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2 ¿Quién forma parte de la opinión pública?

Pierre Bourdieu se constituyó a lo largo de la segunda mitad del siglo XX en uno de los referentes más importantes de la sociología[1], contribuyendo a la renovación de la crítica científica y fundador de un nuevo paradigma sociológico (Bonnewitz, 1998). Los cientos de escritos, libros, comunicaciones (en soledad o con otros autores), conferencias, reportajes, etc. realizados por el autor, (aun con la posibilidad de plantear un reduccionismo) se pueden clasificar a grandes rasgos cuatro ejes temáticos.

El primer eje, se basa en sus investigaciones en Argelia: Argelia 60 (2007) y El desarraigo (2017), el segundo se centra en la teoría social y sus raíces epistemológicas: El oficio del sociólogo (2002), Razones prácticas (1997), Meditaciones pascalianas (1999), y La producción de la ideología dominante (2009); luego el tercer eje combina las explicaciones teóricas con sus investigaciones empíricas: Los herederos (2008b), La distinción (2012), Nobleza de estado (2013) mientras que el cuarto eje combina sus intervenciones políticas: Contrafuegos (1995), con varios trabajos sobre la globalización y el neoliberalismo. Otros libros del autor son compilaciones de trabajos breves sobre temas puntuales o recopilación de sus conferencias: Cuestiones de sociología (2011) o Intelectuales, política y poder (2011), Esta bibliografía suele reunir artículos desde los tres puntos de vista.

La concepción teórica de Bourdieu se la ha denominado “estructuralismo genético” (Ansart, 1992), aunque también ha recibido el nombre de “constructivismo estructuralista” (Alvarez Sousa, 1996). Por estructuralismo Bourdieu define que existen en el mundo social estructuras objetivas, independientes de la conciencia y de la voluntad de los agentes. Por constructivismo plantea que existe una génesis de los esquemas de percepción, de pensamiento y acciones que son constitutivos del habitus y suelen disponerse asociados a determinados campos (2007).

Los campos se presentan como “espacios estructurados de relaciones” con grado variable de especialización, que se corresponde con un estado de relaciones de fuerza entre los agentes o instituciones comprometidos en una lucha por imponerse. Como producto de un proceso histórico de diferenciación, el mundo social moderno se desarrolla como una multitud de microcosmos. Estos espacios con desafíos, reglas, objetos e intereses específicos se presentan como relativamente autónomos, pudiendo desarrollar incluso léxicos o argots determinados como el campo artístico, científico, político, religioso, empresarial, universitario, etc. (Bourdieu & Wacquant, 2008).

En forma sintética se puede plantear que los campos son espacios institucionalizados y con relativa autonomía donde agentes individuales y colectivos concurren dotados en condiciones desiguales por contar también con recursos disímiles (Corcuff, 2008). Estos agentes compiten en torno a intereses específicos del campo en donde actúan, con una lógica de acumulación de capitales particulares (capital económico, social, cultural). Una de las características de este derrotero es la tensión permanente entre quienes son dominantes de la lógica del campo y quienes son dominados que intentan imponerse y pasar a dominar el juego.

En esta suerte de estructura que instituyen los campos los sujetos desarrollan, construyen y recrean sus habitus que son sistemas de disposiciones duraderas y transponibles que funcionan como principios generadores de prácticas y de representaciones que pueden ser objetivamente adaptadas a su objetivo sin suponer el punto de mira consciente de fines y el dominio expreso de las operaciones necesarias para alcanzarlas (Bourdieu P. , 2007). El habitus se va adaptando en relación al campo específico, siendo capaz de instituir actitudes en él que tienen sentido. Las actitudes (y opiniones) son la resultante del encuentro entre las disposiciones específicas a cada clase dentro del habitus y las dinámicas y estructuras de los diferentes campos. (Meuchsner, 2007)

En el esquema global presentado por Bourdieu en el par conceptual de habitus/campo, y la “complicidad ontológica” entre sus términos, el francés habría buscado superar las antinomias de la sociología clásica entre individuo y sociedad, entre individualismo y holismo, entre micro y macro, entre otras. Sin embargo, que “tales conciliaciones milagrosas sólo han sido posibles de ser realizadas al precio de grandes tensiones internas a su sistema teórico” (Baranger, 2004, pág. 19).

