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3 Dos intelectuales cordobeses de la primera mitad del siglo XX: disputas ¿residuales? entre tradición y modernidad

Los comienzos del siglo xx encontraron a la provincia de Córdoba inmersa en el proceso de cambio que –iniciado políticamente en 1880– se profundizó a medida que se producían modificaciones de todo tipo (tecnológicas, económicas, sociales, ideológicas, entre otras), las cuales trastocaron la tradicional configuración aldeana y eclesiástica atribuida particularmente a la capital.

En ese escenario en transición, surgieron personalidades diversas que fueron configurando un campo intelectual también novedoso. Los cambios, que tuvieron un punto culminante en los hechos de la Reforma Universitaria de 1918, también fueron horadando un ámbito dominado por ideas conservadoras y dogmáticas.

El presente capítulo se detiene en dos figuras relevantes de la época. El primero es un estudioso y político, Martín Gil (1868-1955), de significativo aporte a la ciencia y de notable actuación como difusor de temas referidos a la astronomía. Destacado como escritor y como astrónomo, publicó numerosas obras de ficción, de divulgación científica y artículos periodísticos, desde los primeros años del siglo xx.

También reparamos en una mujer: Leonor Allende (1883-1931), escritora cordobesa considerada la primera mujer periodista de la ciudad, quien colaboró en los diarios La Voz del Interior y La Libertad, entre otros. Su producción narrativa no ha sido muy estudiada hasta el momento. El silencio que, por lo general, ha relegado la acción de la mujer en los ambientes intelectuales ha hecho que su nombre solo se recuerde en relación con la capilla que su esposo, Guido Buffo, levantó en su memoria y en la de su hija, en Los Quebrachitos, en medio de las serranías cordobesas.

Martín Gil: ciencia y modernidad

Para indagar en el pensamiento de Martín Gil[1], hemos seleccionado un corpus que incluye diversos relatos escritos entre 1900 y 1910 donde se evidencia una personal visión de la realidad provinciana. Si bien el narrador encarna una mentalidad adscripta a lo que Oscar Terán denomina la “cultura científica”, impulsora de la idea de progreso y opuesta a usos y políticas locales, no solamente se encuentra en los textos una defensa de la modernidad (especialmente en lo que se refiere a los avances científicos). Coexisten con ella ciertas tendencias aristocratizantes y la consiguiente recuperación de valores tradicionales, junto a la más acerba crítica a quienes detentan el poder en la provincia mediterránea.

Señala Waldo Ansaldi que desde 1870 Córdoba comenzó a modificar sus características habituales, ante los avances tecnológicos y los cambios en la economía (Ansaldi, 1990: 54). Martín Gil se contaba entre los intelectuales progresistas, tanto que, en 1918, la Federación Universitaria de Córdoba lo incluyó en la lista de docentes que proponía para ocupar cátedras.

Intentamos develar cómo la contraposición tradición/modernidad adquirió matices particulares en un autor que ganó prestigio fuera de los límites regionales, puesto que su obra alcanzó reconocimiento en la capital del país (escribió en La Nación desde 1912).

La intersección entre ciencia y literatura es central en los relatos seleccionados (en su mayoría, del volumen Agua mansa, de 1908). La posición planteada en los textos se contextualiza con las características de la cultura provinciana de principios de siglo, donde eran permanentes los conflictos entre las manifestaciones de la naciente modernidad y un pensamiento tradicionalista y clerical, fuertemente arraigado en el grupo dominante de la sociedad cordobesa de la época, de sesgo marcadamente conservador.

“La condenación suave”

Juan Bialet Massé, en su famoso texto publicado en 1904[2] dedicado a las características de la incipiente clase obrera argentina, describe a Córdoba como una ciudad de contrastes, donde coexisten la belleza y la suciedad, la intelectualidad y el ocio, que “tiene tolerancias de la más alta cultura, intolerancias de absolutista” (Bialet Massé, 1968: 214); y no duda en calificar a los pudientes de la ciudad como “ricos roñosos” (Bialet Massé, 1968: 229). No llega a esos extremos Martín Gil; afirma Eduardo Wilde en la carta prólogo a Agua mansa (edición circa 1908): “La crítica, la burla, la condenación suave de los hechos […] salen vivientes de su mano” (Gil, 1908: 2). Y asevera el mismo Gil en “Cuatro líneas”: “Mi rumbo es la Verdad y el Bien” (Gil, 2000: 5)[3]. Refiriéndose a su prosa, Arturo Capdevila encuentra en ella “una mirada escrutadora con algo de Fígaro” (Capdevila, 1960: 16).

Dicha crítica se dirige hacia diversas características de la sociedad cordobesa de la época: los usos políticos, el inmovilismo urbanístico, el fuerte espíritu clerical. Rasgos todos atribuidos a la mentalidad provinciana, sinónimo de atraso y conservadurismo.

Córdoba se había sumado al progreso material y tecnológico desde 1880, con la instalación del gas y de aguas corrientes, a lo que se agregaría luego el ferrocarril. También se radicaron algunas industrias. Paralelamente surgió en los suburbios una población que se hacinaba en ranchos precarios. Con todo, afirma Torres Roggero (2000: 39), “el centro permanecía enclaustrado en su añoso aislamiento”.

Si bien nacido en Córdoba, Martín Gil –a causa de la actividad política de su padre– vivió alternativamente en Córdoba y Buenos Aires durante su infancia y adolescencia. Su temprana adhesión a las nuevas ideas circulantes le valió una fuerte polémica con un conspicuo representante de la política clerical provinciana: Manuel D. Pizarro (Capdevila, 1960: 12).

En Agua mansa (tercera de sus obras), imagina el autor un personaje popular que se convierte en portavoz de diversas críticas a usos y costumbres locales: un zapatero remendón llamado don Lino[4]. Este está adornado con valores superiores a los de muchos de sus conciudadanos de mayor posición social: “[…] comenta los sucesos sociales y políticos con criterio propio; lee más que cualquier hijo de familia principal […] es hombre sincero y tan sólidamente honrado como los botines que confecciona […]. Piensa con libertad y camina sin anteojeras” (Gil, 1908: 163). Desde esa perspectiva se critican costumbres y usos de la capital provinciana: en sus “divagaciones”, el “viejito” califica a la ciudad como “demasiado pedregosa, bárbaramente áspera” (Gil, 1908: 35). Estos adjetivos pueden referirse no solo a la calidad de las calles, sino también a la de sus habitantes y autoridades.

El relato denominado “Arboriforia Cordubensis” desde el mismo título incorpora la ironía: se utiliza el latín (lengua apropiada para la Docta) para un texto donde se denuncia la falta de cultura de la sociedad local, que comete el delito de talar añosos árboles sin tener en cuenta “su sello antiguo, su nota viviente” (Gil, 1908: 102); se llama “indios” a los autores del desastre, que realizan esa “barbaridad” como un “acto de civilización”. Culmina la historia con una explícita comparación entre Córdoba y Buenos Aires, ciudad donde los niños plantan doce mil arbolitos, en evidente muestra de superioridad cultural.

