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Contenidos de actualidad: noticias y necrológicas

Hay dos secciones que incluyen información de cierta actualidad: Noticias y Necrológicas. La sección de noticias es la que manifiesta de manera más explícita la preocupación de los editores de la RHA para el cumplimiento del programa general. Las informaciones y los documentos publicados, como las actas de las reuniones, muestran la energía en el desarrollo de equipos y planes de trabajo, el despliegue continental y la visión de la necesidad de formación del historiador profesional. Desde la primera, en la que anuncian la sección, se fijan el objetivo de “promover una colaboración más estrecha entre los historiadores de América y a servir de medio de coordinación de la labor histórica en general”.[1]

Las necrológicas, por su parte, no componen una sección estable, las piezas salen según el deceso de personajes. Es pequeña, numéricamente hablando, pero significativa en la RHA. Las breves notas sobre las personas fallecidas nos permiten plantear una serie de variables que son importantes para entender otra dimensión de la red que estamos estudiando. Inicialmente puede preguntarse por los sentidos de pertenencia (algo así como dime a qué muertos anuncias y te diré qué tipo de vínculo estás estableciendo). También, pensar en la estrategia general de la publicación por formar una disciplina compuesta por un tipo de historiadores, porque es evidente que no todos los que mueren en el período tienen cabida. El recordar a sus lectores la muerte de historiadores destacados enfatizaba la formación académica institucional y el valor del ejercicio profesional.

La información como parte del proyecto institucional

En las páginas de las noticias hay numerosos registros de las preocupaciones del grupo editorial sobre el quehacer del historiador, la incitación a elaborar historias municipales, regionales, historias generales nacionales, una historia de América, la exploración en métodos de enseñanza de la historia, los vínculos con otras instituciones, la necesidad de “mapear” los historiadores del continente, los intercambios de libros, revistas, fichas entre los centros de documentación, la superación de un talante bélico en la educación en historia y la necesidad de una educación para la paz.

Las piezas, que provienen de México, Washington, Buenos Aires, La Habana, Lima, Sevilla, París y Turín, entre otras ciudades, no cuentan novedades a la manera de los textos periodísticos (salvo algunos anuncios de premios o el aviso de un seminario sobre técnicas de enseñanza de la historia con formato de gacetilla o comunicado breve), sino que son mayoritariamente documentos protocolares, formales: resoluciones, actas de asambleas,[2] de acuerdos, de creación de instituciones.[3] Aun cuando es comprensible que no haya inmediatez entre el acontecimiento y la publicación, por la periodicidad, algunas noticias escapan al carácter de información de un evento en particular y tienen más bien el estilo de la revisión de un tema. También publicaron noticias que quedaron desactualizadas al momento de la salida de la revista, como convocatorias a concurso. Lo que prima es el registro de todo lo que resulte de interés para el lector, especialmente en relación con los temas valiosos para los editores.[4]

Este registro puede verse como la transcripción de otras noticias. Es decir, no hay un autor detrás de su confección, como lo encontramos en los artículos, las reseñas e incluso la bibliografía; hay menciones de personas que han dado información o que han entregado un texto que se adapta para la sección. Posiblemente por esto no encontramos en la correspondencia de Zavala menciones específicas sobre ella. Esto no merma en lo absoluto el valor de la sección, solo la caracteriza. Además, la autoría está implícita en la búsqueda y selección del material o por vía de agradecimientos en notas al pie.

Por ello, al iniciarse la sección, en el número 19 (de 1945),[5] se nombra como responsable a Ernesto de la Torre Villar, quien se hizo cargo hasta el número 25. En el 26 se introduce un cambio: las noticias van firmadas por iniciales, y se incorporan otros colaboradores: Javier Malagón Barceló, Joaquín MacGregor, Ernesto de la Torre Villar, Germán Somolinos, Alexander Morffit, Armando Cerrato Valenzuela, Fermín Peraza Sarausa. En este sentido, en la sección se cumple lo que ocurre en las otras, con excepción de Artículos: hay un tránsito en los primeros números de los textos a cargo de una o dos personas, con escasas marcas autorales, hasta la diversificación de autorías y la identificación de cada pieza singular, aun las más breves y con menor importancia, en el final del primer decenio.

Podemos considerar a Ernesto de la Torre Villar como un cronista del presente. Era el más joven de los colaboradores regulares (había nacido en 1917). Tenía 26 años cuando empezó a publicar en la revista; su primera contribución fueron reseñas y notas para Bibliografía, en el número 16. A partir de ese momento, comenzó a publicar regularmente.[6]

De la Torre Villar había estudiado Derecho y fue uno de los estudiantes fundadores del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México; fueron sus profesores Zavala, Millares Carlo, Ramón Iglesia, James Loewenberg, Juan Iguíniz: “Lo que realmente había era un grupo de maestros muy eminentes que se decidieron a crear un núcleo, que fue la base, la génesis”, recordaba.[7] Reconocía que en El Colegio de México había recibido una formación de investigador, que había desarrollado habilidades y destrezas para el trabajo:

Como trabajo metodológico, el de El Colegio de México era muy bueno, porque allí aprendimos a hacer notas, reseñas bibliográficas, a saber establecer las fichas, a organizar los ficheros, cosa que no aprendíamos en la Facultad de Filosofía porque no había nadie que enseñara eso. Así es que realmente lo que aprendimos en El Colegio sí nos sirvió para tener una buena metodología en nuestros trabajos, lo cual fue muy fructífero, fue muy bueno como centro formativo.[8]

Se incorporó a trabajar en el Archivo General de la Nación cuando su director era Julio Jiménez Rueda;[9] trabajaba fichando y comenzó a colaborar en el Boletín que editaba. Su formación marcaba una diferencia dentro del archivo:

También en ese entonces había muchos empleados que encontraban los documentos y los transcribían, pero como no tenían una formación histórica ni literaria, y se suponía que nosotros sí, nos empezaron a pedir nuestra colaboración para el Boletín del Archivo […] y esos fueron nuestros primeros trabajos: mostrar los documentos que encontrábamos.[10]

Después se sumó al equipo del IPGH como secretario de la Comisión de Historia[11] y para hacer la RHA, donde estuvo 17 años. Realizaba tareas administrativas y editoriales:

En esos años fui llamado a colaborar en la Comisión de Historia del Instituto Panamericano de Geografía e Historia. Me tocó como misión elaborar la revista Historia de América y entonces mis intereses históricos se ampliaron porque ya no fueron solamente sobre México, sino que incluyeron a toda América. Yo coordinaba la revista, pedía las colaboraciones, las revisaba, corregía, y hacíamos unas reuniones sobre historia de América en torno a todos los trabajos que tenía la comisión: sobre archivos, sobre bibliografía, sobre la emancipación, sobre las ideas, sobre la historia económica en diversos países: Argentina, Perú, Venezuela, Bolivia… y eso me fue relacionando con todo un grupo de historiadores panamericanistas.[12]

Noticias: mucha información en cuatro grandes temas

Para promover la colaboración entre historiadores era necesario comunicar “los datos recientes de mayor importancia que estén conectados con las disciplinas históricas”, es decir, congresos y todo tipo de reuniones académicas, fundación de instituciones, disposiciones gubernamentales que incumbían al área del historiador. Por ello se incitaba a instituciones y particulares a enviar los datos que, a manera de insumos, se integrarían a cada número.[13]

La sección Noticias perseguía una finalidad de mantener al día la información de la actualidad en la Historia como disciplina, aun cuando algunas noticias salían tardíamente o se repetían. No tenía divisiones internas, pero haciendo un análisis global es posible agrupar las noticias en cuatro grandes conjuntos temáticos: las personas mencionadas; las instituciones de la historia (entendiendo por ello tanto instituciones propiamente dichas como congresos, cursos, programas, publicaciones); la enseñanza de la historia; la archivística, y el IPGH y la Comisión de Historia (incluyendo sus comités).[14] Las restantes noticias se refieren a concursos y premios, notas brevísimas sobre arte y otros hallazgos.

Las personas mencionadas: el historiador como personaje

Quienes figuran en las noticias dan cuenta de la pertenencia y la circulación, los contactos, los proyectos de los que se participa. Hay una preocupación por dejar constancia del quién-es-quién, es decir, quiénes son los que hacen historia, su país de procedencia, su carácter de representantes de un país o de una institución. Son los que escriben, investigan, dan cursos, se reúnen, participan de iniciativas, reciben nombramientos. No son, necesariamente, autores de la revista ni de los que publican en libros y revistas comentados; muchos de ellos son parte del staff de funcionarios del IPGH; otros son figuras que ingresan tardíamente en el decenio considerado y de las que solo hay menciones en la Comisión de Historia o en comités, como Leopoldo Zea para el Comité de Historia de las Ideas, o Fermín Perasa Sarauza, para la temática de archivo.

El sujeto historiador aparece agentivizado o personalizado, es personaje de un relato. La agentivación es un procedimiento gramatical de personificación opuesto a la desagentivación. En el discurso científico o académico se aplica la desagentivación, es decir, la eliminación deliberada del “yo” del autor en el texto.[15] No se emplea la primera persona, no hay marcas de subjetividad ni ninguna remisión al agente autor del texto, salvo en la firma, que es la indicación de la autoría. La agentivación, por su parte, es la presencia del agente en el texto, es personaje de una narración, se predican adjetivos, se caracterizan sus acciones.

El cambio de género y estilo del académico (como las reseñas, las notas bibliográficas o los artículos) al informativo, como las noticias, comporta un cambio de tema y de forma de tratamiento. Las noticias señalan la presencia del historiador por vía de mención y por la atribución de acciones a los historiadores, que aparecen como personajes. Si en los artículos o reseñas su presencia solo queda restringida a la firma, en las noticias, por el contrario, ellos son quienes están haciendo historia; así, desde la primera noticia:

Los protagonistas de la paz en casi todos los países que habían estado envueltos en la guerra iniciaron alguna forma de escrutinio con el fin de eliminar de los libros de texto distorsiones, inexactitudes, y manifestaciones directas o implícitas que supusiesen prejuicios innecesarios.[16]

Ellos son citados por lo que dicen, no por lo que investigan y publican, como es el caso de las declaraciones de M. Raymond Fiasson, director del Instituto Francés de América Latina, creado por M. Paul Rivet:

Dans cet Institut, des intellectuels et de savants mexicains, espagnols, français jouissant du plus grand prestige, donnent gratuitement des cours, sur des sujtes de leur choix, à des élèves mexicains. Nous comptons que des ètudiants de Republiques d’Amerique centrale et du Sud viendront s’asseoir a côté de leurs amis, et il est aussi dans notre intention d’appeler de ces país les hommes les plus représentatifs des pensées artistiques, scientifiques, phisolophiques ou littéraires.[17]

Las personas más mencionadas dan cuenta de la pertenencia y la circulación, los contactos, los proyectos de los que se participa.

Es notable la presencia, en primer lugar, de Silvio Zavala, que aparece identificado mayormente con el IPGH como institución (en menor medida, como director en el Museo Nacional de Historia, pero no se menciona su cargo en El Colegio de México).[18] Dentro del IPGH concentró varios cargos (director de la revista, presidente de la Comisión), pero las noticias hacen mención fundamentalmente a su labor en la Comisión, de la que se refieren diversas acciones, como los viajes y gestiones preparatorias para la Primera Reunión Panamericana de Consulta sobre Historia.[19] Estos viajes no solo eran indispensables para legitimar la Comisión recientemente creada, sino también para amplificar la difusión de la RHA al contactarse con colaboradores regulares (o nuevos que podrían sumarse a la labor).

Las noticias son, así, un lugar de registro y de reconocimiento: hay nombres y apellidos, cargos, títulos, formas ceremoniosas y protocolares (monsieur, señorita), procedencias y pertenencias institucionales. Sirven para los lectores, porque les indican quiénes son los que hacen la historia, quiénes son los funcionarios, diplomáticos, profesores, y permiten también reconocerse: son formas del protocolo. Así como la revista insiste en la necesidad de archivo, ella misma compone un metaarchivo de sí misma y de las instituciones con las que sus miembros se vinculan.

La enseñanza de la historia

La primera noticia publicada en el número 19 expresa una de las preocupaciones de los editores, especialmente en lo referido a la enseñanza de la historia. En este sentido, la noticia cumple una finalidad que supera la de dotar al historiador y docente de competencias técnicas; se trata de contribuir a generar una conciencia política de la historia nacional contra el odio y el belicismo, integrada a los demás países y respetuosa de ellos, integrada en una visión general sobre la docencia, los niveles educativos, los programas, los libros de texto y manuales. Esa noticia se titula “Comisión para el estudio de materiales de enseñanza para asuntos interamericanos”[20] y constituye un recorrido temporal y una puesta al día de todo un proceso orientado a la educación para la paz y la responsabilidad de los historiadores para superar una historia hecha a base de militarismo y de aversión a otros países.

La noticia está elaborada a partir del documento La América Latina en materiales de enseñanza para escuelas y universidades, publicado en 1944 en Nueva York por la Dotación Carnegie para la Paz Internacional. Se trata de un documento singular en varios sentidos. El primero tiene que ver con el formato, ya que no es estrictamente hablando una noticia. Es un documento que recorre numerosas iniciativas que se habían originado tras la Primera Guerra Mundial.[21] El segundo sentido está presente de forma implícita al no haber una referencia a que la mayor parte de estos antecedentes se dieron en el marco del Instituto de Cooperación Intelectual, órgano de la Sociedad de Naciones.[22]

Por todo esto, es significativo que aparezca esta noticia en esta sección y que sea, además, la primera. Al presentarla como una síntesis de todas las propuestas que se habían elaborado al momento, no solo se anula la competencia entre ambos organismos (Sociedad de Naciones y Unión Panamericana) durante la entreguerra, sino que se adhieren a una educación para la paz eminentemente panamericana.

La noticia comienza refiriendo los antecedentes que permiten arribar a la conclusión de las recomendaciones.[23] El texto es un informe, pero también es una argumentación que procede desde los antecedentes remotos a la situación actual. Registra la importancia que el tema de América Latina cobra para ciertos scholars estadounidenses, pero también es una manera indirecta de señalar para los propios países de América Latina la importancia de usar fuentes confiables, documentación reciente y contenidos históricos verificados por especialistas de los países vecinos con carácter científico en los libros educativos, sin prejuicios ni distorsiones. Este tema volvería a aparecer en noticias relativas a los comités de la Comisión de Historia del IPGH.

