Otras publicaciones:

12-3882t

9789877230086-frontcover

Otras publicaciones:

9789871867530-frontcover

9789871867967-frontcover

Conclusiones

En uno de sus escritos, García Lorca sostiene que “el diminutivo no tiene más misión que la de limitar, ceñir, traer a la habitación y poner en nuestra mano los objetos o ideas de gran perspectiva’’. Agrega luego que “se limita el tiempo, el espacio, el mar, la luna, las distancias, y hasta lo prodigioso: la acción’’. ‘‘No queremos que el mundo sea tan grande ni el mar tan hondo. Hay necesidad de limitar, de domesticar los términos inmensos” (García Lorca 1971 [1926], pp. 73-74). Nuestro análisis estuvo basado en esa búsqueda: ceñir, domesticar los términos inmensos bajo los cuales la política social –así, en singular– se nos presenta como ámbito de comprensión. Fuimos recreando las múltiples experiencias que las mujeres titulares y sus familias receptoras habían forjado, y continuaban forjando cotidianamente, en torno a una política social específica. La búsqueda tuvo que ver, entonces, con ‘‘poner en nuestra mano los objetos o ideas de gran perspectiva’’. Agnes Heller ayuda con maestría a comprender la implicancia que tiene observar un universo pequeño; es en un universo pequeño donde ‘‘el hombre particular se apropia de la genericidad en su respectivo ambiente social’’ (1977, p. 31). Las múltiples experiencias que fuimos hilando metódicamente a lo largo del libro, tuvieron la intención de acortar distancias y ganar comprensión sobre el funcionamiento cotidiano y el mundo de la vida de una política social.

Con ese propósito, el estudio buscó dar respuestas a una serie de interrogantes: ¿Qué significaba, para familias de sectores populares, ‘‘tener la asignación’’? ¿Qué transformaciones de sentido continuaban produciéndose una vez que el recurso había llegado a destino y entonces ya ‘‘se tenía’’? ¿Por qué no se agotaba allí su recorrido? ¿Cómo discurría en la vida cotidiana de las familias que eran sus receptoras y, más específicamente, con qué dimensiones se entretejía? Comprender el significado de la expresión ‘‘tener la asignación’’ supuso, parafraseando a Bourdieu (2007a), hallar las causas y las razones que las mujeres titulares y sus familias tenían para ser lo que eran, en tanto personas destinatarias de una intervención estatal.

La mirada comprensiva tuvo como propósito construir el entramado relacional del que la AUH era parte y del cual no se la podía sustraer. El concepto de apropiación colectiva fue el que nos permitió dar consistencia a lo pequeño, lo fragmentario, lo anecdótico y lo pormenorizado que, en relación a esta política social, tenía lugar cotidianamente. Las tramas de apropiación fueron las dimensiones que dieron precisión al concepto, desagregándolo. La idea de apropiación colectiva se hizo operativa desagregándose en aquellas dimensiones que la investigación empírica destacó como pertinentes o significativas. Precisamente, las tramas se construyeron a partir del análisis empírico y están asociadas, así, al caso analizado. Hemos ido ordenando las múltiples experiencias en cada una de las tramas; organizadas en tramas, eran concisas y más asequibles.

Fuimos señalando, inicialmente, las características específicas de la AUH. Aludimos a su contenido normativo y a la complejidad intrínseca que tiene su diseño. Se distancia del paradigma de las TMC, a pesar de compartir componentes en el armado conceptual, y aun inscripta en el ámbito de la seguridad social, en parte, se distancia de la política social que es su equivalente, la AAFF, por no ser intervenciones simétricamente homologables. Hemos trazado su relación con las políticas de TMC y su vínculo con la seguridad social; observamos cómo la AUH construyó, en ese sentido, una narrativa propia. Sin embargo, también identificamos que esa narrativa propia tenía rasgos genéricos. Los rasgos genéricos, delimitados en la ambigüedad entre la asistencia y la seguridad social, hacen posible que los aportes de nuestro análisis se sitúen más allá del caso específico: pudiendo aproximarse a un espacio de indagación más amplio que está dado por las diferentes políticas sociales con las cuales la AUH comparte, en su ambigüedad, algunas de sus características principales.

