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Prólogo

Pablo Capanna

Stapledon y la filosofía

En 1949, a comienzos de la Guerra Fría y en pleno macartismo, un grupo de intelectuales de izquierda organizó en Nueva York un congreso por la paz, del cual participarían el compositor ruso Dimitri Shostakovich, el astrónomo Harlow Shapley y unas pocas figuras menores. Entre los invitados había un escritor inglés llamado Olaf Stapledon, a quien solo parecían conocer los lectores de ciencia ficción. Era un modesto profesor, socialista fabiano, que por su pacifismo había participado de la Primera Guerra Mundial al volante de una ambulancia. Como todos, fue cuidadosamente indagado por el FBI, que buscaba espías y saboteadores. Stapledon logró convencer a los sabuesos policiales de que era “el autor de obras de ficción fantástica que pretenden simbolizar los problemas del hombre contemporáneo, y de varias obras que bordean la filosofía”.

Olaf Stapledon (1886-1950) moriría al año siguiente, ejerciendo sobre los escritores norteamericanos de ciencia ficción una influencia tan decisiva como la de Wells. Miles de lectores lo conocían por sus epopeyas cósmicas Las últimas y primeras humanidades (1930), Los últimos hombres en Londres (1932), Hacedor de estrellas (1937), La oscuridad y la luz (1942) y Las llamas (1947).

Si alguien quiere acceder a las ideas filosóficas más profundas de Stapledon, tendrá que buscarlas en sus “novelas” cósmicas, donde la visión científica del mundo se nutre de misticismo: una historia de la humanidad y otra del cosmos, que expresan una tremenda confianza en el género humano. En Las últimas y primeras humanidades, publicado el mismo año en que Freud exhibía su pesimismo en El malestar en la cultura, Stapledon imagina la epopeya de 18 especies distintas de humanos, que acaba con un final todavía abierto. No es extraño que el monólogo final haya sido llevado al cine, en los grises tiempos de la pandemia, por el compositor sueco Johan Johansson, cuyo cortometraje de 2020 es una suerte de canto de esperanza.

Algún comentario aparte merece Filosofía y vida, que es una suerte de introducción a la filosofía escrita para un público más que amplio. Desde que apareció, pasaron más de ochenta años. Los campos del saber volvieron a ser loteados una y otra vez y adjudicados a nuevos concesionarios. De tal modo, los temas del segundo tomo pertenecerían hoy a la psicología, la sociología y la ciencia política. Pero el misticismo (que Stapledon indaga siguiendo probablemente a Bergson) ni siquiera figuraría.

El primer volumen incluye lo que hoy llamaríamos epistemología y ética (metafísica está en el segundo) pero arranca con los problemas de la inmortalidad y la relación mente-cuerpo, de los cuales hoy ni siquiera se hablaría. Sorprende la presencia de Whitehead y de fuertes críticas al empirismo lógico, que aquí recién se llegarían a estudiar un cuarto de siglo más tarde.

La labor docente de Stapledon, de la cual este libro es una buena muestra, es muy poco conocida. Tras doctorarse por Liverpool, Stapledon no entró en la carrera académica, sino que optó por los cursos de extensión cultural que la universidad ofrecía a la clase trabajadora. Entre 1911 y 1921 dictó regularmente cursos en la WEA (Workers Educational Association), una institución creada por iniciativa de A. L. Smith para ampliar la cultura de las masas, salir del elitismo tradicional y romper con las “dos Inglaterras” (burgueses y proletarios) que había denunciado Disraeli.

Los cursos de la WEA no eran carreras formales, sino ciclos de conferencias sobre historia, literatura, filosofía, psicología y evolución. Estaban a cargo de profesores prestigiosos como R. H. Tawney y G. D. H. Cole. Los estudiantes eran obreros ferroviarios y portuarios, artesanos y amas de casa; el número de estas últimas creció considerablemente después de la Primera Guerra Mundial. Más tarde, los cursos se extendieron a las cooperativas, los sindicatos, las escuelas vespertinas y aun a los soldados. Un artesano que había seguido las clases de Stapledon describió los cursos de verano como “una luz que ilumina los grises días de trabajo, a la manera de un meteoro que cruza el cielo en una noche sin luna”. El propio Stapledon elogiaba a ese público (al cual le dedicó este libro) que con su sinceridad era capaz tanto de endiosar al profesor como de repudiarlo crudamente, según fuera su desempeño. Como la gente que poblaba sus ficciones, amaba el desafío.

 

Buenos Aires, junio de 2021.



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