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5 La trama material

[L]a primera premisa de toda existencia humana y también, por tanto, de toda historia, es que los hombres se hallen, ’para hacer historia’, en condiciones de poder vivir. Ahora bien, para poder vivir hace falta comer, beber, alojarse bajo un techo, vestirse y algunas cosas más. Marx y Engels (1974, p. 28)

1. Introducción

Enraizado en los hogares, el dinero de la AUH tenía múltiples significados. A lo largo del capítulo, procuramos explorarlos. Inicialmente, destacamos la dimensión utilitaria que asumía ese dinero. Iremos desplegando las formas en que se enlazaba con: las estrategias laborales, con las transferencias provenientes de otras políticas sociales, con la ayuda que proporcionaba la familia ampliada y con el aporte obtenido a través de diferentes ‘‘rebusques’’. Luego, proponemos una lectura de ese dinero a la luz de la incertidumbre e inestabilidad que caracterizaba a los entornos sociales en los cuales nos situamos. Desplegamos la noción de consumo seguro con el propósito de analizar los efectos de estabilidad que el dinero que asignaba la AUH generaba en los hogares. El esfuerzo está puesto, entonces, en hacer inteligible al dinero de la AUH enlazándolo a las estrategias de vida que las familias desarrollaban en contextos sociales en los cuales, por cierto, había muy pocas certezas.

2. Dinero con múltiples significados

Mostramos tres formas en que las familias significaban el dinero de la AUH: i) era apreciado como insuficiente, ii) era percibido como habilitante porque permitía hacer pequeños consumos asociados al goce y también, a través del endeudamiento, avanzar en mejoras habitacionales, y iii) era considerado como una ayuda, al igual que otras políticas sociales.

i) Dinero insuficiente

Luego de la entrevista a Malena, una titular de la AUH, registramos en nuestra crónica lo siguiente:

Malena se ríe cuando le hablo de la AUH. Ella expresó: ‘vos me decís la asignación y me suena como si fuera…, como si fuera un sueldo, pero me alcanza para un día nada más y la verdad que yo supongo que mucha gente que cobra la asignación, por ejemplo mi prima que también cobra la asignación, y es un día, es un día para algo que necesiten, qué sé yo’. Ella interpela mi pregunta de investigación al mostrarme que le asigno entidad a una transferencia monetaria estatal que, en su vida cotidiana, parecía no tenerla. Se produce un cortocircuito en la conversación. Al final de la entrevista, con el grabador apagado, le comento: ‘me hiciste reír cuando me dijiste: vos me hablas de la asignación como si fuese mucho’. ‘Es que es así, lo gasto en un día’, insistió. Hubo risas. En otro momento de la entrevista, al indagar si, a partir de la AUH, se produjeron ciertos cambios, sucedió algo similar, ‘no, todo igual, ¿qué va a cambiar?’ (crónica de entrevista, 23/02/17, El Sauce).

No se trataba solo de la ironía de Malena. Numerosos relatos recabados abonaban la misma idea. ‘‘Con la asignación no vivís. No haces mucho con la asignación porque si vamos a ser realistas, a los chicos no los vestís, no los calzas, no lo llevas al colegio, nada con la asignación, pero como que es una ayuda, una ayuda más’’, nos explicó Cristina, dando cuenta de todos los gastos derivados de la crianza de sus hijos que el dinero de la AUH no alcanzaba a cubrir (27/12/16, El Sauce)[1]. La escases solía mostrarse cuantificando las veces que, con ese dinero, era posible ir a al supermercado y la equivalencia con la cantidad de cartones de leche o de paquetes de pañales que se podían adquirir. Así objetivado el monto, su exigüidad era poco discutible.

ii) Dinero habilitante

El monto exiguo del dinero de la AUH tenía un claro contrapunto. A pesar de que se consumía muy rápido, en ocasiones posibilitaba pequeños consumos asociados al goce. Eran consumos que transcurrían en contextos estructuralmente vulnerables y de fuerte privación material; por eso, este tipo de consumo era especialmente significativo. ‘‘Acá en el barrio hay derechos que ni siquiera se consideran como derechos: el esparcimiento, el tiempo libre, vacacionar’’, expresó Paloma, la trabajadora social de una escuela (15/12/17, Sabala). Inmediatamente después relató que los niños solían contarle: ‘‘mi mamá cobró la asignación y me compró algo que quería’’. Era ‘‘algo que quieren y que pudieron adquirir’’, sintetizó bien la trabajadora social.

En verdad, varios autores han identificado estos consumos. Arias plantea que ‘‘el aumento del consumo ha posibilitado ciertos goces que se vinculan a formas de vida deseables. El festejo de los cumpleaños o la posibilidad de la fiesta aparecen como indicadores poco mensurables desde las políticas y sin embargo son centrales en la estructuración de las vivencias’’ (Arias 2015, p. 74). Aquín sostiene que ‘‘estos nuevos consumos (los vasos de vidrio, la puerta, el televisor, la mesa y las sillas, etc.) permiten construir relaciones sociales, generar afectos, acumular capital social y simbólico, incidir, en fin, en la sociabilidad’’ (Aquín 2014, p. 77). Hornes (2017) muestra cómo, en ocasiones, estos consumos se incluyen en el manejo que hacen las mujeres del presupuesto hogareño. Los que mencionamos son aspectos coincidentes con nuestro análisis: goces asociados a formas de vida deseables, consumos que inciden en la sociabilidad y que se han incrustado en la cotidianeidad de los hogares.

En nuestro estudio, los pequeños consumos asociados al goce tenían que ver con los siguientes ejes:

  • comprar:
    • una pileta ‘‘pelopincho’’ y ‘‘¡los chicos quieren meterse hasta cuando hace frio, no sabés!’’ (Melina, 22/11/2017, Sabala),
    • ‘‘mercadería para las fiestas [de navidad y año nuevo]’’ (Paloma, 15/12/17, Sabala),
    • juguetes para regalar en Navidad (Tamara, 13/11/17, Sabala),
    • un juego de mesas y silla ‘‘que no tengo’’ (Hilda, 15/5/17, Sabala);
  • salir, hacer:
    • ‘‘ir a Mc Donald’s’’ (Cristina, 27/12/16, El Sauce),
    • ir al patio de comida de un supermercado donde ‘‘los chicos juegan, les compro algo para que coman y por ahí se les compra algo ahí, algún juguete’’ (Melina, 22/11/2017, Sabala),
    • ir ‘‘a Tecnópolis’’ (Vanesa, 15/12/16, El Sauce),
    • ir al Parque Roda y ‘‘poderles comprar algo cuando los chicos piden’’ (Rita, 18/11/17, El Sauce);
  • y elegir qué comprar:
    • ‘‘a veces me doy un gusto de por ahí un yogur para los chicos, una galletita que ellos me piden’’ (Rocío, 23/10/17, Sabala),
    • ‘‘los llevo a ellos y ellos eligen’’ (Beatriz, 13/11/17, Sabala),
    • ‘‘capricho que puedo se los doy, trato’’ (Cristina, 27/12/16, El Sauce).

Si bien el dinero de la AUH no daba cobertura a los numerosos gastos derivados de la crianza, tenía eficacia en este punto al que aludimos: comprar o hacer algo que se deseara. El dinero lograba, aún con su monto exiguo, que los pequeños consumos asociados a la recreación y a poder ‘‘darse un gusto’’ no estuvieran vedados, que eventualmente puedan producirse. Ese carácter habilitante del dinero de la AUH es, sin dudas, un aspecto sugerente a señalar.

Al mismo tiempo, utilizando el dinero de la AUH, las familias se endeudaban. El hecho de haber solicitado créditos y, al momento de la entrevista, estar pagándolos, fue una evidencia recurrente en nuestro trabajo de campo[2]. Diversas entidades bancarias ya ofrecían, anteriormente, créditos a las titulares de la AUH (Dettano, Sordini y Patti 2016). Sin embargo, desde el 2007 y a través del Decreto 516/2017, como mencionamos en el primer capítulo, es ANSES el organismo que los otorga. Como sostienen Pozzo y Wilkis (Le Monde Diplomatique 12/2019, párrafo 24), tuvo lugar una ‘‘alquimia cambiemita: una política originada como fuente de ampliación de derechos se convirtió en un camino directo al infierno de estar endeudado con el propio Estado, cuya misión es brindar protección frente a las inequidades sociales’’. Estas prácticas de endeudamiento se afianzan como un nuevo nicho de mercado y como un nuevo ámbito para extraer beneficios, a partir del alcance masivo que de las TMC que tienen como opción los créditos (Sordini y Chahbenderian 2019). La facilidad de acceso a estos créditos, que ha sido analizada en el tercer capítulo[3], era destacable: la gestión podía ser de modo virtual, los requisitos eran mínimos y el plazo a esperar para obtenerlo, breve.

Un ejemplo de las deudas que las mujeres titulares contraían: Josefina había obtenido quince mil pesos de crédito y devolvía ochocientos por mes, durante dos años. Es decir que el interés sumaba más de cuatro mil pesos; repartido en dos años, el interés alcanzaba a ciento setenta y ocho pesos mensuales (8/11/17, Sabala). La práctica de endeudamiento era comprensible cuando se consideraba la fuerte expectativa que tenían las familias por mejorar sus condiciones habitacionales: la compra de materiales de construcción, el pago de la mano de obra y la adquisición de algún mueble que se precisara. El crédito constituían la única forma de efectuar esas mejoras habitacionales porque permitía acceder a ‘‘todo el dinero junto’’ (Amalia, titular de la AUH, 18/10/17, Sabala). Las mujeres rara vez hacían referencia a la carga económica de afrontar el descuento posterior, mes a mes, para saldarlo; tampoco sabían, con precisión, cuál era el interés que iban a afrontar. La cuestión se dirimía en otro registro: por la valoración asignada a la mejora de la vivienda y por tener en claro que el crédito era la única posibilidad para acceder al dinero necesario. Repercutían de ese modo “las finanzas, vistas ‘desde abajo’[4] ’’ (Pozzo y Wilkis, Le Monde Diplomatique 12/2019, párrafo 9).

La mejora de las condiciones habitacionales era un tema recurrente en los relatos obtenidos en Sabala y los créditos eran esenciales para esas mejoras. Los esfuerzos que se hacían para ir acondicionando la vivienda era tan grandes como lentos los avances que se iban dando. Las mejoras solían ser en una parte de la casa: ‘‘hice el piso’’, ‘‘compré los materiales y pagué la mano de obra para revocar por adentro’’, ‘‘cambié el techo’’, ‘‘hice el revoque del comedor’’, ‘‘construí una habitación’’, ‘‘levanté las paredes del patio con ladrillos’’, ‘‘compré la bomba del agua’’, ‘‘puse membranas en toda la casa’’. Siempre avances parciales, nunca reformas acabadas. En otras palabras, se trataba de viviendas en continuo proceso de mejora; observamos muchos patios, en los que se acumulaban materiales de construcción, como arena, machimbre, ladrillos, chapas, a la espera de ser utilizados cuando fuera posible; patios que reflejaban ese proceso de trabajo paulatino.

Solía desarrollarse un proceso lento de autoconstrucción. Tomamos como referencia la situación de Josefina, una titular de la AUH. El padre de unos de sus hijos ‘‘la ayudaba’’ a construir su vivienda. ‘‘Va construyendo el domingo, me levanta otras paredes más y me pone las chapas, así ya por lo menos instalamos las piezas’’, explicaba. El destino del crédito fue el siguiente: ‘‘hice los revoques, que gasté 10.400 en mano de obra y el resto en los materiales. Me alcanzó para revocar los dos dormitorios y el baño, todavía me falta arreglar lo que es el comedor’’. A la vez, estaba presente la expectativa de renovar el crédito: ‘‘conseguí un hombre que me cobró $100 el metro cuadrado [para revocar el comedor]. [Pero] no me daba para más el presupuesto, entonces hay que esperar que pueda volver a renovarlo, que más o menos me dijeron que tengo que tener pago más o menos el cincuenta por cierto [del crédito en curso]’’ (8/11/17, Sabala).