Curiosamente, la segunda noticia del mismo tema se publica en el mismo número 19, nos remite –sin explicitarlo tampoco– a otro tipo de conflicto, solo que este a nivel nacional al estar situado en la Ciudad de México. Se trata de la Primera Asamblea de Mesa Redonda para el estudio de la enseñanza de la historia, de 1944, y el seminario de marzo de 1945, a cargo de una comisión para el estudio de sus técnicas. De él se relata que su objetivo fue evaluar técnicas por niveles y por tipos de escuelas, como las vocacionales, las normales, la preparatoria y los institutos de investigación y sus técnicas o métodos, como los museos, la biblioteca o la película histórica.[24]

De la Primera Asamblea se generó una serie de libros, entre ellos, uno de Silvio Zavala que iniciaba la serie Síntesis de la historia del pueblo mexicano. El Gobierno estaba muy interesado en trasmitir una imagen uniforme de la historia, para adecuar los libros de texto de estudios de primaria y secundaria. El seminario que se reunió poco después estuvo integrado, entre otros, por Luis Chávez Orozco, Alfonso Caso, Rafael García Granados, Arturo Arnaíz y Freg, Edmundo O’Gorman, Rafael Altamira y Silvio Zavala. Aunque se pretendía que fuera más específico, se debatieron problemas relacionados con la historiografía nacionalista y fue allí donde se inició la controversia entre Zavala y O’Gorman. Así, de un debate que debía dedicarse a resolver planes de estudio y libros de texto se pasó a otro en el que se planteaba el estudio del pasado humano.[25]

Pero nada se menciona en la noticia sobre la polémica que se generó entre dos figuras que encontraron en ese seminario un lugar de disenso para exponer sus puntos de vista encontrados que iban más allá de la cuestión pedagógica para pasar al planteamiento de un problema clave: la orientación del estudio del pasado. Así, mientras Zavala representaba la orientación cientificista o tradicional dominante en aquel momento dentro de los estudios históricos, Edmundo O’Gorman defendía una perspectiva historicista que rechazaba el objetivismo a ultranza y proponía estudiar e interpretar los hechos históricos. Representaban dos tipos de historiografías: una académica y otra “marginal” en pugna dentro de un contexto de institucionalización de la academia en México.[26]

Dado que la RHA no buscaba el disenso (o al menos señalarlo), la noticia fue tan escueta que no les permitía a los lectores extranjeros inferir que esta reunión era solo un evento más de un debate anterior entre ambos historiadores.[27] Por todo esto, no es de extrañar que aunque la revista prometió la publicación de las conclusiones de las ponencias en el siguiente número, no lo hicieran y tampoco se explicara esa decisión.[28]

En las noticias referidas al IPGH volvería a aparecer la temática educativa con el impulso de comisiones de estudio e indicaciones para el trabajo de los países. En la noticia titulada “Acuerdos de la IV Asamblea del Instituto Panamericano de Geografía e Historia reunida en Caracas durante los días 18 de agosto al 2 de septiembre de 1946” aparece la preocupación por la revisión de programas y textos de historia de América, “a fin de fomentar, dentro del respeto a la verdad histórica, la amistad, el conocimiento mutuo y la colaboración entre los pueblos del Continente”.[29] En el acta final de la Primera Reunión de Consulta se registra el interés en este tema en la conclusión XXV:

1.- Recomendar que la Comisión de Historia, después de recabar y obtener de los distintos países americanos la información indispensable, elabore un plan básico para que sea propuesto a los distintos países de América, en el cual se atienda a la madura formación de la técnica del conocimiento de investigación de la historia, y a la preparación de profesores.
2.- Que siempre que sea posible, sea presentado dicho plan a los Miembros Nacionales seis meses antes de la próxima V asamblea del IPGH que deberá celebrarse en 1950 en Santiago de Chile.
3.- Que por la dirección del IPGH se invite a los Ministros y Directores de Educación de los países de América a que envíen delegados técnicos en pedagogía a que participen en la consideración del plan básico propuesto y de las demás cuestiones relativas a ciencias afines.
4.- Que la Comisión de Historia estimule en la forma que crea conveniente, la preparación y publicación de manuales sobre la técnica de la investigación de la Historia y ciencias afines.[30]

La archivística: eventos e instituciones

También se comunicaron las actividades y los contenidos referidos a disciplinas auxiliares de la historia, como la archivística y la paleografía. Algunas de las figuras relacionadas con esta disciplina que publican en la revista o que se mencionan en las noticias y en otras secciones de la RHA son Roscoe Hill, Joaquín Llaverías, Fermín Peraza Sarauza, Enrique Ortega Ricaurte, Julio Jiménez Rueda, Emilio Rodríguez Demorizi, Juan Antonio Susto, Francisco Gamoneda y Jorge I. Rubio Mañé. Tendieron también a la conformación de estrategias continentales de cooperación, de legislación y, sobre todo, a la normalización de la clasificación de archivos. Especialmente se buscó dotar de un estatus a esta actividad, por lo que puede confirmarse aquí que la RHA intervino como un activo agente por la conformación de un capital social para los archivistas y los historiadores.

Tres noticias con amplio desarrollo se dedican a la fundación y los primeros años de la Escuela Nacional de Bibliotecarios (1945), a la que se le sumaría un año más tarde la Escuela de Archivistas (ambas dependían de la SEP), y con un Consejo de Regencia del que participaban miembros de la Universidad Nacional Autónoma de México, la Biblioteca del Congreso, el Archivo General de la Nación, la Biblioteca Benjamín Franklin (que ofreció dos becas para perfeccionar estudios en Estados Unidos entre los primeros egresados), entre otras instituciones, y un Consejo Técnico de maestros.

La escuela buscaba dotar al trabajo del bibliotecario de un estatus profesional y de uno académico con el otorgamiento a sus egresados de títulos de maestros y doctores en biblioteconomía. Una preocupación especial merecían los que trabajaban entonces en las bibliotecas sin preparación técnica alguna, para quienes ofrecían una capacitación que les permitiera mejorar su situación laboral. Entre los colaboradores de la escuela figuran autores y personas que estaban vinculadas con la revista y con el IPHG, como Juan B. Iguíniz, Agustín Millares Carlo, Francisco J. Gamoneda y José Ignacio Mantecón; dirigía la escuela Francisco Orozco Muñoz.[31]

En el número siguiente, el 21 (de junio de 1946), Francisco Orozco Muñoz comunicó la reorganización de la escuela de bibliotecarios, su oferta educativa (curso de capacitación técnica, carrera profesional y curso de capacitación superior) y la creación de la carrera de archivistas,[32] resultado del Primer Congreso Nacional de Archivistas y Bibliotecarios que se había celebrado en México en 1944.[33] Las prácticas se realizaban en el Archivo General de la Nación.

Además, dieron lugar a gran cantidad de noticias de archivos nacionales, generales o particulares y de bibliotecas, como el Archivo de la Real Audiencia de Lima, el Archivo Nacional de la República de Cuba, los archivos generales de la nación de México y la Argentina, la Biblioteca Nacional de Lima y la Biblioteca de la Universidad de Texas, entre otros.

En las noticias puede apreciarse el interés en identificar a las personas mencionadas con su adscripción institucional: lo que interesa en la RHA es cartografiar las instituciones vinculadas con la archivística, sus nombres y pertenencia. Este tema ha ocupado un lugar destacado en varias otras secciones, es central a la revista.

Así, el tema archivos adquirió un peso significativo en la sección. Por ello no es casual que, cuando se formó la Comisión de Historia, se solicitara un informe a Miron Burgin, por entonces editor del Handbook of Latin American Studies, sobre el estado de la RHA, y entre otras cuestiones señaló que las noticias parecían disponerse de una manera “accidental e indirecta” y no de manera ordenada. Por ello, proponía crear una lista de instituciones y academias que nutriera tanto a esta sección como a Bibliografía. Si esa información estaba sintetizada, se podría dedicar la sección Noticias a conformar “una síntesis de las actividades desplegadas por los historiadores, enfatizando en los congresos y reuniones”. Para alcanzar esta meta sugería que la información dedicada a Archivos se separara de esta y se colocara en una sección propia (como lo hacían Emilio Ravigniani y José Torre Revello desde 1940 en el Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad de Buenos Aires). De esta manera, se podría cubrir la información de los archivos de manera más detallada, explicando cómo estaban organizados, qué períodos cubrían, etc.[34] La sugerencia no fue tomada en cuenta y el tema archivos siguió siendo una parte importante de esa sección.

La dimensión institucional: centros, congresos, programas y publicaciones

La RHA, en tanto ostenta un aspecto fuertemente institucional –como veremos en las noticias correspondientes al IPGH, la Comisión de Historia, los comités y la revista misma– se aboca a informar sobre otras instituciones. Entendemos aquí la noción de “institución” en un sentido amplio, es decir, lo que habitualmente se considera como tal, como centros, institutos, y también todo un abanico de actividades académicas o universitarias organizadas por instituciones, y las publicaciones que crean. En este sentido, se conforma una oferta informativa que busca dotar al lector de un conocimiento sobre la actualidad institucional en historia –y las oportunidades que se ofrecen para el conocimiento–, el posible contacto intelectual y hasta la posibilidad de participar de esas actividades.[35]

Hay una voluntad de registro exhaustivo de nombres e instituciones de procedencia que se cumple en gran cantidad de noticias, que son una especie de who’s who para el lector. El efecto final es el de acumulación, copiosidad, que permitía confirmar los recorridos de los personajes mencionados.

Noticias de Europa y de Estados Unidos

Hay una dedicación particular a noticias provenientes de Europa, en especial de Francia, Italia y España. De París llegaron dos noticias: el relanzamiento, con cambio de nombre, de la revista Les Annales en 1946, en el que se anuncia la participación de Zavala y la reapertura del trabajo del Comité Internacional de Ciencias Históricas en 1948.

Les Annales: Economies, Societés, Civilisations es el nombre de 1946; ya había sufrido cambios de nombre y alcance temático desde 1929, año de su fundación. En 1945 había salido con el título Annales d’Histoire Sociale, y en 1946 volvería a cambiar el nombre. La idea del cambio de título de Les Annales en 1945 respondía a la de continuar el programa inicial: problemas de historia y actualidad. En la noticia que publica la RHA se destaca la participación de académicos como Gilberto Freyre (Brasil) y Earl J. Hamilton (de la Universidad de Duke), entre otros.[36]

Así lo presentaría Lucien Febvre en el primer número de 1948, antecediendo una nota sobre el libro de Zavala La “Utopía” de Tomás Moro en la Nueva España y otros estudios, publicado en 1937:

Les Annales sont heureuses de publier ces quelques pages d’un des plus éminents historiens de l’Amérique latine, Silvio Zavála, qui prend à la vie intellectuelle de son pays une part considérable, en présidant à de nombreuses activités d’enseignement et de publication, et en dirigeant à Mexico, au Palais de Chapultepec, cet admirable Musée d’histoire mexicaine, qui n’est pas seulement un magnifique conservatoire du passé, mais un des centres vivants où s’élabore la forte personnalité d’une grande nation moderne. Silvio Zavála attire notre attention, aujourd’hui, sur une des manifestations les plus émouvantes de l’humanisme espagnol au tem Pedro Sánchez de la Renaissance (p. 1).[37]

El Comité Internacional de Ciencias Históricas mereció una nota en el número 25 sobre la reunión celebrada en París con el apoyo de la UNESCO: su importancia radica en la capacidad de generar contactos entre los historiadores y producir bibliografías sistemáticas para completar el vacío desde 1938.[38] Solo tiene valor informativo, ya que no se menciona la participación de ningún representante de países de América Latina.

De Italia llegó la noticia de la fundación en 1946 de la revista Quaderni Ibero-Americani, continuidad de la iniciativa de un grupo de estudiantes de Turín de una asociación cultural dedicada a relaciones culturales con España y América Latina, la ARCSAL.

Los Quaderni Ibero-Americani fueron fundados por Giovanni María Bertini, el hispanista italiano más importante de entonces.[39] Se trata de una revista de estudios comparados y más bien volcada a la literatura que buscó consolidar contactos; contaba con los de Marcel Bataillon, del Instituto de Francia, Georges Cirot, de la Universidad de Burdeos, Ramón Menéndez Pidal y Dámaso Alonso, ambos de la Universidad Central de Madrid.

La noticia de la fundación en 1944 de la Escuela de Estudios Hispano Americanos de la Universidad de Sevilla se adaptó de una crónica publicada un año antes; apareció en la RHA en el número 21, de 1946.[40] En ella se explica la conformación de un ámbito interinstitucional creado a partir de cátedras americanistas de la Universidad de Madrid y los archivos de Sevilla. Se detallan las materias, las formas de evaluación, su curso de verano en la Universidad de La Rábida y se enumeran los cursos y los profesores a cargo. Además, se explica el sistema de becas para estudiantes hispanoamericanos y la residencia para catedráticos e investigadores.

En el número siguiente se informó sobre la Universidad de Verano de La Rábida y el programa de su cuarta edición de cursos, con el título de América durante la independencia y edad contemporánea. Se dictaron cursos de Derecho, Historia, Arte y Ciencias Naturales; la revista destaca la participación de Jorge I. Rubio Mañé.[41]

La noticia de la fundación en 1945 del Centro de Estudios Hispánicos en Estados Unidos, en la Universidad de Syracuse, dio pie para acusar la falta de representantes de países hispanoamericanos. Formaron parte del centro varios españoles exiliados: Américo Castro (Universidad de Princeton), Tomás Navarro Tomás (Universidad de Columbia) y Joaquín Casalduero (Colegio Universitario de Smith). Fuera de los demás representantes de los Estados Unidos, participaron Marcel Bataillon (Colegio de Francia), Aubrey F. G. Bell (Universidad de Toronto) y Milton A. Buchanan (Universidad de Toronto). La noticia omite que el portugués Fidelino de Figueiredo era representante por la Universidad de San Pablo.[42]

Noticias de América Latina

Las novedades institucionales de México tuvieron difusión y desarrollo: además de las referidas a la enseñanza de la historia y la archivística, ya abordadas, y a las del IPGH, objeto del próximo apartado, se comunicaron asuntos relativos al Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM (su fundación fue en 1945), al Instituto de Investigaciones de Historia Regional de México (una asociación civil fundada en 1946) y al Centro de Estudios del Colegio de México. También se comunicaron el Programa de Estudios Históricos sobre las relaciones de México y Cuba, el Congreso Mexicano de Historia y el Instituto Francés de América Latina (al que se le dedican dos noticias, una por su inauguración en 1945 y otra por sus actividades).

Con respecto a la noticia relativa al Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México, estrictamente no responde a ninguna novedad. Salió en junio de 1946, en el número 21, y tiene el estilo de un documento institucional que registra brevemente su origen en 1941, su organización de gobierno y sus centros. Del Centro de Estudios Históricos se destacan sus fines, programas de colaboración con otras instituciones y las promociones de alumnos de 1941 y 1943, sus becas y procedencia de otros países.

