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Capítulo V: El doble crimen de las hermanas Papin

“La noche fatídica, en la ansiedad de un castigo inminente, las hermanas entremezclan la imagen de sus patronas con el espejismo de su propio mal. Es su propia miseria lo que ellas detestan en esa otra pareja a la que arrastran en una atroz cuadrilla”[1].

J. Lacan

Lacan, psiquiatra en sus comienzos, ingresa al terreno propiamente psicoanalítico interrogando las psicosis, y la posibilidad misma de su tratamiento desde esas coordenadas clínicas. La noción forjada por él, paranoia de autocastigo, abreva plenamente del discurso del Psicoanálisis. Como bien podemos advertir, considerando el caso Aimée o su breve escrito sobre el crimen de las hermanas Papin, el abordaje de la paranoia, en ese entonces, iba de la mano de interrogar el pasaje al acto en las psicosis. Claro que, del primero al segundo de dichos casos, se irá produciendo un desplazamiento de la noción de paranoia de autocastigo como explicativa del pasaje al acto en la psicosis, al valor y la incidencia de la relación especular en relación al mismo. Terreno conceptual, este último, que irá cobrando una relevancia cada vez mayor en sus primeras elaboraciones, ya netamente psicoanalíticas, balizando de otro modo el campo de interrogación referido.

Los desarrollos relativos a la noción de pasaje al acto volverán a cobrar mucho protagonismo más adelante, sobre todo a partir del Seminario de 1963, La angustia. Momento de inflexión en los desarrollos de Lacan, donde las formulaciones teóricas están atravesando un re-ordenamiento metapsicólogico importante, por la puesta en juego de esa noción que es de su invención: el objeto causa del deseo –llamado objeto a, ya introducido en seminarios anteriores, pero que cobraría a partir de allí un nuevo estatuto.

La dimensión especular, precisamente, será uno de los ejes que requieren ser re-ordenados. Para decirlo muy sucintamente: el objeto a se articula a la dimensión especular, en tanto sustraído de la misma, constituyendo un blanco en la imagen narcisista, la cual, al mismo tiempo, va a velar la falta que este objeto representa. El sujeto no ve lo que desea: el objeto causa del deseo no está delante sino detrás de él, si así podemos decir. Es entonces desde este reordenamiento de la dimensión especular en su articulación a dicho objeto que hay que volver a pensar el pasaje al acto.

Ahora bien, en este segundo momento, el abordaje del pasaje al acto –que Lacan va a distinguir del acting aut– no se centra en el “homicidio paranoico”[2], como sí lo hacía al comienzo de sus teorizaciones. Abordar el doble crimen de las hermanas Papin, desde estas nuevas perspectivas, enriquece sin duda, y permite situar de manera más precisa el pasaje al acto en su especificidad en las psicosis. Propósito que perseguimos desde la introducción misma del caso Wagner en este texto.

Planteamos el momento, en esa paranoia, en que la posición del sujeto vira hacia una locura parricida. Punto de inflexión en el cual algo se organiza en su discurso según la lógica del delirio de reivindicación: la lucha por una Causa que lo empujará hacia el acto loco homicida. Lucha reivindicativa que parecía darle también su coloración específica al acto loco de P. Rivière o del cabo Lortie[3].

¿Cuál es la lógica del delirio de reivindicación? ¿Cómo se articula a la estructura, siendo que en la psicosis esta última se define sobre todo por la no caída del objeto a? Un Otro absoluto, no barrado, es correlativo a esta no sustracción del objeto, quedando el sujeto identificado a este último como objeto de goce de ese Otro tan particular. No barrado en su saber, ni en su goce, dicho Otro habita al psicótico y sus síntomas.

En “El campo pasional de la psicosis”, Maleval plantea que en el delirio de reivindicación, situado por él dentro de los delirios pasionales, la imagen especular consigue envolver al objeto a no extraído, a diferencia de lo que ocurre en el paranoico interpretativo, donde la imagen especular se torna impotente para proveer un marco al goce[4]. Se entiende que en estas sutiles diferencias tratamos de abordar los diferentes modos que tiene el sujeto en la psicosis de localizar el goce, de otro modo invasor.

Para este autor, la función del espejo estaría esencialmente conservada –en los términos recién definidos–, constituyendo cierto apoyo estabilizador, en el melancólico y en el pasional. Verbigracia, ese momento melancólico del paranoico Schreber, donde él se ve impulsado a pronunciar ciertas fórmulas conjuratorias: “soy el primer cadáver leproso y llevo un cadáver leproso”. “Retrato fiel que las voces le dieron de él mismo”, dirá Lacan[5]. Su goce se concentra sobre esa imagen del Yo en decadencia. Su imagen del cuerpo es horrible, ella envuelve al objeto a no extraído, pero no está fraccionada ni disjunta como tiende a estar la del esquizofrénico. Asimismo, la función del espejo está todavía presente en los llamados suicidios altruistas de melancólicos: “matan a veces a sus próximos antes que suprimirse a sí mismos porque los perciben, a su imagen, en un estado de extrema decadencia”[6].

Lo anterior parece coincidir plenamente con la posición subjetiva de Wagner en su acto homicida, situando, en ese sentido, el núcleo melancólico de este paranoico. Dicha función del espejo –envolviendo el objeto a no caído– se muestra esencialmente conservada cuando, en su locura parricida, mata a sus hijos, en quienes veía reflejada la imagen misma de la estirpe enfermiza, de la cual él también formaba parte. El núcleo de goce está envuelto y localizado en esa imagen en tanto la zoofilia, de la cual se autoacusaba, era la prueba incontestable de lo enfermizo y la degeneración de la estirpe a la cual pertenecía y que debía eliminar. Formaba parte de su plan homicida, y como culminación del mismo, darse muerte. No por nada Gaupp aproximó este acto homicida al llamado suicidio altruista, aunque las razones esgrimidas por el psiquiatra se ordenan según otras coordenadas teórico-clínicas.

Para el pasional, la función del espejo estaría también esencialmente conservada, cumpliendo una cierta función estabilizadora. Cuando Maleval intenta articular la estructura del delirio pasional, va a decir que “el goce del pasional en el campo del Otro encuentra límites instaurados por la imagen especular y se localiza sobre un personaje preciso: el amante del erotómano, el partenaire del celoso, el antagonista del reivindicador. El espejo enmarca al objeto a no extraído y consigue velar su abyección. No obstante, en el momento de peligrosos pasajes al acto no es raro que los pasionales intenten llegar al horror que entrevén detrás de la imagen que rodea su goce”[7].

Como veremos en el curso del desarrollo del presente capítulo, Christine Papin se verá confrontada, en el pasaje al acto, al horror de su propia abyección, en tanto identificada al objeto de goce del Otro materno. La folie à deux de Clémence –su madre– y ella no dejaba de ser el lugar donde ese goce incestuoso se sostenía, al mismo tiempo que era puesto en cuestión. Su delirio de reivindicación contra este Otro gozador, al que el delirio mismo da consistencia, encubre de algún modo, y frágilmente, dicho lugar del objeto abyecto, finalmente vuelto a poner en evidencia en la alucinación donde vería a Léa –ella misma, en definitiva– colgada de un árbol, muerta y con las piernas cortadas.

El pasaje al acto psicótico, dirá Maleval, “comporta una dimensión de intento de curación mediante la sustracción del objeto angustiante de un goce incestuoso. El sujeto se encuentra agobiado por la ausencia del proceso de separación resultante de la metáfora paterna”[8]. Es una tentativa de hacer advenir en lo real una castración no simbolizada[9].

El pasional –continúa el autor– es mucho más apto para movilizar lo imaginario del sentido, sabe que su acto tiene por fin restaurar la justicia y “su delirio presenta la especificidad de transportar desde el postulado una sugestión al acto: generalmente una venganza para el celoso y el reivindicador e incluso para el erotómano, cuyas esperanzas irrealizables anuncian ya el rencor terminal. Se entiende pues que los delirios pasionales sean con mucho los más peligrosos: el pasaje al acto está inscripto de entrada al final de su lógica. Constituye la manera de restaurar una injusticia fundamental que mina el orden del mundo. Para restablecer este último los interpretativos parecen más inclinados a tomar las vías del significante”[10].

Coincidiendo estas elaboraciones de Maleval con nuestra lectura de los crímenes de Wagner, y aportándonos desde este otro sesgo una nueva luz, precisaremos que en su pasaje al acto, abriéndose hacia dos direcciones diferentes, se pondrán de relieve distintas líneas de fuerza de su delirio, no obstante, en estrecha correlación. Así, en sus crímenes por venganza, hacia los habitantes de Mühlhausen, quienes “se burlaban de él por su delito sexual de zoofilia” –síntoma de significación personal–, parece acentuarse más claramente la tendencia reivindicativa-pasional de su delirio; mientras, en sus crímenes por compasión, hacia sus hijos, pertenecientes como él a la estirpe enfermiza “que había que borrar de la faz de la Tierra”, no dejará de ponerse en evidencia el núcleo melancólico, como reverso de su paranoia.

En ambos casos, la imagen en el espejo, envolviendo al objeto a no extraído, se encuentra conservada, sea para endilgar al otro especular –habitantes de Mülhausen– sus propias intenciones rechazadas, sea para ver reflejada en los propios hijos –pertenecientes como él a la estirpe enfermiza– la imagen en ruinas de su propio yo.