El dinero permitía realizar mejoras significativas en el hogar. En un ámbito de infraestructura precaria, ese dinero daba lugar a la adquisición de elementos significativos en las condiciones materiales de vida de las familias. Clara, poco tiempo antes de la entrevista, no tenía más opción que pedir agua a su vecino; el terreno donde vivía no tenía provisión de agua. Pudo comprar una bomba para sacar agua, ‘‘la compré con mi sueldo [en referencia a la AUH]’’. Sin embargo, al poco tiempo, se la robaron. ‘‘Entraron a la casa, yo la tenía ahí, viste?’’, relataba afligida mientras señalaba la entrada de la casa. Un tiempo después, mediante el crédito de la ANSES, pudo adquirir una nueva bomba de agua, más grande. Lo expresaba de la siguiente manera:

Una bombita para sacar agua había comprado. La dejé ahí no más, cuando me levanto que dormimos cuánto, dos o tres horitas, me levanto y no estaba más mi bomba, por eso tuve que sacar el… justo después de eso salió el préstamo y justito lo aproveché y lo saqué para comprarme mi bombeador para sacar agua porque si no, con qué iba a sacar agua. No tener que estar molestando a los vecinos. No iba a aguantar mucho así yo, ¿viste?, me iba a molestar tener que estar molestando a los vecinos (28/11/17, Sabala).

‘‘Yo nunca tuve 15 mil pesos’’, nos explicó Clara. Esa fue la expresión que usó para dar cuenta del impacto que tuvo el dinero obtenido a través del crédito en su propia historia. Aunque no era la única práctica de endeudamiento que las familias tenían, producía ese impacto: desde el punto de vista de las titulares, era percibido como un dinero habilitante incluso cuando permitía la disponibilidad a costa de un endeudamiento.

iii) Dinero como ‘‘ayuda’’

Por otra parte, también señalamos que el dinero de la AUH era frecuentemente definido como ‘‘una ayuda’’. Esa era la palabra indiscutible, categórica: cuando las mujeres definían a esta política social lo hacían de ese modo. Diversos estudios muestran esa forma de ser nombrada que tiene la AUH. Aquín sostiene que:

En algunos casos [las entrevistadas] manifiestan ‘si hablamos de los chicos, sí es un derecho, pero para mí es una ayuda’, dando cuenta de la posición ocupada por las mujeres que perciben la AUH y de la relación que se ha establecido con el Estado históricamente, la cual ha sido de tutelaje, debido a que la asistencia en términos de derecho exigible ha llegado en forma de ‘ayuda’, ‘plan’, ‘beneficio’ (Aquín 2014, p. 61).

Garcés también identifica que:

En todas las entrevistas realizadas […], tanto de los agentes del Estado como de los beneficiarios, la AUH aparece definida desde la asistencia: como una ‘ayuda’ para aquellas familias que no tienen trabajo o cuyos ingresos son insuficientes para satisfacer sus necesidades básicas, aunque los argumentos en torno a estos términos tienen rasgos diferentes, según se trate de los agentes del Estado o de los beneficiarios (Garcés 2015, p. 110).

La AUH era nombrada como una ‘‘ayuda’’ al igual que sucedía con muchas otras transferencias estatales[5]. Según sus propios destinatarios, también solían constituir ‘‘ayudas’’ las transferencias provenientes de otras políticas sociales. Es decir, es una generalización asociada a diversos tipos de presencias estatales[6]. Zibecchi observa incluso un ‘‘significado místico’’ que guardan los programas de TMC para las mujeres titulares. Una atribución que no puede explicarse por fuera de las condiciones de existencia de quienes son destinatarias de esos programas:

Mujeres pobres, con bajos niveles educativos, dedicadas exclusivamente al trabajo reproductivo y al cuidado de los integrantes del hogar, para las cuales la política social fue la única propuesta en materia de política pública en los últimos años no sólo en lo que se refiere a instancias de ‘combate’ de la pobreza y del desempleo, sino también en materia de reconocimiento y como única instancia de participación en lo público (Zibecchi 2013, p. 20).

Desde nuestro punto de vista, esta generalización no parecía difícil de comprender: la expresión ‘‘ayuda’’ naturalizaba que los montos de las transferencias estatales fueran magros e interiorizaba el acotamiento de la propia responsabilidad del Estado respecto del problema de la reproducción social. Desde la óptica de las familias, las transferencias estatales recibidas, a lo largo de las últimas dos décadas, no habían sido mucho más que eso, ‘‘una ayuda’’; es decir, piezas de un rompecabezas que nunca terminaba de resolverse. El carácter fragmentario es, en ese sentido, un rasgo primordial. De allí que las mujeres no diferenciaran cualitativamente a los programas, ya sea contiguos o anteriores. Por el contrario, con sentido pragmático daban cuenta del monto que recibían o que habían recibido en cada caso; esa era la principal diferencia[7]. Rosalía, una titular de la AUH, respondió cuando le preguntamos sobre esas diferencias: ‘‘en el Argentina Trabaja cobro $4.000 y en la asignación 2.000, bueno, pero es una ayuda que a mí…, pero diferencias, el valor de la plata no más, porque otra diferencia, o sea, otra diferencia no, no, no veo’’ (18/10/17, Sabala). ‘‘La asignación’’ también era ‘‘una ayuda’’. La expresión que se solía utilizar en referencia a otras transferencias estatales se extrapolaba también a la AUH.

En el segundo capítulo, referenciamos un análisis de Grassi (2012a, p. 3) para explicar la originalidad del diseño de la AUH dentro del campo de la política social: ‘‘constituye una cuña en el sistema de seguridad social clásico sostenido en el empleo regular’’ y, en ese sentido, ‘‘tiende a dar unidad al sujeto del derecho, al tiempo que pone de manifiesto la aceptación de los límites de la política de regularización del empleo, cuando se trata de la extensión y preservación de la protección social’’. Significado el dinero de la AUH del modo en que lo estamos mostrando, no daba pistas de esa cuña. Primaba, al contrario, una igualación: ese dinero poco difería del que provenía de otras políticas sociales. La consecuencia primordial de este hecho era que se empañaban las características diferenciales de la AUH, los componentes que hacían que no fuera equiparable a un programa de asistencia transitorio[8]. En la indiferenciación se eclipsaba la politicidad que esta política social tiene y entonces resultaba menos ejemplar que en los papeles.

En suma, el dinero de la AUH era percibido como: i) un dinero que se consumía rápido y ‘‘no alcanzaba’’, ii) un dinero habilitante porque hacía que los pequeños consumos asociados al goce no estuvieran vedados y porque también, a través del endeudamiento, permitía realizar mejoras significativas en la vivienda y iii) era, finalmente, un dinero asimilado en términos de ‘‘una ayuda’’, al igual que otras transferencias pasadas o contiguas en las experiencias de las familias. Fuimos circunscribiendo, así, diferentes significados presentes en la transferencia dineraria de la política social analizada.

¿Por qué se produciría una narrativa que no fuera aquella sustentada en la noción de ‘‘ayuda’’ cuando las familias –como analizaremos en el apartado siguiente– articulaban el dinero de la AUH, al igual que sucedía con otras piezas de dinero de transferencias estatales, a los esfuerzos cotidianos para garantizar la reproducción? Si, como iremos desplegando a continuación, el dinero de la AUH se acoplaba a las estrategias familiares de vida y producía un mismo provecho inmediato en la resolución de las necesidades cotidianas y, así, su efecto práctico era similar al de otras políticas sociales, entonces ¿por qué su retórica luciría diferente?

3. Dinero enraizado

Durante el trabajo de campo nos fuimos topando con una evidencia recurrente: la necesidad de las mujeres de sobrellevar cotidianamente constreñimientos económicos, enfrentando situaciones de extrema privación material. Las expresiones y las metáforas para representar esa idea fueron numerosas: ‘‘tengo que hacer malabares’’, ‘‘hago magia’’, ‘‘la safo’’, ‘‘invento para no gastar tanto’’, ‘‘algo siempre hago, me las rebusco’’, ‘‘estoy remándola’’, ‘‘siempre fui una mujer que no me quedo’’, ‘‘en casa la plata se estira’’ y ‘‘trato de sacar una moneda más’’. Todas estas expresiones reflejaban el imperativo de desplegar varias estrategias de vida a la vez y de modo constante. Aludimos a las ‘‘estrategias familiares de vida’’ (Torrado 2006), que tenían por objetivo ‘‘asegurar su reproducción biológica, preservar la vida y desarrollar todas aquellas prácticas económicas y no económicas, indispensables para la optimización de las condiciones materiales y no materiales de existencia de la unidad y de cada uno de sus miembros’’ (Torrado 2006, p. 17)[9]. Son comportamientos de los agentes sociales que están condicionados ‘‘por su posición social (o sea por su pertenencia a determinada clase o estrato social)’’ y se relacionan con ‘‘la constitución y mantenimiento de unidades familiares’’.

No es novedosa, por cierto, la idea de que las familias de sectores populares combinan estrategias de vida como el modo a través el cual alcanzan la subsistencia, y muchos estudios, además, incluyen la acción del Estado dentro de esas combinaciones. Por ejemplo, Hintze (2004, p. 146) sostiene que ‘‘la unidad familiar genera o selecciona satisfactores para alcanzar sus fines reproductivos por medio de la combinación de las posibilidades a su alcance […]”. La autora destaca la generación, selección y combinación de ‘‘circuitos de satisfacción de necesidades” y observa, en lo que denomina ‘‘estrategias de reproducción”, distintos niveles de relaciones: ‘‘internamente” (división familiar del trabajo), ‘‘con otras unidades familiares”, ‘‘con el mercado”, ”con otras instituciones de la sociedad civil”, y ‘‘con el estado”. Al mismo tiempo, Wacquant (2007, p. 137) muestra de qué forma la mayoría de los habitantes de un gueto estadounidense necesitan, a fin de garantizar su subsistencia, combinar constantemente trabajo asalariado, asistencia pública y ‘‘hustling” (‘‘rebusques”). Y analiza cómo madres que requieren asistencia social, en el Gran Chicago, deben, de forma recurrente, acudir al sostén de los padres, amigos o ‘‘padres desertores”, o bien al trabajo no declarado para lograr la sobrevivencia. Otros autores dan cuenta de las redes informales, con base territorial, en que están insertas las familias de los barrios populares y su influencia en la supervivencia material. Auyero (2001, pp. 230-231), por una parte, analiza el papel de los intercambios clientelares vinculándolos a ‘‘la resolución de problemas mediante la intervención política personalizada’’. Merklen (2005), por otra parte, se centra en la multiplicación de ‘‘afiliaciones locales” que se desarrollan en los barrios pobres del conurbano bonaerense comprendiendo a las mismas como una forma específica de solidaridad y normatividad.

En esa línea de análisis que cruza estrategia de vida y recursos estatales, nos interesa mostrar que el dinero de la AUH no operaba como un recurso aislado, inarticulado. Sino, precisamente, el modo en que estaba enraizado en las estrategias de vida que las familias desplegaban día a día. Su presencia no era un hecho novedoso en los hogares. Se percibía que las familias contaban con una trayectoria de sobrellevar lo mejor posible las circunstancias con recursos mínimos y, a la vez, con muchos años reconociendo al dinero de la AUH como parte clave de ese proceso. Había historicidad: los movimientos que en pos de garantizar la reproducción sabían hacerse y, como parte de ese dominio, la resolución de las necesidades cotidianas se vía condicionada y orientada por la presencia del dinero de la AUH. Sobre esos movimientos, el testimonio de Elena es ilustrativo:

Elena: con mi sueldo [transferencia monetaria del programa Argentina Trabaja] llego hasta el día 20, ponele, y con la asignación, sobrevivo al final del mes. Mi sueldo lo gasto para comprar las cosas que necesitamos acá, las más caras, yerba, azúcar, y con la asignación sobrevivimos hasta que vuelva a cobrar [su sueldo]. Con lo que trae mi marido compramos algo, si nos quedamos cortos, ponele. Ahora [día 19 del mes] ya se me termino mi sueldo y estamos usando la plata que me trae mi marido. Las compras las hacemos día por día. Por ejemplo, ¿qué comemos hoy, fideos con tuco? Me falta la carne, mando a las chicas [hijas] a comprar y así. Se compra lo que se necesita en el día. Ponele, yo cobro del [día] 10 en adelante. El sueldo que gano, cuatro mil quinientos, lo hago estirar hasta el [día] 20, que cobro más o menos la asignación. Mi sueldo lo gasto para comprar las cosas que hacen falta acá: azúcar, yerba, desodorante, detergente, shampoo, crema. Todo lo que sea más caro. Con mi sueldo compro eso y con la asignación sobrevivimos hasta que vuelva a cobrar. Encima ahora tenemos que comprar pañales ¿Sabés qué?

