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4 Escritores de la inmoralidad: Domínguez, Peyret

El proceso de constitución de la literatura argentina como campo de estudio, formalmente iniciado por Ricardo Rojas y su monumental y fundante Historia de la literatura argentina (1917-1922), ha seguido un trayecto en el que los mecanismos de canonización han ido seleccionando de entre las producciones de cada época aquellas que entraban en el corpus más o menos oficial y, particularmente, desechando otras por los más diversos motivos: ideológicos, estéticos y también morales.

Dentro de los “inmorales”, se han acumulado a lo largo de los años nombres que en ocasiones vuelven a ser valorados, aunque no sucede con la mayor parte de ellos. En esta ocasión, hemos rescatado obras de siglos diferentes: Palomas y gavilanes/1880, novela publicada en 1886[1] por Silverio Domínguez bajo el seudónimo “Ceferino de la Calle”, y Alta Gracia (1922), Padre nuestro (1922) y Los pulpos (1924), todas de Marcelo Peyret.

Puesto que sus historias abordan la sexualidad, la prostitución, el deseo femenino, la hipocresía ante la enfermedad terminal, la represión impuesta por la Iglesia, todos los textos fueron rechazados por la sociedad, que los marginó y en ocasiones condenó a sus autores –especialmente a Peyret, ya que firmaba con su propio nombre– bajo el pretexto de que hacían “mala literatura”. La lectura de estas novelas intenta incorporar a estos escritores al amplio y ecléctico corpus de las literaturas de la Argentina, en una visión abarcadora y alejada de preconceptos.

“Descocamiento” y “placer culpable” en la Buenos Aires de fines del siglo xix: Palomas y gavilanes/1880

La novela Palomas y gavilanes/1880, de Ceferino de la Calle –seudónimo del médico español Silverio Domínguez[2] (1852-1922)–, fue publicada en 1886. Se trata de un texto de casi nulo recuerdo para la crítica, que fue oportunamente rescatado por la biblioteca Clarín digital.

La problemática que aborda puede haber contribuido a su olvido: violación, corrupción de menores, promiscuidad en las jovencitas… con la particularidad de que todo ello se producía especialmente en las clases más altas de la sociedad porteña de la época.

En la línea de Sin rumbo (Eugenio Cambaceres, 1887) o Irresponsable (Manuel Podestá, 1889), la consolidación del Estado nacional sustentado en el patriciado es cuestionado, en una suerte de denuncia que se atreve a develar los secretos mejor guardados y protegidos por hipócritas fachadas de honorabilidad. Esta actitud explica también el uso del seudónimo, adoptado por uno de tantos escritores médicos, activo participante de la sociedad que se atrevió a criticar.

Se trata de un texto polémico en su intencionalidad, como se explica irónicamente en la dedicatoria: “A la más simpática sociedad que he conocido: Al Club del Plata[3], dedica esta obra. El autor”. Ceferino de la Calle, desde una posición de testigo privilegiado, cuestiona la imagen de superioridad social y moral de una oligarquía que consolida su hegemonía, construida sobre el poder económico, detrás de una máscara de honestidad y respetabilidad.

Naturalismo: ironía y crítica

La novela sigue los preceptos del naturalismo literario, dominante en su momento, y recurre, al igual que otras tantas obras contemporáneas, a la descripción de ambientes marginales de la gran ciudad, como los conventillos, pero también zonas del suburbio[4]: los ranchos de las orillas y los “caños” del Bajo.

La mirada del narrador no vacila en señalar las faltas de ricos y de pobres, de poderosos y de marginales. Sin embargo, su crítica se ensaña en algún momento con la hipocresía social, cuya máxima expresión se concentra en el Club del Plata. Cuando lo describe, recurre a la ironía[5]:

No recuerdo quién dijo que ser socio del Club del Plata era algo cursi. […] Donde reina el buen tono y la elegancia; donde revolotean fantásticas hadas rozagantes de hermosura y esplendor, donde concurre la aristocracia de nuestra sociedad, donde se citan la distinción y el buen gusto, allí no puede haber nada cursi (De la Calle, 1886: 24-25).

Allí se realizan actividades diversas, entre las que se destaca el juego de cartas, y los contertulios comentan sus actividades amorosas extramatrimoniales. Entre los socios se encuentra Celedonio Carlingue, quien, pasados sus cincuenta años, se ha dedicado a frecuentar jovencitas. Y, por lo tanto, a “sacar partido de su edad y posición para obtener las primicias en flor que causaban su pasión dominante” (De la Calle, 1886: 181).

