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3 La trama situacional

[E]n tanto el sesgo expresivo de las actuaciones es aceptado como realidad, aquello que es aceptado en el momento como realidad ha de tener algunas de las características de una celebración. Permanecer en una habitación alejado del lugar donde se desarrolla una fiesta, o lejos del lugar donde el profesional atiende a su cliente, es permanecer alejado del lugar donde se representa la realidad. El mundo es, en verdad, una boda. Goffman (2006a, p. 47)

1. Introducción

Muchos vínculos sociales pueden ser analizados desde el punto de vista de las escenas que los componen, desde su dramaturgia; los vínculos que producen las políticas sociales también pueden ser estudiados de ese modo. Situándonos en las experiencias de sus titulares, fue fácil observar que la política social analizada tenía ambientaciones, personajes y guiones. Aun cuando, como señalamos en el capítulo anterior, se trata de una política social que no exige múltiples intermediaciones en su procedimiento, observamos que contaba con una densa trama situacional que a lo largo del capítulo nos ocupamos de reconstruir. Para ello, caracterizamos: i) los actores involucrados –las mujeres titulares, los agentes de las burocracias de calle y a quienes definimos como operadores informales–, ii) los escenarios en los cuales las diferentes acciones vinculadas a esta política social se desarrollaban –que dividimos en escenarios formales y escenarios informales–, y iii) los encuentros cara a cara que la AUH desencadenaba –aquellos encuentros que se vieron resignificados y aquellos que pasaron a ser regulares–. Así, en manos de las y los actores que la protagonizaban, la AUH tenía representación dramática.

2. Mirar la trama situacional

Goffman define interacción cara a cara como ‘‘la influencia recíproca de un individuo sobre las acciones del otro cuando se encuentran ambos en presencia física inmediata’’ (Goffman 2006a, p. 27)[1]. El autor se refiere entonces a las situaciones de copresencia y la influencia de una persona sobre las acciones de otra, que allí se produce. Las interacciones cara a cara componen una representación dramática:

[E]l trato social ordinario se coordina, al igual que una escena, por el intercambio de acciones, oposiciones y respuestas terminantes dramáticamente infladas. Aun en manos de actores inexpertos los guiones pueden adquirir vida porque la vida en sí es algo que se representa en forma dramática. El mundo entero no es, por cierto, un escenario, pero no es fácil especificar los aspectos fundamentales que establecen la diferencia (Goffman 2006a, pp. 82-83).

Es decir:

Un estatus, una posición, un lugar social no es algo material para ser poseído y luego exhibido; es una pauta de conducta apropiada, coherente, embellecida y bien articulada. Realizada con facilidad o torpeza, conciencia o no, engaño o buena fe, es sin embargo algo que debe ser representado y retratado, algo que debe ser llevado a efecto (Goffman 2006a, p. 86).

Los encuentros cara a cara tienen un carácter moral. ‘‘Todo individuo que posee ciertas características sociales tiene un derecho moral a esperar que otros lo valoren y lo traten de un modo apropiado’’. Y, a la vez, ‘‘un individuo que implícita o explícitamente pretende tener ciertas características sociales deberá ser en realidad lo que alega ser’’ (Goffman 2006a, pp. 24-25). Por lo tanto, cuando una persona proyecta una definición de la situación presenta al mismo tiempo una exigencia moral a los otros, obligándolos a valorarlo y tratarlo de un modo esperable y renuncia a ser lo que él no parece ser. Si bien el individuo entonces informa ‘‘acerca de lo que ‘es’ y de lo ellos deberían ver en ese ‘es’ ’’ (Goffman 2006a, p. 25, enfatizado del autor), no obstante, puede haber sucesos disruptivos: contradicciones, desacreditaciones o dudas sobre esa proyección que el individuo hace ante la presencia de otros. Al mismo tiempo, en los encuentros cara a cara es posible distinguir un medio, en el cual se incluye el mobiliario, el decorado, los equipos y el resto de los elementos del trasfondo escénico, y una fachada, es decir, ‘‘la dotación expresiva de tipo corriente empleada intencional o inconscientemente por el individuo durante su actuación’’ (Goffman 2006a, p. 34).

Nos proponemos reconstruir dos momentos diferentes de las interacciones cara a cara vinculadas a la presencia de la AUH en la vida de las familias: i) lo que sucedía dentro de las instituciones en las cuales la política social se hacía operativa, es decir, las encuentros desencadenados en su concreción, y ii) lo que sucedía en otros espacios, propios del entorno de las familias, en los cuales la política social solía tematizarse o, en otras palabras, transformarse en un tema que, por diferentes razones –facilitar procedimientos, brindar información o transmitir sentidos–, despertaba interés.

Sabemos que las mujeres realizaban la gestión inicial, concurrían mes a mes al cajero automático para el cobro de la transferencia y presentaban anualmente el cumplimiento de las condicionalidades. Sin embargo, esta es una ‘‘ecuación simplificada’’ (Quirós 2006): las mujeres hacían mucho más que cumplir estas disposiciones normativas y procedimientos burocráticos porque, en verdad, transitaban por un mundo compartido con otros, recorriendo escenarios y formando parte de interacciones.

‘‘El Estado no es simplemente una estructura abstracta a nivel macro; también es un complejo de instituciones concretas con las que las mujeres interactúan de manera directa e inmediata’’ (Haney 1996, p. 759, traducción propia). Haney denomina a dicha instancia como el ‘‘ultimo nivel de la práctica estatal’’ (Haney 1996, p. 759). Nos referimos, dicho de otra manera, a los encuentros cotidianos de las mujeres con las burocracias estatales que ‘‘dan forma y marco concreto a lo que sería de otra forma una gran abstracción (El Estado) ’’ (Zibecchi 2019, p. 39). En ese sentido:

Cuando las políticas sociales adquieren forma concreta en una trama acotada de relaciones, la mano estatal se ve tamizada por el conjunto de significados que, desde su historicidad, le otorgan quienes participan cotidianamente en ese ámbito de encuentro. Así, el Estado deja de ser una categoría de análisis para constituirse en ‘presencias estatales’ legitimadas, cuestionadas y/o ignoradas, que a través de prácticas concretas gestionan recursos, sostienen esquemas de clasificación y administran moralidades (D’amico 2015, p. 42).

Si consideramos la distinción que realiza Paugam (2007) entre ‘‘intervención burocrática’’ e ‘‘intervención individualista’’, tal como fue mencionado en el segundo capítulo, la AUH se ubica en el primer caso. El interventor social acata estrictamente lo que la ley dice sin interpretaciones ni consideraciones sobre los casos individuales; modelo que, en consecuencia, no daría lugar al despliegue de numerosas interacciones. A lo largo del capítulo, no obstante, recuperamos la densidad de encuentros cara a cara que esta política social generaba aun cuando se trata de una ‘‘intervención burocrática’’. Sucedía más que una ‘‘intervención burocrática’’.

Como sostiene D’amico (2020, p. 216), “la construcción cotidiana de ‘lo estatal’ en las experiencias que dan vida concreta a las políticas estatales sólo se termina de comprender si incorporamos al análisis los elementos afectivos presentes en las instancias de encuentro cotidianas con el Estado’’. En tal sentido, era una alquimia sugerente la que tenía lugar en estos encuentros: se hacía de la letra escrita –estatuida y preceptiva– una genuina representación dramática –con ambientaciones, personajes y guiones–.

Al mismo tiempo, la trama situacional de la AUH no se agotaba en “las ventanillas’’, es decir, en los encuentros de las mujeres con las burocracias estatales. Hallamos encuentros que se daban en escenarios que denominamos informales –como por ejemplo el servicio social local y las comunidades virtuales– y en los cuales participaban actores que definimos como operadores informales –como por ejemplo una trabajadora social, una referente barrial o una vecina–. Estos encuentros trascendían el espacio de las burocracias de calle (Lipsky 1980)[2]. Con ello, proponemos una lectura de la AUH trasladada a otros ámbitos, como un tema que se intercala en las conversaciones cotidianas que mantienen las titulares en su entorno cercano.

Sintetizando, estos dos momentos que señalamos son una forma de ordenar la vasta puesta en escenas que una política social puede desatar o a la que puede estar asociada, sin pretender en ese sentido exhaustividad en su reconstrucción. En lo que sigue, indagaremos en los tipos de actores, los tipos de escenarios y los tipos de encuentros que se desencadenaban a partir de la presencia de la AUH en la vida de las familias.

3. Los actores

Como explica Danani (1996), la condición de destinatario/a de un programa forma parte de una relación social que es producto de procesos e interacciones en las que intervienen diversos sujetos sociales. ¿Quiénes eran y qué hacían los actores que intervenían en la dramaturgia de la AUH? Pudimos identificar tres actores centrales: i) las mujeres titulares y sus movimientos en ventanilla, ii) los agentes de las burocracias de calle y su saber hacer y iii) los operadores informales y su accionar imperceptible.

i) Las mujeres titulares y sus movimientos en ventanilla

El primer actor que señalamos son las mujeres titulares[3]. Este capítulo mapea sus movimientos. La AUH ha simplificado los recorridos administrativos: hay menos documentación que juntar, menos entrevistas que pasar, menos contactos que hacer, menos justificaciones que hallar y prácticamente no hay que insistir. Sin embargo, del recorrido ‘‘de ventanilla en ventanilla’’ (Schijman y Laé 2011, p. 68) la mujeres no son eximidas y es un quehacer que no pueden delegar.

Son ellas quienes saben sobre ‘‘la importancia que representa ocupar el espacio público de la ventanilla’’ (Schijman y Laé 2011, p. 68):

Por un lado, porque no cuentan con otro espacio más que el público y, por otro lado, porque es una forma de seguir de cerca los movimientos de los recursos locales. Entre dolencias y reglas, requerimientos y favores, reivindicaciones y decisiones de jurisprudencia, la ventanilla es uno de los lugares de ‘ejercicio de políticas sociales’.

El trabajo de estas autoras, Schijman y Laé, también muestra que se trata de una práctica preeminentemente realizada por mujeres. Hacen un verdadero ‘‘trabajo invisible’’:

Es mal conocido no solamente porque es banal y cotidiano, sino también porque está disperso en el espacio público, escondido detrás de las sociabilidades y naturalizado, como si formara parte del ‘orden natural de las cosas’. Lejos de despertar orgullo, las rondas son percibidas como un ‘trabajo sucio’ hecho de fatigas, quejas y cólera. En el cruce entre el trabajo doméstico y el trabajo relacional que suponen los trámites administrativos, aparece la tentación de no ver allí sino un simple cuchicheo de mujeres (Schijman y Laé 2011, p. 69).

Que el ‘‘trabajo invisible’’, en el caso de la AUH, sea menos exigente si los comparamos con otro tipos de programas sociales, no significa que pueda ser pasado por alto. Todo lo contrario. Hacer inteligible ese ‘‘trabajo invisible’’ es uno de los propósitos de este capítulo. En ese sentido nos preguntamos: ¿cómo eran los movimientos ‘‘de ventanilla en ventanilla’’ que hacían las mujeres?

