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Introducción

Es muy difícil articular mentalmente, mantener unidos, la descripción, el análisis de un Estado tal como se puede observar hoy en día, con enunciados generales sobre el Estado. Creo que si la teoría del Estado, en el estado de deterioro en que se encuentra, al menos en mi opinión, puede perpetuarse, es porque se pasea por un mundo independiente de la realidad. Bourdieu (2014, p. 41)

Habíamos llegamos a la casa de Virginia[1], una mujer titular de la Asignación Universal por Hijo para Protección Social[2], que estaba ubicada en el barrio de Sabala en la localidad bonaerense de Lanús. Al igual que las demás mujeres con quienes conversamos durante nuestro trabajo de campo, Virginia nos dijo ‘‘tengo la asignación’’ para dar cuenta de su titularidad respecto de esta política social. Al momento de la entrevista, ella tenía 30 años y vivía junto a su marido, de la misma edad, y a sus tres hijos, de 8, 6 y 3 años. La vivienda era una construcción mixta, hecha con ladrillos, chapas y machimbre, y el piso era de cemento, pero no terminado; una pequeña parte era de tierra. Eran apenas visibles los diminutos agujeros que tenían las chapas viejas. Un espacio funcionaba como cocina y comedor y, contigua, se vía una habitación sin puerta, en la que se ubicaba una cama de dos plazas. En la parte frontal del terreno vivía la familia de origen de Virginia, compuesta por su padre y tres hermanos. En la parte trasera, patio de por medio, se instalaba su casa. En el patio había muchos escombros y una pileta de lona. ‘‘Estas como querés’’, le dijo Natalia, la promotora de salud que nos acompañaba, al entrar y ver la pileta, y ese tono irónico y amistoso de Natalia fue recibido con risas por parte de Virginia.

Cuando recién comenzaba a circular la información sobre una nueva política social –la AUH–, a finales del 2009 e inicios del 2010, había sido Marcela, la encargada de un comedor comunitario, situado en el barrio, quien le dio información a Virginia sobre ‘‘dónde anotarse’’. Virginia no podía precisar con exactitud cuándo sucedió; sin embargo, ‘‘apenas salió, al toque me hice la asignación’’. Ella vivía a unas cuadras del ‘‘comedor de Marcela’’ y retiraba alimentos habitualmente, viandas ya preparadas que guardaba para compartir en la cena familiar. Corrían los primeros días del mes de diciembre de 2017 y Virginia se enteró, también en el comedor, que podría llegar a haber ‘‘un bono de fin de año’’ para las titulares de esta política social. La noticia la entusiasmó pero, al mismo tiempo, desconfiaba porque no era claro si sería ‘‘por hijo o por familia’’.

De lo que no desconfiaba Virginia, era del crédito al que pudo acceder por ser titular de la AUH: cinco meses antes del momento de la entrevista, efectivamente, había podido ‘‘sacarlo’’. Su amiga Miriam, entonces, la ayudó: en la casa de Miriam hicieron juntas la gestión ingresando a la página web de ANSES[3] a través del teléfono celular y Virginia quedó sorprendida cuando, pocos días después, vio que tenía depositados quince mil pesos en su cuenta bancaria. Ese dinero le permitió comprar los materiales de construcción para revocar la habitación de sus hijos. Durante los fines de semana y en los días ‘‘libres’’, que eran aquellos en los cuales se ‘‘le cortaban las changas’’, su pareja fue avanzando en ese trabajo. Su esposo trabajaba como albañil y, a la vez, realizaba tareas ‘‘de carga y descarga’’ en el mercado central, tres veces por semana. ‘‘Se da maña’’, dijo Virginia; de hecho, ‘‘toda esta casa la hizo él’’. Poco a poco, fue también haciendo el revoque de la habitación de los hijos, que ya ‘‘casi termina’’.

A la altura del año en que nos encontrábamos –principio de diciembre–, Virginia, ‘‘por suerte’’, ya se había ocupado de hacer todos los controles de salud de sus hijos; ‘‘la Lore’’, una médica del centro de salud del barrio, ‘‘conoce a los chicos desde que son chiquitos’’. También, ya había ido a la escuela para que ‘‘le firmen la libreta’’. Por cierto, estas responsabilidades, que se derivaban de los requisitos a cumplir, eran asumidas por Virginia como propias. Le restaba solamente presentar ‘‘la libreta’’ en la oficina de ANSES que quedaba en el centro de Lanús. Sin embargo, la trabajadora social de la escuela de sus hijos le comentó que, la semana entrante, iba a tener lugar ‘‘un operativo en el barrio’’. Allí podría presentar ‘‘la libreta’’ de manera más sencilla, sin pedir turno y sin tener que viajar hasta el centro de Lanús.

Virginia ‘‘tenía la asignación’’. Aunque también ‘‘tenía’’ el programa Más Vida, una política alimentaria a la que accedía en función de su hijo más pequeño. Con la tarjeta de ese programa, ‘‘la tarjeta verde’’, compraba habitualmente productos lácteos, como leche y yogurt, y también pañales. Mientras que, con ‘‘la tarjeta de la asignación’’, compraba ‘‘más que nada, mercadería’’. Utilizaba, así alternadamente, las dos transferencias estatales. Al igual que la mayoría de las mujeres con las cuales conversamos, Virginia tenía la necesidad de aclarar que, cuando cobraba ‘‘la asignación’’, ‘‘les compro de todo a mis hijos, es la plata de ellos’’. En ese objetivo, ‘‘la asignación te ayuda un toquecito’’, según explicó. Por ejemplo, era fin de año y con el dinero de ‘‘la asignación’’ pensaba comprar ‘‘cosas para pasar mejor las fiestas’’, además de los regalos para los niños, porque, en realidad, ‘‘Papá Noel es la asignación’’[4].

¿Qué tiene de significativa esta crónica que fue escrita luego de la entrevista mantenida con una titular de la AUH cuando solo nos provee detalles de la experiencia que ha tenido una mujer y su familia? No muestra nada por fuera de lo común; recupera pormenores sucedidos en escenarios sociales pequeños. ¿Cómo se articulan esas notas entonces para que den pie a un problema sobre el cual valga indagar? ‘‘Tengo la asignación’’ fue la expresión que Virginia utilizó para dar cuenta de su titularidad sobre la política social en cuestión. El uso del verbo ‘‘tener’’ era muy común entre destinatarios y destinatarias de diversos programas sociales. Pero ¿qué se tiene cuando se tiene ‘‘la asignación’’?

Es poco frecuente, en las representaciones de sentido común, que se advierta acerca de la complejidad que supone ‘‘tener’’ una política social. Más bien, las políticas sociales se suelen homogeneizar, en particular aquellas que suponen transferencias de dinero, bajo el término plan social. Este término ha ganado una carga simbólica peyorativa y, por eso mismo, tiene la capacidad de desacreditar socialmente a las personas destinatarias. El núcleo de la crítica popular suele ser la idea de que las personas que reciben transferencias monetarias pretenden vivir del Estado y, por ende, de la sociedad que sí trabaja y contribuye. Además, la figura de la asistencia suele ser objeto ‘‘de un singular escrutinio público, lo cual coloca bajo una sospecha permanente las prácticas de las organizaciones y agentes involucrados en su implementación’’ (Perelmiter 2015, p. 82). Más allá del juicio que merezcan estas afirmaciones estereotipadas, lo cierto es que, a través de tales simplificaciones, poco nos acercamos a comprender lo que sucede a partir del momento en que una política social está en manos de sus titulares.

Es posible identificar un punto específico en el cual la literatura académica especializada, en ocasiones, también es esquiva a atender esa complejidad. Al menos ello sucede cada vez que el énfasis está puesto en marcar la continuidad entre diferentes políticas sociales; cada vez que prevalece la asimilación de toda política social a la noción de plan y suele subrayarse la rotación de las y los destinatarios, de plan en plan, durante mucho tiempo. Aun cuando esa continuidad pudiera existir, hallar las variaciones de las políticas sociales permite clarificar: no es lo mismo cualquier programa, intervención o recurso que el Estado asigne. Incluso, diferencias no necesariamente sustantivas en el diseño pueden tener consecuencias muy significativas a escala cotidiana. Dando ejemplos extremadamente concretos, no es lo mismo que una pensión se inicie en una única sede ministerial, a que pueda acudirse a una red institucional distribuida en diferentes localidades del país o que se realicen operativos territoriales para facilitar su acceso; es transcendente la diferencia entre programas que, como contraprestación de la transferencia monetaria recibida, solicitan la terminalidad educativa del ciclo primario y secundario, incentivan la formación profesional, la realización de estudios terciarios o universitarios, o promueven la realización de tareas comunitarias; tiene consecuencias que el pago de un subsidio para costear el alquiler de una habitación de hotel familiar requiera renovaciones simples a que solo pueda ser prorrogado mediante la presentación de una medida de protección judicial. Entonces, que muchas políticas sociales, a lo largo de las últimas dos décadas en nuestro país, se hayan estructurado en la transferencia de dinero no las hace idénticas ni es motivo para indiferenciarlas analíticamente cuando se trata de observar el modo en que se entretejen en la vida de las personas.

