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Una biblioteca crítica para el historiador: libros y revistas

La profesionalización del historiador requería no solo trasmitir a través de la docencia y los seminarios de investigación las técnicas, métodos y sensibilidades propias del área de estudios, era indispensable también delinear sus lecturas mediante la selección de determinadas publicaciones. Para conformar esta biblioteca crítica, la RHA dio especial importancia en cada número a dar cuenta de los libros, pero también de las revistas que se publicaban en el continente. El volumen de este material fue tan grande, que se hizo indispensable crear una biblioteca en el IPGH para resguardarlo y disponer de personal dedicado a su catalogación. Era necesario mantener el proyecto de una biblioteca completa, referente de la historia de América, en la Ciudad de México; la biblioteca y las publicaciones consolidarían el alcance académico del instituto, y la revista sería la expresión de esa biblioteca.

No todo el material era aceptado para ser objeto de una nota bibliográfica, ni mucho menos para escribir una reseña. La selección, aunque pocas veces explicitada en las cartas de Silvio Zavala, es evidente. El equipo tomaba las decisiones sobre cuáles libros iban a la sección Reseñas, lo que implicaba el desarrollo de un juicio sobre la obra, y cuáles iban a la sección Bibliografía, lo que significaba que entraba en un listado temáticamente organizado de las novedades anuales, con su información básica y una breve descripción. El criterio fundamental de este comando central que tomaba esa decisión era la calidad de la obra (aun cuando hubo algunas excepciones, como se verá más adelante) y la exigencia de un comentario ponderado.[1]

Para dar cuenta de esta sutil selección se utilizaron secciones específicas dedicadas a la presentación y revisión del material. De 1938 a 1940 existieron tres: Reseñas, Revistas y Bibliografía. Desde 1941 quedaron dos: la primera y la última, en las que se incluyeron libros y revistas. Organizadas temáticamente con criterios cada vez más afinados, se convirtieron en una herramienta para el historiador en formación y en un medio de comunicación para los historiadores profesionales, que recibirían en cada número un nutrido compendio bibliohemerográfico. En este sentido, pueden concebirse las tres secciones como un todo complementario que configura un metatexto para el historiador[2] y un capital social, con palabras de Bourdieu, entendido como un conjunto de recursos a disposición de un conjunto de pares.[3] Ambas secciones, pues, eran una fuente de novedades de libros y revistas, con orientación temática, y crítica y comentario sobre los libros imprescindibles.

Esta tarea fue posible por el trabajo sostenido de un equipo capaz de generar gran cantidad de fichas, reseñas y notas. Con el tiempo, irían variando las firmas, sumando contribuciones, escasas e incipientes de otros colaboradores que participaban. Las siguientes páginas darán cuenta de la composición de esta biblioteca, analizando sus características como secciones y poniendo especial énfasis en las personas que participaron activamente, porque coordinaban la sección o porque participaban activamente como autores de ella. Específicamente nos referiremos a la trayectoria de Jorge I. Rubio Mañé, quien ha sido el más prolífico autor de reseñas y colaborador más cercano de Zavala, y a dos colaboradores de la sección Bibliografía: Rafael Heliodoro Valle, para una primera etapa, y Agustín Millares Carlo, para la segunda, cuando la sección tomó una forma más compleja y minuciosa.

Reseñas, una sección para leer y comentar el trabajo de los pares

Jorge I. Rubio Mañé fue, en el decenio, el autor con mayor cantidad de reseñas escritas.[4] En 1938 se incorporó al equipo editorial de la RHA y se convirtió en la mano derecha de Zavala, quien se alegraba de tenerlo en el equipo por el cuidado que tenía sobre todos los detalles, por lo que insistió desde el primer momento para que su nombre apareciera en la lista de editores.[5] Su apoyo era decisivo, sobre todo cuando Zavala estaba fuera de México. Las cartas en estos períodos se encuentran atiborradas de tareas y pendientes de la revista (papel, imprenta, periodicidad, formato, contenido, distribución y financiamiento). Zavala respondía con el mismo detalle y le indicaba además con quiénes tenía que hablar para resolver cada dificultad.[6]

En este sentido, estos períodos intensificaban la función mediadora de Rubio Mañé con imprenteros, funcionarios del Instituto y demás colaboradores. Por esto, en ciertos períodos encontramos varias cartas escritas entre él y estos otros personajes, cartas de las que le enviaba copia a Zavala para que observara el buen cumplimiento de las indicaciones.[7] Estas cartas señalan también que existía una amistad basada fundamentalmente en el respeto como colegas. Ambos compartían opiniones sobre el material que leían (el enviado a la revista o cualquier otro del que tuvieran noticia), sobre documentos históricos y archivos. De igual modo, compartían el contacto con otros historiadores. Así, apenas llegó Zavala a Washington, Rubio Mañé le insistió en que se encontrarse con Scholes, quien trabajaba en la Fundación Carnegie.[8]

Las sugerencias de Rubio Mañé eran precisas respecto a cómo abordar problemas, y le sugería también sobre otros temas que podría entablar con él sobre documentos que interesaban a ambos como colonialistas.[9] Como un par, leía los textos enviados a la RHA y los comentaba con Zavala para decidir si era conveniente o no publicarlos. Ambos compartían el principio de que, para ser considerado un artículo serio, debía estar sustentado en una extensa bibliografía y documentación, sin caer en una descripción de fuentes históricas.[10] Otro de los puntos sobresalientes de la correspondencia cruzada con Zavala mientras se encontraba de viaje eran los materiales de archivo. Ambos se pedían favores para buscar algún documento que requerían específicamente para terminar de escribir algún trabajo en curso.[11]

Su labor era reconocida por Zavala, quien afirmaba que si no fuera por su “tenacidad e interés”, la revista no se podría haber puesto al día con la periodicidad, sobre todo “ante circunstancias desfavorables económicamente”. Por esto, se preocupó cuando Rubio Mañé le comentó que saldría un tiempo de viaje de estudio. Esperaba que fuera solo una ausencia temporal y dio instrucciones de que su nombre siguiera apareciendo entre los editores. Sugirieron sustitutos, a quienes debía aclarárseles las tareas que desempeñaba Rubio Mañé: vigilar la marcha de la imprenta, hacer las reseñas de las revistas, entenderse con el Instituto para las cuestiones financieras, entenderse con Monterde para los problemas técnicos y realizar las correcciones de pruebas. Quedaba claro que ambos sabían por experiencia “que no es un trabajo fácil el de la revista”, por lo que tal vez la parte de corrección podría ser derivada a otra persona.[12]

A este problema se le sumó otro, de carácter económico: su ingreso no provenía exclusivamente de la RHA, en la cual no recibía un sueldo mensual, sino una retribución como colaborador por cada número que aparecía.[13] Al mismo tiempo, las tareas se incrementaban y necesitaba ayuda, sobre todo porque había aumentado el número de revistas y libros que llegaban a la redacción. Por ello, Zavala le pidió que buscara más colaboradores que lo ayudaran.[14] Se incorporó Arnáiz y Freg para ayudarlo con las revistas, y Rojas Garcidueñas, en cuestiones administrativas. Sin embargo, la tarea de Rubio Mañé se hizo más pesada porque debía hacer una doble corrección debido a que Monterde cometía errores en la corrección de estilo.[15]

Entre 1941 y 1944, sus posibilidades económicas se ampliaron al participar en otras instancias académicas.[16] Entre marzo de 1946 y mayo de 1948 viajó a España gracias a las recomendaciones de la Fundación Carnegie y de la Embajada de España en Washington. Desde allá, sostuvo el vínculo con Zavala, a quien le escribió para invitarlo a ese país para participar del encuentro americanista, a cuenta de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, que le pagaría a él y a otros tres mexicanos (Manuel Toussaint, José Antonio Calderón Quijano y Rubio Mañé) para participar del evento, dictar conferencias en el curso de verano de La Rábida y realizar una estancia de investigación en esa ciudad por dos meses.[17] Su nombre siguió apareciendo como miembro del equipo editor, aunque es evidente que su colaboración como autor en la publicación disminuyó notoriamente.[18]

Rubio Mañé publicó casi el 20 por ciento de las reseñas, cuyo impacto en la revista es notorio. En diez años, se publicaron 978, con un promedio de 54 páginas y 37 reseñas por número. Teniendo en cuenta que el promedio de páginas de cada número es de 250, la sección representa una quinta parte de los contenidos publicados.

Al igual que la sección Artículos, Reseñas permaneció estable en el primer decenio, con el mismo nombre y ubicación. El primer año es el que registra menor cantidad de reseñas por número (con un promedio de 19), ya que las primeras fueron firmadas por el núcleo cercano: Rubio Mañé, Zavala, Monterde, Torre Revello. A partir del número 6, se incrementó la cantidad de reseñas y la diversidad de autores, lo que coincidió con la entrada de colaboraciones de Estados Unidos, pero a partir del número 10, entró en cierta regularidad (25-40 reseñas por número), con algunas excepciones.

El IPGH recibía los libros y el equipo editorial decidía si se lo reseñaría o si solamente se lo incluiría en las novedades bibliográficas; también podía rechazar el material.[19] Además de la selección, están los criterios de oportunidad. Es evidente que tenía que ser material novedoso (no se aceptaba de más de un año de publicado), pero también había que cuidar detalles que podían hacer sospechar cierta endogamia de los participantes. Por esto, Zavala estaba atento no solo a la calidad de los libros reseñados, sino también a la oportunidad de publicación de las reseñas. Así se lo hace saber Rafael Altamira a Ricardo Levene cuando le agradece efusivamente su reseña sobre el Manual de Investigación de la historia del Derecho Indiano, publicada en el número 26 (diciembre de 1948). Le manifiesta:

¡Ojalá haya yo sabido, en el artículo que escribí sobre el Solórzano [en referencia a “En el tercer centenario de ‘Política Indiana’ de Juan de Solórzano Pereira”] de usted! Muchos días antes que Malagón me dijo que había llegado el suyo, todo lo que V. merece. Ese artículo ha sido retenido para otro volumen de la Revista, porque Zavala creyó, con razón, que publicar los dos a la vez podría parecer inoportuno: un pugilato de lisonjas en que ni V. ni yo hemos pensado nunca.[20]

Así, para evitar que en la revista se estuvieran intercambiando reseñas elogiosas de estos autores en un mismo número, se pospuso un año la aparición de la reseña de Altamira del texto de Levene (“En el tercer centenario de ‘Política Indiana’ de Juan Solórzano Pereira”), que salió en diciembre de 1949.

Luego de que el material pasaba por estos filtros impuestos por los criterios de Zavala, se decidía quién lo reseñaría. Así como los libros llegaban, se distribuían entre los reseñadores. No era frecuente que estos fueran externos y, cuando lo eran, tenían que ser aprobados por Zavala, sobre todo si se trataba de reseñar alguno de sus libros. Este fue el caso de la obra Fuentes para la historia del trabajo en Nueva España, el cual, apenas publicado por el Fondo de Cultura Económica, el director, Daniel Cosío Villegas, le escribió a Rubio Mañé para comentarle que tenía que salir en el siguiente número una reseña y que tenía “especial interés” de que fuera realizada por Edmundo O’Gorman. Rubio Mañé, cauto, le preguntó a Zavala, considerando que existía una pública rivalidad entre ambos.[21] Las reseñas de los cuatro tomos, finalmente, fueron realizadas por el mismo Rubio Mañé.

La mayor parte de los reseñadores que vivían en México eran parte del equipo editorial o del Consejo Directivo, quienes con libertad sacaban esos libros de la biblioteca. En algún momento, la devolución del material al acervo del IPGH se convirtió en un problema: no devolvían los libros o se perdía el control sobre ellos. En distintas cartas, el director Sánchez se quejó ante Rubio Mañé, Heliodoro Valle y Silvio Zavala por estas anomalías.[22]

Con respecto a las novedades procedentes de Estados Unidos, Lewis Hanke era quien oficiaba de gatekeeper: él consideraba que debía intermediar con ese material. Contactaba librerías y editoriales, recibía las novedades y distribuía entre los reseñadores. Zavala no podía prescindir de su rol, vital para la apertura y la llegada a la producción de los scholars que se dedicaban a la historia de América Latina. Por la numerosa correspondencia entre Zavala y Hanke, se puede entender cómo se fue llegando a un acuerdo entre ambos a fin de poder conseguir libros y reseñas de obras publicadas en aquel país para la revista. Hacia 1939, Zavala decidió poner en un memorándum todas las indicaciones en relación con la bibliografía de los Estados Unidos: que las contribuciones se escribieran y se publicaran en inglés; que el criterio para saber si la información sobre un libro debía incorporarse a la sección reseñas o si debía pasar a la de notas bibliográficas radicaba en la importancia del libro. Otro aspecto importante era el relacionado con qué hacer con el material. Aunque las novedades eran enviadas por Hanke a los reseñadores, Zavala consideraba que los libros debían ser enviados a la biblioteca del IPGH en la Ciudad de México (aunque también dejó indicaciones de que los libros les quedaran a los autores). También se detallaba el pago a colaboradores de otros países, más generoso que a los colaboradores en español.[23]

Con respecto a las novedades bibliográficas y hemerográficas de la Argentina, Torre Revello era articulador y proveedor: colaboró abundantemente durante el decenio con fichas, reseñas y artículos, desde el primer número.

Tras publicarse el segundo número de la RHA, se congratulaba del “ascenso” que mostraba, por lo que esperaba que sus compatriotas fueran entregando las colaboraciones que le habían prometido. Pese a esto, sugería que, con el tiempo, podría ser conveniente para ganar espacio seleccionar la bibliografía para excluir los trabajos de divulgación “y sin ningún carácter científico”; trabajos de aficionados a la historia que “prestan un gran servicio de ilustración entre el gran público, pero que pueden llegar a desorientar a los que tengan que orientarse para sus adquisiciones a través de la bibliografía”. Si se seguía este criterio “un tanto severo”, se podían incluir artículos que aparecían en periódicos y revistas valiosos. Las primeras dos sugerencias fueron tomadas en cuenta, no así la tercera. Zavala se mostró reacio a incorporar los artículos de prensa en las notas, aunque Torre Revello los enviaba y se publicaban.[24]

Pocos días después, Zavala recibió de la Argentina las notas bibliográficas correspondientes al tercer trimestre de ese año, una reseña sobre los seis volúmenes relativos al II Congreso de Historia de América (celebrado en Buenos Aires en 1938) y varias observaciones puntuales sobre el artículo que saldría en la RHA titulado “El Museo Mitre”.[25]

Esto no significaba que considerara inadecuado el método seguido por Torre Revello. De hecho, lo puso de ejemplo ante otros a quienes remitió para resolver dudas, como fue el caso de Raúl Silva Castro, “consejero” en Chile y encargado de la bibliografía.[26] A la sazón, el colega chileno se enteró de que era miembro del Consejo Directivo de la revista –y su representante en Chile– al recibir los primeros tres ejemplares. Tomó la designación con gusto y desde ese lugar sugirió la colaboración de colegas chilenos, a quienes esperaba escribirles directamente él a través de una circular en la cual dejaría en claro que los envíos se realizarían a través suyo y los haría llegar oportunamente a la revista. En respuesta, Zavala le comentó que tenía grandes expectativas sobre la contribución de Chile y que como “consejero de la publicación” podía promover como creyera conveniente la publicación, invitando a quien le pareciera y escogiendo las contribuciones que según él tuvieran “mérito”; solo le recordaban su carácter inédito y que fueran serios y originales y que, de preferencia, no tuvieran un interés “muy regional”. Le observó que era la forma como lo llevaba Torre Revello con mucho éxito en la Argentina.[27]

El intercambio de correspondencia con Torre Revello fue regular, porque el argentino colaboraba asiduamente con toda clase de contribuciones: propias, de colegas de su país y con las notas bibliográficas de libros y revistas.[28]

Por su parte, Torre Revello prometió ayudar a Silva Castro en cualquier duda “por el mayor éxito de la Revista”, pero para sumar colaboradores de todos los países de América le sugirió que se pusiera en contacto con el historiador ecuatoriano doctor Abel Romeo Castillo, quien había cursado el doctorado en Historia en la Universidad de Madrid y conocía los archivos y bibliotecas más importantes de España. Otro dato importante del posible colaborador era que había recorrido varios países de América y era autor del libro Historia de los Gobernadores de Guayaquil en el siglo XVIII, amén de otros escritos históricos.[29]

A estas sugerencias de colaboradores se les sumó otras para confeccionar la bibliografía de sus respectivos países: Guillermo Hernández de Alba (Bogotá), José M. Vélez Picasso (Lima), Juan E. Pivel Devoto (Montevideo), Humberto Vázquez Machicado (La Paz), Efraín Cardoso (Asunción). Eran todos jóvenes con preparación en los estudios históricos: “Todos ellos tienen en su haber obras fundamentales con relación a la historia de sus países”, le dijo. Si Zavala no encontraba eco en estos colaboradores, él se ofrecía para encargarse temporalmente de Uruguay, Bolivia y Paraguay. Esperaba que, con el tiempo, el canje de la RHA le diera la mayor parte de la información de lo que se publicaba en América.[30]

La correspondencia entre ambos prosiguió; eran más frecuentes las cartas enviadas por Torre Revello que las respuestas de Zavala. Posiblemente esto se debía a que, en cada una de ellas, el argentino hacía referencia a reseñas o notas enviadas, pero también a un número considerable de correcciones que había detectado en sus pruebas de imprenta o incluso en artículos de otros ya publicados. El afán de señalar los errores era para mejorar la calidad de la publicación. El llamado a la exigencia haría posible mostrar “de qué son capaces los historiadores de nuestros días en América”.[31]

Hacia el número 7 de la revista, Zavala seguía preocupado por la sección Bibliografía porque no lograban tener una cantidad importante para cada país, solo quedaba la de Argentina muy completa por la contribución de Torre Revello. Seguía trabajando “empeñosamente en esa dirección”.[32] La contribución de algunos países siguió siendo escasa. Zavala le compartió su preocupación sobre Brasil, por lo que le pidió a Torre Revello que le diera su opinión sobre las sugerencias que había recibido: Serafim Leite, Aníbal Mattos, Roberto Simonsen, Gilberto Freyre, Jonatas Serrano y Pedro Calmon.[33] En respuesta, Torre Revello le comentó que consideraba a Serafim Leite como el más capacitado de todos ellos, aunque también se podría invitar a Aníbal Mattos.[34]

Torre Revello compartía su preocupación por la falta de colaboradores, pero le dijo que prefería ser selectivo, dado que, aunque había muchos autores prolíficos, los historiadores auténticos escaseaban mucho, según su consideración. Planteó que si se quería llegar a ser una revista de “alto nivel científico”, debían mantener la exigencia. Por ello, no dejaba de enviarle materiales de personas a las que reconocía su valor académico, incluyendo a los pocos que habían quedado en España que se dedicaban a trabajar la historia americana (como Emiliano Jos, profesor en Madrid, de quien envió un artículo para publicar en los siguientes números).[35]

