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4 La trama de género

A mediados de la década de 1960 [en Hungría], el enfoque del Estado se redujo para abarcar a la familia nuclear y a una persona principal, la madre. En el proceso, los padres cayeron fuera de los límites del escrutinio. Si a una familia le iba bien, la madre era recompensada; si una familia estaba teniendo problemas, se culpaba a la madre. En efecto, la concepción social de la necesidad se redujo para excluir lo paterno y acentuar lo materno. Haney (2002, p. 131)

1. Introducción

En este capítulo analizamos las prácticas y las vivencias en relación a la AUH, desde el punto de vista del género. Mostramos que los hombres asumían la falta de protagonismo que esta política social formalmente les concedía: resultaban verdaderos convidados de piedra. Siendo pareja de las titulares, que era el rol que con mayor frecuencia ocupaban, señalamos su ajenidad. Desde un lugar pasivo, dejaban hacer a la mujer; salvo en circunstancias específicas, en los temas inherentes a esta política social no se involucraban. Siendo titulares de la política social ellos mismos, que era un rol que ocupaban solo excepcionalmente, observamos cómo su presencia en los escenarios formales resultaba sospechosa, extraña y vergonzante. Al mismo tiempo, damos cuenta de cómo las mujeres asumían el protagonismo que la política social formalmente les concedía: eran las hacedoras legítimas y las observadas. Identificamos tres aspectos centrales de sus prácticas y vivencias: hacían maniobras y forjaban una sociabilidad distinta a la que el formato de esta política social les ofrecía, encontraban formalidad en las tareas de cuidado, y eran adjetivadas según el buen o mal uso que, en tanto madres, hacían del dinero de la AUH. A lo largo del capítulo, describimos el armado de un juego relacional, basado en prácticas y vivencias diferenciales.

2. Los convidados de piedra

El mandato que estructura a la AUH, al igual que al resto de las TMC de América Latina, es doméstico y maternal, el cuidado de los hijos como tarea materna. Si ese es el mandato, ¿qué lugar ocupaban los hombres? En el presente capítulo, junto a las prácticas y vivencias de las mujeres, incluimos las prácticas y vivencias de los hombres, arista que ha sido poco explorada en los estudios específicos. Nos interesa explorar el ‘‘trabajo regulatorio’’ (Haney 2002)[1] que la AUH hace en relación a los patrones de género.

En el microcosmos de la AUH los hombres pueden ocupar dos lugares: como pareja de la titular, que es el lugar más habitual, y como titulares ellos mismos, que es el lugar de excepción. Es de excepción ya que se privilegia la titularidad femenina; como señalamos en el primer capítulo, según datos de enero de 2019, de un total de 2.2 millones de titulares, solo 79 mil son varones (ANSES 2019), y se trata de casos muy específicos. Los hombres asumían la falta de protagonismo que esta política social formalmente les concedía: los definimos como convidados de piedra. ¿Cómo eran, en cada caso, sus prácticas y vivencias?

2.1 Como pareja de la titular

Si se mira el encuadre de esta política, los hombres quedan ‘‘afuera’’; tanto del manejo del dinero como del cumplimiento de las condicionalidades. La posición que asumían concordaba con la posición asignada: desde un lugar pasivo, dejaban hacer a la mujer; salvo en circunstancias específicas, de esta política social los hombres no se ocupaban ni hablaban.

Tomamos la expresión ‘‘quedar afuera’’ porque es ilustrativa de la ajenidad que queremos mostrar. Se producía, así, una desvinculación. La expresión surge de la entrevista que mantuvimos con Amelia, una mujer que había comenzado a ser titular de la AUH en el 2016. Desde el 2010 al 2016 su pareja había sido titular debido a que ella no tenía el documento de identidad argentino. Amelia relató del siguiente modo lo que sucedió en la oficina de ANSES en el momento del traspaso de titularidad:

El hombre [empleado de ANSES] me dijo ‘rellename los nombres, te voy a pasar a tu cabeza, este es un programa para las mujeres, él [su esposo] queda afuera, no te enojes conmigo don, pero ella ya tiene DNI y tiene que cobrar ella’ (12/12/17, Sabala).

La expresión ‘‘quedar afuera’’ ilustraba una separación que a la vez reforzaba un lugar para los hombres: el ámbito público[2]. Se daba una paradoja: principalmente de lo que ‘‘quedaban afuera’’ los hombres, cuando ‘‘quedaban afuera’’ de la AUH, era del ámbito doméstico y de las tareas de cuidado hacia los hijos. ‘‘Quedaban afuera’’ del espacio doméstico a la vez que se fortalecía la ocupación del ámbito público y su rol proveedor. Algunos argumentos de la teoría feminista para abordar al Estado, como sintetiza Haney (1996, p. 766), resaltan, precisamente, cómo la política social ‘‘bifurca el mundo social en una esfera privada y una esfera pública, y vigila sus fronteras a través de la ética de la familia tradicional’’. La anécdota transcurrida en la oficina de ANSES, de algún modo, recrea, a nivel de las prácticas estatales y en particular en los encuentros con las burocracias de calle, esos umbrales tradicionales: mujer cuidadora y hombre proveedor.

El antagonismo entre lo público y lo privado, por cierto, estaba presente en muchas familias biparentales: los relatos de las mujeres cuando desandaban lo hecho durante el día nos permitió identificar que solían pasar muchas horas en el hogar junto a sus hijos y que los hombres solían pasar muchas horas trabajando fuera del hogar. Por ejemplo, Beatriz, una titular de la AUH, lo expresó de la siguiente manera: ‘‘Él [su esposo] hace changas y suponé, es albañil, se levanta a las siete y se va a trabajar. Los lunes se va al mercado, toda la vida trabajó en el Mercado Central, lunes y viernes. Se va a las dos de la mañana y viene a las siete y de ahí se va al otro trabajo (13/11/17, Sabala)’’. La demarcación entre quién estaba afuera y quién adentro del hogar mostraba rigidez. ‘‘Los hombres se encargan del trabajo fuera de la casa, dentro del hogar es muy poco la mayoría de la veces’’, sintetizaba la trabajadora social de una escuela (15/12/17, Sabala). ‘‘Estoy todo el día sola, por eso vengo a la casa de mi papá’’, expresaba Melina, otra titular de esta política social (22/11/2017, Sabala). Lógicamente, la AUH no era la causa de la demarcación entre quién estaba afuera y quien estaba adentro del hogar; sin embargo, al ligar a la mujer al hogar ligaba, en un mismo movimiento, al hombre al espacio extra doméstico. La AUH reafirmaba esa espacialidad, esa bifurcación.

Los varones, como se muestra a continuación, ‘‘quedaban afuera’’: i) del manejo del dinero y ii) del cumplimiento de las condicionalidades.

i) ‘‘Afuera’’ del dinero

Respecto de los diferentes ingresos económicos de la familia, los hombres podían tener mayor o menor injerencia, y era frecuente que el dinero obtenido por el hombre fuera dado parcial o totalmente a la mujer con la intención de organizar los gastos cotidianos. A la vez, las mujeres solían hacer uso de ingresos económicos que provenían de diversas fuentes; sin embargo, en relación al dinero de la AUH disponían de exclusividad. Los hombres dejaban hacer a la mujer, no se entrometían. Las expresiones más usuales de las mujeres eran: ‘‘no se mete’’, ‘‘no pregunta nada’’, ‘‘sabe que es de los chicos’’. Incluso, ese dinero, para los hombres, no era fácil de aceptar: cuando la pareja de Melina, una titular de la AUH, estuvo desempleado, ella intentó ofrecerle la ‘‘plata de la asignación’’, pero obtuvo un rechazo (22/11/2017, Sabala). Rechazo que podría ser leído, a la luz del aporte de Wilkis y Hornes (2017, p. 183), como respuesta a ‘‘la sensación de amenaza de su rol de omnipresente proveedor’’. Sucedía, entonces, que era un dinero que feminizaba: con usos que resultaban privativos de la mujer a la vez que cerrados al hombre.

Los hogares negocian los significados del dinero proveniente de las trasferencias monetarias ‘‘movilizando valores personales, sociales y familiares asociados a dimensiones del género e interpretaciones intergeneracionales sobre el dinero’’ (Wilkis y Hornes 2017, p. 187). Principalmente los hombres no tenían injerencia sobre el dinero de la AUH porque, en realidad, ‘‘su dinero’’ era otro. Los dineros se diferencian:

Visualizar la existencia de dineros diferenciados es también enunciar la existencia de una articulación entre significados asociados a un dinero de los hombres –proveniente del trabajo– y un dinero a ser gestionado por las mujeres a causa de su condición de titulares de los programas de TM y administradoras de los ingresos que conforman los presupuestos de los hogares (Hornes 2017, p. 185).

No obstante, había excepciones y en ellas vale la pena detenerse. Eran excepciones que encontraban justificación en la creencia de que el hombre sabía respecto de algunas tareas específicas; ese saber los habilitaba. En los lapsos que duraban los momentos de excepción los hombres ingresaban al microcosmos de la AUH y esos momentos se vinculaban al manejo del dinero. Algunos ejemplos mencionados por la mujeres: ‘‘retira [el dinero] y paga él el alquiler porque sabe mejor economizar’’ (María y Omar, 22/5/17, Sabala); ‘‘por la mercadería vamos los dos juntos y compramos, porque en eso él me ayuda un poco más con la matemática’’ (Clara, 13/11/17 Sabala); ‘‘antes tenía que llevar a mi marido [al banco y al cajero] porque yo no sabía leer ni escribir, iba mi marido y hacía todo (Beatriz, 13/11/17, Sabala)’’; y, por último, ‘‘mi marido me saca la cuenta más o menos de lo que se te va acumulando y de ahí, de lo que sacamos, ya les voy comprando a los chicos’’ (Melina, 22/11/2017, Sabala).

Si bien el de la AUH era un dinero que feminizaba y, por ese motivo, a los hombres parecía serles impropio, sin embargo, había ocasiones en las cuales esta premisa se neutralizaba y los varones, parejas de las titulares, se ocupaban, en circunstancias específicas, de administrar el dinero, o bien de acompañar a las mujeres en su extracción y en su uso.

ii) ‘‘Afuera’’ de las condicionalidades

No sorprendía que los hombres estuvieran poco o nada involucrados en las tareas de cuidado que exigía la AUH. Como fue mencionado en el primer capítulo[3], las condicionalidades se inscribían en un esquema de roles de género tradicionales; su presencia parecía hacer más rígido ese esquema o, al menos, no lo alteraba. Quienes llevaban a los niños y niñas a realizar los controles médicos y cumplían con el calendario de vacunación, y quienes concurrían a la escuela para certificar la regularidad y la asistencia, eran, casi sin excepción, las mujeres. La médica de un centro de salud lo graficaba de esta forma: ‘‘para darte el porcentaje es el 90% mamás, 5% abuelas y un 5% es algún papá[4]’’ (8/2/18, Sabala). Al igual que la directora de una escuela: ‘‘capaz varones que vengan, ponele que tendremos cinco, seis [del total del alumnado]. Pero después son todas mamás’’ (4/12/17, Sabala).

