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2 La arquitectura como saber productivo

El aprendizaje del proyecto tiene sentido en la acción, no es una mera acumulación o colección de conocimiento teórico. Es la construcción de un abordaje integrado, que debe efectuarse a partir de la resolución de problemas. No es un saber abstracto, se aprende en la acción concreta, adquiriendo y ejerciendo el “saber hacer”, que implica el “saber en el hacer”. Una construcción del conocimiento que no debe estar exenta de la práctica que lo pone en acto. Es un saber que se adquiere y se perfecciona en el hacer utilizando significativamente los instrumentos específicos del trabajo proyectual.

No se aprende a proyectar con diagramas de pizarrón o con mapas conceptuales. Aquello que se considera necesario saber para un buen aprendizaje solo puede especificarse en función del logro de un trabajo proyectual. Es necesario poner de manifiesto que existe una compleja interdependencia entre conocimiento y acción proyectual.

Al respecto, Ludovico Quaroni, al referirse a la acción proyectual, habla de “una fuerza no descriptible, pudiendo solo conocerla, cada uno de nosotros, precisamente proyectando, entrando directamente, al hacer arquitectura, en lo vivo de la arquitectura misma, de la arquitectura en estado naciente: único modo de acercarse, para conocer y aprender, la realidad íntima de la proyectación”.[1]

Es necesario distinguir entre saber arquitectura y saber proyectar. Se puede afirmar que saber arquitectura no implica saber proyectar, pero queda claro que no se puede proyectar sin saber arquitectura.

Por ello, ejercer el proyecto es algo más que aprender arquitectura; es adquirir la teoría y la técnica de un saber hacer, extraordinariamente productivo. No se trata de un saber teórico, analítico, discursivo, que concluye en sí mismo, sino de un conocimiento para producir y por lo tanto para ser ejercido.

La actividad proyectual tiene como destino producir proyectos, pero sería limitado y reductivo si no se entendiera que estas realizaciones son básicamente “producciones de conocimiento proyectual”. El verdadero aprendizaje que deja esta acción proyectual no es lo que produce en lo inmediato, un determinado proyecto arquitectónico, sino el conocimiento que se adquiere a través de su práctica.

Si no somos capaces de ver en nuestros proyectos de arquitectura una perspectiva de otros proyectos es que en realidad no hemos adquirido una formación en la disciplina.

FNB

Cada proyecto se constituye en un escalón de futuros proyectos, porque cada experiencia proyectual habilita a nuevos desafíos y brinda las bases a posteriores acciones, las que aportarán consecuentemente nuevos saberes, nuevos conocimientos.

De poco serviría la insistente práctica proyectual si no tuviera esta capacidad de conformar un acervo de conocimientos teórico-prácticos que capacite para actuar en próximos desafíos. Pero estos saberes no se congelan, porque desde el hacer, constantemente se replantean y transforman.

El ejercicio de esta práctica demanda una insoslayable actividad reflexiva sobre la arquitectura, por ello la producción concreta y la reflexión teórica son los pilares que debe promover toda práctica proyectual. Esto tiene mucha importancia en los procesos de aprendizaje, particularmente en los momentos de corrección, donde el avance del trabajo debe hacerse desde una fundamentación conceptual, de modo que aprender a proyectar es una tarea que no puede eludir el conocimiento y la reflexión sobre la arquitectura.

Pablo Fernández Lorenzo[2] considera indispensable someter las correcciones del trabajo a una crítica exhaustiva, analizar ventajas y alternativas. Los procesos de correcciones se convierten en una instancia propicia para la reflexión, en la que no se debe juzgar al autor, sino debatir el trabajo: un momento para aprender a pensar.

Se debe concluir entonces que realizar una actividad proyectual consistente significará adquirir mayor acopio de conocimientos y desarrollar pertinentes destrezas; afianzar y consolidar el saber arquitectónico y dominar con pericia sus operaciones de producción.

Si en la actividad proyectual se genera una producción concreta y específica donde se realizan operaciones, estas operaciones tienen normas y toda norma tiene su justificación.

No hay práctica sin producciones, ni hay producción sin operaciones.

No hay práctica sin normatividad, ni hay norma sin justificación.

No hay operatividad productiva ni normatividad justificada sin efecto de significación.

Roberto Doberti[3]

Desde esta posición es imprescindible fijar los conceptos fundantes de la actividad proyectual, conceptos que constituyen las bases de toda reflexión y son las claves que permiten “colocar el trabajo en la disciplina” bajo consignas arquitectónicas, tener una clara comunicación interpersonal y superar el problema propuesto por Javier Seguí de la Riva:[4] “Quizás mientras no podamos describir o nombrar con palabras las operaciones que hacemos con dibujos o maquetas no será posible que tengamos conciencia de lo que hacemos cuando proyectamos”.

Estas definiciones son básicas, no solo porque conforman los conceptos que deben incorporar los alumnos de los cursos del ciclo básico, sino además porque son fundantes de todo trabajo arquitectónico; sin ellas la dinámica de actuación no tiene rumbo, viaja a la deriva. Por lo tanto, es imprescindible clarificar estos conceptos y desde ellos definir la carta de navegación de la acción proyectual. La finalidad de estas definiciones es centrar específicamente el trabajo en el proyecto tantas veces distorsionado y abstraído de reales preocupaciones disciplinares.