De los profesores y alumnos del CEH se mencionan publicaciones, como La esclavitud prehispánica entre los aztecas de Carlos Bosch García; Estudios de historiografía de la Nueva España, por alumnos del Centro con introducción del profesor Ramón Iglesia; El hombre Colón y otros ensayos de Ramón Iglesia; Índice y extractos de los protocolos del Archivo de Notarías de México D. F. de Agustín Millares Carlo y José Mantecón; y Escritos inéditos de Fray Servando Teresa de Mier de José María Miquel i Vergés y Hugo-Díaz Thomé. También hay un apartado referido al Centro de Estudios Sociales. Ambos centros, dice la noticia, “son las dos instituciones que absorben la parte principal de la labor y de los medios del Colegio”.[43]

Instituciones latinoamericanas sobre las que se informa son el Instituto Cultural Ecuatoriano, el Centro Venezolano-Americano, el Instituto Cultural Venezolano-Británico, el Instituto Anglo-Mexicano de Cultura, la Sociedad Argentina de Antropología, el Instituto Peruano de Investigaciones Genealógicas, la Academia Nacional de la Historia de Venezuela, el Museo Etnológico de la Universidad Central (Ecuador), el II Congreso Histórico Municipal Interamericano (celebrado en Guatemala, del que se publicaron dos noticias, incluyendo las actas), el plan de Historia General de Colombia, el Instituto Brasileño de Historia de la Medicina, el Instituto Hondureño de Historia, el Museo de Arte Colonial de Venezuela, la Universidad de San Marcos Lima, el Atlas de Geografía Histórica de Perú y la historia militar en Perú, la Universidad Nacional del Cuzco.

El IPGH y la Comisión de Historia

Las noticias relativas al IPGH merecieron la mayor extensión. Son las que registran el mayor número de menciones, dado que se trata de documentos formales. Las actividades del instituto y sus comisiones, especialmente la de Historia, junto con la RHA, tuvieron amplio despliegue, con toda clase de información: actas, estatutos, resúmenes, proyectos: la revista es el espacio académico que perfecciona el aspecto institucional, es ella el cauce para integrar a los historiadores de toda América con la información de lo que podríamos llamar los datos duros (programas, fechas, asistentes), pero también con una visión fundacional y una propuesta de trabajo mancomunado: elaboración de guías y catálogos de historiadores y centros de investigación (una biobibliografía para la que habían enviado cuestionarios a todos los contactos), la propuesta de trabajar con sistemas unificados de tratamiento documental, el proyecto de una historiografía de América, el inventario total de obras de arte y monumentos del continente, el intercambio de libros y de fichas bibliográficas, la necesidad de tener presente siempre la enseñanza y la divulgación de la historia.

La primera noticia sobre el IPGH aparece tempranamente, en el número 11, con la Tercera Asamblea General de Lima, de la que se publica apenas el programa. La cuarta asamblea, celebrada en Caracas, abre la sección del número 22, de diciembre de 1946, y ocupa quince páginas con dos noticias: los nuevos estatutos del IPGH y los acuerdos a los que se arribó, como el de la creación de la Comisión de Historia,[44] que podría funcionar del mismo modo que las de Geografía y Cartografía.

Un documento del archivo de Zavala, datado el 23 de agosto de 1946 (tres días antes del inicio de la tercera asamblea), sirvió de base para la noticia que se publicó en el 22.[45] Es el documento de ideación, de conceptualización y fundamentos de esa creación. Se puede apreciar el trabajo de edición de De la Torre Villar: en general, transcribe, pero también busca aligerar, procura la sencillez sintáctica, algunas formas de atenuación y de la atribución.[46]

La Conformación de la Comisión de Historia ocupó la sección de los números 23 a 26; la continuidad en la información, número a número, es una expresión de su importancia, no solo para quienes la impulsaron:

Los últimos meses de 1947 son todavía más importantes para la vida intelectual del país. La creación oficial de la Comisión de Historia del IPGH fue un acontecimiento principal para la historiografía mexicana. En la IV Asamblea del Instituto celebrada en Caracas, el gobierno de México se comprometió a instalar la Comisión a través del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), que dirigía entonces el arquitecto Ignacio Marquina, y de proceder a la inmediata iniciación de sus actividades. […] Así, el gobierno de México intervino en la instalación de la Comisión de Historia tanto o más que como lo había hecho en la creación del IPGH.[47]

En el número 23 se comunicaron su instalación, los miembros, el programa de la Primera Reunión de Consulta y una agenda de tareas;[48] lo más importante es el anuncio de la dependencia de la RHA de esta comisión. Al número siguiente, la única noticia de la Primera Reunión de Consulta ocupa 38 páginas de la sección, con el detalle de miembros (Comité de Honor, IPGH, Comisión de Historia y comités del evento, la mesa directiva) y asistentes por país y en representación de entidades internacionales, gubernamentales e instituciones científicas, el programa, las resoluciones, los acuerdos, la elección de Silvio Zavala como presidente, el presupuesto y la exposición.

En el número 25 publicaron dos noticias: el informe de la reunión (con detalles de la organización) y la marcha de la Comisión de Historia. En el 26 se abrió la sección con la comisión, un detalle de miembros de cada comité, cada uno a cargo de un país: Comités de Archivos (Cuba), de Folklore (Perú), de Movimiento Emancipador (Venezuela), de Historia de América (Argentina) y de Antropología (ambos en vías de constitución) y un Comité de Historia de las Ideas (México).[49]

El Comité de Historia de las ideas en América se convirtió en noticia aparte por haber sido propuesta de Leopoldo Zea, secundado por Luis Recaséns Siches, que no figuraba en el listado de los comités del número 24.[50] Se mencionan los antecedentes, el objetivo de una publicación, los miembros, los apoyos obtenidos y las sugerencias.[51]

Otros encargos de la Comisión fueron una biblioteca de historiografía, memorias sobre misiones americanas en Archivos Europeos, monumentos históricos, estudios prehistóricos, monografías en colaboración, publicaciones y colección de retratos de historiadores de América, además del listado de instituciones e historiadores de América. Es perceptible una voluntad de totalidad en temas, objetos, agentes.

Las noticias dieron cuenta de la organización institucional del IPGH: la comisión, los comités, otras iniciativas y eventos y las personas mencionadas. La Primera Reunión de Consulta de la Comisión de Historia es el acontecimiento más voluminoso en personas mencionadas: conforma un cierto sustrato del que surgiría la Comisión de Historia; muchos de los que aparecen allí no figuran en otras formas de organización (la Comisión misma, los comités u otros encargos); quienes son mencionados en esa primera reunión y participan de otras actividades se encuentran vinculados con otros eventos e instituciones, como la Biblioteca de Historiografía, la Comisión de Historia y el Comité de Archivos.

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De la Comisión de Historia parten los comités. Los más vinculados a ella por las menciones de los participantes son el del Movimiento Emancipador y el de Archivos, y más alejados, el de Folklore y los de Historia de las Ideas e Historia de América. Los comités de Historia de América y de Antropología estaban en constitución y carecían de menciones de personas. En las noticias aparecen el comité de Historia de las Ideas y el comité de las Ideas de América; el segundo es el más numeroso en menciones, pero el primero es más cercano a la Comisión de Historia porque varios de sus participantes tienen relaciones con otros agentes de la red.

El evento “Comité Ejecutivo, primera reunión” se refiere a una reunión celebrada en México en abril de 1946 para revisar la reorganización del IPGH. Uno de los puntos clave de esta noticia fue la propuesta de la formación de la Comisión de Historia. La mitad de los mencionados participa de otros eventos, y tres de ellos se encuentran en posición destacada, como Hanke, Zavala y Sánchez.

Así como la Comisión de Historia tuvo en la sección Noticias una forma de vocería, es decir, un espacio que asumió la voz de la comisión desde su génesis hasta su establecimiento y desde ella enunció los argumentos para su creación, la fundación misma y un reporte de sus avances, del mismo modo, la sección Noticias fue un amplificador de la revista misma en una curiosa forma de redundancia y de espejo. La RHA es, así, sujeto enunciador y referente. La primera mención apareció en el número 21; en la noticia sobre la Primera Reunión del Comité Ejecutivo del IPGH, en abril de 1946, se indicó la necesidad de la formación de la Comisión de Historia y, hasta tanto se resolviera, era el IPGH el que continuaría publicando la RHA. Esta decisión ataba la RHA a la Comisión, aún inexistente; una es contracara de la otra, ambas expresan su mutua necesidad.[52]

En los Acuerdos de la IV Asamblea del IPGH de Caracas (agosto de 1946) se insistió en este punto, en la necesidad de contar con una Comisión de Historia (ya sin depender de la sección Antropología Americana) y se mostraron las producciones de esa sección, consistentes en dos publicaciones hemerográficas, como el BBAA y la RHA, y un conjunto de libros. La resolución colocó a ambas publicaciones periódicas como dependientes de la futura Comisión,[53] son sus “órganos”, sobre los que ejercen “supervisión técnica”, [54] y de las que han recibido sugerencias para la mejora de las secciones, las que no se describen en la revista.

La Comisión de Historia generó otras piezas informativas: sobre la Primera Reunión de Consulta[55] y sobre el primer informe de sus actividades.[56] En ambas noticias, la RHA es parte de su temario; primero, como parte del proyecto (la discusión de sus contenidos, los acuerdos, el presupuesto para la RHA y el BBAA), y segundo, como realizaciones (presupuesto ejecutado, el cumplimiento de la periodicidad, la puesta al día de ficheros de suscriptores, colaboradores y canjes). Hay una necesidad de dar cuenta, de argumentar la importancia del proyecto y su concreción.

Notas necrológicas: la construcción de genealogías intelectuales

Aunque los historiadores rondan siempre en torno a los muertos como sujetos históricos de análisis, no se ha prestado suficiente atención a las notas necrológicas publicadas en diarios o revistas.[57] En estudios más específicos de historia del periodismo, se menciona la aparición en los periódicos de las esquelas compuestas de pocas líneas y dedicadas solo a anunciar el nombre de los muertos, no siempre gente conocida. A esto se le agrega (sin mayor problematización temporal sino solo como un hecho descriptivo) el que algunos editoriales o artículos estaban dedicados a desarrollar una apología de hombres ilustres. Estos serían los antecedentes directos de las notas necrológicas, las cuales, en algunos medios, llegan a distinguirse como una parte o sección autónoma. Los especialistas en este género periodístico señalan también que las notas pueden estar escritas en un estilo más sentimental o racional, dependiendo de las características del difunto y de quien escribe, así como de la intención que pretenda producir el medio de prensa que lo publica.

El conjunto

Esta es una sección irregular en el sentido de que solo apareció en ciertos números en particular. En total, durante este período de tiempo se publicaron 17 notas, las cuales empezaron a aparecer en agosto de 1940, dos años después de la fundación de la revista.

f. Tabla de autores y homenajeados, por número
Número Fecha Autor de la nota Figura homenajeada
9 agosto de 1940 Pedro C. Sánchez William Bowie
14 junio de 1942 Madaline W. Nichols Charles Edward Chapman
14 junio de 1942 Madaline W. Nichols Percy Alvin Martin
15 diciembre de 1942 Jorge Ignacio Rubio Mañé Carlos Pereyra
17 junio de 1944 Bert James Loewenberg Herbert Ingram Priestley
22 diciembre de 1946 Ricardo Donoso Domingo Amunátegui Solar
22 diciembre de 1946 Julio Jiménez Rueda Pedro Henríquez Ureña
22 diciembre de 1946 Leopoldo Zea Antonio Caso
22 diciembre de 1946 Ernesto de la Torre Villar Ezequiel A. Chávez
22 diciembre de 1946 Ernesto de la Torre Villar Toribio Esquivel Obregón
25 junio de 1948 Rafael Altamira Nicolás Murray Butler
25 junio de 1948 Germán Posada Mejía Antonio Gómez Restrepo
25 junio de 1948 José Miranda Ramón Iglesia Parga
25 junio de 1948 Helia Alpuche Héctor Pérez Martínez
25 junio de 1948 Ernesto de la Torre Villar Rómulo Velasco Ceballos
26 diciembre de 1948 Ángel Rubio Juan María Aguilar y Calvo
26 diciembre de 1948 Arthur P. Whitaker Charles Austin Beard
26 diciembre de 1948 Enriqueta López Lira Díaz Thomé Ernesto Schäfer

Sus títulos son simples, informativos, no valorativos, llevan el nombre y apellido del historiador fallecido, el año de nacimiento y muerte entre paréntesis y el nombre de quien redactó la nota. No se utilizan en los títulos figuras de estilo, ninguna hipérbole, recursos frecuentes en los títulos de las necrológicas periodísticas para resaltar los méritos del fallecido (virtud, pertenencia a movimiento artístico o corriente de pensamiento). Aunque todas están escritas en términos académicos y tratan sobre historiadores en su gran mayoría, por algunas palabras se puede suponer alguna relación entre el fallecido y el autor de la nota, aunque solo se registra en algunas notas y se supone en otras. El relato suele estar ordenado regularmente: una primera página o al menos un párrafo en el que se declara cuál es el valor del fallecido en relación con sus méritos en la comunidad académica a la que perteneció. Posteriormente, suelen sintetizarse los datos más importantes de su vida académica, pues el muerto en cuestión es trascendente en cuanto aportó a la vida intelectual. Por ello, aunque se mencionan datos básicos, como lugar de nacimiento, los estudios se contabilizan a partir de la carrera profesional universitaria, no antes. Poco y nada se dice de sus antecedentes familiares, su primera escolaridad, incluso los datos familiares.

