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Capítulo I. Qué es la filosofía

¿Viviré para siempre? ¿Qué soy? ¿Acaso un hombre libre o una máquina? ¿Existe un Dios? ¿Es el universo tal que el bien debe prevalecer en última instancia? En cualquier caso, ¿qué es el bien? ¿Cuál es la relación adecuada entre un individuo y la sociedad? ¿Qué debemos hacer con nuestras vidas? ¿Qué significa realmente este “debemos”? ¿En qué consiste la vida?

A menudo, el primer acercamiento de un hombre a la filosofía se debe a la esperanza de encontrar respuestas claras a tales preguntas. Un alto funcionario del Gobierno de la India una vez me dijo que “el objetivo principal de la filosofía debería ser descubrir si los seres humanos vuelven a vivir después de la muerte. Si no lo hacen, no vale la pena vivir esta vida”.

Sostengo que mi amigo estaba equivocado tanto en la importancia de la sobrevida humana como en la función de la filosofía. Sin embargo, tenía razón en un aspecto: la filosofía debería llevar a cabo alguna acción en torno a las necesidades reales de los seres humanos; debería ayudarnos a vivir, a ajustar nuestro comportamiento de manera más apropiada al universo en el que nos encontramos. Su error, no obstante, fue creer que la única función de la filosofía es resolver una cuestión determinada, pero estaba en lo cierto al sostener que la filosofía debería darnos respuestas concretas.

La filosofía es un estilo de vida, no simplemente una disciplina intelectual. Por supuesto, una disciplina intelectual rigurosa está incluida en la filosofía, pero sin importar cuán rigurosa ni cuán sutil y concienzuda sea, la actividad intelectual por sí sola no es en sí misma filosofía en el sentido más amplio de este ambiguo pero importante término. La filosofía es una actitud adoptada por la mente en relación con todo su mundo; se trata de un tono o temperamento mental que debería afectar la totalidad de la vida práctica de un hombre, otorgándole un juicio, una coherencia, una dirección constante, que de otro modo no podría adquirir. La filosofía, de acuerdo con el significado originario de la palabra griega y su uso común en nuestra lengua, es el amor o la búsqueda de la sabiduría, y la sabiduría implica acción. Un hombre que lo supiera todo y no hiciera nada al respecto no sería filósofo. Inevitablemente, la contemplación filosófica apunta más allá de sí misma, sugiere una actitud ante la vida, un modo de comportamiento apropiado en seres como nosotros, enfrentados a un universo como el nuestro, o como en principio se juzga que este es cuando hemos aprendido a verlo desde el punto de vista de la inteligencia filosófica instruida y prudente.

El sentido en el que empleo el término “filosofía” no es el único sentido importante en el que es utilizado. La muy influyente escuela moderna de filósofos conocida como los positivistas lógicos[1] le da a la palabra un sentido mucho más restringido. Con ella, estos filósofos refieren a una disciplina puramente intelectual de un tipo muy especial; dividen pues a la filosofía tradicional en dos partes, una de las cuales llaman “metafísica” y la otra “filosofía”. Su punto de partida es la controversial afirmación de que ningún enunciado posee significado alguno, a menos que pueda ser verificado en la experiencia sensible (o, si en realidad no puede ser verificado, al menos debemos saber qué tipo de experiencia sensible lo verificaría). Luego argumentan que la mayor parte de lo que comúnmente se conoce como filosofía es palabrería sin sentido que desafortunadamente parece tener sentido. A esto último lo llaman “metafísica”. Desde su perspectiva, la cuestión de si existen objetos externos cuando nadie los está percibiendo carece de significado. Todas las preguntas sobre la “realidad” del mundo físico o sobre la “realidad” de la mente, todas las preguntas sobre una “realidad oculta” detrás de nuestra experiencia y sobre la “realidad objetiva” del bien y del mal no tienen sentido y son “metafísicas”, dado que pretenden referirse a algo que no puede ser verificado en la sensibilidad. Por otro lado, las preguntas que pueden ser constatadas en la experiencia sensible no son propias de la filosofía, sino de la ciencia, y deben resolverse mediante una cuidadosa observación y experimentación. La filosofía, de acuerdo con los positivistas lógicos, se ocupa únicamente del análisis lógico del pensamiento o, más bien, del pensamiento correcto. No se ocupa de ninguna cuestión empírica, sino únicamente de la forma correcta y el alcance y las limitaciones del pensamiento sobre cualquier tipo de hechos. Los lectores que deseen alcanzar rápidamente una comprensión del punto de vista de los positivistas lógicos deben considerar los siguientes textos: Language, Truth and Logic de A. J. Ayer[2] y The unity of Science y Philosophy and Logical Syntax de Rudolf Carnap.

