin embargo, dentro de esas prácticas Bourdieu mostró que no se tratan de movimientos mecanizados, sino que son productoras de comportamientos o acciones sociales que si bien no son completamente conscientes o racionalizados tienen efectos. Sin embargo, no se debe dejar de apreciar que las prácticas tienen mucha información incorporada y por incorporar, por lo que la dinámica informativa a la que está expuesto el sujeto (que excede a su campo particular) puede reforzar esas prácticas o a modificarlas, cuando el contexto se lo imponga. De este modo se debe evitar la imagen de un habitus fijo, a la manera de una personalidad determinada. Por el contrario, las estrategias personales tanto para “encajar” o “para ganar posiciones” implican necesariamente una búsqueda de nuevos capitales o una mejora de los existentes. También obviamente desarmar el entramado de “prácticas” resulta esencial para entender situaciones específicas como la adopción de una postura política determinada, voto en una elección o el consumo de ciertos bienes. Asimismo, se debe reintroducir la cuestión de la intencionalidad de la práctica. Es probable que si se la considera como una acción forjada en los intersticios de lo consciente e inconsciente la intencionalidad esté opacada o sea considerada poco relevante.

3. Aceleraciones

Uno de los desafíos para el análisis de la opinión pública en el nuevo siglo es la aceleración de los procesos sociales motorizado por la(s) revolución(es) tecnológica(s) y la explosión del ecosistema de medios. Si los periódicos en papel se desarrollaron a lo largo de tres siglos (Alonso, 2007), la radio en uno, y la televisión en apenas setenta años, hoy los medios en distintos formatos se reproducen mediante internet se han desarrollado en solo tres décadas y van mutando año a año.

La aceleración o aceleracionismo se ha convertido en un foco de atención para quienes observan que la robotización y la inteligencia artificial ha desatado una nueva etapa del capitalismo global. A partir del Manifiesto por una política aceleracionista de Nick Srnicek y Alex Williams (2017) se plantean los interrogantes que introducen el capitalismo basado en plataformas y nuevas modalidades de extracción de plusvalor ancladas en formas innovadoras de flexibilización de la fuerza laboral, la integración entre micro empleo y el tiempo libre en el marco de la liberalización de los flujos financieros internacionales. Catherine Coquio presenta la fórmula de la aceleración como una “espiral autoalimentada” de tres procesos: “1) carrera tecnológica (internet, trenes de alta velocidad, aceleración de los flujos de datos), 2) mutación social (movilidad profesional, recomposiciones familiares, obsolescencia de los objetos), 3) aceleración del ritmo de vida (multiplicación de tareas en tiempo reducido, hiperconexiones cronofágicas)” (2021, pág. 2).

Sin embargo, Rosa da un paso más allá de los desarrollos materiales y avanza hacia un cambio perceptual mayor donde en la aceleración social se verificaría “un aumento en las tasas de decadencia de la fiabilidad en las experiencias y en las expectativas, y por la contracción de los lapsos definibles como el ‘presente’” (Rosa, 2011, pág. 17). No sólo los regímenes de verdad entran en crisis, sino también la duración de las creencias de las nuevas verdades, en un marco cognitivo de disminución de tiempos de atención de los sujetos. Los “nuevos medios” tecnológicamente globalizados (aunque contenga contenidos locales) funcionan como aparatos ideológicos totales de la mano de la profesionalización de la política y en conjunto generan regímenes de verdad mutantes.

La aceleración del ritmo de vida genera dos transformaciones fundamentales relacionadas entre sí: la transición en las identidades personales y el declive de la política. Sobre las transiciones identitarias se observa la construcción de un lenguaje que evita predicados de identidad para pasar a utilizar indicadores temporales. Se pasa a hablar “de trabajar (por el momento) como panadero en lugar de ser panadero, vivir con Mary en lugar de ser el marido de Mary, ir a la iglesia metodista en lugar de ser un metodista, votar al partido republicano en lugar de ser un republicano” (Rosa, 2011, pág. 32). Podría plantearse que existe un corrimiento del eje identitario para pasar a generar una identidad periférica o provisional.

El declive de la política es retratado por autores como Colin Crouch por la aparente contradicción que a lo largo del siglo XX más y más países fueron estableciendo instituciones políticas basadas en el voto, sin embargo, no prosperaron formas democráticas más allá del sufragio en la medida que las personas corrientes no se han volvado a intervenir activamente en el diseño de la agenda pública (Crouch, 2004). Por el contrario, esta “agencia” sería conquistada por las grandes corporaciones transnacionales y sus lobistas en alianza con las dirigencias políticas en diferentes puntos del globo y dónde la caída del muro de Berlín marcaría la homogeneización y el triunfo del paradigma neoliberal. Rosa va más allá y plantea la desaparición de la política por su incapacidad del sistema político de acompasar la aceleración de todos los espacios sociales. La sociedad no sólo se fragmenta, sino que se desincroniza con el resultado del surgimiento de “guetos temporales”. (Rosa, 2011). No obstante, el “catastrofismo” de Rosa es cuestionado como una visión simplificadora con una lógica social perimida (Coquio, 2021).