“El concepto que se niega a morir”

El concepto de opinión pública se debate desde principios del siglo XIX. Nöelle-Neumann (2003) expresa una suerte de disolución del concepto recordando los intentos de Harwood Childs en 1965 para recopilar las definiciones de opinión pública quien había inventariado más de cincuenta distintas.

Parte de la indefinición se explica porque el uso lingüístico de los conceptos de público y publicidad denotan una gran variedad de significados (Habermas J. , 2009), como se discutió en el primer capítulo. Estos significados están enmarcados en procesos históricos que van variando a lo largo del siglo XX, donde por ejemplo la idea de lo “público” y lo “privado” se han ido transformando y borrando sus líneas de demarcación. La opinión pública se ha resistido a una definición estable y consensuada.

Young (1995) plantea que existen dos enfoques para analizar la opinión pública, el primero, como un objeto estático organizado alrededor de las creencias y puntos de vistas en un corte transversal en torno a las opiniones del público. El segundo enfoque se sitúa en una dinámica propia en la formación de la opinión con un peso importante en la interacción de los agentes. Este último esquema se encuentra cercano al planteado por Nöelle-Neumann (1998) en el concepto de la espiral del silencio donde la interacción entre los agentes no es lineal o sino más bien opaca y estratégica, ya que los sujetos no funcionarían tanto en espejo o por imitación como planteaba Simmel sino buscando oportunidades de expresión, donde las diferencias de capitales (especialmente el cultural) marcan distancias tanto para la producción como la expresión de las opiniones. Dos instancias bien diferentes.

Como fruto de las concepciones basadas en un individualismo metodológico, aún hoy existe el equívoco de plantear que la opinión pública es sinónimo de encuestas de opinión. No obstante, el fenómeno de la opinión pública es de una complejidad dinámica que no resiste la definición sencilla, sin ponerla en contexto histórico, ideológico, estructural, temático, comunicacional, y por supuesto, empírico (Monzón Arribás, 1987). La versión demoscópica de la opinión pública que la reduce a una sumatoria de opiniones aisladas implica un reduccionismo, planteado desde quienes confunden la fiebre con el termómetro. Sin embargo, como expresa Luhmann, “la costumbre de orientarse por lo que opinan los otros se pierde hacia atrás en un tiempo inaprensible” (2009, pág. 304).

En su famosa conferencia dada por Pierre Bourdieu en 1972 en Arras y reproducida por Les temps modernes, “La opinión pública no existe”, el francés arremete contra las encuestas de opinión. En su primer párrafo aclara que su propósito “no es denunciar de manera fácil las encuestas de opinión sino proceder a un análisis riguroso de su funcionamiento y funciones” (2011, pág. 220). Bourdieu fue un gran usuario de encuestas como surgen de varios de sus trabajos de base empírica, sin embargo, su argumentación se basa en ciertas objeciones sin renegar de las capacidades técnicas de los modernos sistemas de muestreo, sostenidos en lo que comúnmente se denomina “representatividad” de la población. Pero en aquel texto el autor francés plantea tres objeciones sobre algunos de los postulados implícitos de los sondeos de opinión. La primera impugnación es que toda encuesta de opinión supone que todos pueden tener una opinión, o en palabras de Bourdieu “la producción de una opinión está al alcance de todos”. (2011, pág. 220). Este punto introduce la cuestión sobre quién estaría en condiciones de producir información en forma legítima, en definitiva, es la cuestión de la competencia y la habilitación. Dicha objeción podría extenderse a todo campo “productor de verdades” como el periodismo, el mundo científico o el campo político (del cual la opinión pública sería una contraparte).