Aparentemente, las notas necrológicas fueron escritas por pedido del equipo editorial o por sugerencia de algún colaborador cercano. En la nota del español Ángel Rucio sobre un compatriota suyo, Juan María Aguilar y Calvo (1889-1948), se aclara al finalizar que la nota fue solicitada por la RHA, lo cual al parecer fue considerado por él como una “gran deferencia”. Es posible, también, que en la solicitud se le haya señalado que el objetivo era realizar una semblanza escueta de la vida de este profesor de manera “severa y objetivamente”, lo cual Rubio considera inútil debido a que había sido un fiel discípulo y amigo.[58]

En el archivo Silvio Zavala solo se encuentra una carta a Zavala de Ricardo Donoso desde Chile (con hoja membretada del Archivo Nacional), en la cual le comenta sobre una serie de reuniones en las que habían participado ambos y le avisa que en el último número de la revista encontraría una nota que había escrito sobre la “personalidad de Don Domingo” (Amunátegui Solar), la cual efectivamente había sido publicada en el número 22 de diciembre de 1946.[59]

Es probable, empero, que haya habido una selección, porque en un número encontramos que, al finalizar las notas, se agregó la siguiente leyenda: “Se recuerda también a Don Armando Donoso Novoa (1887-1946) y Don Ricardo Montaner Bello (1868-1946) de Chile ambos, así como a Don Ignacio del Villar Villamil (de México), todos ellos fallecidos este año, quienes además comparten el haber legado su trabajo en distintas áreas: Historia Literaria, Jurídica, Genealogía y Heráldica”. Sin embargo, en los números posteriores no merecieron una nota.[60]

Autores y homenajeados

Este conjunto de personas está compuesto por los autores de las notas y los homenajeados.

g. Tabla de autores de notas necrológicas con información básica

p. 267

h. Tabla de homenajeados con información básica
Años de vida Nacionalidad Último grado Institución de formación Área de formación Institución laboral
1872-1940 Estados Unidos doctor Trinity College Ingeniería IPGH
1880-1941 Estados Unidos doctor Universidad de Berkley Historia Universidad de California
1879-1942 Estados Unidos doctor Universidad de Harvard Historia Universidad de Stanford
1875-1944 Estados Unidos maestro Universidad de Sur California Historia Universidad de California
1862-1947 Estados Unidos doctor Universidad de Columbia Educación/Filosofía Fundación Carnegie
1874-1948 Estados Unidos doctor Universidad de Columbia Historia independiente
1905-1948 España licenciado Facultad de Filosofía y Letras de Madrid Historia Universidad de Winsconsin
1889-1948 España doctor Universidad de Sevilla Historia/Derecho Universidad de Panamá
1872-1946 España
1868-1946 México licenciado Escuela Nacional de
Jurisprudencia
Derecho UNAM
1865-1946 México licenciado Escuela Nacional de
Jurisprudencia
Derecho Escuela Nacional de Jurisprudencia
1884-1948 México Historia Secretaria de Salud
1906-1948 México licenciado Facultad de Odontología Odontología UNAM
1860-1946 Chile licenciado Universidad de Chile Derecho Instituto Nacional
1884-1946 Rep. Dominicana doctor Universidad de Minnesotta Literatura Universidad Popular Alejandro Korn
1896-1947 Colombia autodidacta Literatura Ministerio de Relaciones Exteriores

El primer rasgo para señalar es la nacionalidad de los fallecidos: seis estadounidenses (Bowie, Chapman, Priestley, Butler, Beard), tres españoles (Iglesias, Aguilar y Calvo, Schäfer), cinco mexicanos (Chávez, Caso, Esquivel Obregón, Velasco Ceballos, Pérez Martínez); un chileno (Amunátegui Solar); un dominicano (Henríquez Ureña) y un colombiano (Gómez Restrepo). Así, los estadounidenses representan el mayor grupo, seguido por los mexicanos y los españoles.

En cambio, si observamos la nacionalidad de los autores de las notas, encontramos que predominan los mexicanos (Sánchez, López Lira, De la Torre, Zea, Alpuche y Jiménez Rueda), seguido por los estadounidenses (Nichols, Whitaker y Loewenberg). En el caso de los españoles, escribieron Altamira, Miranda González y Rubio Muñoz. Solo un chileno y un colombiano participaron como autores de esta sección (Posada y Donoso). Dado que se esperaba que los autores conocieran a las personas de las que escribiría, es frecuente que ambos fueran de la misma nacionalidad, aunque Altamira escribió sobre un estadounidense (Murray), al igual que varios mexicanos que exceptuaron esta regla: el presidente del IPGH, Pedro C. Sánchez al escribir sobre Bowie, Jiménez Rueda al escribir la nota del dominicano Pedro Henríquez Ureña y López Lira en relación con el español Ernesto Schäfer.

En cuanto a su grado de estudio, es de señalar una marcada diferencia en cuanto al grado de profesionalización. Casi todos los estadounidenses tenían doctorado, mientras que para el resto lo más frecuente era que solo hubieran alcanzado la licenciatura. En cuanto a la profesión, como era de esperar, casi todos eran historiadores de profesión o de oficio, es decir, no todos estudiaron Historia, algunos estudiaron Derecho, otros (menos) Literatura y estaba el caso singular de un odontólogo. Todos ellos, empero, se dedicaron a ser historiadores posteriormente. Solo dos casos salen de esta regla: Bowie, ingeniero, quien fue fundador del IPGH, y Murray Butler, internacionalista, quien tuvo una participación destacada en el proyecto de revisión de manuales de historia realizado por Cooperación Intelectual.

Otro aspecto para resaltar es el de las instituciones, porque nos permite pensar no solo en la formación, sino en el desempeño de los historiadores. El caso de los estadounidenses es especialmente interesante. Sus estudios de grado y posgrado fueron en las prestigiosas universidades del este. Exceptuando a Bowie, que era ingeniero, Murray y Austin habían estudiado en la Universidad de Columbia. Por su parte, Alvin lo había hecho en Harvard, mientras que Chapman y Priestley se habían graduado en las prestigiosas de la costa oeste (Berkeley). Al contrastar las universidades donde trabajaban, notamos una migración importante de las instituciones de la costa este a la del oeste, específicamente a la Universidad de California y Stanford. Esto está relacionado con el desarrollo de los estudios hispánicos, tanto en la creación de centros de estudios como de bibliotecas. En el caso de Priestley y Chapman, estuvo relacionado también con la tradición de historia latinoamericana que había iniciado Bolton en la Universidad de California (Berkeley). Tras graduarse de doctorado, Champan y Priestley ingresaron a trabajar en esta institución con Bolton, trío académico que convirtió a esta universidad en una de las primeras en tener un centro de estudios de historia de América Latina para 1918.[61] Bolton no solo estableció una instancia académica formativa que generaría nuevos historiadores, quienes consultarían bibliotecas cada vez más especializadas, crearía también una tradición por la cual los estudiosos de ese país debían conocer los archivos latinoamericanos, españoles y otros europeos que, en menor medida, guardaban documentos del período colonial.[62]

En cambio, los españoles se habían formado en Madrid y en Sevilla, pero la institución académica en la que laboraban era en el continente americano: El Colegio de México o la Universidad de Panamá. Esto se explica por la emigración de españoles al fin de la guerra civil. Los mexicanos, por su parte, habían estudiado en las instituciones más prestigiosas de la capital (la UNAM y El Colegio de México), las cuales albergaban a su vez a la mayor parte de sus graduados como profesores. Por esto no es extraño que, como se observa en el siguiente grafo, la institución (representada por un triángulo) que tiene mayor grado es El Colegio de México, porque es aquel nodo donde concurren más conexiones entre todos los nodos (representados los autores como triángulos y los cuadrados para los homenajeados). Esto no es extraño si pensamos que Zavala fue para la década de 1940 el director del Centro de Estudios Históricos de esa institución. Así, lo que señala el grafo es la estrecha relación entre el emprendimiento de la RHA y El Colegio por su calidad formativa de historiadores. En cambio, aunque el IPGH era quien auspiciaba la publicación, como nodo su grado es mucho menor. Esto se debe a que no es una instancia profesionalizante y muy pocos de los que participaron en esta sección trabajaban en ella.

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Las necrológicas de los scholars estadounidenses

La primera nota necrológica se dedicó al doctor William Bowie, no porque fuera un historiador destacado, sino porque ocupaba, a la sazón, el cargo de presidente honorario del IPGH. De hecho, tras su muerte, el cargo quedó vacante y le fue ofrecido al argentino Ricardo Levene, con quien Zavala mantenía una estrecha relación académica.[63]

En el título no se colocaron las fechas de nacimiento y muerte (habituales en las siguientes notas) ni aparecía en la sección Noticias, sino junto a los demás artículos, antes de la gruesa sección dedicada a reseñas y bibliografía. Su autor fue Pedro C. Sánchez, el director del IPGH, también ingeniero; sin embargo, lo que los unía era su dedicación al IPGH. Aunque se trataba de un hombre maduro (1876-1940), la noticia conmovió a Sánchez y la RHA se apresuró para que en agosto, el mismo mes del deceso, se publicara la nota. La primera parte corresponde a Sánchez y la información puntual de datos biográficos había sido proporcionada por L. O. Coldbert, director de la Coast and Geodetic Survey de Washington, institución donde Bowie había trabajado desde temprana edad y donde se había convertido en jefe de división de Geodésica desde 1909 hasta su retiro en 1936.[64]

Dos años después aparecieron ya bajo el título “Notas necrológicas” otros dos textos, ambos escritos en inglés por Madaline W. Nichols.[65] Para ese año, la bibliógrafa estadounidense había participado en la revista como autora de reseñas de libros en inglés publicados en Estados Unidos.[66] Mantenía un vínculo académico cercano con Zavala, a quien posiblemente había conocido cuando él estuvo becado en Estados Unidos (1938-1939) y a quien la unían dos afinidades: la de ordenar la bibliografía en bibliotecas modernas y la de dar a conocer ese cúmulo de ideas a nivel regional. Por este motivo, no es extraño que Zavala le enviara los números de la RHA y que ella le enviara a cambio la de la institución donde trabajaba, World Affairs, de la John Hopkins University.[67]

Pero la relación más estrecha fue sin duda con Rafael Heliodoro Valle, con quien había entablado amistad cuando el hondureño estuvo en estancia de investigación en Estados Unidos. Al regresar, el carteo entre ambos era regular, enviando material para la revista e intercambiando opiniones sobre publicaciones recientes, así como novedades laborales y personales. Lo que los unía sin duda era su pasión por los libros, las revistas y la literatura.[68]

La primera necrológica estaba dedicada a la muerte de Charles Edward Chapman (1880-1941), quien, tras estudiar en Princeton, Tufts, Harvard y la Universidad de California, se había dedicado a ser profesor de Historia de California y de Hispanoamérica en la Universidad de California. La distancia entre la fecha de muerte y la aparición de la nota es corta (murió en noviembre de 1941 y salió en el número 14, de junio de 1942, pero es posible que no haya aparecido en el primero de ese año debido a que, como comentó la nota editorial, los sucesos internacionales generaron un atraso en las publicaciones). Su muerte, a los 61 años, fue lamentada por Nichols, quien aparentemente había sido su estudiante y amiga en la Universidad de California, puesto que dedicó una buena parte de su nota a explicar el éxito de Chapman como docente en esta universidad de la costa oeste, en donde entrenó a sus alumnos en la investigación histórica en el campo de los estudios hispanoamericanos. Recalcó que su gran capacidad como maestro de historia fue que enseñó a partir de su propia experiencia como historiador en los archivos. No por casualidad en este punto se menciona al Archivo de Indias en Sevilla, punto de unión con los otros historiadores hispanoamericanos. Tras la consulta de ese acervo, publicó varios libros sobre el legado hispano en California y la historia colonial de Hispanoamérica, así como un catálogo sobre los materiales del Archivo General de Indias sobre Cuba. Por esto, obtuvo numerosos honores de distintas sociedades hispánicas en el continente y de la Royal Historical Society, participando en la fundación del Hispanic American Historical Review como miembro del consejo de editores desde 1917, y como editor desde 1922 hasta su muerte.[69]

La segunda nota que escribió Nichols fue sobre Percy Alvin Martin. En ella se extendió bastante, en parte porque por las anécdotas narradas parece que tenía una cercanía notable, pero también porque este realizó una carrera destacada, que pasó desde una formación en Stanford, luego en Europa (París, Berlín, Leipzig) para terminar su doctorado en Harvard. Fue un ferviente defensor de la fraternidad hispánica, por lo que cultivó numerosas amistades en el continente. Oriundo de Nueva York, dio clases en numerosas universidades en Estados Unidos, en Hawaii y en la Universidad Nacional de México. Sus publicaciones fueron sobre la historia de Brasil, así como sobre los estudios latinoamericanos en general. Como profesor de historia se distinguió por el avance que impulsó a los estudios brasileños en su país, así como por la edición del libro Who is who in Latin America, colección que la autora reconoció como de gran relevancia, producto de los numerosos viajes por América Latina y del cúmulo de amistades que el historiador ganó a través de ellos. Por ello, era esperable que fuera nombrado miembro de varias asociaciones de historiadores dentro y fuera de los Estados Unidos, así como fue parte del consejo editorial del Hispanic American Historical Review (HAHR).[70]

No es extraña la mención en ambos de ser fundadores de HAHR, pues fue esta la primera revista académica que en aquel país se dedicó a publicar estudios, desde su primer número en 1918, sobre historia hispanoamericana por los estadounidenses especializados y también por autores de esa “otra América”. Para marcar la diferencia con la tradicional revista American Historical Review, sus fundadores buscaron crear un espacio para profesionalizar la historiografía de Hispanoamérica en Estados Unidos. Por ello, se buscó que los artículos publicados fueran “desapasionados y científicos”, para narrar la historia de una manera “desinteresada”. Prevalecía en ella la perspectiva de Herbert Bolton, quien desde una mirada panamericanista buscaba superar las diferencias del origen cultural para alcanzar una cooperación.[71]

El peso de ese grupo y su publicación es evidentemente una clave para entender por qué forman parte de la red de la RHA. Por esto, se incluye también dentro de los fallecidos a los que se les rinde homenaje el nombre del historiador estadounidense Herbert Ingram Priestley (1875-1944). Sobre él escribió el historiador Bert James Loewenberg (en cuya afiliación internacional aparecen el Sarah Lawrence College y El Colegio de México).[72] Pese a lo breve de la nota, apenas más de una página, su retórica es contundente: para la RHA, la muerte de Priestley es relevante. Esto se justifica porque se trataba de un historiador estadounidense conocido tanto en su país –como profesor, escritor y académico– como en Sudamérica por sus importantes contribuciones, que le aseguraron un lugar en la historiografía de los Estados Unidos junto a Bolton. La diferencia entre ambos radicaba en que Priestley había alcanzado un dominio mayor sobre el estudio de España y el sistema colonial. Enseñó durante la mayor parte de su vida en la Universidad de California, donde también se dedicó a organizar y dirigir la Bancroft Library. Amén de la publicación de algunos libros, el autor señaló su participación en el comité editor de las revistas Hispanic American Historical Review, The Pacific Historical Review, World Affairs y The American Archivist.[73]

La nota necrológica sobre Nicolás Murray Butler (1862-1948) es distinta de las anteriores por varios motivos. Primero, porque Murray no fue un historiador como los otros, sino un internacionalista. Además, esta es la única nota necrológica sobre un estadounidense redactada por un extranjero, el español Altamira. Otro rasgo interesante es que la relación entre Altamira y Murray no se debe al Archivo de Indias ni a los estudios históricos, sino a otro circuito por el cual transitaron ambos, que tiene que ver con fundaciones y organizaciones no académicas.

