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Introducción

En diciembre de 2014, una investigación especial de la Comisión de Inteligencia del Senado de Estados Unidos denunciaba violaciones globales a los derechos humanos en la aplicación de las estrategias de seguridad orientadas contra el terrorismo. Al mismo tiempo que toda la política securitaria de la potencia hegemónica se definía, retóricamente, por la defensa de la libertad y la democracia a nivel global, miles de personas, en todo el mundo, sufrían vejaciones a sus derechos básicos “por razones de seguridad nacional y global”.

La seguridad se ha convertido en un objeto de estudio específico en el subcampo de las Relaciones Internacionales (RR. II.), adquiriendo mayor preeminencia a partir de un acontecimiento histórico que ha operado como ruptura del orden internacional: los atentados de Nueva York en 2001 y la consecuente Estrategia de Seguridad Nacional de EE. UU. establecida en 2002. Desde allí en adelante se han profundizado los debates y propuestas que ya estaban puestos en discusión desde la Posguerra Fría.

En este marco, el presente libro intenta dar cuenta de dos propósitos principales: presentar una definición propia de la perspectiva hegemónica de seguridad internacional que se comprende aquí como dicotómica con respecto a los derechos fundamentales y está liderada por la potencia global; y examinar la potencialidad de una mirada autónoma y común en América del Sur, que visibilice otros enfoques posibles para la seguridad. El período bajo análisis abarca la década transcurrida entre los años 2002 y 2013.

El punto de partida es, entonces, preguntarnos por la vinculación entre seguridad internacional y derechos humanos. ¿Pueden los requerimientos de seguridad restringir libertades y derechos? ¿Qué tipo de seguridad se obtiene si es en detrimento de la vida y dignidad de las personas? ¿Podemos, por tanto, definir la seguridad sin su correlato de derechos humanos (DD. HH.) garantizados? La respuesta en principio es no. Cuando las políticas nacionales e internacionales en seguridad traen consigo peligros para el bienestar y la dignidad de los sujetos, no hay legitimación posible para ellas, sea cual sea la gravedad de la amenaza a enfrentar.

De eso trata este libro, de problematizar el análisis de la seguridad desde las RR. II. y de abrir campos de visibilidad para la problemática, que unifiquen como interdependientes ambas aristas: en sociedades democráticas no puede haber seguridad sin derechos fundamentales, a su vez, estos no pueden garantizarse sin un correlato de seguridad que aleje los peligros para la vida, la dignidad y el buen vivir. La principal cuestión subyacente es entonces cómo, de qué manera debe pensarse y qué herramientas se destinan a la acción cuando se trata de una seguridad internacional respetuosa de los derechos humanos.

Comenzamos por considerar que tanto el fin de la Guerra Fría como los atentados de Nueva York funcionaron como acontecimientos o eventos, rompiendo la continuidad de los modelos de interpretación del mundo y generando una serie de políticas internacionales en torno a la seguridad que modificaron los mecanismos tradicionales de abordaje.

En el tiempo comprendido entre ambos puntos de ruptura, en el sistema internacional se fue constituyendo una visión hegemónica de la seguridad internacional. La misma implica: debilitamiento de la línea divisoria entre seguridad pública y defensa, entendiéndosela como un todo interméstico;[1] multidimensionalidad (donde la referencia ya no es solo la amenaza militar externa al Estado), incorporando como parte inmanente distintas aristas de la realidad social; focalización en las nuevas amenazas, es decir, en fenómenos trasnacionales que utilizan los territorios estatales para desenvolverse pero trascienden cualquier territorialidad, con uso de la violencia en modalidades no tradicionales (crimen organizado, terrorismo y distintos vectores asociados a ellos como migraciones, pobreza extrema, entre otros); y, además, consolidación de un eje de seguridad global Norte-Sur.