Primero, eran movimientos asimilados. ‘‘Lo tienen incorporado a su vida el tema de la asignación’’, expresó la directora de una escuela respecto de las mujeres titulares (Elsa, 4/12/17, Sabala). ‘‘Ya conocen todos los trámites que tienen que hacer y es cada vez menos la orientación, cada vez es menos porque ya está muy aceitado el funcionamiento’’. ‘‘Hacen el trámite solas, a la AUH no hay que orientarla’’, agregó, en el mismo sentido, la trabajadora social de un centro de salud (Ana, 5/1/17, El Sauce).

Eran movimientos sobre los cuales las mujeres habían ganado dominio. Lo habían ganado en el tránsito, año tras año, por los escenarios formales; era innegable que dedicaban tiempo a dicha tarea, conocían los procedimientos, sabían cómo hacer los recorridos y habían logrado tener saberes prácticos que muchas veces transmitían a otras mujeres. Para decirlo de una forma más concreta, tenían presente en qué momento del año: pedían turno en el centro de salud para realizar los controles médicos de sus hijos, se presentaban en la escuela y pedían turno en ANSES para acreditar ‘‘la libreta’’, cuidando el encadenamiento de esas operatorias:

Por ejemplo, para llenar el papel [formulario de ANSES], yo sé hacer así: antes del mes ya lo sé llevar a control [de salud] a mi hijo. Cumple el 11 de julio. Yo tengo que esperar que pase Julio. Entonces, julio, ya estamos casi a mitad de año. ¿Yo qué hago? Antes [del 11 de julio] lo hago controlar, revisar, lo hago ver. Y después recién voy y le dejo [el formulario] por la ventanilla [del centro de salud] y les digo si me pueden hacer llenar. Y me dicen: ‘sí, venite mañana a buscar el papel’. Bien, re bien. No es que tenes que otra vez sacar turno, no. Las chicas [empleadas del centro de salud] te dicen que si lo has controlado a tu hijo ellas te hacen llenar el papel. Y así (Cecilia, 2/11/ 2016, El Sauce).

En otras palabras, el orden de esos circuitos solía planificarse, no eran recorridos repentinos o librados al azar. Lo que había que hacer, las mujeres lo tenían, en cierta medida, estipulado.

La asimilación se constataba, así, en el orden, en el ritmo, que los movimientos tenían. Las prácticas vinculadas al cumplimiento de las condicionalidades eran ordenadoras de una porción del tiempo de las mujeres. Parte del dominio adquirido tenía que ver, precisamente, con haber aprendido a seguir una periodicidad en esas prácticas: en los controles de salud y el calendario de vacunación, en las presentaciones administrativas anuales en las oficinas de ANSES y en las fechas de cobro mensuales de la transferencia monetaria. Amoldarse a determinados tiempos y obviamente también a los recursos y a las condicionalidades impuestas por una política social, no era para muchas de las familias un hecho novedoso.

Segundo, la asimilación de los movimientos se traducía en una serie de aprendizajes. Por ejemplo, respecto del acercamiento al mundo bancario. La AUH aproximaba a las mujeres al banco: a ‘‘la ventanilla’’, ‘‘al cajero’’, a la experiencia de pagar mediante la tarjeta de débito y al acceso a créditos bancarios. No sorprendía entonces la asimilación que mostraban en torno a la jerga bancaria: ‘‘el retroactivo es como una caja de ahorro’’ (Hilda, 15/5/17, Sabala), ‘‘saqué el crédito y ahora me empiezan a descontar, me empiezan a debitar’’ (María Emilia, 22/11/17, Sabala). La AUH tenía un formato bancarizado al igual que sucedía con otras políticas sociales. Ana, una joven titular de un programa de TMC, narraba así su primera experiencia de bancarización. Si bien el hecho no es sobre la AUH, sirve como referencia:

La primera vez [en el cajero] estaba por dónde se mete la tarjeta. Había justo uno [empleado] de seguridad. Yo quería sacar 200 pesos, poco. El [empleado] de seguridad me dijo que sacara mil pesos, de una. Yo dije ¿qué voy a hacer con mil pesos encima? ¿mira si me roban?’. Había ido para cambiar la clave y entonces me fijé cuánto había, había mil cuatrocientos. Dije: ‘Vine a cambiar la clave, sacó 200 como para…’. No, el de seguridad me sacó mil pesos de una y yo me quedé diciendo por qué hizo eso, por qué no me explicó. Sacó los mil. Yo dije, bueno, qué hago con esto. Justo estaba con mi amiga, andaba por la calle y tenía mil pesos encima (entrevista con Hernán, solicitante de la AUH, y su hija Martina, titular del Progresar, 29/10/2016).

Incluso, cuando no se había adquirido suficiente dominio, igualmente se había aprendido a zanjar dificultades. Hacia el final de la entrevista, con el grabador apagado, Marcela, una titular de la AUH, nos comentó que el dinero lo retiraba ‘‘por ventanilla’’, ‘‘cobro por banco’’ y no ‘‘por cajero’’, porque ‘‘no sé habilitar la tarjeta’’. ‘‘Hace cuatro meses que tengo la tarjeta, nunca la habilité porque no sé’’, nos repitió (1/11/17, Sabala). Los movimientos que la AUH exigía hacer, su funcionamiento, se había incorporado totalmente a la vida cotidiana y se había aprendido también a hallar soluciones ante las dificultades operativas que se pudieran presentar.

Tercero, los movimientos encerraban ‘‘salidas’’, las cuales tenían ese formato: controles médicos, presentaciones administrativas, idas al cajero automático. No es un punto a desestimar dado que, para algunas familias, ‘‘salir del barrio’’ podía ser un hecho poco frecuente. ‘‘Salimos cuando hay que hacer algún trámite’’, comentaron Laura y Angela, madre e hija, ambas titulares de la AUH (26/10/16, El Sauce). El cumplimiento de las condicionalidades de la AUH era parte de esos ‘‘trámites’’. Cuando les preguntamos a ellas qué actividades hacían durante el día, no respondían. Forzábamos sin querer una respuesta que no estaba construida como actividad. ‘‘Algún trámite, lavar y limpiar’’, nos decían. ‘‘Salimos cuando hay que hacer algún trámite’’: esa era una de las ‘‘salidas’’ posibles y habituales. Otro ejemplo, lo hallamos en Sabala. El cajero automático más cercano se encontraba a muchas cuadras de distancia; las mujeres solían ir a un supermercado situado a una distancia menor que el cajero más próximo. Allí compraban productos y a la vez retiraban dinero ‘‘en la caja’’. Solo un colectivo, que no pasaba por las calles internas del barrio, llegaba a dónde se encontraba ubicado ese supermercado pero, aun así, esa seguía siendo la opción más sencilla para poder extraer dinero. Fueron varios los relatos, especialmente en Sabala, que reflejaban que las mujeres no se desplazaban asiduamente por fuera del entorno en el que vivían. Por ese motivo, las ‘‘salidas’’ que la AUH en sus exigencias y gestiones fomentaba no debían ser pasadas por alto.

Cuarto, progresivamente, una parte de los movimientos ‘‘de ventanilla en ventanilla’’ están siendo reemplazados por movimientos distintos, basados en gestiones virtuales[4]. El más claro ejemplo de este cambio es que, como mencionamos en el primer capítulo, desde finales de 2018 la presentación de ‘‘la libreta’’ puede realizarse de modo virtual. ANSES efectivamente promueve el uso de estas plataformas: la página web de ANSES brinda información y la sección ‘‘Mi ANSES’’, cuyo acceso requiere tener clave de seguridad social, permite hacer gestiones. Estas gestiones sucedían en contextos de fuerte privación. Entrevistamos a Clara, una titular de la AUH, en su hogar en Sabala. Al preguntarle detalles sobre las páginas web a las que solía acceder, nos respondió: ‘‘mira que te muestro’’ e ingresó rápidamente mediante su celular a Facebook. Clara, quien había sacado un crédito, gestionado a través de la aplicación de ANSES del teléfono móvil de una amiga, hasta hacía un par de meses no tenía provisión de agua dentro del terreno de su vivienda y, poco tiempo atrás, el piso de su casa aún era de tierra[5] (crónica de entrevista, 28/11/17, Sabala). El contraste entre la escena inmaterial y el lugar concreto donde transcurría, irrumpía de inmediato. Aludimos a gestiones facilitadas por dispositivos virtuales que se daban en entornos de atraso generalizado. Soportes virtuales desplegados en contextos estructuralmente precarios; es decir, soportes que tenían como trasfondo barrios signados por la falta o fuerte deficiencia de servicios básicos y de infraestructura en general[6]. El carácter de la gestión producía una falta de correlato con las condiciones habitacionales en las cuales tenía lugar.

Sintetizando, los desplazamientos ‘‘de ventanilla en ventanilla’’ que hacían las mujeres seguían una periodicidad que se había incorporado totalmente a la vida cotidiana. Respecto de esos desplazamientos, las mujeres mostraban destreza y habían aprendido a zanjar las dificultades operativas que podían presentarse. Los procedimientos de gestiones puntuales, en algunos casos, podían verse facilitados por el uso de soportes virtuales. Del conjunto de movimientos de ventanilla las mujeres no eran eximidas y se trataba de tareas indelegables.

ii) Los agentes de las burocracias de calle y su saber hacer

El segundo actor que presentamos son los agentes de las burocracias de calle de la AUH[7]. Hacemos referencia a: burocracias educativas –directivos de escuela–, burocracias médicas –profesionales de salud matriculados–, y burocracias administrativas –operadores de ANSES–. Como bien señalan Ambort y Straschnoy (2018), las burocracias de calle adquieren un rol relevante porque, a diferencia del componente contributivo del sistema de asignaciones familiares, la AUH cuenta con condicionalidades que deben ser certificadas. Estos agentes son quienes se encargan de esas certificaciones: firman ‘‘la libreta’’ y hacen ‘‘las cargas’’ correspondientes[8].

Nos introducimos en la caracterización de este actor a partir de la mirada de Bourdieu sobre ‘‘los funcionarios’’ y las capturas en su función:

Paradójicamente, la rigidez de las instituciones burocráticas es tal que, pese a lo que diga Max Weber, sólo pueden funcionar mal o bien gracias a la iniciativa e incluso el carisma de los funcionarios menos aprisionados en su función. Si quedara librada a su mera lógica –la de las divisiones administrativas que reproducen en la base las de las autoridades centrales en ministerios separados y prohíben al mismo tiempo todo accionar eficaz, es decir global, la lógica de los expedientes que hay que ‘cursar y cursar’ sin cesar, la de las categorías burocráticas que definen lo burocráticamente pensable (‘no está previsto’), la de las comisiones donde se acumulan las prudencias, las censuras y los controles– la burocracia se condenaría a la parálisis (Bourdieu 2007b, p. 168).

En el desarrollo del capítulo, precisamente, observamos situaciones que no seguían ‘‘la lógica de los expedientes que hay que ‘cursar y cursar’ sin cesar’’: las experiencias en las oficinas y en los operativos de ANSES, provistas de afectividad para las mujeres, y también las experiencias en los centros de salud en las cuales, al momento de la firma de ‘‘la libreta’’, surgían tensiones entre las titulares y los agentes de salud. En nuestro análisis esas situaciones cuestionaban la rigidez burocrática; reconocemos, en este punto, que la estatalidad ‘‘se construye a través de afectividades, sentimientos y formas de reconocimiento que no necesariamente responden al Estado como modo de dominación legal racional, sino que van más allá del aparato burocrático-administrativo, a la vez que lo constituye (D’amico 2020, p. 209-210). Sin embargo, también observaremos instancias que parecían seguir la lógica de las categorías burocráticas fijas a las que se refiere el autor –como los encuentros motivados por la firma de ‘‘la libreta’’ en los establecimientos educativos–.