Aunque de manera tangencial, se revive la fórmula sarmientina: a nivel local, la “civilización” en realidad es barbarie, sus sujetos son indios, y la ciudad toda está barbarizada sin caer en la cuenta de ello. Lo nuevo, adoptado acríticamente, se convierte en signo de retraso intelectual.

Lo moderno aparece aliado con un anticlericalismo más o menos velado: en la ciudad se construyen templos lujosos aunque falten hospitales (Gil, 1908: 40). La Pascua es una fiesta donde se escucha el “torrente” “de sangre caliente y espumosa, derramada sin compasión”, de “corderos, patos, gansos y terneros” (Gil, 2000: 49), y no solamente una ocasión de regocijo espiritual.

También irónicamente, las campanas de las iglesias que pululan en la ciudad se convierten en “artillería mística”, que podrían volver a sus habitantes “sordos en gracia de Dios” (Gil, 1908: 56). Precisamente, la crítica a la política local incorpora la íntima relación entre Iglesia y Estado como otro de los numerosos defectos de los gobernantes (se refiere, por ejemplo, a la obligación de los empleados públicos de asistir a la procesión de Corpus Christi).

Son “tiempos de decadencia moral” (Gil, 1908: 165) cuando la “docta y culta ciudad mediterránea, foco de luz, etc.” (Gil, 1908: 49) presenta numerosos aspectos criticables. Caen especialmente bajo la mirada ácida del narrador la denominada “política criolla” y las trayectorias de muchos hombres públicos.

“Consejos paternales” presenta, bajo una forma epistolar, un extenso cuadro que puede aplicarse a cualquier personaje sobresaliente de la época: desde los comienzos como estudiante de Derecho y empleado público, preocupado por su aspecto físico, carente de ideas propias pero defensor de las opiniones “oficiales”, literato en ocasiones, y, más tarde, abogado: aprovechado defensor de los derechos de “viudas acaudaladas” y “hombres de campo solterones, ricachos y ociosos” que luego se dedica a la política a partir de una conducta servil ante las autoridades de turno. Con una conclusión: la definición de ciencia política “al menos para nosotros es el arte de vivir y morir flotando boca arriba sobre las fortificantes aguas del presupuesto” (Gil, 1908: 75).

“Entre ociosos” (Gil, 1908: 117) constituye un extenso resumen del ocio que caracterizaría a la sociedad argentina[5]: los paseos domingueros por la calle Colón, en desmedro de los más saludables parques Las Heras y Crisol, donde sobresale el lujo “sudamericano, chillón, discordante, ampuloso” de las mujeres (Gil, 1908: 132); a ello se suman las borracheras y los “74 días de farra” (feriados) que contempla el almanaque.

La “suavidad” de la crítica, a la que aludía Wilde, puede atribuirse al abundante empleo de la ironía y del humor. Este último se manifiesta en las descripciones de personas y objetos (“El señor Salazar […] cumplido caballero, como suelen serlo todos los cordobeses trasplantados, sin que esto quite que los de almáciga también lo sean”[6]), así como en las frecuentes comparaciones entre objetos y situaciones “serios” con aspectos pedestres de la vida cotidiana; así la luna puede adquirir “el aspecto de un alcoholista crónico saliendo de un almacén”[7].

Sin embargo, bajo la cubierta de terciopelo, es permanente la mirada acerba y atenta de un narrador que no perdona ningún rasgo característico de la mentalidad provinciana y conservadora.

Aristocracia del espíritu: cuestión social y literatura

Córdoba seguía siendo, como cien años antes la describiera Sarmiento, la urbe enclaustrada, limitada en sus perspectivas en cuanto se encuentra construida en un pozo; pero esta característica se refiere ahora más bien a un sector cultural y socioeconómico que mantenía sus viejos usos a espaldas de los conventillos que la rodeaban, donde el hacinamiento y la pobreza presentaban una cara distinta de la ciudad, producto de los cambios sociales que la habían modificado[8].

A pesar de una visión que se precia de ser moderna, la perspectiva del narrador es la de un observador que despectivamente describe las características de los grupos más desfavorecidos: los conventillos tienen “patios sombríos y estrechos” (Gil, 1908: 180), y sus inquilinos, ante cualquier contrariedad, se convierten en “cabras asustadas”, que “aúllan, se insultan y se arañan” (ibid.).

La descripción del inmigrante, trabajador de la campaña, no es mucho más positiva: “rostros congestionados, caras patibularias”, hasta la comparación inevitable: cuando comen parecen animales (Gil, 1908: 24-28). Además de los italianos, que trabajan en la cosecha, aparecen los judíos “explotando el hambre” de los demás colonos y también los ingleses, arbitrarios dueños del ferrocarril[9]. Se evidencia entonces que, más allá de declaraciones “progresistas”, comparte Martín Gil la posición xenófoba de las élites dirigentes que desde la década del 80 venían denunciando los males derivados de la inmigración.

Paralelamente, se permite ciertos lujos de estanciero, miembro del grupo dominante: la tensión modernidad/tradición se resuelve en numerosas ocasiones por el rescate de lo tradicional, entonces son mejores los jardines antiguos que los ingleses, preferibles las flores criollas antes que las orquídeas[10]. También el “poleo con azúcar quemada y bombilla de paja” (Gil, 1908: 170) es superior a cualquier otra infusión. A la vez, se pregunta el narrador: “[…] tradición implica inmutabilidad, reposo absoluto, cristalización y ¿cómo harían los pueblos para progresar, esto es, para cambiar –lo que es fatal– sin que cambie también su horizonte?” (Gil, 1908: 46).

Esta tensión irresuelta se evidencia hasta en la lengua del narrador, quien introduce tanto términos científicos como locuciones coloquiales: “mosqueteamos”[11], “arte ni parte”[12], cuya introducción podría responder antes a intenciones estéticas que a propuestas ideológicas.

“La ciencia moderna”

Como mencionamos, Martín Gil fue un entusiasta y destacado astrónomo, dueño de su propio observatorio en la ciudad. Su interés científico se centró entonces en los estudios del firmamento, y desde esa posición escribió numerosas páginas.

En “Pespuntes” el ya mencionado personaje don Lino asegura: “Lo único capaz de poner las cosas en su lugar e ir libertando al hombre de las crueldades de la naturaleza, es la ciencia moderna […] muy distinta por consiguiente de la antigua ciencia […]” (Gil, 1908: 173).

La adhesión a la “ciencia moderna” sería la causa de la polémica ya señalada con Manuel D. Pizarro. Vamos a detenernos en un texto clave en relación con esto, “Espíritus en quiebra” (Modos de ver, 1903), y en otro posterior, “La bancarrota de la ciencia” (Agua mansa, 1908).

El primero está dedicado “a la juventud estudiosa de Córdoba”, y en su eje principal Gil refuta a sus críticos (que respondían a la ortodoxia católica) estableciendo que

la ciencia moderna no pretende de ningún modo descubrir el por qué del fenómeno sino el cómo, es decir, su ley, y cada día descubre nuevas leyes de las que se deducen nuevas consecuencias útiles para la humanidad, su punto de mira. En cuanto a la Causa Primera, se la siente palpitar en todas partes aunque no se la explique […][13].

Este párrafo explicita claramente la posición del autor ante la cuestión planteada por sus contrincantes, quienes señalaban que la ciencia en general no era válida en cuanto no respondía a las preguntas sobre las primeras causas de los fenómenos.