Más allá de las críticas recibidas se debe destacar que si las hipótesis del aceleracionismo fueran adecuadas, dos de los mayores enfoques teóricos para aproximarse a la opinión pública se verían cuestionados. En primera instancia la teoría de la espiral del silencio de Elizabeth Nöelle-Neuman (2003) debería ser modificada para que no pierda poder explicativo. Como se explicó en capítulos precedentes existen determinados momentos políticos y sociales donde se produce un “shift” que cambian las ideas dominantes. Esos momentos los agentes perciben que sus ideas pueden ser expresadas sin padecer el aislamiento de los demás miembros de su comunidad. Cuando las sociedades se aceleran y también se desincronizan, los shift pierde su razón de ser, porque todas las opiniones “están sobre la mesa”, es decir se pueden plantear simultáneamente. Las ideas sociales pueden variar con mayor velocidad y fluidez, al punto que es difícil determinar las ideas dominantes.

Los antiguos momentos de cambio requerían cierta organización de las narrativas sociales que tuvieran pregnancia en todo el espacio social. Luego, la aceleración de los procesos sociales sumado a la aceleración de los flujos informacionales también ponen en cuestión otra de las clásicas teorías de la formación de opinión pública, la llamada agenda setting o establecimiento de agenda que expresa que los medios de comunicación generan ciertos condicionamientos en las opiniones en los temas que se discuten. “Fijar la agenda, se ha convertido en una locución común a la hora de hablar de política y opinión pública” (2006, pág. 11): así comienza uno de los principales textos de McCombs, y uno de sus mayores problemas es precisamente si se puede pensar que algo puede estar “fijo” en la era de la fluidez.

Por otra parte, un indicador del impacto de la aceleración tecnológica en la vida cotidiana se puede observar en la cantidad de información disponible. La sobreinformación es síntoma de la época, como plantea Scott Lash: “se produce una sobrecarga de información, ganando ubicuidad y saliéndose de control, lo que denomina como la anarquía descontrolada de informaciones” (Lash, 2005, pág. 247). El punto culminante es que la escasez de tiempo (objetivo y subjetivo) se combina con la multiplicación de fuentes informativas generando una suerte de “déficit de atención generalizado”. La clásica “tematización” con que organizaba la opinión pública separando “issues” con determinadas características y duración en el tiempo que captaban la opinión ciudadanía e impulsaba a discusiones públicas y privadas se acelera y se multiplica. Esto sucede también con la agenda de medios, donde los periódicos pierden capacidad de plantear novedades frente a los portales digitales y éstos a su vez siguen a las discusiones en redes sociales. Esto no quiere decir que los “grandes temas” que se discuten pierdan vigencia: desempleo, crisis ecológica, corrupción, etc., siguen siendo cuestiones a las que finalmente se vuelve, pero los disparadores de cada situación se modifican generando reacciones que presentan singularidades y de las cuales pueden emergen acontecimientos imprevistos.

Viejos y nuevos métodos para la nueva opinión pública

Se ha buscado en este texto mostrar la hipótesis simple que cambios profundos en las sociedades deben corresponderse a actualizaciones teóricas y metodológicas para el estudio de la opinión pública. En este sentido resulta fundamental romper con la dicotomía clásica que separó a la “escuela europea” de la “escuela estadounidense” y que marcó la distancia entre la elaboración teórica y conceptual y la práctica fuertemente basada en la empiria. No se puede perder de vista que el avance de las técnicas de captura de datos de internet, el análisis de redes sociales y el lenguaje no estructurado plantea oportunidades y desafíos que cuestionan el despliegue de la lógica tradicional de las ciencias: definición de los problemas de investigación, planteo de hipótesis, operacionalización de las variables, construcción de los instrumentos, captura y análisis. En las nuevas formas investigativas se invierten las etapas del proceso, se captura información que circula en internet y a partir de allí de busca reconstruir o comprender la lógica, más cercano a las metodologías de la arqueología (Gardin, 1967). Muchos de estos nuevos procesos plantean interrogantes ya que abunda el ordenamiento automático de la información, con el uso de algoritmos que se alejan del conocimiento directo del investigador (caja negra). Sin embargo, no se puede obviar que estos métodos irán ganando en precisión con el transcurso del tiempo, aunque por otra parte tendrán que enfrentar el problema de la propiedad intelectual y control de los datos que se suelen asentar en los servidores de las grandes corporaciones.

