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Introducción

Lo primero que se nos viene a la mente cuando leemos el título de este libro es preguntarnos qué sentido tiene estudiar la historia de los primeros diez años de vida de la Revista de Historia de América (RHA), publicación longeva que ya ha superado sus 80 años de vida. El subtítulo adelanta una primera respuesta al remitir a la figura de Silvio Zavala y, de manera más amplia, a la red intelectual/académica que impulsó los estudios americanistas durante la década de los cuarenta. Cada una de estas partes, así como su unión como conjunto, merecen una breve justificación.

Comencemos con por qué es pertinente el estudio de una publicación periódica. Como ha quedado claro por las numerosas investigaciones, su estudio se ha modificado en las últimas décadas, al abandonar su carácter de fuente a la que se acudía solo para extraer la idea de algún autor reconocido para convertirse en un objeto de análisis autónomo de especial interés para observar el intercambio de ideas, el acercamiento de intelectuales y las redes que conformar. Así, en poco tiempo, el abanico de revistas a considerar se ha multiplicado, al tiempo que se han destacado actores casi desconocidos o poco estudiados. Derivada de esto, la mirada ha girado de lo individual a lo colectivo, al reconocer que no importa cuán relevante sea tal o cual figura como fundador, director o animador de una revista, se trata siempre de una labor en la que confluyen tantos “otros”, que comienza por fundirse en un “nosotros”.

Aunque esto no le reste valor al peso que imprime una figura relevante en el campo intelectual, cultural o académico, implica pensarlo como lo hace Annick Louis cuando afirma que el estudio de las revistas literarias nos lleva a desprendernos de una concepción tradicional para dar paso al de una autoría colectiva “no como suma de aportes individuales sino como un efecto nuevo”. Propone, por tanto, percibir grados de autoría en función de su forma y modo de participar.[1]

Desde la historia intelectual, se asume también que las revistas culturales son una fuente “de primer orden” al permitir adentrarse en los espacios de sociabilidad, los proyectos, posicionamientos e ideas de intelectuales, académicos y científicos. De este modo, “permite reflexionar sobre los lazos de cultura, las redes y las comunidades académicas que las revistas generan, congregan, canalizan y revitalizan”.[2] Coadyuvan en la especialización de áreas del conocimiento, por lo que son una parte fundamental para entender el proceso de autonomía de esos campos.

Para asumir este desafío, nos adentramos en el análisis de las publicaciones como dispositivos culturales, en cuanto su capacidad no se circunscribe a la concreción de ser un medio, un soporte, sino, al mismo tiempo, un discurso heterogéneo en autorías y en géneros. De este modo, lo perceptible es una vía de entrada que nos permite pensar en los modos de apropiación, en las prácticas y los sentidos que un grupo de personas quiso dejar en un impreso.[3]

Por todo esto es que las revistas pasaron de ser consideradas un mero soporte material de ideas (políticas, artísticas, religiosas, científicas) a convertirse en lugares privilegiados para observar la sociabilidad intelectual. Aunque aún no hay una delimitación clara sobre en qué momento las revistas actúan más como soporte que como práctica, podemos pensar la conjunción de estos factores como una interacción permanente que se retroalimenta, por lo que “no necesariamente las prácticas generan soportes, sino que pueden ser éstos los que generen prácticas específicas”.[4]

Todo esto nos lleva al segundo eje de este trabajo, el cual se encuentra anunciado en el subtítulo, a saber: Silvio Zavala. Primero, aclaramos que en las siguientes páginas solo nos concentramos en estudiar una faceta casi desconocida del historiador: la de su papel como editor. Esto se debe a que, como sabemos, el historiador ha sido estudiado y reconocido en numerosos estudios como un personaje clave para entender el desarrollo de una interpretación jurídico-social del período colonial. También lo ha sido por su filiación al grupo denominado “cientificista” y por su vocación “americanista”, que no genera dudas a la hora de ubicar su nutrida producción dentro de una escuela o corriente. Abraham Moctezuma Franco ha señalado la importancia de Zavala en el proceso de profesionalización, al encargarse de difundir un modelo científico en México (aprendido en España) sustentado en el trabajo de archivo y en el apego a los hechos en la búsqueda de la verdad histórica. Mostró cómo, al imponer este tipo de historia, desplazó las tendencias “anticuarias” y “coleccionistas” que habían dominado la historia antes de la década de 1930. La crisis que se generó abrió el camino hacia la profesionalización. Por esto, la RHA se convirtió en el órgano de expresión más acabado de la corriente cientificista (versus la historicista, que giraba en torno a otras publicaciones periódicas).[5]