El clima intelectual de principios de siglo estaba impregnado de idealismo: las ideas modernistas habían puesto en la mira un objetivo que se alejaba del interés material. Así lo afirmaba Carlos Romagosa en 1896, cuando recibía a Rubén Darío en el Ateneo: “Los jóvenes que lo forman todos son rapsodas de un mismo ideal […] la Belleza soberana”[14]. Para M. Gil la ciencia tomó el lugar del ideal: “La verdad jamás se entrega […] es el resplandor de una luz eternamente oculta […]. Avanzar siempre hacia donde se vislumbra ese resplandor, esa es la ley a que está destinada la ciencia y eso se llama progresar” (Gil, 1903: 44). Se postulaba una suerte de “idealismo materialista o cientificista”, donde se conjugaban las comprobaciones de la ciencia con la creencia en un progreso situado más allá de todo límite verificable.

El segundo ensayo retoma la cuestión ciencia/dogma, y allí se afirma: “No puede haber ciencia atea, ni creyente, ni materialista, etc., aunque haya sabios con todos esos rótulos. […] La ciencia moderna investiga fríamente, sin premeditación alguna, con sinceridad absoluta [….] busca la verdad tan sólo, salga lo que salga” (Gil, 1908: 213).

Si retornamos a las “Cuatro palabras” del autor, que se define a sí mismo como amante de la verdad y el bien, encontramos cómo se ratifica esa afirmación en concordancia con su defensa de la actitud científica. La verdad que la ciencia busca se identifica con un ideal siempre inalcanzable, ya que la actividad científica implica una búsqueda continua, que no termina en el descubrimiento de una ley, sino que avanza más allá y, siempre en busca de nuevas respuestas, “da un paso más hacia la región de lo desconocido, trazando así su espiral de débil luz en la inmensa bóveda del misterio” (Gil, 1906: 213).

Esta suerte de “idealismo cientificista” se convierte entonces en una particular manifestación de la ya mencionada “cultura científica”, una ciencia que, a pesar de distanciarse del positivismo, no deja de ser “moderna”.

Una derivación de esta postura es la fuerte preocupación por la salud pública, como se evidencia en los diversos modos de manifestación del llamado “higienismo”. Actitud que aparece claramente en “Asamblea microscópica”, relato que presenta una convención de bacterias y microbios, los cuales debaten a la manera de miembros de una Cámara, acerca de la conveniencia de mudarse desde Buenos Aires, donde se han instalado sistemas de cloacas y desagües, hacia Córdoba, donde la preocupación por estas cuestiones no existe[15].

El “paisaje cientificista”: cruces y tensiones

Otra consecuencia de la formación científica del autor aparece en sus numerosas descripciones de la naturaleza regional. En ellas, el narrador adopta un particular sincretismo entre el lenguaje poético y la explicación científica.

Su posición como escritor se manifiesta en la oposición entre un antes (de los avances en el conocimiento de los astros), cuando la luna era “un espejo de plata”, y un presente, en que “la joven Selene es algo así como una enorme bola de yeso horadada y carcomida” (Gil, 1906: 142); esto le sirve para rescatar a Lugones, quien “entendió a la luna”, mientras que el público –consecuentemente– “no entendió a Lugones” (Gil, 1908: 144).

De tal modo, las características particulares de las descripciones residen en que están fundadas en el conocimiento científico de los fenómenos, lejos de efusiones románticas (Gil, 1908: 138). Las virtudes de la luna, por ejemplo, pueden ser cantadas a partir de su efectiva acción sobre el resto de la naturaleza: “[…] la que con su invisible brazo de espectro arrastra diariamente al mar de los cabellos” (Gil, 1908: 157).

Se percibe en los textos una marcada impronta del discurso científico, portador de una fuerte carga semántica que lo relaciona con el bien y la verdad. De tal modo, quien ostenta los saberes que la ciencia otorga posee el derecho de convertirse en juez, derecho que Martín Gil asume con énfasis. Su modo de pensar, sostenido en principios universales (leyes físicas, descubrimientos astronómicos), le permite tanto criticar los excesos de la política y del clericalismo cordobés, como absorber otros saberes: los tradicionales y populares, sin por ello desmerecer la perspectiva racional adoptada. Sin embargo, este discurso científico se entrecruza con el intento de escribir literatura, es decir, lo estético no es un factor desdeñado por el escritor. Lo característico del corpus seleccionado lo constituye, entonces, la presencia alternativa de registros provenientes de la ciencia con elementos poéticos y humorísticos. Interdiscursividad que manifiesta la heterogénea conformación ideológica de un periodo de intensos cambios y reacomodamientos políticos y sociales, a los que no es ajeno el ambiente intelectual cordobés.

Leonor Allende: espiritualidad y tradición

Ciudad y claustro: entre la fe y el ideal

Leonor Allende pertenecía a una tradicional familia cordobesa, lo que no fue obstáculo para que se dedicara al periodismo, incursionando de este modo en un espacio hasta ese momento puramente masculino. Además de esa actividad, escribió varias novelas; Don Juan Ramón Zevallos (1912) es la segunda de ellas[16].

En esta obra, novela histórica ubicada en la Córdoba colonial, se construye un territorio clausurado: la mujer, la casa, la ciudad, que no deben exponerse a un mundo representado por el personaje masculino, ocasión de peligro y causa de muerte. De este modo, se delimitan fronteras y se trazan límites: los de la estrecha mentalidad colonial y provinciana.

Don Juan Ramón Zevallos puede leerse como un alegato o una alegoría acerca de la situación de la mujer en el momento de su escritura, sujeta a las tradiciones de una ciudad fuertemente conservadora.

Córdoba, en esa época, presentaba extrema movilidad y variedad en los aspectos sociales, políticos y económicos, y también en el movimiento cultural de la ciudad, sacudido por polémicas en torno al naturalismo y el modernismo (Torres Roggero, 2000). En este ambiente en ebullición, surgió la figura de Leonor Allende. Los caracteres de su personalidad se describen minuciosamente en una nota del 31 de marzo de 1932 (un año después de su muerte), publicada en La Voz del Interior. El texto destaca:

Cuando un concepto social estrecho y absurdo relegaba la acción de la mujer a los lindes del hogar, y aun se miraba con recelo la concurrencia a las escuelas normales, Leonor Allende sobrepasó todos los prejuicios y en un solo gesto impuso los derechos de su inteligencia.[17]

Nos encontramos con una mujer que, perteneciendo a la oligarquía, rompió con ciertas convenciones todavía vigentes en la sociedad cordobesa[18], y se dedicó públicamente a la literatura y al periodismo[19]. Sus relaciones con intelectuales de la época fueron destacadas por quien después sería su esposo, el italiano Guido Buffo, al que contactó con Leopoldo Lugones, Pablo Cabrera, Manuel Eizaguirre, entre otros.[20]

Don Juan Ramón Zevallos

La historia narrada en Don Juan Ramón Zevallos se ubica en la Córdoba colonial, y en lo discursivo evidencia cómo la estética modernista y el modelo ya experimentado con éxito por Enrique Larreta en La gloria de Don Ramiro (1908) parecen haber sido determinantes. La autora se esfuerza –sin conseguirlo– por elaborar un lenguaje arcaizante, acorde con la época en que ubica su relato, donde emplea un estilo quizás ya convertido en pura forma, carente del sentido renovador que pudo haber tenido en otros escritores.