Para Maleval, y haciendo hincapié en las psicosis pasionales, tema preciso del artículo que estamos considerando, estas últimas “configuran el campo de observación más puro de la regresión tópica al estadio del espejo, considerada por Lacan como una de las consecuencias de la forclusión del nombre del padre”[11].

Ahora bien, si lo que estamos considerando es el campo especular en las diferentes posiciones del sujeto en la psicosis, la necesidad de otra precisión nos sale al cruce, antes de emprender nuestro análisis del caso de las hermanas Papin: ¿en qué consiste el Yo en la paranoia?

Para el neurótico, es posible decir de su imagen especular Aquél de la imagen soy yo, mediante el asentimiento del gran Otro, que habría estado en juego en los tiempos instituyentes de su subjetividad. Ello implica un cierto acuerdo con la heterogeneidad de esa imagen, un cierto acuerdo con ese otro especular, con ese “otro” y “semejante”. Para el paranoico, en cambio, no habrá un tal acuerdo y se le hace necesario mantener esta heterogeneidad de la imagen como otro radicalmente Otro: Aquél es Otro, es Él, no moi[12]. La proyección en la paranoia encuentra aquí su estatuto. El sujeto cambia de estatuto gramatical. El sujeto está en la imposibilidad estructural de reconocer que, en lo que endilga al otro, están sus propias intenciones[13]. Es esto lo que Freud descubre ya desde sus primeras elaboraciones en torno a la paranoia, en sus tempranos manuscritos[14], así como también, mucho más tarde, establecerá una diferenciación del delirio psicótico y la posición del sujeto en relación al mismo, en base al análisis gramatical de la frase que constituiría su postulado[15].

Una tercera vertiente, además del papel de la imagen especular en el delirio –tal como lo estamos considerando–, y las articulaciones relativas al Yo en la paranoia, alimentará el cauce de nuestras elaboraciones en torno al crimen de las hermanas Papin, y la misma está referida a las precisiones freudianas en torno al lazo de la hija con su madre en la fase preedípica, cuando aún no está en juego la rivalidad propia de dicho complejo: “en esa dependencia de la madre se halla el germen de la posterior paranoia en la mujer. Es que muy bien parece ser ese germen la angustia, sorprendente pero de regular emergencia, de ser asesinada (¿devorada?) por la madre. Cabe suponer que esta angustia corresponda a una hostilidad que en la niña se desarrolla contra la madre […], y que el mecanismo de proyección se vea favorecido por la prematuridad de la organización psíquica”[16]. A lo cual, más adelante, agregará: “no sabemos indicar cuán a menudo esta angustia frente a la madre se apuntala en una hostilidad inconciente de la madre misma, colegida por la niña”[17].

El desenlace en una posición paranoica parece, entonces, ligarse a un odio no tramitado, el cual, de haberlo sido, habría podido funcionar como separador en la relación de la hija con su madre. Hostilidad rechazada, no tramitada, y que retorna en el delirio. Una mujer, cuya posición subjetiva podríamos definir como paranoica, me decía en el curso de una entrevista, estando embarazada: “Yo tuve otro embarazo y lo perdí… Tenía doce años y mi mamá no quería un hijo mío y sí quería un hijo de mi hermano […], y entonces ella con un cuchillo me cortaba todo el cuerpo […]. Ella murió, después se levantaba de su tumba […], y se volvió a meter […], si no me hubiera seguido matando”. Y, en ese mismo sentido, me preguntaba: “¿no le parece que mi hermano y yo merecíamos vivir? Ella nos cortaba el cuerpo con cuchillos cuando éramos chicos…” Fragmento clínico que nos sitúa plenamente en el terreno de las locuras maternales.

El doble crimen de las hermanas

En determinado momento del proceso, Cristhine Papin dijo: “mi crimen es lo bastante grande para que yo diga lo que es…”

Pese a esta afirmación, que no puede dejar de evocarnos el texto de Safouan: La palabra o la muerte, Christine habló de “su” crimen en sucesivas declaraciones para, finalmente, sentenciar: “lo dije todo”, y caer en fatal mutismo. ¿Qué largo camino de tortura ha tenido que recorrer Christine hasta llegar a ese punto? ¿Cómo comienza esta historia?

La noticia del crimen

El viernes 3 de febrero de 1933, los habitantes de Le Mans leerán en la primera página de su periódico La Sarte soir, junto al encabezado que decía: “la mayoría del pueblo alemán respalda a Adolfo Hitler”, un pequeño recuadro –puesto de todos modos en un lugar de importancia–: “Horrible crimen: la Sra. Lancelin y su hija Geneviève asesinadas por sus sirvientas”.

Los Lancelin eran una familia burguesa de la sociedad de Le Mans. El señor René Lancelin, abogado, había sido procurador judicial. Fue él –junto con la policía– quien descubre la sangrienta escena donde yacían cruelmente asesinadas su mujer e hija. De regreso junto a su yerno, una tarde como tantas otras, encuentra la puerta de su residencia cerrada con trabas, sin que nadie responda al llamado del timbre. Sólo una luz, débil luz de vela, titila en la habitación de las criadas. Ellas, cometido el crimen, se encerraron en su habitación a la espera de que “la policía viniera a buscarlas”. “Buena la hemos hecho”, se dicen entre ellas, antes de meterse en la misma cama y luego de haberse lavado cuidadosamente.

Madre e hija yacían al pie de la escalera, sus cuerpos estaban irreconocibles. Cortes en las piernas. Sus ropas en desorden y, en la hija, las faldas levantadas y cortes en las nalgas[18]. Un detalle fue el máximo del horror experimentado por quienes inspeccionaban los cadáveres: encontraron un ojo en la escalera. Las víctimas padecieron, antes de su muerte, la enucleación de sus ojos.

Las hermanas no premeditaron su crimen. A diferencia de lo que hemos visto hasta ahora: el maestro Wagner, el cabo Lortie o Pierre Rivière. Este acto criminal irrumpe repentinamente sin cálculo alguno: un detalle, apenas “un” detalle fue aquel que lo desencadenó. Sin embargo, “un” detalle, no es “cualquier” detalle. Este acto no fue planificado. No hay cartas, ni cassettes, ni autobiografías. ¿Diremos por ello que este acto carece de toda dimensión, si no de mensaje, al menos de respuesta? ¿Obviaremos preguntarnos a quién podría haber estado dirigido, más allá de sus víctimas directas?

Sea como sea, una vez traspasado el umbral y habiéndose hecho público, ya no parará de funcionar la maquinaria interpretativa. Henos aquí nosotros, después de casi un siglo, intentando también interpretarlo. Al igual que lo hicieron con Violette Nozière, los surrealistas, los comunistas, así como otros, tomaron el caso de las sirvientas asesinas como estandarte de sus ideas revolucionarias y contra el poder instituido. Paul Eluard le dedicó poemas o escritos no sólo a Violette, sino también a las hermanas Papin. Por esos años, Lacan, quien no hacía mucho había presentado su tesis sobre Margarita, se expedirá sobre este caso, publicando su escrito en la revista surrealista Minotauro. Conocemos el texto: “Motivos del crimen paranoico”. En 1947, Jean Genet escribirá su obra Las criadas, basándose en este caso. Interesante interpretación del dramaturgo en torno al caso, ya que Claire, que representa a Christine en la obra, termina tomándose el veneno que preparó para su señora, cuyas ropas vestía en ese momento.

También en el año 1966, la periodista y escritora P. Houdyer publicará, luego de una exhaustiva investigación, una novela sobre este crimen: Con el diablo en la piel, obra luego reeditada en 1988 con el título L’affaire Papin. Basadas en estas novelas hay dos películas: Sister my sister y Les blessures assassines. También en Buenos Aires, Cristina Banegas estrenó una obra en el 2003 basada en las hermanas Papin.

Cabe preguntarse si éste es, además, un caso clínico. En un principio, no fue más allá de los informes de los expertos psi convocados por la justicia. Lacan, por cierto, situó luego ciertas coordenadas decisivas en torno al caso. Pero debemos destacar que recién en el año 1984 este caso es fabricado en tanto clínico por E. Porge, J. Allouch y M. Viltard, cuya exhaustiva investigación dio a luz el texto llamado: La solución del pasaje al acto: el doble crimen de las hermanas Papin, publicado bajo el heterónimo de Francis Dupré. La traducción al español del texto no conserva en su totalidad el título original. Lo sustraído al mismo es precisamente la primera parte: “La solución del pasaje al acto…” ¿Por qué obviar este fragmento, cuando en verdad es una de las preguntas esenciales de esta fábrica del caso? Es decir, ¿a qué pudo haber pretendido ser una solución este pasaje al acto homicida?

La condena

Volvamos a aquel entonces. El día después del asesinato, ese día de 1933, dos protagonistas esenciales empezarían a dar cuerpo a la lectura de este caso público y judicial: la prensa y la justicia. Las opiniones estaban muy encontradas a la hora de enfrentar el dilema legal –del cual P. Legendre, recordemos, propone salir– acerca de si las acusadas estaban locas o no, si eran imputables o inimputables. Los psiquiatras de la parte acusadora, haciendo galas de una sordera esencial, no verán en ellas más que dos sanguinarias asesinas, totalmente responsables de sus actos. El psiquiatra Logre, citado por Lacan en su escrito, fue llamado por la defensa y las situaba como enfermas mentales[19], y, por tanto, inimputables; habló incluso de “pareja psicológica”, apreciación que tiene toda su importancia. Dos prestigiosos periodistas, los hermanos Tharaud, señalarán la precipitación por parte del juez, de la parte acusadora y del jurado en concluir de una vez[20]. En noviembre de ese mismo año, la condena fue promulgada: Christine, a la pena de muerte, y Léa, a diez años de trabajos forzados y veinte años de interdicción. Cuando Christine escucha la condena: “Todo condenado a muerte tendrá la cabeza cortada”, cae de rodillas[21]. Christine se rehúsa a firmar una demanda de apelación e igualmente una demanda de perdón presidencial[22]. Léa la firmará.

