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Remisión, orientación y comprensión mundana

Apuntes sobre el análisis heideggeriano del signo
en el § 17 de Sein und Zeit

Alejandro G. Vigo[1]

Remission, Orientation and Worldly Understanding
Remarks on Heidegger’s Analysis of Signs in Being and Time § 17

DOI: 10.46605/sh.vol9.2020.103

Resumen

El análisis del signo que Heidegger desarrolla en el § 17 de Sein und Zeit complementa la caracterización ontológica del ente intramundano presentada en los §§ 15-16. El peculiar modo en el cual el ente signo es “a la mano” le permite a Heidegger poner de relieve aspectos básicos de la estructura de la mundanidad, el trato práctico-operativo con el ente intramundano y la compresión mundana a cuyo aseguramiento contribuye decisivamente el empleo de signos. El análisis heideggeriano pone, además, de relieve el papel central que juega la forma peculiar de competencia que corresponde al lamado “saber de orientación” (Orientierungswissen), en un sentido preciso del término.

Palabras clave

Signo, mundanidad, comprensión, orientación

Abstract

The analysis of signs that Heidegger develops in § 17 of Being and Time complements the ontological characterization of the innerworldly beings presented in §§ 15-16. The peculiar way in which signs are “at hand” allows Heidegger to highlight basic aspects of the structure of worldliness, the practical-operational treatment with innerworldly beings and the worldly understanding to whose assurance the use of signs decisively contributes. Heidegger’s analysis also highlights the central role played by the peculiar form of competence that corresponds to the so-called “orientation knowledge” (Orientierungswissen), in a precise sense of the term.

Keywords

Sign, worldliness, understanding, orientation


I

En el § 17 de Sein und Zeit, dedicado al análisis de la conexión entre “remisión” (Ver­wei­sung) y “signo” (Zeichen), Heidegger busca profundizar la explicación del ser del ente intramundano en términos de la noción de “ser a la mano” (Zuhandenheit), esbozada pre­via­mente en los §§ 15-16. Ambos pasos comprendidos en este intento unitario de ex­pli­cación on­tológica parten de decisiones metódicas, a primera vista, sorprendentes, al me­nos desde una perspectiva más convencional: en el caso de los §§ 15-16, se toma co­mo punto de partida del análisis el “útil” (Zeug), y no la mera “cosa” (Ding), mientras que en el caso del § 17 el útil tomado como modelo es uno tan peculiar como el signo.

Como es sabido, ambas decisiones metódicas responden a importantes razones de es­tra­te­gia expli­ca­tiva y de inser­ción contextual de los análisis llevados a cabo. No hace falta de­­tenerse aquí en estos aspectos. Baste simplemente recordar que el intento de propor­cio­­nar una in­terpretación fenomenológicamente adecuada del ser del ente intramundano no responde aquí a un interés independiente, sino que está declaradamente al servicio de una carac­te­ri­za­ción del mundo (Welt) en su mundanidad (Weltlichkeit), que es el objetivo central te­ni­do en vista en la sección que comprende los §§ 14-18. En consonancia con tal objetivo, de lo que se trata en el análisis del ser del ente intramundano es, ante todo, de po­ner de relieve aquellos as­­pectos que dan cuenta, precisamente, de su carácter intramun­da­no. En efecto, es así como se abre una vía de consideración que permite hacer visible de qué modo el acceso inmediato al ente in­tra­mundano, en y a través del trato práctico-operativo con di­cho ente como “a la mano” (zu­handen), hace posible el anunciar­se del mundo mis­mo, ya en el plano de la llamada “actitud na­tural”. Por lo mismo, esta última queda caracterizada y po­sibilitada ella misma ya por una cierta com­pren­sión “precon­cep­tual”, vale decir aquí “preontológica”, del mundo en su mun­danidad, la cual proporciona, a su vez, el punto de partida inevitable para cualquier inten­to de apro­pia­ción del mundo como fenómeno, por vía de elucidación fenomeno­ló­gi­ca.

Ahora bien, el análisis llevado a cabo en los §§ 15-16 pone de manifiesto que el “ser a la mano” del útil, en cuanto caracterizado esencialmente por la estructura del “para” (Um-zu), remite, en último término, a una cierta “totalidad de útiles” (Zeugganzes, Zeug­ganz­heit), dada siempre ya de antemano, y queda así determinado en su misma estructura por el fenómeno de la “remisión” (Verweisung). Todo útil posee esencialmente una estructura remisional, por la sencilla razón de que no puede haber algo así como un útil aislado. En su propio modo de ser y en su propia función como el útil que es, no hay útil que no pre­su­pon­ga siempre ya la referencia a una cierta totalidad de útiles. Así, el martillo remite al clavo y este a la ma­dera, que se emplea para hacer, por caso, una mesa de noche, etc. (cf. § 15, p. 68). En el contexto normal de ejecución del trato práctico-operativo con lo “a la mano”, esto es, allí donde este no se ve perturbado por algún impedimento, el plexo re­misional dentro del cual dicho trato se mantiene y con arreglo al cual procede no viene, como tal, a la consideración expresa. Más bien, la estructura remisional que caracteriza al útil en su ser solo se hace expresa de algún modo –y sin que ello implique, por lo pron­to, una com­pleta desactivación del contexto de ejecución propio del trato práctico-opera­tivo con lo “a la mano”–, allí don­de ocasionalmente se pro­duce algún tipo de “per­tur­bación” o “tras­torno” (Stö­rung) de la remisión. Tal es el ca­­so, por ejem­plo, cuando el útil en cues­tión se revela inutilizable o bien inapropiado para la tarea a realizar (cf. § 16, p. 74).