Era importante la selección de colaboradores porque se mantenían ciertos errores que debían erradicarse. Uno de ellos, para Torre Revello, era el que tenía que ver con el formato de las notas bibliográficas. Insistía en que debían suprimirse los comentarios y publicarse solo el sumario de los capítulos; decía: “Así se evitarán largas tiradas sobre libros mediocres”; también debía suprimirse la lista de los documentos de los apéndices de estos libros; “solo cuando una obra represente en realidad una aportación de algún interés, podría hacerse un breve comentario, que no debiera pasar de ocho a diez líneas”, según sugería. Este esfuerzo de síntesis se relacionaba con dos preocupaciones: la de seleccionar (y, por lo tanto, separar la historia científica de las obras de divulgación) y la de achicar el espacio dedicado a cada obra, puesto que cuando todos los países enviaran su información, sería demasiado extensa. Otro error que señalaba era que había colaboradores que hacían sus notas sin tener el libro a la vista; específicamente señala a uno en que era evidente que solo recogía información de diversas fuentes y cometía errores con datos importantes. “Es preferible la omisión al error”, señalaba. Le pedía que si llegase antes la de otro colega, suprimiese la suya para evitar estos errores. Si Zavala consideraba oportunas estas sugerencias, se las transmitiría a los demás colaboradores.[36] Meses después, con el objetivo de trabajar por la excelencia de la RHA, le sugirió también el nombre de Pivel Devoto, de Montevideo, quien se desempeñaba como director del Museo Histórico de esa ciudad. Conversó con él sobre la posibilidad de que se hiciera cargo de la bibliografía de Uruguay: “Es el hombre más útil en ese aspecto”, dijo, además de que conocía “como pocos” la historia de su país.[37]

Zavala estaba atento a sus sugerencias y, tras el cambio del número 11, le pidió su opinión sobre el nuevo sistema.[38] Las nuevas notas se redactarían siguiendo precisas instrucciones.[39]

Reseñistas y reseñados

En los primeros números, el grupo de autores de reseñas se mantuvo constante, y es ese núcleo de autores el que suma mayor cantidad de reseñas publicadas en el decenio:[40] Jorge Rubio Mañé (184), Silvio Zavala (141), José Torre Revello (110) y José Rojas Garcidueñas (que se incorporó a partir del número 8, con 57, que se publicaron especialmente entre los números 8 y 16). Esto significa que entre el número 1 y el 5 publicaron reseñas Zavala, Monterde, Rubio Mañé y, desde el 5, Torre Revello. El número 2 sacó reseñas de Zavala solamente. A partir del número 6, se incrementó el número de autores y su procedencia, con algunas particularidades, como se verá más adelante. Lo que puede apreciarse en un análisis cuantitativo es un bajo número de autores con gran cantidad de contribuciones, y un alto número de autores con poca cantidad de contribuciones; los cuatro mencionados están en un primer grupo; en un segundo grupo, con muchas menos reseñas (entre 17 y 27), hay 13 colaboradores,[41] y 117 con entre 1 y 13 reseñas.

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6. Cantidad de reseñas por autor.

Esto se verifica en un análisis por número, pero con algunas particularidades: mientras hay números en los que, con pocas firmas, publican gran cantidad de reseñas, también hay números con muchas firmas,[42] pero pocas reseñas por cada uno de los reseñadores. Hay algunos números en los que se percibe una intensificación, con contribuciones de Estados Unidos, pero sin continuidad, con solo una reseña, como es el caso del número 6, en el que se suman ocho autores a los tres habituales –Zavala, Rubio Mañé y Torre Revello–, el número 10, con cinco reseñas de Estados Unidos (de un total de 47) o el número 21, en el que se suman 16 de Estados Unidos a los tres mencionados y a otros con más de una reseña. Esto se debía a que, como vimos en el capítulo anterior, Lewis Hanke centralizaba el trabajo de los colegas estadounidenses que hacían las reseñas.

También se percibe una cierta incorporación de autores más jóvenes hacia el final del decenio. Es el caso para la Argentina, por ejemplo, del cese de Torre Revello en las contribuciones y la entrada de Sara Sabor Vila; o el caso de las reseñas de Susana Uribe, bibliotecaria de El Colegio de México, y las de varios estudiantes, algunos de ellos becados, como Ernesto de la Torre Villar, Julio Le Riverend Brussone, Guillermo Porras Muñoz, Hugo Díaz Thomé, y las de Gabriel Méndez Plancarte, Emilia Romero de Valle y J. M. Miquel i Vergés.[43] Zavala fue activo en iniciar a los estudiantes en la publicación académica:

Otra práctica que Zavala hizo cundir entre los demás Centros de El Colegio [además de la supervisión permanente de los becarios del Centro de Estudios Históricos] fue estimular a los estudiantes para que publicaran en revistas especializadas y se iniciaran como profesionales[…].[44]

Varios de los reseñadores eran autores con obra publicada, de modo que aparecen publicando comentarios de libros ajenos y como autores de obras comentadas. Si se cruzan los nombres de los autores de reseñas (977, descontando un seudónimo, Biblinus) con los nombres de los autores de los libros, se encuentra que es muy bajo el número de autores que son al mismo tiempo comentaristas y comentados: son solo 32. Esto disipa alguna sospecha de que solo se comentaba la obra de los propios. El objetivo era reseñar toda obra de interés.

Cuando esta relación se expresa gráficamente, puede observarse que hay autores con gran caudal de reseñas, como Rubio Mañé, Zavala y Torre Revello, a quienes se les reseña mayor cantidad de libros, y un grupo de autores significativos para la historia de América, como Lewis Hanke, Vito Alessio Robles, Rafael Altamira y Ricardo Levene, a quienes se les dedicaron varias reseñas, aun cuando no habían contribuido cuantitativamente con comentarios de textos ajenos, pero Hanke, Altamira y Levene fueron figuras fundamentales para el desarrollo de la RHA, y, por su parte, el ingeniero Vito Alessio Robles era una figura del IPGH y un autor prolífico en su sello editorial.[45]

Aunque la mayoría de las reseñas son de libros publicados, algunas pocas se dedican a reseñar artículos de revistas. Es el caso, por ejemplo, de una reseña de Madaline Nichols sobre un texto de Sigfrido Radaelli dedicado a la obra de Ricardo Levene y su espíritu formativo; más que una reseña, es un conjunto de citas entresacadas que destacan la obra de Levene respecto a la divulgación histórica y su contribución a la formación de la nacionalidad. Estas reseñas, aun en su brevedad y sin corresponder al género, son las que componen también parte del programa de la RHA y la conformación de un metatexto historiográfico, al enfatizar la función de la historia y del historiador.[46]

Otra publicación periódica reseñada fue el Handbook of Latin American Studies editado por Lewis Hanke, que le da pie a Silvio Zavala en el primer número para destacar formas del trabajo: la importancia de contar con buenas bibliotecas, la mención de artículos del tipo estado del arte, orientadores.[47] Zavala volvería a reseñar en los números 4 (en el que destaca algunos artículos, pero critica la forma de organización),[48] 8[49] y 14 (en el que también critica criterios de organización, como incluir a México en Caribe, pero también se aprecian aportes desde España).[50]

En la reseña del tercer número, observa Zavala sobre esta obra:

El Handbook responde a un concepto amplio y liberal de las humanidades iberoamericanas; repásese la lista de las secciones, copiada en el título que antecede a esta reseña, y se comprobará que en ella se encuentran representadas satisfactoriamente las direcciones múltiples de la vida individual y colectiva. Para el año próximo se anuncia la creación de una rama dedicada a la bibliografía de la música que pondrá fin al proceso de perfeccionamiento del plan de la obra. Como no existía antes de la aparición del Handbook ninguna guía iberoamericana de amplitud semejante, su vida intelectual ha sido próspera y ha transcurrido en buena armonía con las otras publicaciones de índole bibliográfica que existen, con diversos programas, en el mismo campo.[51]

Procedencia de las reseñas, ciudades editoras

Un aspecto importante para señalar es la procedencia de los libros que se reseñaban en la RHA. Según la ciudad de la que proceden las reseñas se ubica, en primer lugar, México (598); en segundo lugar, la Argentina (156); y, en tercer lugar, los Estados Unidos (106). Por su parte, las ciudades de edición de los libros fueron la Ciudad de México (250), Buenos Aires (166), Nueva York (57) y La Habana (45). Si se consideran los países de publicación, se mantiene el orden: México (275), Argentina (208), Estados Unidos (175), aunque Cuba queda muy atrás (48). Hay países de los cuales no se recibió ninguna reseña, pese a que varios colegas habían sido invitados a hacerlo.[52]

b. Procedencia de las reseñas por ciudades de Estados Unidos
Ciudad Estado Reseñas
Vermillion Dakota del Sur 31
Washington Distrito de Columbia 26
Los Ángeles California 6
Missouri Misuri 5
Bronxville Nueva York 3
Brooklyn Nueva York 3
Cambridge Massachusetts 3
Evanston Illinois 3
San Luis Misuri 3
Ames Iowa 2
Ann Arbor Michigan 2
Lewisburg Pensilvania 2
Middletown Connecticut 2
Northampton Massachusetts 2
Nueva York Nueva York 2
Worcester Massachusetts 2
Flushing Nueva York 1
Ithaca Nueva York 1
Minneapolis Minnesota 1
Notre Dame Indiana 1
Oberlin Ohio 1
Rochester Nueva York 1
Schenectady Nueva York 1
Tuckahoe Nueva York 1
Williamsburg Washington 1
c. Procedencia de las reseñas por ciudades de México, Centroamérica y Caribe
País Ciudad Cantidad
México Ciudad de México 598
República Dominicana Santo Domingo 27
Cuba La Habana 24
República Dominicana Ciudad Trujillo 2
Honduras Tegucigalpa 1
d. Procedencia de las reseñas por ciudades de América del Sur
País Ciudad Cantidad
Argentina Buenos Aires 156
Colombia Bogotá 3
Ecuador Santa Ana de los Ríos de Cuenca 1
Bolivia La Paz 10
Peru Lima 20
Colombia Medellín 1
Ecuador Quito 10
Brasil Río de Janeiro 7
Brasil San Pablo 1
Chile Santiago de Chile 4
e. Procedencia de las reseñas de Europa
País Ciudad Cantidad
España Madrid 10

Si bien la revista tuvo amplitud desde su enunciado inicial, la cantidad de textos en otros idiomas fue baja, sobre todo en portugués, idioma en el que se publicaron 10; las reseñas en inglés suman 93 y el resto son en español. Con respecto a los idiomas de los libros reseñados, más del 70 por ciento son en español; sobrepasan apenas el 20 por ciento los libros en inglés y el resto se reparte entre libros en portugués, francés e italiano. Quien reseñaba los libros en italiano y francés era Zavala; hasta el número 6, las reseñas de libros en inglés estaban casi todas a cargo de Zavala y Rubio Mañé; ambos continuarían publicando reseñas de libros en inglés, aunque a partir del número 6 empezaron a participar otros autores, lo que permite ver cómo se abrió el abanico de contribuciones de otros países, las diversas procedencias institucionales, el incremento de reseñas de investigadores y docentes estadounidenses[53] y el peso de reseñadores del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México. Hasta el número 7 se publicaron con iniciales y una nota al pie al comienzo de la sección indicaba las identidades, y hasta el 8 no se registraron procedencias de ciudad ni institución, pero en el 6 alternaron las iniciales con las firmas completas de los colaboradores estadounidenses. La sección fue encontrando una manera estable de identificar las contribuciones.

Puede identificarse geográficamente la procedencia de las reseñas. En los primeros números, como dijimos, apenas se da información sobre sus autores, como las iniciales; a medida que avanzan los números, se identifica a los autores y se da información de la ciudad de procedencia de los textos o su inscripción institucional.

Es evidente que la Ciudad de México concentraba la mayor cantidad de reseñas realizadas (60 por ciento del total). Si observamos puntualmente esta información por institución, se pueden ver las contribuciones con mejor nivel de detalle. En primer lugar, hay que observar que muchas indican genéricamente la mención de la ciudad. En segundo lugar, puede apreciarse el detalle de procedencias por institución: UNAM (268),[54] El Colegio de México (244),[55] Seminario de Cultura Mexicana (3), Archivo General de la Nación, Ciudad de México (2), Escuela Normal Superior de México (2), IPGH Comisión de Historia (1) y Junta de Cultura Española (1).[56]

Tanto la UNAM como El Colegio de México concentran la mayor cantidad de reseñas; El Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México, con 233 reseñas, fue una auténtica usina de textos. Recuerda, por ejemplo, Carlos Bosch García sobre Ramón Iglesia, profesor: “Un gran maestro, capaz de lograr de sus alumnos un conjunto de trabajos publicables”.[57] Muchas reseñas y fichas bibliográficas provienen de esos estudiantes y de sus maestros: Ernesto de la Torre Villar, Susana Uribe, Julio Le Riverend Broussone, Hugo Díaz Thomé, Enriqueta López Lira Castro, por citar algunos de los discípulos, y Silvio Zavala, José María Miquel i Vergés, Ramón Iglesia, por mencionar sus maestros.

El resto de las reseñas se reparte geográficamente entre la Argentina (16 por ciento) y un conjunto de ciudades de Estados Unidos (10 por ciento). El mayor proveedor de las reseñas de Buenos Aires fue Torre Revello; hacia el final del decenio, fue Sabor Vila, su discípula, quien continuó la tarea bibliohemerográfica con reseñas y fichas, de modo que es notable el aporte de Torre Revello (del número 1 al 22). De Estados Unidos puede apreciarse el caudal de las universidades ubicadas en la costa este, especialmente de Washington, desde donde contribuían Madaline Nichols y Lewis Hanke. Las demás reseñas provenían de Santo Domingo (27), La Habana (24), Lima (20) y La Paz (10); de Europa solo llegaron reseñas de Madrid (5).

Con respecto a las ciudades editoras, tres países concentran el casi 70 por ciento: México, con poco menos del 30 por ciento,[58] le sigue la Argentina, con el 20 por ciento,[59] y Estados Unidos, con el 18 por ciento. En el caso de Estados Unidos, a diferencia de México y la Argentina, cuyas capitales concentran la mayor parte de los libros publicados, presenta mayor diversidad de ciudades; Nueva York (55 libros) y Washington (28) representan el 47 por ciento, pero la otra parte se distribuye en otras ciudades de la costa este, del centro, del sur y de la costa oeste del país.[60]

Del mismo modo que al principio, publicaron sus reseñas los hispanoamericanos y posteriormente se incorporaron los norteamericanos, lo mismo sucede con los libros procedentes de Estados Unidos, que se incorporaron en cantidad significativa en las reseñas a partir del número 6.

De Centroamérica y el Caribe llegaron muchos libros para reseñar, en discrepancia con la procedencia de reseñas de esa región. Islas Vírgenes, República Dominicana, Guatemala, El Salvador, Honduras, Costa Rica y Panamá enviaron libros (menos del 3 por ciento); La Habana, por su parte, mantuvo una relación pareja entre libros (47) y reseñas (45) enviados: el bibliográfo y bibliotecólogo Fermín Peraza Sarauza, de la Biblioteca Municipal de La Habana, fue el autor cubano con mayor cantidad de contribuciones de su país.

De los demás países de América del Sur, además de la Argentina, la distribución de aportes fue la siguiente: Colombia (15 libros), Venezuela (6), Ecuador (20), Perú (33), Bolivia (11), Chile (17), Uruguay (8); aun cuando Paraguay tenía un representante en el Consejo Directivo (Cecilio Báez, de los números 1 al 8), no envió reseñas ni libros para reseñar. Brasil tuvo una participación también escasa; era un país con una producción intelectual y académica de peso, pero así como los textos en portugués fueron muy pocos, lo mismo pasó con el envío de libros: 22 en total (15 de Río de Janeiro).

De Europa, el país con mayor cantidad de libros editados reseñados en la revista fue España: Madrid (18 libros), Sevilla (9), Zaragoza (3) y Barcelona (1). Editados en Italia fueron 4, igual que en Inglaterra; 3 en Francia y 1 en Suiza.

Temas de interés para reseñar

Recorre las reseñas la temática archivística, documental, paleográfica, que es matriz del proyecto de la RHA: fundar los métodos del trabajo con fuentes se expresó también por medio del juicio de las novedades editadas en América.

Para el análisis cuantitativo de los temas de los libros reseñados, a partir de sus títulos se confeccionó un listado de palabras clave, entendidas como descriptores, orientados a temas, lugares y períodos históricos; posteriormente, se separaron de la lista de temas los personajes históricos para conformar visualizaciones de mayor detalle. De 700 resultados codificados, la palabra clave más repetida, como puede esperarse, es historia (98 apariciones), seguida por documentos, documentación, archivo, bibliografía (55 apariciones); las siguientes más mencionadas son diplomacia (15), cultura (14), derecho (14), arte, filosofía (12), crónica y cronistas (11), cabildo, conquista, economía, guerra, misiones (10).

Con respecto a los personajes históricos mencionados en los títulos de los libros, de 193 menciones, los primeros resultados se ordenan del modo siguiente: Domingo Faustino Sarmiento (12 menciones), Cristóbal Colón y Hernán Cortés (6), José de San Martín y Simón Bolívar (5), José Martí (4), Francisco del Paso y Troncoso, Francisco Vázquez de Coronado, Bartolomé de las Casas, Justo José de Urquiza, Inca Garcilaso de la Vega, Juan Manuel de Rosas, Benito Juárez, Justo Sierra, Francisco de Toledo, Vasco de Quiroga (3). Entre los personajes no hispanoamericanos, solo se menciona a Abraham Lincoln y a Alexander von Humboldt (2).

Con respecto a la referencia de lugares en títulos, de 176 menciones, los resultados se distribuyen según el predominio ya visto de México (86 menciones, más 25 de Nueva España y 26 de Yucatán), la Argentina y Buenos Aires (81) y Estados Unidos (37). Otros países americanos mencionados son Brasil (27), Cuba (23), Perú (21), Chile (12), Ecuador (Quito, 11) y Guatemala (10).

En cuanto a los períodos o acontecimientos históricos mencionados en títulos, los primeros resultados son: el siglo XIX (con 52 menciones), colonia (45), el siglo XVI (34), el siglo XVIII (21), el siglo XX (15), los siglos XIX-XX (12), la independencia (11).

Los resultados muestran algunas singularidades respecto a los temas de los libros reseñados. En primer lugar, el peso de los lugares: tanto en las palabras que aparecen expresamente en títulos como la referencia a lugares encabezan México (y Nueva España), la Argentina (y Buenos Aires) y Estados Unidos, en coincidencia con la procedencia de los reseñadores y con las ciudades de edición. Aparecen lugares como Yucatán, el que se puede interpretar por Zavala y Rubio Mañé. Con respecto a las épocas históricas, el descubrimiento, la conquista y la colonia obtienen los mayores resultados, y le siguen el siglo XIX y la independencia; cuando se revisa el listado de palabras más repetidas, conquista, colonia e independencia son las más mencionadas.