Quizá por este motivo, cuando los hombres excepcionalmente eran titulares de esta política social, como será analizado en el apartado siguiente, hacían un gran esfuerzo retórico por demostrar que eran ellos quienes estaban efectivamente a cargo de los hijos y que, en consecuencia, se ocupaban de cumplir las condicionalidades. Un esfuerzo que era menos frecuente de hallar en las expresiones de las mujeres titulares. Ni operativa ni simbólicamente era necesario. En todo caso, las mujeres se preocupaban de resaltar que ‘‘la libreta’’ estaba completa, en tiempo y forma, pero daban por hecho que eran ellas quienes estaban a cargo de las tareas. El esfuerzo retórico que, en cambio, hacían los hombres tenía que ver con enunciar un hecho que no se inscribía en el esquema de roles de género más tradicional. Era necesario, entonces, enfatizarlo.

Lo observado coincide con el análisis de D’amico. La autora da cuenta del tránsito genéricamente diferenciado por las instituciones del Estado. Al situar la mirada en las oficinas de ANSES advierte que es escasa la presencia de hombres-padres que acuden a realizar los trámites:

Expresan imaginarios y moralidades (impresas en el Estado, pero también en las familias y en los propios sujetos) que circunscriben a las mujeres al rol de titulares del beneficio a la vez que les asignan una inserción volátil en el mercado de trabajo. En los casos registrados, muchas de estas concepciones confirman su poder de perfomatividad social: no solo en la numerosa presencia femenina en las oficinas, sino en que reiteradamente las mujeres entrevistadas se encuentran empleadas en tareas no registradas y por tiempo definido vinculadas a la limpieza, la costura o el cuidado de niños y/o ancianos (D’amico 2020, p. 223).

Encontramos, respecto del compromiso de los hombres en las tareas de cuidado que la AUH exige, muy pocas excepciones. Por ejemplo: ‘‘tiene que amanecer él [en el centro de salud] y después voy yo, porque Viviana [la pediatra] no está todos los días, así que llamo, pregunto qué día está y voy ese día, amanece él, y nos atiende ese día’’ (Rita, titular de la AUH, 18/11/17, El Sauce); o bien, ‘‘yo no sé mucho leer y escribir, le digo a mi marido ‘andá vos conmigo [a la oficina de ANSES]’ porque, no sé si soy yo la que no entiende, que me olvido cuando me hablan de muchos trámites que tengo que hacer’’ (Melina, titular de AUH, 22/11/2017, Sabala).

Sobre las prácticas sanitarias y de escolaridad no era esgrimido, por parte de los hombres, ningún saber que sirviera de apoyo y promoviera su involucramiento, como sí sucedía respecto del manejo de dinero. Prácticamente sin matices, las tareas que se derivaban del cumplimiento de las condicionalidades eran asumidas por las mujeres. No estaba simbolizada la integración de los varones al orden de cuestiones que tenían como eje a las tareas de cuidado, y las exigencias que tenía la AUH, en definitiva, eran de ese orden.

2.2 Como titular

Analizamos, en lo que sigue, una situación de excepción: la titularidad masculina de la AUH. Tomamos como referencia principal la experiencia narrada por Ramiro, un titular varón de la AUH, y también la experiencia de Hernán, quién, a pesar de haberlo intentado, no había podido acceder a la prestación por razones burocráticas. Sus relatos echan luz sobre el sesgo maternalista que recubre el universo de la AUH. Mostraremos cómo la presencia de los hombres en los escenarios formales resultaba: i) sospechosa, ii) extraña y iii) vergonzante.

i) Presencia sospechosa

‘‘La burocracia no hace sólo archivos, inventa también discursos de legitimación’’ (Bourdieu 2014, p. 282). La condición materna y su estrecha relación con el cuidado de los hijos es una representación tan arraigada que, en las oficinas de ANSES, nadie la ignoraba. Incluso, se reforzaba en las capacitaciones que recibían los operadores: ‘‘el sistema [informático] presume que los chicos se quedan con su madre, eso nos dijeron en la capacitación’’ (operadora de ANSES, 18/11/2017, El Sauce). Antagónica, en cambio, resultaba la presencia del hombre. Una operadora de ANSES lo expresó de modo elocuente:

En general cuando viene un hombre a pedir una asignación universal, te lo digo como operadora, como mujer, es desconfiable. Porque estamos acostumbrados a que los jueces le den la tenencia de los chicos a la madre. Entonces le porfiamos todo. Hasta que no nos muestra que tiene a cargo a los niños con una sentencia judicial de tenencia y… le desconfiamos todo porque, bueno, una tiene esa educación de que en realidad la mujer es la que está siempre con los niños, y que son muy pocas las mujeres que abandonan a los niños y entonces, bueno, nada, al hombre le porfiamos todo, a la mujer cuando viene, quizá no tiene ni la tenencia y no importa, al tipo le porfiamos todo, hasta que demuestra realmente que es viudo o hasta que demuestre que la situación es así como la plantea (18/11/2017, El Sauce).

Desde el punto de vista de un hombre titular, el argumento era coincidente con el planteo que hacía la operadora de ANSES. Los hombres sabían que debían dar indicios, demostrar mediante presentaciones administrativas que eran ellos –y no las mujeres– quienes estaban a cargo de los hijos. Solo así podían intentar revertir la lógica predeterminada de un sistema de liquidación que automáticamente priorizaba a la mujer. Esa demostración no parecía ser inusitada.

Incluso, acreditar ese estado –estar a cargo de los hijos– podía ser una tarea ardua y de largo plazo. Era el caso de Hernán[5], por ejemplo. Al momento de la entrevista, no había podido acceder a la AUH. Tenía a cargo a sus tres hijos, uno de ellos menor de edad. Varios años atrás, le había sido informado, en las oficinas de ANSES, que necesitaba ‘‘la firma de la madre’’ del niño para poder acceder a la AUH; pero, dado que la madre vivía en Formosa, padecía problemas de salud y estaba desvinculada de la familia, la gestión no pudo resolverse. Transcribimos su testimonio:

Fui a pedir y ANSES me dijo que necesitaba una declaración jurada de ambos menores, para poder seguir cobrando el salario [la AUH]. Si no tenía la declaración jurada, porque venía de parte de la madre o de algún juzgado, que yo tenía la tenencia legal de mis hijos, no me daban. Y eso es lo que hicieron: no me dieron. A partir de eso no hice más nada. Porque también tenía que tener la firma de la madre y la madre está en Formosa. Así que no pude hacer. Yo dije que me mandara por fax y me dijeron que no era válido. Necesitaba la presencia. Y después no insistí más. A mí me dijeron que necesitaba todo, de hecho debo tener todos los papeles a medio hacer. Tampoco insistí. Tampoco voy a ir a perder tiempo yo y a los demás. Cuando me dijeron eso dije ‘debe ser así’. No me gusta andar insistiendo. No fui más (29/10/16, El Sauce).

Posteriormente a la entrevista, le pedimos precisiones a una operadora de ANSES acerca de la situación de Hernán. En realidad, surgía una incompatibilidad. La madre del niño había iniciado la gestión de una pensión no contributiva por invalidez que estaba aún en proceso. La operadora nos dijo: ‘‘está complicado, él no tiene derecho a asignación universal porque la mamá de los niños tiene un beneficio, una vez que la mamá tenga liquidada la pensión por invalidez y la asignación familiar, nosotros cargamos el [formulario] Madres a él’’ (Luciana, operadora de ANSES, 18/11/2017, El Sauce). El laberinto burocrático a transitar era el siguiente: una vez que la pensión estuviera liquidada y la AAFF correspondiente otorgada a la mujer titular de la pensión, Hernán debía completar a su nombre el formulario ‘‘Madres’’ en las oficinas de ANSES. Denominación que, por cierto, denotaba el sesgo maternalista de la transferencia[6]. Solo de esa manera podía ser traspasada la AAFF correspondiente a su nombre. La resolución de esa situación particular requería la movilización de recursos y la realización de tareas que eran díficiles de llevar a cabo en el contexto en que la familia, en ese entonces, se encontraba.

Los hombres advertían que en los escenarios formales su presencia generaba cierta sospecha. Quizá por este motivo, se sentían forzados a aseverar su rol como cuidadores. Ese era el ángulo que los favorecía, cuando se presentaban ante otros (Goffman 2006a). Tomamos el relato de Ramiro, titular de la AUH, para ejemplificar:

Cuando [mis hijos] estuvieron conmigo, siempre vivieron de mi salario y de mi trabajo, nada más. Yo por eso [al quedar sin empleo] tuve que hacer el trámite para cobrar la asignación. Lo hago yo porque yo estoy a cargo de los chicos. Yo, cualquier cosa, a mí me mandan a llamar los maestros o tengo que ir a firmar lo de la libreta, voy yo. Yo me voy, estoy a cargo de los chicos, yo estoy, me voy al colegio, me presento, cualquier problema voy yo, siempre estoy yo para los chicos. Siempre me llaman porque tienen mi número de celular o de mi mamá, en la casa, me llaman a mí, voy yo, siempre voy yo. No le voy a negar, ellos tienen a su madre y como los maestros me preguntan a mí ‘¿ la mamá?’, pero yo no soy la mamá, qué le puedo decir. Yo estoy a cargo de los chicos, me encargo yo nada más, yo no voy a andar atrás de ella (22/12/17, Sabala).

De tal modo, el afán por remarcar que eran ellos quienes estaban a cargo de los hijos compensaba el velo de sospecha que tenía su figura en los escenarios formales.

ii) Presencia extraña

Como titulares de la AUH, los hombres atravesaban momentos sinuosos debido a que su presencia no era esperable en los escenarios formales. Lo que le sucedió a Ramiro, un varón titular de la AUH, cuando fue a solicitar un crédito en las oficinas de ANSES resulta ilustrativo:

Autora: ¿Qué pasó en ANSES?

Ramiro: Bueno, me fui, porque esto [la casa] es de mi mamá, yo tengo una piecita de tres por tres y somos tres varones [él y sus dos hijos] y ella [su hija] es nena, y son grandes, ya es grande la nena. Y digo yo, bueno, saco un préstamo [crédito de ANSES] y termino la piecita porque mucho no me falta, son pocas paredes las que tengo que terminar, y me ayuda el más grande, y ya la nena va a estar sola, va a tener una piecita sola. Bueno, fui normal, saqué turno, fui al ANSES, me senté, me atendió bien la chica y me dice, me preguntó todo, y me dice ‘espera diez minutos’. Me hizo esperar diez minutos, estuve esperando, se levantó ella, se fue a una oficina y después cuando vino me dijo que no, que no me podía dar el préstamo porque no me acreditaba no sé qué, no me acuerdo bien. Y bueno, le dije ‘no me lo puede dar, está bien’. Yo me levanté y listo, bueno, ‘gracias chau’, le dije.