Sobre esta base, la profundi­za­ción del análisis que se intenta llevar a cabo en el § 17 po­ne en el centro de la mira, pre­cisamente, el fenómeno de la remisión. La decisión de to­­mar el signo como útil modelo se conecta de modo directo, como a nadie esca­pa, con tal inten­ción de focalizar el interés, precisamente, en la remisión, como tal. En sí mis­ma, la razón para adoptar tal decisión pa­rece, pues, obvia, pero, a la vez, da testimonio de una sor­prendente cla­ri­vi­dencia me­tódica. En efecto, aunque ontoló­gi­ca­mente conside­ra­do a to­­do útil per­te­nece, sin distinción, la estruc­tu­ra remisional, no menos cierto es que, desde el punto de vista ón­tico, la fun­ción de un útil determinado no con­siste necesariamen­te en el remitir mismo, sino que puede ser, y casi siempre es, una función completa­men­­te diferente: el martillo sirve para clavar, los cla­vos para fijar, la ma­dera para cons­truir, etc. Desde este punto de vista, el signo pre­senta un carácter comple­ta­mente singular, jus­ta­mente, porque su fun­ción óntica, como el peculiar útil que es, no con­­sis­­te ella mis­ma sino en el “mero” remitir a algo di­ferente, ya sea en el modo del se­ña­lar, el indicar, el re­pre­sen­tar, el expresar o como quie­ra que dicha fun­­ción óntica específica pue­da ser cum­plida en ca­da caso. Así, desde la pers­pec­tiva que abre una elucidación fe­no­me­no­ló­gica que cen­tra la atención en la estructura remisional pro­pia de todo útil en su “ser a la mano”, el sig­­no aparece como un útil especial­men­te señalado. Y ello, precisa­men­te, en la me­­di­da en que su forma específica de “servicialidad” (Dien­lich­­keit) se agota en el “mero” re­mitir a otra cosa.

En tal sentido, la propia fun­­ción óntica del signo, como el tipo particular de útil que es, viene, en cierto modo, a transparentar su “ser a la mano”, pues deja traslucir, con par­­ti­cu­lar­ nitidez, la es­truc­tura remi­sio­nal que per­tenece como ras­go esen­cial a su cons­ti­tución ontológica. En el caso del signo, no se da, pues, la ha­­­­bi­tual superpo­si­ción de la co­rres­pon­diente función óntica sobre la es­tructura ontológica que la hace, en general, po­si­ble, tal co­mo ocurre allí donde dicha función óntica no con­sis­te ni se agota en el “me­ro” re­mitir a algo diferente, sino que añade un determinado tipo de con­­­­creción fun­cional de carácter di­fe­ren­te (vgr. “mar­ti­llar”, “fijar”, “servir de material”, etc.). Por cierto, todo “re­­­­mitir” (Ver­weisen) en el modo del “señalar” o el “indicar” (Zei­­gen) propio de un sig­no se fun­da él mismo en la servicialidad que caracteriza a todo útil, en cuanto su “ser a la mano” comporta necesariamente una estructura re­misional. Pe­­ro esto último, como es ob­­vio, no implica que, inversamente, todo útil deba poseer el carácter de signo, pues los diversos mo­dos de concreción óntica de la servicialidad, entre los cuales se cuenta tam­bién el “remi­tir” en el modo del “se­­­ñalar” o “indicar” propio del signo, resultan irre­duc­ti­bles los unos a los o­tros (cf. § 17, p. 78). En cualquier ca­so, lo cier­to es que la habitual su­per­posición de una función óntica di­fe­ren­te del mero “remitir” con­tri­buye a opa­car o eclip­sar, siquiera par­cial­­mente, la es­truc­tu­ra remisional del útil, en su “ser a la mano”. Y ello por la sencilla ra­zón de que, en el con­­texto del trato práctico-operativo, el interés del “ver en torno” (Um­sicht) que lo guía no apunta, expresamente, al ser mismo del útil del caso, sino, más bien, a su fun­ción óntica con­­creta y, con ello, tam­bién a su inserción den­­tro el plexo remisional específico, dentro del cual se mue­ve y con el cual cuenta, en cada caso, la correspondiente forma de trato. Desde este punto de vista, la pe­cu­lia­ri­dad del sig­no co­mo útil reside, pues, en el hecho de que, en y con su propia fun­ción óntica, facilita una mayor transparencia onto­ló­­­gica, y ello ya en el plano que co­rresponde a la “actitud na­­tural” y la “comprensión preon­to­ló­gica” que como tal le per­te­ne­ce.

Una segunda razón que da cuenta de la peculiaridad del signo como útil concierne al tipo específico de rendimiento que va asociado a su función óntica. No es, en modo al­gu­no, casual que buena parte del análisis elaborado en el § 17 apunte, precisamente, a poner de relieve aquellos aspectos vinculados, directa o indirectamente, con el particular aporte que realiza el em­pleo de signos, en el contexto normal de ejecución del trato práctico-ope­­ra­ti­vo con lo que es “a la mano”. A diferencia de lo que ocurre con la gran mayoría de los otros úti­les, el signo no despliega su eficacia, si es que se puede hablar así, a través de su incorporación a determinados circuitos de efectuación por vía causal. Así, por ejem­plo, el uso de un soplete, el empleo de una palanca o bien el aprovechamiento de la fuer­za del viento para impulsar un ve­lero quedan insertos, desde el comienzo, en un con­tex­to den­tro del cual lo que cuenta, en definitiva, es la producción de ciertos eventos, es­­tados de cosas o procesos (vgr. la apertura de una caja fuerte, la estabilización de una es­­truc­tura metálica, el desplazamiento de un velero), a través de determinados circuitos de efectua­ción causal. En cambio, del empleo de signos no puede esperarse, bajo las con­di­cio­nes del modo corriente del trato práctico-operativo, ningún tipo de contribución por vía de efec­tuación causal. Allí donde pese a todo se espera tal tipo de con­tribución, como parece ser el caso en al­gunas “cul­turas primitivas” (vgr. das primi­ti­ve Dasein, der primiti­ve Mensch, die pri­mi­ti­ve Welt) que se valen abun­dan­te­­mente de signos, ocurre más bien que se es­tá en pre­sen­cia del peculiar tipo de dis­­po­sitivo de pretendida intervención causal que corres­pon­de a lo que habitualmen­te se de­no­­mi­­na como el “fetiche” (Fetisch) y la “magia” (Zau­ber) (cf. pp. 81 s.).