Carlos Romagosa, en su recepción a Rubén Darío en el Ateneo de Córdoba, en 1896, había fijado los caracteres que el “simbolismo” tenía para la ciudad mediterránea. Hace hincapié en lo que tienen en común los seguidores de este nuevo movimiento:

Los jóvenes que lo forman todos son rapsodas [sic.] de un mismo ideal, todos son paladines de una misma causa, todos son fieles de un mismo santuario, y todos, para hacer triunfar el mismo ideal –la Belleza soberana–, luchan con valor, con audacia, con agilidad, con entusiasmo y con fe, estando formidablemente armados para los diferentes lances de la Cruzada.[21]

La obra que nos ocupa vuelve reiteradamente al concepto de “ideal”, el cual –si bien puede ser definido de diversas maneras– parece acercarse a esta aproximación dada por Romagosa. La búsqueda de la belleza, opuesta a una visión materialista e interesada, implica una diferencia entre los espíritus sutiles y la multitud. Esta característica de la literatura de la época se plantea reiteradamente en el texto.

La ciudad como claustro

Tal como señalamos, el relato se ubica en la época colonial (último tercio del siglo xviii), en la ciudad de Córdoba. El protagonista, Don Juan Ramón Zevallos, vizconde de Montenegro, es un noble español que llega a América en busca de aventuras. Hijo del virrey Pedro de Zevallos, el joven lleva en el Río de la Plata una vida itinerante; en este trayecto llega a Córdoba, donde conoce a una joven novicia de la cual se enamora. Estos amores terminan trágicamente, con la muerte de la muchacha.

Se recrea el ambiente de la ciudad, descrita especialmente en sus aspectos devotos: “En el silencio de la tarde el canto del Ángelus fluía lentamente sobre las negras torres de las iglesias” (Allende, 1912: 24). Precisamente el silencio parece ser una de las características del lugar: las mujeres, seguidas de sus esclavos negros, “caminaban en silencio” (Allende, 1912: 29), una quietud alterada solamente por el sonido de las campanas: “Sonaba una campana solemne. Era la campana del convento de Santo Domingo que anunciaba la hora del alba” (Allende, 1912: 39).

Devoción, silencio y quietud (“Nuestros espíritus en la quietud del momento reposaban” [Allende, 1912: 52]) definen un modelo espacial: el claustro. Los acontecimientos se producen en su mayoría en la casa de doña Sol de Soveral, y unas pocas salidas se realizan hacia la Catedral o el convento de San Francisco. El claustro es tanto la “galería que cerca el patio principal de una iglesia o convento”, como “el estado monástico”[22]. Las galerías interiores de la residencia se describen con caracteres paradisíacos: “[…] un gran solar cubierto de sauces y de acacias con un jardín fragante a flores de primavera. Rumor de aguas cubría el ambiente” (Allende, 1912: 31).

El jefe del hogar es un sacerdote, el deán de Soveral. Su cuñada, Da. Inés, madre de Sol, viste hábito monacal, y la misma Sol es una “mónaca” (novicia). La casa se convierte casi en un convento, tal como lo ratifican diversas expresiones (“[…] la casa envuelta en un silencio conventual” [Allende, 1912: 53]). Se trata de un espacio marcadamente femenino, entre lo asexuado del sacerdote, Inés, Sol y las esclavas (apenas se mencionan algunos sirvientes varones).

El claustro es entonces un lugar cerrado, un tiempo “quieto”, que se ve amenazado con la irrupción del varón y su mundanidad, pero que finalmente termina imponiéndose en su inmovilidad y clausura, cuando el español deposita el cuerpo muerto de la joven: “En su estancia precipitéme y dejéla sobre su lecho blanco […]” (Allende, 1912: 216).

Tópicos modernistas: entre Grecia clásica y América indígena

El protagonista del relato manifiesta en sí mismo una tensión entre dos fuerzas: el cristianismo aprendido desde la infancia, y cierta exaltación o vitalismo que podemos relacionar –siguiendo los modelos presentados en el texto– con un panteísmo pagano.

Son recurrentes las alusiones a Grecia y Roma, a través de las cuales el presente provinciano se ennoblece al establecer parangones con la Antigüedad clásica: los hidalgos coloniales, como los nobles atenienses y romanos, pueden ejercer oficios humildes (Allende, 1912: 34), los jardines de la casa tienen una “suave sencillez pompeyana” (Allende, 1912: 31). Juan Ramón incluso habla de “dioses”, para escándalo del deán, su interlocutor[23].

La percepción de la Naturaleza (nombrada con mayúsculas) alcanza dimensiones altamente espiritualizadas: “Era una divina sensación de contacto espiritual, sustentado por el aire y por la luz […]” (Allende, 1912: 41)[24]. D. Juan Ramón Zevallos alardea de su paganismo: “Cierta gloria de divinidad olímpica me apaciguaba, dándome internamente la expresión de Pericles, el ateniense, o de tal cual Zeus […]” (Allende, 1912: 47).

El cristianismo, en tanto, presenta una doble faz: la caritativa y bondadosa, representada especialmente por la figura del deán, pero también un aspecto amenazante y sombrío[25] para quienes se alejan de sus preceptos.

La anécdota refiere un romance de blancos: uno europeo, la otra americana; el texto solo incorpora a una representante de los habitantes primitivos de América. Una india, que carece hasta de nombre, pero cuya venganza ocasiona la separación de los amantes.

Desde la perspectiva del español, con altivez de conquistador, la mujer aborigen está destinada a satisfacer sus deseos: “aquella grácil beldad aborigen, tenía un sabor extraño de fruta tropical madurada en los bosques primitivos” (Allende, 1912: 21). Y acorde con esta visión, la abandona como un objeto, sin consideraciones, cuando se siente atraído por Da. Sol.

La mujer indígena está fuertemente consustanciada con la tierra de la que proviene: “Sus caricias tenían una triste amplitud de pampa y de montaña, y parecíanme empapadas en el espíritu de este magnífico viento pampero que atraviesa media América de una sola expiración” (Allende, 1912: 22). Producto de la naturaleza, es semejante a “los huracanes que asolan la pampa” (Allende, 1912: 140).

A pesar de esta perspectiva desvalorizadora, el español reconoce en la india ciertos valores propios de la raza (“montaraz altivez”). Correlativamente a esta valoración, en algún momento aparece la crítica a la Conquista[26], que utilizó al cristianismo con fines espurios. Pero el aborigen siempre es el Otro absoluto: el enemigo contra el cual lucha el español; sus malones provocan temor a los troperos, aunque luego son vencidos por el hidalgo.

La cotidianeidad americana también aparece en el relato, en un episodio alejado de la historia central. Cuando el protagonista pasea por la ciudad, se encuentra con un grupo de niños que juegan en las calles: “[…] todos estaban descalzos y modestamente trageados [sic.], tales como eran, niños principales, orgullosos del extraño abolengo hispano-aborigen, de donde saldrá la raza más potente del universo” (Allende, 1912: 157). El joven continúa explicitando el destino de esta “raza”: “Hijos de hijo-dalgos pobrones y valientes, sin miedo del albur del misterio o de la muerte, y de estas mujeres hijas del Sol, cuya ralea entronca en los dioses […]” (ibid.)[27].