De hecho, el conjunto de fenómenos considerados amenazas, sus vectores y sus espacios geográficos de crecimiento y reproducción están situados en la Periferia del sistema. Así desde los centros de poder mundial se considera que los “Estados fallidos”[2], los espacios sin ley o vacíos y los “Estados peligrosos” (Chomsky & Achcar, 2007) son nodos donde confluyen los actores ilegales (terroristas, traficantes ilícitos, crimen organizado).

Se reconoce una creciente militarización de las relaciones internacionales a partir de 2001, dado que el enfoque hegemónico de la seguridad como multidimensional contempla aspectos no tradicionales: económicos, sociales, culturales, ambientales; y en base a ello nos interrogamos: ¿es posible identificar elementos de una visión común y autónoma desde América del Sur frente a la perspectiva hegemónica que empuja a la securitización de la vida social? Los nuevos espacios multilaterales regionales como UNASUR y ALBA, o el reacomodo de los ya establecidos como MERCOSUR, ¿posibilitan una efectiva mirada crítica y conjunta sobre la seguridad, diferente de la propugnada desde EE. UU.?

El otro lado de este proceso de cambio en el entendimiento sobre la seguridad ha sido, para este estudio, la aplicación de mecanismos de securitización[3] de las sociedades y la militarización de las relaciones inter/trasnacionales en detrimento de derechos fundamentales de la dignidad humana. Se concibió, en los debates y la praxis política, que determinadas prerrogativas excepcionales (estatales o regionales) eran necesarias para enfrentar las amenazas más acuciantes.

Se comprende que la perspectiva preponderante de la seguridad internacional, y las políticas correlativas que la pusieron en práctica, tienen como contrapartida DD. HH. devaluados. Guantánamo y Abu Ghraib se convirtieron en los emblemas de esta violación de derechos básicos a nivel global, bajo la lógica de la “guerra preventiva antiterrorista” llevada a cabo por EE. UU. y a la que se plegaron múltiples gobiernos (China, Pakistán, Rusia, Colombia por citar algunos ejemplos). Prisioneros sin juicio justo, desapariciones, torturas se convirtieron en efectos colaterales de una guerra asimétrica que enfrentaba un actor no tradicional o no territorial (ver Amnistía Internacional, 2008; Borón y Vlahusic, 2009).

En América Latina en general, mediante una serie de resoluciones y acuerdos, se reconoció esta visión hegemónica de la seguridad dejando margen a la utilización de las Fuerzas Armadas (FF. AA.) para enfrentar a nivel interno fenómenos como el crimen organizado (OEA, 2003).

En América del Sur, en particular, se evidenciaron posiciones encontradas frente a la perspectiva hegemónica: por un lado, determinados derechos se volvieron centrales en nuevas constituciones como las de Ecuador y Bolivia; por otro, se reformularon políticas de defensa con miradas distintas otorgando a las FF. AA. roles específicos, según se priorice la seguridad en términos tradicionales (como en el caso de Argentina) o se incorpore la concepción interméstica de la seguridad (cuyo caso emblemático es Colombia).

Entonces, mientras los países de América del Sur se asocian entre sí en modalidades de cooperación que incorporan la seguridad colectiva regional, sin Estados Unidos, por primera vez en su historia, se pretende indagar las miradas desde las cuales se hace y las posibilidades de establecer una visión independiente, centrada en los intereses propios de la región, que nos acerque a una definición de la seguridad alternativa y autónoma.

Para ello, se realizó un recorte temporal que tiene en cuenta dos aspectos: en primer lugar, los cambios producidos en la seguridad internacional a partir de los atentados de 2001 en el World Trade Center y las respuestas dadas por la potencia hegemónica desde la denominada Gran estrategia (Estrategia de Seguridad Nacional del año 2002).

En relación a esta primera condición del recorte temporal, es necesario precisar que desde el 11 de septiembre se hizo evidente un cambio en la política exterior norteamericana, sumado a la exacerbación de determinadas acciones ya establecidas con el resto del mundo, que posicionaron la cuestión de la seguridad en el centro de los debates en el plano internacional. La guerra global contra el terrorismo y la nueva Doctrina de Seguridad Nacional de 2002 trastocaron las reglas de juego vigentes.