Era incuestionable que los agentes de las burocracias de calle sabían hacer. La AUH era, en efecto, una política arraigada en las instituciones. De uno y del otro lado del escritorio –las mujeres titulares, por un lado, y los agentes de las burocracias de calle, por el otro– había destreza, había saberes prácticos sedimentados por el paso del tiempo. Unos y otros llevaban muchos tiempo de aprendizaje ya que, recordamos, la AUH se implementa desde hace más de diez años. Retomando la expresión de la trabajadora social citada en el apartado anterior, a la AUH tampoco ‘‘había que orientarla’’ al interior de las burocracias de calle.

No solo, respecto de la AUH, los agentes de las burocracias de calle sabían hacer sino que además lo hacían de modo rutinario. En los centros de salud, por ejemplo, ‘‘la firma de la libreta’’ estaba instituida: se trataba de una política arraigada y a la vez esa capacidad institucional ya había sido, en parte, instalada antes de la AUH. ‘‘Indudablemente el PF [Pograma Familias por la Inclusión Social, programa antecesor de la AUH] dejó instalada, en las familias receptoras y en las instituciones sanitarias y educativas, la práctica de certificar condicionalidades’’ (Straschnoy 2017, p. 150). Fue un proceso que dio cuenta de un importante aprendizaje para el Estado sobre los operativos de certificación. La AUH, sin embargo, supuso un desafío mayor que ese programa. ‘‘El desafío fue fundamentalmente cuantitativo. Mientras el PF contaba con 700 mil receptores en sus mejores momentos, la AUH alcanza a 3.8 millones, es decir que se quintuplicó la población receptora’’ (Straschnoy 2017, p. 150).

Era comprensible, entonces, que completar el formulario, ‘‘ahora’’, para los médicos, ‘‘es algo normal’’:

Yo en su momento, cuando la había tenido a ella [a su hija], hace un par de años, como que a los médicos realmente les molestaba [completar el formulario]. De que ellos perdieran ese tiempo llenando un papel. Hoy por hoy, cuando yo fui, llené los dos papeles de la nena: como que ya es normal. Le dije: ‘mira, disculpame, saqué el turno para que la atiendan, pero también me gustaría saber si me pueden llenar estos papeles, que la verdad no entiendo’ y me dijo: ‘¿cuál es, el formulario 147?’. Le dije ‘no sé’ y me dijo ‘sí, dámelo que te lo lleno’. Me pidió las vacunas de la nena, que había llevado, y me lo hicieron (María José, titular de la AUH, 13/12/16, El Sauce).

A la vez, otros agentes de las instituciones, que no estaban involucrados directamente en la firma de ‘‘la libreta’’, tenían incorporada la AUH también a sus rutinas de trabajo. Ser titular de la AUH o bien del Programa Ciudadanía Porteña, por ejemplo, era una pregunta hecha en la primera entrevista que el equipo interdisciplinario de un centro de salud en El Sauce mantenía con los pacientes. Escena que se replicaba en el equipo escolar de una escuela de Sabala. Al entrevistar a las familias de los alumnos, se completaba una planilla que incluía un casillero en el cual se registraba si la familia accedía o no a la AUH; era parte de los datos duros a recabar.

Retomando lo expuesto, los movimientos que era necesario hacer en los recorridos administrativos de la AUH eran bien conocidos por todos, tanto por las mujeres titulares como por los agentes de las burocracias de calle. A más de diez años de funcionamiento, nada en los escenarios formales de esta política sociales parecía estar improvisado.

iii) Los operadores informales y su accionar imperceptible

El tercer actor que presentamos son los operadores informales de la AUH. Por la posición que ocupaban –trabajadora social, referente barrial, promotora de salud–, por el vínculo cercano que tenían con la titular de la AUH –vecina, familiar– o por contar sencillamente con el mismo estatus que la titular –ser también titular de la AUH–, estas personas quedaban tácitamente habilitadas para estar presentes y actuar espontáneamente cada vez que fuera menester. Es decir, podían ser agentes estatales tanto como agentes no estatales. En otras palabras, eran personas cercanas a las titulares que, en relación a la AUH, ejecutaban pequeñas acciones no previstas.

La presencia de los operadores informales, por cierto, era infinitesimal: un consejo, un dato, un mapa, una colaboración indirecta que era inadvertida, incluso, para ellos mismos. No tenían posición, intereses ni motivaciones compartidas. Carecían de jerarquías oficiales: su implicación se daba de hecho y sus acciones se veían naturales, no había artificio en lo que hacían. Su accionar era invisible, operaban de modo subterráneo.

Realizaban su cometido cuando: facilitaban procedimientos, brindaban información y transmitían sentidos. Esos tres eran sus puntos en común. Hacemos recortes que ilustran cada uno de estos puntos:

  • Facilitaban procedimientos. Por ejemplo, una vecina le tramitaba a otra, cada vez que era preciso, el turno de ANSES’’ solicitándolo a través de su teléfono celular y conexión a internet; o bien, la ayudaba, por la misma vía, a gestionar ‘‘el crédito de ANSES’’ (Clara, 28/11/17, Sabala). A la vez, un equipo de trabajadoras sociales de un servicio social barrial imprimían copias del formulario de la AUH –‘‘la libreta’’– y las tenían preparadas para, cuando fuera necesario, facilitar el acceso de las mujeres al formulario (notas de campo, servicio social, 8/11/17, Sabala). O bien, una trabajadora social de un centro de salud convencía al pediatra para que atendiera sin turno a una mujer que tenía que completar el control de salud y firmar ‘‘la libreta’’. Lo hacía porque la mujer ya tenía un turno fijado en la oficina de ANSES y, en caso contrario, lo perdería (Ana, 5/1/17, El Sauce).
  • Ofrecían información. Una referente barrial, que lideraba un comedor comunitario, vociferaba las novedades de si había o no ‘‘bono de fin de año’’ (notas de campo, ‘‘comedor de Marcela’’,13/11/17, Sabala). La misma referente, en el surgimiento de la AUH, alentó a muchas mujeres que asistían al comedor para que ‘‘se anotaran’’ (notas de campo, ‘‘comedor de Marcela’’, 18/10/17, Sabala). A su vez, una trabajadora social, de un servicio social barrial, daba información a las mujeres que se acercaban sobre dónde y cuándo iba a estar el operativo móvil de ANSES. Dado que se instalaba en el barrio, el operativo hacía más sencilla la presentación de ‘‘la libreta’’. Una mujer no conocía la zona y ‘‘salía poco’’ del barrio, entonces la trabajadora social hizo improvisadamente un mapa en un papel y le explicó cómo llegar al operativo[9] (notas de campo, servicio social, 25/10/17, Sabala). O bien, una mujer titular de la AUH hacía circular, en una comunidad virtual conformada por titulares de la AUH, la fecha en que iba a estar cargada ‘‘la tarjeta’’. En la misma red, para dar cuenta de su experiencia, otra mujer compartía una ‘‘captura de pantalla’’ que mostraba la aprobación del crédito de ANSES que había podido obtener[10].
  • Transmitían sentidos. Una promotora de salud barrial brindaba consejos a las mujeres con las que interactuaba sobre qué hacer con el dinero de la AUH. ‘‘Yo trato de que se proyecten’’, entonces ‘‘les digo, a ver, vos cuando cobrás la asignación, mostrale a tus hijos que hay otras cosas por fuera del barrio, armen una salida’’, porque ‘‘la gente no sale del barrio, no conocen la estación [de tren] Sabala’’ (Natalia, 5/12/17, Sabala). Por otra parte, una mujer titular de la AUH comentaba que su vecina malgastaba el dinero de la AUH o que, su otra vecina, en cambio, lo utilizaba adecuadamente y que a los niños se los veía ‘‘bien vestidos’’[11].

La cobertura de la AUH puede verse afectada por las dificultades para acceder a las instituciones y a la información requerida para realizar la gestión y permanecer en el programa, ya que, si bien la tramitación es relativamente sencilla, las ‘‘características del propio diseño o de la implementación concreta de la política podrían estar causando trabas u obstáculos para incluir a las poblaciones más segregadas o vulnerables’’ (Cetrángolo 2017, p. 17). Observando este aspecto, no debe menospreciarse el rol que este actor subterráneamente cumple en el plano operativo: ayudaba en el proceso de concreción de la política social e incluso, a veces, hasta posibilitaba dicha concreción.

Este actor cumplía una función dentro del proceso que le daba vida a la política social analizada. ¿Qué quedaría de la AUH, a qué sería reducida, sin esta red activadora que operaba de modo subterráneo, casi imperceptible? No se trataba de una red siempre generosa; era una red que, además de ayudar y facilitar, solía juzgar y se atribuía la capacidad de transmitir horizontalmente sentidos hacia las mujeres titulares, esgrimiendo qué era correcto o no hacer, ante diversas situaciones. Entonces, este actor, aun cuando no existe en el lenguaje de la política social, es fundamental en el proceso de su apropiación colectiva.

En conclusión, fuimos desglosando quiénes eran los actores que intervenían en la trama situacional de la AUH. Las mujeres titulares, los agentes de las burocracias de calle y los operadores informales urdían la trama escénica de la AUH. Los agentes burocráticos lo hacían de modo pautado y formal; estaban implicados en la mecánica rutinizada de esta política social. Los operadores informales, en cambio, lo hacían de modo espontáneo y no previsto; formaban una red horizontal que, sin definirlo, facilitaba la gestión, proveía información y atribuía sentido. Las mujeres titulares eran quienes estaban a cargo de todos los movimientos, sin delegarlos. Estos eran los tres actores que participaban activamente de las interacciones cara a cara que esta política social desencadenaba.

4. Los escenarios

En los encuentros cara a cara es posible distinguir un medio, en el cual se incluye el mobiliario, el decorado, los equipos y el resto de los elementos del trasfondo escénico, tal como fue planteado anteriormente, en base a Goffman (2006a, p. 34). Denominamos aquí como escenarios a esos medios donde los encuentros cara a cara se desarrollan. ¿Cuáles eran esos escenarios donde interactuaban los tres actores identificados? Señalamos dos tipos de escenarios: los formales y los informales. También definimos algunas características que estos escenarios tenían en común.

Por una parte, estaban los escenarios formales. Eran aquellos que hacían al funcionamiento institucional de esta política social a nivel de las burocracias de calle. Retomando la clasificación del apartado anterior, se trataba de burocracias educativas –establecimientos educativos–, burocracias médicas –centros de salud y hospitales–, y burocracias administrativas –oficinas, operativos barriales y soportes virtuales de la ANSES[12]–. En estos escenarios los agentes de las burocracias de calle intervenían desarrollando sus rutinas de trabajo, de las cuales formaba parte la concreción de la política social que analizamos. No solo los agentes de la burocracia de calle transitaban estos escenarios, también lo hacían los operadores informales que solían facilitar procedimientos y proveer información, operando indirectamente[13].

