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Una publicación científica
de estudios históricos

Estudiar la RHA es una tarea que implica desagregar el todo en partes, antes de volver a restaurar su valor como objeto de estudio de manera integral. Por ello, se inicia con el estudio de esta publicación contextualizando la aparición de la RHA para comprender su fundación en el marco de una serie de coordenadas geográficas e intelectuales. Si esto nos ayuda a explicar el porqué y para qué surgió la propuesta, los siguientes apartados buscan reconstruir el aspecto formal de la publicación para entender la estructura a través de la cual se materializó.

Es necesario explicar por qué consideramos importante la dimensión material. Al hacerlo, se pone el acento en la interacción social y cultural implícita, en los acuerdos y convenciones para determinar sentidos, así como en esos personajes a veces olvidados: correctores, impresores y editores, entre muchos otros. Así, para entender un texto hay que entender tanto su contenido como las formas que lo hicieron posible, a manera de dispositivos indisociables. Al incluir en la mirada estos procesos y actores, se replantea el objeto impreso.[1]

De este modo, señalar los aspectos técnicos (papel, imprenta, formato, tiraje, distribución, etc.) va más allá de una mera enumeración de decisiones cotidianas tomadas por los miembros del equipo editorial. Implica necesariamente pensar en la intervención de los actores desde una retícula relacional, en la que los diálogos hicieron posible concretar un objeto colectivo cargado de sentido. Desde ese punto de vista, la dimensión material no solo es un reflejo de otra inmaterial, vinculada a la humana, sino que, a su vez, impacta en esta: la forma es contenido. Como veremos a continucción, la RHA buscó alinear los aspectos formales y materiales (papel, maquetación, tipografía, etc.) a los de contenido: calidad, seriedad, carácter no comercial y selectivo de la publicación.[2]

Esto nos remite a procedimientos en los que se vieron involucrados un conjunto de actores, por la dinámica temporal de una publicación periódica y su eterna labor contrarreloj para cumplir con su publicación regular. Así, la periodicidad nos remite a los costos y a las dificultades de financiamiento; a la distribución, al canje y a la capacidad de establecer redes. El papel y la imprenta nos abren la posibilidad de entender la cantidad de personas que participaron, los tiempos de edición. Sin embargo, en las páginas que siguen el eje será explicar las condiciones de producción de la publicación, por lo que los personajes involucrados directamente aparecerán en un segundo plano, pues trataremos sobre ellos en el siguiente capítulo.

Cabe mencionar que en el abordaje de las revistas como objeto de estudio no siempre se puede realizar un análisis tan detallado de estos aspectos, no porque no sean fundamentales para entender cómo se armó una publicación, sino porque no es habitual contar con archivos de las publicaciones o de los editores. En este caso, la urdimbre de este capítulo se nutrió de una numerosa correspondencia guardada en el Acervo Silvio Zavala. Escrita fundamentalmente en los períodos en los que el historiador no se encontraba en la Ciudad de México y requería seguir los detalles de la publicación, estas cartas dan cuenta de la ardua labor que enfrentaron él y el equipo editorial. También señalan cómo, aunque el centro de operaciones estuvo en la Ciudad de México, hubo una preocupación constante por alcanzar una dimensión continental.

Fundación

Para fines de la década de 1930 no existía en América Latina ninguna revista de carácter continental dedicada a la historia en español. Se tenía ya desde hacía años la famosa Hispanic American Historical Review, pionera en su campo desde 1918, pero dado que solo se publicaba en inglés, su distribución no era extendida a todos los países del continente.[3] En México, existían otras publicaciones dedicadas a la disciplina, pero estas daban cuenta del ámbito nacional y, en general, de la documentación que guardaba su archivo nacional.[4] Además, en la década de 1940 aparece The Americas, órgano de la Academy of American Franciscan History.[5]

Este vacío, aunado a lo que veremos que aprendió en España, le permitiría a Zavala, al regresar a su país, lanzar la propuesta editorial. Como recordaría Lewis Hanke tiempo después, la iniciativa de fundar esta revista fue de Silvio Zavala, quien

deseaba vívidamente fundar una revista dedicada a la historia de América y concertó una cita para que fuéramos a ver al ingeniero Pedro Sánchez, entonces presidente del Instituto Panamericano de Geografía e Historia. Don Pedro, en tanto que científico, era reticente con los historiadores porque, según él, había tenido ocasión de comprobar que “eran tercos y pendencieros”.[6]

Al año siguiente, Sánchez aprobó la creación, por lo que Zavala le avisó de inmediato para que enviara un artículo a fin de publicar el primer número antes de que Sánchez se arrepintiera. En el encuentro de la Ciudad de México, Zavala también presentó al estadounidense a Alfonso Reyes y a Genaro Estrada. Este breve recuerdo permite comenzar este capítulo señalando algunas coordenadas del mapa intelectual para entender el surgimiento de la RHA a través de dos ciudades (Madrid y México) y tres instituciones: el Centro de Estudios Históricos, La Casa de España y el Instituto Panamericano de Geografía e Historia.

Madrid

El que Zavala le pidiera a Hanke que lo acompañara es significativo. Se habían conocido en Madrid en 1933, cuando el mexicano trabajaba en lo que se convertiría en su libro La encomienda indiana y las instituciones jurídicas en la conquista de América, mientras él (que ya llevaba un tiempo en Sevilla consultando el Archivo General de Indias) iba de vez en cuando a Madrid para “consultar” a Rafael Altamira y a Fernando de los Ríos.[7]

La historia de ambos está asociada indiscutiblemente a Madrid, ciudad que habría de marcar a ambos como historiadores tanto por los conocimientos adquiridos como por la red académica que compartirían y extenderían al continente americano a su regreso. Altamira era sin duda el nexo entre Zavala y Hanke, mientras que Madrid se convirtió no solo en un centro formativo, sino también en un modelo académico a seguir. Ahí, Zavala estudió su doctorado en el Centro de Estudios Históricos, primer centro de investigación de la Junta de Ampliación de estudios (JAE), el cual, desde 1910, buscó afianzar las relaciones culturales con América a través de redes culturales y científicas. En ese Centro, Altamira jugó un papel fundamental en el desarollo del americanismo en sus dos dimensiones: la práctica, favoreciendo el intercambio de profesores y alumnos en ambos continentes, y la teórica, investigando la historia de América y de España. Aunque el intercambio no fue igualitario porque se consideraba que los paises hispanoamericanos no podían hacer un aporte significativo para la formación de los profesores españoles –lo cual motivó la protesta de Altamira–, generó redes intelectuales significativas para los proyectos posteriores.[8]

Así, el Centro de Estudios Históricos sirvió como modelo del estudio científico de la historia que se pretendía: una educación de minorías selectas, tutelar y experimental en la que predominaba la crítica documental. De la Universidad Central de Madrid, donde Altamira dictaba la Cátedra Historia de las Instituciones Políticas y Civiles de América, se recuperaría la necesidad de formar doctores con vocación americanista.[9]

Guillermo Zermeño señala que la fundación de El Colegio de México dio continuidad a una tradición añeja y ajena, la de la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas y el Centro de Estudios Históricos. Encuentra una línea que “hermana” ambos proyectos a través de un proceso de institucionalización que permitiría “armonizar las influencias extranjeras con los valores y la cultura propia”.[10]

Otra variable relevante en esta línea de continuidad con Madrid que no ha sido enfatizada hasta ahora es la relación de Zavala con un proyecto editorial que generó ese Centro, al publicar la revista Tierra Firme. Esta publicación trimestral que apareció entre los años de 1935 y 1937 dependía de la Sección Hispanoamericana del Centro de Estudios Históricos. Fue impulsada por Américo Castro y dirigida por Enrique Díez-Canedo para promover un “americanismo liberal”, que buscaba definir la identidad española a través de la relación con Hispanoamérica. La revista publicó ocho números, pero cesó a consecuencia de la guerra civil, pues buena parte de sus miembros se exiliaron.[11]

La participación en esta significaría una toma de conciencia de la necesidad de crear espacios de circulación de ideas americanistas para un público interesado en obtener información precisa sobre cinco temas: cartografía, demografía, arqueología, edición crítica de textos y estudios históricos sobre instituciones coloniales. Entre los miembros de la redacción se encontró Zavala, para quien seguramente fue una experiencia que le sirvió de modelo.[12]

Esta similitud con la publicación española no pasó inadvertida. Como recordaría Antonio Saborit, el levantamiento militar en España en el verano de 1936 explica el regreso de Zavala a México, pero también el que, al hacerlo, sus primeros pasos hubieran sido el incorporarse al ámbito de la investigación histórica y el “empeñarse en crear el espacio editorial especializado” que fue la Revista de Historia de América.[13]

Por su parte, Ángel Rosenblat, con quien había compartido la experiencia periodística en Madrid, le escribió tras su exilio a tierras americanas desde Quito, para agradecerle el envío del primer número de la RHA. Tras pedirle disculpas por no poder ocuparse de su revista, le comentó: “Me alegro de que hayas encontrado en México lo necesario para continuar tu trabajo sobre servicio personal. La revista que publicas me parece magnifica y me recuerda enteramente Tierra Firme, a la que se asocian tantos recuerdos agradables.[14]

Otro miembro del Consejo Directivo, el panameño Baltasar Isaza Calderón, quien estudió con Zavala en España en el mismo período, planteó también el estrecho lazo entre el emprendimiento editorial y la estancia de Zavala en España al afirmar: “Te has empapado bien de la buena tradición historiográfica española, durante tus años de permanencia en la península; de suerte que tus trabajos y la dirección que imprimes a la Revista están ajustados a las modernas exigencias de la ciencia histórica”.[15]

México

Entender por qué la revista se fundó en México va más allá de explicar que Zavala regresó a esa ciudad tras dejar Madrid ante el inicio de la guerra civil española. La Ciudad de México era, a fines de la década de 1930 e inicios de la década de 1940, un lugar dinámico donde se implementó una serie de medidas que favorecieron la profesionalización de la historia, la cual, a su vez, tuvo como rasgo distintivo un fuerte proceso de institucionalización. Los estudiosos de la historiografía han señalado que, aun cuando en México este proceso se inició en las primeras décadas del siglo XX, fue en la década de 1940 cuando la historia se convirtió en una disciplina científica al crearse nuevas instituciones académicas.[16]

Para que este cambio se produjera, se conjugaron factores políticos internos y externos (la consolidación del régimen revolucionario durante el Gobierno de Lázaro Cárdenas, el impacto de la guerra civil española), así como la circulación de un “lenguaje histórico de corte nacionalista liberal”, en los que se encuentran ya elementos que caracterizarían al discurso de la historia como ciencia –heredera de la búsqueda por alcanzar una verdad “imparcial y objetiva”–, expuesta por el historiador alemán Leopold V. Ranke.[17]

Luis González recuerda que durante estos años y en esta ciudad se produjo una “fiebre de las fundaciones” al crearse “albergues de la cultura humanística y particularmente cliomática”. El signo de cambio impactó también en el mundo editorial. Se fundaron Porrúa, Fondo de Cultura Económica (con su publicación El Trimestre Económico), Jus y la imprenta de la Universidad de México. Aparecieron publicaciones periódicas especializadas: El Boletín del Archivo General de la Nación (1930), Ábside (1937), Divulgaciones Históricas (1939), la Revista de la Facultad de Filosofía y Letras (1941), Cuadernos Americanos (1941), el Anuario de Historia y la Revista de Historia de América (1938), la cual “mantiene al día de la producción histórica de asuntos americanos a una numerosa clientela”.[18]

Entre estas instituciones, dos son de especial interés para esta historia: La Casa de España, que se convertiría poco después en El Colegio de México, y el Instituto Panamericano de Geografía e Historia. Sobre las primeras dos no recalaremos demasiado, pues su historia ya ha sido estudiada. Por ello, solo mencionaremos algunos aspectos relevantes. Se ha señalado que, para México, recibir a un contingente numeroso de españoles significó un impacto importante, pues su llegada transformó –o al menos dinamizó– la vida académica. Aún cuando en 1940 la institución receptora se transformó en El Colegio de México (lo cual no significó solo un cambio de nombre), el influjo español siguió siendo relevante. No se trataba de una cuestión numérica de relación entre profesores españoles y no españoles, sino, en buena medida, de los aprendizajes que había tenido Zavala de su maestro Altamira, los cuales implementó al fundar y dirigir el Centro de Estudios Históricos. En él, se formarían investigadores profesionales en historia, al introducir al país “una forma específica de practicar la profesión a través de un modelo de investigación que se practicaba en otras latitudes, pero no en México”.[19]

Esta pequeña explicación ayuda a entender por qué la revista no fue propuesta a esta institución, aunque, como veremos en otros capítulos, desde sus inicios y durante la década de 1940 los colaboradores de la revista fueron, entre otros, profesores y estudiantes de dicho Centro. Para 1937, cuando Zavala regresó de España con estos aprendizajes, solo existía una instancia que podía brindarle el apoyo que requería para emprender un proyecto americanista: el Instituto Panamericano de Geografía e Historia.