En este estudio nos ocupamos, precisamente, de desentrañar el momento en que la AUH ancla en la cotidianeidad de las titulares y sus familias, incluyendo en esa cotidianeidad las burocracias de calle involucradas en su implementación y a otras instituciones locales, estatales y no estatales, que sirven de apoyo en contextos de fuerte fragilidad social. Ese es el momento específico que proponemos documentar y es un momento en el cual una política social no es inteligible solo a partir del diseño institucional. Al ‘‘tener la asignación’’ Virginia entró en una relación que invita a pensar que, durante ese momento de la política social, se produce algo distinto al diseño institucional y al encuadre conceptual que lo sostiene. La AUH no sobrevolaba su vida ni era una añadidura que tenía un determinado impacto económico en su hogar; por el contrario, estaba inscripta y discurría como parte del engranaje cotidiano, suyo y de su familia. Marcamos así el punto del que parte nuestro análisis.

1. La apropiación colectiva

En su contenido normativo, toda política social delimita un problema social, define a los destinatarios, especifica un modo de intervención sobre ese problema y prescribe las pautas que quienes son receptores deberán cumplir para poder seguir siéndolo. Un conjunto de lineamientos operativos y de fundamentos conceptuales quedan, de ese modo, dispuestos. Porque, en definitiva, ‘‘los paradigmas de política pública son un conjunto relativamente articulado de proposiciones sobre la realidad y sobre cómo deberá ser abordada’’ (Martínez Franzoni 2008, p. 26). Como plantea Grassi (2004, p. 5):

[G]enerar información y proponer soluciones […] es un objetivo que se formula siempre desde el trasfondo de un modo de comprender la cuestión social (de una hipótesis sustantiva) que determina, a su vez, el modo de focalizar una problemática social, definir los problemas (sociales) y de proponer las probables vías de superación de los problemas inmediatos, tanto como de las condiciones en las que se generan tales problemas.

En ese sentido, las políticas sociales ‘‘tienen capacidad de normatizar y normalizar, en tanto el Estado se constituye en un actor (y en un ámbito) en la producción de los problemas sociales, en la delimitación de su propia responsabilidad, en la definición de los sujetos merecedores de sus intervenciones y de las condiciones para dicho merecimiento’’. Son expresión, en definitiva, de ‘‘la manera en que la cuestión social es constituida en cuestión de Estado y, por tanto, el resultado de la politización del ámbito de la reproducción’’ (Grassi 2003, p. 25). No son una reacción a un determinado problema social, sino principalmente una forma específica de construirlo y de regularlo.

Si observamos su contenido normativo, podemos, en términos muy generales y esquemáticos, identificar que la AUH se recorta, según sea la perspectiva desde la cual que se la considere, como un dinero transferido mensualmente a hogares pobres a cambio de que las mujeres lleven a sus hijos a la escuela y de que realicen los controles médicos, o bien, como el ingreso de las familias de trabajadores del sector de la economía informal al ámbito de la seguridad social[5].

Sin embargo, así como hay un modo específico en que toda política social construye a los destinatarios, al problema social y a la respuesta estatal sobre ese problema, también hay un tono en que las personas destinatarias hacen propios esos preceptos. Reconocemos que el Estado es un ‘‘agente de estratificación y clasificación que moldea de forma decisiva las opciones de vida y las estrategias de los pobres urbanos’’ (Wacquant 2012, p. 12). Justamente las consecuencias de esa estratificación y clasificación no son imprecisas o abstractas. Sino que las políticas sociales existen a escala cotidiana: quien es receptor o receptora de una política social está inscripto, en concreto, en un proceso que involucra diferentes ámbitos y buena parte de su vida y la de su familia. En distintos contextos geográficos esta ha sido, de hecho, una preocupación recurrente de las Ciencias Sociales (Paugam 2007, Wacquant 2001, 2007, 2009, Peck 2001, Haney 2002 y 1996, Handler 2001, 2002, 2005, Schijman y Lae 2011). En nuestro país, se han desarrollado líneas de investigaciones que también se han ocupado de reconstruir y poner en valor esas experiencias cotidianas y de familiaridad que, en relación a las políticas sociales, las personas destinatarias tienen (Zibecchi 2010, 2013, 2019, Auyero 2001 y 2013, Quirós 2006, Aquín 2014, Zapata 2005, Raggio 2003, Merklen 2005, Cravino et. al. 2001, Merklen 2005, Soldano 2003, 2008, 2009, 2018, Hornes 2017, Hopp y Gradin 2007, Garcés 2015, Cabrera 2014, Grassi 2013, Danani 1996). Todos marcos de interpretación que, si pretendemos ubicarlos bajo un gran paraguas, podríamos decir que no prescinden de los propios agentes sociales involucrados, de sus acciones y de sus relaciones en torno al universo de las políticas sociales. Nuestro estudio se sitúa en esas líneas de indagación, las retoma y se nutre de ellas, a fin de comprender cómo es de concreto ese proceso cotidiano para el caso específico de la AUH.

Los trabajos de investigación centrados en la vida cotidiana de las políticas sociales han abordado la cuestión de la apropiación que los agentes hacen de las mismas mediante distintos énfasis conceptuales. Soldano (2009) alude a la ‘‘experiencia de recepción’’ que tienen los destinatarios de políticas sociales; Merklen analiza la cuestión a partir de la imagen de ‘‘cazador urbano’’ (2005) que es útil para pensar cómo se accede a los recursos del Estado tanto a nivel individual como a nivel colectivo; Hornes explica ‘‘el arraigo de estas nuevas tecnologías monetarias en la vida cotidiana de las familias titulares’’ cuando analiza la expansión de las transferencias monetarias del Estado (Hornes 2017, p. 21); Haney (2002) caracteriza ‘‘los márgenes de maniobra’’ que tienen quienes acuden a instituciones de bienestar; y Danani destaca que ‘‘las políticas sociales construyen sujetos, pero también éstos construyen a las políticas sociales’’ (Danani 1996, p. 33).

En nuestro análisis, definimos como apropiación colectiva a la idea de que una política social deviene un componente de un entramado relacional mayor, compuesto por diferentes tipos de vínculos estatales, por encuentros y movimientos en el entorno cercano, por redes de proximidad que dan apoyo, por experiencias orientadas desde el orden del género y por recursos de subsistencia que se buscan y despliegan en el afán de subsistir en contextos de mucha fragilidad. La idea de apropiación da cuenta de un hecho social: no es un margen de libertad del individuo sino una urdimbre, colectivamente generada y sostenida en el tiempo, en la que se enlazan cuestiones que transcurren en el último tramo de una política social, cuestiones que alcanzan estatuto público y que, entonces, no resultan meras representaciones unilateralmente esgrimidas por las personas destinatarias. La idea de apropiación colectiva funciona como organizadora de lo pequeño, lo fragmentario, lo anecdótico y lo pormenorizado que, en relación a una política social, tiene lugar cotidianamente; resalta, por lo tanto, el sentido de las múltiples pequeñas experiencias que las personas destinatarias de una política social han ido forjando día a día (y continúan haciéndolo). Lo que refleja es la incrustación capilar de la política social en la vida cotidiana de las familias de sectores populares y, por ello, no distingue un vínculo entre las personas destinatarias y la política social que pueda recortarse linealmente; el entramado relacional del que la política social forma parte resulta, entonces, compacto.

La idea de apropiación colectiva se inspira en cierta medida en la categoría de apropiación de Agnes Heller (1977). Lo introducimos con la salvedad que es imprescindible hacer, ya que se trata de un concepto que tiene que ver con una cuestión de otra índole y más general: el modo en que los individuos particulares y la sociedad en su conjunto se reproducen. No extrapolamos el concepto sino que lo tomamos como una herramienta que nos ayuda a dilucidar un aspecto concreto de nuestra noción de apropiación colectiva. La autora emplea la categoría de apropiación a fin de aludir al saber ‘usar’ –en mayor o menor medida– las cosas e instituciones del mundo en el que se nace’’ (Heller 1977, p. 22). ‘‘La apropiación de las cosas, de los sistemas de usos y de instituciones no se lleva a cabo de una vez por todas, ni concluye cuando el particular llega a ser adulto; o mejor, cuanto más desarrollada y compleja es la sociedad tanto menos está concluida’’ (Heller 1977, p. 22). Da cuenta de una ‘‘capacidad práctica’’; el hombre particular está obligado a poner permanentemente a prueba su capacidad vital. ‘‘El particular, cuando cambia de ambiente, de puesto de trabajo, o incluso de capa social, se enfrenta continuamente a tareas nuevas, debe aprender nuevos sistemas de usos, adecuarse a nuevas costumbres’’ (Heller 1977, p. 23). Debe, permanentemente, apropiarse de las costumbres y las instituciones a fin de poder usarlas y lograr moverse en su propio ambiente. El aspecto central de esta categoría es que ‘‘el hombre particular se apropia de la genericidad en su respectivo ambiente social’’ (Heller 1977, p. 31). En su vida cotidiana el hombre particular se apropia, en definitiva, de ‘‘los elementos, las bases, las habilidades de la sociabilidad de su tiempo’’ (Heller 1977, p. 32). Un punto central tiene que ver con que ‘‘la vida cotidiana de los hombres nos proporciona, al nivel de los individuos particulares y en términos muy generales, una imagen de la reproducción de la sociedad respectiva, de los estratos de esa sociedad’’ (Heller 1977, p. 20). La conceptualización que Heller propone entre lo particular y lo genérico –ese núcleo teórico que su análisis condensa y resuelve–, resulta un aporte valioso en nuestro concepto de apropiación colectiva: detecta la relevancia que tiene mirar a un pequeño universo. En el caso analizado, ese universo pequeño está dado por una política social específica en su funcionamiento cotidiano y en el modo en que es apropiada colectivamente por quienes ofician como sus receptores.