Por otra parte, estaban los escenarios informales. Eran aquellos en los cuales se conversaba acerca de la AUH pero que, estrictamente, no eran ámbitos propios de esta política social. Si bien eran extra burocráticos, a menudo lo que allí sucedía favorecía los procesos burocráticos y, en definitiva, la concreción de la política social analizada[14]. Estos escenarios eran sumamente variados porque, de acuerdo a la manera en que en nuestro estudio los analizamos, coincidían con cualquier espacio de encuentro cara a cara en los cuales se remitiera espontáneamente a algún contenido relacionado con la AUH[15]. Quienes transitaban estos escenarios eran los operadores informales de la AUH facilitando procedimientos, proveyendo información y transmitiendo sentidos. Los ejemplos puntuales que vamos a considerar en nuestra caracterización son dos: los servicios sociales locales y las comunidades virtuales. Los seleccionamos porque, en ellos, pudimos observar con claridad cómo ciertos contenidos de esta política social se tematizaban. La AUH se volvía tema fuera del guión; documentamos, así, que su funcionamiento no se ceñía al ámbito formal.

Habiendo distinguido los escenarios formales y los escenarios informales, a continuación analizamos algunas de sus características. Los escenarios formales eran eficaces en presentar a la AUH como una política silenciosa; es decir, con pocas puestas en escena que permitieran individualizar a sus titulares.

En varias paradas de colectivo, de Sabala, aparecía prolijamente pintada la inscripción Argentina Trabaja. Caminando por la calle, o en el centro de salud del barrio, nos cruzamos muchas veces con personas que llevaban remeras con las inscripciones Sabala Trabaja y Argentina Trabaja. En la mañana o al mediodía, era algo corriente toparse con las cuadrillas de cooperativistas avocados a las tareas de cuidado del barrio y de mejora de la infraestructura. Por ejemplo, barriendo, arreglando plazas, reparando veredas. Bolsones enormes que servían para juntar materiales para reciclar, los galpones destinados a ser lugares de acopio, las partes de autos de descarte apiladas, los camiones en plena actividad de carga y descarga, carretas y caballos que salían a recolectar, fueron también imágenes nítidas del barrio. Los vecinos realizaban actividades de recolección, carga, descarga, acopio y clasificación de residuos para reciclar. Muchas de esas familias eran cooperativistas del Argentina Trabaja, nucleados en la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular –CETEP[16]–. Todas estas referencias, por cierto, remiten a un programa de empleo, que es nacional, con fuerte anclaje en el conurbano bonaerense, se basaba en la formación de cooperativas de trabajo y era compatible con la AUH, el Programa Argentina Trabaja.

Las breves situaciones descriptas alcanzan para dar cuenta que este programa social era bullicioso; en cierta manera, cargaba con datos que permitían reconocer a sus titulares. Atributos que identificaban, hacían visible, exponían. Cuando los cooperativistas recorrían, día a día, los escenarios de este programa se singularizaban. ¿Cómo eran comparativamente las puestas en escenas que generaba la AUH? ¿Había momentos en los cuales esta política social develaba a sus titulares? Al contrario de lo relatado en los párrafos anteriores, prácticamente no había atributo que en los escenarios formales hiciera posible singularizar a sus titulares. Por decirlo de algún modo, en esos escenarios, esta política social se entremezclaba.

Exponemos algunos ejemplos acerca de cómo la AUH, en escenarios formales, se entremezclaba:

  • El cronograma de cobro de la AUH formaba parte un esquema de cobro más extenso, que incluía a muchas otras transferencias estatales: Programa Progresar, pensiones y jubilaciones contributivas, pensiones no contributivas, seguro de desempleo. Al recorrer cajeros automáticos o sedes bancarias podían verse a los destinatarios de un conjunto de políticas públicas, con base de funcionamiento en ANSES, haciendo fila según el cronograma de pagos de cada prestación.
  • La atención de las mujeres destinatarias de la AUH en las oficinas de ANSES coincidía con la atención, en paralelo, a destinatarios de numerosas prestaciones sociales. Ciertamente, es una consecuencia del corrimiento que produce la AUH desde las instituciones de asistencia, con la figura típica de los servicios sociales, hacia la gestión de una asignación monetaria, en las oficinas de ANSES[17].
  • En el centro de salud o en la escuela, lugares donde las mujeres debían acudir para cumplimentar las condicionalidades, y aunque sea una obviedad decirlo, se desarrollaban otro tipo de actividades más allá de la atención a titulares de la AUH. No eran ámbitos que tuvieran a la gestión de la AUH como incumbencia exclusiva.

En los tres ejemplos observamos cómo diferentes rutinas pueden emplear una misma fachada (Goffman 2006a, p. 39). Es por eso que la AUH, en escenarios formales, se entremezclaba. Un contraejemplo acontecía en el que podríamos considerar, de acuerdo a la clasificación realizada, un escenario informal: los supermercados. La tarjeta de débito, con sus inscripciones: ‘‘Asignación Universal por Hijo para Protección Social’’, a la izquierda, y ‘‘Presidencia de la Nación’’, a la derecha, era la única marca que, en ese ámbito, evidenciaba la titularidad de esta prestación. Un plástico eficaz para singularizar a las receptoras de una política social. Las familias, no obstante, podían eventualmente tener tarjetas de débito correspondientes a otras políticas de transferencia estatales[18].

En suma, la AUH era una política silenciosa: no era sencillo hallar instancias en las cuales asignara atributos o marcas capaces de develar a las mujeres como titulares. Los escenarios formales de la AUH camuflaban a las mujeres titulares: las hacían pasar desapercibidas. En otras palabras, reducían ‘‘la capacidad descodificadora de la audiencia’’ (Goffman 2006b, p. 66). ‘‘Lo que dicen acerca de la identidad social de un individuo aquellos que lo rodean, en todo momento de su diario vivir, tiene para él enorme importancia’’ (Goffman 2006b, p. 64). Los escenarios formales eran eficaces en lograr que, acerca de la identidad social de las titulares, otros individuos, dijeran poco.

Al mismo tiempo, los escenarios, tanto formales como informales, eran eficaces en hacer de la AUH una política social que homogenizaba, que uniformizaba. Es decir, una política social que producía equivalencia y lograba desmarcar porque conducía a que sus titulares fueran nombradas como parte de un colectivo. Lo que buscamos señalar es que el universo de concurrentes a diferentes escenarios, tanto formales como informales, coincidía con el universo de las mujeres titulares y los niños y niñas destinatarios de la AUH.

Citamos algunos ejemplos del carácter que tenían los escenarios de la AUH, gracias al cual se lograba desmarcar a sus titulares. En una escuela, su directora fue elocuente: ‘‘rara vez firmamos [el formulario de] salario familiar [SUAF], acá todos tienen asignación. No recuerdo cuándo fue la última vez que firmé salario’’. Con la AUH, los alumnos ‘‘tienen un punto en común’’ y ‘‘ahora son todos iguales, todos lo tienen’’ (4/12/17, Sabala). Por otra parte, en un comedor comunitario, una trabajadora social afirmó que ‘‘la mayoría de las mujeres que participaban en el comedor de Marcela’’, tanto quienes colaboran en las tareas como quienes reciben alimentos, eran destinatarias de ‘‘la asignación’’ (25/10/17, Sabala). Al mismo tiempo, respecto de un complejo habitacional, una referente barrial nos persuadió: ‘‘acá en [la calle] Marín, la mayor parte [de sus habitantes] tiene la asignación’’ (26/12/16, El Sauce). Por último, en un centro de salud, una médica expresó: ‘‘la mayoría de las mamás que se acercan para controles de salud, es por completar la libreta de asignación. Son muy pocos quizás los que no tienen una asignación que realizan los controles acá’’ (8/2/18, Sabala).

La uniformidad, y por lo tanto el borroneo que se producía, era recurrente. La AUH se extendía en los barrios haciendo que vecinos, familias de la escuela, concurrentes a un centro de salud y participantes de un comedor comunitario, compartieran una misma condición. Había equivalencia, equiparación. A los observadores les era difícil encontrar ‘‘solo individuos de una clase determinada en un marco social dado’’ (Goffman 2013a, p. 13). Porque, metafóricamente, los roles que esta política hacía jugar eran jugados por todas las jugadoras y los efectos que se creía que producía llegaban a todos los niños y niñas; era un momento llamativo en el cual mujeres titulares y niños y niñas destinatarios pasaban a ser nombrados como parte de un colectivo.

Esas eran, en conclusión, las características destacables que, según pudimos observar, tenían los escenarios formales e informales en los cuales transcurrían los encuentros cara a cara de la política social estudiada.

5. Los encuentros cara a cara

Analizamos, a continuación, dos tipos de encuentros cara a cara distintos. Primero, los encuentros resignificados: si bien se trata de encuentros que ya sucedían, a partir de la presencia de esta política social se vieron modificados; la llegada de esta política social les añadió nuevos sentidos. En este grupo incluimos a: i) la asistencia a la escuela, ii) la consulta médica, iii) la concurrencia al servicio social y iv) los intercambios en las comunidades virtuales. Segundo, los encuentros que se transformaron en regulares: podían ser nuevos en la vida de las familias o haber tenido lugar con anterioridad, sin embargo pasaron a ser regulares, sistemáticos, a partir de la presencia de esta política social. En este grupo incluimos a los encuentros cara a cara que las mujeres tenían en ANSES: i) en la sede, ii) en los operativos barriales y iii) los encuentros cara a cara que podían desencadenarse a partir del uso de los soportes virtuales que ofrecía esta institución. Reconstruimos, a continuación, cada uno de estos encuentros.

5.1 Encuentros resignificados

i) Una práctica administrativa: en la escuela

La presencia de la AUH añadía una práctica burocrática a la rutina habitual del ámbito escolar: ‘‘en dirección’’, una vez al año, los directivos de la escuela firmaban el formulario de ANSES[19]. Quienes concurrían a realizar esa gestión eran principalmente mujeres –madres o, en algunos casos, abuelas– y quienes estaban autorizados a realizar esa gestión en los establecimientos escolares eran los directivos.

El encuentro cara a cara era expeditivo. La directora cotejaba, completaba datos y firmaba; ‘‘es una cuestión meramente operativa’’, tal como observó Paloma, la trabajadora social del equipo escolar (15/12/17, Sabala). El relato de Elsa, directora de escuela, resulta ilustrativo:

[En la oficina de ANSES] les dan una planilla para llenar [el formulario], [las mujeres titulares] vienen a la escuela, llenan la parte de educación, que son sus datos, a qué grado asisten, si son alumnos de este ciclo lectivo y si fueron al anterior. Esas son las únicas dos preguntas para la escuela y el grado, nada más, otra cosa no tiene. Y hay un sector de la planilla de la asignación que es de salud, nada más. Los datos de los nenes, listo, se entrega, se firma. Lo que nosotros, cuando lo traen, cotejamos que el nene tenga asistencia. Primero, si realmente está inscripto y segundo, que tenga asistencia en la escuela (4/12/17, Sabala).