Aprobado en la Conferencia Panamericana realizada en la ciudad de La Habana (1928), el Instituto se estableció en la Ciudad de México, donde el Gobierno cedió unas instalaciones a inicios de 1930. Desde ese entonces, buscó contribuir al avance científico de las disciplinas de la geografía y la historia, y acercar a los países miembros a través de estos campos académicos bajo el cobijo de la neutralidad científica. De manera indirecta, ayudaría a limar asperezas con aquellos académicos latinoamericanos que veían con recelo –cuando no con francas críticas– al movimiento panamericano, considerado por muchos como un avance imperialista estadounidense en la región. La influencia del Instituto avanzó durante la década de 1930 a medida que ganaba espacio la política de la buena vecindad que desarrollaba la presidencia de Roosevelt, y se convirtió en un verdadero espacio de la diplomacia cultural. Para ello, era necesario apelar no solo a la vocación regional, sino también a la neutralidad científica para desligarse de un perfil político y presentarse con uno académico.

Para esto, las publicaciones periódicas eran un factor clave. En 1937, el Instituto comenzó a publicar el Boletín Bibliográfico de Antropología Americana (en adelante, BBAA) con la finalidad de vincular instituciones e investigadores del continente.[20] Casi de manera inmediata, se presentó la propuesta de Zavala para fundar la de Historia, la cual para el Instituto significaba un espacio idóneo para ocuparse de la historia de los países de “nuestro continente”. No tenemos documentación que nos dé mayor explicación de por qué se acercó Zavala al Instituto, pero por las cartas cruzadas entre Zavala y Reyes sabemos que el historiador estaba seguro de que “las bases de la investigación moderna hispanoamericana descansan en Argentina y Estados Unidos”, por lo que era necesario una instancia regional como el Instituto para poder albergar una revista que intentara conectar a México con estos otros puntos estratégicos. Reyes entendió bien su argumento y le respondió: “Hace Usted bien en desear que reforcemos un poco en México las investigaciones hispanoamericanas para ponerlas a la altura de otros países del continente”.[21]

Títulos y propósitos

Observar las dudas en torno al título de una publicación nos remite a un punto inicial para tener en cuenta, aquel que transcurre entre el armado de la propuesta y la aparición del primer número. En este caso, es un corto período de tiempo que va desde la visita de Zavala y Hanke a las oficinas del IPGH para hacer la propuesta, en 1937, hasta la aparición del primer número, en marzo de 1938. Sabemos por la correspondencia que le envió el director Sánchez al hondureño Rafael Heliodoro Valle, en 1937, que el primer nombre acordado era el de Revista de Estudios Históricos, el cual, pese a que no hiciera mención en el título, se ocuparía solo de “la historia de los países de nuestro continente”. Por ser una publicación del instituto debían respetarse los cuatro idiomas oficiales (español, francés, inglés y portugués). La periodicidad sería trimestral y se enviaría sin costo alguno a “las sociedades y personas que cultivan esta rama de la ciencia”. Para que se diera una idea del alcance, le aclaraba que una parte de la revista se dedicaría a la bibliografía y crítica de revistas y libros, y otra, a la publicación de documentos originales, más una que se orientaría a los estudios que “reúnan las necesarias condiciones de seriedad, documentación y estilo”. Tras esta presentación, esperaba contar con la participación de Valle.[22]

En algún momento de fines de 1937 y debido a la iniciativa de alguien (posiblemente Zavala), se decidió cambiar el título para acotarlo y quedó como sigue hasta el día de hoy: Revista de Historia de América. Con el título definitivo, se mataban varios pájaros de un tiro: se delimitaba espacialmente el campo de estudio de la historia y se mantenía cierta autonomía disciplinar y política. Empecemos por lo último. El que no se haya utilizado la palabra “panamericano” ni se agregara un subtítulo que indicara que era órgano de expresión de era una jugada prudente para mantener a raya las perspicaces voces que cuestionarían que la publicación sería solo un vocero del Instituto, el cual, a su vez, podía ser visto como un mero instrumento del imperialismo estadounidense. De hecho, en los propósitos que acompañan al primer número, el Instituto aparece solo en una pequeña parte y casi al cierre, al aclarar que los trabajos podían ser escritos en los cuatro idiomas oficiales del IPGH “que patrocina moral y económicamente la obra. La finalidad puramente científica de esta institución garantiza la honradez de los propósitos”. Así, se intenta despolitizar lo panamericano para restringir esa intervención al ámbito científico y a la representación en el Consejo Directivo de la revista, el cual quedaría integrado por “destacados investigadores” de estos países.

El resto de los propósitos se dedicaron a enfatizar la “finalidad puramente científica” de la publicación, expresión que solía asociarse con otras similares como conciencia científica, trabajo metódico, conocimiento e investigación. Por esto, esperaban contar con el apoyo de aquellos investigadores (no aficionados, no cultores de la historia) “que han comenzado a estimar la ventaja que ofrece el conocimiento de los problemas del Continente, para escribir con mayor acierto las historias nacionales”. No se pretende, por tanto, escribir una nueva historia, sino dar una nueva orientación que de lo general y común se remitiera a lo particular nacional. Este mecanismo era especialmente válido para el estudio de la colonización, en la que existió una “uniformidad del régimen de gobierno y de los principios de la cultura, así como el interesante paralelismo y divergencias concretas de las instituciones jurídicas y económicas”. Estas semejanzas permiten, a juicio de los editores que firman, aplicar el mismo todo de estudio al período de la independencia, en el que a partir de “la apreciación amplia de la evolución continental” se puede observar una “semejanza de las fuentes inspiradoras de doctrina y de los intereses aliados o enemigos”. Para incluir a Estados Unidos y Brasil en esta ecuación, aclaraban que “aunque independientes de la fuerza unificadora de España, presentan atractivos temas comunes de historia de límites, relaciones comerciales e influencias del espíritu”.[23]

Cabe resaltar dos menciones breves, pero de gran relevancia. La que hace referencia al método, el cual queda esbozado por referencias vagas sobre una “escuela” conformada por investigadores de distintas nacionalidades que estudian “la historia general de América” con base en la consulta forzosa de “trabajos, informaciones sobre archivos y descubrimiento de documentos”. Aclaran que este trabajo metódico es reciente y no se encuentra en “estado de madurez”, pero su evolución es perceptible a través de congresos, comisiones (revisoras de libros de texto), publicaciones en español de obras de Brasil, creación de cátedras de Historia continental y, claro, por medio de esta nueva publicación. Para contribuir a este acercamiento es que se propone ofrecer estudios, documentos, reseñas (de libros y revistas), bibliografía e informaciones científicas.

La aportación continental es entendida entonces como un todo omnipresente, justificando esta vaguedad con la semejanza de la literatura en la que “la universalidad coincide con la más auténtica y honda expresión de un pueblo”. Relacionado con lo expresado anteriormente, esto quiere decir que la historia regional es vista fundamentalmente a través de sus instituciones (jurídicas, administrativas) y que parten de una interpretación de América como un continente con vínculos históricos, donde predomina el idioma, la cultura y la tradición. Esto, a su vez, fundamenta la segunda mención que queremos resaltar, a saber: la de España. Es interesante que esta mención apareciera solo en una ocasión (igual que Estados Unidos y Brasil) y que se hiciera para describirla no como metrópoli ni imperio, sino como una “fuerza unificadora”. Estratégicamente, no se amplía esta mención relacionándola con el concepto “Hispanoamérica” o “Iberoamérica” para remarcar este vínculo, como tampo no aparece en los propósitos la mención de un concepto competidor como el de “Latinoamérica”. Con ello, se desmarcan de las discusiones contemporáneas e intentan aferrarse a un pasado cuya existencia era incuestionable, aunque no carente de contradicciones humanas.[24]

Como apunta Erika Pani, el llamado de Zavala a través de la RHA “ofrecía menos un programa que un espacio para la historia continental”, y lo hacía desde un vínculo institucional que le otorgaba “vuelo político y arraigo burocrático”. Esto la diferenciaba de la iniciativa del historiador estadounidense Herbert E. Bolton realizada en 1932, quien había instado a sus colegas de la American Historical Association a escribir una historia continental en la que cada nación fuera “una hebra que formaba parte de un hilo”. Por ello, la iniciativa “no tuvo más eco que el rechazo de algunos y la indiferencia de la mayoría”.[25]

Así, la propuesta de la RHA no implicaba una innovación teórica ni metodológica de la disciplina, pero sí reforzaba una tradición cientificista rankeana en la que el documento era el eje sobre el cual se realizaban todas las demás operaciones históricas (selección, crítica e interpretación). Además, implícitamente inscribía a la publicación en un linaje, el de Altamira, y con ello trasladaba a este continente su experiencia como maestro e investigador para desarrollar los estudios americanistas. Como recordaban en un homenaje al maestro, este americanismo había sido para Altamira la obra de su vida y debía ser entendido como una historia integradora al “ahondar unitariamente en la impantación de las instituciones hispanas en América y paralelamente en la importancia que habían tenido y no podía dejar de tener el Nuevo Mundo para España”. Por este motivo, para Zavala, la “campaña americanista” que realizó Altamira a través de viajes, conferencias, cursos y escritos manifestaba como dos partes inseparables: “La imagen de España que ofrece al americano, y la de América que propone al español”. Desmarcándose de la leyenda blanca o negra de la conquista, se propuso romper con la interpretación excesivamente optimista o pesimista, explicándoles a los americanos el porqué de estas actitudes y juicios, y a los españoles, ofreciéndoles una imagen distinta de América. Esto no escondía que el fin último era mostrar a unos y a otros que eran pueblos distintos que aportaron ambos a la civilización hispana.[26]

Secciones

La disposición del material sigue una lógica que hace al perfil de la revista. En los primeros números, aunque no había subtítulos de secciones, el material estaba ordenado en el índice según su importancia. Una revista no solo publica textos, también los clasifica y los presenta, una actividad estructuradora que, para Beatriz Sarlo, corresponde a la “sintaxis” de la revista.[27] Esta forma de estructurar suele concentrarse en el sumario, que “constituye un dispositivo textual destinado a aportar un cierto orden al texto según criterios que reflejan su poética periodística y que son sujetos a evolución”.[28]

En los primeros números de la RHA (del 1 al 9), el sumario era escueto y se integraba con los datos de la revista (dirección, editores, Consejo Directivo). Se encontraba en la misma página que los datos legales y la dirección de la revista, la cual tenía una pequeña oficina en las instalaciones del Instituto (Avenida Observatorio 192, Tacubaya, D. F., República Mexicana). Seguían los nombres de los editores, encabezados por Silvio Zavala como director, acompañado por Francisco Monterde García Icazbalceta y Felipe Teixidor. Inmediatamente después, el nombre de los miembros del Consejo Directivo: para el primer número solo había diez: José Torre Revello (Argentina), Gustavo Barroso (Brasil), José María Chacón y Calvo (Cuba), Raúl Silva Castro (Chile), César Vázquez R. (Ecuador), Rafael Heliodoro Valle (Honduras), Baltasar Isaza Calderón (Panamá), Jorge Basadre (Perú) y Elzear S. Giufra (Uruguay).

A partir del número 10, el sumario se colocó en una página independiente y se le hizo una pequeña modificación: se detalló en las reseñas el título del libro reseñado y su autor. Después del sumario se colocaban los artículos (sin una hoja de portada) y las restantes secciones (Reseñas, Noticias, Bibliografía y Noticias), las cuales tampoco tenían una portada, pero se indicaba el título de la sección en posición superior. Este orden de aparición se relacionaba con la jerarquía que tenía el material para la vida académica: los artículos eran más relevantes que las reseñas, etc. Sin embargo, para la formación profesional del historiador era necesaria una lectura atenta de todo el material. Por este motivo, la jerarquía que nos indica este orden no implica que exista mayor cantidad de artículos. Al contrario, si realizamos una cuenta general, la sección dedicada a los artículos es la que ocupa menos páginas, junto con la de las reseñas, mientras que la de notas bibliográficas es la más numerosa.

Financiamiento y periodicidad

La periodicidad es un indicador que mide las dificultades a las que se enfrenta un equipo editorial para mantener su aparición de manera regular, adaptando su tiempo de redacción, edición e impresión a un flujo más o menos constante. Como “condición de producción” ejerce influencia sobre el discurso al obligar a la revista a reproducirse en intervalos regulares, imponiendo el tiempo un límite para incluir o no determinado material en cada número.[29]

En el caso de la RHA, su periodicidad fue variable en el intervalo y, al cabo de los diez primeros años, sumó 26 números. El primer año lanzó cuatro números (enero-marzo, abril-junio, julio-septiembre, octubre-diciembre), pero al siguiente se publicaron solo tres números y pasó a ser cuatrimestral (enero-abril, mayo-agosto, septiembre-diciembre), situación que se repitió en 1940 y 1941. Dado que el financiamiento provenía del Instituto Panamericano de Geografía e Historia y que este dependía de las cuotas de los países americanos, no es casual que tras el bombardeo a Pearl Harbor y la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial se publicaran solo dos números en 1942 y uno solo, anual, en 1943. A partir del siguiente y hasta el final del decenio, la situación se mantuvo constante con números semestrales (enero-junio, julio-diciembre).