La concepción de la argentinidad como una nueva raza hija del Sol (“[…] tal vez tengan por insignia, la luz; un Sol”) entronca con el pensamiento de otros modernistas, particularmente con Lugones, quien en 1910 había planteado en su Prometeo la adopción del ideal platónico en oposición al materialismo positivista y la adopción del mito solar como clave para su propuesta de nación[28].

De pronto, interrumpe la calma otro grupo de chiquillos y se origina una disputa entre bandos opuestos. Los invasores se caracterizan por su valor y osadía, semejantes a sus antepasados conquistadores. Manifiestan la fuerza y la pujanza de la raza nueva.[29] Es posible observar, a través de este episodio, cómo América, desdeñada y olvidada, se construye en las calles, desde el barro primordial, en los resquicios del dominio europeo. Bulle fuera del claustro, desafiando sus consignas de silencio y quietud, con voces populares, gritos e insultos (“¡Chanchos, hambrientos, hijos de perra! ¡Negros, talones rasgados! […]” [Allende, 1912: 160]).

El fracaso del ideal

Don Juan Ramón Zevallos transcurre su vida en la búsqueda de un ideal: la belleza, entendida no solo en lo material, sino también en lo espiritual: belleza = bien. De allí su admiración por el arte griego, en el que cuerpo y alma se fusionaban armónicamente.

Este ideal concuerda con el programa modernista, la “belleza soberana” a la que se refería Carlos Romagosa. En el texto es la mujer, identificada con la luz, quien representa la concreción de ese ideal, en el que materia y espíritu concurren a crear la belleza perfecta, digna de adoración, y digna, por lo tanto, de ser amada por el varón inquieto y valeroso.

Juan Ramón padece un estado de permanente insatisfacción (“Devorábame el ansia de sentir, de conmoverme y de ser […]” [Allende, 1912: 5]). La elección de ir de un lado al otro, combatiendo a distintos enemigos, solo es un síntoma de la insatisfacción que invade su espíritu. Un espíritu ansioso de infinito (Allende, 1912: 7), pero que se debate en un “laberinto de confusiones” (Allende, 1912: 24)[30]. De este modo, Córdoba vuelve a ser escenario de la confusión para el hombre, solicitado por fuerzas opuestas. Luis de Tejeda la había descrito en el siglo xvii: “[…] un laberinto de almenas, /un caracol de murallas/ es esta ciudad sin Dios/ que el entendimiento encanta”.[31]

El viaje desde el afuera hacia el centro, desde la España natal hacia la ciudad “mística y piadosa”[32], culmina con el fracaso del héroe, quien debe partir de Córdoba en medio de las tinieblas “como alma empujada por el furioso viento del infierno” (Allende, 1912: 217). El fracaso, en realidad, responde a la impotencia de D. Juan Ramón, incapaz de elevarse hasta el paradigma físico y espiritual de que es portadora la mujer: su propia actitud “de conquistador” y no “de peregrino” trunca la unión y destruye al objeto de su amor.

Derrota del hombre que desafía a la Divinidad (“Adiviné un reto o desafío en la cara del Señor” [Allende, 1912: 63]), aun sabiendo que va a ser vencido, como finalmente sucede: “Voy hacia Dios […]”, afirma Da. Sol (Allende, 1912: 193). La ruptura entre ambos y la muerte de Da. Sol revelan la imposibilidad de alcanzar un ideal que ha de permanecer siempre lejano para las “almas modernas” (Allende, 1912: 47) –expresión más propia del incipiente siglo que del pasado colonial–.

La única belleza a la que es posible aspirar no reside entonces en este mundo: “La Belleza Eterna, donde radica el gozo de todos los empíreos […]” (Allende, 1912: 136). Belleza espiritual, estática e inaprehensible, como la que irradia el alma de la joven, ubicada en el centro del claustro: la casa monacal. Belleza enclaustrada, imposibilitada de salir al mundo (Sol muere en la escalera que conduce al exterior). Cada uno de los protagonistas encarna en realidad una actitud determinada: fuerza, crueldad y vitalidad, teñidas de inconformismo en Juan Ramón, bondad, dulzura y belleza, pero también aislamiento, en Sol de Soveral.[33]

El ideal encarnado por Da. Sol: la belleza soberana, cuyo hallazgo pone fin a la búsqueda del varón, se revela entonces como inalcanzable. La resolución del relato termina por demostrar la vanidad de las pasiones terrenas y la imposibilidad de la unión entre espíritu y mundo.

La salida del laberinto, para don Juan Ramón Zevallos, es una huida hacia la oscuridad. El costado místico y piadoso de la ciudad ha vencido, en ella todo sigue quieto y silencioso, ya no solo claustro del espíritu, sino panteón de pasiones (“Dejé en ella mi corazón entero, para siempre jamás” [Allende, 1912: 216]).

Entre la fe y el ideal

Leonor Allende postula en el texto (más allá del fracaso del varón) la imposibilidad de la mujer de salir hacia un afuera peligroso y ambiguo: Da. Sol paga con su vida el olvido de sus promesas y el intento de alejamiento del mundo femenil que la rodea. La ciudad –¿la sociedad?– silenciosa e inmóvil impone sus reglas, puestas de manifiesto desde el púlpito, e identificadas con los preceptos de la religión.

El nuevo ideal espiritual y estético no ha logrado liberar a la mujer de su situación de encierro: entre la fe y la belleza, el relato opta por la continuación de la quietud, por el alejamiento de los caminos mundanos, como triunfo del bien eterno e inmutable.

No es aventurado reconocer en el destino trágico de doña Sol la queja de la mujer escritora. Aunque “Leonor Allende sobrepasó todos los prejuicios y en un solo gesto impuso los derechos de su inteligencia” –según la citada afirmación del obituario de 1932–, Don Juan Ramón Zevallos puede ser leída como el melancólico reconocimiento de un fracaso: de las novelas escritas con posterioridad, El nobilísimo señor de Ollantaytambo, príncipe de Chimu y su amor y La llama permanecieron inéditas, en tanto El misterio de Ur fue publicada por su esposo en 1947.

Sincretismo y “conocimientos ocultos”

El misterio de Ur es una novela escrita entre 1925 y 1926, publicada de manera póstuma en 1947. En ella se manifiestan rasgos de un tardío modernismo –lejos ya de los intentos estilísticos de Don Juan Ramón Zevallos, donde una evidente estilización de las culturas griega y americana precolombina se combina con la presencia, elusiva pero relevante, del “conocimiento oculto”, en este caso relacionado con el pitagorismo. Es posible, entonces, señalar ejes presentes en la escritura de Leonor Allende que la adscriben a una vertiente fuertemente “espiritualista” del modernismo, donde, a las búsquedas estéticas, se suma un alejamiento de la ortodoxia católica para indagar en creencias alejadas de las ortodoxias vigentes.