Pues bien, lo que se tiene en casos de este tipo no es, explica Heidegger, sino una “cu­rio­sa” (mekrwürdig) si­­tuación de “coincidencia” (das Zusammen­fal­len) del signo con lo de­sig­nado (mit dem Gezeigten), pero no en el mo­­­­­do de una identificación de aquello que apa­rece previamente ais­lado, sino, más bien, en el mo­do de una inicial indistinción, que, como tal, se funda justamente en el hecho de que el signo no ha quedado todavía “li­­bera­do” de aquello que pretende designar (ein Noch-nicht-frei­wer­den des Zeichens vom Be­­zeichneten). Por lo mismo, en tal tipo de empleo, el uso de signos (der Zeichenge­brauch) queda com­ple­tamente (völlig) ab­sor­bi­do en el “ser por referencia a lo de­signado” (das Sein zum Gezeichten), sin que el signo pue­da to­davía desligarse de lo de­­­sig­nado mis­mo y compa­re­­cer así como tal. La conse­cuen­cia es, pues, que, bajo tales con­di­­ciones, el signo no es descubierto (entdeckt) todavía en su carácter específico de útil, al punto de que se puede suponer incluso que, en general, lo que aparece como “a la mano” dentro del mundo (das innerweltlich Zuhandene) no re­viste aquí todavía el “mo­do de ser” (die Seinsart) del útil (cf. p. 82). Pero, como quiera que fuere, lo que es­te tipo de situación ra­tifi­ca, al menos, de modo indirecto, es el hecho básico de que el signo solo puede desple­gar su función eficazmente, co­mo el tipo peculiar de útil que es, allí don­de su empleo queda di­sociado, desde un co­mien­zo, de toda pretensión de efectua­­ción por vía causal.

La pregunta es, por tanto, qué es­tructura presenta el genuino em­pleo de signos como sig­nos, vale decir, como el tipo peculiar de útiles que son, y a qué cla­se de rendimiento efec­­tivo aspira dicho empleo. En el desarrollo del § 17, se ofrece toda una serie de aspectos que permiten reconstruir una respuesta bastante precisa. Bastará aquí con mencionar los que in­te­resan de modo más inmediato.

II

Un primer aspecto que señalar concierne al tipo específico de trato que facilita el ac­ceso al signo como signo y permite así que este despliegue efi­caz­mente su función ón­tica específica. Na­tural­mente, el modo adecuado de trato (die an­ge­­mes­sene Umgangsart) con el signo no puede consistir en un “captar” o “re­gistrar” (erfassen) di­rigido al sig­no como me­ra cosa des­tinada a indicar o señalar, que se presenta ahí delante (als vor­kom­mendes Zeigding) (cf. § 17, p. 79). Por el contrario, debe tratarse aquí de un cierto mo­do de valerse del signo que, lejos de re­ducirlo a un mo­do meramente cósico de aparición, lo deja, por así decir, en libertad para cumplir su es­pecífica fun­ción óntica de remisión, precisamente, en el modo de la indicación o el señala­miento.

Como es sabido, Hei­­deg­­ger ilustra el punto referido al modo de trato adecuado con el signo por medio del ejemplo de la señal que sirve pa­ra indicar el giro cuan­­do se conduce un ve­hí­­culo. Se trataba, en aquel entonces, de una flecha empleada de modo manual, cuyo equi­valente actual es el dis­po­si­tivo eléc­tri­co llamado “luz” o “señal de gi­­ro”[2]. Heidegger explica que, en su empleo habitual por parte del conductor, la señal de giro funciona como un signo que tie­ne por destinatarios a los demás participantes del tránsito, por caso, al transeúnte que se dis­pone a cruzar la ca­lle y que se vale de la indicación pro­­vista por dicha señal de un modo esencialmente eje­cutivo, y no me­­ramente cons­ta­ta­ti­vo (feststellen, anstarren), ya sea al cambiar el sentido de su marcha pa­ra evitar el vehícu­lo, o bien al quedarse detenido espe­ran­do a que este pase, o bien de otro mo­do semejante (cf. p. 79). El modo del ver que guía el trato adecuado con el signo, como el tipo pe­culiar de útil que es, no puede ser, por tanto, sino una modalidad peculiar del “ver en torno” (Um­sicht) que acompaña y guía el trato práctico-operativo con lo “a la ma­no”. Por lo mismo, no puede consistir nunca, como tal, en el simple “dirigir la mirada” (Hinsicht) que des­cubre lo que hace frente como me­ra­mente “ante los ojos” (vor­han­den).

Lo peculiar de esta mo­da­lidad del “ver en torno” es que apunta, como tal, a de­­­­­­­jar que el signo cumpla su función óntica de remisión, en el modo de la indica­ción o el seña­la­mien­to, ya que en esto mismo consiste, precisamente, el va­lerse del signo como signo. A di­­ferencia de lo que ocurre con aquellos útiles cuya fun­­­­ción ón­tica no consiste en indicar o señalar, el signo reclama, por lo mismo, que se le dirija la mirada y se le con­ceda aten­ción de una determinada manera, pues solo puede cumplir su función ón­­tica específica, allí don­de se to­ma nota de él de un modo que, por fugaz que sea, no pue­de no ser directo, pero que, sin embargo, tampoco puede poseer un carácter tematizante y ten­den­cialmente ob­jetivante. En tal modo de conceder aten­ción, el “ver en torno” adquiere, pues, una mo­du­lación peculiar, justamente porque en este caso el trato práctico-operativo se limita a con­tar con el signo, a través de un cierto mo­do de to­mar nota del signo mismo, y a acoger así comprensivamente la indicación que el signo proporciona. En efecto, no hay ninguna otra cosa más que hacer con el signo como no sea acoger comprensivamente su indi­ca­ción, porque no hay tampoco ningún otro modo de valerse de él como signo. En es­ta li­mi­tación que el trato adecuado con el signo se impone a sí mismo, se refleja, pues, ya en el plano que corresponde a la mera comprensión preontológica, la peculiar superpo­si­­ción, por no decir “fusión”, de estructura ontológica y función ón­tica que hace del sig­no un útil es­pecialmente señalado.