Además, se ha destacado su capacidad como director y promotor de varias instituciones académicas; solo por mencionar las de la década de 1940: el Centro de Estudios Históricos (CEH) de El Colegio de México, la Comisión de Historia del Instituto Panamericano de Geografía e Historia (IPGH) y el Museo Nacional de Historia. Por este motivo, Jesús Iván Mora Muro planteó a Zavala como un agente “especializado y especializante” al ser el primer historiador dedicado de manera exclusiva a la profesión. Esto le permite calificarlo como un historiador/funcionario, observando a través de su trayectoria la consolidación de la profesión. [6]

Aunque acordamos en esta caracterización, consideramos que lo que expondremos en las siguientes páginas muestra que la división no fue tajante ni el orden, fijo. Durante el período estudiado, observamos un flujo constante –no sin tensiones– entre ambas funciones, las cuales nunca se encontraron divorciadas, puesto que, para él, todas eran medios para alcanzar el desarrollo de la historia como disciplina.

Así, el estudiar a Zavala como editor complementa y, a la vez, problematiza su estudio como personaje histórico de relevancia. A diferencia de la producción de sus numerosas obras, este Zavala es, como todo editor, una figura ausente y presente al mismo tiempo. Ausente porque, si observamos su participación en las páginas de la revista, aparecerá pocas veces como autor. Presente porque, a través de su correspondencia personal, podemos dar cuenta de la enorme labor que realizó para planear o corregir cada detalle de las numerosas tareas editoriales. Es evidente que, pese al protagonismo de Zavala, la revista requirió de un grupo mayor de colaboradores asiduos que participaron en cada número, compuesto de historiadores, bibliógrafos y archivistas de nacionalidades diversas (españoles exiliados, estadounidenses y numerosos latinoamericanos), que buscaban promover determinadas ideas e información sobre lo que consideraban los estudios americanistas. Con ello cumplían también una doble función. Por una parte, se reforzaban como grupo frente a otros historiadores que tenían una interpretación contraria sobre actores y procesos de la historia de América (los historicistas). Por la otra, favorecían la legitimidad del IPGH y su ideario panamericano al promover un diálogo continental en el que Estados Unidos estaba incluido y jugaba un papel importante.

Por todo esto consideramos que la revista no era una publicación más de su tiempo. En ella se practicó de manera sistemática el ejercicio de la lectura y la crítica de documentos para formar historiadores vinculados a la investigación. Sentó las bases de los elementos que debía componer una revista académica de y para profesionales: una publicación que formara al lector especializado a través de artículos que, sustentados en una investigación documental, dieran cuenta de procesos y etapas de la historia americana (fundamentalmente colonial); un enorme repositorio de libros y artículos de historia para leer y criticar; un espacio donde recordar y homenajear a los historiadores fallecidos; y, por último, un centro de noticias sobre lo que acontecía a nivel institucional en el continente. Es evidente que para ello fue necesario que la RHA no actuara sola, sino en asociación con otras instituciones académicas dedicadas a la enseñanza, como fue el CEH de El Colegio de México.[7]

Esto nos lleva al tercer y último elemento que conforma el título, a saber: el de comprender a este conjunto como una red y atribuirles a los estudios americanistas el ser aquel elemento aglutinante o vinculante entre sus miembros. Primero, cabe mencionar que consideramos pertinente utilizar la categoría de red porque permite entender la interacción en grupos pequeños que se conocen entre ellos (la mayoría de las veces no de manera personal, pero sí a través de sus obras y el intercambio epistolar). Su finalidad es promover objetivos en común. Hacia el interior se genera entre sus miembros un intercambio de ideas e informaciones, y al exterior permite considerarlos como actores colectivos o camarillas porque comparten afinidades. Mediante la interacción, estos grupos informales desarrollan o refuerzan ciertas ideas comunes, que se convierten en normas del grupo que ayudan a reforzarlo a través de la interacción. Además, las redes pueden ayudar a dotar de recursos a las organizaciones.[8]