Autora: ¿Le preguntaste por qué?

Ramiro: No, no le pregunté por qué, no. Ella me preguntó a mí si yo trabajaba en blanco, ‘sí, hace mucho trabajaba en blanco, ahora no’, le dije. Y me preguntó, me dice ‘pero usted, su señora, ¿usted no es viudo?’, me dice. Como diciendo que la mamá de ellos no está muerta, qué sé yo, que por eso no me lo pueden dar. Yo no le pregunté, no, no le pregunté a ella [a la empleada] por qué no me lo podían dar. Y bueno, sí, me dice, usted tiene que ser viudo como para que se lo den. ‘Ah bueno’, pero yo no soy casado tampoco con ella, digamos, en un sentido, bueno, tantos años estamos, está bien, es como que está casado uno. Pero bueno, me dijo, usted no es viudo. Si no es viudo no se le puede dar o no se le puede acreditar, no sé, no me acuerdo cómo era. Bueno, está bien, le dije, ‘gracias’. Me levanté y me vine, otra no me quedó. Vine con la cara así larga pero bueno y yo dije, bueno, por ahí también como es para la mujer y como yo soy hombre, no me lo dieron a mí. Porque a veces pasa. A veces me tira abajo, es como que, yo como hombre me siento un poco así mal, no quiero hacer trámites. A veces la Julia [su cuñada] me dice ‘anda y hace esto’ y yo le digo sí pero a veces digo no, voy a ir al pedo si yo sé que a mí no me lo van a dar, es como que me siento mal. Porque soy hombre me hacen a un costado, yo me siento así, que me hacen a un costado. Si yo a mis hijos los cuido, los llevo al colegio, que no les hace falta nada, si el ANSES tiene todo eso ahí, no sé (22/12/17, Sabala).

La negativa que recibió Ramiro se fundamentaba en una circular de ANSES que establecía, como condición de acceso al crédito, que las destinatarias fueran mujeres; específicamente: ‘‘titular de género femenino, salvo viudo y con madres privadas de la libertad por condena firme’’ (Circular ANSES Nº 60/17)[7]. Después de ir a consultar sobre la situación atípica que Ramiro representaba, correctamente la operadora argumentó: ‘‘pero usted no es viudo’’. Un individuo proyecta una definición cuando llega a presencia de otros, pero dentro de la interacción pueden tener lugar hechos que contradigan, desacrediten o hagan dudar de esa proyección. ‘‘Cuando ocurren estos sucesos disruptivos, la interacción en sí puede llegar a detenerse en punto de confusión y desconcierto’’ (Goffman 2006a, p. 24). La interacción mostraba un suceso disruptivo. Conocedor de las reglas de juego, Ramiro sospechó el motivo de la denegatoria; sabía que lo relativo a la AUH era ‘‘para la mujer’’. Reconociéndose ajeno en ese escenario y aún con la importancia que tenía para su familia el acceso al crédito, no cuestionó la decisión. Interrumpió la actuación, abandonó su personaje; se quitó del rostro ‘‘la máscara expresiva’’ que requería ese encuentro cara a cara (Goffman 2006a, p. 132). En su reflexión, buscó en el cumplimiento de las condicionalidades –‘‘el ANSES tiene todo’’– la forma de legitimarse en su rol de cuidador para, aun siendo hombre, solicitar el crédito.

La presencia del hombre en los escenarios formales era extraña aun cuando fuera titular de la prestación, de acuerdo a las excepciones previstas en el marco normativo. Sucedía que, más allá del marco normativo, al transitar esos escenarios su figura era inesperada y chocante. En palabras de Goffman, era un ‘‘suceso disruptivo’’. Un hombre interactuando allí llamaba la atención; desde el punto de vista del género, interrumpía un orden.

iii) Presencia vergonzante

Cuando recorrían escenarios formales, hombres y mujeres se exponían a la mirada de otros; en el caso de los hombres, la dificultad estaba en que quedada afectado lo concerniente a su rol como proveedores. En ese sentido, para los varones, resultaba vergonzante. Retomamos el relato de Ramiro:

A mí me tratan bien, me tratan bien [en el centro de salud y en la escuela]. A veces me da vergüenza como hombre, ¿no? Un poco, digo yo, porque yo tengo que andar con los chicos por todos lados y como hombre digo. Pero yo si tengo que llevarlos, los llevo a la salita igual. A veces me siento mal porque son todas mujeres. Tantas veces en la salita, como me ven en el ANSES o en la escuela, y digo yo, ¿no?, soy el único hombre, pero ese no más es el problema. Igual los hago los trámites, normal, lo hago normal, nada más eso, lo que a veces pienso yo (22/12/17, Sabala).

Cuando quedó desempleado, Ramiro realizó la gestión correspondiente para acceder a la AUH. Desde ese punto de inflexión en su vida –quedar desempleado–, empezó a recolectar cartones en la vía pública. Los miércoles y los sábados solía ir a una feria de venta de artículos usados con el objetivo de vender lo que iba consiguiendo en los circuitos que recorría. En décadas previas, había tenido empleo formal. Trabajó, bajo esa modalidad, durante veinte años. Cuando daba cuenta de sus experiencias de trabajo, ahí sí había un relato que merecía ser narrado. En relación a ese momento de su vida, argumentaba: ‘‘[mis hijos] siempre vivieron de mi salario’’. Las vivencias en torno a la AUH, por el contrario, estaban asociadas a lo vergonzante y, en particular, a la incomodidad que le producía el tránsito por las instituciones.

Haciendo las gestiones requeridas, ya sea en el centro de salud, en la escuela o en las oficinas de ANSES, Ramiro se sentía desconcertado. Para un hombre, encontrarse allí inevitablemente mostraba un desarreglo: significaba exponer la dificultad para asegurar la subsistencia de la familia gracias a los ingresos obtenidos por medio del trabajo y a la vez expresaba la ausencia de una mujer-madre encargada de esas tareas y gestiones. Cabe recordar que la política social modela la interacción entre familias y mercados laborales mediante la definición de los criterios por los cuales las personas reclaman el acceso legítimo a la distribución de recursos: ‘‘los hombres tienden a reclamar dicho acceso en tanto trabajadores y las mujeres en tanto esposas y madres’’ (Martínez Franzoni 2008, p. 35)[8]. De ese modo, Ramiro ponía de manifiesto un déficit aun cuando se encontraba trabajando de modo sostenido en la recolección de materiales reciclables. Estrategia laboral que no parecía ser lo suficientemente efectiva para que pudiera desmarcarse y, así, no asumir el supuesto déficit. Sucedía que el dinero de la AUH no provenía del mundo del trabajo y este punto indefectiblemente nos conecta con las dimensiones morales asociadas al mismo y a la construcción de una identidad social (Hornes 2017).

Las prácticas y las vivencias de los titulares varones hacían resurgir una clásica contraposición: la del derecho a una transferencia estatal en oposición al sustento obtenido sobre la base del esfuerzo y del trabajo. Era un bloque de ideas que, según los relatos recabados, parecía ser compacto, no tener fisuras.

3. Las hacedoras legítimas y las observadas

Las mujeres asumían el protagonismo que esta política social formalmente les concedía: las definimos como las hacedoras legítimas y las observadas. Analizamos tres ejes que consideramos centrales: lo doméstico, la maternidad y los adjetivos a través de los cuales solían ser juzgadas. La AUH se vivía en femenino. ¿Cómo eran, entonces, sus prácticas y sus vivencias?

3.1 Lo doméstico

Durante el trabajo de campo, las respuestas más frecuentes que recibimos a la pregunta ‘‘¿cómo es un día habitual para vos?’’ mostraban expresiones del tipo: ‘‘estoy todo el día acá’’, ‘‘me quedo adentro’’. Por ejemplo:

Me levanto, levanto a Lili [su hija], ahora estamos con el jardín, la adaptación que le cuesta porque va a jornada completa. Llega al mediodía y empieza ‘mi mamá, mi mamá’ y yo la tengo que ir a buscar, vengo, estoy con mi mamá, con mi papá, a veces cocino, a veces voy al comedor a buscar la comida, a un comedor comunitario, ahí trabajaba mi mamá y nada, estoy acá todo el día, no hago más nada que eso (Rita, 18/11/17, El Sauce).

La pregunta tomaba a las mujeres por sorpresa. Sonaba extraño desandar lo hecho en ‘‘un día habitual’’ cuando lo que había que desandar era, en buena medida, actividades domésticas y de cuidado, rutinizadas. Tarea difícil la de narrar aquello no objetivado como trabajo, aquello que sucede cuando ‘‘me quedo adentro’’. Incluso tratándose de procesos esenciales para el mantenimiento de la vida, esas tareas asumían una forma minimizada. La titularidad de la AUH no les brindaba argumentos para valorizar y resignificar esas tareas esenciales. Por ejemplo, Lola, una ex titular de la AUH, cuando tenía a la transferencia de esta política social como ingreso principal dado que aún no estaba desarrollando un pequeño emprendimiento familiar que luego inició, según su punto de vista, en ese periodo, ‘‘estaba al pedo’’ (11/11/16, El Sauce)[9]. Haney sostiene lo siguiente:

Como han argumentado muchas feministas occidentales, el maternalismo puede ser un discurso de empoderamiento para las mujeres. Históricamente, ha sido el idioma central a través del cual las mujeres han asegurado la asistencia estatal. Al proclamar una especial importancia como madres, las mujeres han obtenido acceso al estado, tanto como responsables de la formulación de políticas como demandantes (Haney 2002, p. 132, traducción propia).

Estas garantías, en definitiva, les permitieron hacer demandas legítimas al Estado y les confirieron ‘‘un sentido de importancia social’’ (Haney 2002, p. 133). Destacando este punto interesante, notamos que, cuando la AUH propiciaba el repliegue de las mujeres en el mundo doméstico, les brindaba muy pocas artimañas retóricas para hacer valioso ese mandato. Estaba claro que las mujeres hacían propio el dinero de la AUH y que, sin embargo, esa apropiación no alcanzaba a legitimarse en el esfuerzo que destinaban a la crianza de sus hijos.

Observamos, de tal modo, que la AUH fomentaba una sociabilidad hacia adentro e individualizante. Contribuía a forjar un tipo de sociabilidad estrechamente ligada al ámbito doméstico. Era hacia adentro en la medida en que emplazaba a la mujer en el hogar a la vez que no le proporcionaba anclajes colectivos. El hogar aparecía jerarquizado porque allí tenían lugar las tareas de cuidado que esta política social, en términos formales, privilegia. Es obvio decirlo: las tareas de cuidado iban de la mano del repliegue en la esfera doméstica. Asimismo, era individualizante en tanto la mujer era concebida de modo aislado. No había anclaje en el territorio, en el sentido de que no se estructuraban lazos ni se forjaban pertenencias comunitarias más allá de aquellas formales que se derivaban del cumplimiento de las condicionalidades. La unidad sanitaria y la escuela aparecían como las únicas instituciones con las cuales, en el ámbito más cercado, se promovía un vínculo. Era un vínculo, como analizamos en el segundo capítulo, preexistente y que a partir de la AUH se veía resignificado.

