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2 Mujeres “rebeldes”: Alfonsina Storni, Iris Pavón

Las dos escritoras que trataremos en el presente capítulo están reunidas a partir de una cualidad común: la rebeldía. De desigual producción, de trayectorias muy diversas, ambas sostuvieron un posicionamiento vital e ideológico que las coloca en una situación por lo menos divergente de los usos y principios de los bienpensantes.

Los estudios sobre Alfonsina Storni se multiplicaron con el avance de los últimos movimientos feministas. Iris Pavón, en tanto, apenas es mencionada en relación con el anarquismo, movimiento en el que militó desde muy joven hasta su también prematura muerte.

De Storni, escogimos un breve volumen de textos en prosa; de Pavón, en cambio, hemos priorizado la poesía.

La mujer en algunos relatos de Alfonsina Storni

La obra en prosa de Alfonsina Storni incluye un grupo de textos que remiten a las tan difundidas novelas sentimentales, de amplia aceptación entre los lectores de la época. Mas, a diferencia de lo propuesto por este tipo de literatura popular, la escritora desliza su mirada crítica sobre los estereotipos sociales y amorosos que ellas cristalizan. En paralelo con la visión mordaz e irónica que manifiesta en numerosos artículos periodísticos, donde el tema de los derechos femeninos es muy frecuente, los relatos proponen una convicción personal e independiente sobre el rol de la mujer en la sociedad contemporánea.

El estudio de estos textos posibilita una aproximación a Storni en la complejidad de su pensamiento y aun de su posición estética.

Amor prohibido

Nos detendremos en la nouvelle denominada “Una golondrina” y cinco relatos breves que adoptan la forma epistolar, recogidos todos en libro en el año 1959 con el título Cinco cartas y una golondrina.

Para nuestra lectura, es fundamental tener en cuenta el momento de publicación del corpus seleccionado. Los años 1917-1925 marcan, según lo asevera Beatriz Sarlo en El imperio de los sentimientos (1985: 10)[1], el auge de la novela sentimental, que alcanzó una enorme difusión masiva y cuya circulación se hallaba lejos del habitual circuito de los libros adscriptos a la “alta” literatura.

“Una golondrina” parece adaptarse al clisé común a ese tipo de textos: se trata de una mujer que se deja dominar por los sentimientos y abandona al hombre que la ama y a su hijo para seguir a un amante; luego, arrepentida, se quita la vida.

La narradora se construye como una mujer que se dirige a otras mujeres: abunda el vocativo “amigas” y “amiguitas”, recurso que permite crear un ambiente de confidencialidad, de charla entre congéneres.

El relato se ajusta a la oposición –marcada por Sarlo– entre los sentimientos y la moral, que culmina con la muerte de aquella que se atreve a priorizar el amor ante cualquier otra responsabilidad. Lo que diferencia al texto de otros semejantes es la posición de la narradora, expresada en ocasiones sutilmente y puesta de manifiesto en el final del relato. No hay condena moral ni social para la protagonista, sino más bien cierta comprensión afectuosa: “¿No os mueve a piedad, amigas, su triste destino?” (Storni, 2002: 697). La misma homologación entre Lucila y “una golondrina” eleva la historia de esta “pecadora” para emparentarla con ciertas historias de la mitología grecolatina[2]. Por lo demás, no se nos escapan las connotaciones románticas de estas aves, presentes en una de las rimas más divulgadas de Gustavo Adolfo Bécquer.

Una lectura más detenida permite enunciar algunos puntos donde se sostiene dicha mirada distinta, que podríamos calificar de indulgente, sobre el personaje principal: la ignorancia sobre cuestiones importantes de la vida junto a ciertos comportamientos más instintivos que racionales (“Su naturaleza, moderada siempre, no había experimentado sacudidas de tal fuerza que la hicieran capaz de un arranque pasional” [Storni, 2002: 712]).