Allo Police, otro periódico, se interrogará: “¿se condenó a dos locas?”[23], mientras que Eluard y Peret, Man Ray y luego Lacan se preparan a intervenir.

Christine jamás firmará no sólo la demanda de apelación e indulto, sino tampoco su acto. En enero de 1934, el presidente de la República conmuta la pena infligida a Christine por una condena a perpetuidad de trabajos forzados[24]. Apenas cuatro años después, Christine muere.

Como bien se ve, esta “pareja psicológica” –Christine y Léa–, como las llamaría el psiquiatra Logre, ya hacía un tiempo se había dislocado, separado, y por circunstancias que luego precisaremos.

El diagnóstico de Lacan acercará a Christine y a Léa más a la parafrenia que a la paranoia, no sin señalar, sin embargo, que “las formas de paranoia y las formas delirantes vecinas siguen unidas por una comunidad de estructura”. Precisión que anticipa lo que llamará más tarde, en el Seminario de 1956, “el campo paranoico de las psicosis[25]. Luego de precisar, en “Motivos del crimen paranoico”, dicha comunidad de estructura, dirá: “lo cierto es que las formas de la psicosis se nos muestran en las dos hermanas, si no idénticas, cuando menos estrechamente correlativas”. Correlación que él articulará precisamente a la folie à deux. Volveremos después sobre este punto. No sin antes recordar algo que dijo Dupré –heterónimo ya citado– acerca de Léa, más allá de toda precisión diagnóstica: Léa era insumergible. Ella navegaba muy bien, y se fue reacomodando, de un modo u otro, antes y después de la dislocación de la “pareja psicológica” que conformaba con su hermana Christine, como ya lo veremos.

Las hermanas Papin, ¿quiénes eran?

En verdad, si dos fueron las célebres asesinas, las hermanas Papin eran tres. ¿Qué sabemos de ellas y de su infancia?

Del matrimonio Papin sabemos, según investigaciones de P. Houdyer, que para Clémence su esposo nunca ocupó un lugar de importancia, salvo por ser alguien que debía traer dinero a la casa. A nivel del deseo, el rechazo a este hombre era notorio.

Emilia, la mayor de las hermanas, fue violada por su padre a la edad de 9 años. Esta circunstancia desencadenará la separación de la pareja. Cuando Clémence comente este desafortunado suceso a su hermana, dirá de Emilia, su hija: “ella tiene el diablo en la piel”, frase en la que se inspira Houdyer al dar título a su novela. Frase que algo nos dice de la inscripción que pudiera tener este suceso en la madre, y del lugar que ella le da a su hija en el mismo.

Clémence decide luego de esto, un tiempo después, “colocar” a Emilia en El Buen Pastor, lugar destinado a “enderezar las conductas extraviadas de prostitutas y delincuentes”. Otro dato que viene a dar cuenta del lugar de esta hija para esta madre.

Pero Emilia no era su única hija. Ya había nacido Christine, que tenía en ese entonces 7 años. ¿Dónde estaba esta segunda hija? Christine vivía con su tía paterna, Isabelle, a cuyo cuidado estuvo desde que tenía apenas un mes de vida. Su madre no había tolerado su llanto. Cuando ocurre lo de Emilia, esta hija fue separada dolorosamente de su tía: Clémence decide “colocarla”, junto a su hermana, en El Buen Pastor. Christine se aferrará mucho, desde entonces, a su hermana Emilia.

Léa, la menor, tenía casi dos años cuando sus hermanas ingresan al Buen Pastor. Desde muy pequeña, ella vivió con un tío materno de Clémence y su hija, prima soltera de esta última. La pequeña Léa había estrechado allí sus primeros lazos.

Pasados 5 ó 6 años de internadas en El Buen Pastor, Emilia –la mayor– decide, no sin resistencia de su madre y con autorización de su padre, tomar los hábitos. Dos años después, Christine quiere seguir los pasos de su hermana; la furia materna frente a esta decisión hará que ella sea retirada del Buen Pastor y “colocada” como sirvienta en una casa. Christine insistirá varias veces respecto de su deseo de consagrar su vida al servicio de Dios, y se encontrará siempre con la oposición de su madre –ella era aún menor–. Como veremos, esta oposición materna no carecía de significación, en ella anidaba ya un delirio, por el momento en reserva.

En cuanto a Léa, después de la muerte del tío Derée –más o menos en la misma época en que Emilia ingresa al convento–, la pondrá en internado en la Institución Saint-Charles, para sacarla cuatro años después y empezar a “colocarla” como sirvienta.

Escuchemos por un momento las propias palabras de Clémence en cuanto a la situación con sus hijas. Así dijo en una declaración al comisario Dupuy, luego del crimen:

Coloqué a Christine en Bon-Pasteur, donde ella se quedó hasta la edad de 15 años. Fui yo quien la retiró de este establecimiento para colocarla en la casa del Sr. Poirier […]; enseguida la coloqué en la casa del Sr. Coudrey […], y por último en la casa del Sr. Lancelin, en la calle Bruyère, donde estaba desde hace 7 u 8 años. Al comienzo coloqué a Léa para que fuera amamantada en la casa de la hermana de mi padre […] –acá falta el dato de que luego es confiada a un tío, Derée–. […] Enseguida la coloqué en la Institución Saint Charles hasta la edad de 13 años. Al salir de esta casa, estando yo colocada en la casa del Sr. X, la tuve conmigo algún tiempo. La puse en la casa del Sr. Neuf […], luego en la casa del Sr. Lancelin con su hermana, a donde ella entró poco tiempo después que aquélla […]” [Subrayado y aclaración nuestra][26].

¿Qué clase de locura habita a esta madre, cuyo gesto de “colocar” y luego recuperar, para volver a colocar, va mucho más allá de una cuestión lucrativa? No esperó, como hemos visto, a que sus hijas tuvieran edad de trabajar para llevarlo a cabo.

Digamos, por lo pronto, que cierto rechazo venía a entrelazarse con dicho gesto, y a ejercerse desde un lugar de dominio en el que sus hijas no fueron situadas sino como objetos.

Christine trabajará en distintos domicilios, donde cumplirá siempre con excelencia y de modo irreprochable sus tareas domésticas. Sin embargo, ¿por qué cambiar tanto de casas? Una constante que la conduce al cambio de patrones se hace evidente: Christine no tolera “observaciones” y más de una vez esto conduce a malas respuestas por las que termina siendo despedida, o bien ella se va. Clémence allí acompaña: la excusa es la mejora del sueldo[27].

Alejada ya definitivamente de su hermana Emilia, Christine se aferrará a la pequeña Léa –como su propia piel–, a quien milagrosamente en una oportunidad le salva la vida, exponiendo la propia. Una gitana que les echó la suerte diría de estas hermanas, y a raíz de ese accidente, que ellas estarían inseparablemente ligadas.

Christine no toleraba a su madre. El lazo con Emilia era una manera de estar alejada de ella. Una vez perdido este lazo y su función, ella encontrará en Léa, aunque de otro modo, la posibilidad de tomar cierta distancia de su madre. Christine quiere que Léa entre a trabajar en la misma casa que ella. Su patrona, en ese momento, accederá a este pedido. Es así que se encontrarán ambas, a partir de determinado momento, trabajando en la casa de la familia Lancelin.

El trato con la Sra. Lancelin y la doble ruptura

La Sra. Lancelin había establecido con sus criadas un trato distante y cordial. De entrada había transmitido la regla, quizás denegatoria por tener que aclararla, de que este trato no sería familiar[28].

A partir de la entrada de Léa a la casa, surgiría otra regla: que la vía para dar y recibir órdenes sería de la Sra. Lancelin a Christine, y a través de esta última Léa recibiría sus indicaciones. No había, por tanto, un trato directo con Léa, y, al mismo tiempo, de la única persona de quien se recibirían indicaciones sería de la Sra. Lancelin.

Un detalle no menor se convirtió en el rasgo decisivo de esta relación: la Sra. Lancelin mostró ser alguien que podía tener en cuenta las necesidades de sus mucamas, que no sólo le importaba que hicieran bien su trabajo. Y esto se manifestó cuando ella intervino sugiriendo a sus criadas que ellas guardaran su sueldo para ellas, que no tenían por qué dárselo a su madre como habitualmente ocurría. La Sra. Lancelin transgrede acá, si se quiere, su propia regla: se mete en lo familiar de la vida de sus mucamas.

Es por esta vía que empezará a tejerse una transferencia materna en las hermanas en su relación con la patrona. Entre ellas, cuando hablaban de esta última, le decían “mamá”[29]. Esta configuración supondrá además una ganancia: la presencia paterna que pudiera representar el Sr. Lancelin, con respecto a la ausencia radical de su padre[30].

Pero esta transferencia, como indican con precisión los autores de la fábrica del caso, no tardará en juntarse con la repetición[31]. ¿Qué significa esto? Que la menor intervención de su patrona entendida, o efectivamente proferida, como una observación, activará el odio que a ese lazo le estaba predestinado, reconfigurando a partir de allí toda la escena.