Por ello, Altamira inició la nota aclarando que el estadounidense era un conocido hombre de cultura y un político que influyó en las tareas de conocimiento mutuo para evitar las guerras. Decidieron dedicarle una nota porque durante la entreguerra había participado activamente en el problema de los libros escolares de historia, haciendo grandes esfuerzos para depurarlos a fin de que se evitaran las guerras. Aunque aclara que Murray tuvo numerosos aspectos intelectuales y morales de valor, se dedicó a relatar cómo lo conoció personalmente en 1909, cuando Murray era presidente de la Universidad de Columbia. En ese año, invitó a Altamira a dictar unas conferencias, posiblemente porque conocía al español desde años antes, cuando este había colaborado con él a través de la Fundación Carnegie donde el estadunidense se desempeñaba como presidente. Durante la entreguerra, colaboró con él también en el Centro Europeo, que, con sede primero en París y luego en Bélgica y otros países, intentó infructuosamente la colaboración internacional de todos los países europeos. Recordó con detalle una sesión de este centro en la que el representante alemán dijo que ya era demasiado tarde para cualquier proyecto de cooperación. También rememoró la tradición de Murray de enviarles saludos a sus amigos cada Navidad y Año Nuevo, los que deberían ser publicados porque confeccionarían una colección entera e interesante. Dada la extensa obra bibliográfica de Murray, el autor de la nota decidió remitir al lector a su biografía en la Enciclopedia Británica, mencionando solo algunas publicaciones de los últimos años que le facilitó la Fundación Carnegie.[74]

En el siguiente número se agregó a la lista de estadounidenses fallecidos el nombre del historiador Charles Austin Beard, quien había muerto en New Heaven en agosto de 1948 a los 73 años. El autor de la nota, Arthur P. Whitaker, un reconocido historiador de las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos e Hispanoamérica,[75] definió desde el inicio a Beard como un líder de los estudios sociales de Estados Unidos, que tuvo una carrera “turbulenta y distinguida”. Fue reconocido tanto por historiadores como por las ciencias políticas, quienes lo distinguieron como presidente de la American Political Science Association (1926) y la American Historical Association (1933). Su libro más famoso, The Rise of American Civilization (1927), fue aclamado y se convirtió por sus ventas en un best seller. Fue, empero, controvertido por su punto de vista heterodoxo. Participó en dos grandes controversias: la naturaleza de la historia y la función de los historiadores y la política exterior de Estados Unidos, la cual le generó varias críticas en el último período de su carrera. Pese a esto, mantuvo su liderazgo intelectual hasta el final y recibió la medalla de oro del Instituto Nacional de Artes y Letras.

En las siguientes cinco páginas, el autor siguió un orden cronológico para desarrollar su trayectoria académica, aunque no tuvo un cargo permanente en ninguna institución en particular y se dedicó a estudiar y escribir. Entre el primer libro, The Office of Justice of the Peace (1904) y el último, President Roosevelt and the Coming of the War (1948), publicó varias obras como autor único y algunos en coautoría con James Harvey Robinson y con su esposa (a quien no nombra, pero sabemos que era Mary Ritter). En ellos combinó su habilidad como historiador que analizó los problemas políticos. Junto a su amigo el historiador Carl Becker se opuso a la propuesta de los jóvenes historiadores liderados por Arthur M. Schlesinger y Dixon Ryan Fox, quienes exponían una historia americana sin factores políticos, por lo que fue reconocido posteriormente como un “exponente de la interpretación económica de la historia”. Escribió varios libros y artículos entre la década de 1930 y 1940 sobre la política exterior estadounidense, la cual afirmaba debía extender sus posibilidades civilizatorias sin aislarse. Paralelamente, escribió sobre la naturaleza de la historia y la función del historiador y rechazó los principios de Ranke sobre la verdad en la historia “tal como pasó”. Publicó artículos controversiales sobre la práctica de la historia (oponiéndose al historiador Samuel Eliot Morison) y, además, se acercó al público estadounidense para hablarle sobre los problemas de su tiempo, con lo que convirtió a la historia en una ciencia social al servicio de la política pública.[76]

Los españoles

Ramón Iglesia Parga (1905-1948) murió joven trágicamente, en un accidente. Fue un historiador español exiliado junto a otros españoles como Javier Malagón.[77] El autor de la nota, José Miranda, se declara desde el inicio conmovido por la pérdida de su amigo y compañero. En efecto, ambos estudiaban en ese entonces en el centro de Estudios Históricos de El Colegio de México. Siguiendo un orden cronológico, inicia desde su nacimiento en Galicia pasando por sus estudios universitarios en Madrid y su dedicación desde temprana edad a la investigación en el Centro de Estudios Históricos, donde dirigió la sección Hispanoamericana y fue el secretario de la revista Tierra Firme, órgano del Centro. Al terminar la guerra se refugió en México, donde dio clases en la Escuela de Verano de la UNAM (1939-1943) y en El Colegio de México (1941-1943). En este país publicó casi toda su obra, de la cual hace una selección comentada. Desde 1941 hasta 1948 fue docente en varias universidades de Estados Unidos: Berkley, Illinois y Wisconsin. Luego de estos datos, Miranda se dedica a homenajear a Iglesia, señalando los rasgos de su personalidad que lo hacían único (la pasión), así como sus ideas sobre la historia (como disciplina) porque escribió tanto de historiografía colonial como de teoría de la historia. Rechazó el positivismo por su supuesta imparcialidad objetiva aludiendo a la historia como una creación artística no exenta de tecnicismos, tomando un término entre el subjetivismo y la parcialidad fundada. Citó una parte de su obra Cronistas e Historiadores para mostrar los criterios que asumió como historiador para descubrir las huellas del pasado desde un sentido personal. Por todo esto, no dudó en calificarlo como un historiador que elaboró doctrina, no solo que la practicó.[78]

Otro español que tuvo que vivir el exilio americano tras la pérdida de la Segunda República fue Juan María Aguilar y Calvo (1889-1948). El autor de la nota, Ángel Rubio Muñoz (1901-1962), también español, se sintió honrado de que la RHA se lo solicitara debido a que era su discípulo desde las aulas de Sevilla y, como él, participó del Gobierno republicano y debió exiliarse en Panamá, donde coincidió nuevamente con Aguilar, pero entonces como colegas. Aguilar y Calvo fue un personaje relevante durante estos años al ocupar varios cargos: diputado a Cortes por Sevilla, subsecretario interino del Ministerio de Educación en Madrid, profesor de la Universidad de Valencia, decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Barcelona y delegado del Gobierno español en el Congreso Internacional de Ciencias Históricas celebrado en Zurich en 1938. Tras la caída de la República, debió exiliarse primero en Francia, donde pasó hambre, y finalmente logró desterrarse en Panamá gracias a las gestiones del historiador panameño Juan A. Susto. Llegó a esa ciudad en 1940, donde se convirtió en profesor de su universidad hasta su muerte.

Es natural entonces que se expresara sobre Aguilar y Calvo como su “gran Maestro y amigo” y que asumiera que le había sido imposible realizar una semblanza escueta de la vida de ese profesor de manera “severa y objetivamente”. El tono de esta nota es afectivo y busca enaltecer los rasgos singulares de una persona que por su familia podría haberse dedicado a vivir holgadamente sin trabajar y que, en cambio, dedicó su vida a la enseñanza, demostrando, concurso tras concurso, que era merecedor de tal puesto y de ser parte de la elite juvenil junto a otros, como Pedro Salinas y José Xirau. Estudió licenciatura en Historia y se doctoró en Derecho. Aportó hallazgos documentales fundamentales para entender la vida de Francisco Miranda. Sus últimos años dedicados a enseñar y a viajar por todo el continente no le permitieron publicar, por lo que sus obras se deben a su época juvenil “de gran precursor”. Quedó sin publicar su biografía sobre Miranda, obra cumbre de sus años de historiador, porque dejó el original en Sevilla cuando migró forzadamente.[79]

El último de los españoles es Ernesto Schäfer (1872-1946), de quien poco se dice en la nota. De hecho, llama la atención el porqué de esta, debido a que, como anuncia su autora, Enriqueta López Lira de Díaz Thomé –por ese entonces estudiante de historia de El Colegio de México (generación 1941-1944)–,[80] la aparición de la nota se realizó dos años después de la muerte de Schäfer (diciembre 1946). No parecía haber ningún lazo entre ambos, pues el tono era directo; y las palabras, escasas. Se restringió a decir que se dedicó a la investigación histórica en el Archivo de Simancas y en el de Indias, publicando “interesantes” estudios sobre historia española y de Hispanoamérica. Solo adjunta una lista de las principales obras y termina remitiendo al lector a una noticia biobibliográfica publicada en Revista de Indias.[81]

Los mexicanos

El primer mexicano sobre los que se escribió una nota necrológica fue Carlos Pereyra (1871-1942). Su autor, Rubio Mañé, escribió una extensa nota de cinco páginas. Calificó la vida de Pereyra como “consagrada al estudio de la Historia”, aunque fue abogado de profesión. Un dato importante se menciona en el inicio y se retoma en otros párrafos del desarrollo: el exilio de Pereyra, el cual duró veinticinco años de su vida, en los cuales vivió en Bélgica, en Suiza y la mayor parte del tiempo en Madrid, donde murió de cáncer. Como muestra en el relato cronológico que sigue, el período en España fue fecundo en publicaciones sobre historia de México, en especial del período de la intervención francesa, y que escribió con su maestro Justo Sierra una magna obra sobre Juárez. Pereyra publicó también obras de recopilación de documentos inéditos de la historia nacional. Su labor no fue la de un investigador de archivos, sino el del crítico de los hechos conocidos. Su trayectoria en la diplomacia también le parece alabable, pese a que ejerció durante el fin del porfiriato y luego del triunfo de Victoriano Huerta. A la caída de Huerta, Pereyra renunció, y aunque Carranza le había ofrecido un puesto, no aceptó, tras lo cual inició su largo período de exilio con su esposa, la poetisa María Enriqueta Camarillo y Roa. Para cerrar, el autor colocó una lista de la bibliografía de Pereyra que había podido recopilar en México, sin agregar su participación en la prensa periódica.[82]

Lo que no dijo Rubio Mañé en esta nota es que Pereyra no había sido un colaborador de la RHA. De cualquier manera, es evidente que Zavala lo tomaba como un referente académico. Esto se aprecia en un intercambio epistolar con el estadounidense Artur P. Whitakher, a raíz de una extensa nota bibliográfica de Rubio Mañé sobre el artículo de Pereyra “Las noticias secretas de América”, que había sido publicado por la Revista de Indias en su segundo número en 1940. A pocos meses de la muerte de Pereyra, el historiador estadounidense le escribió a Zavala para llamar su atención sobre un tema espinoso: en ese extenso resumen del artículo de Pereyra hecho por Rubio Mañé, este había asumido que el descubrimiento que Pereyra señalaba era cierto. Whitaker le afirmó a Zavala que ese descubrimiento lo había realizado él cuatro años antes en dos artículos redactados en inglés, y añadió que Rafael Heliodoro Valle había tenido ocasión de escucharlo cuando los había presentado. Por ello, le pidió que publicaran en la RHA esos dos artículos, en inglés o traducidos al español. Para él era muy importante que el público de la RHA conociera la discusión y pudiera comparar sus artículos con los de Pereyra, ambos basados en el mismo documento de Madrid. Además, agregó, sospechaba de la imparcialidad de Pereyra debido a su cercanía con la dictadura de Franco, por lo que creía que la RHA debía privilegiar su artículo, que estaba escrito antes de que el nuevo régimen tomara el poder, por lo que presentaba el tema de manera más imparcial y objetiva. Siguiendo con la crítica, hizo notar que Pereyra ya había publicado sobre el tema veinte años atrás, dato que no había sido tomado en cuenta por Rubio Mañé. Aunque este hubiera sido escrito bajo un régimen político anterior, seguía sin tener la objetividad histórica necesaria en sus conclusiones, consideró.

A esto, Zavala respondió intentando no entrar en conflicto. De manera conciliadora, le propuso que elaborara un nuevo artículo haciendo un estado del tema, el cual publicarían en español o en inglés, como él deseara. Le comunicó que Pereyra había fallecido recientemente, por lo que, si escribía ese artículo, no tendría con quien debatirlo, ya que desconocía si el historiador mexicano tenía algún discípulo que se interesara en el tema.

En su respuesta, Whitaker asumió que confiaba en la regla de la originalidad, pero que, como toda regla, debía romperse ocasionalmente cuando hubiera buenos motivos. Pese a esto, asumía que apenas encontrara el tiempo prepararía el artículo que le sugería y lo enviaría a la revista. Sobre la muerte de Pereyra (de la cual parecía no haber tenido noticia antes, pero sobre la que tampoco se mostró impactado), la vio como una oportunidad para reexaminar la cuestión. No descartaba que Pereyra hubiera publicado cosas útiles, pero en su opinión lo que había escrito en ese artículo era incorrecto.[83]

Nunca más apareció un debate como este en torno a un historiador fallecido. Cuatro años después, apareció en las páginas de la RHA la nota necrológica de Antonio Caso escrita por Leopoldo Zea, estudiante del Centro de Estudios Filosóficos de El Colegio de México. Aunque nunca se pronunció como discípulo de Caso, es evidente que existía una gran admiración por él, un vínculo fuerte.[84]

Zea destacó su labor comprometida por renovar la filosofía de México, aun en momentos difíciles como los de la revolución. Por ello, al finalizar la nota, lamenta por México y América el fallecimiento de “uno de sus más altos pensadores, un verdadero maestro, a un eminente educador, a un hombre íntegro”. Siguiendo el modelo de Sócrates, dice, “enseñaba pero no imponía”. Esta búsqueda antidogmática y crítica lo llevó a difundir en sus clases “nuevas doctrinas” como el intuicionismo de Henry Bergson, la fenomenología de Edmund Husserl, el neotomismo de Jacques Maritain, el existencialismo y el historicismo de Guillermo Dilthey. Por este motivo, para Zea, Caso era comparable con otros grandes pensadores latinoamericanos como Alejandro Korn, Carlos Vaz Ferreira y Alejandro O. Deústua. Repasando algunas de sus obras fundamentales en el campo de la filosofía, la historia y la sociología, la nota hizo hincapié en su característica como fundador del Ateneo de la Juventud, con Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Pedro Henríquez Ureña, Carlos González Peña y Martín Luis Guzmán. Poco dice de sus estudios: su paso por la Escuela Nacional Preparatoria para recibirse como abogado, profesión que abandonó para dedicarse a las letras y la filosofía. Posiblemente para equilibrar esto, subrayó que fue condecorado con el Doctorado Honoris Causa en varias universidades de América.[85]

En el mismo número, Ernesto de la Torre Villar escribió dos necrológicas. La primera, dedicada a Ezequiel Chávez, le llevó varias páginas para demostrar la labor fecunda que hizo no como abogado, sino como educador; fue, dijo, “el maestro de México por excelencia”. Recuerda cómo sus ideales en educación llevaron a Chávez a presentar, a sus veinte años, una propuesta al ministro de Justicia Joaquín Baranda para reorganizar las escuelas primarias. Por su convicción científica (aunque no positivista), De la Torre lo vinculó con el Ateneo de la Juventud. Otra convicción que mantuvo toda su vida fue la defensa de su fe católica. Por ella, la larga lista de obras de Chávez conjuga temas de historia, religión, filosofía y psicología, entre otras disciplinas. Tras enlistar todas las instituciones en México y el extranjero en las que dictó clases, señaló su colaboración con otros de alcance internacional como el IPGH y la Escuela Nacional de Altos Estudios, junto a intelectuales nacionales y extranjeros (entre los que estuvieron el director del IPGH, Pedro C. Sánchez, y el antropólogo Franz Boas, con quien formó además la Escuela Internacional de Arqueología y Etnología).[86]