Por lo demás, el trato práctico-operativo tiene en cuen­ta esta peculiaridad del signo no solo allí donde se vale del signo como el tipo de útil que precisamente es, sino también, y mucho antes ya, allí donde se ocupa de pro­cu­rarse signos de los cuales poder valerse en los diversos posibles contextos de su propia ejecu­ción. Al objetivo de poder con­tar con signos, apunta, como nadie ignora, la actividad de la “institución de sig­nos” (Zei­­­chen­stif­tung). Se trata de una actividad de vital im­por­tan­cia en el ámbito de la actua­ción y la com­­prensión mundanas, como lo revela claramente el hecho de que, en no pocas oca­sio­nes, que­da sujeta incluso a regulación formal, establecida por autoridad competente. Pues bien, en la institución de sig­nos se hace es­pe­cial­mente nítida la peculiaridad del signo co­mo útil, justamente en la medida en que se debe atender en ella, con especial cui­dado, a de­ter­mi­na­dos requerimientos de eficacia funcional. En particular, se debe tener en cuen­ta aquí el hecho elemental de que el signo solo puede cumplir su fun­ción específica en y a través de un determinado modo de tomar nota de la indi­ca­ción que proporciona. Pero, a tal fin, se requiere que aquello que ha de funcionar como signo presente, en su pro­pia con­­creción óntica, un particular ca­rácter de “llama­ti­vi­dad” (Auffälligkeit) (cf. p. 80). No hace dife­ren­cia en este punto si se trata de artefactos producidos para cum­­plir la fun­ción de signos (vgr. la luz de giro, un cartel in­dicador, etc.), esto es, los llamados “signos ar­­­ti­ficia­les”, o bien de “cosas” dadas en la naturaleza que cumplen la función de signos en determina­dos con­tex­tos de actuación (vgr. un de­ter­mi­nado viento, por caso, el viento sur, como in­­dicación de pro­bable llu­via), vale decir, los llamados “signos naturales”. Ni importan tampoco demasiado las di­ferencias re­lativas a los corres­pon­dientes modos de su institución como signos[3]. Lo cier­­to es que aquello que se em­­plea como sig­no debe estar caracterizado siempre, de uno u otro modo, por una cierta lla­­ma­tividad, si es que ha de po­der cum­plir eficazmente la fun­­ción óntica de remisión que como signo le per­tenece.

Ahora bien, también en virtud de su llama­ti­vidad, el signo se distingue de aquellos otros útiles cuya función óntica no consiste en el remitir mismo. En efecto, co­mo mostró ya el análisis realizado en el § 16, el modo de comparecencia de estos úl­timos, en el con­­texto habitual del tra­to práctico-operativo con lo que es “a la ma­no”, se caracteriza, entre otras cosas, justamente por el rasgo de la “no llamatividad” (Un­auffäl­lig­keit). En el marco del trato practico-operativo que descu­bre los útiles como “a la mano”, estos cumplen su fun­ción óntica específica, normalmente, de modo “no llamativo” (unauffällig), y no emergen de su habitual no llamatividad más que allí donde tienen lugar determinados im­­pedimen­tos que produ­cen un efec­to disrup­tivo sobre la ejecución del correspondiente mo­do de trato (cf. pp. 73 s.). Por lo mismo, si se considera desde este ángulo el caso del signo y el de los útiles cuya función ón­tica es­­pe­cífica no posee un carácter meramente remisional, se tiene situaciones com­ple­ta­men­te diferentes e incluso opuestas: estos últimos cumplen nor­malmente su función óntica específica como entes “a la mano” retrayén­dose ellos mis­mos en la no llamatividad, mien­tras que, como muestra ahora el análisis del § 17, el signo solo puede cumplir la suya propia, por el contrario, ha­cién­dose notar co­mo signo, vale de­­cir, presentándose él mis­mo como “llama­ti­vo” (auffällig) (cf. p. 80).

III

El rasgo de llamatividad que pertenece esencialmente al signo lo distingue, pues, de aquellos otros útiles que cumplen una función óntica diferente de la remisión mis­ma. En este respecto, el signo podría compararse, hasta cierto punto, con la obra de arte (Kunst­werk). En efecto, la obra de arte representa el caso de un ente intramundano singularísimo, que tampoco puede llevar a cabo función óntica específica sino sobre la base de un hacer frente que re­cla­­ma un tipo especial de atención, en la forma de un cierto demorarse junto eso mis­mo que hace frente. Co­mo es sabido, en el notable escrito de 1935 sobre el ori­gen de la obra de arte[4], Hei­­­­degger se plantea de modo expreso la pregunta por la fun­­ción ón­­­tica que per­­­­te­nece específicamente a la obra de arte, como caso singularísimo del ente in­tra­mun­dano, e in­­tenta poner de re­lieve la irreductible peculiaridad tanto del modo en el cual la obra de arte hace frente ella misma den­tro del mundo, como también del modo en el cual des­plie­ga su función pro­pia, que es de carácter puramente manifestativo. También por este lado, pues, se po­dría es­ta­blecer conexiones relevantes con el caso del signo, más allá de las no­­­torias dife­rencias que conciernen al tipo de función que corresponde a cada uno de ellos, el signo y la obra de arte, así como al tipo de atención que uno y otra re­­­cla­man, sobre la base de su pe­cu­liar modo de hacer frente dentro del mundo.