Por otro lado, lejos de la visión irónica, se critica la mixtura de estamentos sociales, evidenciada en los más disímiles lugares: el colegio donde “se educan niñas pertenecientes a familias distinguidas, como de la clase más humilde”; “los ‘registros’ de ropa hecha […] la impúbera jovencita codeándose con la descocada callejera, la tímida huérfana con la atrevida muchacha, la viuda con la pobre madre cargada de hijos, formándose un revoltijo” (De la Calle, 1886: 81). Por supuesto, también los conventillos y las mismas calles de la gran ciudad.

Destacamos esta denuncia: hay problemas que se originan en la “mezcla” de personas de diversos orígenes, con profundas diferencias familiares, culturales y, especialmente, económicas y de posicionamiento social.

Delitos sexuales

La historia se inicia con la violación de dos niñas en una ciudad del interior del país en el año 1874 y continúa con sus consecuencias años después, en la década del 80, en la Capital Federal. En este segundo periodo, el relato se desdobla para relatar, por un lado, la continuidad de la vida de la familia afectada, trasladada a Buenos Aires, y la de una familia poderosa con la que se relaciona, y, por el otro, la existencia de una suerte de asociación ilícita, cuyo objetivo es servir de puente entre jovencitas vírgenes o no, y hombres ricos dispuestos a pagar por tener relaciones sexuales con ellas.

Nos detenemos en los “tipos” humanos que aparecen en la obra. El primero y más destacable es una lejana descendiente de la Celestina: Juana o Catalina, mujer de cierta edad que dirige la organización ilegal desde las sombras, donde maneja a un conjunto de personas que se introducen en diversos grupos sociales, para allí captar a sus víctimas.

Uno de sus importantes clientes es Celedonio Carlingue, rico, respetable padre de familia, quien en su afición a los “capullos” adopta un nombre falso (“Demetrio López”).

Finalmente, destacamos al expolítico y violador Estanislao Roque, ser deleznable, que, de una posición privilegiada en su provincia, se convierte en un desplazado social en la capital y luego cómplice de Catalina/Juana.

Hay tres jovencitas, provenientes de distintos orígenes sociales, que son corrompidas e integran la red de prostitución: la hija de una exprostituta devenida en trabajadora, Etelvina; otra, María Luisa, perteneciente a una familia humilde y honorable, hundida en una vida casi miserable desde la pérdida del padre; y la tercera, la hija única de Carlingue, Rosaura. Los motivos por los que las jóvenes se entregan a la “mala vida” son diversos: Etelvina “estaba predispuesta a empezar la vida licenciosa” (De la Calle, 1886: 18) por su mismo origen, en tanto María Luisa “soñaba con ser una señorita de gran sombrero y vestida de Madame Vignaeu” (De la Calle, 1886: 24); por su parte, Rosaura experimentaba “desconocidos deseos”, “un algo que la avivaba, un algo que la dejaba entrever secretos misterios” (De la Calle, 1886: 145).

La historia relata dos delitos de índole sexual, la violación (o estupro) y la corrupción, donde siempre las víctimas son niñas o adolescentes. Llamados en su momento “delitos contra la honestidad”, según la especialista Betina Riva, estaban “rodeados por un aura de tabú” (Riva, 2016: 116); se trataba de “delitos de instancia privada”, y esto implicaba que solo “la ‘parte interesada’ podía dar cuenta a la autoridad e impulsar la investigación y resolución del conflicto” (ibid.). Más allá de las cuestiones jurídicas, interesa destacar que “estos delitos significaban la deshonra no solo para la víctima sino para la familia” (ibid.); por ese motivo, “el silencio del hecho es la mejor forma de permitirle a la víctima sanar, siendo el proceso público mucho más traumático que el delito” (ibid.).

La violación ya referida termina siendo de conocimiento público en la ciudad del interior del país donde ocurrió, y resulta en la condena a prisión para uno de los responsables y en la huida del otro. Sin embargo, se convierte en un hecho silenciado cuando la familia afectada, presidida por don Ernesto González López, se traslada a la Ciudad de Buenos Aires. Sus dos hijas, Ernestina y Beatriz –las víctimas–, mantienen allí una conducta intachable, al igual que sus padres.

En lo que respecta a lo que les sucede a las jóvenes, asegura Riva que la corrupción y prostitución de menores se consideraba un mismo hecho: “La corrupción se vincula a la exposición, o llevar a los menores a situaciones sexuales para las cuales no se encuentran ni psíquica ni físicamente preparados” (Riva, 2016: 125), en tanto la prostitución de menores “se refiere a su entrega para la satisfacción de deseos sexuales ajenos” (Riva, 2016: 126). Este delito es el que cometen Catalina y los suyos; a pesar de que es posible distinguir entre la “calidad” de las víctimas, a partir de la caracterización que hemos hecho de cada una de ellas. En efecto, a partir de lo que se considera una “víctima aceptable”[6], es posible notar que Etelvina, hija de una prostituta, posiblemente llevara la perversión “en la sangre”; por su lado, María Luisa es descrita en un momento del proceso de cooptación “revolviéndose en el suelo, como lo hace una gata en celo” (De la Calle, 1886: 108). De este modo, solo Rosaura sería una víctima aceptable, en cuanto pertenece a una familia acomodada, con un modo de vida aparentemente intachable. Sin embargo, la visión médica del narrador indica que se ve sorprendida por “un algo que la avivaba, un algo que la dejaba entrever secretos misterios, a los que su curiosidad congénita la arrastraba” (De la Calle, 1886: 143), “algo” que puede identificarse con la fuerza del instinto, de la que no la excluye el pertenecer a una clase elevada.