En el uso de los métodos tradicionales como la encuesta o los grupos focalizados mediados por las computadoras también plantean desafíos. El abandono progresivo de las encuestas en territorio para trasladarse a las redes sociales y a los paneles construidos ad hoc, pone en jaque la idea del muestreo simple al azar y el cálculo del error de estimación. Las ventajas de estas formas de generar datos es la velocidad y la reducción de los costos, la contrapartida es la dificultad para evaluar los sesgos introducidos, porque ejemplo la dificultad para encuestar a los sectores con menos exposición a las tecnologías de comunicación computacionales.

También en las técnicas cualitativas como entrevistas y grupos focalizados las tecnologías de comunicación han abierto la posibilidad de la realización de trabajos de campo en forma online, generando incógnitas en cuanto a las diferencias en torno a las formas de entrevistas cara a cara. En cuanto a los grupos focalizados realizados online también se puede debatir si allí se cambia la dinámica de grupos que se espera para el funcionamiento de ese modo de construir conversaciones.

Aún los “viejos” métodos tienen mucho para generar en la producción de investigación en opinión pública. En este sentido se debe recuperar los procesos mixtos de investigación con triangulación de las técnicas que permite la “desautomatización” de los datos, especialmente de los provenientes de las encuestas de opinión. En este sentido, siguiendo a Hernández Sampieri y otros (2006) se pueden identificar diversas formas o esquemas de triangulación:

  • Triangulación de datos. Comparando los resultados de datos obtenidos con distintas estrategias de investigación.
  • Triangulación de métodos. Aquí cada estrategia se convierte en una etapa, cuyos resultados se emplean para construir los instrumentos de la siguiente etapa. Se puede emplear los conceptos de la investigación cualitativa para generar los cuestionarios (lo más habitual), u observar los resultados cuantitativos para comprender los discursos sociales que justifican dichos eventos.
  • Triangulación de investigadores. Se comparan los resultados de investigaciones con similares problemas y objetivos, pero con estrategias e instrumentos diversos.
  • Triangulación de teorías y disciplinas. Partiendo del mismo problema se combinan distintas perspectivas teóricas para arribar a conclusiones unificadas.

La producción de técnicas mixtas tiene como finalidad profundizar el análisis y buscar la comprensión de las tramas que se producen en la sociedad, atendiendo a elementos emergentes no previstos en las formas precodificadas de investigación. También la adición de lecturas de sucesos en internet permite fundamentalmente incluir la “instantaneidad” de los hechos que tienen lugar en las redes. Sin embargo, es necesario identificar cuáles de esos sucesos permean a instancias más permanentes y pueden generar diferencias en los esquemas de percepción. No obstante, mucha información de la que circula es circunstancial o creada con la propia finalidad de producir estos efectos, por lo que identificar la información relevante parece cada vez más imperioso pero complejo en relación de la cantidad que circula. Finalmente se debe señalar que la velocidad con que se suele generar información cuantitativa en los ámbitos profesionalizados de la opinión pública (como empresas e institutos especializados) suelen producir análisis básicos (distribuciones de frecuencias y tablas bivariadas), pero es claro que las tramas sociales presentan complejidades que requieren de usos de técnicas multivariadas como análisis factoriales y de correspondencia, técnicas de agrupamiento (clúster) y análisis discriminantes. Es cierto que la presentación de los resultados obtenidos por medio de estas herramientas muchas veces escapa a la interpretación directa del lector no especializado, sin embargo, pueden dar claves de situaciones que escapan a los análisis más simples.

En síntesis, nuevas realidades requieren la actualización de las perspectivas teóricas que deben guiar a los estudios de opinión pública, incorporando teorías de corto y mediano alcance la inclusión de nuevas herramientas tanto como la renovación de las viejas, para intentar no sólo describir los fenómenos sino para acercarse al viejo objetivo de la ciencia de explicar.


  1. Nótese que los valores de la encuesta de AIPO de Gallup sin ponderar fueron 65,8% para Roosevelt y 32,9% para Landon (Lusinchi, 2012, pág. 36)
  2. La teoría de muestreo tiene una larga trayectoria enraizadas en la estadística y la teoría de las probabilidades basada en la posibilidad de seleccionar en forma aleatoria y probabilidad conocida un elemento proveniente de una población de objetos similares. Sin embargo, para llevar este modelo al terreno social (territorio) se tuvo que adaptar esta teoría en la selección de conglomerados y estratos danto lugar a las muestras polietápicas, no ajenas a cierta complejidad y dificultad para determinar sus márgenes de error.
  3. Nos referimos a dispositivos de investigación como observaciones, entrevistas, grupos focalizados, etc., pero también a interpretación de registros visuales y artísticos y expresiones lingüísticas de diferente índole.
  4. Uno de los mayores “fracasos” de las encuestas electorales se dieron en el contexto del Brexit, sobre el referéndum sobre la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, si bien no todas erraron en las predicciones, se debe señalar que lo resultados (51,9% por la salida y 48,1% por la permanencia estaba dentro de los márgenes de error para la situación más desfavorable donde p=q=.50.
  5. Traducción propia


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