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1 ¿Qué es la seguridad internacional?

Para comenzar, es necesario aclarar que no existe una definición mayoritariamente aceptada sobre la seguridad internacional. De hecho, definirla ha sido uno de los ejes centrales de los debates de las RR. II. en general, y del subcampo de la seguridad en particular, desde el inicio de la Posguerra Fría.

Existen, sin embargo, algunos consensos en torno a esos debates: hay una visión tradicional de la seguridad, vinculada a la seguridad nacional y las acciones tendientes a la defensa, sustentada teóricamente en el realismo. Frente a esa visión, y dados los cambios mundiales a partir de 1990 (y en algunos casos desde la década anterior), comenzó a hacerse fuerte el concepto de seguridad internacional para pensar la problemática. Sus posibilidades se despliegan en un amplio abanico de enfoques que cuestionan el mainstream racionalista de las RR. II. y que buscan principalmente ampliar la mirada sobre la seguridad más allá de lo estrictamente militar.

En general, es posible entender la seguridad como una condición necesaria para los grupos humanos y los sujetos, en el marco de la cual pueden desplegar las tareas y aspiraciones que valoran sin que se encuentren amenazadas.

Comprende cuatro aristas: una objetiva y otra subjetiva; una estática y una dinámica. Objetivamente entendemos que se consigue seguridad cuando no hay amenazas o peligros concretos cercanos contra los valores y bienes de una comunidad. Subjetivamente, comprende las percepciones existentes en torno a esa condición en tanto se siente alcanzada o no. La dimensión estática refiere a la condición de seguridad efectivamente lograda, se está seguro o no. Para ello existe toda una gama de acciones, políticas y programas que permitieron alcanzarla o que se despliegan para su logro/mantenimiento, en ese caso siempre estamos ante la dinámica, el devenir de aquello que hacemos para conseguir acercarnos a un estado seguro (para la vida de una persona, para una comunidad o un grupo social, para un Estado, para el mundo en su conjunto).

Estas ideas esenciales se desprenden de las definiciones dadas por Wolfers al hablar de seguridad nacional:

[…] security, in an objective sense, measures the absence of threats to acquired values, in a subjective sense, the absence of fear that such values will be attacked. […] The possible discrepancy between the objective and subjective connotation of the term is significant in international relations despite the fact that the chance of future attack never can be measured “objectively”; it must always remain a matter of subjective evaluation and speculation (Wolfers, 1954: 485).

La bibliografía especializada retoma recurrentemente esa definición para desplegar su análisis, como puede verificarse en Buzan y Hansen (2009), Baldwin (1997), Saint Pierre (2003), Sampó y Bartolomé (2013) y Barrios (2009), quienes comprenden que Wolfers ha dado la conceptualización más precisa para abordar la problemática desde las relaciones internacionales.

No es solo la existencia de amenazas, sino también la percepción acerca de las mismas y su nivel de peligro o riesgo lo que está en juego cuando hablamos de seguridad.

Para complementar esa definición, tomamos el informe de ONU de 1985 donde la define como: “una condición en la que los Estados o los individuos consideran que están expuestos en pequeña medida al peligro de un ataque militar, a las penurias económicas, a la presión política o a la injusticia social” (ONU, 1985:11), y más adelante se entiende también como “una condición en la que los Estados se sienten libres de presiones de naturaleza militar, económica o política” (ONU, 1985: 11).

Ambas conceptualizaciones incorporan el elemento subjetivo, la percepción que los sujetos destinatarios de las dinámicas de seguridad tienen acerca de la probabilidad de daño que existe sobre sus vidas o su integridad. La de Naciones Unidas, al ser más cercana en el tiempo, se aproxima a una definición de seguridad más expansiva que incorpora los Estados pero también a los individuos, siendo elementos amenazantes no solo los relacionados a la violencia sino también la injusticia social, la inestabilidad económica o política.

Para hablar del componente internacional de la seguridad es necesario considerar las variables que permiten ordenar las descripciones e interpretaciones posibles, bajo un cúmulo común de dispositivos, a saber: objeto referente; amenazas o peligros; fundamentos y valor del objeto a proteger; medios específicos de acción; responsables de la seguridad. Para ello, se exponen los dos grandes enfoques en los que se dividen los estudios actuales sobre seguridad internacional, especificando el marco general dentro del cual tiene lugar el análisis de la problemática.

De las dos grandes perspectivas de la seguridad internacional, cada una contempla una determinada visión del orden mundial. En primer lugar, se identifica una vertiente tradicional, restringida y racionalista; por otra parte, se despliega una mirada ampliada/expansiva y multidimensional de la seguridad. Cada una de ellas es pasible de vinculación a un conjunto de teorías de las RR. II.

Desde finales del siglo pasado, se entiende que los estudios sobre la seguridad pueden ser compartimentados en dos campos rivales, tal como fue especificado por Finel en su presentación en OEA en el año 1999.

La primera de esas vertientes, denominada tradicional o restringida, a la que Bartolomé (2013) define como “ortodoxa y refractaria a cualquier modificación,” se encuentra vinculada a una mirada clásica de las RR. II. representada por el realismo y sustentada en siglos de práctica entre Estados, que la bibliografía específica denomina modelo westfaliano.

El primer punto a considerar, de acuerdo con las variables mencionadas, es el objeto referente. La vertiente tradicional sostiene una mirada estadocéntrica de la realidad internacional: es el Estado el actor principal del sistema internacional y el único capaz de proveer bienestar a sus ciudadanos; por lo tanto, se constituye en el objeto privilegiado a asegurar.

Esta mirada continúa focalizada más en la seguridad nacional que en la seguridad internacional. ¿Por qué? Porque parte de considerar que el sistema internacional, conformado por Estados soberanos e independientes con intereses nacionales divergentes, siempre está en situación de conflicto (real o potencial) entre sus unidades y, en ese marco, la seguridad es el referente principal de la política exterior de cada uno de ellos.

En ese escenario, frente a la pregunta de por qué el objeto definido como referente es valioso y por tanto amerita ser defendido, siguiendo a Orozco (2006: 164), la respuesta es que “el Estado es la unidad competente, a nivel geográfico” (se defienden sus límites territoriales), a nivel jurídico (“monopoliza la capacidad legislativa y coercitiva en el territorio, derecho sancionado por la aquiescencia del resto de miembros de la comunidad de estados”) y a nivel material (posee los medios necesarios). Entonces, se entiende que el foco de la seguridad es la integridad territorial del Estado y su supervivencia (Bartolomé, 2013: 37). A lo que se debe agregar la integridad institucional estatal, dado que sin ella difícilmente se garantizarían las otras dos condiciones.

Las amenazas a las que se enfrenta el Estado son principalmente externas, provienen primariamente de otros Estados del sistema y pueden ser identificadas de manera objetiva, son concretas y no se constituyen a partir de su percepción. Los medios con los cuales se garantiza la seguridad son básicamente militares: se centra el análisis en la defensa frente a la posible agresión externa y los encargados de la misma son las FF. AA.

Existen otros mecanismos pero siempre asociados a la posibilidad de demostrar poder para disuadir al agresor de un posible ataque dadas las consecuencias a las que debería enfrentarse en caso de hacerlo; en general, se identifica el conjunto de elementos en juego para la defensa como materiales, es decir, se trata de la acumulación de recursos militares, económicos y políticos.

Esta visión se enmarca en enfoques objetivistas, que usualmente definen la seguridad en términos materiales, es decir que la posibilidad de detener o disuadir enemigos se basa en las capacidades tangibles acumuladas (Buzan & Hansen, 2009: 33).

El orden interno y el orden internacional están tajantemente separados, priman lógicas e intereses diferentes para cada plano, y el determinante para esa división es el Estado.

La segunda vertiente de la seguridad, denominada expansiva/amplia, se opondrá a esta visión clásica. El énfasis no estará puesto en el Estado, su orden político interno o su supervivencia, sino que estará sobre lo internacional/trasnacional, sobre la arena donde confluye un conjunto de relaciones y prácticas entre Estados y otros actores transfronterizos, supra y subnacionales.

Esta segunda vertiente, propia de la Posguerra Fría, sostiene un marco de interpretación de la seguridad –y la realidad internacional– como dinámica y heterogénea (Bartolomé, 2013). En este sentido, algunos expertos entienden que estamos ante un sistema internacional postwestfaliano o bien westfaliano “flexible” (Bartolomé, 2013; Guedes de Oliveira y Dominguez Avila, 2013).

Las consideraciones de lo internacional ya no contemplan únicamente las relaciones entre Estados sino que, siguiendo a Halliday (2002), puede comprenderse que las relaciones internacionales contienen tres formas de interacción: las relaciones entre Estados; las relaciones no estatales o trasnacionales (aquellas que tienen lugar a través de las fronteras); y el funcionamiento del sistema en sí mismo (cuyos componentes más importantes serían los Estados y las sociedades civiles).

Es a partir de esa realidad internacional que en los nuevos estudios de seguridad empezó a predominar un enfoque ya no de defensa o seguridad nacional, sino internacional.

De acuerdo con las variables seleccionadas, el objeto referente se volverá más difuso, se pondrá en debate, pero ciertamente se desplazará desde el Estado hacia otros sujetos como la persona humana, los pueblos, las comunidades, el sistema internacional en su conjunto. El objeto dependerá de las distintas perspectivas y teorías de abordaje.

Tabla 1. El objeto referente de la seguridad
Objeto Referente Contenido Postuladores
El sistema Internacional Estabilidad Interdependencia
Regímenes Internacionales
Institucionalismo neoliberal
El Estado Soberanía y poder
Integridad territorial
Realismo y Neorrealismo
Colectividades o Grupos Identidad societal Constructivismo
El Individuo/ la Humanidad Supervivencia, bienestar Nuevos enfoques: Cosmopolitismo, Teorías críticas, Liberalismo ofensivo. (Seguridad Humana, Seguridad Mundial/Global, Seguridad Sostenible)

Fuente: Tabla adaptada de: Orozco, G. (2006). “El concepto de la Seguridad en la Teoría de las Relaciones Internacionales”. Revista Cidob d’ Afers Internationals, Nº 72, Diciembre-enero. Barrios, M. (Director) (2009). Diccionario Latinoamericano de Seguridad y Geopolítica. Buenos Aires, Biblos.

De este modo, se intentará vincular dentro del marco general de los debates disciplinares de las RR. II. cada teoría o corriente de pensamiento con un abordaje específico de la seguridad, tal como se refleja en el cuadro. En el recorrido teórico de las Relaciones Internacionales, se reconocen cuatro debates principales, y en la actualidad algunos analistas definen un incipiente Quinto debate (ver Pérez Larez, 2011 y Kavalski, 2007). Por orden cronológico se pueden caracterizar como: primer debate, durante el período entreguerras entre las teorías realistas y el idealismo; segundo debate, durante la segunda posguerra, orientado a dotar de mayor rigor científico al subcampo de estudio; allí los principales aportes vendrán de teorías sistémicas y del conductismo; tercer debate, entre realismo y enfoques interdependentistas, que luego se reconvertirá en un debate entre neorrealistas y neoinstitucionalistas liberales para las décadas de 1970 y 1980; cuarto debate, significará la unión de ambos contendientes en un espectro teórico definido como mainstream racionalista frente a una diversidad de teorías y corrientes englobadas bajo el rótulo de “reflectivistas”, ya durante la Posguerra Fría.

Se comprende, desde los nuevos abordajes en seguridad, que al complejizarse la realidad internacional se modificaron también los actores, y por tanto, las fuentes de daño. El foco de atención serán las denominadas “nuevas amenazas”, que se entienden como globales y trasnacionales desplazando la lógica externa interestatal propia de la mirada tradicional. Tal como las define Iglesias:

Problemas globales, transfronterizos en su mayoría, tales como el crimen organizado, el terrorismo, la degradación del medio ambiente, la disputa por los recursos naturales, los flujos incontrolados de refugiados, la inmigración no regulada, la pobreza y el hambre se han convertido en riesgos para la humanidad de una importancia similar a la de la tradicional defensa militar. (Iglesias, 2011: 2)

En este marco, la seguridad es entendida como multidimensional, abarca un importante número de aristas que trascienden lo militar e incorporan lo ambiental, lo social, lo económico y lo sanitario.

Dada la globalización y la naturaleza de las amenazas, los medios concretos para enfrentarlas no estarán claros y dependerán del enfoque específico de que se trate. Pueden señalarse, sin embargo, acciones como la prevención, la diplomacia, el desarrollo, la cooperación, además del tradicional uso de la fuerza, como herramientas aptas para la seguridad internacional.

En relación a la variable sobre cómo determinar las responsabilidades para garantizar la seguridad internacional, se puede afirmar que también está en discusión; lo cierto es que no será el Estado individualmente quien pueda resolver problemas que atañen a todo el planeta y que afectan a las distintas sociedades civiles sin distinción. Se proponen mecanismos diversos de colaboración y/o cooperación entre Estados, organizaciones internacionales, actores privados y organizaciones de la sociedad civil.

Se suele hablar de niveles de seguridad donde se espera que las distintas esferas articulen acciones para enfrentar peligros que no reconocen fronteras y que están interconectados entre sí (ONU, 2004. A/59/565), para lo cual se vuelven necesarias acciones a nivel nacional, regional e internacional.

Sobre esta vertiente y las visiones divergentes, nos centraremos en los puntos subsiguientes del presente Capítulo, ampliando lo esquematizado en la Tabla 1.

En términos epistemológicos, se entiende que esta corriente ampliada de la seguridad se sustenta en concepciones que complementan o discuten la óptica objetivista; tal como lo definen Buzan y Hansen (2009: 33), existen otros dos enfoques que denominan subjetivista y discursivo. El primero de ellos enfatiza la importancia de la historia y las normas internacionales, de los aspectos psicológicos como el miedo y las percepciones, y tiene en cuenta el contexto (amigos, rivales, enemigos, etc.) que enmarca las amenazas. No elude los aspectos objetivos, pero los interpretan a partir del “filtro” de aristas subjetivas.

De acuerdo con lo planteado, puede entenderse que las concepciones subjetivistas complementan aquellas propias de la teoría realista y los estudios estratégicos; es dable pensarlos, entonces, como un intermedio entre las dos vertientes identificadas como marcos generales de abordaje.

Por su parte, los estudios discursivos negarán cualquier posibilidad objetiva en torno a la seguridad. Volviendo a los autores mencionados:

Discursive approaches, in contrast, argue that security cannot be defined in objective terms, and hence both the objective and subjective conceptions are misleading. Security is, argues the Copenhagen School, a speech act and by saying “security,” a state representative declares an emergency condition, thus claiming a right to use whatever are necessary to block a threatening development. (Buzan & Hansen, 2009: 34)

La Seguridad es una construcción discursiva que depende de aquello definido y aceptado intersubjetivamente como tal, a la par de la instauración de temas en la agenda política de fenómenos interpretados como amenazas.

Teniendo en cuenta estos marcos analíticos, se propone aquí como abordaje adecuado considerar seguridades internacionales. Se da relevancia, de ese modo, a la interpretación subjetiva/intersubjetiva de los actores internacionales acerca de lo que constituye una amenaza y, por tanto, lo que se requiere para enfrentarla y/o para construir seguridad. En gran medida, depende de los márgenes de poder con que cuentan los agentes para instalar en la agenda internacional determinados temas como peligros para que, a partir de ellos, se definan las amenazas y la seguridad internacional que se desea posicionándola como una sola posible.

Es claro que existen problemas que afectan a nivel global y preocupan a todos los actores, pero no todos comparten las mismas prioridades en torno a la seguridad y, por ello, entendemos que su comprensión debe ser en términos plurales. Toda significación de la seguridad internacional derivará de aquello que cada agente valore como primordial o más relevante a proteger para su supervivencia y sostenibilidad; desde lo cual puede inferirse que los medios también serán divergentes de acuerdo con lo que se pretenda asegurar y los actores con los que se quiera cooperar o trabajar en conjunto.

Aceptar una sola mirada implica negar la complejidad y diversidad del mundo, es decir, reducir las múltiples interacciones y contradicciones de la realidad internacional como meramente unidireccional.

En ese marco, se definen dos pilares fundamentales para hablar de seguridades internacionales. El primero de ellos se da entre las potencias del sistema y permanece como trasfondo de esas relaciones una lógica de anarquía, igualdad soberana y jurídica de los Estados dada la ausencia de un poder central. El segundo pilar remite a las relaciones entre potencias y Estados más débiles, entre Centro y Periferia o entre el Norte y el Sur. Allí la soberanía no es entendida en términos equitativos entre unos y otros; las relaciones se constituyen en asimétricas y jerárquicas teniendo el Centro diferentes grados de intervención sobre los territorios o políticas de la Periferia, de allí que la autonomía constituya un componente fundamental de la seguridad desde el Sur.

El primero de esos pilares será tratado a continuación; el segundo se describirá en la segunda parte del libro.

1. 1. Antecedentes y evolución de la problemática

El siguiente apartado se ocupará de realizar una descripción de los desarrollos teóricos dentro de la disciplina de las Relaciones Internacionales sobre la seguridad, junto con una contextualización. Dado que las dos principales teorías de las RR.II. a partir de las cuales se interpretará el resto de las vertientes de seguridad internacional son el realismo y el idealismo (liberalismo), se les dará mayor espacio.