Hasta el momento donde esta transferencia se mantenía en cierto lazo pacífico, estas hijas seguían manteniendo con su madre una relación de visitas regulares los domingos en que la madre iba a buscarlas, o bien ellas iban a casa de su madre. En todo caso, esta relación con “mamá” –Sra. Lancelin– no dejaba de ser un elemento desplegado ante la mirada de Clémence.

Pero en determinado momento se producirá una ruptura y ellas dejarán de “ver” a su madre. Cuando ella va a buscarlas, sus hijas le dicen “hasta la vista mamá” y se van hacia otro lado, no sin antes agregar: “esta mañana vimos a una mujer que se te asemejaba…”[32] A partir de allí, ellas no querrán ver más a su madre, quien insistirá infructuosamente en querer verlas.

Los autores conjeturan, en relación a estos sucesos, una doble ruptura, en base a la cual se reconfigura la escena[33]. Romper con su madre es tanto más eficaz y posible en tanto han puesto en su lugar –en el lugar de la mirada materna–, a la Sra. Lancelin –y su mirada–, siendo ya y desde ahora de la misma “especie” que Clémence[34]. Por tanto, en el momento en que ellas rompen definitivamente con su madre es también el momento en que ellas rompen con la Sra. Lancelin –rompen su transferencia positiva–, cuando esta última ya no sólo se sitúa como alguien que puede estar atenta a los intereses de sus sirvientas, sino también como alguien que no deja –al igual que Clémence– de hacer “observaciones”. Como ellas dirían después en sus declaraciones: su madre no dejaba de hacer observaciones y reproches constantes en relación al aseo y al dinero aportado. Esta madre a la cual en el juicio llamarán “señora”[35].

¿Cómo quedará entonces re-configurada la escena? Si hasta ese momento ellas estaban bajo la mirada de Clémence, pero al mismo tiempo mantenían este lazo con la Sra. Lancelin, ahora, en el lugar de esa mirada persecutoria estará la de su patrona, y Christine ocupará el lugar de madre en el lazo con Léa, viniendo esta última a representar a Christine. Lo cual supondrá desplegar ante la mirada de la Sra. Lancelin una demostración: existe la posibilidad de un lazo mejor, de protección, y no de dominio entre una madre y una hija.

A partir de este momento la relación entre las hermanas se hace más estrecha y más cerrada respecto del entorno. Prácticamente no hablan con sus patrones y las lacónicas respuestas a los mismos no dejan de estar teñidas de hostilidad. La tensión se instala en el vínculo con ellos. Fue el Sr. Lancelin quien en el juicio describió este cambio de actitud de las hermanas luego del alejamiento respecto de su propia madre: “Este disgusto con la madre agrió el carácter de las hermanas…”[36]

Por su parte, Clémence dirá en el juicio en relación a este mismo momento: “ya no me miraban, parecían huirme […], me dijeron que vieron a una Sra. que se me asemejaba, me parecen totalmente cambiadas con respecto a mí”[37], dirá también que sus hijas “habían dejado de ser sumisas con ella”. En este enunciado, “ya no me ven”, los autores sostienen que se cifra allí un mensaje que le vuelve a Clémence de modo invertido: no ver a su madre es el rechazo a la mirada materna y lo que ella significa de dominio[38].

Esta situación, que marca un momento importante en toda esta locura, ocurre tres años antes del crimen.

Doble ruptura, también doble desencadenamiento

En el lapso de esos tres años, ocurrirán dos hechos de singular importancia, luego retomados en el juicio.

El primero de ellos nos permite situar la locura de Clémence, que se desencadena de modo clínicamente abierto, como delirio, a partir de esa ruptura con sus hijas. Mientras el segundo nos permitirá situar el único antecedente anterior al crimen que nos habla de la paranoia de Christine y de ese delirio que mantiene en reserva.

Vayamos al primer hecho. Luego del crimen serán encontradas en la habitación de Christine y Léa unas cartas enviadas por la madre en dicho período, que ellas no contestarán. En las mismas se puede leer el delirio de Clémence, centrado en la idea de que sus hijas quieren ser raptadas por los religiosos, por los sacerdotes, que ella diferencia muy bien de la ley de Dios. Ellos, los sacerdotes, no obedecen a la ley de Dios y le quieren robar a sus hijas. Así, en la primera carta, dirá: “Está Dios, pero los hombres hacen grandemente su parte, sobre todo los celos que hay sobre Uds. y yo […]. Creemos tener amigos y frecuentemente son grandes enemigos, incluso aquellos que las rodean de más cerca […]”[39]; y en la segunda: “Me han informado que hacen todo para hacerlas entrar en un convento para ser religiosas […]. Yo nunca aceptaría una cosa parecida. No es Dios, es forzar la ley de Dios […]. Son los celos de Uds.; hay celos sobre Uds. y sobre mí. No se dejen. Luchen hasta último momento. Su patrona está bien al tanto […]. Son los católicos los que les hacen hacer esto, me lo acaban de decir […]. Se las ha desviado de su madre […]. Se las va a hacer caer para ser los patrones de Uds. […], se hará lo que quieran de Uds. Váyanse, Uds. no serán dueñas de sí mismas […]”[40].

Los católicos, entre los cuales están los Lancelin, son los perseguidores y ella localiza allí el goce del Otro: quieren sacarle a sus hijas y ejercer sobre ellas su dominio. Ella está perseguida en sus hijas. Tan cierto es para Clémence lo que ella dice desde su delirio de celos cuanto que es eso mismo que ella denuncia lo que en verdad hace ella con sus hijas, pero no lo sabe. Proyecta en el Otro su propia intencionalidad rechazada. Quien sí lo sabe es Christine, sabe de este dominio, con el cual no quiere saber nada. Ella no sólo no contestará estas cartas, sino que en el juicio dirá en relación a las mismas que esa Sra., refiriéndose a la madre, quería que ellas dejasen la casa de los Lancelin, pero ellas no querían, ellas no tenían nada contra ellos.

Si estas cartas nos han dado noticias del delirio de Clémence, ¿qué es lo que nos permitirá situar algo de la posición subjetiva de Christine? En este mismo lapso, entre la doble ruptura y el crimen, se situará otro hecho sobre el cual Lacan dirá: la única “huella de formulación de ideas delirantes anterior al crimen debe ser tenida por un complemento del cuadro clínico […]. Su imprecisión no puede de ninguna manera ser motivo para rechazarla: todo psiquiatra conoce el ambiente especialísimo evocado muy a menudo por no se sabe qué estereotipia de las palabras de tales enfermos, antes incluso de que esas palabras se concreten en fórmulas delirantes…”[41]

Esta única huella de formulación de ideas delirantes, anterior al crimen, se sitúa en el incidente que se genera cuando las hermanas van a la Alcaldía. Ellas se dirigen al alcalde, acusando a varias personas de perseguirlas y hostigarlas. Las confusas acusaciones que hace Christine, duplicada por Léa –duplicación ya advertida por el comisario–, se acompañan de un estado de excitación que el alcalde intenta calmar; ellas acusarán luego al alcalde de “perjudicarlas en lugar de defenderlas”[42]. Llegado el juicio, cuando se le pregunte a Christine sobre este incidente, ella dirá que fue a la alcaldía “para conseguir emancipar a la hermana”. Dice, por tanto, algo diferente: ¿cómo escuchar esto? De hecho, el peritaje psiquiátrico concluirá que las hermanas fueron para conseguir la emancipación de la menor, sin tener en cuenta los dichos de Christine en aquel entonces, que se obtuvieron por las declaraciones tomadas a los protagonistas de ese incidente. Los peritos, entonces, no verán en este incidente una locura persecutoria, por la cual sí se pronunciará el abogado de la defensa, el Dr. Logre.

¿Miente Christine al decir que fue “para emancipar a Léa”? ¿Cómo escuchar estas dos versiones? ¿Son tan distintas una de otra? Los autores que fabricaron el caso señalan muy atinadamente que “el peritaje naufraga al no tener en cuenta la dimensión de la enunciación, por el hecho de que las afirmaciones de Christine y de Léa que registra y a las cuales adhiere intervienen después del pasaje al acto, y en un tiempo en que Christine está, antes que nada, preocupada por reivindicarlo”, y proponen otra lectura: “la ‘emancipación’ es una mentira que dice la verdad –escuchándola como medio-verdad (Lacan)–, ya que la emancipación es el contrapunto exacto de la sumisión, que es efectivamente el carácter mismo de su lazo con su madre y que motivó la queja persecutoria. Si el alcalde amenaza a las dos hermanas en lugar de defenderlas, eso es –en el delirio– someterlas en lugar de emanciparlas”. Los autores proponen decidirse a escuchar allí el significante “madre”, que en francés es homofónico con la palabra “alcalde”: mère–maire, e interpretan que esta homofonía debió de convertirse en el vehículo significante que condujo a las dos hermanas a la oficina del alcalde[43].

Este pedido de emancipación venía a decir la verdad de un delirio de reivindicación, que sería el que definía con más especificidad la posición paranoica de Christine. Por tanto, estos dos hechos: las cartas y el acontecimiento en la Alcaldía, nos permiten reconstruir respectivamente el delirio de celos de Clémence, al cual co-respondía el delirio de reivindicación de Christine, y cuya trama sostendría su yo especular. Veamos ahora cómo esto estará presente en la escena del crimen.