Noción de proyecto

Se define la noción de proyecto como la conjunción de todos los ejes conceptuales que incluye la disciplina: morfológico, distributivo, materialidad, adecuación al sitio, clima, etc., articulados recíproca y significativamente. Se considera que los aspectos que intervienen en la definición se integran de manera tal que cada uno de ellos es relevante, preeminente y substancial para con los otros.

Solo desde la noción de proyecto es posible alcanzar un consistente reconocimiento de una propuesta o una legítima valoración arquitectónica de una obra: su “intención de ser” en tanto arquitectura. Es decir que, desde la noción de proyecto, se puede establecer si una propuesta o una obra se instala en el marco disciplinar.

Como bien dice Javier de la Riva basándose en el pensamiento de J. A. Marina y en el de B. Berenison, “un proyecto es una irrealidad que va a tomar el control del comportamiento, asumiendo el papel de deseo, meta, fin u objetivo que se pretende lograr. Por eso es imposible separar la noción de proyecto de la de comportamiento en sentido genérico y de la acción en sentido específico”.

Ecuación proyectual

La ecuación proyectual significa una aproximación mayor a la concreción del proyecto o al reconocimiento del objeto arquitectónico, en tanto implica establecer las relaciones pertinentes, ajustadas, entre todos y cada uno de los ejes conceptuales a considerar. Se determinarán las estructuras relacionales entre ellos, estableciendo vínculos tales que se intersignifiquen mutuamente dejando fuera todo indicio de simple sumatoria.

Mientras que la noción de proyecto tiene un carácter genérico e inclusivo, la ecuación proyectual es, en cada caso particular, exclusiva. Cada obra, cada proyecto, construye una ecuación específica, en tanto articula su propia estructura de los ejes de significación puestos en juego: la diferente imbricación recíproca y el particular tratamiento de estos ejes constituyen la formulación que cada proyecto encarna.

La ecuación proyectual, por lo tanto, es la que construye las diversidades posibles en la conjunción estructural de aquellos ejes esenciales que la atraviesan. Son en definitiva articulaciones internas de los aspectos proyectuales que determinan y signan el producto.

Pero es necesario advertir que esta conjunción de factores no es arbitraria ni aleatoria; por el contrario, es una acción meditada e intencional que el arquitecto realiza para poner en acto una idea fundante del proyecto, la que selecciona, califica, dosifica y vincula los factores que lo componen.

Para que estas cuestiones sean reconocibles, es necesario considerar, como el Arq. A. Campo Baeza, que lo que los arquitectos hacemos es construir ideas.

Ideas arquitectónicas

Se definen las ideas arquitectónicas como propósitos e intenciones proyectuales, aspiraciones o pensamientos que guían al proyecto. Son la síntesis de las grandes líneas de trabajo proyectual.

Indagar sobre el futuro de la arquitectura será una labor de prospectiva sobre las ideas que harán posible ese futuro y sobre los hombres capaces de alumbrarlas.

Alberto Campo Baeza[5]

Un trabajo carente de ideas arquitectónicas nunca podrá aspirar a integrar el campo disciplinar, como así tampoco no es posible comprender una obra o un proyecto sin conocer las ideas arquitectónicas que subyacen en ellos. Por esto, de forma justificada, Campo Baeza señala: “Architectura sine idea nulla Architectura est”.

Debe quedar en claro que no se trata de ideas vagas, caprichosas, sino de los verdaderos, consistentes, conceptos arquitectónicos fundantes del proyecto. “El olvido de la razón, la falta de razones, la ausencia de una idea coherente, capaz de generarla y de sustentarla, hace que la arquitectura sea a veces, tantas veces, monstruosa”.[6]

Programa arquitectónico

El programa arquitectónico constituye las bases conceptuales que el arquitecto establece desde la disciplina, de modo que funcionen como un tamiz para dar sentido y orientación al programa “funcional” o conjunto de requerimientos y demandas externas. Estas solicitaciones o demandas deben ser reconsideradas desde el programa arquitectónico, y de este modo, podrán ingresar a la dinámica proyectual.

El arquitecto califica y posiciona el programa de solicitaciones que configura el encargo, y es primordial que estas demandas sean instaladas en y desde la arquitectura. El programa arquitectónico aportará valores y sentidos que serán fundacionales para el desarrollo del proyecto y conformará una hoja de ruta, una orientación, para encaminar la dinámica proyectual.

Una mirada reflexiva revela una necesidad donde antes no existía; el programa arquitectónico está siempre enlazado con la interpretación y el desciframiento de necesidades y aspiraciones diagnosticadas por el experto. Se constituye de acuerdo a intenciones arquitectónicas que serán la génesis, el origen, el impulso que pone en marcha una “propuesta”, no solo una respuesta inmediata a las demandas.

Pero es necesario estar alerta en cuanto a estas intenciones. Le Cobusier lo expresa de modo magnífico: “Solo se puede contar con objetivos accesibles al ojo, con intenciones que utilizan los elementos de la arquitectura, si se cuenta con intenciones que no forman parte del lenguaje de la arquitectura, se llega a la ilusión de los planes”.[7]

Desde esta perspectiva, a partir de la relación entre el programa de necesidades que el arquitecto recibe y el programa arquitectónico que propone para desarrollar su proyecto, podemos establecer algunas cuestiones que en la vida profesional vinculan al arquitecto con aquellos que le demandan su trabajo.