La moraleja no explícita que un lector atento puede entender es la necesidad de que las jóvenes estén mejor preparadas para asumir responsabilidades matrimoniales y maternales. Lucila es una joven como tantas, con una educación superficial, sin conocimientos concretos sobre la realidad de la vida femenina: el sexo, el matrimonio, los hijos, el trabajo. Se la presenta como alguien que en un comienzo no puede decidir racionalmente sobre su destino, de allí el casamiento con un hombre que no ama. Incluso la decisión de abandonarlo se sustenta más en el instinto maternal que en una decisión pensada y sopesada.

Cuando decide unirse a Julián, lo hace para asegurar el futuro de su hijo, a pesar de no amar a ese buen hombre. De allí que, cuando aparece la pasión, nuevamente actúa irreflexivamente y de ese modo construye su final trágico. Esta suerte de insuficiencia en el carácter de la protagonista no se presenta como privativo de Lucila, sino como una especie de “falla” que puede ser compartida por las demás mujeres, tal como lo sugiere el final del relato: “Acaso mañana una de vosotras… yo…” (Storni, 2002: 720).

Cartas de mujeres fuertes

Las cinco cartas ficticias escritas por Storni presentan un rasgo común: todas ellas son firmadas por mujeres[3]. La forma epistolar está caracterizada por la dualidad de dos sujetos: de la enunciación y del enunciado; el primero como forma de expresión que escribe la carta, y el segundo como forma de contenido donde la carta habla[4], y permite establecer las distancias entre autora/personaje.

Cada una de las cartas modeliza tanto un “tipo” femenino cuanto una manera de relación con el varón. Es decir, a diferencia del relato anterior, donde el narrador era omnisciente, esta personalización del interlocutor permite focalizar el texto en la visión de la mujer protagonista. La variación del punto de vista postula ya una distancia en relación con la novela sentimental, donde la protagonista no es el sujeto del enunciado. En todas ellas se percibe una posición femenina fuertemente anclada en el respeto por sí misma. La construcción de las distintas mujeres las muestra como razonadoras, pensantes, analíticas de sus propios sentimientos y hasta frías en el momento de tomar decisiones definitivas en lo que se refiere a sus relaciones amorosas.

El “tipo” femenino delineado, que incluso es mencionado en una de las epístolas, es el de la “mujer cerebral”. Cada una funciona como parte de un rompecabezas, y en conjunto permiten descubrir la totalidad de dicha tipología.

“Amelia”

El sujeto del enunciado de esta primera misiva es Amelia, quien la dirige a “mi dulce Alberto”. Es una carta de renunciamiento al amor de un hombre a quien se presenta como espiritualmente superior. Esta distinción, proveniente de una mujer, se presenta como novedosa, ya que rompe con el estereotipo femenino presente en el imaginario del lector de la novela sentimental.

La carta de Amelia muestra a una mujer que no duda en presentarse como de “vida desordenada”, es decir, alejada de la norma social vigente. Norma claramente descrita como un orden tradicional representado por la madre de Alberto, su casa, los muebles, incluso por el crucifijo que cuelga en el dormitorio. Evidentemente, Amelia no es una joven convencional, sino una marginal que admite su condición, la cual la aleja del fin por antonomasia de toda joven: el matrimonio con el hombre elegido.

No por eso deja de ofrecerse a su amado, pues reconoce en sí misma la capacidad de “comprender” a Alberto, por lo cual no duda en buscar una unión, aun por fuera de lo “legal”: “[…] si quisierais de mi vida… lo que quisierais…” (Storni, 2002: 724). Este final permite inferir la posibilidad de una relación clandestina entre ambos, en una nueva ruptura con lo moralmente deseable.

“Mercedes”

Esta segunda carta es una respuesta de la emisora a la declaración de amor de Julio. Mercedes se muestra escéptica y descreída ante las palabras del varón, a quien se le achaca la infidelidad, que no se nombra sino a través de metáforas: el varón es una “golondrina” a quien “los jardines vecinos saben cuántas veces le vieron hacer nido” (ibid.).

La desconfianza ante el hombre seguro de sí, que nunca duda, ni aun al expresar su dolor, es puesta de manifiesto por Mercedes, para quien no hay sentimiento en las palabras de Julio. Pone en juego la oposición razón/sentimiento, de los cuales este último es más propio de la mujer. Mercedes rechaza a los hombres “razonadores”, puesto que la razón es imperfecta en cuanto el sentimiento es perdurable.