Lograr esta periodicidad no fue una tarea sencilla. Zavala intentó asegurar que la revista apareciera en los tiempos preestablecidos porque, como lo expresó alguna vez, “la puntualidad es la que afirmaría nuestra revista”.[30] Pese a este interés, lo más importante era la “pulcritud” del texto, y al control que ejercía Zavala fue casi imposible eliminarle los errores, los cuales eran subsanados al siguiente número con una nota de erratas.[31]

Para minimizar estos errores, era necesario enviar las pruebas a los autores y esperar su devolución, lo cual, considerando que se trataba de una publicación internacional, significaba un cúmulo de dificultades (y de recursos en pago de correo). Por ello, Jorge I. Rubio Mañé propuso no enviarlas y que ellos hicieran una revisión minuciosa de las pruebas de imprenta para que estuvieran conforme a los originales remitidos.[32] La medida fue utilizada a discreción porque había autores que explícitamente solicitaban revisar las pruebas de imprenta (como era el caso de Rafael Altamira). En este caso, dado lo puntilloso del autor, se le enviaban siempre primero (no importaba si en el orden de la galera su artículo era el segundo o tercero de ese número).[33] Otra estrategia para disminuir este retraso fue que se enviaban a la imprenta primero los artículos y quince días después el resto del material (notas, reseñas).[34] Sin embargo, mientras estuvo a cargo de la sección Rafael Heliodoro Valle, hubo varios retrasos.[35]

A esto se le sumaban los retrasos de la propia imprenta. Inicialmente, se trabajó con la imprenta La Mundial, pero hubo problemas que repercutieron en retrasos de los primeros números. Para finales de 1938, se presentaron nuevamente dificultades con la imprenta, por lo que aparecería recién en diciembre el número 3, que debía salir en septiembre, casi junto con el número 4, de diciembre.[36] Como veremos más adelante, estos retrasos generaron que Heliodoro Valle fuera reemplazado como coordinador de la sección y se pusiera en su lugar a Agustín Millares Carlo.

Ahora bien, a estos problemas internos, que intentaron ser resueltos de una u otra manera, se les sumaban otros, externos, que hacían a la dificultad del IPGH de financiar la publicación. Los problemas financieros se hicieron sentir en el Instituto a medida que transcurría la Segunda Guerra Mundial. Por indicación de Sánchez, se decidió pasar de cuatro números al año a tres en 1939, por lo que a los miembros del equipo editorial no les quedó más que poner una atenta nota en la revista para señalar a sus lectores sobre la nueva periodicidad. A cambio de la reducción en la periodicidad, Sánchez había aumentado el tiraje a 1500 ejemplares por número.[37]

El cambio no fue suficiente. Un día después del ataque japonés a la base militar estadounidense en Pearl Harbor, el director del Instituto le escribió a Zavala para comunicarle que, en virtud de los sucesos de la guerra, toda la América se vería afectada. Tendría que suspender algunas actividades y aplazar otras de las publicaciones, lo que significó que el número 13, correspondiente a diciembre de 1941 que estaba próximo a salir, lo haría sin problema, pero para el siguiente debería consultar con él antes de darlo a la imprenta para saber si tendría que ser aplazado.[38]

Por este motivo, en el año de 1942 solo aparecieron dos números (el número 14, en junio, y el número 15, en diciembre). Los recortes siguieron. En 1943, el número 16 salió en diciembre y se convirtió en un solo número anual “debido a la situación que ha creado la contienda mundial”. El siguiente año se retomó la periodicidad semestral, pero eso trajo consecuencias para el equipo editorial. Desde ese año y en los subsecuentes, la periodicidad fue semestral.

Una vez que terminó la contienda, la periodicidad se vio afectada por otro proceso interno de reorganización del IPGH. Hasta ese entonces, la única comisión existente era la de Cartografía, y Zavala, junto a otros, impulsó la creación de una Comisión de Historia. Al acercarse la realización de la IV Asamblea General, Zavala estuvo ocupado junto con Robert H. Randall (presidente de la Comisión de Cartografía) en la redacción de un borrador que sería puesto a consideración de la Asamblea. El borrador de la conversación (informal) entre Randall, André Simonpietri (secretario general de esa Comisión), Daniel Rubín de la Borbolla, Rayfred Stevens y Zavala giraba en torno al Programa de Historia del Instituto. Todos justificaban por distintas razones la creación de la Comisión, pero no todos coincidían en qué tipo de historia se esperaba. Zavala insistía en que debía ampliar y reafirmar lo que se venía haciendo en la RHA porque eso garantizaría la protección de la “investigación histórica seria”. Primero, debería conformarse la Comisión, la cual sería presidida por una persona de experiencia (Simonpietri sugirió que podría ofrecérsele el cargo al historiador Waldo G. Leland). El Comité debía contar con un presupuesto anual. Se recomendaba que ambas publicaciones del IPGH (el BBAA y la RHA) fueran semestrales y que intercalaran los meses de aparición (la primera en marzo y septiembre y la de historia en junio y diciembre). Para velar por que salieran a tiempo, se proponía nombrar un secretario editorial del Comité de Historia, a cuyo cargo quedaría el trabajo de vigilar la imprenta, las correcciones de las pruebas, llevar la correspondencia de las publicaciones y formar los índices. También debía haber un ayudante de biblioteca que se ocupara de la adquisición y canje de publicaciones y de organizar el material en la biblioteca por orden alfabético en ficheros. Randall opinaba que debía iniciar con la recopilación de materiales históricos, a lo cual Zavala respondió que si bien esta tarea era indispensable para la investigación, encerraba un peligro: “La presente generación de investigadores, y quién sabe a cuántas más, no les estará concedido el privilegio de pensar y escribir la historia de América, lo que traería por consecuencia que siguiera reinando el nacionalismo exagerado construido sobre escasos materiales, que es lo que hoy generalmente tenemos en nuestro campo, salvo algunas excepciones”.[39]

Aunque los planes para conformar la Comisión marchaban y esta fue creada poco después, la situación de la RHA no mejoró. El siguiente número, el 20, correspondiente a julio-diciembre de 1945, aunque estaba listo para pasar a imprenta, tuvo que esperar hasta el año siguiente. El director del IPGH comentó que debía esperar a la siguiente Asamblea, a realizarse en Caracas, para decidir qué hacer sobre las publicaciones. Le pidió a Rubio Mañé –en ausencia de Zavala– que les avisara a los colaboradores que la publicación quedaba pendiente hasta saber la resolución de la Asamblea. A los colaboradores extranjeros que habían enviado trabajos antes de esta fecha se les pagaría como era costumbre, pero los colaboradores internos –como Ernesto de la Torre– debían suspender sus trabajos hasta nuevo aviso.[40]

En el ínterin, se realizó la reunión extraordinaria del Comité Ejecutivo del Instituto (México, abril de 1946), en la que Sánchez planteó el deseo de que se formara una nueva comisión de historia. La iniciativa fue ampliamente discutida en esa reunión y se justificó la creación por los antecedentes que desde 1930 habían realizado tanto en la publicación de libros sobre el tema como por la de la RHA y el BBAA. Dejaban en claro que el financiamiento recaería en los países que participaran en ella. Pese al acuerdo, se decidió que se propusiera esta medida en la siguiente reunión en Caracas. El proyecto presentado a la Asamblea reunida en esa ciudad (posiblemente escrito por Zavala) planteaba que se crearía la Comisión con la finalidad de realizar un número significativo de tareas de historia, cumpliendo con una dimensión continental. Entre estas, debía “ejercer la supervisión científica de la Revista de Historia de América y de otras publicaciones de carácter histórico que fueran patrocinadas por el IPGH”.[41]

En Caracas, se realizaron cambios importantes en el Instituto. Pedro Sánchez era designado Director Perpetuo, por lo que las decisiones ahora debían ser consensuadas con el secretario general, el cual temporalmente recaería en su persona hasta nombrar a alguien más.[42] Otro de los acuerdos de esa Asamblea fue crear la Comisión de Historia, la cual supervisaría tanto la publicación de la RHA como del BBAA (dado que no se había aprobado la creación de una Comisión específica para esta área). Se nombró a Silvio Zavala, quien también fungía como director del Museo Nacional de Historia, como delegado por México ante esta Comisión y poco después se lo nombró como presidente interino.[43]

El nombramiento no se tradujo en una mejora inmediata para las publicaciones periódicas. Fue un período de dificultades porque la organización de la Comisión no fue inmediata. Requería del nombramiento de delegados por cada país miembro, así como de la realización de la Primera Reunión de Consulta de la Comisión, en la que se comenzaría a tomar decisiones. Por todo esto, la aparición de la RHA se retrasó. El número 21 (enero-junio de 1946) se publicó en los primeros meses del año siguiente, junto con el número atrasado del BBAA, correspondiente a 1945 (tomo VIII).[44]

Ante este panorama, Zavala le envió el presupuesto de ambas publicaciones (con sus respectivos índices) a Sánchez antes de que terminara 1946, para que el funcionario se diera cuenta de lo que faltaba por gastar ese año de las publicaciones periódicas antes de que pasaran a depender de la Comisión a partir de 1947.[45] No estaba claro si el siguiente número ya le correspondía financiarlo a la Comisión, pero esto no procedería hasta que se decidiera durante la Primera Reunión de Consulta de la Comisión. Sánchez le preguntó a Randall, quien ocupaba el puesto de presidente del Comité Ejecutivo del IPGH, qué debían hacer, aunque solapadamente le comentaba que para 1947 Zavala tendría suficiente dinero en la Comisión para sufragar la publicación.[46]

Esta carta tuvo dos respuestas. La primera, de Zavala, quien le solicitó adoptar un modus operandi para las publicaciones del Instituto. En él, las comisiones ejercerían la supervisión técnica de las publicaciones (y también cubrirían los gastos de publicación). La distribución la realizaría el Instituto. Le preocupaba conservar el formato, estilo, tipografía y demás caracteres, por lo que solicitaba que después de las consultas se acordara una “padronización” de todas las publicaciones.[47]

La segunda fue de Randall, quien envió un memorándum sobre las publicaciones del Instituto, que había acordado previamente con Zavala al finalizar la reunión en Caracas. En él, se sugería que las publicaciones quedaran bajo la supervisión técnica del presidente y del secretario de cada Comisión. El presidente orientaría al editor en el carácter panamericano, pero no sería necesario que la Comisión interviniera en la preparación para la prensa, porque el editor realizaría el trabajo y lo sometería para su aprobación final a la Comisión. Esto implicaba que las revistas se publicarían en México y que todas las negociaciones serían realizadas por el Instituto, pero las comisiones pagarían los gastos. Como el número 22 estaba en curso, se recomendaba que el Instituto asumiera los gastos y el siguiente año, cuando la comisión tuviera sus fondos, se lo reembolsaría (si su presupuesto lo permitía). Además, dado que Antropología sería un comité dentro de la Comisión, sería injusto que esta pagara dos publicaciones, por lo que el Instituto pagaría los gastos del BBAA.[48]

Zavala acordaba con lo expresado por Randall, pero le advertía que el financiamiento de la Comisión dependía del Gobierno de México fundamentalmente, y que, dado que iba a haber cambio de presidente, no era seguro cuándo comenzaría a pagar. Además, le preocupaba que el presupuesto de la Comisión fuera de 50 mil pesos mexicanos, dado que el monto de las dos publicaciones sumaba 38 mil, por lo que sería imposible que se sostuviera porque restaría poco dinero para las nuevas tareas que la Comisión pretendía iniciar.[49]

Randall no respondió como esperaba Zavala. Consideró que la Comisión debía hacerse cargo de sus publicaciones. Si bien el primer año sería difícil y requerirían del financiamiento del Instituto, esto se solucionaría cuando el Gobierno de México diera el financiamiento prometido.[50] Pocos meses después, Zavala escribía para hacer notar lo crítico de la situación: faltaba pagar algunos gastos del tomo VIII del BBAA y el número 22 de la RHA, y ya estaban atrasándose con lo correspondiente a los siguientes números. Solicitaba que se definiera la parte de gastos que le tocaba pagar al Instituto mientras la Comisión encontraba los recursos para afrontar estos costos. Para ello, envió copia del presupuesto de gastos de 1947.[51]

La Primera Reunión de Consulta de la Comisión de Historia se reunió, finalmente, en octubre de 1947 en la Ciudad de México. Zavala presidió las sesiones y fue elegido presidente de ella. El Instituto se había hecho cargo del pago a la imprenta para el número 24 (de diciembre de 1947), mientras que la Comisión con sus fondos pagaría las colaboraciones. Zavala solicitaba que para el número 25 (de junio de 1948), el IPGH hiciera el pago correspondiente para que saliera a tiempo.[52]