El segundo postulado cuestionado, se deduce del anterior porque pone en tela de juicio que todas las opiniones valgan lo mismo y tenga el mismo peso. No obstante, uno de los grandes avances sociales del siglo XIX y XX fue el voto universal y secreto e incluso obligatorio en algunas partes del mundo. Si bien es claro que en las sociedades sólo algunas opiniones tienen un peso definitivo en la toma de decisiones, el voto es un resultado de luchas sociales y políticas, y el mundo de las encuestas de opinión pública electorales es tributario del voto. Para Bourdieu la situación del voto, con sus escrutinios y repercusiones sociales en el momento del recuento sería un acto contable, en otras palabras, voluntades individuales sumadas pasivamente. La lógica de la encuesta, análoga a la del voto, no sería desde esta perspectiva una acción colectiva sino pura agregación estadística de opiniones individuales, expresadas individualmente. “La agregación estadística se produce de manera mecánica y la puesta en relación de las opiniones se hace al margen de los agentes e independientemente de su conciencia y de su voluntad” (Bourdieu, 2005). Aquí se plantea  una semejanza con el pensamiento estadístico que busca comprender las acciones en base a los casos (o unidades de análisis) por similitud o incluso por reflejo en forma automática, como el famoso ejemplo de Weber en el caso de la conducta simultánea de los sujetos cuando abrían el paraguas ante un chaparrón.

Estas posiciones interrogan a teoría de la democracia representativa y se sustentan en el análisis del comportamiento político de los ciudadanos estructurado en trabajos de base empírica (Gaxie, 2007). Este es el caso, por ejemplo, de las encuestas a gran escala realizadas en los Estados Unidos en los años 1940 y 1950 donde se puso en cuestión las posturas ortodoxas de representación, dado que se observó que contrariamente a las suposiciones comunes de la época, un grupo importante de ciudadanos no presta mucha atención a la política. En estos sujetos la información, el conocimiento y la comprensión serían limitados y sus posiciones en las respuestas a las encuestas de opinión como en su voto, no serían estables, ni coherentes y rara vez se construyen sobre la base de principios políticos explícitos. Estos sujetos renunciarían a los principios políticos para construir su “idea del mundo” y la interpretación lineal desde las encuestas de opinión de que sus planteos, comportamientos y actitudes podrían ser considerados políticos sería un error de comprensión por parte del analista.

La tercera objeción que realiza Bourdieu a las encuestas de opinión parte de un espacio de la teoría política. Plantea que realizar la misma pregunta a todas las personas al mismo tiempo supone que hay un acuerdo o al menos un consenso sobre lo que es relevante preguntar. Nuevamente el cuestionamiento se podría llevar a otros terrenos como la ciencia (qué es relevante investigar) o el periodismo (cómo se eligen qué noticias publicar o los titulares que van en la portada). Desde esta perspectiva, la presunción de que los temas explicitados están vinculados con los intereses de quienes lo financian es probablemente cierta, sobre todo cuando los resultados son difundidos por los medios masivos de comunicación. En este sentido la decisión sobre qué acción de medición de la opinión pública publicar o no, es una competencia no exclusiva pero sí específica de los medios con la finalidad de activar las dinámicas de opinión y la introducción de temas en la agenda pública.

Paradójicamente, los problemas de representatividad son uno de los más señalados por los críticos de las estrategias cuantitativas (Marradi, A; Archenti, N. y Piovani, J, 2010), porque para respetar los criterios adecuados se espera que la muestra reproduzca la composición de la población en general: misma proporción de hombres y mujeres, mismos grupos de edad, actividades laborales, nivel de instrucción, y la serie de propiedades de los sujetos que puedan considerarse como estructurales de la población (Garrigou, 2007). Para alcanzar dicha representatividad las muestras deben crecer en su número de casos, cosa que no ocurre siempre, y se suele reemplazar la muestra probabilística por el muestreo por cuota, es decir un sistema por el cual se tiene prefijado en número de casos mínimos dado por el cruce de ciertas variables. Sin embargo, las técnicas cualitativas como las entrevistas o grupos focalizados hacen uso del muestreo teórico, con otra lógica completamente distinta al muestreo estadístico reemplazando el criterio de representatividad por el de la saturación de las categorías (Hernández Sampieri & Fernández-Collado, 2006).

No hay dudas que parte de las encuestas de opinión está subordinada a los mandantes y son parte de las batallas por la construcción de la hegemonía como instrumentos de acción política. En este punto no puede sumársele una autonomía irreal al campo demoscópico, cuando sin dudas interactúa con el campo político. En este sentido, la pregunta no es tanto por la capacidad de las encuestas de opinión para capturar “el clima de opinión”, sino qué estado de cosas se deciden difundir por qué medios y en qué situación o momento político.