La mujer se autodescribe con rasgos propios del paradigma vigente: “[…] cosas de muchacha romántica”, que la llevan a asumir un rol de presunta inferioridad femenina, sustentada en el interés por lo pequeño y lo romántico, lo insignificante tanto en la forma como en el contenido, de modo que lo remanido y lo retórico vienen a identificar la posición femenina en estos intercambios epistolares.

“Lucía”

Se trata de una carta escéptica, escrita por una joven que ha descubierto que el hombre que intentaba seducirla está comprometido. Puede señalar sin vacilaciones los defectos del otro y la propia posición ante el varón, que pasa de un primer momento de entrega al sentimiento amoroso a la constatación de la distancia que los separa. El interlocutor se construye como incapaz de responder en igual grado a los sentimientos femeninos.

Resulta interesante la contraposición entre la novia, María Teresa (“adorable mujercita”, “angelical figura”, “extraordinaria y dulce criatura”, “inocente” y particularmente “mujer bíblica” [Storni, 2002: 727]) y Lucía, capaz de decir galanterías a la manera masculina de modo “feo” y “revolucionario”, desconfiada y “más o menos cerebral”. La primera debe ser preservada de todo dolor, en cuanto la mujer cerebral “todo puede y debe saber, entenderlo y disculparlo” (Storni, 2002: 729). Es decir, Lucía adopta una posición de fortaleza opuesta al modelo femenino de la debilidad y fragilidad.

Esta opción postula nuevamente la oposición entre el sentimiento como rasgo predominante en la mujer y la razón como atributo del varón. Para las mujeres cerebrales, sobreponerse a los sentimientos es el único camino que les queda para soportar la traición y el abandono masculinos.

“Alicia”

Es una carta no enviada, cuyo destinatario se ignora (en su lugar, una línea de puntos). Escrita solo para expresar el sentimiento amoroso de la mujer, en una exaltación que se describe a sí misma como locura.

En esta oportunidad, se plantea con palabras poéticas el deseo por el otro (“el desesperado deseo de caber entera” [Storni, 2002: 730] en las manos del amado). Esta manifestación de la atracción carnal evidentemente es censurada en primer término por la enunciadora. Ese amor, sustentado en el deseo, se postula como locura opuesta a la sabiduría.

Se produce en el texto un juego entre lo que se puede sentir, pero no comunicar, y los límites sociales de la escritura. La mujer puede desear, pero no puede manifestar este deseo al varón. Por ese motivo, la escritura excede los límites de lo decible y solo se puede entender desde los parámetros de lo absolutamente no racional: la locura.

“Lidia Z. Barte”

La última de las cinco cartas presenta una serie de variantes en relación con las anteriores: en primer término, una suerte de marco narrativo para permitir una mejor comprensión de la misiva que luego se lee. Este marco está constituido por un diálogo que presenta la situación previa: Hugo Nervel abandona a su prometida Lidia e inicia un largo viaje. Luego, otra conversación fechada cuatro años después, donde se relata tanto el regreso de Hugo como la enfermedad mortal de la joven.

Recién entonces se incorpora la carta, donde el destinatario es designado solo como “inteligente amigo”. Hugo le habría enviado una misiva preocupándose por su salud; y en la respuesta Lidia expone con sinceridad sus sentimientos. No se trata de una serie de reproches y quejas ante el abandono del varón, sino una exposición de lo que ha quedado en su interior después de cuatro años de ese acontecimiento.

Se marca una fuerte contradicción: en dirección contraria a las heroínas románticas, que pese al abandono del amante continúan esperándolo, con sus sentimientos intactos; Lidia está enferma y va a morir, pero no de amor. Ella misma se encarga de poner límites a todo intento de victimización. Se trata de una mujer que no se engaña a sí misma, ya que ha “usado” el sentimiento amoroso precisamente para no morir, ha transformado lo que podía herirla en fuerza para resistir: “Esto tan íntimo, tan mío, tan orgulloso, que puse en mi cariño ha impedido mi desengaño total” (Storni, 2002: 734). Por lo tanto, decide aferrarse a sus sueños, solo para preservarse a sí misma.