Con respecto a una de las mayores preocupaciones de la RHA y que recorre sus distintas secciones, la referida a las ciencias de la documentación, hay una fuerte presencia en las reseñas. Si se agrupan los descriptores temáticos, se verá que 98 veces aparece la palabra historia, y sumando documentos y documentación, archivo, bibliografía, fuentes, biblioteca se llega a 78 resultados, lo que da una magnitud del peso que tuvo esta área temática en las reseñas. Del mismo modo, en las palabras más repetidas en títulos –archivo y documento– llegan, sumadas, a 66 repeticiones.

El número de las reseñas que se dedican al examen de libros de historiografía, archivos, documentos, bibliotecas, museos, bibliografías, catálogos, archivos, manuales del historiador supera las 130, de un total de 978 (casi un 15 por ciento).

Las reseñas referidas a documentos (sobre todo, coloniales) tienen observaciones técnicas sobre el trabajo paleográfico (la indicación de la procedencia de los documentos, la forma de transcribirlos o la conveniencia de adaptar la ortografía cuando se trata de libros de divulgación). También se destacan las ediciones facsimilares, los índices, las listas de nombres, si hay presencia de bibliografía o si se trata de publicaciones oficiales con ocasión de homenaje.

Las reseñas que se dedican a catálogos de fondos documentales describen su organización y destacan los documentos curiosos o de interés para el historiador americano. Por ejemplo, en la reseña sobre el libro Catálogo de los Fondos Americanos del Archivo de Protocolos de Sevilla: T. V, Siglos XV y XVI, Silvio Zavala destaca documentación relativa a Bartolomé de las Casas. Además, elogia la dirección del trabajo, en manos de José María Ots y Capdequí. En la reseña de Causas Célebres a los Precursores de José Pérez Sarmiento, Guillermo Hernández de Alba destaca la fidelidad en la reproducción y el valor del caudal documental para todos los países de América.

Cuando algún dato de un libro invita a investigar para cotejar, los autores de las reseñas hacen observaciones; es el caso, por ejemplo, de José Rojas Garcidueñas, que cuando se dedica al libro Documentos Inéditos referentes al Ilustrísimo Señor Don Vasco de Quiroga Existentes en el Archivo General de Indias, además de elogiar la edición, sugiere:

Hay dos o tres declaraciones de indios, en donde se alude a ciertos malos tratamientos, antes de la llegada de don Vasco a Michoacán, que dicen les infligían los franciscanos para obligarlos a convertirse al cristianismo; convendría confrontar tales versiones con otros documentos de la época, para aclarar ese punto de la evangelización de Nueva España.[61]

Las reseñas son también manifiestos para demandar políticas de archivo. Fermín Perasa Sarauza lo hace en dos publicadas en un mismo número; primero, en la reseña de Emilio Núñez (1875-1922), historiografía de Luis de Arce:

El señor Luis A. de Arce se duele en su libro de que una gran parte de los documentos históricos cubanos estén en manos de particulares, que los sustraen al interés de los historiadores; y agradece la generosidad de otras personas que han colaborado en su trabajo, dándole acceso a los mismos. Esta situación que no es cubana, sino de buena parte de Hispanoamérica, es consecuencia del criminal abandono en que nuestros gobiernos tienen las bibliotecas, archivos y museos; cuyo abandono ha permitido la dispersión, pérdida o venta al extranjero de los más preciosos archivos. Para resolver en Cuba este problema, la Sociedad Colombista Panamericana ha gestionado y obtenido una Ley que prohíbe la salida de Cuba de todo documento histórico y obliga a sus tenedores que no los conserven en buen estado a entregarlos al Archivo Nacional.[62]

En la segunda reseña, sobre el libro Catálogo de los fondos del Real Consulado de Agricultura, Industria y Comercio y de la Junta de Fomento de Joaquín Llaverías, insiste y compara:

Lo hemos dicho muchas veces. Cuba no tiene bibliotecas, no tiene archivos, no tiene museos. Y no es sólo Cuba quien anda así en América. Ahí está el caso de la Biblioteca Nacional de Lima, que pierde para la Historia del Continente uno de sus más valiosos archivos. ¿Se hubieran quemado esos documentos si hubieran estado en casa y circunstancias adecuadas? ¿Se ha quemado alguna vez una biblioteca norteamericana? ¿Quién es, al cabo, el culpable de la destrucción de esos documentos: el fuego o el Estado?[63]

La técnica paleográfica bien hecha se elogia y se explica; así lo hace Mariano Muñoz-Rivero del Olmo, en la reseña de las Actas del Cabildo de Caracas: Tomo I, 1573-1600 (1944). María Teresa Bermejo, asesora técnica del Archivo Nacional, había estudiado Paleografía en Madrid bajo la dirección del profesor Agustín Millares Carlo. Bermejo y Mario Briceño-Iragorry, autor del prólogo, enuncian que han introducido decisiones relativas a la transcripción. Muñoz-Rivero del Olmo reproduce el fragmento en el que Bermejo enumera los criterios y las decisiones tomadas. Es evidente que, en la reseña, el desarrollo de estas cuestiones técnicas va en el sentido de compartir, generalizar y tender a la homologación de criterios para la transcripción documental.

Hay una preocupación permanente por las fuentes y su debida identificación: la mención de la fuente es un servicio al lector, especialmente si se trata de uno en formación, un estudiante. Siguen varias reseñas que van en el mismo sentido. José Torre Revello, sobre el libro de Carlos Roberts Las Invasiones Inglesas del Río de la Plata, 1806-1807 y la Influencia Inglesa en la Independencia y Organización de las Provincias del Río de la Plata, dice:

El libro del señor Roberts es un valioso aporte al tema que estudia, cuya importancia hacemos notar, lamentando que el autor haya despojado su escrito de todo aparato erudito, necesario siempre en obras de esta naturaleza, y mucho más en la que comentamos, por tratarse de nuevas aportaciones a temas de tanta importancia, donde la precisión de las fuentes, en cada afirmación o nuevo punto de vista, es necesario documentar debidamente; máxime, cuando el autor de la obra no da a la publicidad los documentos inéditos que utiliza en el transcurso de ella.[64]

El trabajo de fuentes es, por una parte, exigencia de trabajo científico y, por otra parte, es servicio al lector. Así lo destaca Rubio Mañé en la reseña del libro Historia de la Nación Mexicana de Mariano Cuevas:

Los caracteres sensacionales y los comentarios vivos con que se hallan revestidas las apretadas noticias que contiene este libro, piden menos falta de comprobación; porque si un estudiante se asoma a sus páginas, tendrá que depositar toda su fe en la autoridad de quien ha redactado este libro y no podrá hallar ninguna guía de más amplios informes, para especializar en cualquier tema que particularmente le interese. Además, queda con ello mucho margen para que quienes no tengan fe en el autor muevan enconadas controversias, que de otro modo se hubieran evitado.[65]

De Cuadernos de historia: Hombres y sucesos de otros tiempos, compilación de Carlos Menéndez de textos y documentos yucatecos, publicados anteriormente en la prensa, nuevamente Rubio Mañé lamenta la narración y la ornamentación en detrimento de la precisión, sobre todo, por la necesidad de integrar investigaciones antes que dedicarse solo a la divulgación entre el público masivo:

Pertenece al tipo de historia general en que el autor parece tener más interés por la narración que por la presentación comprobada de los hechos. Abundan en sus numerosas páginas los grabados que desearíamos haber visto sustituidos, en parte al menos, por referencias bibliográficas y citas documentales. Los caracteres sensacionales y los comentarios vivos con que se hallan revestidas las apretadas noticias que contiene este libro, piden menos falta de comprobación; porque si un estudiante se asoma a sus páginas, tendrá que depositar toda su fe en la autoridad de quien ha redactado este libro y no podrá hallar ninguna guía de más amplios informes, para especializar en cualquier tema que particularmente le interese.[66]

Sergio Méndez Arceo también señala deficiencias de método científico en la reseña del libro Crónica del muy ilustre Colegio Real Mayor de Nuestra Señora del Rosario de Guillermo Hernández de Alba, un asiduo colaborador de la revista:

Una indicación más precisa de los documentos inéditos a que se hace referencia, así como una breve introducción sobre los archivos consultados, hubieran aumentado el valor singular que este libro tiene como base de ulteriores estudios y habrían acentuado su carácter científico, que también se ve disminuido por el tono en que está escrito, tal vez con el afán de conservarle el sabor de vieja crónica. Ojalá el autor nos proporcione algo sobre los archivos en un apéndice, y en otro nos dé las listas clasificadas de dignatarios, catedráticos y colegiales de ese ilustre plantel.[67]

Es decir que no se trata de publicar documentos sin más, sino de acompañarlos de un completo conjunto de dispositivos (referencias, índices, anotaciones, bibliografías) que permitan ulteriores investigaciones, es decir, ir más allá del documento mismo.

Como ciencia, la historia debe permanecer al margen de la narración y la calificación: en el juicio sosegado se juega su integridad; dice Rubio Mañé sobre el libro Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana: Tomo I, 1550-1565, a cargo de Emilio Roig de Leuchsenring:

Creemos que los estudios históricos deben hacerse con más moderación en estas interpretaciones, sin invectivas que muchas veces reflejan ideas personales. Si consideramos que la disciplina histórica es de carácter científico, debemos eliminar los conceptos duros y los calificativos que den color a los juicios. La pasión no debe aparecer, al tratar los errores del pasado.[68]

También hay reseñas demoledoras. Es cierto que en las revistas se espera que las reseñas sean críticas, no enteramente elogiosas, pero en principio no parece necesario reseñar un libro malo. Es el caso de la de Breve historia del Perú de Max H. Miñano G.; Emilia Romero de Valle, peruana, arremete en dos páginas y media contra todos los aspectos del libro; contra el autor dice:

[…] ha sido enviado por el gobierno del Perú para estudiar en México el funcionamiento de las escuelas, y no dudamos de su competencia en este ramo de la pedagogía; pero de ser maestro normalista a escribir un manual de historia, hay alguna distancia; y ésta es la que precisamente no ha sabido recorrer el señor Miñano.[69]

Señala errores e inexactitudes históricas, las mezclas de las primitivas culturas peruanas, la repetición de errores tomados de otros libros. Lo que también observa y destaca Romero de Valle es el excesivo desarrollo en páginas del Gobierno de Manuel Prado, presidente de entonces, la mención de escritores menores en detrimento de figuras más importantes y omisiones de historiadores como P. Rubén Vargas Ugarte, Germán Leguía y Martínez, Raúl Porras Barrenechea y Jorge Guillermo Leguía.

En realidad, hay razones para una reseña tan dura y extensa en la RHA: el libro fue editado por la Secretaría de Educación Pública; el autor, evidentemente, cumplía funciones gubernamentales de Perú en México, y se trata de un libro publicado por compromisos políticos, no con valor histórico. Los trabajos que ensalzan a funcionarios son fustigados; Monelisa Lina Pérez-Marchand así lo observa en el libro de Vicente Tolentino Rojas Historia de la División Territorial: 1492-1943:

En su totalidad, la obra es una de esas piezas del positivismo histórico que más propiamente podría llamarse Relación que Historia. Su propia naturaleza objetiva extraña la serie de alabanzas dedicadas a lo largo del texto al General Trujillo. ¿Es que para lograr su publicación, obras que representan un determinado esfuerzo científico, deben ir necesariamente con ese coro de alabanzas al gobernante?[70]

Los manuales son libros que merecen su atención por su carácter orientador del trabajo del historiador, y si no están bien, a juicio del reseñador merecen duras críticas, como es el caso de la reseña de Agustín Millares Carlo sobre el libro de J. Villasana Haggard, el Handbook for translators of Spanish historical, en el número 14, en la que hace numerosas observaciones sobre abreviaturas, equivalencias, errores y prácticas superadas.[71] Son curiosos estos casos de reseñas de malos libros, toda vez que Zavala animaba a lo contrario, considerando que las reseñas harían solo una crítica a los libros que valieran la pena.[72] Es posible interpretar que las reseñas de libros no valiosos respondieran a orientar el criterio del joven historiador, a servir como advertencia de libros inútiles, de baja calidad histórica. El mismo Rubio Mañé advertía el cuidado en el tono, procurando que no fuera beligerante. Le contó a Zavala que intentaba reseñar dos ediciones de Landa que recientemente se habían hecho, la de Yucatán y la de Pérez Martínez, y señaló que lo hacía “cuidando evitar comentarios que puedan traer polémicas”.[73]

La bibliografía como estrategia: un registro cuantioso de libros y revistas

La RHA tuvo una fuerte orientación a la archivística, la bibliotecología y la catalogación, no solo en los libros incluidos, sino en la práctica archivística misma. La sección destinada a orientar al lector con bibliografía tuvo una extensión importante: en la mayor parte del decenio, en cada número, ocupó un tercio en cantidad de páginas. Se podría decir que, junto con Revistas (números 1 al 10, luego integrada a Bibliografía) y Reseñas, conformaban el núcleo de la revista, la biblioteca del historiador en todos los sentidos. El análisis cuantitativo de ambas, el temático-textual y de las redes (editoriales, editores, ciudades) permite entender el mundo editorial, así como el peso de las instituciones.

Bibliografía y Reseñas daban cuenta de las novedades publicadas por vía de diversos géneros textuales: por un lado, las reseñas son textos críticos, comentarios del contenido y un juicio del reseñador. Las fichas de bibliografía, por su parte, buscaban dar cuenta de las novedades publicadas en el continente o en Europa sobre América; son textos más bien escuetos, en general con la mínima información: autor, título, datos de edición y sumario o índice. Las noticias de revistas son listados con información básica de la publicación y destaques de autores y artículos, pero a partir del número 11 sufrió modificaciones y se integró, como se dijo, con las fichas de Bibliografía. Esto se relacionó, como veremos más adelante, con los responsables de esa sección (primero, Rafael Heliodoro Valle; luego, Agustín Millares Carlo) y con la definición que iba haciendo Zavala para mejorar la calidad de la información a partir de una mejor clasificación del material.

A diferencia de las reseñas, la bibliografía estaba compuesta por notas cortas, descriptivas. No se trataba solo de la diferente extensión, sino también de la impronta de la crítica: en una era evidente e indispensable; las notas bibliográficas, aunque iban firmadas, tenían como objetivo dar cuenta del material, no interpretarlo. Sin embargo, tanto en las reseñas como en las notas bibliográficas la guía clave era qué material merecía aparecer en la RHA. En los primeros años, junto con Revistas, comenzó ocupando unas 45 páginas y llegó a rondar las 100 páginas a partir de 1941 (cuando se sumó la sección Revistas), con un promedio de 70 páginas por número.

Como veremos a continuación, uno de los principales problemas de la sección fue su ordenamiento, dado que implicaba numerosa cantidad de fichas. Esto llevó a que se hicieran esfuerzos para señalarles una y otra vez a los colaboradores que cumplieran ciertas normas unificadoras. Por ejemplo, las novedades que provenían de la Argentina corrían a cargo de José Torre Revello, cuyas fichas fueron consideradas en varias oportunidades como un modelo; colaboraba abundantemente en todas las secciones, de modo que en una oportunidad se le solicitó que solo hiciera las fichas de las publicaciones que no llegaban a México; había que ordenar las contribuciones y también los pagos por sus colaboraciones.

Una indicación importante en relación con las fichas tenía que ver con su posibilidad de ordenarlas; para ello, era central que las fichas se elaboraran en hojas individuales; así se lo hicieron saber a Torre Revello en una comunicación. La ficha bibliográfica componía una unidad que debía clasificarse según tema y ordenarse alfabéticamente una vez que llegaba a los editores; integradas con las demás, compondría la sección lista para enviar a la imprenta.[74]

Además de una cuestión de orden, este pedido que detallamos cumple otra función. Una bibliografía no es una lista de libros: es un universo de libros organizado científicamente, y la sección procuró dotar de un orden al contenido: archivos y bibliotecas organizan sus fichas (o cédulas) segmentando la información, con fichas por autor, por título, por materia. Cuando los colaboradores de la sección Bibliografía enviaban sus fichas, estaban también contribuyendo a conformar la Biblioteca de Historia de América. Esto se aprecia claramente a partir del número 11, con la llegada de Agustín Millares Carlo a la sección.

Las revistas: del problema de la colección completa a la ficha analítica

Como hemos mencionado, las notas que se escribían sobre las revistas aparecieron inicialmente separadas y desde el número 11 se unieron a la sección Bibliografía. El promedio de páginas para la sección Revistas (números 1 al 10) era de 30; comenzó con menos de 20 y llegó a superar las 40 por número. Hasta el número 10 se registró alfabéticamente cada revista con una ficha de comentario del número, en la que se destacaban los artículos más valiosos para quien comentaba. Así cumplían con la función de tener un registro hemerográfico de lo que se producía en el continente en publicaciones periódicas especializadas (ver Anexo, Lista de revistas más mencionadas por ciudad y país en el intervalo de los números 1 a 10).

Junto con Francisco Monterde, Rubio Mañé tenía que encargarse de redactar para cada número las notas sobre las revistas dedicadas a temas americanistas. A diferencia de las notas de libros, las de las revistas eran más complicadas porque para escribirlas requerían recibir los números a tiempo porque se pretendía dar cuenta de lo que se producía en el ámbito histórico en cada país del continente. Rubio Mañé intentó poner un poco de orden en la recolección y resguardo de este material. Para ello, se contactó con Jorge A. Vivó, el encargado de la biblioteca del IPGH, miembro editor de la Revista Geográfica del Instituto Panamericano de Geografía e Historia. Entre ambos hicieron una lista de las revistas que hasta entonces habían reseñado, anotando los números que les faltaban para completar colecciones. Si bien esto no servía para la RHA (porque no se podían comentar publicaciones anteriores sino solo novedades), era de utilidad para la Biblioteca, de la cual se esperaba se convirtiera en un reservorio importante. Rubio Mañé señaló en el reporte realizado que las notas cubrían un espacio irregular: aún no habían reseñado nada de revistas de Canadá, Brasil, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Santo Domingo, Haití y Nicaragua, entre otros países, que de Chile se recibían muy pocas revistas y que de los Estados Unidos eran pocas (en proporción a las que se publicaban). Para apoyarlo, el director del instituto decidió escribirles cartas a los consejeros del Instituto en cada uno de esos países para pedirles que enviaran listas de las publicaciones periódicas. Como Zavala se encontraba en Estados Unidos, Rubio Mañé le sugirió que podía ayudarlo para confeccionar una lista más completa a partir de revisar las que tenía la Biblioteca del Congreso. Previsoramente, para ordenar ese material, se autorizó a realizar unos muebles para exhibir a manera de museo las revistas de la biblioteca.[75]

En respuesta, Zavala le dijo que no se preocupara por las publicaciones de Estados Unidos porque Hanke haría ese trabajo con las listas que tenía, de tal manera que podrían hacer el canje para asegurar que tuvieran todo el material posible de Historia. Este aspecto, remarcaba, era de suma importancia porque no existía en el país ningún otro centro donde se tuviera este material. Por ello le confesó: “Siempre he esperado que el Instituto pueda serlo”.[76]

El problema persistió, por lo que Rubio Mañé se quejó de que era imposible darle continuidad a la sección porque ningún repositorio tenía colecciones completas (ni la biblioteca del Museo Nacional de Historia y Antropología, ni la hemeroteca de Hacienda, ni la biblioteca de la Academia Álzate ni la del Instituto).[77] Como no podían tener a la vista todas las revistas en México, las notas correspondientes las hacían en ocasiones los colaboradores de los respectivos países de dichas publicaciones. Sin embargo, esto llevó a que se repitiera información, por lo que se decidió que se enviaran a México, donde se realizarían las reseñas.[78]

Hasta la integración de las secciones, Revistas publicó comentarios descriptivos de 194 revistas. El 20 por ciento de las publicaciones periódicas proviene de la Argentina, seguida por México (15 por ciento), Estados Unidos (13 por ciento) y Colombia (10 por ciento). El resto está compuesto por revistas de Ecuador, Bolivia y Brasil; con escasas contribuciones están las revistas de Guatemala, Venezuela, Chile, República Dominicana, Uruguay, Panamá, Canadá, España, Italia, Francia, Alemania y Portugal.