Por otra parte, la cuestión del acto del sondeo no sólo presume un consenso social de lo que vale la pena estudiar, sino que incorpora una discusión con referencia a los posibles sesgos en la construcción de los cuestionarios, por ejemplo, los criterios que conducen la pre-categorización de las preguntas, al suministrarle a los entrevistados una grilla fija de posible de respuestas, decisión habitual a fines de agilizar la aplicación de los cuestionarios (aunque se suele contemplar la posibilidad de incluir la categoría de “otras respuestas”). Estos sesgos sólo pueden ser dilucidados en base a cierta transparencia en la información técnica de la construcción del artefacto.

Krippendorf (2005), comentando el texto de Bourdieu donde declara la inexistencia de la opinión pública (o cuando ésta es tratada como un fantasma de la imaginación), apunta que posiciones como las de Bourdieu no facilitan la comprensión del fenómeno, al igual que cuando se la descarta por subjetivo, irracional, imaginario, o como un mito. Para el autor, la opinión pública es un fenómeno social, una construcción tan “real” como el dinero, las familias, los gobiernos, las guerras, y los premios Nobel. No existe independiente de las acciones humanas, ni es un hecho de la naturaleza. Y plantea que observando que gobiernos, empresas y políticos toman a la opinión pública con total preocupación, existe una pregunta difícil de responder: ¿Qué la hace tan poderosa?

Cuando se desarrollan discursos sociales asociados a la opinión pública, estos se convierten en hechos “indiscutibles”. Decir que el público está preocupado por algo, está a favor o en contra de algo, tiene actitudes, costumbres o rutinas sobre algo, expresa sus creencias, etc., implica su personificación. Es, en suma, la construcción de una metáfora mediante la personificación que según la postura de Krippendorf se transforma en la raíz más penetrante de la construcción social de la opinión pública. La personificación “permite comprender una amplia diversidad de experiencias con entidades no humanas en términos de motivaciones, características y actividades humanas” (Lakoff, G y Johnson, M, 1986, pág. 70). La personificación hace que los objetos de vuelvan actores. El público, no puede hablar, sin embargo, el uso cotidiano del lenguaje atribuye todas estas habilidades al público: el pensamiento, su capacidad para juzgar y promulgar de sus creencias, etc. Es la metáfora de la personalización que hace que a la opinión pública, volátil, y en cierta forma irracional provoca que las estructuras políticas le teman y necesite ser evaluada en forma periódica.

Competencia y Habilitación: El dilema de la no respuesta

Retomando la primera objeción de Pierre Bourdieu acerca que las encuestas de opinión suponen que todo el mundo puede (o debiera) tener una opinión, se vincula a la posesión de competencias y habilitaciones necesarias para responder a un cuestionario con cierta solvencia. Una de las preguntas relevantes aquí es qué significan estas capacidades para Bourdieu. Las competencias son las capacidades de poner en operación los diferentes conocimientos, habilidades y pensamientos. Este carácter lo ponen en juego los sujetos en diferentes interacciones y en diferentes ámbitos sociales. Una de las modalidades centrales son las competencias lingüísticas, que marcan las diferencias implícitas que poseen el emisor y el receptor (encuestado – encuestador, profesor – estudiante, etc.) en el acto pedagógico en la comprensión de las condiciones sociales de producción y de reproducción del conocimiento.

Las competencias lingüísticas lejos de ser naturales de los sujetos se vinculan estrechamente a sus habitus, por ejemplo en una población de estudiantes sólo se puede comprender  la relación “entre el origen social y el éxito escolar bajo la especie de la relación entre el éxito y las características escolares, que no son más que la “retraducción”, en la lógica propiamente escolar, de las posibilidades inicialmente ligadas a una situación social determinada” (Bourdieu, P; Passeron J C, 1996, pág. 140).