Cabeza, corazón y deseo

Si una característica de la novela sentimental (según Sarlo) era el conformismo, es decir, la adecuación del deseo a la legalidad general (Sarlo, 1985: 118), las cartas se alejan de este denominador común, pues las protagonistas no se adaptan a las normas, sino que se oponen a ellas: Amelia no acepta una proposición que la incorporaría al rebaño, Mercedes desconfía de las palabras del varón, Lucía se presenta opuesta a la “mujer bíblica”, Alicia deja al descubierto el deseo femenino, y Lidia capitaliza el abandono masculino para fortalecerse a sí misma. Todas ellas son diferentes de Lucila, quien ni siquiera pudo comprender sus propios sentimientos.

En las cinco cartas, se reitera una disyuntiva entre los llamados del corazón y el freno de la razón, oposición que ha sido marcada por la crítica en los textos de Alfonsina Storni[5]. Perciben esta dicotomía como insalvable[6]; en efecto, la “mujer cerebral”, próxima a lo “feo”, tiene una contrapartida en la “mujercita” ideal y adorable que ninguna de ellas desea ser. Esta imposibilidad de la unidad esencial es sufrida precisamente como ruptura (“El corazón se me ha quebraqueado”). Las metáforas hacen alusión a una mujer convertida en víctima de la convención social, cuya única posibilidad de escape reside en hacer evidente su situación.

La distancia entre los textos y el paradigma vigente reside en la presencia del deseo. Las trabas que la sociedad impone a la mujer acentúan un conflicto que atraviesa la escritura, cuya presencia permite intuir lo que apenas surge en algunas de las cartas, obturado por la autocensura: además de la cabeza y del sentimiento, está el deseo, el impulso del cuerpo femenino en su materialidad sensible hacia el cuerpo del varón.

Nombrar el “instinto”, el “goce intenso” implica entrar en la zona del sexo, atreverse a ingresar a una perspectiva abarcadora de la totalidad del ser humano. Este decir en sí mismo ya implica una “revolución”[7], un traspasar límites en pos de una verdad profunda.

Alfonsina Storni supo convivir con la transgresión: desde su propia vida privada (madre soltera que crio sola a su hijo, escritora que logró hacerse respetar en un medio masculino) y la temática de su obra, hasta cierta inclinación por las ideologías de izquierda y un fuerte impulso reivindicativo de los derechos femeninos que se plasman en los artículos periodísticos. No resulta extraña esta nueva “subversión” presente en los textos, cuyas protagonistas, lejos de ser mujeres sentimentales, ansiosas por encontrar el amor de un hombre, se permiten reflexionar, analizar los sentimientos y deseos y desnudar los caracteres del temperamento masculino.

Según la crítica contemporánea, la presencia de mujeres escritoras permite romper con “el monólogo masculino sobre la cultura” (Salomone, 2006: 207)[8]; precisamente dentro de dicha línea se inscriben estos textos de Alfonsina Storni.

Una escritora libertaria en Córdoba: Iris Pavón

A diferencia de Alfonsina Storni, de obra vastamente divulgada y muy reconocida durante años, Iris Pavón (1906-1951) puede definirse como una militante anarquista que fue escritora y periodista. Si bien había nacido en la provincia de Buenos Aires, su vida y su actividad política se desarrollaron en la provincia de Córdoba, en la ciudad de Cruz del Eje. Solo se ha conservado una edición póstuma de algunos de sus textos, que algunos amigos realizaron después de su muerte, titulada Pasión de justicia. Dentro de esa muy escasa producción, rescatamos sus poesías, donde los tópicos comunes de la escritura libertaria[9] presentan características propias, “desvíos” hacia temáticas no habituales: la religiosidad popular, el aborto, entre otras. Y también recuperamos algunos de estos temas en sus artículos periodísticos. Sin ser una activista del feminismo, Pavón revela una mirada diferente ante las problemáticas sociales y políticas de las décadas del 20, 30, 40 y 50. Es posible postular que su figura manifiesta –junto con otras pocas mujeres militantes– la conformación de una nueva identidad femenina.