Identificamos, en coincidencia con Ambort y Straschnoy (2018), una dinámica en la cual, en este caso los directivos y las trabajadoras sociales del equipo de orientación escolar, parecían percibir a la condicionalidad como ‘‘una práctica administrativa antes que como un mecanismo de control que pueda aumentar la matricula, la retención o la mejora en la regularidad de la asistencia’’ (Ambort y Straschnoy 2018, p. 147). Los encuentros cara a cara denotaban, en efecto, ese carácter administrativo y pragmático.

En consonancia con este rasgo, las mujeres tenían poco para narrar acerca de lo que sucedía en este escenario formal. Costaba componer las puestas en escena porque los relatos eran austeros en detalles, esperables, casi mecanizados. Por ejemplo, Tatiana, una titular de la AUH, homologaba la firma de ‘‘la libreta’’ en la escuela a un trámite ‘‘en ventanilla’’:

Cuando uno tiene que llenar la libreta y eso, muy bien, son muy copados. Yo las veces que he ido, no tenes que ir con anticipación, no. Son bastante copados. Vas a la ventanilla. De última, si están muy ocupados te dicen: ‘dejame la libreta con el nombre del nene’. Y después cuando vas a la tarde a buscarlo o al otro día lo pasas a buscar, pero sí, te llenan de toque (5/11/16, El Sauce).

Podía darse la situación, en casos específicos, de que la firma del formulario no generara encuentros cara a cara. Elena, una titular de la AUH, enviaba en el cuaderno de comunicaciones el formulario ‘‘con una notita’’ y ‘‘al otro día’’ lo recibía con los casilleros rellenados y firmado. ‘‘En dos o tres días, máximo, me dicen [por escrito], ‘mamá ya llenamos el papel’ [el formulario de ANSES] ’’ (19/11/2016, El Sauce). Cuando conversamos con María, otra titular de la AUH, le preguntábamos: ‘‘¿cómo es el trato que reciben en la escuela las familias que tienen la asignación?’’. Hacíamos sin saberlo una pregunta imposible de contestar: en realidad, ella le pedía a sus hijos que ‘‘le entreguen la libreta a los maestros’’ y, una vez firmada, ‘‘la libreta’’ sencillamente era traída a casa nuevamente por los hijos. Las interacciones cara a cara, en algunas ocasiones, podían ser reemplazadas por idas y venidas del formulario a través del ‘‘cuaderno de comunicaciones’’.

En suma, en el establecimiento educativo se generaba una interacción muy particular: tenían lugar encuentros cara a cara breves y pautados hasta el límite de ser equiparables a una práctica administrativa. A la vez que esporádicos, de acuerdo a lo fijado por los lineamientos formales. De ese modo peculiar la presencia de la AUH resignificaba las interacciones que las mujeres titulares usualmente mantenían en ese escenario.

ii) Una práctica integrada a la consulta médica: en el centro de salud

El centro de salud era, de manera esperable, un escenario conocido por las mujeres; un escenario con el cual había proximidad más allá de la presencia de la AUH. Más aún, observamos que prevalecía un vínculo de confianza de las mujeres con esta institución. Sin embargo, la presencia de la AUH introducía algunos dilemas: complejizaba los encuentros cara a cara que las mujeres tenían con mayor o menor frecuencia en esos establecimientos. Sucedía que en la consulta médica solía darse una superposición: la práctica administrativa –de firma de ‘‘la libreta’’– se montaba sobre el momento específicamente médico –de control y vacunación–.

Por un lado, la práctica administrativa de firma de ‘‘libreta’’ era ágil, expeditiva, sucedía lo mismo que señalábamos en el apartado previo con respecto a los establecimientos educativos. Podía incluso, en ciertos casos, no haber interacción con el médico para la firma de ‘‘la libreta’’ sino directamente con el personal administrativo del centro de salud. En un centro de salud, en el Sauce, siempre que los niños tuvieran los controles de salud realizados en tiempo y forma, las mujeres podían simplemente llevar el formulario a las empleadas administrativas y, al día siguiente, lo retiraban ya firmado:

Si las familias ya tienen el control adecuado, en general se manejan las chicas de admisión, las administrativas. Si la historia [clínica] tiene el control adecuado según la edad, le dejan el formulario en la historia y se lo dan a la médica que corresponda, y en general de un día para el otro, o de la mañana a la tarde, depende a qué, en qué momento vino, lo pasan a buscar por ventanilla. El tema es cuando no lo tiene, ahí hay que hacer el control, porque no lo tienen hecho (Ana, trabajadora social de centro de salud, 5/1/17, El Sauce).

En este centro de salud se consideraba que, así, evitaban ‘‘la pérdida’’ de turnos de pediatría ‘‘solo para completar el formulario’’. En los centros de salud de Sabala, sucedía algo similar. Si bien se destinaban turnos de pediatría a la firma del formulario, se compartía el criterio práctico: siempre que en la historia clínica de los niños constaran los controles de salud correspondientes, completar el formulario de ANSES se transformaba en una tarea sencilla y expeditiva.

Por otro lado, el momento médico solía, además de expresar como fue dicho al inicio un vínculo de cercanía, ser parsimonioso. Lo explicó adecuadamente una médica con quien conversamos: la consulta no era ‘‘llenar el formulario y nada más, firmar un papel’’, se trataba, en realidad, de un control de salud completo y periódico que ‘‘servía para diagnosticar un montón de cosas’’. En realidad, ‘‘son consultas que llevan tiempo si se hacen adecuadamente, porque no es solamente pesarlos y medirlos’’. En ese sentido, ‘‘algunos colegas’’ hacen ‘‘mal uso’’ de la consulta: ‘‘la desvirtúan’’. ‘‘A las chicas [adolescentes titulares de la AUH] les pregunto método anticonceptivo y si quieren el método anticonceptivo se los doy’’, ejemplificó la médica en un esfuerzo por no simplificar ni tampoco rutinizar la instancia de control médico que la presencia de la AUH, en su marco formal, estipulaba (Lorena, 18/11/17, El Sauce).

Era difícil hacer encajar la práctica administrativa de firma de ‘‘libreta’’ en el molde de la consulta médica. Surgían tensiones. Por una parte, aparecía la adjetivación ‘‘los planeros’’ y la ecuación simplificada tenía la siguiente sintaxis: ‘‘llenar la libreta para cobrar’’. No era más que un lugar común que se recreaba, en este caso, en el ámbito sanitario: la firma de ‘‘la libreta’’ se convertía en la instancia concreta que permitía desplegar rótulos estereotipados hacia las mujeres titulares. En su análisis, Garcés (2017, p. 56) observa algo similar:

Los agentes estatales reconocen a la AUH como una ayuda económica para las familias con hijos que se encuentran en situaciones de pobreza; sin embargo, opinan que la misma debería ser una medida transitoria porque de sostenerse en el tiempo fomenta la vagancia. Una de las ideas/conceptos que aparece con más frecuencia en las percepciones de los agentes y que ‘atraviesa’ sus interpretaciones o significaciones en torno a la AUH y sus condicionalidades, es el valor asignado al trabajo asalariado mercantil como fuente legítima de obtención de ingresos para la satisfacción de las necesidades y la cultura del trabajo como un valor que es necesario recuperar.

La idea por parte de algunos profesionales de que las mujeres cumplían con los controles de salud priorizando el fin de recibir la transferencia económica es una representación que también encuentran Ambort y Straschoy (2018) en su análisis sobre las burocracias sanitarias. Si bien se analiza la AUE, igual es válida la argumentación. Identifican las autoras:

Se observa en el sector sanitario una fuerte vinculación entre la mirada de la burocracia sanitaria sobre la AE y las pacientes, y el tipo de apropiación del proceso de certificación de la condición de embarazo. Las burócratas sanitarias comprenden a la AE de forma ambivalente: como ‘horror’ y/o como ‘oportunidad’. En ocasiones, ciertas agentes expresan estas dos imágenes conjuntamente. En otras sólo uno de los dos polos. Básicamente, se pone en cuestión que las embarazadas cuiden su embarazo como resultado del incentivo económico que supone la AE (motivos espurios) y no por razones altruistas, lo cual es percibido como un ‘horror’ (Ambort y Straschoy 2018, pp. 152-153).

Algunos médicos ‘‘se quejan de la gente porque dicen que son unos planeros’’, nos explicaba una médica en referencia a otros colegas. Esa expresión circulaba de manera solapada: ‘‘solo vienen [al centro de salud] por la asignación o para retirar la leche’’. Si es así, insistió la médica, ‘‘claramente vos estás transformando a la otra persona en el que cobra un subsidio y nada más’’ (8/11/17, El Sauce). Haciendo una apreciación similar, una promotora de salud solía detenerse para corregir, con elocuencia, el discurso de las mujeres que se acercaban al centro de salud: ‘‘sí, ‘vengo para que me firmen la libreta’ y yo ¡ah!, estallo y digo ‘no, no se dice para firmar la libreta, se dice para hacerle el control a mi hijo para que pueda presentar los papeles en ANSES’, no llenas la libreta para cobrar’’ (5/12/17, Sabala). El molde de la consulta médica parecía no filtrar este tipo de construcciones de sentido; la apariencia aséptica de la consulta médica no las neutralizaba. Estaba claro el esfuerzo que hacían algunos agentes de salud por dar mayor jerarquía, y sobre todo explicitarlo, al momento médico en detrimento de la práctica administrativa.

A la vez, las dos instancias –médica y administrativa– podían colisionar, no amoldarse. ‘‘El médico decía que está cansado de llenar libretas de asignación, qué él no estudió tantos años de su carrera para terminar llenando libretas de salario, así me contestó una vez’’, relató Amalia, una titular de la AUH (18/10/17, Sabala). Del lado de las titulares, también podía resultar difícil compatibilizarlos. No siempre era sencillo ni espontáneo, en el centro de salud, ‘‘hacer firmar la libreta’’. Podía transformarse en una situación que había que enfrentar con habilidad. Lorena, una médica de un centro de salud, lo interpretó de este modo:

Vos le preguntas por qué venís [a las titulares de la AUH], y en realidad vienen a que le llenes esa planilla, entonces te inventan como algún, no sé si lo inventan, o te dicen algún síntoma que no tienen, nada, no tiene mucha relevancia, dolor de cabeza o dolor abdomen, cuando menstrúan, cualquier cosa y te sacan como lo de la asignación con miedo. Yo siempre los cargo y ‘pero no me lo saques con miedo, es un derecho tuyo, está bien que tengas que, que haya que firmar esto, está bueno que lo tengas’, porque no sé, como que les da vergüenza o que les da como que, no sé, yo creo que tiene que ver con nosotros [los médicos] y con que un montón de veces los deben haber retado, les deben haber dicho algo porque tenés que firmar esto (18/11/17, El Sauce).

