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Capítulo VI: El caso de Iris Cabezudo

“Mamá actuó con plan, con cautela [], etapa por etapa […], hasta que caí en la trampa, mansita… […] la trama está tan bien tejida… […] No quiero ser destruida, aniquilada, como lo fue mi padre… […] A mi destrucción va a seguir a corto plazo e indefectiblemente la destrucción total de mis hermanos”[1].

Iris Cabezudo

Continuaremos, a través de este nuevo caso, con nuestro abordaje del pasaje al acto homicida. Hemos ingresado a dicho terreno interrogando los aportes de Pierre Legendre, marco desde el cual distinguimos, como variantes del mismo, el acto loco de Robert Wagner, del cabo Lortie y de Pierre Rivière. Fue por ese sesgo que abordamos también los efectos nocivos para el sujeto de una sentencia de inimputabilidad, pero también, como acabamos de ver en el capítulo precedente, de una ciega sentencia de imputabilidad. Justicia ciega y sorda a las condiciones de enunciación de un sujeto, que podrían abrir el camino, no obstante dificultoso, hacia la elaboración de aquello que lo condujo de modo imperativo, y loco, a un trágico pasaje al acto.

Es cierto también que la posición enunciativa de un sujeto en relación a su acto es determinante en cuanto al trabajo que puede o no abrirse respecto de su propia palabra. No es lo mismo la certeza delirante de Wagner desde la cual sostenía: “soy yo el único responsable…[2], fuente de su clamor por un tribunal ante el cual declarar, a esa vacilación del sujeto que muestra su propia división en el discurso, tal como advertimos en Lortie, cuando dice, al verse en la filmación: “soy yo, no soy yo”. Distancia que diagnósticamente puede llevar los nombres de paranoia, en el primer caso, y bouffée delirante, o delirium, en el segundo.

Retomamos también como un eje central de la lectura de Pierre Legendre su puntuación acerca del componente de autodestrucción, de autosacrificio, que conlleva el acto loco homicida. Los casos considerados nos permitieron abordar este aspecto insoslayable del mismo. La célebre parricida de los años treinta, Violette Nozière, decía en el juicio, acerca de sus padres: “ellos querían mi muerte”. Certeza relativa a la propia muerte del sujeto que pareciera en muchos casos preceder y, acaso, empujar al acto homicida. La imposición de matar, brusca o premeditada, no deja de entramarse, en la singularidad de cada uno de los casos considerados, con la intención de darse muerte.

Otro caso, el crimen de las hermanas Papin –y quizás no sea inapropiado decir: de Christine Papin–, nos permitió abordar este último sesgo en el marco especular de la “agresión suicida narcisista”, y de aquello que determina la emergencia del objeto criminógeno. Terreno en el cual, siguiendo a los autores que fabricaron el caso, situamos también la folie à deux no como cuadro clínico específico, sino como forma generalizada que conduce a Lacan al planteo del campo paranoico de las psicosis. Interrogamos, precisamente, desde ese campo, la dimensión transferencial, en cuyo seno el pasaje al acto supone un intento de dar solución a algo. Algo que a través del acto loco el sujeto intenta hacer saber. Verbigracia las cartas que Wagner envía antes de su crimen y su propia autobiografía, las cassettes que deja grabadas el cabo Lortie, la memoria del crimen y sus razones que escribe Pierre Rivière, etc.

Destacamos también el aporte realizado por Maleval en torno al delirio de reivindicación –y su articulación al campo especular–, subrayando su vínculo estrecho con la posibilidad de un pasaje al acto. Delirio de reivindicación en contraste con el de interpretación. Cuestión que, aun introduciendo otra perspectiva, va a plantear Allouch, al definir la función del primero de ellos en relación al empuje al acto[3].

Nuestra labor, entonces, ha sido la de encontrar puntos de cruce –y a veces de encrucijada– en los aportes provenientes de estos diferentes autores que han interrogado el acto loco homicida. Puntos de cruce que ponen en diálogo estos diferentes discursos.

El caso de Iris Cabezudo, fabricado por los psicoanalistas uruguayos Raquel Capurro y Diego Nin, nos permite interrogar varias problemáticas, suponiendo por tanto un múltiple interés.

En principio, y fundamentalmente, se trata de una nueva singularidad subjetiva que se agrega al abordaje, caso por caso, que venimos haciendo en relación al acto loco homicida. En segundo lugar, se plantea la cuestión de la paranoia y el modo particular en que ésta se desencadena en Iris, además de los virajes subjetivos que en la misma se van produciendo. En tercer término, el caso nos presenta, de modo ejemplar, la estructura de los lazos familiares que determinan el campo paranoico desde el cual la psicosis debe ser interrogada. El cuarto punto, que hace al múltiple interés de esta fábrica del caso, es todo lo referido a la construcción jurídico-psiquiátrica del mismo y sus consecuencias en el sujeto.

Es de destacar, en esta fábrica del caso, la riqueza de las fuentes en las cuales se ha fundado: los anales jurídico-psiquiátricos del caso, escritos de la madre de Iris Cabezudo, escritos de la propia Iris, publicaciones e informes relativos a su posterior internación psiquiátrica, los testimonios de maestras y de quienes conocieron a Iris y a su familia, los fragmentos periodísticos, e, incluso, no deja de relevarse en la investigación el “se dice”, que quedó flotando en el barrio y entre los vecinos de la que fuera la casa de Iris y de su extraña familia. Casa hoy en ruinas, en la cual se cometió el crimen, y que los autores de esta investigación no dejaron de visitar.

En la escena de esta escritura, nos encontramos, además, con la modalidad “del texto dentro del texto”, no se trata de citas fragmentarias, con lo cual contamos con la posibilidad de acceder a los originales, y de seguir, si se quiere, escribiendo el caso.

Por último, un señalamiento. En su primera edición, este texto llevaba como título: “Extraviada” y como sub-título: “Del parricidio al delirio”. En la segunda edición este sub-título fue borrado: ¿por qué? Dejemos por el momento sólo planteado este interrogante, para pasar al caso mismo que dividiremos en tres partes, en aras de su inteligibilidad.

PARTE I – El pasaje al acto: “Yo lo maté, es mi padre”. “Mi madre, una santa a quien yo adoro”

Cuando el infierno privado traspasa el umbral y se hace público

Eran las seis y media de una tarde de diciembre del año 1935, cuando un periodista cruzaba casualmente la calle Larrañaga, en la ciudad de Montevideo. De pronto, escucha cuatro detonaciones, y luego otra, que permite localizar de dónde provenían. Al entrar al lugar, él y otros ocasionales transeúntes, se encuentran con un hombre herido en el suelo, y una jovencita empuñando el arma, con la que habría dado ese último disparo contra un cantero. Ella estaba vestida de colegiala y tenía trenzas, daba el aspecto de una niña, pese a sus veinte años. Fue así como lo contó en su testimonio este periodista.

Se lee en el diario La mañana al día siguiente y en primera plana:

“Una joven normalista mató a su padre en una quinta de la Avenida Larrañaga. Procedió desesperada por la vida de martirio que el autor de sus días daba a la madre a causa de sus celos: ‘yo lo maténos dijo– es mi padre’. Y su hermano agregó: ‘si no lo mataba ella, lo hubiera muerto yo…'”

Para la prensa, y en base a los testimonios por ella recogidos, el horror del parricidio se oculta –por lo visto– tras la cortina de humo que representa la locura de la víctima, puesta en el centro del drama familiar. La culpabilidad de este acto loco se desplaza desde un comienzo hacia la víctima, al tiempo que se desdibuja en quien fuera la autora –o actora– del mismo. Y es allí precisamente donde esta primera versión del parricidio encuentra su límite: ¿podría acaso esta locura desgajarse de la locura de los otros protagonistas del drama?

Esa tarde, que no fue como otras, la discusión entre el matrimonio Cabezudo había cobrado un tenor diferente, al menos ante los ojos de Iris –su hija mayor–. El padre enfurecido –veremos luego más detalles– se está yendo de la casa, no sin antes decir:

“Ya lo sabes –dijo–, pronto vuelvo; esta noche te mato a ti y a tus hijos; mañana habla la prensa”[4].

Amenazas de esta índole no era la primera vez que habían sido proferidas. Pero esa tarde, Lumen Cabezudo no llega a traspasar la reja que conducía desde el jardín a la calle. Su hija mayor Iris le dispara cuatro tiros.

¿Habría Iris premeditado este crimen, o acaso fantaseado con él? Algunas cuestiones parecen indicarlo, pero no en absoluto a la manera de un “plan”, tampoco a la manera de una mera fantasía. Sin embargo, ¿de dónde sacó el arma? Su madre, hacía unos años, había escondido en la biblioteca el revólver de su marido, temiendo que éste la matara. La única confidente de este secreto de la madre fue su hija Iris, a quien la unía un estrecho lazo. No podemos negar que, de alguna forma, la madre había puesto en sus manos el arma asesina. Sin embargo, no vayamos tan rápido, las cosas no son tan simples, y corremos el riesgo, nuevamente, de desplazar la responsabilidad subjetiva a otro de los actores de esta tragedia.

Los disparos y el cuerpo de su marido que caía tras ellos no le hizo suponer a Raimunda, madre de Iris, nada de lo ocurrido. Pensó primeramente que su esposo se habría dado muerte. Pensó también que su hija podría estar herida. Luego, y a pesar de lo que tenía ante sus ojos, ella literalmente no podía creer que fuera Iris quien había disparado. Por un largo rato –más de tres horas– quedó sumida en esta respuesta renegatoria de los datos que la percepción le proporcionaba. Confirmación a la que llega sólo después de comprobar que el revólver no estaba en el lugar en que ella lo había dejado.

Su hermano Ariel, en el jardín, a solo unos metros del lugar donde ocurría el hecho, tampoco vio nada. Ni su hermano Ariel, ni su madre aceptaron testimoniar como testigos presenciales.

Iris no ofreció ninguna resistencia cuando fue conducida a la comisaría y dijo al comisario, sin vacilación –aunque llorando y pálida como un espectro[5]– estas palabras: “He sido yo que lo herí[6]. Un momento antes también habría dicho: “yo lo maté, es mi padre…

Declaración y primeros escritos de Iris: “Yo lo maté…”, “odio no le tenía”

Retomaremos algunas cuestiones que Iris va a decir en sus declaraciones –fueron dos– y en sus escritos desde la cárcel, a los que diera comienzo cuatro días después de estar allí.

Apenas cometido el crimen, a Iris le surgió la idea de ir inmediatamente a la comisaría a dar cuenta del mismo, pues temía que su hermano Ariel se declarara su autor. Comenzará refiriendo a la vida de temor que llevaron en su familia, últimamente convertida en terror. Y esto habría sido así por la conducta y el modo de ser del padre. No por la madre, aclara y subraya: “mi madre es una santa a quien yo adoro.

Para Iris, su padre quería a su madre “con un egoísmo atroz” y “sus hijos no representaban nada para él, los insultaba, los humillaba”. “Hacía objeto a su madre de continuos celos”: apenas recién casados “le incendió unos zapatos y unas ropas porque decía que eran indecentes”, “le prohibió usar collares”, “no permitía que entraran proveedores a la casa” y “una noche se levantó de madrugada y empezó a revisar por todos los rincones en búsqueda de un supuesto amante de la madre”. Su madre habría sufrido continuos insultos y reiteradas amenazas de muerte de parte de él. Por situaciones como éstas, ella llega, dice, “a la convicción y a la evidencia más absoluta de que su padre iba a terminar con su madre”[7].

Para Iris, su padre “últimamente estaba cada vez más raro, fuera de sí, hablaba siempre de él, con los ojos inyectados en sangre, daba miedo mirarle a la cara”, ella pensaba que de ahí “iba a resultar algo malo”. Pero, fue en la tarde del hecho en que sus padres discutían, como siempre lo hacían, que ella “evidenció que su padre iba a dar un paso más, cuando dijo que iba llevar el dormitorio al comedor”, sintió, además, que en esa discusión su madre “perdía terreno”. En ese momento, Iris se decide a buscar el arma, la cual dejará momentáneamente en su armario; al bajar, escucha que su padre le grita a la madre que la iba a “reventar” y que “iba a armar un escándalo que iba a salir en los diarios”. Ahora sí, Iris busca decididamente el arma, espera a su padre en el jardín y cuando éste sale de la casa “furioso como una fiera”, hace fuego contra él.

Iris aclara que “no fue un asunto del momento”, que “esas cuestiones venían obrando en su ánimo”. Ella remitirá, en su relato, al agravamiento de cierta situación, y de tensiones familiares, enmarcándolo desde un “últimamente”; situación a partir de la cual cobraba fuerza su convicción, su seguridad, de que su padre iba a matar a la madre.

Sin embargo, en este esfuerzo de elaboración de parte del sujeto, luego del pasaje al acto, no dejaron de surgir ciertos recuerdos de su infancia más temprana, en los cuales ella aparece como quien tiene que matar, en este caso, a los bichos del jardín que se comían las plantas, dado que su madre y su hermano Ariel no querían matarlos y “alguien tenía que hacerlo”. Ella se quedaba mal por esto, y pensando. Concluía, entonces, que la vida es una lucha brutal y horrible. Cuenta también que muchas veces pensó en “el caso del que mata a un semejante”, “no por el caso de papá”, aclara, sino porque siempre pensó en la vida y la muerte, en la guerra, en los crímenes pasionales, en matar en defensa propia, en estas cosas que salen en los diarios. Y en este contexto, agrega:

“Y hace poco (hará un mes) le dije a mamá que quién sabe si estaba bien matar en defensa propia, y estuve razonando sobre eso […][8], que tal vez sea mejor para uno, dejarse matar”[9].