La existencia de estos delitos sexuales, profundamente enclavados en el seno de la ciudad cosmopolita y brillante, muestra la cara oculta del progreso social y material de Buenos Aires.

Palomas, gavilanes, serpientes… ¿darwinismo social?

Esta olvidada y, por lo tanto, nunca reeditada novela, además de inscribirse en la corriente naturalista argentina, pone de manifiesto la fuerte marca cientificista de la cultura vigente[7]. La profesión médica que ejercía el autor lo coloca dentro de un nutrido grupo de escritores, en un listado que incluye a Eduardo Wilde, Antonio Argerich, Francisco Sicardi y Eduardo L. Holmberg como los más relevantes.

Es conocida la temprana difusión y recepción del pensamiento evolucionista de Charles Darwin y de Herbert Spencer en nuestra sociedad; un caso paradigmático es la influencia de este último en la obra inconclusa y póstuma de Domingo F. Sarmiento[8]. Influencia que tendrá una larga descendencia en el tiempo.

El título de la novela alegoriza la posición de hombres y jovencitas, en cuanto los primeros son los cazadores que hacen de las púberes sus presas predilectas; es decir, los fuertes imponen su ley a las débiles. También se nombran en la obra las serpientes, en su bíblica función de engañar y conducir maliciosamente la conducta del otro –en este caso, las frágiles “palomas”–, sirviendo así de ayudantes para los “gavilanes”. Evidentemente, la inocencia que connotan aquellas aves poco puede hacer ante la astucia y la fuerza de sus atacantes y, tal como sucede en la naturaleza, son víctimas no solo aceptables, sino también obligadas ante la superioridad de sus predadores.

Como en Pot pourri, de Eugenio Cambaceres, en Irresponsable, de Manuel Podestá, y en algunos pasajes del Libro extraño de Francisco Sicardi, aquí no aparecen los inmigrantes como culpables. La enfermedad social tiene orígenes más sutiles: nace en una ciudad de provincias, en la actitud delictiva de dos políticos destacados y su cómplice, Catalina/Juana. Todos son criollos que se trasladan a Buenos Aires, llevando a la capital sus delitos o la consecuencia de ellos. El estigma que los marca es el color de la piel, ya que, a diferencia de Rosaura, de “semblante fino y delicado” (De la Calle, 1886: 143), Catalina tiene manos “ásperas y de marcado color oscuro” y es viuda de un “caudillejo”. El destino de Estanislao Roque[9] es la historia de una degradación que lo lleva desde posiciones relevantes en su ciudad natal a vivir literalmente “en los caños”, para terminar asesinado por el padre agraviado. Su carácter delictivo se manifiesta no solo en que viola, sino también en que se regodea en la memoria del delito: “Ella era linda […], lo recuerdo todavía; tenía una cabellera hermosa […]. ¡Si las hubiéramos tratado mejor, tal vez no hubieran dado el escándalo!” (De la Calle, 1886: 42). Y en ese mismo camino, amenaza denunciar públicamente la vejación sufrida por las jóvenes víctimas, a fin de obtener dinero.

Podría inferirse, de este modo, que Buenos Aires está envenenada por las emanaciones fétidas de las provincias, en un nuevo capítulo de los males con que aquellas se “vengan” de la ciudad capital.

Tanto la estética naturalista como la condición profesional del autor lo habilitan para publicar esta novela, cuyo tema es altamente revulsivo para la época. Detallar orgías y mostrar el proceso de corrupción de una jovencita de buena familia, así como la doble moral de muchos referentes sociales, es ciertamente una osadía que le valió a Domínguez –convenientemente oculto tras el seudónimo–, por lo menos, la no reedición de la obra.

Sin embargo, lejos de intentar minar la moral vigente, el texto es más bien un llamado de alerta a los estadios “distinguidos” de la sociedad porteña ante la posibilidad de verse ¿infectados? por las diversas manifestaciones de la corrupción: desde la que afecta el buen gusto y la sociabilidad, tal como se describe irónicamente en las páginas dedicadas al Club del Plata, hasta la que afecta la honestidad y el honor, como sucede con la corrupción de menores. En una sociedad en transformación, los males relatados parecen atribuirse a la “mezcla”, particularmente de grupos sociales o estamentos raciales. Además de postular de manera enérgica la endogamia social, es posible identificar una sutil marca de racismo escondida tras la denuncia pública del delito en la sociedad porteña de fines del siglo xix.