Las competencias tienen una distribución social que depende en gran medida de las condiciones sociales y económicas del hogar de donde proviene el sujeto. Durante los procesos de aprendizaje las capacidades lingüísticas se traducirán en capital cultural moldeando el habitus propio de los agentes. Asimismo, las competencias específicas otorgan valor en cierta especie de capital (como el conocimiento de idiomas, o cálculo matemático). Las posibilidades de que esas competencias puedan ser utilizadas depende del campo específico de actuación del sujeto “que permite a sus poseedores disponer de un poder, una influencia, y por tanto existir en el campo en consideración, en lugar de ser considerado una cifra desdeñable” (Bourdieu & Wacquant, 2008, pág. 152).

Cuando las competencias se inscriben en estructuras institucionales de profesiones se arraigan en la esfera académica accediendo a recursos y posiciones. Las certificaciones o matriculaciones como el caso de los médicos o escribanos se pueden considerar como estatutarias, o aseguradas jurídicamente por el Estado. Esta situación se puede extender a los ámbitos de las encuestas donde las capacidades para responder emitiendo opiniones están legitimadas socialmente. El atributo central de la producción de competencias  “es el nivel de instrucción: la gente se interesa tanto más en la política cuanto más instruidos están y sabemos que las abstenciones obedecen también a esta ley. La distribución, pues, del acceso a los medios de participar en la política es muy desigual” (Bourdieu, 1999, pág. 2). Las competencias lingüísticas habilitan a las competencias sociales: la competencia estatutaria y la competencia de status. La primera la confiere la acreditación, y la segunda el prestigio social ganado que habilita ser un interlocutor válido para emitir opiniones.

Para Bourdieu las competencias son elementos centrales al momento del relevamiento de los sondeos de opinión pública porque “las probabilidades de respuesta se definen, en cada caso, en la relación entre una pregunta (o. más generalmente una situación) y un agente (o una clase de agentes) definido por una competencia determinada, capacidad que a su vez se corresponde con las probabilidades de ejercer esa capacidad” (2012, pág. 413). Su contrapartida, la incompetencia empodera a otra palabra autorizada y dominante (no de los propios sujetos, sino externa a estos), convirtiéndola en una palabra poderosa, y condena a los poseedores de la incompetencia a la delegación, los que “no saben hablar” ceden su capacidad a los “que hablan bien”. En definitiva, la falta de competencia lleva a algunos sujetos a deshabilitarse, esto se traduciría en la no respuesta a ciertas preguntas de los cuestionarios, o a la negativa a responder directamente.

Una de las grandes preocupaciones de quienes analizan los resultados de las encuestas de opinión es la falta de respuesta por parte de los encuestados. Existen algunas estrategias de repregunta para obtener finalmente alguna respuesta, con el reparo que una respuesta en tercera o cuarta instancia puede tener una diferente disposición que a la primera solicitud. Luego, existen técnicas para predecir posibles respuestas faltantes considerando todas las demás (tratamiento de las no respuestas), sobre todo centrados en las encuestas preelectorales (Mallou, 1998). En este sentido, Bourdieu explica (que resulta evidente por lo menos para su experiencia en Francia), observando los resultados de sondeos políticos, que la propensión a responder las entrevistas, el interés declarado por la política, e incluso el interés por conocer los resultados de sondeos de opinión son más fuertes en los hombres que en las mujeres, aumentando con el nivel de instrucción, la posición en la jerarquía social, la edad y el tamaño del pueblo o ciudad de donde reside en encuestado (2012). Cabe señalar que los políticos suelen también provenir de esos sectores, si bien las reglamentaciones de cupo femenino en listas electorales, tienden a lograr un mayor equilibrio en la composición de los parlamentos, pero que no necesariamente se reflejan en las responsabilidades y toma de decisiones, aunque es un proceso en transformación en la medida que las luchas feministas continúan.

Para Gaxie (2007) los conceptos de auto habilitación y la auto deshabilitación, describen los procesos mentales y sociales mediante los cuales las personas intervienen con distinto involucramiento en temas políticos como forma de seguir, conocer o estar al tanto de las acciones de los gobernantes, analizando en forma consciente los principales temas tratados y expresando públicamente sus opiniones, por ejemplo, a través de conversaciones con conocidos y familiares. La observación muestra que algunos hombres o mujeres se autoimponen la capacidad de juicio y se asignan competencias de control, mientras que otros no se sienten capaces de emitir opinión alguna y prefieren mantenerse alejados.