En cuanto a las personas que escribieron estas notas sobre revistas en el período inicial en el que estuvo como sección propia, iban inicialadas solamente; sobresalen Rubio Mañé, Torre Revello y Monterde. Esta fue una de las tareas que más tiempo ocupó para el yucateco, porque debía distribuir correctamente la información que enviaban los colaboradores para las tres secciones: Bibliografía, Reseñas y Revistas. Una vez hecho esto, debía enviarle a Heliodoro Valle lo que tenía que ir en la sección Bibliografía, mientras que él y Monterde dispondrían de las revistas.[79] Los demás, incluyendo a Zavala, participaban solo ocasionalmente.[80]

Hanke no estaba de acuerdo sobre cómo se encontraba la sección y expresó sus críticas: en la sección, proponía colocar pequeñas notas de artículos importantes provenientes de varios medios, pero organizadas de acuerdo con la materia. Pensaba que un gran servicio de la RHA sería colocar todos los trabajos con sus precios (solo si nadie en México daba ese servicio en ese momento).[81]

A partir del número 11, en abril de 1941, la unidad de registro ya no fue la revista, sino el artículo singularmente considerado, ordenado temáticamente y encabezado por el apellido del autor: ya no se trata de un listado alfabético de revistas, descripto de forma más o menos completa, sino que el foco pasa a estar puesto en la ficha de un artículo que parece valioso registrar. Al final de la sección Bibliografía se publicaba la lista de las revistas mencionadas, con las abreviaturas correspondientes (ver Anexo, Lista de revistas por país y cantidad de apariciones en el intervalo de los números 11 a 26).[82] A diferencia de la primera forma, se adopta la de un registro bibliohemerográfico de trabajos por autor y clasificado temáticamente, no meramente enlistado. El registro deja de estar encabezado por el nombre de la publicación y pasa a encabezarlo el autor. Esto representa un cambio central para la propuesta de una bibliografía como herramienta académica, orientada a satisfacer la necesidad de orientación del historiador.

Los registros de revistas y boletines son nutridos (se mencionaron en total unas 330, aproximadamente). Estas se concentran en tres países: Estados Unidos, México y Argentina, lo que se relaciona con las redes editoriales y académicas de publicaciones y con la capacidad de los mediadores como Hanke y Torre Revello (ver Grafo de países que concentran mayor cantidad de revistas mencionadas). En el caso de las publicaciones argentinas, es interesante mencionar que se le permitió excepcionalmente enviar notas de artículos publicados en periódicos (no en revistas, boletines o journals) como La Prensa y La Nación. Esto se debía a que Torre Revello defendió que en estos aparecía información académica, incluso más que en algunas revistas.[83]

7 . Grafo de países que concentran mayor cantidad de revistas mencionadas.

Varias de estas revistas de la sección Bibliografía eran publicitadas también en la RHA porque tenían canje. Con algunas de estas que tenían una sección de notas similares se tenía el acuerdo de poder utilizar la información que existía en ellas y se reproduciría en la RHA.[84]

Tras el cambio en el número 11, los errores persistieron y las revistas terminaron subsumidas en la enorme cantidad de libros anunciados, aun cuando habían crecido notoriamente en número y superaban las 300 en las listas al final. Es notoria la llegada de revistas académicas de toda América, además de las revistas culturales y las revistas y boletines institucionales, ya reseñados con anterioridad. Sin embargo, cuando se creó la Comisión de Historia en 1946, se señaló que las revistas seguían ocupando un lugar menor dentro de la sección, que su información no era regular. Sugerían que para cubrir todas las publicaciones periódicas “serias” dedicadas a temas históricos se hiciera una lista y se solicitara ayuda para esto a las instituciones y academias de cada país, lo que muestra la preocupación por participar en un diálogo de revistas científicas.[85] Todos los países incrementaron su contribución, pero destaca Estados Unidos (con el 20 por ciento del total), México (18 por ciento) y la Argentina (15 por ciento). El resto de los países aumenta en número también, como Perú (que pasa de 13 a 22 revistas), Venezuela (de 2 a 11), Uruguay (de 1 a 6), Chile (de 2 a 6), España (de 2 a 7) y Guatemala (de 3 a 8). Cabe resaltar que la RHA es también mencionada en los registros, lo que muestra que no es solo una noticia de novedades, sino también una catalogación de la bibliohemerografía de historia de América.

Los libros en la sección Bibliografía: la indización como principio clave de la organización

Como todo comienzo, el de la RHA tuvo sus tropiezos; en esta sección dedicada a los libros, al ser tan voluminosa, eran más perceptibles. La Bibliografía, precedida de la información de las revistas (hasta el número 10), ocupaba el último lugar de cada número. Dentro de esta, se organizaba de manera simple, colocando inicialmente una bibliografía general y luego por países, ordenados alfabéticamente. El primer número advertía a los lectores que la información era incompleta. Primero porque solo se referían a los libros de 1937 e inicios de 1938 (para los de 1936 remitían al Handbook). Segundo, porque algunos países tenían pocas notas mientras otras registraban lo suficiente. La explicación era simple; todavía no habían podido organizar el intercambio bibliográfico con todos los países de la misma manera. Tercero, porque no figura en esta la de Estados Unidos, la cual aparecería recién (esperaban) en los siguientes números. Firmaba el texto con sus iniciales Rafael Heliodoro Valle, el responsable de la sección hasta el número 10.[86]

Esta forma de organización se extendió por hasta el número 11, cuando fue el español Agustín Millares Carlo quien tomó a su cargo la sección, por eso identificamos dos etapas, no solo porque cambia el responsable, sino porque se complejiza la organización de los libros con arreglo a encabezamientos de materia más refinados.

La primera etapa

La sección, durante los primeros tres años de vida de la RHA, estuvo a cargo de Rafael Heliodoro Valle.[87] No nos detendremos en los antecedentes de Valle en el IPGH,[88] aunque estos hacen comprensibles que antes de que se lanzara el primer número fuera invitado por el director Sánchez a participar como miembro del Consejo Directivo.[89] Una vez realizada la designación oficial, Silvio Zavala se comunicó con él.[90] Le propuso otra tarea más: la de coordinar la sección Bibliografía, en la que se incluirían las obras de historia publicadas en los países americanos y las revistas.[91]

De inmediato, Valle comenzó a utilizar los contactos de su red personal para iniciar la tarea encomendada. Le escribió al historiador estadounidense Lewis Hanke, quien en ese entonces se encontraba trabajando en la editorial de la Universidad de Chicago, para comentarle que pronto aparecería la Revista de Estudios Históricos del IPGH, en la cual él se encargaría de la sección de bibliografía hispanoamericana.[92]

Dado que el llamado tenía que ser personalizado, pero masivo, envió a inicios de enero de 1938 una carta invitación (ver Anexo, Tabla de cartas enviadas por fecha, destinatario institución, ciudad y país). En ella, anunciaba que el IPGH había decidido publicar a partir de marzo de 1938 la Revista de Estudios Históricos, dirigida por Silvio Zavala y que él se encargaría de reunir todos los materiales de bibliografía histórica de América. Al empezar a reunir estos materiales, se habían dado cuenta de que ninguna biblioteca pública conservaba ni siquiera la tercera parte del total. Para iniciar esta labor, entonces, les pidió que enviaran libros y monografías de 1937 y que se comunicaran con los autores para explicar las intenciones. Asimismo, les pidieron que enviaran esa noticia a otras personas y que les comunicaran la lista de esos contactos. La invitación se hizo extensiva también para publicar en el BBAA del IPGH (en el cual Valle también se encargaba de la sección Bibliográfica).[93] Aprovechó también para enviarles un ejemplar del programa del Primer Congreso de Profesores de Literatura Iberoamericana que estaba organizando la UNAM para agosto de ese año.[94]

Algunos de los destinatarios de las invitaciones eran conocidos historiadores, pero la mayoría se trataba de directores de bibliotecas nacionales o de universidades. La distribución no cubrió todos los países del continente. Se concentró en la Argentina (Buenos Aires, principalmente, y un caso de Córdoba), Colombia (Bogotá, Cali, pero también el departamento de Nariño), Ecuador (Quito y Guayaquil), Perú (Lima y Cuzco), Bolivia (La Paz y Sucre), Brasil (Río de Janeiro y San Salvador), Panamá, Paraguay, El Salvador, Costa Rica, Guatemala, Panamá, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Venezuela. Pocos respondieron. La Universidad de Puerto Rico envió varias obras y un artículo publicado por Antonio Pedreira.[95] Pocos meses después, Valle le escribió al director de la biblioteca pública de Nueva York para comentarle lo mismo de las invitaciones, pero en un formato más personal. Le expresó que tenía responsabilidad en la sección Bibliografía continental del BBAA y la revista. Le pidió hacer un intercambio: recibir el boletín de la biblioteca pública de Nueva York para utilizar los datos relacionados con la bibliografía histórica de ese país y, a cambio, él le enviaría publicaciones mexicanas (como estaba haciendo desde ese momento a través de la legación de Honduras en México).[96]

Por indicaciones de Zavala, el primer número de la RHA abarcó las obras publicadas en el año 1937, y para el segundo número se consideró las de 1938 (y aquellas del año anterior que no habían sido incluidas por haber tenido noticia de ellas con posterioridad al cierre). Valle procedió a reunir ese material y envió una lista de historiadores e investigadores que querían recibir la publicación, y marcó con rojo los nombres de aquellos que él consideraba que podrían ser invitados a colaborar con notas bibliográficas.[97]

En la bibliografía general del primer número se colocaron libros que si bien no llevan por título historia de América, tratan temas abarcativos que podían ser de utilidad para entender la historia de más de un país. Es interesante que aparecen autores extranjeros, como, por ejemplo, el italiano Gino Doria con Storia dell’America Latina; pero se ubican allí los trabajos de los estadounidenses que estudian la historia de América del Sur, las relaciones diplomáticas entre su país y la América Latina.[98] Solo dos hispanoamericanos se colocan en esta sección general, el cubano José María Chacón y Calvo, Cartas censorias de la conquista, y el mexicano Baltasar Dromundo, Vida de Bolívar.

En cuanto a los países, el que contiene mayor cantidad de títulos es México, seguido por la Argentina –debido a la intensa labor de Torre Revello–, Centroamérica –especialidad de Rafael Heliodoro Valle– y, en menor medida, Colombia y Cuba. En contraste, Bolivia, Panamá, Uruguay, República Dominicana, Venezuela y Brasil son los que tienen menos registros, mientras que Chile, Ecuador y Perú estarían en un punto medio. El criterio no era solo autores de ese país, sino libros que trataran sobre historia nacional.[99] Aunque los autores fueran extranjeros, las editoriales en su gran mayoría eran de ese país, pero había excepciones, generalmente asociadas a las editoriales de la costa este de Estados Unidos que se ocupaban de temas latinoamericanos.[100]

Para el segundo número, Zavala comenzó a ajustar detalles sobre la sección. Recomendó cómo aprovechar la colaboración bibliográfica enviada por Torre Revello, con el objetivo de estandarizar la información contenida en las fichas bibliográficas que se elaboraban. Zavala estaba fijando criterios para una sección en formación, que pasaría en el futuro de las novedades bibliográficas (las obras editadas durante ese año) a una bibliografía viva de América, organizada temáticamente para la investigación.[101] Ese número ya no requirió advertencia, se inició con la bibliografía general y luego siguió por países. No hay ninguna inicial que nos dé indicios de los colaboradores que las elaboraron. Se mantienen las desigualdades entre los países, disminuye incluso un poco la cantidad de páginas (en el anterior tenía 29 páginas mientras que este registra 26, considerando además que las últimas tres son para publicidad de otras librerías).[102] La gran novedad es que se incluye a Estados Unidos en la lista de países.

El tercer número siguió dedicándose a la bibliografía de 1937 y de 1938, pero aumentó a 31 páginas. La colaboración por países siguió relativamente similar, aunque Colombia bajó al mínimo su aportación, mientras que la bibliografía de Estados Unidos aumentó significativamente. Otra característica es que es cada vez más evidente la diferencia de criterio para anotar cada ficha: mientras las de Centroamérica (realizadas por Valle) son una transcripción completa de todos los títulos que contiene cada libro, con capítulos y apartados, los cuales, para que ocuparan menos espacio, iban en cuerpo menor, las de los otros países suelen colocar solo los datos básicos: autor, título, editorial, lugar de edición, cantidad de páginas (y, a veces, tamaño en centímetros). Solo algunos incluían los subtítulos y ninguno hacía un comentario o calificación.

En el cuarto y último número de 1938 la sección creció considerablemente y abarcó 48 páginas. Los países que ya eran predominantes aumentaron sus registros, lo cual es notable, sobre todo en el caso de Estados Unidos. En el de México, las notas aumentaron porque se registró el libro de Bernardino de Sahagún Historia general de las cosas de la Nueva España, del cual se transcribió el sumario de cada uno de los cinco tomos. Canadá aumentó ligeramente, al igual que Brasil (con libros en portugués y en español al ser publicados en un país de habla hispana).[103] No se registra nada de Venezuela ni de Paraguay (que estuvo ausente todo ese año), mientras que Colombia y Centroamérica disminuyeron. Apareció una aclaración curiosa: en la primera página se colocó una nota al pie para advertir a los lectores que de Argentina se contaba con la “utilísima ayuda del Sr. José Torre Revello”, por lo que sus iniciales irían al pie de los registros realizados por él. De los demás libros publicados en el mismo país no se aclaró quién los había realizado. De los otros países no se colocaron iniciales ni se dio explicación. Posiblemente, como mencionaron en la advertencia, “de los otros países americanos tenemos muy reducidas informaciones y es de esperarse que la biblioteca de nuestro Instituto Panamericano de Geografía e Historia recibirá todos los materiales que se necesitan para conocer su producción”.[104]

En efecto, de los 60 registros de libros de Argentina, 43 solo tienen los datos básicos y, en ocasiones, un pequeño sumario, mientras que 17 van firmados por J.T.R. y, en estos casos, siempre se coloca un comentario crítico, una valoración de por qué es importante la obra en cuestión. Algunos solo muestran que es una obra de “interés”; otros advierten que se trata de un volumen de una obra general, por lo que se remite a la colección y al volumen, señalando la importancia de ambos.[105] Son evidentes sus gustos y preferencias como lector de ciertos libros, dedicados al período colonial, escritos por misioneros.[106] En otros casos, el elogio es más explícito, aunque sea escrito de manera breve. Al registrar el libro de José León Pagano El arte de los argentinos, se transcribe el índice de los tres tomos y se agrega una breve nota en la que se lo valora por su labor en los documentos, su precisión y trabajo.

Al tratar sobre el libro de su colega y jefe en el Instituto de Investigaciones Históricas de Buenos Aires, Emilio Ravignani, Asambleas constituyentes argentinas, el elogio es más evidente y contundente al utilizar recursos científicos para alabarla: “Admirable como escrupulosa colección documental, que responde a los postulados más exigentes de la metodología histórica, hecha con amplio conocimiento de la materia y un gran dominio de la técnica editorial”.[107]

Cuando Valle, de viaje en Estados Unidos, regresó a la Universidad de Stanford, se encontró con las indicaciones que había dado Zavala; le respondió que trababa de ceñirse a ellas y le recordó que era importante contar con colaboradores en cada país americano para que su tarea de orden de notas y países fuera más sencilla. Además, le dijo que esperaba que hubiera podido intercambiar ideas con Hanke.[108]

Zavala no había podido reunirse con Hanke, pero expuso con detalle sus ideas para la información bibliográfica. Era indispensable perfeccionar esa sección a fin de que cumpliese un “servicio insustituible” que no daba ninguna otra publicación: la de informar de todos los recursos de manera regular y actualizada. No era conveniente publicar información atrasada, sino “dar el pulso a la producción histórica a medida que ésta se vaya desarrollando”, y que las notas no fueran críticas, sino más bien descriptivas (o breves notas, como las estaba realizando Torre Revello), dejando la crítica para la sección Reseñas. Sin embargo, y dado que varios participaban en ambas secciones, para no olvidar ninguna obra era necesario que se agregaran siempre en la de Bibliografía (con una pequeña nota) aun y cuando se publicara también en Reseñas.

Zavala le sugería a Valle seguir de algún modo el modelo estadounidense, que contaba con las listas más completas de bibliografía sobre su historia en anuarios, revistas y otros instrumentos. Dado el difícil acceso a estos materiales para América Latina, el que la revista trimestralmente diera cuenta de todo lo publicado era un recurso de vital importancia para los historiadores. Había que poner especial atención, decía, a las obras de historia diplomática, porque podían servir de nexo para que los historiadores no pasaran por alto fuentes primarias que pudieran servir para interpretar su historia nacional. Lamentablemente, esta meta solo se había podido alcanzar para la Argentina gracias a la prontitud y al profesionalismo de Torre Revello, a quien le había solicitado si podía abarcar otros países limítrofes (Paraguay y Uruguay). En otros correos les había escrito a sus contactos para iniciar un intercambio fluido: para Chile, le escribió a Silva Castro; para Estados Unidos, a Lewis Hanke; para la zona ecuatorial, les escribió a colegas. Si esto funcionaba, Valle podría concentrarse en reunir todo el material hasta abarcar el continente, dejando de escribir como lo estaba haciendo hasta entonces. Le recordó que no buscaban incluir todas las publicaciones de un país, sino limitarse a “lo más selecto, científico y de interés general que haya en la producción de cada país”. Antes de continuar buscando colaboradores, Zavala consideraba necesario uniformar las fichas y las descripciones a través de un modelo para citar libros y artículos. Una vez que entre ellos se pusieran de acuerdo, se circularía entre los colaboradores bibliógrafos para que se diera uniformidad al material. Una de las grandes preocupaciones era Estados Unidos.[109]

Valle respondió corto y conciso: sería importante contar con otros bibliógrafos como Torre Revello. A pesar de esto, consideraba conveniente uniformar las fichas, por lo que le enviaba un modelo. En cuanto a publicar notas sobre libros actuales, le parecía que no debía ser tan estricto, sino que podía incluso redactarse alguna sobre el año anterior debido a que no perdía “ni interés ni actualidad”. Por otra parte, prometió ser más cuidadoso para que no apareciera repetida una misma obra en dos números distintos.[110]

Como la participación de Torre Revello seguiría siendo importante, en el quinto número, de abril de 1939, en la primera página una nota al pie recordaba que las iniciales le correspondían a él. Las notas, sin embargo, eran más cortas que en el número anterior y apenas se comentaba el índice y algunas palabras descriptivas, se anularon los calificativos y otro tipo de comentarios. Torre Revello publicó casi todas las notas de la Argentina y dos de Brasil.[111] Por lo demás, el número de páginas era considerablemente menor que el anterior (49 versus 19), pese a que se seguían comentando obras de 1937, aunque también se incluían de 1938 y las pocas de 1939 de las que se tenía noticia a inicios de año. Esto se debía a que todos los países registraban menos libros, pese a que se incluía a países nuevos como Paraguay.