Si bien es cierto que estas cuestiones venían obrando en su ánimo, no menos cierto es que será en un momento determinado, y no en otro, que ella pasa al acto, en la más absoluta certeza de la inminencia del crimen que cometería su padre. Cuando en su escrito vuelva a referirse al hecho, introducirá algunas cuestiones que nos aproximan, aún más, a su posición subjetiva en el momento preciso del pasaje al acto. Dirá que le tiró al padre en “el momento más terrible de todos los que ellos hubieran presenciado”: “[…] Yo le tiré a papá en el ÚLTIMO momento, […] si no le hubiera tirado, […] habría vuelto y matado a mamá y a nosotros… Yo ya había sentido el estado de espíritu de papá… En ese momento papá era la personificación del crimen… Él estaba determinado a matar a mamá…” Y dice: “[…] Me ha pasado muchas veces, sólo con ver a una persona que conozco, saber en qué estado de espíritu está […], si está bien o mal dispuesta hacia mí o hacia aquel o aquellos con quienes habla. Es como si yo recibiera las ondas que emiten las personas. Siempre me pasa y no me equivoco. Pues bien, ese día, además de todo lo que sabía del estado de papá en los últimos tiempos, sentí que ese día tenía una determinación hecha, y esa evidencia horrible […] me movió a hacer una cosa que consideré siempre y que considero tan mala…”[10]

Iris bordea, con estas palabras, el punto preciso que la empuja al acto: se pone en juego un saber inequívoco, al modo de una intuición (sentía, recibía las ondas), que no es sino lectura del gesto y la mirada del otro, a partir de la cual queda situada en el acmé de la tensión agresiva: o lo mataba o él volvería a matarlos. Por lo demás, él salió “furioso como una fiera”. Los autores de la fábrica del caso conjeturan, en relación a esa intuición y a aquella certeza, la emergencia en Iris de fenómenos elementales: “como todo acto, este es un acto imposible de situar fuera de las tensiones sociales que busca ‘solucionar’, pero es un acto paranoico porque –por su testimonio– Iris nos hace saber que su acto ha de ser leído como consecuencia de un saber que se le impuso, a través de dos tipos de fenómenos que la semiología psiquiátrica distinguió y llamó interpretación e intuición, y que adjetivó ‘delirantes’ para distinguirlos del régimen común de funcionamiento que ambos fenómenos tienen en toda producción de saber”[11].

Cavilaciones tempranas en torno al matar; cavilaciones, también, muy próximas al momento de su pasaje al acto; y, luego, ya en esa escena, momento de absoluta certeza que la empuja al acto, impidiéndole sustraerse a esta imposición: “es preciso que lo haga[12]. Momento de máxima alienación especular, que sitúa con claridad el objeto que se ha vuelto criminógeno, y que nos conduce a interrogar qué es aquello de sí misma rechazado, al tiempo que presentificado, en la imagen del “semejante”, de este padre incapaz de hacerse soporte de la función paterna. ¿Qué queda al descubierto en esa imagen desencadenando la “agresión suicida narcisista”? Iris refirió, a propósito de ese “último momento”, a la furia y fiereza del padre –por cierto, contra la madre–. Aludirá luego, remontándose a otros momentos, a la mirada de odio y codicia del padre hacia la madre, que le provocaba mucho fastidio[13]. Algo de esto parece ser entonces lo que Iris no puede subjetivar de sí misma, de su propio yo, y que retorna furiosamente en ese momento de máxima alienación especular. Algo inadmisible para su propio Yo se presentifica en la imagen especular, retornándole desde esta última: su propio odio hacia su madre[14], el cual, lenta y progresivamente, irá cobrando cuerpo. Visión insoportable, en ese momento, que es preciso eliminar.

Ingresamos de este modo a una cuestión de sustancial importancia: el odio en Iris. Ella decía en su declaración que, contra su padre, no tenía ningún agravio, que las cosas que le había hecho a ella las podía perdonar y olvidar, pero no ocurría lo mismo con las afrentas y vejámenes que él habría inferido a su madre: “Es cierto que nunca llegué a quererlo, pero nunca lo odié, ni me impulsó el odio ni la venganza…”

Comienza incluso su escrito de este modo: “Odio no le tenía. En absoluto. Cuando veía las miradas, de odio a veces, de codicia, otras, con que miraba a mamá, me daba mucho fastidio, me enojaba y con razón…”[15]

Es cierto que el padre ocupó el lugar del tirano doméstico, lo hemos visto en ciertas cuestiones que dijo Iris, lo veremos luego en la versión de la madre. Sin embargo, y puntualmente para Iris: “Él traía el sueldito y nada más; en todo lo demás era como otro hijo de mamá…”[16]

No deja de situar de este modo en el padre a ese particular semejante especular y de quien, a renglón siguiente, dirá: “¡Con seguridad iba a llegar muy pronto a matarla! [Subrayado y destacado por Iris en el texto].

Reparemos, antes de dejar estas primeras declaraciones y escritos de Iris, en algunas respuestas que ella habría recibido de la madre, en diferentes momentos, en ese contexto de permanente tensión familiar, y que se había agudizado –tal como Iris lo señala– “últimamente”.

Dice que su padre era cruel por naturaleza y, remontándose a tiempos más lejanos, dirá: “nunca pensé que era malo; sabía que era malo, pero nunca me lo expresé a mí misma, porque mamá siempre nos decía que era bueno…”[17]

Decía también que últimamente sus padres estaban muy peleados y, cosa curiosa, la respuesta que habría recibido de su madre fue: “Más vale ceder y aguantar, porque papá si ve que no puede triunfar, me mata”[18].

No pensé que era malo, sabía que era malo”. Curiosa enunciación puesta a cuenta por ella misma de lo que sin duda no alcanzaba a entender del renegatorio discurso materno. ¿Cómo al mismo tiempo “papá puede matarla” y ella dice que es “bueno”? Pregunta informulada, por cierto.

No podemos dejar de situar este acto, por la certeza que empuja al mismo, por ese particular modo en que ella sitúa el último momento –dada la emergencia de fenómenos elementales– como un acto paranoico. Sin embargo, su posición más claramente paranoica no se evidenciará sino mucho después, cuando el perseguidor sea instituido en relación a sí misma, al mismo tiempo que el odio sea más claramente puesto en este último y no sólo como algo rechazado de sí misma –“odio no le tenía…”–. Una vez, por tanto, que se formule el delirio y se recorte más nítidamente el perseguidor, quien no será precisamente el padre.

Hasta el momento, lo que podemos señalar es esa posición enunciativa que ancla en ciertas certezas respecto de un perseguidor que es el padre, pero en relación al cual ella aclara que este perseguidor lo es de su madre. Ella no dice “él me odia…”, sino “él la odia…”, “él la va a matar…” Los hijos, dijo Iris, “no son nada para él”. Al mismo tiempo, podríamos agregar, en el discurso paterno, los hijos a matar no lo serán sino por ser una prolongación de la madre: “te mataré a ti y a tus hijos…” – a ella, la puta, y a sus hijos degenerados–.

Parece ser este pasaje al acto, una huella –trágica, por cierto–, que bien podemos ubicar como complemento del cuadro que habría de manifestarse después con más claridad. Vale decir que este pasaje al acto deberá también leerse a la luz del delirio posterior.

La locura paterna

Lumen Cabezudo asistía al Centro Natura, lugar donde se sostenían ideales naturistas, que iban desde la comida vegetariana hasta el rechazo de la medicina, lo cual se enmarca en la lucha de aquella época entre homeópatas y alópatas. Este Centro estaba liderado por Fernando Carbonel, quien se apoyaba además en la enseñanza teosófica, que otorga un lugar central a los textos hindúes. Lumen se hizo discípulo de este hombre a sus 24 años, y en ese ambiente intelectual conoció a quien sería su segunda mujer, Raimunda Spósito, la madre de Iris. Se casa con ella, luego de recibirse de agrimensor.

Él era viudo, su mujer tenía 22 años cuando muere y se lo responsabilizaba de esta muerte por la vida que le hacía llevar. Se decía[19] que había aislado a su mujer de todo el mundo, sometiéndola a un muy riguroso régimen naturista y abusando de ella en la faz sexual, a raíz de lo cual, ella habría caído en una depresión psicológica. También se decía que el hijo de este matrimonio muere al año y medio por el descuido en que él lo tuvo. Raimunda conocía todas estas versiones acerca de la vida de Lumen Cabezudo, quien estaba viviendo circunstancialmente en el Centro Natura, porque su familia política no le permitía permanecer en la casa, dada “su conducta inmoral para con las personas” que allí iban[20]. Iris también creerá, según se lee en sus declaraciones, en estas versiones de la historia del padre que le fueron transmitidas.

Por lo que se sabe, pocos meses antes de ser asesinado, Lumen Cabezudo entra en un período de crisis intelectual, provocada por las conferencias que Krishnamurti había dictado en Montevideo, en ese mismo año de 1935[21]. El punto central de sus conferencias pasaba por la crítica a las distintas formas de la autoridad. Un compañero de oficina, quien reconocía en Lumen Cabezudo “un perfecto caballero”, pero con “rarezas sobre ideas filosóficas y religiosas que constituían para él una obsesión”[22], aludió a esta crisis desencadenada en él por la puesta en cuestión de la autoridad de los textos hindúes, por parte de este líder.

Las ideas de Krishnamurti transmitían esencialmente que la verdad puede ser descubierta por cualquiera, sin la ayuda de autoridad alguna: “la verdad es un tierra sin senderos a la cual es imposible aproximarse mediante ninguna religión, filosofía o secta convencional”.

Curiosamente, Iris dirá que para ella la llegada de Krishnamurti significó reconocer en sus ideas lo que ella siempre pensó y le fue transmitido por su madre.

Declaración de Raimunda. Su libro. El tono de réplica

Para Raimunda, la tragedia no puede ser situada sino a partir de comprender lo que significaron los veintidós años de suplicio que su esposo le dio a ella y a sus hijos. Es así que escribirá un extenso texto, mecanografiado por Iris, entregado al juez y sobre el que se basará su declaración. Esta última tendrá un claro tono de réplica respecto de una declaración voluntaria que había hecho un hermano de Lumen Cabezudo, Siul, quien no sólo reivindicó a Lumen, sino que acusó lisa y llanamente a Raimunda de instigadora de un crimen premeditado. Dirá también de ella que quería hacer de sus hijos y sobre todo de Iris, la niña prodigio”, su obra[23].

Lo que Raimunda dice en su declaración y lo que escribe en su libro en torno al día del crimen, “El último día –tal como ella lo llamará–, nos transmite su modo particular de estar en la escena. Recortaremos ahora la misma escena desde esta otra mirada:

“Aquel día, el último, Lumen llegó extremadamente excitado. Yo lo vi raro y lo miré a los ojos; él también me miró; aquella mirada ¡fue horrible!… ‘ya vas a ver, me dijo, esto se concluye’. Después, me pidió el diario, que yo había apartado con el deseo de que no lo viera, pues traía el relato de un espantoso crimen por celos; almorzó y se fue al jardín a leer… Yo, presa de un terrible presentimiento, fui a observarlo por la ventana del cuarto de trabajo… y vi que, sin leer nada de lo referente a la guerra ítalo-etíope que tanto le apasionaba, pasaba a la página que trataba el asesinato de la esposa del polaco, y que leía, y que miraba las figuras, y que pensaba… ¡y que se reía! ¡Qué horrible!”[24]

Raimunda permanece sobre el borde de una escena que no ha dejado, sin embargo, de generar. Esconde un diario que luego entrega, espía los movimientos del otro, presiente, acaso anticipa un desenlace fatal, pero de este modo y en esta escena de años ella juega –como bien señalan los autores– sobre el borde de su no efectuación, en eso que diferencia una escena de un acto.

Lumen, su esposo, le dirá, al terminar de leer la noticia del crimen pasional: “mira, he resuelto que consideres el terreno como si fuera la calle; en consecuencia no quiero que salgas de la casa para nada[25]. Pues la casa ya estaba abierta como una casa pública”[26].

Casa de prostitución, ante la perspectiva de Lumen, que le hará exclamar, fuera de sí, mirando a sus hijos, a quienes ya no distinguía, ‘son unos degenerados’…”[27], anunciando luego lo que para él sería la solución: ya lo sabes, pronto vuelvo, esta noche te mato a ti y a tus hijos; mañana habla la prensa[28].

Escenas como éstas habrían ocurrido muchas veces. En su libro, Raimunda no deja de abundar en detalles en torno a lo que bien podemos situar como el delirio celotípico de su marido. Nos hace saber de las escenas de celos que continuamente se producían en la casa, y de su progresivo encierro –ella se siente “secuestrada”–.

Raimunda, al casarse, abandona lo que hasta allí fuera su carrera de maestra, en la cual había alcanzado un cierto reconocimiento. Fue becada para proseguir sus estudios en Bélgica, y es a su regreso que se casa. Para ella, su marido quería destruirla intelectualmente y destinarle un lugar de sirvienta. Las escenas de golpes y de violencia empiezan muy tempranamente. ¿Cuál sería la posición de Raimunda frente a esto?:

“[…] Me pegaba cuanto podía. Muchas veces me trató así; y muchas también soporté sus golpes sin defenderme y obligando a los chicos a que dejaran que me pegara sin intervenir en absoluto… Me dejaba pegar sin defenderme, y no porque tenga yo pasta de víctima (siempre lo miraba fijo a los ojos mientras me pegaba), sino porque sabía por amarga experiencia que eso era lo menos malo que podía pasar… es que Lumen no admitía obstáculo ninguno y al más pequeño signo de resistencia en casa, tiraba a matar… Como una fiera…”[29]

Fue en una de estas escenas que su marido, con “la cara extraviada[30], la amenaza, revólver en mano, con matarla y matarse. Cuenta ella que sin miedo, y más bien con lástima hacia él, se le acercó y “con frases de cariño”, logra sacarle el arma que esconderá luego de lo sucedido, haciendo de Iris la única confidente de este secreto.

Raimunda nos hace saber de este modo el tono decididamente pasional del discurso delirante de su esposo, y también de las reiteradas amenazas de muerte proferidas por él. ¿Estaría su esposo a punto del acto? ¿Su delirio lo empujaba o lo alejaba de este acto tantas veces anunciado, y aparentemente en suspenso? ¿Jugaban ambos, aunque de distinta manera, sobre el borde de la no efectuación de este acto?

Lo que sabemos es que, quien pasó al acto, rompiendo incluso la escena configurada por la locura de ambos padres –paranoico el uno, ¿goce masoquista en la otra?–, fue su hija. Cuestión que, podemos creerle, Raimunda nunca sospechó[31], pero cuyas condiciones de posibilidad no dejó de crear. Mientras la madre juega en aquel borde, en su hija Iris crece la certeza que determina su pasaje al acto: fue preciso matar a su padre “antes de que él matara a mi madre”.