Marcelo Peyret y la escritura de la corrupción: cuerpos enfermos, cuerpos transgresores

Marcelo Peyret (1896-1925) fue un escritor de novelas semanales y de ediciones económicas. Muy leído en su momento, cayó luego en el olvido, hasta que en 1948 la novela Los pulpos fue llevada al cine por el director argentino Hugo Christensen. Después de esa película, no volvió a ser recordado.

Proponemos una lectura de tres de sus novelas más conocidas: Alta Gracia (1922), Padre nuestro (1922)[10] y la ya mencionada Los pulpos (1924). Todas tratan temas urticantes para la época: la hipocresía social, la falacia del celibato sacerdotal y la pasión sexual. La crónica cuenta que la publicación de Alta Gracia le valió la expulsión de dicha ciudad cordobesa (Cfr. Salas, 2003).

Precisamente, la transgresión recorre los textos: personajes, situaciones y lenguaje corren los límites de lo decible para los bienpensantes. Descripciones de escenas amorosas, de los síntomas mortales de la tuberculosis, del deseo reprimido de un sacerdote explican la popularidad contemporánea y el olvido póstumo. Estas rupturas permiten postular a Peyret como un escritor heterodoxo, en cuanto su escritura escapa de los temas y los modelos vigentes: se aleja a la vez del estereotipo de la novela popular[11] y de las preocupaciones estéticas y sociales de la narrativa letrada o culta[12].

Con un discurso de reminiscencias naturalistas y de marcado cientificismo, las novelas proponen una mirada disidente, en cuanto colocan en primer plano la descripción de cuerpos erotizados y erotizantes, de deseos prohibidos, de mentiras privadas y públicas. En los textos, los protagonistas caen vencidos por fuerzas –internas o externas– que los corrompen y determinan su destino.

Consideramos que, con sus particularidades, el autor podría formar parte de una serie integrada también por Raúl Barón Biza (1899-1964) y Omar Viñole (1904-1967), escritores que, por diversos motivos, nunca entraron en el canon. Transgresores, escandalosos y ferozmente criticados, forman parte de una comunidad oculta de textos y autores argentinos caracterizados por su “rareza”[13] y marginalidad.

Modos del determinismo

Con variantes que luego desarrollaremos, es posible señalar en las tres novelas seleccionadas la presencia constante de una fuerza que termina conduciendo a los personajes a la soledad y la frustración. La metáfora del “pulpo” –en realidad, una alegoría que se explicita en algunos momentos–, para designar una fuerza irracional y salvaje que atrapa y finalmente ahoga a su víctima, puede aplicarse también a la tuberculosis (Alta Gracia) y a la Iglesia (Padre nuestro). Fuerza o poder contra el que no se puede luchar, y ante el cual toda voluntad flaquea.

En Los pulpos, una potencia maligna reside en la mujer erotizada, sexuada, que como fatalidad envuelve no solo al protagonista, sino también a otros personajes masculinos. La historia narra la relación entre Horacio, periodista y escritor, y una lectora suya, Myrtha, empleada de tienda. El final catastrófico de esta relación va siendo anticipado por lo que les sucede a los compañeros de trabajo del protagonista: Gaspar Funes, débil y enfermo, casado con Lirita, joven descrita como “Walkyria morena que reclamaba un bosque, para encuadrar dignamente la selvática belleza de su desnudo” (Peyret, 1924: 33); y Galván, quien se casó con Maruja Iturbe, y “desde entonces comenzó su decadencia” (Peyret, 1924: 13). El primero muere, víctima de una relación que ha acabado con sus pocas fuerzas vitales, en una clara construcción de la mujer como vampiro que absorbe la energía de su víctima. Galván termina preso por haber caído en actividades delictivas para satisfacer la necesidad de lujo de su esposa, quien lo abandona por un hombre más adinerado.

Claramente, la mujer aparece en su aspecto de “sirena, lamia o ser monstruoso que encanta, divierte y aleja de la evolución” (Cirlot, 1978: 312), ni doncella ni madre, sino devoradora de la fuerza vital masculina. Es importante destacar que ninguno de los personajes femeninos tiene hijos, siempre se trata de mujeres solas, sin familiares directos.

En Alta Gracia la enfermedad, específicamente la tuberculosis, constituye también una fuerza prácticamente irrefrenable e invencible[14]. La localidad cordobesa situada a 35 kilómetros de la capital es uno de los lugares recomendados por los médicos de la época por su clima favorable para la recuperación de los enfermos. Sin embargo, el texto muestra cómo, lejos de propiciar la cura, las condiciones higiénicas solo logran la propagación de la enfermedad entre la mayoría de los habitantes del pueblo.