Autora: Claro…

Elena: Y lo que trae él [su marido], no sé, nos quedamos cortos. Ponele, ahora se me terminó el sueldo. Estamos usando la plata que trae mi marido, hasta que yo pueda cobrar la asignación (19/11/2016, El Sauce).

Además del empalme entre el empleo informal y dos tipos diferentes de transferencias estatales, esta familia concurría asiduamente a un comedor comunitario. El relato muestra, entonces, la necesidad que tenían las familias de desplegar un conjunto de estrategias de vida, que esas estrategias debían estar articuladas entre sí y que la AUH formaba parte de ese engranaje.

Era difícil que las entrevistadas dieran cuenta de un tipo de trabajo definido, que con facilidad pudiera ser enunciado. Eran trabajos más o menos breves, trabajos más o menos cambiantes. Como consecuencia, no identificamos un antes y un después de la AUH. No sucedía antes una cosa y ahora otra; más qué un límite tajante entre momentos, notamos precariedad laboral y ‘‘rebusques’’ continuados[10]. Por eso muchas mujeres quedaban sorprendidas ante la pregunta: ‘‘¿cómo era un día común cuándo la familia no percibía la AUH?’’; el interrogante quedaba grande a la realidad de las familias. Era engorroso expresar cómo era un día en la vida cotidiana antes de la AUH. Era ‘‘normal’’, era ‘‘no, nada, igual’’[11]. Lejos quedaba la presencia de esta política social de motorizar un punto de inflexión en biografías familiares largamente expuestas a contextos de precariedad estructural y no había razones, en ese sentido, para esperar ese punto de inflexión.

En ese sentido, los adultos de las familias parecían estar haciendo movimientos constantemente. Movimientos necesarios para garantizar su existencia día a día. Nos detenemos, en lo que sigue, en esas imágenes que tenían las siguientes características. Primero, estar disponible para hacer cualquier tipo de trabajo. Es decir, ‘‘hacer lo que sea’’, de ‘‘trabajar en lo que salga’’, de ‘‘trabajar en lo que lo llamen’’, de ‘‘hacer de todo’’. Estar disponible para hacer y, a la vez, para ‘‘inventar’’ e ingeniárselas. Segundo, estar alerta y ocupados buscando nuevas posibilidades. Había necesidad de prestar atención, siempre, a qué más era posible hacer. Una búsqueda constante que suponía una preocupación, un estado de alerta. Nunca eran acabados los frutos de las estrategias que se desarrollaban; se podía hacer más. Detenerse, ‘‘aflojar’’, no era conveniente. Y tercero, estar combinando diferentes prácticas. Había destreza en acompasar las estrategias, que se ejecutaban a la vez y constantemente. Se requerían combinaciones, adecuaciones y ajustes, y el esfuerzo que debía hacerse por lograr cierto equilibrio era permanente, a tiempo completo. Estos movimientos, en consecuencia, imprimían a la cotidianeidad de las familias un tono muy particular: desconocer la tranquilidad.

En los apartados siguientes nos interesa detallar que el dinero de la AUH oficiaba, en medio de esa intranquilidad, como un complemento. Esquemáticamente, era un complemento del: aporte de trabajos precarios, aporte de otras coberturas estatales, aporte de la familia ampliada, y aporte de diferentes ‘‘rebusques’’. La AUH sumaba un monto fijo de dinero a esos aportes. Tenía efectos en la organización de la vida cotidiana de las familias, ayudando a mantener el equilibrio y brindando previsibilidad en el corto plazo. Desglosamos a continuación, cada uno de estos puntos de análisis.

3.1 Los trabajos informales

La literatura periodística es eficaz en construir un abismo entre el trabajo y los diferentes programas de transferencias estatales. Un abismo ficcional. El uso mediático suele estereotipar a quienes reciben un programa social como personas desconectadas del mundo de trabajo. La premisa, sostenida a rajatabla, es que el plan destrona al trabajo[12]. No hallamos ese destronamiento. Hemos observado que las familias ligaban el dinero mensual de la AUH a estrategias laborales, tan variadas como precarias. Esta política social se dirigía a contrarrestar, en cierta medida, las condiciones de desprotección del trabajo. Para quienes no gozaban de los derechos asociados al trabajo como base de la protección, representaba una instancia sostenida de apoyo. Así, la relación de la AUH con el mundo del trabajo era directa y fuerte.

Efectivamente, eran los ingresos provenientes de trabajos en condición de precariedad los que se veían compensados a través de la transferencia económica que proporcionaba la AUH. Familias, inscriptas en el terreno de la economía informal de subsistencia[13], que accedían a empleos organizados comúnmente bajo la forma de ‘‘changas”, de trabajar ‘‘en lo que salga”, tanto para terceros como por cuenta propia, o bien, bajo la forma de empleos no registrados, aunque relativamente estables. Por ejemplo, cuando le preguntamos a Vanesa sobre los tipos ‘‘de changas’’ que realizaba su pareja, ella respondió:

Él hace de todo un poco, pero labura en negro. O sea que por ahí está trabajando como por ahí no. No le pagan lo mismo que cuando trabajás en blanco, siempre están esas cosas. Por ahí un tiempo trabaja re bien, otro que no. Son temporadas. Arma stands, hace de todo un poco, sabe. Pero tiene que enganchar. Porque por ahí se le corta un poco el laburo y ya tiene que ver con quien puede engancharse para trabajar. Por eso te digo que el trabajo de él vale un montonazo. Porque trabaja un montón de horas, no es que trabaja ocho horas como un laburo en blanco. No, él trabaja un montón de horas. A veces labura toda la noche para los desarmes. Todo el día, toda la noche. Para los desarmes de los stands, todas esas cosas. No le pagan todo lo que le tienen que pagar, porque ves los stands y son una maravilla como quedan. Y son muchas horas de trabajo (15/12/16, El Sauce).

Como enfatizó Cecilia, otra titular de la AUH: ‘‘no me saca ni me da nada la asignación. Yo dependo de mi trabajo’’ (2/11/ 2016, El Sauce). Hallamos un abanico de trabajos que tenían en común no gozar, en sentido fuerte, de las protecciones que ofrece la condición asalariada. Las mujeres entrevistadas estaban, al momento de la entrevista, realizando los siguientes trabajos[14]: empleo doméstico en casas y oficinas, cuidado de niños, venta ambulante de café y de comida casera, tareas de cocina en un pequeño restaurante barrial, atención de un puesto en la feria, tareas vinculadas a la cría de perros para la venta, venta de productos de cosmética por catálogo, atención de un pequeño quiosco barrial. Sus parejas, cuando se trataba de hogares biparentales, estaban, al momento de la entrevista, realizando los siguientes trabajos: tareas de construcción (pintura, albañilería, durlock, electricidad), recolección de cartones, conducción de remis, tareas como repositor en un comercio barrial, actividades de ‘‘carga y descarga’’ en el mercado central y en corralones.

Podemos mencionar algunas características comunes de estos trabajos: los períodos de fluctuaciones y de desempleo, las jornadas intensivas, los salarios comparativamente menores que en los ámbitos de trabajo formal, la necesidad de estar a la espera y a la búsqueda de hallar un nuevo trabajo. Estas eran las debilidades sobre las cuales echaban luz los relatos recabados. Existía entre la AUH y el trabajo informal un nudo que era esperable hallar, en la medida en que lo formaliza el propio diseño de la política social. El acceso a la AUH, como muestra el estudio de Kliksberg y Novacovsky (2015), no reduce la propensión a insertarse en el mercado de trabajo; así como tampoco ayudó a promover la informalidad. La pretensión de acceder a un empleo formal siempre está presente en las familias receptoras, al igual que está presente la valoración del empleo como medio deseable para obtener ingresos (Garcés 2015).

En ocasiones, el dinero de la AUH, en vez de complemento, era sostén. Porque cuando las familias sufrían mayor restricción económica a causa de la falta o de la disminución del empleo, ese dinero se convertía transitoriamente en el ingreso fijo con el cual se podía contar; se trataba de coyunturas que podían no ser excepcionales sino, en ocasiones, intrínsecas a la precariedad de las condiciones laborales. Aspecto importante que una trabajadora social, de un servicio social local, sintetizó del siguiente modo:

La asignación fue un cambio importantísimo, en los momentos de menor crisis no se percibía tanto la importancia de la asignación; ahora, me ha pasado en el último tiempo que muchas mujeres me dicen que lo único que tienen es la asignación, nada más; en esta semana tuve tres entrevistas de mujeres que lo único que tienen es la asignación (16/11/16, El Sauce)

Por otra parte, vale la pena señalar que los cruces con el empleo formal fueron una variante inesperada en relación a la AUH. Podía suceder que algún integrante del grupo familiar ampliado contara con empleo formal. En nuestra muestra, esos casos fueron excepcionales; quienes tenían acceso a ese tipo de empleo eran las madres de algunas las titulares más jóvenes que entrevistamos. Constituían ejemplos de familias de trabajadores formales, en este caso grupos trigeneracionales, que a la vez eran sujeto de apoyo estatal. Eran familias que hacían frente a las condiciones de pobreza combinando sueldos magros provenientes de un empleo formal con la transferencia mensual de la AUH.

Volviendo al punto de partida, el ‘‘facilismo del subsidio por encima de la legitimidad del empleo’’ (Diario La Nación, 27/10/13) es un constructo de sentido común, amplificado en los medios de comunicación, sin asidero en los relatos recabados. Los testimonios, en cambio, advertían algo distinto: el dinero de la AUH se disponía como complemento, y eventualmente sostén, de ingresos laborales teñidos de precariedad.

3.1.1 De la AUH al empleo formal

Tomamos a continuación un caso negativo de nuestra muestra. La situación que presentamos, en vez de iluminar –como sería coherente a la secuencia del análisis– la articulación entre trabajo informal y la AUH, da cuenta de aquello que sucede cuando se deja de percibir la AUH y se accede a una instancia de mayor protección, dada por un empleo formal. Hacemos un paréntesis en el análisis para armar un contrapunto. Si previamente mostramos la relevancia del dinero de la AUH como complemento de grupos familiares cuyos ingresos provenían principalmente de trabajos precarios, ahora matizamos el argumento: era sustantivo el alivio y la seguridad que ofrecía la relación de dependencia laboral a un grupo familiar que se ubicaba en un contexto de alta vulnerabilidad social.

Cuando entrevistamos a Lola[15], ex titular de la AUH, ella se encontraba trabajando en un hotel ubicado en el centro de la Ciudad de Buenos Aires, como empleada de limpieza. Hacía seis meses que trabajaba allí, seis días a la semana, con un solo franco, en el horario de nueve a dieciocho horas y recibía un salario apenas superior al monto del salario mínimo fijado en ese momento. En vez de la AUH, Lola accedía a la AAFF. La AUH la había percibido, sin embargo, a lo largo de los últimos cinco años de manera ininterrumpida; oportunamente había sido titular de la AUE y luego, trayecto esperable, continuó con la titularidad de la AUH. La experiencia laboral inmediatamente anterior a su empleo formal en el hotel, había sido en el marco de un emprendimiento familiar. Junto a su hermana, elaboraban y servían comida en el patio de la vivienda en la cual la familia residía. Muchos trabajadores de las fábricas lindantes iban al mediodía a almorzar allí. Montaron ese emprendimiento con la ayuda de la madre de Lola.