El espacio de indagación de nuestro estudio carga, como trasfondo, con puntos de vista estereotipados; son aquellos que suelen asimilar toda política social a la noción de plan y subrayar la rotación de las y los destinatarios, de plan en plan, y también aquellos que, en una misma línea de sentido, a menudo homogeinizan los formatos de las políticas sociales, en particular el formato de aquellas que suponen transferencias de dinero, bajo el término plan social. El estudio desafió esos puntos de vista que, a modo de imágenes cristalizadas, solemos invocar al reflexionar en relación al campo de la política social. A la imagen ceñida y con pocos ribetes del plan social, representada sobre todo en términos de la añadidura de una transferencia de dinero en los hogares, antepusimos la imagen de una política social que se ramifica y discurre por diferentes dimensiones de la vida cotidiana, en un proceso de genuina apropiación colectiva en los mundos de la vida por los que transitan las personas que ofician como sus receptores.

Documentamos, precisamente, el momento en que la AUH anclaba en la cotidianeidad de sus titulares y sus familias (cotidianeidad también definida por las burocracias de calle involucradas en la concreción de la política social y por otras instituciones locales, estatales y no estatales, que servían de apoyo en contextos de fuerte desigualdad). El esfuerzo estuvo puesto en hacer inteligible ese momento determinado de la política social. Desde esa ubicación, pudimos identificar que la AUH no era un recurso dado, que se recibía y, entonces, ya se tenía, así como tampoco era una ayuda que, para superar la situación de pobreza, solo transfería dinero a las familias a cambio de que realizaran determinadas acciones. Observamos, por el contrario, que la política social era concebida, por las titulares y sus familias, como parte del mundo de la vida cotidiana; era parte de esa vida que se producía y reproducía a través de acciones con significación porque eran compartidas con otros, con semejantes (Schutz y Luckmann 2009). Hemos mostrado, en consecuencia, que los efectos concretos de la AUH, materiales y simbólicos, resultaban de su incrustación capilar a una historia compuesta por diferentes tipos de vínculos estatales, encuentros y movimientos en el entorno cercano, redes de proximidad, vivencias orientadas por el orden del género y diferentes líneas de acción desplegadas en el afán de lograr vivir día a día.

Situar a la AUH como parte del mundo de la vida cotidiana de las titulares y sus familias nos permitió distinguir dos puntos de interés que eran, por cierto, ambiguos. Por una parte, pudimos detallar por qué, cuando se la observaba estando en manos de las personas receptoras, la AUH lucía distinta –era menos virtuosa– que vista desde su diseño (y del encuadre conceptual que lo sostiene). Por otra parte, advertimos que eran numerosos los aspectos positivos y de estabilidad que el dinero de la transferencia producía en la organización del hogar; evitamos, de ese modo, trivializar las posibilidades que esta transferencia económica daba a quienes dirigía su acción. En ese sentido, la lente de nuestro análisis deliberadamente buscó ser permeable a esos movimientos que, aún ambiguos, resultaban comprensibles y lógicos.

A continuación, sintetizamos cada una de las tramas que compusieron nuestra matriz de análisis: i) de protección social, ii) situacional, iii) de género y iv) material.

i) La trama de protección social

Elaborar una trama de protección social evitó que, en la lectura que pudiéramos hacer, la AUH girara sobre sí misma y, entonces, nos permitió objetivar el hecho de que rara vez se recortaba, en la vida de las mujeres, como una instancia inédita o única. De ese modo, fuimos hilando los cruces de la AUH con otras políticas sociales, heterogéneas.