Padre nuestro muestra un poder de muy distinta índole, pero a la vez emparentado con la compulsión del protagonista de Los pulpos. La religión católica, con sus principios, imposiciones y prohibiciones, se erige como una entidad contra la que los personajes no pueden luchar. Es más fuerte que el amor filial, el amor de pareja y aun el amor a la vida. Precisamente, el carácter revulsivo de la novela se sustenta en esta presentación del catolicismo convertido en una suerte de energía mortífera.

Los pulpos y el peligro de la mujer erotizada

El protagonista, Horacio Pizarro, es un literato que hace periodismo para vivir. A partir de la correspondencia que su obra genera, conoce a quien será su verdugo, la mujer que se hace llamar Myrtha.

El amor que se genera a partir del intercambio epistolar prosigue en el encuentro posterior y en un romance que avanza hasta absorber por completo a Horacio. En su enamoramiento, espiritualiza a la mujer: “Ha sido menester que te conociera para poder concebir a Dios. Tu existencia es para mí fe un argumento irrebatible. Ante él, cae despedazada toda la filosofía positivista en que se basaba mi escepticismo” (Peyret, 1924: 42).

Esta idealización de Myrtha irá resquebrajándose cuando el enamorado conozca la verdadera interioridad de su amada, que va develándose progresivamente a lo largo de la novela.

En efecto, la joven va mostrando una personalidad muy alejada del inicial halo virginal, con “alma de rica” y una voluptuosidad “ávida siempre de nuevas sensaciones” (Peyret, 1924: 50). Precisamente en la relación carnal se presenta el miedo del varón a la hembra concebida como un monstruo: “Estaba a merced de un pulpo, que lo envolvía, en sus tentáculos, que paralizaba su voluntad, que lo hacía su víctima, que iba a transformarlo en un guiñapo, en un pobre desperdicio, en una cosa despreciable e inútil” (Peyret, 1924: 61).

En forma paralela, Horacio abandona progresivamente su trabajo y ve disminuida su vitalidad. La analogía mujer/pulpo se profundiza, y la descripción de las costumbres sexuales del cefalópodo (citas de fuentes aparentemente “científicas”) produce en la mujer una “excitación enfermiza” (Peyret, 1924: 64), ya que el apareamiento animal se presenta como una lucha donde el coito está indisolublemente unido a la violencia. Myrtha admira ese amor “brutal, apocalíptico […] infinito espasmo” (ibid.).

Afirma Cirlot que la simbología de la mujer cuyo paradigma es Elena, instintiva y sentimental, la pone por debajo del hombre, “tentadora que arrastra hacia abajo” (Cirlot, 1978: 313). Este relato –más allá de un fuerte contenido erótico, que probablemente escandalizara y atrajera al mismo tiempo– postula a la mujer como engendro que une lo humano y lo animal (en la mitología griega, aparecen mujeres con patas de cabra o con cuerpo de león, además de las conocidas sirenas).

La verdad sobre la mujer y la desilusión del engaño desgastan la salud física y psíquica del protagonista, quien, como consecuencia del fracaso amoroso, escribe una obra teatral donde relata su historia, titulada La derrota. Su representación, paradójicamente, lo conduce al triunfo profesional y económico, en momentos en que ya no puede disfrutarlos. Si bien la novela termina con la ruptura entre los amantes, propiciada por Horacio, este se reconoce un hombre “débil”, “vencido”, similar a un perro abandonado (Peyret, 1924: 157), y, de alguna manera, muerto, ya que reconoce en sí mismo un “frío que le [viene] de adentro” (Peyret, 1924: 158). Finalmente, el pulpo le ha arrebatado toda energía vital, en un proceso que puede ser definitivo (Peyret, 1924: 157).

Alta Gracia, “la novela de los tísicos”

La novela se centra en Néstor Medrano, escritor, rico, cínico –como buen idealista arrepentido (había pasado de un primer seudónimo, “Mirasol”, al segundo, “Juan Pérez”)–, puesto a “pintar las más crudas verdades, para desenmascarar a una sociedad que se le antojaba hipócrita y corrompida” (Peyret, 1922: 14), y ya desde el primer capítulo se lo presenta enfermo. De ahí en más, y ya con el fin de curar su tuberculosis, inicia un periplo por las sierras de Córdoba.

Desde la partida misma del tren que conduce a la provincia mediterránea, se plantea la ambigua posición de los enfermos de tisis que viajan por razones de salud, pero que pretenden hacerlo solo para vacacionar. La mayoría de ellos intenta ocultar su mal, actitud que se explica por el “temor supersticioso que despiertan en Buenos Aires los tísicos, al miedo al contagio, a la manera como se les huye” (Peyret, 1922: 43). El mismo protagonista se siente parte de esa multitud que resulta eyectada de la capital, “se diría que iba viajando por una cloaca, donde la sociedad arroja sus detritus” (Peyret, 1922: 46), y Córdoba resulta entonces “un inmenso sanatorio, cuajado de apestados, que iban paseando por doquier sus lacras y miserias” (Peyret, 1922: 47).

