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José Emilio Pacheco y Octavio Paz:
dos miradas sobre el modernismo hispanoamericano

Ya en esta parte de la tesis hemos mencionado someramente cómo las intervenciones de José Emilio Pacheco sobre el modernismo mexicano y su inscripción en la tradición cultural latinoamericana se relacionan con las de su compatriota Octavio Paz, hacia quien demostró un destacado respeto[1]. La figura literaria e intelectual de Octavio Paz ha atravesado varios textos ensayísticos de José Emilio Pacheco, quien subraya, por un lado, el lugar sobresaliente que merece en el campo intelectual mexicano a partir de la segunda parte del siglo XX y, por otro lado, su notable e insoslayable protagonismo en la poesía a partir de la instauración de una escritura única, con acento nuevo y heredera de Contemporáneos, de Pablo Neruda y del grupo español de 1937 (1999: 22). De esta manera, Pacheco enmarca sus valoraciones y relecturas sobre la figura de Octavio Paz desde dos lugares de enunciación precisos: Octavio Paz como ensayista y como poeta. Desde esos dos espacios específicos, va urdiendo sus vínculos con una de las figuras emblemáticas de la literatura mexicana, cuya muerte “cerró simbólicamente la gran época de la poesía y la literatura hispanoamericana” (1999: 22). Pacheco advierte, además, la relevancia de Octavio Paz al incluirlo en una tradición literaria, donde se encuentran figuras notables como Jorge Luis Borges, José Lezama Lima, Alejo Carpentier y Juan José Arreola. La fecha clave de esta renovación poética es 1949, año de la publicación de Libertad bajo palabra, El Aleph, La fijeza, El reino de este mundo y Varia invención. Desde este punto de vista, no es desatinado pensar que esta labor de José Emilio Pacheco se funda desde una perspectiva similar a la que Arcadio Díaz Quiñones manifiesta en la introducción de su obra Sobre los principios. Los intelectuales caribeños y la tradición (2006). El crítico puertorriqueño centra su estudio en las relaciones que establecen los escritores e intelectuales con la tradición, qué significa pertenecer a ella, cómo se imagina una tradición y cómo se habla de ella y señala un aspecto sobresaliente respecto al campo literario moderno, ya que es allí donde se han producido tradiciones múltiples que giran alrededor de dos polos: conservar la tradición o liberarse de su peso. Los textos de José Emilio Pacheco dedicados a Octavio Paz pueden ser leídos a partir del primer polo, ya que el propósito de Pacheco es delimitar y, así, conservar, una tradición donde el autor de Ladera este es uno de sus referentes.

Si tenemos que establecer alguna hipótesis sobre esta mirada, podemos aventurarnos a decir que José Emilio Pacheco repara sobre ciertos aspectos de la obra de Paz y, particularmente, sobre la lectura que efectúa sobre la tradición latinoamericana, que coinciden con el derrotero intelectual que ha realizado el propio José Emilio Pacheco a lo largo de su carrera como ensayista y periodista cultural. Este se vale de sus textos ensayísticos para iniciar la búsqueda de una tradición que no se hereda tranquilamente, sino que involucra constantes revisiones, relecturas y donde las tensiones no son ajenas.

Uno de los puntos de partida de la revisión que efectúa Pacheco sobre la obra de Paz lo encontramos en la preocupación que aúna a ambos respecto al modernismo. En una carta que data el 27 de septiembre de 1965, Paz le escribe, desde Nueva Delhi, India, a su amigo (de este modo se refiere a José Emilio Pacheco) y el tema del intercambio es Jorge Cuesta, “una de las inteligencias más penetrantes que ha tenido México” (2003: 40). A pesar de reconocer el trabajo crítico de Cuesta, “Algunos de sus ensayos de crítica literaria son definitivos. Yo le debo muchísimo. Por ejemplo sin ‘El Clasicismo Mexicano’ yo no hubiera podido tener una idea clara de la historia de nuestra poesía” (2003: 40), Paz se distancia (y, de esta manera, se acercan los postulados de Pacheco y Paz) de la condena que manifestó el fundador de la revisa Examen hacia el modernismo. Esta posición, además, se complementa con el rescate de dos de los poetas que, también para Pacheco, pertenecen a los insoslayables de la corriente modernista: Ramón López Velarde y Juan José Tablada. En este punto, tanto Paz como Pacheco se distancian de quienes (Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña, por ejemplo), en lugar de manifestar interés por los poetas recién mencionados, impulsaron “la exaltación de González Martínez” (2003: 40)[2]. En este sentido, no podemos omitir que la entrada que José Emilio Pacheco le dedica a Ramón López Velarde en su Antología del modernismo se cierra con una cita de Octavio Paz, perteneciente al ensayo “El lenguaje de López Velarde”, incluido en Las peras del olmo (1957)[3]. Pacheco, de este modo, se reconoce en los dichos de Octavio Paz, en su perspectiva crítica y en el modo en que entiende la literatura mexicana. Esta operación de Pacheco la leemos no solamente como un gesto de reconocimiento a su maestro, sino como el deseo de parte de Pacheco de pertenecer a la tradición crítica que funda Octavio Paz desde la segunda mitad del siglo XX. Pacheco, al recuperar las intervenciones críticas de Paz, cercanas a las suyas, deja a la vista su interés por ser inscripto en la misma línea crítica de su maestro, aun cuando, por momentos, como veremos a continuación, también pretende trazar una perspectiva crítica propia. Es decir, Pacheco en este proceso de recuperación de la figura de Octavio Paz persigue la finalidad, como expresa Edward Said cuando reflexiona sobre la noción de beginnings, de forjar su propio lugar; un lugar que, por momentos, implica un acercamiento a Paz y, en otras oportunidades, un distanciamiento: “un comienzo establece inmediatamente relaciones con obras ya existentes, ya sean relaciones de continuidad, ya de antagonismo, o alguna mezcla de ambas” (Said, [1975] 1978: 3).