La militancia libertaria

El carácter internacionalista del anarquismo, la ideología de izquierda que más adhesiones logró entre fines del siglo xix y principios del xx en nuestro país, aun conservando dicho carácter, adquiere características peculiares en los escritores libertarios argentinos.

Iris Pavón, cuya vida transcurrió en ciudades del interior de la provincia de Córdoba, manifiesta en su escasa producción literaria (o en lo que de ella se conserva) una particular síntesis entre cosmopolitismo y localismo. En efecto, su poesía recupera algunos de los principios fundamentales del anarquismo, en conjunción con temáticas específicamente locales. Temas como la reivindicación del trabajador, de la mujer, y la desigualdad social se plantean a partir de situaciones y personajes cotidianos, entrañablemente propios.

Si bien ejerció su militancia desde joven, su labor se hizo relevante cuando defendió encendidamente la causa de los “presos de Bragado”[10]. Esta actividad la llevó a recorrer diversas ciudades del país y la hizo conocida entre los libertarios.

Durante el primer gobierno peronista, fue apresada y pasó un periodo en la cárcel del Buen Pastor, en la capital provincial. De esa época recuperamos algunas cartas y artículos periodísticos que ponen de manifiesto dos cuestiones centrales en su obra: la militancia política y social y la preocupación por la condición de la mujer.

Su adscripción libertaria se manifiesta en la poesía, donde defiende ideas como el internacionalismo y la igualdad y canta a una fecha clave para el anarquismo como lo es el 1° de mayo[11].

La mujer y el niño

Si bien la condición de la mujer, a quien muchas veces la pobreza condena a la prostitución, es un tópico habitual en las publicaciones de la época, es posible percibir en Pavón una mirada más intimista, tal como se percibe en “Primer desengaño”, donde la madre lamenta que su hijo, a causa de la pobreza (“[…] en el zapato roto que espera en la ventana” [Pavón, 1953: 33]), no recibirá ningún regalo en la noche de los Reyes Magos.

Se atreve también con un tema tan controvertido como el aborto, al que apoya abiertamente, ya que lo considera un derecho de la mujer del pueblo: no dar a luz a un ser que será condenado al sufrimiento. En el poema “A ego sum”, no vacila en aseverar:

yo pienso que muchas,

porque vieron sombrío el mañana

para el hijo tierno que su amor soñara,

valientes y dignas,

con gesto soberbio,

puñalearon su vientre maduro

y mataron la vida en su entraña (Pavón, 1953: 55).

En un artículo periodístico del año 1947, llamado “Dos concepciones distintas del amor y de la maternidad”, realiza una comparación entre la postura de las jóvenes nazis, “enloquecidas y fanatizadas en el ansia de dar soldados para su Füehrer [sic]” (Pavón, 1953: 117), y la figura modélica de la bailarina Isadora Duncan. Esta es la “mujer-mujer”, la “mujer libre” opuesta a la “mujer instrumento” o “mujer esclava” (Pavón, 1953: 118), quien reivindica las posturas del amor libre y de la maternidad libre. Coincide con la literatura social de la época en su visión de la prostitución: “¡Oh carne doliente / que yo llamo hermana!” (Pavón, 1953: 56).

Posicionamientos fuertemente anclados en una ideología y en convicciones personales que ponen de manifiesto la personalidad de un sujeto femenino excepcional, que en medio de una tranquila ciudad provinciana, se atreve a sostener este tipo de ideas.

Varios de los artículos que incluye el volumen de su obra reunida vuelven sobre la función de la mujer, en tanto partícipe relevante de los acontecimientos políticos y sociales. Estos conceptos se manifiestan en “La mujer en la cárcel” (1946) y “La madre ante la preconscripción” (1947). En el primero, plantea la necesidad del compromiso de la mujer trabajadora para reducir los padecimientos de quienes están sometidos al sistema carcelario. Desde su propia experiencia, propone esta “tarea noble, grande, digna de socialistas y de libertarias” (Pavón, 1953: 105). En el segundo, postula que la mujer en función de madre puede luchar para mejorar el mundo, evitando que su hijo sea formado para matar: “¿Permitiréis que para afianzar un régimen de esclavitud y de muerte, se deformen, se corrompan, se envilezcan los sagrados frutos de vuestro amor?” (Pavón, 1953: 116).