Alta Gracia, festejada por su belleza natural, se describe como un pueblo dominado por la tuberculosis, donde “los tísicos se hallaban en todas partes, en todas las esferas sociales” (Peyret, 1922: 79). Es posible descubrir la denuncia por la falta de cuidados para los pobres (“En el pueblo, contaminado, falto de alimentos y sin asistencia médica, el mal cundía como un reguero de pólvora” [ibid.]); a la vez, los hijos de los enfermos llevan en su sangre empobrecida el germen del terrible mal” (Peyret, 1922: 80).

La enfermedad es una fuerza todopoderosa que no solo ataca a Medrano, sino a multitudes, ya que su poder es omnímodo: “El bacilo está en todas partes. Es el señor, el rey, el soberano absoluto. […] buitre voraz que necesita carne humana para alimentarse” (ibid.).

La novela deriva luego hacia una relación amorosa, que finalmente tampoco se concreta a causa de la enfermedad, la cual impide la unión entre una mujer sana y un hombre afectado por la tuberculosis. Por ese motivo, Horacio renuncia al amor de su vida: Malala parte y él no puede seguirla, ya que su destino está marcado: “Alta Gracia, que se abría ante él, ofreciéndole el refugio de sus entrañas heladas” (Peyret, 1922: 234).

Pero la enfermedad es abordada también desde perspectivas más sutiles: en primer lugar, siempre es consecuencia –o castigo– de algún desarreglo (para la Real Academia Española, a la vez desorden y alteración de la salud) ya sea individual –en el protagonista y en su amigo Tomás Contreras– o social. Este último factor es relevante en algunos momentos del texto, en particular cuando se realiza una descripción de Buenos Aires como “un enorme laboratorio donde se cultivan bacilos” (Peyret, 1922: 229).

La enfermedad divide los mundos o la visión del mundo: una realidad de los sanos, luminosa y feliz, y otra lúgubre y sombría, de los enfermos y solo percibida por ellos (Peyret, 1922: 228). De este modo, hay dos Alta Gracia, la agradable villa veraniega, y la ya mencionada de “entrañas heladas”.

Padre nuestro, religión o vida

En el texto se relata la vida de Juan José, desde la niñez, cuando es internado en un colegio católico, pasando por la adolescencia y su resolución de dedicarse al sacerdocio, y la primera juventud, momento de su amor por una joven que finalmente muere como consecuencia de este sentimiento mutuo.

En el texto, el “pulpo” que devora la vida de Juan José es la Iglesia católica, a través de sus instituciones: primero el internado y luego el sacerdocio (“No oía hablar más que del cielo y del infierno […] los tentáculos que lo envolvían fueron estrechando su círculo hasta aprisionarlo por completo” [Peyret, 1922: 35). La educación transforma a un niño feliz, levemente solitario, mimado y juguetón, y lo convierte en una criatura pálida, tempranamente reflexiva y madura (“[…] había envejecido veinte años en tres días” [Peyret, 1922: 37]), tanto o más solitario que antes. En esta etapa, la disciplina se produce con la amenaza del infierno y la represión del deseo ante la promesa de la felicidad eterna (“Buscar el dolor, huir del placer… Ese era el camino seguro para llegar al Cielo” [Peyret, 1922: 46]). Se contraponen el amor de la familia y el bullicio de la calle al silencio de muerte del colegio (“Y franquearon una puerta de barrotes de hierro, como él había visto muchas veces en el cementerio” [Peyret, 1922: 13])[15].

La adolescencia es el momento de la decisión por la vida religiosa. Nuevamente se destaca la palidez, el retraimiento del joven, así como la oposición entre un afuera sano y vital y un adentro: la vida del creyente oscura y solitaria. Ya no es el miedo el que guía su conducta, sino la convicción de haber elegido una misión salvífica.

La tercera parte de la novela es la que plantea el nudo conflictivo: por un lado, un Juan José adulto que conoce las miserias de la vida sacerdotal, o al menos las debilidades de sus representantes; y, por otro, su reencuentro con Leana y el amor recíproco que se profesan. El carácter transgresor de este sentimiento, la lucha interior que se desarrolla en el protagonista, quien finalmente parece optar por la vida junto a la amada, se ven truncados por la muerte de la joven –a todas luces, un suicidio–. De tal modo, Juan José continúa encerrado en su vida sacerdotal, obturadas ya las posibilidades de felicidad:

Continuemos la comedia…

Momentos después resonaba en las bóvedas del templo la voz del sacerdote, que, vencido, sin fe y sin entusiasmo, repetía maquinalmente:

Padre nuestro, que estás en los cielos […] (Peyret, 1922: 190).