Uno de los motivos de la autoexclusión es debido a la falta de información política por parte de los sujetos que no necesariamente se traducen en falta de respuestas en los sondeos políticos. Esta tendencia se incrementa lógicamente cuando las preguntas se vuelven más específicas y detalladas. Para lograr que los encuestados se posicionen, se suele dar una grilla de categorías, y en algunos casos una explicación sobre lo que se pregunta, lo cual lógicamente incorpora sesgos de difícil control.

Las palabras “empoderamiento y desempoderamiento” articulan el proceso por el cual se construyen atributos que pueden rechazar las hipótesis de la teoría central de la democracia en la representación de los ciudadanos con sus dirigentes (Gaxie, 2010). Cuando la autodeshabilitación reduce a ciertos límites la población de ciudadanía activa, y estos se vuelven una minoría, puede hablarse de democracia delegativa en vez de la clásica democracia representativa. Guillermo O`Donnell plantea que las democracias delegativas “se basan en la premisa de quien gane una elección presidencial tendrá el derecho a gobernar como él (o ella) considere apropiado, restringido sólo por la dura realidad de las relaciones de poder existentes y por un período en funciones limitado constitucionalmente. El presidente es considerado como la encarnación del país, principal custodio e intérprete de sus intereses” (2009, pág. 12). En conjunto se podría plantear que la falta de competencias y autodeshabilitación produciría sociedades más propensas a desarrollar regímenes delegativos o autoritarios.

Las particularidades del campo político y los modos de producción de la opinión

Foucault (2005) señalaba que las grandes mutaciones científicas pueden no sólo leerse como formas que descansan en descubrimientos, sino que pueden verse como el surgimiento de formas nuevas de verdad. De la misma forma, las sociedades generan mediante los discursos en torno a la opinión pública, nuevas e inmanentes formas de producción de opinión dominante, y que producen efectos en la construcción de las estructuras de dominación simbólica vinculados a las condiciones de acumulación de capital cultural, e intelectual y de su aplicación en un problema de las desigualdades en la política y la cultura. Bourdieu clasifica los principales principios ordenadores de los modos de producción de opinión en tres, de los cuales dos son los que resultan más relevantes para el presente análisis[2]. El primer modo de producción de la opinión son las respuestas formadas desde el ethos de clase, y el segundo son las respuestas construidas a partir de un principio explícito “político”.

Cuando se responde desde el ethos de clase se manifiesta una “fórmula generadora” que permite engendrar, sobre todos los problemas de existencia ordinaria, “respuestas objetivamente coherentes entre sí, y compatibles con los postulados prácticos de una relación práctica con el mundo” (Bourdieu P. , 2012, pág. 429), es decir la respuesta dada desde los patrones de pensamiento y acción que genera el habitus de clase implícito.

La dimensión “ética” parece particularmente movilizada en el caso de este método de producción particular. El discurso político en realidad esconde una respuesta políticamente construida a través del ethos de clase. Gaxie (2010) plantea que investigaciones en base empírica confirmarían esta hipótesis cuando por ejemplo algunas personas preguntadas por “Europa”, respondieron por la idea de ser capaz de viajar para poder cruzar las fronteras libremente antes que expresar la idea de la complejidad multidimensional de que países (que han vivido guerras sangrientas) puedan ponerse de acuerdo entre sí. Estos sectores de la población carecen de los medios de producción que les permita expresar sus opiniones sobre las cuestiones de la integración europea en términos políticos, por ejemplo, la unión política, el déficit democrático, la cuestión ambiental, la consolidación de los monopolios en diversas áreas de la economía y su impacto en los servicios públicos (como el costo de la energía). Expresan sentimientos de indiferencia con respecto a estas cuestiones. Sin embargo, logran desarrollar puntos de vista generales sobre ciertos aspectos, basándose en los instrumentos de producción ética, por medio de una retraducción (y simplificación), que corresponde a la caracterización general modo de producción por el ethos de clase.