Religión y política

No se percibe en los textos de Iris Pavón un fuerte anticlericalismo. Su anarquismo “situado” la lleva a presentar las creencias religiosas como parte de las características populares. En el poema “Virgen del Carmen”, de 1933, se dirige a la Patrona del Pueblo –presuntamente en ocasión de las fiestas patronales, ya que en julio se celebra a la Virgen María bajo dicha advocación–. Se declara atea y, sin embargo, elabora el texto a la manera de un rezo, una súplica a la Virgen donde enumera los dolores del pueblo: la miseria, el frío, la tuberculosis provocada por la pobreza, el robo y la prostitución nacidos también de la necesidad. Por ello le pide que salga del convento y mire las necesidades de la gente para así proporcionarles trabajo, casa y comida, o que, si no puede hacerlo, les conceda una muerte tranquila. Este pedido que culmina la octava y penúltima estrofa, expresado con suavidad, produce un fuerte impacto:

y con tu sonrisa prolonga su sueño,

prolóngalo mucho, suave, dulcemente,

y haz que no despierten,

y haz su sueño eterno (Pavón, 1953: 52).

De este modo, sutilmente marca la distancia entre las prédicas cristianas y la realidad en la que viven muchos seres humanos. En este mismo sentido, en el poema “¡No matarás!”, el yo poético se dirige a Jesucristo y le señala la contradicción entre los contenidos del Evangelio y la situación de la humanidad. Escrito en 1937, es posible que las referencias a la guerra se deban a la fuerte impronta de la contienda civil española, iniciada el año anterior.

En estos dos poemas, la religión solo presenta un “místico ideal” ( Pavón, 1953: 64). Es decir, lo religioso constituye una fantasía, un “ensueño” (ibid.), una construcción de “altares de luces y flores” y “nubes de mirra y de incienso” (Pavón, 1953: 50), pero completamente distanciado de la vida cotidiana del pueblo. El yo poético se configura como alejado de esta ilusión y anclado en una realidad que necesita de acciones y no de fantasías.

Se percibe una diferencia de actitud en los poemas que se detienen en la guerra civil de España, donde la Iglesia católica como institución apoyó a Franco. En “Dos frentes”, se destaca que la verdadera doctrina de Cristo es la lucha de los republicanos, en oposición a los nacionalistas, entre quienes el cristianismo es “profanado” (Pavón, 1953: 75). Esta idea de encontrar “cristos” entre los luchadores anarquistas de España se reitera en un poema de notoria actualidad: “Romance de la Navidad de María del Mar”, donde canta el nacimiento en el mar de una niña, hija de refugiados españoles que se dirigían a Chile[12].

La equiparación entre el anarquismo y el cristianismo constituye también un tópico libertario, en cuanto los militantes se consideran portadores de la misión de salvar a la humanidad. Tal como afirma Juan Suriano:

En una ciudad donde los nuevos sectores sociales se constituyeron aceleradamente, los anarquistas construían simultáneamente una imagen de individuo diferente, de “individuo revolucionario”, de hombre ejemplar apegado al combate, el sacrificio y el sufrimiento, imagen perdurable desde ese momento en toda la historia de la izquierda argentina […] (Suriano, 2001: 46).

Internacionalismo/localismo

La militancia anarquista de Iris Pavón, ejercida en su producción literaria, si bien adhiere a principios básicos de la ideología libertaria, también presenta un matiz particular que hemos denominado “localismo”, ya que evidencia el lugar físico desde donde se efectúa la enunciación. Es decir, la autora en su escritura muestra aspectos propios de la vida cotidiana en su ciudad.

En este sentido, es relevante el poema “¡Huesos!”, dedicado “a la primera víctima del Dique de Cruz del Eje muerto en accidente de trabajo”,[13] y añade como aclaración, entre paréntesis: “(Camarada Jacinto Ercolín Arrieta, tu nombre no tendrá una placa en el murallón del Dique de Cruz del Eje, ni tu memoria estará presente en los homenajes oficiales. Mas nosotros, los tuyos, no te olvidaremos)” (Pavón, 1953: 69).