Ya subrayamos el interés de José Emilio Pacheco por Tablada y, más allá de las reservas aludidas que tiene sobre las posturas políticas del antecesor, lo reconoce como el poeta que “inició el modernismo en 1894 y la vanguardia en 1919” (1970: 32). Este rescate de Tablada, por su parte, acuerda con el que impulsó Octavio Paz a partir de la publicación de su ensayo “Estela de José Tablada”, incluido en Las peras del olmo[4]. Sin embargo, es necesario mencionar que en la misma antología dedicada al modernismo mexicano, José Emilio Pacheco se distancia de lo expresado por Paz sobre Tablada; indica como una injusticia la caracterización de los primeros poemas de Tablada como “muebles para el museo de época” (1970: 31). Paz, en palabras de Pacheco, al calificar la estética de Tablada de esta manera, no reconoce la destreza técnica que se manifiesta en la primera etapa poética del autor de Al sol y bajo la luna (1918). Este sutil distanciamiento que Pacheco sostiene no implica una marcada disidencia con Paz, sino que lo entendemos, como adelantamos, como el interés del propio Pacheco por trazar y configurar una voz crítica propia; un gesto que, indefectiblemente, incluye también sus reservas respecto a la tradición de la ruptura defendida por Octavio Paz en Los hijos del limo (1974). Pacheco cierra la introducción de su antología sobre el modernismo con una cita de Paz y, particularmente, resalta su posición respecto este movimiento y la tradición: “Tradición de la ruptura llama Octavio Paz a la que funda el modernismo. Prefiero decir tradición de la imposibilidad del discípulo, de la obra abierta a todos los logros del pasado y a la poesía de todos los idiomas” (1970: 51). Como podemos observar, se trata de un sutil desacuerdo porque el verbo “prefiero” indica un distanciamiento parcial que no supone una objeción o negación de lo dicho por Paz. Ambos coinciden, de hecho, en la novedad idiomática del modernismo que se plasma no en el reflejo de la poesía moderna europea, sino en su apropiación y asimilación, acompañada de una afirmación de la identidad y la sensibilidad americanas. A su vez, ambos intelectuales coinciden en señalar que la operación de sintetizar y asimilar tendencias literarias, propia del modernismo, tuvo un único antecedente en la literatura mexicana en la figura de sor Juana Inés de la Cruz.

Mientras Pacheco ubica al modernismo en una línea que traza continuidades, Paz piensa esta estética como interrupción, como ruptura, es decir, como la irrupción de una nueva tradición que, a diferencia del Romanticismo latinoamericano, exalta el cambio y lo convierte en su fundamento[5]:

El modernismo fue la respuesta al positivismo, la crítica de la sensibilidad y el corazón –también de los nervios– al empirismo y el cientismo positivista. En este sentido su función histórica fue semejante a la de la reacción romántica en el alba del siglo XIX. El modernismo fue nuestro verdadero romanticismo y, como en el caso del simbolismo francés, su versión no fue una repetición, sino una metáfora: otro romanticismo (Paz, [1974] 1990: 128).