1. 1.1. La Defensa y la concepción realista del sistema internacional

El realismo es el marco teórico-filosófico en el cual tiene lugar la conceptualización de la seguridad nacional. Este esquema teórico para entender las relaciones internacionales tiene sus antecedentes históricos principales en la Europa moderna y los vínculos entre las potencias, desde la paz de Westfalia en 1648.[1]

Resaltamos dos aspectos principales del realismo: el reconocimiento, desde Maquiavelo, de la autonomía de la política y, con ello, la separación de otras esferas como la religión, la ética o la economía, con sus propios fines y medios específicos. Por otro lado, la persistencia de un estado de naturaleza hobbesiano entre los Estados nacionales en sus relaciones mutuas, dotando al sistema internacional de un “ordenamiento anárquico”. Se desarrollarán estos elementos y se irán contraponiendo con su reproducción en la teoría realista internacional.

Tal como lo ha planteado Maquiavelo, el realismo en RR. II. entiende que la política tiene su medio específico y sus fines propios, que el Estado ocupa la posición central y que, por ello, es su preservación y fortalecimiento lo que debe primar en cualquier consideración de política tanto interna como externa.

Para esto, las apreciaciones políticas deben despojarse de toda connotación moral o religiosa en términos individuales y focalizarse en una ética propia de la política, sopesando costos y beneficios de la acción, tal como lo explica Maquiavelo en El Príncipe (1996). Y en relación a una ética específica para la actividad política, afirma que lo central es la prudencia, la capacidad de sopesar los costos y consecuencias de las acciones para el mantenimiento del poder.

En cuanto a las Relaciones Internacionales en particular, retomando a Morgenthau (1990: 54), uno de los teóricos realistas más importantes, se interpreta a partir de las leyes que enuncia para la política internacional la existencia de una tensión inevitable entre el imperativo moral y una adecuada acción política; por eso mismo “los principios morales universales no pueden ser aplicados a las acciones de los Estados en su formulación abstracta universal”, es imperioso tener en cuenta las circunstancias concretas en cada caso particular para decidir el curso de acción.

Esta es una consideración fundamental para el análisis de la visión de seguridad desde América del Sur, toda vez que aquí se comprende el conocimiento y las interpretaciones del mundo como situadas y los intereses o necesidades diversos según el espacio desde el que se analicen. Afirmar una universalidad abstracta no necesariamente ha traído consigo mayor seguridad internacional o relaciones internacionales pacíficas, como se irá examinando en este libro. De todos modos, el realismo también ha planteado un tipo de racionalidad estatal que pretende objetiva y universal que no es pertinente, en muchos casos, para la realidad de la periferia.

Reformulando a Maquiavelo, Morgenthau (1990: 54) afirma: “No puede existir moralidad política sin prudencia; esto es, sin la consideración de las consecuencias políticas de una acción aparentemente moral. Así el realismo piensa que la prudencia –sopesar las consecuencias de acciones políticas alternativas– es la suprema virtud política”. Porque el principio moral más importante es, en términos políticos, la supervivencia del Estado tanto en su integridad territorial como institucional.

Esto permite introducir otro concepto central del realismo que es la razón de estado. Esta implica que el Estado tiene su propia racionalidad y que esta existe por y para él: su preservación, su crecimiento, su integridad. Este Estado es soberano y, por tanto, es el poder supremo dentro de ese territorio que le es propio.

En el plano internacional, para el realismo, el Estado es concebido como unitario, como un actor racional unificado, es decir, recibe los atributos de soberanía sobre sí mismo como si fuera efectivamente una persona. En este sentido, todos los Estados contarán con una racionalidad propia, siempre idéntica a sí misma, que los guiará en sus relaciones con otros pares; una vez conocida esa racionalidad será posible explicar y comprender la acción de cualquier Estado en sus relaciones externas, dado que esa lógica que le es propia está revestida de una condición de universalidad.

Como claramente lo expresa Morgenthau (1990: 51), “La idea de interés es de hecho la esencia de la política y no se ve afectada por las circunstancias de tiempo y lugar”. Pero además agrega: “La política, como la sociedad en general, está gobernada por leyes objetivas que encuentran sus raíces en la naturaleza humana”, y define una distinción entre verdad y opinión, “entre lo que es verdad objetiva y racionalmente, y lo que es tan solo juicio subjetivo, apartado de los hechos tal como son” (Morgenthau, 1990: 44).

Aquí es preciso situarnos en el segundo punto mencionado como fundamental para el realismo: ¿bajo qué consideraciones se entiende la naturaleza humana, cuáles son esas raíces donde se inscriben leyes objetivas? Básicamente, se está refiriendo al individuo egoísta, ambicioso y ávido de poder del estado de naturaleza hobbesiano.

Para Hobbes (2004), la ausencia de un poder común que atemorice y castigue coloca a los hombres en un estado de naturaleza donde la igualdad de condiciones establece también la competencia y lucha permanente.

Hay una consecuencia central para esto. Dirá el autor que mientras no haya poder común, no hay posibilidad de definir lo justo o injusto, lo propio y lo ajeno: “Donde no hay poder común, la ley no existe: donde no hay ley, no hay justicia” (Hobbes, 2004: 90).

Por su parte, el realismo supone que los Estados en el sistema internacional permanecen en ese estado de naturaleza, precisamente, porque no hay poder común capaz de castigar y establecer justicia. Al igual que para el individuo en estado de naturaleza, el principal mandato de la razón es la supervivencia. El mismo Hobbes (2004) deja en claro que este es el tipo de relación que tienen los Estados entre sí.

Esto ha sido conceptualizado en RR. II. como anarquía del sistema internacional. Justamente, se entiende que las relaciones interestatales son anárquicas por no haber un poder centralizado capaz de establecer mandatos obligatorios para todas las naciones. Al no haber autoridad común, no hay monopolio de la fuerza legítima, como sí posee el Estado en el plano interno de la realidad política y, por lo tanto, no hay fuerza capaz de castigar a quien transgreda los acuerdos y normas internacionales. No hay justo o injusto, esto significa que el Estado está obligado a recurrir a la fuerza o a su amenaza siempre que lo crea necesario para cumplir con su objetivo supremo: su continuidad, su seguridad. La fuerza está descentralizada en cada una de las unidades del sistema y, en principio, puede ser utilizada arbitrariamente de acuerdo con consideraciones de interés nacional y defensa.

El realismo entiende que la categoría clave de la política internacional “es el concepto de interés definido en términos de poder”. Este proporciona el vínculo entre la razón y los hechos y “sitúa la política como esfera independiente de acción y comprensión al margen de otras esferas” (Morgenthau, 1990: 45). El poder en este sentido es definido por el autor realista como dominio y control del otro.

Con respecto a la anarquía y al poder, es necesario hacer hincapié en que esta definición del sistema internacional no implica que no haya ningún tipo de orden. Este existe, pero está definido principalmente por los más poderosos Estados, aquellos que están en posición de imponer determinadas reglas de juego. Son las potencias, a través de un juego mecánico de fuerzas, las que establecen los parámetros de orden y paz precaria que pueden existir en ese sistema anárquico. Tal como aclara Morghentau:

El realismo no cree que las condiciones en las que opera actualmente la política exterior, caracterizadas por la extrema inestabilidad y una amenaza constante del uso de la fuerza, puedan variar. El equilibrio de poder, por ejemplo, es de hecho un elemento constante. (1990: 52)

De esta manera, los realistas sostenían que existen una serie de leyes universales que gobiernan las relaciones interestatales y que permiten entender el mundo, predecir la acción que tomarán los Estados frente a determinadas problemáticas y, por lo tanto, planificar en base al interés nacional individual. Porque las relaciones interestatales están basadas en el interés particular de cada Estado focalizado en el poder (acrecentarlo, demostrarlo, consolidarlo) y son precisamente esas condiciones, siempre idénticas a sí mismas e invariables en el tiempo, las que permiten predecir la acción de los Estados.

Este orden moderno westfaliano implicó que las RR. II. estuvieran signadas por el rol del estado-nación como actor único en el plano internacional, bajo los principios de soberanía territorial e igualdad jurídica entre los Estados. Este orden originalmente europeo se extenderá más adelante al resto del mundo.

En términos de defensa, aseguraba a cada Estado independencia en su accionar: en el plano interno, en plena soberanía sobre su territorio como el poder supremo y exclusivo; en el plano externo de la realidad política, tajantemente separado del interno, cada Estado tendrá la facultad de autodefensa y de utilizar los medios que crea necesarios para proteger sus intereses nacionales (habilitación arbitraria del uso de la fuerza). Primaba un orden internacional sustentado en el balance de poder evitando así que un solo Estado pudiera ser más poderoso que el resto y soslayara con ello la soberanía estatal.

Otro principio esencial del modelo westfaliano es la no intervención en los asuntos internos del Estado. Este conjunto de principios se sustenta en la soberanía como eje y funcionó como limitante de los niveles de violencia, de las posibilidades de conflicto toleradas.

La noción clásica de seguridad: “a) vincula seguridad con amenaza externa a los estados, b) atiende casi con exclusividad las cuestiones militares asociadas con aquellas y c) tiende a articular autosuficiencia defensiva con disuasión y balance de poder” (López, 2003: 58).

Esa noción establecía, entonces, medios específicos para proteger al Estado de amenazas externas, cuyo sustento era militar a la par de una fuerte diferencia con la seguridad pública o interna, con sustento policial; esta última característica se enlaza al concepto iusnaturalista del contrato social, cuyo objetivo primordial es garantizar seguridad para los ciudadanos de un Estado en su vida y posesiones. Superado el estado de naturaleza, con la creación del Estado, este puede crear mecanismos para defender a cada individuo y mantener el orden entre ellos; permaneciendo en estado de naturaleza frente a otros Estados solo puede acumular poder (principalmente militar) para garantizar su supervivencia.

El recurso al uso de la fuerza, la habilitación para ir a la guerra era un instrumento clave, entre otros, con que contaba cada Estado para sus relaciones externas. Tal como lo definió Clausewitz, “la guerra no es solo un acto político, sino un instrumento político real, una extensión de la actividad política, una perpetuación de la misma por otros medios”. Lo particular de la guerra refiere “al carácter especial de los medios que utiliza” (Clausewitz, 1997: 31). Un dispositivo más dentro de sus opciones de política exterior, tan legítimo como cualquier otro, llámese negociación, acuerdos diplomáticos o comercio.

Durante la etapa clásica del orden westfaliano, las potencias centrales sostenedoras del equilibrio de poder y del statu quo oscilaban en cuatro o cinco, es decir, había multipolaridad. Las relaciones mutuas eran, en palabras de Dallanegra (1999), de amigo-adversario; las alianzas eran circunstanciales de acuerdo con la necesidad y hasta tanto lograran limitar las acciones de aquel Estado que deseaba quebrantar el equilibrio. La seguridad dependía exclusivamente de cada Estado, de su autosuficiencia defensiva, pero en algunos casos recurrían a este tipo de acuerdos temporales.

Con el resto del mundo, ese orden europeo suponía acciones expansionistas, y el avance de las potencias sobre la conquista de territorios, control de mercados, rutas marítimas o zonas de influencia. Hacia el resto de los continentes y hacia los márgenes de Europa, como en los Balcanes, la política internacional estará signada por la competencia entre los polos de poder del sistema para la ampliación permanente de control directo o indirecto (Ver Said, 1996; Renouvin, 1969). De allí que la teoría realista no constituya una fuente de interpretación válida para las relaciones internacionales de la Periferia, precisamente porque ahí los principios westfalianos no eran respetados, las potencias se reservaban un margen amplio de permisibilidad sobre territorios no centrales que operaban como escenario de su competencia. Por eso, consideramos que es preciso analizar la seguridad internacional en plural y dividirla en dos pilares, incorporando otras características.

El equilibrio de fuerzas, con origen en la Europa moderna, se romperá luego de la Segunda Guerra Mundial. En primer lugar, el centro del poder mundial se desplazará de Europa hacia sus márgenes con la consolidación de dos superpotencias: EE. UU. y la URSS. En segundo lugar, la capacidad de destrucción masiva generada por el arsenal nuclear dotará de nuevos instrumentos a las potencias del sistema para ponerlo en riesgo y, por lo tanto, comenzarán a primar dentro de los estudios de seguridad cuestiones estratégico-disuasivas. Tercero, ya había tenido lugar, en el período entreguerras y luego con la creación de Naciones Unidas en 1945, la aparición de la categoría de seguridad colectiva, es decir, los intentos por limitar la habilitación arbitraria de los Estados para ir a la guerra o amenazar con el uso de la fuerza (este tercer punto se desarrollará en el próximo apartado).

El mundo de posguerra estaba caracterizado por el enfrentamiento y puja entre dos modelos político-ideológicos, sociales y económicos liderados cada uno por una de las superpotencias. La clave en términos de seguridad internacional pasaba por la capacidad nuclear con que contaban ambos contendientes. Dentro de la lógica MAD (por sus siglas en inglés, Destrucción Mutua Asegurada) EE. UU. y la URSS competían vertiginosamente por la posesión, en aumento, de este tipo de armamentos y por las tecnologías necesarias para hacerlos más eficientes y con mayor capacidad de destrucción, porque esto permitía la disuasión de un ataque del adversario dada la imposibilidad de una victoria.

Primarán, de acuerdo con Buzan y Hansen (2009), los estudios estratégicos focalizados en la disuasión y las tecnologías aplicadas a lo militar/nuclear. Se debe agregar que, a diferencia del equilibrio de poder tradicional y del modelo westfaliano del siglo XIX, la competencia entre superpotencias implicaba cuestiones ideológicas, visiones del mundo enfrentadas que pretendían predominar globalmente. Por tanto, si bien los instrumentos esenciales de la competencia serán los armamentos nucleares, las cuestiones propagandísticas, psicológicas y políticas (como alianzas, mantenimiento de zonas de influencia, contención) serán cruciales en la disputa de poder.

En ese escenario, la diferencia entre ambas superpotencias se define por la categoría de enemigo; la sola existencia de ese otro modelo era un peligro para la propia supervivencia. La amenaza, entonces, era de carácter permanente (Barbé, 2003) y las alianzas eran fijas, cada superpotencia era cabeza de un bloque (capitalista y comunista) con sus propias reglas, tratados y organizaciones; ampliar zonas de influencia y cambiar la pertenencia de determinados países al otro bloque fue un mecanismo utilizado por la URSS y EE. UU., que muchas veces los involucró en conflictos nacionales o regionales.

Europa será un escenario primordial de la disputa, siendo dividida por una “cortina de hierro” entre zonas capitalistas y comunistas, entre Este y Oeste. Y si bien las superpotencias nunca se enfrentaron directamente entre sí, trasladarán el conflicto hacia la Periferia (Barbé, 2003). Ambas se verán involucradas en una serie de contiendas en Asia, África o América Latina; su accionar incluía apoyo financiero o dotación de armamentos hasta el extremo de un involucramiento directo con tropas propias, como EE. UU. en Vietnam o la URSS en Afganistán.

Durante la Guerra Fría, y en el marco de un mundo subsumido bajo la constante amenaza nuclear, los estudios tradicionales o estratégicos mantuvieron como temas centrales de su agenda de investigación los vínculos existentes entre la cultura nacional y el uso/control de la fuerza, la efectividad de las sanciones económicas, la naturaleza de la innovación militar, el balance entre opciones de seguridad defensivas-ofensivas y la proliferación de armas (específicamente la proliferación de armas nucleares más allá de la habilitación a ello que tenían las superpotencias, entre otros actores del sistema) (Finel, 1999).

En el marco de esos supuestos centrales del realismo, y dados los debates por el origen del neorrealismo[2] en la década de 1980, progresivamente se producirá una separación en el espacio de los Estudios Estratégicos, profundizada por fuera de ellos durante la Posguerra Fría.

La división central se dará entre realistas defensivos (Waltz, Walt) y ofensivos (Kissinger, Mearsheimer, Gilpin), donde un sustento fundamental será el denominado dilema de seguridad, concepto acuñado por Herz. Tal como lo planteó originalmente el autor, la búsqueda individual de seguridad por parte de un Estado, a través de la acumulación de recursos materiales (militares) para ello, causa en los otros actores del sistema sospechas y miedos, carrera armamentista y, en última instancia, puede conducir a la guerra (Herz, 2003: 412).

Entendiendo entonces los peligros de una acumulación de fuerzas excesivas, los realistas defensivos (Miller, 2010; Buzan & Hansen, 2009) propondrán una autolimitación a la cantidad de armamentos y capacidad destructiva por cada Estado. La mejor opción para que un Estado maximice su seguridad y mantenga su posición en el sistema es el balance de capacidades con sus rivales o bien la disuasión. Ahora bien, ese balance debe ser no amenazante, solo para capacidades defensivas y, de esta manera, contribuye tanto a su seguridad nacional como a la paz o estabilidad internacional. Como rechazan la intervención por razones humanitarias, estos autores dirán que ese mecanismo defensivo permite a los Estados pequeños mantener su propia seguridad y su autonomía (Miller, 2010).

Waltz, en ese sentido, afirma que siempre la tendencia del sistema es hacia el balance o equilibrio, donde generalmente los más débiles elegirán dos opciones de supervivencia en un medio anárquico: bandwagoning –ir con, plegarse a la potencia hegemónica– o bien la alianza con otros Estados secundarios para acumular poder y presentar un balance contra el actor más poderoso: “because balancing, not bandwagoning, is the behavior induced by the system. The first concern of states is not to maximize power but to maintain their positions in the system” (Waltz, 1979: 126).

Por su parte, los realistas ofensivos suponen que la mejor forma de garantizar la seguridad del Estado es con la maximización absoluta de su poder, hasta que logre convertirse en el hegemón o en el actor con primacía. En ese escenario, es la unipolaridad o un sistema internacional hegemónico el mecanismo más proclive para lograr la seguridad nacional y la paz mundial, porque esta es la única condición que permite alcanzar la estabilidad global (Miller, 2010).