La nota sobre Toribio Esquivel Obregón sigue un orden de datos parecido (lugar de nacimiento, lugar donde realizó sus estudios). De la Torre Villar enfatizó la combinación que realizó de las ciencias jurídicas, su profesión, con la historia, su pasión. Lo comparó con Lucas Alamán no solo por ser del Bajío, sino por su interés en el estudio histórico de los problemas nacionales. Aunque no mencionó la palabra “conservador” en ese momento sino al final, comentó que compartían el valor de lo hispánico. Otro punto de referencia fue la comparación que hizo con un contemporáneo suyo, Carlos Pereyra, pues su obra “revela una constante preocupación por el destino de la patria”. Por ello, había sido galardonado pocos días antes de su muerte por su labor en la historia del derecho. Tras enlistar sus obras, se dedicó a explicar la última (cinco volúmenes, de los cuales cuatro ya habían sido publicados y uno quedó inconcluso, por lo que advierte al lector que puede tener errores).[87]

Por último, Ernesto de la Torre Villar escribió una nota necrológica sobre Rómulo Velasco Cevallos, mexicano nacido en Oaxaca que, tras su traslado a la capital del país, se dedicó al periodismo y al estudio de la historia. Nada menciona sobre sus estudios ni sobre sus maestros o contemporáneos con los cuales se agrupó. En esta corta nota, De la Torre aclara su papel en importantes revistas como El Maestro Rural y Asistencia (pero no menciona otras en las cuales también participó), así como su “vocación” por el estudio de la beneficencia mexicana, tema que lo llevó a “escarbar con empeño” en archivos y bibliotecas para sus obras, de las que agrega al final una lista incompleta. Las últimas, La Historia del Hospital de Jesús y la de La Vacuna en México, quedaron inconclusas, pues murió intempestivamente en un accidente. Queda claro que su producción no tiene un “alto valor” interpretativo, pero es muestra de su “tenacidad y constancia”. Otro elemento que no mencionó es que la pasión por la asistencia pública lo llevó a ocupar varios cargos en esta dependencia.[88]

Sobre Héctor Pérez Martínez escribió Helia Alpuche, quien, a diferencia de los otros autores, hizo una nota más tradicional, recordando quiénes habían sido sus padres y dónde realizó sus primeros estudios en su Campeche natal. Por varios detalles, se percibe una cercanía entre Alpuche y el homenajeado. La nota sigue relatando cómo, para salir de la miseria, se trasladó a la Ciudad de México, donde vivía modestamente y estudiaba en la Escuela Nacional preparatoria, pero como la familia continuaba en apuros económicos, debió escoger la odontología, aunque siguió escribiendo en pequeños periódicos, publicó sus primeros versos y obtuvo un premio por su novela Un Rebelde sobre la revolución mexicana. Cuenta que poco después se apasionó por investigar en archivos y bibliotecas la biografía de Juárez y Cuauhtémoc. A fines de la década de 1930, inició su vida política como diputado en Campeche y, poco después, como gobernador de ese estado, período en el cual organizó expediciones arqueológicas, creó el museo y reorganizó el Instituto Campechano. En 1946 ocupó los cargos de oficial mayor, subsecretario de la Secretaría de Gobernación y, con el presidente Miguel Alemán, llegó a ocupar el de secretario de Gobernación, pero su temprana muerte (a los 42 años) interrumpió su carrera política. Nunca se refiere a él como historiador, pero menciona que se acercó a la historia preocupado “por la defensa del mestizaje, y la idea de la libertad”, lo que lo llevó a escribir los libros Juárez y Cuauhtémoc, echando mano de sus antecedentes en la poesía y la novela. Por ello, sus obras biográficas fueron populares como otros autores extranjeros, pero mejores: “más apasionado” que André Maurois, “menos psicologista” que Stefan Zweig y “más honesto” que Emile Ludwig. En cambio, al escribir su Cuauhtémoc, más que historia es una semblanza legendaria del conflicto entre dos culturas, recordando cómo esto pervive en los mexicanos. Termina con una lista de sus publicaciones más conocidas.[89]

Otros latinoamericanos

Entre los demás latinoamericanos fallecidos encontramos la nota sobre Domingo Amunátegui Solar (1860-1946), por Ricardo Donoso, ambos chilenos e historiadores. Aunque existía una diferencia generacional, coincidieron en el Instituto Pedagógico.[90] La redacción de la nota fue solicitada por Zavala a Donoso, con quien tenía un intercambio epistolar fluido debido a que el chileno era miembro del Consejo Directivo de la RHA. Donoso aceptó y le comentó que se encontraba muy sensible por el fallecimiento de don Domingo. Lo recordaba con cariño y admiración y aceptó gustoso realizar la nota.[91]

Por todo esto no es extraño que, al iniciar la nota, Donoso afirmara que el “señor” Amunátegui murió de vejez, por lo que durante su larga vida pudo destacarse en las letras, la enseñanza y la vida pública de su país. Heredero de una tradición intelectual de su padre y abuelo, cursó en El Instituto Nacional (institución que aclara es el “hogar espiritual de la intelectualidad de la época”), se inclinó a temprana edad por las letras y la historia y publicó una compilación de documentos sobre el primer Congreso de 1811 de Chile, obra que continuó Valentín Letelier hasta completar 37 volúmenes. Poco después, publicó sobre los primeros años del Instituto Nacional (desde 1813 a 1845) y siguió con otros volúmenes documentales sobre la aristocracia colonial de Chile, labor descriptiva más que explicativa porque se dedicó a resaltar más los aspectos genealógicos que los sociales. Continuó el repaso por sus libros, haciendo una brevísima reseña de las obras más destacadas. Por último, señaló su tarea como profesor del Instituto Nacional, profesor y director del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, decano de la Facultad de Humanidades de esa universidad y rector desde 1911 a 1922. “Hombre de arraigadas ideas liberales”, desempeñó también varios cargos relevantes en el Gobierno. Es claro que el autor de la reseña lo conocía bien, por detalles sobre su conversación y su memoria. Lo describe como un luchador, con ánimo conciliador, “tímido”, pero sobre todo nacionalista, pues confiaba en que la enseñanza pública era la mejor herramienta para afianzar las instituciones liberales.[92]

Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) mereció una nota más larga y detallada, realizada por Julio Jiménez Rueda. Lo presentó como el exponente del Ateneo de la Juventud, donde promovía las lecturas colectivas al hacerles llegar los últimos libros que venían del extranjero. Como profesor fue dentro y fuera del aula alguien singular. Fue un personaje influyente en la “vida intelectual” de Antonio Caso y formó con dedicación a numerosos alumnos, entre ellos a él, quien lo había tenido de maestro en 1914 en la Escuela Nacional Preparatoria. Lo recuerda no tan fogoso y elocuente como Caso, ni tan suave y persuasivo como Luis G. Urbina, pero con un caudal de noticias, informaciones, datos y argumentos insuperable. Seguía a sus discípulos con minuciosidad y sus compañeros del Ateneo agradecían “sus consejos y acataban su autoridad”. Sin hacer referencia a sus estudios ni a su movilidad permanente por su país natal (República Dominicana), Estados Unidos, Cuba, México y la Argentina, Jiménez se ocupó de señalar la cooperación de Henríquez con Vasconcelos en la universidad primero y en la Secretaría de Educación Pública después; su papel en la fundación de la Escuela de Verano de la UNAM y, años después, cuando buscó refugio en la Argentina, en la Universidad de La Plata y en la de Buenos Aires, así como, junto con Amado Alonso y Raimundo Lida, en el Instituto de Filología. Apuntó que, pese a que no regresó a vivir ni a su país ni a México, no olvidó sus lazos, los cuales se mantuvieron estrechos a través de cartas y libros. Este diálogo a la distancia le permitió ser un representante de la unidad del pensamiento de las Américas, incluyendo la sajona, porque amén de su conocimiento del inglés, restituyó en Estados Unidos (Minnesota y Harvard) la figura latina de Santayana. Por todo esto, el autor de la nota no duda en definirlo como “el maestro” y finaliza con la mención de algunos títulos de sus principales obras.[93]

Sobre Antonio Gómez Restrepo escribió Germán Posada Mejía, ambos colombianos e historiadores, aunque con una diferencia generacional importante. Don Antonio, como lo llama, era un continuador de la tradición humanística de Caro y Cuervo y Suárez, pero su maestro fue el español Menéndez Pelayo. Tras esta presentación de legados intelectuales, retrocedió en el tiempo para explicar su educación inicial en el colegio que dirigía su padre, su precoz curiosidad intelectual que lo llevó a publicar su primer libro de versos en París, tras lo cual ocupó cargos relevantes en el Congreso nacional y como subsecretario de Relaciones Exteriores y ministro de Educación. Ingresó a la diplomacia y ocupó cargos en Italia, Centroamérica, Perú y México. Enfatiza sobre su obra Literatura Colombiana, la cual considera una “verdadera obra maestra” de la literatura escrita en la “América Hispana” que quedó inconclusa pues solo se alcanzaron a publicar durante su vida cuatro volúmenes. Menciona que esta obra la realizó cuando ya no veía, por lo que tenía que guiarse por el recuerdo de viejas lecturas. Se dedicó a la enseñanza de la juventud porque era un “hombre verdaderamente noble”, pero pasó sus últimos años de vida dedicado al estudio. Hombre excesivamente modesto, es casi desconocido en Colombia, pese a que su muerte conmovió a los cultos colombianos y a algunos hombres de letras en el extranjero. Cierra con los títulos de los libros que publicó.[94]