En el presente libro no usaré la palabra “filosofía” en este sentido restringido, sino en el sentido tradicional. En el curso de mi estudio, a menudo me referiré a las teorías del positivismo lógico, que constituyen una de las principales áreas en crecimiento del pensamiento moderno; pero por razones que explicaré más adelante, no acepto sin reserva la discusión fundamental sobre la diferencia entre sentido y sinsentido. En consecuencia, no comenzaré arrojando por la borda casi toda la filosofía tradicional. Pero al tratar cada uno de los temas tradicionales, intentaré considerar el asunto a la luz de los argumentos que los positivistas lógicos han formulado para abordarlos.

Para el propósito de este libro, entonces, la filosofía es la búsqueda de la sabiduría. El motivo filosófico es la voluntad de comprender la propia experiencia como un todo y de actuar en consecuencia. La pura curiosidad intelectual no es el único motivo de la filosofía. Sin duda, juega un papel muy importante en la exploración filosófica, proporciona un interés y un entusiasmo suficientes, convierte el esfuerzo intelectual en una aventura, pero detrás de esto debe estar el verdadero espíritu filosófico, la voluntad de una acción sensata e iluminada en relación con el mundo presente.

Incluso un filósofo académico de profesión que dedica gran parte de su energía al minucioso análisis lógico, si quiere ser un filósofo genuino, debe hacerlo no solo por curiosidad o para ganarse el pan, sino porque, si consideramos todo lo dicho, este camino parece ser exigido por su experiencia como un todo. Es decir, para él, con sus facultades especiales, parece el camino acertado a seguir, no solo por interés propio, sino en tanto miembro de la comunidad humana.

A pesar de que la filosofía no se reduzca a la actividad intelectual, la absoluta integridad intelectual debe ser el ideal de trabajo del filósofo. Es cierto que el intelecto es, en origen, el esclavo de la necesidad práctica. Es cierto, e inmensamente importante, que toda actividad intelectual, salvo la más simple, se ve condicionada involuntariamente por las necesidades personales y sociales que determinan qué debe parecer plausible y qué no. Pero, por más difícil que sea la empresa, el intelecto debe esforzarse en llevar plenamente tales necesidades a la conciencia; y, cuando son irrelevantes, debe intentar descartar su influencia. Mientras la mente se encuentra buscando la verdad intelectual, debe evitar, en la medida de lo posible, dejarse influenciar por cualquier otro deseo que no sea el deseo por la verdad. Debe cuidarse de aceptar teorías simplemente por ser agradables o desagradables. Al menos en este sentido, cualquiera sea el significado preciso de la verdad, debe buscarla solo por amor a la verdad. Pero dado que ella es infinitamente compleja y la vida es breve, un hombre debe elegir forzosamente qué regiones de la verdad explorará y cuáles simplemente advertirá desde lejos. Y, si su objetivo es genuinamente filosófico, su elección estará regida no solo por la curiosidad intelectual, sino a su vez por la voluntad de descubrir y practicar el estilo de vida más razonable cuando todo lo relevante es puesto en consideración.

En algunos círculos que afirman ser progresistas está de moda menospreciar la filosofía como algo superfluo sin ninguna referencia a la vida práctica. La acusación no es totalmente infundada. Sin embargo, la falla no ha estado en la filosofía, sino en ciertos filósofos. Por mi parte, estoy convencido de que la filosofía, en su mejor versión, realmente puede proporcionar algo de gran importancia para el individuo y la sociedad. En cierto sentido, puede decirnos en qué consiste la vida. Por supuesto, no me refiero a que la filosofía pueda explicar lo que es el universo en su totalidad. En ese sentido, solo puede hacer conjeturas tentativas y relucir una modestia apropiada. Pero realmente puede ayudar a un hombre a descubrir, si el mundo y la naturaleza humana son lo que parecen ser, cuál es el propósito más satisfactorio para el individuo y la especie.

No obstante, aunque la filosofía puede y debería ayudarnos a alcanzar la sabiduría, ella no es capaz de hacerlo si nuestras mentes se encuentran seriamente dañadas o distorsionadas. La voluntad de actuar con sabiduría se halla estrictamente condicionada por las circunstancias de la vida de un hombre, y la medida en la cual ello tendrá efecto en cualquier sociedad también. Existen fundamentos para decir que la civilización moderna carece de filosofía y que a su vez posee una urgente necesidad de ella. La ciencia natural nos ha dado un prodigioso poder mecánico. Contamos con medios físicos para hacer un mundo más feliz y más vital, pero en gran medida utilizamos nuestros recursos y habilidades con propósitos triviales o, incluso, destructivos. Aunque tenemos fuerza, no tenemos sabiduría, ¿por qué? Sin duda, la hemos perdido ya que, como especie, tan solo hemos salido a medias de la bestialidad. Muy pocos de nosotros, en efecto, somos capaces de alcanzar más que raros y precarios destellos de sabiduría, pero es casi indudable que, incluso teniendo tales potencias limitadas, en circunstancias más favorables podríamos haber sido mucho más sanos y sabios de lo que somos. Las condiciones de la mayoría de las vidas de los hombres no son favorables para la contemplación filosófica y el juicio recto. Una gran parte de nosotros ha sido educada para valorar solo fines triviales; y a la mayoría, siendo adultos, nos resta poca energía para seguir luchando por ganarnos la vida. Además, por el hecho de que nuestro entero orden social es inseguro y caótico, y que por ello estamos siempre temiendo una crisis económica o una guerra mundial, es difícil para nosotros ver las cosas con abstracción filosófica.