En todo caso, no cabe adentrarse aquí por este camino, ya que, por otra parte, la pro­ble­mática de la obra de arte tampoco juega un papel destacado en el contexto del aná­lisis elaborado en Sein und Zeit. Lo que procede considerar ahora, en directa conexión con el rasgo de llamatividad antes relevado, es, más bien, el tipo específico de rendimiento que pro­por­­ciona el signo, allí donde cumple cabalmente su propia función óntica de re­mi­sión, en el modo de la indicación o el señalamiento. Como se dijo ya, el particular mo­do del “ver en torno” que hace posible contar con el signo de modo adecuado a su fun­ción óntica de remisión no puede consistir en un “dirigir la mirada” de carácter te­ma­ti­zante. Por lo mis­mo, la llamatividad del signo, asociada de modo intrínseco con su fun­ción óntica de re­misión, no puede apuntar a fijar la atención sobre el signo mismo, como si pretendiera cap­­tu­rarla, sino que debe estar puesta al servicio del cumplimiento de dicha función de re­misión, vale decir: debe contribuir a que el signo pueda remitir, más allá de sí mismo, hacia aquello de lo cual es signo. Pero, como es obvio, no se tra­ta aquí de una se­cuencia de pa­sos su­cesivos, sino, más bien, de dos aspectos insepara­bles y complemen­tarios que for­man parte de una estructura feno­mé­nica unitaria: pre­sen­tar­se el signo como llamativo y re­mitir más allá de sí mismo cons­ti­tu­ye, en tal medida, una unidad funcional indivisa, dentro del peculiar modo de ve­nida a la pre­sen­cia a través del cual el signo des­plie­ga su “ser signo”, tal como ocurre allí donde el trato adecuado cuenta con el signo, pre­ci­sa­men­te, como signo.

En tal sentido, la llamatividad del signo está al servicio de su función óntica de carácter remisional, que constituye el modo espe­cí­fico de concreción de la ser­vi­cia­lidad del signo, en cuanto útil. Ahora bien, vistas las co­sas desde el punto de vis­ta que atiende al rendi­mien­to específico que proporciona el signo en y a través del cum­­­plimiento de su propia fun­ción óntica, no menos cierto es que la remisión que lleva a cabo el signo está destinada ella misma a hacer posible una cierta llamatividad, que, en este caso, no es ya la del signo mismo, sino, más bien, la de aquello a lo que el signo re­­­mite, en el modo de la indicación o el señalamiento. La “obra” o “trabajo” (Werk) que el signo toma a su cargo, explica Hei­degger, consiste en un “dejar que se haga notar”, en el modo del “llamar la aten­­ción”, aque­llo que, como lo que es “a la mano”, se caracteriza pre­ci­samente por su no llamativi­dad (das Auffallenlassen vom Zuhandenem) (cf. § 17 p. 80). En último término, la ne­ce­si­dad para el trato práctico-operativo de recurrir a un útil “lla­ma­tivo”, que cumple la pe­cu­liar fun­­ción de llamar la atención sobre aquello que es “a la mano”, se funda ella misma, pre­­cisamente, en la no llamatividad de lo “a la mano”, como característica distintiva de su modo habitual de comparecencia.

Sobre esta base, puede decirse que, a través de su función óntica de remisión, en el mo­­do de la indicación o el señalamiento, el signo facilita, siquiera de modo indirecto o de­­­rivativo, la llamatividad de aquello que, como lo que es “a la mano”, se presenta por lo pronto como no llamativo. A través de la indicación o el señalamiento que proporciona en cada caso, el signo hace que lo “a la mano” emerja, por así decir, de su ha­­­bitual no lla­ma­tividad. Pero lo hace sin afectar su carácter de algo “a la mano”, vale de­­cir, sin reducirlo al modo de comparecencia propio de lo que es meramente “ante los ojos”. Es por ello, precisamente, por lo que puede decirse que el valerse de signos, allí donde se lleva a cabo del modo adecuado que los deja aparecer y ope­rar como signos, no aban­dona jamás el ámbito del “ver en torno” que guía el trato práctico-operativo con el útil, como aquello que es “a la ma­no”. Sin embargo, si esto es así, y dado que no hay algo así como un útil aislado que no pre­su­ponga la referencia a una cierta totalidad de útiles, resulta entonces po­co menos que obvio que la in­dicación o el señalamiento que proporciona el signo, al cumplir su función óntica de ca­rácter remisional, no puede consistir en llevar a cabo una suerte de identificación sin­gu­larizante que, por así decir, desgajara completa­men­te el útil indi­ca­do o señalado en cada caso del plexo remisional dentro del cual única­men­te puede des­ple­gar su ser, como el útil que precisa­men­te es. En tal sentido, Heidegger enfatiza el hecho de que la función remisional del signo no consiste sino en dejar que lo “a la ma­no” haga frente como “a la mano”, y ello de modo tal que el “ver en torno” (Um­sicht) que sigue la indicación (Weisung) provista por el signo obtiene una cierta “vi­sión de conjunto” (Über­sicht), de carácter expreso (ausdrücklich), sobre el “entorno” del mun­­­do circundan­te (das jeweilige Umhafte der Umwelt) en el que, en cada caso, se mue­ve el trato práctico-operativo. Lo que el “ver en torno” gana de este mo­do es, pues, una cierta “orientación” (Orientierung) dentro del mundo circun­dan­­te (inner­halb der Umwelt) (cf. p. 79). Así, por ejemplo, un signo co­mo la fle­cha que indica el giro de un vehículo deja que haga fren­te un determinado “entramado” o “plexo” (Zusammenhang) de lo que es “a la mano”, de mo­­­do tal que el trato práctico-operativo se asegura una cierta “orien­­­ta­ción” con respecto a dicho entramado o plexo (cf. p. 79). Como es obvio, se trata aquí de un entramado o plexo que posee él mismo un carácter remisional, justamente en la medida en que con­cier­ne a lo “a la mano”, como tal. En tal sentido, el signo es un útil que hace ex­presa para el “ver en torno” una cierta totalidad de útiles, de modo tal que, a una con ello, se anuncia tam­bién el carácter esencialmente mundano (die Weltmäßigkeit) de lo que es “a la mano”, como tal (cf. p. 80). Por lo mismo, el signo no puede ser jamás comprendido como una “cosa” que re­mi­tie­ra otra “cosa”, tomada en estado de aislamiento y como dada mera­men­te “ante los ojos”. Por el contrario, lo que los signos muestran de mo­do indicativo es, más bien, el entorno en el cual siempre ya se desarrolla la vida mundana y se mue­ve la ocu­pación con lo que es “a la mano” (cf. p. 80).