Escenario

Las acciones se desarrollan en algún lugar frente al mar, en una ciudad de la antigua Grecia. Todo esto se infiere por los nombres de los personajes y a partir de sus conversaciones. Se trata de un paisaje construido desde el comienzo de manera irreal, donde los humanos conviven con sirenas, tritones y sátiros (Allende, 1947: 7-8). Si bien el subtítulo de “Novela fantástica” con que es publicado el texto permite aceptar desde el comienzo esta construcción como parte de una convención genérica, se establece desde los inicios del relato una distancia apreciable entre lo verosímil y la ficción de la historia.

El escenario, entonces, es un lugar donde todo es posible, ya que un “encantamiento” puede conjurar la presencia de seres casi sobrenaturales. En efecto, la mujer que llega, Ur, siempre constituye un misterio para todos.

En el recorrido por los espacios, se observa que todos ellos presentan los rasgos más estereotipados de la cultura griega como modelizadora del buen gusto y el refinamiento. Palacios, jardines, vestiduras, joyas, animales, incluso esclavas y esclavos poseen armonía y belleza. Todo configura un locus amoenus, a la manera de la reconstrucción renacentista de la Antigüedad clásica. Dichos atributos además pertenecen a muchos de los personajes, y particularmente a uno de ellos: Harmodio (nótese que hasta el nombre remite a la harmonía). Este posee en grado máximo las virtudes del hombre griego, tanto en lo físico como en lo espiritual, y se encuentra con Ur, quien a su vez lleva en sí la esencia de valores provenientes de tierras americanas.

Política y superioridad espiritual

Los protagonistas, tanto héroes como antihéroe, se presentan como seres superiores a los demás, por sus valores y sus acciones. Se trata de una marcada superioridad espiritual que conlleva el reconocimiento de los demás hombres y mujeres, quienes perciben en ellos esa cualidad y la respetan.

Se trata de una aristocracia del espíritu que en el texto corre paralela con la aristocracia social y política. La superioridad “espiritual” está constantemente remarcada, tanto por el narrador como por los personajes. Se destaca la diferencia entre estos seres y los otros (los mediocres), que no comparten su excelencia y, por lo tanto, son también incapaces de entender sus actos.

Relacionamos esta marcada diferencia con los planteos de los modernistas, que señalaban la distancia entre su posición ante el arte y la vida frente a los valores burgueses, caracterizados por el materialismo y el interés por el dinero. Graciela Montaldo considera que, para estos artistas, “el mundo del arte es el mundo de una sensibilidad amenazada” (Montaldo, 1994: 17), y continúa: “El terror letrado ante el reconocimiento de las diferencias culturales asoma en ellos” ( Montaldo, 1994: 18).

La novela no se reduce a una exaltación de un tiempo y un espacio ideales, sino que plantea además una cuestión política, tal como se revela en el título que primeramente planeaba darle su autora: El tirano[34].

El personaje del tirano se presenta con claroscuros: alguien con talento y virtudes y, por lo tanto, digno de ejercer el gobierno; pero a la vez un hombre ambicioso y carente de principios[35]. Por tal motivo, su desaparición es también una liberación para el pueblo que dirige, el cual de ese modo recupera antiguas libertades[36].

En ese mundo conformado tanto por seres superiores como por la plebe, las diferencias internas que se evidencian entre los que detentan el poder se sostienen en opciones éticas individuales, las cuales finalmente inciden en los destinos generales, antes que en principios políticos comunes. Todo se resuelve dentro de la aristocracia, ya que solo sus miembros están capacitados para llevar adelante las tareas de gobierno.

Sincretismos

Apelamos al concepto de “sincretismo”, del cual Irina Levinskaya (1993) afirma que “se convirtió en una expresión para cada tipo de contacto religioso o aún cultural”, y cita diversas definiciones de él. Entre todas ellas, destacamos la de M. Pye, para quien sincretismo es “la coexistencia ambigua y temporal de elementos de contextos diversos, religiosos u otros, dentro de un patrón religioso coherente”. Estas aproximaciones se relacionan estrictamente con lo religioso, aunque sabemos que el término también se emplea reiteradamente en la historia del arte. Así, Álvaro Villalobos-Herrera asevera: “A la mezcla y coparticipación de formas culturales que permanecen juntas y en convivencia generando un resultado se les llama sincretismo” (Villalobos-Herrera, 2006: 393). En la novela de Allende, la forastera que llega por el mar toma por nombre propio el de su pueblo: Ur[37]. Cuando relata su historia y la de su lugar de origen, todos los indicios señalan alguna civilización del continente americano, particularmente porque “Ur” remite a una antigua cultura que habita sobre el lago Titicaca[38], en la actual Bolivia. Tanto las características de la organización política –sustentada en el poder religioso–, los rituales y las creencias,[39] como el mismo color de la piel parecen contribuir a esta suposición.

En su reino la joven era una princesa que, ansiosa por conocer los misterios que rodeaban al sacerdote supremo, se presenta ante él y recibe durante dos años tanto los conocimientos que le transmite como su amor. Este periodo concluye cuando Ur es elegida para el sacrificio ritual y debe morir. Tu Pu, su enamorado, la salva a costa de la propia vida, y entonces ella inicia el peregrinar que la conduce al encuentro con Harmodio. Su misión es buscar ayuda de los hombres blancos para liberar a los suyos.

La presencia de “jardines con faunos y hadas […] conjugada con las mitologías precolombinas” (Montaldo, 1994: 64) no es extraña en “el mundo ficcional” (ibid.) del modernismo. Guido Buffo, comentando el texto de su esposa, considera que la autora realizó “el deseo íntimo de unir con lazos de ensueño los ideales de perfección de dos civilizaciones […]” (Allende, 1947: 121).

Si consideramos, con Villalobos-Herrera, que se denomina “sincretismo” la coexistencia de elementos antes contrastantes[40], comprobamos cómo, para la crítica, el sincretismo es precisamente una de las características que definen al modernismo como movimiento cultural latinoamericano. Ángel Rama afirma que “encontramos reunidos el último romanticismo, el realismo, el naturalismo, el parnasianismo, el positivismo, el espiritualismo, el vitalismo, etc., que otorgan al modernismo su peculiar configuración sincrética […]” ( Rama, 1970: 42).

De tal modo, la obra de Allende no escaparía a ciertas características de un modernismo tardío, propio de una literatura cerrada en valores y lecturas consagradas, y aun inmune a los avances vanguardistas.

Ciencias ocultas

Octavio Paz considera que “la influencia de la tradición ocultista entre los modernistas hispanoamericanos no fue menos profunda que entre los románticos alemanes y los simbolistas franceses” (Paz, 1974: 63).

Desde sus inicios, en la novela se ratifica la certeza de que “hay más cosas ocultas de las que parecen” (Allende, 1947: 9). “Misterio”, “portento”, “mensaje divino” se repiten a lo largo del texto y configuran el clima de irrealidad que rodea a los protagonistas. En especial, el término “misterio” que da nombre a la obra se relaciona con una verdad que está oculta.[41] La misma Ur ha sido castigada por pretender conocer los “misterios” de su religión: “Quiero saber, descubrir, inquirir; quiero hundirme en todos los misterios y llenar mis manos de luz, aun cuando me cueste la vida descorrer el pesado manto del misterio […]” (Allende, 1947: 50).