Pudimos identificar que eran porosas las fronteras que separaban las instancias asistenciales y la AUH. Eran porosas aun cuando, como caracterizamos, los procedimientos habituales de ingreso y el tratamiento que recibían los sujetos destinatarios, en cada caso, eran notoriamente diferentes. Se producía, en realidad, un solapamiento. Las mujeres habían aprendido a distinguir las fronteras institucionales y transitaban con dominio los dos ámbitos, que en sus vidas formaban un mosaico. Sucedía que los recursos de significación que la AUH actualizaba, solían ponerse en juego justamente en mujeres que, muchas veces, tenían una historia –las experiencias pasadas– y un presente –las experiencias contiguas– de relación con el mundo de la asistencia. Esta porosidad tenía un efecto innegable: la entrada de las mujeres a una política social inscripta en el ámbito de la seguridad social no producía sentido de ruptura o sentido de jerarquización respecto de otras políticas sociales.

Pudimos identificar que también eran porosas las fronteras que separaban la AUH y la AAFF. Con la presencia de la AUH, más que una entrada de las familias de trabajadores informales al ámbito de la seguridad social, lo que se producía, en ocasiones, eran diferentes movimientos entre estas dos políticas sociales. Podía, en ese sentido, haber un empalme: ya sea porque la cobertura de un mismo niño pasaba o alternaba entre la AUH y la AAFF, según variara la situación laboral del progenitor a cargo, o bien porque diferentes niños de la familia accedían, cada uno, a una cobertura específica, según quien fuera el progenitor a cargo. Entonces, el empalme entre AUH y AAFF, en una familia, podía tener la forma de un pasaje, de una alternancia o de una coexistencia. Fue factible cuestionar, así, la existencia de grupos susceptibles de ser rigurosamente demarcados.

Generalizando, podían ser variadas las instancias estatales vinculadas a la protección social que estaban presentes en la vida de las familias. Reconocerlas nos ayudó a complejizar las descripciones que suelen realizarse sobre el funcionamiento de la AUH, mostrando que las familias no experimentaban el estatuto de la seguridad social de modo abstracto. El estatuto de la seguridad social que la AUH asignaba se activaba junto a las huellas que dejaban otras lógicas de intervención estatal.

Existe, entonces, una dimensión de la apropiación colectiva de una política social –que denominamos trama de protección social– que se construye y se significa en los cruces con otras políticas sociales que puedan estar presentes o bien que hayan estado presentes en los hogares.

ii) La trama situacional

Elaborar una trama situacional nos ayudó a comprender por qué ‘‘tener la AUH’’ era mucho más que cumplir las disposiciones normativas y realizar una serie de procedimientos burocráticos: significaba, por cierto, transitar por un mundo compartido con otros y materializar, mediante diversos encuentros cara a cara, una verdadera dramaturgia. Así, esta trama marcó lo lejos que quedaba la AUH de ceñirse a una presentación administrativa que se debía cumplimentar. Hecho, en cierta medida, inesperado: aunque la AUH era una política regida por soportes informáticos, formularios estandarizados y pautas rígidas en los procedimientos, identificamos que tenía una densa trama situacional y su representación dramática.

Hallamos un entramado de interacciones que era desbordante. Lo era sobre todo en la medida en que las interacciones no se restringían a los escenarios formales, no se agotaban en aquello que era esperable que sucediera en los dispositivos de intervención previstos. En efecto, pudimos especificar actores y escenarios que no habíamos anticipado: los operadores informales –esos agentes estatales o no estatales que eran cercanos a las titulares y que en relación a la AUH ejecutaban pequeñas acciones no previstas– y los escenarios informales –en los cuales se conversaba acerca de la AUH pero que, estrictamente, no representaban ámbitos propios de esta política social–. A la vez, en los encuentros cara a cara pudimos hallar atributos del funcionamiento de esta política social que, desde otro punto de mira, hubiera sido difícil desentrañar: definimos a la AUH como una política silenciosa, dadas las pocas puestas en escena capaces de individualizar a sus titulares, y también como una política que uniformizaba, ya que producía equivalencia y conducía a que sus titulares fueran nominadas como parte de un mismo colectivo.