El siguiente número de ese año, el sexto (recordemos que el primer año salieron cuatro números, mientras que en el segundo solo tres), mantiene estas características, salvo algunos cambios: Torre Revello escribe la mayoría de las entradas de Argentina, al tiempo que envía también sobre el único libro anunciado de Bolivia.[112] Aumenta la cantidad de libros de Brasil, pero disminuyen los de Centroamérica no solo en cantidad, sino en la forma (ya solo se colocan los datos básicos, sin índice o sumario). Estados Unidos se convierte, sin duda, en el que mayor cantidad de registros tiene, mientras aparecen países nuevos (Haití).

El último número de 1939, el séptimo, inicia con una nueva nota aclaratoria: Torre Revello solo publica lo relativo a la Argentina, mientras que el resto del trabajo pertenece a Rafael Heliodoro Valle. Se eliminan así las iniciales, pero aumenta el número de páginas de la sección (40) porque se transcribe el sumario de muchos libros. Rara vez aparece un comentario, que tiende a ser aclaratorio.[113]

El tema de las descripciones continuó como una preocupación. Desde Washington, Zavala le escribió a Valle para darle sus condolencias por el fallecimiento de su mujer y, sobre la revista, le hizo notar que en los últimos números había mejorado la colaboración de América del Sur, por lo que en adelante se dedicaría a consolidar el trabajo con Estados Unidos. Esperaba que esos contactos dieran frutos para que él se encargara solo de México y América Central, a fin de que pudiera “ahondar y extender” sus notas de los libros. Le planteó que si lograban sumar la labor de distinguidos bibliógrafos del continente, entonces la sección “llegará a ser el resultado de una verdadera cooperación”. Valle le respondió que estaba de acuerdo con las observaciones y, sobre todo, con concentrarse solo en México y Centroamérica.[114]

A medida que avanzaban los números parecía más urgente el conseguir colaboradores para alimentar la sección de libros y revistas. Valle le sugirió a Zavala una lista para que les escribiera. Entre los posibles colaboradores estaban algunos que ya participaban, como Torre Revello, pero se agregaban: para Chile, Ricardo Donoso; para Colombia, G. Porras Troconis (de Barranquilla); Fermín Peraza, de la Biblioteca Municipal de La Habana; J. Roberto Páez, de Ecuador; Emilia Romero, de Perú; José Antonio Susto, del Archivo Nacional de Panamá; Emilio Rodríguez Demorizi, de República Dominicana; y Vicente Dávila, del Archivo Nacional de Venezuela. Seguían quedando en blanco Brasil, Bolivia, Paraguay y Uruguay. Consideraba que no había problema en ampliar la lista, puesto que estimaba que no era necesario pagarles, que lo harían de “buena voluntad”. Además, hizo propuestas de normalización para la redacción de las notas.[115]

Zavala no estuvo de acuerdo con todas las sugerencias de posibles colaboradores. Para Chile, aunque le parecía excelente su sugerencia de incorporar a Ricardo Donoso, le recordó que el chileno tenía mucho trabajo con la Revista Chilena, por lo que sugirió que el cambio entre Silva Castro y Donoso podía hacerse con tiempo y que podía encontrarse un bibliógrafo en Chile. Para Colombia se había ofrecido a colaborar Hernández de Alba, por lo que le pidió que esperaran a probarlo antes de pensar en otro candidato. En el caso de Cuba, le pediría a Rubio Mañé para que, con el formato de carta invitación que tenían, le escribiera a Fermín Peraza Sarauza. De igual forma se podía hacer con Páez, Susto y Rodríguez Demorizi. Para Perú, Vélez Picasso había enviado colaboraciones, así que consideraba que no era necesario cambiarlo. Le preocupaba que hubiera otros a los que se les había invitado y no contestaban o decían que lo harían, pero después no se comprometían y luego era penoso y tardado hacer los cambios de personas por país.[116]

Los tres números de 1940 serán, como veremos más adelante, los últimos a cargo de Valle, por lo que no es extraño que se repitan las características en cuanto a cantidad de páginas y forma de ordenar la información por países y bibliografía general. Sin embargo, se notan ciertos cambios desde inicios de ese año en los autores de las notas, porque en esos tres números se incorporan a la labor otras personas: Guillermo Hernández de Alba, Roland D. Hussey, Bert James Loewenberg, José Rojas Garciadueñas, Jorge Rubio Mañé, Humberto Vázquez-Machicado, Silvio Zavala, Sergio Méndez Arceo, Fermín Peraza Sarausa, Emilio Rodríguez Demorizi y José M. Vélez Picasso. Ellos escriben sobre diferentes países e indican su autoría con sus iniciales. Se mantiene la participación de Torre Revello en la sección argentina y la de Valle en todas las otras; en ambos casos, por su cuantiosa intervención, se advierte que ambas contribuciones van sin firma.[117]

Quien más participa en el número 8 es Valle, con más de cien fichas bibliográficas;[118] las de la sección argentina son de Torre Revello con más de veinte, aunque hay muchas fichas de libros editados en Buenos Aires correspondientes a otros temas en otras secciones, también sin firma en la sección general, por ejemplo. Los libros de Bolivia están a cargo de Humberto Vázquez-Machicado, aun cuando solo aparece una firma al final de la sección; lo mismo sucede con la sección Brasil, cuya firma final corresponde a Silvio Zavala. Las fichas de Colombia son de Guillermo Hernández de Alba; es notoria su diferencia con el resto: cada una de ellas se extiende más de una página con la transcripción del detalle de los sumarios y resúmenes de los contenidos, cuando la extensión ordinaria no supera los dos párrafos. Las fichas correspondientes a Estados Unidos son confeccionadas por Roland D. Hussey, investigador y docente de Historia Latinoamericana en la Universidad de California, y Bert James Loewenberg, de la Universidad de Dakota de Sur, que colaboraría posteriormente con un artículo titulado “Historical scholarship in American culture”.[119]

En el número 9 se anotan 230 novedades bibliográficas; se identifican las notas de Torre Revello (autor de las fichas de la sección de la Argentina), con una ficha en la sección general, y de Zavala, que firma dos fichas.[120] Se percibe una similar organización estilística, con escasas fichas que superan el párrafo.

En el último número de 1940 se identifican todas las fichas con sus iniciales, excepto las de Valle, que se identifican por omisión. Continúa la división por autores y países; es perceptible, además de la intervención de Torre Revello para la sección de la Argentina (y de otras fichas que figuran con sus iniciales, como en el apartado general y Chile), la participación de Guillermo Hernández de Alba para Colombia, José M. Vélez Picasso para Perú, Emilio Rodríguez Demorizi para República Dominicana, Fermín Peraza Sarausa para Cuba, Roland D. Hussey y Bert James Loewenberg para Estados Unidos. Sergio Méndez Arceo elabora las fichas de Ecuador y Zavala contribuye en distintos apartados. Salieron 93 fichas, de las cuales apenas 11 estuvieron a cargo de Valle.[121]

Durante ese año, Valle estuvo en la ciudad de Washington, por lo que hubo dificultades con la comunicación con Zavala, quien le escribió en diciembre para decirle que, como no habían recibido su contribución para el número 10, se había enviado a imprenta y había quedado muy incompleta la sección Bibliografía. Por ello, le informó que había decidido encomendar la sección a otra persona para que en el futuro pudiera salir a tiempo. Le agradeció el apoyo dado y esperaba que cuando regresara al país pudieran conversar sobre cómo podría seguir participando de la publicación. Valle respondió contrariado, aduciendo que había pensado que el número 10 saldría en enero (porque la revista venía con un poco de atraso), por lo cual no había entregado su material a tiempo. Le dijo podría haberlo llamado a su casa, donde le habrían comentado que seguía en Washington. Terminó diciendo: “En fin, que así sea: Ud. me llevó y me ha retirado”. Aun así, dijo que prepararía algunos comentarios de ciertos libros para el número 11.[122]

La segunda etapa

A partir del número 11, se produjeron cambios en el responsable de la sección, en la organización y en la concepción: la integración de revistas y libros, la forma de presentar las fichas y su clasificación, que buscaría asimilar la RHA a las revistas de Buenos Aires y Nueva York. Para realizar estos cambios, Millares Carlo[123] fue considerado el agente idóneo.[124]

Millares Carlo había arribado a México con los primeros grupos de científicos en enero de 1939 cuando aún estaba librándose la guerra civil española. [125] Fue incorporado en La Casa de España y siguió posteriormente en El Colegio de México.[126] También desde 1941 dio clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y participaba del Instituto Bibliográfico Mexicano de la Biblioteca Nacional.[127] Había iniciado la labor bibliográfica en una de las revistas del exilio español, España Peregrina, en la que, para apoyar a la República Española, realizó registros de libros, folletos y artículos de publicaciones realizadas por autores extranjeros sobre temas (y autores) españoles. Poco después comenzó a participar en Filosofía y Letras (Revista de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde daba clases), en la RHA y en El Colegio de México (en el Centro de Estudios Históricos y en la biblioteca, con cursos y organizando la biblioteca).[128]

Oficialmente, apareció como miembro del equipo editorial recién en 1948, pero por la correspondencia de Zavala sabemos que, cuando se retiró Valle, él se incorporó de lleno a trabajar en la RHA. La labor de Millares fue más profunda, de carácter conceptual, ya que no se encargaba como lo había hecho Valle de realizar las fichas o notas.

Su maestría en el registro bibliográfico fue reconocida por muchos. Millares Carlo aportó un sistema de clasificación del material y una forma para difundirla, descriptiva o analítica. Otro trabajo asociado a la labor de Millares fue la elaboración conceptual y material de un índice anual de la revista.[129] Este trabajo metódico, que requería redactar numerosas fichas que conformarían un catálogo, siguió el modelo del Hispanic American Historical Review, pero el costo de su publicación anual era muy elevado, por lo que tuvieron que realizar ajustes.[130]

La idea de conformar una biblioteca había sido planteada por Zavala desde el inicio de la publicación. Era necesaria por razones de edición de la revista y como una entidad que prestigiaría al IPGH: a medida que llegaba el material a las oficinas, había que ordenarlo para que no se cayera en errores que le disgustaban, como el de repetir en un mismo número información de un libro en Reseñas y en Bibliografía. Pero no era una cuestión solo de orden, sino institucional: Zavala le había compartido a Rubio Mañé la idea de conformar una biblioteca que tendría material de la producción histórica reciente de todo el continente, lo cual le otorgaría al IPGH mayor relevancia.[131]

La nueva sección integrada se inició con una Advertencia firmada por Los Editores. Haciendo un recuento de los últimos tres años, aclararon que, pese a algunos errores, había sido una aportación a la disciplina. Había cubierto la necesidad de los estudiosos de la historia americana, por lo cual recibía una colaboración creciente que los alentaba a proseguir con la labor informativa. En ella, aclararon cuál había sido el criterio:

En un principio adoptamos un plan sencillo para ordenar las fichas de revistas, folletos y libros. Los lectores de nuestra publicación saben que había una sección crítica especial de “Reseñas de Libros”; seguía la denominada de “Revistas” donde aparecían las publicaciones periódicas ordenadas alfabéticamente por sus títulos; y por último, una tercera división, que llamamos de “Bibliografía”, contenía títulos, descripciones y notas breves acerca de libros y folletos; ésta se subdividía en un rubro “General” y otros tocantes a los diversos países americanos. El sistema fue eficaz mientras se trataba de atraer la cooperación regular de los bibliógrafos y de acomodar sus colaboraciones a un plan uniforme y al mismo tiempo flexible y fácil de realizar.[132]

Por la explicación que sigue, los cambios implementados no se los adjudican a los errores (aunque por las cartas se sabe que los tuvieron), sino a que, ante un aumento en el número de colaboraciones recibidas, era necesario “intentar una clasificación más compleja de los materiales”. En consecuencia, a partir de ese número, se utilizó el nuevo método, el cual consistía, en primera instancia, en conservar la sección Reseñas, pero se anulaba la división entre revistas y bibliografía. Bajo este nombre aparecerían las notas tanto de libros como de folletos y artículos de revistas. El cambio más importante, empero, fue interno, relacionado con la división del material en una serie de categorías previamente delineadas según una división académica por áreas de estudio (con exclusión de la arqueología, porque se incluía en el BBAA):

Obras de bibliografía y bibliología (historia del libro, de la imprenta, del periodismo, de las bibliotecas, catálogos, bibliografías especiales, etc.); Archivología y Fuentes documentales; Historiografía y Metodología de la historia; Ensayos de interpretación; Historia general; Historia regional; Biografía; Historia de la Geografía y Estadística; Historia religiosa; Historia de las ideas e instituciones políticas y jurídicas; Historia social y económica; Historia diplomática; Historia de la cultura; Historia artística e Historia literaria; Historia de las costumbres y Folklore; Heráldica.

Este criterio para la división de las materias está tomado del Código Decimal Universal de Dewey, adaptado para la revista, integrando las diversas secciones en un plan general.[133] Dentro de cada encabezado sigue una división cronológica y topográfica, respetando el orden alfabético. Esperaban que esta nueva forma de clasificar el material hiciera más sencilla la consulta y la recuperación ulterior del material, pero para nutrir a la sección seguía siendo necesaria la cooperación de personas competentes. Hasta ese momento, esta labor había recaído, principalmente, en Rafael Heliodoro Valle, José Torre Revello y Lewis Hanke, y otros habían comenzado a enviar notas con regularidad; sin embargo, era necesario coordinar esfuerzos para mejorar la forma como se registraba la actividad bibliográfica americana en el continente. Un objetivo era establecer relaciones con otras “empresas bibliográficas” afines y “respetar los acuerdos que se tomen en reuniones solventes con la mira de uniformar y hacer más efectiva la actividad bibliográfica americana”.[134]

Para poner en marcha el cambio, Millares Carlo se encargó de pensar su organización, la forma de clasificación, las fichas, los anaqueles y todo lo que constituye una biblioteca como dispositivo: un capital social material y simbólico, un auténtico activo.[135] Le propuso a Zavala formas de organización de revistas y libros y planes de mejora para la biblioteca, y, para la revista, mejoras para la distribución, el canje y la llegada al mayor número de lectores, poniéndola en una red de publicaciones de interés. Específicamente, el plan contemplaba tres pasos: primero, separar las fichas y el material existente de revistas y libros. Segundo, una vez ordenado, disponerlo en un mueble especial con separación en casilleros para diferenciar el material en curso de ser utilizado y el que ya había sido fichado y pasaba al acervo de la biblioteca. Tercero, una política de comunicación editorial básica: dar acuse de recibo de libros, folletos y crear una lista de las publicaciones que pudieran ser de interés para los lectores de la RHA. Esta incluía también el responder la correspondencia con los colaboradores y crear un fichero general por orden alfabético de todo el material publicado, no solo de la sección. Con este plan y un ayudante, Millares Carlo estaba seguro de que la sección aumentaría considerablemente y de que se evitarían los errores que se habían cometido en los números anteriores.[136]

La elaboración de las cédulas tenía un carácter decisivo: estas serían, al mismo tiempo, el insumo para producir la sección Bibliografía y las fichas para componer el catálogo de la biblioteca. Era una cuestión tanto de gestión editorial como de gestión del centro documental, en su dimensión material (la biblioteca como sede, con sus ficheros, anaqueles y libros) y en su dimensión conceptual (la biblioteca como el conjunto de saberes en historia de América). Millares, aun con ayudante, necesitaba de los colaboradores: cuando ellos enviaban sus cédulas de las novedades editoriales y de los artículos de interés, estaban dando cuenta de las publicaciones recientes y también estaban construyendo el conocimiento sobre la historia de América. Era necesario que ese conocimiento estuviera estandarizado, organizado en campos con el mismo tipo de información: eso facilitaría la elaboración de una sección de la revista y, además, produciría un conocimiento bibliográfico regularizado.

Fueron clave para estandarizar el material las indicaciones que se elaboraban para la confección de las fichas. En 1941, después del cambio, se dieron nuevas instrucciones:

1. Las noticias bibliográficas se consignarán en una cuartilla tamaño comercial, a dos espacios y con treinta líneas por cuartilla.
2. En cada ficha correspondiente a libro o folleto se hará constar en centímetros la dimensión de la altura, así como el número de páginas con indicación de las preliminares y de las hojas finales. También se anotará la presencia en el libro o folletos de láminas, mapas, grabados intercalados, etc.
3. Las revistas se citarán con arreglo a las siglas adoptadas en el último número de la Revista de Historia de América.
4. Un estudio atento de la clasificación que se ha adoptado permitirá a los colaboradores consignar al pie de cada ficha la rúbrica, época, etc., en que debe incluírsela, facilitando así la clasificación definitiva. Se ruega encarecidamente a los señores colaboradores consignen estos datos que son absolutamente indispensables.
5. Cada ficha deberá venir acompañada de un extracto en el que se indique de una manera sucinta el contenido de la obra, folleto o artículo. En su defecto deberá acompañar el índice o sumario de la obra o folleto en cuestión.
6. Se procurará evitar cuidadosamente el envío de fichas ya publicadas.
7. Se tenderá así mismo a completar la biografía de 1940 y tener al corriente la de 1941.[137]

También se buscó ordenar el trabajo con los colaboradores norteamericanos. Con respecto a la bibliografía sobre la historia de América editada en los Estados Unidos, siempre hubo mucho interés. Se partía del hecho de que, aunque en Estados Unidos existían numerosas publicaciones de carácter histórico, este material era de difícil acceso para el público iberoamericano, deseoso de conocer la producción de Estados Unidos, tanto sobre su historia como sobre la de Hispanoamérica, así como la de la relación entre ambas Américas. Además, se consideraba que, por estar publicada por un organismo panamericano, era importante que la revista tuviera publicaciones de todo el continente.