La operación de Pacheco, pensamos, es distanciarse de la tesis de Paz valiéndose de su misma figura. El análisis de la poética de Paz le sirve al propio Pacheco para “refutar” a su maestro y, así, fundar, inventar, en los términos de Eric Hobsbawm, una tradición que implica una continuidad con el pasado ([1983] 2002: 8). La obra de Paz plasma esa continuidad defendida por Pacheco; es el ejemplo de que sin continuidades y reciprocidades, no existe tradición; y su obra es producto de esas continuidades:

Una página bien escrita como cada una de ¿Águila o sol? no es un milagro del genio de su autor sino la porción visible de una cadena que se originó mucho tiempo atrás y continuará indefinidamente. La desidia y las pocas ganas de leer nos han hecho tragarnos una historia golpista de la literatura: “Contemporáneos reacciona contra el modernismo; Taller reacciona contra Contemporáneos”. Ese pinochetismo literario excluye toda complejidad y todos los matices de la dialéctica entre lo viejo y lo nuevo. Para producir ¿Águila o sol? nuestra literatura necesitó la aparición de la “escritura artística” en las crónicas de los modernistas, la transformación de la crónica en poema en prosa gracias a López Velarde, la infusión de ensayismo inglés con que Henríquez Ureña frenó, lápiz en mano, la mexicana tendencia barroca de sus discípulos Reyes, Guzmán y Torri (el primero que emplea el término “poemas” para referirse a sus prosas) y los experimentos de Luis Cardoza y Aragón y Gilberto Owen (Pacheco, 1984: s.p.).

En los diferentes textos que José Emilio Pacheco le dedica a Paz es notable cómo su interés se dirige a reformular ciertas ideas, de algún modo estancas, acerca del panorama de la literatura mexicana. Tal es el caso del artículo que publicó en el número 393 de Proceso, dedicado a ¿Águila o sol? y donde el punto de partida es la revisión del presupuesto sobre la presencia de un “panorama yermo” (Pacheco, 1984: s.p.) en las letras de su país. Pacheco, ubicado, como él dice, en un aquí y ahora, emprende la labor de refutar esta injustica a partir de la revisión de los libros publicados entre 1949 y 1984 y donde la presencia de Paz se destaca. ¿Cuál es la situación con la que se encuentra luego de proponer esta relectura? Pues con una mirada totalmente opuesta, diferente al acta de defunción que José Luis Martínez, citado por Pacheco, había pronunciado para las letras del país[6]. Nuestro autor presenta, mediante la refutación a sus colegas, dicho período como “el más rico en nuestra historia literaria” (Pacheco, 1984: s.p.). Paz inicia la fructífera época de las letras mexicanas a partir de la publicación de Libertad bajo palabra que coincide, además, con el nacimiento de “México en la cultura”, un espacio cultural coordinado por Fernando Benítez donde, como ya hemos dicho, Pacheco participó como secretario de redacción desde el 26 de diciembre de 1960 hasta el 11 de diciembre de 1961 (desde el número 615 hasta el número 665). Una nueva oportunidad tiene Pacheco para refutar a Martínez, en este caso, a partir de lo que dijo este crítico en otro de sus trabajos, incluido en Problemas literarios (1955). En esta ocasión había aseverado que a Octavio Paz le quedaban, a partir de 1949, solamente diez años para escribir sus obras más relevantes, ya que luego entraría “en la sombra y esperar la muerte sentado en un sillón académico” (Pacheco, 1984: s.p.).

Pacheco ubica a Octavio Paz en un lugar central en la tradición de la poesía del siglo XX que, además, se complementa con su tarea de traductor porque, junto con Jaime García Terrés, normalizaron esta práctica mediante revistas y suplementos. La actividad como traductor, afirma Pacheco, se vincula con la del poeta porque esta labor “es la manera más atenta de leer un poema y la mejor forma de ejercitarse en la versificación de la disciplina mecanizadora de intentar escribir algo nuevo todos los días” (2002: 20). Octavio Paz es ineludible en la tradición de José Emilio Pacheco. Su presencia es tan significativa como la de otra figura que Pacheco no deja de encumbrar: la de Rubén Darío. Paz y Darío son leídos desde el mismo lugar de enaltecimiento, y sus obras se actualizan en cada lectura. Si bien, como ya hemos dicho, Darío, en la interpretación de Pacheco, no es todo el modernismo, volver sobre él es lo que le permite justificar su tradición de la continuidad. Paz, como Darío, diversificaron la lengua española a través de la apropiación de elementos de otras estéticas: el surrealismo, en el caso de Paz, y el parnasianismo y el simbolismo, en Darío.