Se instaló el unilateralismo de la potencia hegemónica global para acciones internacionales determinantes como la invasión de Afganistán e Irak, se presionó a los países de su área de influencia para plegarse a la guerra preventiva contra el terrorismo, se profundizaron los controles sobre las poblaciones, se retrotrajeron derechos fundamentales con el fin de aumentar la seguridad global y las nacionales (control sobre comunicaciones privadas, sobre migrantes, entre otros).

En ese marco, principios rectores de las RR. II. como la no intervención en asuntos internos de un Estado o la autodeterminación de los pueblos se vieron socavados, lo que significó una praxis cuestionadora del derecho internacional.

El segundo aspecto considerado para el recorte temporal es la renovación política en América del Sur que dio lugar al triunfo de gobiernos de izquierda, populares o con proyección social. Esa renovación de las tendencias político/ideológicas de las dirigencias en la región abrió un abanico de entendimiento entre los Estados suramericanos, potenciando viejos procesos de integración (MERCOSUR) y cooperación a la par de la generación de nuevos espacios (tales como UNASUR y el ALBA).

El recorrido realizado en el libro dará cuenta del conjunto de implicancias que esta renovación dirigencial tuvo para el debate y puesta en práctica de acuerdos en torno a la seguridad –tanto internacional como regional y la defensa, así como en el reforzamiento de los DD. HH. y el reconocimiento de otros nuevos. Es necesario señalar que tradicionalmente las relaciones hemisféricas estuvieron enmarcadas por la hegemonía norteamericana. Las marcadas asimetrías de poder político, económico y militar significaron un liderazgo fuerte de este país por sobre el resto y un plegamiento –no necesariamente automático– a sus políticas de seguridad.

Dadas estas condiciones históricas, la hipótesis de trabajo supone que la ampliación de la idea de seguridad como multidimensional empuja a la securitización de la vida social, generando un retroceso de los derechos humanos tanto en sus garantías como en su posición dentro del esquema de prioridades que fijan los centros de poder. En América del Sur no se estableció una visión y posición autónoma de seguridad que permitiera alejarse del enfoque hegemónico; sin embargo, es posible identificar ciertos acuerdos y políticas regionales que buscaron encontrar mayor independencia de criterio para su abordaje.

En términos teóricos, en la disciplina de las RR. II., desde fines del siglo XX comenzó a instalarse con fuerza la idea de un mundo interdependiente; de la pérdida de centralidad del Estado como actor exclusivo y, con esto, el reconocimiento de múltiples actores en el plano internacional (empresas trasnacionales, organizaciones internacionales, ONG, las sociedades civiles, entre otros); de la dispersión del poder a consecuencia del número de actores y de la importancia creciente de temas no estratégico-militares.[4] Lo trasnacional cobró relevancia visibilizando la permeabilidad de las fronteras.

Esto dio espacio al surgimiento de “nuevos temas de agenda”, que representaban aquellos fenómenos trascendentes del mero interés nacional y que incumbían a la sociedad internacional en su conjunto. En ese marco, tuvo lugar la percepción global común acerca de peligros que ponen en jaque la vida y bienestar humanos y, con ello, la idea de que ningún Estado puede resolver por sí solo problemas comunes a todo el planeta.[5]

En relación a lo anterior, las nociones clásicas acerca de la defensa, la seguridad nacional e internacional se modificaron y se superpusieron entre sí, borrando las especificidades de acción y objetivos propias de cada una; si bien este es un proceso iniciado en la Posguerra Fría, la guerra contra el terrorismo las intensificó, ampliando los componentes inherentes a la seguridad, que pasaron de ser elementos pertenecientes a los campos del desarrollo y la protección de derechos a formar parte de una mirada “securitizada” de la realidad.