Antes de que, en tanto especie, seamos capaces de comenzar a practicar la sabiduría, las causas económicas generalizadas que producen ansiedad, prejuicio y revanchismo deben ser abolidas. Hasta que las masas de trabajadores del mundo no sean liberadas de la pobreza y la opresión, junto con el miedo y el sentimiento de futilidad, no podrán ser realmente conmovidas por el espíritu filosófico. Donde existe una grave frustración mental, la filosofía no puede florecer. El coraje y el fervor revolucionarios pueden ocurrir, pero no la voluntad filosófica de ver las cosas en su totalidad y, así, actuar adecuadamente. En última instancia, son las masas las que importan. Mientras ellas no sean capaces de alcanzar el espíritu filosófico, los gobiernos mismos, ya sean democráticos o dictatoriales, serán a su vez incapaces de hacerlo.

Si el espíritu filosófico hubiese tenido el control luego de la Gran Guerra y durante las posteriores dos décadas, si Alemania hubiese sido tratada decentemente, si la Liga de las Naciones hubiese obrado honestamente, el actual colapso de la civilización jamás habría sucedido. Y hoy en día, aunque nuestra más urgente necesidad tal vez sea un radical y global cambio social, y si bien es posible que este gran cambio pueda lograrse solo mediante un ardor revolucionario, aun así, con todo, si el juicioso espíritu filosófico falla en emplear su reguladora y esclarecedora parte, la revolución solo nos dará, finalmente, un nueva y más despiadada barbarie. Sin dudas, la principal crisis de nuestra época es la lucha política y social entre la «Propiedad» y las fuerzas que se dirigen hacia un orden social más vital. Indudablemente, esta lucha toma primariamente la forma de una querella entre el fascismo y el socialismo, pero tras este conflicto, y atravesándolo de la manera más desconcertante, existe un conflicto todavía más profundo difícil de describir. En resumen, se trata del antagonismo entre, por un lado, la solidaridad y la razón y, por el otro, el odio morboso y la sinrazón. Tan seductor es este último espíritu que a menudo lleva por mal camino incluso a aquellos que se creen defensores del primero.

Este libro, entonces, fue escrito bajo la convicción de que, para el establecimiento de un mundo civilizado, necesitamos no solo fervor revolucionario, sino también amplitud filosófica y profundidad de visión; y a su vez bajo la creencia de que, más allá de los pocos que gozan de tiempo y capacidad para un estudio minucioso de la filosofía, hay muchos que sienten la necesidad de clarificar su experiencia del mundo en su totalidad, no meramente por curiosidad ociosa, sino para una mejor orientación y acción. Opuestas a ellos se encuentran las multitudes que temen al pensamiento como temen al veneno, y hacen todo lo posible para destruir el poder que la inteligencia civilizada todavía conserva en el mundo.

Consideraré una cantidad de grandes problemas filosóficos, pero lo haré con un especial objetivo en la mira: mostrar su influencia en el espíritu filosófico. Intentaré tratar cada uno de estos temas con absoluta conciencia académica, pero forzosamente me quedaré muy por debajo de su minuciosidad y su exhaustividad. Aunque no puedo explorar todas las vías que abre la discusión, al menos intentaré señalar aquellos problemas que no he llegado a investigar en profundidad. En cuanto a cada tema, mi objetivo no será simplemente arribar a una conclusión tentativa, sino, más específicamente, extraer de la discusión algunos resultados favorables para la comprensión del espíritu filosófico.

Al final del libro, el lector encontrará el apéndice «Guía para leer filosofía». Está destinado a ser leído después del cuerpo principal del libro, pero el lector puede optar por consultar, sucesivamente, la sección correspondiente a cada capítulo[3].

Comenzaré mi estudio con el tema que mi amigo de la India consideró como la suprema finalidad de la filosofía. La cuestión de la inmortalidad personal es de interés para muchos seres humanos y abre muchas preguntas de un tipo distintivamente filosófico. La introduzco en esta temprana instancia no con la esperanza de alcanzar conclusiones definitivas, sino para ilustrar el método y el espíritu filosóficos.


  1. Corriente de la filosofía nacida a comienzos del siglo XX. Entre sus principales teóricos se hallaban intelectuales vinculados al Círculo de Viena, a los que Stapledon aludirá en varias ocasiones y quienes parecen ser sus principales interlocutores.
  2. Existe versión española: Ayer, A. J. (1984). Lenguaje, verdad y lógica (Marcial Suárez, trad.). Barcelona, España: Orbis.
  3. La guía referida por el autor se publicó originalmente en el segundo volumen de la obra. Por ello, el lector no la encontrará aquí. Hemos decidido mantener la disposición del original, por lo que el apéndice aludido aparecerá en nuestra traducción de la segunda parte.


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