No obstante, este tipo de sociabilidad, promovida y esperada en función del diseño de la AUH, no era asimilada por las mujeres de un modo lineal. Se desplegaban maniobras, en el sentido que le da Haney (2002) al término: aludimos a los significados que los sujetos de la regulación estatal adjuntaron a esa regulación y a las formas en que maniobraron para protegerse de ello, alternativas que son subterráneas. Aún cuando esta política social no favorecía la circulación de las mujeres por diferentes escenarios, alternativos al del hogar, ellas, no obstante, los transitaban y los ocupaban diariamente.

Sucedía que las mujeres estaban compelidas, debido a un entorno de fuerte privación material, a ‘‘no quedarse quietas’’, a poner en juego estrategias variadas, a transitar escenarios más allá del doméstico y a apelar recurrentemente a instancias colectivas en el territorio. Este rasgo esbozado lo abordaremos, en detalle, en el capítulo siguiente. Por ejemplo, tomamos el relato de Rosalía, una titular de la AUH y a la vez del Programa Argentina Trabaja, que expresaba de la siguiente manera sus actividades cotidianas:

A las ocho, mis nenas van en la mañana al jardín, yo las llevo a las ocho y me vengo para acá [a un comedor comunitario]. Trabajamos, le damos la comida a la gente, la vianda, hasta las dos de la tarde estoy acá. Después, al mediodía, las voy a buscar y las traigo de vuelta para acá. Y después, como mi mamá tiene un negocio [un almacén en la propia vivienda], la ayudo ahí en el negocio durante la tarde. Ahora, que están lindos los días, nos sentamos en la vereda, estamos, ellas [sus hijas] se ponen a jugar, andar en la bici pero en mi casa no más (18/10/17, Sabala).

No resulta extraño que Rosalía, como sucedía con muchas otras entrevistadas, dijera en ‘‘mi casa nomás’’. A ese tipo de expresiones –‘‘no hago nada, me quedo adentro’’– era necesario contraponer la búsqueda constante en relación a qué más hacer para garantizar la reproducción de la familia. Era un ‘‘estar adentro’’ muy activo[10]: cuando tenían ropa usada iban a la feria a venderla, buscaban comida en el comedor comunitario, participaban de la dinámica cotidiana de comedores y ‘‘copas de leche’’, entablaban lazos con vecinas y referentes para facilitar el acceso a recursos estatales, ayudaban en pequeños emprendimientos familiares. Indefectiblemente, las diferentes líneas de acción que eran necesarias poner en juego requerían movimientos y vínculos.

La concurrencia a los comedores comunitarios es un ejemplo del punto que buscamos mostrar. El comedor representaba para las mujeres un lugar de sociabilidad. En comedores comunitarios, merenderos, ‘‘copas de leche’’, transcurrían los mediodía y las tardes de muchas de las mujeres con quienes conversamos. No solo eran titulares de la AUH quienes asistían al comedor sino también las propias mujeres que colaboraban en esas instituciones.

Colaboradoras y concurrentes al comedor, se conocían entre sí. ‘‘Quédate que ahora vas a ver, a las once y media empiezan a venir, varias mujeres que tienen la asignación’’, nos insistió Lucila, una colaboradora de un comedor, sabiendo que nos iba a interesan conversar con las titulares de la AUH (notas de campo, comedor de Tina, El Sauce, 17/11/16). Cuando decimos que los comedores representaban un lugar de sociabilidad no apelamos a una visión romántica de estos espacios, en el supuesto virtuosismo de una instancia ‘‘de ayuda’’ entre vecinos del barrio. Hacemos referencia, en cambio, a relaciones sociales de cercanía y de conocimiento entre las personas que concurrían y las personas que organizaban el comedor, que generaban cierta calidez y gracia en su atmosfera cotidiana. Es decir, a los ‘‘sentidos afectivos’’ (D’amico 2015) presentes en la figura del comedor comunitario. En este caso, nos interesa incorporar al análisis los movimientos y los vínculos que la concurrencia a comedores desencadenaba.

La presencia de las contraprestaciones exigidas por las políticas de TMC era otro claro ejemplo del punto que buscamos señalar. Con frecuencia, eran las propias políticas sociales las que promovían movimientos y vínculos extra domésticos, sencillamente debido a que prescribían contraprestaciones que se desarrollaban fuera del hogar. Coincidimos con lo señalado por Zibecchi:

Frente a múltiples prácticas desacreditadoras, la participación en actividades comunitarias y en ciertas instituciones públicas abre un espacio para el reconocimiento de pares y el establecimiento de relaciones de reciprocidad. […] [D]eterminadas actividades comunitarias permiten no sólo cierto reconocimiento por parte de pares, sino también la reconstrucción de una rutina cotidiana, otrora construida en torno a los horarios de trabajo. Sin embargo, este espacio –que a algunos habilita para sentirse útiles y comprometidos, y a otros para estructurar un día cotidiano simulando horarios fabriles– pronto encuentra sus límites, en cuanto se circunscribe a un pequeño grupo o institución –una escuela, un determinado hospital o una organización de desocupados–. En otras palabras –y parafraseando a Fraser– el reconocimiento social no se resuelve al interior de un pequeño grupo de personas, en la medida en que requiere patrones culturales institucionalizados de interpretación y valoración que aseguren la igualdad de oportunidades para alcanzar la estima social (Zibecchi 2013, p. 140).

Cumplir con la contraprestación en un comedor comunitario significaba formar parte de un grupo de mujeres que sostenía la rutina del comedor y a la vez interactuar todos los mediodías con los vecinos que concurrían a la institución. Cumplir con la contraprestación realizando alguna actividad en un movimiento social, participando activamente de la organización cotidiana, producía un efecto similar. Elena, una titular de la AUH, lo expresó de la siguiente manera:

Yo cuando entré [al Movimiento Dario Santillán], empecé a trabajar y me fui dando cuenta de un montón de cosas, cuando entré a la Cooperativa. Porque había peores problemas que los míos. Lo mío era un poroto al lado de todos, escuchando a las personas. Agarré y le dije [a su ex pareja]: ‘Me voy a cansar, me estoy cansando, y te voy a echar’ y fue así. Saliendo de adentro de las cuatro paredes de donde estábamos, le dije ‘basta, hasta acá llegamos, no te amo, se me terminó el amor por vos, chau, te vas. Así es como pasó’. Ahora me doy cuenta. Estando en cuatro paredes creía en lo que él me decía, nada más. Pero saliendo afuera, al mundo digamos, digo, ‘no ¿qué estoy haciendo? ¿En cuatro paredes, encerrada, qué estoy haciendo?’ Entonces fue un re cambio. Lo que pasa es que, una forma de decir, si yo no salía a descubrir el mundo afuera, iba a seguir todavía. Para mí fue bueno, no porque sea de Darío Santillán, sino por salir, a ver las cosas de afuera (19/11/2016, El Sauce).

En suma, emplazando a la mujer en el hogar, la AUH favorecía la puesta en escena de una sociabilidad hacia adentro e individualizante. Las tareas que desarrollaban en el ámbito doméstico eran narradas por las mujeres asumiendo una forma rutinizada y minimizada. Sin embargo, en el desarrollo de esas tareas, gracias a las cuales sin dudas se reproducía la vida de la familia, se resquebrajaba esa sociabilidad hacia adentro hacia adentro e individualizante: la propia dinámica del mantenimiento cotidiano hacía imprescindible que las mujeres establecieran movimientos y enlazaran vínculos extradomésticos.

3.2 La maternidad

Los detalles vívidos relacionados con la crianza de los hijos estuvieron muy presentes en las conversaciones mantenidas con las mujeres a lo largo de todo nuestro trabajo de campo. En el hilo de las conversaciones, solían colarse preocupaciones, anécdotas, logros y ocurrencias de los niños. También, la pesadez, el agotamiento y el cansancio. Hacia todos estos asuntos los relatos viraban con facilidad; parecían ser cuestiones que ocupaban la vida cotidiana, tenían peso y no pasaban desapercibidas. Sin ser aspectos a indagar que estuviesen pautados, tangencialmente ocupaban un lugar y se colaban en las conversaciones: la crianza de los hijos era convertida por las mujeres en un foco de atención sobre el cual había detalles para dar.

Por ejemplo, era una escena habitual que, durante las entrevistas, los hijos de las mujeres estuvieran presentes. En varias grabaciones de entrevistas aparecían voces de niños y en las crónicas realizadas luego de las entrevistas quedaba registrado el movimiento y el juego[11]. Los esfuerzos de las mujeres por contar y por cuidar, al mismo tiempo, eran notables: las narraciones aparecían en tensión, a veces interrumpidas, las charlas solían cortarse y retomarse. Mujeres que mientras hablaban, directamente o de reojo, estaban atentas a lo que sus hijos hacían. En los momentos del año con receso escolar este punto fue más claro; sin embargo, en las conversaciones sucedidas durante la época escolar no fue muy diferente. Estas no eran cuestiones anecdóticas o descriptivas: la maternidad daba forma a la vida de las mujeres que entrevistamos, estaba acentuado el rol de cuidado. La situación de entrevista a las que hacemos referencia resultaba ser una pequeña muestra de cómo el universo de estas mujeres estaba atravesado por ese rol y por esas tareas.

Incluso los momentos en los cuales las mujeres se encontraban realizando una contraprestación exigida por una política de TMC en un ámbito comunitario, no siempre las sustraían de las tareas de cuidado. Por ejemplo, algunas mujeres que colaboraban en un comedor comunitario realizando la contraprestación del programa Ellas Hacen y que tenían asignada, de ese modo, una tarea de tipo comunitaria, solían trabajar allí junto a sus hijos, cuidándolos a la vez que cumplían con la contraprestación. El hecho de que la política social asignara a la mujer otras tareas que no fueran las del cuidado a los hijos, no las sustraía, necesariamente, de la obligación por dicha tarea.

¿De qué modo la presencia de la AUH reforzaba la ocupación de la mujer en el cuidado de los hijos? Las gestiones asociadas a la ‘‘firma de la libreta’’ gozaban de cierto automatismo. Sin embargo, completar ‘‘la libreta’’ en realidad camuflaba la responsabilidad de llevar a cabo las tareas de cuidado en el espacio doméstico. El dinero que las mujeres obtenían a través de la AUH estaba recubierto de ese significado: ‘‘ser portadora del cobro del beneficio de la AUH convierte a las mujeres en las responsables de gestionar tal dinero, pero sin dejar de descuidar el espacio del hogar’’ (Hornes 2016, p. 96). Entonces, bajo la órbita de esta política, las mujeres encontraban formalidad en las tareas de cuidado; tareas profundamente conocidas pero que, sin embargo, ahora tenían sello estatal. Tareas que, a partir de la AUH, portaban la ‘‘solemnidad’’ (Bourdieu 2014, p. 203) que da el Estado.