La escena del crimen y el pequeño detalle desencadenante del pasaje al acto. El marco especular y el objeto criminógeno

Habíamos dicho que desde esa doble ruptura las hermanas estaban muy replegadas sobre sí mismas y casi no le dirigían la palabra a nadie en la casa[44]. Este re-emplazamiento transferencial materno hacia la Sra. Lancelin, aunque constituye un último recurso para escapar de la persecución de Clémence, será también una condición de posibilidad del pasaje al acto[45], y una de sus coordenadas. El pasaje al acto se explica con toda precisión, en la fábrica del caso, desde su punta transferencial. Veamos, en principio, qué lo desencadenó.

Una tarde, la Sra. Lancelin y su hija salen de compras. Christine y Léa debían continuar como siempre con sus tareas, entre las cuales se contaba el planchado. Un pequeño desperfecto se repite, ya había sucedido, con la plancha y se produce un corte de energía eléctrica en la casa.

Cuando la Sra. Lancelin y su hija llegan, entran en su casa en medio de un inhabitual silencio y oscuridad, sin saber qué ocurría. Christine sale al encuentro de su patrona para explicarle lo ocurrido con la plancha: “¿cómo hacer para reparar…?” Estas fueron las primeras palabras intercambiadas entre Christine y la Sra. Lancelin en la conversación que vira luego hacia el pasaje al acto. Frase que resuena en esa otra dicha por Christine, ya en el juicio, al retractarse de sus declaraciones: “cómo hacer para reparar”.

La otra frase formulada por Christine cuando sale al encuentro de la Sra. Lancelin fue: “quiero pedirle a la Sra. que arregle la plancha porque estamos atrasadas con el planchado”. Los autores leen allí una proximidad literal entre los significantes “reparer”–“repasser” (planchar) y “faire”–“fer” (plancha), constituyendo la plancha una metonimia de Christine, desde la cual infieren cierta demanda de ella, después de haber sido puesta en una posición de impotencia para efectuar su trabajo. No olvidemos que hacer su trabajo a la perfección constituía, para Christine, algo fundamental, en tanto este hecho tendía a contrarrestar toda “observación”, en la cual ella no podía sino intuir delirantemente que el Otro goza al humillarla. No obstante este combate mudo contra la persecución, ya que es más con su hacer que con su decir que lo lleva adelante, sabemos que la “observación” (o lo que es leído delirantemente como tal) será siempre susceptible de llegarle desde el Otro. Bastará entonces la menor observación de la Sra. Lancelin –a quien Christine ya tenía “entre ojos”–, en ese momento, para que ella monte en cólera. No se sabe a ciencia cierta qué palabras vehiculizaron allí lo que estaría en el lugar de una tal “observación” para Christine.

Sin embargo, otro hecho será decisivo, el cual puede ser situado como la segunda coordenada de este pasaje al acto. Recordemos que la primera está constituida por ese lazo transferencial negativo que unía a Christine con su patrona: la Sra. Lancelin es un Otro susceptible de hacer “observaciones” al estilo de Clémence, donde el Otro goza al humillarla.

¿Cuál es ese otro incidente en medio de este altercado, esa segunda coordenada? Tal como Christine declaró, habrá hecho falta otra cosa más para que esta cólera relativamente contenida vire del altercado al pasaje al acto[46]: la interposición de la Srta. Lancelin, quien, según dijo Christine, “habría debido hacer cesar esta discusión en lugar de volverla más violenta”. ¿Por qué este “pequeño detalle” se tornó decisivo? ¿En qué trama inter-subjetiva cobrará cuerpo y adquirirá consistencia? ¿Qué “ve” Christine en el gesto de esa hija? Hemos entrado con este interrogante, en la dimensión especular de este pasaje al acto. Lo que Christine “ve” es a una hija tomar el partido de su madre, una madre que no olvidemos ya fue considerada como de la misma especie que Clémence.

Toda su vida –señalan los autores– sólo tenía sentido en poner obstáculos a esa visión, a esta “imagen de madre-hija vociferantes actuando de común acuerdo”, imagen de la folie à deux, que es “la imagen en espejo del Yo inconciente de Christine, una imagen que ella de ninguna manera puede suscribir, incluso mucho menos proponer al reconocimiento del Otro, una imagen angustiante”.

Imagen que Christine tenía que mantener como lo más ajeno a su yo y cuya proximidad el gesto de la Srta. Lancelin –en medio de esa escena– viene a poner ante sus ojos. Es, entonces, por esta coincidencia, generada por el gesto de la Srta. Lancelin, que viene a suprimir la discordancia en la que se mantendría el Yo en la paranoia[47], que el objeto se vuelve criminógeno[48] y “el pasaje al acto interviene a título de un agresión contra esa imagen, como una destrucción de la imagen del yo (moi) al servicio del principio del placer”[49], a causa de una tensión intolerable.

“¿Cómo hacer para reparar?” era la pregunta de Christine. Lo que Christine repara, arregla, con su pasaje al acto, es su propia imagen narcisista, una imagen a la vez desconocida y muy actualizada en ese instante. Imagen que ella no puede reconocer, no puede decir de ninguna manera de su imagen narcisista: “soy yo”, del mismo modo que ella, pese a sus declaraciones, no firmará su crimen. Volveremos luego sobre esto último.

Si tomamos en cuenta, por tanto, esta segunda coordenada que determina el pasaje al acto, vemos cómo su delirio empuja al acto en el punto preciso en que ya se torna impotente para ocultar cuánto hay de próx(j)imo[50] a su yo en esta visión. Es en ese punto preciso que el objeto especular se torna criminógeno.

Cabe preguntarnos qué es lo que Christine ha entre-visto en esa imagen que de ninguna manera quería hacer coincidir con su Yo, y cuya súbita aparición en escena le deja como única solución el pasaje al acto. Agresión que, tal como lo señala Lacan en 1946, es una “agresión suicida narcisista”, es decir, una agresión suicida contra el Yo especular; pero, además, y en ese mismo sentido, el objeto criminógeno, aquel que empuja al crimen, no ha hecho sino arrastrarla a ella misma hacia “su” crimen, su propia muerte. ¿Cómo fue esto posible? Para intentar responder, abordaremos la evolución de Christine luego del pasaje al acto y durante el proceso judicial. Será precisamente por esta vía que podremos pensar algunas cuestiones más acerca de lo que ha vuelto criminógeno al objeto, es decir, acerca de lo que Christine ha entre-visto en esa imagen, tornándola una visión intolerable.

Christine después del pasaje al acto. Dislocación de “la pareja psicológica”. Lo entre-visto: el objeto de goce, esa horrorosa visión

Se distinguen en las declaraciones de las hermanas, en torno al doble crimen cometido, dos momentos netamente diferenciados. Al comienzo, ellas dicen lo mismo: habían acordado decir que “fueron atacadas” y que las dos habían participado igualmente del crimen. Léa no hacía más que repetir lo dicho por la hermana. No escapó a la percepción del Dr. Logre que, más allá del acuerdo explícito, del cual después se sabría, había allí entre las hermanas una “pareja psicológica”, donde la mayor ocupaba un lugar de claro dominio[51].

En un segundo momento, habrá una retractación de Christine, en la cual ella reivindica haber hecho todo totalmente sola[52], dejando a Léa un papel secundario, sea por haber obedecido sus órdenes en relación a ciertos hechos del crimen, sea atribuyendo a la autoría de Léa sólo “los cortes en las piernas de la Srta. Lancelin”. Léa no negará esta retractación.

¿Qué habría ocurrido entre las primeras declaraciones y su posterior retractación? Las hermanas fueron separadas desde el día siguiente del crimen y Christine no dejará de reiterar su pedido de estar con Léa. Tiempo después sufrirá varias crisis que conllevarán una profunda transformación en Christine, a partir de las cuales pide hacer una retractación de sus declaraciones, diciendo que “ha sufrido una crisis igual a la que tuvo cuando golpeó a la Sra. Lancelin y que recuerda bien lo sucedido”. “Una crisis igual…”: ¿por qué diría esto?, ¿en qué consistieron estas crisis?

Christine cae en un estado de profunda excitación, durante días, desde el cual clama por Léa. Dos de sus compañeras de celda contarán que en esos momentos ella tiene una alucinación: ve a Léa colgada de un árbol con las piernas cortadas. Sobrevienen después tres crisis de excitación que los autores sitúan como un intento de ligazón de la alucinación, de esa horrorosa visión: “intentos de insertar en una red simbólica lo que, forcluido del simbólico, reaparece en el real”[53].

En las dos primeras crisis de violencia y extrema excitación –luego de la alucinación–, se pueden aislar tres componentes[54]: 1) el objeto Léa está en su centro: Christine clama desesperadamente por Léa, quizás como intento de borrar esa horrorosa visión, incluso esto hará que le traigan a Léa; 2) se pueden distinguir ciertos rasgos que retoman elementos del pasaje al acto: el gesto de levantarse las faldas, el gesto de querer arrancarse los ojos a sí misma y a todos los que la rodean; 3) un tercer componente en el cual se esboza cierta cuestión que aparecerá más nítidamente después: Christine hace signos de cruz con su lengua en el suelo y en los muebles de la celda, se precipita hacia la ventana, pide perdón.

