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Prólogos

Palabras preliminares, por Joaquín Valdivielso

En este mundo globalizado, la dialéctica entre los acontecimientos históricos y la forma de representarlos traspasa no solo las fronteras físicas, sino que permea de forma universal cómo experimentamos los retos del presente. Pensemos, por ejemplo, en el sanguinario atentado yihadista del 17 julio de 2017 en Barcelona, y cómo muestra hasta qué punto es relevante, incluso imprescindible, el tema de este libro: cómo emanciparse de la visión hegemónica de la seguridad internacional. Tras un terrorífico asesinato masivo el día anterior, un policía de los Mossos d’Esquadra, la fuerza de seguridad regional catalana, se topa con un grupo de sospechosos armados con cuchillos, en actitud hostil y aparentemente equipados con explosivos, que después se comprobó que eran simulados. El agente “dispara contra los terroristas hasta lograr abatir a cuatro”, recoge la prensa. Poco después, otros policías de paisano dan con el último, como muestra un video grabado por un turista; “así fue abatido el quinto terrorista de Cambrils”: abren fuego repetidamente contra él –hasta una docena de disparos se escuchan–, cae, se reincorpora, se muestra desafiante, le disparan de nuevo, y al final se derrumba definitivamente. Es una situación típica de “terror”, las calles tomadas por los cuerpos de seguridad, pánico ciudadano, una amenaza real, medidas extraordinarias. No menos típico resulta que todo tiene lugar en una sociedad que ha vivido durante décadas la lacra del terrorismo de ETA, entre otros. Lo atípico es la forma en que la opinión pública, pero sobre todo los medios de comunicación, se refieren a la acción policial en unos términos que hubieran resultado impensables hace apenas unos años: “abatir”. “Abatir” no es término que encontremos en el diccionario de la seguridad pública; es propio de los manuales de defensa, es decir, de la guerra. Solo de manera marginal se ha oído alguna voz que ha lanzado la alerta sobre estos hechos como ejecuciones extrajudiciales. Más atípico aún resulta si recordamos que Barcelona se ganó merecidamente la etiqueta de “ciudad de paz” por sus manifestaciones multitudinarias de rechazo al terrorismo tanto como a la “guerra contra el terror”, contra cómo el gobierno de Aznar apoyó las invasiones de Afganistán e Irak. Hemos quedado tan pringados en el lenguaje de la excepcionalidad y la securitización, martilleado por la administración G. W. Bush y sus continuadores, que, a pesar de haber sido fuerza impulsora del terrorismo yihadista, acabamos hablando como él y, peor aún, no queremos reconocerlo. Así, somos víctimas por partida doble.

En este trabajo, María Eugenia Cardinale tiene que hacer frente a una dificultad añadida a la hora de pensar este imperio de lo excepcional: cómo reflexionar en pos de esta necesaria liberación de la visión dominante de la seguridad cuando no se forma parte de los ganadores en el orden internacional, del selecto grupo de los antiguos imperios acogidos bajo las alas del hegemon norteamericano, sino, al contrario, de “los países especializados en perder”, como diría Eduardo Galeano. Esta perspectiva no supone tanto un reto, digamos, posicional –adoptar la situación de los sometidos, puesto que es de la que se parte–, como metodológico, incluso psicológico, puesto que aquí entra en juego otra forma de hegemonía de la que es necesario liberarse: la hegemonía de la teoría y el sentido común, y cómo configura la subjetividad del subalterno. Cómo pensamos la seguridad internacional o los derechos humanos es producto también del imperialismo cultural, de la preeminencia de ciertas narrativas hoy día prácticamente omnipresentes, pero que, en su origen, fueron una mirada local, provinciana, eurocéntrica, occidental, primermundista, noratlántica. Así, pues, el desafío es imponente: cómo impugnar el discurso predominante en sus sesgos regionales enmascarados, en su función de dispositivo de saber-poder, en una época, además, en que el colonialismo anglófono en la discusión científica y académica es asfixiante.