A lo largo del tiempo, hasta la incorporación de colaboradores regulares de Estados Unidos, habían intentado poner información bibliográfica sobre la historia de ese país, pero la tarea era insuficiente por no contar ni con acceso a los libros necesarios ni con especialistas de la historia de Estados Unidos como para registrar en las notas una breve descripción o evaluación de estos. Para el equipo editorial era clave encontrar bibliógrafos o historiadores estadounidenses colaboradores. Su interés temático abarcaba la historia diplomática del país en relación con los demás países del continente; los problemas de contactos raciales dentro de los Estados Unidos; la colonización; las migraciones; su desarrollo industrial y económico; las ideas políticas y la alta cultura. Además, era central que se registrara bibliografía de la historia regional de las provincias estadounidenses de origen español.

También hay registro de cómo se planificó la interacción con estos scholars en particular, siempre con la intermediación de Lewis Hanke; los autores norteamericanos de la primera etapa habían sido Hussey y Loewenberg. Inicialmente, se había previsto que hubiera personas colaboradoras: una dedicada solo a dar cuenta de las “obras que aparezcan sobre la historia de las provincias de origen español que ahora forman parte de los Estados Unidos”; la otra se encargaría de “las obras de historia sobre otras regiones de los Estados Unidos y las de carácter general sobre el desarrollo histórico de este país. Se había diseñado un procedimiento: ambos recibirían las obras por conducto de Hanke y, una vez realizada la reseña o la nota bibliográfica, podrían conservar los libros. Para fomentar estas colaboraciones, estimadas entre 30 y 40 libros por número, se pagaría a cada colaborador 15 dólares por cada una, por lo que, de ser tres entregas al año, recibirían 45 dólares.[138] Este monto superaba, como se dijo, el que recibían los demás colaboradores.

Para ordenar el estilo relativo al género de las fichas, tomaron como modelo las que recibían de Buenos Aires, de Torre Revello, aunque les dieron libertad de introducir modificaciones o mejoras. Todas las indicaciones quedaban sujetas a que los colaboradores dieran su opinión, pero, una vez acordados los términos, se le notificaría al IPGH y se mantendrían como acuerdo.[139]

En la segunda etapa de la sección se incorporaron, desde los Estados Unidos, Raúl d’Eça, Leopoldo Campos, C. G. Beckwith, Charles E. Trinkaus Jr., Franklin Frazier, Gilbert C. Fite, Herman H. Field, Jacob C. Meyer, Carl J. Wennerblad, Walter V. Scholes, James H. Shiedeler, Stephen S. Goodspeed, aunque sin regularidad, esporádicamente.