A finales de 2015, Lola decidió dejar el emprendimiento y accedió al trabajo como empleada en el hotel. ‘‘Una semana se vendía bien y la otra no, dejé porque se estaba vendiendo poco’’, explicó en relación a la motivación para dejar el emprendimiento. En diciembre de 2015, ‘‘cuando fue el cambio de gobierno, la gente estaba con miedo con todo lo que iba a pasar, la gente no quería gastar’’. Así, ‘‘por ejemplo las empresas de acá [El Sauce] traían la comida y la calentaban, bajó un montón la venta [del emprendimiento]’’. ‘‘Aguanté un par de meses hasta que después no me alcanzaba la plata y tuve que dejar’’, continuaba el testimonio de Lola. Entonces, ‘‘hablé con un conocido y me dijo que estaban buscando gente para trabajar [en el hotel]’’. El traspaso de un tipo de trabajo a otro suponía una diferencia de ingreso tan grande que hacía fácil la elección. De ese modo, Lola accedía a su primera experiencia en un trabajo registrado.

Muchas de las expresiones que Lola utilizaba reflejaban la tranquilidad que le daba contar con un empleo formal: ‘‘antes hacía magia’’, ‘‘con el trabajo me relajé, un alivio’’, ‘‘ahora es más fácil’’. Su relato fue girando en base a un tópico: transcurrir de un estado a otro, de una condición a otra, de hacer magia al alivio incipiente. Lo que daba alivio, principalmente, era el mayor salario junto a la previsibilidad en los ingresos. En sus palabras:

Ahora es más fácil. Antes era más difícil porque cobraba esas dos cosas nomás [AUH y Progresar]. Yo a veces trabajaba pero no es lo mismo que ahora, que todos los meses tengo una plata fija. Antes era más difícil, por ejemplo, cuando empezaba el año escolar tenía que comprarle las cosas para el Jardín y a veces no alcanzaba. Y le tenía que pedir la tarjeta a mamá, todas cosas así. Ahora ya sé que cobro, ponele los [días] cinco y compro toda la mercadería y bueno, toda la plata que me queda es para manejarme después. Por si [su hija] se enferma o algo. Pero antes cuando cobraba la asignación era más difícil porque si se enfermaba no tenía plata, era un quilombo. Sí tenía tiempo para estar en mi casa, pero no tenía plata para manejarme. Era complicado, sí. […]. Cuando cambian las temporadas que le tenía que comprar ropa a Maia [su hija], la plata era justa. Tenía que esperar para comprarle y a veces no me alcanzaba tampoco. O sea, por ahí me alcanzaba para la comida pero para la ropa no. Entonces era complicado. Ahora como estoy trabajando, por ejemplo cuando tengo que comprarle zapatillas voy, y se las compro con la tarjeta de crédito y después cuando cobro, voy, pago todas las cuentas y listo. Me olvido de eso.

En este capítulo se analizará, más adelante, el dinero de la AUH como una pieza que habilita un consumo seguro, haciendo foco en la estabilidad que ese ingreso fijo mensual proporciona. El ejemplo de Lola, sin embargo, es útil para matizar el argumento. Aunque el cambio en el caso de Lola era incipiente, su experiencia daba cuenta holgadamente del alivio y la seguridad que el marco de relación de dependencia laboral traía aparejado a este grupo familiar. En términos de poder contar con alguna certeza, esa experiencia resultaba muy significativa[16].

3.2 Las otras coberturas sociales[17]

El dinero de la AUH podía también ser un complemento del aporte de otras políticas sociales presentes en el grupo familiar. Desde ya, las combinaciones de políticas sociales que vamos a señalar no se daban en todos las familias porque tenían que ver con su composición, es decir, con las circunstancias y con las edades de cada integrante; a la vez que podían variar según el lugar de residencia de la familia, CABA o Provincia de Buenos Aires. Además, no son exhaustivas sino que muestran las combinaciones observadas a partir de los datos recabados en nuestro análisis.

Primero, la AUH podía ser complemento de otras coberturas sociales destinadas a niños, niñas y adolescentes. La cobertura social que recibían los niños, niñas y adolescentes de un mismo grupo familiar podían ser diferentes; podían provenir concretamente: de la AUH, de la Asignación Universal por Hijo con Discapacidad, de la AAFF o de una pensión no contributiva cuando se trataba de un niño con discapacidad. Prestaciones incompatibles entre sí que estaban presentes dirigiéndose hacia integrantes menores de 18 años de un mismo grupo familiar. Según correspondiera, cualquiera de esas transferencias –‘‘la asignación’’, ‘‘la asignación por discapacidad’’, ‘‘el salario’’ o ‘‘la pensión’’– podían, eventualmente, dar cobertura social a niños y adolescentes. La AUH, así, quedaba en pie de igualdad con un conjunto de prestaciones sociales, tanto contributivas como no contributivas, destinadas a la niñez.

Segundo, la AUH podía ser complemento de coberturas sociales destinadas a adultos mayores. Dado que, en algunos casos, podía combinarse con las prestaciones del sistema previsional. En un grupo familiar ampliado, compuesto por niños, niñas y adolescentes junto con adultos mayores, podían converger diferentes instancias de protección social. La AUH, así, quedaba en pie de igualdad con un conjunto de prestaciones sociales contributivas destinadas a adultos mayores.

Tercero, la AUH podía ser complemento de coberturas sociales de tipo TMC. Señalamos las dos combinaciones más frecuentes que identificamos: la AUH y el Plan Más Vida, cuando había niños menores de 6 años en los hogares, y la AUH y el Programa Argentina Trabaja o el Ellas Hacen, en cuyo caso, podía la mujer ser titular de ambas prestaciones o bien, la mujer ser titular de la AUH y el varón titular del Argentina Trabaja. La AUH, así, quedaba en pie de igualdad con un conjunto de prestaciones de tipo TMC.

Señalamos formas posibles en que se combinaban políticas sociales heterogéneas, incluida la AUH. Es importante observar la medida en que las políticas sociales reconocen u omiten, a la vez que hacen compatibles o incompatibles, intervenciones hacia diferentes miembros de la familia y, paralelamente, ante diversos contextos, momentos y circunstancias del ciclo de vida familiar. Siguiendo a Bertranou y Maurizio (2012, p. 6), es necesario avanzar en ‘‘la integración de los diferentes componentes que deberían formar parte del sistema de protección social, prestando atención en forma más amplia a la matriz de riesgos y vulnerabilidades que enfrentan los distintos hogares según su composición’’. Vinculado a este punto, la OIT (Bertranou 2010, p. 10) ha definido el concepto de ‘‘piso de protección social’’. El concepto incluye, por una parte, ‘‘un conjunto básico de derechos y transferencias sociales esenciales, monetarias y en especie, con el fin de aportar un ingreso mínimo y una seguridad mínima de los medios de subsistencia a todos y de facilitar una demanda efectiva junto con el acceso a bienes y servicios esenciales’’ y, por otra parte, ‘‘el suministro de un nivel esencial de bienes y servicios sociales, como salud, agua y saneamiento, educación, alimentación, vivienda, e información sobre la vida, más el ahorro de activos que sean accesibles a todos’’. Así, de la forma que asume la intervención pública hacia personas y familias ubicadas en una posición de mayor fragilidad social, la AUH es una política social más dentro de un esquema abarcativo y complejo. Lo que en este apartado señalamos, entonces, es que, lógicamente, hay una escala ‘‘micro’’, que mostramos aquí a escala familiar, del sistema de protección social ‘‘macro’’.

Estas combinaciones hacen visible que el Estado era un actor central en el proceso de reproducción social de las familias; parafraseando a Auyero (2013, p.190), era base de sus ‘‘posibilidades de subsistencia’’. Lo era en mayor o menor medida: dependiente del tipo específico de cobertura que recibía cada familia según correspondiera. La imagen de una familia poseyendo tarjetas bancarias provenientes de diferentes políticas sociales, cada una con sumas magras de dinero, parece representar adecuadamente nuestro argumento. Ante la exposición a fragilidades sociales muy crudas, no conviene trivializar la acción de combinar esos ingresos: la paradoja estaba en que, aun fraccionadas, tenían vigor.

Las combinaciones de los ingresos provenientes de distintas políticas sociales producían efectos en términos prácticos. La fecha aproximada de ‘‘carga’’ era un dato conocido y entonces podían utilizarse en diferentes momentos del mes o bien, juntas, complementándose, y al mismo tiempo podían estar destinada, cada tarjeta, a gastos prefijados[18].

Podía suceder, por ejemplo, que el ‘‘sueldo’’ del hombre fuera el proveniente del trabajo cooperativo y que el ‘‘sueldo’’ de la mujer fuera el proveniente de la AUH. En esos casos, se equiparaba, a través de políticas sociales diferentes, la provisión de ingresos al hogar biparental entre el hombre y la mujer. A tal punto había una equiparación que, en ocasiones, podían hacerse acuerdos entre el hombre y la mujer para demarcar los destinos de las diferentes fuentes de ingreso presentes en el hogar. Melina, una titular de la AUH, y su esposo habían conversado y llegado a un acuerdo: ‘‘el sueldo’’ de Gonzalo se destinaba a los alimentos y otros gastos ordinarios de la familia, y lo manejaba Gonzalo, mientras que el dinero de ‘‘la asignación’’ lo manejaba Melina y estaba destinado a salidas, como por ejemplo ‘‘ir a [supermercado] Coto’’ y a ‘‘que siempre haya en la heladera fruta que a ellos [los hijos] les gusta mucho’’ (22/11/2017, Sabala). Así, los ingresos que provenían de diferentes políticas sociales tenían simbólicamente la capacidad de equiparar al hombre y a la mujer cuando cada uno era titular de una prestación específica; lo que sucedía en esas situaciones, en términos de Wilkis y Hornes (2017), era que diferentes piezas de dinero al interior del orden familiar se jerarquizaban por igual.

También podía suceder que dos ‘‘tarjetas’’ se complementaran. Laura y Ángela, madre e hija ambas titulares de la AUH, al cobrar la AUH y el Programa Progresar -Programa de Respaldo a Estudiantes de Argentina-, iban juntas ‘‘al cajero’’. Iban con ‘‘la listita de la mercadería’’ para comprar, ya preparada. Luego del cajero, se dirigían al ‘‘supermercado Día’’ y hacían ‘‘las compras’’. Ese itinerario lo realizaban mensualmente, según la fecha de cobro de cada transferencia que eran distintas en el cobro. ‘‘La que decide qué se compra soy yo, porque Ángela derrocha, yo me fijo el precio’’, nos dijo Laura, la mamá. Para ‘‘no pasarse de la plata’’ que sacaban juntas del cajero, solían sumar los gastos usando la calculadora del celular mientras compraban. Además, del dinero depositado en el cajero, Laura dejaba siempre ‘‘algo para tirar en la semana’’ (26/10/16, El Sauce).

En suma, dependiendo de la composición familiar, el dinero de la AUH podía ser complemento del dinero que provenía de otras coberturas sociales, muy heterogéneas, del amplio mundo de la asistencia social así como también del ámbito de la seguridad social. Propusimos situar a la AUH como parte de un sistema de protección más amplio y complejo. La intención fue rastrear cómo, en la vida de las familias, los componentes de ese sistema tenían efectos prácticos al combinarse.

3.3 La familia ampliada

El dinero de la AUH, en determinados casos, era un complemento del aporte de la familia ampliada. Formaban parte de nuestra muestra, grupos familiares extensos que conformaban verdaderas ‘‘redes de protección cercana’’ (Castel 2004). Nos referimos a la siguiente configuración: familias que, residiendo en una misma vivienda, en diferentes viviendas de un mismo terreno o en viviendas espacialmente cercanas, conformaban una cadena de tres generaciones, al interior de la cual las mujeres entrevistadas ocupaban el segundo eslabón generacional.

Esa configuración de la familia ampliada funcionaba, en términos de Gutiérrez, como ‘‘una suerte de sujeto colectivo y no como un simple agregado de individuos’’ debido a que las decisiones eran el producto a la vez de ‘‘mecanismos de integración y de lucha’’ (Gutiérrez 1998, p. 161). A la vez que, se encuadraba dentro de las estructuras de solidaridad de tipo relacional que describe Merklen:

De manera general, parecería que una de las especificidades de los medios populares es la densidad relacional de su vida cotidiana. Ciertamente, desprovistas de otros apoyos –en particular de los de tipo institucional–, las clases populares siempre han sabido construir estructuras de solidaridad de tipo relacional. Estas estructuras permiten estabilizar una vida cotidiana muy a menudo marcada por el sello de la inestabilidad y la precariedad. Los investigadores han destacado así la preeminencia de los vínculos locales, territorializados: la familia, la religión, y la vecindad ocupan entonces ‘naturalmente’ un lugar privilegiado en la descripción de las formas de solidaridad emparentada, de proximidad o cercana (Merklen 2005, p. 195).