La estrategia que sigue Cardinale tiene, distribuidos en los distintos capítulos del libro, tres pilares. En todos ellos adopta posiciones valientes, provocadoras y, a pesar de los recientes cambios tanto en la escena suramericana como en el gobierno de EE. UU., prometedoras e iluminadoras de cara al futuro, aunque en ocasiones implique moverse en el filo de la navaja.

En el primero de estos pilares, acomete, de un lado, una revisión más que exhaustiva, ejemplar, de las distintas concepciones de la seguridad internacional –nacional, colectiva, cooperativa, societal y comunitaria, humana, multidimensional en sus dos versiones cosmopolita y liberal ofensiva–, así como de los grandes debates metodológicos entre realismo, idealismo, interdependencia, racionalismo mainstream, nacionalismo metodológico y paradigma postnacional, gobernanza global, etc. Esta rigurosa indagación conceptual conduce a la tesis de que la visión hegemónica acaba siempre llevando el ascua a su sardina, que su capacidad de absorción y neutralización de las alternativas obliga a ser suspicaces con ellas. Así, por ejemplo, la Estrategia Nacional de Seguridad de EE. UU., impulsada tras los atentados de Nueva York del año 2001, se arropa con el lenguaje internacionalista, incluso cosmopolita, hasta el punto de que el idealismo mejor intencionado acaba siendo indistinguible del peor neoimperialismo, todos presas de los presupuestos insidiosos de la visión hegemónica: énfasis en los síntomas, y no en las causas, de los riesgos; borrosidad entre seguridad y defensa; la carga de la prueba sobre la periferia; Occidente como agente único.

En segundo lugar, nuestra autora hace lo propio con la visión predominante de los derechos humanos, para denunciar cómo contienen in nuce el potencial de la concepción hegemónica, una cadena que lleva desde el supremacismo racista y eurocéntrico de los filósofos ilustrados como Kant, a la doctrina del destino manifiesto, pasando por la tutela del Norte civilizado sobre un Sur en minoría de edad, explícitamente defendida en documentos fundacionales del orden jurídico mundial. Encontramos también, no obstante, momentos de quiebre, avances en que las pretensiones del Sur global encontraron un hueco en el régimen de los derechos humanos: Cardinale pone el énfasis en el reconocimiento de la interdependencia, indivisibilidad y universalidad de todas las generaciones de derechos. ¿Por qué? Porque el énfasis en la primacía de los derechos civiles y políticos –frente a los sociales, o los de tercera generación– sirve de coartada a un intervencionismo humanitarista que sirve como dispositivo de sometimiento. En ese sentido, la concepción dominante es dicotómica, genera contradicción. Y entra en una dinámica de retroalimentación con la visión de la seguridad que sirve a consolidar un nuevo eje de seguridad Norte-Sur: el foco sobre las nuevas amenazas –crimen organizado, narcotráfico, migraciones, crisis ambientales, etc.– conduce a la estigmatización de “Estados fallidos” y una “periferia turbulenta”, para cuyas poblaciones hay que asegurar derechos fundamentales a través de la injerencia exterior, la militarización de las relaciones internacionales y de la seguridad pública –la securitización– y la disolución de la divisoria entre seguridad pública y defensa en “un todo interméstico”.

Para quienes vivimos en el Centro –aunque sea, en mi caso, en la semiperiferia–, y más aún, para quienes nos dedicamos a la teoría y la filosofía política, no resulta fácil asumir una crítica tan severa a nuestra tradición ilustrada. No queremos renunciar a la tradición humanista y progresista, aunque aceptemos, como Habermas, que están lejos de ser realizados en el proyecto inacabado de la modernidad. No obstante, sobran razones para mirarse en el espejo. Y no pienso solo en las posiciones vergonzantes que pensadores considerados progresistas e incluso radicales adoptan en defensa del neoimperialismo: por ejemplo, y como recuerda la autora, como Michael Walzer apoyando la guerra preventiva contra el terrorismo de Bush el año 2002, aunque me resulta aún más llamativo el caso de figuras destacadas de los nouveaux philosophes franceses. Pienso, más bien, en las modas teóricas, y, en particular, en cómo toda una academia acaba gravitando al son de autores que, como John Rawls, son un ejemplo paradigmático de lo que señala Cardinale:

[Gracias a su] estructura interna […] las democracias constitucionales no libran guerras entre sí, no tienen la tentación de ir a la guerra salvo en legítima defensa o en graves casos de intervención en sociedades injustas para proteger los derechos humanos. Puesto que las democracias constitucionales están a salvo unas de las otras, la paz reina entre ellas.

El elemento determinante de la suerte de un país es su cultura política –las virtudes cívicas de sus ciudadanos y políticas de sus miembros– y no el nivel de sus recursos, la arbitrariedad en la distribución de los recursos naturales no genera dificultad.

Así se expresaba a finales de siglo el filósofo político quizás más citado desde Marx, en un ejercicio de ostentación de ignorancia supina sobre los fundamentos elementales de las relaciones internacionales (véase en particular su controvertido The Law of Peoples, 1999). El sesgo neocolonial supura por doquier, incluso en las tradiciones más rupturistas, como muestra, por ejemplo, el debate actual en el seno de la Teoría Crítica continuadora de la Escuela de Frankfurt alrededor de la necesidad de descolonizar el imaginario emancipador y repensar los ideales de progreso y desarrollo, o directamente prescindir de ellos (en especial en las obras de Tom McCarthy, Race, Empire and the Idea of Human Development, 2009; y Amy Allen, The End of Progress, 2015). Cardinale se sitúa, desde el punto de vista teórico, en ese gran marco de las corrientes críticas, dentro de la rama de las Relaciones Internacionales, con guiños a la teoría de la dependencia o los enfoques postcoloniales y posestructuralistas, pero sobre todo en la obra del neogramsciano Robert Cox. Y pone el énfasis en cómo las concepciones unilaterales de la democracia o la globalización acaban siendo funcionales a un eje de opresión en el plano global: sirven a la hegemonía de los poderes globales. La mainstream, ejemplificada en las citas de Rawls que he traído a colación –como podrían ser las de cualquier otro–, le da la razón: la justificación de la intervención humanitaria se sostiene en el privilegio de los derechos civiles y políticos, como defiende el liberalismo: por los derechos de segunda o tercera generación el Norte no se mueve. La defensa de la libertad y la democracia han servido, pues, de submarino para la política securitaria de la potencia hegemónica.

Esto nos lleva al tercer pilar: ¿cuál es el papel del continente suramericano? Históricamente ha sido objeto, y no sujeto, de un eje Norte-Sur articulado en relaciones coloniales e imperiales bajo el yugo norteamericano, eso se sabe. Cardinale, claro, actualiza ese hilo histórico, conectando la doctrina Monroe de 1823 con los discursos de Bush y Obama, pero las novedades más destacables de su aporte son otras dos. De un lado, se pregunta qué posición han adoptado los pensadores del hemisferio en relación al tema de la seguridad. En un nuevo repaso panorámico identifica en la mayoría de la bibliografía la centralidad de las nuevas amenazas, tal y como vienen tipificadas en la mirada hegemónica. “Espacios vacíos” –como la triple frontera entre Paraguay, Brasil y Argentina o el Amazonas–, “Estados fallidos” y “canallas”, punitivismo, securitización del derecho… Un lenguaje de importación cuando, curiosamente, se trata del único continente que quedó al margen de las acciones bélicas emprendidas en el marco de la war on terror. El plegamiento a la centralidad del terrorismo en las consideraciones de defensa, seguridad regional o internacional fue –señala la autora– total. Es más, se echa de menos la presencia de los enfoques críticos –estructuralistas, postcoloniales, etc.– en el debate. La teoría de la subregión refleja también, pues, la subalternidad en el orden de las relaciones internacionales y denota la falta de una mirada propia. Y esto nos lleva al segundo lado de la cuestión: ¿puede la región tener una posición propia, autónoma?