Costos, papel e imprenta

Por las notas personales de Zavala, sabemos que el costo tipográfico del número 1 de la RHA para marzo de 1938 sumó un total de 737.92 pesos mexicanos; eso incluía la publicación, los forros y los sobretiros (que se les entregaban a los autores como parte del pago por su colaboración).[53]

p. 52

1. Costo tipográfico del número 1 de la RHA (a mano, Silvio Zavala).[54]

Al parecer, durante los primeros tres números de 1938 se utilizó el Offset alemán tamaño quíntuplo, pero a fines de ese año hubo problemas para abastecerse, por lo que Zavala le dio instrucciones desde Washington a Rubio Mañé para que corroborara si en la PIPSA (Productora e Importadora de Papel) lo habían recibido.[55] La imprenta, para esos números, había sido La Mundial, pero Zavala no estaba conforme con su trabajo, por lo que sugirió que para el siguiente se enviara a la Imprenta de la Universidad, donde trabajaba Francisco Monterde (miembro del equipo de editores), pero este cambio dependía de un detalle tipográfico que no era menor: si cambiaban de imprenta, tendrían que cambiar el tipo de letra porque la que usaban entonces era de Cosío Villegas (“dueño del tipo que usa la Mundial”). Rubio Mañé consiguió papel Offset alemán para el número 3 de la RHA, pero no de tamaño quíntuple, sino triple. En el ínterin, la imprenta La Mundial se declaró en quiebra, por lo que para que saliera el número 3, Rubio Mañé tuvo que negociar con el síndico para que se terminara la impresión y se pagara el adeudo (para lo que él tuvo que adelantarle un monto de su bolsillo). Por esto, el número 4 comenzó a trabajarse en la Unión de Industrias Gráficas.[56]

Monterde, entendido en estos temas editoriales, le escribió a Zavala para comentarle que había estado en la imprenta La Mundial para ver cómo marchaba el número 3 y para que el encargado tomara nota de las modificaciones indicadas por Zavala sobre detalles que había que cambiar, así como de los sobretiros para los autores. Le comentaba también que había hablado con Quintero (el segundo al mando en la imprenta), quien se había disculpado por la tardanza, que Valle había rehecho buena parte de la bibliografía y Rubio Mañé había agregado otras, amén de las correcciones de Quintana. Le aseguró que ya solo faltaba imprimir los forros y el número saldría en pocos días. Pese a esto, Monterde consideraba necesario que Rubio Mañé hablara con Sánchez para que el IPGH fijara un máximo de días de retraso con la imprenta y, en caso de no cumplirlo, que retirara los originales y se diera por cancelado el contrato (y con ello el pago). Al parecer, el IPGH ya había iniciado pláticas con Loera[57] para que la editorial Cultura se hiciera cargo del número 4. Cambiando de tema, le comentó también que había hablado con Cosío Villegas porque quería encomendarle los trabajos del Fondo de Cultura Económica (FCE), pero cuando lo visitó en las oficinas de la Imprenta Universitaria, mencionó que le parecían pequeños y luego no le volvió a hablar.[58]

El cambio de imprenta no fue fácil. La Mundial se retrasó en la entrega del número 3, y el número 4, que debía cambiar de imprenta, tuvo serios tropiezos porque, preocupados por mantener el mismo tipo de letra, tuvieron que seguir un recorrido complicado que marcaba Cosío Villegas. Ante tanto cambio, el IPGH sugirió que terminaran con el número en prensa con las matrices que había guardado Quintero. A partir del número 4, se podría contratar a Impresos Gala. Rubio Mañé tenía pésimas referencias de esta y cambiaron a otra, Industrias Gráficas, que al parecer realizaba el trabajo de manera ágil, por lo que los números podrían salir a tiempo. Sobre el tema de la letra, que tanto le preocupaba a Zavala, le comentó que existía poca diferencia.[59]

Zavala se disgustó por el retraso y, sobre todo, por los numerosos errores. Al respecto, envió una carta con observaciones y críticas. Primero, la presentación tipográfica que tanto habían cuidado desde el primer número se cambió. El trabajo, dijo, era de “ínfima calidad, hay diferencias de alineación de renglones feísimas y la encuadernación es mala”. Expresó que sabía que eso dependía de la imprenta La Mundial, por lo que se preguntaba si realmente podrían continuar con una publicación decorosa en alguna imprenta de la ciudad. No veía más opción que pedirle al Fondo de Cultura Económica que les prestaran los tipos móviles o, en el último de los casos, harían los forros en la imprenta con la que trabajaba el Fondo. Zavala afirmaba que no era posible pretender ser una publicación continental y seguir experimentando con imprentas de segundo orden. En su opinión, solo podría pensarse en la imprenta de Loera, por lo que esperaba que se celebrara un contrato con esta para el número 5 y sugirió hablar con Antonio Caso (amigo del imprentero). Si el resto del equipo editorial estaba de acuerdo con esa propuesta, deberían tratarlo con Sánchez.[60]

Lo más grave para Zavala fueron los errores cometidos en las notas al pie de dos artículos. Este tipo de errores eran muy serios para él, porque causaba que los autores perdieran confianza en la revista por descuidos de edición. Las faltas deberían haberse detectado en la corrección de pruebas, por lo que debía hacerse una segunda revisión. Asumía que, desde Washington, no podía hacer nada, pero les recordó que el Instituto pagaría 50 pesos mexicanos por número a un buen corrector profesional.[61]

A la sección Revistas no le veía mayores problemas, pero consideraba que podía mejorarse dando mayor y mejor información del tema, período y dirección de los artículos. En cambio, Bibliografía, dedicada a las novedades, tenía problemas serios. Aun cuando entendía que no podían hacer una bibliografía completa de todo lo que se publicaba, debían dar cuenta de todo el material que ellos selectivamente consideraran relevante. No pretendía competir con el Handbook of Latin American Studies o el Journal des Americanistes de París publicando listas completas, sino selectivas. Para ello, era indispensable contar con corresponsales responsables en más países para que le enviaran a Valle las notas bibliográficas. Debía cuidarse no repetir la información del mismo libro en Bibliografía y en Reseñas, o retirarlas de una de las dos secciones. Desde México, Valle debía coordinar a todos los colaboradores de esa sección, como “verdaderos directores centrales de todo el material y que a su cuidado quede la uniformidad y preparación”. Ante la posibilidad de omisiones, les encargaba que trataran entre ellos y tomaran decisiones prácticas para prevenir los errores. Les recordó: “Tenemos que conservar la altura de la revista y salir al paso de los defectos técnicos, así como de los materiales de edición”.[62]

Monterde respondió, aclarando que no había sido posible cambiar de imprenta para el siguiente número. Sin embargo, Rubio Mañé habló con Sánchez sobre la conveniencia de acudir a la imprenta de Loera, pero este se opuso, por lo que solo les quedaba la opción de seguir a Cosío Villegas a la imprenta de León Sánchez, “que, aunque de mal gusto, es cuidadosa por lo que se refiere a erratas”. Por último, le comentó que tomaría nota de sus comentarios para mejorar la sección Revistas, coordinada por él.[63] La respuesta de Rubio Mañé fue más expresiva: “No puedes imaginarte cómo deploro los problemas y omisiones que tiene la revista. Noto lo disgustado que debes estar con todo y cree que igual cosa me ha pasado con los obstáculos”. Rubio Mañé le comentó que Sánchez estaba estudiando la posibilidad de comprar matrices y que la imprenta de Murguía se encargara de la publicación de la RHA.[64]

Algunos errores prosiguieron en el número 4, de los cuales informó Monterde en ausencia de Rubio Mañé, pese a que, como señaló, él había corregido bien las pruebas de ese número. Una manera de evitar estos errores, sugería, era que las notas que realizaba Valle pasaran por él antes de ir a imprenta. Eso aumentaría su carga de trabajo, pero se compensaba porque no había podido realizar las notas de revistas que solía hacer con Rubio Mañé porque habían llegado pocos ejemplares a la biblioteca del Instituto. El número 5 se estaba realizando con la imprenta Cultura, por lo que esperaba hubiera menos errores.[65]

Para mediados de 1939, se había agotado en México el papel Offset en la PIPSA. Con un saldo que tenía el imprentero Loera, lograron sacar el número 5, pero entonces necesitaban 28 mil pliegos para el número 6 (que era más voluminoso) y para el índice (el primero, con un tiraje de 1550; y el índice, con uno de 1250).[66] Su precio había subido un 60 por ciento debido al aumento del dólar. Por ello, buscaría encontrar un papel semejante, de menor calidad, pero creían conveniente que Zavala tratara con Sánchez la posibilidad de importar el papel directamente del extranjero, sin depender de PIPSA. El IPGH aceptó comprarlo en Estados Unidos por un año para asegurar la continuidad de la publicación, pidiendo que se le enviara a Sánchez el tamaño exacto en centímetros de los pliegos de papel (quíntuplo) que se habían venido usando y el tamaño de las hojas de la revista, así como el cálculo del número de pliegos que debía comprar para los números 7 al 10 (el último de 1939 y los de 1940). También debían enviarle los cálculos de los forros (papel, color y marca de la fábrica que habían venido usando). Rápidamente, Rubio Mañé le envió las especificaciones a Sánchez mientras aún estaba en Nueva York para que procediera a la compra (con muestras del papel y la cartulina para los forros en el sobre). Sin embargo, el arreglo de Sánchez no fue efectivo porque la fábrica de papel en Nueva York exigía un pago total anticipado. Por ello, lo autorizaron a tratar el pedido con Francisco de la Torre, comisionista que había recomendado Monterde y a quien antes se le había comprado el papel de los números 6 y 7. Le compraron 30 mil hojas para el número 8 y los índices y pidieron 50 mil más para los números 9 y 10.[67]

Amén de este problema con el papel, el equipo editorial tuvo que enfrentar nuevas dificultades con la imprenta, por lo que el número 8 salió con retraso. Rubio Mañé se quejaba porque el material de la RHA se había entregado el 15 de abril y para mediados de junio aún no se había comenzado el tiraje (en el caso del índice, se había entregado el 20 de mayo y recién llevaban veinte galeras y faltaban treinta). Desesperado, le confesó: “No me explico en qué forma es posible hacer que Loera nos cumpla. Acepta todos los trabajos que se le llevan. He discutido con él la cuestión y me dice que no puede dar preferencia a nuestra Revista porque es muy poco lo que gana con ella”. Ante esto, Rubio Mañé opinaba que la única solución para asegurar la periodicidad sería que el Instituto tuviera su propia imprenta.[68] Esta opción seguía sin ser contemplada por el IPGH, que sugirió cambiar de imprenta porque Loera no había querido hacer un contrato, posiblemente porque no quería aceptar las penas que se le aplicarían en caso de retrasos en la publicación.[69]

Pero el cambio no se hizo, por lo que siguieron vigilando con preocupación el retraso del número de abril de 1940. Para generar presión, Rubio Mañé decidió pasar todos los días por ahí, pero hasta el momento, el corrector de pruebas (Cámara) solo había leído hasta la página 80 del número. Expresó categóricamente: “Anda muy mal esa imprenta. Tiene infinidad de trabajos y van cumpliendo conforme les alcanza el tiempo”. Le confesó que se sentía desesperado y preocupado por dar cumplimiento a la periodicidad de la RHA, pero por más esfuerzos que había hecho, no lo había conseguido porque se había tropezado con la “informalidad de la imprenta”. Para remediar este atraso, intentaría que en la imprenta se comenzara a trabajar en el número de agosto apenas saliera el de abril.[70]

Distribución y suscriptores

Zavala tenía conciencia de que la distribución era un tema estratégico: si la revista era leída desde lugares académicamente importantes, se podría interesar a estos investigadores para que enviaran sus contribuciones. Confiaba en que los buenos lectores se convirtieran en buenos autores y viceversa, creando un círculo virtuoso entre un grupo reducido de especialistas. Por el perfil de la publicación estaba claro que no pretendían llegar a la opinión pública, sino a una minoría letrada y especializada. Pero al abrir este panorama a todo el continente, la tarea se convertía en un dilema que enfrentaría numerosas dificultades.

Era necesario vincular a las personas indicadas y asegurarse de que el material llegara en el menor tiempo posible. Es decir, los interesados (académicos e instituciones) debían solicitar recibir la RHA escribiendo a la dirección del IPGH, que los registraba como suscriptores e iniciaba los envíos. En la práctica, ninguna de las dos metas fueron fáciles de implementar. Para crear una lista de suscriptores, fue necesario el envío de numerosas cartas que mandaron los miembros del equipo editorial a sus contactos. No todos respondieron, y los que lo hicieron agradecían ser lectores, pero muchos decidían no participar como autores por sus múltiples ocupaciones.[71]

Entonces, Zavala cambió de estrategia: decidió crear una red nombrando responsables en cada país. Por ello fue tan importante definir quiénes eran miembros del Consejo Directivo, grupo que analizaremos en el siguiente capítulo. Se concentró en buscar colegas que de preferencia tuvieran algún vínculo con el IPGH, pero no necesariamente. Otro criterio fue el prestigio, pero, como veremos, tampoco fueron todos los intelectuales de primera línea los que aceptaron. Por esto, lo que primó en la elección era la referencia a su meticuloso trabajo como historiadores y su gran capacidad de responder de manera rápida a las necesidades de la publicación.