Otro punto de referencia teórico que nos ayuda a precisar nuestra noción de apropiación colectiva, nos lo proporciona Schutz. A lo largo del análisis exploramos a la AUH comprendiéndola como parte del mundo de la vida cotidiana de las personas titulares y sus familias. El mundo de la vida cotidiana es ‘‘la realidad que parece evidente para los hombres que permanecen en la actitud natural’’ (Schutz y Luckmann 2009, p. 25). De ese modo, ‘‘en la actitud natural, siempre me encuentro en un mundo que presupongo y considero evidentemente ‘real’. Nací en él y presumo que existió antes de mí’’ (Schutz y Luckmann 2009, p. 25). Sin embargo, ese mundo cotidiano no es un mundo privado sino que es, en realidad, un mundo intersubjetivo: ‘‘la estructura fundamental de su realidad consiste en que es compartido por nosotros’’ (Schutz 1974, p. 26). Los actores sociales producen y reproducen su vida cotidiana a través de acciones con significación, debido a que esas acciones son compartidas con otros y debido a que aquello que tiene sentido para un individuo, también lo tiene para sus semejantes (Schutz 1974). Es decir, el conocimiento de sentido común es válido y confiable en tanto el sentido es compartido con otros y, a la vez, aprendido de otros. Hay, así, un desarrollo intersubjetivo entre los actores sociales. La alusión a este aporte fenomenológico es importante porque evita que concibamos a la política social estudiada en términos de una añadidura en la vida cotidiana, la cual produciría un determinado impacto en quienes son sus titulares; nos brinda elementos para pasar a pensarla siendo parte de esa ‘‘base de sentido’’ que el mundo de la vida cotidiana tiene. Si es así, las múltiples experiencias que iremos hilando en torno a la AUH, a lo largo del análisis, se alojan en el ámbito de la práctica, de la acción y del mundo de la vida. En ese lugar, que nos previene de comprender a la política social que analizamos desde su exterioridad[6], nos ubicamos analíticamente.

En suma, la categoría de apropiación colectiva, que organiza este libro, recupera aportes del campo de la política social y de las sociologías de la vida cotidiana. Frente a las distintas categorías que buscan subrayar la capacidad de agencia y resignificación de los sujetos destinatarios de las políticas sociales, la idea de apropiación colectiva enfatiza que dicha agencia se da, en todo caso, incrustada en un entramado relacional mayor, en el mundo de la vida cotidiana. Poner de relieve ese rasgo permite, entonces, observar y conectar aquello que a priori, en las experiencias cotidianas de una política social, parecería fácil de omitir –lo pequeño, lo fragmentario, lo anecdótico y lo pormenorizado–.

2. Las tramas de apropiación colectiva: nuestra matriz

A partir de la investigación empírica, el estudio propone un esquema de desagregación de la categoría de apropiación colectiva para el caso de la AUH. Una matriz, compuesta por cuatro tramas de apropiación, desde la cual profundizamos en el mundo de la vida de esta política social: i) la trama de protección social, ii) la trama situacional, iii) la trama de género y iv) la trama material. Detallamos, a continuación, cada una de ellas.

i) La trama de protección social. Esta trama permite comprender que la AUH es una experiencia cruzada por políticas sociales. Hallamos dos cruces significativos: la AUH se solapa con los programas de asistencia social y se empalma con la Asignación Familiar[7], proveniente del trabajo formal. Por una parte, la AUH está rodeada de un registro asistencial. Las mujeres titulares cuentan con saberes prácticos sobre cómo transitar la trama de protección social, su fragmentación y fragilidad institucional. Sucede que, en lo cotidiano, esos ámbitos –programas de asistencia social y AUH– forman un mosaico y sus fronteras institucionales son, para ellas, fácilmente reconocibles. Por otra parte, está presente el vínculo con la AAFF. Al interior de los grupos familiares, en determinadas ocasiones, estas dos coberturas sociales –AAFF y AUH– se empalman de modos específicos: puede haber pasaje, alternancia o coexistencia. No se trata, en consecuencia de una entrada y de una permanencia necesariamente ininterrumpida en el ámbito de la seguridad social sino que lo que surge son diferentes tipos de movimientos; tránsitos de ida y vuelta entre coberturas sociales. Así, la trama de protección social nos permite complejizar las descripciones habituales sobre el funcionamiento de la AUH. En particular mostrando que las familias no experimentan el estatuto de la seguridad social de modo abstracto: los recursos de significación que la AUH actualiza se desarrollan en poblaciones que, muchas veces, tienen una historia y un presente de relación con diversas políticas sociales. La presencia estatal suele dejar múltiples huellas en la vida de las familias, y esas huellas funcionan como recursos de significación de otras huellas, entre las cuales está la AUH.

ii) La trama situacional. Esta trama permite comprender el modo en que la AUH es apropiada por sus titulares durante los encuentros cara a cara y las puestas en escena. La AUH, en particular, tiene una densa dramaturgia, a pesar de lo que se podría esperar dado que es una política de transferencias automatizada que no exige múltiples intermediaciones y cuya operativización se caracteriza por cierto automatismo. La dramaturgia de esta política social se compone de actores: mujeres titulares, agentes de las burocracias de calle (como directivos de escuelas, médicos y operadores de ANSES) y operadores informales (como trabajadoras sociales, referentes barriales, promotoras de salud, vecinos, familiares, otros titulares de la AUH); escenarios: formales (centro de salud, escuela, instancias operativas de Anses como oficina u operativos barriales) e informales (servicios sociales, comedores comunitarios, comunidades virtuales); y encuentros cara a cara: aquellos que eran habituales pero que se vieron resignificados como también aquellos que fueron introducidos de modo regular a partir de la presencia de esta política social. La trama situacional es una vía de ingreso eficaz para observar que la AUH, de acuerdo al tipo de sociabilidad que desata, pasa a ser más que una ‘‘intervención burocrática’’ (Paugam 2007); es decir, más que una intervención en la cual el interventor social no juzga sino que se limita a comprobar las condiciones de acceso al derecho, habitualmente en función de un expediente administrativo.

iii) La trama de género. Esta trama permite ver cómo la AUH es apropiada diferencialmente por hombres y por mujeres, y la fuerza con la que se entreteje a roles de género basados en un esquema tradicional. Mostraremos que los hombres, concebidos como pareja de la mujer titular, ocupan un lugar ajeno al microcosmos de esta política social; ni el dinero ni las responsabilidades que derivan de los requisitos a cumplir, son asumidas como propias. Y siendo titulares de la AUH, en situaciones de excepción, ocupan un lugar que se caracteriza por ser disruptivo, vergonzante y sospechoso. Su figura en determinados escenarios desencaja y no es esperable, horada el mandato de proveer a la familia con los ingresos obtenidos mediante el trabajo para la garantía de la subsistencia, y deben dar indicios para demostrar que son ellos, y no las mujeres, quienes por excepción están a cargo de los hijos. Las mujeres, por el contrario, asumen el protagonismo que formalmente esta política social les concede. Realizan maniobras y forjan una sociabilidad que matiza a la que el formato de esta política social les ofrece, encuentran formalidad en el rol de cuidado y son adjetivadas por el buen o mal uso que, en su calidad de madres, hacen del dinero de la AUH. La trama de género permite recuperar las prácticas y vivencias diferenciales de hombres y de mujeres: los hombres son los convidados de piedra, transformándose la AUH en una experiencia extraña y vergonzante, mientras que las mujeres son las hacedoras y las observadas, considerándose su experiencia como propia y legítima.

iv) La trama material. Esta trama permite observar cómo el dinero de la AUH es apropiado en relación a un conjunto de estrategias de vida que las familias desarrollan. En ese sentido, no puede ser pensado aisladamente. Adquiere, en manos de las familias, una dimensión utilitaria y es un recurso empleado en medio de la intranquilidad de tener que hacer esfuerzos permanentemente para garantizar la subsistencia en el futuro más inmediato. Se despliega en medio de estrategias familiares de vida: las estrategias laborales, los recursos provenientes de otras políticas sociales, la ayuda que proporciona la familia ampliada y el aporte obtenido a través de diferentes ‘‘rebusques’’. Se trata de un dinero experimentado indiferenciadamente como una fuente de ingresos más pero que, sin embargo, introducido en contextos en los cuales diariamente se vive con muy pocas certezas, contrarresta parte de las condiciones de fragilidad estructural a las cuales la vida de las familias está expuesta. Provee, en ese sentido, un consumo seguro. De hecho, su regularidad hace que las rutinas sean más organizadas y previsibles, tanto respecto de los consumos habituales como también respecto de los pequeños consumos asociados al goce.