Este último componente, en el cual asoma un delirio místico, podrá más que los otros dos, procurándole a Christine cierta calma. Allí, comenzará “una posición de repliegue”. Después de esta crisis del 12 de julio, “igual a la que tuvo cuando ella golpeó a la Sra. Lancelin”, según sus palabras, ella hará su retractación. Los encuentros de Christine con su psiquiatra, el Dr. Schutzenberger, no hacen sino cosechar malentendidos. El psiquiatra ve en ella una simuladora, y es así que le preguntará: “¿Ud. hizo una comedia el otro día?”, a lo cual ella responderá: “sí, pero no hice la comedia de locos”. Por supuesto, el psiquiatra no se detiene en esta aclaración, y reafirma su posición de verla plenamente responsable. Será P. Houdyer quien aclare con toda sutileza que, en Le Mans, la expresión “hacer la comedia” significa “hacer una escena”, lo cual difiere de una simulación. El error del psiquiatra, señalan los autores, viene como anillo al dedo al delirio místico de Christine, del cual emana esta respuesta: “Me pongo en sus manos, ya que no puedo actuar de otra manera”. Frase que no puede ser dirigida sino a Dios.[55]

¿Cómo situar esta alucinación de Christine, respecto de la cual las crisis posteriores ofician de infructuosa ligadura, y de frágil apoyo en un delirio místico?[56] Alucinación que marca un punto de viraje en su evolución. Para Lacan, la experiencia desesperada del crimen desgarra a Christine de su otro yo, y es esto lo que retorna en la alucinación en la cual cree ver a su hermana muerta, “muerta por ese golpe”, aclarará[57]. Entendemos, entonces, que tras el crimen ya había comenzado la dislocación de esta “pareja psicológica”[58], que Lacan llamaba “las siamesas”. Pero también, al decir “desgarro de su otro yo”, no dejará de situar a Léa “como ese objeto el más semejante a sí misma” respecto de Christine. Objeto especular que apenas recubre el objeto de goce no extraído de la imagen, el cual se apodera allí de esta última, convirtiéndola en la imagen del doble: real que pone ante sus ojos la alucinación de Christine. El doble, por cierto, en la psicosis.

Las guardianas conmovidas por esas desesperadas crisis de Christine, luego de la alucinación, le traerán a Léa. Pero esta Léa de la realidad no será ya susceptible de taponar, para Christine, el real de Léa que retorna en la alucinación: muerta, colgada y con las piernas cortadas[59]. Christine la abraza hasta asfixiarla: “¡dime que sí! ¡dime que sí!” Pero no hay que pueda hacer retornar la imagen que taponaba el objeto horroroso: la pareja de esa folie à deux está ya dislocada.

Por lo demás, la alucinación, precisarán los autores, es susceptible de aclarar après coup el pasaje al acto. “Visto desde la alucinación, el elemento ‘arrancar los ojos’ ya no aparece como lo peor”, como el colmo del horror: al igual que Edipo “más vale arrancarse los ojos que sufrir la persecución de esta imagen alucinatoria”: Léa suspendida de un árbol con las piernas cortadas[60]. Visión horrorosa que retorna en lo real, en el mismo punto en que habría quedado al descubierto en el pasaje al acto, y empujando hacia él: visión del objeto de goce no extraído de la imagen especular. La tensión que esta visión intolerable habría generado fue reducida por el pasaje al acto, pero no resuelta. En la alucinación insiste lo no resuelto, reclamando una solución.

La Srta. Lancelin, interponiéndose entre las hermanas y su patrona, presentificó, dejó al descubierto, ese objeto de sumisión y humillación ante la dominación materna, imagen que revelaba el Yo inconciente de Christine, y contra el cual se erigía todo su delirio de reivindicación. Visión horrorosa que vuelve al objeto criminógeno, convocando al pasaje al acto homicida. Su supresión se impone como único modo de reducir la visión intolerable.

En el delirio de reivindicación, sostiene Maleval, el espejo –entiéndase el otro especular– enmarca al objeto a no extraído y consigue velar su abyección. ¿Por qué el gesto de interposición de Geneviève Lancelin pasó a ser decisivo? Porque fue precisamente a partir de ese gesto que la imagen se tornó impotente para velar la abyección del objeto, y frente a esos velos desgarrados Christine va a entrever, en el tiempo de un relámpago, el horror del objeto incestuoso que ella misma es para el goce de una madre como Clémence.

El sujeto, agobiado por la ausencia de separación, pasa al acto en una tentativa de hacer advenir en lo real una castración no simbolizada. Agresión suicida, en tanto esta sustracción del objeto en lo real no se consuma sino por su reunión con un tal objeto, por su identificación al mismo. La caquexia vesánica en la que caerá Christine, precedida por la alucinación y las crisis de las que hablamos, parecen testimoniar de este lugar de identificación al objeto a, en la evolución del cuadro.

En su gesto matricida, ella mata también el objeto de goce de esta madre. Horrorosa visión, cuya imagen la alucinación –en un después del acto– traerá de un modo más claro, en una Léa colgada, muerta y despedazada –piernas cortadas–: Léa que no era sino ese objeto “el más semejante a sí misma”, más próximo y prójimo. Es ese real, siniestro doble en la psicosis, el que Christine ve –conjeturamos– entre los velos desgarrados del narcisismo.

Retomemos las propias palabras de Christine en sus declaraciones donde podemos encontrar signos de esa relación de Yo a Yo –en su desgarro–, de esa reciprocidad, que ligará “en el tiempo de un relámpago”, justo antes del pasaje al acto, pero también durante su desarrollo, a domésticas y patronas:

“–Prefiero haberles quitado el pellejo a mis patronas a que ellas me lo hubieran quitado a mí o a mi hermana”.

“–El más fuerte la ganaba”.

“–Como al caer ella me dio una patada, yo la seccioné para vengarme del golpe que me había dado […] la golpeé en donde yo misma había sido golpeada”.

La enucleación procede de la misma operación: “si hubiese sabido que eso iba a terminar así, no hubiera hecho esa ‘observación’ a la Sra. L.”, la observación ya no es algo que hace la patrona, sino la doméstica. Recordaremos también en este punto a Lacan cuando dice que “las metáforas más sobadas del odio, como por ejemplo: “le arrancaré los ojos”, encuentran aquí su ejecución literal.

El lenguaje especular con el que Christine explica su acto nos remite, al mismo tiempo, a ese intento de castración en lo real –ya que no advenida en lo simbólico–. Corte en lo real de los cuerpos, apuntando a la extracción del objeto: sacar el pellejo, la seccioné, sacarle los ojos.

Nada podría atestiguar de manera más clara cómo, bajo la delgada piel –pellejo– del Yo del paranoico, palpita la agresión suicida narcisista. Punto exacto, en el cual, articulando la dimensión especular al objeto de goce no extraído y por ella velado, podemos situar en este caso la regresión tópica al estadio del espejo. ¿En qué consiste el Yo del paranoico, qué fragmentariedades se unen y mediante qué operación? El paranoico, dice Freud, “ama al delirio como a sí mismo”. El delirio, entonces, es esa delgada piel del yo del paranoico, quien, por tanto, no se dejará arrancar tan fácilmente el pellejo.

El delirio de reivindicación se teje en Christine con los hilos de una folie à deux que da su marco a la relación especular, la cual debemos entender en el sentido de una regresión tópica al estadio del espejo. Folie à deux simultánea entre Christine y su madre, pero no un coro delirante, como podría sostenerlo De Clérambault: no vociferan las dos lo mismo. Mientras en Clémence se desarrolla un delirio de celos centrado en los religiosos que “quieren sacarle a sus hijas”, en Christine cobra cuerpo un delirio de reivindicación contra este dominio materno que no deja otro lugar a sus hijas que el de objetos de su goce. No olvidemos que lo que Clémence denuncia es lo que ella misma hace con sus hijas.

Entre Christine y Léa, los autores[61] ubican, con precisión, una folie à deux comunicada, donde Christine jugaría un papel dominante y Léa, según los propios términos de Lacan, pasa a ser para Christine “ese objeto el más semejante a sí misma”. Este delirio de reivindicación en Christine parece tejerse, por tanto, con los hilos de ambas folie à deux, pero ambas madejas no tienen, quizás, la misma fuerza estructurante. La urdimbre de la folie à deux desde la cual se trama el delirio de reivindicación contra el delirio de celos materno tendría un lugar determinante. La folie à deux comunicada es sucedánea de la anterior, no cambia el sentido del delirio, en todo caso le presta un argumento: defender la emancipación de Léa. Sin olvidar que Christine defiende en Léa su propia emancipación, así como Clémence se veía perseguida en sus hijas.

El momento que analizamos de este delirio de reivindicación se produce en el cruce, si así podemos decir, de ambas folie à deux: es una lucha por la emancipación de Léa –y de Christine en Léa– y contra el lugar de sumisión que el delirio materno destina a estas hijas. Cruce en el cual también podríamos situar al Yo inconciente de Christine –tanto en la imagen especular del antagonista que debía mantener como lo más ajeno a su Yo, como en la imagen de Léa, “ese objeto el más semejante a ella misma”–. Pero ella en tanto objeto, en tanto a, sólo puede ser situada en el lugar abyecto impuesto por el delirio materno. Léa, una vez más, vendrá a prestar su imagen en la alucinación, pero allí fragmentada y muerta. Imagen que sólo se mostrará après coup, que retornará en lo real, una vez producido “el desgarro de su otro yo”. Imagen que Léa, la de la realidad, ya no podrá taponar.