Como han señalado quienes estudian redes en la historia, se trata de lazos que se sostienen en períodos –más o menos largos–, manteniéndose o desapareciendo de manera temporal –hasta reactivarse– o de manera definitiva. Estas relaciones mantenidas en un momento determinado se basan en un intercambio de bienes o servicios, por lo que la variable histórica “permite pensar también cómo cambia de contenido y varía su intensidad”.[9] Aunque no existe un acuerdo sobre la especificidad de una red intelectual, se han señalado como principios básicos que este conjunto debe compartir paradigmas e intercambiar ideas y conocimientos.[10]

A los fines de este trabajo, consideramos que la red que se tejió en torno a la RHA fue intelectual/académica. Es evidente que la mayor parte de ellos circunscribieron su accionar al espacio profesional, por lo que su intervención en la esfera pública se relacionaba con el ejercicio de su profesión. Pero lo que se observa a través de la revista como expresión de este colectivo es una característica propia del campo intelectual: la disputa por la hegemonía, al acumular capital cultural para defender posiciones de prestigio dentro de su campo. Para ello, es necesario delimitar los márgenes de su espacio a través de alianzas, agrupamientos y redes que permiten confrontar e impugnar a otros. Es decir que, a través de la agenda intelectual que establece este “campo revisterial”, se puede observar un debate mayor, uno por el cual “aspiran a disputar un espacio en un campo de fuerzas dado”.[11]

Además, el que la RHA haya sido financiada por el Instituto Panamericano de Geografía e Historia nos abre un abanico de variables políticas a nivel nacional y regional a tomar en cuenta. Como veremos, la publicación representó la expresión de un tipo específico de institucionalización político-académica desarrollada por organismos regionales (primero, la Unión Panamericana, y casi al fin del período de estudio, la Organización de Estados Americanos). Dependiente de la Unión Panamericana, el IPGH buscó desde su instalación en la Ciudad de México, a inicios de la década de 1930, acercar a los países miembros a través del estudio de la geografía y la historia. Esto le permitía abrir la posibilidad de recibir contribuciones de todo el continente en varios idiomas, teniendo, como punto de partida y sentido en común, aportar a la historia de América.

Sin embargo, no debe exagerarse este entrecruzamiento de intereses. Aunque se parte de que es una red, esto no significa que sus integrantes los compartan, puesto que existen tradiciones e influencias nacionales que generan algunas diferencias. Por esto, preferimos utilizar la designación de una red de estudios americanistas y no una red americanista.

Objetivos, aproximaciones y límites

El objetivo general de este trabajo es historiar la revista, es decir, reconstruir de la manera más completa posible sus formas, contenidos y geografía humana. Para ello, optamos por analizar un período fundacional: sus primeros diez años de vida. Con ello, aportamos al conocimiento de una publicación que ha sido citada por numerosos historiadores, pero que, pese a su importancia, no ha merecido ningún trabajo extenso que la abordara como objeto de estudio.[12]

De manera más específica, se propone entender a una revista como un nodo, para observar a través de ella una compleja red de relaciones: en este caso, las establecidas entre un grupo editorial que encabezó Silvio Zavala, pero en el que circularon ideas que legitimaban los estudios americanistas. Para ello, se agruparon las preguntas de investigación en varias direcciones. Una, que nos lleva a profundizar en el estudio de las publicaciones periódicas al señalar las problemáticas que surgen al estudiar no una revista cultural, sino una académica, remarcando su especificidad. Otra, que se ocupa por la función de Zavala como nodo principal de la red, tomando en cuenta necesariamente a los demás miembros, en especial a los del equipo editorial y del Consejo Directivo. Una más, que nos lleva necesariamente a preguntarnos qué tipo de americanismo profesaba la publicación a través de sus contenidos.