En efecto, observamos que la solidaridad de la familia ampliada constituía una fuente de recursos materiales, contención y apoyo; sujeto fundamental para la resolución de las necesidades y pilar tanto afectivo como económico.

Hallamos dos modos concretos en que el dinero de la AUH complementaba el aporte de la familia ampliada. Por una parte, se socializaba al interior de la familia. Por ejemplo, en la familia ampliada de Silvina, que vivía junto a su padre y dos hermanos (uno de ellos con su propia familia), los gastos alimentarios día a día se resolvían del siguiente modo: ‘‘ponemos [ella, su cuñada y su padre] 50, 50 y 50 [pesos] y compramos todo lo que hace falta y comemos juntos, menos mi hermano que vive solo’’ (25/10/17, Sabala). Había un acuerdo familiar para cubrir las necesidades alimentarias y el dinero de la AUH aportaba a la resolución. La eficacia estaba en que, de esa forma, se lograba ‘‘estirar’’ el dinero de la transferencia, hacerlo más durable en el tiempo y sacar un provecho mayor. Esa era la prioridad y no importaba quién era formalmente el destinatario último de la política social en cuestión.

Por otra parte, se particularizaba en el destinatario último. Por ejemplo, en la familia ampliada de Rita –que vivía junto a su hija y sus padres– el dinero de la AUH cubría los gastos primordiales únicamente de su hija: ‘‘ella come yogur, gelatina, obleas, cosas así que le gustan; le cargo, tiene su [tarjeta electrónica] SUBE, después le compro alguna ropa que le haga falta, no mucha, porque a veces es más lo que se gasta en lo que come’’. Sobre este aspecto, su padre le dijo: ‘‘eso es de la nena y siempre me dice gastalo siempre en ella y es así’’ (18/11/17, El Sauce). Aparece la idea, que también se presenta en el apartado siguiente, de un dinero proveniente de transferencias estatales que llevaba la marca de sus titulares formales, de sus destinatarios últimos. Y el aspecto a resaltar es que esa marca condicionaba la manera en que el dinero era utilizado. Entonces, la definición formal del sujeto destinatario de la política social condicionaba la forma en que la transferencia era apropiada por parte del grupo familiar.

En suma, la destreza que habían acumulado las familias ampliadas para forjar acuerdos, explícitos o tácitos, que permitieran cubrir los gastos alimentarios primordiales, era evidente. El dinero de la AUH no quedaba por fuera de esos acuerdos. Pudimos observar acuerdos diferentes: el dinero se socializaba con la familia ampliada o bien se particularizaba en el destinatario último. Pero siempre funcionaba como complemento de los gastos alimentarios de la familia, en su conjunto.

3.4 Los ‘‘rebusques’’

El dinero de la AUH podía ser un complemento, también, del aporte que provenía de diferentes ‘‘rebusques’’ que las familias desarrollaban, ya sea de modo esporádico (cuando surgía la oportunidad o en un momento determinado que la situación económica se tornaba más apremiante) o bien de modo regular. Se trataba de prácticas de subsistencia muy variadas que contribuían a la resolución de las necesidades cotidianas, solían estar ancladas en el territorio y movilizaban tanto a las instituciones de base como a la red de familiares y de vecinos. Movilizaban a esas estructuras de solidaridad de tipo relacional que en los párrafos anteriores, en base a Merklen (2005), describimos.

Los ‘‘rebusques’’ revelaban ahínco y perseverancia. Representaban la idea de no quedarse, de ir donde se presentara la oportunidad y de hacer lo que estuviera al alcance para lograr tener algo de dinero a mano. En nuestro análisis, esta categoría nativa incluye a prácticas heterogéneas que agrupamos dentro de tres líneas de acción:

  • Movilizarse para buscar apoyo en las instituciones barriales: concurrir a comedores o merenderos comunitarios; acudir a Cáritas para solicitar ropa o muebles usados.
  • Hallar formas de acceder a algo de dinero en efectivo: realizar algunas tareas específicas, como por ejemplo cuidar a un familiar enfermo o al hijo de un vecino, y recibir por ello ‘‘unos pesos’’; vender la ropa que ya no se usaba en ‘‘la feria’’[19]; recolectar cartones y otros elementos para luego revenderlos en contextos cercanos en los que adquieren valor de cambio.
  • Realizar diferentes prácticas de endeudamiento: ‘‘pedir fiado’’ en el almacén, comprar en cuotas en comercios; formar parte de ‘‘círculos de dinero’’ entre familiares; solicitar dinero al ‘‘prestamista del barrio’’.

Hilda, una titular de la AUH, se definió a sí misma como ‘‘rebuscadora’’ y sintetizó bien qué significaba esa palabra:

A mí me dicen ‘Hilda, sabés que allá tal cosa’ y ahí me vas a ver, o sea, no tengo vergüenza para nada, no. […]. Yo me crié con una familia humilde, también con mi papá trabajando por su cuenta, mi mamá y éramos siete. Siempre salir a trabajar así, nunca tuve un trabajo en blanco, sí he ido a hacer, por ejemplo, changas, ir a limpiar. Pero siempre fui una mujer que no me quedo. Cuando estuve tres años sola [separada] con los chicos [hijos] salí a cartonear. Quizá, por ahí, a veces invierto. Invierto, qué sé yo, $1.000, compro medias y salgo a vender. No tengo vergüenza para nada. O sea, medias estuve vendiendo un tiempo, pero bueno, con el tema de que hace falta esto, falta lo otro y bueno, uno se va comiendo la plata [15/5/17, Sabala].

El relato expone que se podía contar con toda una vida en la cual, para subsistir, se habían hecho ‘‘rebusques’’; se podía contar, con toda una vida, transitada en un entorno de pobreza estructural con esfuerzos permanentes por ir sobrellevando situaciones de privación extremas. Lo que importaba era ‘‘siempre hacer algo’’. Aun cuando se tratara de la alternancia entre trabajos más o menos breves que hacía difícil definir un tipo de trabajo único o central, las familias dependían de ese ‘‘siempre hacer algo’’.

Introducimos, a continuación, dos ejemplos de ‘‘rebusques’’: i) el dinero solicitado a los ‘‘prestamistas del barrio’’ y ii) la concurrencia al comedor comunitario. Los ejemplos brindan detalles que nos permiten reflexionar sobre aristas de la AUH.

i) Un ‘‘rebusque’’ singular: pedir dinero al ‘‘prestamista’’ del barrio

En Sabala, varias familias relataron haber accedido a sumas de dinero otorgadas por ‘‘prestamistas del barrio’’. Algunos ‘‘prestamistas’’ para ‘‘asegurase’’ el cobro del préstamo exigían que les fuera transferida ‘‘la tarjeta del Argentina Trabaja’’. Se quedaban en posesión de la tarjeta e incluso iban al cajero, ellos mismos, a fin de cobrar ‘‘la cuota’’ pactada. Cuando tuvimos la oportunidad de comentarle a Hilda, una titular de la AUH que había solicitado ‘‘un préstamo’’, que ese mecanismo nos parecía riesgoso, ella contestó: ‘‘el tipo es de confianza’’ (notas de campo, servicio social, Sabala, 13/11/17). Cabía la posibilidad de que el prestamista, incluso, recibiera la tarjeta y la mantuviera en su poder durante varios meses hasta llegar a saldar el total de la deuda, extrayendo mes tras mes ‘‘la cuota’’ a través del cajero automático. El hecho no era visto por las familias como abusivo. Como bien plantea Wilkis (Tiempo Argentino, 23/12/2019, párrafo 5) en un artículo periodístico:

Por un lado, el ejercicio de la violencia explícita en una relación de crédito no desentona con un universo social donde ella regula muchos aspectos de la vida cotidiana. Por otro lado, la existencia del uso de la fuerza violenta no debería opacar el hecho fundamental que los prestamistas prestan un ‘servicio’. Estos servicios poseen ciertas propiedades como la flexibilidad (todo se puede renegociar), estar disponibles frente a las urgencias (siempre están cuando los necesitan) y que las reglas son claras (es explícito el riego y la violencia).

El punto en donde se cruza este tipo de ‘‘préstamo’’ con la AUH es interesante. El esposo de Clara, una titular de la AUH, entregó su tarjeta durante varios meses –‘‘seis u ocho meses’’– y al momento de la entrevista faltaba un mes para que la recuperara. La ‘‘tarjeta’’ susceptible de ser entregada no era la de la AUH. Clara nos dijo: ‘‘esta sí la tengo yo’’ y ‘‘la verde (del Plan Vida) también’’. ¿Qué factores incidían para que fueran unas y no otras las transferencias afectadas por estos ‘‘préstamos’’ no bancarios? El ‘‘prestamista’’ le dijo a Clara que no era posible utilizar ‘‘la tarjeta’’ de la AUH porque ‘‘esa plata es para los chicos’’; solo se podía ‘‘con la tarjeta de él (su marido)’’ (28/11/17, Sabala).

Un tinte políticamente correcto recubría al comentario. Siguiendo a Goffman, en el momento en que el individuo se presenta ante otros, ‘‘su actuación tenderá a incorporar y ejemplificar los valores oficialmente acreditados de la sociedad, tanto más, en realidad, de lo que lo hace en su conducta general’’ (Goffman 2006a, p. 47). Pero lo cierto era que ‘‘el prestamista’’, quizá como deber ideológico, no utilizó el dinero de la AUH. La imagen de los hijos como destinatarios legítimos de la transferencia era un lugar común, ese aspecto no llamaba la atención; lo sugerente, en cambio, era que no se asimilaran de igual manera las diferentes piezas de dinero provenientes de transferencias estatales. Como dijimos en el apartado anterior, la definición formal del sujeto destinatario de la política social condicionaba la forma en que la transferencia era apropiada por parte del grupo familiar. El uso de cada política social llevaba la marca de las personas destinatarias: la AUH para los niños, el Argentina Trabaja para los adultos. En esa distinción se fundamentaba el modo de accionar del ‘‘prestamista’’: como si las piezas de dinero de diferentes transferencias estatales no fueran destinadas, en definitiva, a la subsistencia en común del grupo familiar.

En suma, el dinero de la AUH era complemento del dinero que provenía de este tipo de prácticas, por medio de las cuales, para obtenerlo, las familias asumían deudas. A diferencia de otras transferencias estatales que estaban directamente envueltas en este tipo de prácticas, la condición de ‘‘ser para los chicos’’ era el artificio retórico, aceptado por todos, que resguardaba a la AUH de este tipo de afectación.

ii) Un ‘‘rebusque’’ habitual: la concurrencia a comedores comunitarios[20]

Una titular de la AUH se mostró molesta, en una oportunidad, con quienes, teniendo la AUH, de todos modos, asistían a comedores comunitarios. Le parecía una contradicción, una incoherencia, ‘‘porque lo que te dan es para el alimento de los chicos’’, argumentaba. Y agregaba:

No sería justo que uno que esté cobrando por mes […] que vos estés llevando a tu hijo al comedor, no creo, no me gusta, no me parece la idea. Yo de mi parte no lo haría porque no me da la cara para decir, mi hija mira, está de pies a cabeza vestida, tiene unas zapatillas de una luca [mil pesos argentinos], por decir, y viene al comedor, no me daría el gusto, o sea cobra la asignación, cobra lo que tiene que cobrar y va al comedor (23/02/17, El Sauce).

Pero, en realidad, las lógicas de las estrategias de vida de las familias no eran compartimentos estancos, se solapaban. Las estrategias para cubrir las necesidades alimentarias eran una preocupación que se reiteraba en la mayoría de los relatos que recabamos y concurrir a un comedor comunitario estaba muy lejos de ser una práctica que se contrapusiera a percibir la AUH. Por cierto, la presencia de la AUH no sustituía al comedor; eran, a menudo, líneas de acción que se hacían compatibles[21]. Como nos explicaba una promotora de salud, la relación muchas veces era directa: ‘‘van a comer al mediodía [al comedor] para gastar lo de la asignación a la noche’’ (26/12/16, El Sauce).

