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Introducción

El texto cuyas páginas aquí se abren es un intento de recorrer ciertos casos de parricidio, con el propósito de interrogar ese acto hacia el cual, desde la singularidad de cada uno de ellos, el sujeto se ha visto empujado. Casos célebres, por cierto, lo cual implica ya, de un modo u otro, la construcción de los mismos a partir de quienes los han escuchado o bien los han descubierto e investigado, perteneciendo a épocas pretéritas. La construcción de los casos con la que nos hemos encontrado, por tanto, responde a distintas vertientes: la psiquiatría, la filosofía bajo la pluma de un Foucault, o el psicoanálisis mismo.

Ninguno de ellos en este texto, en consecuencia, nos hará participar de la frescura del hallazgo y de una primera escritura sobre el mismo. No obstante, por el hecho de haber sido reunidos por una misma pluma, puede, quizás, esta lectura, arrojar el saldo positivo de haber puesto a dialogar estos diferentes casos, así como la trama conceptual en que cada uno de ellos ha ido cobrando vida; dejando también cada uno de ellos, por cierto, más que una conclusión cerrada, la estela de un silencio: el eco mismo de una no respuesta, allí donde, intentando siempre en nuestros abordajes “llegar hasta el final”, sabemos que esa ilusión es sustentable sólo porque no es realizable, y se topa cada vez con ese silencio resistente a todo intento de responder al enigma, y con ello anular la barradura misma que hace a lo singular de cada sujeto, ese vacío de significación alrededor del cual se organiza toda subjetividad.

¿Qué es aquello que nos ha convocado al estudio de estos casos: el horror de un acto tal, la locura que los habita, su enigma? Mucho antes de plantear: “desde el Psicoanálisis”, es decir, sin precipitarnos en ninguna investidura, y de un modo más despojado, simplemente en tanto sujetos de la palabra, dejémonos atravesar por esta pregunta. Sí, hay horror, y sí, hay locura. Pero ni uno ni otra nos son ajenos. Si nos conmueven, si nos dejan pasmados, es porque el horror y la locura nos muestran, en esos casos, la inoperancia del límite que debió estar en juego. En esa locura, el horror, en tanto límite, ya no tuvo protagonismo, y es esta ausencia, la que, paradójicamente, y sin miramientos, cobra fuerza: esa fuerza proviene de la atracción de un abismo que ha perdido todo contorno. Esa locura está ya habitada por un grito desesperado del sujeto, algo que busca hacerse oír, hacerse saber. En esa locura que empuja al acto, el sujeto ya no se topa con la barrera del horror al homicidio y, más bien, es este último el que se impone como límite ante otro horror indecible.

El poema de Paul Eluard capta con intuición y fineza ese indecible cuando dice, a propósito de la célebre parricida de los años treinta, lo siguiente: “Violeta soñó con deshacer. Deshizo. El horrible nudo de serpientes de los lazos de sangre”. Magma indiferenciado del que el sujeto no puede emerger en tanto tal, allí donde el nudo de serpientes viene a metaforizar el horror que supone la enfermedad de los lazos de sangre, cuando ellos no se ven atravesados por la función filiatoria.

Fue precisamente a partir de interrogarnos por dicha función que hemos dado un lugar de privilegio, en nuestro recorrido, a las articulaciones del jurista y psicoanalista Pierre Legendre, quien, en el cruce de ambos discursos, intenta ceñir lo propio del lazo filiatorio, investigando su montaje y su función, no sin haber ido descubriendo también estos engranajes en el acto loco homicida. En su rigurosa lectura del mismo, el autor fue desentrañando la lógica que empuja al acto parricida, allí donde, precisa y paradójicamente, la función paterna se ha tornado inoperante. Si el acto loco supone un intento de restaurar al padre en su función, lo propio y destacado de los desarrollos de Legendre nos invita a pensar el callejón sin salida que implica dicho pasaje al acto. Nuevamente la sutileza del poeta: Violeta soñó con deshacer el nudo de serpientes, pero con ello no logró restaurar el nudo filiatorio, es decir, emerger de allí en su diferenciación de sujeto. El engranaje propio de ese acto la devuelve a un lugar de objeto en el que el sujeto queda una vez más aplastado, el anudamiento muestra nuevamente su falla. Es cierto que el sujeto no será el mismo antes y después de su acto y, en ese sentido, se hace necesario deslindar en qué y cómo se diferencia dicho acto de aquel que debió instituir al sujeto en tanto deseante.

Si el acto loco pone sobre el tapete el interrogante en torno a la filiación y la constitución subjetiva, la locura que lo atraviesa no dejará de remitirnos a distintas vertientes, que no son sino respuestas diversas del sujeto al drama del encuentro con el deseo del Otro. De ahí que decidimos ingresar a esta temática por el sesgo de la paranoia, con el propósito de retomar los desarrollos de Lacan en su Seminario sobre Las psicosis, donde veremos articularse la problemática filiatoria a la forclusión del nombre del padre, allí donde la voz imperativa prevalece sobre la voz delegativa que viene al lugar de nominación del sujeto. Se trata, en relación a esta última, de aquello que proviene del Otro, introduciendo, desde su demanda, una falla, una hiancia, que haría lugar a la enunciación del sujeto, a la emergencia misma del sujeto en tanto deseante. El mero mandato, cuando es esto lo que domina el escenario de constitución subjetiva, forcluye la castración que debe atravesar a todo padre en su función de tal. Lo que ha de transmitirse al sujeto, en tanto sujeto por advenir al orden deseante, es la falta, la castración. Es esto lo que un padre –padre o madre– debe a su hijo. La psicosis no deja de mostrarnos esta verdad de estructura.