Teniendo sello estatal esas tareas eran vividas, en cierto sentido, como jerarquizadas. Las jerarquizaba el propio Estado a través de una política social. En coincidencia con el análisis de Garcés (2015, p. 136), ‘‘se trata de prácticas instaladas, de ‘costumbres’ que ya tenían, de obligaciones que ya cumplían’’. Entonces, “la AUH ‘transforma’ lo que eran prácticas instaladas en obligaciones, independientemente que son obligaciones inherentes a la función paterna, más allá de la participación de un programa social’’ (Garcés 2015, p. 136). Las tareas, enmarcadas en el formato de la AUH, adquirían un estatuto especial: ‘‘la AUH le dice a las familias qué es lo que importa’’, comentó una médica encargada de firmar ‘‘las libretas’’ (8/2/18, Sabala). Entonces, si las tareas de cuidado se ubicaban en la órbita de esta política social dejaban de ser meramente protocolares, se jerarquizaban.

La jerarquización de las tareas de cuidado no eran cuestiones inocuas. La trabajadora social de una escuela llamó a las mujeres titulares de la AUH, ‘‘supermadres’’. En su carácter de madres, asumían una sobrecarga de responsabilidades domésticas. ‘‘Tienen una sobrecarga física y mental’’, expresaba esta trabajadora social. Para ejemplificar, relató una escena: ‘‘un chico que falta mucho [a la escuela], te pones a indagar por qué y, por ejemplo, su madre tuvo que llevar al médico a un hermanito, y quizá el papá está en la casa pero quien lo trae es la madre y no el padre, entonces ese día el nene falta’’ (15/12/17, Sabala). No sorprendía que una persona conocedora del territorio y de los problemas sociales que lo atravesaban diera ese diagnóstico. Analizando otro contexto social y geográfico, Haney muestra que ‘‘las historias de madres fatigadas y con exceso de trabajo’’ resuenan en los dispositivos de asistencia social, resuenan ‘‘mientras las mujeres continúan enfrentando dificultades para equilibrar sus demandas laborales y familiares’’ (Haney 2002, p. 136). Una fatiga que para esta autora hacía mella en el bienestar emocional de las mujeres[12]. De eso, precisamente, nos estaba hablando la trabajadora social y la calificación de ‘‘supermadres’’, en este caso, nos interesa para observar que la presencia de la AUH reforzaba ese atributo y no contribuía a generar otro.

La atención constante al presupuesto del hogar, la organización de los gastos y la forma de preverlos eran puntos centrales para explicar por qué esa ‘‘sobrecarga’’ se producía. Hornes (2017) advierte sobre el nivel de detalle que las mujeres de sectores populares suelen manejar en la confección del presupuesto hogareño. Como señalábamos en el apartado previo, las mujeres ‘‘estaban adentro’’ pero de un modo muy activo; idea que, a la vez, será retomada en el capítulo próximo al mostrar los ‘‘rebusques’’ que las familias solían encontrar para maniobrar y garantizar la subsistencia. Entonces, con mayor precisión, la ‘‘sobrecarga’’ a la que hacemos referencia la ubicamos en el cruce de la responsabilidad de las tareas de cuidado y el contexto de marcada privación material, con la necesidad constante de realizar esfuerzos para poder vivir día a día. Visto de este modo, resulta comprensible el detalle que dábamos anteriormente sobre la pesadez, el agotamiento y el cansancio que, según observamos, solían colarse en los relatos de las mujeres.

Por cierto la jerarquización de las tareas de cuidado a través de la acción de políticas sociales excede, claramente, a la AUH. Las mujeres portan una ‘‘historia de condicionalidades’’ (Garcés 2015, p. 129) en relación a dichas tareas. De Sena (2014), en ese sentido, hace un recorrido por diferentes políticas sociales nacionales, desde el PJJHD a la AUH, para mostrar la centralidad del lugar de la mujer en esas políticas y las consecuencias de la “sobrecarga” que esa participación supone[13]. Que las mujeres fueran convocadas a cumplir un rol de cuidado de ninguna manera era una experiencia inédita. Para analizarlo debemos trazar una línea de continuidad entre políticas sociales: PJJHD, Plan Familias y AUH. El Programa Familias, antecesor de la AUH desde el 2005 hasta finales del 2009[14], significó, para la mujer, la vuelta al hogar. Transcribimos un relato recabado en 2009, en el marco de nuestra tesis de maestría. Carla, una titular del Programa Familias relataba el pasaje desde el PJJHD hacia el Programa Familias:

Carla: cuando vos te vas a trabajar [contraprestación del PJJHD] tenés que levantarte temprano y estar todo el mediodía, hasta la una yo no volvía, dejar a los chicos solos hasta que vos vuelvas, no sabés, cuando volvés, cómo van a estar los chicos, ahí eran más chiquitos los míos.

Autora: ¿con quién los dejabas?

Carla: quedaban solos, los mandaba a la escuela, cosa que estén muy poco tiempo solos, yo los llevaba a la escuela, los dejaba en la escuela y me iba a trabajar, ellos salían a las doce y media y yo llegaba a la una [del mediodía] recién a casa, o sea que esa media hora, un aburrimiento, no veía la hora de que toque la campanita para salir ¿viste?, y aparte no te mandaban cerca de tu casa, te mandaban a otros barrios, íbamos nosotros caminando. ¿Sabés lo que era? Hay que estar ahí. Al pasar al Plan Familias yo volví a llevarlos al colegio y traerlos, a ocuparme de los chicos y a cocinarles a horario, comer a horario ¿viste?, eso fue lo positivo del Familias, que no te, que te permitían estar con los chicos y para muchas personas que yo me acuerdo que trabajaban conmigo, que tenían que cortar el pasto, tenían que llevar los chiquitos con ellas porque no tenían con quien dejarlos, a chupar frio, a estar con sol, la mayoría de ellos también pasaron al Familias (Rizzo 2010, p. 105).

Retomamos lo analizado en aquella instancia:

Un grupo de mujeres percibe el traspaso al Programa Familias como ‘un alivio’, en particular por la dificultad que suponía combinar la contraprestación laboral, los trabajos eventuales y el cuidado de los hijos. En otros términos, representó una disminución en la sobrecargas de roles y la percepción de ‘una vuelta al hogar’. La ausencia de contraprestación laboral restó anclaje comunitario pero agregó tranquilidad. Estas mujeres desarrollaban la contraprestación del PJJHD ‘en la calle’, es decir, haciendo tareas en la vía pública, como cortar el césped y limpiar. Actividades cuya valoración solía ser desfavorable. Con el acceso del Programa Familias hubo una reorganización de las unidades domésticas en dos aspectos: por un lado, respecto del incremento en el tiempo destinado al cuidado de los hijos, aspecto que, en principio, es percibido como positivo; y, por otro lado, en cuanto a mayores posibilidades para realizar actividades laborales capaces de aumentar relativamente los ingresos familiares (Rizzo 2010, p. 105).

Entonces, el Programa Familias retornó a las mujeres al hogar; situadas por la acción de la política social en el ámbito privado, la AUH se encargó de no introducir ninguna variación en ese plano. Había razones históricas, entonces, para comprender por qué el rol de cuidado que la AUH endilgaba a las mujeres fuera vivido como un hecho asimilado, como parte del orden de las cosas.

Si recordamos las lógicas contradictorias que el Estado tiene (Morgan y Orloff 2017), podemos advertir que las mujeres, en muchos casos, habían sido convocadas por parte del Estado de acuerdo a diferentes mandatos a lo largo de sus vidas. Sin embargo, las exigencias a cumplir –aun disímiles– solían guardar coherencia desde el punto de vista del género. Varias mujeres entrevistadas en Sabala, además de percibir la AUH, realizaban la contraprestación del Programa Argentina Trabaja: llevaban a cabo tareas comunitarias en comedores comunitarios y diariamente, definían el menú de acuerdo a las posibilidades de la institución, preparaban los alimentos, los distribuían, limpiaban y acomodaban el espacio. Tareas comunitarias que, de algún modo, eran con frecuencia una extensión de las tareas domésticas.

Vale la pena hacer una referencia histórica: ‘‘el binomio madre-hijo’’ ocupó un lugar privilegiado como motivo de la intervención estatal en los orígenes de la profesionalización del Trabajo Social y la mujer en tanto madre/ama de casa de los sectores populares era un punto estratégico dentro de los objetivos de la intervención (Grassi 1989). Son numerosas las políticas sociales que de algún modo extienden en la actualidad ese rol de larga data hacia el ámbito de la comunidad. De este modo, como plantea De Sena (2014, p. 122), ‘‘la mujer va cargando con tareas y responsabilidades hacia adentro debiendo asegurar el bienestar de los integrantes, y hacia afuera del hogar mostrándose solidaria y participante en la comunidad, construyéndose un sujeto capaz de asegurar la ‘felicidad’ de su entorno’’. Convocadas dentro del ámbito doméstico –bajo la forma de condicionalidades– o bien fuera de él –bajo la forma de contraprestación–, a las mujeres les era trasladada, en un sentido amplio, la exigencia por las tareas de cuidado hacia otros. Una recreación de esa ‘‘obligación de amar’’ transformada en ‘‘disposición amante’’ que atañe preeminentemente a la mujer y a través de la cual Bourdieu (2013, p. 48) define el ‘‘espíritu de familia’’[15].

Sintetizando, hemos analizado la imbricación entre AUH y maternidad. La modalidad de gestión ya había sido interiorizada por parte de las mujeres, por eso lo importante en este punto no tiene que ver con el hecho de que fueran ellas quienes se ocuparan de completar ‘‘la libreta’’. Antes bien, debe destacarse que la jerarquización de las tareas de cuidado como responsabilidad materna afianzaba prácticas y vivencias diferenciales para hombres y mujeres. Prácticas y vivencias que eran eco de la estratificación de género establecida y, por lo tanto, que añadían y naturalizaban una carga más a las muchas que las mujeres solían tener. Una carga que, además, no era novedosa dado que, en muchos casos, a mandatos similares las mujeres habían estado convocadas como titulares de otras políticas sociales.