Evolución de Christine luego de la retractación. Conclusiones

Luego de la alucinación, y de las dos crisis posteriores, sobrevino la retractación. En la primera declaración, Christine había puesto el acento en el ataque de la Sra. Lancelin, luego de haberle dicho que no había podido planchar: “cuando le dije eso, ella quiso lanzarse sobre mí”. Léa y ella –según esta primera versión suya– habrían tenido igual participación; agrega, además, sobre el final de la misma, que no lo lamentaba: “Prefiero haberles quitado el pellejo a mis patronas a que ellas nos hubieran quitado el nuestro. No premedité mi crimen, no tenía odio contra ella, pero no admito el gesto que la Sra. Lancelin tuvo esa tarde hacia mí”[62]. Léa, mostrando claramente su lugar de segunda, se limitará a confirmar lo dicho por su hermana mayor.

En el segundo interrogatorio, Christine reafirma el motivo de su crimen: “me defendí como creí deber hacerlo. […] Sólo la furia me hizo actuar así –el crimen no fue premeditado–. […] Mi crimen es lo bastante grande para que yo diga lo que es[63].

Aunque estas declaraciones no reflejan los hechos tal como fueron reconstruidos luego de la retractación, todas y cada una de esas palabras, componiendo una escena diferente a la supuestamente dada, no dejarán de encerrar en sus detalles un grano de verdad en cuanto al sujeto. No hay mentira opuesta a una verdad adecuada a los hechos. Hay también verdad en esa mentira y en esa declaración arreglada por las hermanas. El inconciente supone tanto el medio decir de la verdad como la verdad en la mentira. Resaltemos: ella no admitiría ya, desde su delirio de reivindicación, el gesto de la Sra. Lancelin, identificada, a partir del viraje transferencial producido, con el lugar mismo de Clémence. Cualquier observación de la patrona iba en la dirección de encender su furia. La interposición de la Srta. Lancelin en el altercado fue decisiva, como sabremos a partir de un interrogatorio posterior: ya no quedaba oculto para ella la visión insoportable de una hija confirmando el lugar de dominación de la madre, y de ella misma, entonces, como mero objeto de su goce.

Todas esas frases previas a la retractación, en un supuesto contexto de declaraciones inexactas, faltando a la verdad de los hechos –según podría sostenerse–, nos hablan de modo preciso, y más allá de ella misma, de la posición subjetiva de Christine. Es desde ellas que el “inmotivado” crimen o el crimen “por resentimiento”, según sea la versión que se considere desde los discursos imperantes en su momento, encontrará finalmente “los motivos de ese crimen paranoico”, poniendo al descubierto el objeto criminógeno, en reserva, si se quiere, pero anticipado en ese delirio de reivindicación, que es posible reconstruir après coup. Dejando claro, además, que la folie à deux no es un diagnóstico más en el campo de las psicosis, sino que nos conduce a formalizar, desde el Psicoanálisis, lo que constituye –en los términos mismos de Lacan– el campo paranoico de las psicosis, y el al menos tres paranoicos en la historia de quien se sostiene en dicha posición subjetiva.

Estas declaraciones responden a los interrogatorios previos a una separación más radical de las hermanas durante su detención. Luego de la misma, el viraje subjetivo de Christine es decisivo y, en consecuencia, también su declaración. Sobrevendrán la alucinación ya referida y las crisis posteriores, en las cuales se destaca también el gesto de querer arrancarse los ojos ante la visión insoportable[64]. Bajo el amparo frágil de un delirio místico, insuficiente para ligar la intolerable visión alucinatoria, ella pide hablar para rectificar sus declaraciones: “Cuando ataqué a la Sra. Lancelin, ésta no me había provocado. Le pedí, cuando la encontré, si ella quería arreglar la plancha eléctrica. No sé lo que me respondió; pero entré en una crisis de nervios y me precipité sobre ella sin que se lo esperara. Es posible que yo haya tomado el jarro y lo haya azotado en la cabeza de la Sra. Lancelin que estaba enfrente y se cayó de rodillas. En ese momento, vino la Srta. Lancelin, se puso frente a mí y luché con ella; me arrancó un mechón de pelos y yo le pegué igualmente con el jarro, lo que la hizo caer, y cuando estaba tirada, le arranqué los ojos. Mi hermana llegó cuando yo luchaba con la Srta. Lancelin, pero no creo que ella haya hecho algo, salvo hacer los cortes en las piernas de la Srta. Lancelin, que, en ese momento, ya no se movía. Además, no me acuerdo bien cómo pasó todo. Después del crimen, no quise decir exactamente lo que había pasado, porque habíamos convenido mi hermana y yo repartir igualmente las responsabilidades. Pero acabo de tener una crisis igual a la que tuve cuando golpeé a la Sra. Lancelin y tuve una especie de recuerdo en el que los detalles me volvieron. Me dirigí a Ud. para dar conocimiento de inmediato”.

Si el eje, desde el punto de vista del discurso jurídico legal, estaría puesto, en cuanto a esta retractación –y por ello así llamada–, en la no provocación por parte de las víctimas, y en la entera responsabilidad de la que se haría cargo Christine respecto del crimen, otro detalle resaltamos –tal como lo hizo Dupré– en esta declaración, amén de que no podemos sumarnos sin más a las coordenadas trazadas por el discurso jurídico. Hay un hilo que va hilvanando, no sin virajes, desde sus primeras declaraciones, el decir del sujeto –no del discurso jurídico, sino del inconciente–. Y ese otro detalle, piedra fundamental de este análisis, es lo dicho por Christine: “acabo de tener una crisis igual a la que tuve cuando golpeé a la Sra. Lancelin”.

Esta crisis, vinculada a la alucinación en la cual ve a Léa colgada de un árbol y con las piernas cortadas, es el retorno mismo en lo real de aquel objeto, cuya intolerable visión lo habría convertido en criminógeno y desencadenado el pasaje al acto homicida. “Igual a”, con la diferencia que en esta última crisis es ella misma quien intenta arrancarse los ojos, el ataque recae ya directamente sobre ella.

Ya separadas, no estando Léa como partenaire de esa locura comunicada, desde la cual ofrecía su imagen especular en aquella nueva pareja madre-hija, donde Léa venía a representarla –mostrando así una versión más viable de la maternidad, contra aquella de la dominación materna: Clémence y Sra. Lancelin–, dislocada ya dicha folie à deux, quedará al desnudo el objeto de goce no extraído que esa misma imagen tenía por función velar. Comienza a dislocarse en la ejecución misma del crimen, intenta rearmarse en la versión cómplice de las hermanas. El pasaje al acto habría intentado resolver lo que esa transferencia –loca– hacia la Sra. Lancelin provocaba en ellas, dando consistencia a un delirio de reivindicación, en reserva, más bien mudo, y luego reconstruido, a partir de una única huella que conduce inequívocamente hacia él. El pasaje al acto, por tanto, no apunta a resolver el delirio, sino aquello respecto de lo cual el delirio es ya un intento de resolución: un intento, restitutivo, de ligadura respecto de una posición forclusiva del sujeto en esa locura maternal. En el lazo más temprano con la madre “se halla el germen de la posterior paranoia en la mujer”, señalaba Freud.

Pero lo restitutivo, no resolutivo, del delirio renueva su fracaso en el pasaje al acto. Este último no es la resolución, sino la reducción de una tensión intolerable, y el intento de producir un corte en lo real ante una visión horrorosa[65]. Reducir la tensión por la ansiedad de un castigo inminente, reducir el horror patentizado por la interposición de la Srta. Lancelin, el horror de ver a una hija tomar el partido de su madre[66]: su propia imagen rechazada, contra la cual erigía su delirio de reivindicación. En “una crisis igual”, la alucinación supone un retorno en lo real de lo rechazado, desde el cual se reclama dicha solución, la del horror que abisma a Christine. La enucleación de los ojos insiste. Es impedida. Sobrevienen dos crisis, cuyos detalles hemos referido. Luego la retractación.

Diez días después de esta última declaración, sobrevendrá la tercera crisis, donde el componente religioso, apenas esbozado en las dos primeras, se revelará plenamente en la puesta en escena de un delirio místico[67]: no hace más que orar de rodillas, hace cruces con la lengua en el piso y las paredes, y no sólo no pedirá nunca más por Léa, sino que a partir de allí no volverá siquiera a pronunciar su nombre. Cuando la traigan ante ella en determinado momento, dirá: “si ésa fuera mi hermana, yo no estaría como estoy”. Habrá a partir de allí un desconocimiento sistemático de la existencia de su hermana Léa.

Si esta posición de repliegue y la puesta en escena de este delirio místico en parte apaciguan, esto no será sin hacer entrar a Christine en un progresivo deterioro. Los autores de esta fábrica del caso dirán que hay que excluir en este caso la virtud curativa del pasaje al acto, Christine no es menos psicótica antes que después, pero lo es de otra manera: “Su pasaje al acto aparece como un punto de viraje únicamente en el sentido en que precipita a Christine a la forma esquizofrénica de una paranoia”[68]. “Dije todo” fueron casi las últimas palabras proferidas por Christine, luego de las cuales entrará en fatal mutismo. “Se hará de mí lo que se quiera” y se negará a comer. “Caquexia vesánica” es llamado este estado en el cual el sujeto deja de comer, se aísla, deja de hablar hasta que finalmente dejará de respirar. Esto último finalmente sucedió con Christine cuatro años después de “su” crimen, el 18 de mayo de 1937.