Al repertorio de encuentros cara a cara, extenso y variado, lo dividimos en dos grandes grupos. Por un lado, observamos encuentros que se resignificaron. Lógicamente ya sucedían encuentros en las escuelas, en los centros de salud, en los servicios sociales y en las comunidades virtuales, pero la presencia de esta política social los remoldeó, les añadió nuevos sentidos. Por otro lado, observamos encuentros que se transformaban en regulares a partir de la presencia de la AUH. Tenían que ver con las diferentes interacciones que se generaban en torno a ANSES, ya sea en las oficinas, en los operativos barriales o a partir del uso de los soportes virtuales que ofrecía esta institución. Encuentros que pasaron a ser habituales.

Prestar atención a las interacciones resultó valioso, entre otros aspectos, porque nos posibilitó agregar un matiz poco explorado al estudio de las condicionalidades. El profuso entramado de actores, encuentros cara a cara y escenarios que pudimos ir definiendo poco encajaba con las premisas a través de las cuales los organismos internacionales de crédito suelen interpretar a las TMC. Es decir, aquellas consideraciones que enfatizan el acceso de las familias a los servicios públicos de salud y de educación existentes, en la lógica del ‘‘incentivo a la demanda’’, marcando una relación directa entre el dinero en efectivo y los comportamientos, resultaban un molde que, si bien pragmático, reducían drásticamente el significado de la acción estatal en la vida de las familias.

Existe, entonces, una dimensión de la apropiación colectiva de una política social –que denominamos trama situacional– que se construye y se significa en las interacciones cotidianas que tienen lugar en las instituciones burocráticas que concretizan una política social así como también en el contexto próximo de las familias.

iii) La trama de género

Elaborar una trama de género permitió responder cuán diferentes eran las prácticas y las vivencias que hombres y mujeres tenían en relación a la AUH y explorar las causas de ese carácter diferencial.

En primer lugar, hemos definimos a las mujeres titulares como las hacedoras legítimas y, a la vez, las observadas. Por una parte, fue simple advertir que si la AUH podía ser narrada, era sin dudas desde las mujeres; al mismo tiempo identificamos que actuaban con soltura y dominio dentro del marco de esta política social, siendo eficaces en apropiarse de un marco de relaciones y de sentidos compartidos. En el microcosmos de la AUH, a las mujeres nada les resultaba ajeno: se movían en un territorio conocido y de hecho estaban habilitadas para actuar en su carácter de madres. Este último es un punto relevante que identificamos y que fuimos desglosando: la idea de que la AUH ligaba a la mujer al ámbito doméstico y potenciaba, en ella, una forma maternal. Les era ofrecida a las mujeres, mediante el formato de esta política social, una sociabilidad hacia adentro e individualizante. Pero, a la vez, hallamos qué, en ocasiones, las mujeres oponían una sociabilidad hacia afuera y que forjaba vínculos. Por otra parte, nos resultó destacable que, según identificamos, el destino del dinero de la AUH era una arena sobre la cual no había inhibición social en opinar. Observamos que las mujeres, en tanto administradoras, estaban más expuestas ya que, comúnmente, se las juzgaba según el buen o mal uso que, se infería, hacían de la transferencia económica. El punto a subrayar era que, a partir de los juicios acerca del uso que se suponía que hacían del dinero, se esgrimían valoraciones en función de ciertas cualidades vinculadas a la maternidad.

En segundo lugar, hemos definimos a los hombres como convidados de piedra en el universo de esta política social. Hallamos que, mayoritariamente, estaban presentes en su carácter de parejas de las titulares. En ese lugar, solían quedar afuera: pudimos profundizar en el hecho de que esta política social no los convocaba y de la cual, a la vez, ellos no se ocupaban ni hablaban; entonces, ni el dinero ni las responsabilidades que derivaban de los requisitos a cumplir, les eran propias. Al mismo tiempo, observamos que, excepcionalmente, podían estar presentes ellos mismos como titulares. Reconocimos que para los hombres, “tener la AUH” era una experiencia disruptiva –había escenarios en los cuales su figura desencajaba y no era esperable e incluso alteraba lo establecido–, también era una experiencia vergonzante –la titularidad de la transferencia horadaba el mandato proveedor, entraba en colisión con los ingresos obtenidos mediante el trabajo e implicaba la ausencia de una mujer sobre quien recaerían esas tareas de cuidado–. Finalmente, “tener la AUH” les adjudicaba a los hombres un carácter sospechoso –su figura hacía necesario que dieran indicios en determinadas instituciones sociales demostrando mediante presentaciones administrativas que eran ellos y no las mujeres quienes estaban a cargo de los hijos–.