Por cierto, algo debió sumarse al panorama de esta locura familiar para que Iris pasara al acto. En los últimos meses, la tensión familiar había aumentado. No dejó de jugar su papel en ello la crisis subjetiva de Lumen, a la que ya hemos referido. Tanto Iris en su escrito como Raimunda en el suyo aludieron a un Lumen más enloquecido y furioso en los últimos meses.

Pero no fue éste el único factor que contribuyó al aumento de la tensión familiar. Otra coordenada venía ya configurando un cambio en el controvertido paisaje familiar: la temprana muerte de Edelweiss –a los dos años–, la hija más pequeña, “la preciosa nena” de Raimunda, acaecida hacía –también– dos años, y que habría sumido a esta madre en un difícil si no imposible duelo. Muerte, cuyas circunstancias permanecieron oscuras y que el fantasma materno no dejó de enlazar a una posible responsabilidad del padre. Así como también lo responsabilizó de un aborto que se le produjo o de todas las enfermedades de sus hijos. Decía ella que los continuos disgustos a que él la sometía hacían que ella les diera a sus hijos de mamar “leche envenenada”.

Otro hijo había muerto ya a los ocho meses: Lumencito. Pero fue la muerte de Edelweiss la que cobró una singular importancia en su posición subjetiva. Ella quería morir. Así nos dice:

“Cuánto lloré cuando murió mi Edelweiss!; lloré tanto, que se me llenaron los ojos de ampollas; murió tan de repente, que me quedó la impresión de que me habían robado a mi nena.

Lumen al ver que mi dolor me tenía ausente, me decía enojado: ‘merecerías perder los hijos que te quedan’, y al decirle yo ‘¿tú me los sacarías?, me contestó: ‘sí, yo te los sacaría para tenerte sólo para mí’…

[…] Cuando Lumen me amenazaba de muerte, ya olvidada de todo, deseé intensamente que se decidiera de una vez y que eso concluyera al fin, para siempre”[32].

Deseaba morir, pensó incluso en el suicidio[33].

Fue Iris quien representó para Raimunda –según ella nos dice– “un consuelo que apaciguó su dolor”, quien cuidaba a los niños que ella en ese momento descuidaba, y quien la sostenía y animaba.

Pero Raimunda no sólo nos habla de ese momento de desmoronamiento melancólico que en ella se produce y del consuelo de Iris hacia ella. Nos dice también de la respuesta especular de Iris frente al desmoronamiento materno:

“De todos mis trabajos, de todas mis fatigas, de todas mis penas, de todas mis continuas luchas, Iris fue la compañera constante… ella fue viendo cómo de resistir valientemente muchos años, fui cayendo y perdiendo la fe y la energía… ella fue viendo cómo, poco a poco, todo se iba desmoronando en casa…

Y ella luchó a su vez y me alentó, y me sostuvo… Pero su carácter se iba modificando […], y a todos llamaba la atención esa chica tan triste y tan seria

Después en estos últimos meses, la tensión llegó a su colmo, me acosaba Lumen de una manera tal, eran hasta tal punto categóricas sus amenazas de muerte, que todos tenían un miedo horrible y Iris no quería salir si no dejaba a Ariel a mi lado…

Iris cada vez más débil… Yo viéndola así me sentía decaer más y más…”[34]

Entonces, si una de las coordenadas acentuaba cada vez más el tenor pasional y reivindicativo del delirio de celos del padre, la otra coordenada que vendría a configurar un cambio en el panorama familiar, estaba constituida por este matiz que anuncia algo diferente en la posición subjetiva de Raimunda. Allí, donde, podríamos conjeturar, el goce en el dolor y sometimiento masoquista venía a opacarse, a ser desplazado por ese otro dolor, esta vez melancólico. ¿No estaría la posición subjetiva de Raimunda en cierta encrucijada estructural entre el masoquismo y la melancolía, que este duelo habría venido a desenmascarar?

En cuanto al crimen, Raimunda tendrá su teoría del lugar de Iris en el mismo, según la cual esta última –ya no dueña de sí– queda ubicada como instrumento de las fuerzas del mal, desencadenadas por la locura de Lumen, en cuyo vaivén, en cuyo volver pendular encuentran a Iris como “su instrumento propicio”, “a la niña de frente inmaculada”, la más receptiva[35].

Construcción jurídico-psiquiátrica del caso: la inimputabilidad

En este “ardiente alegato”, tal como lo calificara el abogado defensor, y donde no se advierte –como bien señalan los autores de la fábrica del caso– ni duelo por el esposo, ni conmoción por la hija, Raimunda, al defenderse, defiende a su hija y acusa al muerto.

Dijo Raimunda en relación a su propia versión de los hechos:

“Yo digo la verdad, lo que digo es lo justo y el que me oye queda convencido de inmediato”[36].

La versión materna del caso fue la que primó en la construcción jurídico-psiquiátrica del mismo. Los autores de la fábrica del caso harán un exhaustivo análisis de esta construcción, respecto de la cual no nos detendremos en todos sus detalles. Destacaremos solamente que el psiquiatra Payssé, reconocido en su medio, fue el autor del informe que tituló “Psicogénesis de un parricidio”. Payssé va a declarar la irracionalidad del acto, lo patológico del mismo, sin declarar por ello anormal a Iris. Sí va a plantear en el meollo de su argumentación una “pasión” en Iris, definida como un “afectivismo fijo” o una “idea fija” por la madre, de carácter patológico: “nosotros somos la obra de mamá”, decía Iris y retomaba Payssé, y sostendrá que fue eso lo que armó la mano de Iris llevada por la impulsión y sin freno reflexivo. Frente a un padre, en quien ella veía “la personificación del crimen” y que Payssé no dudó en calificar de paranoico. Pero lo que no entrará en absoluto en el análisis de Payssé, pese a insistir en la hipertrofia del complejo materno en Iris, fue en qué posición subjetiva pudo estar la madre como elemento determinante del pasaje al acto.

El argumento de la defensa seguirá aquella línea para sostener la inimputabilidad de Iris, y se apoyará como punto explicativo esencial en la locura del padre. El abogado defensor, Carrara, plantea el crimen de Iris como un caso de “impulso pasional delictivo”, y en consecuencia inimputable, apoyándose en el argumento de la no conciencia del sujeto respecto de su acto delictivo. Lo ilícito del acto sería por “obra del pánico obnubilador que la sobrecogió[37], y a partir del cual Iris ya no es ella, es otra.

Carrara y Payssé coinciden: no se trata de un trastorno crónico, que hubiera conducido a un diagnóstico de paranoia, sino de una “reacción”, un “trastorno fugaz” en un personalidad normal. Argumento que afirma: no es ella en ese acto, es otra. Advertiremos la distancia en que se encuentra la posición de este abogado defensor, del lugar que tomó la defensa en el proceso de Lortie, cuando apela para que se revise la sentencia de inimputabilidad de su defendido; a partir de lo cual, el imputado pudo decir, viéndose en el video que registró su crimen: “¿sabes? Ese soy yo, no soy yo”. La declaración: “No es ella, es otra”, muy distinta a “soy yo, no soy yo”, anula toda posibilidad de re-abrir la grieta subjetiva que podría conducir al imputado hacia alguna elaboración de su pasaje al acto.

La defensa aducirá que no existe en Iris peligrosidad, dado que ella objetivamente consumó parricidio, pero psicológicamente no: no la guió el odio, sino circunstancias excepcionales que no podrán nunca repetirse[38]. Curiosamente, los autores de la fábrica del caso dirán también que, desde el psicoanálisis, no puede hablarse en este caso de parricidio. Modificación esta última que introducen en la segunda edición del texto, y que retomaremos más adelante desde un punto de vista crítico.

Por otro lado, y esto es algo muy interesante, la defensa introducirá un elemento que para nada el psiquiatra Payssé había tenido en cuenta: la sexualidad de Iris. Carrara, el abogado defensor, había sido profesor de Iris en el magisterio, y esto lo lleva a ocuparse especialmente del caso. Entre otras cosas, señalará el cuerpo de niña que tenía Iris, no afectado por los caracteres secundarios de la sexualidad. Mientras ella estuvo detenida, luego de su crimen parricida, su cuerpo cambió y estos caracteres secundarios se desarrollaron en el lapso de ese tiempo, sorprendentemente.

El proceso de Iris se desarrolla durante dos años, en los cuales ella permanece detenida en el Hospital militar. El fiscal terminará coincidiendo con la defensa e Iris será declarada inimputable. Sentencia que rechaza la responsabilidad del sujeto y que deja nulos los posibles efectos de su enunciación inicial: “yo lo maté, es mi padre”. Recordaremos también que su primer pensamiento luego del crimen fue que no quería que otro, su hermano, se declarara autor del hecho. Dejemos en el tintero, por el momento, la pregunta de si Ariel lo hubiera hecho –tal como él lo declaró–, si su posición y recursos subjetivos lo habrían puesto en el mismo camino que Iris.

Poema a la madre

Veamos, con el propósito de entender mejor cuál será el viraje posterior en la posición subjetiva de Iris, algunos fragmentos de un poema que, estando detenida, ella escribió a su madre:

“Madre mía… ¡te debo tanto! Todo estaba en mí, como toda la planta está en el germen de la semilla, pero tú cultivaste la planta, y pusiste en tu obra toda la inteligencia que un perfecto cultivo requiere… / ¡bendita seas por cómo me criaste! / porque tú fuiste mi madre, mi nodriza, mi niñera, mi maestra, mi compañera, mi amiga… todo lo fuiste para mí… / Nuestra casa es un lugar dulce y acogedor… / Tú eres el sol que ilumina y vivifica… / Me has enseñado a desearlo todo y a no desear nada: todo es lo mismo…”[39]

¿Qué lleva a Iris, en esos momentos, a la escritura de este poema? Poema que parece funcionar como un cierto y desesperado sostén yoico, claramente especular. ¿No da cuenta esto de la fragilidad de su posición subjetiva atada de un hilo cada vez más delgado a esta extrema idealización de la madre? ¿No da cuenta acaso de esa precariedad yoica ya prenunciada en aquel desmoronamiento especular correlativo al imposible duelo materno? Precariedad del Yo que, en el momento del pasaje al acto, se re-arma paranoicamente.

Poema, por lo demás, que escrito luego de su pasaje al acto y en medio de esas circunstancias, no puede menos que dejar resonando en nosotros esta convicción de Iris: he sido tu obra, ¿acaso en todo?

PARTE II – Después del pasaje al acto: del mito opresor a la persecución

Sobreseída la causa, Iris sale de prisión en 1938 y termina el magisterio, cuyos estudios había proseguido estando allí, con el apoyo de algunos de sus profesores. No mucho tiempo después, comenzará a trabajar, y en lo que respecta a su campo laboral se producirán toda una serie de situaciones que luego retomaremos. Consignemos por lo pronto una singularidad en la educación y formación cultural de Iris. Ella no fue a la escuela sino hasta los 14 años. Hasta allí, fue su madre la única maestra. La formación cultural de Iris era muy amplia, y también la de su madre, quien se jactaba de que Iris era tan pequeña cuando leía el Quijote que apenas podía sostener el peso de los libros. Iris se sostiene, en clara correspondencia dual narcisística, en ese mito materno que ella había construido –tal como lo llamará mucho después–, y que el poema refleja tan diáfanamente.

De regreso a su casa, Iris se encontrará con una madre que, pese a lo ocurrido, no cesaba de seguir peleando con el padre como si estuviera vivo, volviendo una y otra vez sobre los mismos hechos. Es así que Iris diría:

“Pasé muchos años ¡muchos años! procurando de todas maneras que mamá cesara de martillar mi conciencia en todos los instantes (hasta cuando íbamos al cine) con su versión de todo lo acontecido”[40].

Progresivamente, Iris irá cambiando de posición respecto de su madre. Proceso que culminará en un delirio de persecución en cuyo centro se ubica esta última. Aquel mito materno devino, entonces, delirio de persecución, teniendo a una y la misma protagonista en ambos casos. ¿No habría sido, entonces, y desde siempre, uno –aquel mito– el reverso del otro –esta persecución–?

En 1957, 22 años después de su pasaje al acto, Iris –al cabo de cinco años de vacilación–, se dirigirá a un psiquiatra, formulando esta demanda: que estudie la locura de su madre, de la cual ella estaba convencida. Veremos luego qué la decide a esto, pero señalemos ahora que en este acto Iris busca hacer saber de esta locura materna que ella no cesará de interrogar a lo largo de estos 22 años, en su doloroso esfuerzo por construir su propia versión de los hechos. La respuesta dada por el psiquiatra, el Dr. Más de Ayala, fue la internación de Iris, desconociendo el valor de acto que tenía esta demanda del sujeto. En contraposición a la clasificación jurídico-psiquiátrica de 1935, ahora Iris será declarada no sólo paranoica, sino también peligrosa.

El psiquiatra desconoce de este modo la dimensión investigadora de la locura de Iris y desconoce, al mismo tiempo, el planteo transferencial. Su lugar vira hacia el del perseguidor al rechazar la demanda que, virtualmente, lo situaba como alguien a quien se suponía poder hablar de la persecución que ella padecía, según su delirio. De allí en más “todo aquel que se presentara bajo ese trazo significante, bajo ese nombre de ‘psiquiatra’, va a ser situado como perseguidor aliado de su madre”[41].

Escribe Iris luego de esta respuesta del psiquiatra: “esa tesis acerca de mi personalidad (así como di muerte a mi padre, puedo dar muerte a mi madre) es creación de mamá, que la viene repitiendo hace mucho y yo me enteré hace poco […].  Es la misma persona: mamá se pasó 15 años repitiéndome a mí que papá iba a matarla […]. Que mamá diga que ‘yo la perseguía’, ‘que iba a terminar matándola’ se comprende: está en su ley… Pero lo que cuesta comprender es que haya médicos psiquiatras […], sugestionados por mamá […], mamá consiguió que ‘la sociedad’ acepte y adopte la farsa que acerca de mí fabricó… […] Es necesario que se deshaga el equívoco…” [42]

Así como en el pasaje al acto algo cobra fuerza desde un “es preciso que lo haga…”, su escritura cobra empuje a partir de esta necesidad de deshacer el equívoco. ¿Será esto posible? o, como dice Dupré, en la locura, en sus diversas figuras, “se trata siempre de un intento de hacer saber que no accede al decir, no logra encontrar en el Otro esa acogida que haría que el loco pudiera pasar a otra cosa diferente que este intento perpetuamente fracasado de la transmisión de un saber. Cada caso de locura sigue siendo, fundamentalmente, arar en el mar”[43]. Lo que no será posible deshacer será, por tanto, el equívoco fundante de su estructura.