Cabe mencionar el porqué del límite temporal. Cuando iniciamos la investigación de los primeros diez años de vida de la Revista de Historia de América, proyectamos que el resultado del análisis sería más acotado de lo que resultó. A medida que la investigación avanzaba, nos dimos cuenta de que se trataba de un momento de gran relevancia, por lo que el estudio se dirigió a analizar la publicación de manera completa, intentando captar toda la información que pudiera contener. Así, nos importaba tanto comprender las características de cada sección como los actores involucrados, lo cual no es común en los estudios de publicaciones en los que suele seleccionarse a un grupo de personajes y un número de artículos clave. Darle cabida a una noticia tanto como a un artículo, a un personaje como Silvio Zavala junto a un estudiante poco conocido, significa, como red intelectual, que todos los vínculos son importantes.

Para organizar esta voluminosa información, se creó una base de datos. Esto implicó realizar metodológicamente un proceso al cual denominamos “datificar”, en cuanto se parte de que no se trata de una mera recolección de información, sino que se construye el dato al segmentar y organizar la información según categorías de análisis, las cuales, una vez establecidas, servirían para cuantificar un volumen numeroso de información en cuadros y matrices de datos. Estos, a su vez, permitieron en este estudio específico volcar esta información en programas para el análisis de redes, de los que pudieron obtenerse diversas visualizaciones gráficas. Aunque esto pueda sintetizarse en pocas palabras, constituyó un proceso extenso que requirió de recursos y tiempo.[13]

Además, al clasificar la documentación que guardó Silvio Zavala (cartas, oficios, notas) nos dimos cuenta de que nos enfrentábamos a un emprendimiento cultural de gran dimensión, que excedía incluso a Zavala como actor principal, a los miembros del equipo editorial, al Consejo Directivo, a los colaboradores y al propio Instituto Panamericano de Geografía e Historia, del cual dependía financieramente. Su análisis no podía limitarse a su contenido textual, ni siquiera a uno en el que se entrelazaran los textos (editoriales, artículos, publicidades, reseñas, etc.), sino a uno en el que se reconstruyera la dimensión material e inmaterial de la RHA. Recortar significaba restarle valor al objeto en sí mismo y a quienes la hicieron posible en su momento.

Este es el origen del presente libro, el cual nos demostró una y otra vez que estudiar una revista requiere de un abordaje metodológico estricto, pero flexible a la vez. Esto significó sistematizar una indagación que permitiera tener en cuenta la mayor cantidad de aspectos que hacen al estudio de una publicación para explorar el universo de análisis, no solo de sus contenidos, sino de sus características discursivas. Implica que, antes de poder iniciar el análisis de una revista, hay que crearla como objeto de estudio. Para eso, es necesario proponer categorías y variables que funcionen como descriptores. Esto permite, de entrada, restaurar el objeto revista desde una dimensión que recupera en primera instancia su dimensión material a través de los aspectos técnicos, a los que no siempre se les da el lugar que merecen. En este caso, restaurar los detalles (formato, páginas, papel, distribución, etc.) permite definir el perfil de la publicación. A su vez, esto posibilita adentrarse en la dimensión inmaterial, tanto de contenido como de la red de personas que hizo posible la publicación.[14]

Los tres aspectos, complejos en sí mismos y en su interacción, nos llevan a pensar en la hipótesis de este trabajo: cuando hablamos de profesionalización de la historia pensamos generalmente en instituciones académicas (universidad, institutos, centros de investigación), rara vez en el impacto que tuvieron las publicaciones y menos aún las periódicas. Para nosotras, estas no son un mero vocero oficial de lo que está pasando en las instituciones, sino que, a manera de laboratorio de ideas, en ellas se experimenta una práctica: “Ellas funcionan como una institución, impartidora tradicional de una legitimidad cultural”.[15]

Por todo esto, consideramos que la RHA fue un actor colectivo relevante que coadyuvó a través de su trabajo editorial en el proceso de profesionalización de la historia como una disciplina científica basada en la investigación documental. También fue parte de un proceso de traslación y reinterpretación en el continente americano del americanismo que practicaba el historiador español Rafael Altamira. No debe ser considerada solo como un mero reflejo de un proceso mayor, sino como un espacio de gran utilidad para la formación de redes de carácter disciplinar.