Más allá de las diferencias entre posturas defensivas u ofensivas, el neorrealismo afirmaba aún en la Posguerra Fría sus principios tradicionales, según Walt:

Accordingly, security studies may be defined as “the study of the threat, use, and control of military force” (Nye & Lynn-Jones, 1988). It explores the conditions that make the use of force more likely, the ways that the use of force affects individuals, states, and societies, and the specific policies that states adopt in order to prepare for, prevent, or engage in war. (Walt, 1991: 212)

Serán fundamentales, post 11 de septiembre, las diferencias de abordaje entre opciones realistas ofensivas y defensivas. El grupo de realistas defensivos y neorrealistas se opuso a la intervención en Irak y la acción unilateral estadounidense; algunos realistas ofensivos estuvieron de acuerdo con ella y apoyaron la administración Bush (ver Kissinger, 2004).

1. 1.2. Seguridad colectiva: el idealismo en relaciones internacionales

El realismo en la teoría de las Relaciones Internacionales se consolida luego del idealismo y como crítica a este en el período de entreguerras. No sucede lo mismo en cuanto a la preponderancia de la política exterior de los Estados modernos, dado que el realismo ha predominado hasta la Primera Guerra Mundial. Aun cuando ambas teorías constituyeron el denominado Primer Debate en la disciplina, pertenecen al mismo paradigma tradicional de las RR. II.

El idealismo o los “utópicos”, en RR. II., son herederos del pensamiento liberal clásico, especialmente de Locke y Kant, tal como se describe habitualmente en la bibliografía. Estos internacionalistas no niegan la anarquía del sistema internacional, pero pensarán en un estado de naturaleza más cercano al de Locke que al de Hobbes. Esto es, consideran que es posible que existan normas y acuerdos aún sin un poder común y, con ello, que pueda existir un orden relativamente pacífico entre las unidades que componen ese estado de naturaleza, que en las relaciones internacionales son los Estados.

Es posible pensar que existen mecanismos de convivencia entre las personas no necesariamente sustentadas en la fuerza o el dominio: “y así [lo entenderá] quien no se proponga dar justa ocasión a que se piense que todo gobierno en el mundo es producto exclusivo de la fuerza y violencia, y que los hombres no viven juntos según más norma que las de los brutos”, dado que la implicancia de ese pensamiento es que “el más poderoso arrebata el dominio, sentando así la base de perpetuo desorden y agravio, tumulto, sedición y revuelta” (Locke, 1963: 3).

El estado de naturaleza en Locke es tal que las leyes de naturaleza, inscriptas en la razón, ordenan la vida en común, donde los individuos las respetan y conviven. Al menos durante un cierto tiempo. Es un estado de completa libertad e igualdad, como en Hobbes, pero desde la mirada del autor bajo análisis “tiene el estado de naturaleza ley natural que lo gobierne y a cada cual obligue; y la razón, que es dicha ley, enseña a toda la humanidad […] que siendo todos iguales e independientes, nadie deberá dañar a otro en su vida, salud, libertad o posesiones” (Locke, 1963: 5).

Se desprenden de allí dos consideraciones importantes: en primer lugar, existen posesiones, es decir, hay propiedad privada[3] en el estado de naturaleza. Propio del pensamiento liberal, se le está dando preeminencia por sobre la comunidad política o el Estado. Por otra parte, la concepción de la naturaleza del hombre no es negativa, los seres humanos no son malos y ávidos de poder como en el realismo clásico, sino que se considera que cumplen con las prerrogativas naturales inscriptas en cada uno mediante razón. A quien no lo haga, cualquier hombre tiene derecho a castigarlo por su transgresión de las leyes que rigen el bien de toda la humanidad.

Por un lado, los idealistas apelarán a esta mirada del estado de naturaleza en las relaciones internacionales, que permite una cierta convivencia y cooperación, aun cuando el peligro de guerra esté presente porque algunos de los miembros violen las normas internacionales y no exista autoridad capaz de arbitrar y castigar. La fuerza de cada Estado existe y está disponible para ser usada, pero es posible aspirar a la paz. Y aquí tendrá Kant una influencia central con su propuesta de paz perpetua a través de una federación de Estados.

Según los artículos propuestos por Kant (1998: 14), la paz perpetua es posible solo entre repúblicas; esta es la precondición para la existencia de acuerdos entre los pueblos. La paz no viene dada, porque en el estado de naturaleza la amenaza de la guerra es permanente, entonces así como el contrato social de todos los individuos con cada uno es necesario para salir del estado de naturaleza y acordar la creación del Estado (de una autoridad común que tenga el monopolio de la fuerza legítima y con ello la capacidad de castigar), la paz necesita, también, ser instaurada.

Pero solo los Estados republicanos tienen las precondiciones para respetar a los otros pueblos, porque

La constitución republicana es aquella establecida de conformidad con los principios, 1.° de la libertad de los miembros de una sociedad (en cuanto hombres), 2.° de la dependencia de todos respecto a una única legislación común (en cuanto súbditos) y 3.° de con­formidad con la ley de la igualdad de todos los súbdi­tos (en cuanto ciudadanos): es la única que deriva de la idea del contrato originario y sobre la que deben fun­darse todas las normas jurídicas de un pueblo. (Kant, 1998: 15)

Y en ese marco es la única que incorpora y sostiene estos principios de igualdad legal, libertad y apego a la constitución y las leyes; por lo que solo este tipo de Estado puede hacer extensivo el respeto por esos principios a otros pueblos iguales. Esta será la base para muchas de las propuestas liberales contemporáneas de las RR. II., como la tesis de la paz democrática o la intervención humanitaria, ya que se supone que estos principios liberales y republicanos constituyen valores universales a partir de los cuales es posible una “vida buena”.

Ahora bien, para no permanecer en estado de naturaleza entre los Estados es necesario crear, mediante acuerdo mutuo, un derecho de gentes. Este derecho internacional regula las relaciones entre los pueblos y respeta una serie de principios morales. El paso más avanzado sería el derecho cosmopolita, la creación de un Estado universal, que Kant desestima para el mundo contemporáneo a su análisis. Estos tres tipos de derechos: el político, que funda el Estado mediante contrato; el de gentes; y el cosmopolita son tres formas concéntricas de la constitución civil (Kant, 1998: 15).

Kant incorpora al análisis internacional la moral, imperativos morales comunes a los pueblos “civilizados” y que fundamentan la paz:

Y, no obstante, la razón, desde el trono del máximo po­der legislativo moral, condena la guerra como una vía jurídica y convierte, en cambio, en un deber inmedia­to el estado de paz, que no puede establecerse o ga­rantizarse, ciertamente, sin un pacto entre los pueblos: tiene que existir, por tanto, una federación de tipo es­pecial a la que se puede llamar la federación de la paz (foedus pacificum). (Kant, 1998: 24)

La paz es un deber, de acuerdo con Kant (1998), un fin moral al que la razón nos insta. No se les pide a los Estados que renuncien a su autonomía bajo un poder común, sino que acuerden principios de convivencia. Guiados por la moral, que es inmanente al hombre a través de la razón, y apoyados por la naturaleza, pueden los pueblos libres crear y sostener la paz. Un elemento central para esto es el comercio, es decir, la interdependencia creada entre los pueblos por los intercambios económicos y la necesidad de adquirir y producir bienes, que Kant entiende que es una necesidad dada por naturaleza: “Se tra­ta del espíritu comercial que no puede coexistir con la guerra y que, antes o después, se apodera de todos los pueblos” (Kant, 1998: 41).

Es importante el rol que ocupa lo económico-comercial en relación a lo político y, como veremos, esto será una base esencial del pensamiento liberal actual en defensa de la globalización neoliberal. Mientras el realismo trata de centrar el entendimiento de lo internacional desde la política, exclusivamente, sin otras consideraciones, el liberalismo hace retroceder al Estado y la política (como fuente inevitable de la amenaza de guerra constante) y en su lugar aparecen la moral y la economía como ejes de articulación interestatal.

Ambas perspectivas resultan restrictivas y limitadas para analizar la realidad internacional y la seguridad, especialmente porque considerar las estructuras económicas sin la decisión obligatoria, que solo puede ser política, es una limitante a las capacidades colectivas de construcción común y del respeto de visiones divergentes en ese proceso; de igual modo, centrar el análisis internacional exclusivamente como campo de la praxis estatal niega el papel fundamental que ha jugado para las relaciones mundiales el crecimiento incesante del modelo de producción capitalista, del mercado y las funciones desiguales asignadas en él como fuente de poder internacional.

Si bien las concepciones idealistas se hicieron fuertes a partir del período entreguerras y dieron origen a la disciplina de las RR. II., antecedentes importantes del enfoque se asocian fuertemente a los movimientos pacifistas. Las primeras regulaciones, acordadas entre potencias, para la guerra data de mediados del siglo XIX; en ese momento aumentarán las presiones de los pacifistas y surgirá una serie de acuerdos y reglamentaciones a ser aplicados durante la guerra (Ius in bello). La primera Conferencia de Paz se celebra en La Haya en 1899 y la segunda en importancia en 1907. Ambas buscaron codificar el Derecho de la Guerra clásico. En la Conferencia de 1907, se revisó y amplió lo establecido en la primera: “aprobó catorce convenios entre los que destaca el IV Convenio sobre las leyes y costumbres de la guerra terrestres y su Reglamento”. En 1906 se produjo el Convenio de Ginebra “para aliviar la suerte corrida por los heridos y los enfermos de las fuerzas armadas en campaña” (ver sitio oficial de la Cruz Roja España).

Sin embargo, el auge de estas concepciones se da a principios del siglo XX y, más marcadamente, luego de la Gran Guerra. Las consecuencias terribles del uso de determinadas armas químicas, la condición a la que sometieron a las poblaciones civiles y el nivel de destrucción alcanzado dieron lugar a la concreción del Derecho Internacional Humanitario. Se aprueban los convenios de Ginebra en 1929 “para aliviar la suerte de los heridos y enfermos de los ejércitos en campaña y el relativo al trato de los prisioneros de guerra” (Cruz Roja España). Todos estos acuerdos previos serán codificados en 1946 como derecho humanitario, el cual rige hasta la actualidad.

Las consecuencias de la Primera Guerra permitieron también el surgimiento de acuerdos para renunciar al uso de la fuerza en las RR. II. o bien para regular su posibilidad bajo el principio de seguridad colectiva.

En los 14 puntos del presidente de EE. UU., Wilson, para la creación de una Sociedad de Naciones post Primera Guerra, vemos el pensamiento liberal moderno plasmado en propuestas concretas en el siglo XX.

Estos puntos expresaban una serie de principios para las relaciones internacionales: la transparencia en los asuntos de gobierno aún para las relaciones exteriores; el ajuste de la situación colonial conllevaba el derecho a la libre determinación de los pueblos, que se planteó en concreto para algunos Estados europeos (fin de los imperios como Austria-Hungría e Imperio Otomano) y tutela de la comunidad internacional sobre los mandatos coloniales hasta tanto esos pueblos “estuvieran en condiciones de autogobernarse”; desarme limitado; libre comercio; acuerdo internacional para la seguridad y sus respectivas garantías recíprocas. La creación de una organización internacional multilateral para ello se plasma en el punto número 14: “Deberá crearse una Sociedad general de las Naciones en virtud de acuerdos formales, que tenga por objeto ofrecer garantías recíprocas de independencia política y territorial tanto a los pequeños como a los grandes estados” (ver sitio web Historia del Siglo XX).

La creación de una Sociedad de Naciones buscaba la cooperación y el entendimiento entre Estados, con la misión principal de preservar la paz y la seguridad. Si bien no se renunciaba al derecho de cada Estado a realizar la guerra, se consideraban determinados requisitos previos, como el intento de arbitraje o sometimiento al Consejo de la Sociedad. La guerra ya no era asunto exclusivo de los beligerantes sino de la Sociedad de Naciones toda (Moncayo, Vinuesa y Gutiérrez, 1981: 38).

Más allá del fracaso de la Sociedad, que no pudo evitar el estallido de la Segunda Guerra Mundial, sí prevalecerá el principio de seguridad colectiva para las relaciones internacionales; hasta hoy este es uno de los más importantes en Naciones Unidas y uno de los objetivos esenciales de su existencia. La ONU, surgida de las cenizas del conflicto en 1945, intentará consolidar la seguridad colectiva. En general, puede entendérsela como aquella que

[…] incluye valores comunes, semejanzas de expectativas en los intereses y promoción de instituciones internacionales. La seguridad colectiva está planteada con el fin de facilitar y promover la cooperación entre los estados para hacer frente a la situación de anarquía internacional y superar la carencia de una autoridad central supranacional. (Orozco, 2006: 172)

Entre los objetivos principales de la organización, se encuentran la preservación de la paz y la seguridad internacionales. Esta vez sí se prohibía el uso de la fuerza arbitrariamente e individualmente por un Estado y, asimismo, la amenaza de su uso, salvo por legítima defensa y hasta tanto Naciones Unidas tomara parte en el conflicto. Es el Consejo de Seguridad quien decide si hay una amenaza a la paz, quebrantamiento o acto de agresión y es quien toma las medidas en nombre de la comunidad internacional.[4]

Lo cierto es que el Consejo de Seguridad otorga un poder diferencial a las potencias vencedoras de la Segunda Guerra, siendo sus miembros permanentes y contando con un derecho a veto que implica anular cualquier decisión si uno de ellos se opone a una disposición de fondo, ya que requiere la aprobación unánime de los cinco miembros permanentes (EE. UU.; Gran Bretaña; Francia; Rusia (antes URSS); China).

Es importante señalar, entonces, que este enfoque no niega la anarquía internacional ni quita centralidad al Estado en las definiciones de la seguridad, pero busca elementos que puedan minimizar el conflicto, potenciar la paz y el entendimiento mutuo entre países. Para ello es central la voluntad de los Estados para acordar esos mecanismos.

Durante la Guerra Fría, dada la paralización del funcionamiento del Consejo de Seguridad, los principios idealistas fueron retomados por los Estudios para la Paz, principalmente desde Europa: control y limitación de armamentos, negociaciones, acuerdos entre las superpotencias o desarme serían algunas de sus propuestas. En estos prevalecerá una mirada sobre el sistema internacional en su conjunto, más allá de los intereses individuales de cada Estado, contemplando las preocupaciones de toda la humanidad, especialmente frente a la posibilidad de una catástrofe nuclear y la peligrosidad de la carrera armamentista.

En general, se puede afirmar que el idealismo/liberalismo en RR. II. defiende el progreso indefinido, que incluye el comercio libre entre los pueblos, una moralidad universal de todos los seres humanos inscriptos en la razón, y principios político-jurídicos de validez universal (libertades civiles y políticas), y que este conjunto de principios y necesidades mutuas lleva a la cooperación y la paz. Se deben establecer las condiciones para instaurar la paz, tal como proponía Kant.

En ese marco, la seguridad colectiva es un compromiso multilateral defensivo entre Estados para enfrentar cualquier agresión o quebrantamiento de la paz, y está dirigida hacia cualquier ataque que se produzca dentro de la comunidad. La actuación prevista es ex post; una vez producida la agresión o amenaza, se buscará neutralizarla mediante la acción común (Barrios, 2009: 329).

En la bibliografía específica se realiza una distinción entre seguridad colectiva y defensa colectiva. Mientras que la primera supone un acuerdo político y legal que obliga a los Estados miembros a defender la integridad individual de cada uno de ellos, al interior del grupo de Estados signatarios, la defensa colectiva significa acción común frente a una agresión externa al grupo de miembros que realizaron el acuerdo; el ataque debe provenir del exterior al conjunto signatario (Ver Cohen, 2001; Hardy, 2003).

La aparición de tratados tendientes a la seguridad colectiva es un primer resquebrajamiento al sistema westfaliano, toda vez que en este, desde sus orígenes, se contemplaba la guerra como un instrumento legítimo de los Estados cuya decisión era de carácter individual.

El liberalismo internacionalista sufrirá reacomodos y se bifurcará. Esas modificaciones se irán analizando a través de las diferentes vertientes de la seguridad. Permanecerá, de todos modos, una base común de pensamiento que Burchill et al. (2005: 55) entienden como continuidad de los principios de la Ilustración. Los pilares del liberalismo serían, de acuerdo con esos autores, gobierno limitado y racionalidad científica, con la creencia en la libertad del individuo frente a la arbitrariedad del poder, la persecución y la superstición. Las orientaciones son hacia la democracia y el constitucionalismo, la libertad política y las garantías o derechos individuales mediante la ley, incluyendo la igualdad ante esta última. Esas libertades individuales contienen especialmente la competencia individual en la sociedad civil y la economía de mercado como la mejor forma para el logro del bienestar.

Planteado esto, es interesante volver al realismo para ver las críticas que realiza a este pensamiento “idealista”. De acuerdo con Morgenthau, para los liberales las relaciones entre naciones no son diferentes de las relaciones entre los individuos sino, tan solo, relaciones entre individuos a gran escala. Esto tiene una significación específica: el mismo orden interno que se logró a través de la instauración de repúblicas y democracias, con base en el liberalismo, se considera la clave para pensar las relaciones entre Estados.