María Eugenia Cardinale se inspira, para responder a la pregunta, en lo que llama el “quiebre” propiciado por los nuevos gobiernos populares, de izquierdas o progresistas, durante el presente siglo en el hemisferio suramericano, y la oportunidad para establecer una agenda propia en la subregión, con extensas consideraciones sobre los casos de Argentina, Brasil, Bolivia y Ecuador. A pesar de la posición engagé de la autora, y su especial inclinación por las experiencias en Bolivia y Ecuador, no duda en subrayar los pros y los contras, tanto las convergencias como las divergencias regionales a partir de la pregunta de hasta dónde se ha puesto en cuestión el Consenso de Washington. Dejando aparte las actitudes de acoplamiento disciplinado (Perú, Colombia), todo un espectro se abre para ubicar las nuevas experiencias políticas más o menos populares: entre el acomodamiento y la oposición limitada (Chile, Argentina, Brasil, Uruguay); entre el encaramiento y el desafío (Bolivia, Ecuador, Venezuela); a los que hay que añadir la nueva situación que el escenario supone para el aislamiento crónico de Cuba, amén de otros casos como el de Paraguay con Lugo. El balance provisional deja progresos en la cooperación regional –especialmente UNASUR, pero también MERCOSUR o ALBA– ¡por primera vez sin ahogo de la bota norteamericana!, pero lejos de establecer un marco nuevo de seguridad colectiva. “Esta oportunidad, única en la historia subregional, no fue suficientemente aprovechada”; es más, “las contradicciones en la subregión entre retórica y hechos es muy fuerte”, señala Cardinale. Incluso los más desafiantes cayeron en la trampa de la securitización y militarización del orden social y acabaron hablando como su némesis imperial.

Obviamente, este análisis parte de la premisa de que hay que enunciar la demanda de una posición regional propia y autónoma, defendida en clave “identitaria”, inspirada en el carácter mestizo y la historia compartida de unas sociedades que pueden resignificarse y reafirmarse en un proyecto común: América Latina como comunidad de destino, Suramérica como marco de autodeterminación. Sin embargo, el compromiso en la subregión no ha sido suficientemente fuerte como para sentar las bases de una mayor integración y, sobre todo, sacar provecho de una ventana de oportunidad que podría no volver a abrirse, menos aún tras los últimos acontecimientos. La coda a este libro queda marcada por el cambio en la correlación de fuerzas hemisféricas: la caída de precios en ciertas commodities que castiga con dureza a economías que se han volcado en la exportación y el extractivismo; la inestabilidad creciente en Venezuela; pero, sobre todo, los giros políticos como el Coup in Brazil, despite legal formatilities” –como señalan Pablo Holmes y Mariana Prandini Assis– o la toma del poder por el plutócrata Macri en Argentina muestran que –indica la autora– “se han desaprovechado oportunidades históricas únicas”, pero más aún que quien sin duda posee un proyecto para la subregión y logra la unidad en la diversidad es la internacional conservadora latinoamericana, alentada además tras la victoria de Trump en la presidencia de EE.UU.

A pesar de este cambio de escenario, o justamente por ello, estoy convencido de que las perspectivas son aún más favorables al reconocimiento de un trabajo como este que presentamos. La experiencia reciente en el continente ha sido –y es aún en parte– un acontecimiento, visto en la serie histórica, extraordinario, que marcará futuros proyectos políticos dentro y fuera de la región y dejará un sinfín de lecciones y figuras de referencia. Eso ya está ocurriendo, por ejemplo, en el plano teórico en las ciencias sociales: al día de hoy, los enfoques críticos –tanto en las versiones “hegemonistas” como “autonomistas”– se inspiran, entre otras, en la obra de Ernesto Laclau, Álvaro García Linera, o las investigaciones de Iñigo Errejón o Jon Beasley-Murray sobre el gobierno de Evo Morales, y fenómenos políticos como Syriza en Grecia o Podemos en España no son comprensibles sin estas influencias. Aún estamos lejos de un reconocimiento paralelo en la opinión pública, donde en Europa, particularmente en España, la sospecha y más aún la criminalización de los fenómenos populares suramericanos es la norma. Pero cuando menos ya hay un legado en el pensamiento crítico, la Suramérica que reclama nuestra autora es reconocida como una voz propia quizás más que nunca, y, a pesar de los reveses, cuesta creer que las expectativas creadas no vayan a condicionar el porvenir. Pero para ello, cabe un análisis y más aún una propuesta ambiciosa, seria y reflexiva, como la que aquí nos propone María Eugenia Cardinale. A todos, aquí y allí, allá y acá, nos regala claridad, muchas buenas ideas para el presente y compromiso para el futuro.