  1. En las instalaciones del IPGH en Tacubaya aún están los anaqueles que se hicieron para resguardar estos libros, aunque el material fue trasladado a la biblioteca de la Escuela Nacional de Antropología e Historia.
  2. La noción de “metatexto” orientada a la historia (en particular a la crónica) ha sido desarrollada por Walter Mignolo como los textos en los que se define un dominio de objetos (tema, contenido) y los rasgos críticos de los textos, sus características formales. En este sentido, los artículos, las reseñas, la mención de libros y revistas buscan establecer temas y formas relativas al texto de historia y a la práctica del historiador. Walter Mignolo, “El metatexto historiográfico y la historiografía indiana,” MLN, no. 2, (1981): 358-402.
  3. Pierre Bourdieu, “Le capital social,” Actes de la Recherche en Sciences Sociales, no. 31, (enero de 1980): 2-3.
  4. Jorge I. Rubio Mañé (1904-1988) era yucateco, como Zavala, cinco años mayor que él. De joven viajó a Nueva Orleans, donde aprendió inglés. Para 1920, de regreso en Yucatán, terminó de cursar preparatoria y posteriormente obtuvo el título de contador, profesión que ejerció durante algunos años para sostenerse económicamente mientras, de manera paralela, iniciaba sus investigaciones en historia bajo la tutela de Juan Francisco Molina Solís, a quien se le reconoce como el personaje más destacado en la historia peninsular y sobre el que escribió en su primer libro publicado en 1933. De sus pesquisas históricas publicó ensayos de historia regional en algunas publicaciones locales. En 1929 obtuvo el premio de la Liga de Acción Sociales por su biografía sobre los Montejo (fundadores de Mérida) y, al año siguiente, otro premio, otorgado por la Sociedad Médica Yucateca por el estudio histórico de la Escuela de Medicina. A la muerte de su tutor, fue nombrado para ocupar su lugar, miembro de número de la Academia Mexicana de Historia, en 1933. El prestigio alcanzado le valió otras designaciones similares en sociedades extranjeras (en París, 1931; Lima, 1932; Guatemala, 1935).
    Dado su prestigio y su conocimiento de la Península, fue un contacto clave para muchos especialistas en estudios mayas estadounidenses que durante ese período “descubrían” el patrimonio histórico y arqueológico. En 1934 fue invitado por Sylvanus G. Morley, de la Institución Carnegie, para trabajar investigando en los archivos de Yucatán información sobre la cultura maya. Dado su buen desempeño, Morley propuso un año después que se lo nombrara investigador de ese instituto. En 1936 estudió, guiado por Clarence H. Haring, en Cambridge, Massachusetts, gracias a una beca, y ya para 1937 fue designado miembro de número en la Academia Mexicana de la Historia. José Isidro Saucedo González, “Jorge Rubio Mañé y su proximidad con la historia del Derecho,” en Historia del derecho. X Congreso de Historia del Derecho Mexicano, tomo I, coordinado por Óscar Cruz Barney y José Luis Soberanes (México: Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Jurídicas, 2016), 341.
  5. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Silvio Zavala a Jorge I. Rubio Mañé, 14 de noviembre de 1938.
  6. Rubio Mañé le envió 29 cartas a Zavala mientras estaba fuera de México, las cuales fueron escritas entre 1938 y 1941. Después de eso, solo aparece una en 1946, escrita desde España, cuando Rubio Mañé lo invitó a participar de un Congreso.
  7. Envió copia de dos cartas escritas a José Torre Revello y una al presidente del IPGH, Pedro Sánchez.
  8. Scholes deseaba saber si se incluía el censo de tributos de Yucatán del año de 1548 en la colección de papeles de Paso y Troncoso que estaba por publicarse. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Rubio Mañé a Zavala, 19 de noviembre de 1938.
  9. Puntualmente le comentaba: “Ha surgido aquí entre José Elguero y Pérez Martínez con motivo de la edición de Landa que hizo este. Los artículos se han publicado en Excelsior. Elguero ha citado a Scholes y a su obra sobre Quijada, como base futura de sus argumentos en defensa de Landa. Yo no sé cómo Elguero ha sabido que la obra de Scholes favorece a Landa. De todas maneras, la polémica se ha convertido en una cuestión muy personal entre ambos, con las diatribas consiguientes. Creo que el Sr. Scholes no debe tomar en cuenta esta cuestión y no preocuparse. Así le he escrito, pero tú personalmente puedes darle más detalles de cómo es Pérez Martínez y cómo son los periodistas locales. Otra cosa que debe saber el Sr. Scholes es si en la colección de papeles de Paso y Troncoso, que está por publicarse, no se incluye el censo de tributos de Yucatán, año de 1548”. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 19 de noviembre de 1938.
  10. Por ejemplo, cuando llegó el artículo de Arturo Arnáiz y Freg a través de Heliodoro Valle, le comentó que se trataba de un estudio biográfico sobre Fausto de Eluyar y de Zubice, el mineralogista vasco que estuvo en México en las postrimerías del coloniaje y atendió a Humboldt. Según el comentario de Rubio Mañé, se trataba de un estudio de “bastante interés y está apoyado por nutrida bibliografía”. Agregaba que el autor le parecía: “Un valioso elemento para la revista. Además de joven y entusiasta, es diligente y cuidadoso en sus estudios”. De hecho, en la misma carta, líneas más adelante le preguntaba si no le parecía adecuado que este reemplazara a Teixedor (a quien él no conocía personalmente). Para tener otra opinión antes de aceptar su trabajo, se lo dio a Monterde. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 27 de diciembre de 1938.
  11. Cuando se encontraba en Washington, Rubio Mañé, a solicitud de Zavala, le escribió un breve informe del contenido de los tomos 406 y 408 del ramo de Historia del AGPN (ahora AGN). Específicamente le comentaba que el tomo 406 contenía escrituras de ventas de esclavos negros (propiedad de los jesuitas principalmente), temporalmente abarcaba los años 1576 a 1643 y tenía 382 fojas. El otro, 407, también eran escrituras de ventas de esclavos negros, de un período cercano, 1578 a 1647, y contaba con 386 fojas. El número 408 igual, solo que era del período 1572 a 1696 y contaba con 379 fojas. Además, le comentaba que había consultado con Ceballos y Meade sobre la letra de Vasco de Quiroga, pero ninguno de los dos había podido decirle si era la misma que la firma, por lo que habría que hacer una “larga búsqueda y confrontar con la letra de su firma”. Por último, pedía un encargo engorroso: unas fotografías que Sánchez le había entregado a su papá, pero que no había podido enviarlas por correo porque las oficinas postales no recibían ese tipo de material para el extranjero sin la previa licencia del DAPP, lo cual requería muchos trámites. Para ayudar a su padre en el lío, había hablado con O’Gorman (que trabajaba como oficial del archivo), el cual dependía del DAPP, pero le comentó que era tarde para enviarlo porque el 20 de ese mes habían entrado todas las oficinas públicas de vacaciones. Por todo esto, decidió que su papá y su hermano le enviaran las fotocopias “envueltas en periódicos y estos en un paquete certificado”. Como esto no se hizo, las fotografías seguían en México. Ante esto, Rubio Mañé conversó con Sánchez y este con su papá para llegar a un arreglo. Posiblemente por todos estos detalles, Zavala envió un libro de regalo sobre Del Paso y Troncoso. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 27 de diciembre de 1938. A su vez, mientras Zavala estuvo en Washington buscó para Rubio Mañé algunos documentos de archivo. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Silvio Zavala a Jorge I. Rubio Mañé, 13 de septiembre de 1939; carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 11 de junio de 1940.
  12. Sugirió como sustituto a Andrés Henestrosa, a quien describe como “serio y entendido” y temporalmente sin trabajo. Si este no pudiera, le comentó, se podría invitar a Arnáiz y Freg, pero creía que él se encontraba más ocupado. Si ninguno de los dos pudiera, se podría contactar a Wigberto Jiménez Moreno, quien tenía relación con el Instituto y el Boletín de Antropología. Monterde opinó que Henestrosa era “incompetente”, por lo que se comprometió para apoyar a atender mejor su trabajo en la RHA realizando reseñas y notas sobre revistas. Pese a este interés, Monterde se encontraba ocupado resolviendo problemas familiares, por lo que no aumentó su colaboración. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Silvio Zavala a Jorge I. Rubio Mañé, 1 de febrero de 1939; carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 29 de mayo de 1939; serie IPGH, caja 1, exp. 1, fol. 8676, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 3 de abril de 1939 y 24 de abril de 1939.
  13. Hasta entonces había tenido el ingreso de la Fundación Carnegie, pero no sabía si le seguiría encomendando trabajos en los archivos. Frustrado, le describió a Zavala la situación de los historiadores de México: “Aquí no hay porvenir para nosotros. Todo es hostil a nuestros trabajos; la situación económica de los Institutos se halla en pésimo estado. El gobierno no ayuda. Desde luego, si me decido ir a España, iré con el producto de mis ahorros y veré cómo me va allí”. Le pidió consejo pues se encontraba desesperado: “Deseo seguir mi vocación y no abandonar estas mis aficiones por dedicarme a otras actividades”. Un año más tarde, seguía intentando viajar a España para iniciar “su labor como investigador”. Aún si lo lograba, seguiría colaborando con la RHA. De hecho, pensaba que desde aquel país le sería de mucha utilidad. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801; carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 7 de junio de 1939; carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 6 de abril de 1940.
  14. Zavala recomendó a Arnáiz y Freg para que colaborara con él, distribuyendo el trabajo; Monterde seguiría contribuyendo con su parte, pero si no tenía tiempo, se restringiría a revisar el estilo de cada número. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Silvio Zavala a Jorge I. Rubio Mañé, 13 de septiembre de 1939.
  15. Le confesaba: “No sé cómo decirle esto a Monterde. Lo que haré, si te parece bien, es que después de la revisión que haga Monterde yo haga una segunda revisión. Las correcciones fueron todas de guiones para separar los artículos reseñados en cada revista, las versales y el cursivo en los casos de citas de autores y títulos de obras, suprimí comillas en caso en que se empleaba cursivo y emplear tipo redondo en los casos de los nombres de las casas editoriales, que regularmente tienen, las colaboraciones de Torre Revello, marcadas con mayúscula para emplear versales. Monterde señaló en muchos casos, pero quedaron otros que no vio, corrigiendo pruebas con Cámara me di cuenta de ello. Y como tú me has observado en casos anteriores estas omisiones, quise ver que se cumpla estrictamente en este caso. He dejado una norma de estos casos, en lista escrita, al linotipista para que no vuelva a suceder. Y procuraré que con las colaboraciones que vienen de Sudamérica, revisarlas cuidadosamente antes de pasarlas a Monterde”. Posteriormente, Rubio Mañé le comentó que había hablado con Monterde sobre su trabajo de revisión y le había afirmado que en el futuro intentaría ser más certero. A pesar de eso, después de su revisión, él lo volvería a revisar para evitar correcciones en las pruebas de imprenta. La ayuda de Garcidueñas no le convenció porque, dijo, “ha trabajado poco y a fuerza de insistencias mías ha cumplido”. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 16 de febrero de 1940 y 6 de abril de 1940.
  16. Rubio Mañé fue secretario de la Academia Mexicana de la Historia (cargo que ocupó hasta 1947) y comisionado por el rector de la UNAM para estudiar la vida y administración del virrey Revillagigedo. Al año siguiente, fue designado “historiador” del AGN por el secretario de Gobernación. En ese mismo año se convirtió en profesor de la cátedra de Historia de México (siglo XVIII) en el Departamento de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ernesto de la Torre Villar, “El Boletín del Archivo General de La Nación, pulso de la historia mexicana,” HMEX, L 4 (2001): 686. Erasto Brito Brito, “A la memoria del maestro Jorge Ignacio Rubio Mañé (1904-1988),” Boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas (1991): 219.
  17. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 3, exp. 101, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 31 de diciembre de 1946.
  18. Rubio Mañé publicó dos artículos (números 9 y 13), una nota necrológica (número 15) y todo lo demás fueron reseñas. Temáticamente, sus reseñas son sobre libros muy variados: de historia de México y otros países latinoamericanos. En el mismo período publicó en otras revistas y periódicos como El Diario de Yucatán, el Boletín del AGN, Ábside, Memorias de la Academia Mexicana de la Historia, Enciclopedia Yucatense, El Reproductor Campechano, el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, y en extranjeras como el Boletín de la Real Academia de la Historia de España. Ver listado en Brito Brito, “A la memoria del maestro Jorge I. Rubio Mañé…”, 217-267.
  19. Rómulo Carbia, por ejemplo, envió varios libros a la revista y de ellos solo el de Historia crítica de la historiografía argentina mereció una reseña de Rubio Mañé; los otros fueron rechazados por él por considerar que: “No son de género histórico”. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 15 de agosto de 1939.
  20. Rafael Altamira, carta de agradecimiento por el envío de artículo en Revista de Historia de América, 7 de enero de 1949, RLP Epistolario, 1 fol., 2 páginas. http://www.bnm.me.gov.ar/ebooks/reader/reader.php?mon=5&dir=09041177&num_img=09041177.
  21. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 30 de junio de 1939.
  22. Por esta razón, se tomaron medidas más estrictas, como no poder sacar material sin la autorización del director o, en su ausencia, de la señora Córdova. Ver BNAH, ASZ, serie IPGH, caja 1, exp. 3, fol. 1876, carta de Pedro Sánchez a Jorge I. Rubio Mañé, 11 de junio de 1945.
  23. Para fomentar la realización de las reseñas, se ofrecían 15 dólares en lugar de los 3 que recibía el resto; como estas dos personas debían enviar tres al año, cada una recibiría 45 dólares. Tras ser publicadas sus reseñas, se les enviaría un sobretiro de 25 ejemplares a cada uno. Memorándum sobre la colaboración relativa a la historia de los Estados Unidos en la RHA, BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 9, fol. 6797.
  24. Zavala les escribió a Rafael Heliodoro Valle y Jorge I. Rubio Mañé para expresarles que siguieran las indicaciones de Torre Revello sobre bibliografía (separando revistas de libros y folletos, ser más selectivos), pero que se seguiría excluyendo las obras de divulgación porque había que estudiar y discutir entre ellos su pertinencia. En su opinión, la mayoría de los periódicos de Hispanoamérica no eran tan serios como en la Argentina, por lo que si Torre Revello quería enviar los recortes de su país, se publicarían en otra sección especial, la cual se ampliaría a medida que recibieran colaboraciones de otros países. BNHA, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 4, fol. 6792, carta de José Torre Revello a Silvio Zavala, 1 de octubre; serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6802, carta de Silvio Zavala a Jorge I. Rubio Mañé, 14 de noviembre de 1938; serie correspondencia general, caja 1, exp. 4, fol. 6792, carta de Silvio Zavala a Rafael Heliodoro Valle, 14 de noviembre de 1938.
  25. Torre Revello cuidaba que sus trabajos no se publicaran con errores, por lo que recuerda en dos ocasiones las erratas de este trabajo anotando página, qué decía y qué debía decir. BNHA, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 4, fol. 6792, carta de José Torre Revello a Silvio Zavala, 1 y 10 de octubre y 1 de noviembre de 1938.
  26. BNHA, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 4, fol. 6792, carta de Silvio Zavala a Rafael Heliodoro Valle, 11 de enero de 1939.
  27. Le dijo que si tenía algún problema, podía escribirle a Torre Revello. BNHA, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 4, fol. 6795, carta de Raúl Silva Castro a Silvio Zavala, 4 de noviembre de 1938; carta de Silvio Zavala a Raúl Silva Castro, 11 de enero de 1939.
  28. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Jorge I. Rubio Mañé a José Torre Revello, 3 de abril de 1939.
  29. BNHA, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 4, fol. 6792, carta de José Torre Revello a Silvio Zavala, 16 de febrero y 24 de abril de 1939.
  30. Poco después, Zavala les escribió a estos para invitarlos a colaborar, describió las características de la RHA y detalló que contaban con colaboradores distinguidos de varios países porque buscaban ofrecerles a sus lectores una información completa, selecta y “bien orientada”. Por ello, necesitaban la ayuda de más “expertos” en Hispanoamérica. Les dijo que Torre Revello, consejero de la Argentina, le había recomendado sus nombres, por lo que los invitaba a que conocieran la publicación y a colaborar con las novedades y artículos de sus países. Los animó calurosamente a participar: “Confiamos en que, su esfuerzo, unido al de los bibliógrafos de otros países auxiliará a los lectores serios”. BNHA, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 4, fol. 6792, carta de José Torre Revello a Silvio Zavala, 24 de abril de 1939; exp. 13, fol. 6801, nota s.f.
  31. Al leer el número 3, Torre Revello encontró varios errores en el artículo de Raúl Carrancá y Trujillo titulado “El estatuto jurídico de los esclavos en las postrimerías de la colonización española”. Algunos tenían que ver con que no se había tomado en cuenta otros estudios previos, pero otros señalan que el trabajo no era inédito. BNHA, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 4, fol. 6792, carta de José Torre Revello a Silvio Zavala, 28 de febrero de 1939.
  32. BNHA, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 4, fol. 6792, carta de Silvio Zavala a Rafael Heliodoro Valle, 26 de noviembre de 1939.
  33. BNHA, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 4, fol. 6792, carta de Silvio Zavala a Rafael Heliodoro Valle, 9 de marzo de 1940.
  34. BNHA, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 4, fol. 6792, carta de José Torre Revello a Silvio Zavala, 12 de abril de 1940.
  35. BNHA, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 4, fol. 6792, carta de José Torre Revello a Silvio Zavala, 9 de enero de 1940.
  36. BNHA, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 4, fol. 6792, carta de José Torre Revello a Silvio Zavala, 1 de abril de 1940.
  37. Zavala le recordó que solo se harían notas de las publicaciones “serias”, por lo que aceptaba sus trabajos propuestos sobre el Archivo Nacional del Uruguay, así como los que él consideraba de buenos historiadores del país. Le pidió que enviara direcciones de las instituciones y personas que consideraba debían recibir gratuitamente la Revista. Posteriormente, Zavala le comentó al argentino lo que consideraba de Pivel Devoto: era, en sus palabras, una “adquisición valiosa y del género que más nos pudiera interesar”. BNHA, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 4, fol. 6792, carta de José Torre Revello a Silvio Zavala, 23 de noviembre de 1940. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 2, exp. 32, fol. 6821, carta de Silvio Zavala a José Torre Revello, 27 de febrero de 1941. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 22, fol. 6811. Sin embargo, Pivel Devoto no participó en la RHA con ninguna colaboración.
  38. BNHA, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 4, fol. 6792, carta de Silvio Zavala a José Torre Revello, 10 junio de 1941.
  39. Se consignarían en cuartillas de tamaño comercial a dos espacios y con treinta líneas por cuartilla. En cada ficha (de donde después se copiaba la información al número de la revista) se haría constar la altura (en centímetros), el número de páginas (incluyendo las preliminares y finales), la presencia de láminas, mapas, grabados, etc. Las revistas se citarían con un formato uniforme, según el número anterior. Cada ficha (de libros o revistas) debía acompañarse con una síntesis del contenido o, en su defecto, con un índice o sumario. Se buscaba evitar recibir fichas sobre libros ya publicados, por lo que era importante respetar la clasificación en cada ficha (al pie) de la época, país, tema, en que debía publicarse. BNHA, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 4, fol. Silvio Zavala 6819, instrucciones, s.f.
  40. La excepción es Monterde, que publicó 18 en total.
  41. De todos modos, hay que considerar la distribución temporal: Sara Sabor Vila publicó las 24 reseñas entre los números 17 y 26 y siguió publicando con posterioridad al decenio considerado, mientras que las de Madaline Nichols se concentran entre los números 6 y 10.
  42. Las reseñas, hasta el número 8, iban firmadas por iniciales. En el número 6, cuando se incorporaron reseñas de autores de Estados Unidos, se alternaron las que llevaban firma completa con las que solo tenían iniciales. La decisión de incluir la firma completa fue defendida por Zavala, quien veía conveniente esto para darle mayor impulso a la sección reseñas. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Zavala a Rubio Mañé, 5 de abril de 1940.
  43. Le Riverend Brussone, Porras Muñoz, Díaz Thomé y De la Torre Villar fueron discípulos, en El Colegio de México, de Ramón Iglesia. Ver Álvaro Matute, “El legado de Ramón Iglesia,” en Los empeños de una casa, 142; y Francisco Ziga Espinosa y Ana María Romero Valle, comps., De la vida y trabajos: Sea este libro un homenaje al doctor Ernesto de la Torre Villar a sus ochenta y ocho años de edad (México: Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Investigaciones Históricas, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, Biblioteca Nacional, Hemeroteca Nacional, 2005).
  44. Roberto Fernández Castro, “Silvio Zavala y la historiografía americana. Una vida de vínculos intelectuales,” Revista de Historia de América, no. 155 (2018): 45.
  45. De hecho, Vito Alessio Robles figura en la Guía de personas que cultivan la Historia en América, publicada por el IPGH en 1951.
  46. Madaline Nichols, “El espíritu formativo de la historia en la Obra de Ricardo Levene, Sigfrido A. Radaelli,” Revista de Historia de América, no. 9 (agosto de 1940): 217-218.
  47. Silvio Zavala, “Handbook of Latin American Studies: a Guide to the Material Published in 1936 on Anthropology, Art, Economics, Education, Folklore, Geography, Government, History, International Relations, Law, Language and Literature,” Revista de Historia de América, no. 1 (marzo de 1938): 84.
  48. Silvio Zavala, “Handbook of Latin American Studies, Lewis Hanke,” Revista de Historia de América, no. 4 (diciembre de 1938): 122-123.
  49. Silvio Zavala, “Handbook of Latin American Studies, 1938,” Revista de Historia de América, no. 8 (abril de 1940): 107-109.
  50. Silvio Zavala, “Handbook of Latin American Studies: 1490. No. 6. A Selective Guide to the Material Published in 1940 on Anthropology, Archives, Art, Economics, Education, Folklore, Geography, Government, History, International Relations, Language and Literature, Law, Libraries, Music and Philosophy, Miron Burgin,” Revista de Historia de América, no. 14 (junio de 1942): 125-127.
  51. Silvio Zavala, “Handbook of Latin American Studies, 1938”, 8. Recordemos que a Hanke le interesaba que el Handbook llegara a toda América y trabajaba activamente para ello. En ese sentido, la revista fue una activa difusora de sus números.
  52. El historiador paraguayo Ramón Lara Castro le escribió a Zavala para solicitarle recibir la Revista. Zavala respondió para comentarle que su esposa había preparado un artículo sobre el Archivo de Asunción que esperaba publicar pronto y que se encontraba trabajando en la obra sobre “Orígenes de la colonización en el Río de la Plata”, que trataba de la primera historia paraguaya. Le agradó saber que habían llegado algunos números de la Revista de Historia de América y le pidió el trabajo Notas críticas de libros de historia paraguaya para publicarlo en reseñas o bibliografía. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 2, exp. 43, fol. 6832.
  53. Colaboraron Miron Burgin (académico y funcionario en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, editor con Lewis Hanke del Handbook of Latin America Studies, Whitaker, 1957), Madaline Nichols, que sería colaboradora frecuente, John I. B. McCulloch (Cambridge, Massachussets), Rayford W. Logan (Howard University), C. H. Haring (Harvard University), John M. Clark e Irving A. Leonard. En números posteriores se sumaron otras firmas: Roland D. Hursey, W. E. Burghardt Dubois, Bert James Loewenberg, que colaboraría regularmente con la RHA, Lewis Hanke, Blake McKelvey, Herbert S. Schell, Charles F. Mullett, J. Oliphant, Carl Orin Bridenbaugh, Harry Bernstein, Carl Wittke, Lewis E. Atherton, C. G. Beckwith, Frederick L. Bronner, Elspeth Davies, Alexander Kern, Harrison John Thornton, Richard Ballou, John B. Boyd Wolf, Ray Billington, Tracey E. Strevey, Clifford K. Shipton, Clifford K. Allen Shipton, Charles E. Trinkaus, Harry Bernstein, Oscar Handlin, Harold U. Faulkner, Alan Burr Overstreet, Chester McA. Destler, Frederick W. Sternfeld, Elmer Ellis, Audrey Engle Hawthorn, Arthur S. Aiton, Thomas C. Geary, Aaron I. Abell, Maurice F. Neufeld y Ruth Hill Useem.
    También contribuyeron con reseñas de libros en inglés Emilio Rodríguez Demorizi, Francisco Monterde, Sergio Méndez Arceo, Agustín Millares Carlo, Vito Alessio Robles, Susana Uribe, Ramón Iglesia, Hugo Díaz Thomé, Carlos Bosch García, Guillermo Porras Muñoz, Rafael Heliodoro Valle, Enriqueta López Lira C., Angélica Mendoza, Pablo Allen González Casanova, Ernesto de la Torre Villar, Ernesto Mejía Sánchez, Gabriel Méndez Plancarte, Daniel Cosío Villegas, G. Somolinos d’Ardois y Rafael Altamira.
  54. Se presentan los resultados consolidados. Sin embargo, se registró de modos diferentes la inscripción institucional: UNAM en general (28 reseñas), Facultad de Filosofía y Letras (57), Instituto de Historia (183).
  55. Se presentan los resultados consolidados. Sin embargo, se registró de modos diferentes la inscripción institucional: El Colegio de México en general (1 reseña), el Centro de Estudios Históricos (233), el Centro de Estudios Literarios (4), el Centro de Estudios Filológicos (6).
  56. De la Ciudad de México en general, sin mención institucional, se publicaron 74 reseñas.
  57. Álvaro Matute, “El legado de Ramón Iglesia,” en Los empeños de una casa. Actores y redes en los inicios de El Colegio de México, 1940-1950, editado y coordinado por Aurora Valero Pie (México: El Colegio de México, 2015), 142.
  58. Detalle de ciudades mexicanas: 250 libros editados en la Ciudad de México, 19 de Xalapa, 3 de Guadalajara y 1 de Morelia.
  59. Detalle de ciudades argentinas: 166 libros editados en Buenos Aires; 14 de La Plata, 7 de Córdoba, 7 de Santa Fe, 4 de Mendoza, 2 de Corrientes, 2 de Paraná, 2 de Rosario y 1 de Luján, Río Cuarto, San Juan y Tucumán.