Según testimonia Guido Buffo, Leonor Allende estaba “influenciada por las ideas filosóficas y políticas de los más preclaros hombres de la antigüedad y modernos, de Oriente y de Occidente” (Allende, 1947: 98); por lo tanto, no resulta extraño relacionar muchos de los planteos presentes en la novela con algunos principios pitagóricos, a los que ella misma refiere cuando describe a Harmodio, a quien presenta respetuoso de ellos (en oposición al tirano).

El planteo de Ur, quien exhorta a los griegos llamándolos “blancos hijos de la luna” y les propone conquistar a los “hombres de la raza roja” a fin de “completar la materia por el espíritu y el espíritu por la materia” (Allende, 1947: 73), ya que los primeros son el equilibrio de la fuerza y los segundos, el equilibrio del espíritu, presenta caracteres peculiares para quien intenta alentar a los hombres para realizar una expedición militar. Este llamado es, en sí mismo, “misterioso”: propone una conciliación de opuestos (un “equilibrio”), que se emparienta con la semejanza que descubre Ur entre Tu-Pu y Harmodio: “¿No eres Tu-Pu, […] oh Harmodio? […]. Porque aquello es posible, según yo sé. Tu generosidad es la misma y te veo semejante en espíritu a Tu-Pu […]” (Allende, 1947: 55).

El pitagorismo creía en la posibilidad de la reencarnación, y especialmente proponía la armonía del cosmos, donde todas las manifestaciones se conciliaban finalmente en una visión totalizadora de la creación. La doctrina pitagórica se entronca con una larga tradición esotérica que ha pervivido hasta nuestros días, y que, en la época de la escritura de la novela, había alcanzado cierta difusión a través de los postulados de la teosofía. Esta última no resultaba incompatible, como otras corrientes espiritualistas, con la doctrina cristiana (Leonor Allende mostró ser una ferviente católica[42]).

Como señalamos, la novela fue publicada, después de permanecer inédita veinte años, en 1947 por su viudo, Guido Buffo, quien además le colocó el título con que la conocemos. Ignoramos si, además, intervino en alguna corrección del texto.

La estrecha relación entre ambos esposos nos habilita a releer la obra de Allende también desde el pensamiento de Buffo, quien, después de la muerte de Leonor y de su hija, erigió en las proximidades de Unquillo una capilla decorada con frescos de su autoría, donde se manifiesta una particular fusión de fe, ciencia y creencias esotéricas.

Si bien El misterio de Ur, leída en el conjunto de novelas de la autora[43], presenta rasgos estilísticos y temáticos semejantes, particularmente en lo referido a la diferencia entre los seres espirituales y aquellos preocupados solo por valores materiales, la referencia a las creencias ocultas se presenta como una novedad en su narrativa. Creencias que se relacionan con un nivel de conocimiento superior, vedado al común, solo alcanzado por algunos escogidos.

La misma intención de seleccionar lo más elevado de cada cultura parece guiar el sincretismo artístico presente en el texto, donde las excelencias de las civilizaciones griega y precolombina se conjugan en las virtudes de los protagonistas de la novela: Ur y Harmodio.

Tradición y aristocracia del espíritu

A pesar de las diferentes temáticas de las historias narradas, es posible encontrar en las dos novelas de Allende algunas líneas comunes. Dichas coincidencias se concentran en ciertos ejes de gran relevancia: la conservación/recuperación de tradiciones “superiores” y la idea de que existen personas portadoras de valores espirituales sobresalientes, que los distinguen de sus congéneres.

En efecto, en Don Juan Ramón Zevallos, Da. Sol conserva y sostiene hasta el final la preeminencia de la doctrina católica, como una tradición que debe pervivir más allá de la muerte de sus seguidores, en tanto la pareja conformada por Ur y Harmodio constituye una concreción literaria de la ansiada unión de dos tradiciones diferentes pero complementarias en sus valores primigenios: la aborigen americana y la griega. Pero, además, todos –aun Zevallos– son espíritus superiores, tanto si están equivocados como si son servidores de una verdad que los trasciende.

La primera novela estudiada se cierra con una clausura, un claustro que es casi una custodia[44], en tanto la segunda abre la posibilidad de una unión que es también una superación y una sutura de las diferencias, el nacimiento de una nueva generación de hombres y mujeres mejores. Los mejores, los que constituyen la verdadera aristocracia, cuyos títulos no son los convencionales, son aquellos capaces de superar las adversidades y no dejarse vencer ni aun ante la muerte corporal. Es decir, los servidores del ideal constituyen la base de toda sociedad donde el materialismo pueda ser erradicado.

Gil y Allende: dos caras de la moneda local

Comenzamos este capítulo recordando la disputa que, al igual que en el resto de la Argentina, se desarrollaba en la Córdoba de las primeras décadas del siglo xx. Martín Gil nació casi veinte años antes que Leonor Allende. Aun así, fueron contemporáneos en sus textos y en su participación en el limitado campo intelectual cordobés. Una demostración de esta cercanía es el hecho de que Gil haya prologado uno de los textos que revisamos, Don Juan Ramón Zevallos.

En su lectura se advierte un marcado paternalismo –ya lo mencionamos en el caso de Storni–, esta vez también explicado por la diferencia etaria. Desde esa posición de “condenación suave” o, más bien, de leve reconvención, el prologuista no se priva de criticar el “estilo” y “lenguaje” del “cuento” (considera que no llega a ser una novela) (Allende, 1912: 1) y de aconsejar a la autora: debe afrontar “un tema nuestro, actual” (Allende, 1912: 3). Sin embargo, en actitud galante, alaba más las virtudes de la “niña” antes que a la escritora (ibid.).

Este prólogo muestra cómo ambos convivieron en un mismo espacio cultural. Allende, aun siendo más joven y osada en la elección profesional de su juventud, militó con afán en el sostenimiento de un orden tradicional, fundado en la comunidad de creencias y de valores que consideraba solo podían pertenecer a una élite de artistas y letrados. En tanto el positivista Gil adhirió con énfasis a la idea de progreso y a las verdades sostenidas por la ciencia, a cuyo desarrollo y divulgación contribuyó durante toda la vida.

De modo que, a pesar de estas diferencias de pensamiento, no se registran querellas entre ambos. Por ello, aparecen ante nuestros ojos del siglo xxi como dos caras de la inevitable disputa que se extendió durante muchos años del siglo pasado y cuyas profundas huellas pueden percibirse aún en la actualidad.