Iris, en su delirio, le imputa a la madre poseer un plan para destruirlos a ella y a sus hermanos. Internada a raíz de esta consulta, piensa que los psiquiatras se han aliado con su madre en contra suya. Escribe para defenderse y entregará sus escritos al psiquiatra Brito del Pino, en ese momento a cargo del tratamiento, quien los publicará en condición de único ejemplo de un trabajo suyo sobre “La peligrosidad de los paranoicos”. Volveremos luego sobre este punto de la supuesta peligrosidad de Iris en ese momento.

¿Cómo se fue gestando este nuevo lugar de Iris, este viraje en su posición subjetiva, después del pasaje al acto? En sus escritos, que no dejan de entretejerse con sus certezas delirantes, Iris da a leer una nueva versión de la historia familiar, de su lugar y, por añadidura, de su pasaje al acto. Por lo pronto, destaquemos el estilo testimonial en el escrito de Iris, rasgo que Lacan señala como propio del estilo paranoico[44]. Escritura, por tanto, enlazada a la dimensión transferencial y a la búsqueda de otro, a quien hacer saber algo, pasaje de lo privado a lo público, tal como ella dice: “va a remover y a contar todo lo acontecido en casa aunque sea sucio”[45].

¿Qué intenta hacer saber Iris en sus escritos producidos luego de ese viraje subjetivo en el lazo materno? ¿Cómo fue construyendo su propia versión de los hechos?

Del no comprender a la certeza. Primer y segundo “basta” a “ser el dócil instrumento de las sugestiones maternas”

Escribía Iris, en 1956, un año antes de su internación:

“Existe en mi hogar un problema que yo no acabo de comprender totalmente porque cambia siempre de forma, pero que no se termina nunca, que me ha tenido y me tiene siempre con miedo…”[46]

Una vez internada dará comienzo a su escrito con esta pregunta: “¿Borrar y empezar de nuevo?”, re-anudando de ese modo un diálogo hacía más de 20 años interrumpido. El Dr. Salvagno Campos le habría dicho, una vez sobreseída la causa y de regreso a su casa: “Ahora Ud. olvídese de todo.

Para Iris el drama anterior, el de su vida, había tenido un desenlace –el crimen– que sólo aparentemente fue el final: “Mi madre nos lo evocaba continuamente: los episodios vividos y las discusiones […]. En 1944 le dije a los gritos que no me hablara más de papá […]. Desde entonces, mamá empezó a mirarme con desconfianza […]. Sin embargo, volvió al tema […]. Así llegué a la conclusión (para mí desconcertante) de que el odio de mi madre hacia mi padre es inextinguible” [Las cursivas en el texto son siempre nuestras][47].

Su acto parricida no había sido, por tanto, la solución.

Iris nos previene acerca de no caer en la simpleza de creer que ella estaría reivindicando a su padre: “No hay en mí simpatía hacia él. Hubiera podido tenérsela y mucho. Pero la acción demoledora de mi madre fue tan eficaz…”[48] Seis años le llevó a Iris gritarle “¡basta!” a la madre. Aunque podríamos preguntarnos si el pasaje al acto no fue, aunque veladamente, su primer basta. Ahora bien, ¿de qué índole es este último no a la madre? Es un límite, por cierto, pero sólo lo es dentro de los límites que le impone su estructura. Lejos de separarla de su madre, surgirá allí ese “pegoteo imaginario” en relación a una mirada cargada de significación personal: una mirada de desconfianza. Su delirio comenzará a cobrar fuerza, a desplegarse.

Iris nos dice que su “gran equilibrio psíquico” –no olvidemos que ella trata de probar esto al psiquiatra– le permitió “soportar duras pruebas” como “continuar estudiando con la terrible mácula de haber matado al padre” y que, “simultánea y progresivamente, tuvo que soportar la dura revelación” de que la madre la había engañado, el terrible dolor de que no la quería y que se había servido de ella “como un instrumento dócil de sus sugestiones”. Dice: “Desde hace cinco años, comprendí que mamá es una voluntad de continuo ocupada en destruir lazos afectivos”[49].

¿De qué índole es este comprender? Lo que antes no se llegaba a comprender ahora se comprendió, se convirtió –en el discurso de Iris– en la certeza de que su madre tiene un Plan para destruirla: “mamá actuó con plan, con cautela […], etapa por etapa […], hasta que caí en la trampa, mansita […], la trama está tan bien tejida […]. No quiero ser destruida, aniquilada, como lo fue mi padre […]. A mi destrucción va a seguir a corto plazo e indefectiblemente la destrucción total de mis hermanos”[50].

Para Iris se cristalizará en la madre la figura del perseguidor, de aquel que se habría servido de ella como un instrumento dócil a sus sugestiones. Pero ¿cómo se fue produciendo este viraje en Iris?:

“Cómo fue que yo llegué a ver claramente cuál es la personalidad de nuestra madre, y perdí el mito consolador (y opresor)? Fue cuando, con el remordimiento latente por lo sucedido a mi padre (no por su muerte en momentos en que irremisiblemente se iba a perder, sino por no haberle apoyado cuando mamá me enviaba a espiarlo), con el remordimiento bien presente por haber permitido (en 1943) que mamá echara de casa (la casa de todos) al mayor de mis hermanos (Ariel, dos años menor que yo), porque se permitía no estar de acuerdo con algunos detalles de la convivencia; en momentos donde parecía que ella y los tres hermanos restantes íbamos a poder vivir tranquilos (en 1949), vi con asombro lanzarse a mamá (con los mismos métodos y el mismo ímpetu de otras veces) en una campaña de ataque y desprestigio contra Lumen, el menor, que tenía 21 años y que gracias a mí estaba encaminado, contento y seguro de sí mismo […]. Empezó a decirme con el ‘convincente’ tono que yo tanto conocía: que me fijara, que Lumen era parecidísimo a papá […]. Hacía semanas que mamá venía procurando con insistencia diluir mi cariño al hermanito […]. Así que ese día le respondí: ‘Tú sientes la necesidad de estar persiguiendo siempre a alguien: Primero fue a papá al que perseguiste y acosaste sin necesidad, exagerando las cosas; después fue a Ariel que ‘no te dejaba vivir’ y yo te creí; pero ahora se acabó, a Lumen no lo vas a perseguir […]. Esta vez no cuentas conmigo’ […]. Mamá no me contestó nada; pero desde ese día volvió contra mí todo su rencor. Ese día yo labré mi ¿segura? destrucción”[51].

Sin duda, Iris, mostrando a su madre cómo ella atendía las necesidades de su hermano Lumen –en cuanto a sus amistades, a que se case, a que vaya a los bailes, etc.–, intentaba como bien lo dice “educarla, transformarla, hacerla una madre como se debe ser[52]. Claro que, este acto a partir del cual Iris responde a su madre: “ahora se acabó…, no cuentes conmigo, este segundo no, cambiará definitivamente el signo de esa relación, rompiendo de modo explícito su alianza con ella. ¿Habría significado este “se acabó” un despegue en relación al Otro materno? Por el contrario –y cómo veíamos en relación al primer no–, no dejará de atribuirle por ese mismo acto una mayor consistencia imaginaria.

Percibirse como el dócil instrumento de las sugestiones maternas es, al mismo tiempo, instaurar a su madre como perseguidora: objeto antes de sus sugestiones, ahora de sus persecuciones, tras el no que supone la emergencia del sujeto en otra posición, claramente en defensa de su propio lugar. “Basta” a ser el dócil instrumento de las sugestiones maternas, que no llega a ser un punto de basta, de almohadillado, eficaz en la separación. Ese no ara en el mar. Tal como Iris misma lo dice, fue en el momento de perder el mito consolador y opresor que ella registra este otro lugar materno: su perseguidora.

Del mito a la persecución, la falta en ser, la castración no está en función en su lazo con el Otro primordial. Ella deja de ser “la dócil y buena nena”, como la describía Raimunda, objeto fálico imaginario para su madre, no marcado por la castración, y empieza a percibirse como habiendo sido “ese dócil instrumento a las sugestiones maternas. El saber persecutorio del Otro se coagula, se localiza en un Plan de destrucción, del cual ella sería el objeto, según el delirio que empieza a cobrar cuerpo. Trabajo de la psicosis tendiente a acotar, en esta localización, el goce del Otro.

Vemos también cómo se va construyendo para Iris, de esta manera, una nueva versión de su pasaje al acto, producto ahora de haber sido ella “el dócil instrumento a las sugestiones maternas”. Claro que, no podrá escribir esto sino con la tinta del discurso materno, retomando –de algún modo– la teoría del Péndulo, por la cual Raimunda la ubicaba como mero instrumento de las fuerzas del mal, provenientes de su esposo. De un modo: versión materna, u otro: versión de Iris que pretende impugnar la materna, Iris queda ajena a su acto y, sobre todo, a su propia enunciación: Yo lo maté. Sea como “instrumento de las fuerzas del mal”, emanadas de la locura paterna –versión de Raimunda–, sea como “instrumento de las sugestiones maternas” –versión de Iris, desde el delirio–, ella ya no recuperará su enunciación inicial. No ha sido ella, fue otra.

Hasta allí llega su otra versión, su diferencia, sin poder zafar de esa misma concepción de instrumento –¿se anuda allí una folie à deux con la madre?–. Sin embargo, tan importante como señalar el límite de su otra versión es advertir qué la hace diferente, qué la hace otra. El giro decisivo estará dado, sin renunciar a la teoría del “ser instrumento”, en que en esa afirmación “no ha sido ella, fue otra”, ahora, desde su versión, esa otra es la madre[53].

Al mismo tiempo ella se referirá a su acto de un modo cada vez más elíptico, con eufemismos tales como: “el episodio”, “el deplorable resultado de todos conocido”, “mamá deshizo al marido”, “(ser) aniquilada como lo fue mi padre”, “lo sucedido a mi padre”, “creé el antecedente”, “papá fue deshecho”, “la desaparición de papá”, etc.[54].

Pese a que Iris nos advierte que no está ella ahora reivindicando al padre, es indudable que en sus escritos se manifiesta una cierta vindicación del mismo, incluso de la familia paterna. Se trazan también ciertos rasgos identificatorios con el padre y se erige una imagen de él que nada tiene que ver con lo dicho en un primer momento. Todo lo cual es concomitante al vuelco en la relación materna.

Ella objeta ese “borrar y empezar de nuevo” que se le dijo, y escribe una nueva versión. Pero lo que ella borró, sin saberlo, es su propia huella enunciativa: Yo lo maté[55]. Es esto, con precisión, “arar en el mar” de las palabras maternas, sin poder alcanzar una enunciación que la sitúe en tanto sujeto dividido.

El paso que da, el giro que introduce es que ya no preserva a la madre, pero conserva el mismo núcleo de inercia dialéctica: ella es tomada como instrumento del goce del Otro. Núcleo de inercia dialéctica que pareció estar puesto en cuestión en su primera posición enunciativa inmediata al pasaje al acto: “Yo lo maté, es mi padre”.

Los “indicios”: su “locura agresiva” como producto de un goce enloquecedor materno

Señalemos ahora un momento decisivo en sus escritos, donde podemos leer su irreductibilidad al discurso común.

Su estilo testimonial va a cobrar mayor fuerza cuando nos hable de los “indicios” que a ella la condujeron a la confirmación de este Plan de destrucción atribuido a su madre. Cuando nos hable no ya solamente de la intención de su madre de destruir lazos afectivos o de la intención de enfrentarla con sus hermanos, sino cuando nos hable de una intención de destrucción física hacia ella. Ciertas situaciones serán interpretadas, des-cifradas en clave paranoica y, por tanto, se convertirán para el sujeto en “indicios”: “puntos duros, de quiebre con el discurso común”[56]. Des-ciframiento que torna a la letra persecutoria, cargada de significación, tomando el estatuto de un “demasiado escrito”[57], pero que no deja de ser un intento de cercar, localizar el goce del Otro.

Ella destaca, fundamentalmente, tres “indicios”. Hará, en relación a cada uno, una larga historia de sus interpretaciones conducentes a la confirmación que los convierte en indicios del Plan de destrucción materno. El olor a naftalina que encuentra desde hace diez años en el cuarto de trabajo y que apesta, la muerte del tero muy querido por ella y la situación con el canario. El desciframiento delirante que ella hace de estas diversas situaciones las convierte en “indicios” –letra persecutoria– de que su madre quiere “enfermarla físicamente o enloquecerla”.

Sólo nos detendremos en la situación relativa a la enfermedad del canario, convertida para ella en el “indicio” decisivo que la empuja al acto de consultar a un psiquiatra para hacer saber de la locura materna, y por el cual Iris pasará a ser una perseguida-perseguidora. Se trataba de un canario un tanto agresivo, pero que habría ido perdiendo “fiereza”, dice Iris, dado el buen trato que le procuraban ella y su hermana Halima. Su madre no quería al canario. Al poco tiempo, aparece enfermo e Iris consideró por varios indicios que su madre “lo estaba enfermando con algo”. Ella lo curó, pero sucedió que “el canarito” volvió a ponerse “fiero y “agresivo”, estaba “cada vez más loco. Ella lo mimaba y se tranquilizaba, pero “a la mañana siguiente volvía a encontrarlo malo y chúcaro”, “encrespado y con la mirada extraviada. Ella concluye que cada mañana la madre, cuando se levantaba antes que ellos, “lo despertaba toreándolo y acosándolo con el dedo, dejándolo aterrorizado para todo el día”, poniéndolo agresivo y chúcaro. Ella llega a la conclusión de que la madre había resuelto matar al canario por medio del miedo. Y confirma su sospecha, una mañana en que, encontrando agitadísimo al canario, va a la cocina “desde donde mamá me espiaba (es la palabra exacta), y dije: ‘¡qué barbaridad! ¡Pobre animalito!’ a lo que mamá respondió con una mirada y un gesto de prepotencia y de burla tan manifiestos, a través del espejo, que no había ya porqué dudar… […] Entonces yo resolví que a mamá la estudiara un psiquiatra”[58].