Existe una línea de pensamiento que supone la no interferencia del arquitecto en la demanda del cliente, que en la práctica se traduciría en una absoluta sumisión del profesional. Esta, que en principio aparentaría ser una postura correcta, debe ser analizada rigurosamente. La verdadera y responsable actitud profesional no es la de obediencia ciega, sino aquella que brinda perspectivas y soluciones que muchas veces no se vislumbran en las solicitudes iniciales. El arquitecto debe brindar conocimientos y sugerencias que aporten verdaderos valores al proyecto en un marco de respeto y acuerdo con las necesidades que le plantean.

Tomás Powell, en un agudo artículo,[8] nos ilustra estas cuestiones con su comentario sobre una obra: Marabajo en La Pedrera, Uruguay, del arquitecto rosarino Nicolás Campodónico. Para ello recurre a la versión invertida de la expresión popular que utiliza Jorge Sarquis: liebre por gato.

La versión original (gato por liebre) supone una estafa al cliente, que recibe un producto de inferior calidad que la prometida o esperada. Los arquitectos (los buenos arquitectos), dice Sarquis, suelen (o pretenden) dar más de los que se les pide, al mismo precio. Es decir, que frente a un encargo cualquiera, además de satisfacer una serie de determinaciones externas, un buen arquitecto constituye relaciones, funcionales y materiales internas, propias de la obra y de su visión de la disciplina, que trascienden la resolución del problema práctico concreto que suponen el programa, el lugar, las restricciones económicas y/o constructivas de cada caso y determinan finalmente la calidad del edificio como obra de arquitectura.

Esta revisión del encargo desde el programa arquitectónico es imprescindible para desarrollar el proyecto, y requiere para su formulación experiencia y responsabilidad, solvencia y prudencia. No debe confundirse este programa arquitectónico con una suerte de endulcoramiento de estos requerimientos; no se trata de “enriquecerlos”, sino de posicionar los datos recibidos desde la disciplina, que es una operación muy diferente.

Verónica Fiorini, en su artículo “Acerca del método”,[9] recurre a la raíz etimológica de la palabra programa: “Deriva del latín programma y ésta del griego prográpho, ‘anunciar por escrito’” (y/o gráficamente, podríamos ampliar). Así, el programa se presenta como una declaración previa de lo que se piensa hacer, y en el campo del diseño, programar estaría ligado a “poner en escena la multiplicidad de condiciones propias del objeto y su entorno”. En base a esto, logramos indicar que el programa arquitectónico se constituye en enunciados que orientan y definen el modo en que el proyecto “pone en escena disciplinar” al programa de requerimientos.

Por lo general, el programa de requerimientos deviene en demandas que débilmente señalan verdaderas preocupaciones de la disciplina. Pero el programa arquitectónico establece condiciones específicas que conformarán el posicionamiento del arquitecto frente a la propuesta, posicionamiento que al trazar el acceso a su trabajo en el proyecto, le permitirá plantear, construir y perfeccionar la estrategia proyectual.

Estrategias proyectuales

Las estrategias proyectuales, dentro de la cultura arquitectónica, son instrumentos conceptuales en tanto se construyen sobre ideas arquitectónicas, y a la vez, herramientas operativas en tanto ellas posibilitan elaborar el proyecto, ponerlo en acto, conducirlo en el momento propositivo; como así también son las llaves que permiten analizar proyectualmente (de manera significativa) una obra revelando su contenido arquitectónico.

Estas estrategias involucran en su constitución diversos aspectos de la arquitectura, encierran en sí mismas múltiples conceptos arquitectónicos e implican decisiones morfológicas, distributivas y de materialidad a distintas escalas, desde la relación con el sitio hasta los detalles constructivos. A partir de las estrategias, es posible concebir y armar el espacio, la forma y la estructura del proyecto. Respecto de la ecuación proyectual, la estrategia avanza al proponer una espacialización más definida y crea pistas para el desarrollo de la actuación proyectual.

Para cada situación de vida se recurre a estrategias: para trabar una relación personal en el mundo social, para ganar una batalla en el campo militar, para promover un aumento de ventas en la esfera comercial o para ganar un partido en el terreno deportivo. Poco éxito es esperable si en cada uno de estos ámbitos se carecen de las estrategias pertinentes.

Para un arquitecto, contar con estrategias significa estar provisto de las armas para enfrentar las acciones que involucran su específico trabajo propositivo. Lograr el dominio de estrategias proyectuales supone la adquisición de habilidades y exige aptitudes para hallar los caminos que conducen a la propuesta. Con este bagaje resultará más fácil encontrar el proyecto. Una de las propiedades más importantes de las estrategias es la de condensar los distintos aspectos que el proyecto demanda.

Las estrategias funcionarán como una trastienda, un recurso que permite actuar con acciones previsibles. Por lo general, los buenos estrategas resultan ser los más astutos en el campo de acción, conocen las distintas alternativas disponibles, saben utilizarlas de manera apropiada y por ello pueden actuar con rapidez y eficiencia utilizando tácticas adecuadas.

Conocer una estrategia no es conocer una solución estanca, formalizada. Las estrategias no son modelos acabados y completos, sino configuraciones latentes; son instrumentos que nos habilitan alternativas esclarecedoras y facilitan nuestra búsqueda. Para la labor docente, no se trata solo de disponer de un conjunto de estrategias proyectuales previas, sino de tener competencia para construirlas y ayudar a generarlas. Por ello es pedagógicamente oportuno tener la capacidad de orientar la producción de pre-formas operativas abiertas y potenciales que deben ser completadas y definidas en el transcurso del propio trabajo proyectual.