  60. Muchas de las ciudades editoras son correspondientes a universidades, como la Harvard University Press (para el Handbook of Latin American Studies), The University of North Carolina Press, The University of New Mexico Press, Stanford University Press y Columbia University Press, por citar algunas. De Washington los libros editados provienen, en su mayor parte, de instituciones y Gobierno: de The Carnegie Institution of Washington y de la Unión Panamericana, como era esperable, dada la relación con Zavala y Rubio Mañé, de United States Government Printing Office, de la Smithsonian Institution o el Department of State.
  61. José Rojas Garcidueñas, “Rejón Jurista y Constituyente, Carlos A. Echánove Trujillo,” Revista de Historia de América, no. 8 (abril de 1940): 100.
  62. Fermín Perasa Sarauza, “Emilio Núñez (1875-1922), historiografía, L. A. de Arce,” Revista de Historia de América, no. 16 (diciembre de 1943): 138.
  63. Fermín Perasa Sarauza, “Catálogo de los fondos del Real Consulado de Agricultura, Industria y Comercio y de la Junta de Fomento, J. Llaverías,” Revista de Historia de América, no. 16 (diciembre de 1943): 184.
  64. José Torre Revello, “Las Invasiones Inglesas del Río de la Plata, 1806-1807 y la Influencia Inglesa en la Independencia y Organización de las Provincias del Río de la Plata, Carlos Roberts,” Revista de Historia de América, no. 5 (abril de 1939): 93.
  65. Jorge I. Rubio Mañé, “Historia de la Nación Mexicana, Mariano Cuevas,” Revista de Historia de América, no. 9 (agosto de 1940): 187.
  66. Jorge I. Rubio Mañé, “Cuadernos de Historia. Hombres y Sucesos de Otros Tiempos. X,” Revista de Historia de América, no. 9 (agosto de 1940): 189.
  67. Sergio Méndez Arceo, “Crónica del muy ilustre Colegio Real Mayor de Nuestra Señora del Rosario, Guillermo Hernández de Alba,” Revista de Historia de América, no. 10 (diciembre de 1940): 143.
  68. Jorge I. Rubio Mañé, “Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana. Tomo I, 1550-1565,” Revista de Historia de América, no. 5 (abril de 1939): 70.
  69. Emilia Romero de Valle, “Breve historia del Perú, Max H. Miñano G.,” Revista de Historia de América, no. 18 (diciembre de 1944): 410.
  70. Mona Lisa Pérez-Marchand, “Historia de la División Territorial: 1492-1943, Vicente Tolentino Rojas,” Revista de Historia de América, no. 18 (diciembre de 1944): 431.
  71. Agustín Millares Carlo, “Handbook for translators of Spanish historical, J. Villasana Haggard,” Revista de Historia de América, no. 14 (junio de 1942): 123-125.
  72. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, nota. s.f.
  73. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 27 de diciembre de 1938.
  74. Le pidieron a Torre Revello que confeccionara las fichas una por hoja y que las colocara de manera separada, alfabéticamente, de preferencia en renglones a doble espacio y separadas por la sección en la que irían (libros, revistas y bibliografía, y dentro de esta dividida en países). BNHM, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Jorge I. Rubio Mañé a José Torre Revello, 13 de septiembre de 1939.
  75. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 6 de enero de 1939.
  76. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Silvio Zavala a Jorge I. Rubio Mañé, 11 de enero de 1939.
  77. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Jorge I. Rubio Mañé a Silvio Zavala, 30 de junio de 1939.
  78. Eso se lo aclaró Rubio Mañé a Torre Revello, pues él venía realizando fichas sobre las revistas argentinas. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Jorge I. Rubio Mañé a José Torre Revello, 13 de septiembre de 1939.
  79. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Silvio Zavala a Jorge I. Rubio Mañé, 14 de noviembre de 1938.
  80. El primer número no colocó autor de las notas, pero es muy posible que hayan sido realizadas por Rubio Mañé.
  81. BNHM, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 9, fol. 6797, carta de Lewis Hanke a Silvio Zavala, 16 de noviembre de 1938.
  82. Para las abreviaturas de revistas se siguió la costumbre de las compilaciones internacionales de abreviaturas de publicaciones periódicas. En ello también pudo verse la intervención de Agustín Millares Carlo.
  83. Lo justificaba así: “Creo que en el aspecto bibliográfico debiera imperar un criterio un tanto severo, en el sentido de recoger cuanto tenga algún interés para los especializados, publíquese donde se publique y desechar todo lo meramente superficial que hoy recogemos, aunque se edite en libro o revista”. Zavala le respondió que para su país se haría esa excepción porque “este fenómeno no creo que sea frecuente en historia hispanoamericana fuera de Argentina y algún otro país”. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 4, fol. 6792, carta de José Torre Revello a Silvio Zavala, 1 de octubre de 1938; carta de Silvio Zavala a José Torre Revello, 14 de noviembre de 1938.
  84. Este fue el caso de The Canadian Historical Review, cuyo editor, George Brown, acordó con Zavala no solo que se estableciera un canje de publicaciones, sino que en la RHA se reprodujeran las listas de libros y revistas que se publicaban en el par canadiense. El contacto con esta publicación se realizó a través de Lewis Hanke. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 2, fol. 8907, carta de Silvio Zavala a George H. Brown, 28 de diciembre de 1940.
  85. HN-FHV, Informe presentado por Miron Burgin, editor del Handbook of Latin American Studies, de la Biblioteca del Congreso, México, 22 de octubre de 1947.
  86. El resto de los registros no tienen otras iniciales, aunque sabemos, por la correspondencia con Zavala, que las de la Argentina al menos habían sido enviadas por Torre Revello.
  87. Rafael Heliodoro Valle (1891-1959) fue un poeta, escritor, periodista, historiador y diplomático. Nació en Comayagüela, Honduras, pero vivió la mayor parte de su vida en México. Llegó muy joven a México (1908), becado por este Gobierno para estudiar en la escuela normal de Tacuba, y se quedó como residente. En julio de 1921 fue nombrado jefe del Departamento de Publicaciones del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología de México por el entonces secretario de Educación, José Vasconcelos. Posteriormente, fue profesor de Historia en la Escuela Nacional Preparatoria y en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma, así como en el Colegio Militar de México. Colaboró con numerosos periódicos y revistas del continente. Ver lista de sus obras en Arturo Arnáiz y Freg, “Rafael Heliodoro Valle,” Revista de Historia de América, no. 48 (diciembre de 1959): 613-619.
  88. A fines de la década de 1920, Valle se posicionó dentro de la diplomacia cultural a través de su relación con el recientemente fundado IPGH, en especial con su director, el ingeniero Sánchez. La relación se inició desde el origen del Instituto, al ser designado representante del Ministerio de Instrucción Pública (departamento de Historia) de El Salvador, para que participara de la Primera Asamblea del IPGH que se celebró en México en 1929, evento del cual elevó un extenso informe. Fue invitado a participar en 1932 del Primer Congreso del IPGH realizado en Río de Janeiro, pero no pudo asistir. Pese a esto, fue informado por Sánchez de lo más importante del evento. En 1937, el hondureño fue invitado a participar como representante del IPGH en el II Congreso Internacional de Historia de América, evento a realizarse en Buenos Aires. FHV, IPGH, carta de Antonio E. Sol a Rafael Heliodoro Valle, 31 de agosto de 1929; HN-FHV, fólder IPGH, informe de Rafael Heliodoro Valle, 27 de noviembre de 1929; carta de Pedro Sánchez a Rafael Heliodoro Valle, 5 de noviembre de 1931 y 21 de agosto de 1933; carta de Pedro Sánchez a Rafael Heliodoro Valle, 22 de febrero de 1937; carta de Rafael Heliodoro Valle a Pedro Sánchez, 3 de marzo de 1937.
  89. Esperaba que mirara con simpatía este emprendimiento, pues era un “esfuerzo que se interna en beneficio de la historia común americana”. Le aclaró que se había designado al doctor Silvio Zavala como director y a Felipe Teixidor y Francisco Monterde García Icazbalceta como los secretarios. HN-FHV, fólder IPGH, 10-11 carta de Pedro Sánchez y Octavio Bustamante a Rafael Heliodoro Valle, 9 de noviembre de 1937.
  90. En el archivo de Heliodoro Valle solo hay una carta previa con Silvio Zavala. En ella, el historiador le agradece el envío de un artículo que Valle publicó en The Hispanic American Historical Review en el que se dedica a un aspecto sobre México “sobre el cual no se había hecho ningún esfuerzo de síntesis”. HN-FHV, fólder Silvio Zavala, carta de Silvio Zavala a Rafael Heliodoro Valle, 30 de mayo de 1935.
  91. HN-FHV, fólder Silvio Zavala, carta de Silvio Zavala a Rafael Heliodoro Valle, 8 de diciembre de 1937; fólder IPGH, carta de Rafael Heliodoro Valle a Octavio Bustamante, 14 de diciembre de 1937; carta de Octavio Bustamante a Rafael Heliodoro Valle, 17 de diciembre de 1937.
  92. Aprovechó para pedirle que le enviara el volumen II de su Handbook y le preguntaba si asistiría a la siguiente asamblea de la Inter American Bibliographical and Liberty Association. Él había sido invitado para dar el discurso y esperaba referirse a su admirable labor. HN-FHV, fólder IPGH, carta de Rafael Heliodoro Valle a Lewis Hanke, 14 de diciembre de 1937.
  93. Desde que se inició este Boletín, en 1937, Valle colaboraba en varias secciones con noticias, comentarios críticos, bibliografías, recopilaciones de datos. En especial, de la sección Bibliografía Antropológica Americana que inauguró desde el primer número, en el que al presentarla señaló “Nos proponemos dar… las noticias que los libros y los periódicos ofrezcan sobre las actividades recientes en Prehistoria, mitología, Arqueología, Folklore, Etnografía, Bibliografía, Historia, y todo lo que más interese dentro de las investigaciones y problemas de la Americanística”. Para ordenar esta información, elaboró numerosas fichas. Lauro José Zavala, “Rafael Heliodoro Valle,” Boletín Bibliográfico de Antropología Americana 21-22, no. 1 (1958-1959): 229.
  94. HN-FHV, fólder IPGH, carta de Rafael Heliodoro Valle a varias personalidades, 22, 23 y 24 de enero de 1938.
  95. HN-FHV, fólder IPGH, carta de Rafael Rivera Otero a Rafael Heliodoro Valle, 4 de marzo de 1938. Las obras eran: Antonio Pereira, La bibliografía puertorriqueña; Rafael Picó, Studies in the economic geography of Puerto Rico. Los artículos de Antonio Pedreira, “Un hombre del pueblo”, “José Celso Barbosa” y “El año terrible del 87”.
  96. HN-FHV, fólder IPGH, carta de Rafael Heliodoro Valle al director de la Biblioteca Pública de Nueva York, 9 de junio de 1938.
  97. HN-FHV, fólder Silvio Zavala, carta de Silvio Zavala a Rafael Heliodoro Valle, 12 de abril de 1938; carta de Rafael Heliodoro Valle a Silvio Zavala, 21 de abril de 1938.
  98. Estos son: el discurso de Herbert Bolton, pronunciado en la reunión anual de la American Historical Association sobre La epopeya de la máxima América; William Manning, Diplomatic correspondence or the United States. Interamerican affairs, 1831-1869; de Curtis Wilgus South American dictatours during the century of Independence; John Clyde Oswald, Pinting in the Americas. Rafael Heliodoro Valle, “Bibliografía de Historia de América (1937),” Revista de Historia de América, no. 1 (marzo de 1938): 113-115.
  99. En ese sentido, encontramos colocados aquí libros escritos por extranjeros (principalmente estadounidenses), por ejemplo, el de Lewis Winkler Bealer Los corsarios de Buenos Aires, publicado en el número de marzo de 1938.
  100. Por ejemplo, Eduard Schuster, Guide to law and legal literature of central American Republics (publicación realizada en Nueva York), publicada en el número de marzo de 1938.
  101. Para él, uno de los principales problemas eran las fichas de artículos; en su opinión, aun siendo un material importante, era confusa su inclusión en la sección Bibliografía; sobre las revistas, mantuvo que debía insertarse una lista para formar un apéndice de la sección Revistas. Indicó que por vía de nota o con iniciales debía mencionarse la autoría. Zavala pidió también uniformar las señales tipográficas, cuidar de colocar las fichas en el país que correspondiera y no según la ciudad de edición, ya que el criterio era temático, con independencia de la sede geográfica de la edición. HN-FHV, fólder Silvio Zavala, carta de Silvio Zavala a Rafael Heliodoro Valle, 9 de junio de 1938.
  102. El primer número solo tiene al final una publicidad del BBAA, mientras que el número siguiente a este se le suma el de la Antigua Librería Robredo y la Biblioteca Histórica Mexicana (ambos con títulos y precios).
  103. Es el caso de Alfonso Celso, El emperador D. Pedro II y el Instituto Histórico, traducido por Julio E. Payró con prólogo de Max Fleiuss, publicado en Buenos Aires.
  104. Rafael Heliodoro Valle, “Bibliografía de Historia de América (1937-1938),” Revista de Historia de América, no. 3, (1938): 161.
  105. Sobre el Cedulario de la Real Audiencia de Buenos Aires, con advertencia de Ricardo Levene, volumen III señala: que comprende los años 1783 a 1810; que la colección ha permitido reunir documentos dispersos “dándoles dentro del conjunto la debida ordenación, obligándola por esa y otras circunstancias a prescindir de la que primitivamente tuvieron los documentos”. Finaliza diciendo que es de “suma importancia” la lectura de este libro por que la documentación que se reproduzca permitirá estudiar los acontecimientos del virreinato poco antes de la revolución. Rafael Heliodoro Valle, “Bibliografía de Historia de América (1937-1938),” Revista de Historia de América, no. 4 (1938): 163.
  106. Al registrar la obra del padre Guillermo Furlong, Entre los Abipones del Chaco, según noticias de los misioneros jesutias Martin Dobrizhoffer, Domingo Muriel, Jose Brigniel, Joaquin Camaño, José Jolis, Pedro Juan Andreu, José Cardiel y Vicente Olcina, menciona: utilizando diversas obras y manuscritos de los que son autores los misioneros citados en el título ha redactado el padre Furlong el presente libro, en el que se estudia la vida y costumbres de los indígenas Abipones, “cuyo hábitad [sic] estuvo a orillas del Paraná, desde el Pilcomayo hasta la altura de la ciudad de Corrientes”, y a la vez se historia el origen, formación y desarrollo de las reducciones denominadas San Jerónimo, Concepción, San Fernando y Rosario o Timbó. La obra se halla profusamente ilustrada, reproduciendo algunos dibujos ejecutados por el padre Breucke y grabados que figuran en la obra del P. Dobrizhoffer. José Torre Revello, “Bibliografía de Historia de América (1937-1938),” Revista de Historia de América, no. 4 (1938): 164-165.
  107. José Torre Revello, “Bibliografía de Historia de América (1937-1938),” Revista de Historia de América, no. 4 (1938): 169-170.
  108. BNHA, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 4, fol. 6792, carta de Rafael Heliodoro Valle a Silvio Zavala, 11 de marzo de 1939.
  109. En cuanto a la extensión, le recordó que los libros no debían superar las 20 líneas para no caer en errores como el que había tenido en la nota de Sahagún (demasiado amplia) o la de otro libro, que había sido demasiado corta. Además, le señaló un par de errores en la bibliografía del número anterior: en el caso de la producción realizada en Estados Unidos, se habían duplicado algunas fichas e hicieron falta otras. Para solucionar esto, le contó que Hanke había prometido encargarse de las fichas descriptivas (incluso de las reseñas de libros sobre Hispanoamérica), pero que estaba hablando con otro bibliógrafo para cubrir la historia de los Estados Unidos. BNHA, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 4, fol. 6792, carta de Silvio Zavala a Rafael Heliodoro Valle de 1939.
  110. BNHA, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 4, fol. 6792, carta de Rafael Heliodoro Valle a Silvio Zavala, 12 de abril de 1939.
  111. Sobre Alfonso Celso, El emperador D. Pedro II. José Torre Revello, “Bibliografía de Historia de América (1937-1939),” Revista de Historia de América, no. 5 (1939): 130.
  112. Se trata del autor Enrique Fiot, Historia de la Conquista del Oriente Boliviano, posiblemente porque la obra fue publicada en Buenos Aires con prólogo de Roberto Levillier. Torre Revello, “Bibliografía de Historia de América (1937-1939),” Revista de Historia de América, no. 5 (1939): 224.
  113. Heliodoro Valle escribe sobre el libro de George E. Squier, A collection of Books “Siguier fue viajero, arquólogo, diplomático, historiador y anticuario de primer orden durante el siglo pasado. Su actuación en centroamérica y sus numerosas obras y monografías le dan derecho a una actualidad permanente”. Rafael Heliodoro Valle, “Bibliografía de Historia de América (1937-1939),” Revista de Historia de América, no. 7 (diciembre de 1939): 254.
  114. HN-FHV, fólder Silvio Zavala, carta de Silvio Zavala a Rafael Heliodoro Valle, 25 de diciembre de 1939; carta de Rafael Heliodoro Valle a Silvio Zavala, 8 de enero de 1940.
  115. Sugerencias para redactar las notas: apellido y nombre de autor, título de la obra, subtítulo (si lo tiene), ciudad, editorial, imprenta, año, número de páginas, tamaño en centímetros, ilustraciones (si es posible, indicar el número de ellas), mapas, sumario (copiar el índice cuando no sea largo o hacer una referencia sintética al tema que desarrolla). También, en caso de ser pertinente, señalar si era un opúsculo, un sobretiro, etc. HN-FHV, fólder Silvio Zavala, carta de Rafael Heliodoro Valle a Silvio Zavala, 16 de abril de 1940.
  116. BNHA, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 4, fol. 6792, carta de Silvio Zavala a Rafael Heliodoro Valle, 23 de abril de 1940.
  117. Guillermo Hernández de Alba, Roland D. Hussey, Bert James Loewenberg, José Rojas Garciadueñas, Jorge I. Rubio Mañé, Humberto Vázquez-Machicado, Silvio Zavala, Sergio Méndez Arceo, Fermín Peraza Sarausa, Emilio Rodríguez Demorizi, José M. Vélez Picasso, José Torre Revello, Rafael Heliodoro Valle, “Bibliografía de Historia de América,” Revista de Historia de América, no. 8 (abril de 1940): 177.
  118. Es una estimación aproximada, dado que series de fichas de una misma sección temática tienen solo una firma al final y es posible que todas sean del mismo autor.
  119. El artículo prometía una continuación, pero no se publicó.
  120. José Torre Revello, Silvio Zavala y Rafael Heliodoro Valle, “Bibliografía de Historia de América (1938-1940), “Revista de Historia de América, no. 9 (agosto de 1940): 287.
  121. José Torre Revello, Silvio Zavala y Rafael Heliodoro Valle, “Bibliografía de Historia de América (1938-1940),” Revista de Historia de América, no. 10 (diciembre de 1940): 219.
  122. HN-FHV, fólder Silvio Zavala, carta de Silvio Zavala a Rafael Heliodoro Valle, 12 de diciembre de 1940; carta de Rafael Heliodoro Valle a Silvio Zavala, 28 de diciembre de 1940.
  123. Para cuando Agustín Millares Carlo (1893-1980), bibliógrafo y paleógrafo canario, arribó a México, tenía una larga trayectoria en España como paleógrafo, archivista y bibliógrafo. Millares estudió en la Universidad Central de Madrid bajo la conducción de Enrique Soms y Castelín (profesor de gramática griega, paleógrafo y latinista), y Ramón Menéndez Pidal, su profesor de español, con quien trabajó varios años en el Centro de Estudios Históricos de Madrid, y Américo Castro, especialista en gramática histórica española. Al terminar sus estudios, fue profesor de la Universidad de Granada (1921 y 1923) y archivero del Ayuntamiento de Madrid (1923). Ese año pidió permiso en estos trabajos para poder asumir como director del Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires (propuesto por su maestro Américo Castro, cargo que asumió entre 1923 y 1925). Al regresar a España, retomó su cargo como archivero, a lo que suma, desde 1928, la cátedra de Paleografía en la Universidad Central de Madrid. Ángel Riesco Terrero, “Don Agustín Millares Carlo: archivero-bibliotecario y maestro de archiveros y bibliotecarios,” Boletín Millares Carlo, no. 13 (1994): 178-181.
  124. Eso se cuenta en una carta dirigida al director de la Revista Filología Hispánica, Tomás Navarro Tomás. Zavala le comparte los planes de cambio en la sección y le cuenta sobre la colaboración de Millares, sobre la que Navarro Tomás se alegra en la respuesta, confirmando: “Es una excelente adquisición”. BNAH, ASZ, caja 2, exp. 22, fol. 6816, carta de Silvio Zavala a Tomás Navarro, 1 de junio de 1941; carta de Tomás Navarro a Silvio Zavala, 24 de junio de 1941.
  125. En enero de 1938, los primeros invitados de la Casa de España le enviaron una carta de agradecimiento al presidente Cárdenas. El mensaje fue difundido en el diario Excelsior de la capital y lo firmaban José Gaos, Jesús Bal y Guy, Enrique Díaz Canedo, León Felipe Camino, Agustín Millares, José Moreno Villa, Luis Recasens, Juan de la Encina, Gonzalo R. Lafora e Isaac Costero. Cuatro de estos científicos fundaron Ciencia. Revista Hispano-Americana de Ciencias Puras y Aplicadas.
    Millares se involucró en La Casa de España (antes de que se convirtiera en El Colegio) y también en el Instituto Luis Vives, fundado en agosto de 1939 con fondos destinados para la ayuda de los españoles refugiados, el cual tenía desde nivel primario hasta vocacional y comercio. Formó parte de su patronato y del cuerpo de profesores que enseñaban español, latín y etimología. Miguel Ángel Puig-Samper Mulero, “La Revista Ciencia y las primeras actividades de los científicos españoles del exilio,” en De Madrid a México, el exilio español y su impacto sobre el pensamiento, la ciencia y el sistema educativo mexicano, compilado por Agustín Sánchez Andrés y Silvia Figueroa Zamudio (Morelia: Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Hidalgo, Comunidad de Madrid, 2002), 96, 97. Beatriz Morán Gortari, “Los que despertaron vocación y levantaron pasiones. Los colegios del exilio en la ciudad de México,” en De Madrid a México, el exilio español y su impacto sobre el pensamiento, la ciencia y el sistema educativo mexicano, compilado por Agustín Sánchez Andrés y Silvia Figueroa Zamudio (Morelia: Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Hidalgo, Comunidad de Madrid, 2002), 211, 231.
  126. Por la correspondencia entre Alfonso Reyes y Millares se sabe que el español estaba siempre muy ocupado dentro y fuera de El Colegio. Entre las actividades que tenía en esta institución estaban dar clases de paleografía, de latín, traducir clásicos, investigar en repositorios públicos y, sobre todo, en bibliografías. También buscó lanzar un proyecto con el auspicio de la Fundación Rockefeller para organizar un grupo de estudios archivológicos en México. Por esto, Reyes le pedía que le comentara su plan porque no quería agregar demasiadas cosas, “más de lo que cabe a la resistencia humana”. Alberto Enríquez Perea, comp, present. bibliog. y notas, Contribuciones a la historia de España y México. Correspondencia entre Alfonso Reyes y Agustín Millares Carlo, 1919-1958 (México: El Colegio Nacional, 2005), 80. Alberto Enríquez Perea, “Agustín Millares Carlo y sus registros bibliográficos en España peregrina: Maestro en el arte de descubrir información sobre los libros,” en Los empeños de una casa. Actores y redes en los inicios de El Colegio de México, 1940-1950, editado y coordinado por Aurelia Valero Pie (México: El Colegio de México, 2015), 95.
  127. Riesco, “Don Agustín”, 185-186. El Instituto Bibliográfico Mexicano dependía de la Biblioteca Nacional, la cual había sido fundada en 1867, pero en 1929 deja de depender de la Secretaría de Educación Pública para integrarse a la UNAM.
  128. Participó en varias publicaciones periódicas más de México: Letras de México, Cuadernos Americanos, Divulgación Histórica, El Hijo Pródigo, Boletín de la Biblioteca del H. Congreso de la Unión, Ultramar y Las Españas, entre otras. Enríquez Perea, “Agustín Millares Carlo…”, 97-98.
  129. Se realizaron todos los índices en el período (10 en total). Para tener ordenada la información se creó un fichero por orden alfabético.
  130. Las cartas en las que se discute el presupuesto para publicar los números de la revista mencionan generalmente los costos del índice (tanto para cubrir gastos del personal como de la imprenta). El presidente del IPGH se quejaba del alto costo del índice, por lo que el equipo editorial tuvo que ajustar la forma en que clasificaba y el tipo y tamaño de letra para reducir en lo posible la cantidad de páginas y, por ende, el costo. Para ello, contó con la ayuda de Gabriel Abad (quien falleció y fue reemplazado por María Marco). BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 2, exp. 30, fol. 6819, carta de Agustín Millares Carlo a Silvio Zavala, 18 de junio de 1941.
  131. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 13, fol. 6801, carta de Silvio Zavala a Jorge I. Rubio Mañé, 14 de noviembre de 1938. Zavala le había propuesto a Alfonso Reyes crear una biblioteca “Latina Hispanoamericana”, idea que le parecía factible a Reyes al tener en La Casa de España a Agustín Millares, y pronto esperaban que se pudieran incorporar Carlos Riba y Urbano González de la Calle. Pocos meses después, Reyes le pidió que le hiciera llegar una lista con las necesidades de la biblioteca (que fueran sencillas y prácticas), a lo que Zavala respondió que, tras conversar con Millares, consideraban algunas cosas pequeñas indispensables: un mueble para el fichero inspirado en el de la Biblioteca del Congreso de Washington (podría dibujar el sobrino de Millares), estanterías de madera para colocar los libros y periódicos, dos limpiadores eléctricos de polvo, tres o cuatro mesas con sillas y lámparas para lectura, un ayudante para Millares (uno para mover libros y otro para ayudar en la catalogación). Era necesario también ordenar o reescribir el fichero público porque estaba en mal estado y con criterios de clasificación antiguos. Debería comprarse un equipo fotográfico o una máquina de leer (lectura de microfilms). Alberto Enríquez Perea, comp., Fronteras conquistadas. Correspondencia Alfonso Reyes/Silvio Zavala 1937-1958 (México: El Colegio de México, 1998), 81, 112, 114-118.
  132. Los Editores, “Advertencia,” Revista de Historia de América, no. 11 (abril de 1941): 121.
  133. Esta forma de organización continuaría usándose en las bibliotecas inspiradas por las orientaciones de Agustín Millares Carlo, como la de El Colegio de México, y aplicadas por Susana Uribe, la bibliotecaria que la organizó. Ver, por ejemplo: Susana Uribe de Fernández de Córdoba, “Bibliografía histórica mexicana,” Historia Mexicana VII, no. 2 (1958): 557-628.
  134. Los Editores, “Advertencia”, 121.
  135. Sobre bibliotecas y capital social y redes de usuarios, ver Anne Goulding, “Libraries and Cultural Capital,” Journal of Librarianship and Information Science 40, no. 4 (diciembre de 2008): 235-237.
  136. BNAH, ASZ, serie correspondencia general, caja 2, exp. 30, fol. 6819, carta de Agustín Millares Carlo a Silvio Zavala, 29 y 30 de septiembre de 1941.
  137. BNHM, ASZ, serie correspondencia general, caja 2, exp. 30, fol. 6819, Instrucciones para la redacción de las fichas bibliográficas de la Revista de Historia de América. s.f.
  138. BNHM, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 9, fol. 6797. Memorándum sobre la colaboración relativa a la historia de los Estados Unidos, en la Revista de Historia de América. s.f.
  139. BNHM, ASZ, serie correspondencia general, caja 1, exp. 9, fol. 6797. La colaboración de los Estados Unidos de América en la bibliografía de la Revista de Historia de América, del IPGH, s.f.


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