IV

Una ulterior consecuencia del análisis que Heidegger elabora en el § 17, cuya rele­van­cia sistemática no siempre ha sido debi­da­­mente reconocida, concierne al pa­pel impres­cin­dible que desempeña, dentro del ámbito de despliegue de la compren­sión mun­dana, lo que, en un determinado sentido del término, puede llamarse aquí el “saber de orientación” (Orientierungswissen)[5]. Como se vio ya, Heidegger se­ñala expre­sa­mente que, por medio del recurso al empleo de signos, el “ver en tor­no” que guía el trato práctico-operativo se asegura una cierta orientación dentro del mundo cir­cun­dante, vale decir, con referencia al plexo remisional al que per­te­ne­ce, en cada caso, aquello “a la mano” con lo que el trato práctico-operativo se ocu­­­pa. En la necesidad de valerse de signos, ad­quiere expresión, por tanto, el hecho elemental de que el saber de orientación, en las diversas formas que pueda adquirir en diferentes contextos de actuación, forma parte de los presu­puestos básicos de la competencia que, en cada caso, se acre­dita en y a través del trato práctico-operativo con lo “a la mano”, guiado por el “ver en torno”. En tal sentido, puede decirse incluso que el saber de orientación debe verse como un elemento constitutivo imprescindible del pro­pio “ver en torno”. En efecto, solo se puede acreditar competencia en un determinado modo de trato con lo que es “a la mano”, allí donde, más allá de la habilidad de emplear determinados útiles del modo que fuera, se posee también la capacidad de mantener com­prensivamente abierto el co­rrespondiente plexo remisional y de moverse, por así decir, con seguridad dentro de la compleja red de articulaciones significativas que este presenta.

Pues bien, no es en modo alguno casual que Heidegger se vea llevado en este con­tex­to a recurrir a una noción como la de orientación, que posee un alcance primariamente es­pacial. Ya en el marco de la introducción metódica al análisis del mundo presentada en el § 14, Heidegger llama la atención sobre el hecho de que su empleo de la noción de mun­do circundante, Umwelt, para designar el mundo más cercano (die nächste Welt) del Dasein cotidiano, hace caer el énfasis en la referencia a la espacialidad (Räumlichkeit), que ad­quiere expresión en el prefijo “um-”, traducido aquí por medio del adjetivo “circun­dan­te”. Y habla incluso, en alguna ocasión, de la “circunmundanidad” (Umweltlich­keit) del mun­­do circundante y del “ente intra-circunmundano” (das inner-umweltliche Seien­de) (cf. p. 66). La necesidad de complementar el análisis de la mundanidad del mundo por medio de una elucidación del (carácter de) entorno (das Umhafte) del mundo cir­cun­­dan­te y de la “es­­pacialidad” (Räum­lichkeit) propia del Dasein queda, pues, señalada desde un co­mien­zo (cf. p. 66), y es la tarea que se lleva a cabo posteriormente en los §§ 22-24, tras una pre­via consideración crítica de la concepción cartesiana del mundo en términos de la no­ción de res extensa, presentada en los §§ 19-21. Como se anticipa ya en el § 14 y se in­tenta mostrar posteriormente en los §§ 22-24, Heidegger asume que la es­­pacialidad que pertenece al mundo circundante, en su carácter de “entorno”, debe ha­cer­se feno­meno­ló­gicamente accesible a partir de la mundanidad del mundo, la cual re­mi­te, a su vez, al Da­sein, que, como “ser el mundo” (In-der-Welt-sein), se caracteriza por ser él mismo es­­pa­cial, en un sen­ti­do originario del término, que remite a la estructura misma de su “es­­­tado de abierto” (Erschlossenheit), más precisamente, a la constitución misma de su “ahí” (Da).

No es posible discutir aquí estas conexiones, en las que adquieren ex­pre­sión también al­­gunas de las premisas metódicas básicas de la concepción elaborada en Sein und Zeit. Baste con se­ñalar el he­cho elemental de que la referencia a la espacialidad, tanto en el sentido que concierne al mun­do circundante y el ente intramundano, como en el sentido que concierne al Dasein mismo, pertenece de modo intrínseco al análisis de la mun­da­ni­dad del mundo, al hilo de la elucidación del ser del ente intramundano como “a la ma­no”. No re­sulta, pues, sino na­tural que también en el contexto del análisis del signo, co­mo caso mo­delo del ente in­tramunda­no, y de su función remisional se haga referencia expresa al ca­rácter espacial de los fenómenos analizados. Esto ocurre no solo allí donde se retoma la idea de que el mundo circundante posee él mismo carácter de entorno (cf. § 17, p. 79), si­no también allí donde, en la caracterización de la función óntica de remisión que de­sem­­pe­ña, el signo se apela a la noción de “dirección de indicación” (Zeigrichtung) y se explica, además, que la indicación provista por el signo se dirige al Dasein como “ser en el mundo”, en su carácter específicamente espacial (spezifisch »räumlich«) (cf. p. 79). De esto último da cuen­ta ya la propia práctica de la institución de signos, en la medida en que, para garan­ti­­zar la llamatividad que el signo debe poseer como tal, debe cuidar de que este quede colocado en el sitio adecuado, es decir, aquel que mejor garantice una fácil ac­cesi­bi­lidad (leichte Zu­gänglichkeit) (cf. p. 80).