Quienes asistían al comedor, lo hacían de dos modos diferentes. En el primer modo, el comedor era una línea de acción posible que ‘‘te salvaba’’ cuando era necesario. Se recurría, en estos casos, en circunstancias de mayor dificultad económica. ‘‘Nada más iba cuando necesitaba, que no tenía nada, ahora está todo re difícil y siempre, cuando están, vamos a retirar [alimentos], por ahí una no tiene y te zafa todo entendes, todo te salva’’, explicaba Vanesa, titular de la AUH (15/12/16, El Sauce). El comedor estaba incluido en esa representación: ‘‘todo te salva’’. En el segundo modo, el comedor era una línea de acción habitual porque al comedor se concurrió ‘‘siempre’’. ‘‘Desde siempre vengo al comedor’’, fueron palabras que escuchamos con frecuencia. Rita, una titular de la AUH, tenía 30 años de edad cuando la entrevistamos e iba al comedor hacía veinticinco; ‘‘me críe en ese comedor’’, nos comentó (18/11/17, El Sauce). Varios relatos mostraban historicidad. Asistían todos o solo algunos de los miembros de la familia. Rara vez quienes asistían almorzaban en el comedor; en realidad, las viandas se armaban en recipientes para ser llevadas a los hogares. Cuando llegaban a los hogares, los alimentos se consumían al mediodía, a veces se guardaban para el momento de la cena o, incluso, se conservaban para el día siguiente.

Las trabajadoras sociales, tanto en Sabala como en El Sauce, nos explicaban que la asistencia a los comedores variaba en función de las diferentes coyunturas macrosociales; nos indicaban momentos de mayor o menor demanda, momentos de más o menos raciones otorgadas en el comedor. Lógicamente, la AUH no suponía un ingreso suficiente como para que muchas familias prescindieran de ese tipo de instituciones barriales, sin embargo la decisión no se explicaba únicamente en términos materiales. Por ejemplo, asistir al comedor podía ser considerada una práctica que debía evitarse, o bien, no ser comentada. Algunas mujeres relataban que sus hijos adolescentes no querían seguir yendo al comedor porque sentían vergüenza; incluso, algunos adultos nunca habían ido a comedores porque tenían el mismo sentimiento. No eran monolíticas las formas en que las personas experimentaban la concurrencia al comedor ni se explicaban cabalmente por un eje económico.

Entonces, la concurrencia al comedor podía ser línea de acción ocasional o habitual pero, en cualquier caso, la AUH no irrumpía en la vida de las familias difuminando prácticas arraigadas. Asistir al comedor era parte del arduo engranaje para paliar necesidades, del armazón que estructuraba la vida cotidiana de muchos de los hogares. La presencia de la AUH no atenuaba necesariamente esta práctica; antes bien, se superponía a ella.

4. El consumo seguro

En este segundo momento del análisis mostramos qué sucedía con el dinero AUH en los hogares, identificando cómo facilitaba la organización de diferentes tipos de consumos. Así como también, qué sucedía cuando ese dinero no estaba presente en los hogares, identificando cómo, en su ausencia, faltaba un elemento eficaz para mermar la urgencia en la resolución de las necesidades de todos los días. Era más que dinero, en verdad, lo que entraba en juego.

4.1 Cuando está la AUH

Nos explicó Natalia, una agente de salud de Sabala, lo siguiente:

El sostén general es la asignación. El que no tiene asignación, siente el mes. El que puede acceder a la asignación, tiene como el mes un poquito más flojo, puede proyectarse, puede planificar. El que no, se mantiene con lo que puede ir juntando. En cambio, es lo que yo noto, se puede proyectar, es decir, bueno, el mes que viene le compro a…, puedo comprar mercadería en cantidad o puedo comprar, las zapatillas, que le faltan o puedo organizarle el cumpleaños a mi hijo, desde lo más sencillo, puedo comprar una torta. Eso entra dentro de la planificación, se proyectan. […]. Pero si voy a hablar de que muchas mamás que están solas, su ingreso principal es la asignación, es la base fundamental. Es como lo mensual, ¿sí?, que con eso cuentan seguro. Y después de esa base lo que hacen es agregarle, eh, changas. Ya sea por hora, ir a la feria, porque acá hay una feria grande (5/12/17, Sabala)[22].

Los barrios donde se sitúa nuestro análisis eran contextos llenos de incertezas y de amenazas potenciales. Las familias a quienes entrevistamos vivían, diariamente, con muy pocas certezas y con muy poca tranquilidad. Vidas que tenían, como conexión común, la experiencia de lo incierto y de la falta de sosiego. Los ámbitos que tomamos como referencia contaban con particularidades, que esbozamos a continuación.

Por un lado, ‘‘probar’’ era una palabra muy presente e internalizada por los habitantes de Sabala. Muchas dimensiones de la vida estaban planteadas de modo aleatorio. Había que ‘‘probar’’ si en el centro de salud estaba el medicamento que se precisaba; había que ‘‘probar’’ y aguardar si el programa social ‘‘salió’’ o si el recurso de asistencia ‘‘llegó’’. Había que ‘‘probar’’ si la ambulancia, en un caso de emergencia, ingresaba al barrio, y sino ingresaba había que resolverlo de forma aleatoria, con ayuda de referentes barriales y políticos. Había que ‘‘probar’’ si una persona podía llegar a la vivienda que se habitaba porque en algunas zonas había ‘‘autoreferenciación’’, es decir, cada familia definía y ponía un número a su casa. Había que ‘‘probar’’ si el colectivo pasaba por la zona donde se quisiese ir ya que algunas áreas extensas carecían de transporte público. Había que ‘‘probar’’ si se conseguía un turno, asistiendo muy temprano en la mañana al centro de salud barrial. En suma, pocos asuntos cotidianos parecían estar asegurados y los esfuerzos siempre estaban puestos en tener que lidiar contra la incertidumbre.

Por otro lado, dentro de los complejos problemas sociales presentes en El Sauce, el hábitat ocupaba el centro de la escena. Los peligros potenciales se propagaban en la gran mayoría de las viviendas, cuyo estado de abandono era notorio. Desalojos, incendios y derrumbes se producían con asiduidad. Los propios hogares familiares, en diferentes sentidos, conllevaban riesgos: las estructuras visiblemente frágiles mostraban el estado de deterioro de las edificaciones; las debilidad de la relación contractual de sus habitantes; los desalojo que se producían muchas veces en seguidilla; los incendios y los derrumbes de las viviendas[23]. La vida barrial, en ese sentido, estaba revestida de incertidumbres. Algunos relatos recabados mostraban la conciencia que los habitantes tenían de estar expuestos a que estos hechos –desalojos, incendios, derrumbes– sucedieran. Se estaba rodeado de peligros potenciales y se expandían los riesgos, que recubrían el barrio. Todavía ‘‘no nos llegó’’ pero ‘‘en cualquier momento nos puede tocar’’ (Rosa, 26/12/16, El Sauce), era la percepción frecuente de los vecinos. Incluso, el trabajo de base llevado a cabo por las instituciones locales, como los centros de salud y los servicios sociales, estaba directamente atravesado por esos déficits y problemas en las condiciones de habitabilidad.

La descripción de estos hechos, realizada en base a las observaciones empíricas, es breve y selectiva; aun así, los recortes son una muestra que permite vislumbrar el estado de incertidumbre que atraviesa cada uno de los entornos sociales a los que hacemos referencia. ‘‘La vida en los márgenes exige acostumbrarse a la inestabilidad como componente de la vida cotidiana”, afirma Merklen (2005, p. 181). Diversos análisis refrendan ese estado de incertidumbre en los sectores populares, en nuestro país, a la vez que dan cuenta de la presencia estatal, a través de políticas sociales, en esos contextos (Soldano 2003 y 2008, Cravino et. al. 2001, Salvia y Chávez Molina 2007, Kessler y Merklen 2013, Zibecchi 2013, Quirós 2006). Señalar las fragilidades de esos contextos sociales es importante en el objetivo del análisis: de esas fragilidades se extrae el atributo del dinero de la AUH sobre el cual buscamos echar luz.

Lo que hacía el dinero de la AUH, principalmente, era inyectar algo invariable en la vida de las familias. La idea de un componente invariable lo tomamos del análisis que hace Auyero acerca de otro programa social: ‘‘en un mundo social degradado, violento y repleto de riesgos, el Plan Vida introduce certidumbre: invariablemente el ’camión del Vida’ viene todos los días”, observaba Auyero hace dos décadas (2001, p. 124). Esa caracterización nos sigue siendo útil: la presencia de la AUH también daba certeza. El breve fragmento que representaba esta política social en la vida de las familias hacía que su experiencia social fuera más tranquilizadora. Cuando era arduo alcanzar el equilibrio y, aún alcanzado, se vía amenazado recurrentemente, es decir, cuando el orden de las cosas se volvía siempre frágil, la AUH ofrecía arraigo y asumía un carácter protectorio[24].

Una serie de estudios muestran los matices de ese componente invariable en la vida de las familias que es la AUH; diferentes aristas desde las cuales observar que, ciertamente, la presencia de la AUH daba certeza.

Por ejemplo, la perspectiva de Kliksberg y Novacovsky da cuenta de no sólo del bienestar material que el ingreso estable supone, sino también su impacto en términos de la subjetividad:

Se puso de manifiesto que la prestación de la AUH brinda la seguridad de un ingreso que se cobra con regularidad y certeza cada mes, hecho que no solamente se aprecia por el bienestar material que trae aparejado, sino porque también aporta una mayor sensación de dignidad y autovaloración. El hecho de tratarse de un ingreso mensual y regular permite planificar el gasto futuro (Kliksberg y Novacovsky 2015, p. 310).

Aquín se detiene en la idea de previsibilidad que ese tipo de ingreso ofrece:

El ingreso sistemático y estable otorga a los sujetos cierta previsibilidad, y por consiguiente contribuye a la consolidación de un proyecto a futuro […]. Se puede vislumbrar cómo las unidades domésticas comienzan a proyectar su vida cotidiana en otros términos: trascienden la sobrevivencia del día a día y pueden pensar su futuro (Aquín 2014, p. 73).

Asimismo, Goren (2011, p. 14) hace foco en el lugar que le cabe a la mujer como titular de la transferencia:

El ingreso percibido supone cierta estabilidad ya que, articulado con los demás ingresos monetarios y no monetarios percibidos, es una base de ingreso seguro que habilita a las mujeres a pensarse desde un lugar distinto, a negociar otros espacios familiares, a proyectar trayectos formativos que les permitan mejorar su condición y el bienestar general de sus hogares.

Reconociendo, entonces, que el dinero de la AUH ofrecía arraigo y asumía un carácter protectorio para las familias, a continuación nos preguntamos: ¿cómo operaba el dinero en la organización cotidiana? Lo analizamos a partir de dos ejes: i) los consumos habituales y ii) los pequeños consumos asociados al goce.

i) Los consumos habituales

Respecto de los consumos habituales, la presencia sostenida de la AUH generaba una mayor organización y daba previsibilidad a las rutinas.

Primero, había productos ya asegurados. El dinero regular de la AUH facilitaba la compra de productos no perecederos para almacenar. Tamara, una titular de la AUH, lo detallaba de este modo:

Compro y voy guardando. Veo ahora, dentro de poco se va a activar [la tarjeta] y yo ya me fijo en la alacena, qué es lo que tengo y qué es lo que no. Compro tres fideos de cada uno, tres paquetes, y tres paquetes de arroz de kilo y ya tengo. Los puré de tomate compro seis, siete puré de tomate, porque se usa la mitad, no hago tan fuerte ni el tuco ni el guiso. A veces traigo para hacer pizza, la harina para hacer pizza, pero lo que más compro son puré de tomate y fideos. Puré de tomate, fideos, calditos, porque si no tengo para hacer un fideo con tuco o un guiso, hago una sopa (13/11/17, Sabala).

Estos productos ya asegurados eran una suerte de pilar que sostenía el resto: las otras fuentes de ingreso permitían agregar sobre esa base, a modo de refuerzo. Numerosos relatos reflejaban lo tranquilizador que era contar con ese resguardo.