En palabras de Tokatlián (2009: 13):

Desde ese momento en adelante se borró la diferencia entre actividades policiales y militares. Después del 11/9 y ante el auge de las llamadas ‘nuevas amenazas’ (esa presunta gran amalgama de males – terrorismo internacional, crimen organizado, narcotráfico, proliferantes privados de armas de destrucción masiva, entre otros–) Washington ya no concibe la diferenciación entre seguridad interna y defensa externa.

El foco de atención de la guerra preventiva estadounidense lo constituyó la región de Medio Oriente y Asia Central. Esto abrió márgenes diferentes para las relaciones hemisféricas dado que EE. UU. concentró sus esfuerzos en otras áreas del mundo.

Si bien los países de América del Sur se sumaron a la retórica contra el terrorismo, han encontrado mayores márgenes de autonomía para definir prioridades en seguridad, redireccionar sus proyectos nacionales y regionales, aún sin la aprobación o en contra de los intereses estadounidenses (el NO al ALCA es emblemático en este sentido) y han logrado nuevos parámetros de cooperación e integración que fortalecen miradas propias, diferentes de las propugnadas por la potencia del Norte.

Sin embargo, no todas las posturas de los países del Sur de América coinciden, entrando en la región la discusión acerca de la incorporación de una visión ampliatoria/expansiva de la seguridad con tendencia a la “policialización”[6] de las FF. AA.; o bien sostener otras visiones más autónomas que den cuenta de las necesidades de países de la Periferia.

Indagar las posibilidades de una visión autónoma y común para América del Sur puede contribuir al debate sobre la seguridad en el siglo XXI, su necesaria relación con los DD. HH., y otorgar al pensamiento originado en la Periferia[7] del sistema internacional voz y participación en los debates de la disciplina.[8]

Es fundamental reflexionar acerca de qué queremos asegurar, con qué medios y cuáles serían las prioridades para ello, tanto por parte de académicos como de funcionarios de esta parte del mundo, principalmente por el pasado suramericano reciente plagado de violaciones masivas a los DD. HH. en nombre de la seguridad nacional.

El andamiaje teórico y conceptual que atraviesa el recorrido de este libro parte de considerar todo conocimiento como situado. Todo saber está envuelto en un contexto, está situado en una realidad concreta desde la cual miramos y entendemos el mundo, no es una abstracción pura cuya validez es universal para todo tiempo y lugar. Toda teoría “es siempre para alguien y con algún propósito. Todas las teorías tienen su perspectiva” (Cox, 2014: 132).

Las bases teóricas seleccionadas son las teorías críticas de las RR. II., especialmente la obra de Robert Cox. Se complementa este marco general con aportes teóricos propios de América Latina como la teoría de la dependencia y los enfoques autonomistas.

La finalidad analítica es la comprensión de las vinculaciones Norte-Sur en sus múltiples aristas, dado que el núcleo a partir del cual interpretamos las relaciones mundiales y la seguridad internacional es, precisamente, la brecha Centro/Periferia. Es en esa abertura donde pueden comprenderse las estructuras históricas en las que se enmarcan las relaciones entre actores del sistema internacional como procesos de vinculación desigual y jerárquica.

Consideramos las estructuras históricas internacionales, retomando el pensamiento de Cox, a partir de la dinámica de las instituciones, las ideas y las capacidades materiales en tres niveles del mundo social: la producción, las formas de Estado y los órdenes mundiales (Cox, 1996).

Por tanto, la mirada suramericana del mundo, y de la relación seguridad/derechos humanos, es particular y contextualizada, comprende elementos en pugna entre las presiones o influencias hegemónicas, las tendencias autonomistas y la continuidad de la dependencia. Esta correlación de fuerzas interacciona en los campos de las ideas, las instituciones y las fuerzas materiales.