Esta matriz, compuesta por cuatro tramas de apropiación colectiva, constituye el aporte de nuestro proceso de investigación empírica. En estas tramas ordenamos e hilamos conceptualmente las múltiples experiencias que, en relación a esta política social, las mujeres titulares y sus familias vienen transitando. La matriz es un esquema de desagregación a partir del cual proponemos hacer más operativo el concepto de apropiación colectiva.

3. Campos de discusión y diálogo

A continuación, situamos el problema de investigación propuesto al interior de un campo de discusión más amplio. Organizamos la interlocución con la literatura tomando como eje central una serie de estudios cuya explicación acerca de las políticas sociales no prescinde de los propios agentes sociales, de sus acciones y de sus relaciones. Este eje central es retomado en nuestro análisis: guía el estudio la idea de que los destinatarios no solo reciben una política social, sino que se la apropian colectivamente, forjando en relación a ella múltiples experiencias[8].

En primer lugar, el planteo que proponemos se distancia del sesgo que imprime el saber experto de los organismos internacionales de crédito a las Transferencias Monetarias Condicionadas[9]. Estos estudios enfatizan el acceso de las familias a los servicios públicos de salud y de educación existentes, en la lógica del ‘‘incentivo a la demanda’’. El punto a subrayar es que, en estas perspectivas, se establece una relación directa entre el dinero en efectivo y los comportamientos (De la Briere y Rawlings 2006, Vermehren 2003, Johannsen, Tejerina y Glassman 2009, Fiszbein y Schady 2009, Bouillon y Tejerina 2006). ‘‘Las condiciones, entonces, ayudan, induciendo a los agentes a hacer lo que es mejor para sus hijos, individualmente’’ (Fiszbein y Schady 2009, p. 62). En este tipo de nociones resuena una concepción liberal de Estado por la cual, en palabras de Peck, la asistencia social es un ‘‘problema temporario e individual’’ y, a la vez, recae estigmatización sobre quienes son sus receptores (Peck 2001, p. 75).

En base a los aportes hechos por los estudios acerca de los significados y los usos sociales del dinero, nuestro análisis asume una orientación diferente. Tomamos en cuenta puntos de vista que sostienen que el dinero asignado ‘‘produce muchas más cosas en la vida cotidiana de las personas que funcionar únicamente como medio de pago sin consecuencias morales y políticas’’ (Wilkis y Hornes 2017, p. 189). El dinero estatal se ha enraizado cuantitativamente en los hogares pobres y a esa ‘‘centralidad cuantitativa’’ le corresponde el complemento de una mirada cualitativa (Wilkis y Hornes 2017, p. 179). Posibilita, de hecho, prácticas de consumo significativas para sus receptores (Hornes 2014); aspecto reafirmado en varios apartados de nuestro estudio. Como señalan estas perspectivas, es necesario construir sobre el dinero transferido una mirada compleja y no una definición unívoca (Hornes 2016).

En consonancia, mostramos que la AUH no es sólo el recurso económico que asigna. La apropiación colectiva tiene diferentes dimensiones: además de la trama material, señalamos otras tramas –de protección social, situacional y de género–. Pero además, cuando analizamos, en el quinto capítulo, cómo el recurso monetario llega a los hogares, señalamos dos aspectos centrales: es importante la relación de ese dinero con otros recursos de subsistencia que las familias logran obtener y es importante el ordenamiento que la presencia regular de ese dinero genera en contextos sociales en los que abunda la inestabilidad. En ese sentido, recuperamos una serie de análisis, de los cuales nuestro enfoque se nutre y que iluminan aspectos específicos en relación al dinero de las transferencias estatales: el vínculo del dinero con el trabajo informal y con las estrategias de subsistencia (Comas 2009, Comas, Hadad y Schijman 2009) y también el uso del dinero asociado tanto al consumo como al crédito (Arias 2015, Cena y Chahbenderian 2012, Dettano, Sordini y Patti 2016, Wilkis y Hornes 2017, Hornes 2013 y 2016). Entonces, retomando lo expresado al inicio del apartado, el argumento al que hacíamos referencia –el acceso de las familias a los servicios públicos de salud y de educación existentes, en la lógica del ‘‘incentivo a la demanda’’– queda desbordado cuando se muestra cómo el dinero de la AUH se enraíza en la vida cotidiana de las familias.

En segundo lugar, nos interesa destacar que la AUH se estructura en base a un mandato específico: la responsabilidad por el cuidado de los hijos como tarea de la mujer. Mandato que coincide, por cierto, con la forma típica que asumen las TMC de América Latina[10]. En nuestro análisis se revisa ese mandato a partir de los siguientes aportes. Por una parte, nos interesa analizar ese mandato relacionalmente. Así, en el cuarto capítulo y a la luz de la categoría de género, indagamos en la línea antagónica que esta política social traza entre mujeres y hombres. Nos valemos, para ello, de los estudios que problematizan el lugar que la mujer forja como titular de las transferencias estatales (De Sena 2014, Micha 2019, Zibecchi 2010 y 2013, Rodríguez Gustá 2014, Martínez Franzoni 2008, Rodríguez Enríquez 2011). Las experiencias de los hombres en el universo de esta política social ha sido un tema poco explorado por la literatura especializada.

Por otra parte, abordamos la cuestión de las condicionalidades atendiendo a las interacciones que emergen a raíz de su cumplimiento. Para ello nos adentramos, en el capítulo tercero, en los encuentros cara a cara que se generan, y discurren en diferentes escenarios, en relación a la AUH. Algunos estudios específicos sobre la AUH, que retomamos en nuestro análisis, analizan esos encuentros –entre receptoras de la AUH de manera individual y las instituciones burocráticas– (Garcés 2017 y 2018, Ambort 2016, Ambort y Straschnoy 2018, y Gluz y Rodríguez Moyano 2013). Consideramos adicionalmente, como parte del análisis de esos encuentros, a un conjunto de estudios que exploran: las diversas relaciones en que las personas destinatarias de políticas sociales entran (Quirós 2006, Zapata 2005, Wilkis 2008, Cravino et. al. 2001, Zibecchi 2010 y 2019), la incorporación de saberes y aprendizajes producto de la titularidad de una política social (Aquín 2014) y las puestas en escena que, durante esos encuentros, se protagonizan (Auyero 2013, Schijman y François Laé 2011, Haney 2002, D’amico 2020).

En tercer lugar, nuestro estudio toma en cuenta que ‘‘cada sociedad define y otorga un estatus social distinto a sus pobres cuando decide ayudarlos’’ (Paugam 2007, p. 19). La perspectiva de Bourdieu, centrada en el estudio del Estado –en general–, permite comprender esa capacidad de nominar que tienen las políticas sociales al momento en que definen a los sujetos merecedores de la intervención. El Estado: ‘‘es el ‘banco central del capital simbólico’ ’’ (Bourdieu 2014, p. 173); produce y canoniza clasificaciones sociales; y muestra como naturales las divisiones y clasificaciones que el mismo instituye (Bourdieu 2014). Si se observa el contenido normativo de los programas, sus fundamentos están dados, con pocas variaciones, por la condición de pobreza. A quienes se les asigna, atribuye y nomina como suficientemente pobres resultan elegibles para percibir un determinado recurso. La recepción de apoyo estatal depende de esa marca en la posición social (‘‘situación de vulnerabilidad social’’, ‘‘en riesgo’’, ‘‘pobres’’, etc.); marca que, siendo instituida, es mostrada como natural. Perelmiter (2015, p. 84) además observa que ‘‘nominar no es solo una atribución, sino también una obligación del agente estatal’’[11].