En suma, surgía un vaivén entre la práctica administrativa y el momento médico. Señalamos anteriormente que la AUH era una política arraigada y que, en consecuencia, los profesionales de las instituciones, respecto de la AUH, sabían hacer y lo hacían de modo rutinizado. Pero, sin embargo, ello no eximía la presencia de tensiones; de hecho pudimos señalarlas como dificultades vivenciadas tanto por los agentes institucionales como por las titulares. Sin dudas, este era un escenario que se hacía más complejo con la presencia de la AUH.

iii) Un tema dentro de las relaciones de asistencia: en el servicio social

Haremos referencia a lo sucedido en un servicio social que atiende una vez por semana la ‘‘demanda espontánea’’ de los vecinos de Sabala. Transcribimos notas de campo de diferentes observaciones realizadas allí[20]:

Sobre el mediodía se acerca una mujer al servicio social. Expresa que el techo de su casa necesita reparación. ‘Se me llueve’, dice con vehemencia. La mujer llegó al servicio social porque ‘a la casa de mi vecina vino una asistente social y la ayudó’. Entonces, se acercó para plantear ella también su necesidad en el servicio social; en este caso, poder mejorar las condiciones de su vivienda. Despliega datos de la familia: la composición, la situación social, los problemas de salud, la falta de asistencia estatal. Ella vive con su marido y sus cuatro hijos, el más pequeño es un recién nacido. ‘Mi marido tiene el carrito [para recolectar cartones], nada más’, dice la mujer para, con esas palabras, definir el contexto de pobreza en el que se encuentra la familia. Dos de sus hijos tienen problemas respiratorios, uno de ellos, por ese motivo, había estado internado recientemente. Parte de los datos que proporciona es que no tiene ‘ayuda del gobierno’. La trabajadora social enseguida le pregunta: ‘¿tenés la asignación?’ La mujer responde: ‘la asignación, sí’.

La trabajadora social luego le hace preguntas enfocadas al problema de salud de los niños. Detecta que, al igual que muchos habitantes del barrio, dos de los niños tienen ‘plomo en sangre’. ‘Me dieron el certificado que dice todo eso’, explica la mujer. La trabajadora social da respuesta a la demanda inicial. Le explica a la mujer que, para acceder al recurso que necesita, debe acudir a la sede de un ministerio nacional, ubicada en CABA. Le brinda indicaciones precisas para iniciar la solicitud. ‘No conozco capital’, dice la mujer. ‘Bueno, yo te anoto cómo llegar desde acá, para que puedas ir, no te preocupes’, responde la trabajadora social. ‘Pedí un informe [social] de la situación de tu vivienda en Acumar[21] y presentalo’, le dice la trabajadora social como parte de las indicaciones. Tiene sentido porque ese informe acredita ‘su situación’ y, por ende, aumentará la probabilidad de recibir apoyo.

Avanzada la jornada, se acerca otra mujer al servicio social. Se dirige a las trabajadoras sociales: ‘me dijeron que acá daban ayuda; yo solo tengo la asignación’, es lo primero que expresa. ‘Mis hijos son cuatro’, relata la mujer. Así, comienzan las entrevistas que ese día tuvo la trabajadora social.

Las notas de campo muestran que ‘‘asignación’’ era una palabra que resonaba, en este escenario, de diversas maneras. Mujeres que solicitaban asistencia y mujeres que brindaban asistencia, ambas, se la apropiaban. Aun cuando ‘‘asignación’’ era un término perteneciente, sin dudas, a otro ámbito. Sin embargo, flotaba en el aire del servicio social y su presencia introducía nuevos sentidos en la intervención social y en la relación de asistencia.

Algunos otros ejemplos permiten dar mayor detalle sobre el argumento. Primero, la AUH era un dato de referencia de la familia, junto a otros. Entraba en el molde de las entrevistas propias de la asistencia social. Política social sobre la cual, indefectiblemente, las trabajadoras sociales indagaban. Segundo, de ser necesario, se brindaba asesoramiento en relación a esta política social. Las siguientes situaciones lo detallan: si el cobro de la transferencia se había interrumpido por algún motivo, si era el padre del niño –y no la madre– quien se encontraba percibiendo la transferencia económica a través de la Asignación Familiar y no le otorgaba el dinero a la madre, si un niño, por falta de DNI, estaba quedando por fuera de esta política social, o bien, si un niño recién nacido aún no estaba inscripto, entonces la AUH se transformaba en una línea sobre el cual era posible ‘‘intervenir’’, desde el punto de vista de la asistencia social. Tercero, tener la AUH era una forma de presentación, enunciada ante ciertos interlocutores, para dar cuenta de la condición social que se poseía. Devenía, en este ámbito específico, un argumento esgrimido, por las mujeres, para justificar la necesidad de asistencia.

Así, un servicio social que atendía ‘‘demanda espontánea’’ es el escenario informal del que nos servimos para mostrar que la AUH se volvía tema fuera del guión, se tematizaba. En los diferentes sentidos que hemos señalado, la presencia de la AUH resignificaba la relación de asistencia. Se añadían argumentos a escenarios ya transitados y a encuentros cara a cara ya conocidos.

iv) Se suma un tema a los intercambios: en las comunidades virtuales[22]

‘‘Hola buenos días necesito que me saquen una duda la que sepa ahora en el mes de diciembre la asignación por hijo también se cobra el plus de los 1.500 se deposita todo junto con la asignación o el plus es en otra fecha gracias y las leo’’. Este fue el mensaje que una participante del grupo privado de Facebook –que se llama ‘‘Jubilados, AUH, Argentina Trabaja, SUAF, Ellas Hacen, Cooperativas’’ y que alcanza a 10 mil miembros– dejó asentado el 11/12/2018. Había recibido cuarenta y seis respuestas que le daban información (fecha de ingreso 20/04/20). Otra participante del mismo grupo, el 21/10/17, hizo otra consulta: ‘‘Hola chicas una pregunta es verdad que cargaron 400 pesos de regalo a la auh o es mentira porque vi en otros grupos por eso pregunto… las leo’’. Tuvo cuarenta y nueve comentarios en respuesta, como por ejemplo: ‘‘Hola yo fui unos días antes de mi fecha de cobro y tenía $500 pesos depositados, pero es de lo que te devuelven por comprar con la tarjeta’’, o bien, ‘‘Es noticia vieja chicas’’ (fecha de ingreso 20/04/20). Mencionamos solo unos ejemplos; en realidad, la elaboración de significaciones en torno a la AUH que podía hallarse en este tipo de grupos era copiosa.

A la participación de las mujeres, especialmente de las titulares más jóvenes que entrevistamos, en redes sociales, se sumaba, así, un nuevo tema de interés que no convenía pasar por alto: las cuestiones más coyunturales que iban sucediendo en el microcosmos de la AUH (acceso a crédito, subsidios de emergencia, bono de fin de año) o bien las cuestiones más regulares (fechas de cobro, presentación de libretas, pago de retroactivo) eran los tópicos principales que se habían incorporado. Asuntos que bien podían generar conflictos, controversias o dudas, para sus titulares. Los intercambios que se producían, justamente, intentaban ser un aporte en la resolución de esos problemas prácticos y brindar información relevante. Según la clasificación antes realizada, las comunidades virtuales eran un escenario informal y a quienes participaban respondiendo las consultas las hemos definido como operadoras informales de la AUH.

Consideramos a los grupos privados de Facebook[23], que eran instancias originadas y administradas por las propias receptoras de esta política social. Existía una variedad de grupos. ‘‘Si buscas en facebook, viste, donde está ‘buscar’ pones ‘asignación’ y te saltan un montón’’, nos explicó Clara (28/11/17, Sabala). No sólo la información giraba en torno a la AUH, sino también a diferentes programas sociales; por ejemplo, estos grupos se denominan: ‘‘Asignación, plan vida y cooperativas’’, ‘‘Asignación, plan vida y SUAF’’, ‘‘AUH, Argentina Trabaja, SUAF, Ellas Hacen, Cooperativas’’.

Se compartía información decisiva y actualizada. Como por ejemplo la fecha de pago de cada mes según la terminación del número de DNI o información precisa para acceder a los créditos de ANSES. La información, además, estaba a mano; se podía acceder con facilidad. ‘‘Mira que te muestro’’, fue la expresión que surgió en algunas entrevistas y las titulares ingresaban, celular en mano, de inmediato a Facebook. Nos enseñaban, durante la entrevista, la pantalla del celular: ‘‘te dice acá ‘ya está cargada, la otra vez pasó que estaba cargada la tarjeta azul, la verde todavía no, a través de acá [Facebook] publican ‘ya está cargada la tarjeta verde’, y voy y compro’’ (Clara, 28/11/17, Sabala).

Al mismo tiempo, la información no se dirigía de modo unidireccional sino que, al circular, se producían intercambios. Esos intercambios de algún modo sintetizaban la experiencia acumulada por las mujeres en aquel ‘‘trabajo invisible’’ por el cual se ocupaba el espacio público de la ventanilla[24]: circulaban novedades, se exponían inconvenientes y se daban respuestas sobre la gestión, se daba a conocer la fecha de cobro mes a mes, se ofrecía sacar turno para ANSES a otras titulares, se armaban debates y se hacían bromas a través de una imagen.

En pocas palabras, los saberes prácticos y el dominio adquirido se ponían en juego y circulaban, en este caso, a través de las plataformas virtuales. Si estas comunidades algo reflejaban, eran esos saberes y a la vez la figura de las propias mujeres, en su condición de destinatarias de la política social, oficiando como operadoras informales. Se generaban intercambios principalmente basados en socializar el aprendizaje práctico y allanar los recorridos de las gestiones. Intercambios que reflejaban relaciones en las cuales ocurría la apropiación colectiva de la AUH.

5.2 Encuentros que se transformaron en regulares

Antes señalamos que la AUH no era necesariamente la única experiencia que habían tenido las mujeres con el ámbito de la seguridad social[25]. En ese sentido, las oficinas de ANSES podían ser un lugar al que ya se había acudido anteriormente. Sin embargo, si esas experiencias existieron, se trataba de instancias más bien ocasionales y marcadas por el acceso a empleos formales pero que solían ser, en general, de corta duración. Es decir, la presencia de esta política social daba regularidad al contacto con ANSES; permitiendo, en definitiva, conocer esta institución por dentro. La AUH definitivamente hacía más estable el contacto de las mujeres con ANSES.

En lo que sigue, analizamos los encuentros cara a cara que las mujeres tenían en ANSES: i) en la sede y ii) en los operativos barriales. También indagamos en los encuentros cara a cara que podían desencadenarse a partir del uso de: iii) los soportes virtuales que ofrecía esta institución.

i) La sede

Cuando le preguntamos a Elena si, antes de acceder a la AUH, había ido a las oficinas de ANSES, contestó: ‘‘no, lo veía pasar con el colectivo, pero no. De adentro nunca fui a averiguar nada’’ (titular de la AUH, 19/11/2016, El Sauce). En la experiencia de las familias ir al centro de salud y a la escuela suponía contigüidad; eran instituciones conocidas. En cambio, ir regularmente a ANSES solía ser una experiencia que se había incorporado. Quizá por eso los relatos acerca de lo que sucedía en las oficinas de ANSES se contaban con el énfasis de algo relativamente novedoso.

Coincidimos con Aquín (2014, p. 63): ‘‘ANSES aparece, en las representaciones de las entrevistadas, como una referencia fuerte, amable, y como instancia de aprendizaje’’. En estas oficinas se generaban anécdotas: dar cuenta del buen trato recibido por el operador o, por el contrario, de los inconvenientes que hubo; las características del operador que las ha atendido; las expresiones que se usaron para responder cuando hubo inconvenientes. Los detalles de lo que sucedía en ‘‘la ventanilla’’ indican que nada parecía pasar, en este espacio, inadvertido.