Advirtamos que lo que para ella es confirmación de la locura materna es, al mismo tiempo, certeza de que la madre tiene un Plan de destrucción contra ella. Querer hacer saber de esta locura no deja de confirmarla a ella misma en ese lazo loco con la madre. Sin embargo, esto no lo hace menos escuchable en su verdad.

Los autores conjeturan, y podríamos coincidir, en que este último “indicio” fue decisivo para Iris “en tanto ponía en juego un punto clave en la articulación de su pasaje al acto, punto velado por la versión materna, a saber la relación entre su propia ‘locura agresiva’ y su ‘fiereza’, con el goce destructivo de la madre. En ese punto insoportable Iris da el paso de buscar a quien hablar”[59]. El canario allí funcionó para Iris como un alter ego, en el que se vería reflejada. Raimunda se había referido en cierto momento a la “locura agresiva de Iris”. Además, “loco” y fiero” son significantes que han quedado prendidos para ella a la imagen de su padre como “personificación del crimen”[60].

De este modo, continúan los autores, “Iris replantea que hay un ‘más de allá’ (Más de Ayala), de la interpretación que en 1935 ‘cerraba’ el caso, poniéndolo a sola cuenta de la locura del padre, y en su movimiento de hacer-saber, ella pone sobre el tapete el lugar de la madre en esa locura. En la escena del canario ella capta una relación directa entre la locura agresiva y el goce de la madre”.

Vemos, por tanto, cómo se sigue construyendo desde el delirio su versión del pasaje al acto. Si antes ella se descubría como “dócil instrumento de las sugestiones maternas”, ahora justifica su “locura agresiva” o “fiereza” –al mismo tiempo que la del padre– por un goce enloquecedor y persecutorio del Otro materno.

Cuando Iris se refiere a los indicios que confirman para ella el Plan de destrucción de la madre hacia ella, nos dice: “Pero entiéndase bien, yo no hubiera sido capaz de deducciones de este tipo, si no hubiera visto (muy bien y por mis propios ojos) el rostro de mamá descompuesto por una feroz y canallesca alegría, mientras se enteraba lo que Ariel había sufrido viviendo solo, y cuando miraba cuando Lumen me pegaba para ‘defenderla’ de mis reproches”[61].

Iris pasó de ver en la madre “el sol que ilumina y vivifica[62] a descubrir –o atribuir– al Otro materno “una mirada de desconfianza”, a encontrarse luego “con una mirada y gesto de prepotencia y de burla”, como así también con un “rostro descompuesto por una feroz y canallesca alegría”.

La paranoia, dice Lacan en RSI, “es un asunto de enviscamiento imaginario. Es la voz que se sonoriza, la mirada que se torna prevalente, es un asunto de congelación del deseo[63].

No hubo para ella cambio de estructura, sino, tal como sostienen los autores, un cambio de signo en la relación con su madre[64]. Podríamos también plantearlo de este otro modo: el trabajo de su psicosis, a través del delirio, le permitió quizás operar esta separación en estos términos, acotando lo que se inscribía para ella como un goce del Otro persecutorio y demoledor. Separación que lleva el sello de la restitución, por ende, no deja de arar en el mar.

Del mito a la persecución: figuras del Otro materno como Otro gozador

Iris dirá, desde este viraje subjetivo que se ha operado en ella, que “luego de desaparecido su padre” –forma elíptica en la que ya se refiere al hecho–, examinó mucho los sentimientos hacia su madre, quien de ninguna manera era todo para ella, aunque parecía serlo[65]. Dice entonces: “lo que parece amor, las más de las veces no lo es […], hay apego, adoración de algo que sólo es un mito… […] hay temor, mucho temor”[66]Se dará cuenta, así lo escribe, “que hay hijos que viven enteramente según el dictado materno’”, y que “hay madres que quieren a sus hijos como a una propiedad[67]. A lo cual agregará que si la pareja no está bien constituida, “la madre entonces quiere a sus hijos para el desquite: la madre piensa (y casi siempre lo dice): ‘Uds. son míos y no de él, y tienen que defenderme de él’ (‘que servir de instrumento para mi revancha’)”[68].

Iris va a referirse a una novela de Pearl Bück, La madre, que “muestra bien todo lo que de instintivo y de egoísta hay en el amor materno” y dirá que en esto, en cuanto a ese punto, dicha novela “es mucho más verídica que, por ejemplo, las poesías de Gabriela Mistral”, en las que sin duda se inspiraba el poema a la madre al que nos hemos referido antes.

Advertimos una escena en la que puede verse cómo, y a partir de qué, va cobrando forma, en dicha novela, el personaje de la madre. En la misma, se vislumbra el goce incestuoso que atraviesa a esta mujer, joven y aún no madre, en su más temprana relación con un niño. Se encuentra ella a solas con un pequeño que aún no andaba, hijo de una vecina, su favorito y a quien cuidaba con gran placer. Ella había descubierto que este niño le despertaba “un deseo jamás conocido”, “un deseo que era algo más que el deseo de tener hijos, una pasión secreta e incomprendida”. De pronto, un día, estando a solas con el niño, éste comienza a lloriquear y ella bruscamente se abre el chaquetón y lo pone contra su pecho. Siente entonces un “tal tumulto en la sangre que jamás había conocido”, “una oscura y feroz pasión que no comprendía”. Estado de excitación, en ese instante, que pronto se quiebra y la criatura llora entonces con el engaño de ese pecho vacío. Para ella, sin embargo, esta escena habría sido “reveladora”, “un despertar aún mayor que el encuentro con un hombre; a quien amaría más –y a partir de esta revelación– por la parte que tenía en su maternidad, que por sí mismo”[69].

¿Habrían sido estos fragmentos de la novela, estas escenas, los que produjeron cierta revelación también en Iris? Ella no lo dice explícitamente. Sin embargo, desnudará, sin por ello des-anudar, lo que para ella habría estado detrás de los desgarrados velos del mito:

“Escribí en 1936 una especie de poema en prosa dedicado a mi madre, por el que cualquiera deduciría que yo la quería muchísimo. Sin embargo, por los nítidos recuerdos que conservo de la niñez he llegado a la consecuencia de que yo quería (con más propiedad en el concepto: adoraba) a mi madre (ser creado en mi imaginación, por ella con discursos y por mí con anhelos), pero al mismo tiempo: sentía repugnancia por su cuerpo desnudo; hallaba ordinarios y sin elegancia sus movimientos (modo de caminar, de comer, de gesticular): me desagradaban el color rojo de sus cabellos y su rostro pecoso: consideraba que tenía mal gusto para vestirse; temía el estallido de su ira; me crispaba su manera de cantar mientras trabajaba (repetición monótona y punzante durante toda una mañana o una tarde, de un mismo motivo, parte de una canción); y me producía miedo su modo de hablar: imperativo, airado y cortante…”[70]

Iris llega entonces a hablarnos de un amor que no es amor, sino adoración. Llega a palpar, detrás de esta adoración, la repugnancia, el asco, el rechazo. ¿La conducirá esta misma vía hasta su odio? Sí, pero de una singular manera, desde una singular posición subjetiva.

Iris nos habla también de una película que, por ese entonces, 1953, ella vio: Odio que fue amor, y cuyo título original es La versión Browning. “Mientras veía el film [nos dice], la acción de la esposa me estuvo recordando de continuo el modo de ser de nuestra madre: ella actuó así, exactamente así con nuestro padre, y luego continuó actuando así con cada uno de los hijos apenas comenzaban éstos a poder emanciparse”.

El film “describe de mano maestra cómo una esposa que no está conforme con su marido lo mortifica de continuo y lo rebaja ante sí mismo y ante los demás hasta conducirlo al borde de la ruina total…”

En la película el personaje del marido esgrime por un momento cierta teoría acerca de un odio que fue amor, en un intento de entender el odio de su mujer hacia él.

Al salir del cine. Iris reflexiona: “¿Odio que fue amor? ¿Cómo? ¿Acaso era amor lo que aquella esposa había sentido por su marido cuando se casó creyendo que sería feliz? […] Odio sí, pero que nunca había sido amor. El amor nunca muere”[71]. Esa esposa, que le recuerda tanto a su madre, siempre ha odiado.

Y casi sin solución de continuidad, pasará del lugar del marido en el deseo materno, al de la hija, preguntándose: “¿Odio yo a mi madre? No, no la odio: la conozco y ya no la aprecio. Y como sé que busca mi destrucción y la de mis hermanos, me defiendo y los defiendo”[72]. Su posición enunciativa deja del lado de la madre el odio, cifrado en ese Plan de destrucción, cuya certeza ella tiene. Recordaremos en relación a esto último, precisamente, las reversiones gramaticales que Freud despeja en relación al delirio de persecución, en el texto de Schreber. Así como, también, cuando él sitúa el germen de la futura paranoia en la mujer en el lazo con la madre, allí donde la hostilidad no tramitada, retornará desde afuera. Iris rechaza su propio odio hacia el otro. Es el Otro, en la figura persecutoria de la madre, quien la odia: “No soy yo quien la odia, ella me odia y me quiere destruir”.

En el film, en un segundo plano, cobra cierto protagonismo El Agamenón de Esquilo. El protagonista, este esposo odiado por su mujer, mantiene con su alumno una conversación, en la cual le transmite que ha hecho una traducción de esta tragedia, y le informa acerca de la existencia de una versión libre del Agamenón que pertenece a un autor llamado Browning. De allí el título original de la película. Es decir que, en un segundo plano, estaría, enmarcando el primero, la figura de Clitemnestra como la esposa vengadora de la muerte de su hija y que dará muerte a Agamenón. Recordemos aquí la muerte de Edelweiss, la “preciosa nena” de Raimunda.

El film muestra algo más a lo cual Iris no se refiere de modo directo, pero que sabemos era de mucho peso para ella. Se ve en el personaje de la esposa una mujer muy interesada en el dinero y que reclama con desprecio a su marido el cobro de una “pensión” que nunca llega. Este significante pensión no será cualquiera.

También Iris habla de su madre como alguien a quien sólo le interesa el dinero. En ese sentido, se inscribe, a modo de prueba, su relato acerca del modo arbitrario en que la madre manejaba la pensión que recibían del padre, primero involucrándola a ella: “La mitad de la pensión les toca a ti y a Halima, pero como Halima no es normal, somos tú y yo las dos personas responsables que tenemos que permanecer unidas para mantener la casa”, y luego dejándola afuera: “Ya ahora, a ti no te toca pensión con el sueldo que cobras. En el mismo sentido, se inscribe lo referido al manejo de su sueldo. Como antes su padre, ella llevaba el sueldo a su casa, pero a diferencia de él, ella quería también decidir en qué gastarlo. En estos temas, la tensión crecía con la madre, quien prefería, según Iris, guardar todo y no gastar nada. Ella compara a su madre con el personaje de una parábola de Rodó, el viejo de “La pampa de granito”[73], quien explota y exprime a sus hijos hasta el límite.

La parábola describe, en la figura de este padre, a un viejo gigantesco en una inmensa pampa de granito, a cuyo lado se encuentran, ateridos y temblando, sus flacos y miserables hijos. Su propósito es hacer de este suelo de piedra un suelo fértil a costa de sus hijos. Así, por ejemplo, obligará a uno de ellos a hacer un hueco, en el suelo duro de la pampa de granito, para plantar allí una semilla. “¿Cómo podría?”, exclama el niño. “Muérdelo”, ordena el viejo, oprimiendo con la planta de su pie el lánguido pescuezo del niño. El niño roe hasta hacer el hueco todo lo hondo que se precisaba. Quien hubiera estado allí, continúa la parábola, hubiera visto algo más triste aún: que este niño, sin haber dejado de serlo, tenía la cabeza llena de canas.

“Lumen [escribe Iris] ha aumentado notablemente el encanecimiento de su cabello… […] Mamá es como el viejo de la parábola de Rodó ‘La pampa de granito’. Ahora está explotando a Lumen, pese a todos mis esfuerzos por evitarlo”[74].

El Otro materno queda investido de un incuestionable poder. Iris puede enfrentarse, disentir, pero no puede des-investirla de este poder. Así, también dirá que su madre repetía a menudo y con complacencia la frase de Adolfo Hitler: “Gobernaré a los hombres fomentando sus vicios en lugar de sus virtudes. Y dice que lo hacía no por imitación, sino por instinto. Que de ese modo lograba enfrentar hermanos contra hermanos; hacía que sus hijos tengan plena confianza en ella para interferir en ellos de modo de evitar que tengan amistades y que se casen.

La madre en la novela de Pearl Buck, la esposa en el film De un odio que fue amor, el viejo de “La pampa de granito” y Hitler: cuatro figuras del Otro gozador que su madre viene a encarnar, y a partir de no ser ya para Iris la “Madre mía” del poema. A partir de haber perdido, como ella misma dijo, ese mito consolador y opresor.

La declaración de sexo en Iris, sus impasses

Luego del pasaje al acto homicida, y progresivamente, la relación madre-hija dará un vuelco. Al caer el mito, correlativamente, cae también la frágil identificación fálica que la ubica como el objeto imaginario del Otro materno. Se resquebrajará esa imagen fálica no marcada por la castración e Iris quedará confrontada al impasse de la declaración de sexo, es decir, de su sexuación y de cómo ella podría verse afectada por la diferencia sexual.

Iris escuchará en un tono persecutorio las preguntas que le hace el psiquiatra acerca de por qué no se casó o no se fue a vivir sola: “Cuando lo vi en su despacho el Dr. Más de Ayala, me preguntó: ‘¿Ud. no se enamoró nunca?’ y lo dijo con entonación acusativa, como para probar que carezco de sentimiento. Fue esa pregunta uno de los claros indicios de que había sido cuidadosamente informado por mamá”[75].

Contestará que no fue a vivir sola para evitar las murmuraciones. Según las circunstancias, podría ser tildada de puta (si volvía tarde), homosexual (si vivía con una amiga), incestuosa (si iba a vivir con Ariel)[76].

No se casó porque la madre siempre le inculcó que ella nunca se iba a casar, que no cometería el mismo error que ella, apartando de su hija –nos dice– todo lo que pudiera darle la oportunidad de sentirse mujer: vestidos, zapatos, peinado bonito, cariños y aprecio del padre. Y aunque esto le hace decir que su madre es una infame madre[77], dice al mismo tiempo que lo agradece, ya que ella siempre tuvo vocación de sacerdotisa.