Así, quienes son receptores de una política social, reciben a su vez, de modo más o menos explícito, imputaciones de carencias, de faltas, de disfunciones. Dando protección, el Estado les confiere un estatus social específico. Son producidas, así, categorizaciones y clasificaciones sociales, elaboraciones colectivas de las categorías de pobres. Típicamente los programas de corte asistencial propenden a asignar, atribuir y nominar la condición de pobreza. El mundo de la asistencia social, en particular, está permeado por categorizaciones y clasificaciones sociales porque, expresado de manera muy sintética, son parte de su funcionamiento[12]. Justamente, nominar, a menudo, implica marcar la frontera sobre quienes deben recibir asistencia y quienes no, o bien implica asignarles responsabilidades a cambio de merecer la asistencia. El modo de nombrar a los destinatarios de políticas sociales, en definitiva, define en buena medida las orientaciones prácticas que asume la intervención pública.

Con la AUH se pone en juego la entrada de las familias de los trabajadores informales al ámbito de la seguridad social. Su irrupción en el ámbito de la seguridad social es un rasgo central que ha sido problematizado por una gran variedad de estudios y voces expertas (Bertranou y Maurizio 2012, Danani 2013, Grassi 2012a y 2012b, Hintze y Costa 2011, Curcio 2011, Costa 2013, Kliksberg y Novacovsky 2015, Lo Vuolo 2010, Pautassi, Arcidiacono y Straschnoy, 2013, De Sena, Cena y Dettano 2018, Cifra CTA 2010, Bertranou 2010, Roca 2011, Logiudice 2011, Arcidiácono, Gamallo y Straschnoy 2014, Lijterman 2016). La AUH incluye masivamente al sector de la población en contexto de mayor vulnerabilidad en las instituciones clásicas de la seguridad social, extendiendo el sistema de asignaciones familiares. Nuestra investigación acepta la importancia de este punto para comenzar a observar el funcionamiento de la AUH y se sirve, por ello, de sus aportes conceptuales. Aportes que desarrollamos en el segundo capítulo. La mirada propuesta, sin embargo, procura complejizar las descripciones.

Este estudio confronta, no sin cierto desencanto, un hecho poco abordado por la literatura especializada en la AUH: la entrada de las familias de trabajadores informales al ámbito de la seguridad social no se da de manera romántica ni es un pasaje colmado de bondades y beneficios. Empíricamente, el pasaje desde la asistencia social más tradicional hacia la seguridad social muestra ambigüedades y no está exento de contradicciones. Mostramos que las familias no experimentan el estatuto de la seguridad social de modo abstracto. Por una parte, en el segundo capítulo, hallamos que ese estatuto se activa junto a las huellas que dejan otras lógicas de intervención estatal; en ese sentido, consideramos importante detallar por qué la AUH no es, para las familias, una experiencia inédita ni una experiencia única. Seguridad social y asistencia social son universos institucionalmente separados pero que, en la vida de las familias, tienen fronteras porosas. Tomamos en cuenta, aquí, a un conjunto de análisis, con los cuales dialogamos, que muestran: las significaciones que las personas le dan al hecho de ser destinatarias de un programa social (Raggio 2003), sus experiencias y expectativas (Hopp y Gradin 2007), las sensibilidades que promueven (Cena 2018) y sus memorias en relación a otras políticas sociales anteriores (Cabrera 2014). Por otra parte, en el quinto capítulo, observamos que el estatuto de la seguridad social acontece a la par de la puesta en marcha de estrategias de vida muy variadas que se llevan adelante para garantizar la subsistencia; entonces, es un estatuto entremezclado, por ejemplo, con ‘‘rebusques’’, ‘‘changas’’, la concurrencia ‘‘al comedor’’ y otras líneas de acción relevantes. En este punto, nos valemos de estudios que exploran la implicancia que adquiere el dinero en contextos inciertos y de alta vulnerabilidad social (Auyero 2001, Merklen 2005, Kliksberg y Novacovsky 2015). El dinero de la AUH se utiliza en la persistente preocupación de subsistir día a día. Nos interesa, en ese sentido, aportar matices en la discusión sobre el estatuto que la AUH asigna a sus titulares. Sobre todo, complejizando las extensas discusiones que se dieron en los trabajos más generales en torno a esta política social.

Retomando lo expuesto, en este apartado se enunciaron los puntos centrales del campo de discusión en el cual nuestro problema de investigación se sitúa y a la vez la forma en que proponemos dialogar con la literatura específica.

4. Puntos de partida teórico-metodológicos

La investigación no estuvo guiada por un marco teórico estructurado a priori, pero sí por una serie de puntos de partida conceptuales y metodológicos que nos ayudaron a formular nuestras primeras preguntas: la mirada ascendente en la forma de construir el objeto de investigación, la multiplicidad y ambivalencia del Estado en la vida de los sectores populares, y la relación entre política social y familia.

En primer lugar, nos interesa captar el funcionamiento de la AUH allí donde la política social se hace capilar. La intención de construir, entonces, una mirada ascendente[13] en relación al problema de investigación. Al proponer una mirada ascendente como recorte metodológico, hacemos referencia a Foucault:

Me parece que no se debe hacer una especie de análisis (‘deductivo’) que parta del centro del poder y lo siga en su movimiento reproductivo hacia abajo, llegando hasta los elementos moleculares de la sociedad. En cambio, me parece que se debe hacer un análisis ascendente del poder: partir de los mecanismos infinitesimales (que tienen su historia, su trayecto, su técnica y su táctica) y después ver cómo estos mecanismos de poder (que tienen su solidez y su tecnología específica) han sido y son aún investidos, colonizados, utilizados, doblegados, transformados, trasladados, extendidos por mecanismos cada vez más generales y por formas de dominación global (Foucault 1993, p. 28).

Son esos ‘‘mecanismos infinitesimales’’, acontecidos en el universo de una política social, los que buscamos alumbrar. Trasladar la idea de la mirada ascendente al campo de la política social, hace necesario recordar la distinción que realiza Grassi entre política social, en singular, y políticas sociales, en plural. La autora puntualiza: ‘‘en sentido estricto, corresponde referirse a la política social (en singular) como la forma política de la cuestión social, que se expresa y materializa en las políticas sectoriales […]’’ (Grassi 2003, p. 26). Las políticas sociales en plural son, de tal modo, aquellas políticas específicas; es decir, las sectoriales: habitacional, de salud, previsional, etc. En suma, en nuestro estudio se profundiza en una política social en singular y se indaga, desde una mirada ascendente, en su inserción capilar en el mundo de la vida de las familias.

Trasladar la idea de la mirada ascendente al campo de la política social produce ciertas consecuencias. Bourgois (2010, p. 48) sostiene que ‘‘bajo el microscopio etnográfico todos tenemos verrugas y podemos parecer monstruos’’. A esta expresión que el autor utiliza para referirse a personas, la situamos en relación a una política social. Entre las propuestas formuladas en la norma de una política social hasta su implementación en el territorio –es decir, el proceso de su desarrollo en terreno y la mirada que los propios sujetos destinatarios construyen en torno a la misma– nuestro análisis encuentra una distancia grande y llena de ambigüedades. Bajo el microscopio, la AUH también tiene ‘‘verrugas’’: resulta menos virtuosa que desde el punto de vista de su concepción y diseño. A la vez consideramos que en esa distancia y en esas ambigüedades se ubica buena parte de la riqueza del análisis que proponemos: el proceso de apropiación colectiva, con sus diferentes tramas, tiene como telón de fondo el diseño institucional y precisamente nos interesa testimoniar los significados que se transportan –se reproducen o se afianzan– o bien que se transforman –se resignifican o producen nuevos efectos– en ese proceso (Latour 2008). Sostenemos que entre el diseño institucional de la política social y su apropiación colectiva hay, extrapolando una expresión que James (1992, p. 23) utiliza para contrastar un discurso oficial y un testimonio oral, ‘‘tensiones genuinamente irresueltas’’[14]. Las incorporamos como parte relevante de nuestro análisis.

En segundo lugar, nuestra investigación partió de la centralidad del Estado en la vida de los sectores populares, específicamente en cuanto a su multiplicidad y su ambivalencia. Diversos estudios señalan que el Estado tiene ‘‘muchas manos’’, funciones y formas de poder: sus acciones son profusas y contienen lógicas contradictorias (Morgan y Orloff 2017) e incluso, es cambiante la naturaleza de su involucramiento en la vida social (Haney 2002). Procuramos evitar simplificaciones que puedan ver al Estado como una entidad ‘‘uniforme y cohesiva’’ (Morgan y Orloff, 2017, p. 18). El Estado expresa, de hecho, una arena de contraposiciones, expresión cuyo sentido ‘‘nos obliga a abandonar la noción sencilla que señala que ‘el Estado’ es una entidad coherente que actúa como tal, para adoptar otra que lo interpreta como un espacio fragmentado de luchas sobre la selección, definición, y tratamiento de ‘problemas sociales’ ’’ (Wacquant 2012, p. 198). Más allá del caso específico de la AUH, este libro pone de relieve ese predominio estatal, ambiguo, en la vida de las familias de sectores populares. Reconoce las ramificaciones de la presencia estatal; aquellas que proveen a las familias, aunque de manera heterogénea y muchas veces fragmentada, coberturas sociales.