3.3 Los adjetivos que juzgan

La crónica escrita luego de la entrevista a Amelia, una titular de la AUH, era ilustrativa respecto del uso del dinero de esta política social. Expresaba que cuando se comenzaba a ser titular de esta política social se comenzaba también a tomar decisiones sobre el destino del dinero:

Pocos días antes de la charla, Amelia había ido a [la feria] ‘La Salada’[16] a comprar ropa para ‘los chicos’ y para ella. Es la plata ‘de la asignación’. ‘La manejo yo’, nos dijo. Antes, ‘cuando cobraba él [su marido], la manejaba él, ahora yo’. Una vez que Amelia obtuvo su documento argentino, pasó a ser titular de la AUH y, en consecuencia, a tomar decisiones en torno a ese dinero. ‘Mirá tenemos que comprar tal cosa’, me cuenta Amelia reproduciendo un diálogo imaginario con su marido. ‘Bueno, vos sabés, yo no me meto’, le suele responder él. Solo cuando tiene que comprar materiales, Amelia va acompañada por él, porque ella no sabe ‘de esas cosas’; pero el resto de las compras las realiza ella, por su cuenta. Él tiene la plata de su trabajo y Amelia tiene la plata de la AUH: ‘cada uno con sus cosas’. Al ‘mercado central’ van juntos y ‘paga él, si falta, pago yo’. El punto de interés es que Amelia, en algunas ocasiones, ‘le pasaba’ plata a su esposo ‘para que termine la vivienda que están construyendo (una pequeña habitación en el patio de la casa con el fin de alquilarla)’. Pero este mes Amelia le dijo a su esposo: ‘[los hijos] nunca tienen ropa nueva, ni linda’. ‘Como tenemos que terminar acá, no tienen nunca ropa linda, ahora primero los chicos, yo te ayudo pero después de las fiestas, ahí te ayudo de vuelta’. Relata, entonces, que fue a ‘La Salada’ a comprar ropa. ‘Caminamos, cómo caminamos!’, exclama. Cuando ella regresó, su marido le dijo, ‘fa, todo gastaste’, relata con histrionismo Amelia (12/12/17, Sabala).

Con frecuencia, incluso, el dinero era simbolizado por las mujeres como ‘‘un sueldo’’[17]. ‘‘Yo cobro’’, ‘‘con lo mío’’ y ‘‘mi sueldo’’ fueron palabras muy presentes en los relatos obtenidos. Se diferenciaba, por ejemplo, ‘‘cuando cobro yo’’ de ‘‘cuando cobra mi marido’’. Eran las mujeres quienes introyectaban el dinero de la AUH al interior del hogar y lo amoldaban a las necesidades y a los deseos de sus integrantes. El dinero formaba parte de un armado hacían ellas: habitualmente definían qué tipos de productos era necesario comprar, qué cantidad, para qué integrante de la familia, de qué modo se organizaban las compras durante el mes y cómo se pagaba lo comprado. Que estuvieran ellas a cargo de estas definiciones traía algunas consecuencias.

De acuerdo a la utilización que hacían del dinero de la AUH, las mujeres eran adjetivadas. No era el destino que se le asignaba al dinero lo que se ponía en cuestión estrictamente. En realidad, era el ejercicio de la maternidad lo que parecía importante calificar: en función de ejercitar o no, según se creía, determinadas cualidades vinculadas a la maternidad. Como plantea Wilkis, ‘‘el derecho o no a tener una protección social monetaria por parte de los más necesitados pasa a convertirse en tema de discusión, y quienes opinan lo hacen con la potestad de juzgar los usos del dinero’’ (Wilkis 2015, p. 565). Entre quienes reciben el dinero y quienes juzgan su uso, existen jerarquías morales que producen ‘‘desigualdades de poder y de estatus, ya que la realidad social de esta pieza de dinero conecta a quienes se ubican mejor situados para juzgar y a aquellos otros obligados a ser juzgados’’ (Wilkis 2015, p. 571). Sobre todo, la AUH proporciona a las mujeres una pieza de dinero que, retomando el análisis de Hornes (2017), arrastra diferentes obligaciones generizadas. Hacerse cargo del dinero traía consecuencias generizadas. Ese es el eje que nos interesa explorar.

A continuación, definimos las categorías de: i) buenas madres y ii) malas madres. El objetivo es dar cuenta de los criterios nativos acerca del buen y mal uso del dinero que se establecen como organizadores de significados y prácticas. Indagamos en las adjetivaciones que eran eficaces para juzgar a las mujeres titulares de esta política social.

i) Buenas madres

Cuesta imaginar que los vecinos de un barrio ponderen, en sus conversaciones cotidianas, si está bien o mal gastada la asignación familiar que recibe una familia, proveniente del empleo bajo relación de dependencia. Podríamos decir que poco importa en qué gasta el ‘‘salario familiar’’ un trabajador formal. En cambio, los consumos que se realizaban con el dinero de la AUH se situaban automáticamente en una arena que era propicia para las opiniones y los comentarios. Asunto abierto a debate, tanto por parte de las mismas destinatarias como de otros actores cercanos a ellas a quienes antes denominamos operadores informales de la AUH[18]. Estaba claro que si se tratara de dinero ganado en el mercado, serían otros los significados puestos en juego.

Nunca se pasaba por alto en qué y para quién las mujeres usaban el dinero porque, en definitiva, se esperaba que hubiera una renuncia materna en pos de los hijos. Con esa vara se medía el desempeño de las mujeres, en su calidad de madres. Existía un auditorio dispuesto a observar y a opinar: los usos del dinero debían ser disciplinados, metódicos, bien direccionados y no debían prestarse a confusión o a desorganización. La priorización era doble. Lo aceptable era que los usos de ese dinero, primero, estuviesen dirigidos a productos considerados prioritarios y, segundo, que estuviesen destinados a los hijos. Quedaban excluidos aquellos productos que, según se comprendía, no resultaban básicos y, al mismo tiempo, los niños gozaban de mayor legitimidad como destinatarios de los consumos, comparados con otros integrantes de la familia. El relato de María reflejaba bien la doble priorización:

[El dinero de la AUH] es como para manejarse, jamás como para darse lujos a grandes cosas, no, pero gracias a dios, o sea, mi meta siempre fue que a ellos [sus hijos] no les falte de comer. Dios es testigo de esas cosas y lo único que siempre me acuerdo que me decía una vecina, que se admiraba porque nosotros hacíamos eso, en cambio yo la veía a ella que se compraba, en aquella época una moto, bien vestida, su hija a un colegio caro, estaba cobrando, ¿no? Pero comía arroz hervido con salchicha, y nosotros no, nosotros era la comida, qué sé yo, no sé, hay diferente maneras (22/5/17, Sabala).

Las mujeres cumplían en mostrar una suerte de autodisciplina. Se ocupaban de enfatizar que el uso del dinero estaba bien direccionado. Un énfasis que obedecía a lo que, se presumía, el interlocutor esperaba escuchar. Surgía, en los relatos, la necesidad de aclarar: ‘‘cuando cobro la asignación les compro de todo a mis hijos, es la plata de ellos’’ (María Emilia, 22/11/17, Sabala) y ‘‘yo la uso para mis hijos porque es la plata de los chicos, no es mía’’ (Tamara, 13/11/17, Sabala). La preocupación era por enunciar lo esperado: hacer con el dinero lo que era correcto y renunciar a hacer usos desviados. Había necesidad de hacer énfasis acerca de la dirección que tomaba el dinero y era una idea que resonaba en las entrevistas con el tono de un imperativo.

Este argumento (la doble priorización que se espera que las mujeres hagan con el dinero) se conecta directamente con lo que sucedía en relación a los hijos adolescentes. Si bien eran las mujeres las encargadas de hacer uso del dinero de esta política social, los y las adolescentes de la familia, no obstante, también tenían poder de decisión.

Algunos análisis han identificado a este actor. Para Wilkis y Hornes (2017, p. 169), el dinero de las transferencias estatales destinadas a los hijos ‘‘pone en juego las relaciones de poder en el seno de las familias’’. Hornes (2017, p. 194) también sostiene que ‘‘cómo el dinero proveniente de las TM transporta valores entre padres e hijos y sirve para medir, comparar y evaluar otra serie de obligaciones sociales y morales dentro del universo familiar’’. Arias (2015) hace mención a la relación entre identidad y consumo de algunos bienes, y el lugar de relevancia que esa relación tiene especialmente para los y las jóvenes. También lo plantean, en torno a la AUH, Kliksberg y Novacovsky (2015, p. 317):

A su vez, hay una doble percepción de las titulares sobre la naturaleza de la Asignación: es entendida como derecho y como ayuda. En cambio, sus hijos la vivencian como un derecho propio, la internalizan como una responsabilidad asumida para contribuir a su propio bienestar y desarrollo. Es también por ello que están atentos a las novedades y proponen el destino del dinero recibido. La AUH genera un efecto igualador con sus compañeros de colegio al permitir acceder a bienes paradigmáticos.

En nuestro trabajo de campo la imagen fue recurrente: los y las adolescentes reclamaban ‘‘su plata’’, ‘‘su salario’’. Se transformaban en sujetos que demandaban consumos específicos, que exigían. Mostramos algunos ejemplos. Por una parte, mientras conversábamos con Amalia en un comedor comunitario, una de sus hijas se acercó repentinamente y le preguntó a su madre: ‘‘¿estas gestionando el salario para mí?’’. ‘‘No, la chica me está haciendo una encuesta’’, respondió Amalia. La expresión ‘‘para mí’’ en este caso parecía ser literal: Amalia expresaba que sus hijas adolescentes querían comprar ‘‘ropa en páginas de internet’’ y que su hijo adolescente le pedía ‘‘cargar el celular’’. Además, con ‘‘el salario de los chicos’’, ella pagaba mensualmente el servicio de acceso a internet, instalado recientemente en su hogar: ‘‘ahora están todo el tiempo encerrados viendo películas’’, relató entre risas. Incluso, cuando obtuvo el crédito de ANSES, su hijo adolescente le dijo (a sabiendas de que el monto mensual se iba a ver reducido): “ves, ahora por dos años no tengo más el salario mío” (18/10/17, Sabala).

Por otra parte, Beatriz nos explicaba: ‘‘a mis hijos [de 14 y de 16 años] hoy, ponele, cobro la asignación y a cada uno les doy su plata. Si tienen que comprar una zapatilla o algo en el colegio, bueno, que los más grandes se sepan manejar’’. Les otorgaba, en ocasiones, un tercio de la transferencia de la AUH. El dinero parecía entrar en disputa: ‘‘no se las doy toda [la plata] pero algo les doy. Y ellos saben que también hay cosas para comprar en la casa. Que también ahí va la mercadería, suponé, algo para pagar, así que ellos también saben’’. Cuando indagamos cuáles eran los consumos que sus hijos realizaban, Beatriz respondió: ‘‘van y se compran ropa. Ropa, zapatillas. Suponete, van y cambian la carpeta o se compran un cosito para el celular, esas cosas. O cargan la [tarjeta de transporte] SUBE[19]’’ (13/11/17, Sabala).