Como aclaraba en la carta de invitación, una de sus tareas fundamentales debía ser la de servir de nexo entre la publicación y el mundo académico de su país, enviando textos, libros, revistas (suyos o de otros colegas) y difundiendo la publicación, estableciendo canjes, etc. Esto significó que el éxito del plan dependiera de pocas personas, que se convertirían en buenos mediadores de una red intelectual y editorial. Así, los miembros del Consejo Directivo (o los del equipo editorial que tuvieron el mismo papel en este aspecto) debían sugerir nombres de colegas e instituciones (con las respectivas direcciones). A veces, ellos mismos establecían el contacto y le notificaban a Zavala; otras, le pedían a él que lo hiciera. Una vez aprobado por el director, se registraban los datos en fichas personales que eran resguardadas en un fichero ordenado alfabéticamente. Aunque existen numerosas referencias al fichero que se conformó, este no quedó resguardado en el Fondo Silvio Zavala, por lo que solo a través del contenido de las cartas podemos detectar algunas de las personas que integraron estas listas.

Esta tarea podía ser lenta, y el tiempo en una publicación periódica apremia. Por lo tanto, durante los primeros años corrieron de manera paralela la búsqueda de suscriptores y la conformación de un Consejo Directivo en el que estuviera al menos un representante por cada país. Para hacer más sencillo el trabajo de estos mediadores, se redactó una nota oficial en la que se definía el perfil de la revista, su financiamiento a través del Instituto y sus secciones: artículos de investigación, artículos de documentos, notas bibliográficas y de revistas, reseñas. En la nota se aclaraba que los colaboradores eran elegidos mediante expertos. Mencionaban la periodicidad, por lo que, de estar interesados en participar, debían enviar sus colaboraciones un mes antes de los meses de aparición (abril, agosto y diciembre). Las reseñas y notas debían ajustarse en fondo y forma a lo que se estaba realizando en la revista. Se aclaraba que por contribución (indistintamente de si eran artículos, notas, reseñas) se les pagaba a los autores 3 pesos mexicanos la página (tamaño carta, doble espacio, escrita a máquina). En caso de colaboraciones para la sección Noticias, se debían tomar en cuenta que debía ser información actual (de no más de algunos meses inmediatamente anteriores o del mismo año). Solo las reseñas harían una crítica a los libros que valieran la pena. Las descripciones y juicios breves se dejarían para las notas. En el caso de artículos reseñados, se debían indicar las páginas. Terminaba la carta diciendo: “Confiando en que su esfuerzo, unido al de los bibliógrafos de otros países auxiliará a los lectores interesados en el trabajo histórico”.[72]

Como veremos en los siguientes capítulos, esta fue una preocupación constante a la cual se abocaron los miembros del equipo editorial y del Consejo Directivo. Sin embargo, como notaremos también, esta estrategia funcionó solo con algunos miembros que se convirtieron en nodos centrales de la red, puesto que no todos contribuyeron en este sentido con la misma intensidad. Lo que fue una constante es que no consistió en una medida aislada, sino que se aprovechaban intereses académicos personales para contactarse con personas o instituciones para suscribirlas o establecer algún tipo de canje.[73]

Lewis Hanke elaboró su propia nota en inglés para enviar a todos los posibles suscriptores/colaboradores en Estados Unidos. Su nota presentaba algunas interpretaciones propias para hacer más atractivo al público de historiadores de su país: a la publicación, como una devota de la historia de las Américas; al Instituto, como una “organización interamericana con representantes en los países de América Latina tan bien como en los Estados Unidos”. Aclaraba que la sede de la publicación estaba en la Ciudad de México y que el director era el “bien conocido historiador mexicano Silvio Zavala”. Él se presentaba como miembro del Consejo Directivo, por tanto, responsable de “proporcionar información bibliográfica sobre los libros publicados en este país de interés para las 1500 personas e instituciones de los Estados Unidos y de América Latina que reciben la Revista”.[74]

Con esta nota, Hanke esperaba generar interés en colegas para encontrar suscriptores, colaboradores, canje y, sobre todo, autores o editoriales que enviaran libros para la sección Bibliografía, que era una de sus grandes preocupaciones. Varios respondieron al llamado, y Hanke enviaba nombres y direcciones de estadounidenses para la lista de suscriptores.[75] Además, le interesaba que la lista de suscriptores de la RHA fuera lo más completa y representativa posible, sobre todo de los países latinoamericanos, porque, como le expresó a Zavala, le interesaba que se les pudiera enviar a estos una descripción del Handbook que él editaba para captar posibles compradores.[76]

Sin embargo, la respuesta de Estados Unidos no fue la esperada. El único país con el que funcionó bien esta estrategia desde 1938 fue con la Argentina, gracias al impulso personal de José Torre Revello, quien fungió como un mediador indispensable (amén de las numerosas contribuciones que realizó publicando en la RHA). Por ello, no es extraño que Zavala lo tomara como modelo en más de una ocasión, afirmando: “Hombres así necesitaríamos en más países, pero es difícil que aparezcan desde el principio. Necesitamos contar con más larga vida de la revista y expansión de su conocimiento para que se perfeccione”. Era consciente de lo difícil de esta tarea: él personalmente había invitado a muchos colegas en México, pero ninguno le había enviado sus trabajos. Su preocupación, empero, no estaba en la contribución de México (o los mexicanos), sino de los demás países, porque la publicación debía responder a los propósitos panamericanos del Instituto.[77]

A esta problemática se le sumó otra. Aunque la convocatoria era aparentemente irrestricta, el Instituto avisó al año de haber iniciado que no podría enviar tantas revistas por correo porque el costo era muy elevado.[78] Además, una vez enviada, la distribución postal de correos mexicanos era lenta, por lo que el material siempre llegaba tarde. Para subsanar esto, acordaron hacer las tarjetas pidiendo a los suscriptores que mandaran acuse de recibido.[79] Por si fuera poco, a medida que se publicaban números de la RHA y se mantenía la publicación del BBAA, se hacía lento el que la misma persona encargada del IPGH (la señora Córdova) enviara al mismo tiempo los números de ambas publicaciones a todos los suscriptores. Esta situación molestaba a los miembros del equipo editorial, quienes veían como una contradicción el empeño que ponían para que los números salieran a tiempo y la imposibilidad de que fueran enviados con prontitud porque “no es posible pedirles más a los empleados del Instituto”.[80]

Para 1943, comenzaron a restringir la incorporación de nuevos suscriptores debido a que, por falta de presupuesto, se achicaba el tiraje. Solo se realizaron algunas nuevas suscripciones cuando alguien del equipo editorial lo pedía, enfatizando la importancia estratégica de incluir a esas personas.[81] Esta situación empeoró, por lo que para 1948 el comité ejecutivo de IPGH decidió que solo redistribuiría de manera gratuita a los colaboradores y en canje con las instituciones científicas. Para ser considerado colaborador, debía pertenecer a alguno de los organismos que integraban la Comisión de Historia y los demás eran quienes remitirían al menos un trabajo para cualquiera de las secciones de la revista. El pago por ello era de 1 dólar la página original a máquina a doble espacio y en papel tamaño carta o cuartilla holandesa.[82]

Pago, publicidades y canje

Una vez que el artículo era publicado, se le pagaba a cada autor a razón de 3 pesos mexicanos la página. Cuando se trataba de autores que se encontraban fuera del país, este monto se convertía en dólares y se giraba. Se intentaba hacer los pagos puntualmente, ya que, destacaba Zavala: “Es uno de los puntos de crédito y honor de nuestra revista”.[83] Otra manera de retribuir a los autores era enviándoles un número de sobretiro de sus artículos. Por lo general eran 25, pero en ocasiones se permitían más si financieramente era posible; cuando no era así y el autor insistía en que quería más, una solución ofrecida era la de que se descontaba del pago que debían realizarle lo correspondiente al papel y al tiro. Otra de las atenciones que se tenía era que cuando los autores enviaban documentos para ser publicados, debían devolverse las copias correspondientes por tratarse de un material documental inédito.[84]

Considerando que la mayor parte de los colaboradores se encontraba fuera de México, el pago supuso un problema para el IPGH. En primera instancia porque debía convertir a dólar el monto y realizar un giro bancario (del National City Bank de Nueva York, el cual tenía sede en las principales capitales del continente) en esa moneda a nombre de los colaboradores.[85] Además, tuvo que hacer excepciones para garantizar la participación de países donde era difícil conseguir colaboradores. Como veremos en el siguiente capítulo, Zavala y Hanke crearon una serie de estrategias para asegurarse de que se les pagara a dos bibliógrafos estadounidenses por realizar las notas bibliográficas de los libros publicados sobre su historia en aquel país (los libros publicados en Estados Unidos que trataran sobre Hispanoamérica se enviarían a México y serían reseñados por el equipo editorial de la revista). A ellos se les tendría que pagar más de lo habitual porque en aquel país los precios del trabajo profesional eran más altos. Por esto, proponía pagarle a razón de 15 dólares a cada uno por todas las notas que enviaran por número. Como en aquel entonces se publicaban tres números por año, esto sumaba 90 dólares.[86] Además, los colaboradores recibían un número completo de la RHA y 25 ejemplares de sobretiro de su colaboración (aunque en ocasiones, por ser personas especiales, se les imprimía más, como fue el caso de Altamira, Torre Revello y Ricardo Levene) o para aquellos que hacían una solicitud especial.

La RHA no estaba a la venta, por lo que el único aporte esporádico que se tenía provenía de los anuncios publicitarios, los cuales fueron pocos y de casas editoriales o librerías. En los primeros dos números (marzo y junio de 1938) solo se colocaba la publicidad de la otra revista que tenía en IPGH, el BBAA, dirigida por Alfonso Caso. En los dos siguientes se agregaron algunos: la Biblioteca Histórica Mexicana de Obras Inéditas (fundada por Genaro Estrada y dirigida por Silvio Zavala), así como libros de la Antigua Librería Robredo y José Porrúa e hijos. El acuerdo con estas librerías no era regular, por lo que en el número siguiente desaparecía para quedarse solo con el del BBAA.[87]

En los números 7 y 8 (de diciembre de 1939 y abril de 1940) vuelven a aparecer publicidades de libros, tanto de Porrúa como de Robredo, a lo cual se le agrega una única aparición de las obras de historia publicadas por Editorial Polis. Aparece por primera vez la publicidad del Handbook of Latin American Studies, editado primero por Lewis Hanke y posteriormente por Miron Burgin. Esta publicidad se mantuvo constante hasta el fin del período, lo cual se explica por la cercanía entre Zavala y Hanke.[88] Los números 10 y 11 (de diciembre de 1940 y abril de 1941) redujeron las publicidades y se quedaron solo con la del BBAA, el Handbook, las publicaciones del IPGH y la Revista Chilena de Historia y Geografía.

A partir del número 12 (de agosto de 1941) se incorporó la publicidad de El Trimestre Económico, publicación del FCE, posteriormente la del Anuario de Historia Historia Argentina. Órgano de la Sociedad de historia argentina, cuyo director era Abel Cháneton, y las Memorias de la Academia Mexicana de la Historia. En el número 26 (de julio-diciembre de 1948) se sumaron a las ya mencionadas la Nueva Revista de Filología Hispánica, dirigida por Amado Alonso como publicación trimestral de El Colegio de México, Cuadernos Americanos, dirigida por Jesús Silva Herzog, y la publicidad de las obras completas del maestro Justo Sierra, editadas por la Librería Universitaria.