En tercer lugar, el estudio resalta la relación entre política social y familia. Nuestro análisis explora a la AUH haciendo foco en la familia; buscamos comprenderla como parte del mundo de la vida de las personas titulares y sus familias. Aludimos al hecho de que el dominio de lo familiar es recreado, como espacio de intervención pública; se reactualiza como objeto de acción estatal. Es, en efecto, una dimensión inherente a la intervención social; una dimensión en la cual, de modo directo, históricamente la intervención pública se ha referenciado[15]. Al mismo tiempo, en nuestro análisis nos interesa observar a la familia como sujeto colectivo en tres sentidos relacionados. La familia como ‘‘sujeto de estrategias de reproducción’’ actúa ‘‘como una suerte de sujeto colectivo y no como un simple agregado de individuos: las decisiones que se toman, las opciones y los caminos elegidos, son el producto a la vez, de mecanismos de integración y de lucha’’ (Gutiérrez 1998, p. 161). También la observamos como sujeto colectivo si tomamos en cuenta la medida en que se reconocen u omiten, a la vez que hacen compatibles o incompatibles, intervenciones de políticas sociales hacia diferentes miembros de la familia, ante diversos contextos, momentos y circunstancias del ciclo de vida familia. Y finalmente, la consideramos sujeto colectivo portador de experiencias en relación a la pobreza; experiencias que reconocemos, en base a Paugam, como parte de una relación social[16]. Esas experiencias, los comportamientos que, quienes son definidos como pobres, adoptan frente a aquellos que los designan como tales y las formas de adaptación a las situaciones que enfrentan, no deben ser analizadas desde sí mismas ni tampoco desde una mirada meramente descriptiva. Debido a que esas experiencias expresan, de modo más general, una relación social específica que la sociedad, en un momento y contexto determinado, establece con la pobreza (Paugam 2007).

5. Consideraciones metodológicas

Dado que nuestra investigación busca reconstruir el espacio en el que se enraíza una política social, fue necesario definir y elaborar un entramado relacional. ¿Cómo lo hicimos? Nos apoyamos en información sobre la vida cotidiana de las titulares y sus familias. Partimos de relatos y observaciones fragmentarias, anecdóticas o episódicas, obtenidas en campo: algo dicho al pasar, un chiste, una anécdota, una habladuría y también pormenores, en el sentido de descripciones detalladas que muestran que se sabe mucho sobre algo. Estos relatos y observaciones, como punto en común, mostraban un camino desandado, una reflexión sobre algo ya aprehendido. Fuimos sistematizando esas múltiples experiencias: necesitaron ser ordenadas e hilvanadas en lo que definimos como tramas de apropiación colectiva. Cada capítulo del libro, desde el segundo al quinto, representó una pieza de esa desagregación. El punto de partida de las tramas de apropiación, entonces, fueron relatos y observaciones fragmentarias y dispersas: una suerte de trastienda de la política social a la cual buscamos darle entidad, privilegiarla. De tal modo, reconstruimos el mundo de la vida, el entorno cotidiano de las titulares y sus familias; miramos aquello que está afuera de una política social con la intención de ganar comprensión sobre el espacio en el cual se enraíza. En el sentido que lo estamos delineando, recuperar ese espacio requirió un abordaje relacional.

Desarrollamos un extenso trabajo de campo de corte cualitativo. La inmersión en campo se llevó a cabo a lo largo de ocho meses, distribuidos dentro del período de octubre de 2016 a febrero de 2018. La primera etapa del trabajo de campo se desarrolló en El Sauce, un barrio porteño ubicado en el sur de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Y continuó en Sabala, un barrio situado en la localidad de Lanús, en el primer cordón del conurbano bonaerense de la Provincia de Buenos Aires.

Nuestro punto de partida consideraba que las experiencias de la AUH iban a variar dependiendo de con qué otros recursos públicos se contara: barrios y asentamientos con mayor o menor acceso a servicios públicos, a medios de transporte y a mayor o menor presencia de otras políticas sociales. La selección de las localidades donde situar el estudio buscó, así, explorar cuán relevante era ese diferencial de servicios y recursos públicos; en suma, hablamos de la presencia institucional. Los dos territorios elegidos presentan efectivamente ese diferencial y, por tanto, la variación que buscamos explorar. En El Sauce hay doce escuelas públicas de nivel primario y tres escuelas de nivel secundario[17], dos centros de salud y un hospital público, varias sedes bancarias, una sede de ANSES y es atravesado por numerosas líneas de colectivos. Sabala, en cambio, cuenta con cinco escuelas públicas primarias y cuatro secundarias[18], dos centros de salud y una unidad sanitaria; la sede de ANSES está ubicada a seis kilómetros de distancia, aproximadamente, y el cajero automático más cercano se encuentra, al interior de un hipermercado, a dos kilómetros y medio de la zona de referencia; las líneas de colectivo que llegan desde la ciudad son tres y también un ramal de un ferrocarril. A la vez, cada una de estas localidades tiene la presencia de políticas sociales, compatibles con la AUH, específicas (ya sean alimentarias, de asistencia directa, de transferencias de ingresos, de empleo); algunas políticas sociales de alcance nacional, en cambio, están presentes en ambos barrios.

De acuerdo a los objetivos del trabajo, adentrarnos en el mundo de la vida cotidiana de las titulares y sus familias[19] fue fundamental. Se realizaron treinta y seis entrevistas en profundidad a titulares de la AUH, en su gran mayoría mujeres. Esta selección fue intencional: la titularidad de la AUH y el lugar de residencia han sido los dos criterios de selección de los casos[20].

Las entrevistas siguieron una guía de pautas común que permitió indagar en la relación que tenía la AUH con los vínculos familiares, con el mundo del trabajo y del consumo, con los servicios públicos y con la participación comunitaria. La mayoría de las entrevistas se desarrollaron en el hogar familiar (en su interior, en los patios o en bancos en la vereda los días de mayor calor) mientras que algunas otras se desarrollaron en el espacio físico de comedores comunitarios y servicios sociales locales, instituciones conocidas y de referencia para las entrevistadas.

Habíamos previsto, como era lógico, que la mayoría de las entrevistas fueran realizadas a mujeres. Sin embargo lo que pudimos advertir sobre este punto, en nuestro trabajo de campo, fue más profundo. Nos propusimos incorporar al análisis también la figura del hombre. Siendo abordados como pareja de la mujer titular, que representaba la situación más habitual, no era fácil dar con ellos. Sucedía que en pocas ocasiones, durante la situación de entrevista, los hombres estaban presentes en la vivienda. Pero incluso, cuando lo estaban, se los veía ocupados (realizando tareas de mejora de la vivienda o entrando y saliendo del hogar en medio de ‘‘una changa’’). Siempre que fue posible, se intentó dialogar con ellos pero resultó factible pocas veces. Siendo abordados como titulares ellos mismos, pudimos hallar dos casos: un hombre titular y otro hombre, con hijos a su cargo, que no había podido ingresar a la prestación. Si bien la titularidad de los hombres en el diseño de la AUH se restringía a situaciones excepcionales, consideramos importante incluir su figura, en ese rol. Aquí la dificultad residía en que los hombres no tenían forjado un relato en torno a esta política social; de algún modo, iban reflexionando improvisadamente durante la situación de entrevista. Sus relatos aportaron, no obstante, matices de interés al estudio. Pudimos observar, de este modo, que si lo que sucedía respecto de esta política social podía ser contado desde adentro, era sin dudas a través de las voces de las mujeres: la retórica sobre la AUH les pertenecía. Eran las mujeres quienes habían construido la forma de narrar lo que sucedía en el microcosmos de esta política social[21].

Ahora bien, adentrarnos en el mundo de la vida cotidiana de las titulares y sus familias requirió, además de situarnos en el entorno familiar, conocer el entorno cercano, el contexto más próximo. Era necesario acercarnos y captar las situaciones asociadas a la AUH que acontecían fuera del ámbito doméstico; acceder, en términos de Heller, al ‘‘ambiente inmediato’’ en el cual la vida cotidiana se desarrolla y al cual siempre refiere (Heller 1977, p. 25).

Para ello, se realizaron catorce entrevistas en profundidad a actores cercanos a las familias y relacionados con el momento de concreción de la AUH: referentes barriales, profesionales de centros de salud, escuelas y servicios sociales, y operadores de la ANSES. Se realizaron también observaciones etnográficas en instituciones locales, estatales y no estatales, que servían de apoyo a las familias: siete tuvieron lugar en comedores comunitarios, otras siete en servicios sociales locales y una de ellas se realizó en un operativo barrial de ANSES.

En suma, se obtuvieron en total treinta y cinco horas de grabaciones. El tamaño de la muestra estuvo dado por el criterio de ‘‘saturación teórica’’[22] (Bertaux 1999). Como resultado de las anotaciones realizadas luego de cada entrevista y de cada observación etnográfica, se obtuvo la producción de más de cien carillas de notas de campo y crónicas de entrevistas. Se incluyó, asimismo, el análisis de fuentes documentales, legales, periodísticas y estadísticas que permitió contextualizar y dimensionar a la política social estudiada.