Resulta imprescindible reconocer las propiedades de las estrategias proyectuales. Ellas están en un nivel superior a la noción de proyecto, por su nivel de abstracción genérico, y son útiles tanto para analizar como para proyectar.

Frente al proyecto que es concreto, las estrategias se postulan como generalizaciones. Pertenecen a un pensamiento proyectual superior, por su rango abstracto son esquemas mentales para llevar a cabo un plan para resolver un problema. Son condensaciones, destiladas por la experiencia para resolver problemas de arquitectura. Son mucho más que el caso particular que se aborda, ya sea este un trabajo analítico o una propuesta.

La noción de proyecto lleva de suyo la presencia significativa del conjunto de variables de la arquitectura, de ejes de significación; el proyecto es la puesta en juego de una determinada estrategia estructurante de ellas. Las estrategias ordenan los procedimientos proyectuales, pero su selección demanda destreza para adecuarse al sitio, acordar la expresión de la obra, elegir una articulación de volúmenes, esclarecer la sistematización estructural, etc. Por lo tanto, una estrategia proyectual resultará más positiva cuando mayor sea la cantidad de aspectos arquitectónicos que involucre, y de forma inversa, menos útil y hasta peligrosamente inadecuada cuando solo atienda un rango pequeño de variables o relegue a un conjunto de ellas.

Cada estrategia lleva en sí –compendia– distintas posibilidades de desarrollo. Adoptando una apropiada estrategia, el proyecto encuentra su rumbo, define la trayectoria del proceso proyectual al establecer las bases y los fundamentos arquitectónicos.

Con estas estrategias no se parte de cero en cada proyecto. Son ideas básicas genéricas que tienen sustento en experiencias concretas, no son pensamientos vagos indefinidos. Son elementos del conocimiento que nos permiten realizar actos cognitivos como percepciones, interpretaciones y acciones proyectuales.

Se convierten, una vez adquiridas, en estructuras organizadoras de nuestra experiencia y percepción, de modo tal que es imposible dejar de verlas al recorrer o analizar una obra. Contienen en sí información, incluyen interrelaciones, comportamientos de las partes con respecto a otras partes y con respecto al todo, pero no las relaciones completas ni su particular cualidad y carácter. Median y regulan los procesos de actuación proyectuales. Involucran procedimientos intencionales, pertenecen al ámbito del saber hacer. Ellas se pueden concebir, al menos en parte, como guiones casi de naturaleza narrativa, como representaciones mentales esquemáticas que se adquieren en base a experiencias. Las llamadas grandes obras maestras de la arquitectura no son sino ejemplos excelentes de puesta en acto de elocuentes estrategias proyectuales.

Resulta imprescindible también reconocer sus potencialidades operativas. Las estrategias proyectuales sirven de andamiaje para futuros proyectos, ayudan a construirlos y como todo armazón tienen huecos que van a ser completados por la contingencia del hacer en el contexto. Son estructuras, ordenaciones, disposiciones de datos hipotéticos; constituyen un conocimiento almacenado pero no estático ni monolítico. Poseen un carácter complejo, múltiple y cuya puesta en acto no es una gestión lineal.

Se debe reflexionar sobre la utilidad de estos instrumentos. Como ya se ha señalado, son herramientas conceptuales a las que se acude en el momento de afrontar el proyecto. Ellas constituyen la clave del “saber hacer”. Median entre las intenciones y los resultados, entre los propósitos y la obra. Como en el juego de ajedrez, se pueden tener estrategias precisas pero las partidas pueden ser infinitas. Establecen un plano de generalización del accionar proyectual y rigen a las operaciones con las que se elabora el proyecto.

Ya se ha indicado que las estrategias proyectuales son instrumentos válidos tanto para la acción proyectual como para la acción analítica. Si no disponemos de un bagaje de estrategias y de la capacidad de construirlas, sería imposible proyectar, habría que empezar desde la nada o recorrer un camino incierto.

La práctica de lecturas de proyectos y obras existentes es el modo de comprenderlos arquitectónicamente, y en su síntesis, recuperar las estrategias que se constituirán en nuestro bagaje, en herramientas de trabajo.

El aprendizaje de estrategias proyectuales y de lecturas proyectuales conlleva una adquisición simultánea desde experiencias recíprocas. Esto puede explicase con la opinión de Ch. Keller y J. D. Keller,[10] al referirse a este tipo de aprendizaje en el hacer: “El conocimiento es al mismo tiempo un requisito y una consecuencia de la acción, y análogamente, la acción es un requisito previo y una consecuencia del conocimiento”.

Se puede decir que el conocimiento de estrategias proyectuales es al mismo tiempo un requisito y una consecuencia de las lecturas proyectuales; y en forma análoga, la lectura proyectual es requisito previo y consecuencia del conocimiento de estas estrategias proyectuales.

Son las herramientas a las que recurrimos durante el proceso proyectual para construir arquitectónicamente la propuesta de diseño. Es así como el arquitecto, sometido a las múltiples demandas en su accionar, encuentra en las estrategias bien elegidas el mejor instrumento de trabajo para “instalar” la propuesta en la dinámica proyectual.

Dado que estas herramientas no constituyen un acervo natural sino que se adquieren, es importante reconocer que para realizar un adecuado proceso de apropiación se requiere reconocerlas en obras y proyectos arquitectónicos.

No existe para el alumno mejor forma de aprehender e interpretar las estrategias que a través de persistentes lecturas proyectuales de obras de arquitectura.