Cinco conceptos base guiaron el análisis:

1. Autonomía

Siguiendo a Jaguaribe (1979), se afirma que un Estado logra autonomía cuando tiene suficientes medios para responder a intentos de agresión, tanto en términos materiales como morales, aún sin contar con la inexpugnabilidad de su territorio. La independencia se refleja también en la capacidad que tienen sus titulares para la autodeterminación de sus asuntos internos y para desplegar una acción/decisión internacional independiente.

Desde la perspectiva autonómica, Puig (1985) entiende el sistema internacional como jerárquico y lo define como caracterizado por criterios supremos de reparto que son de asignación universal. Son las potencias los “repartidores supremos de la decisión” en un mundo desigual. Esos repartos se consideran internacionales cuando atribuyen “potencia o impotencia” a sujetos en diferentes poblaciones nacionales.

La herramienta que propone el autor para la autonomía es la unión, frente a quien detenta el poder de reparto supremo de la decisión, en tanto instrumento estratégico para anular la voluntad dominante.

Para complementar estos aportes, la noción de autonomía fue abordada en la investigación considerando la autodeterminación de los sujetos, no solo de los Estados.

2. Centro-Periferia

Para profundizar los niveles de análisis de la economía internacional o el nivel social de los modos de producción, en palabras de Cox, tomamos la teoría de la dependencia que mira esas estructuras económicas internacionales en términos de desigualdad y entiende que la diferencia de posiciones y funciones dentro de una misma estructura global habilita una apropiación de riquezas por parte del Centro, a través de una serie de mecanismos trasnacionales, desigualmente con respecto a la Periferia y genera, desde esta última hacia ese Centro, una condición de dependencia. La dependencia se convierte en un impedimento para el desarrollo autónomo, implica grados de dominación y el Estado aparece como garante de esa condición a través de sus elites.

Por otra parte, en el análisis Centro-Periferia se tomaron los aportes de Russell y Calle (2009). En términos geopolíticos y securitarios, abordando el tercer nivel social a considerar en la estructura, el de los órdenes mundiales, Russell y Calle afirman que la Periferia puede ser definida en tanto asimetría de poder con el Centro: ese es su rasgo principal. Se caracteriza por tener diversos grados de subordinación y mantiene con el Centro variados tipos de relaciones que van desde la colaboración hasta la oposición.

El Centro, por su parte, sostiene una condición como inmutable: la voluntad de ejercer sobre los territorios periféricos autoridad y distintas formas de control e influencia (ideologías, discursos, prácticas e instituciones).

El concepto que agrega Russell a esto es el de “periferia turbulenta”, donde la turbulencia está dada por procesos externos al Centro y que son habitualmente interpretados por este como negativos u opuestos a sus intereses de seguridad. En ese sentido, la inestabilidad y el conflicto están en la Periferia.

Aún la resistencia a los intereses del Centro, afirma Russell, es interpretada como turbulencia, por tanto, no va a quedar desatendida y, normalmente, sin castigo. Esto implica diversos instrumentos, represalias por parte del Centro que incluyen el bloqueo económico, la inducción a cambios de gobierno o la intervención directa o indirecta.

Lo cierto es que la característica de esta relación es la subordinación de la Periferia, negación de su autonomía para decidir libremente sobre sus estructuras políticas, económicas, su régimen de gobierno, sus prioridades de seguridad. Existe una negación del derecho a la autodeterminación.

3. Hegemonía

Es interesante aquí tomar a Cox, quien retoma a Gramsci en la definición de este concepto, ya que aborda las relaciones de poder no solo desde una lógica de posesión o tenencia de elementos militares sino que comprende que se requieren diversos grados de legitimidad o consenso.

En este sentido, la hegemonía permite una conjunción coherente entre una configuración de poder material, un conjunto de ideas dominantes (una imagen colectiva imperante internacionalmente que incluye normas y valores) y un conjunto de instituciones que administran el orden con cierto grado de universalidad (no como la mera manifestación o instrumento de poder de un Estado particular) (Cox, 1996).