Segundo, se espaciaba el consumo. Se definían anticipadamente los productos a comprar. Algunas categorías de productos estaban prefijadas; se sabía que se iban a adquirir (por ejemplo, ‘‘mercadería’’, ‘‘leche y yogurth’’ o ‘‘pañales’’). Al mismo tiempo, surgía la posibilidad de comprar al mes siguiente algo que se quisiera o se necesitara. Había, en ese sentido, una expectativa de continuidad respecto del ingreso de la AUH y esa expectativa fijaba un orden temporal a los consumos. Se compraba, ‘‘lo que faltara’’ y esa era una categoría que podía preverse. Sencillamente, a veces, había que esperar ‘‘el mes que viene’’.

Tercero, se sabía cuánto y cuándo se iba a cobrar. Las familias sabían cuál era el monto a cobrar y en qué día del mes se cobraba (de un mes a otro la fecha solo podía variar unos días). Otras fuentes de ingresos no proporcionaban esas certezas sino que, más bien, sufrían fluctuaciones: podían estar presentes mes a mes o quizás no. Conocer con precisión la fecha de cobro no era algo a pasar por alto. Tal como refirió la trabajadora social de una escuela: ‘‘la fecha de cobro es central, digamos que es una entrada importante y también [las madres en la escuela] te comentan a veces cómo organizan, el padre cobra el dos, ella cobra el tres y digamos que se organizan en función de eso. Lo de la fecha es muy importante’’ (15/12/17, Sabala). Aspecto que también destaca Aquín: ‘‘el ingreso se vislumbra como seguro, sistemático, sin sobresaltos en cuanto a las fechas, lo cual permite organizar consumos’’ (Aquín 2014, p. 63). A la vez, como señala el relato, la fecha de cobro de la AUH se conectaba con la fecha de cobro de otras posibles transferencias estatales.

La AUH generaba una mayor organización en la vida cotidiana de las familias y una mayor la previsibilidad de las rutinas porque permitía, en suma, tener productos asegurados, espaciar los consumos y conocer con certeza la cantidad y la fecha de cobro. En buena medida, eran estos los motivos por los cuales la AUH, cuando llegaba a los hogares, se transformaba en ‘‘el sostén general’’.

ii) Los pequeños consumos asociados al goce

Respecto de los pequeños consumos asociados al goce, la presencia sostenida de la AUH también generaba organización y daba previsibilidad a las rutinas. Estos consumos, como detallamos en un apartado previo, tenían que ver con: comprar, salir/hacer y elegir.

El cobro anual del ‘‘retroactivo’’, es decir el cobro del veinte por ciento que era retenido mensualmente, era la pieza clave. La fecha de presentación de ‘‘la libreta’’ para poder cobrarlo nunca era una cuestión librada al azar. Se tomaban recaudos al momento de definir esa fecha, eligiendo un determinado momento del año en que fuera conveniente. Se trataba de calcular a fin de utilizar el dinero en aquello que se considerara más apropiado: en las vacaciones de invierno y entonces se podían hacer salidas de esparcimiento, hacia el inicio de las clases y así se podía adquirir útiles escolares, en ‘‘las fiestas’’ de fin de año y por lo tanto se podía adquirir ropa o regalos, en el ‘‘día del niño’’ para poder comprar los regalos, o en una fecha cumpleaños, para poder armar la celebración. En nuestro análisis, esos eran los eventos tomados en cuenta.

Cristina, una titular de la AUH, relató así en qué utilizó su último ‘‘retroactivo’’:

El otro día nos fuimos con Lorena [una amiga] al parque navideño, ese que está, acá en la avenida esa grande, cerca de Libertador. Bueno, ahí nos fuimos. Es todo gratis el parque pero había cosas que había que pagarlas y la pasaron re lindo porque nos fuimos, compramos todo para que tengan, tenían gaseosa, tenían para comer. Visitaron a Papá Noel, todo, re lindo la pasaron. Precioso, estaba más contenta yo con Papá Noel que ellos [sus hijos], una alegría tenían (27/12/16, El Sauce).

Subrayamos entonces que, deliberadamente, las mujeres hacían encajar el dinero del ‘‘retroactivo’’ a necesidades específicas que, según consideraban, la familia y en especial los hijos, tenían. Estos pequeños consumos asociados al goce también se definían con anticipación. Este es el otro motivo, que se suma a los reseñados en los párrafos anteriores, por los cuales la AUH, cuando llegaba a los hogares, se transformaba en ‘‘el sostén general’’.

Sintetizando, desde nuestra perspectiva, el consumo seguro era lo que la AUH proporcionaba siempre y era su marca distintiva. Cuando el dinero llegaba a manos de las familias se traducía en consumo seguro: generaba una mayor organización y daba previsibilidad a las rutinas de las familias. Merklen (2013a, p. 67) expresa que cuando sabemos cuánto han sufrido las clases populares al estar expuestas a la inestabilidad y al desarraigo permanente a los que los somete el capitalismo cuando se libra a sí mismo, ‘‘comprendemos la importancia de una seguridad social que dé lugar a tiempos más largos y previsibles, porque la exposición al riesgo es menor’’. Esa importante esa clave de análisis: porque observa la capacidad de las políticas sociales para contribuir como ‘‘bases de apoyo capaces de organizar los tiempos sociales bajo la forma de la previsibilidad’’ (Kessler y Merklen 2013, p. 16). En el caso que analizamos, se trataba de una cualidad relacional que portaba esta política social: el consumo era seguro en entornos en los cuales la fragilidad social reinante hacía que escaseasen las certezas. En otras palabras, se veía la estabilidad que el dinero de la AUH traía aparejada siempre que se tomara en cuenta el contexto de riesgos y de desprotecciones que se ramificaban en la vida cotidiana de las familias.

4.2 Cuando falta la AUH

Consideramos, a continuación, un caso negativo de nuestra muestra: la experiencia de Hernán (29/10/16, El Sauce). En las consideraciones metodológicas[25], al inicio de nuestro estudio, advertimos sobre la centralidad del Estado en la vida de los sectores populares, poniendo de relieve el carácter, a la vez, primordial y ambiguo del predominio estatal. El relato de Hernán nos ayuda a comprender qué es lo que falta, cuando falta la AUH. Qué sucede sin esa centralidad. Se trataba de un hombre que no era titular de esta política social, tenía 49 años al momento de la entrevista y vivía junto a sus tres hijos de 12, 18 y 19 años de edad. Como hemos analizamos en el cuarto capítulo (en el apartado ‘‘Presencia sospechosa’’), ciertas dificultades burocráticas le impidieron acceder a la titularidad de la AUH.

Hernán prefirió tener la entrevista un sábado, así podríamos encontrar a su hija que estaba ‘‘haciendo el CBC[26]’’. Al escucharlo, creímos comprender por qué nos citó un sábado. La falta de tiempo era problemática. La sensación de falta de tiempo para dedicarle a sus hijos, a causa de estar ‘‘buscando changas’’, significaba para Hernán una desatención hacia ellos. ‘‘A veces les cocino y salgo corriendo’’ y ‘‘mi hija se ha ocupado de cosas de las que no debió ocuparse’’, expresó. En parte, la falta de tiempo tenía que ver con la necesidad de salir ‘‘a pelearla’’. Estaba angustiado por la falta de trabajo. A sus 49 años y luego de haber trabajado quince años bajo relación de dependencia, se encontraba sin poder sostener económicamente el hogar como añoraba: ‘‘yo todavía puedo trabajar, yo puedo solventar a mi familia, y necesito trabajar’’. El 2012 fue el punto de inflexión para esta familia: el año en que a Hernán lo despidieron de ‘‘la fábrica’’. En aquel momento, ‘‘hasta nos podíamos ir de vacaciones a Corrientes [donde tienen familiares], ahora los chicos hace cinco años que no ven a su abuela’’, dio como ejemplo Hernán. Desde el 2012, la familia vive de los trabajos eventuales que Hernán pueda encontrar.

En su relato sobresalía el desasosiego, la vivencia subjetiva y el drama personal de la expulsión del mercado laboral formal. Sobre el periodo de su vida en que trabajó en la fábrica, Hernán relató lo siguiente:

No sólo me podía dar gustos, uno estaba psicológicamente mejor, estaba mucho más tranquilo. Podía comprarles todo lo que ellos [sus hijos] necesitan. […]. A veces uno guardaba un dinero. Yo tenía por las dudas, cuando necesitábamos de urgencia. Uno va diciendo: hay plata para irnos de vacaciones. Desde enero juntaba para irme en diciembre. Volvía en enero y volvía a juntar para el otro diciembre.

La ausencia de un ingreso estable se hacía sentir en este grupo familiar. La única instancia de sostén era la transferencia del Programa Progresar, del cual Martina era titular desde hacía un año y medio. Ese dinero, de todos modos, estaba destinado a cubrir los gastos de sus estudios universitarios y nos significaba un aporte sistemático para los gastos domésticos de la familia. Este punto es importante: no representaba un ingreso del que Hernán pudiera apropiarse y utilizar para solventar los gastos familiares; el destino de ese dinero, como fue mencionado anteriormente, llevaba la marca de su destinataria formal. ‘‘La ayuda social no me cubre mis gastos’’, sostenía Hernán. El primer cuatrimestre de su vida universitaria Martina lo cursó con ayuda de los magros ingresos provenientes del trabajo de Hernán, pero cuando accedió al Programa Progresar pudo ‘‘comprar fotocopias [de apuntes universitarios]’’ y recibir el subsidio en la tarjeta de transporte SUBE, para que el costo del viático fuera menor. ‘‘Sé que a papá le incomoda ciertas cosas. Mi papá es muy orgulloso, si le quiero dar plata en mano, no me la va a aceptar’’, expresó Martina.

Esta familia, por cierto, era la contracara de todas las demás familias que entrevistamos. Hernán hacía ‘‘changas’’ pero sin contar con el resguardo del dinero de la AUH. No había una suma de dinero con una fecha de cobro fija, mes a mes, que sirviera a las maniobras que Hernán ejecutaba. Cuando no se dispone de un resquicio de protección, aunque sea mínimo, no queda otra alternativa que radicalizar los esfuerzos. En sus palabras:

Es muy difícil, tengo que sacar dinero de un lado para cubrir otro lado. Tengo que hacer un trabajo: esto que saqué, para cubrir otro lado. De la comida de los chicos, para pagar el estudio. Tengo que, en vez de comprar las zapatillas o ropa de los chicos, sacar el dinero para cubrir el gasto del estudio, de los materiales de la escuela. Porque siempre hay gastos. Y la comida que es todos los días. Y somos cuatro y estoy sólo yo. Es un tema, es muy difícil, toda mi vida trabajé. En estos tiempos, hace cinco años que uno no trabaja, o seis años, uno se siente como inservible. Tengo que levantarme todos los días pensando qué les puedo dar hoy, qué les puedo brindar, qué podemos comer hoy.

Nos detenemos en la incertidumbre que la falta de ingresos estables producía y detallamos los siguientes puntos:

  • la presión y la exigencia por hallar empleos que, aún intermitentes y bajo cualquier condición, sirvieran como provisión económica para la familia;
  • la desorganización en las rutinas hogareñas, aspecto que la familia percibía como conflictivo y era consecuencia de la necesidad de movilizarse permanentemente para hallar empleos;
  • y la inmediatez a la que la familia estaba expuesta para resolver las necesidades, apremio que marcaba el ritmo de la dinámica familiar.

De acuerdo a lo planteado, la experiencia de esta familia carecía de una instancia que ofreciera tranquilidad, que favoreciera la organización en las rutinas y que menguara la urgencia, la inminencia, en la resolución de las necesidades de todos los días. Se vivía ‘‘de changas’’ pero sin el resguardo que daba el dinero regular de la AUH. Cuando no estaba la AUH, entonces, lo que faltaba era más que dinero.

5. Conclusión

¿Cómo se enraizaba el dinero de la AUH en la vida cotidiana de las familias? El análisis planteó dos momentos diferenciados.