Existe, para el pensador realista, una negación de la política por parte del liberalismo que ha asociado la política de poder con la aristocracia y el absolutismo. En ese sentido, los liberales igualarían la diferencia entre guerra y paz con la distinción entre violencia autocrática y racionalidad liberal, respectivamente. Las repúblicas en el siglo XIX, las democracias a partir del XX, no libran guerras entre sí porque comparten principios comunes, una ética que respeta la libertad y el desarrollo individual. La contradicción principal del enfoque liberal que se retoma aquí como válida por su actualidad interpretativa es expresada por el autor realista de la siguiente manera:

Así, se condenan necesariamente a las guerras aristocráticas y totalitarias. Cuando, por otra parte, se propone el uso de las armas para llevar las bendiciones del liberalismo a pueblos que todavía no lo disfrutan o para protegerlos de agresiones despóticas, el fin justo sirve para justificar métodos, de otro modo condenados. (Morgenthau, 1990: 22)

Como iremos exponiendo a lo largo de este libro, esta creencia en “llevar las bendiciones del liberalismo” a otros pueblos, que no casualmente se ubican en la Periferia, es una característica persistente en las políticas exteriores de las potencias occidentales y hoy puede identificarse como dispositivo fundamental de justificación para la aplicación de la visión hegemónica en seguridad internacional. A esto debe contraponerse otro principio, surgido a la par de la seguridad colectiva: el de autodeterminación de los pueblos, que será un derecho largamente reclamado por la Periferia y, para el objeto de estudio de este libro, un componente de suma importancia para pensar la seguridad desde y en Suramérica.

1. 1.3. Seguridad cooperativa: la propuesta neoliberal

Antes de iniciar un desarrollo de esta categoría, es necesario retrotraerse a los debates interdisciplinarios y a los cambios ocurridos a nivel internacional desde la década de 1970. Si bien el mecanismo de la seguridad cooperativa se consolida como posible en la década de 1990, es imprescindible recorrer esos cambios y sus explicaciones teóricas, ya que serán las fuentes que harán posible su aparición.

A partir de la década de 1970, una serie de modificaciones en el modelo de desarrollo de los países centrales generará una trasnacionalización creciente de la economía. Desde la denominada crisis del petróleo, comienza a extenderse la crisis del estado de bienestar (manifiesta desde fines de la década anterior), que implicaba un rol activo del Estado en la regulación de los mercados nacionales. Expansión de empresas multinacionales, sistema financiero internacional con capacidad de acción global, creciente importancia del comercio mundial serán manifestaciones de este cambio, que tendrá como componente fuerte un salto tecnológico en lo que refiere a las tecnologías de la información y la comunicación.

Según Hobsbawm (1994), la historia de los veinte años que siguieron a la crisis de 1973 es la crisis de un mundo que perdió el rumbo y que se deslizó a la inestabilidad: “Las décadas de crisis fueron la época en la que el estado nacional perdió sus poderes económicos” (1994: 467).

Esto permite introducir las alteraciones generadas en las RR. II. La década de 1970 estará marcada por la denominada détente en las vinculaciones entre las superpotencias. El fracaso y gran costo sociopolítico de la guerra de Vietnam, la crisis económica y la creciente competencia productivo-comercial con los aliados políticos como Alemania y Japón, llevará a EE. UU. a un replanteo de su política exterior. La propuesta del Secretario de Estado del gobierno de Nixon, Kissinger, será disminuir la carrera armamentista y el antagonismo con la URSS en las cuestiones estratégicas, involucrando mayor comercio y entendimiento como modo de lograr estabilidad en el sistema internacional.

En términos teóricos, en las RR. II. en respuesta a estos cambios y también bajo la preocupación de una pérdida de hegemonía de EE. UU. en el mundo, surgirá el Tercer Debate. Contra el paradigma estadocéntrico o tradicional liderado por el realismo, aparece el paradigma trasnacionalista o de la interdependencia. Desde un enfoque neoliberal, la teoría de la interdependencia intentará dar cuenta de las modificaciones producidas en el mundo y el creciente rol de nuevos actores que introducen renovados temas a la realidad internacional.

Keohane y Nye alegarán que frente a determinadas problemáticas trasnacionalizadas, de progresiva importancia, el Estado por sí solo no puede afectarlas; además, la mera acumulación material de fuerzas no es garantía de poder y capacidad en un mundo crecientemente interdependiente. Desde este punto de vista, las categorías clásicas del realismo no sirven para explicar o guiar las políticas exteriores dadas las transformaciones producidas, ya que el Estado está siendo eclipsado por actores no territoriales como las corporaciones multinacionales, las organizaciones internacionales y los movimientos sociales trasnacionales (Keohane & Nye, 1988: 15).

La interdependencia es dependencia mutua. Estos efectos también incluyen costos recíprocos, pero estos no se dan en condiciones de igualdad, sino de asimetría.

En ese marco, el poder militar no tiene nada que ofrecer; para la teoría de la interdependencia, el poder se concibe en términos de control de los resultados. Hay que tener en cuenta la influencia real del actor sobre los patrones de resultados, su potencial para afectarlos (en el conjunto de flujos que vinculan las sociedades).

En este sentido, los autores reconocerán tres características centrales de la interdependencia compleja: 1) Canales múltiples: las sociedades están conectadas por nexos formales e informales entre agencias gubernamentales, elites y organizaciones trasnacionales (como bancos o empresas). Existen relaciones interestatales, transgubernamentales y trasnacionales. 2) La agenda de las relaciones internacionales está compuesta por múltiples temas que no tienen orden jerárquico; la seguridad militar no domina la agenda. Eliminan la distinción entre High y Low politics, afirman que se vuelve borrosa la línea divisoria entre lo interno y lo internacional. 3) Cuando predomina la interdependencia compleja la fuerza militar no es utilizada contra otro Estado de la región. De allí la importancia de los procesos de integración y de los regímenes internacionales (Keohane & Nye, 1988: 41).

En ese mundo interdependiente, los regímenes internacionales tienen un papel muy importante: “las relaciones de interdependencia a menudo ocurren dentro de –y pueden ser afectadas por– redes de reglas, normas y procedimientos que regulan los comportamientos y controlan sus efectos” (Keohane & Nye, 1988: 35).

Es por ello que cobra relevancia contar con instrumentos de poder diferenciados, de acuerdo al área problemática de que se trate, para conseguir manipular la interdependencia. La categoría que se utilizará para entender estas otras herramientas se denomina “poder blando”, diferenciado del poder duro asociado estrictamente a lo militar y los recursos disponibles; para ello, toma en consideración la cultura, el apoyo internacional a los propios valores y la capacidad de negociación, es decir, un conjunto de recursos intangibles.

Para la década de 1980, este debate interparadigmático se reconvertirá en el debate denominado “Neo-Neo”. El realismo va a responder a estos planteos y las modificaciones en el sistema internacional reafirmando principios básicos, pero intentando adaptar la visión clásica, a través de propuestas cientificistas y de la revitalización de la importancia de la estructura por sobre los agentes; pasará a ser conocido en la literatura especializada como neorrealismo. Esta segunda parte del Tercer debate implica que ya no será interparadigmático, porque los principales exponentes de la teoría de la interdependencia (Keohane & Nye, 1988) renunciaron a la idea de presentar un paradigma alternativo y aceptaron la complementariedad de ambas teorías.[5]

En 1979, Waltz publica Teoría de la Política Internacional y con ello se inaugura un nuevo enfoque realista. Básicamente, el autor buscará en primer lugar dotar de mayor cientificidad a la teoría borrando toda huella filosófica. No es posible conocer la naturaleza humana pero sí es factible establecer leyes que expliquen el funcionamiento del sistema internacional y las relaciones interestatales. Retiene del realismo clásico la caracterización de ese sistema como anárquico, sostiene al Estado como el actor principal y mantiene la concepción de este como unidad racional y autónoma que busca garantizar sus intereses nacionales. Esto es universal, esa es la forma en que los Estados han actuado y actúan en sus relaciones mutuas. El poder seguirá siendo una categoría analítica principal.

Ahora bien, el autor neorrealista correrá la explicación de la realidad internacional desde las unidades del sistema hacia un centramiento en la estructura anárquica que, Waltz (1979) entiende, condiciona y determina a las unidades. Lejos de la filosofía y la teoría política, será la teoría microeconómica la que sirva de sustento al neorrealismo. Así como el mercado condiciona las expectativas racionales del individuo económico (homo oeconomicus), la estructura anárquica internacional lo hará con los Estados en tanto unidades racionales; aun cuando ambos (el mercado y la anarquía) existan a partir de la interacción de los individuos (económicos en el mercado, políticos en el sistema internacional).[6] Para ello, la teoría de la acción racional será un modelo explicativo.[7]

Keohane (1982) propondrá, a partir de los planteos neorrealistas, una nueva perspectiva que puede ser entendida como complementaria y focalizada en las instituciones internacionales, que el autor denominó neoinstitucionalismo liberal. La teoría microeconómica y la teoría de los juegos serán dos bases de sustento de su estudio; en ese sentido, compartirá modelos con Waltz. La propuesta del neoliberalismo (como será más comúnmente conocida en la bibliografía) parte de aceptar las premisas básicas del neorrealismo, pero enfatizará otros aspectos no vinculados a la confrontación sino a la cooperación.

Lo que interesa al neoliberalismo es cómo, aún en condiciones de anarquía, los actores pueden cooperar y crear instituciones internacionales dentro de las cuales –y a través de su participación en ellas– esos actores, principalmente los Estados, pueden modificar sus expectativas e intereses (Salomón, 2002).

La propuesta de Keohane será unificar las teorías o enfoques en un modelo de investigación que incluya ambos aspectos, la competencia y la cooperación, dentro de un mismo marco analítico (Ibíd.).

Un primer consenso entre ambas perspectivas lo constituirán los regímenes internacionales, la aceptación de su importancia y una definición común que será dada por Krasner (1983): “Los regímenes internacionales son principios, normas, reglas y procedimientos de toma de decisiones en torno a los cuales las expectativas de los actores convergen en un área determinada de las relaciones internacionales”.

Para el neoliberalismo, estos regímenes mitigan la anarquía mientras que para el neorrealismo esta es inmutable y un régimen es siempre precario. Waltz (1979: 126) lo define de esta manera: “In anarchy, security is the highest end. Only if survival is assured can states safely seek such other goals as tranquility, profit, and power”. Ni siquiera el poder, como decían los realistas clásicos, constituye el principal objetivo, sino su posición en el sistema, por eso la estructura anárquica condiciona a los Estados a tender siempre al balance de poder, al equilibrio.

En la década de 1990, la conjunción entre neorrealismo y neoliberalismo constituirá el mainstream racionalista de la disciplina. Esta corriente principal compartirá un programa de investigación, una misma concepción de la ciencia y el punto de partida desde la premisa de anarquía del sistema, investigando dentro de ella la posibilidad de la cooperación y las instituciones (Sodupe Corcuera, 2003: 57).

Se trata para los racionalistas de un enfoque teórico que Cox (2014: 133) define como “problem-solving theory” y que toma el sistema internacional y las estructuras como dadas.

La fortaleza del enfoque de solución de problemas reside en su habilidad para fijar límites o parámetros en un área del problema y en reducir su formulación a un número limitado de variables que pueden ser objeto de un examen relativamente exhaustivo y preciso. La asunción de ceteris paribus, sobre la cual este tipo de teorización está basada, hace posible llegar a la formulación de leyes o regulaciones que parecen tener validez general. (Cox, 2014: 133)

Desde una visión crítica, esto será un punto fundamental a cuestionar del mainstream racionalista dado que elimina toda posibilidad de cambio sustantivo en la estructura del sistema, al suponerla inmutable y con las mismas reglas a través de la historia.

La Posguerra Fría dio lugar al reforzamiento de las tendencias de la trasnacionalización con la mundialización o globalización de la economía, el fin del orden bipolar y de la primacía de lo estratégico-militar nuclear. En ese contexto, la seguridad empieza a ser definida con nuevos parámetros.

Los antecedentes de la seguridad cooperativa están situados en Europa durante la distención, que libró de tensiones y presiones a ese continente. Fue la CSCE (Conference on Security and Co-Operation in Europe), instituida en 1975, la que promovió acuerdos de seguridad entendidos como proceso de cooperación en un marco amplio de integración (ver sitio oficial).

El segundo antecedente importante es el Informe de la Comisión Palme de Naciones Unidas de 1982. Allí aparece la noción de seguridad común para afirmar que, en un mundo de interdependencia creciente, ningún Estado unilateralmente está en condiciones de enfrentar los diversos peligros, llamando a un entendimiento y colaboración entre ellos. Distingue niveles de seguridad (nacional, regional, internacional) que necesitan ser atendidos en conjunto y, además, plantea que la seguridad no es un término absoluto sino relativo (Ver López, 2003; Krause & Williams, 2002; De la Lama, 1998).

Con respecto a la seguridad cooperativa, interpretamos que está imbuida de los planteos del neoliberalismo dado que se sustenta en la posibilidad de crear regímenes regionales de seguridad. El objeto referente seguirá siendo el Estado, pero con parámetros colaborativos y no competitivos; en ese sentido puede concebirse como continuidad con los principios liberales clásicos.

Los aportes teóricos más significativos surgirán a principios de la década de 1990 con las publicaciones de dos libros, uno de Nolan (1994) y otro de Carter, Perry y Steinbruner (1992), ambos con gran repercusión.

Nolan se aleja del idealismo clásico, dejando en claro que la propuesta de seguridad cooperativa no se basa en la posibilidad de la armonía absoluta de intereses en la arena internacional, el desarme o el fin del conflicto, sino que propone, preservando la idea de la anarquía, un compromiso entre los Estados para la prevención de la agresión y de la proliferación de armas de destrucción masiva.

Se trata de una seguridad basada en la colaboración en vez de la disuasión o la contención: “Cooperative engagement is a strategic principle that seek to accomplish its purposes through institutionalize consent rather than through threats of material or physical coercion” (Nolan, 1994: 4). Lo cierto es, dirá Nolan, que los viejos instrumentos ya no pueden responder a estos nuevos desafíos.

Bajo estas condiciones, la seguridad cooperativa es una propuesta que, en primer lugar, reemplaza la preparación para contrarrestar amenazas por la prevención, y sustituye la disuasión de una posible agresión con acciones que convierten la preparación para la agresión en algo más difícil. En ese sentido, es un modelo de relacionamiento que se toma del orden interno del Estado donde los conflictos pueden ocurrir pero dentro de un marco normativo y con procedimientos regulados (Nolan, 1994: 5).

Difiere de la seguridad colectiva porque esta busca una acción ex post, una vez producido el ataque o agresión, mientras que la cooperación en seguridad busca un ambiente preventivo, donde la agresión no puede llevarse a cabo o en todo caso no puede ser desplegada exitosamente, es decir, busca garantías ex ante. Lo común entre ambas propuestas es que están pensadas para la acción al interior de la organización o grupo de Estados participantes, entre ellos, aunque por supuesto no descartan acciones comunes en caso de ataque externo.

El objeto de la seguridad siguen siendo los Estados, desde la perspectiva de conjunto de los participantes en el proceso colaborativo, y pretende ser un modelo que pueda extenderse a nivel internacional. El objeto último es una sociedad internacional más pacífica.

En relación a las amenazas, dado que la posibilidad de ataque externo de otro Estado es más débil, se reconoce una serie de nuevas fuentes de peligro comunes, entre ellas la degradación del medio ambiente, la proliferación de armas de destrucción masiva, la violación a los derechos humanos, y la posibilidad de crisis económicas que produzcan estragos y desestabilización.

Las herramientas las analizaremos a partir de la definición de seguridad cooperativa dada por Evans, ex ministro de Relaciones Exteriores de Australia, en 1994: “búsqueda de fórmulas de consulta en vez de confrontación, seguridad y confianza en lugar de disuasión, transparencia en vez de ocultamiento, prevención en vez de corrección, e interdependencia en vez de unilateralismo” (De La Lama, 1998; Cohen, 2001).

Primariamente, se propone que, entre los Estados que decidan iniciar un proceso cooperativo, se debe generar confianza mutua. Para ello, la cuestión de la transparencia es esencial. Esto significa que los participantes comparten información sobre sus fuerzas militares, cantidad, adquisiciones y desarrollos tecnológicos. También incluye la renuncia a la utilización de armas de destrucción masiva, ya sean nucleares, biológicas o químicas.

Impulsa la creación de mecanismos para la prevención de crisis y para el manejo pacífico en caso de surgimiento de las mismas, la colaboración de las FF. AA. de los Estados miembro en ejercicios conjuntos, capacitaciones comunes, participación en procesos de mantenimiento de la paz, interoperabilidad militar entre ellas, información y comunicación permanente, cooperación en caso de desastres naturales y educación para la paz compartida.

En pasos más avanzados, se considera la creación de una fuerza militar multilateral que pueda accionar para prevenir o actuar en conflictos, no solo con actores externos sino también al interior de los Estados miembros. También se contemplan el control y la limitación de armamentos (ver De La Lama, 1998).

La seguridad cooperativa, y de igual manera la seguridad común, reconocen que esta no es un juego suma cero donde las ganancias solo puede obtenerlas un Estado (un solo jugador) en detrimento de todos los demás. Para el realismo, a medida que un actor aumenta su poder y su capacidad disuasiva, proporcionalmente, disminuyen estas condiciones en los demás. Desde la base de la interdependencia y el neoliberalismo institucional, las ganancias son compartidas: en un proceso de creación de regímenes internacionales de seguridad, todos los actores participantes ganan, dado que aumentan en simultáneo la protección de su territorio y población.

Hasta aquí, la seguridad cooperativa ampliaba la noción de seguridad en términos horizontales, es decir, de acuerdo con los temas que debían incorporarse en la misma más allá de lo estrictamente estratégico. En la década siguiente, Cohen buscará extender la seguridad cooperativa verticalmente, incorporando la noción de anillos de seguridad desde el individuo hacia la comunidad internacional.