¿Maldito o heterodoxo?

El naturalismo, estética decimonónica, adquiere en la literatura argentina del siglo xx nuevos ímpetus en ciertas escrituras marginales como las producidas por escritores anarquistas[16] y también, con variables diversas, en algunas producciones de Boedo. Su presencia es notoria en las novelas de Peyret, atravesadas por el pensamiento positivista, como se evidencia en estos pocos ejemplos:

Eran las fallas morales que seguían a las físicas, la decadencia espiritual que comenzaba, hija de la decadencia orgánica, de la falta de irrigación. Su sangre, empobrecida ya no podía alimentar su cerebro (Los pulpos, p. 127).
Era este un personaje singular; retardado mentalmente, trayendo desde la cuna, como una maldición, las lacras de quien sabe que taras ancestrales […] (Alta Gracia, p. 65).
[…] no existen ni pueden existir trabas tendientes a suprimir la naturaleza, y que Dios, lejos de prohibirlas, lejos de desear que se anulen, ordena a los hombres por medio del imperativo mandato de las necesidades a adoptarlas […] (Padre Nuestro, p. 138).

Es posible preguntarse, a partir de esta perspectiva, sobre la posible presencia de una intencionalidad didáctica en los textos, que constituirían una suerte de advertencia sobre los “monstruos” o “pulpos” que acechan a los individuos y las sociedades: la mujer en su costado más erótico, la enfermedad y el tratamiento social de ella, la religión como alienación.

Para algunos comentaristas, Marcelo Peyret fue un escritor “maldito”[17], por los temas de sus novelas más difundidas, que le valieron el repudio de los moralistas. Además de eso, fue un escritor de “mala literatura”[18], según los cánones académicos. Sin embargo, su posición personal como autor se alejaba de estos parámetros, con una fuerte conciencia de la influencia de la literatura en el común de los lectores[19].

El rescate de estas tres novelas implica una lectura renovada de su obra, considerándolo un escritor heterodoxo, en cuanto puede leerse como otro autor marginado del canon y cuya producción se “aplana” bajo el rótulo común de escritor de novelitas sentimentales. Tal como planteábamos al comienzo del capítulo, consideramos que las características de su producción literaria permiten ubicarlo en una posible serie, donde convive con Raúl Barón Biza –un maldito por antonomasia en esta perspectiva de la periferia– y con Omar Viñole, ni siquiera catalogado como escritor, sino como un excéntrico personaje de época. Lo que une a estos tres escritores es el rechazo y la crítica a la sociedad que los rodea, hipócrita y cínica, que oculta la suciedad bajo la alfombra de las buenas costumbres. Sus textos manifiestan esta oposición, más o menos violenta, y la búsqueda de la diferencia, la no identificación con los detentadores del poder, material y simbólico.

Volver a leerlos implica recoger el sentido de sus escritos, reconocer sus condiciones de producción y de recepción, en una mirada que atienda a valores inadvertidos o premeditadamente soslayados por sus contemporáneos.

Proscritos y silenciados

Los textos leídos responden al subtítulo precedente: no se estudian, no se mencionan, no se reeditan y, en consecuencia, no se leen. La generación del 80, pródiga en narradores para quienes la escritura no era su principal actividad, nos ha legado una cantidad importante de obras para revisar. En virtud de esa multiplicidad, Domínguez es uno más de los relegados.

La vida del escritor transcurrió entre Argentina y España, y sus textos se publicaron en uno o en otro país, según su residencia. Entre las obras a las que hemos podido acceder, sobresale Perfiles y medallones (1886), donde el personaje principal es el mismo Ceferino de la Calle que firma sus novelas. En esta, reaparece la presentación cruda y sin eufemismos de las costumbres sexuales de la alta sociedad porteña, la hipocresía social y el libertinaje apenas encubierto. En la “Advertencia que puede servir de Prólogo” realiza el “Dr. de la Calle” una interesante reflexión: “[…] me encontré un discípulo de Zola, no en cuanto a carácter literario, sino en la prosecución de escenas reales tan descarnadas y tan de verdad, que a mí mismo me asustaron” (De la Calle, 1886: 3). La cita, además de refrendar la adhesión del autor a la escuela naturalista, destaca la crudeza con que ha intentado representar la realidad de su época y de su entorno. De modo que estas palabras podrían también referirse a Palomas y gavilanes, como texto escandaloso, pródigo en “escenas eróticas” y “retratos atrevidos” (ibid.).

Los escritores profesionales de las novelas sentimentales se cuentan por decenas. Entre ellos, hay algunos que sí están en el canon, por sus “otras” obras. Y también muchos ya olvidados, entre ellos Peyret.