Otra manera de ampliar la distribución sin tener que invertir demasiado fue a través del canje con otras revistas. Para establecer estos contactos, también fueron fundamentales algunos miembros del Consejo Directivo, como fue el caso de Lewis Hanke, quien se ocupó de contactar a revistas destacadas de su país (y de Canadá): Journal of History of Ideas, Hispanic American Historical Review, American Historical Review, Lousiana Historical Quartely, Mississippi Valley Historical Review y Canadian Historical Review.[89] Zavala escribió en algunos casos que le eran de interés, como fue el caso de la Revista de Filología, que publicaba en Buenos Aires Amado Alonso, y la Revista Hispánica Moderna, que dirigía Tomás Navarro.[90] Los propios suscriptores también le enviaban sugerencias a Zavala para agregar personas de interés y sugerir canje.[91] Más que publicitar las respectivas publicaciones a través de la creación de notas, el canje permitía también entrar en contacto con colegas de otras latitudes para suscribirlos a la revista y así posiblemente interesarlos en participar como autores.[92]

El canje se estableció con pocas revistas de México,[93] varias de Estados Unidos y pocas de Europa, pero es evidente que la selección buscaba vincular a la RHA con otras que tenían prestigio. Entre estas, empero, cabe destacar el canje que se estableció con la revista francesa Annales[94] y con la española Revista de Indias. La situación era compleja con España, debido a que no tuvo relaciones diplomáticas con México los primeros años del franquismo, por lo que se tuvo que echar mano de las redes personales. Para resolver la situación, Zavala le escribió a su amigo Santiago Magariños en Madrid y le comentó que la Revista de Indias había comenzado a llegar al Instituto, pero les faltaba el primer número (tenían el 2 y el 3). Le comentó el interés en hacer notas sobre esta. También estaban interesados en libros, pero comprendía que las editoriales no quisieran enviarlos gratuitamente. Por ello, Zavala le ofreció lo mismo que a Peña en Sevilla: ellos mandarían sus revistas y publicaciones al Instituto para ser comentadas en la sección correspondiente. Tratarían de enviarles libros publicados en México por un valor equivalente y, al recibirlas, ellos se comprometían a hacer notas bibliográficas de estos libros.[95]

Pese al interés establecido en el canje, las revistas no siempre llegaban o lo hacían a destiempo, por lo que fue muy difícil darle continuidad a esta sección.[96] Otro problema fue que no siempre se contaba con ejemplares de la RHA para enviar en canje. A veces, el tiraje era el indispensable y solo quedaban 50 ejemplares, que eran destinados a la biblioteca del Instituto.[97] De hecho, como veremos más adelante, la sección Revistas solo duró los primeros dos años y posteriormente se unificó con la de Bibliografía.