Pensemos que, para 2001, la seguridad humana ya estaba consolidada en el debate internacional y en las organizaciones intergubernamentales, iba creciendo la importancia de considerar la seguridad del individuo: “La seguridad individual es sinónimo de Seguridad Humana y Derechos humanos” (Cohen, 2001: 2).

Para ser efectiva, la seguridad cooperativa deberá extenderse al interior y al exterior del espacio donde ha sido establecida. Hacia adentro, para considerar a los individuos y sus necesidades de seguridad; hacia afuera, para la promoción y proyección de estabilidad a las áreas adyacentes, dado que los conflictos en esos Estados pueden afectar la de los miembros del régimen de seguridad establecido (Cohen, 2001: 7). El autor explícitamente habla de la OTAN, contando su reestructuración en la década de 1990 como una adaptación a la seguridad cooperativa y entendiendo que esta organización debe poder intervenir en espacios externos a sus Estados parte, para garantizar la estabilidad internacional y la seguridad al interior. El caso de Libia en los últimos años, donde la intervención de la OTAN se realiza en nombre de principios democráticos y estabilidad de los países adyacentes a Europa, demuestra la importancia creciente que el liberalismo ha obtenido en la política exterior del Centro.

Cohen considera círculos concéntricos de seguridad cooperativa, desde su núcleo hacia el borde: Seguridad Individual, Seguridad Colectiva, Defensa Colectiva, Promoción de la Estabilidad.

Acorde al pensamiento liberal, un supuesto básico de esta seguridad cooperativa es la democracia, el núcleo que permite un proceso de seguridad cooperativa es la existencia, en su seno, de Estados con democracias liberales compartiendo valores comunes. Solo este tipo de Estados pueden ser lo suficientemente confiables porque garantizan y fortalecen los derechos humanos (Cohen, 2001: 11).

Conforme también a los principios liberales internacionalistas es su aceptación de la necesidad de intervención económica, militar o política para promover la estabilidad del sistema, afirmando que esta debe ser cuidadosamente regulada y solo considerada en términos multilaterales.

Si bien Cohen intenta ampliar verticalmente la seguridad cooperativa, el objeto central sigue siendo el Estado, ya que cualquier extensión de la seguridad tendrá a aquel como núcleo y es pensada a partir de las herramientas con que cuenta para la acción. Incorpora a su propuesta la tesis de la paz democrática que Doyle define como verdad a partir del estudio de casos: los Estados liberales son pacíficos entre sí y belicosos frente a quienes no lo son (Peñas, 1997: 121). De allí la hipótesis que la extensión de democracias en el mundo terminará haciendo de este un lugar pacífico y, por tanto, habilita la defensa de diversas formas de intervención ante crisis humanitarias o violaciones masivas a los derechos civiles y políticos.

Es posible observar que parte de los parámetros básicos de seguridad cooperativa se están produciendo en América del Sur como parte de las dinámicas de seguridad común, ya que una serie de medidas de confianza mutua, transparencia, interoperabilidad militar y resolución pacífica de los conflictos se ha puesto en juego desde procesos de integración.

1. 1.4. Seguridad societal y seguridad comunitaria

De acuerdo con lo descripto hasta aquí, las ampliaciones de la seguridad mantienen como sujeto destinatario al Estado y lo hacen desde concepciones materialistas y objetivistas, entendiendo que las amenazas son concretas e identificables de manera objetiva y los medios para enfrentarlas se centran en el énfasis de las capacidades militares (recursos materiales), ya sea desde una lógica competitiva o cooperativa para su uso.

Las dos vertientes que se describen en esta sección se distinguen por una expansión vertical de la seguridad al incorporar otros objetos referentes, o bien porque, epistemológicamente, apelarán a elementos intersubjetivos para entender las amenazas y las opciones frente a ellas, dando un sentido positivo a la construcción de seguridad. La seguridad societal puede ser concebida como antecedente de la seguridad comunitaria porque añade un componente clave del constructivismo en RR. II., la identidad de los individuos y grupos sociales considerando la importancia de su papel para la conformación de comunidades.

El principal exponente de la seguridad societal en términos teóricos es Waeber, que a principios de la década de 1990 desarrolla el concepto. En general, será tomado por la Escuela de Copenhague en sus análisis de seguridad en la Posguerra Fría, grupo originalmente enfocado en los Estudios para la Paz en Europa.

Autores como Waeber o Buzan comparten con los enfoques de la seguridad cooperativa el punto de partida, esto es, los procesos de integración en seguridad producidos en Europa durante la Guerra Fría y ampliados luego de su finalización.

Como punto nodal de su análisis, se encuentra la incorporación a los estudios de seguridad clásicos, centrados en el Estado y lo estratégico-militar, otros elementos interdependientes y otros sectores, sin negar aquellos sino complementándolos a través de un nuevo marco comprehensivo (Buzan, Waever & Wilde, 1998). Proponen diferentes niveles de análisis: por un lado, locaciones espaciales (regiones concretas como Europa o América del Sur) donde se den efectivamente complejos de seguridad; por otro, sectores definidos como tipos particulares de interacciones (políticos, económicos, societales). Se trata de un enfoque multisectorial que permite la inclusión de diversos objetos referentes para la seguridad.

El autor mencionado definió la seguridad societal como “the ability of a society to persist in its essential character under changing conditions and possible or actual threats” (Waever et al., 1993 citado en Buzan & Hansen, 2009: 213).

Hasta ese momento, el Estado aparecía como el objeto referente para la seguridad política, la militar, la ambiental y la económica; pero con la propuesta de seguridad societal surge un nuevo objeto: la sociedad. Para los análisis internacionales de seguridad, la sociedad debe ser entendida como aquellas ideas y prácticas que identifican a individuos como miembros de un grupo. Societal “is the self-conception of communities and of individuals identifying themselves as members of a community” (Buzan, Waever & Wilde, 1998: 120).

En ese sentido, el concepto organizador de lo societal es la identidad y no siempre coincidirá con las organizaciones políticas de gobierno, el Estado o la nación. Las identidades varían en el tiempo y el espacio de acuerdo con los grupos de que se trate; en Europa, región para la cual se pensó originalmente, el concepto de nación coincide identitariamente con lo societal, pero en otras regiones esa identidad se vincula a cuestiones étnicas o religiosas.

La seguridad societal tiene que ver con las acciones tendientes a defender un nosotros. Las amenazas son estipuladas en tanto ponen en riesgo la supervivencia de la comunidad como tal. Los temas que comúnmente desafían las identidades comunitarias son: migraciones; competencia horizontal (influencias culturales y lingüísticas de una cultura vecina que va cambiando la propia identidad); competencia vertical (la comunidad deja de definirse por sus características típicas porque empieza a verse como parte de un proyecto mayor integrado o como un proyecto regional secesionista); despoblación (por causas de guerra, catástrofes naturales o políticas de exterminio una comunidad) (Buzan, Waever & Wilde, 1998: 121).

De acuerdo con Buzan y Hansen (2009: 213), la Escuela de Copenhague se posicionó como un punto intermedio entre los estudios tradicionales de seguridad y los Estudios para la Paz. La seguridad societal limita los objetos referentes a dos unidades colectivas: el Estado o la sociedad; en cuanto a la base epistemológica, también intenta vincular aquellas amenazas materiales y concretas con elementos intersubjetivos para definir principalmente cómo una comunidad precisa su identidad. Lo central como herramienta para la seguridad societal será cómo responden las sociedades frente al mantenimiento o pérdida de la independencia cultural y su patrimonio, redefiniendo sus identidades al incorporar lo nuevo o bien cerrándose a lo diferente con una serie de dinámicas excluyentes.

El análisis que los autores proponen para vincular las diferentes interacciones de seguridad, incluida la societal, es en términos regionales, reconociendo que en la Posguerra Fría las relaciones internacionales mostraban una marcada tendencia a la regionalización. Por eso, se retoma un concepto acuñado por Buzan: el de complejos de seguridad, para observar la integración en diferentes espacios regionales donde multisectorialmente se aborda la vinculación entre distintas áreas de seguridad.

Estas regiones de seguridad son definidas Posguerra Fría como complejos heterogéneos: “It assumes that the regional logic can integrate different type of actors interacting across two or more sectors (e.g., states + nations + firms + confederations interacting across the political, economic and societal sectors)” (Buzan, Waever & Wilde, 1998: 16).

No hay, por parte de la Escuela de Copenhague, un abandono del enfoque estadocéntrico y estratégico militar de la seguridad sino que se impulsa un complemento a esta, considerando otros espacios y sectores como así también otros actores y herramientas.

Un paso más en los aspectos intersubjetivos que permiten definir identidades, intereses y amenazas provendrá del constructivismo. Esta opción de pensamiento crecerá a partir de 1990 y surgirá en EE. UU. No busca generar una nueva teoría general sino complementar los supuestos racionalistas y estadocéntricos con aportes de la sociología. Entiende que es fundamental, dados los cambios en la realidad internacional, recuperar la idea de una sociedad internacional con relaciones constitutivas interestatales y trasnacionales (ver Reus Smith, 2005; Ruggie, 1998; Wendt, 2005; Adler, 1997). Para ello, sociólogos clásicos como Weber y Durkheim, y contemporáneos como Giddens y Beck, serán sus fuentes.

Contra el pensamiento neo-utilitarista, como define Ruggie (1998) al mainstream racionalista, que toma los intereses, las identidades y estructuras como dadas, es necesario enfrentar el cómo, el proceso por el cual se llegan a conformar identidades e intereses que determinarán las acciones de los actores.

Reus Smith sostiene que “constructivism is characterized by an emphasis on the importance of normative as well as material structures, on the role of identity in shaping political action and on the mutually constitutive relationship between agents and structures” (Reus Smith, 2005: 188, en Burchill et. al. 2005). Por ello, puede entenderse esta propuesta como un intermedio entre racionalistas y “reflectivistas” dado que no niegan la posibilidad de que la vinculación entre Estados se realice en base a un cálculo racional basado en sus intereses, pero lo cierto es que esos intereses y la estructura que enmarca las RR. II. se constituyen mutuamente en su interacción, se construyen socialmente a partir de la relación recíproca y dependen de los significados intersubjetivos que se les otorgue a ambos.

En palabras de Wendt (2005): “La distribución del poder puede que afecte siempre a los cálculos de los estados, pero la manera en la que lo hace depende de las interpretaciones y de las expectativas intersubjetivas”. El constructivismo acepta la existencia de intencionalidades colectivas, de creencias intersubjetivas a diferencia del mainstream racionalista que solo ubica las ideas en la esfera individual.

Los factores normativos (internos y externos) moldean los intereses de los Estados, no son actores racionales pre-sociales con identidades o intereses autógenos e inmutables. Las ideas y valores prevalecientes colectivamente moldearán el accionar de los actores, las perspectivas que consideran viables o posibles en ese marco, pero cada uno de ellos tendrá identidades que se constituyen y transforman en su pertenencia a un todo social. La anarquía, afirma Wendt, es lo que los Estados hacen de ella, no es dada a priori sino que es una construcción social (ver Wendt, 2005; Reus Smith, 2005; Ruggie, 1998). Visualizan una posible division del trabajo: “with constructivists doing the work of explaining how actors gain their preferences and rationalists exploring how they realize those preferences. […] Constructivism is thus not a rival theoretical perspective to rationalism at all, but rather a complementary one” (Reus Smith, 2005: 203).

La propuesta que este enfoque hará para la seguridad internacional post Guerra Fría se respalda, precisamente, en la importancia de las identidades y valores para viabilizar la construcción de comunidades de seguridad.

Adler y Barnett (2002: 3), como constructivistas, parten de considerar que los actores pueden compartir valores, normas y símbolos en tanto estos proveen identidad social. Esta es una vinculación sustentada en un conjunto de interacciones múltiples, que permiten intereses compartidos de largo plazo, difunden reciprocidad y confianza entre los participantes y predisponen un límite a las desconfianzas mutuas frente a las amenazas. El supuesto es que los Estados pertenecientes a una comunidad de seguridad desarrollan entre sí una disposición pacífica.

En términos teóricos, el basamento es la propuesta de Deutch acerca de comunidades de seguridad pluralistas, cuya distinción es la integración de Estados que, sin perder su soberanía, construyen entre sí un sentido de comunidad que les permite crear un orden y una paz estable.

Para analizar la existencia o potencia de CS es necesario tener en cuenta las interacciones y relaciones entre las fuerzas trasnacionales, los Estados (entre ellos los más poderosos) y las políticas de seguridad. En plena globalización, el avance de las tecnologías de la comunicación y la información habilita el establecimiento de vínculos e identidades compartidas entre sociedades y territorios no contiguos (Ibíd.).

Una CS se define por tres características principales: 1. los miembros comparten valores, identidades y significados, es decir, existen significados intersubjetivos que facilitan, a partir de un entendimiento compartido de la realidad social y las normas, acciones conjuntas; 2. mantienen entre sí relaciones directas y multifacéticas, que ocurren a través de alguna forma de encuentro cara a cara y en numerosos escenarios: en una sociedad global, esos intercambios y encuentros se ven facilitados por las tecnologías, que los hacen directos aun cuando no contengan la característica de ser cara a cara; 3. las comunidades exhiben reciprocidad (Adler & Barnett, 2002: 31).

No va a desaparecer la rivalidad entre los Estados pero, ciertamente, no se considera factible resolverla mediante el uso de la violencia. Las reglas de la comunidad pueden ser formales o informales, pero es clave la eliminación de la agresión como medio de resolución de disputas. Ambas cuestiones, la prohibición del uso de la fuerza entre los participantes y los mecanismos de resolución de conflictos, pueden entenderse como estructuras de gobernabilidad de la seguridad.

Más adelante, clarifican las herramientas que es posible identificar para definir una CS: existencia de organizaciones, instituciones y transacciones múltiples entre los participantes; mecanismos multilaterales de decisión y resolución de conflictos; fronteras no militarizadas; cambios en la planificación militar de cada uno; definición común de amenazas (especificación de un Otro que amenaza a la comunidad); discursos y lenguajes de comunidad. Frente a la agresión externa, la CS responde como un sistema colectivo o como una organización militar de defensa integrada, esto es, las comunidades de seguridad “maduras” suponen que ya se han establecido entre sus miembros instrumentos de seguridad colectiva y seguridad cooperativa (Adler & Barnett, 2002: 56).

Genéricamente, esta propuesta no se aleja de los supuestos de seguridad colectiva y cooperativa, toda vez que no desconoce los patrones esenciales del mainstream racionalista, pero los complementará con el rol fundamental de los elementos no materiales (ideas y valores), entendidos no individual sino socialmente, construidos a partir del conjunto de interacciones. El objeto referente sigue siendo el Estado, pero se tienen en cuenta, tal como plantea la Escuela de Copenhague, las identidades que definen y se construyen en la sociedad y entre sociedades civiles.

Las herramientas dan menor importancia a lo militar, a diferencia de la seguridad cooperativa, pero no lo desestiman ya que, para las amenazas externas a la comunidad, la defensa y las capacidades materiales de su garantía siguen siendo básicas. El mayor énfasis estará dado en el conjunto de instituciones y organizaciones, que permiten decisiones y acciones multilaterales en múltiples temáticas, que encaucen pacíficamente el conflicto entre los miembros de la comunidad.

En cuanto a las amenazas, se amplía horizontalmente su definición al dar énfasis especial a las fuerzas trasnacionales en una sociedad global. En relación al determinismo de los valores, no presupone necesariamente una democracia liberal para el establecimiento de comunidades; reconoce que la cuestión del desarrollo se convirtió en un componente de identidad compartida habilitadora de comunidades de seguridad en Asia Pacífico; por lo tanto, los principios liberales no son condición sine qua non para su existencia.[8]

Orozco (2006) e Iglesias (2011) afirman que estas propuestas, con excepción de las comunidades de seguridad, forman parte de la visión restringida de la seguridad, ya que los modelos no se apartan de los parámetros tradicionales, sino que los aceptan, pero buscan completarlos para otorgarles mejor capacidad explicativa en un mundo global.

Sin embargo, todas las opciones de seguridad descriptas hasta aquí tienen una vinculación específica con la centralidad estatal: todas ellas parten de supuestos de territorialidad. A partir de la seguridad humana y la seguridad global o mundial, se está ante variantes desterritorializadas de la seguridad y los sujetos a quienes atañe.

Las propuestas de comunidades de seguridad pluralistas se encuentran extendidas en la academia latinoamericana. Muchos son los autores de la región que, partiendo de una mirada constructivista, apuestan a que los procesos de integración en seguridad deriven en este tipo de comunidades. Desarrollaremos esto en el Capítulo VI.

Como se tratará a continuación, esta mirada westfaliana, aunque flexible en algunas propuestas, se quiebra definitivamente a partir de la apertura y extensión de la seguridad defendida por el cosmopolitismo (liberal y crítico), el liberalismo ofensivo y su confluencia en la opción por la seguridad humana.

1. 1.5. Seguridad humana: enfoques holísticos, la búsqueda de una comunidad internacional. La introducción de la idea de gobernabilidad global

Nos detendremos en el análisis de algunos aspectos específicos de la SH por ser la primera gran categorización para un abordaje ampliado y expansivo de la seguridad. Es a partir de este enfoque que se tipificarán las nuevas amenazas y se incorporarán, multidimensionalmente, variadas aristas de la realidad social. Se profundizarán aquí a partir de las críticas que esta concepción ha recibido.