Sobre esta base, el análisis de la espacialidad de lo “a la mano” ofrecido en el § 22 pone en el centro mismo de la atención, precisamente, aque­llos as­pec­tos vinculados in­me­diatamente con la necesidad de orientación que anida en el “ver en torno”, justamente en la medida en que el trato práctico-operativo debe moverse en el en­torno del mundo cir­cundante. En tal sentido, Heidegger explica que lo inmediatamente “a la mano” tiene el carácter de cer­ca­nía (­he), precisamente en cuan­to está “a mano” (zur Hand), pero tal cer­canía se sitúa, en cada caso, en una cierta “di­rección” (Richtung), de suerte que está, por así decir, “direccionada” (aus­ge­rich­tet), y ello precisamente en la me­di­da en que ca­da útil tiene un lugar (Platz) al que pertenece (cf. 102). Pero, dado que todo útil remite él mismo a un cierto entramado total de útiles, la per­te­nen­cia lo­cali­za­ble (die platzier­ba­re Hingehörigkeit) del útil del caso presupone a su vez, como con­di­ción de su misma pos­i­bi­lidad, un cierto ámbito (Worin) asignado a la correspondiente to­ta­li­dad de lugares, que es lo que Heidegger de­nomina una “zona” o “región” (Gegend) (p. 103). De este modo, es solo so­­bre la base de un previo des­cu­­brimiento de las correspondientes regiones como el trato práctico-ope­rativo puede dejar en li­­­bertad (freigeben) lo “a la mano” como algo que “hace fren­te”, esto es, como algo que se muestra en y desde una cierta re­gión (als Be­gegnendes) (p. 104). Sin embargo, también las regiones poseen ellas mismas el modo de ser de lo “a la mano” y presentan, en tal medida, un peculiar carácter de fa­­­­miliaridad no llamativa (unauffällige Vertraut­heit), que resulta incluso más originaria que la propia de los útiles que hacen frente dentro de ella (cf. p. 104). Por ello, puede decirse que la ne­cesidad de recurrir, en los diversos contextos de ejecución del trato práctico-operativo, al empleo de signos por medio de los cuales el “ver en torno” se asegura una cierta “visión de conjunto”, que facilita su orientación en el mundo cir­cun­dante, hunde sus raí­ces últi­mas, más allá de los útiles mismos, en la ori­ginaria no lla­matividad de las regiones des­de las cuales estos hacen frente en cada ca­­so.

V

Una última consideración concierne a la dirección de aseguramiento, por así decir, que el saber de orientación, apoyado en el empleo de signos, facilita al “ver en torno” que guía el trato práctico-operativo con lo “a la mano”. La función de remisión del signo, aun­­que apoyada en la llamatividad del signo mismo y destinada a procurar una cierta “vi­­sión de conjunto” de carácter expreso sobre el entorno del mundo circundante, no po­see ella misma un ca­rácter disruptivo. En efecto, lejos de obstaculizar o impedir la ocupa­ción con el ente “a la ma­no”, apunta, más bien, a favo­re­cer su continuidad y reforzar su efi­­cacia. De este modo, el empleo de signos tiende a ratificar, por vía de aseguramiento, la habi­tual inclinación de la comprensión mundana a quedar, sin más, absorbida en aque­llo de lo que en cada caso se ocupa. Como es obvio, el reverso autorreferencial de toda po­sible ocu­pa­ción con el ente in­tramundano no queda jamás eliminado de raíz, por intensa que pueda ser ocasionalmente la absorción en el ente intramundano mismo, y ello por la sencilla razón de que el “por mor de (sí mismo)” (das Worumwillen) del Dasein proporciona el pun­to último de anclaje de toda la estructura remisional del “para” que constituye la sig­ni­ficatividad del mundo. A ello se añade el hecho elemental de que, desde el punto de vis­ta que atiende a la espacia­li­dad del mundo circundante, el “ahí” que instituye el Dasein con su mismo existir provee el punto de referencia de todas las posibles orienta­cio­nes espaciales, en el modo del “desalejar” (entfernen, Entfernung) fundado en el “es­ta­­do de abie­r­to” (cf. § 23)[6].

Ahora bien, nada de esto impide, como es natural, que el Dasein pueda ha­cer­se cargo de su propio “por mor de (sí mismo)” de un modo tal que, por orientarse funda­men­­tal­men­te a partir de aquello “a la mano” con lo que se ocupa de ordinario, adquiera un carác­ter tendencialmente autodesfigurante y, con ello, autoencubridor. Más bien ocurre, como lo muestra claramente el análisis del existenciario de la “caída” (Ver­­fallen) ofrecido en el § 38, que la seguridad y la eficacia de la ocupación cotidiana con el ente in­­tra­mundano no solo no excluyen la posibilidad de la caída del Dasein desde sí mismo hacia el aquello de lo que se ocupa, sino que pueden e incluso suelen favorecerla. En efecto, ningún dis­po­sitivo externo de auxilio para la comprensión mundana, tampoco el em­ple­o de sig­nos, por oportuno y profuso que pudiera llegar a ser, puede garantizar por sí solo al Dasein la po­sibi­lidad de obtener una genuina trans­pa­rencia so­bre sí mismo. Por el contrario, la cre­cien­te necesidad de aseguramiento, que ad­quiere expresión especialmente nítida justamen­te en el recurso cada vez más prolífico a signos y señales de todo tipo, puede muy bien cons­ti­tuir la cara visible detrás de la cual se oculta un extravío poco menos que com­pleto en el ente in­­tramun­da­no. Se trata, en este último caso, de una situación de radical desorientación del Dasein no ya respecto de lo que meramente aparece dentro del mun­do y el mundo como tal, sino más bien, y fundamental­men­te, respecto de sí mismo, vale decir, respecto de su propio ser, de sus ser con los otros y también de su propia historia.