  1. Granados menciona algunos aspectos importantes de ciertos autores que han aportado al debate sobre la materialidad entre los estudiosos de la historia del libro. Entre ellos, el principal es Chartier, desde la historia de la cultura, pero también McKenzie, desde la sociología de los textos. Aimer Granados y Sebastián Rivera Mir, eds. y coords., Prácticas editoriales y cultura impresa entre los intelectuales latinoamericanos en el siglo XX (México: El Colegio Mexiquense y UAM, 2018), 160-163.
  2. Quienes hacían la RHA procuraron mantener los contenidos y la materialidad de la revista en un alto estándar, al igual que la composición y la maquetación.
  3. Sobre Hispanic American Historical Review y el panorama de revistas dedicadas a América hispana en Estados Unidos, ver Helen Delpar, Looking South: The Evolution of Latin Americanist Scholarship in the United States, 1850-1975 (Tuscaloosa, Alabama: The University of Alabama Press, 2008), 50-51, 133.
  4. En México existió la Revista Mexicana de Estudios Históricos (1927-1928), la cual se transformó en la Revista Mexicana de Estudios Antropológicos en 1937. Jesús Iván Mora Muro, “Silvio Zavala y la institucionalización/profesionalización de la historia en México, 1933-1950,” Revista de Historia de América, no. 155 (julio-diciembre de 2018): 70. También en 1930 apareció el Boletín del Archivo General de la Nación. Después de que apareció la RHA se fundaron Divulgación Histórica (1939), la revista Filosofía y Letras y Cuadernos Americanos (1941). Por su parte, en España, la Revista de Indias se fundó recién en 1940.
  5. Delpar, Looking South…, 133.
  6. Lewis Hanke e Isabel Vericat, “Experiencias con Silvio Zavala, 1933-1939: algunos recuerdos al azar,” Historia Mexicana XXXVIII, no. 4 (1989): 603. Hanke estaba de visita en la Ciudad de México cuando iba de camino a Guatemala. El Consejo de Investigación en Ciencias Sociales (EE. UU.) le otorgó una beca posdoctoral que le permitió viajar durante varios meses entre 1937 y 1938 a México, Centroamérica y Brasil. En Guatemala estudió con el antropólogo Robert Redfield. Poco después, junto a Preston James, un especialista en geografía humana, viajó a Brasil, donde pudo hacer una travesía por el Amazonas y quedarse en una plantación, así como encontrarse con varios intelectuales, como Gilberto Freyre. David Bushner y Lyle N. Mcalister, “An Interview with Lewis Hanke,” Hispanic American Historical Review 68, no. 4 (1988): 665.
  7. Bushner y Mcalister, “An Interview with Lewis Hanke”, 665.
  8. Consuelo Naranjo y Salvador Bernabéu, “La revista Tierra Firme: una propuesta de diálogo entre España y América,” en Las revistas en la historia intelectual de América Latina: redes, política, sociedad y cultura, editado por Aimer Granados (México: UAM y Juan Pablos Editor, 2012), 255-260.
  9. El primero fue un modelo educativo y político que se desarrolló durante casi medio siglo en España (1876-1936). De inspiración krausista, impulsó la renovación educativa libre de dogma religioso o político, estableciéndose como una institución privada y laica de enseñanza (que llegó a abarcar todos los niveles). Grandes intelectuales apoyaron este proyecto para renovar la cultura. Siguiendo el programa del Instituto, se creó en 1910 el Centro de Estudios Históricos, bajo la dirección de Ramón Menéndez Pidal. El Centro se proponía: investigar fuentes documentales (preparando ediciones críticas de documentos inéditos); organizar misiones científicas para fundar el conocimiento histórico; formar a un pequeño grupo de alumnos en los métodos de investigación; formar una biblioteca para los estudios históricos y establecer relaciones de intercambio con otros centros en el extranjero. Se subdividió en 10 secciones, de las cuales, la que merece la pena contar aquí por su influencia en la RHA, es la dedicada a estudiar los orígenes de la lengua española, en la cual se destacó la Revista de Filología Hispánica.
  10. Guillermo Zermeño, “La historiografía en México: un balance (1940-2010),” Historia Mexicana LXII, no. 4 (2013): 1698-1699, 1701, 1704-1705.
  11. Carmen de Mora, “El impulso renovador del americanismo durante la Segunda República: temas coloniales en la revista Tierra Firme,” Revista Chilena de Literatura, no. 85 (noviembre de 2013): 10-11.
  12. Bajo la batuta de Américo Castro se juntó un pequeño grupo de redacción conformada por jóvenes estudiantes: Silvio Zavala, Ángel Rosenblat, Rodolfo Barón Castro, Ramón Iglesia y Raquel Lestreiro. En la revista, Zavala publicó 14 artículos en un breve período de dos años.
    Salvador Bernabéu Albert y Consuelo Naranjo Ovodio, “Historia contra la ‘desmemoria’ y el olvido: el americanismo en el Centro de Estudios Históricos y la creación de la revista Tierra Firme (1935-1937),” en Tierra Firme. Revista de la Sección Hispanoamericana del Centro de Estudios Históricos. Estudio Introductorio e índice, 9-165 (Madrid: Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, Consejo Superior de Investigaciones Científicas y Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 2008), 98, 164-165. Consuelo Naranjo y Salvador Bernabéu, “La revista Tierra Firme: una propuesta de diálogo entre España y América,” en Las revistas en la historia intelectual de América Latina: redes, política, sociedad y cultura, editado por Aimer Granados (México: UAM, Juan Pablos Editor, 2012), 262.
  13. Antonio Saborit, “Silvio Zavala: en su homenaje,” Historia Mexicana LXIII, no. 3, (2014): 1423.
  14. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Ángel Rosenblat a Silvio Zavala, 25 de mayo de 1939.
  15. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 9, fol. 6797, carta de Baltazar Isaza Calderón a Silvio Zavala, 28 de octubre de 1939.
  16. Los autores están de acuerdo en que la década de 1940 fue esencial para la profesionalización de la historia en México, aunque no todos comparten el peso que tuvieron algunas instituciones en este proceso ni el exilio español. Para Mora, la profesionalización es el proceso “en el cual los especialistas o expertos de un saber son reconocidos socialmente por sus capacidades y conocimientos que son validados por instituciones oficiales que otorgan un título universitario”. Mora, “Silvio Zavala y la institucionalización…”, 62. Para Zermeño, puede haber institucionalización sin profesionalización, pero no a la inversa, porque esta última requiere “el disciplinamiento y formación de futuros profesionales”. Zermeño, “La historiografía en México…”, 1696.
  17. Zermeño, “La historiografía en México…”, 1695-1697. Para Abraham Moctezuma Franco, la profesionalización de la historia está dada en México cuando se “crean instituciones dedicadas expresamente para formar historiadores”. Abraham Moctezuma Franco, “El camino de la historia hacia su institucionalización,” Historia y Grafía, no. 25 (2005): 45-7847. Para Pinal Rodríguez, la profesionalización obedeció al desarrollo de la historiografía mexicana en el siglo XIX y a la institucionalización de la revolución y, en una segunda instancia, al exilio español. Por ello, afirma que en 1938 se oficializó la historia como profesión, no se institucionalizó, porque este proceso ya venía de antes. Karla Alejandra Pinal Rodríguez, Vivir para historiar, historiar para vivir. La profesionalización de la historiografía en México, una propuesta revisionista, 1850-1950 (Guadalajara: Universidad de Guadalajara, 2016), 178-179, 196.
  18. Luis González y González, “Historia de la Historia,” Historia Mexicana XV, no. 2 y 3 (1965-1966): 197-199.
    Luis González y González, “La pasión del nido,” Historia Mexicana XXV, no. 4 (abril 1976): 531.
  19. La autora menciona cómo Zavala tuvo que convencer a Reyes para crear un centro de investigación para formar profesionales. Insiste en que El Colegio de México debe ser visto como una coincidencia de voluntad política e intelectual porque gozó tanto del apoyo del Gobierno como de un grupo intelectual que contaba con reconocimiento. Además, historiográficamente, significó la institucionalización de la escuela de Altamira. Pinal Rodríguez, Vivir para historiar, historiar para vivir, 193, 195, 197-199, 210.
  20. Juan Comas, “El Boletín Bibliográfico de Antropología Americana en su X aniversario,” Boletín bibliográfico de Antropología Americana 10 (enero-diciembre 1947): 89-90.
  21. Alberto Enríquez Perea, (comp., Fronteras conquistadas. Correspondencia Alfonso Reyes/Silvio Zavala 1937-1958 (México: El Colegio de México, 1998), 66-67.
  22. HN-FHV, fólder IPGH, fol. 10-11, carta de Pedro Sánchez y Octavio Bustamante a Rafael Heliodoro Valle, 9 de noviembre de 1937.
  23. “Propósitos,” Revista de Historia de América, no. 1 (marzo de 1938): VI.
  24. “Propósitos,” Revista de Historia de América, no. 1 (marzo de 1938): V y VI.
  25. Erika Pani, “Silvio Zavala y la historia de América. Un juego de escalas,” Revista de Historia de América, no. 155 (julio-diciembre de 2018): 178-179. Zavala conocía el trabajo de Bolton. El IPGH había publicado en 1937 este discurso bajo el título “La epopeya de la máxima América”. Ver lista de publicaciones, Héctor Pena, El IPGH. Una historia de 90 años (México: Instituto Panamericano de Geografía e Historia, 2018), 149. Zavala le envió este impreso a Altamira porque sabía que le interesaría. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1. exp. 12. fol. 6800, carta de Silvio Zavala a Rafael Altamira, 6 de junio de 1938.
  26. Esta expresión está en el prólogo que escribió Miguel León Portilla, pero coincide con las apreciaciones que hace Zavala en el capítulo titulado “El americanismo de Altamira”. El otro discípulo de Altamira que participó en el libro fue Javier Malagón, quien se dedico a ahondar en las características del maestro como profesor, sus preocupaciones por la enseñanza de la historia, su interés en incorporar a la historia de España el tema de América al tratar la época moderna y la búsqueda por incluir en la historia otros temas que no fueran exclusivamente la historia política y militar. Sobre la metodología de la historia apuntó como Altamira, trató de inculcarles a sus discípulos no solo conocimiento, sino también técnica en la interpretación documental. Esta labor docente fue explicada tanto para sus años en España como durante sus últimos de vida en México. Javier Malagón y Silvio Zavala, Rafael Altamira y Crevea, el historiador y el hombre (México: UNAM, 1971), 9, 17-30, 35-38,
  27. Beatriz Sarlo, “Intelectuales y revistas. razones de una práctica,” América: Cahiers du CRICCAL, Le discours culturel dans les revues latino-américaines, 1940-1970, no. 9-10 (1992): 10.
  28. Nadia Lie, Transición y transacción. La revista cubana Casa de las Américas (1960-1976) (Leuven, Belgium: Hispanoamerica/Leuven University Press, 1996), 41-42.
  29. Lie, Transición y transacción, 26.
  30. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, fol. 6801, carta de Silvio Zavala a Jorge I. Rubio Mañé, 14 de noviembre de 1938.
  31. Por ejemplo, le recordó a Rubio Mañé que debía incluir en la lista de los miembros del Consejo Directivo al estadounidense Lewis Hanke, el cual debía ir entre los nombres de Ecuador y Honduras. Sobre las notas aclaratorias, señaló que debían agregarse una sobre el artículo de Lanning, publicado en el número 2, y otra sobre una colaboración de Torre Revello. Ambas debían ir después de la sección artículos de una forma en la que, sin perder toda la hoja, se viera claramente (le pidió que le solicitara ayuda a Monterde, quien tenía “gusto tipográfico”). Sobre estas enmiendas, Rubio Mañé aclaró que pudo hacer la de Torre Revello, pero no la de Lanning, porque no hallaron la nota en la imprenta La Mundial, por lo que le pidió a Zavala que le indicara cómo realizar esa enmienda. Este tipo de errores le molestaban a Zavala, por lo que le aclaró que si el corrector Quintana no cumplía, le pidiera a Monterde que lo sustituyera. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 26801, carta de Silvio Zavala a Jorge I. Rubio Mañé, 14 de noviembre de 1938.
  32. Esta propuesta surgió cuando Rubio Mañé se quejó de que enviarle a Rafael Altamira las pruebas por servicio aéreo a la ciudad de Bayona, en Francia, era muy caro. Además, era casi imposible que el material estuviera de vuelta antes de la fecha en que se requería. BNHM, AZ, serie IPGH, caja 1, exp. 1, fol. 8676, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 7 de diciembre de 1938.
  33. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 2680, carta de Silvio Zavala a Jorge I. Rubio Mañé, 14 de noviembre de 1938.
  34. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. Silvio Zavala 26801, carta de Silvio Zavala a Jorge I. Rubio Mañé, 11 de enero de 1939; carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 7 de junio de 1939.
  35. HN-FHV, serie Silvio Zavala, carta de Silvio Zavala a Rafael Heliodoro Valle, 12 de abril de 1938. Por otra correspondencia sabemos que, en junio, el segundo número se encontraba en prensa. Zavala aprovechó la ocasión para solicitarle a Valle sus comentarios sobre el primer número, así como una lista de publicaciones periódicas de Honduras con las que se pudiera establecer canje y de las instituciones e investigadores que deberían recibirla. HN-FHV, fólder Silvio Zavala, carta de Rafael Heliodoro Valle a Silvio Zavala, junio de 1938; carta de Silvio Zavala a Rafael Heliodoro Valle, 2 de junio de 1938. A fines de junio de 1938, Zavala le solicitó con urgencia a Valle la lista de artículos que le había enviado Torre Revello. También debía pasar por la imprenta La Mundial a retirar las galeras para realizar la corrección de las pruebas de imprenta. Si él no podía hacerlo rápidamente, le advertía Zavala, las corregiría otra persona para no demorar la aparición del segundo número de la revista. La solicitud no fue atendida, por lo que el número, un mes después, seguía en imprenta esperando la revisión final de las pruebas de la sección bibliográfica. Ya había realizado una primera revisión un asistente, pero era indispensable que Valle supervisara la sección bibliográfica. HN-FHV, fólder Silvio Zavala, carta de Silvio Zavala a Rafael Heliodoro Valle, 22 de junio de 1938; carta de Silvio Zavala a Rafael Heliodoro Valle, 21 de julio de 1938.
  36. BNHA, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, fol. 6797, carta de Silvio Zavala a Lewis Hanke, 16 de diciembre de 1938.
  37. BNHM, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 1, fol. 8676, carta de Pedro Sánchez a Silvio Zavala, 29 de marzo de 1939; carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 3 de abril de 1939.
  38. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 3, fol. 1876, carta de Pedro Sánchez a Silvio Zavala, 8 de diciembre de 1941.
  39. Propuso, en cambio, que el IPGH lanzara tres estrategias simultáneamente: reunir el material, proteger la “investigación histórica seria” y definir metas para escribir grandes obras colectivas “animadas de un espíritu científico y basadas sobre documentación de primera mano que vengan a ser una expresión moderna de la conciencia histórica americana. Estas obras no podrían ser perfectas ni acabadas, si es que puede hablarse en tales términos en el campo histórico; pero sustituirían con ventaja a lo que hoy existe; acercaría nuestra historia escrita a la conciencia que se ha ido formando en los últimos tiempos entre los técnicos y profanos de la materia; y representaría los resultados de una colaboración de los historiadores importantes de cada país. Además, a base de ellas, podrían escribirse textos y manuales para popularizar esta visión más correcta de la historia del Continente”. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 5, fol. 1878, carta de Rafael Heliodoro Valle a Silvio Zavala, 15 de julio de 1945.
  40. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 3, fol. 1876, carta de Pedro Sánchez a Jorge I. Rubio Mañé, 23 de julio de 1945.
  41. Las otras funciones planteadas eran: planear y ejecutar todos aquellos trabajos históricos; contribuir a la preservación de las ruinas arqueológicas y monumentos; fomentar la organización de los museos históricos; ayudar a la conservación, arreglo y conocimiento de los archivos históricos; contribuir al estudio y divulgación de los objetos y documentos relativos a la historia del continente que se encuentran en otras partes del mundo; patrocinar publicaciones relacionadas con la Historia de América; promover el acercamiento de instituciones e investigadores, concediendo becas, facilitando exploraciones y trabajos de campo, organizando y/o tomando parte en congresos y otras reuniones, patrocinar trabajos que requieran la participación de varios países americanos: preparar una Historia de América, la cual deberá “sintetizar las investigaciones hechas hasta ahora y dar expresión a los ideales que guían a los pueblos del continente”; contribuir a la revisión de programas y textos de Historia de América, a fin de “fomentar, dentro del respeto a la verdad histórica, la amistad, el conocimiento mutuo y la cooperación entre los pueblos del hemisferio”; formar un directorio de instituciones y personas que se dediquen a los estudios. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 7, fol., 1880, Antecedentes en relación con los trabajos históricos y antropológicos del IPGH. s.a. s.f. y Proyecto para la creación de la Comisión de Historia, que el Comité Ejecutivo del IPGH presenta a la IV Asamblea reunida en Caracas, s.f, s.a.
  42. Al explicar las funciones de Sánchez en este nuevo cargo, se planeaba que actuaría como consejero, tanto de la Junta Directiva como del Comité Ejecutivo, con voz, pero sin voto. Además, ayudaría a la Secretaría General con sede en la Ciudad de México, para colaborar en la coordinación de las actividades. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 2, exp. 10, carta de Robert Randall a Eduardo Zubía, 1 de octubre de 1946.
  43. En México, el secretario de Educación Pública se mostró complacido de ese nombramiento, al igual que el presidente de la Unión Panamericana, Leo S. Rowe. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 4, fol. 1877, carta de José Torres Bodet a Pedro Sánchez, 16 de noviembre de 1946; caja 2, exp. 10, carta de Leo S. Rowe a Robert Randall, 10 de octubre de 1946.
  44. BNAH, ASZ, Serie IPGH, caja 2, exp. 4, carta de Juan Comas a Silvio Zavala, 10 de septiembre de 1946; carta de Silvio Zavala a Juan Comas, 19 de octubre de 1946; carta de Silvio Zavala a Juan Comas, 22 de octubre de 1946.
  45. Sobre el Boletín, Zavala aclaraba que, en gastos de imprenta, por un volumen de 288 páginas sería de aproximadamente seis mil pesos mexicanos (a la imprenta entre papel y mano de obra), a lo que se le sumaba el pago de tres pesos mexicanos por página a autores y lo correspondiente a la corrección de pruebas, así como el pago al director y a la secretaria. En total esto sumaba poco más de ocho mil pesos mexicanos. Le recordaba a Sánchez que el compromiso adquirido por el IPGH era que ese tomo debía aparecer antes de fines de 1946, entre otras cosas, porque el retraso hacía que los autores no cobraran. Por ello, era urgente solucionar esta situación y le mencionaba que la imprenta necesitaba al menos dos meses como mínimo para editar una vez entregados los originales. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 4, fol., 1877, carta de Silvio Zavala a Pedro Sánchez, 24 de octubre de 1946.