Revelar que el dinero, todo o en parte, ante el reclamo de los hijos adolescente, se traspasaba directamente a ellos, de algún modo, era hacer ver que se cumplía con lo esperado en términos del ejercicio de la maternidad, según lo planteamos. Si eso sucedía, el dinero estaba siendo bien direccionado. En definitiva, significaba que se estaba llevando a un extremo la expresión a la que antes aludimos –‘‘la plata no es mía’’–. No observamos preocupación o tensión por parte de las mujeres en cuanto al destino que los adolescentes le daban al dinero. Lo destacable, en ese caso, era que estuviera en manos de los destinatarios considerados legítimos.

Sintetizando, los movimientos que hacían las mujeres con el dinero de la AUH tenían consecuencias. Eran, en cierta medida, observados; en otras palabras, haciendo uso del dinero, las mujeres se exponían en una suerte de vidriera social. Si, en esos movimientos, se producía una renuncia materna en pos de los hijos, se asumía que era favorable el desempeño de las mujeres, en su calidad de madres. Por ser un asunto abierto a debate, mostrar que ese dinero se usaba con relativa libertad no resultaba conveniente. Era, entonces, un mecanismo social interesante aquel que habilitaba a opinar sobre los usos del dinero de las transferencias estatales destinadas a poblaciones en contexto de vulnerabilidad y, a la vez, en función de esa opinión ponderar el ejercicio de la maternidad de sus titulares. Los usos del dinero que provenían de otras fuentes, como antes señalamos, difícilmente estaban sujetos a este tipo de condicionamientos; en torno al dinero que provenía de otras fuentes, no resultaba válido opinar y calificar abiertamente.

ii) Malas madres. El mito de ‘‘la vecina que gasta la plata en ella misma’’

Muchas mujeres con quienes conversamos nos explicaron acerca del consumo desviado que hacían otras mujeres, cercanas a ellas. Quienes emitían estas valoraciones podían ser, incluso, titulares de la AUH. Transcribimos un fragmento de la entrevista mantenida con Paloma, la trabajadora social de una escuela (15/12/17, Sabala):

Paloma: Acá se da la situación que hay muchas maestras que viven en el barrio, que son de acá algunas. Entonces por ejemplo, tienen contacto, se encuentran, no sé, en el [supermercado] chino con una mamá, ‘y mirá, quiere comprar [shampu] Pantene, y por qué, si tiene el [shampu] Plusbelle más barato, pero se lo gasta, se gasta la asignación en un Pantene’, ¿entendés? O sea, esas críticas o eso de ‘y encima tienen [programa social de] cooperativa, cobran la asignación y además se pueden anotar en el [Programa] Ellas Hacen. ‘Y sacan de acá, sacan de allá’. Esos comentarios. Sí, es una cuestión de clase en realidad porque una vez discutíamos con una maestra, le parece que es un despropósito, ¿no?, que compre un Pantene, es un despropósito porque por qué se va a comprar un Pantene si hay otro más barato.

Autora: Claro…

Paloma: critican porque es un consumo desmedido, ahora ¿todos no hacemos un consumo desmedido de algo? Ahora, no es un despropósito que una persona, como pasa acá con nuestras compañeras por ahí, trabaje un año seguido para pagar una fiesta [de cumpleaños] de quince. No es un, a ver, reconocé que querés hacer una fiesta que no está a tu alcance y reconocé que no tenés el derecho a tener la fiesta que tiene el dueño de una empresa, ponele. Porque dejar un año de tu vida porque son casos reales, ¿eh?, un año de tu vida para juntar la guita para gastártela en una noche, en la fiesta de quince de tu hija, como hacen muchas compañeras acá, un año de vida trabajando horas y horas y la escuela demanda muchas horas. La escuela es un trabajo que después te demanda trabajo en tu casa. Entonces vos descuidás un año, no sé, la posibilidad de, de tomar un mate un día… tranquila, relajada en la puerta de tu casa, en el patio de tu casa porque estás planificando o estás corrigiendo, todo eso porque sos la súper madre que juntó cien mil pesos para una fiesta. Bueno, ese ¿no es un consumo inapropiado o desmedido para tu bolsillo? Sí, para mí sí. Ahora, ¿dónde lo ves? en la que tiene la asignación y se compró un Pantene.

Nombramos a este hecho, como el mito de ‘‘la vecina que gasta la asignación en ella misma’’. Rara vez las acusaciones eran particulares y portaban nombres concretos; antes bien, eran generalizaciones. Garcés destaca también este aspecto: ‘‘algunos de los beneficiarios entrevistados se refieren a las “denuncias” de madres que no destinan el dinero de la AUH para los niños, y como en el caso anterior, no identifican concretamente a nadie, sino que se trata de expresiones genéricas’’ (Garcés 2015, p. 120).

Es, en verdad, un mito que se reactualiza. Se conecta con la histórica necesidad de diferenciación entre los pobres aptos y los no aptos para el trabajo, y acerca, consecuentemente, de la obligación de trabajar que tenían aquellos considerados válidos (Castel 2004 y Morell 2002). En otras palabras, ancla en la diferenciación de merecedores y no merecedores de apoyo estatal, que estructura al capitalismo atravesando la historia de la política social[20]. En el carácter desmedido que se le adjudicaba a algunos consumos que se hacían con el dinero de la AUH subyace la idea de merecimiento. Los consumos se consideraban desmedidos, en definitiva, cuando no cumplían la doble priorización a la que hicimos referencia antes –productos considerados prioritarios y destinados a los hijos–. Como ilustra el relato de Paloma, rara vez se calificaban como desmedidos los usos que se hacían con el dinero proveniente del salario obtenido a través del empleo. Si el consumo era considerado desmedido, entonces parecía no justificarse el merecimiento de la transferencia estatal; el consumo solo podía ser desmedido cuando provenía del dinero ganado a través del trabajo.

A la vez, está presente, en el relato, la idea de sospecha. Debe recordarse que ‘‘los signos que componen una necesidad real, es decir, aquella que amerita la asistencia’’ son producidos (Zapata 2005, p. 108). El shampú de otra marca que no fuera la más económica, necesariamente desencajaba[21] porque no coincidía con los signos que componían una necesidad real. No hay demasiados motivos para esperar que sea diferente ya que se trata de una percepción social muy extendida que trasciende a la AUH. Como plantea Arias:

Las dudas acerca de cómo quienes tienen carencias pueden utilizar el dinero es un prejuicio latente que vuelve a aparecer reiteradamente. Por ejemplo, un senador planteó la improcedencia de las transferencias de dinero de la Asignación Universal por Hijo planteando que sería utilizadas para ‘drogas y bingo’. Con mayor nivel de sofisticación, en las políticas alimentarias se justificaron las prestaciones en alimentos y no en dinero porque se partía de una supuesta falta de conocimiento de determinados sectores para realizar las compras, y también del temor acerca de la utilización de este dinero en cuestiones inconvenientes (Arias 2015, pp. 71-72).

Siguiendo con el análisis, protagonizaba el mito una mujer y su falencia estaba en hacer, con el dinero de la AUH, consumos desviados; es decir, consumos que no se orientaban a cuestiones consideradas prioritarias ni tampoco se dirigían exclusivamente a los hijos. ‘‘Los chicos’’ y ‘‘la madre’’ eran reflejo de esa desviación. Para darse cuenta, bastaba con ‘‘ver a los chicos y a la madre’’: chicos ‘‘que están mal vestidos’’ y madres ‘‘muy arregladas y que tiene celular de última tecnología’’ (Elsa, directora de escuela, 4/12/17, Sabala). ‘‘La gastan en ellas’’, fue la forma en que lo expresó una promotora de salud con quien hablamos informalmente (notas de campo, centro de salud, 5/12/17, Sabala). Por cierto, estos puntos de vista estaban enquistados. El intento por producir un desplazamiento respecto de los lugares comunes que mencionamos, durante las conversaciones con las mujeres, era infructuoso. A esa misma promotora de salud, le preguntamos: ‘‘pero, ¿serán algunas mujeres, no todas, ¿no?’’. ‘‘¿Pero cuántas? Por lo menos la mitad, la mayoría de las chicas son así’’, nos respondió de inmediato (notas de campo, centro de salud, 5/12/17, Sabala). Por cierto este mito estaba presente a modo de un surco ya marcado en el microcosmos de la AUH.

Cuando la disciplina se quebrantaba, sobrevenía una circunstancia socialmente intolerable. El problema residía en que ciertas mujeres usaban el dinero ‘‘para cualquier cosa’’, criticó Lola, una extitular de la AUH (11/11/16, El Sauce). La posibilidad de que no hicieran un uso disciplinado del dinero recibido despertaba una crítica despiadada. Como explica Wilkis (2015, p. 565): ‘‘bajo esta pieza de dinero se transportan tanto la autoridad de juzgar como de condenar’’. Tomamos el relato de Elsa, directora de una escuela, para ejemplificar:

Hay casos en los que las mamás son conscientes y realmente lo utilizan para los chicos, lo que necesitan los chicos, para los tratamientos médicos, para vestimenta, calzado, comida, lo que sea. Pero hay casos que no, que cobran la asignación y vos ves a las mamás que andan con una zapatilla de 2.000, 3.000 pesos y tienen los nenes así no más. Porque lo vemos acá, acá hay mucha gente que cobra la asignación y a los chicos los tienen así no más y vos ves a la mamá que tiene la zapatilla de dos mil pesos (4/12/17, Sabala).

La crítica hacía foco, recurrentemente, en la maternidad: la transferencia de la AUH ‘‘bien usada’’ afianzaba la idea de la mujer como buena madre, mientras que, ‘‘mal usada’’, la horadaba.

A modo de síntesis, sostenemos que era contradictorio que el orden de la protección del trabajo (que por cierto la AUH en su diseño institucional movilizaba) quedara reformulado, según pudimos observar, en el orden de la atención a la pobreza y las sospechas habituales que sobre ese universo recaían. La desprotección laboral como problema general que la AUH ponía a la luz, quedada reducido a la interpretación estrecha del modo en que las poblaciones destinatarias daban cobertura a una necesidad material. Más aún, a la interpretación estrecha del modo en que parecía aceptable, en cierta medida, vigilar a las mujeres en tanto actores privilegiados en la cobertura de esa necesidad material. Estas son apreciaciones que, por cierto, invitan a revisar los límites que tiene la AUH para evitar ese grado persistente de devaluación o de descrédito que suele recubrir a quienes se encuentran en situación de vulnerabilidad y reciben apoyo estatal. Al mismo tiempo que invitan a incorporar la trama de género como aspecto presente en esa devaluación y descrédito, en especial en relación al modo en que se ponderan los usos del dinero percibido.

4. Conclusión

Recuperando las narrativas que hombres y mujeres tenían en relación a la AUH, pudimos observar que la trama de género era un parteaguas: había prácticas y vivencias diferenciales.