La seguridad humana busca ser una respuesta a un mundo que transitó desde un sistema de Destrucción Mutua Asegurada hacia uno de “Vulnerabilidad Mutua Asegurada” (MAV, por su sigla en inglés) (Nef, 2002: 30).

Si de algo daba cuenta la realidad internacional en la década de 1990 era de la incertidumbre. En un mundo supuestamente estable, donde los Estados actuaban siempre de la misma manera y dependían de las mismas condiciones para lograrlo, se desintegra una de las superpotencias del orden bipolar, la URSS, sin que nadie en Occidente pudiera predecirlo. A partir de esto, se instala en la disciplina la idea fuerza de estar lidiando con la incertidumbre en forma permanente. Estaba claro que había un gran número de fenómenos que interactuaban e influían a nivel planetario, especialmente, en torno a la seguridad.

Es necesario remitirnos, por otra parte, a las interpretaciones sociológicas de ese mundo globalizado para incorporar al análisis un concepto contemporáneo fundamental: el riesgo, base de la conceptualización de la SH. De acuerdo con Bartolomé (2013), existe actualmente en los análisis de seguridad una actualización de la noción de riesgo, para comprender un escenario internacional donde las fuentes de daño se incrementan, superponen, intensifican y diversifican al ritmo de la globalización que plantea renovados desafíos y problemas.

Siguiendo a Beck (2002: 1), quien definió la sociedad global como una sociedad del riesgo ya en 1990, puede entenderse la realidad contemporánea como un cambio radical en medio de contingencias, complejidades e incertidumbres. Se plantea un reto a la modernidad, tal como la concibió la Ilustración, y en ese marco el autor elabora un “manifiesto cosmopolita.”

La diferenciación entre la primera y segunda modernidad está dada principalmente por el sentido territorial de las relaciones sociales. Mientras que la primera modernidad (el modelo westfaliano) estaba basada en las sociedades de Estado-nación donde las relaciones y redes sociales se entendían territorialmente, la segunda modernidad pondrá en cuestión esas bases mediante cinco procesos simultáneos: “la globalización, la individualización, la revolución de los géneros, el subempleo y los riesgos globales (como la crisis ecológica y el colapso de los mercados financieros globales)” (Beck, 2002: 2). El verdadero reto que se desata es que la sociedad debe responder a todos estos desafíos en simultáneo. Las incertidumbres y los riesgos se comparten en todo el globo, es decir que afectan simultáneamente tanto a las sociedades occidentales como a las no occidentales. El fin del orden bipolar puso límite a la idea de un mundo de enemigos para situarnos en un mundo de peligros y riesgos (Ibíd.).

El régimen de riesgo es global y no permite “normas fijas” de cálculo que liguen causas y efectos (Beck, 2002: 5). Ahora bien, los riesgos son enfrentados por las distintas sociedades y grupos de manera asimétrica. Existe un “juego de poder del riesgo” (Ibíd. 12) que se despliega entre actores fijos y territoriales (gobiernos y sindicatos) y actores no territoriales (representantes del capital y las finanzas). En ese sentido, señala Beck, a partir de ese juego de poder existe una interrelación entre dos conflictos, dos lógicas de distribución en “la nueva política económica liberal global”: la distribución de bienes y la distribución de males. De allí el reconocimiento de la urgencia de nuevas formas de gobernabilidad global, en tanto decisiones compartidas trasnacionalmente, para enfrentar riesgos en un contexto signado por la incertidumbre.

Estos planteos pueden definirse como parte de un Quinto debate (Pérez Larez, 2011; Kavalski, 2007) y es posible rastrearlos hasta Held en su propuesta de un derecho democrático cosmopolita. La proposición es un ordenamiento internacional sustentado en determinados principios que se extiendan a nivel global en su regulación y que tengan como base la democracia. El autor parte de Kant y su formulación de un derecho cosmopolita para definir este posible orden mundial y sugiere que, para volverse efectiva, “la ley democrática debe internacionalizarse”: avanzar hacia un derecho democrático y una comunidad cosmopolita para “construir una estructura común, trasnacional, de acción política que pueda, finalmente, organizar la política de la autodeterminación” (Held, 1997: 277).

Entre las instancias ineludibles a ser democratizadas a nivel global, Held afirma la necesidad de intervenir sobre las estructuras económicas, de democratizar las corporaciones y las empresas. Es un aporte importante la afirmación sobre los actores económicos que, en este orden cosmopolita, no deberían escapar a la autodeterminación de los sujetos políticos y, consecuentemente, quedar por fuera de regulaciones que impidan su concentración. El mercado global también debería sufrir modificaciones para que la regulación internacional sea verdaderamente democrática (Held, 1997).

La idea de global governance surgirá en este contexto. La propuesta es generar instancias de coordinación e interrelación entre distintos actores, a diferentes niveles, para lidiar con la incertidumbre. Rosenau (1992 citado en Lennox, 2008), por ejemplo, entiende esta gobernabilidad global como forma de regulación en ausencia de gobierno, incluyendo en las mismas instituciones gubernamentales, informales y otras formas no gubernamentales que dan respuesta a necesidades e intereses globalmente.

De acuerdo con Naciones Unidas: “Good global governance implies, not exclusive policy jurisdiction, but an optimal partnership between diverse types of actors operating at the local, national, regional, and global levels” (United Nations Intellectual History Project, 2009).

Ambas propuestas se relacionan y buscan alguna forma de regulación multilateral de procesos trasnacionales, que parecen autopropulsados y conducen a riesgos o contingencias para todas las personas en todo el mundo.

Siguiendo a Bartolomé (2013), para resituar la cuestión de los riesgos en torno a la seguridad, se debe señalar la característica de heterogeneidad de estos en el tablero internacional. La lista de fuentes de daño abarca desde el terrorismo al crimen organizado, y hasta factores financieros, ambientales, la cuestión de la identidad, la información y el mercado neoliberal.

De acuerdo con Nef (2002: 41), el paradigma de seguridad humana se asienta en la noción de vulnerabilidad mutua, dado que en un sistema global con las características que hemos mencionado, “la fortaleza o solidez del conjunto –incluyendo sus componentes más desarrollados y aparentemente mejor protegidos– están condicionados, paradojalmente, por sus eslabones más débiles”. El aspecto central de la SH es, entonces, la reducción del riesgo colectivo (y compartido) a través de decisiones, prevenciones y gestiones que disminuyan tanto las causas como las circunstancias de la inseguridad.

El concepto cobrará centralidad, en la teoría y la praxis internacional, a partir de un informe del PNUD del año 1994. El “Informe de Desarrollo Humano”, al hablar de la situación en torno a la seguridad en una era posnuclear, declara: “necesitamos otra transición profunda en el pensamiento: de la seguridad nuclear a la seguridad humana”. La seguridad se ha interpretado en forma estrecha por mucho tiempo, según afirma el documento: “La seguridad se ha relacionado más con el Estado-nación que con la gente” (PNUD-IDH, 1994, Capítulo II: 25).

La SH no es una preocupación por las armas, sino una preocupación por la vida y la dignidad humana, asimismo toma en cuenta las denominadas nuevas amenazas globales cuyo carácter no estatal y trasnacional cambia la visión tradicional acerca de ellas, de acuerdo con el PNUD. Su consideración debe concentrarse en cuatro características. Es universal: atañe a la gente de todo el mundo, tanto en países ricos como en países pobres. Hay amenazas comunes a toda la gente como el desempleo, los estupefacientes, el delito, la contaminación y las violaciones de los derechos humanos. Es interdependiente: cuando la seguridad de una población está amenazada, en cualquier parte del mundo, esto afectará al resto por la misma interdependencia, que implica el tejido de eventos, interacciones y acciones propias de un mundo global. La forma de operar sobre la SH es la prevención de las amenazas: es mucho más fácil que actuar una vez que ya se presentó el fenómeno de riesgo (el hambre, la enfermedad, la contaminación, el tráfico de estupefacientes, el terrorismo, los conflictos étnicos y la desintegración social). La SH está centrada en las personas: trasciende a los Estados como implicados exclusivos (PNUD- IDH, 1994: 25-26).

Por otra parte, la SH tiene varios componentes, lo que implica el reconocimiento de la multidimensionalidad en su abordaje. Hay que tener en cuenta las siguientes dimensiones: económica, medioambiental, sanitaria, política, comunitaria, personal y alimentaria.

Este enfoque también amplía la mirada tradicional porque busca dar respuestas múltiples a una realidad compleja. En este sentido, el informe del PNUD asocia como tejidos en conjunto la seguridad humana, el desarrollo y los derechos humanos. Estas son las herramientas, no las armas, para garantizar seguridad para la vida y la dignidad de todos los seres humanos.

En primer lugar, significa seguridad contra amenazas crónicas como el hambre, la enfermedad y la represión. Y en segundo lugar, significa protección contra alteraciones súbitas y dolorosas de la vida cotidiana, ya sea en el hogar, en el empleo o en la comunidad. […] Evidentemente, hay un vínculo entre la seguridad humana y el desarrollo humano: el progreso en una esfera realza las posibilidades de lograr progresos en la otra. (PNUD- IDH, 1994: 27)

Dos libertades definen la SH de acuerdo con el Informe: libertad frente al miedo y libertad frente a la necesidad. Esta postura será reafirmada por el reporte “Seguridad Humana Ahora” (2003) de la Comisión de Seguridad Humana de Naciones Unidas, creada en 2001.

De estas características se desprenden los márgenes de operacionalización posibles. Tal como lo entienden estos dos informes, las acciones tendientes a la SH se asocian con la prevención ya mencionada; con la protección de las personas en aquellos casos donde ya se manifiestan estas amenazas; con la cooperación multilateral y la creación de instituciones internacionales que permitan dar respuestas no violentas a los problemas de las seguridad humana; y con la creencia de que la soberanía de los Estados está debilitada frente a estos fenómenos y, por ello, se necesita cooperación internacional.

En el informe “Seguridad Humana Ahora” se señala que la propuesta no niega la seguridad estatal, sino que pretende ser un complemento (ONU, Comisión de SH, 2003).

Por otra parte, se reconocen dos puntos esenciales concernientes a la seguridad humana: 1) los conflictos violentos, considerando no solo el momento de conflicto en sí mismo sino también la reconstrucción post-conflicto; 2) es esencial la cuestión de la privación humana que incluiría la pobreza extrema, la contaminación, las enfermedades, el analfabetismo. Esta apreciación en concreto, tal como lo definía la propuesta amplia de SH defendida por Japón en la praxis internacional, es en oposición a la visión restringida propuesta por Canadá y expandida, en general, en Occidente, a partir de la cual se desprenden las justificaciones para la intervención humanitaria en la Periferia.

El desarrollo sobre el deber de injerencia y su complemento ampliatorio de la Responsabilidad de proteger se realizará en el Capítulo IV. Sin embargo, se revisará la visión restringida de la SH y los componentes centrales de esta que actuaron como fundamentos para ambos principios.

Canadá ha sido el país que más ha promovido la SH desde su política exterior. Lo que empezó como la búsqueda de un modelo comprehensivo de seguridad, terminó reduciéndose a estándares mínimos centrados en una de las libertades: individuos libres de temor, es decir, en la violencia como dato esencial para pensar la seguridad.

Desde la postura canadiense, una visión demasiado amplia no permite operacionalizar el concepto de SH. El foco está entonces sobre los individuos y comunidades envueltos en conflictos violentos y en cuestiones humanitarias. Se acerca, en definitiva, a un concepto más funcional a la adopción de acciones de fuerza y de presión internacional.

Mientras que la versión “operativa” propuesta por Canadá concentra los esfuerzos en conflictos violentos o espacios donde se ejerza algún tipo de violencia contra las personas, la visión ampliada de la SH hará foco en la reconstrucción post-conflicto, acciones de tipo peace-keeping y peace-building. En general, la SH parte de una mirada del mundo holística, global, considerando la existencia de una sociedad internacional, o comunidad en el caso cosmopolita, y no de las unidades y sus interacciones en un sistema.

Lo cierto es que los parámetros para pensar la seguridad internacional sufrirán un cambio radical a partir de esta variante originada en el informe del PNUD. Primeramente, se produce un cambio sustancial en cuanto al objeto referente. El Estado no es el sujeto central de referencia dado que los individuos y su bienestar tienen prioridad sobre este; las personas en todo el mundo son las destinatarias obligadas de cualquier política en seguridad, consolidando una expansión vertical.

En cuanto a la segunda variable, las amenazas o riesgos y peligros, está claro que la SH propone una expansión horizontal en tanto temas que ingresan al análisis de seguridad. Si hasta fines de la década de 1980 la ampliación temática incluía cuestiones económicas y ecológicas, si luego se incorporaron consideraciones en torno a identidades sociales y derechos, la SH establecerá una conexión entre seguridad, derechos y desarrollo, teniendo en cuenta la pobreza, las epidemias, la violencia en la vida doméstica, sumando componentes de riesgos a ser considerados.

Será entonces, a partir de aquí, que las nuevas amenazas comiencen a debatirse, tipificarse e incorporarse en los discursos gubernamentales con esta perspectiva expansiva. Estas amenazas son no-territoriales, trasnacionales y asimétricas, en tanto hacen uso de la violencia de manera no tradicional, o bien se constituyen en vectores para su aparición y desenvolvimiento.

Si se dividen los conceptos, es posible definir amenaza considerando que

[…] en todos los casos se trata de algo que indica, muestra, anuncia o presagia un daño, una desgracia. No es la desgracia o el daño sino su anuncio, su indicación, su señal. Por lo tanto, la amenaza es esencialmente diferente de lo que manifiesta: el temor no es causado por ella sino por quien lo anuncia. […] La amenaza solo se constituye y actúa en la percepción de quien es amenazado. (Saint Pierre, 2003: 23)

Por tanto, las amenazas se definen en un contexto de incertidumbre como posible daño, en su potencialidad, no en su manifestación específica. La noción de riesgo y la de amenaza en este caso constituyen sinónimos, dado que suponen la capacidad para prever las consecuencias de determinadas acciones o procesos.

Estas nuevas amenazas incluyen el terrorismo, el crimen organizado, las narcoactividades, el tráfico ilegal de armas, la proliferación de armas de destrucción masiva, el deterioro del medioambiente, migraciones, el VIH y otras enfermedades y riesgos a la salud, la pobreza extrema y la exclusión social.

Ahora bien, este consenso casi generalizado sobre la cuestión de las nuevas amenazas obvia, en primer lugar, que la mayoría de estas amenazas no son nuevas, sino que han existido por décadas o siglos en algunos casos. El caso del terrorismo en este sentido es emblemático: no es nueva la existencia de terrorismo en la historia, sí es definitivamente diferente el contexto en el cual tiene lugar. La globalización neoliberal, la libertad comercial y financiera generalizada permite el acceso a financiación, tecnologías y armamentos que antes estaban más restringidos.

Lo nuevo es la “privatización de la capacidad de la violencia” en manos de pequeños grupos, con capacidad de ejercerla sobre casi cualquier territorio y con efectos masivos, situación que antes estaba reservada casi exclusivamente a los Estados (Ikenberry, 2006: 48). En ese marco, las migraciones, la pobreza y la exclusión social o las pandemias se constituyen en vectores, ya que es a través de los desplazamientos o espacios donde habitan las poblaciones vulnerables como los grupos y actores ilegales encuentran inserción.

Resulta confuso que proponga una reducción de problemáticas complejas y multifacéticas en un paraguas conceptual como la seguridad, desconociendo las condiciones estructurales de funcionamiento del sistema económico internacional que estaría detrás –y en los cimientos– de problemáticas como la pobreza, la exclusión, la necesidad. No es en las causas donde se propone la acción, sino en los riesgos, en las manifestaciones; aparece la idea de prevención, pero no la de cambio o modificación de los parámetros de funcionamiento de ese sistema.

Sobre la variable que considera las herramientas o medios específicos de la SH surge, claramente, un desplazamiento del medio tradicional del uso de la fuerza militar. Si bien la visión restringida promueve formas de intervención armada frente a crisis humanitarias, considera otras acciones como la reconstrucción post-conflicto. Los medios serían entonces la prevención, la reconstrucción, la cooperación multilateral y multisectorial, la participación de la sociedad civil. Esto se intersecta con los responsables, la última variable a considerar: de acuerdo con la propuesta original de SH, tanto los Estados como las organizaciones internacionales, las organizaciones de la sociedad civil y los individuos son los encargados de tomar acciones para garantizar prevención y coordinación.

Considerar que la cooperación es la herramienta principal para afectar la seguridad humana a nivel global desconoce las relaciones de poder internacional, los mecanismos y los actores que toman a su cargo las decisiones y los espacios predeterminados hacia donde se destina la SH. Esta perspectiva plantea que, geográficamente, las amenazas proliferan en la Periferia. Allí es donde se dan los condicionantes sociales para los vectores que las facilitan y les brindan escenarios de funcionamiento. Cuando, a través del informe del PNUD, se declara que la soberanía está debilitada, se aceptan las conceptualizaciones de algunos teóricos que definen para la Periferia una soberanía compartida/limitada, abriendo el juego para la intervención y determinación externa de sus decisiones, como trataremos en la segunda parte del libro

La perspectiva de SH se encuentra ampliamente extendida en la bibliografía de América Latina y han surgido reconceptualizaciones críticas que retoman, precisamente, las relaciones Centro/Periferia para su consideración, como en el caso de Nef, o las posibilidades para que los sectores vulnerables, más afectados por la violencia y los riesgos, tengan voz en las consideraciones de seguridad, proponiéndose una “seguridad humana desde abajo”. Esta última es una perspectiva democratizadora de la seguridad que interesa aquí, especialmente, para pensar formas participativas que incluyan a los sectores periféricos de las sociedades suramericanas y del mundo, sobre los cuales recaen, generalmente, las acciones securitarias.