Aunque no seguimos un corte temporal, cabe mencionar que existieron vaivenes internos que hacen pensar en tres grandes etapas de la publicación: la que se inicia en 1938 y termina en 1940, en la que se busca fundar con la colaboración de pocos miembros las bases de lo que querían que fuera la publicación; la que se inicia en 1941 y finaliza en 1945, en la que los avances en la publicación encuentran un freno por las dificultades que produce la guerra, y la de los últimos tres años (1946 a 1948), en la que se percibe el impacto de la creación de la Comisión de Historia.

Para dar cuenta de esto, en las siguientes páginas el lector encontrará cinco capítulos; estos no siguen un orden temático, sino uno analítico, al responder a la hipótesis planteada. El primer capítulo da cuenta de la dimensión material de la RHA, es decir, responde al interés por mostrar el perfil de la publicación, para presentar, en el segundo, quiénes –como red– hicieron posible la publicación. Los siguientes tres capítulos se rigen por una lógica distinta, al centrarse en las secciones de la revista (en las que se publicaron artículos, reseñas, libros y revistas, noticias y necrológicas). Prestando atención tanto a las características de las secciones como a los participantes, se da cuenta de los temas prioritarios, líneas de investigación y de lecturas y circulación de ideas y objetos (sobre todo, libros y revistas).

Para la composición de todos ellos, se combinaron análisis cuantitativo y cualitativo a partir de dos conjuntos de fuentes documentales distintos: la revista y los documentos que guarda el Fondo Silvio Zavala (fundamentalmente la correspondencia). Esto no implica una lectura monolítica y excluyente de compartimentos estancos, sino, al contrario, una relación entre ellas. La revista se ocupó de definir claramente cada una de ellas en función de una estructura general que buscaba reflejar el rigor de la historia como ciencia.