  1. Escribió textos literarios y otros científicos. Entre los primeros, mencionamos: Modos de ver (1903), Prosa rural (1909), Hablando solo (1935), Una novena en la sierra (1944). Entre los segundos: Cosas de arriba (1909), Mirar desde arriba (1930). En 1960, la Academia Argentina de Letras publicó una antología de su obra.
  2. El estado de las clases obreras argentinas a comienzos del siglo. Citamos por la edición de 1968.
  3. Utilizamos dos ediciones distintas de la obra: en soporte papel, la fechada en Córdoba, del año 1906. También la edición digital de El Aleph, que suponemos posterior por la fecha de la carta de Eduardo Wilde, el agregado de las “Cuatro líneas” del autor y dos cambios: “La luna y las iglesias” por “De la luna” y “Canícula” por “Marte”.
  4. Aparece en “Divagaciones de un zapatero”, “Arboriforia cordubensis”, “Pespuntes” y “Charla de don Lino”.
  5. Ya que también se habla de Bs. As.
  6. “Noche de Perros”, del volumen Prosa rural (Gil, 1944: 114).
  7. “Una novena en la sierra”, del volumen Modos de ver (Gil, 1944: 87).
  8. Asevera Bialet Massé: “Por lo que hace al alojamiento y condiciones higiénicas de las clases obreras es realmente desastroso. Los que viven mejor, son los que pueblan los numerosos ranchos de las orillas; a lo menos tienen luz y aire; pero los conventillos de la ciudad son atroces […]. Las piezas tienen pisos imposibles, sucias hasta repugnar, chicas y caras” (Bialet Massé, 1968: 229).
  9. La escasa simpatía hacia Gran Bretaña se evidencia en otros momentos: “¡Bretaña, hombre! El país de la justicia y de la libertad por dentro” (Gil, 1908: 111).
  10. “[…] nuestro ambiente social es tan asimilativo, que aún no han desaparecido en ella las antiguas modalidades y, única entre las provincias preferidas por la avalancha europea –tan hondamente labraron en Córdoba fuerzas seculares– puede hoy todavía ofrecer restos y recuerdos vivientes del pasado […]” (Manuel Río, 1910: 10).
  11. “Sobre el rastro” (Gil, 1944: 47).
  12. “Una novena en la sierra” (Gil, 1944: 83).
  13. En Modos de ver (Gil, 1944: 43).
  14. Vibraciones fugaces (s. d., 42).
  15. “Córdoba es la ciudad que tiene más mortalidad por enfermedades infecciosas de la República. Allí hay que preguntar qué microbios son los que faltan, porque de las excepciones, aparte del cólera, la fiebre y la bubónica, no tengo noticias” (Bialet Massé, 1968: 229).
  16. En 1907 había publicado Flavio Solari.
  17. Citado por Gustavo Daniele y Karina Sinder’s, Yo, Guido Buffo (1995: 83).
  18. Afirma Arturo Capdevila: “En un tiempo bastante gazmoño que no le permite a una joven andar sola o con amigos, ella se deja acompañar por este o aquel colega, incluso al caer la tarde o entrar la noche” (1963: 220).
  19. La participación de la mujer en los movimientos de la ciudad cordobesa de la época no era insignificante, afirma Bialet Massé en 1904: “La verdadera sorpresa de ver en Córdoba grupos de mujeres de cien de doscientas y más tomar parte en las huelgas y manifestaciones públicas, y aisladamente oírlas protestar que ellas no dejan de ser religiosas […]” (Bialet Massé, citado por Romero Cabrera, 1994: 20).
  20. Daniele y Sinder’s (1995: 68).
  21. Vibraciones fugaces, s/a: 42.
  22. Diccionario de la Real Academia Española, tomo 1 (1992: 487).
  23. Martín Goycoechea Menéndez (Lucio Stella), otro poeta modernista cordobés, había publicado en 1899 sus Poemas helénicos, de marcada impronta parnasiana, donde el modelo clásico es extensamente desarrollado.
  24. No falta en este paisaje la presencia del animal emblemático del modernismo: “Una amorosa pareja de cisnes llegó de pronto” (Allende, 1912: 41).
  25. “Vibraba el fraile bajo el temor de su propia amenaza, en la inocente credulidad de sus palabras vanas” (Allende, 1912: 205).
  26. “[…] los aventureros todos de mi raza, que llevaron a mal fin, la conquista de estos nuevos mundos” (Allende, 1912: 41).
  27. Leonor Allende escribió un breve opúsculo denominado Arquitectura maya. De él rescatamos la admiración por “las razas autóctonas de América”, ya que destaca “las tendencias espirituales y la pujanza conquistadora de los mayas” (Allende, 1914: 1), a quienes reconoce “un estado de cultura superior” (Allende, 1914: 8).
  28. Esta concepción está detenidamente desarrolladle en la obra de Jorge Torres Roggero, La cara oculta de Lugones (1977).
  29. Desde esta perspectiva, el mestizaje se presenta como factor de fuerza y superioridad.
  30. Se reiteran expresiones referidas a la “desolación del alma” (Allende, 1912: 21) y sus dudas.
  31. “Romance sobre su vida” ( De Tejeda, 1947: 28).
  32. Así caracteriza a Córdoba en 1896 Carlos Guido y Spano, citado por Torres Roggero (1998: 93).
  33. Torres Roggero (1998) analiza la primera novela de Leonor Allende, Flavio Solari, como un intento de construcción del varón ideal, desde la “clausura” del texto. En esta obra, la clausura se manifiesta en la misma historia narrada.
  34. “[…] El tirano es el título que primeramente pensó dar Leonor a esta novela”, afirma su esposo (Allende, 1947: 95).
  35. “Adulando las bajas pasiones de los más, llegó a la popularidad que empuja hacia las primeras magistraturas” (Allende, 1947: 18). “Audaz, dominador, habilísimo en el arte de seducir a toda clase de gentes, pocas veces le resistían aquellos a quienes procuraba atraer” (Allende, 1947: 19).
  36. A pesar de que no se conoce una adscripción política de Leonor Allende, sí es posible considerar que esta descripción del gobernante se asemeja a algunas críticas que por esos años se dirigían contra la persona del presidente Hipólito Yrigoyen.
  37. “Yo soy Ur, nacida en la ciudad de Ur. Princesa de los Ures, raza de inmemorial antigüedad, que habitó la región donde las enormes aves vuelan cerca del Sol del cual descendemos nosotros […]” (Allende, 1947: 44).
  38. Urus (Uros), pueblo indio de Bolivia, cuyos supervivientes habitan en el S.O. del lago Titicaca (Pequeño Larousse Ilustrado, 1967: 1626).
  39. “Siempre se nos había dicho que los dioses tenían aquel aspecto. Nuestro ancestral mismo había sido un hombre de raza blanca […]” (Allende, 1947: 53).
  40. Asevera que “se habla en general de sincretismo y de hechos sincréticos cuando en cualquier elemento cultural, comportamiento o institución, concepción o producto coexisten componentes culturales que inicialmente eran entre sí contrastantes o hasta irreconciliables pero que ahora conviven” (Villalobos-Herrera, 2006: 409).
  41. El Diccionario de la Real Academia Española lo define como: “Arcano o cosa secreta en cualquier religión” y también como “cosa arcana o muy recóndita, que no se puede comprender o explicar” (rae, 1992: 1381). A la vez, un “arcano” es un “secreto muy reservado y de importancia” (rae, 1992: 182).
  42. Graciela Montaldo atribuye a la “insatisfacción” de los modernistas ante la “euforia positivista” su adhesión al esoterismo (Montaldo, 1994: 97).
  43. Además de El misterio de Ur, hemos tenido acceso a Flavio Solari (1907) y Don Juan Ramón Zevallos (1912), las dos novelas publicadas en vida de Leonor Allende.
  44. La custodia es una “pieza de oro, plata u otro metal, en que se expone el Santísimo Sacramento a la pública veneración” (rae, 1992: 630).


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