  1. “Noticias,” Revista de Historia de América, no. 19 (junio de 1945): 131.
  2. De hecho, cuando eso no puede hacerse, se señala. Por ejemplo, en la noticia de la VII Reunión del Congreso Mexicano de Historia, en septiembre de 1945 en Guanajuato, se observa al final: “No se acostumbra publicar las Actas, como sería deseable”. Publicar las actas es un acto de transparencia y de comunicación para toda la comunidad científica. Ernesto de la Torre Villar, “VII Reunión del Congreso Mexicano de Historia,” Revista de Historia de América, no. 20 (diciembre de 1945): 392.
  3. Varias de ellas están tomadas de otras revistas y documentos, que se registran por nota al pie (Fénix, revista de la Biblioteca Nacional de Lima, Informaciones Argentinas, Estudio, del Centro de Historia de Santander de Colombia, por mencionar algunas), o que envían personas directamente involucradas, como el director de una escuela.
  4. La sección se ubicaba después de Artículos y antes de Reseñas. Cuando había notas necrológicas, estas se anteponían a las noticias.
  5. En el número 11 (de abril de 1941), con el título “Noticiero”, ya se había publicado el programa de la III Asamblea General del Instituto Panamericano de Geografía e Historia, realizado en Lima en 1941. Se registraron 41 temas de interés, de los que, la mayor parte, eran de geografía.
  6. También publicó Notas necrológicas.
  7. Alicia Olivera y Salvador Rueda, “Ernesto de la Torre Villar: entre bibliotecas, archivos y aulas,” en Historia e historias: cincuenta años de vida académica del Instituto de Investigaciones Históricas, coordinado por Alicia Olivera (México: UNAM, 1998), 57.
  8. Olivera y Rueda, “Ernesto de la Torre Villar…”, 64.
  9. Ernesto de la Torre Villar, “El Boletín del Archivo General de la Nación, pulso de la historia mexicana,” Historia Mexicana 50, no. 4 (2001): 681-691.
  10. Olivera y Rueda, “Ernesto de la Torre Villar…”, 59.
  11. Francisco Ziga Espinosa y Ana María Romero Valle, comps., De la vida y trabajos: Sea este libro un homenaje al doctor Ernesto de la Torre Villar a sus ochenta y ocho años de edad (México: Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Investigaciones Históricas, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, Biblioteca Nacional, Hemeroteca Nacional, 2005).
  12. Olivera y Rueda, “Ernesto de la Torre Villar…”, 60.
  13. “Noticias”, 131.
  14. Sobre el comité de Historia de las Ideas, ver Carlos Rodríguez Contreras, “La elaboración de la primera serie de Historia de las Ideas del IPGH, 1948-1956,” Revista de Historia de América, no. 157 (julio-diciembre de 2019): 189-215.
  15. Guiomar E. Ciapuscio, “Impersonalidad y desagentivación en la divulgación científica,” Lingüística Española Actual 14, no. 2 (1992): 183-206.
  16. Ernesto de la Torre Villar, “Comisión para el estudio de materiales de enseñanza para asuntos interamericanos,” Revista de Historia de América, no. 19 (junio de 1945): 131. El énfasis es nuestro.
  17. Ernesto de la Torre Villar, “L’Institut Français d’Amerique Latine,” Revista de Historia de América, no. 19 (junio de 1945): 145-146. El énfasis es nuestro.
  18. Como director del Museo, la noticia más relevante que se publicó fue la de los restos de Hernán Cortés. Zavala tuvo que intervenir en el asunto de los restos de Hernán Cortés, los cuales, tras haber sido trasladados de un lado a otro entre 1823 y 1836 –por antihéroe, al erigirse nuevas tumbas y nuevos héroes nacionales–, fueron redescubiertos en 1946 por un grupo de historiadores: los mexicanos Francisco De la Maza y Alberto María Carrillo, el cubano Fernando Moreno Fraginals y el español Fernando Baeza. Una vez encontrados los restos, junto con una caja y documentos, Zavala inició oficialmente el cotejo de los documentos y un estudio de los restos (realizado por especialistas). Rueda Smithers, “Don Silvio Zavala y la piel del historiador. Apuntes sobre historiografía marginal,” Historia Mexicana LXV, no. 2 (2015): 818-819.
  19. Se describe en la noticia: “Gestiones privadas. Aparte de las gestiones oficiales, se dirigió el Presidente Interino de la Comisión de Historia a aquellas personas de diversos países americanos que, por su condición de historiadores y prestigio personal, podían influir cerca de sus Gobiernos en la designación del Miembro Nacional y en el viaje a México, así como de otros delegados oficiales de instituciones científicas. Viajes de enlace. Con idéntico fin, es decir, de activar la designación de Miembro Nacional y rogar a los Gobiernos americanos e instituciones científicas, la asistencia de los delegados a la Primera Reunión, se visitaron la mayor parte de los países americanos […]”.
    Estos viajes fueron realizados por Zavala, Samuel Ramos, André Simonpietri, Javier Malagón Barceló. Ernesto de la Torre Villar, “Informe de la Comisión de Historia del Instituto Panamericano de Geografía e Historia,” Revista de Historia de América, no. 25 (junio de 1948): 154-155.
  20. Ernesto de la Torre Villar, “Comisión para el estudio de materiales de enseñanza para asuntos interamericanos,” Revista de Historia de América, no. 19 (junio de 1945): 131-141.
  21. El recorrido se enfoca en los años veinte y treinta: la Conferencia Interbalcánica, la Norden Association, la Comisión Intelectual de la Sociedad de las Naciones y el llamado Plan Casares, la Federación Mundial de Asociaciones de Educación, el Congreso Científico Panamericano de Lima, el Congreso Universitario Sudamericano de 1931 de Montevideo, el Segundo Congreso Nacional de Historia de Río de Janeiro, sendos congresos de historia en Buenos Aires y en Bogotá, la Séptima Conferencia Internacional de Naciones Americanas, la Conferencia Interamericana de Consolidación de la Paz en Buenos Aires y, finalmente, llega a 1943 con la noticia de la reunión de una comisión del Consejo Americano de Educación en Estados Unidos (que estudió los materiales de enseñanza) y la exposición de sus recomendaciones, especialmente orientadas a su país en relación con los contenidos de historia de los países latinoamericanos, cuyos estudios históricos, se considera, están “en un estado excepcionalmente fluido”. De la Torre Villar, “Comisión para el estudio de materiales de enseñanza para asuntos interamericanos”, 138.
  22. En Educar para la paz: México y la cooperación intelectual internacional, Pita González aborda el papel de la Comisión Internacional de Cooperación Intelectual de la Sociedad de las Naciones en el período de entreguerras y la participación de intelectuales que trabajaron desde la diplomacia cultural para realizar un cambio profundo en la educación, un “desarme moral”, con sentido humanista. La autora especialmente orienta su investigación a la participación de México con los diplomáticos intelectuales Alfonso Reyes, Genaro Estrada, Isidro Fabela y Jaime Torres Bodet.
    Recordemos que Estados Unidos no participó del primer organismo internacional, aunque sí del de Cooperación. Sin embargo, mantuvo una postura renuente a la revisión de los manuales de historia utilizados en su país, aunque el tema efectivamente fue abordado también en las Conferencias Panamericanas. Esta situación cambió durante la Segunda Guerra Mundial, no solo porque este país buscó acercarse a través de una política más abierta a la colaboración regional en educación y cultura a los países latinoamericanos, sino porque para 1944, a nivel internacional, se estaban realizando reuniones entre las potencias para discutir el futuro del organismo internacional durante la posguerra. Alexandra Pita González, Educar para la paz. México y la cooperación intelectual internacional, 1922-1948 (México: Universidad de Colima, Secretaría de Relaciones Exteriores, 2014).
  23. La nota trascribe todas las recomendaciones de la comisión de estudiosos norteamericanos sobre la enseñanza de la historia en América, que consisten en ofrecer la mayor cantidad y diversidad de materiales, la adaptación de los libros a los niveles educativos, incluir contenidos adecuados sobre América Latina para la mejor comprensión de los ciudadanos de Estados Unidos, trabajar con árbitros y revisores latinoamericanos de los contenidos históricos, evitar sesgos, prejuicios y tergiversaciones que provengan del desconocimiento de América Latina, que se suele considerar desde miradas militaristas o pintorescas. Además, la palabra empleada para la construcción de una historia de los países de América Latina es “interamericana”; la expresión no es azarosa: ya desde la década de 1930, en las conferencias realizadas por la Unión Panamericana, se comenzó a emplear este adjetivo en relación con la cooperación de la región, pero el uso por parte de Estados Unidos era intencional: “Demostrar a los países vecinos del continente, que había terminado la vieja y agresiva política del gran garrote que pretendía justificar una era de intervenciones militares en la región, dando lugar, en cambio, a una nueva etapa en las relaciones regionales conocida como ‘la política de la buena vecindad’”. Pita González, Educar para la paz..., 105.
  24. También se comentó la presencia de Luis Chávez Orozco como presidente del evento. Ernesto de la Torre Villar, “Seminario para el estudio de la técnica de la enseñanza de la historia,” Revista de Historia de América, no. 19 (junio de 1945): 152.
  25. Abraham Moctezuma Franco, “El camino de la historia hacia su institucionalización,” Historia y Grafía, no. 25 (2005):71-73.
  26. Moctezuma Franco, “El camino de la historia…”, 53-55.
  27. Cuando el FCE publicó el libro de Zavala Fuentes del Trabajo, el presidente de la editorial, Daniel Cosío Villegas, le escribió a Rubio Mañé para pedirle que se publicara en el siguiente número de la RHA una reseña del libro y sugería que esta fuera elaborada por O’Gorman. Rubio Mañé le escribió a Zavala para comentarle la solicitud de Cosío Villegas, a lo cual suponemos no accedió Zavala, pues la reseña (publicada en dos partes) fue realizada por el propio Rubio Mañé. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 30 de junio de 1939. La reacción de Zavala no era extraña, puesto que existía una crítica abierta a su trabajo La utopía de Tomás Moro en la Nueva España, el cual O’Gorman tachó de una historiografía “neopositivista”. Este comentario lo publicó en la revista Alcancía en 1937. Moctezuma Franco, “El camino de la historia…”, 59.
  28. Se buscó saldar esta divergencia con un debate público llamado a realizarse en El Colegio de México para discutir “la crisis de la historia”, en el que participarían varios historiadores, entre ellos, Zavala y O’Gorman, pero Zavala no asistió, aduciendo que estaba fuera del país. Su ausencia fue considerada por el grupo historicista como un “grito de guerra y el triunfo unánime de la nueva generación”, grito que realizó O’Gorman, apadrinado por José Gaos y Ramón Iglesias. Sin embargo, para el otro grupo, la cientificista fue una manera de no darle importancia al adversario. Moctezuma Franco, “El camino de la historia…”, 75-76.
  29. Ernesto de la Torre Villar, “Acuerdos de la IV Asamblea del Instituto Panamericano de Geografía e Historia reunida en Caracas durante los días 18 de agosto al 2 de septiembre de 1946,” Revista de Historia de América, no. 22 (diciembre de 1946): 427.
  30. Ernesto de la Torre Villar, “La primera reunión de consulta de la Comisión de Historia del Instituto Panamericano de Geografía e Historia,” Revista de Historia de América, no. 24 (diciembre de 1947): 363-364.
  31. Ernesto de la Torre Villar, “La Escuela Nacional de Bibliotecarios (México),” Revista de Historia de América, no. 20 (diciembre de 1945): 393-394.
  32. Francisco Orozco Muñoz, “La Escuela Nacional de Bibliotecarios y Archivistas (México),” Revista de Historia de América, no. 21 (junio de 1946): 58-60.
  33. El congreso de archivistas, presidido por Julio Jiménez Rueda, tuvo una noticia en el número 19, en la que se transcriben los acuerdos alcanzados, entre otros aspectos, relativos a legislación, protección de archivos, reconocimiento y remuneración adecuada a los archivistas, equipamiento y cantidad de personal, necesidad de producir estadísticas y, lo más importante, la homologación y unificación terminológica y de procedimientos técnicos. Ernesto de la Torre Villar, “Congreso General de Archivistas,” Revista de Historia de América, no. 19 (junio de 1945): 146-151.
    En el mismo número, también se informa de la Primera Asamblea de Archiveros del Caribe en La Habana, en septiembre de 1944. Participaron de ella colaboradores frecuentes de RHA, como Fermín Peraza Sarausa, Julio Jiménez Rueda y Emilio Rodríguez Demorizi, según detalla la noticia, redactada sobre la base del acta final. Ernesto de la Torre Villar, “Primera Asamblea de Archiveros del Caribe,” Revista de Historia de América, no. 19 (junio de 1945): 141-145.
  34. FHV, CH, informe presentado por Miron Burgin, editor del Handbook of Latin American Studies, de la Biblioteca del Congreso, México, 22 de octubre de 1947.
  35. Es el caso, por ejemplo, de los concursos. La RHA informa de varios, organizados en La Habana, Buenos Aires, Durango y Caracas, entre otras ciudades. Son concursos de ensayo, generalmente en torno a un personaje histórico.
  36. Ernesto de la Torre Villar, “Les Annales, Economies, Societés, Civilisations (París),” Revista de Historia de América, no. 22 (diciembre de 1946): 431-432. El autor agradece la nota de François Chevalier sobre la que elaboró la noticia. Cabe mencionar que Silvio Zavala colaboró con reseñas en los Annales.
  37. Lucien Febvre, “L’Utopie réalisée: Thomas More au Mexique,” Annales. Economies, Sociétés, Civilisations III, no. 1 (1948): 1-8. François Chevalier, “Pour l’histoire du travail en Nouvelle Espagne: une oeuvre fondamentale,” Annales. Economies, Sociétés, Civilisations III, no. 4 (1948): 484-487, doi: http://doi.org/10.3406/ahess.1948.2359.
  38. Ernesto de la Torre Villar, “El Comité Internacional de Ciencias Históricas (París),” Revista de Historia de América, no. 25 (junio de 1948): 175. El autor agradece la nota de Hans Nabholz sobre la que elaboró la noticia.
  39. Giuliano Soria, “La revista Quaderni Ibero Americani: una encrucijada del hispanismo europeo desde hace sesenta y cinco años,”, s.p., http://www.quaderniberoamericani.org/doc/STORIA%20QIA_ES.pdf.
  40. Ernesto de la Torre Villar, “La Escuela de Estudios Hispano-Americanos de la Universidad de Sevilla (España),” Revista de Historia de América, no. 21, (junio de 1946): 48-50.
  41. Ernesto de la Torre Villar, “La universidad de verano de La Rábida,” Revista de Historia de América, no. 22 (diciembre de 1946): 432-435.
  42. Ernesto de la Torre Villar, “El Centro de Estudios Hispánicos de la Universidad de Syracuse (Estados Unidos),” Revista de Historia de América, no. 21 (junio de 1946): 50-51. La noticia fue traducida con mínimos cambios de A Quarterly Journal in Modern Literatures, aunque no se indica. “Syracuse University Centro de Estudios Hispanicos,” Symposium: A Quarterly Journal in Modern Literatures I, no. 1 (1946): 173-174.
  43. Ernesto de la Torre Villar, “El Centro de Estudios Históricos del Colegio de México,” Revista de Historia de América, no. 21 (junio de 1946): 56-58.
  44. Ernesto de la Torre Villar, “Nuevos estatutos del Instituto Panamericano de Geografía e Historia adoptados por la Cuarta Asamblea General del Instituto, reunida en la ciudad de Caracas: agosto 26-septiembre 1, 1946,” Revista de Historia de América, no. 22 (diciembre de 1946): 413-424. Ernesto de la Torre Villar, “Acuerdos de la IV Asamblea del Instituto Panamericano de Geografía e Historia reunida en Caracas durante los días 18 de agosto al 2 de septiembre de 1946,” Revista de Historia de América, no. 22 (diciembre de 1946): 424-428.
  45. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 7, sin título, sin fecha.
  46. En otros casos, copiaba directamente la noticia de otra revista.
  47. Roberto Fernández Castro, “Silvio Zavala y la historiografía americana. Una vida de vínculos intelectuales,” Revista de Historia de América, no. 155 (2018): 33-55.
  48. Los temas de su competencia del IPGH son la preparación de la historiografía de América, un catálogo de historiadores e instituciones dedicadas a la historia de América y un digesto de acuerdos tomados en las cuatro asambleas del IPGH.
  49. Los comités tuvieron una marcha despareja; dicen en el número 25: “A la Argentina y al Perú se les ha rogado tomen las medidas necesarias para la constitución de los comités de Programa de la Historia de América y de Folklore, respectivamente, cuya organización se les encomendó en la IV Asamblea de Caracas, como se ha indicado anteriormente (p. 3)”. Ernesto de la Torre Villar, “Informe de la Comisión de Historia del Instituto Panamericano de Geografía e Historia,” Revista de Historia de América, no. 25 (junio de 1948): 159.
  50. En el número 24 mencionaban los comités del Programa de Historia de América y Revisión de Textos, del Movimiento Emancipador, de Archivos y de Folklore.