A. M.

En la medida que se adquiere y perfecciona esta práctica, se acumulan y atesoran estrategias proyectuales, un potencial que podrá ponerse en acto en el momento de proyectar. Útiles no solo para su eventual reconsideración, sino también para su transformación y resignificación.

Para tener un dominio más completo de las estrategias es importante reflexionar sobre sus modos de constitución, su proceso de definición y eventualmente su transformación o replanteo.

Si bien diversas dimensiones de la arquitectura actúan de manera integrada en una estrategia proyectual, no siempre estarán planteadas en su totalidad en las instancias iniciales o en las primeras aproximaciones de su definición. Es probable que ella se constituya de un modo cabal a través de sucesivas pruebas de integración.

Un experto puede con rapidez articular de modo simultáneo la totalidad de los aspectos involucrados, pero seguramente el alumno sin una madura experiencia proyectual deberá reintentar en varias oportunidades hasta definir una estrategia integral y apropiada que le permitirá luego formular la ecuación proyectual específica de su propuesta.

Los múltiples ejes de la arquitectura –morfológicos (formales y espaciales), distributivos y de materialidad– pueden constituirse y sintetizarse en respuesta a diversos aspectos que necesariamente el proyecto debe asumir: relación con el sitio, contexto urbano o territorial, vistas y paisajes, características y topografía del terreno, el clima (orientaciones, asoleamiento, vientos dominantes), forestación, tecnologías constructivas o estructurales optativas o impuestas, etc.

Una estrategia correctamente entendida contempla el amplio rango de aspectos que deben ser considerados en una obra de arquitectura, pero por lo general, el modo sintético en que esta se constituye gráficamente requiere de una capacidad e idoneidad específica para su interpretación y desarrollo en la acción proyectual. Por ello requiere también aptitud para descifrar su información (a veces explícita y a veces latente) y cierto talento para perfeccionarla.

La estrategia proyectual, en tanto lleva en sí el ADN del proyecto, determina el orden estructural, el orden distributivo, el orden formal, y además plantea la coordinación integral de todos ellos. En síntesis, es un esquema cargado de significados que no solo debe abordar los complejos componentes de la arquitectura, sino que también establece los cursos de acciones de la dinámica proyectual.

Resulta imprescindible comprender que las estrategias proyectuales deben ser coherentes y sustentarse mutuamente en relación con los requerimientos e intenciones que debemos atender. Un aspecto que no se debe olvidar es la necesidad de estar alerta para utilizar aquellas pertinentes a los objetivos del proyecto: las estrategias son diferentes porque encarnan distintas posibilidades de condensación proyectual.

Un dominio básico para el proyecto arquitectónico es reconocer y valorar el sistema de razones y argumentos que una estrategia convoca. Desde el punto de vista docente, es fundamental clarificar y advertir sobre el sentido de las diferentes estrategias, ya que sería poco beneficioso contar un cúmulo de alternativas si no es capaz de juzgarlas en su significado y oportunidad. El intercambio de ideas entre alumnos es un medio muy provechoso para realizar estas valoraciones.

Dados estos rasgos de las estrategias, queda establecida la importancia, el valor y la eficacia de contar con ellas en la producción arquitectónica. La estrategia proyectual formula ciertas relaciones específicas entre los factores componentes del proyecto, y estas relaciones deben ser verificadas y cotejadas en consonancia con las demandas al programa del proyecto y las intenciones que el arquitecto desea incorporar.

En tanto herramienta conceptual y operativa que fija sintéticamente las significaciones de un proyecto o de una obra de arquitectura, se debe reconocer su potencial en la estructuración de una propuesta. Por ello el alumno y el docente, en particular, deben ser verdaderos “cazadores” e investigadores de estrategias proyectuales.

Las estrategias arquitectónicas no son mecanismos neutros, disponibles o simplemente automáticos. Por el contrario, cada estrategia significa una toma de posición global frente a la arquitectura, y la adopción de cada una de ellas no es un acto superfluo, ya que implica “poner la arquitectura de alguna manera”.

Elegir una estrategia es enfocar la totalidad hacia un sentido. Fijar una estrategia proyectual es construir el universo del proyecto, es “empujar al mundo en una dirección”, proyectar formas de vida, condiciones y conductas del habitar, como así también definir y formalizar modos de construir. El modo de estructurar, la forma de ordenar, las relaciones que se generan a través de una estrategia de proyecto no constituyen solo un modo diferenciado de articular las propuestas, sino asimismo significan fijar una postura frente a la arquitectura.

La importancia de optar por una estrategia y no por otra tiene que ver con el hecho de que cada una de ellas condiciona el resultado de la acción proyectual al condensar de un modo específico el programa de funciones, las intenciones sobre el sitio, la articulación de espacios, etc. Lo importante es reconocer que cada estrategia proyectual es capaz de saturar determinados sentidos, por lo tanto, se descarta el supuesto de que pueda ser “universalmente” válida o de que su aplicación sea un acto automático.