  46. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 2, exp. 10, carta de Pedro Sánchez a Robert H. Randall, 28 de octubre de 1946.
  47. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 2, exp. 10, carta de Silvio Zavala a Pedro Sánchez, 13 de noviembre de 1946.
  48. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 2, exp. 10, carta de Robert H. Randall a Pedro Sánchez, 19 de noviembre de 1946.
  49. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 2, exp. 10, carta de Silvio Zavala a Robert H. Randall, 19 de noviembre de 1946.
  50. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 2, exp. 10, carta de Robert H. Randall a Silvio Zavala, 16 de diciembre de 1946. La Cuarta Asamblea General resolvió aceptar la oferta del Gobierno mexicano de patrocinar a la nueva Comisión durante su período inicial a través del Instituto Nacional de Antropología e Historia.
  51. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 2, exp. 10, carta de Silvio Zavala a Pedro Sánchez, 15 de mayo de 1947.
  52. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 2, exp. 12, carta de Silvio Zavala a Robert H. Randall, 9 de abril de 1948. Según los reportes que entregaba la Comisión de Historia, el número 24 (julio-diciembre de 1947) se terminó de imprimir en marzo de 1948. El siguiente, correspondiente a enero-junio de 1948, seguía en impresión para mayo de ese año. El número 26 (julio-diciembre de 1948) se repartió en enero de 1949, cuando se entregó el material del siguiente número a imprenta.
  53. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 1, fol. 8676, nota s.f.
  54. BNAM, ASZ, Serie IPGH, caja 1, exp. 1, fol. 8676.
  55. El Gobierno de Cárdenas dispuso de tres elementos reguladores para, sin violar la libertad de expresión, ejercer control sobre las críticas exacerbadas: PIPSA (Productora e Importadora de Papel), DAPP (Departamento Autónomo de Prensa y Publicidad) y la alianza con el movimiento obrero. La primera fue creada por solicitud de los periódicos por un decreto presidencial en septiembre de 1935 para garantizar el suministro a precios bajos para los editores. Presidía esta empresa paraestatal el secretario de Gobernación, y quedaban las acciones divididas: el 51% para el Gobierno y el 49% para los editores. La empresa no obtenía ganancias de la importación, fabricación y almacenamiento del papel. Su función era de apoyo para los editores, a quienes les garantizaba el acceso al papel. Al Gobierno le permitía “ejercer un control sutil sobre los medios informativos sin caer en la censura”. Por su parte, el DAPP se creó por decreto también en diciembre de 1936 para ser un órgano de expresión del Poder Ejecutivo. Mediante boletines oficiales, compraba espacios en los periódicos “afines” al Gobierno, con lo cual subsidiaba de alguna forma estos medios y, al mismo tiempo, los controlaba. Silvia González Marín, Prensa y poder político. la elección presidencial de 1940 en la prensa mexicana (México: Siglo XXI, UNAM, 2006), 106.
  56. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Silvio Zavala a Jorge I. Rubio Mañé, 14 de noviembre de 1938; carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 19 de noviembre de 1938; exp. 1, fol. 8676, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 7 de diciembre de 1938.
  57. No se menciona en la correspondencia si se trata de Agustín o Rafael, hermanos que se dedicaban a la industria editorial. Ver Ángela Regina Núñez Alonso, “La industria editorial privada en la primera mitad del siglo XX,” Asociación Mexicana de Archivos y Bibliotecas Privados, 2019, s.p.
  58. Mientras Zavala estuvo en su estancia le buscó, por ejemplo, en la biblioteca de Austin La Floresta Americana, libro sobre el cual solo sabían, según Gómez de Orozco, que había sido adquirido con posterioridad a la compra del fondo García y antes del de Icazbalceta. Si él no lo lograba, dice, le escribiría a Castañeda como le había aconsejado Zavala. Aprovecha también para transmitirle otra inquietud de un colega, Gerónimo Baqueiro Foster, quien le había preguntado si en los papeles de Troncoso existía algo sobre música mexicana. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 16, fol. 6804, carta de Francisco Monterde a Silvio Zavala, 19 de noviembre de 1938.
  59. En una carta posterior, ante la persistencia de los problemas con la imprenta, Rubio Mañé le comenta que no entiende por qué Cosío Villegas pasaba sus tipos a la Imprenta Universitaria, donde está Monterde, “quien nos ayudaría mucho y más de cerca”. Pero al parecer el director del Fondo no quería, por lo que seguiría esperando a ver si cambiaba de opinión. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 1, fol. 8676, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 7 de diciembre de 1938, 1 de enero de 1939 y 12 de enero de 1939.
  60. BNHM, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 1, fol. 8676, “Observaciones relativas al número 3 de la Revista”, Silvio Zavala, s.f.
  61. Se queja de un artículo de su autoría titulado “Los trabajadores antillanos en el siglo XVI” publicado en los números 2 y 3, el cual quedó “mutilado” al perderse páginas completas y sus respectivas notas entre la 171 y la 196. La fe de erratas apareció en el número 4. En ella se explica que el número anterior había tenido una serie de dificultades debido a la clausura de la imprenta donde se realizaba la Revista. Además, se habían cometido “algunas incorrecciones tipográficas que resultaron irremediables” en el artículo de Silvio Zavala, del cual se interrumpieron las notas 171 a la 196 (de las páginas 85 a 86). Por ello, junto con las excusas publicaron para los lectores estas notas. Asimismo, en el último número de 1938 apareció un artículo de Rafael Altamira, “El texto de las leyes de Burgos” (extenso, de 75 páginas), en el que se les pasó un error, del que dieron cuenta en el siguiente número. BNHM, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 1, fol. 8676, “Observaciones relativas al número 3 de la Revista”, Silvio Zavala, s.f.
  62. BNHM, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 1, fol. 8676, carta de Sivio Zavala a Jorge I. Rubio Mañé, 20 de enero de 1939.
  63. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 16, fol. 6804, carta de Francisco Monterde a Silvio Zavala, 27 de enero de 1939.
  64. BNHM, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 1, fol. 8676, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 28 de enero de 1939.
  65. BNHM, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 16, fol. 6804, carta de Francisco Monterde a Silvio Zavala, 17 de febrero de 1939.
  66. El tiraje de los números de 1938 era de 500 ejemplares cada uno. Sobre el índice, fue elaborado minuciosamente número por número, pero explicaremos más en el siguiente capítulo. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 26801, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 27 de diciembre de 1938.
  67. La marca del papel debía ser Offset; las medidas de las hojas eran de 70 cm por 95 cm; las de las cartulinas, de 66 cm por 50.8 cm. La marca de la cartulina para forros era Stabhmore Highway Gover y su peso era de 59 g por millar; el de papel era de 50 g. Necesitaban 75 mil hojas de papel y 4500 de cartulina. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 26801, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 17 de agosto de 1939; carta de Silvio Zavala a Jorge I. Rubio Mañé, 13 de septiembre de 1939; carta de Jorge I. Rubio Mañé a Pedro Sánchez, 18 de septiembre de 1939 y 20 de abril de 1940.
  68. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 3, fol. 1876, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 11 de junio de 1940.
  69. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 3, fol. 1876, carta de Pedro Sánchez a Silvio Zavala, 25 de junio de 1940.
  70. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 3, fol. 1876, México, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 29 junio de 1940. Zavala le escribió a Sánchez para comentarle que desde hacía algún tiempo se había enterado de que Loera, “maestro impresor”, tenía problemas con sus obreros. Inmediatamente le avisó al Instituto (en su ausencia) indicando que convenía tomar precauciones del papel, que era propiedad del Instituto, porque consideraba que, en caso de agravarse ese conflicto, podría ser riesgoso. Dado que el número 13 estaba en prensa a punto de terminarse, consideraba que podía dejarse esa cantidad de papel, pero el resto, correspondiente a los otros números de ese año, debía estar en el Instituto y ser entregado “con la debida cuenta y razón”. En una conversación pasada que había sostenido con Loera, le comentó que él no guardaba todo el papel, sino que la fábrica se lo iba entregando. En ese caso, el Instituto podía comunicarse con esta para aclarar el tema. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 3, fol. 1876, carta de Silvio Zavala a Pedro Sánchez, México, 14 de enero de 1942.
  71. Luis Florén Lozano, arqueólogo español y director de la biblioteca de la Universidad de Santo Domingo, solicitó que le enviaran los números faltantes de la Revista (del 1 al 4 y el 17) y los números 7 y 8 del Boletín. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 2, exp. 48, fol. 6837, carta de Luis Florén a Silvio Zavala, 11 de agosto de 1945. Por su parte, el dominicano Federico García Godoy escribió para solicitar algunos números que le faltaban (el 1, 2, 7 y 17), los cuales, para asegurarse de que llegaran, solicitó que los entregasen a la legación dominicana en México y esta, por vía diplomática, los haría llegar. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 2, exp. 49, fol. 6838, carta de Federico García Godoy a Silvio Zavala, 5 de octubre de 1945.
  72. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 26801, nota s.f.
  73. Rafael Heliodoro Valle le escribió a la Sociedad Histórica de Pioneros de Arizona para pedir un artículo escrito por el padre Oblasser sobre el padre Marcos de Niza, el cual había sido publicado en su revista. Aprovechó la misiva para enviarle la RHA y le recordó que el IPGH la distribuía de manera gratuita entre los institutos históricos, por lo que le sugería escribirle al director para hacer la solicitud. HN-FHV, carta de Lotus M. Royaltey a Rafael Heliodoro Valle, 11 de abril de 1939; carta de Rafael Heliodoro Valle a Lotus M. Royaltey, 25 de abril de 1939.
  74. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 1, fol. 8676, s.f. Los editores a los que les envió esta carta fueron: Willett, Clark & Co., The Bobbs-Merrill & Co., The Caxton Printers, Columbia University Press, F. S. Crofts & Co., The Dial Press, Field Museum of Natural History, Harvard University Press, Hispanic Society of America, P. S. King & Son Ltd., J. R. Lippincott Company, L. C. Page and Company, Reynal and Hitchcock, Saunders Studio Press, Stanford University Press, Frederick A. Stockes Company, University of New Mexico Press, University of Pennsylvania Press, J. J. Augustin.
  75. Entre ellos se encontraron: Roscoe Hill, Putnam, jefe de la nueva división en la Biblioteca del Congreso, Dr. George Vaillant, del Museo Americano de Historia Natural, Francis Borgia Steck, de la Universidad Católica de América, Ralph Beals Profesor, del Departamento de Antropología en la Universidad de California en Los Angeles, Madaline Nichols, Joseph Wheless, Leonard Irving, Henry A. Wagner, Clyde Kluckhohn, Prof. Schlesinger y Charles Wagley, del Departamento de Antropología de la Universidad de Columbia, George Wythe, del Departamento de Comercio.
  76. Hanke le sugirió a Zavala este envió porque le interesaba que se difundiera por estos países. Si el idioma era un problema, podrían hacer una versión en español con un precio menor (1.5 o 2 dólares) para que fuera accesible comprarlo para las instituciones. Siguiendo con esta lógica de promocionarlo, le preguntó si Porrúa Hermanos le permitiría enviar una copia del Handbook de ese año a los suscriptores de la Biblioteca Mexicana de Obras Inéditas. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 9, fol. 6797, carta de Lewis Hanke a Silvio Zavala, 11 de agosto de 1938.
  77. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Silvio Zavala a Jorge I. Rubio Mañé, 18 de marzo de 1939.
  78. BNHM, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 16, fol. 6804, carta de Francisco Monterde a Silvio Zavala, 17 de febrero de 1939.
  79. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 16 de febrero de 1940.
  80. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 2, exp. 36, fol. 6825, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 10 de febrero de 1941.
  81. HN-FHV, fólder IPGH, carta de Pedro Sánchez a Rafael Heliodoro Valle, 4 de marzo de 1943. Heliodoro Valle pidió que excepcionalmente se incluyera en los suscriptores al Dr. Helio Vianna y al Dr. Rubén Vargas Ugarte, catedrático de la Universidad Católica de Lima, a quien Valle calificó como un “eminente investigador de Historia”. HN-FHV, serie IPGH, carta de Rafael Heliodoro Valle a Pedro Sánchez, 4 de junio de 1944.
  82. HN-FHV, fólder IPGH, carta de Javier Malagón a Rafael Heliodoro Valle, 2 de febrero de 1949.
  83. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. Silvio Zavala 6801, carta de Silvio Zavala a Jorge I. Rubio Mañé, 14 de noviembre de 1938.
  84. Por ejemplo, la fotostática de la Real Cédula de esclavos, perteneciente a Raúl Carrancá Trujillo, se le debía devolver cuando ya saliera el número de la revista. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. Silvio Zavala 26801, carta de Silvio Zavala a Jorge I. Rubio Mañé, 14 de noviembre de 1938.
  85. Al argentino Torre Revello se le enviaron 35 dólares; y a su colega argentino Caillet Bois, 25. Sabemos que esos 35 dólares correspondían a la colaboración de Torre en el número 6 de la revista porque este había enviado 150 hojas que, multiplicado por tres pesos mexicanos, sumaban 150 pesos mexicanos (35 dólares). BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801; carta de Jorge I. Rubio Mañé a José Torre Revello, 13 de septiembre de 1939; carta de Pedro Sánchez a Silvio Zavala, 5 de enero de 1940; serie IPGH, caja 1, exp. 1, fol. 8676, carta de Pedro Sánchez a Silvio Zavala, 19 de junio de 1939.
  86. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 3, fol. 1876, carta de Silvio Zavala a Pedro Sánchez, 18 de diciembre de 1939.
  87. Cosío Villegas ofreció anunciar en el número 6 la obra de Zavala sobre las Fuentes del Trabajo. Porrúa, por su parte, ofreció también anunciar la obra Epistolario de la Nueva España. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. Silvio Zavala 26801, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 30 de junio de 1939.
  88. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 3, fol. 1876, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 11 de junio de 1940. Por otra carta sabemos que el costo por el anuncio del Fondo en la revista se cobró 70 pesos mexicanos. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 1, fol. 8676, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 17 de abril de 1939.
  89. Hanke le escribió a su colega Robert L. Schuyler para solicitar el canje con The American Historical Review, y al editor George W. Brown para la Canadian Historical Review, quien poco después escribió para comentarle que autorizaba a que la revista sacara las listas de las publicaciones recientes en su país para reproducir en la suya. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 9, fol. 6797. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 2, fol. 8907; carta de George W. Brown a Lewis Hanke, 12 de diciembre de 1940; carta de Silvio Zavala a George W. Brown, 28 de diciembre de 1940.
  90. Zavala le escribió al lingüista español Tomás Navarro Tomás para comentarle que hacía tiempo que enviaban la RHA tanto al instituto de Buenos Aires como al de Nueva York. Estaban interesados en recibir en canje la Revista de Filología (de ser posible desde su primer número). Este le respondió que le enviarían todos los libros que publicara el Instituto (de Lenguas Romances de la Universidad de Columbia para que los reseñaran en la revista. Para canje con la Revista de Filología Hispánica debía escribirle a Amado Alonso en Buenos Aires; ellos en Nueva York solo tenían la administración de la Revista Hispánica Moderna). BNAH, ASZ, caja 2, exp. 22, fol. 6816, carta de Silvio Zavala a Tomás Navarro, 1 de junio de 1941; carta de Tomás Navarro a Silvio Zavala, 24 de junio de 1941.
  91. Serafim Leite, el poeta portugués, le escribió a Zavala para comentarle que había recibido la Revista y que estaba trabajando en unos libros, por lo que en ese momento no podría colaborar con la RHA. Le sugirió contactar a Manuel Murias, director del archivo histórico colonial de Lisboa, quien podía colaborar y además sería útil si establecía canje con su revista. Otra publicación para enviar en canje sería Brotéira. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1. exp. 14. Fol. 6802, carta de Serafim Leite a Silvio Zavala, 26 de abril de 1940.
  92. Tras establecer canje con la revista Hispanic American Historical Review, Zavala le respondió al editor, John Tate Lanning, para agradecerle que lo suscribieran gratuitamente a su revista y envió nombres de las personas “activas en los estudios históricos hispanoamericanos cercanos a el”: José López Portillo, Joaquín Meade, Fernando Ortiz, Edmundo O’Gorman, Herminio Portell Vilá, José Miguel Quintana, Joaquín Ramírez Cabañas, Felipe Teixidor, José Valadés Agustín Yáñez, Humberto Vázquez Machicado, Guillermo Hernández de Alba, J. Roberto Páez, Jorge Basadre, J.M. Vélez Picasso, Emilio Rodríguez Demorizi, Juan E. Pivel Devoto. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 2, exp. 33, fol. 6822, carta de John Tate Lanning a Silvio Zavala, 24 de marzo de 1941.
  93. De México (fuera de la ciudad capital) solo tenemos noticia de la revista Estudios Históricos, que publicaba en Guadalajara el padre jesuita Luis Medina Ascencio, quien, además de pedir establecer canje entre ambas publicaciones, lo invitó a él y a su equipo editorial a publicar en ella. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 2, exp. 30, fol. 6819, carta de Luis Medina Ascencio a Silvio Zavala, 24 de diciembre de 1942.
  94. Serald Mifret le escribió para comentarle el deseo de Fernand Braudel de establecer el canje. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 3, exp. 71, carta de Serald Mifret a Silvio Zavala, 25 de junio de 1945.
  95. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 2, exp. 30, fol. 6819, carta de Silvio Zavala a Santiago Magariños, 24 de junio de 1941.
  96. Rubio Mañé se quejaba en abril de 1939 de que el canje de revistas y libros en el instituto no iba muy bien, porque, decía, “hasta hoy se reciben con mucha falta de regularidad”. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 1, fol. 8676, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 3 de abril de 1939.
  97. En ocasiones no se permitió que se enviaran números anteriores ni a otras revistas como canje ni a colegas que si bien estaban en el fichero que se elaboraba para los suscriptores, no la habían recibido a tiempo. “Don Pedro no quiere que se toquen absolutamente”. BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 3, fol. 1876, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 11 de junio de 1940.


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