Aunque Christine haya dicho, desde el principio, “mi” crimen, aunque lo haya reivindicado luego como sólo de ella, aunque en sus crisis pedía perdón, ella no firmará su acto. No sólo no firmará la apelación, tampoco firmó su acto. Perdida entre aquellos espejismos y su fragmentación, la posición subjetiva de Christine la deja suspendida en la declaración de un crimen cuyo acto se niega a firmar. Así como tampoco habrá ninguna demanda en el a posteriori de su acto que pudiera encaminarla hacia la re-apropiación del mismo –aunque lo reivindicara como tal–, dejando al descubierto una imposibilidad radical del sujeto al respecto, al menos, en medio de un proceso judicial de esas características. Re-apropiación que no tiene otro sentido posible que el de volver sobre las propias huellas de la escisión del sujeto, y operar en relación a las mismas un trabajo de elaboración. Camino que quedó vedado para Christine: “Mi crimen fue lo bastante grande como para que yo pueda decir lo que es”. En ese punto quedará Christine fatalmente suspendida en relación a lo que fue su pasaje al acto.


  1. Lacan, J., “Motivos del crimen paranoico: El crimen de las hermanas Papin”.
  2. Cf., Lacan, J., “Introducción teórica a las funciones del psicoanálisis en criminología”, en La metáfora del sujeto, Ediciones Homo Sapiens, Argentina, 1978, p. 49.
  3. La Causa social, delirantemente argumentada, en cualquier caso, no deja de arraigar en una causa íntima del sujeto. La misión con la humanidad en el caso de Wagner derivaba de su certeza en la estirpe enfermiza de la cual había que liberar a aquélla. Certeza nuclear del sujeto, de donde extrae su verdadera fuerza el delirio de reivindicación. “Liberar al mundo del yugo de las mujeres”, en Pierre Rivière, remite a su convicción de ser el único que podía liberar al padre de la omnipotencia del Otro materno. Atacar la Asamblea de Quebec, aludiendo al partido que hacía daño a la lengua francesa y a los quebequenses, no dejaba de remitir a esta frase: “la Asamblea de Quebec tenía el rostro de mi padre”.
  4. “La diferencia entre el esquizofrénico y el melancólico parece estructuralmente del mismo orden que la que se puede discernir entre el paranoico interpretativo y el pasional: en el primer caso, la imagen especular se revela impotente para proveer de un marco al goce; en el segundo, la misma consigue envolver al objeto a no extraído. A falta de referencias simbólicas esenciales, el psicotizado busca apoyos estabilizadores en lo imaginario, el melancólico y el pasional lo logran mejor que el esquizofrénico y el interpretativo”. (Maleval, J. C., “El campo pasional de la psicosis”, traducción: Mattioli, G., en Apertura: Cuadernos de Psicoanálisis – N° 4 (Marzo 1989), p. 49. Apoyo, por lo demás, frágil y propenso a la desestabilización.
  5. Lacan, J., “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, en Escritos 2, Siglo Veintiuno, México, 1978, p. 253.
  6. Maleval, J. C., Op. Cit., p. 49.
  7. Ibíd., p. 50.
  8. Ibíd., p. 51.
  9. Tal como sostiene el mismo autor en otro artículo, “Los homicidios inmotivados no son sin causa”, texto este último que nos remite al de Guiraud, “Los homicidios inmotivados”.
  10. Ibíd., p. 53.
  11. Ibíd., p. 54. En ese mismo sentido, sostiene allí que en el delirio pasional, en la medida en que el objeto real se presentifica en la imagen especular, suscita una imagen del doble, con la cual se instaura una relación de hainamoratión.
  12. Cf. Allouch, J., Porge, E., Viltard, M., El doble crimen de las hermanas Papin, Editorial Epeele, México, 1995, p. 279, y Allouch, J., “El discordio paranoico”, en Letra por letra, Edelp, Buenos Aires, 1993, p. 178.
  13. Cf. Safouan, M., Estudios sobre el Edipo, Siglo Veintiuno, México, 1977, p. 103.
  14. Cf. Freud, S., Manuscrito H. Paranoia, Amorrortu, Buenos Aires, 1982, T. I, p. 246.
  15. Cf. Freud, S., Sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente, Amorrortu, Buenos Aires, 1993, T. XII, p. 58 y siguientes.
  16. Freud, S., Sobre la sexualidad femenina, Amorrortu, Buenos Aires, 1993, T. XII, p. 229.
  17. Ibíd., p. 239.
  18. Cf. Allouch, J., Porge, E., Viltard, M., El doble crimen de las hermanas Papin, Op. Cit., p. 87.
  19. Ibíd., p. 99.
  20. Ibíd., p. 89.
  21. Cf. Houdyer, P., Con el diablo en la piel, Emecé, Buenos Aires, 1969, p. 277.
  22. Cf. Allouch, J. et al., Op. Cit., p. 62 y 142.
  23. Ibíd., p. 89.
  24. Ibíd., p. 142.
  25. Lacan, J., La Relación de objeto, El Seminario, Libro IV, Paidós, Buenos Aires, 2010, p. 11.
  26. Ibíd., p. 152.
  27. Ibíd., p. 161.
  28. Ibíd., p. 161.
  29. Ibíd., p. 162.
  30. Ibíd., p. 164.
  31. Ibíd., p. 164.
  32. Ibíd., p. 154.
  33. Ibíd., p. 164.
  34. Conjetura que viene a coincidir con la precisión de Legendre cuando sostiene que, en el acto loco homicida, se ataca la Referencia enferma.
  35. Ibíd., p. 129.
  36. Ibíd., p. 164.
  37. Ibíd., p. 154.
  38. Ibíd., p. 165.
  39. Ibíd., p. 155.
  40. Ibíd., p. 156.
  41. Lacan, J., ‘Motivos del crimen paranoico: El crimen de las hermanas Papin’, en De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad, México, 1976, p. 342.
  42. Allouch, J. et al., Op. Cit., p. 171.
  43. Ibíd., p. 173.
  44. Ibíd., p. 170.
  45. Cf. Ibíd., Capítulo diez: “Las hermanas Papin eran tres”.
  46. Ibíd., 296.
  47. Cf. Allouch, J., El discordio paranoico, Op. Cit.
  48. Cf. Lacan, J., Introducción teórica a las funciones del psicoanálisis en criminología, Op. Cit., p. 49.
  49. Allouch, J. et al., El doble crimen de las hermanas Papin, Op. Cit., p. 297.
  50. El delirio revela allí el revés de su trama. Cuando emerge esa proximidad de la imagen que había que mantener como lo más ajeno al yo, lo hará ya en la projimidad del doble.
  51. Precisemos, además, que en estas primeras declaraciones hay que leer no una mentira lisa y llanamente, que conduciría a no tomarlas en cuenta, sino lo que hay de media verdad (o medio decir de la verdad) en esa versión acordada. Vale decir, una vez más, se trata de no perder de vista la enunciación del sujeto.
  52. Allouch, J. et al., Op. Cit., p. 198.
  53. Ibíd., p. 199.
  54. Ibíd., p. 200.
  55. Ibíd., p. 201.
  56. El rechazo a arrodillarse ante las patronas se convertía en el núcleo duro de su delirio de reivindicación, el motivo mismo de su crimen paranoico: rechazo a una posición de humillación que revelaba el lazo con una madre que les había destinado el lugar de objeto de su goce. Otra cosa es arrodillarse ante Dios: “Dios es Aquel que te pone de rodillas sin herirte narcisísticamente”. Cf. Ibíd., p. 175 (incidente del pedazo de papel tirado) y p. 202.
  57. Lacan, J., Motivos del crimen paranoico, Op. Cit., p. 346.
  58. La separación de las hermanas, una vez detenidas, parece haber re-activado la dislocación de la “pareja psicológica”, “delirio a dúo”, que comienza a darse a partir del pasaje al acto. Podemos considerar como un intento de revertir esta posición dislocada de la pareja el hecho de intentar de común acuerdo declarar lo mismo: que “fueron atacadas”; lo cual no dejamos de leer bajo la lupa del medio decir de la verdad, aun cuando lo enunciado se pretenda una mentira. Para los autores es posible que ese aislamiento haya sido el responsable del desencadenamiento de la alucinación de fin de junio. Allouch será más taxativo en su opinión respecto de este aislamiento: “Se habrá comprendido, para decirlo con Zolá, que yo acuso aquí la colusión jurídico-psiquiátrica de haber sido responsable, al separar a una de la otra, de la muerte de Christine Papin. Que todos los Le Pen se queden tranquilos: la violencia que golpeó a Christine Papin no fue menos grande que la que mató a la Sra. Lancelin y a su hija” (Allouch, J., “tres faciunt insaniam, en El doble crimen de las hermanas Papin, Op. Cit., p. 309).
  59. Allouch et al., Op. Cit., p. 203.
  60. Ibíd., p. 103.
  61. Cf. Allouch et al., Op. Cit., p. 282 y 311.
  62. Ibíd., p. 39.
  63. Ibíd., p. 40.
  64. Ibíd., p. 60.
  65. Ibíd., p. 203.
  66. “[…] Imagen de una pareja madre-hija vociferantes de común acuerdo es la imagen en espejo del Yo inconciente de Christine, una imagen que ella de ninguna manera puede suscribir, incluso mucho menos proponer al reconocimiento de otro, una imagen angustiante” (Ibíd., p. 296).
  67. Ibíd., p. 201.
  68. Ibíd., p. 298.


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