Esa instancia de aprendizaje, vale la pena subrayar, ha sido junto a otras mujeres:

La modalidad que adopta el trámite [en las oficinas de Anses] se transmite de boca en boca por aquella persona cercana (vecina, amiga, familiar). Se va conformando así un saber común previo y un horizonte de expectativas de qué es lo que se puede y debe esperar allí. La certeza de que la atención tendrá lugar y que el trámite se realizará da cuenta de un modo de funcionamiento que las personas que transitan por allí han aprendido, enseñado y convertido en práctica habitual. Se refuerza una historicidad de las prácticas, en tanto no se sostiene en una moralidad abstracta ni en una regulación legal, sino en las experiencias ya vividas de sus vínculos, que les permite a los vecinos saber de modo autoevidente lo que pueden esperar […]. El conocimiento previo es un elemento fundamental para comprender la modalidad que adopta la circulación, el modo de estar en las oficinas y también para comprender la enorme frustración de los casos que no se resuelven en el día (D’amico 2020, pp. 212-213).

Mostramos algunos ejemplos de los desplazamientos de las mujeres por las oficinas de ANSES. Rita, una titular de la AUH, nunca tuvo problemas: ‘‘por suerte siempre me atendió la misma [operadora] y cuando ve que me mira, “ah, sos vos” me dice la chica, sí le digo, qué te pasó ahora me dice’’. Siempre la atendió ‘‘una chica y un muchacho’’, que ‘‘son re copados, ya me conocen’’. ‘‘Se ríen y me preguntan cómo está [su hija] Lara’’ (18/11/17, El Sauce). Ana, en cambio, tuvo inconvenientes: ‘‘hay una vieja [empleada] que te trata como el trasero’’. Entonces, ‘‘una vuelta agarré y le dije: señora si no le gusta estar acá, ¿para qué está? ¿por qué no le deja el lugar a otro?’ ’’. Más allá de eso, el trato que recibió fue bueno porque ‘‘me atiende siempre el mismo hombre’’. ‘‘Será que ese hombre es solamente para la asignación, o habrá dos o tres. Gracias a dios me tocó ese hombre que te habla bien, te trata bien. Y no la señora que atiende en la ventanilla’’ (5/11/16, El Sauce).

A pesar de que el formato de la AUH despojaba a la acción estatal de un tono subjetivista, que la acción estatal se despersonalizaba y que las interacciones que se producían eran breves, pautadas, esporádicas[26], sin embargo, las mujeres contaban, en detalle, los encuentros cara a cara situados en las oficinas de ANSES. No eran experiencias a pasar por alto, sucedían interacciones provistas de afectividad. Lo que las mujeres tenían para decir, en definitiva, reflejaba una suerte de resistencia a la desafección y a la apatía de las burocracias de base; las anécdotas, así comprendidas, se volvían sugerentes.

ii) El operativo en el barrio

Los operativos mediante los cuales ANSES se acercaba al barrio daban forma a otro tipo de encuentro cara a cara que introducía la AUH en la vida de las familias, y en especial de las mujeres.

En una oportunidad observamos, en Sabala, que a un servicio social llegó una mujer jóven con papeles en la mano[27]. ‘‘¿Acá funciona ANSES? Es para gestionar la libreta’’, dijo al ingresar. La trabajadora social comprendió rápidamente a qué libreta se refería y respondió que no funciona allí pero que, durante esa semana –“martes y jueves de 9 a 14’’– iba a tener lugar un operativo de ANSES en la zona. Era noviembre de 2017 y tanto las mujeres como los empleados de la oficina de ANSES hacían reiterada mención a la falta de turnos; todos parecían saber y a nadie sorprendía que, en algunos momentos del mes, solía no haber turnos porque ‘‘se colapsaba’’. El operativo iba a estar en San Antonio, un barrio que quedaba muy cerca de donde transcurría la escena; ‘‘en Jonte y García, ¿sabes cómo llegar?’’, preguntó la trabajadora social. ‘‘No’’, dijo la mujer. ‘‘Espera que te anoto’’ y escribió en un papel las indicaciones. Esta información era importante: el operativo se llamaba ‘‘El Estado en tu barrio’’ y reunía a un conjunto de instituciones estatales que, de modo itinerante, se trasladaban a diferentes localidades. Entre esas instituciones, estaba ANSES[28]. Se podía presentar ‘‘la libreta’’ sin necesidad de ir a la oficina y de modo directo, sin turno previo. La accesibilidad a las gestiones, a través de este operativo, se veía claramente favorecida.

Pudimos presenciar este operativo en Sabala, un día de diciembre de 2017[29]. En la extensa fila, un joven repartía bolsitas con jugo y alfajor a los niños que estaban presentes. Si bien se podían hacer varios trámites, la mayoría de las mujeres que esperaban acudían para ‘‘presentar la libreta’’ de la AUH. Tenían en mano folios con documentación y el formulario tamaño oficio completo. El movimiento se producía, por decirlo de algún modo, con sesgo estratificador: cuando ANSES se acercaba al barrio, las que se veían favorecidas eran las gestiones de cierto grupo de trabajadores, los informales. El punto que queremos subrayar sobre esta escena nueva es el siguiente: cuando los agentes de ANSES se trasladaban, de modo itinerante, a los barrios y atendían desde las ventanillas de un tráiler situado en una pequeña plazoleta, cuando no había oficinas ni mostradores ni sillas ni sala de espera, cuando en el lugar se repartían jugos y alfajores, probablemente la AUH quedaba asimilada a la asistencia social, más allá del nivel de automatismo del derecho en cuestión.

El operativo de ANSES, de inmensa utilidad para acortar distancias y facilitar la gestión, traccionaba los encuentros cara a cara, en cierta medida, hacia la lógica de la asistencia. Porque, en definitiva, para que una política social sea experimentada de acuerdo al estatuto de la seguridad social o de la asistencia social no basta sólo con el diseño ni con la enunciación del principio de derecho, sino que son cuestiones que están también vinculadas al sentido sedimentado en la experiencia de una población y que en definitiva se materializan en las interacciones cara a cara que la política social desencadena.

En este ejemplo se desdibuja nuestra intención de diferenciar, en términos de los modos de intervención estatal, a la AUH de la asistencia social –esfuerzo que nos planteamos a lo largo del segundo capítulo–. Entonces, en los encuentros cara a cara generados en los operativos barriales de ANSES, de algún modo, se introducían clivajes viejos, dramatizaciones ya conocidas de la segmentación entre asistencia y seguridad social.

iii) Los soportes virtuales

Los soportes virtuales que ofrecía ANSES para la realización de diferentes gestiones eran numerosos; a varios de ellos hicimos referencia anteriormente[30]. El acceso a estos soportes podía, en ciertas ocasiones, generar encuentros cara a cara entre las propias titulares. Esos encuentros eran motivados en el pedido de ayuda y de accesibilidad a las plataformas virtuales de ANSES. Fueron numerosos los ejemplos de mujeres que solicitaban ayuda a otras mujeres titulares para poder concretar gestiones de ese modo.

La escena que relató Clara, una titular de la AUH, fue ilustrativa respecto del uso de las plataformas ofrecidas por ANSES; la tomamos como ejemplo. Para acceder al crédito que asignaba ANSES, Clara transitó dos plataformas: primero, la página de Facebook de ANSES, de la cual obtuvo información, y, luego, la aplicación para el celular, desde la cual gestionó el crédito. Uno de esos escenarios lo transitó sola; el otro, con ayuda de una vecina –una operadora informal, según lo caracterizamos antes–. Enterada de los créditos, acudió a la casa de esa vecina que ‘‘tiene la aplicación Mi ANSES’’ y ella ‘‘me pidió turno’’ (28/11/17, Sabala). En realidad, le gestionó el crédito de manera virtual. ‘‘Ella me pidió el número de documento, el CUIL y no sé cómo me sacó el turno y la plata directamente me la depositaron en la tarjeta. Yo no tenía que ir hasta ANSES’’[31]. Obtuvo el crédito en tres días, ‘‘en tres días lo tenía depositado en mi cuenta, yo no creía, cuando voy al cuarto [su habitación], voy así, tenía los 15.000’’, relató con sorpresa. Asumiendo tácitamente en la entrevista que la asistencia es un mundo lleno de documentos que certifican tanto la identidad como las carencias, le repreguntamos: ‘‘¿pero no presentaste papeles en ANSES?’’. ‘‘No es necesario presentar ningún papel’’, repitió Clara. Acá la AUH, claramente, se distanciaba del modo asistencial.

La asistencia históricamente fue proximidad; la proximidad es su formato característico. Castel (2004) lo teorizó magistralmente. Desde su concepción, la AUH supone una gestión de no proximidad alejándose del formato de la asistencia. Pero cuando tomamos como referencia a los soportes virtuales que ANSES ofrece, este aspecto se ve con mayor claridad: son plataformas que reducen al máximo las mediaciones y las interacciones cara a cara. El procedimiento que realizó Clara llevó a un extremo el carácter impersonal. Sin embargo, y este el punto a subrayar, se llevó a cabo a través de la interacción entre titulares; el uso de los soportes virtuales en ocasiones requiere ayuda y accesibilidad a recursos que, en los contextos de referencia, no están necesariamente a mano. Entonces, en los encuentros cara a cara entre amigas, la AUH podía tematizarse y convertirse en un problema a resolver entre dos.

6. Conclusión

La intención, a lo largo del capítulo, fue ir desplegando la trama situacional donde se enraizaba la AUH: los actores, los escenarios y los encuentros cara a cara.

Hacer foco en la trama situacional nos permitió comprender que las condicionalidades no debían ser leídas únicamente como prácticas obligatorias. Para las mujeres entrevistadas, además, habían devenido rutinas y habían generado aprendizajes; es decir, su presencia regular dejaba un orden cimentado y un acervo de saberes prácticos. Pudimos, a la vez, reconocer el fuerte arraigo que esta política social tenía, tanto para las titulares como para los agentes de las burocracias de calle; por ese motivo, los movimientos que eran necesarios hacer, para la concreción de la AUH, resultaban conocidos. También identificamos que participaba de esta trama un actor inesperado: los operadores informales. Era una red horizontal que, sin definirlo, facilitaba la gestión, proveía información y atribuía sentido en relación a la AUH. Hemos destacado la centralidad de su función.

Delimitamos escenarios formales, propios de la gestión de esta política social, y también escenarios informales, en los cuales circulaban ciertos contenidos vinculados a la AUH pero que, estrictamente, no eran ámbitos propios de esta política social. Estos últimos eran, en suma, escenarios extra burocráticos. Al identificarlos, advertimos el carácter desbordante de la trama situacional: las interacciones estaban lejos de agotarse en aquello que sucedía en los dispositivos de intervención social previstos. Pudimos, a la vez, señalar algunas características de esos escenarios donde la AUH transcurría. Los escenarios formales eran silenciosos, dicho esto en el sentido de eficaces en no develar la identidad de sus titulares. Y los escenarios formales e informales eran homogeinizadores, es decir, eficaces en equiparar a sus titulares y en nombrarlas como parte de un colectivo más abarcador.