Los dos primeros versos reaparecen –con pequeñas variaciones– a lo largo de las siete estrofas irregulares: “¡Huesos! / ¡Huesos! Huesos triturados, macerados, molidos []” (ibid.). Se trata de un canto a los trabajadores muertos e ignorados: “parias irredentos”, “proletarios”, “esclavos modernos” (Pavón, 1953: 70), caídos en la construcción de caminos, de vías férreas, en las minas, en las zafras, en los yerbatales. Del caso absolutamente particular del dique, pasa a los trabajadores de diversos lugares del país, y de allí al mundo: “[…] huesos en todas las latitudes/ en todos los continentes” (ibid.).

Las últimas estrofas plantean un futuro promisorio, donde un “nosotros” (¿los anarquistas?) logrará la redención de los proletarios, en una “lucha santa / por la redención de los parias” (Pavón, 1953: 71)[14]. Un futuro idílico, realizable en un tiempo más o menos cercano.

Sin embargo, Iris Pavón no desconoce su realidad cotidiana, la que surge de la vida en un lugar alejado y agreste. En algunas de las cartas que –a lo largo de muchos años– intercambió con Pascual Vuotto[15] y su mujer Donatila, evidencia las condiciones duras de su vida: “Vivo con los brazos y las piernas marcados a rasguños entre los montes cercanos a mi río” (Pavón, 1953: 90).

Mujer, provinciana, poeta y anarquista

La lectura de Pasión de Justicia nos aproxima a la figura de una mujer que vivió y actuó en épocas difíciles, provinciana como Alfonsina Storni, escritora como Victoria Ocampo, anarquista como Salvadora Medina Onrubia. A diferencia de todas ellas, nunca obtuvo fama ni dinero ni tuvo un lugar en la academia. Las circunstancias personales pueden hacer más valorables sus trabajos: la movilizó la injusticia, y su único renombre lo obtuvo a partir de esa movilización personal apoyada en fuertes convicciones ideológicas.

Fue trabajadora como Alfonsina, madre como Alfonsina y Salvadora, presa política como Victoria y Salvadora. Si bien su obra literaria es muy exigua, creemos necesaria su revisión, puesto que consideramos que –con disparidad y altibajos– puede colocarse junto a las escritoras mencionadas, quienes posibilitaron la emergencia de un nuevo modelo de sujeto femenino.

Nuevos sujetos femeninos

Alfonsina Storni escribió varias obras de teatro, entre ellas El amo del mundo (1927), donde la protagonista se parece mucho a esas mujeres pensantes que la escritora propone como antítesis del modelo vigente. Podemos inferir, entonces, que es ese el sujeto femenino al que aspira. En cuanto a su actuación pública, más allá de un juvenil acercamiento al socialismo, no se le conocen adhesiones marcadas hacia determinadas ideas políticas. En cuanto Iris Pavón vivió y escribió según sus ideas, en la clasificación que algunos críticos marcan entre escritores anarquistas y anarquistas escritores[16], ella podría ubicarse entre los últimos, para quienes la idea libertaria subordina al resto de las elecciones personales.

Las hemos calificado de “rebeldes”, ya que ambas enfrentaron a la sociedad donde estaban insertas no solo con su escritura o su actividad militante –con las diferencias ya señaladas–, sino con la propia trayectoria vital. La desafiante femineidad de Storni, puesta de manifiesto en sus textos poéticos, teatrales y periodísticos y en la escasa prosa que rescatamos, fue aceptada con paternalismo por algunos hombres, y con una importante adhesión popular, tal como se manifestó en ocasión de su muerte.

Iris Pavón sufrió la cárcel como castigo a su adhesión al anarquismo, al que nunca renunció. Sus exposiciones públicas tuvieron como objeto la reparación de la injusticia, ya que como escritora nunca traspasó los estrechos límites de su pueblo.

Ambas coinciden en marcar, tanto en sus escritos como en su accionar, la posibilidad de una vida diferente para el resto de sus congéneres, un devenir en el que la libertad es el horizonte final.