Iris dice también haber sido criada como un “ser neutro”, “sin sexo”, y comenta que su madre, cuando le hacía ropa, “hacía la delantera igual que la espalda”, de lo cual se habría dado cuenta hacía muy poco tiempo.

Dirá también que cumplidos los 20 años se enteró de que en las relaciones sexuales hay algo más que el abrazo y el beso[78]. “Pocos meses después creé el antecedente…”,[79] agrega, refiriéndose al crimen. Recordemos aquí la sutil observación de su abogado defensor, cuando descubre que Iris, en ese año que estuvo presa, había desarrollado los caracteres sexuales secundarios en lo que hasta allí fuera un cuerpo de niña.

La dócil y buena nena, la sacerdotisa, la maestra, ser neutro y sin sexo: lugares fálico-imaginarios preservados de los avatares de la castración y, por ende, de la diferencia sexual.

El delirio se diversifica. Condiciones del alta

Por la misma época en que arrecia la persecución en su hogar, Iris está sumariada en su trabajo y está en cuestión su idoneidad para ejercer el cargo de maestra. Se irá consolidando en ella un delirio de persecución en relación a maestras, directoras e inspectores, cuya historia, prolífica en detalles, nos contará en sus escritos. Sin entrar en todos ellos, dejaremos planteado un punto esencial: la proximidad en que están para ella los significantes madre y maestra. Recordemos no sólo que su madre fue su única maestra hasta los 14 años, sino también que, según nos dice, su madre supo desde siempre que ella –Iris– iba a ser maestra, y “dio la casualidad” –así lo aclara– que nació con esa vocación: “Sabiendo ya que iba a ser maestra, pues eso lo había decidido mi madre desde el momento que nací (y dio la casualidad de que nací con fuerte vocación para el magisterio…)”[80].

Desde el comienzo, Iris tendrá problemas en su trabajo. Ella es una maestra dedicada y lleva adelante sus clases con orden, pero en general ese orden no se aviene al orden y las exigencias establecidas. Ya con su primera directora surgen malentendidos y es trasladada. Ella atribuye las bajas notas que recibe cuando es evaluada en su desempeño a una alianza de la Directora con los inspectores, cuyo rasgo común es que son católicos. Trazo que identificará a todos sus perseguidores en el ámbito escolar.

Los escritos de esta época de Iris son una defensa contra los cargos que a ella se le hacen en cuanto a las deficiencias en su trabajo. Escritos que se inscriben en el contexto de la época, enmarcado por la lucha entre la enseñanza católica y la laica. Iris defendía un laicismo no dependiente del clero, cuestión que también defendió su madre y la familia Cabezudo. Sería un prejuicio mayor, tal como señalan los autores, “descalificar estos escritos de Iris por su locura. Por el contrario, si aceptamos que su paranoia es un estilo y una forma de participación social”[81], recordaremos precisamente en este punto lo que sostenía Lacan a propósito de Rousseau en su tesis: “los delirios y los actos de la paranoia ‘se producen con frecuencia en un punto neurálgico de la actualidad histórica'” [][82]. Hay allí para Iris un punto de encuentro de la Historia con su historia, re-escrita ahora desde su delirio.

Sin restar, por tanto, ningún valor a las ideas transmitidas en esos escritos, no podemos dejar de advertir cómo ellos se van entretejiendo al mismo tiempo con su delirio. Ella hará, por ejemplo, una interpretación de cómo fue elegida la Directora con la cual está enfrentada, concluyendo que esta última está animada por la finalidad de una destrucción sistemática de la laicidad, y desde allí se teje –según su delirio– una red de perseguidores, de la cual ella se constituiría en el blanco[83].

Uno de los puntos conflictivos –punto clave por cierto– que desembocará en los sumarios es que Iris se resiste a hacer un Plan, tal como la Directora le exigía. Esta última no sólo le pide un plan, sino que también va a sus clases a hacer dictados a sus alumnos, con lo cual ella tampoco acuerda. Iris le dirá a la Directora que con sus dictados se está burlando de ella, y que no vaya más a sus clases[84]. Esto desencadenará un sumario, por el cual será separada de su cargo hasta que el mismo se resuelva.

Toda la cuestión que se genera en torno a su resistencia a entregar un Plan debemos entenderla como un punto de cruce con el campo de persecución materna[85]. Recordemos el modo en que este significante plan anuda la locura familiar. Raimunda imputaba a Lumen un plan para dominarla, degradarla y finalmente matarla. Iris hace de esta imputación de Raimunda una certeza que la empuja al acto criminal, para luego imputar a su madre un Plan para destruirla a ella y a sus hermanos. Trabajar con los niños con un Plan conecta de modo insoportable para Iris su desempeño de maestra con una figura de la maternidad que ella objeta. Madre-maestra o maestra-madre: el plan supone un saber del Otro que se torna persecutorio. Ella objeta este modo de practicar la maternidad-magisterio y desde este ángulo su delirio en el ámbito escolar no deja de constituir una barrera contra este saber-Plan persecutorio. Vemos acá nuevamente la eficacia del sujeto en el trabajo de la psicosis.

Del mismo modo, el significante dictado está para ella cargado de significación personal. Recordemos cuando, en decidida objeción al lugar materno, ella dirá que se ha dado cuenta que hay hijos que viven “bajo el dictado materno”, no importa la edad, y hay madres que “quieren a sus hijos como una propiedad”. Significantes que retornan persecutoriamente consolidando una transferencia materna hacia esta Directora, quien, según su certeza, se burlaba de ella cuando hacía dictados a los niños.

Estamos en la misma época en que se agudizaba la persecución en su hogar. Época del canario enjaulado y hostigado gozosamente por la madre –según versaba su “indicio”–. En febrero de 1957 es cuando ella va a hablar con Más de Ayala, quedando luego internada bajo el diagnóstico de paranoia, y a partir del cual se plantea su peligrosidad.

Se decide, no mucho después, el alta de esta internación bajo dos condiciones:

1) Vivir fuera de la casa de familia, escenario de su dialéctica persecutoria;

2) acogerse a jubilación, abandonando sumarios pendientes y todo antiguo o nuevo pleito.

Para los autores se cristaliza allí un malentendido[86]. La dimensión de acto que tiene la consulta misma es confundida con la posibilidad de que Iris pase al acto homicida. Se desconoce que ella ahora está usando otro recurso: busca hacer saber de la locura materna, su respuesta no es pasar al acto contra ella.

Esto marca sin duda una diferencia. Hemos visto cómo, a partir de su pasaje al acto parricida, Iris comienza progresivamente a decir “no” a la madre. Hemos visto también que este “no” se fue forjando con el recurso que constituyó su delirio persecutorio, el cual, por momentos, parecía tomar un cierto tono reivindicativo sin definirse plenamente en este sentido. No obstante, este delirio es forjado luego del crimen, no lo precede ni empuja al mismo, y es desde el meollo de este delirio que sale a la luz una objeción al lazo loco que une madre e hija[87].

Iris, al ir a consultar al psiquiatra, demuestra utilizar un recurso diferente del pasaje al acto homicida para hacer saber algo. En este caso, la locura de su madre y, cifrado en esa demanda, transmite o quiere hacer saber la implicación de esta locura en su propia locura agresiva: está construyendo, y quiere hacer saber su propia versión del pasaje al acto homicida.

Los autores, desde una visión crítica de las condiciones del alta, se preguntan si no hubiera podido ser otra la respuesta en lugar de esa decisión abrupta e impuesta a Iris de dejar su casa. “¿No podía acaso tramitarse esa separación de otra forma? Por ejemplo, apostando a sostener con ella, artesanalmente, la construcción de una bifurcación de caminos con su madre”[88].

En cuanto a la exclusión de la escuela, es claro que Iris cosechó en el decir de la madre el significante que libidinizó como su ideal: maestra. No obstante, en ese Yo ideal ella sostenía sus posibilidades de inserción social. La pregunta que se plantean los autores es si no era posible encontrar una solución diferente a su exclusión del sistema de enseñanza[89].

PARTE III – Sin hogar y sin trabajo: extraviada, tras el reflejo materno

¿Qué pasó con Iris luego del alta a cuyas condiciones primeramente se resistió? Por esa época, el sumario ya se resolvía y por cierto no a su favor. Sumario desde el cual “se le está arrebatando la posibilidad de anclar su ideal en una práctica en la cual pudo sentirse narcisísticamente valorada”[90].

Le estaba indicado acogerse a la jubilación y separarse tanto de la casa como del trabajo. Estas condiciones del alta producirán en la locura de Iris un último viraje: errante y vagabunda, “extraviada”, como la nombran los autores, se intensificará la persecución, perdiendo su delirio toda tonalidad reivindicativa, y cobrando fuerza las ideas de envenenamiento.

Cuenta una maestra[91] –entrevistada por los autores–, profesora del magisterio cuando Iris estudiaba, a quien ella visitaba en esta última etapa de su vida (que no duró poco: muere en 1985), que cuando no estaba internada –como vagabunda: de la comisaría al hospital–, a veces tenía donde dormir, y muchas veces dormía en la calle. El dinero de su jubilación lo gastaba casi por entero en la compra de diarios que acumulaba y llevaba consigo. Escribirá, hasta el final de sus días, muchas veces cartas al gobierno, donde da su opinión sobre conflictos internacionales, que nunca envía. Duerme muchas veces en la puerta de la Biblioteca Nacional. Cuando abría la Biblioteca, entraba, se higienizaba, pedía un libro. Recuerdan haberla visto dormida sobre un libro. Muchos la conocían como “la maestra”.

Por el testimonio de esta profesora, también psicóloga reconocida en el ámbito profesional montevideano, y quien nunca fue una perseguidora para Iris, conocemos fragmentos de lo que fuera su delirio por ese entonces.

Iris pensaba que la querían envenenar. Significante, este último, también tomado del discurso y la locura materna –como ya lo había tomado antes, en la época de los indicios–: Lumen que quería envenenarla, leche materna envenenada por los disgustos que le hacía padecer Lumen, etc. Vivió un tiempo en una pensión hasta que se le impuso la idea delirante de que pasaban debajo de su puerta un cañito con gases con el fin de intoxicarla, al igual que querían hacerlo a través del agua. Fue entonces a denunciar todo esto a Obras Sanitarias del Estado –lugar en el cual trabajaba su hermano Ariel–.

También surgía en su delirio el tema de la duplicación o desdoblamiento de personas. Freud puso de relieve, a propósito de Schreber, este efecto de “des-multiplicación” de las personas en el delirio, que bien podríamos leer como un intento de des-potencializar al Otro, al perseguidor. Iris sostenía que ella “tenía dos médicos mellizos”, uno bueno y otro malo. Decía también que la pensión –vuelve a aparecer el significante pensión[92]– tenía “tres dueños, hermanos mellizos, uno blanco, uno judío, uno negro”. El hermano judío la trataba mal. Los judíos explotan a las mujeres, decía, y la odiaba porque ella no se dejaba explotar[93]. Ella sentía gritar a las mujeres en la pensión. Gritaban porque los judíos les daban una paliza. Ella entonces iba a quejarse a la policía.

Otro tema de su delirio era contra los médicos[94]. Sostenía la teoría de que la gente no muere, que los médicos matan, pero en verdad no matan a las personas, las tienen para que espíen a la gente –no olvidemos a Raimunda espiando a Lumen, o mandándola a ella a espiar al padre, o, ya desde la persecución, su madre espiándola a ella–. Ella veía gente que los médicos soltaban, y una de las personas a las que ella veía era precisamente su madre, ya muerta hacía un tiempo. Para ella no había muerto: los médicos la tenían retenida en ese proceso particular que llevaban a cabo. Ocurría, entonces, de repente, que ella estaba mirando una vidriera, y en el vidrio veía a su mamá, que andaba por ahí. Se daba vuelta y la llamaba “mamá”, y la mamá había desaparecido, corría entonces por todo el barrio –tras su reflejo– y nunca lograba darle alcance. Esto se repetía una y otra vez. Daba toda la explicación de cómo los médicos, al morir uno, lo adormecen, o le hacen una muerte ficticia, y al cabo de un tiempo, cuando lo necesitan, lo sacan.

Del padre nunca habló, nos cuenta esta interlocutora de Iris, o más bien, este Otro diferente que ocupa el lugar de testigo de su delirio.

¿Cuál fue el final de esta trágica familia? En el capítulo consagrado a los últimos años de Iris, y bajo el título “Las vecinas dicen…”, los autores recogen de una de ellas el siguiente testimonio[95]: una mañana Lumen, el hijo de Raimunda, habría ido a buscarla para que intentara convencer a su madre de que viera un médico. Esta vecina acude al llamado y encuentra a Raimunda en la cama con una horrible herida en la pierna, cubierta de trapos sucios. Se entera allí que Iris, en una de las tantas veces que golpea la puerta de la casa, se encuentra con su madre, quien abre la puerta pensando que era su hijo. Como no la deja entrar, Iris le tira una baldosa que da contra su pierna y de ahí proviene la herida que tiene Raimunda. La familia, recordemos, tenía ideas adversas a la medicina alopática. Ella se resiste a ir al médico, la infección avanza mucho y cuando la llevan al Hospital, muere casi inmediatamente (1974). Dice esta misma vecina: “[…] así que, indirectamente, también mató a la madre”.

Lumen queda solo en la casa, ya su otra hermana, Halima, había muerto. Luego de la muerte de la madre, Ariel vuelve a la casa. Lumen es el único que estudia y se recibe de Ingeniero químico, por ese entonces profesor en la Facultad. Se decía de él que era muy buen profesor y también que siempre estaba muy sucio. Ariel encuentra muerto a Lumen en su cama –probable muerte súbita–, en 1987. Luego de la muerte de Lumen, Ariel busca a Iris, sin saber que ella había muerto hacía ya dos años, en 1985. Un año después de la muerte de Lumen, Ariel mata de un tiro a su perro, y luego se dispara otro él (1988). La casa, que no tenía quien la reclame en herencia, entrará progresivamente en ruinas.

¿Cómo murió Iris?, en cuya vida nos hemos adentrado, dividiéndola, siguiendo a los autores, en tres etapas y casi de a veintenas de años. Veinte años del drama anterior al pasaje al acto, veinte años construyendo su otra versión que la lleva del mito a la persecución, y veintiocho años “extraviada”.