Primero, identificamos que el dinero de la AUH era un recurso monetario que se conectaba con otros. Era un complemento. Las familias ligaban el dinero a los soportes que eran fundamentales en la manutención de los hogares: los ingresos provenientes de trabajos informales, la ayuda que proporcionaba la familia ampliada, los ingresos provenientes de otras coberturas sociales y el aporte que provenía de los ‘‘rebusques’’ variados que las familias llevaban adelante. En la vida de quienes entrevistamos, al no gozar de los derechos asociados al trabajo como base de la protección, la AUH formaba parte de un repertorio de estrategias variadas; un recurso que se utilizaba en medio de la intranquilidad de tener que hacer esfuerzos permanentes y en la incertidumbre de lo que se va a poder hacer para sobrevivir en el futuro más inmediato. En otras palabras, el dinero se enraizaba en el arduo engranaje que garantizaba la subsistencia día a día. Se experimentaba, en ese sentido, indiferenciadamente: como una fuente de ingresos más que era capaz de complementar a ese conjunto variado de estrategias familiares de vida.

Segundo, observamos que el dinero de la AUH, cuando llegaba a las familias, se traducía en un consumo seguro, era el ‘‘sostén general’’. Este dinero portaba una cualidad relacional. No era un atributo en sí mismo, sino que se extraía de contextos de extrema precariedad: la presencia regular de la AUH daba algo más que dinero, daba un mínimo de previsibilidad en escenarios en los que abundaba la incertidumbre y la inestabilidad. Cuando otros recursos tenían la marca de la inestabilidad, el carácter certero, regular y la expectativa de continuidad del dinero de la AUH era su rasgo más destacado. Como consecuencia, se veía favorecida la organización de la vida cotidiana de las familias y una mayor previsibilidad, tanto en los consumos habituales como también en los pequeños consumos asociados al goce.

Lo que definimos, en este capítulo, como trama material es un concepto que precisa las formas en que el dinero de la AUH se entreteje en las estrategias de vida que las familias desarrollan en contextos en los cuales diariamente se vive con muy pocas certezas. Es decir, existe una dimensión de la apropiación colectiva de una política social que se construye y se significa, de modo indisociable, junto a las estrategias familiares de vida y que, a la vez, es relacional ya que surge de las condiciones de fragilidad estructural a las cuales las familias de sectores populares están expuestas.


  1. La ‘‘ayuda es limitada’’ es una noción que también identifica, en su análisis en torno a la AUH, Garcés (2015, p. 113).
  2. Salvo alguna excepción, todas las mujeres entrevistadas en Sabala habían solicitado, situándonos desde mayo a diciembre de 2017, estos créditos. Lo mismo sucedió en El Sauce; una operadora de ANSES relató que en septiembre y en octubre de 2017, por el exceso de demanda, fue necesario que los empleados, en esa sede, hicieran ‘‘contraturnos’’, atendiendo también ‘‘de 14 a 18 horas’’ (Julieta, operadora de ANSES, 18/11/2017, El Sauce).
  3. En el apartado: ‘‘Encuentros que se transformaron en regulares’’.
  4. ‘‘La comprensión de las dinámicas contemporáneas del capitalismo financiarizado no sólo supone tomar en cuenta lo que sucede en las ‘altas finanzas’ y sus agentes, sino también analizar las finanzas ‘desde abajo’, en la vida cotidiana de las personas, en sus prácticas, en sus cuerpos, en sus esperanzas y frustraciones. Desde esta mirada, la anatomía de la sociedad que deja Cambiemos está marca por el malestar de las deudas, las de ‘arriba’ y las de ‘abajo’, las del Estado y las de las familias’’ (Pozzo y Wilkis, Le Monde Diplomatique 12/2019, párrafo 9).
  5. En el segundo capítulo, apartado ‘‘El recorrido por los servicios sociales’’, hemos analizado la noción de ‘‘ayuda’’ dando sentido a la intervención asistencial.
  6. Por ejemplo, puede verse Raggio (2003).
  7. Garcés (2015, p. 117) identifica, en sentido similar, que la valoración de la AUH como ayuda ‘‘se focaliza en la posibilidad de satisfacción de necesidades y en la mejora de la situación económica de la familia’’.
  8. Componentes que fueron señalados en el primer capítulo, en el apartado ‘‘El carácter protectorio’’.
  9. Torrado propone desligar ‘‘los comportamientos referidos a ‘la subsistencia mínima, básica, fisiológica’ y postula su reemplazo por el de estrategias familiares de vida definidas a partir de la inserción de clase de las familias’’ (Hintze 2004, p. 2). Cada uno de los comportamientos incluidos en este concepto, efectivamente, están asociados con ‘‘la reconstitución de la fuerza de trabajo familiar gastada en la obtención de los medios de subsistencia, con el mantenimiento de esa misma fuerza de trabajo durante sus periodos de inactividad económica, y con el reemplazo generacional de los trabajadores’’ (Torrado 2006, p. 85). El concepto nos sirve como punto de referencia teórico aunque, es necesario aclarar, que el conjunto de comportamientos que la autora define para abordar las estrategias familiares de vida ‘‘de la clase obrera de nuestra sociedad concreta’’ es más extenso y profundo si lo comparamos con los aspectos puntuales que consideramos en este capítulo. Esos comportamientos, de acuerdo a Torrado, incluyen: procreación, preservación de la vida, socialización y aprendizaje, ciclo de vida familiar, división familiar del trabajo, organización del consumo familiar, migraciones laborales, allegamiento cohabitacional, cooperación extrafamiliar.
  10. No obstante, en la segunda parte de este capítulo mostramos en qué sentido el dinero de la AUH tenía la particularidad de, en ámbitos inciertos, ofrecer cierta seguridad.
  11. La pregunta sobre el ‘‘antes’’ y el ‘‘después’’ fue un disparador para ingresar a la vida cotidiana de las mujeres y no tenía por objeto establecer cambios o continuidades biográficas a partir de la AUH.
  12. Algunos titulares de diarios muestran la representación mediática de esa percepción social: ‘‘Un cambio de paradigma. De planes sociales a trabajo genuino’’ (Página 12, 9/02/20), ‘‘Ya es oficial el plan “Empalme” con el que el Gobierno busca la inserción laboral de beneficiarios de planes sociales’’ (Clarín 3/5/17), ‘‘Del asistencialismo al empleo estable’’ (La Nación, 7/8/03). Al mismo tiempo, breves referencias a notas periodísticas ayudan a comprender esa percepción. Por ejemplo: i) ‘‘la experiencia de los últimos diez años evidencia que la solución no radica en la entrega de más cantidad de planes y en las transferencias de dinero en efectivo. Al contrario. Es necesario generar condiciones de trabajo para que las personas ganen un sustento sobre la base de su esfuerzo. Una dádiva no le permite a un individuo abandonar la pobreza ni estimula la movilidad social, sirve para aliviar la situación. […]. Hay que comenzar a pensar programas que impulsen a este sector de la sociedad a trabajar y ascender, para que tras un plazo de tiempo no necesiten de más asistencia’’ (La Nación, 13/2/14). ii) ‘‘Hay que despolitizar la lucha contra la pobreza, de lo contrario no se va a salir’’ […]; ‘‘se puede salir de la pobreza con trabajo y dignidad’’ (La Nación, 30/03/09).
  13. Dentro de este grupo se encuentran los trabajadores informales de subsistencia que agrupa a “trabajadores de bajos ingresos cuya actividad apenas les garantiza una subsistencia mínima, sin margen para capitalizarse o mejorar su situación” (Belvedere et al. 2000 citado en Comas 2009, p. 48). ‘‘Esta noción permite captar sentidos, mecanismos y prácticas que los hogares movilizan en relación con la inserción laboral de su fuerza de trabajo. La articulación entre los recursos provenientes de la actividad laboral y otros no provenientes del mercado es central en la reproducción de estos hogares; por eso, este tipo de informalidad puede ser concebida como una zona intermedia donde se acoplan el mundo laboral y el mundo doméstico’’ (Comas 2009, p. 48). Una síntesis sobre diferentes aportes y debates en relación al concepto de informalidad laboral puede verse en Chávez Molina (2010).
  14. Excluimos de este listado a las tareas laborales realizadas por hombres y mujeres como contraprestación del Programa Argentina Trabaja y Ellas Hacen. Ese ingreso económico se analiza en el apartado siguiente.
  15. Todo el apartado toma como referencia la experiencia de una entrevistada, Lola, ex titular de la AUH. La entrevista se realizó el 11/11/16, en El Sauce.
  16. El pasaje por el mundo del empleo formal, en el caso de Lola y hasta donde pudimos conocer, no fue sostenido. Un año y medio después de la entrevista, nos encontramos casualmente con ella. Nos relató que estaba desempleada, haciendo todo lo posible por finalizar sus estudios secundarios, propósito que se había convertido en su meta, y también que había solicitado a una referente del barrio el ingreso a un programa de TMC y que estaba esperando, ansiosa, la respuesta.
  17. Este eje de análisis fue desarrollado, con mayor detalle, en el segundo capítulo, apartado: ‘‘Los cruces’’. Aquí hacemos un recorte específico.
  18. Este aspecto se retoma más adelante, en el apartado ‘‘El consumo seguro’’. Se analiza la implicancia que tenía para las familias saber, cada mes, cuánto y cuándo se iba a cobrar.
  19. Una caracterización de los días de feria y un análisis sobre los intercambios que allí se producen puede encontrarse en Chávez Molina (2010).
  20. La figura del comedor comunitario fue abordada en el capítulo cuarto, apartado ‘‘Lo doméstico’’, y se la puso de relieve como un lugar de sociabilidad para las mujeres titulares de la AUH.
  21. En su análisis, Goren (2011) también identifica la relación entre la presencia de la AUH y concurrencia a comedores comunitarios. ‘‘De acuerdo con las entrevistas realizadas, ninguna de las mujeres que en forma previa a la percepción de este beneficio concurrían a comedores comunitarios dejaron de hacerlo, lo que se refuerza por lo enunciado por una funcionaria de la provincia de Chaco y del Municipio Urbano de la Costa, quienes señalaron que el incremento en gastos de alimentos fue muy bajo. Las mujeres que concurrían a los comedores con sus hijos siguen haciéndolo, y son las mismas mujeres que, en muchos casos, perciben beneficios a través de la tarjeta magnética para la compra de alimentos y, en el caso de las más necesitadas, otras tarjetas con la misma finalidad. De esta manera, a partir del combo de recursos, pueden destinar estos nuevos ingresos, de acuerdo con su situación, a útiles escolares; pero según lo que hemos observado, se destinan de forma prioritaria a la compra de otros bienes de consumo, como por ejemplo zapatillas o camperas’’ (Goren 2011, p. 11).
  22. Esta cita pertenece a una promotora de salud, conocedora del territorio. Las propias familias también expresaban relatos similares: ‘‘Yo lo único que tengo seguro, que es cada mes, es la asignación’’, afirmaba una titular de la AUH (María y Omar, 22/5/17, Sabala). ‘‘No tengo que mandar a mis hijos a cada rato a comprar. Esto [la AUH] nos va acomodando, saber que todos los días tenés algo para comer y que vas a llevar a la mesa’’ (Beatriz, 13/11/17, Sabala).
  23. Hicimos referencia a la expresión peligros potenciales. La expresión surgió del siguiente ejemplo. Al conversar con María José, una titular de la AUH, nos enseñó el informe que había hecho una trabajadora social del centro de salud del barrio para ser presentado en un área de asistencia del GCBA. El informe decía lo siguiente: ‘‘en entrevista domiciliaria se constata la precariedad de la escalera dado el faltante de escalones, la inclinación de los mismos, la falta de mantenimiento y la imposibilidad para la Sra. María José de movilizarse con cuatro niños pequeños. Esta situación representa un peligro potencial para las caídas en altura’’ (María José, titular de la AUH, 13/12/16, El Sauce).
  24. Cabe una salvedad. Aunque algunas familias, como señalamos en el segundo capítulo, tenían pasajes por instancias de la seguridad social, la mayoría no tenía un anclaje fuerte en ese ámbito. Salvo cuando se daba lo que hemos denominado como coexistencia entre la AUH y la AAFF, el resto de las situaciones se trataban principalmente de pasajes, no de permanencias en ese ámbito.
  25. En la Introducción.
  26. Refiere al Ciclo Básico Común, que es el primer ciclo de los estudios universitarios en la Universidad de Buenos Aires.


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