4. Seguridades internacionales

Con respecto a la seguridad, existe en general coincidencia de su valor: como un acto de protección y condición que todo sujeto o colectivo busca para perseguir sus objetivos libremente y sin condicionamientos.

Si miramos el estado de la cuestión encontramos dos campos rivales principales:

  • Por un lado, aparece una visión restringida, ortodoxa y racionalista, refractaria a cualquier modificación (Bartolomé, 2013). Está atada a criterios de territorialidad ya que el Estado es el objeto referente, tanto por su valor institucional y territorial como por ser el único que puede proveer bienestar a sus ciudadanos. La seguridad es pensada en términos materiales, las claves o herramientas para ello serían la acumulación de fuerzas militares. La lógica principal tiene que ver con la defensa y la seguridad nacional, con garantizar la seguridad y supervivencia de ese Estado. Aun cuando se presenten alternativas no individuales, por ejemplo instancias de cooperación en la relación entre Estados, el eje de análisis sigue siendo la territorialidad, ya sea a través del Estado como objeto referente o incorporando a la sociedad. Las amenazas son preponderantemente externas (interestatales) y se propone una separación estricta de lo interno y lo internacional.
  • La segunda visión o campo se denomina amplia, expansiva y multidimensional. Acá la clave es la desterritorialización de los abordajes. ¿Por qué? Básicamente porque hay un corrimiento del Estado en tanto objeto referente: ya no es el eje primordial para pensar la seguridad sino que aparecen los individuos, la humanidad o la comunidad internacional en su conjunto. Podemos tomar a Diego Cardona Cardona (2004) para establecer tres tipos de expansión en torno al entendimiento sobre la seguridad: vertical, entre lo internacional-global pasando por lo societal y humano; horizontal, en la ampliación de los temas que trascienden lo estratégico-militar; del signo de la seguridad, no solo como negativa (frente a las amenazas) sino en términos positivos como las acciones para lograr sustentabilidad de las estructuras securitarias. La seguridad es entonces multidimensional e interméstica. Estos abordajes de seguridad dan igual prioridad a amenazas domésticas y transfronterizas, particularmente a nuevas amenazas no tradicionales y trasnacionales. Los medios de acción van más allá de lo militar e incorporan la diplomacia, el desarrollo, la cooperación y el multilateralismo.

En particular para la investigación se buscó mirar la posibilidad de las seguridades internacionales en términos plurales, ya que si bien todos los actores coinciden en el valor de la seguridad es posible identificar diferencias de grado a la hora de fijar prioridades.

En este sentido, se reconocieron dos grandes pilares para pensar la seguridad internacional. Un primer pilar vinculado al Centro, donde va a primar una lógica cercana a la visión restringida. Entre los actores más poderosos se dan niveles de horizontalidad, igualdad jurídica y competencia de poder para garantizar la seguridad nacional y la defensa, principalmente a través de la acumulación de fuerzas materiales. Es un relacionamiento propio de un medio anárquico.

Es posible observar un segundo pilar, vinculado a la Periferia, donde los territorios periféricos se convierten en escenario de esa competencia por el poder entre las potencias. Allí se visualizan diferentes grados de injerencias. En este marco, la seguridad es principalmente pensada desde el interés por la autonomía, por el logro de autodeterminación sin amenazas de intervenciones. La acumulación de poder que garantiza la seguridad de los actores centrales constituye para la Periferia, muchas veces, una fuente de amenaza en sí misma.

5. Derechos Humanos

Último concepto base, su consideración se da a partir de su reconocimiento por el Derecho Internacional y particularmente la ratificación por la comunidad internacional en Naciones Unidas. Para su abordaje hicimos énfasis en la Conferencia de Viena de 1993 donde se entienden las diferentes generaciones de derechos fundamentales como interdependientes, indivisibles y universales.

El libro está dividido en dos partes, con base en la división establecida por los dos pilares de la seguridad: la primera parte cuenta con tres capítulos.