Hemos observado, por otra parte, dos repertorios diferentes de encuentros cara a cara. Por un lado, identificamos los encuentros que, si bien ya formaban parte de la vida de las familias, a partir de la AUH fueron resignificados: en la escuela, en el centro de salud, en el servicio social y en las comunidades virtuales. Fuimos comprendiendo el modo particular en que, en cada uno de estos escenarios, la presencia de la AUH añadía nuevos sentidos y complejizaba los encuentros cara a cara que tenían lugar. Por otro lado, identificamos los encuentros que, a partir de la presencia de esta política social, se volvían regulares en la vida de las familias: las interacciones con ANSES. Estas interacciones sucedían en la oficina, en los operativos barriales y también había interacciones motivadas por el uso de los soportes virtuales que esta institución ofrecía pero a los que no siempre era sencillo acceder. Nos acercamos a comprender, así, lo que representaba para las mujeres, de modo figurativo, conocer ANSES por dentro.

Lo que definimos, en este capítulo, como trama situacional expresa cómo se vivifica la AUH durante los encuentros cara a cara que protagonizan sus titulares. Es decir, existe una dimensión de la apropiación colectiva de una política social que se construye y se significa en las interacciones cotidianas que tienen lugar en las instituciones burocráticas que concretizan una política social así como también en el contexto próximo de las familias.

En el capítulo siguiente, se hace foco en la trama de género. Los repertorios que hombres y mujeres tenían, en tanto actores condicionados por el orden del género, no compartían un mismo guión.


  1. Hacemos aquí una salvedad. En este concepto incluimos una variante: los encuentros en comunidades virtuales, específicamente en grupos privados de Facebook. Si bien no son estrictamente encuentros cara a cara y suponen formas de interacción específicas, no obstante, los incorporamos al análisis. En un primer momento, relevamos que los grupos de intercambio virtual aparecían con frecuencia en los relatos de las mujeres, especialmente de aquellas más jóvenes. Luego, hallamos que se trataba de instancias que no convenía pasar por alto: los intercambios producidos reflejaban relaciones en las cuales ocurría –por ejemplo bajo la forma de un consejo, de un dato o de un chiste– una apropiación colectiva de la AUH por parte de sus titulares. La elaboración de significaciones en estos grupos era copiosa y, en el sentido que marcamos, interesante para incluir como variante a analizar.
  2. En el apartado siguiente definimos las ‘‘burocracias de calle’’ para el caso de la AUH.
  3. Nuestro foco está, a lo largo del estudio, puesto en las mujeres titulares de la AUH y sus familias; sin embargo, como se verá, el trabajo en ventanilla les pertenece solo a ellas. Por eso detallamos aquí los movimientos que ellas hacían. Sin embargo, cabe aclarar que otros miembros de las familias eran actores a los que es imprescindible hacer referencia. En el cuarto capítulo, tomamos en cuenta a las parejas de las titulares y se señala la presencia de los hijos adolescentes como sujetos que demandan consumos específicos. En el quinto capítulo damos cuenta de la participación que, en ocasiones, tenía la familia ampliada en relación a los gastos alimentarios en común (en el apartado: ‘‘La familia ampliada’’). Por otra parte, cabe aclarar que si bien aquí, generalizando, nos referimos a la titularidad de la AUH en términos femeninos, en el capítulo cuarto se analizará la excepción de la titularidad masculina (en el apartado: ‘‘Los convidados de piedra’’).
  4. Proceso que sin dudas la pandemia del COVID 19 aceleró. En la etapa final de escritura de este libro, justamente como asistencia suplementaria, a las destinatarias de la AUH se les proporcionó el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) de manera directa. Hasta el mes de julio de 2020 se habían efectuado dos pagos mensuales de diez mil pesos cada uno. Las destinatarias de la AUH no tuvieron que hacer gestiones específicas, el pago se realizó directamente. Para quienes eran destinatarias de la AUH, el proceso de transferencia fue sencillo, especialmente si se lo compara con los sectores no bancarizados.
  5. En el capítulo quinto, en el apartado ‘‘Dinero con múltiples significados’’, retomamos la situación de Clara relacionando el endeudamiento con la mejora en las condiciones de habitabilidad de su hogar.
  6. Tensando el argumento podríamos notar que el Estado que, en Sabala, no ofrecía adecuados servicios públicos e infraestructura, que fallaba en regular a las empresas de energía, y se producían reiterados cortes de suministro que provocaban incendios en las viviendas precarias e incluso el fallecimiento de vecinos, también ofrecía aplicaciones modernas que facilitaban la gestión de la AUH.
  7. Hacemos alusión a la perspectiva de Lipsky (2010, pp. 3-4). El concepto de ‘‘burócratas a nivel de calle’’ remite a los trabajadores del servicio público que interactúan de modo directo con los ciudadanos en el curso de sus trabajos. Mientras que la noción de ‘‘burocracias a nivel de la calle’’ refiere las agencias de servicio público que emplean a un número significativo de burócratas a nivel de la calle en proporción a su fuerza laboral. Los burócratas típicos de la calle son: maestros, oficiales de policía, trabajadores sociales, jueces, abogados públicos, trabajadores de salud y muchos otros empleados públicos que posibilitan el acceso a programas gubernamentales y brindan servicios.
  8. Cabe aclarar que nuestro análisis hace foco en la apropiación colectiva que de la AUH hacen las familias. Otros estudios, en cambio, analizan el problema desde un enfoque centrado en las instituciones y en el papel que asumen los agentes que allí se desempeñan. Es decir, se basan en la apropiación que, de esta política social, hacen las instituciones que la tornan operativa. Un ejemplo, que da cuenta de la apropiación de esta política social en el sistema educativo de la Provincia de Buenos Aires, visto desde las propias instituciones educativas, puede encontrarse en Gluz y Rodríguez Moyano (2013). Los resultados de ese estudio muestran las paradojas y las tensiones entre el marco normativo y las representaciones sociales que se ponen en juego dentro de ese ámbito.
  9. Esta escena, muy frecuente, es retomada más adelante al analizar la injerencia que tiene la AUH en un escenario y en las relaciones propias de la asistencia social. Apartado: ‘‘Encuentros resignificados’’.
  10. Se referencian estos datos, más adelante, en el apartado ‘‘Encuentros resignificados’’.
  11. Este aspecto lo desglosamos en el capítulo siguiente, en el apartado ‘‘Los adjetivos que juzgan’’.
  12. Si bien los incluimos tangencialmente en nuestro análisis, aquí también están presentes las sedes bancarias y los cajeros automáticos.
  13. Los ejemplos los expusimos en el apartado anterior: la promotora de salud barrial brindaba consejos a las mujeres con las que interactuaba sobre qué hacer con el dinero de la AUH; o bien la trabajadora social de un centro de salud que convencía al pediatra para que atendiera sin turno a una mujer que tenía que completar el control de salud y firmar ‘‘la libreta’’. Estos eran, desde nuestra clasificación, operadores informales de la AUH situados en escenarios formales.
  14. Los ejemplos los expusimos en el apartado anterior: la mujer titular de la AUH que hacía circular, en una comunidad virtual conformada por titulares de la AUH, la fecha en que iba a estar cargada ‘‘la tarjeta’’. En la misma red, para dar cuenta de su experiencia, otra mujer compartía una ‘‘captura de pantalla’’ que mostraba la aprobación del crédito de ANSES que había podido obtener; o bien, la trabajadora social, de un servicio social barrial, daba información a las mujeres que se acercaban sobre dónde y cuándo estará el operativo móvil de ANSES. Dado que se instalaba en el barrio, el operativo hacía más sencilla la presentación de ‘‘la libreta’’. Estos eran, desde nuestra clasificación, escenarios informales, extra burocráticos; sin embargo, lo que sucedía allí favorecía los procesos operativos y la concreción de la política social analizada.
  15. Esta laxitud es intencional. Tiene que ver con un aspecto señalado en las consideraciones metodológicas, en la Introducción del libro. Expresábamos allí la importancia que tenía, en nuestro estudio, conocer el contexto próximo de las familias. Explicábamos que pudimos reconstruirlo a partir de realizar entrevistas a los actores cercanos a las familias (trabajadora social, referente barrial, promotora de salud) y de hacer observaciones etnográficas en las instituciones locales. Por contexto próximo comprendemos, como fue mencionado, a las instituciones de las burocracias de calle y a las instituciones locales, estatales y no estatales, que dan apoyo a las familias.
  16. La Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) es una organización que representa a los trabajadores de la economía popular y sus familias.
  17. El contraste entre los recorridos por servicios sociales y la AUH como una política social tramitada en las oficinas de ANSES fue caracterizado en el segundo capítulo, apartado ‘‘Diferentes modos de intervención estatal’’.
  18. Punto que se detallará en el capítulo quinto, apartado: ‘‘Las otras coberturas sociales’’.
  19. En algunos casos podía haber mediaciones en la certificación. ‘‘Las prácticas de certificación de los directivos (requeridas en la Libreta por la ANSES) son precedidas por prácticas de secretarios y preceptores (nivel primario y secundario respectivamente). Estos dos últimos tipos de agentes se manifestaron sustancialmente relevantes en la cadena operativa para certificar la asistencia escolar, ya que median entre el pedido de la firma por parte de las familias y los directores’’ (Ambort y Straschnoy 2018, p. 145).
  20. Reconstruido a partir de notas de campo (6/11/17 y 25/10/17, Servicio Social, Sabala).
  21. ACUMAR es la Autoridad de la Cuenca Matanza Riachuelo. Ver: www.acumar.gob.ar (última fecha de ingreso: 5/5/20).
  22. En un apartado anterior (‘‘Mirar la trama situacional’’) explicamos que incluíamos a este tipo de encuentros como una variante en nuestro estudio, reconociendo que no se trataba estrictamente de encuentros cara a cara.
  23. A diferencia de un grupo público, en el cual cualquier persona puede ver quiénes forman parte del mismo y qué publican, la opción de un grupo privado hace que sus miembros, recién una vez admitidos, puedan ver quiénes forman parte del grupo y qué publican.
  24. A este ‘‘trabajo’’ hicimos antes referencia. Ver, en este capítulo, el apartado: ‘‘Los actores’’.
  25. Capítulo segundo, apartado: ‘‘El empalme con la Asignación Familiar’’.
  26. Así lo hemos caracterizado en el capítulo anterior. Ver apartado: ‘‘Una política social al interior de las oficinas de ANSES’’.
  27. Reconstruido a partir de notas de campo, servicio social, Sabala 6/11/17.
  28. Se trataba de una cuestión de proximidad: para llegar desde el barrio en que transcurría la escena a San Antonio, donde se montaría el operativo, había que tomar un colectivo cuyo trayecto demoraba diez o quince minutos. En cambio, el viaje hasta la sede de ANSES, en el centro de la localidad, era mucho más extenso.
  29. Reconstruido a partir de notas de campo, operativo ANSES, Sabala, 21/11/17.
  30. En el primer capítulo, apartado: ‘‘Aspectos formales’’.
  31. El acceso a este crédito, de modo virtual, requiere tener: clave de seguridad social, CBU (Clave Bancaria Uniforme) y DNI actualizado (tipo ‘‘tarjeta’’). Muchas de las mujeres entrevistadas habían gestionado el crédito de esa manera.


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