Los hombres eran convidados de piedra. Por una parte, como parejas de la titulares, su figura se caracterizaba por ser ajena al universo que rodeaba a esta política social. Quedaban afuera y, salvo ciertas excepciones, asumían ese lugar: ni el dinero ni las responsabilidades que derivan de los requisitos a cumplir se transformaban en asuntos que enunciaran como propios. Por otra parte, como titulares ellos mismos, que eran situaciones de excepción, su figura se caracterizaba por ser sospechosa, extraña y vergonzante. Era sospechosa al punto que debían dar indicios, demostrar mediante presentaciones administrativas, que eran ellos –y no las mujeres– quienes estaban a cargo de los hijos. Era extraña  porque en determinados escenarios desencajaba, no era esperable y, desde el orden del género, alteraba lo establecido. Y era vergonzante porque, en los escenarios, quedaba horadado el mandato de proveer a la familia con los ingresos obtenidos mediante el trabajo y así garantizar la subsistencia, a la vez que se ponía en primer plano la ausencia de una mujer-madre encargada de las tareas y de las gestiones que esta política social requería. De tal modo, el sesgo maternalista de esta política social podía observarse con claridad cuando se recuperaban metódicamente las prácticas y las vivencias de los hombres. Aquí puede observarse la importancia de la mirada relacional en las apropiaciones de una política en la vida cotidiana de las familias; la misma política social era vergonzante para unos y no para otras.

Daba la impresión que definir a las mujeres solo como titulares de la AUH no hacía justicia con el rol que verdaderamente ocupaban; en el universo de esta política social eran, en realidad, las hacedoras legítimas y las observadas. La AUH, para ellas, resultaba un territorio conocido: estaban habilitadas para actuar y eran eficaces en apropiarse de un marco de relaciones y de sentidos compartidos. Hemos tomamos en cuenta cómo esta política social ligaba a la mujer al ámbito doméstico y potenciaba, en ella, una forma maternal, así como también, las maniobras y las tensiones que, respecto de estos ejes, se producían. A la vez, el destino del dinero de la AUH era una arena sobre la cual no había inhibición social en opinar. Era a la mujer, en tanto administradora, a quien se la adjetivaba y a quien se la juzgaba según el buen o mal uso que, según se creía, hacían de la transferencia económica. Eran apreciaciones a las cuales las mujeres estaban expuestas y lo estaban en función de ejercitar o no supuestas cualidades vinculadas a la maternidad. Las críticas sobre los usos del dinero se encuadraban en el orden del género.

Lo que definimos, en este capítulo, como trama de género es un concepto que especifica el enlace de la AUH a los roles de género socialmente establecidos. Es decir, existe una dimensión de la apropiación colectiva de una política social que se construye y se significa en relación al carácter generizado de las prácticas y de las vivencias presentes en la cotidianeidad de las titulares y sus familias.

En el capítulo siguiente, haremos foco en un punto que aquí se abordó de modo acotado: el uso del dinero de la AUH. Se analizará pero enlazándolo a las diferentes estrategias de vida que las familias desplegaban.


  1. Cabe hacer mención al significado que le asigna Haney (2002) a este ‘‘trabajo regulatorio’’. Haney analiza generaciones de mujeres cuyas vidas fueron modeladas por tres regímenes distintos de política social, habiendo sido asistidas por el Estado Húngaro. Identifica la forma en que el Estado, en diferentes momentos históricos, modeló las relaciones entre hombre y mujer. A través del trabajo regulatorio, se fueron atribuyendo significado a las categorías sociales de género, se fueron definiendo los atributos y responsabilidades ‘‘apropiados’’ para mujeres y hombres. Primero, a la vez que las políticas y prácticas de la sociedad del bienestar iban reconstituyendo las esferas del trabajo y de la familia, paralelamente elaboraban definiciones sobre lo que significaba ser un ‘‘buen’’ padre, cónyuge, trabajador y miembro de la familia. Segundo, en tanto el Estado maternalista se obsesionó con la reproducción, al mismo tiempo delimitó quién debía responsabilizarse por la crianza de los hijos y qué implicaba la ‘‘buena’’ maternidad. Tercero, a medida que el Estado de Bienestar liberal se ocupó de los necesitados materiales, redujo la definición de ‘‘trabajo de cuidado’’ y puso énfasis en los roles financieros de los padres y los cónyuges. Es decir, los regímenes de bienestar se basaban, cada uno, en diferentes regímenes de género; la intervención del Estado definía quién estaba en necesidad y cómo sus necesidades debían afrontarse, y esas definiciones estaban atravesadas por patrones de género (Haney 2002).
  2. El ‘‘afuera’’ aquí recuerda la representación tradicional en la repartición del espacio, entre el ámbito doméstico y el ámbito público. Representación en la cual el lugar destinado a las mujeres ha resultado históricamente mucho más restringido y condicionante (Collin 1994).
  3. Apartado ‘‘Los puntos de contacto y los distanciamientos’’.
  4. Además de las figuras de una abuela o un padre como excepciones, había casos en los cuales los adolescentes iban a la consulta médica solos, sin la compañía de sus madres. Elena, una titular de la AUH, por ejemplo, acompañaba a sus hijas adolescentes a la consulta ‘‘pero no entro con ellas’’ (19/11/2016, El Sauce).
  5. La experiencia de Hernán es retomada en el quinto capítulo, apartado: ‘‘Cuando falta la AUH’’.
  6. Esta gestión administrativa fue mencionada en el primer capítulo. Allí también se aclaró que la medida fue removida en enero de 2019, en el momento de escritura del libro, pasando a denominarse ‘‘Formulario de solicitud de Asignaciones Familiares’’ y que está destinado tanto a padres o como a madres que vivan con los niños, niñas o adolescentes.
  7. Esta circular de ANSES explicita los requisitos para la solicitud del crédito del Programa Argenta. Las características del crédito y la resolución que lo reglamenta fue detallado en el primer capítulo, en el apartado ‘‘Aspectos formales’’.
  8. Martínez Franzoni incorpora la dimensión de género en el análisis de los regímenes de bienestar debido a que ‘‘las prácticas de asignación de recursos se organizan en torno a la división sexual del trabajo’’. Es decir, ‘‘mercantilización, desmercantilización y familiarización tienen lugar en mundos sociales genéricamente construidos, de allí que la constelación de prácticas de asignación de recursos varíe según la división sexual del trabajo que las sustenta’’ (Martínez Franzoni 2008, p. 32). La autora se refiere a regímenes de bienestar, en nuestro caso tomamos esa alusión para pensar específicamente a la política social.
  9. Transcribimos parte de la crónica escrita luego de entrevistar a esta titular, dado que ilustra el punto expuesto: ‘‘a lo largo de 2015, Lola trabajó junto a su hermana en el emprendimiento de hacer comida y servirla en el patio de su vivienda. A mitad de la entrevista con Lola, entró un empleado de una empresa de recolección de basura de la zona. Le pidió a las hermanas ensalada de frutas. Ambas le hicieron chistes, ‘mañana te la preparo’; ‘¿pero cómo no tenés ensalada de frutas?’; ‘pero si vos hace un montón que no venís’, se reían las dos hermanas. Sorprendía el trato amistoso y cómplice. El emprendimiento significaba mucho para esta familia. El reconocimiento, la sociabilidad y el encuentro con otros que establecen a través de este trabajo fue fácil de percibir. Recordaba cuando Lola contaba que ‘antes del emprendimiento [es decir, cuando tenía solo la AUH], estaba al pedo’. Estado que contrastaba con estos encuentros cara a cara y risas que presenciamos’’ (crónica entrevista, ex titular de la AUH, 11/11/16, El Sauce).
  10. Esta imagen, la de un ‘‘estar adentro’’ muy activo, se desglosa en el capítulo quinto, en el apartado: ‘‘Los ‘rebusques’ ’’.
  11. Citamos un ejemplo, cuando entrevistamos a Tamara, una titular de la AUH, hicimos la siguiente anotación: ‘‘Tamara tiene cuatro hijos, ‘la más grande de 12 años, el varón de 7, la nena de 4 y el bebé de 7 meses’, me explicó. La entrevista fluyó entre amamantamiento, vómitos, llantos y risas. No la perturbó para poder dialogar. Con soltura, upaba al recién nacido, lo amantaba, lo volvía a recostar, lo limpiaba y, mientras tanto, hablaba sin perder el hilo del relato’’ (crónica de entrevista, 13/11/17, Sabala).
  12. Para una referencia a esta ‘‘sobrecarga’’ en contextos próximos, puede verse, por ejemplo, a Zibecchi (2013). La autora identifica: ‘‘la tensión inherente a las demandas de tiempo de cuidado y del trabajo en sus múltiples manifestaciones –reproductivo, productivo, comunitario, de cuidado– tiene su contracara: el agotamiento físico-mental que vivencian las entrevistadas’’ (Zibecchi 2013, p. 126).
  13. Un análisis direccionado en sentido similar, que recorre diferentes políticas sociales implementadas en el país desde una perspectiva de género, puede hallarse en Goren (2011).
  14. Ver referencias en el primer capítulo, apartado ‘‘Los antecedentes de la AUH’’.
  15. Ver la introducción del libro, apartado: ‘‘Puntos de partida teórico-metodológicos’’.
  16. Se trata de un gran complejo ferial ubicado en el partido de Lomas de Zamora, Provincia de Buenos Aires, que comercializa ropa de imitación a bajo precio.
  17. Otros autores identifican nominaciones similares por las cuales las titulares hacen referencia a la AUH. Hornes (2017) destaca el término ‘‘mi salario’’. Garcés (2015) destaca las expresiones “ayuda’’ y, en ocasiones, “salario familiar” o “cobro”.
  18. Ver el capítulo tercero, apartado: ‘‘Los actores’’.
  19. La referencia es a una tarjeta electrónica que permite viajar en todos los modos de transporte público (colectivos, metrobus, trenes y subtes) del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). La sigla SUBE significa Sistema Único de Boleto Electrónico.
  20. Para una perspectiva histórica, pueden verse las obras de Castel (2004) y de Morell (2002). El progresivo aumento de la responsabilidad pública, en detrimento de las facultades de la Iglesia, suponía un cambio en las normas por las cuales se intervenía en torno a los pobres. ‘‘El origen de estas primeras normas reguladoras del fenómeno de la pobreza deriva de la necesidad de adaptar los sistemas de control-ayuda a los nuevos requerimientos económicos del momento. Con ella no se pretende eliminar la pobreza, ni tan solo mejorar las condiciones de vida de aquellos que la padecen. De lo que se trata es de buscar una nueva regulación coherente con la nueva estructura de poder que se estaba desarrollando en la mayoría de los países europeos’’ (Morell 2002, p. 252).
  21. En sentido histórico, puede verse el trabajo clásico de Donzelot, en el cual, por ejemplo, se da cuenta de cómo la población que recibe intervención estatal, ‘‘produce todos los signos externos de moralidad que se espera de ellos’’ (Donzelot 1998, p. 155).


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