  51. Hay dos menciones diferentes: un Comité de Historia de las Ideas y un Comité de Historia de las Ideas en América, pero se trata del mismo comité, el cual fue creado en la Primera Reunión de Consulta de la Comisión de Historia, celebrada en México (1948). Su primer presidente fue el filósofo e historiador Leopoldo Zea y su objetivo era “estimular en toda América el estudio de las Ideas, el Pensamiento y las influencias filosóficas en todo el Continente Americano”. Para ello, se proyectó crear una serie “Historia de las ideas en América”, la cual fue patrocinada por la Fundación Rockefeller en acuerdo con la editorial Fondo de Cultura Económica. Se publicaron ocho libros entre 1955 y 1965. Sobre la Comisión y su proyecto remitimos a Rodríguez Contreras, “La elaboración de la primera serie de Historia de las Ideas…”.
  52. Ernesto de la Torre Villar, “Primera Reunión del Comité Ejecutivo del Instituto Panamericano de Geografía e Historia (México),” Revista de Historia de América, no. 24 (junio de 1946): 45-47.
  53. Ernesto de la Torre Villar, “Acuerdos de la IV Asamblea del Instituto Panamericano de Geografía e Historia reunida en Caracas durante los días 18 de agosto al 2 de septiembre de 1946,” Revista de Historia de América, no. 22 (diciembre de 1946): 424-428.
  54. Ernesto de la Torre Villar, “La primera reunión de consulta de la Comisión de Historia del Instituto Panamericano de Geografía e Historia,” Revista de Historia de América, no. 24 (diciembre de 1947): 343-381.
  55. Ernesto de la Torre Villar, “La primera reunión de consulta…”.
  56. Ernesto de la Torre Villar, “Informe de la Comisión de Historia del Instituto Panamericano de Geografía e Historia,” Revista de Historia de América, no. 25 (junio de 1948): 151-167.
  57. Se señala que debe contener datos sobre su edad, profesión, residencia, fecha y causa de la muerte, fecha del entierro o ceremonia fúnebre, valoración de la vida y obra del fallecido, así como de las facetas más significativas de su vida y obra. Se acompaña en ocasiones de la imagen del difunto y de testimonios personales de quienes lo conocieron de cerca. Antonio López Hidalgo, “La necrológica como género periodístico,” Ámbitos. Revista andaluza de comunicación, no. 1 (1998): 89-105.
  58. Ángel Rubio, “Juan Maria Aguilar y Calvo (1889-1948),” Revista de Historia de América, no. 26, (diciembre de 1948): 418-419.
  59. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 3. exp. 88, carta de Ricardo Donoso a Silvio Zavala, 16 de septiembre de 1946.
  60. Ernesto de la Torre Villar, “Toribio Esquivel Obregón, 1865-1946,” Revista de Historia de América, no. 22 (diciembre de 1946): 411.
  61. Bolton trabajaba en Stanford en 1909, donde fue relevado de su tarea de dar clases de Historia Medieval para concentrarse en un seminario de historia del suroeste y otro sobre España y América. No estaba satisfecho con Stanford, por lo que pensó en regresar a la Universidad de Texas, pero Henry Morse Stephens lo convenció de que se incorporara a la Universidad de California en Berkeley. Russel Magnaghi, Herbert E. Bolton and the historiography of the Americas (Estados Unidos-Londres: Greenwood Press, 1998), 36-37.
  62. Se destaca en la interesante historia de Bolton que su vocación hacia estos estudios se inició cuando fue a trabajar al Archivo General de México en 1902. Todos los veranos posteriores trabajó en los archivos mexicanos. De estas visitas publicó (gracias al Instituto Carnegie) una guía del material histórico (1913), lo cual se convirtió en una biblia de 553 páginas. En Europa consultó archivos en España, Francia, Inglaterra, Italia, Alemania y Holanda. Todo este material pasó a ser parte de la Universidad de Texas, de la de Stanford y de la de Calfornia (Brancroft Library), la Colección Ayer en Chicago y la biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. En su colección personal (adquirida por la Brancroftt Library) aún quedan sin publicar numerosos manuscritos. José de Onís, “The Americas of Herbert E. Bolton,” The Americas 12, no. 2 (octubre de 1955): 159-160.
  63. En una carta escrita al poco tiempo de fallecido Bowie, Zavala le escribe a Levene para comunicarle el lamentable suceso y comentarle que el director del IPGH, el ingeniero Sánchez, quería proponer su nombre para suplirlo en el próximo Congreso del Instituto a realizarse en marzo de 1941 en Lima. Antes de que él le escribiera de manera oficial, prefirieron tantear su opinión. El mexicano le adelanta que su designación “representaría un paso muy favorable de Argentina hacia la cooperación intelectual Inter-Americana y especialmente la de orden histórico que a nosotros interesa”. Además, el nombramiento reforzaría los vínculos institucionales y culturales entre ambos países, amén de los personales que los unían. ARL, carta de Silvio Zavala a Ricardo Levene, 21 de octubre de 1940.
  64. Revista de Historia de América, no. 9 (agosto de 1940): 1-4.
  65. No hay datos biográficos de Madaline, pero por las publicaciones realizadas sabemos que fue una bibliógrafa importante que tuvo a su cargo la realización de la Guía Bibliográfica de Materiales sobre la América Hispana, publicada por la Universidad de Harvard en 1941. El trabajo de “la señorita” superó las de publicaciones previas con 1200 referencias bibliográficas a libros y artículos a través de las cuales se pueden entender las características y el desarrollo del español en América, lo que la convierte en una obra relevante para la filología hispánica en el continente. Años después, participó del índice biográfico de revistas hispanoamericanas publicado en Santiago de Chile por el Fondo Histórico y Bibliográfico José Toribio Medina en 1960.
  66. Entre 1938 y 1940, Madaline publicó 10 reseñas. Podemos ver por los títulos que las temáticas fueron variadas, aunque tienen en común que todos tratan de la historia de América Latina o de las relaciones diplomáticas de Estados Unidos con estos países: Handbook; Southwest heritage. A Literary History with Bibliography; The old Santa Fe Trail; Christopher Columbus (la traducción al inglés del libro en español de Salvador de Madariaga); Outline-History of Latin America; Documents on American Foreign Relations, January 1938-June 1939; Academic Culture in the Spanish Colonies; Diplomatic Correspondence of the United States. Inter-American Affairs. 1831-1860; Haiti and the United States; France and Latin-American Independence.
  67. World Affairs se inició en 1945 y se mantiene hasta la actualidad como una revista de vanguardia sobre política exterior en Estados Unidos. Madaline le envió la revista porque contenía un artículo de interés sobre el arte mexicano. Por el tono de la carta y las referencias personales, se nota que existía un lazo de amistad. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 3, exp. 58, carta de Madaline Nichols a Silvio Zavala, 7 de mayo de 1945.
  68. Madaline le escribía para enviarle material, experiencias con sus alumnas en el Georgetown Junior Collegem, donde había realizado un simposio sobre el buen vecino. También le compartía información y pareceres sobre las publicaciones que necesitaban rectificación, como un error sobre El payador de Leopoldo Lugones. También le compartió que había enviado sus datos y los de Froylán Turcios al Who’s Who in the Western Hemisphere.
    La comunicación continuó, intercambiando libros y revistas de Estados Unidos donde aparecían artículos de Madaline, quien aprovechaba para mantenerlo al tanto de sus cambios de residencia y de trabajo. Valle también le contaba sus actividades, como la elaboración de un diccionario enciclopédico literario hispanoamericano junto con Agustín Millares Carlo, el que sería editado por la Casa Jackson en Buenos Aires. Sus inquietudes intelectuales eran formas de contacto entre los pueblos, ya que, en su opinión, los Gobiernos trabajaban poco para hacer que los pueblos se conocieran y sus resoluciones de congresos quedaban solo en palabras. HN-FHV, fólder Madaline Nichols, carta de Madaline Nichols a Rafael Heliodoro Valle, 5 de marzo de 1942, 14 de junio de 1942, 4 de noviembre de 1942, 7 de mayo de 1945, 13 de diciembre de 1945,15 de junio de 1946; carta de Rafael Heliodoro Valle a Madaline Nichols, 23 de diciembre de 1942.
  69. Madaline W. Nichols, “Charles Edward Chapman, 1880-1941,” Revista de Historia de América, no. 14 (1942): 97-98.
  70. Madaline W. Nichols, “Percy Alvin Martin, 1879-1942,” Revista de Historia de América, no. 14 (1942): 98-101.
  71. Esto significa que la revista se afiliaba a los liberales internacionalistas que abogaban por la cooperación a través de un panamericanismo (liderado por Estados Unidos), quienes chocaban con los anglosajonistas, que enfatizaban la “supremacía racial”, por lo que la América española, mestiza y católica tenía una serie de problemas que desde un “racismo científico” no tenían solución. Arthur Lima de Avila, “Um lugar para a América Hispânica na historiografía norte-americana: a fundaçao da Hispanic American Historical Review e as políticas da historia,” História da Historiografia: International Journal of Theory and History of Historiography 8, no. 17 (29 de abril de 2015): 53-54.
  72. Lowenberg nació en 1905 (Massachussetts) y estudió su maestría y doctorado en Harvard. De 1935 a 1937 dirigió el proyecto federal de escritores y posteriormente se dedicó a la enseñanza en varias universidades de Estados Unidos, como en Jerusalén y Cambridge. Gracias a los auspicios del Departamento de Estado fue profesor visitante en El Colegio de México, el Instituto Nacional de Antropología e Historia y el Banco de México. Desde 1942 hasta su jubilación enseñó en el Sarah Lawrence College, siempre en el ámbito de la historia. Sus publicaciones se dedicaron a la historia de Estados Unidos.
  73. Bert James Loewenberg, “Herbert Ingram Priestley, 1875-1944,” Revista de Historia de América, no. 17 (junio de 1944): 119-120.
  74. Rafael Altamira, “Notas necrológicas. Nicolás Murray Butler (1862-1948),” Revista de Historia de América, no. 25 (junio de 1948): 135-138.
  75. Whitaker (1895-1979) fue un historiador estadounidense especializado en América Latina y en Estados Unidos. Para cuando escribió esta nota había publicado en 1946 un libro titulado Las Américas y un Mundo en Crisis, traducido por Ernesto Montenegro. Para Ricardo Salvatore, Whitaker fue un historiador revisionista, especializado en historia diplomática, que, tras su estadía en París, Inglaterra y España, reunió importante documentación para entender el origen de la adquisición de los territorios que pertenecían al imperio español. Desde 1936 fue profesor de Historia latinoamericana en la Universidad de Pensilvania. Investigó sobre la compra de Florida y Luisiana y sobre la mina de Huancavélica en el virreinato del Perú. Enfatizó la debilidad del sistema colonial español y la rivalidad con el imperio naval y comercial británico. Ricardo Salvatore, “Imperial Revisionism: US Historians of Latin America and the Spanish Colonial Empire (ca. 1915-1945),” Journal of Translational American Studies 5, no. 1 (septiembre de 2013): 11-12, 14.
  76. Arthur P. Whitaker, “Charles Austin Beard,” Revista de Historia de América, no. 26 (diciembre de 1948): 419-423.
  77. Cuando estalló la guerra civil española, se incorporó al ejército republicano y ocupó varios puestos en el frente de batalla (vivencia que relata en la revista Hora de España) y poco después formó parte de la Junta de Protección del Tesoro Artístico. Exiliado en Francia al fin de la guerra, viajó a México, donde residió entre 1939 y 1942. En este período fue becario de La Casa de España y profesor de la Escuela de Verano de la UNAM. En 1942 se trasladó a los Estados Unidos como profesor de la Universidad de California y becario de la Fundación Guggenheim hasta 1944, cuando regresó a México por poco tiempo, pues en 1946 volvió a Estados Unidos como profesor de la Universidad de Wisconsin y con una beca de la Bollingen Foundation, que no logró disfrutar porque murió en un accidente en mayo de 1948.
  78. José Miranda, “Ramón Iglesia Parga (1905-1948),” Revista de Historia de América, no. 25 (junio de 1948): 138-143.
  79. Ángel Rubio, “Juan María Aguilar y Calvo (1889-1948),” Revista de Historia de América, no. 26, (diciembre de 1948): 415-419.
  80. En la RHA, su nombre apareció de distintas formas.
  81. Enriqueta López Lira Díaz Thomé, “Ernesto Schäfer,” Revista de Historia de América, no. 26 (diciembre de 1948): 423-424.
    Por la otra nota necrológica, más larga, escrita por José de la Peña y Cámara, sabemos que Schäfer había nacido en Hamburgo (Alemania), donde se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad de Rostock, habiendo estudiado antes en la en la Universidad de Leipzig y en la Universidad Erlanger, y que se había especializado en historia religiosa y la historiografía del siglo XVI. La autora de la nota asume que aún no se conocía lo suficiente la obra de Schäfer debido a que, en la década de 1930, los sucesos en España primero y en el mundo después imposibilitaron las traducciones, las cuales continuaron en la década de 1940 tras su muerte. Para despedirse, anima a otros historiadores a continuar su obra sobre el Consejo de Indias, pero en el período borbón (que Schäfer no alcanzó a estudiar), a manera de homenaje a quien trabajó tanto por la historia y por España. José de la Peña y Cámara, “Ernesto Schäfer (1872-1946),” Revista de Indias, no. 26 (octubre-diciembre de 1946): 1045-1058.
  82. J. Ignacio Rubio Mañé, “Carlos Pereyra, 1871-1942,” Revista de Historia de América, no. 15 (diciembre de 1942): 325-330.
  83. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 2, exp. 37, fol. 6826, carta de Arthur P. Whitaker a Silvio Zavala, 1 de septiembre de 1942; carta de Silvio Zavala a Arthur P. Whitaker, 11 de septiembre de1942; carta de Arthur P. Whitaker a Silvio Zavala, 21 de septiembre de 1942.
  84. Durante la década de 1930, Zea debió trabajar como mensajero en Telégrafos Nacionales al tiempo que colaboraba en el periódico El Hombre Libre y retomó sus estudios de secundaria para graduarse e ingresar a la Escuela Nacional Preparatoria. En 1934 ascendió dentro de Telégrafos y esto le permitió estudiar desde 1936 en la Facultad de Derecho por las mañanas y por las tardes en la de Filosofía y Humanidades. En esta se acercó a las ideas de Ortega y Gasset. Tomó un curso con el recién llegado José Gaos, quien se lo recomendó a Alfonso Reyes y a Daniel Cosío Villegas para que sea becado en la recién fundada Casa de España para estudiar maestría y doctorado. En la tesis de doctorado siguió las ideas de maestros españoles y mexicanos, entre ellos, Antonio Caso. Tras titularse en 1944, el hermano de Antonio, Alfonso Caso, por entonces rector interino de la UNAM, lo llamó para que reemplazara a su hermano (quien había renunciado) en la Cátedra de Filosofía de la Historia. Pese a las reticencias y el temor de Zea, aceptó ante la insistencia de Antonio Caso de que aprendería a través de la enseñanza. Leopoldo Zea, “Antología del Ensayo,” Anthropos. Revista de Documentación Científica de la Cultura 89 (1988): 11-19.
  85. Leopoldo Zea, “Antonio Caso, 1883-1946,” Revista de Historia de América, no. 22 (diciembre de 1946): 403-405.
  86. Ernesto de la Torre Villar, “Ezequiel A. Chávez, 1868-1946,” Revista de Historia de América, no. 22 (diciembre de 1946): 405-409.
  87. Ernesto de la Torre Villar, “Toribio Esquivel Obregon, 1865-1946,” Revista de Historia de América, no. 22 (diciembre de 1946): 409-411.
  88. Ernesto de la Torre Villar, “Rómulo Velasco Cevallos (18¿?-1948),” Revista de Historia de América, no. 25 (junio de 1948): 148-149.
  89. Helia Alpuche, “Héctor Pérez Martínez (1906-1948),” Revista de Historia de América, no. 25 (junio de 1948): 145-148.
  90. Donoso era más joven que Amunátegui, de quien no sabemos si fue su maestro directamente en el Instituto Pedagógico, donde se graduó en 1927 de profesor de Historia y Geografía, pero sí que el joven lo admiró como un maestro notable del Instituto Nacional, donde Donoso trabajó de 1930 a 1938. En sus recuerdos de esos años dice: “Sentíamos el peso de la tradición que gravitaba sobre el colegio, que había hecho de él el primer Instituto docente del primer medio siglo de la República; nos parecía ver vagar por los corredores la sombra de un Montt, de un Antonio Varas, de un Lastrarria, de un Amunátegui, de un Barros Arana, que habían dado al establecimiento un sello inconfundible y único”. Guillermo Feliú Cruz, Ricardo Donoso (Santiago de Chile: Bibliógrafos Chilenos, 1970), 8.
  91. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 3, exp. 88, carta de Ricardo Donoso a Silvio Zavala, 16 de septiembre de 1946.
  92. Ricardo Donoso, “Domingo Amunátegui Solar, 1860-1946,” Revista de Historia de América, no. 22 (diciembre de 1946): 399-401.
  93. Julio Jiménez Rueda, “Pedro Henríquez Ureña, 1884-1946,” Revista de Historia de América, no. 22 (diciembre de 1946): 401-403.
  94. Germán Posada, “Antonio Gómez Restrepo (1896-1947),” Revista de Historia de América, no. 25 (junio de 1948): 143-145.


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