El trabajo con estrategias no es un planteo retórico, es concreto, es una propuesta que pasa por el hacer, pero no puede soslayar principios y conceptos en los que necesariamente se funda. Desde esta perspectiva, el proyecto arquitectónico no avanza desde la coyuntura, sino que se lo defina desde lo estructural. La permanente divagación en las partes sin la búsqueda de un sentido totalizador no es el camino de un trabajo pleno. Las estrategias desde la noción de proyecto plantean relaciones estructurales y solidarias de todos los factores proyectuales, la visión de la arquitectura fundada desde una cabal mirada integradora. Dice Helio Piñón: “El pensar imágenes, aspectos parciales de la futura realidad, no puede en ningún modo suplantar a la acción sintética de formar un objeto, a lo sumo puede proporcionar un referente iconográfico para el acto auténtico de la creación que es el concebir la totalidad”.[11]

No debe creerse que la estrategia formulada inicialmente permanecerá inamovible; por el contrario, ya se ha advertido que durante su desarrollo podrá tener revisiones y ajustes, esta será la instancia donde se pone a prueba y donde se demuestra su verdadera consistencia operativa. Esta acción contemplará tanto la necesidad de rever como de proponer y construir inéditas estrategias. Muchos autores hablan de la plasticidad como propiedad de la estrategia aludiendo a su carácter maleable.

Edgar Morín, en Introducción al pensamiento complejo, define la acción de la estrategia:[12] “A partir de una decisión inicial, imaginar un cierto número de escenarios para la acción, escenarios que podrán ser modificados según las informaciones que nos llegan en el curso de acción y según los elementos aleatorios que sobrevendrán y perturbarán la acción”. También afirma que el objetivo de la estrategia es luchar contra el azar y buscar la información para eliminar la incertidumbre, pero recuerda que la estrategia no se limita a luchar contra el azar, trata también de utilizarlo.

Esto requiere una gran capacidad de estructuración de los múltiples problemas que se aborden y las diversas alternativas que se propongan, tarea que para muchos alumnos aún inexpertos es una seria restricción. Focalizar no es tarea fácil, demanda una cierta experticia y es aquí donde la experiencia del docente tiene una oportunidad para colaborar.

Tácticas de desarrollo

Las técnicas de desarrollo son las maniobras y decisiones que se utilizan en la dinámica proyectual guiadas por la estrategia elegida para darle consistencia y definición al proyecto.

Llevar adelante el trabajo con estrategias proyectuales obliga a utilizar apropiadas maniobras, técnicas operativas para el desarrollo del trabajo. Debe considerarse que táctica es “el arte que enseña a poner en orden las cosas”, operaciones ajustadas a las reglas que se constituyen en un sistema de maniobras que se emplea hábilmente para conseguir un fin. Se debe concluir que las tácticas para desarrollar las estrategias en la dinámica proyectual deben ser seleccionadas con sabiduría y este campo puede ser abordado por alumnos indagando en su operaciones sobre cuáles son las más pertinentes y reconociendo cuáles son las menos apropiadas. De manera recíproca, el trabajo en las tácticas de desarrollo puede, eventualmente, indicar que es necesaria una rectificación de la estrategia elegida, en tanto ese desarrollo táctico demuestre la existencia de algún desajuste.

Helio Piñón sostiene que la arquitectura debe tener dos aspectos inseparables: sentido y consistencia. Sentido es la significación de la obra, y consistencia, su valor como construcción material. Desde este planteo, puede considerarse que las estrategias proyectuales y las tácticas a aplicar en el trabajo proyectual deben ser los instrumentos que nos ayuden a constituir y fusionar de forma mancomunada estos aspectos: mientras las primeras ordenan el campo del sentido, las otras trabajan desde el campo de la consistencia.

Las tácticas planifican y proveen alternativas en las etapas creativas para el uso y combinación de inferencias, métodos y técnicas al servicio de la estrategia proyectual.

Argumentos arquitectónicos

Ya se ha visto que el arquitecto utiliza las estrategias proyectuales y las tácticas de desarrollo en la construcción de su propuesta. Desde esta perspectiva, el proyecto se constituye en un material cargado de ideas y conceptos arquitectónicos que deben aflorar en nuestra dinámica proyectual. Estos contenidos se instauran necesariamente para construir la específica ecuación proyectual.

Es en esta instancia donde el argumento arquitectónico debe tener presencia, y para su real existencia se debe contar con los instrumentos necesarios que permitan aflorar concretamente estas significaciones. Para ello se debe contar con una narrativa que dé cuenta de los principios disciplinares desde un relato o exposición de las ideas arquitectónicas que sustentan al proyecto.

Los instrumentos operativos del arquitecto adquieren una importancia capital: primero, porque sobre el lenguaje recae la responsabilidad de construir esta narrativa, y segundo, porque estas ineludibles fundamentaciones no tienen un carácter descriptivo sino constitutivo y demostrativo del proyecto.

El argumento arquitectónico quedará expuesto a través de múltiples lenguajes: dibujos de síntesis e interpretación, maquetas intencionadas, especulaciones verbales e incluso gestuales, que deberán tener una rigurosa selección y se les requerirá una extremada pertinencia.[13]

La argumentación proyectual es una tarea que demanda una elaboración constante en la dinámica proyectual y acompaña a todo el proceso de producción; no es el punto de partida sino la permanente verificación de las acciones.

Lecturas proyectuales

El persistente ejercicio de realizar lecturas proyectuales es uno de los caminos más adecuado para acceder al conocimiento necesario para ejercer las operaciones implícitas en la dinámica proyectual.

En la práctica del taller, la posibilidad de compartir de forma mutua (docente y alumno) estas lecturas permite reconocer lo que puede ofrecer proyectualmente una obra. Estas experiencias se constituyen en el mejor camino para la conformación del pensamiento arquitectónico.

Quienes no puedan leer proyectualmente una obra de arquitectura limitan sus acciones proyectuales, dado que esta capacidad de interpretar es una condición necesaria para verificar y evaluar la propia actuación propositiva.