  1. Beatriz Sarlo realizó en El imperio de los sentimientos. Narraciones de circulaciónperiódica en la Argentina (1917-1927) (1985) un estudio exhaustivo de las novelas sentimentales; de allí extraemos algunos de sus principales caracteres.
  2. La golondrina sería producto de la metamorfosis de Procne o Filomela, según versiones de una misma historia de la mitología griega.
  3. Hemos realizado un estudio de estos textos en relación con cartas de Gabriela Mistral en el artículo denominado “Cabeza y corazón. Cartas de amor de Alfonsina Storni y Gabriela Mistral”.
  4. “Mais comment les lettres fonctionnent-elles? Sans doute en vertu de leur genre conservent-elles la dualité de deux sujets: pour le moment, distinguons sommairement un sujet d´énonciation comme forme d´expression qui écrit la lettre, un sujet d´énoncé comme forme de contenu dont la lettre parle (même si je parle de moi […])” (Deleuze y Guattari, 1975: 55).
  5. Josefina Delgado se refiere a Alfonsina Storni y asevera que demuestra “que la mujer puede ser cuerpo y cabeza” (Delgado, 2009: 500).
  6. Para Jorge Torres Roggero, en Alfonsina Storni “la angustia nace de no querer ser una ‘mujer bíblica’ (ateísmo social), pero tampoco sólo una ‘mujer cerebral’ (conciencia letrada, vida social, V. Ocampo)” (Torres Roggero, 2002: 61).
  7. Afirma “Lucía” que cualquier cambio en el “rancio protocolo amativo” proveniente de una mujer “tiene tanto de feo como de revolucionario” (Storni, 2002: 726).
  8. Alicia Salomone cita a Mary Louise Pratt: “Don´t interrupt me! The Gender Essay as Countercannon and Conversation”, en Meyer, Reinterpreting the Spanish American Essay…, University of Texas Press, Austin (Salomone, 2006: 15).
  9. La opresión del hombre por el sistema, la condición del proletariado, la injusticia social, la miseria, entre otros.
  10. El 5 de agosto de 1931, una encomienda explotó en la casa del político y comerciante José María Blanch, en la ciudad de Bragado (provincia de Buenos Aires). Sin pruebas, fueron acusados tres obreros anarquistas: Pascual Vuotto, Santiago Mainini y Reclus de Diago. Los tres fueron condenados a prisión perpetua. Se inició una campaña en todo el país para luchar por su liberación. Se organizaron mítines y conferencias y se publicaron folletos y periódicos. Ante la resonancia internacional, se los indultó en 1942.
  11. “Es la bandera roja, que han teñido/ sangre de todas las razas/ en holocausto al ideal grandioso/ de la igualdad humana […]” (Pavón, 1953: 60). “Es 1° de Mayo. / ¡Ni demagogos ni cobardes tránsfugas/ apagarán el grito de Chicago!” (Pavón, 1953: 63).
  12. “María del Mar, María, / flor que floreció en las aguas, / sobre las ondas azules, / igual que el Niño en la paja; / María de Mar, María, / falló la consigna trágica/ y a pesar de los sayones, / contra el crimen y la infamia/se multiplican los cristos / que han de redimir a España” (Pavón, 1953: 79).
  13. El dique Cruz del Eje comenzó a construirse en 1940 y culminó en el año 1944. Se emplazó en la afluencia de los ríos San Marcos, Quilpo y Candelaria. El propósito de la obra fue abastecer de agua potable y riego, generar energía y atenuar la crecida de los ríos.
  14. El poema trae reminiscencias de “Para la libertad”, de Miguel Hernández. Ignoramos si hubo influencias directas del autor español en la escritora argentina.
  15. Uno de los anarquistas acusados injustamente en Bragado.
  16. Pablo Ansolabehere distingue entre “anarquistas escritores” y “escritores anarquistas”: “Los primeros serían aquellos militantes del movimiento libertario que encuentran en la práctica de la escritura el modo mejor –aunque no el único– de ejercer su militancia […], en tanto los segundos se caracterizan porque contribuyen con sus textos a la literatura libertaria desde su lugar diferenciado de artistas” (Ansolabehere, 2011: 47).


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