Si bien la posición subjetiva relativa a la paranoia retorna de diversos modos a lo largo del presente texto, ello no supone situar todos los casos abordados según esas únicas coordenadas. El caso Wagner, que abre nuestro recorrido, se sitúa claramente en relación a la paranoia, guardando el interés, para nosotros, de invitarnos a investigar cómo y por qué, en determinado momento, dicha paranoia deviene locura parricida. En otros casos, sólo fue posible precisar algo en torno a la atmósfera delirante que precedió al acto homicida, e interrogar desde ahí el papel y la función de ese delirio en relación al mismo. Los fragmentos referidos al crimen del cabo Lortie y aquellos extraídos de los escritos de Pierre Rivière entran, si se quiere, en un cierto diálogo entre ellos, y con lo abordado en relación al crimen múltiple de Wagner. Diálogo que se ordena retomando mucho de las precisiones de Legendre en relación a Lortie.

El doble crimen de las hermanas Papin, abriéndonos hacia otros horizontes, no retomará el sesgo de la problemática filiatoria puesta de relieve en los casos anteriores, como punto a interrogar, sino que nos introducirá en la temática del lazo especular y la presencia del objeto criminógeno en el pasaje al acto homicida. De la mano de quienes han fabricado el caso, siguiendo las huellas del único y breve escrito de Lacan sobre el mismo, y con los aportes también de otros psicoanalistas, se pondrá de relieve en este caso el campo paranoico que está en juego en la emergencia del sujeto en la psicosis. El anudamiento de las locuras familiares se muestra claramente en el lazo que une a las hermanas Papin, tanto como en aquel que une a Christine con su madre. Su delirio y el pasaje al acto constituyen una objeción a este lazo, y a la locura maternal que le da sustento.

El último de los casos abordados, el crimen de Iris Cabezudo, nos permite transitar, gracias a la exhaustiva investigación de quienes fabricaron el caso, los distintos momentos del sujeto, antes y después de su pasaje al acto homicida, viendo florecer tras el mismo un delirio que cambia completamente de signo la posición subjetiva de Iris en su relación al Otro materno. No es el delirio, en este caso, el que empuja al acto, si bien la presencia de ciertos signos vinculándose claramente a su ejecución no dejan de plantear la posición paranoica del sujeto. El pasaje al acto y el delirio quedan, entonces, dando cuenta de los diferentes recursos que pone en acto un sujeto para la defensa de su lugar en tanto tal. El sujeto emerge en sus síntomas y, se trate de la estructura de la que se trate, lo que estará en juego siempre allí es la defensa del propio sujeto. Ciñéndonos, más específicamente, al delirio y al pasaje al acto en la psicosis, entendemos cada uno de ellos en un sentido transferencial: el sujeto pone en juego allí, de un modo paradójico, una demanda. El sujeto quiere hacer saber algo, convoca al Otro, quiere, como sea, ser escuchado. No seguramente al modo en que podemos pensarlo en la neurosis, no es de esa demanda de la que se trata.

Este último caso continúa la senda conceptual abierta por el que le precede, ahondando en ella desde su singularidad. Pone de relieve sobre todo, al igual que el caso anterior, ese exquisito término proveniente de la psiquiatría clásica, folie à deux, que habría sufrido una decisiva torsión desde el Psicoanálisis al considerarlo un elemento de estructura que daría cuenta del campo paranoico de las psicosis, dejando ya, en ese sentido, su lugar de mero cuadro clínico. Pero además, el abordaje de este caso nos deja el saldo de poder reabrir, sobre el final del recorrido, la pregunta que le dio inicio. Iris Cabezudo mata a su padre. Jurídicamente se trata de un parricidio. Los autores, en la segunda edición de su texto, modifican su concepción del acto parricida, considerando que, en este caso, no podemos hablar en términos psicoanalíticos de parricidio. Se pondrá en discusión esta modificación, lo cual nos permitirá al mismo tiempo volver sobre nuestros propios pasos.

Queda la pregunta, planteada ya al pasar en esta introducción, de si el pasaje al acto homicida guarda alguna relación, y cuál sería en todo caso, con el acto de constitución subjetiva. Hay un intento, veremos sobre todo al trabajar los primeros casos, de fundación del sujeto: restaurando la función del padre simbólico, el sujeto busca, a través de su crimen, algo de su propia instauración. Objetando, desde el pasaje al acto en el caso de Christine Papin o desde el delirio en el caso de Iris Cabezudo, la locura maternal, el sujeto busca allí dar solución a algo que ahogaba su propio lugar. No obstante, ¿lo logra? He aquí el interrogante que abordaremos luego de habernos dejado llevar por las distintas voces que componen este texto.



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