Finalmente, quisiera referirme a mi implicancia como investigadora[23] en el campo estudiado. Mi formación y ejercicio como trabajadora social marcó la relación con el trabajo de campo. Desde el inicio fue necesario asumir, tanto en la conducción general del trabajo de campo como en la interpretación de los resultados, la doble pertenencia, por un lado, al campo de la investigación y, por otro, al campo de la asistencia directa y de la ejecución de programas sociales. Estando inmersa en la intervención social con familias pobres desde hace casi quince años, conozco ese universo de primera mano[24]. En mi desempeño como trabajadora social, es común que converse con mujeres receptoras de la AUH. Son interacciones, de cercanía y cotidianas, propias de la tarea profesional; en ellas, por cierto, se deben seguir los vaivenes que marcan los objetivos y muchas veces la urgencia de la intervención social. De esta manera busco señalar que estuvo presente la exigencia de hacer exótico un entorno habitual: fue necesario estar especialmente atenta a que me llamara la atención, de nuevo, un mundo conocido[25].

Intervención e investigación, estuvieron siempre puestas: en tensión y, a la vez, en confianza. Por una parte, el ingreso a campo estuvo facilitado por una red de trabajadoras sociales y de referentes asociadas al Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, que trabajan ‘‘en territorio’’. En Lanús, por ejemplo, la vía de ingreso a campo fue un equipo de trabajo territorial del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. Durante las mañanas compartidas con ‘‘las chicas del ministerio’’, solía recibir preguntas espontáneas por parte de las mujeres que se acercaban al servicio social. Era frecuente que se filtrara, en esos momentos compartidos, la jerga de la intervención social y, entonces, para los referentes barriales, estaba ‘‘en el comedor de Marcela’’ con el propósito de ‘‘hacer las encuestas’’. El inicio del trabajo de campo en CABA se vio favorecido por una referente territorial, Rosa, que conocía mi rol como trabajadora social en una institución pública. Esta referente solía asociar mi presencia en el barrio a la intervención y a la gestión de recursos; ante ella, llevaba la marca de ‘‘ser del ministerio’’. Quizá por eso, por ejemplo, una entrevistada al finalizar la charla me preguntó –dado que ‘‘sos asistente social y quizá sepas’’– donde podía ‘‘anotarse para terminar la secundaria’’. Estos ejemplos muestran cómo mi presencia en campo representaba, en ciertas ocasiones, una tensión[26].

Por otra parte, mi presencia en campo, tanto en Lanús como en CABA, podía suscitar confianza para conversar acerca de políticas sociales: en definitiva era una trabajadora social ‘‘conocida de Rosa’’, en CABA, y compartía las mañanas con ‘‘las chicas del Ministerio’’, en Lanús. ¿Qué tendría de extraño, para las mujeres en su carácter de entrevistadas, conversar con una trabajadora social sobre asuntos relativos a la AUH, los programas de transferencias de ingresos y las propias condiciones materiales y simbólicas de vida, transcurriendo esa conversación en sus viviendas o en el espacio brindado por alguna institución barrial?[27] Se daba, así, un repertorio de temas y una puesta en escena que eran recurrentes en esa interacción. La distancia social que, según Bourdieu (2007a), separa a investigador e investigado, en nuestro caso, asumía las particularidades que detallamos en este párrafo y recreaba, hasta cierto punto, un repertorio conocido. Fue imprescindible volver a hacerlo exótico.

6. La estructura del libro

El estudio busca hacer inteligible a la AUH comprendiéndola como un componente inescindible de un entramado relacional mayor; entramado conformado por múltiples pequeñas experiencias que las titulares y sus familias, en tanto actores relevantes del proceso de apropiación colectiva del que forman parte, van forjando día a día. A excepción del primer capítulo del libro –que introduce a la AUH–, cada capítulo elabora una trama de apropiación específica. Se van desagregando dimensiones que reflejan la incrustación capilar que esta política social tiene en la vida cotidiana de las familias receptoras.

En el primer capítulo se sistematizan los aspectos formales y los aspectos conceptuales de la AUH, a fin de realizar una caracterización general. Revisamos los componentes del diseño propios del paradigma de las TMC como también los fundamentos que la ubican como una política del ámbito de la seguridad social. De ese modo, recuperamos buena parte del debate académico que la AUH ha generado. Caracterización que nos servirá de trasfondo, para luego adentrarnos, a lo largo de los diferentes capítulos, en la incrustación de la AUH en la vida cotidiana de las familias. El desarrollo de los capítulos restantes mostrará, precisamente, el tránsito –y la distancia– entre una propuesta de enunciados generales, formulada en su diseño institucional, y una experiencia precisa y con pormenores, que transcurre en los hogares y el entorno cercano de las familias.

En el segundo capítulo se vincula la AUH a otras políticas sociales. Primero, se contrasta la asistencia social y la AUH, en tanto política social inscripta en el campo de la seguridad social. Para ello, se analiza cómo es de diferente el procedimiento y el tratamiento que se ofrece a los destinatarios, en cada caso. Segundo, se advierte que, muchas veces, en la vida de las familias, la presencia estatal no provenía solamente de la AUH. Mostramos que la AUH, por un lado, se solapaba con la asistencia social y, por otro lado, se empalmaba con la AAFF proveniente del empleo formal. Mostramos que las fronteras de esta política social con muchas otras, eran porosas. Nos ocupamos, así, de los cruces que se dan al interior de una constelación de políticas sociales heterogéneas, de la cual la AUH era parte.

En el tercer capítulo reconstruimos la dramaturgia de la AUH: sus actores, escenarios y encuentros cara a cara. Definimos tres tipos de actores –las mujeres titulares, los agentes de las burocracias de calle y otro actor al que denominamos operadores informales–. Asimismo, caracterizamos diferentes escenarios. Los clasificamos en: formales –ámbitos donde las destinatarias realizan las gestiones que garantizan su permanencia como titulares– e informales –ámbitos no esperados por los cuales los contenidos de la AUH solían circular–. Finalmente, se delimitan encuentros cara a cara que suceden en los diferentes escenarios, ya sean formales o informales. Hay encuentros que, aunque sucedían con anterioridad, la presencia de la AUH remoldea; son los encuentros resignificados. Hay otros encuentros que la presencia de la AUH introduce en la cotidianeidad de la vida familiar; son los encuentros que se transformaron en regulares. Aunque la AUH no exige múltiples intermediaciones en su procedimiento y tiene el automatismo que proviene de su carácter masivo, monetario, sostenido en el tiempo y bancarizado, propio de las prestaciones de la seguridad social, no obstante, cuenta con una densa dramaturgia que en este capítulo nos dedicamos a elaborar.

En el cuarto capítulo se explora la AUH a través de la dimensión del género. Se exponen las prácticas y las vivencias diferenciales que, en relación a la AUH, tenían mujeres y hombres. Las analizamos en base a dos imágenes centrales: las mujeres son, en el universo de esta política social, las hacedoras legítimas y las observadas, mientras que los hombres son los convidados de piedra. Identificamos tres ejes, respecto de las vivencias de las mujeres, que nos permiten llegar a esa imagen: las maniobras que hacen ante el formato que de esta política social les ofrece, la formalidad que encuentran en las tareas de cuidado, y adjetivaciones que reciben según el buen o mal uso que, en tanto madres, hacen del dinero de la AUH. Por otra parte, la figura del hombre es abordada en dos sentidos. En su carácter de titular, que es la situación de excepción, mostramos que su presencia resulta sospechosa, extraña y vergonzante. En su carácter de pareja de la titular, que es la situación más frecuente, mostramos que se queda ‘‘afuera’’ del dinero y de la responsabilidad por el ejercicio de las condicionalidades. Destacar que las prácticas y las vivencias, asociadas a esta política social, son permeadas por el orden del género de modos singulares es el propósito de este capítulo.

En el quinto capítulo nos detenemos en lo que sucede en torno al dinero de la AUH. El desarrollo propuesto tiene dos momentos. Primero, ubicamos al dinero como complemento de otros recursos que provienen de las estrategias de vida variadas que las familias desarrollan: los ingresos de trabajos informales, la transferencia de otras políticas sociales, la ayuda de la familia ampliada y el aporte obtenido a través de diferentes ‘‘rebusques’’ que las familias encuentran. Así, se trata de dinero que se utiliza en el vaivén de tener que hacer esfuerzos permanentemente. Segundo, encontramos que el dinero, en manos de las familias, se traduce en un consumo seguro. Mostramos de qué modo el dinero facilita la organización de diferentes tipos consumos, y también qué sucedía cuando ese dinero no estaba presente en los hogares, identificando cómo, ante su ausencia, faltaba un elemento eficaz para mermar la urgencia en la resolución de las necesidades de todos los días. La AUH representaba más que el dinero, en verdad: en escenarios signados por la incertidumbre y la inestabilidad, la presencia regular del dinero de la AUH ofrecía un mínimo de previsibilidad en el corto plazo.