En el Capítulo I nos abocamos a considerar las definiciones y categorizaciones posibles de la seguridad internacional, señalando la vinculación entre cada una de ellas y las teorías/enfoques de las Relaciones Internacionales. Establecemos una clasificación propia, teniendo en cuenta la sugerencia de los expertos y siguiendo un orden cronológico para su presentación: seguridad nacional; seguridad colectiva; seguridad cooperativa; seguridad societal y comunitaria; seguridad humana; seguridad multidimensional y ampliada a partir de dos interpretaciones: el cosmopolitismo crítico y el liberalismo ofensivo. Como parte de los aportes de este último, se describe la propuesta de seguridad sostenible.

Para ordenar la presentación de los múltiples enfoques en seguridad internacional, se tendrán en cuenta las siguientes variables: el objeto referente: ¿qué queremos asegurar? ¿El Estado, la población, la vida humana, las comunidades, el mundo? Las amenazas o peligros considerados: ¿de qué debemos asegurar al objeto? ¿De otros Estados, las fuerzas trasnacionales “criminales, de otras fuentes legales que pueden provocar inestabilidad en el sistema internacional, de una región o de un país? Los fundamentos y valor del objeto: ¿por qué debemos asegurarlo? Los medios específicos de acción: ¿cómo debemos asegurar aquello que consideramos valioso? ¿Toda problemática puede ser resuelta con el simple uso de la fuerza o existen otros mecanismos apropiados? Los responsables de la seguridad: ¿quiénes deben ocuparse de garantizarla? ¿Las fuerzas armadas, la policía en el plano interno, ambas fuerzas combinadas, la comunidad? A nivel internacional, ¿de qué manera se establecen las responsabilidades para la seguridad, existen acuerdos intersubjetivos para designar esas responsabilidades? ¿Quién se arroga (y cómo lo hace) el derecho a mantener la seguridad internacional?[9]

El Capítulo II se ocupa de la visión hegemónica de la seguridad y el rol ejercido por EE. UU. como principal potencia global. Allí analizaremos los aportes del liberalismo ofensivo como locus de enunciación para la política securitaria de supremacía establecida por EE. UU. a partir de 2001, considerando los discursos presidenciales y documentos oficiales (Estrategias de Seguridad Nacional 2002 y 2010). También se establecerán parámetros para identificar la dicotomía planteada por esta postura hegemónica con respecto a los DD. HH., tomando como referencia denuncias realizadas por ONG internacionales, organizaciones internacionales, investigaciones de prensa y del propio Senado estadounidense.

El Capítulo III se aboca a la caracterización de los DD. HH. en su dimensión jurídica internacional, tal como es analizada por parte de expertos en las declaraciones y tratados establecidos por Naciones Unidas. Se desplegará un conjunto de interpretaciones acerca del tipo de derechos obliterados por la visión hegemónica de la seguridad en la praxis, señalando elementos como la excepcionalidad política, la militarización de las RR. II. y la securitización social.

La segunda parte de este libro se centra en el eje Norte-Sur de la seguridad. En ese marco, se analizarán las vertientes derivadas en América del Sur. El Capítulo IV observa el segundo pilar, haciendo énfasis en el plano jerárquico de las RR. II. y las definiciones propias de enfoques periféricos. También se aborda la cuestión de las nuevas amenazas como situadas, en tanto distintivas de Estados débiles, con los consecuentes condicionantes a la soberanía. Allí se describirán dos mecanismos: el deber de injerencia y la responsabilidad de proteger. Tomaremos la seguridad hemisférica exponiendo las relaciones Norte/Sur en el Continente.

En el Capítulo V centraremos la atención en América Latina, la división o quiebre que se produjo en el presente siglo y permitió, por tanto, una Suramérica con agenda y objetivos propios. Tendremos en cuenta para el análisis los mecanismos utilizados por los Jefes de Estado para operar el denominado “giro a la izquierda”, con particular interés por los procesos de integración.