Bunyola, Mallorca, agosto de 2017

El dilema sudamericano: autonomía y Defensa. Entendiendo la seguridad internacional desde una mirada regional y propia, por Fabián Lavallén Ranea

El experto en Derechos Humanos y docente de nuestra Casa de Estudios, Dr. Marcelo Trucco, hace unos años, analizando los desafíos de la integración regional, apuntaba que solo la profundización de “los modelos integracionistas en la región permitiría acortar la brecha existente entre nuestros países” con las potencias centrales.[1] El trabajo que nos ocupa justamente intenta analizar esos desafíos integracionistas, pero en particular ante el impacto que generan en materia de Derechos Humanos.

La docente e investigadora María Eugenia Cardinale nos presenta un abordaje sobre la Seguridad Internacional Suramericana bajo el título Seguridad internacional y derechos humanos: en busca de una mirada autónoma para América del Sur. En el estudio, amplio y sólido, se propone clarificar los escenarios que la Seguridad Internacional ha atravesado en las últimos años, haciendo hincapié en el contraste entre la visión hegemónica de la Seguridad Internacional a partir de los atentados del 11S y las propuestas (o intenciones) de los Estados suramericanos para encontrar caminos autónomos para desarrollar una estrategia colectiva de la Seguridad, sin abrir un frente de roces y disputas directo con la retórica oficial del Departamento de Estado de Estados Unidos.

Asimismo, evidencia la autora el objetivo complementario de estructurar los principales desafíos que las estrategias de seguridad regional están sobrellevando, sobre todo, ante los abruptos cambios institucionales observados los últimos años, como así también a partir de los cambios de perspectivas que la seguridad en sí misma ha visto mutar. Nos referimos al proceso “securitizador”, la militarización y la privatización de la fuerza, que emergen como nuevos paradigmas de aproximación a los fenómenos de la seguridad y la defensa.

Como bien deja en claro el estudio, la seguridad no es solo una condición necesaria para los grupos humanos y los sujetos, sino que comprende múltiples dimensiones y aristas (objetiva y subjetiva; estática y dinámica), que están por lo general representadas por las amenazas que un Estado percibe como “externas”, es decir, las que provienen primariamente de otros Estados del sistema, identificadas de manera objetiva y concreta, y sobre las cuales se organiza una “garantía” de defensa básicamente militar. Desde esta mirada clásica, las Fuerzas Armadas son el actor básico que garantiza esa seguridad, más allá de que existan otros mecanismos de disuasión de las agresiones.

Pues bien, esa representación tradicional se ha transformado notablemente en las últimas dos décadas, dejando de ser un patrimonio de estudio exclusivo de la Geopolítica y la Estrategia Militar, e incluso el campo mismo de la seguridad internacional se ha convertido en un objeto de investigación muy frondoso dentro de las Relaciones Internacionales y la Ciencia Política. Justamente, el trabajo de Cardinale se centra en el proceso que va desde la conformación de una nueva Doctrina de Seguridad Internacional por parte de Estados Unidos (2002) –la polémica Doctrina de Seguridad Preventiva, a partir de los atentados– hasta la consolidación de los procesos de integración multilateral al interior de la UNASUR en el campo de la defensa nacional, puntualmente del Consejo de Defensa Suramericano (CDS) en el año 2013, primer organismo de características multilaterales, abocado a las políticas de defensa nacional que no incorpora a Estados Unidos como uno de sus actores.