En las conclusiones finales, se sistematizan los principales hallazgos de la investigación. Se pone en valor la categoría de apropiación colectiva a la vez que se particularizan las diferentes tramas que pudimos elaborar, profundizando en el mundo de la vida de la AUH. Como aporte que se deriva de la investigación, esbozamos algunos interrogantes que, haciendo foco en la capilaridad de las políticas sociales, consideramos interesante poder dejar abiertos para profundizar.


  1. Con el objetivo de mantener la confidencialidad de las personas que nos brindaron su confianza y nos permitieron entrevistarlas, sus identidades, los nombres de los dos barrios en los que realizamos nuestro trabajo de campo –que denominamos como El Sauce y Sabala– y las referencias específicas al territorio, fueron reemplazados por nombres ficticios. Se mantendrán, sin embargo, las localidades –Ciudad Autónoma de Buenos Aires y Lanús, Provincia de Buenos Aires– y las referencias institucionales relacionadas con diferentes políticas sociales ya que contribuirá a la comprensión del problema de investigación.
  2. De aquí en adelante usaremos la sigla AUH para referirnos a esta política social.
  3. Sigla de la Administración Nacional de la Seguridad Social.
  4. La historia de Virginia es una composición ficcionalizada que contiene distintos relatos registrados durante el trabajo de campo. Es una síntesis que condensa las secuencias del análisis que se desarrollarán en el libro.
  5. Ejes que se profundizan en el primer capítulo al introducir y caracterizar la política social estudiada.
  6. Exterioridad que puede expresarse esquemáticamente en la idea de una ayuda por la cual se le transfiere a las mujeres dinero a cambio de que realicen determinadas acciones vinculadas al cuidado de los hijos. Perspectivas en las cuales se comprende a las personas como agentes económicos racionales que buscan optimizar su situación, priorizando las implicancias que la focalización y las condicionalidades tienen en la conducta de las personas, para la superación de las situaciones de pobreza. Aspecto que se retoma en el primer capítulo, apartado: ‘‘Los puntos de contacto y los distanciamientos’’.
  7. A lo largo del libro, la denominaremos: AAFF.
  8. Puntualizamos que la bibliografía específica sobre la AUH es retomada en el primer capítulo.
  9. Las denominaremos a lo largo del libro: TMC. Otras denominaciones habituales de este paradigma de política social es CCT, por sus siglas en inglés Conditional Cash Transfer o bien PTCI, es decir, Políticas de Transferencias Condicionadas de Ingresos.
  10. Ver, en el primer capítulo, el apartado: ‘‘Los puntos de contacto y los distanciamientos’’.
  11. En ese sentido, sostiene Perelmiter, ‘‘sea actualizando una norma o un procedimiento oficial, sea eludiéndolo o subvirtiéndolo, la definición de fronteras entre aquellos que deben o no deben recibir asistencia es, para muchos de los agentes estatales […] [del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación], una tarea controversial y un tanto incómoda, de la cual preferirían estar exentos’’ (Perlemiter 2015, p. 84).
  12. Punto que se retoma en el segundo capítulo, apartado ‘‘Un recorrido por los servicios sociales’’.
  13. Estudios dentro del campo de la política social relacionados a este recorte metodológico pueden hallarse, por ejemplo, en: Haney (2002), Auyero (2001 y 2013), Quiroz (2006), Cravino et. al. (2001), Schijman y Lae (2011).
  14. ‘‘El testimonio oral es más desordenado, más paradójico, más contradictorio y quizá, debido a esto más fiel a la complejidad de las vidas de la clase trabajadora y a la memoria de la clase obrera’’, agrega James (1992, p. 23).
  15. El anclaje histórico de esta relación puede rastrease en Donzelot (1998).
  16. Paugam (2007) fundamenta su argumentación en los estudios de Simmel (2002 [1908]). La perspectiva de Simmel es valiosa para abordar el vínculo social que la política social construye. En un escrito clásico de 1908, el autor se detiene en la concepción moderna de socorro a los pobres. Identifica la relación social que genera la asistencia, al ser una parte de la organización de la vida colectiva: ‘‘la asistencia es más bien una parte de la organización del todo, al que el pobre pertenece lo mismo que las clases propietarias’’ (Simmel 2002 [1908], p. 228, cursiva en original). Simmel subraya que el pobre está puesto en relación con el todo. Desempeña un papel dentro de la sociedad. Le asigna a la asistencia un papel orgánico: su fin consiste, no en el socorro individual al pobre, sino en la protección de la comunidad. La acción de la asistencia para Simmel es en función de la totalidad social.
  17. El dato fue obtenido en una entrevista a una trabajadora social de una escuela pública de Sabala. Se corroboró a través de la información oficial disponible en: https://www.Lanús.gob.ar/archivos/fichas/centros-educativos-municipales-Lanús.pdf (última fecha de ingreso: 5/5/20).
  18. Información oficial disponible en: https://www.buenosaires.gob.ar/educacion/buscador-de-establecimientos-educativos (última fecha de ingreso: 5/5/20).
  19. En base a la perspectiva de Bourdieu, señalamos que la familia, ‘‘en la forma peculiar que reviste en cada sociedad, es una ficción social (a menudo convertida en ficción jurídica) que se instituye en la realidad a expensas de un trabajo que apunta a instituir duraderamente en cada uno de los miembros de la unidad instituida (especialmente por el casamiento como rito de institución) sentimientos adecuados para asegurar la integración de esta unidad y la creencia en el valor de esta unidad y de su integración. Puede verse que las estrategias educativas tienen una función absolutamente fundamental; como todo el trabajo simbólico, teórico (genealógico especialmente) y práctico (intercambio de dones, de servicios, fiestas y ceremonias, etc.), que incumbe preeminentemente a las mujeres y que transforma en disposición amante la obligación de amar, y que tiende a dotar de un ‘‘espíritu de familia’’ a cada uno de los miembros: ese principio cognitivo de visión y de división de es simultáneamente un principio práctico de cohesión, generador de dedicaciones, generosidades, solidaridades, y de una adhesión vital a la existencia de un grupo familiar y de sus intereses’’ (Bourdieu 2013, p. 48).
  20. Asumimos respecto de la categoría de caso la combinación de sus dos caras: “en él se manifiestan, de manera particularizada y singular, la acción de dimensiones y mecanismos sociales de carácter general’’. Ningún caso está determinado, así como tampoco es ajeno, a esa acción de “carácter general’’ (Jelin, Llovet y Ramos 1986, p. 112). Al mismo tiempo, la muestra incluyó dos casos negativos: una entrevistada que no percibía la AUH al momento de la entrevista pero que la había percibido durante los últimos cinco años y un entrevistado, varón, que no había percibido esta política social, a pesar de corresponderle. Ambas situaciones fueron incluidas intencionalmente en la muestra, con diferentes propósitos analíticos que se mostrarán en el transcurso del estudio (ver capítulo cuarto, apartado: “Como titular’’, y capítulo quinto, apartado: “De la AUH al empleo formal’’ y “Cuando falta la AUH’’).
  21. Probablemente, la retórica sobre el mundo de la política social, en general, también les perteneciera; no era esta una cuestión privativa de la AUH. Ver al respecto: Grassi (1989) y Zapata (2005).
  22. ‘‘Fenómeno por el cual después de un cierto número de entrevista as (biográficas o no), el investigador o el equipo tienen la impresión de no aprender nada nuevo, al menos en lo que concierne al objeto sociológico de la entrevista’’ (Bertaux 1999, p. 7).
  23. En los párrafos que siguen cambiamos el sujeto de la exposición a primera persona del singular por estar directamente implicada en la argumentación.
  24. Mientras realizaba el trabajo de campo continuaba también realizando las tareas ligadas a mi desempeño profesional (entrevistas domiciliarias, informes socio ambientales, gestión de recursos asistenciales, derivaciones y articulaciones institucionales, entre otras). Es decir, las tareas sucedían al mismo tiempo; no hubo ‘‘reconversión disciplinar’’ (Hornes 2014). Sino que formaba parte, como actor estatal, del mismo contexto en el que se situaba el objeto que buscaba estudiar.
  25. Un ejemplo de esta exigencia metodológica puede hallarse en Benzecry (2012).
  26. Estas vías de ingreso a campo –el equipo de trabajadoras sociales ‘‘del Ministerio’’ y la referente territorial– con el avance del trabajo de campo pronto se fueron diversificando. Aquí las introduzco para ejemplificar el argumento.
  27. A la vez, ¿qué tendría de extraño, para mí en tanto trabajadora social, acudir a un hogar familiar para mantener una entrevista y conversar sobre la vida cotidiana con mujeres ubicadas en contextos de fragilidad social?


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