  1. El 23 de abril, después de recibir el Premio Cervantes e inaugurar la decimocuarta edición de la Lectura Continuada del Quijote, José Emilio Pacheco mantuvo un encuentro con alumnos de diferentes colegios secundarios. En esa oportunidad, recordó su vínculo con Octavio Paz y expresó: “De todos los textos que me han influido, puedo recordar dos de Octavio Paz vinculados a fechas muy precisas: Piedra de sol, que apareció en el verano de 1957, y La estación violenta a mi juicio el mejor libro de Paz–, que se publicó en otoño de 1958. He leído este último muchas veces. En ese sentido soy muy leal. Generalmente uno tiene sus grandes admiraciones de adolescencia que resultan decepcionantes cuando, años después, se releen. En cambio, los libros de Octavio Paz me siguen pareciendo una maravilla. La convivencia y la amistad con él fue estimulante y un gran privilegio, aunque era una persona sumamente difícil, como supongo que son todos los escritores. Estoy seguro de que si yo hubiera sido argentino o chileno habría tenido problemas con Borges o con Neruda. Mi relación con Paz atravesó periodos sumamente malos, pero, por fortuna o por tristeza, en los últimos tiempos fue muy afectuosa y cercana” (2010: 4-5).
  2. Ya Paz en el prólogo a Poesía en movimiento, perteneciente a 1966, había resaltado esta falta de comprensión por parte de un escritor admirable, Alfonso Reyes, y por un crítico eminente, Pedro Henríquez Ureña, hacia los poemas de Tablada (1966: 13).
  3. La cita dice: “ingenua o limitada, nada impide que veamos en ella algo que aún sus sucesores no han realizado completamente: la búsqueda, y el hallazgo, de lo universal a través de lo genuino y lo propio. La herencia de López Velarde es ardua: invención y lealtad a su tiempo y su pueblo, esto es, una universalidad que no nos traicione y una fidelidad que no nos aísle ni ahogue. Y si es cierto que no es posible regresar a la poesía de López Velarde, también lo es que ese regreso es imposible precisamente porque ella constituye nuestro único punto de partida” (1970: 132).
  4. “Estela de José Juan Tablada” corresponde a un ensayo que Octavio Paz escribió para homenajear al poeta recién fallecido en Nueva York. Se publicó en el año 1945 en el número 16 de Letras de México y, luego, fue incorporado también a Las peras del olmo.
  5. En el ya mencionado prólogo a la antología Poesía en movimiento, Paz expresa su afinidad por la tradición de la ruptura al aseverar: “No repetición sino inauguración, ruptura y no continuidad. La tradición moderna es la tradición de la ruptura. Ilusoria o no, esta idea enciende al joven Rubén Darío y lo lleva a proclamar una estética nueva. El segundo gran movimiento del siglo se inicia también como ruptura: Huidobro y los ultraístas niegan con violencia el pasado inmediato” (1966: 5). Desde aquí, además, podemos entender algunas tensiones que tuvieron Paz y Pacheco al momento de definir qué poetas y qué poemas incluir en dicha antología. Cartas cruzadas, Octavio Paz/Arnaldo Orfila (2005) es un libro que reúne la correspondencia sostenida por el ensayista mexicano y el editor argentino entre el 18 de junio de 1965 y el 24 de diciembre de 1970 y, entre otros temas, aborda la organización y edición de Poesía en movimiento. Como afirma Jaime Labastida en el prólogo de dicha publicación (2005: 8), las cartas son testimonios de las pugnas y el encono intelectual entre Pacheco y Paz por la perspectiva estética que deseaban darle a la selección de textos. Orfila actúa como mediador e intenta conciliar las perspectivas disímiles, por eso, en varias oportunidades, trata de convencer a Paz que, por ningún motivo, abandone el trabajo: “Créame que para todos sería una gran contrariedad que usted no continuara en la primera idea de participar principalmente en este proyecto que pensamos que es muy importante y que deseamos llevar a la práctica lo antes posible. Si usted no participara, el proyecto se desmoronaría” (2005: 37).
  6. Dice Pacheco, citando a Martínez: “José Luis Martínez, el crítico más joven y combativo de entonces, había calificado de ‘letárgica’ la situación de la literatura mexicana en 1948. Los impulsos y las tendencias que la animaron en los años anteriores a 1940 ‘han sido agotados y su vigencia ha concluido: ningún otro camino, ninguna otra empresa suficientemente incitantes han tomado su lugar; no han surgido personalidades literarias de fuerza creadora y, frente a esta escena cada vez más vacía, todos los elementos exteriores parecen confabulados cuando su actitud no es más que una consecuencia de aquella carencia’” (1984: s.p.).


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