  1. Annick Louis, “Leer una revista literaria: autoría individual, autoría colectiva en las revistas argentinas de la década de 1920,” en Laboratorios de lo nuevo. Revistas literarias y culturales de México, España y el Río de la Plata en la década de 1920, editado por Rose Corral, Anthony Stanton y James Valander (México: El Colegio de México, 2018), 41-43.
  2. Aimer Granados, “Introducción,” en Las revistas en la Historia intelectual de América Latina: redes, política, sociedad y cultura, coordinado por Aimer Granados (México: Universidad Autónoma de México y Juan Pablos Editor, 2012), 10 y 12.
  3. Françoise Dosse, La marcha de las ideas, Historia de los intelectuales, historia intelectual (Valencia: Universidad de Valencia, 2007), 173.
    El término dispositivo cultural se origina en la noción foucaultiana de dispositivo. “Como procedimientos técnicos ‘minúsculos’ que, al jugar con los detalles, han redistribuido el espacio para hacerlo el operador de una ‘vigilancia’ generalizada”. Michel De Certeau, La invención de lo cotidiano. I: Artes de hacer (México: Universidad Iberoamericana, 1996), XLIV.
  4. Alexandra Pita González, “Las revistas culturales como soportes materiales, prácticas sociales y espacios de sociabilidad,” en Las revistas culturales como soportes materiales, prácticas sociales y espacios de sociabilidad, de Hanno Ehrlicher y Nanette Rißler-Pipka (Berlín: Shaker Verlag), 234.
  5. Las publicaciones que expresan las propuestas de la corriente historicista eran Alcancía, Letras de México, Cuadernos Americanos y Filosofía y Letras, entre otras. Abraham Moctezuma Franco, “El camino de la historia hacia su institucionalización,” Historia y Grafía, no. 25 (2005): 50-51, 58.
  6. Para esta clasificación, Mora Muro tomó la idea de Rafael Gutiérrez Girardot, quien diferencia entre funcionarios/escritores y escritores/funcionarios para distinguir quienes se convirtieron en escritores por los nexos que tenían con la política y quienes, al contrario, alcanzaron puestos gracias a la fama como intelectuales. Jesús Iván Mora Muro, “Silvio Zavala y la institucionalización/profesionalización de la historia en México, 1933-1950,” Revista de Historia de América, no. 155 (julio-diciembre de 2018): 62-65.
  7. En otro artículo explicamos por qué consideramos que la RHA fue un antecedente importante para la revista Historia Mexicana (fundada en 1951), dada la numerosa participación de maestros y, fundamentalmente, de alumnos del Centro. Ver Alexandra Pita González, “La Revista de Historia de América como laboratorio de prácticas,” Historia Mexicana, no. 281 (julio-septiembre de 2021).
  8. Charles Kadushin, Comprender las redes sociales: teorías, conceptos y hallazgos (Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas, 2013), 116-119.
  9. Michel Bertrand, “Del actor a la red: análisis de redes e interdisciplinaridad,” Nuevo Mundo Mundos Nuevos. Colloques (2009), 13-14.
  10. No existe acuerdo sobre la especificidad de una red intelectual. Palacios remarca que para entender su actuación es necesario que esta se realice sobre la base de “un paradigma compartido, un discurso en grandes líneas unificado”. Guillermo Palacios, “Los círculos concéntricos de la educación rural en el México posrevolucionario: ¿Un caso sui géneris de redes intelectuales?” en Redes intelectuales y formación de naciones en España y América Latina (1890-1940), editado por Marta Elena Cassaús Arzú y Manuel Pérez Ledesma. (Madrid: UAM, 2005), 108-118. Por su parte, Devés-Valdés la entiende como un “conjunto de personas ocupadas en la producción y difusión del conocimiento, que se comunican en razón de su actividad profesional, a lo largo de los años”. Eduardo Devés Valdés, Redes intelectuales en América latina (Santiago de Chile: Colección Ideas-Instituto de Estudios Avanzados, Universidad de Santiago de Chile, 2007), 30.
  11. Por campo revisterial el autor entiende un subcampo dentro del campo intelectual, “que funciona con lógica propia y un lenguaje común”. Al enfatizar las relaciones y las luchas, competencias y rivalidades entre revistas, retoma a Bourdieu para explicar que este campo revisterial “no es la sumatoria de las revistas de su tiempo, ni un espacio neutro de relaciones singulares entre revistas sino que está estructurado como un sistema de relaciones en competencia y conflicto entre grupos y revistas que ocupan posiciones intelectuales diversas”. Horacio Tarcus, Las revistas culturales latinoamericanas. Giro material, tramas intelectuales y redes revisteriles (Buenos Aires: CEDINCI y Tren en Movimiento, 2020), 21, 23.
  12. Hace poco tiempo se publicó en la revista un dossier a manera de homenaje por sus 80 años, en el cual participaron varios investigadores que serán señalados en distintos momentos de este trabajo. Sin embargo, dada la extensión de aquellos artículos, ninguno abordó la revista, sino que solo se señalaron algunos aspectos relevantes. Ver Revista de Historia de América, no. 155, julio-diciembre de 2018.
  13. Dedicamos un artículo a explicar el abordaje metodológico que se realizó. Ver Alexandra Pita González, María del Carmen Grillo y Fernando Morales, “La datificación como propuesta de análisis. El caso de la Revista de Historia de América, 1938-1948,” Revista de Historia de América, no. 159 (junio de 2020): 189-224.
  14. Para ver estas tres dimensiones remitimos a Alexandra Pita González y María del Carmen Grillo, “Una propuesta de análisis para el estudio de revistas culturales,” Revista Latinoamericana de Metodología de las Ciencias Sociales, no. 1 (2015): 2. Esta precaución metodológica ya había sido advertida desde la década de 1960 por el periodista Jacques Kayser, que propuso que se tenían que tomar en cuenta elementos identificadores para un estudio integral de una publicación, porque eran estos factores externos al discurso los que le otorgaban al lector un valor particular. Jacques Kayser, El periódico. Estudios de morfología y de prensa comparada (Quito: Centro Internacional de Estudios Superiores de Periodismo para América Latina, CIESPAL, 1964), 9.
  15. Roxana Patiño y Jorge Schwartz, “Introducción,” Revista Iberoamericana 70, no. 208 (diciembre de 2004): 649. Sobre las instituciones, tradiciones y formaciones en un proceso cultural y el proceso de selección, ver Raymond Williams, Marxismo y literatura (Barcelona: Ediciones Península, 1980), 137-138.


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