En el Capítulo VI nos abocaremos en profundidad a las consideraciones de seguridad en la subregión. Para ello realizaremos un breve recorrido a través de los aportes teóricos de la región, considerando los intereses particulares que se despliegan en América Latina en los estudios de seguridad. En un segundo subtítulo se busca describir y analizar críticamente el conjunto de políticas securitarias que se pusieron en juego en América del Sur, observando convergencias subregionales, especialmente los mecanismos desplegados en los procesos de integración, con énfasis en UNASUR; y divergencias, a través de las particularidades que los Estados han puesto en funcionamiento, separándose de aquello acordado en espacios multilaterales. Para las divergencias, se escogieron cuatro Estados y sus respectivas políticas de defensa y seguridad: Argentina, Bolivia, Brasil y Ecuador.

Por último, a modo de conclusiones y reflexiones finales, ensayamos una definición propia de las seguridades internacionales y realizamos algunos aportes para pensar la seguridad regional, a través de la conformación de redes, por ser dispositivos que habilitan una descentralización y democratización de las instancias de seguridad internacional y regional.

La metodología de trabajo es cualitativa y las herramientas utilizadas para el análisis han sido la revisión crítica de la bibliografía, el estudio de documentos oficiales (tanto estatales como de organizaciones internacionales) y las entrevistas a expertos. Dos han sido los especialistas entrevistados: el Dr. Juan Gabriel Tokatlián y la Dra. Sonia Winer.


  1. El desdibujamiento de fronteras entre lo doméstico y lo internacional habilita el uso indistinto de medios de acción, la división clásica entre las fuerzas de seguridad y militares basadas en la distinción entre seguridad pública y defensa, respectivamente, se desvanece. Ver definición en Tulchin, Manaut Benítez y Diamint (2006).
  2. Ver su tratamiento en profundidad en Segunda Parte, Capítulo IV.
  3. Este es un término que aparece en los estudios académicos sobre seguridad de la mano de Buzan y Waever: “To securitized (meaning the issued is presented as an existential threat, requiring emergency measures and justifying actions outside the normal bounds of political procedure)” (Buzan, Waever & Wild, 1998: 24).
  4. Se diluía la clásica distinción entre High Politics y Low Politics, establecida por la teoría realista. Esta teoría y el paradigma estatocéntrico, en su conjunto, es el que ha logrado preeminencia en la disciplina de las Relaciones Internacionales. La diferencia de ambos niveles estaba dada por aquellos temas considerados jerárquicamente superiores y prioritarios para la agenda política internacional, a la Alta Política incumbía lo estratégico militar y la Defensa como su núcleo. El resto de los temas tenía una posición subordinada en dicha agenda (ver Barnett, 1990).
  5. Ver para analizar con mayor profundidad: Huntington (2001), Beck (1998), Del Arenal (2008).
  6. “Washington ha impulsado en América Latina, como parte de la mencionada gran estrategia, el creciente involucramiento de las FF. AA. en temas de seguridad interior, especialmente en el combate de fenómenos tales como el narcotráfico, el terrorismo y el crimen organizado, conocidos como nuevas amenazas. Denominamos tal política “policiamiento” del instrumento militar” (Larocca, 2012: 48 en Derghougassian, 2012).
  7. Sobre las discusiones acerca de lo que constituye la periferia en la disciplina de las RR. II. ver Salomón, 2014. La autora afirma allí que la hegemonía está centrada en EE. UU. y ciertos países del norte de Europa, y que por ello los aportes de teóricos españoles, por ejemplo, forman parte de la periferia académica en RR. II.
  8. Ponemos Relaciones Internacionales en mayúsculas cuando nos referimos a la disciplina y los aspectos teóricos para diferenciarla de las relaciones internacionales como práctica, en tanto conjunto de interacciones existentes en la sociedad internacional.
  9. Este esquema fue elaborado en base a las propuestas de Buzan y Hasen (2009) y Baldwin (1997).


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