Llegar a ser avezados lectores proyectuales y por lo tanto estar vivamente implicados en la disciplina es un proceso complejo que requiere un aprendizaje modelado cultural y emocionalmente. La tarea de leer proyectos no solo se ejerce en experiencias analíticas, sino también en la conducción misma del proceso proyectual, dado que este demanda un permanente ejercicio de lectura como soporte de su desarrollo. Análisis y proyecto son dos caras de una misma moneda.

También se ejerce esta acción de lectura al compartir otras experiencias proyectuales o al sugerir las posibles estrategias que emergen de la interpretación de los primeros esbozos del alumno y en la explicitación de ellas.

Estas lecturas están presentes en los momentos de las correcciones donde se co-rrige (‘regir conjuntamente’) con el alumno, y sobre todo, con lo que rige la lectura proyectual de la obra. En estas experiencias compartidas se aprende en forma conjunta tanto a leer proyectualmente como a proyectar.

Lo que se transmite en el aprendizaje es el oficio de proyectar, que no es otra cosa que, parafraseando a Juan Carlos Tedesco, el oficio de aprender a proyectar.[14] Ya que el arquitecto no cesa nunca en esta tarea de aprender, de un modo continuo busca, descubre, reconoce tanto al proponer como al leer proyectualmente las estrategias que dan espesor a su formación, a su experiencia con la arquitectura. Es una condición continua que nunca deja de sorprender, aun cuando se crea que está agotada.

Las lecturas o interpretaciones de obras y proyectos son una tarea que debe tener un lugar reconocido en la currícula, por su trascendente valor en la construcción del conocimiento proyectual.

Algunas de las líneas de trabajo que coadyuvan en la adquisición y aprendizaje de este oficio de aprender a proyectar son:

  • Las lecturas proyectuales de material bibliográfico en revistas, libros, donde se rescata y reconstituye la estrategia utilizada interpretando los textos, los dibujos y el material fotográfico.
  • Las lecturas proyectuales de obras en el encuentro con arquitectos y sus obras en seminarios, jornadas, donde explicitan y fundamentan su trabajo y en las visitas de obras de arquitectura donde se demuestran desde la experiencia real.
  • Las lecturas proyectuales de sitios y espacios urbanos existentes, especialmente en aquellos donde se proponen intervenciones.
  • Las lecturas proyectuales de producciones en las muestras académicas o compartidas en la dinámica cotidiana en el taller de proyecto.

Se daría un gran paso en la enseñanza si en lugar de hacer uso de la palabra “análisis” para el estudio de un sitio o de una obra se utilizaran expresiones más pertinentes, “análisis proyectual” o “lecturas proyectuales”. De este modo no se caería en un error frecuente en los trabajos con presunción de ser “analíticos”, que por ser meramente descriptivos y estar “descentrados” de la específica perspectiva disciplinar no encuentran (ni encontrarán) resonancia en posteriores actuaciones proyectuales.

Es habitual escuchar expresiones tales como “el análisis es inoperante”, “las conclusiones no sirvieron para el proyecto”. Pero estas manifestaciones cambiarían radicalmente si se propusieran y exigieran consistentes interpretaciones proyectuales.

Si se juzga que los trabajos de análisis resultantes carecen de sentido, es porque sencillamente en la obra elegida están ausentes los principios proyectuales, las ideas de arquitectura o porque en la operatoria analítica estos cruciales aspectos disciplinares no han entrado en consideración.

Las lecturas proyectuales, por su propia definición, no pueden evadir el inflexible y tenaz compromiso con la disciplina que necesariamente dichas acciones deben poseer. Una sólida interpretación proyectual del sitio tiene por finalidad obtener valiosas informaciones y ricas alternativas para una actuación propositiva, que no son otra cosa que los sustanciales componentes indispensables en la construcción de estrategias de la actuación proyectual; como asimismo una correcta lectura de un proyecto o una obra debe revelar la configuración de su estrategia, que es un importante aporte para la conformación del conocimiento disciplinar. Si esto no se logra, es por falta de habilidad, de sagacidad para trabajar en la interpretación proyectual o bien por ausencia de bases disciplinares en la acción. También puede ocurrir que la obra o la propuesta analizada revelen o desnuden una efectiva carencia de valores arquitectónicos.

Es importante reconocer que las lecturas proyectuales “reconstruyen” o “construyen” ideas. En la lectura no se trata tanto de “des-ocultar” una estrategia proyectual, sino de construirla: es decir, en la lectura, más que “extraer”, hay que “instalar” o “montar” la estrategia pertinente.

Estas lecturas no son ascépticas o automáticas, sino verdadero trabajo proyectual de quien las pone en acto. Son una práctica, un ejercicio de proyecto. Cuando en la obra existe un verdadero trabajo proyectual, leerla es proponer un mundo de sentidos no evidente a la mirada ligera. Este verdadero trabajo proyectual no es gratuito ni obvio, presenta siempre alternativas de dificultad. No es “pasar por encima” del proyecto, sino penetrar en él. Este ir y venir de las lecturas proyectuales se produce en un entorno complejo: escollos, pensamientos, gozo, curiosidad. En la búsqueda del sentido, en la indagación de las estrategias proyectuales que se ponen en juego en el proyecto, el deseo de dilucidar el subrepticio sentido arquitectónico se lleva adelante desde una enigmática búsqueda que parece infinita, inmersa en lugares insondables y por sinuosos caminos.