1. 1.6. Seguridad multidimensional y ampliada: dos opciones divergentes, cosmopolitismo y liberalismo ofensivo

Siguiendo a Buzan y Hansen (2009: 188), se puede considerar que, post Guerra Fría, aquellos enfoques ampliatorios/expansivos de la seguridad internacional, a pesar de sus diferencias internas, buscaron una “profundización en el objeto referente” que fuera más allá del Estado, extendiendo el concepto para incluir otros sectores además del militar, dando el mismo énfasis a las amenazas domésticas y transfronterizas y permitiendo transformar la lógica conflictiva de la seguridad propia del realismo.

Los estudios críticos de seguridad comparten con la SH la idea de centrar en la persona cualquier referente posible para ella, y la búsqueda de un orden mundial más pacífico y más justo (Buzan & Hansen, 2009). La primera parte de este apartado se focalizará en el cosmopolitismo surgido de las visiones críticas en sus aspectos sobre seguridad; por separado, trataremos el liberalismo ofensivo. Se abordarán ambos enfoques partiendo de su aceptación compartida de una necesaria ampliación de los entendimientos sobre la seguridad, por las coincidencias retóricas que en referencia a ello aparecen en las dos propuestas teóricas, por ejemplo, en relación a las amenazas a considerar. Sin embargo, los separa una divergencia medular con respecto al rol del Estado hegemónico: mientras que el cosmopolitismo apunta a una multilateralización de la seguridad y una mayor participación de actores no gubernamentales, el liberalismo ofensivo comprende que solo un Estado poderoso es capaz de garantizar el respeto por el derecho internacional y los principios universales.

Cosmopolitismo crítico

De acuerdo con Gilmore (2014), el cosmopolitismo crítico pretende una reconciliación entre lo universal y lo particular proponiendo diálogos transculturales. Se encuentra así asociado a prácticas y procesos que abrazan diferentes tipos de modernidad; se sustenta en un ethos empático que se logra mediante experiencias de interacción culturales.

Para el cosmopolitismo crítico, en particular para la seguridad internacional, tomaremos a Booth (2007), quien se especializa en el subcampo. De acuerdo con el autor, las confrontaciones interpretativas entre el mainstream y las posturas críticas crecieron luego de 2001 y la “guerra preventiva al terrorismo” de EE. UU.

Booth definirá estas posturas críticas de manera amplia y entenderá que están en tensión, que no son homogéneas. Dicha tensión se da entre el neomarxismo, la Escuela de Frankfurt y el posestructuralismo en RR. II. Los une a todos, además de una sensibilidad postmarxista, la democracia. Otro elemento central de influencia es, para el autor inglés, Kant. De hecho, la posibilidad de unas relaciones internacionales sustentadas en principios cosmopolitas deviene de las propuestas de este pensador.

Desde la perspectiva de Booth (2007), los estudios críticos proponen un enfoque del mundo sustentado en las ideas inacabadas de la Ilustración. Los puntos centrales que marcan su opción filosófica son: privilegio de la razón (y de sujetos autoconstituidos); los principios de libertad, reciprocidad y tolerancia; una perspectiva universalista, secularismo, reflexión crítica y disenso; una política que privilegia la equidad, la democracia, la emancipación, la rendición de cuentas, el republicanismo, la justicia social, la ley y las libertades civiles.

Serán, precisamente, estos elementos que toma el cosmopolitismo crítico como valores esenciales el foco de las críticas postcoloniales y estructuralistas. Justamente, el bagaje filosófico de la Ilustración sirvió de sustento ideológico para muchas de las acciones coloniales e imperialistas occidentales en la Periferia, fundamentándolas como una acción positiva que permitía llevar el “progreso” y las ventajas del liberalismo europeo al resto de las poblaciones del mundo, puestas en situación de “subdesarrollo” o inferioridad en la dinámica evolutiva. Estas discusiones se analizarán en profundidad en la segunda parte del libro.

Sostenidos en las ideas de la Ilustración, los estudios críticos introdujeron siete ejes de análisis: 1. Comunidad (inclusión y exclusión, ciudadanía cosmopolita); 2. Ética (comunidades dialógicas); 3. Democracia (global); 4. Globalización; 5. Fuerza (a partir de las intervenciones humanitarias suscitaron el debate para su definición como solidaridad entre la sociedad de Estados o como imperialismo liberal); 6. Economía (hay que terminar con la falsa separación entre política y economía y economía y ética); 7. Medio Ambiente (como asunto global común) (Booth, 2007: 56).

Booth (2007) considera que su enfoque crítico global es: universalista; inclusivo, abraza a todas las culturas e ideas; normativo (las ideas políticas dependen de un racionamiento ético a través del diálogo); equitativo; emancipatorio (su objetivo último es promover la libertad); progresista (pretende unir teoría y práctica); crítico (por fuera del statu quo, busca identificar la opresión y luego desarrollar herramientas para el cambio).

Lo paradójico es que este conjunto de ideas, presentadas como universales y comunes a la humanidad, ignora que las interpretaciones situadas acerca de la libertad, la democracia, la comunidad y la propia globalización son diversas, entrando muchas veces en contradicción entre sí. En ese sentido, se comprende aquí que desde el cosmopolitismo crítico es posible una propuesta de cooperación dialógica siempre y cuando se acepten condiciones sine qua non predeterminadas por el pensamiento occidental de la Ilustración; no siempre se habilita a poner en cuestión determinados parámetros propios por parte de las otras culturas e ideas en ese diálogo.

Ahora bien, ¿cómo se traducen estos elementos considerados en relación a la seguridad desde una perspectiva crítica?

En relación a la guerra al terrorismo, Booth afirma críticamente: “El número de muertes de la Guerra contra el Terror (o cualquiera sea la etiqueta elegida para la lucha contra el terrorismo internacional orquestada por el Estado más poderoso del planeta) ha aumentado inexorablemente desde el 9/11”, no solo por las victimas de acciones terroristas, sino también por el número incierto de asesinatos resultantes de las “campañas sucias”, legitimadas como respuestas anti-terroristas (Booth, 2007: 15. Traducción propia).

En primer lugar, sostiene que es necesario abandonar los marcos de referencia tradicionales de los estudios en seguridad derivados de una combinación entre “Anglo-American, statist, militarized, masculinized, ‘top-down’, methodologically positivist and philosophically realist thinking” (Booth, 2007: 28).

Todas las miradas ampliatorias y expansivas de la seguridad se oponen al realismo; es contra el mainstream racionalista y más profundamente contra la centralidad del Estado y lo estratégico militar, como enmarcan sus enfoques. De hecho, algunos autores como Tulchin (2006) y Booth definirán la guerra al terrorismo como exacerbación de principios realistas, lo cual es cuestionado aquí ya que como hemos expuesto la mayoría de los autores realistas se opusieron a la política exterior de Bush por sus tendencias a la supremacía y sus opciones valorativas entre bien y mal.

Booth (2007: 100) interpreta que hay elementos esenciales a la seguridad que no están en tensión y frente a los cuales todo el mundo coincide: “The standard dictionary definition states that security ‘means the absence of threats’”. Esto a su vez conlleva implícita la existencia de un objeto referente (algo o alguien está siendo amenazado), peligros efectivos o inminentes y el deseo de escapar de las posibilidades de daño.

No es, entonces, la definición o aceptación básica de lo que constituye la seguridad lo cuestionado o problemático, sino las decisiones y formas que efectivamente se seleccionan para accionar en la política mundial. El autor entenderá la inseguridad como una vida vivida con miedo; esto abarca amenazas directas relacionadas con la violencia y también amenazas indirectas. Estas últimas se vinculan con las condiciones de vida: son amenazas que provienen de opresiones estructurales tales como la pobreza; lo importante es que mientras más riesgo produzcan estas situaciones estructurales, más condicionada/determinada será la vida de las personas.

En ese marco, es necesario distinguir entre seguridad y supervivencia para diferenciar el pensamiento crítico del realista. Frente a una guerra o violencia armada, la supervivencia se convierte en prioritaria porque se está amenazando la posibilidad de existencia misma (de un Estado, un individuo o un grupo). Pero la seguridad va más allá de esto: se asocia a una vida tolerablemente buena, a la condición en que pueden perseguirse, sin peligro ni riesgo, los deseos y ambiciones políticos, sociales o de cualquier otra índole. “In this sense security is equivalent to survival-plus (the plus being some freedom from life-determining threats, and therefore space to make choices)” (Booth, 2007: 102).

La seguridad refiere a vivir con autodeterminación, sin condicionantes sobre las posibilidades de elección, y se logra con emancipación, de acuerdo con Booth (2007): “Security allows choice”. Los poderosos (individuos, regímenes o Estados) manipulan la inseguridad para poder mantener a los débiles tal como están. “Survival is being alive, security is living”.

No habrá emancipación mientras existan formas de opresión, es decir, cuando la gente se encuentre privada de alimentos, conocimiento o libertad. Según Booth (2007: 114), la seguridad mundial será posible cuando:

[…] emancipatory politics made progress in eradicating structural and contingent oppressions. Through this process, people would explore what humanity might become, in terms of peaceful and positive relations, increasingly free of life-determining insecurity: the self-realization of people(s) would evolve not against others, but with them.

Coincidimos ampliamente con esta definición de una vida buena posible y sustentada en la autodeterminación, también en la necesidad de diferenciar seguridad y supervivencia. La autodeterminación es fundamental para analizar la problemática en una región periférica como América del Sur; también lo es la justicia social y la eliminación de condicionantes estructurales que determinan opresiones socio-económicas. Sin embargo, nos alejamos de algunos supuestos filosóficos planteados por la Ilustración porque remiten peligrosamente a definiciones del Centro que, históricamente, han condicionado/limitado la autonomía de los pueblos del Sur.

El tercer elemento involucrado en el logro de la seguridad mundial es la idea de comunidad. El autor afirma que no es con la lógica de lo internacional, en tanto relaciones entre entidades políticas separadas por fronteras y con diversos intereses, como se logrará. De allí la necesidad de pensar en toda la humanidad como un nosotros: debemos abordar la seguridad desde la búsqueda de un “nosotros global”.

La propuesta de comunidad, tal como es analizada por el cosmopolitismo a nivel global, significa concepciones no orgánicas y translocales también para la seguridad mundial (Booth, 2007: 137). Las comunidades de valor comparten estándares y principios donde, además, se pretende alcanzar un sentido compartido de “vida buena”. Es un tipo de comunidad sustentada en ideas y en una ética compartida cuyo objetivo es la solidaridad alrededor de un ideal, es decir que no se asocia con espacios geográficos. “It looks to the building of world security on a platform of growing world community, organized through a pattern of global governance made up of a network of emancipatory communities, including cosmopolitan states”. Todos estos nodos institucionales estarían unidos por el compromiso con la promoción de la equidad, de un poder humanizado y sustentado en los DD. HH., sin dar prioridad a una generación sobre otra: “all will seek to fulfill ‘democratic, political promise’” (Booth, 2007: 148).

En ese marco, la seguridad mundial debe ser definida como recíproca, rompiendo con los estándares nacionalistas y estatistas propios de la ortodoxia en los estudios de seguridad. Esta “visión ortodoxa” ha promovido la idea de la seguridad definida contra otros mientras que la propuesta crítica de Booth busca definir la seguridad mundial como un valor instrumental, promoviendo un entendimiento sobre ella recíprocamente como parte de la creación de una humanidad más inclusiva.

Para el análisis de las posibilidades de seguridad común en América del Sur, interesa especialmente la noción de reciprocidad, ya que solo cuando puede ser alcanzada en términos iguales y equitativos para todos los miembros (sean individuos, grupos sociales o Estados) la seguridad puede volverse un hecho. Sin embargo, no se considera viable la creación de un “nosotros global”, porque en relaciones internacionales la característica histórica, y aún actual, es la desigualdad y la jerarquía. Antes de pensar en “la humanidad”, los pueblos de la Periferia deberían lograr el respeto de su autonomía, su autodeterminación –política, económica y cultural–, para recién luego proyectar posibilidades cosmopolitas. La construcción de una unidad global requiere primero la existencia de equidad y una modificación profunda del sistema; recién así podrían potenciarse los ámbitos de integración dialógica y de gobernanza común. Por las características actuales de las relaciones internacionales se incorporan en este estudio, por su mayor grado de viabilidad, opciones de descentralización y democratización del régimen global de seguridad y se reserva la perspectiva de la gobernanza para ámbitos locales, nacionales y regionales. Todos estos elementos serán analizados en las reflexiones finales del libro.

Retomando la seguridad mundial, se afirma que es una propuesta expansiva cuyo objeto referente es el individuo y la humanidad: la seguridad de unos promueve y garantiza la de todos.

Las amenazas que el autor menciona se subdividen en dos categorías. Primero, en términos estratégicos o de uso de la fuerza tradicional: la potencial nueva guerra fría entre EE. UU. y China, la proliferación de armas nucleares, la dispersión de nuevos grupos terroristas hacia nuevos territorios y comunidades, la proliferación de Estados fallidos que derive en conflictos étnicos, genocidios y migraciones masivas, entre otros. Segundo, selecciona las amenazas que presenta la globalización: la erosión de culturas y economías, la propagación de pandemias, el crecimiento de la radicalización y el terrorismo, abusos a los derechos humanos, contaminación ambiental y colapsos económicos en interacción con conflictos étnicos u otras inseguridades.

Frente estas últimas, es necesario cambiar los parámetros en que está siendo dirigida la globalización, promoviendo el comercio justo, la cancelación de deudas externas, la erradicación de la pobreza y la equidad, el respeto mutuo entre diversas culturas y grupos y el reconocimiento mutuo. La necesidad de cambiar la relación entre el ser humano y la naturaleza es fundamental. Por todo ello, es imperativo crear redes de gobernanza global distintas a las planteadas por los más poderosos. Coincidimos con estas proposiciones, pero se cuestiona la posibilidad concreta de que los actores “poderosos” acepten parámetros de gobernanza global diferentes a los promovidos hasta ahora, dado que con ello podrían verse perjudicados sus intereses.

En relación a la variable “herramientas para la seguridad”, para el autor de la escuela de Aberysthwyth el primer objetivo se refiere a la violencia política. No hay que pretender la eliminación del uso de la fuerza, porque en situaciones de legítima defensa es necesaria, pero se debe lograr la mayor marginalización y deslegitimación posible de la violencia como instrumento de política exterior.

La guerra preventiva solo enfatizó el uso de la violencia y, además, lo hizo en forma ilegal, innecesaria y no inteligente (Booth, 2007: 431). Por ello, la construcción de confianza, tal como es planteada en la propuesta de comunidades de seguridad, es fundamental para la seguridad mundial.

Con respecto a los Estados poderosos, en especial EE. UU., el autor dirá que es preciso respetar la democracia y la ley internacional, terminar con el excepcionalismo y el doble estándar aun cuando eso implique no obtener lo que se desea. Otro componente central es el respeto por los DD. HH.; la guerra no puede habilitar abusos que soslayen la condición de humanidad de los prisioneros, los enemigos o las poblaciones civiles en nombre de “daños colaterales” del conflicto (Booth, 2007: 437).

Por último, y esto es un elemento de diferencia fundamental con el liberalismo ofensivo, Booth alegará la necesidad de un cambio en la globalización. Es necesario “humanizarla” para poder pensar en términos de equidad económica, cultural y social; por lo tanto, entiende que la lógica neoliberal que subyace detrás de aquella ha generado grandes desigualdades, concentración de la riqueza y pobreza. La cuestión de la justicia social aparece como un componente esencial de un nosotros global que garantice la seguridad mundial. Este es otro elemento que, como se tratará en la segunda parte del libro, está en la base de las razones para nuevas instancias de integración en Suramérica.

El liberalismo ofensivo o wilsonianismo de línea dura

Como se desarrolló en el apartado I. 1.2., Kant es la fuente filosófica primaria, tanto para el cosmopolitismo crítico como para el liberalismo internacionalista clásico o idealismo en Relaciones Internacionales, que ha sido revitalizada en los debates contemporáneos a través de la seguridad humana y los aportes cosmopolitas. Algunos puntos del pensamiento kantiano serán también retomados por un liberalismo más intervencionista y militarista.

Autores como Booth (2007), Gilmore (2014), Miller (2010), Pacheco (2011), Barkawi (2010), Chandler (2008) y Saso Muñoz (2009) reconocen un internacionalismo ofensivo con base en el pensamiento liberal.

Siguiendo a Danilo Zolo (2007), la discusión principal en RR. II. se mueve entre dos perspectivas del mundo: una particularista, que prioriza los Estados como sujetos de derecho y responsabilidad internacional tomando como eje el respeto a la soberanía y la no intervención; otra universalista, que está detrás de todas las posturas ampliatorias de la seguridad (ya sea la seguridad humana, el cosmopolitismo y la seguridad mundial o global o el liberalismo ofensivo). Estas últimas, afirma Zolo, alientan un régimen humanitario global regido por un “derecho cosmopolita” donde los sujetos serían los individuos y ya no los Estados, o no solamente los Estados, y habilitan en nombre de ese derecho una serie de intervenciones en defensa de la humanidad o los DD. HH. Sin embargo, para el liberalismo ofensivo, a diferencia del resto de los enfoques, solo un Estado con primacía puede sostener ese derecho internacional común bajo el rol de decisor supremo, primando entonces un sostenimiento de la jerarquización de las relaciones internacionales.