En 1981, Iris es internada –la lleva la policía como vagabunda– por última vez en el Vilardebó, donde permanece hasta 1984[96]. El alta sobreviene por un acontecimiento externo: el traslado del Hospital. Sale y muere en 1985 a los 66 años, de un paro cardiorrespiratorio. Vivía en una pensión y los autores recogen de un vecino el siguiente relato:

“Dormía en la pieza que da sobre la calle, por las mañanas escuchaba en la radio los avisos fúnebres, mientras miraba por la ventana la vereda de enfrente: ‘ahí, ven Uds., había hasta hace poco una funeraria'”[97].

La locura familiar

Sería un error considerar la paranoia de Iris desvinculada de la locura familiar. Tanto como considerar que los locos son los otros y ella no.

Este caso, quizás como pocos, permite abordar la estructura de los lazos familiares, de modo tal que podemos interrogar aquello que Lacan sitúa como el campo paranoico de las psicosis, tal como lo plantea en el Seminario La relación de objeto. Sin olvidar que ya en Los complejos familiares había planteado la folie à deux, no como un mero cuadro clínico, sino como aquello que hace a la generalidad de la estructura paranoica:

“En nuestra opinión, los delirios de a dos son los que mejor permiten aprehender las condiciones psicológicas que pueden desempeñar un papel determinante en las psicosis. Fuera de los casos en los que el delirio emana de un pariente afectado por un trastorno mental que lo ubica en una posición de tirano doméstico, hemos observado constantemente estos delirios en un grupo familiar al que designamos como descompletado (décompleté), en aquellos casos en los que el aislamiento social al que es propicio determina el máximo efecto: nos referimos a ‘la pareja psicológica’, constituida por una madre y una hija o dos hermanas (véase nuestro estudio de las hermanas Papin), y con menor frecuencia por una madre y un hijo”[98].

Asimismo, en 1975, cuando plantea que la psicosis paranoica y la personalidad son la misma cosa, momento en el cual se decide a volver a publicar su tesis, Lacan sostiene que “podría deducirse que a tres paranoicos podría anudarse, en calidad de síntoma, un cuarto término que se situaría como personalidad…”[99] Al menos tres paranoicos, en correspondencia con el anudamiento de las tres dimensiones –allí en continuidad– de lo imaginario, lo simbólico y lo real. Es desde este nuevo contexto, donde lo que está en juego es la lectura borronea de la clínica, que puede interpretarse lo que los clásicos de la psiquiatría intuían y nominaban en términos de folie à deux, ahora claramente interpretada como estructural, como condición de posibilidad de la psicosis[100].

Lo que se destaca en la noción de folie à deux, re-conceptualizada desde el psicoanálisis, no es el hecho de una herencia biológica como podría plantearlo la psiquiatría, tal el caso de Gaupp al analizar el entorno familiar de Wagner, sino el anudamiento de las locuras familiares, tal como podemos situarlo en el caso de las hermanas Papin, redefiniendo en ese sentido los conceptos de “locura simultánea” y “locura comunicada”, heredados de la psiquiatría.

Por tanto ¿cómo situar la posición subjetiva de Iris desde esta nueva perspectiva que supone el anudamiento de su psicosis a la locura del padre y de la madre?

Cuando Iris pasa al acto homicida, el cual hemos situado como paranoico, obraba en ella la certeza –¿a coro con la madre?– de que el padre iba a matar a esta última. La versión materna, que no será sólo del crimen, sino también de la historia familiar, construida luego del mismo, cierra con cuatro llaves la posibilidad de extraer consecuencias del decir de Iris cuando afirma: “yo lo maté, es mi padre”, enunciación que se diluye al suscribir la versión materna.

Si hasta allí, y por la vía de ese mito tan ejemplar que ella construye, podemos situar la “pareja psicológica” que Iris conformaba con su madre, después del pasaje al acto, asistimos a la dislocación de dicha pareja y, consecuentemente, al trabajo de su psicosis en la elaboración de un delirio persecutorio que tendría por centro a su madre, y que viene a objetar la versión sustentada por esta última, denunciando su implicación en la loca escena familiar. No obstante, Iris seguirá corriendo tras el reflejo materno, aun cuando su madre, muchos años después, ya hubiera muerto.

Difícil de situar, en toda esta locura familiar y sus intrincados anudamientos, es el lugar de Raimunda. No cabe duda que ella autentifica la paranoia, típicamente pasional y de celos, de su esposo. ¿Cómo la autentifica? Sosteniendo la pelea y transmitiendo a sus hijos la creencia de que el padre iba a matarla. No era Iris la única convencida de esto. Una noche, Halima despierta angustiada y llama a su madre porque había tenido la pesadilla de que el padre mataba a la madre[101]. Raimunda, entonces, se da cuenta de que su esposo está despierto en la cocina y baja a espiar qué está haciendo, con el recuerdo de que cierta vez él habría estado poniendo veneno en su plato. Transmite a sus hijos de modo constante este temor y busca una alianza con ellos. En este sentido, desde el cual ella autentifica las amenazas que son una consecuencia del delirio de Lumen, ella parece co-delirar con su esposo[102]; y no deja de preparar, desde este co-delirio, las condiciones de posibilidad del pasaje al acto de su hija, que de ese modo vino a propiciar[103].

Pero también podemos decir que ella permanece en esta escena, ratificando el lugar del tirano doméstico, sobre el borde de su no efectuación criminal: renegatoriamente, ella cree y no cree que el marido la vaya a matar. Desde esta perspectiva parece primar un goce perverso masoquista en este sometimiento a la “locura agresiva”, tal como ella la definiría, de su esposo –y, más tarde, a la de Iris–. Masoquismo que no deja de extremarse hasta tomar un matiz persecutorio y paranoico: podría ser envenenada, el marido tiene un Plan, piensa que trama asesinarla al verlo leyendo el Código Penal, etc. Claro que también es cierto que, desde ese no creer, pone un límite a aquel co-delirio, a aquella autentificación de las palabras amenazantes del tirano doméstico.

Ahora bien, este creer y no creer parece instaurar un loco y frágil equilibrio que, como hemos visto, se rompe con la muerte de su hija Edelweiss, “la preciosa nena”, instalando a Raimunda en un difícil duelo que opaca y desplaza aquel goce en el sometimiento masoquista. Difícil duelo en cuyo horizonte se dibujaba la inculpación filicida al padre. No olvidemos la tragedia de Agamenón, en un segundo y decisivo plano, de aquellas escenas que tanto impactaron a Iris del film De un odio que fue amor. Tragedia que pone en escena la venganza de Clitemnestra, quien mata a su esposo Agamenón por haber sacrificado a su hija Ifigenia.

No es fácil situar de qué goce se trata en Raimunda, cuál es su posición subjetiva, y los virajes que en ella se fueron produciendo. Si un goce masoquista es posible que estuviera en juego en su vínculo conyugal, otro sería, podríamos conjeturar, aquel que la une a sus hijos. En un excelente texto, consagrado al estudio de la perversión en la mujer, Granoff y Perrier señalan –habida cuenta de haber transmitido sus reservas en cuanto a dicha posición subjetiva en la mujer– la particularidad de una posible perversión típicamente femenina.

Luego de analizar posiciones rayanas con la perversión, pero que no podríamos terminar de situar en ese sentido, como serían “la mujer que se convierte en fetiche para sí misma, […] como único modo de defensa contra una homosexualidad latente”, y una posición masoquista en la cual “su relación privilegiada con lo real de la ausencia fálica hace de la mujer la colaboradora complaciente del fantasma sadomasoquista que estructura el deseo del hombre contra la castración”, plantearán lo siguiente:

“Hay otras situaciones, en las que para la mujer, los señuelos sexuales típicos fallan en su misión de implantar la búsqueda del goce en los meandros en los que puede hallarse el placer. En efecto, algo no habrá seguido el camino recto que es aquí el del necesario desvío; y se abrirá una vía, un circuito más corto que será el de una perversión propia de la problemática femenina: en la relación más estrecha, la de maternidad, en donde habrá de manifestarse la corriente perversa”[104].

Es en esa relación de la madre con el niño, la más directa de todas las relaciones posibles, que ellos conjeturan una posible posición perversa en la mujer. Incluso una erotomanía materna podría presentarse como alternativa abierta a esta relación perversa que se organiza de manera privilegiada en torno a las actividades de la lactancia, como consecuencia del fracaso del complejo de castración en el atravesamiento edípico de la mujer, cuya perversión viene a florecer en la maternidad. Plantean un caso extremo de esta perversión en la figura judicial de la secuestradora de niños, acto impulsivo que emparenta esta perversión con la relación fetichista. En esta escisión del yo, “en el que una parte niega y otra construye un monumento a lo inevitable, el sujeto se esfuma”. La erotomanía le permitirá resurgir en la alienación delirante allí donde se escucha la certeza ciega de una afirmación, que referida al hijo, dice: “Yo lo soy todo para él” o “Me ama más que a nada en el mundo”. El niño como juguete, objeto real sobre el cual recaerá la pulsión, oral o anal, y “cuyo tinte sádico no hay que descuidar, aun cuando no estalla públicamente” en la sección policiales.

Borde difícil de diferenciar entre una locura maternal, tal como se presentaba en la madre de Christine Papin, o como podría también situarse en la madre de Margarita Anzieu, y esta perversión en la maternidad, que puede incluso lindar con la psicosis. Lacan, en su tesis, habla de la “perversión del instinto maternal con pulsión al filicidio”,[105] en relación a Margarita. Es cierto que no podríamos situar estas cuestiones de la madre de Iris sino desde la persecución delirante ya desencadenada en ella –la madre quiere matarla o enloquecerla, incluso envenenarla, según sus “indicios”, o en su delirio posterior–. ¿Pero acaso la madre no habló de su leche envenenada por los disgustos que el marido le hacía padecer? Lo cual, es cierto también, tampoco alcanza para asimilar la posición subjetiva de Raimunda a la de la Margarita, o a Margarita misma, o a Clémence. Así como tampoco la persecución que se instaura en relación al esposo termina de situarla como paranoica.

Veíamos en el delirio de reivindicación de Christine una respuesta, una objeción al delirio de celos de su madre, Clémence, y, consiguientemente, situábamos allí la folie à deux, que anudaba el delirio de una con el de la otra.

En Iris, escuchamos un eco de su reacción al goce materno incestuoso, de su objeción al mismo, en esa repugnancia a la que ella refiere recordar con nitidez, una vez caído el mito materno. ¿Recuerdo encubridor? O más bien nos evoca cuando Freud planteaba, en la proximidad de una construcción acertada, la emergencia en el sujeto de una escena que cobra el estatuto de una nitidez cuasi-alucinatoria. ¿No podríamos pensar, entonces, que la construcción delirante que lleva a cabo el trabajo de su psicosis, en ese esfuerzo de auto-elaboración que es el delirio, le permite la construcción –valga la redundancia– de este dique que sería la repugnancia frente al goce enloquecedor de esta madre? Dique que cobra fuerza desde esas imágenes de nitidez cuasi-alucinatoria, más que del improbable lugar de un recuerdo encubridor, como retorno de lo reprimido.

En apretada síntesis, y para concluir, diremos que el pasaje al acto no fue sin consecuencias decisivas en la posición no sólo de la hija, sino también de la madre. No es lo mismo permanecer sobre el borde de la no efectuación de una escena criminal, en el goce de esa inminencia al mismo tiempo improbable para ella, que haber visto –aunque esto fuera difícil de creer– pasar al acto a su hija en la certeza de aquella inminencia. Luego del acto parricida de su hija, Raimunda sigue, a través de sus escritos, en la pelea con Lumen, hablando a Iris como si el padre no hubiera muerto –y desde el mismo odio de siempre–, pero, además, sometida luego a la “locura agresiva” de Iris –según sus propias palabras–, como antes a la de su esposo. Iris ya no será, para esta madre, su buena y dócil hija.

Del parricidio, su lógica

El término parricidio jurídicamente tiene una extensión variable de acuerdo a los códigos penales de que se trate en los diferentes estados. Sin embargo, conviene dejar claro que nunca refiere sólo al padre, como se podría llegar a entender, sino que recae sobre todos aquellos con quienes se mantiene un lazo de parentesco directo, y a veces no tan directo.

Cuando Pierre Legendre, quien trabaja en el cruce del discurso jurídico y el psicoanalítico, habilita el término parricidio para ser retomado y pensado en el campo propiamente psicoanalítico, lo hará abordando y estableciendo una lógica del acto parricida, cuyo punto de partida radica, precisamente, en advertir contra toda banalización de la noción de homicidio del padre, “demasiado cercado por doctrinas que lo trivializan”[106]. Hemos puntuado en capítulos anteriores cuál es esta lógica, fundada ampliamente en el mito freudiano del asesinato del padre, el cual será desentrañado a partir de una lectura que extrae del mismo toda su complejidad y sus consecuencias. Resaltemos algunos puntos, en función de poner en consideración ciertos malentendidos.

Se argumenta –en el caso de Capurro y Nin– que, como habría dicho Lacan, “nadie tira contra su padre apuntando expresamente contra él”: Edipo no sabe que mata a su padre, es más, se aleja de su padre –adoptivo– “para no correr el riesgo de golpearlo”[107]; se dice también –de parte de otros autores que han comentado el texto Extraviada– que se trata de un pasaje al acto que “intencionalmente” no nombran como parricidio, sino hasta después de haberlo cometido, porque es en ese después que se instauraría el padre. Así, nos dice Adriana Bugacoff: “Si aceptáramos por un instante la idea de que el pasaje al acto de Iris es un parricidio, nos toparíamos con la evidencia casi grosera de que la temática de la filiación está presente. Sin embargo, lo singular es que Iris requiere del pasaje al acto (e intencionalmente, no lo nombro como parricidio) para constituir recién entonces un padre. Ésta es una de las caras del pasaje al acto: a través del acto se provee un padre”[108].

Ambas posturas apuntan, en sus argumentaciones, contra la lectura de este acto loco, protagonizado por Iris, en términos de parricidio, según la lógica planteada por Legendre. Sin embargo, ambas posturas, quizás la misma en definitiva, no dejan de argumentar, sin saberlo, en favor de lo que Legendre –según mi interpretación– articula como la lógica del parricidio. Destaquemos entonces estos dos puntos esenciales que él nos transmite:

1– No se apunta directamente contra el padre, la madre, la hermana, porque lo que en verdad está en juego es atacar la Referencia fundadora, en la imagen que fuera, que podría encontrar su representación en ese padre, en esa madre, en esa hermana o aún, en la Asamblea de Québec.