Se opera en las interminables conexiones en la red que generan: la lectura de una obra de arquitectura reverbera en lecturas de otras obras, y la memoria es una verdadera caja de resonancia. En este estado, al leer proyectualmente se actualizan, se reinventan, se reformulan asimilaciones anteriores: la lectura refleja múltiples experiencias arquitectónicas.

Para quienes están vivamente interesados en la arquitectura, se produce un efecto de adicción en la búsqueda del proyecto, de no poder frenar el impulso que estas lecturas proyectuales originan, y ello se verifica tanto al proponer como al analizar. Cuando se ha aprendido a leer proyectualmente es imposible dejar de hacerlo, no hay regreso; se pierde la inocencia, se ha creado una conciencia proyectual. El conocimiento es un camino sin retorno.

En esta operación no faltan la intuición, la sensibilidad, que se nutren de las experiencias adquiridas y ejecutadas en anteriores propuestas concretas. La lectura proyectual del sitio es también un perfilado, un cincelado, es decir, una construcción. Es un diálogo, una co-creación entre el autor-lector y el sitio.

Arquitectura y proyecto

No hay aprendizaje de la actuación analítica / proyectual sin una sólida formación en arquitectura, como tampoco hay verdaderas experiencia proyectuales sin la realización de trabajos arquitectónicamente fundados.

Enseñar y aprender arquitectura, dice Campo Baeza, implica estudiar muchísimo, y da las razones: “Para tener bien afilados los instrumentos de análisis. Para tener bien a punto los mecanismos de la síntesis”.[15]

En el aprendizaje de la dinámica proyectual es inaceptable cualquier actuación pretendidamente proyectual carente de valores disciplinares. Escaso favor se hace a un alumno al que no se le advierte que su trabajo está vaciado de arquitectura.

La arquitectura no es una cuestión accesoria, un espolvoreo superfluo que se arroja sobre la propuesta, sino una luz, un resplandor interior, es una cuestión constitutiva que irradia el proyecto.

FNB

El proyecto arquitectónico requiere una conjunción eficaz de todos sus aspectos componentes, y para ello, es necesario desarrollarlos responsablemente en la teoría y la práctica.[16] La permanente actividad reflexiva sobre la arquitectura como disciplina y sobre el proyecto como producción específica dará sustento a la actuación del arquitecto.


  1. Quaroni, L., Proyectar un edificio. Ocho lecciones de arquitectura, Madrid, España, Ediciones Xarait, 1987.
  2. Fernández Lorenzo, P., “Aprendiendo a pensar”, Pensar con las manos, Buenos Aires, Nobuko, 2007.
  3. Doberti, R., Conferencia en el Ateneo Pedagógico 2005, Escuela Superior de Diseño de Rosario, julio de 2005.
  4. Seguí de la Riva, J., op. cit., p. 117.
  5. Campo Baeza, A., La idea construida. La arquitectura a la luz de las palabras, Madrid, Edición del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, 1996.
  6. Ídem, p. 14.
  7. Le Corbusier, Hacia una arquitectura, Buenos Aires, Poseidón, 1964.
  8. Powell, T., “Liebre por gato”, en Revista Summa +, núm. 87, Buenos Aires, junio de 2007, p. 94.
  9. Fiorino, V., “Acerca del método”, en Contexto 6+7, Buenos Aires, primavera-verano de 2001, p. 64.
  10. Keller, Ch. y Keller, J. D., Estudiar las prácticas. Perspectivas sobre actividad y contexto, Buenos Aires, Amorrortu, 2001.
  11. Piñón, H., Curso básico de proyectos, Barcelona, Ediciones UPC, 1998.
  12. Morin, E., Introducción al pensamiento complejo, Barcelona, Gedisa Editorial, 2002.
  13. Sobre este tema se recomienda la lectura de Boix, F. et al., La construcción del patrimonio disciplinar. Tomo 1: “La noción de proyecto en la interpretación arquitectónica del patrimonio edilicio”, y tomo 2: “Principios que fundan el lenguaje gráfico como instrumento de interpretación proyectual”, Rosario, UNR Editorial, 2006.
  14. Tedesco J. C., “Nuevas tecnologías y desafíos educativos”, Revista El Monitor, núm. 18, quinta época, Ministerio de Educación de la Nación, Buenos Aires, Argentina, septiembre de 2008. “El maestro es ahora la persona que transmite al alumno el oficio de aprender”.
  15. En La idea construida. La arquitectura a la luz de las palabras, op. cit., p. 15.
  16. En los criterios de intensidad de la formación práctica para la carrera de Arquitectura, establecidos por la CONEAU, se define esta relación: “La Arquitectura constituye un campo de conocimiento que incluye saberes teóricos, pero a la vez prácticas de intervención sobre el medio, con finalidades que definen los rasgos del perfil profesional del graduado. Por lo tanto, las carreras de grado deben ofrecer ámbitos y modalidades de formación teórico-práctica que colaboren en el desarrollo de competencias profesionales acordes con esa intencionalidad formativa. Este proceso incluye no solo el capital de conocimiento disponible, sino también su ampliación y desarrollo, su flexibilidad y profundidad.
    Desde esta perspectiva, la teoría y la práctica aparecen como ámbitos mutuamente constitutivos que definen una dinámica específica para la enseñanza y el aprendizaje. Por esta razón, los criterios de intensidad de la formación práctica deberían contemplar este aspecto, de manera de evitar interpretaciones fragmentarias o reduccionistas de la práctica”.


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