Es decir que toma un ciclo muy rico en acontecimientos, debates y cambios, que nos permite poner en perspectiva la emergencia de una nueva política multilateral en términos de defensa. Por citar solo un ejemplo, recordemos que el CDS institucionaliza en los años 2011-2013 un espacio estrictamente académico-político con el propósito de “pensar la defensa desde la región”, el Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa (CEED), que tuvo su centro neurálgico en Buenos Aires, en común acuerdo con el resto de los actores de la región. Dicho espacio (CEED), desde su carta constitutiva nace con el objetivo de construir una “identidad estratégica” suramericana, nucleando los estudios y las miradas prospectivas que imperaban en cada uno de los países de la región, con el fin de intercambiar percepciones, investigaciones y abordajes, tendientes a un mayor entendimiento en el subcontinente. Además de los intercambios, visitas y exploraciones conjuntas, una de las iniciativas más prósperas que tuvo el CDS, con miras a consolidar una seguridad colectiva regional, fue la creación de los Cursos Superiores para la formación de civiles para la Defensa en todo el territorio suramericano, iniciativa innovadora y audaz, que se materializó en cursos internacionales a lo largo de tres años, en plataformas virtuales y modelos presenciales.[2]

Pero así como el escenario es nuevo y fluctuante, en gran medida también lo son algunos de los conceptos y marcos referenciales con los que trabajamos la región. Como bien lo dejó en claro hace unos años Gian Luca Gardini, ha nacido en el período que se analiza una nueva unidad regional, “Sudamérica”, en contraposición con “Latinoamérica” (y obviamente en pugna con lo “Panamericano”), siendo el primero un “concepto geoestratégico más definible e independiente”:

El aumento de la gravitación política y económica de México, América Central y el Caribe en la órbita estadounidense, el creciente papel global (…) de Brasil, la irresistible búsqueda por parte de muchas administraciones sudamericanas de un orden internacional multipolar y autónomo, unido a un alcance geográfico que se auto-abarca ha llevado, tanto a académicos como a profesionales, a considerar el concepto “Sudamérica” más idóneo para proyectos políticos y económicos unitarios y para una proyección internacional común reforzada.[3]

La región asumió ese concepto articulador en momentos casi “quijotescos”, ya que como Mónica Hirst lo analizaba hace más de una década, Sudamérica poseía movimientos continuos de “pequeñas fracturas intra-subregionales”, que le daban mayor complejidad a la agenda de seguridad de la región.[4]

Volviendo a la investigación que nos ocupa, por si el ciclo de trabajo propuesto por el estudio de Cardinale no fuese suficientemente atractivo y las miras empíricas e interpretativas no fueran ya demasiado profundas, la investigadora decide también indagar en la vinculación de la seguridad internacional con los derechos humanos, preguntándose si pueden los requerimientos de seguridad restringir libertades y derechos. La pregunta crucial que problematiza toda la indagación es: ¿qué tipo de seguridad se obtiene si es “en detrimento de la vida y dignidad de las personas”? Este tipo de preguntas, producto de años de estudio por parte de la autora, parten de una serie de supuestos de trabajo, que podrían sintetizarse (al menos algunos de ellos) de la siguiente manera:

  • El sistema internacional posee una configuración jerárquica donde las principales potencias ejercen el rol de “repartidores supremos de la decisión” en un mundo desigual.
  • Frente a esas potencias, están los recipiendarios de esas decisiones, caracterizados por su escaso poder en el tablero internacional (asimismo existen “repartidores intermedios”, con mayor margen de decisión frente al poder hegemónico y con capacidad de inducir aquello que emana del centro decisional).
  • Durante el proceso analizado se ha constituido una visión hegemónica de la seguridad internacional.
  • Dicha visión supone un notable debilitamiento de la línea divisoria entre seguridad pública y defensa (ahora es multidimensional).
  • Asimismo, supone que se trasciende la amenaza militar externa (clásica) como el principal peligro para el Estado, incorporando distintas aristas de la realidad social.
  • Emergen nuevas amenazas, entre ellas fenómenos trasnacionales que utilizan los territorios estatales para desenvolverse pero trascienden cualquier territorialidad.
  • El uso de la violencia se articula también en modalidades no tradicionales.
  • Se consolida un eje de seguridad global Norte-Sur.
  • Emergen un conjunto de fenómenos considerados amenazas, donde sus “vectores y sus espacios geográficos de crecimiento y reproducción” están situados en la periferia del sistema. Por ello, como bien sintetiza Cardinale, los centros de poder mundial consideran que los “Estados fallidos” o los “Estados peligrosos” son nodos donde confluyen los actores ilegales.
  • En América del Sur no se estableció una visión y posición autónoma de seguridad que permitiera alejarse del enfoque hegemónico, aunque es posible identificar ciertos acuerdos y políticas regionales que buscaron encontrar mayor independencia de criterio para su abordaje.
  • La hipótesis general de trabajo supone que la ampliación de la idea de seguridad como multidimensional –reforzada a partir de 2001– empuja a la securitización de la vida social, generando un retroceso de los derechos humanos.
  • La mirada suramericana del mundo, y de la relación seguridad/derechos humanos, es particular y contextualizada, comprende elementos en pugna entre las presiones o influencias hegemónicas, las tendencias autonomistas y la continuidad de la dependencia. Esta correlación de fuerzas interacciona en los campos de las ideas, las instituciones y las fuerzas materiales.

Ante estos supuestos globales, es comprensible que en el cambiante y fracturado escenario suramericano se observen posiciones encontradas frente a la perspectiva hegemónica, que Cardinale analiza.[5] La riqueza del análisis de la autora no solo radica en analizar un proceso tan complejo, y en el marco de una gama de matices políticos e ideológicos tan diversos, sino sobre todo en observar las reacciones regionales que se generan ante los cambios en las reglas de juego internacional, las razones para la proliferación de conflictos hacia la periferia, el debate estratégico que la Seguridad Hemisférica implica y, más aún, el intentar poner a prueba la idea de gobernanza “desde el Sur”, sin perder el foco macrorregional, y sin desatender los particularismos de cada uno de los actores de nuestra región.


  1. Trucco, Marcelo (2009) “Los desafíos de la Integración Regional en el actual escenario internacional” en AA. VV. (2009) Anales. I Jornada de la Red de Universidades Ibero-americanas para el Fortalecimiento de las Relaciones Económicas, Políticas y Socio Regionales. Bs. As., Universidad Abierta Interamericana (UAI). P. 199.
  2. Es interesante remarcar que tamaña responsabilidad, al igual que el CEED, también recayó sobre nuestro país, ya que fue la Subsecretaría de Formación del Ministerio de Defensa de la Nación el organismo responsable de la creación de los cursos, la logística y los materiales de trabajo.
  3. Gardini, Gian Luca (2009) “Proyectos de integración regional sudamericana. Hacia una teoría de convergencia regional” en Sociedad Global, Revista de Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas, Universidad Abierta Interamericana (UAI). Vol.3. N°2, Segundo Semestre. Pp.171-173.
  4. Hirst, Mónica (2004) “La fragmentada agenda de la (in)seguridad regional” en AA. VV. Imperio, estados e Instituciones. La Política internacional en los comienzos del siglo XXI. Buenos Aires, Ed. Altamira. P. 99.
  5. Es decir, algunos casos, sobre todo como los de Ecuador y Bolivia, donde el “Nuevo Constitucionalismo Latinoamericano” (NCL) permitió que determinados derechos se asumieran como centrales, y, por otra parte, países como la Argentina, donde como analiza Cardinale se siguen priorizando políticas de defensa en términos más tradicionales.


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