Esta trama hizo posible abordar cuestiones poco tratadas por la literatura especializada: la incorporación de la figura del hombre, en las variantes mencionadas, que contribuyó a esclarecer, por contraste, el sesgo maternalista que esta política social tenía, y también la exploración de la AUH en términos relacionales; anclaje eficaz para diferenciar y a la vez vincular prácticas y vivencias específicas según género.

Existe, entonces, una dimensión de la apropiación colectiva de una política social –que denominamos trama de género que se construye y significada en relación al carácter genérizado de las prácticas y de las vivencias presentes en la cotidianeidad de las y los titulares y sus familias.

iv) La trama material

Elaborar una trama material permitió objetivar las formas en que el dinero de la AUH se enraizaba en la vida cotidiana y discernir ciertos efectos que producía en los hogares.

Pudimos observar que el dinero se enraizaba como complemento de las estrategias familiares de vida. Detallamos cómo funcionaba en medio de otras prácticas que tenían por objeto hacer frente, con recursos mínimos, a contextos de fuerte desigualdad. El dinero se ligaba a estrategias laborales tan variadas como precarias, se combinaba con la cobertura de otras transferencias estatales que las familias, según su composición, podían tener; se sumaba al aporte habitual de la familia ampliada; o bien, se añadía al aporte que provenía de diferentes ‘‘rebusques’’ que las familias desarrollaban, ya sea de forma esporádica o de formar regular. Estaba claro que el dinero formaba parte de todos esos movimientos que era imprescindible hacer para resolver las necesidades cotidianas; movimientos que solían estar anclados al territorio y movilizaban tanto a las instituciones de base como a la red de familiares y de vecinos.

Asimismo, pudimos identificar cómo el dinero se traducía en una instancia de consumo seguro. No era, en realidad, un atributo en sí mismo, sino que se extraía de las características del entorno que era vacilante y de extrema fragilidad social. El dinero de la AUH, inscripto en esos contextos, hacía que las familias estuvieran mejor provistas en cuanto al futuro. Introducía certeza en escenarios donde sobraban la incertidumbre y los riesgos. Comprendimos que era más que dinero lo que las familias recibían a través de esta política social: el dinero traía una experiencia de certeza, regularidad y expectativa de continuidad. Era un dinero al que le quedaba chico ser pensado sólo como complemento económico. Lo constatamos al ver su incidencia en la organización de los consumos, tanto de los consumos habituales como de los pequeños consumos asociados al goce. Fue relevante identificar el ordenamiento que la presencia regular del dinero generaba como así también mostrar los consumos posibilitados, que eran significativos para los hogares.

Existe, entonces, una dimensión de la apropiación colectiva de una política social –que denominamos trama material– que se construye y se significa, de modo indisociable, junto a las estrategias familiares de vida y que, a la vez, es relacional ya que surge de las condiciones de fragilidad estructural a las cuales las familias de sectores populares están expuestas.

Hemos sintetizado, hasta aquí, la matriz que nos permitió ordenar las múltiples pequeñas experiencias que las mujeres y los pocos hombres titulares de la AUH y sus familias habían ido forjando día a día (y continuaban haciéndolo) en tramas. De este modo, destacar dónde se sitúa la apropiación colectiva de la AUH, y poner el foco en el abordaje relacional que implica reconstruir ese espacio en el cual se enraíza esta política social, ha sido un aspecto central en nuestro análisis.

Finalmente, consideramos que tendría valor aplicar, en otras direcciones, la matriz de análisis elaborada. Son dos direcciones que ubican los aportes fuera de los confines académicos.