Cuando en cambio las respuestas en las encuestas y entrevistas se organizan por principios políticos, suelen remitirse a una línea consistente y medianamente estructurada sobre un conjunto de problemas diferentes que no sólo se constituyen como políticos, sino que son visualizados y respondidos con un nivel de “coherencia intencional de las prácticas y de los discursos engendrados a partir de un principio implícito, por lo tanto, sin llegar al discurso político, a partir de esquemas de pensamiento y de acción objetivamente sistemáticos, adquiridos por la simple familiarización, fuera de cualquier inculcación explícita y empleando el modo prerreflexivo” (Bourdieu P. , 2012, pág. 429). Estos análisis también pueden alterar las tendencias espontáneas por parte de la mayoría de los actores políticos y comentaristas de estandarizar los significados de las respuestas a las encuestas que deben ser incorporados en las interpretaciones de los resultados de las encuestas.

Observaciones

En este capítulo se discutieron algunos puntos centrales en torno a la opinión pública y quién o quiénes forman parte de la misma. En primera instancia se mencionaron los problemas clásicos para establecer definiciones en torno a la opinión pública, organizada por sus dinámicas y cambios históricos y temporales. En este plano, se incorporaron las objeciones tempranamente planteadas por Bourdieu en 1972, donde realiza una equivalencia entre la opinión pública con las encuestas que realizan las grandes consultoras privadas periódicamente (en Francia y otros países del mundo) este tipo de mediciones. Dichas objeciones no son de carácter eminentemente técnico (por ejemplo, no cuestiona los sistemas de muestreo), sino políticos. Sintéticamente, el primer cuestionamiento interpela a la idea que toda encuesta de opinión supone que todos pueden tener una opinión. La segunda impugnación pone en tela de juicio que todas las opiniones valgan lo mismo y tenga el mismo peso, como suele ocurrir exactamente en los sondeos y también en las democracias con voto universal. Y finalmente el tercer planteo discute la producción de “cierto consenso” que legitime el por qué realizar la misma pregunta a todas las personas al mismo tiempo que supone un acuerdo de lo que es relevante preguntar.

Si las tres objeciones se trasformaran en un programa político, no sólo perderían trascendencia las encuestas de opinión pública, sino la democracia por representación, debiendo establecer algún método de voto ponderado, o directo, aunque estaría cuestionado por la segunda impugnación, quedando asimismo por identificar quién decidiría los mecanismos de la ponderación.

Si a diferencia de la visión construida desde el individualismo metodológico que sólo puede ver en la opinión pública la agregación de opiniones personales o individuales, se la considera como un campo de lucha por la imposición de “verdades” relativas pero socialmente legitimadas, se puede reconocer al sentido común como un producto de estas luchas y podrían establecerse continuidades y cambios del “clima de opinión”, como plantea Bachelard (1985) con referencia al campo científico en el concepto de “ruptura epistemológica” y permitiría diferenciar agentes que trabajan activamente en forma no coordinada, como en el caso de los medios de comunicación, líderes políticos, divulgadores científicos entre muchos otros formadores de opinión que luchan en forma permanente por la imposición de “la verdad”, o la legitimación de su verdad como el sentido común.

Por otra parte, los problemas de la competencia estatutaria introducen una línea de investigación relevante, toda vez que los sujetos responden tanto a encuestas de opinión como a entrevistas en profundidad, según alguno de los modos de producción de opinión, por el ethos de clase o por los principios políticos. Esta diferenciación resulta fundamental al momento de analizar los corpus de información en trabajos de investigación. Además, la autorreflexión en torno competencia estatutaria de los agentes los puede llevar a la autodeshabilitación, es decir a excluirse de los debates políticos, por no sentirse capacitados para ello.


  1. Para una biografía académica de Bourdieu ver “Génesis de la teoría social de Pierre Bourdieu” de Marqués Perales (2008)
  2. A la tercera fórmula de generación de opiniones la denomina de dos grados, parafraseando el esquema del proceso comunicativo en dos etapas de Lazarsfeld y Katz (2009). En el planteo de Bourdieu las opiniones se formarían como respuesta a “líneas” definidas por partidos políticos, como parte de una organización del pensamiento sistemático. hoy este modelo (y Bourdieu lo había previsto, se podría trasladar a las marcas globales, cadenas de difusión de productos, etc. También (y punto no menor) se podría hipotetizar sobre las opiniones construidas desde un tercer actor como algunos medios masivos de comunicación.


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