Marcelo Peyret era abogado, además de escritor y periodista. La novela Alta Gracia ficcionaliza sus experiencias como enfermo de tuberculosis en esa villa serrana. A raíz de esta novela, dice algún testimonio:

[…] se enojaron tanto entonces que cuentan que estaba Peyret, como siempre lo hacía, en el Hotel Suizo y ahí fue donde lo insultaron, lo humillaron y lo echaron del pueblo por lo que había hecho. Yo no lo vi, pero me dijeron también que se quemaron libros suyos entonces.[20]

Y tuvo que cambiar de ciudad, se instaló en La Calera, donde falleció a los pocos años. Sin caer en el dramatismo, es evidente que cierto compromiso con la verdad, asumido en su carácter de escritor profesional, provocó fuertes cambios en su vida. Este hecho refuerza la posición marginal de Peyret en el campo intelectual.

El rescate que hemos propuesto en el presente capítulo intenta no solo revisar la posición de las novelas y de los autores en el momento de su publicación, sino también aportar una mirada que permita unir algunos retazos deshilachados del corpus de las literaturas de la Argentina.


  1. Rita Gnutzmann (1998: 145) fecha en este año su publicación.
  2. El autor fue un médico español residente en Buenos Aires, que escribió textos científicos y literarios. Además de la novela tratada, publicó Perfiles de una llaga social (1881), Perfiles y medallones (1886), Recuerdos de Buenos Aires: pasatiempo seudo-literario (1888), Inverosimilitudes bacteriológicas o revelaciones microbianas (1894) y Confidencias microbianas (s/d), estas últimas referenciadas por Michel Nieva (2019: 77).
  3. Posiblemente se refiera al Club del Progreso, lugar frecuentado por la élite de la época.
  4. Tal como lo hace Francisco Sicardi en Libro extraño.
  5. Desde el punto de vista literario se considerará la ironía como un tropo de expresión que entraña una oposición: la noción de antífrasis se ve así ligada a la de ironía: se enuncia algo para hacer entender lo contrario” (Sopeña Balordi, p. 452). Sin embargo, Kerbrat Orecchioni considera que “ironizar es burlarse, más que hablar por antífrasis” (Kerbrat Orecchioni, 1980: 120, citada por Bruzos Moro, 2005: 27).
  6. “[…] aquella a quien no se le conocen escándalos, ni es vista con hombres que no sean de su círculo familiar. Influye también el lenguaje que emplea y su forma de conducirse en la vida social diaria” (Riva, 2015: 7).
  7. Para Oscar Terán, primaba en la época la “cultura científica”, “designación que indica aquel conjunto de intervenciones teóricas que reconocen el prestigio de la ciencia como dadora de legitimidad de sus propias argumentaciones” (Terán, 2000: 9).
  8. Conflictos y armonía de las razas en América (1883).
  9. A la manera del “hombre de los imanes”, de la citada novela de Podestá.
  10. Existe una versión teatral de la obra, publicada en Bambalinas (1923).
  11. Beatriz Sarlo, en El imperio de los sentimientos, denomina a los textos de la novela semanal “textos de la felicidad”, caracterizados por su conformismo social y donde el tema del amor constituye la materia narrativa primordial.
  12. Las dos líneas más destacadas de la literatura argentina del momento están representadas por la conocida oposición entre Boedo (aspectos sociales) y Florida (preocupaciones estéticas).
  13. Consideramos lo raro a partir de las palabras de Rubén Darío: “[…] raro es lo contrario de lo normal” (en el artículo “Los colores del estandarte”, publicado en La Nación, año 1896).
  14. El libro fue escrito antes de la aplicación de las actuales estrategias de prevención y combate de la enfermedad.
  15. Es preciso señalar que la crítica contenida en la novela se refiere a la institución eclesiástica, en cuanto se respeta la doctrina, pues “el filósofo de Judea” es honrado. Se rescata “el poema de bondad y de dulzura que constituía la vida del Señor” (Peyret, 1922: 28).
  16. La revista Martín Fierro, dirigida por Alberto Ghiraldo entre 1904 y 1905, es una buena muestra de esta dirección de la literatura argentina.
  17. Cfr. Maldonado, Salas.
  18. Beatriz Sarlo considera a Marcelo Peyret un “príncipe” entre los profesionales de la novela popular (Sarlo, 1985: 51).
  19. Peyret expresaba en 1920: “Opino que los escritores deben tener conciencia de sus responsabilidades […]. Hay gran cantidad de gente, la mayoría, que no lee otra cosa que novelas. Ellas influyen en sus modos de pensar y por consiguiente en sus normas de vida. El inducirlos dañosamente es un crimen tan grande como el que cometería un maestro predicando el mal desde su cátedra” (Peyret, El Suplemento, n.° 9, septiembre de 1920, citado por Pierini).
  20. Recogido por Susana Salas (2007).


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