Es precisamente a esta radical deso­rien­tación, que transciende cualquier o­tra de carác­ter meramente mundano, a la que pa­rece querer aludir aquel fa­moso verso de Hölderlin, tan que­rido y tan meditado por Hei­­deg­ger: “Un sig­no somos, que nada in­dica (deutungslos)” (cf. Mnemosyne IV, 225).[7]

Bibliografía

Heidegger, Martin, Sein und Zeit, Tubinga, Niemeyer, 1986, reimpresión de la 7.º edi-ción de 1953, con el añadido de las notas del ejemplar de mano del autor.

Heidegger, Martin (GA 5), Holzwege, Fráncfort del Meno, Vittorio Klostermann,6 1980.

Kant, Immanuel (Ak VIII), Was heißt: sich im Den­ken orientieren?, en Kant’s Gesammelte Schriften, hg. von der Königlich Preußischen Akademie der Wissenschaften, Band VIII, Berlín, 1923.

Stegmaier, Werner (2008), Phi­lo­sophie der Orientierung, Berlín/Nueva York, Walter de Gruyter.


  1. Universidad de Navarra, España.
  2. No es necesario enfatizar que el análisis elaborado sobre la base del ejemplo provisto por la flecha que in­dica el giro del vehículo no pretende valer, de modo indiferenciado, para todos los posibles tipos de sig­­nos. De hecho, para un trata­mien­to más detallado del signo y la significación (Bedeutung), Heidegger mis­mo remite a la discusión que E. Hus­serl lleva a cabo en la primera investigación de sus Logische Untersuchungen (cf. Sein und Zeit, § 17, p. 77, nota 1).
  3. Heidegger no pasa por alto el hecho obvio de que la institución de signos no posee el mismo alcance en el caso de los “signos artificiales”, que son producidos teniendo en vista la función de remisión que de­­­ben cumplir, y los “signos naturales”, que se presentan como “cosas” dadas de antemano, sobre las que recae luego un modo de apropiación específico consistente en el “tomar como signo” (das Zum-Zeichen-neh­men) (cf. § 17, p. 80). En todo caso, Heidegger se esfuerza por enfatizar que este último modo de apro­pia­ción no tiene su punto de partida en la consideración del ente intramundano como meramente “ante los ojos”, sino que el “tomar como signo” se mueve ya, desde un comienzo, en el contexto del trato práctico-ope­rativo con lo que es “a la mano”. Así, por ejemplo, el viento sur no es dado primero como meramente “an­te los ojos”, para luego ser tomado como un útil del tipo del signo, sino que el “tomarlo como signo” de­be verse como una peculiar modificación del modo de trato con aquello que ya es tenido como “a la ma­no” (cf. p. 80 s.). Como se vio ya, también en el caso del uso de signos por parte de “culturas primitivas” Heidegger enfatizaba el hecho básico de que el trato con signos como signos solo puede tener lugar propia­men­te allí donde el ente intramundano ya está descubierto en el modo del “ser a la mano”.
  4. Cf. M. Heidegger, “Der Ursprung des Kunstwerkes” (1935), GA 5, pp. 1-72.
  5. Empleo la expresión de “saber de orientación” en un sentido formalizado, que parte de la significación ori­ginaria, de carácter espacial, de la noción de orientación. En última instancia, mi empleo se inspira, pues, en el tra­ta­­mien­to elaborado por Kant en el escrito de 1786 titulado “Was heißt: sich im Den­ken orientieren?” (Akademie-Ausgabe, vol. VIII, p. 131-147; para la referencia de Heidegger al escrito de Kant, en el contexto del tratamiento de la espacialidad del Dasein, véase Sein und Zeit § 23, pp. 109 s.). Por lo mismo, se trata aquí de un sentido que aparece inme­dia­ta­men­te conectado con determinadas habilidades y competencias bá­­sicas, de diverso tipo, vale decir, con de­­­terminadas formas básicas de knowhow. En cambio, en el uso co­­­rriente de la lengua alemana, sobre todo en el ámbito de la pedagogía, se suele emplear actualmente la no­­ción de “saber de orientación” en un sentido diferente, que remite, más bien, al conocimiento teó­rico de ca­­­rácter general, presentado en un cierto orden sis­temático o didáctico, por oposición al co­nocimiento de de­­talle y el sa­ber es­pecializado. Para una dis­cu­sión de conjunto de la noción de orientación y su empleo fi­­losófico, puede verse Stegmaier (2008), quien con­si­­dera de mo­­do específico también el tipo de saber de orien­ta­ción que aparece asociado al empleo de signos y remite expresamente al tratamiento heidegge­ria­no en el § 17 de Sein und Zeit (véase cap. 8).
  6. Véase también la referencia a la tesis lingüística relativa al parentesco de raíces pronominales y adver­bia­les en las lenguas indoeu­ro­peas y las correspondientes asociaciones entre “yo” y “ahí”, “tú” y “ahí”, etc., en § 26, pp. 119 s.
  7. Es un motivo de gran alegría poder dedicar este trabajo a Ramón Rodríguez, como modesto signo de pro­­­funda gratitud y verdadera ad­­miración, por su sobrio ejemplo de orientación filosófica y vital.


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