Primero, una reflexión sistemática sobre las dimensiones en las cuales una política social se entreteje a la vida cotidiana de las familias de sectores populares debería contribuir a los procesos de formulación y diseño de políticas sociales. Podría ser un apoyo como recurso en la evaluación cualitativa de la gestión de programas sociales, desde una perspectiva holística. Las propuestas de evaluación en el ámbito de las políticas públicas contribuyen, centralmente, a la toma de decisiones que permiten, en algún grado, el mejoramiento del diseño y del desempeño de los programas sociales. Los hallazgos de la evaluación permiten determinar los factores de éxito y de fracaso de la intervención. Subrayamos lo siguiente: cabe que esos factores de éxito o de fracaso de la intervención, que en definitiva muestran la capacidad para dar respuesta que la intervención estatal alcanzó, puedan ser evaluados holísticamente, a la luz de diferentes dimensiones que aportarían numerosos matices; incluso abonando a la construcción de nuevos indicadores cualitativos de evaluación. Se avanzaría, así, en conocer los efectos deseados que alcanzó el programa o la política social evaluada.

Segundo, las tramas plurales a través de las cuales una política social es apropiada en la vida cotidiana de sus receptores aportan elementos para reinterpretar la figura de la asistencia social, complejizándola. Subyace a la asistencia social una lógica por la cual las piezas tienden a encajar a partir de que existe una demanda predefinida y que, como respuesta, se brinda una asistencia con recursos muchas veces estandarizados. En el segundo capítulo hemos abordado esta figura en términos de un camino que suele ser sinuoso, con gestiones que se desenvuelven en un laberinto burocrático. Nuevas aristas permitirían reflexionar tanto sobre la figura de la asistencia social como también sobre la definición de los sujetos titulares. La matriz que se deriva de nuestro análisis podría ser útil para, en esa línea, operativizar la indagación. Incluso, ha sido poco explorada la instancia de integración de la asistencia social como parte del fortalecimiento de un esquema de protección social, y no como términos puestos habitualmente en tensión. Este es un debate que no está suficientemente profundizado en el ámbito de las ciencias sociales, y de las políticas públicas en particular, y en el que resulta valioso avanzar. Situando una referencia concreta, el momento final de escritura del libro se dio en el contexto de la pandemia del coronavirus. Se pusieron en marcha diferentes políticas sociales para paliar la situación. Se trasladaron una serie de transferencias monetarias según grupos delimitados. Las principales han sido: el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), orientado a los trabajadores informales, empleadas de casas particulares y a los monotributistas de las categorías más bajas, y el Programa de Asistencia y la Producción (ATP), destinado como modo de preservación de empleos a los trabajadores formales del sector privado de empresas afectadas por la pandemia y también líneas de créditos subsidiados. Parte del IFE se operativizó y se vio marcadamente facilitado a través de la cuenta bancaria de las titulares de la AUH. Sin embargo, fue necesario que el trabajo personalizado, aquel propio de la lógica de la asistencia social, estuviera presente: en este caso fue improvisado sobre una marcha dramática a través de la mediación de las organizaciones territoriales y de vecinos y vecinas. Lo concreto del ejemplo es que la masividad de las transferencias estatales no diluyó la necesidad del acercamiento personalizado para que la acción estatal se concrete.

Por último, en este libro labramos un entramado relacional, del que la AUH era parte inescindible, como justificación analítica: de ese modo específico –un modo que enlaza– hemos querido explorar el universo de esta política social. Las diferentes tramas de apropiación mostraron, a la vez que circunscribieron con contornos precisos, su presencia capilar, profusa y ramificada, en la vida de las mujeres titulares y sus familias. ‘‘Tener la AUH’’ no era, sino, tener inscripción en esas tramas. Así, retomando la imagen del inicio, construimos el diminutivo de la AUH; domesticamos los términos inmensos en que la política social se nos presenta. En su diminutivo, lució menos armoniosa y más paradójica, pero ganó significación.



Deja un comentario