2– Se ataca la Referencia enferma. Esto es, la Referencia que obtura el lugar de Tercero que le sería consustancial, anulando de ese modo la función del padre simbólico. En su acto, dice Legendre, el parricida intenta restaurar el padre simbólico. En consecuencia, se entiende que si es esto lo que el acto parricida viene a restaurar, esto mismo nos dice que no hay padre sino por este acto. ¿Pero lo habrá por este acto?: he ahí la intrincada lógica del acto homicida, en tanto loco, que viene a dejar al sujeto en un callejón sin salida.

Es por ello, y no por otra razón, que Legendre restaura el término de parricidio para desentrañar la lógica de un tal acto. Loco, precisamente, porque no se puede intentar restaurar esta función Tercera de la Referencia fundadora y sostener este mismo acto desde una pretendida Autofundación. Es el callejón sin salida al que nos hemos referido largamente: en el acto parricida el sujeto sucumbe en la intención malograda de fundar un padre y con ello un lazo filiatorio. El parricidio funda un padre, siempre y cuando ese asesinato tiene lugar en lo simbólico y se sustenta en su fantasma, es decir, ya no en tanto acto loco. De lo contrario, si el mito parricida no es tomado en las redes de la metáfora paterna, sufrirá entonces el destino que en el delirio y/o en el pasaje al acto le espera. Este texto pretendió versar, precisamente, en cuanto a sus posibles consecuencias.

Al comienzo de este capítulo, nos preguntábamos por qué los autores borraban su propia letra, aquella que en una primera edición del texto aparecía en el título: Extraviada. Del parricidio al Delirio. En la segunda edición, sólo se titula: Extraviada. A nuestro modo de ver, no está a la altura de la riquísima investigación y de sus rigurosas argumentaciones, de las que nos proveen a lo largo del texto, el fundamento por el cual pretenden renunciar a la noción de parricidio, cuya lógica desentrañó Legendre. Así nos dicen: “El acto de Iris, al precipitarse y matar a este personaje que al parecer no sostuvo para ella la función paterna, no se inscribe como ‘asesinato-del-padre’, en el sentido freudiano. Su caracterización como parricidio se circunscribe a su sentido legal, que incluye por ejemplo también el asesinato de una madre. En consecuencia, evitaremos este término que no puede de ningún modo pretender nombrar psicoanalíticamente este crimen. Entonces, ¿qué pretendió Iris solucionar así, incluso sin saberlo?” [Las cursivas son nuestras]. Y en nota aclaran: “Por tal motivo esta segunda edición de Extraviada elimina el subtítulo de la primera”[109].

No queda claro a qué se refieren los autores cuando destierran el término “parricidio” por su no pertinencia, “en el sentido freudiano”, para nombrar este crimen. Iris, precisamente, ataca la Referencia –enferma– en la imagen de este padre, personificación para ella del crimen. Este padre que, por su posición subjetiva, se hace portador de esta representación del tirano doméstico, de aquel que obtura desde un tal lugar la función y la eficacia del padre simbólico. En ese sentido, el propio argumento de los autores viene a nuestro favor: no se tira directamente contra el padre, se ataca la imagen portadora de la Referencia –enferma–.

Que Iris haya pasado al acto según “el dictado materno” no deja sin efecto el nombrar a este acto como parricida, según nuestra lectura. Iris, del entorno familiar, es la única que podría haberlo realizado, señalan con toda pertinencia los autores. Iris está en las redes tanto de la locura paterna como de la materna, y no hay manera de separarse de esta madre sino haciendo efectivo ese crimen, propiciado sí por Raimunda, bajo el particular modo –y goce– de anunciar largamente la posibilidad de ser asesinada por su esposo. No es, o no sólo, matar para defender a la madre, sino la pretensión de fundar con ello un padre. No en vano, aunque no deje de arar en el mar, su delirio posterior al acto: allí aflora el odio hacia su madre, y, al mismo tiempo, alguna restitución del lazo filiatorio, al quedar ella situada, al igual que el padre, en términos de una “locura agresiva”. Allí donde restituir no es instituir, sino un intento –una vez más– malogrado de hacer un padre, de restaurar al padre en su función.

“Evitaremos este término” dicen los autores, “intencionalmente no utilizo el término parricidio” se dice en el otro artículo citado, no obstante, en uno y otro, el término reaparece, insiste, y resiste a su borradura. En la tercera edición del texto Extraviada, el título sufrirá una nueva modificación: Yo lo maté –nos dijo, es mi padre (Nueva escritura de Extraviada)[110].


  1. Capurro, R. y Nin, D., Extraviada, Edelp, Argentina, 1997, p. 296.
  2. Wagner decía ser responsable, pero no culpable, lo cual no implica vacilación subjetiva. Esto es: se atribuía la entera responsabilidad por los crímenes cometidos, pero las razones del mismo: por venganza hacia los habitantes de Mülhausen, y por compasión hacia sus hijos, arraigaban por completo en su certeza delirante de pertenencia a una estirpe enfermiza, respecto de la cual no se sentía culpable. Es por este sesgo que su posición no deja de revestir el carácter de la inocencia paranoicaa lo cual debemos agregar la persecución que sentía de los habitantes de dicho poblado–. No obstante esto último, en el reverso de esta paranoia cobraba fuerza su núcleo melancólico, en el cual abrevaba la convicción de una oscura culpa sexual, que él llamaba su “pecado de zoofilia”. Culpa que, a su vez, venía a confirmar la pertenencia a esa estirpe enfermiza, razón por la cual mata a su descendencia: para que no sufran como él, y como una misión con la humanidad –“hay que extirpar la mala hierba”–.
  3. Cf. Allouch, J., Margarite, Lacan la llamaba Aimée, Epeele, México, 1995, p. 442.
  4. Capurro, R., Nin, D., Extraviada, Edelp, Argentina, 1997, p. 37.
  5. Estas palabras las dice Raimunda, la madre de Iris, en su libro.
  6. Ibíd., p. 45.
  7. Ibíd., p. 46 y ss.
  8. Ibíd., p. 62.
  9. Ibíd., p. 177.
  10. Ibíd., p. 253.
  11. Ibíd., p. 257.
  12. Imperativo que hemos destacado ya en los casos precedentes.
  13. Ibíd., p. 56.
  14. Ibíd., p. 254.
  15. Ibíd., p.56.
  16. Ibíd., p. 58.
  17. Ibíd., p. 58.
  18. Ibíd., p. 57.
  19. Entre febrero y junio de 1936, son citados a comparecer otros testigos, cuyos testimonios, curiosamente, se centraron no sobre Iris, de cuyo juicio se trataba, sino sobre Lumen Cabezudo. Cf. Capurro, R. y Nin, D., Op. Cit., p. 80.
  20. Ibíd., p. 79.
  21. Escritos de Lumen Cabezudo, Edelp, Serie Documentos, Argentina, 1996, p. 19.
  22. Capurro, R. y Nin, D., Op. Cit., p. 74 y 75.
  23. Ibíd., p. 86.
  24. Ibíd., p. 130.
  25. Ibíd., p. 130.
  26. Ibíd., p. 67.
  27. Ibíd., p. 67.
  28. Ibíd., p. 68.
  29. Ibíd., p. 113.
  30. Ibíd., p. 114.
  31. Lo cual no excluye que Iris hubiera entendido, y sobre todo en el secreto compartido sólo con ella acerca del escondite del revólver, que su madre algo de esto le estuviera demandando: ¿cómo entender sino esa frase que ella le dice a la madre: “¿sabes?, creo que tampoco está bien matar en defensa propia. Frase que parece responder a una cierta demanda proveniente del Otro.
  32. Ibíd., p. 127.
  33. Ibíd., p. 161.
  34. Ibíd., p. 130.
  35. Ibíd., p. 297.
  36. Ibíd., p. 95.
  37. Ibíd., p. 207.
  38. Ibíd., p. 210.
  39. Ibíd., p. 261.
  40. Ibíd., p. 95.
  41. Ibíd., p. 273.
  42. Ibíd., p. 291.
  43. Allouch, J., Viltard, M., Porge, E., El doble crimen de la hermanas Papin, Epele, Méjico, 1995, p. 13. Este texto fue publicado en su primera edición bajo el heterónimo de Dupré, al cual por momentos aludo.
  44. Cf. Lacan, J., El problema del estilo y la concepción psiquiátrica de las formas paranoicas de la experiencia, en De las psicosis paranoica en sus relaciones con la Personalidad, Siglo Veintiuno Editores, México, 1976.
  45. Capurro, R. y Nin, D., Op. Cit., p. 297.
  46. Ibíd., p. 287.
  47. Ibíd., p. 290.
  48. Ibíd., p. 291.
  49. Ibíd., p. 295 y 296.
  50. Ibíd., p. 296.
  51. Ibíd., p. 305 y 306.
  52. Ibíd., p. 374.
  53. Ibíd., p. 369.
  54. Ibíd., p. 368.
  55. Cabe preguntarse si los autores de la fábrica del caso se suman a este acto de borrar, tanto como lo había hecho la primera construcción del caso jurídico-psiquiátrica –“objetivamente mató al padre, psicológicamente no”–, cuando dicen: “nadie tira directamente contra el padre”. ¿No borra esta afirmación la propia enunciación de Iris: “Tiré contra mi padre en el momento más terrible que habíamos vivido?”; al igual que ahora ella misma la borra al proclamarse mero instrumento del Otro.
  56. Ibíd., p. 329.
  57. Ibíd, p. 339. Los autores citan allí el texto de Jean Allouch, El discordio paranoico, donde se articula de modo preciso la función de la letra en la psicosis.
  58. Ibíd., p. 335-337.
  59. Ibíd., p. 301.
  60. Ibíd., p. 347.
  61. Ibíd., p. 335.
  62. Ibíd., p. 264.
  63. Ibíd., p. 327. La cita de RSI corresponde a la sesión del 8 de abril de 1975″.
  64. Ibíd., p. 301.
  65. Ibíd., p. 304.
  66. Ibíd., p. 303.
  67. Ibíd., p. 304.
  68. Ibíd., p. 305.
  69. Buck, Pearl S., La madre, Editorial Diana, Barcelona, 1949, p. 69.
  70. Ibíd., p. 305.
  71. Ibíd., p. 306 y 307.
  72. Ibíd., p. 311.
  73. Cf. Capurro, R. y Nin, D., Op. Cit., Anexo 6 La pampa de granito, p. 513.
  74. Ibíd., p. 362 y 363.
  75. Ibíd., p. 317.
  76. Ibíd., p. 321.
  77. Ibíd., p. 317.
  78. Recordemos que el padre había amenazado, en su última pelea, con el hecho de que iba a llevar el dormitorio al comedor. Allí, Iris siente que su padre daba un paso más y que la madre perdía terreno. Es cuando se decide a buscar el arma.
  79. Ibíd., p. 318.
  80. Ibíd., p. 425.
  81. Ibíd., p. 405.
  82. Lacan, J., “El problema de estilo…”, en De la psicosis paranoica en su relación con la personalidad, Siglo XXI, Buenos Aires, 1976, p. 337. Citado por Capurro, R. y Nin, D., Op. Cit., p. 405.
  83. Cfr. Capurro, R. y Nin, D., Op. Cit., p. 418.
  84. Ibíd., p. 396.
  85. Ibíd., p. 434 y ss.
  86. Ibíd., p. 387.
  87. Hemos interrogado, en capítulos precedentes, la relación entre el delirio y el pasaje al acto al retomar los casos de Wagner, Lortie, Pierre Rivière, las hermanas Papin. Recorrimos, en ese sentido, las articulaciones de Maleval y las de Allouch, Porge y Viltard, que en esencia no difieren en cuanto a este punto: mientras hay delirios que alejan del acto, como el de grandeza, los delirios de reivindicación y de celos llevan a él, empujan al acto. Se entiende que éstas serían variantes del delirio persecutorio, aunque, como bien señala Allouch este último es un carácter intrínseco a todo delirio.
  88. Ibíd., p. 384.
  89. Ibíd., p. 349.
  90. Ibíd., p. 349.
  91. Ibíd., p. 453.
  92. La pensión da título a uno de los temas tomados por Iris en sus escritos, con el fin de hacer saber sobre la locura materna, tema a la vez de unión y de confrontación: “Había otro tema de dinero, en el que yo no reparaba, pero que mamá tenía constantemente presente: la pensión. Mamá me habló mucho de la pensión; yo la oía siempre, pero sin entender por qué daba ella tanta importancia al tema. (Como yo daba por seguro y natural el que durante toda la vida le iba a entregar mi sueldo… y como además tenía la idea de no tener que cobrar yo pensión proveniente del sueldo de mi padre…).”
  93. No se dejaba explotar, agreguemos, como los hijos de la parábola “La pampa de granito”. Meollo de su delirio.
  94. La animadversión hacia los médicos fue desde siempre una cuestión familiar.
  95. Ibíd., p. 466.
  96. Ibíd., p. 475.
  97. Ibíd., p. 477.
  98. Lacan, J., La familia, Editorial Argonauta, Barcelona, 1978, p. 110.
  99. Lacan, J., Seminario 23 – El sinthome, Editorial Paidós, Argentina, 2006, p. 53.
  100. Cf. Allouch, J., “tres faciunt insaniam”, en El doble crimen de las hermanas Papin, Editorial Epeele, México, 1995, p. 301.
  101. Ibíd., p. 245.
  102. Ibíd., p. 483.
  103. Ibíd., p. 245.
  104. Cf. Granoff, W., Perrier, F., El problema de la perversión en la mujer y los ideales femeninos, Crítica, Barcelona, 1980, p. 78 y ss.
  105. Lacan, J., De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad, Siglo Veintiuno, México, 1976, p. 240, n. 14.
  106. Cf. Legendre, P., El crimen del cabo Lortie. Tratado sobre el Padre, Siglo Veintiuno, México, 1994, p. 108.
  107. Cf. Capurro, R. y Nin, D., Op. Cit., p. 227.
  108. Bugacoff, A., Iris Cabezudo: acerca del extravío, Laborde Editor, Rosario, 2000, p. 207.
  109. Capurro, R. y Nin, D., Op. Cit., p. 229.
  110. Texto cuya lectura aún no he realizado.


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