Por su parte, el cosmopolitismo en sus dos vertientes (liberal y crítico) defiende los principios recientes de deber de injerencia y la Responsabilidad de Proteger (ver Ikenberry, 2006; Bellamy, 2009) o alguna otra forma de intervención humanitaria; de igual manera lo hará el liberalismo ofensivo, pero con un componente distintivo frente a los anteriores: la necesidad de defender la democracia y los DD. HH. puede conllevar la urgencia de la acción y, por lo tanto, puede hacerse unilateralmente sin esperar legitimidad de las instituciones internacionales.

Miller (2010) afirma que el liberalismo en RR. II., en general, coincide en sus objetivos universales para el orden mundial. Sin embargo, hará una distinción entre dos vertientes de esta corriente dividiéndolo en ofensivo y defensivo.

Es central la tesis de la paz democrática, porque de allí se deriva una cuestión fundamental para el liberalismo ofensivo: la búsqueda de la difusión internacional de democracias liberales por todos los medios, aún mediante el uso de la fuerza. Se debe, de acuerdo con el liberalismo ofensivo, imponer la democracia.

El justificativo se encuentra en el pensamiento liberal que, en general, considera que las intenciones de los Estados son la clave, el carácter doméstico del Estado y su ideología dominante darán forma al comportamiento del actor en la arena internacional. Consecuentemente, como las democracias liberales no libran guerras entre sí, la paz y la seguridad internacional se alcanzarán a medida que estas se esparzan a nivel global (Miller, 2010: 570). El otro eje central, tal como lo planteó Kant con respecto al comercio, es el libre mercado que, al generar interdependencia entre las economías nacionales, hace más difícil la intención de ir a la guerra dados los beneficios materiales del intercambio, desincentivando cualquier agresión militar; este punto es cuestionado por el cosmopolitismo crítico, tal como se desarrolló a través de la obra de Booth. El liberalismo asume también que tiene aplicabilidad universal trascendiendo cualquier división nacional o cultural.

En concreto, el liberalismo ofensivo:

[…] doubt the effectiveness of international institutions in the absence of strong US hegemonic leadership. Powerful constraints on the hegemon make international institutions and collective action unproductive. Due to the problematic effectiveness of multilateralism, the hegemon must, on occasions, also take unilateral actions. In their eyes, US leadership is the key to decisive and effective international actions for providing common goods such as peace and security, among others – through unilateral means if necessary. (Miller, 2010: 572)

Wilson ha representado las dos vertientes de liberalismo (defensivo y ofensivo) y de, acuerdo con el autor, ha sembrado tanto un internacionalismo liberal como un liberalismo intervencionista; para estas últimas acciones se pueden tomar las intervenciones en México (1914-1915), Haití (1915-1934), Cuba y República Dominicana (1916-1924) entre otros, como ejemplos esclarecedores[9] (Miller, 2010).

De acuerdo con Booth (2007), el wilsonianismo puede ser entendido como una tradición que se identifica con la idea de la aplicabilidad universal de los valores de EE. UU., sobre todo democracia y Estado de derecho; esto incluye el promoverlos de manera “mayor o menormente” pacífica. El wilsonianismo no es un pensamiento esencialmente orientado a la democracia o el internacionalismo, sino al excepcionalismo norteamericano. La versión imperialista (o de línea dura) del wilsonianismo es entendida como una mixtura compleja entre “ambición ideológica y maximización del poder” (Booth, 2007: 291).

En cuanto a los medios específicos de acción, “offensive liberals also believe that affecting the basic intentions and internal regime of the adversary in the direction of liberalization constitutes the most effective and fundamental solution to the security and peace problem” (Miller, 2010: 577). Esto requiere –y se sustenta en– el uso del poder duro o militar.

Frente a otras potencias, aceptan el principio realista del balance de poder, mientras que para los Estados periféricos es posible utilizar una serie de mecanismos de presión para imponer el libre mercado e inducir cambios de gobierno. Se trata de incitar la llamada “política de puertas abiertas” afirma Miller (2010).

Los representantes más acabados de esta modalidad de liberalismo son los suscriptores de la carta de apoyo a la guerra preventiva contra el terrorismo de George W. Bush, entre quienes destacan Walzer, Huntington y Fukuyama[10] (ver en sitio American Values). Enfatizamos la definición de los valores norteamericanos en su declaración: existen verdades morales universales que los “Padres Fundadores” han denominado derechos naturales; libertad de conciencia y libertad de religión como base de la dignidad humana y precondición necesaria para cualquier otra libertad. Más aún, asocian explícitamente los “valores americanos” como universales (A letter from America, 2002, Institute for American Values).

En relación a la guerra al terrorismo y la política exterior de EE. UU., específicamente, el liberalismo ofensivo va a defender la hegemonía norteamericana y justificar su necesidad: “We should expect substantial support for US hegemony from both fellow democracies and freedom-loving people in non-democracies, hoping for US help, including coercive measures, to free their countries from tyranny” (Miller, 2010: 578. El destacado es propio). Incluso afirman el excepcionalismo norteamericano, dado que entienden que EE. UU. no necesita legitimar sus acciones en organizaciones multilaterales como ONU, especialmente, frente a Estados no-democráticos. Esta postura se acerca a la teoría de la estabilidad hegemónica del realismo ofensivo.

Cuando los autores de la “Carta desde América” se preguntan si la guerra es justa, aceptan que en el caso específico de EE. UU. frente al terrorismo lo es, porque están luchando contra “el mal”:

[…] moral reflection also teach us that there are times when the first and most important reply to evil is to stop it. There are times when waging war is not only morally permitted, but morally necessary, as a response to calamitous acts of violence, hatred, and injustice. This is one of those times. (Letter from America, 2002: 6)

De hecho, Walzer ha recuperado en la discusión sobre la guerra la cuestión de lo justo o injusto propia del cristianismo medieval. Frente a la crítica que estos pensadores hacen de la utilización de Dios y la fe por parte de los terroristas, de origen presuntamente islámico, para justificar la violencia, paradójicamente, utilizan un argumento cristiano pre-moderno para fundamentar sus propias guerras. Clarificador es que la Carta cita a San Agustín para argumentar el análisis en términos de “guerra justa”.

El documento finaliza diciendo: “Los asesinos organizados con alcance global ahora nos amenazan a todos nosotros. En nombre de la moralidad humana universal, y completamente conscientes de las restricciones y requerimientos de la guerra justa, respaldamos la decisión de nuestro gobierno y nuestra sociedad de utilizar la fuerza contra ellos” (Letter from America. 2002: 9. La traducción es propia).

De acuerdo con Pacheco, siguiendo a Cooper (2011) y Väisse (2011), el pensamiento neoconservador norteamericano que está detrás de la Gran Estrategia estadounidense que puede entenderse como “wilsonianismo con botas”, empezará a consolidarse en la década de 1990, promoviendo la consecución de la hegemonía global norteamericana mediante una indiscutida preponderancia militar envuelta en una conveniente retórica sobre la defensa de la democracia y los DD. HH. (Pacheco, 2011: 112).

La retórica de los valores y los derechos implica una vuelta de la ética a las consideraciones de política internacional y las necesarias tareas para la seguridad internacional que, como se ha desarrollado desde la opción tardía de seguridad cooperativa de Cohen, se ha instalado en todo análisis de seguridad. En este sentido, el liberalismo ofensivo comparte posturas con todas las formas del cosmopolitismo.

Con respecto a las amenazas, no habrá grandes divergencias ya que reconocen las nuevas amenazas, pero el mayor énfasis para el liberalismo ofensivo estará en el terrorismo, los Estados canallas/peligrosos y sus “tiranos,” el crecimiento del poder de China, la proliferación de armas de destrucción masiva y los Estados fallidos; más cercano en el tiempo ingresarán los ciberataques.

Lo cierto es que el liberalismo ofensivo (y su defensa de la guerra al terrorismo) puso en una situación complicada al cosmopolitismo crítico toda vez que sus defensores terminaron por compartir, en el plano discursivo, las mismas ideas: “emancipación, promoción de la democracia y los DD. HH.” (Gilmore, 2014: 694).

Por otra parte, también comenzaron a compartir, desde una interpretación particular en este libro, una misma retórica sobre la seguridad global o mundial, la importancia fundamental del individuo/la humanidad como objeto referente y la multidimensionalidad de su composición. El cosmopolitismo, la SH y la recuperación del idealismo contemporáneo terminaron siendo funcionales a la retórica utilizada para justificar las intervenciones en Irak, Afganistán y Libia:

Cosmopolitanism, offensive liberalism and the War on Terror project are not a ‘joint enterprise’. However, emancipation, transborder moral solidarity and the protection of human rights, all significant concerns for cosmopolitans, have been invoked repeatedly as justification for high-impact military interventions and programmes of therapeutic governance. (Gilmore, 2014: 695)

No constituyen una perspectiva única o común; por el contrario, el cosmopolitismo crítico se presenta a sí mismo en oposición tanto del realismo como del liberalismo ofensivo. Sin embargo, según sostiene Gilmore y en coincidencia con él, entendemos que los pensadores cosmopolitas deben comprender que esta coincidencia de objetivos y amenazas de seguridad entre ambos perjudica sus propios aportes que pretenden ser críticos y emancipadores.

El cosmopolitismo liberal, los neoconservadores y el liberalismo ofensivo comparten una visión binaria de la realidad internacional, dividida entre aquellos que defienden los valores democráticos o principios liberales y el “autoritarismo” que se despliega en varios territorios del mundo. Existe una claridad moral sobre determinados valores universales que permite una división del mundo entre quienes aceptan y aportan a estos y un Otro amenazante, que se opone a dichos principios liberales “universales” y, por lo tanto, se constituye en peligro. “La complejidad y la incertidumbre se reducen a dicotomías simplificadas entre el bien y el mal” (Ibíd.).

Lo que distingue al liberalismo ofensivo son las herramientas elegidas para promover estos valores y enfrentarse con sus antagonistas: uso de la fuerza unilateral, inducción forzada de cambios de regímenes para eliminar el autoritarismo y la necesidad de garantizar la hegemonía norteamericana como medios eficaces para el logro de una paz global duradera.

Coincidimos con Barkawi, pensador postcolonial, en que todos estos abordajes tienen como protagonista, invariablemente, a los países occidentales. Sustentar el cosmopolitismo, los estudios críticos o la SH en la emancipación como valor propio de la Ilustración –perteneciente al pensamiento europeo moderno– implica poner a Occidente como su agente promotor: “whether in the form of Western-dominated international institutions, a Western-led global civil society, or in the ‘ethical foreign policies’ of leading Western powers” (Barkawi, 2006: 350).

Subyace detrás de esta mirada multidimensional y expansiva de la seguridad una lógica postwesfaliana para las relaciones Norte-Sur: es en el pilar jerárquico del sistema donde se considera que la soberanía está debilitada y amerita la intervención en territorios donde esté en peligro la vida humana. La imposición de la democracia, el cambio de régimen económico o cualquier otra intervención no es en el plano anárquico, donde los más poderosos compiten entre sí: allí aún rige la lógica clásica del equilibrio de poder; es en la vinculación asimétrica entre los fuertes y los débiles donde la seguridad internacional cambia su eje y empuja a pensar en las “necesidades” de todos los seres humanos.

La SH, por su parte, ha sido retomada fuertemente, luego de 2001, por los discursos gubernamentales como fuente de legitimidad de sus acciones. De acuerdo con Chandler, la SH fue incorporada al mainstrean político internacional, alegando la importancia de determinados valores, teniendo como foco las necesidades humanas de cada individuo desde una lógica desterritorializada, proponiendo aquellos elementos priorizados por la SH como interdependencia creciente de los fenómenos mundiales y los riesgos, las mutuas vulnerabilidades y las nuevas amenazas comunes a la seguridad que requieren acciones colaborativas y cooperativas (Chandler. 2008: 427).

Chandler refiere a la sugerencia de Franceschet (2006) acerca de su naturaleza intervencionista: “‘becoming co-opted by forces that favor the entrenchment of an unequal, non-universal global legal order’, where self-selected liberal states can ‘impose, through force, their unilateral moral judgments onto weaker states”. La extensión de la preocupación por la SH no parece orientada a desafiar las jerarquías de poder existentes sino más bien a institucionalizarlas (Chandler, 2008: 432. El resaltado es propio).

El autor también enfatiza que la SH permitió localizar las nuevas amenazas en la Periferia. Si se toma el marco de los dos focos centrales de la SH: libertad frente al miedo y libertad frente a las necesidades, claramente concierne a los Estados fallidos y, en general, a aquellos donde no se alcanzan las condiciones necesarias para la SH entendida a partir de “sus nexos inseparables con la reducción de la pobreza, la construcción de capacidades estatales, los derechos humanos y la buena gobernabilidad” (Chandler, 2008: 435).

Los valores universales de la democracia y los derechos humanos de primera generación, tal como los entiende el liberalismo, así como los componentes de la SH y la seguridad global cosmopolita, han sido utilizados y apropiados como herramientas de fundamentación para la teoría y la praxis del liberalismo ofensivo. Como se tratará a continuación, este enfoque es el que está en la base de la visión hegemónica de la seguridad de las últimas décadas.


  1. “Efectivamente, en 1648 se firmaron tres importantes acuerdos entre las principales potencias europeas y sus respectivos aliados. Se buscaba con los mencionados acuerdos terminar la denominada Guerra de los Treinta Años, conflicto que había devastado la Europa Central. El primer acuerdo de paz, firmado en la ciudad de Münster, en enero, fue alcanzado entre España y Holanda. Por medio de ese instrumento, Madrid reconocía oficialmente la independencia y la autodeterminación del pueblo holandés –entonces territorio administrado por la Corona española–. El segundo acuerdo también fue firmado en la ciudad de Münster, en el mes de octubre, por los representantes de Francia y del entonces denominado Sacro Imperio Romano-Germánico. Ese instrumento confirmó la inviolabilidad de las fronteras, la no intervención en los asuntos internos de otros estados, el respeto por las minorías, y convalidó definitivamente la independencia de Suiza. Simultáneamente, en la vecina ciudad de Osnabrück, también en octubre, se firmaba un acuerdo semejante entre Suecia y el mencionado Sacro Imperio. Vale agregar que las ciudades de Münster y Osnabrück se localizan en la región de Westfalia –territorio situado en el noroeste de Alemania–.” (Guedes de Oliverira y Domínguez Avila, 2013: 16)
  2. Ver el desarrollo de sus posturas en el apartado I.1.3, donde se expone el denominado Tercer debate y sus diferencias y convergencias con el neoliberalismo.
  3. La propiedad se justifica como natural a partir del propio cuerpo, que pertenece a cada uno sin discusión. En ese marco, todo trabajo realizado por el hombre, al ser una extensión de su cuerpo, de sus manos que producen, se convierte en propiedad de quien lo realizó. “Aunque la tierra y todas las criaturas inferiores sean a todos los hombres comunes, cada hombre, empero, tiene una ‘propiedad’ en su misma ‘persona’. A ella nadie tiene derecho alguno, salvo él mismo. El ‘trabajo’ de su cuerpo y la ‘obra’ de sus manos podemos decir que son propiamente suyos. Cualquier cosa, pues, que él remueva del estado en que la naturaleza le pusiera y dejara, con su trabajo se combina y, por tanto, queda unida a algo que de él es, y así se constituye en su propiedad”. (Locke, 1963: 15)
  4. Para un análisis detallado ver Carta de las Naciones Unidas. Disponible en https://goo.gl/Sh13pT.
  5. Ver Salomón (2002). Allí la autora, como otros estudiosos de las RR. II., entenderá que el debate Neoliberalismo-Neorrealismo da lugar al Cuarto Debate. Para la presente obra, es la conclusión de ese Tercer debate y su síntesis en el mainstream racionalista lo que dará lugar a un Cuarto a partir de posturas post-positivistas.
  6. Ver Salomón (2002), Kepa Sodupe (2003) y Burchill et. al. (2005).
  7. La Teoría de la acción racional proviene de la economía y será ampliamente difundida en la Teoría Política y el Análisis de Políticas Públicas. Da cuenta de una lógica específica de los actores en sus interacciones mutuas, es racional con arreglo a fines (Weber, 1983): está basada en un análisis individual y egoísta costo-beneficio centrado en aquello que el individuo definió como interés. Esto supone información absoluta sobre las condiciones y alternativas entre las que tiene que elegir el individuo cuyo cálculo de mayor beneficio a menor costo le permite tomar la opción más eficiente. Se trata de cálculos estratégicos hechos por los agentes y supone individualismo metodológico y cálculos casi matemáticos (exactos) en las ciencias sociales. “El hecho es que la conducta racional (como acción instrumental maximizadora) parece predeterminada en nuestros rasgos culturales de manera universal. La definición se reduce a dos condiciones. Conductas instrumentales en las cuales existe intransitividad entre las elecciones (que si preferimos a a b y b a c, entonces preferimos a a c y nunca, entonces, c a a), y estas cumplen con el requisito de completud (es decir, que la informa­ción sobre las alternativas está disponible al momento de las deci­siones)” (Vidal, 2008).
  8. Para un estudio de caso sobre comunidades de seguridad en el MERCOSUR ampliado ver Fuchs (2006). Para una descripción general de la temática en comparación con otras propuestas de Seguridad ver Bartolomé (2013) y Orozco (2006).
  9. Un esquema de las intervenciones históricas de EE. UU. en América Latina se tratará en el Capítulo IV, apartado Seguridad Hemisférica.
  10. La carta es firmada por 59 reconocidos académicos y pensadores.


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