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Capítulo IV. Sujeción, Sujeto y Potencia

La relación entre la acción performativa y las estructuras simbólicas

Hasta aquí hemos presentado lo que consideramos es la teoría butleriana de la acción performativa y las estructuras simbólicas como resultado de la tensión entre la tesis foucaultiana sobre el carácter inmanente y productivo del poder y la tesis lacaniana sobre el carácter constitutivo de la falta. A continuación dedicaremos el presente capítulo a exponer el modo en que dichas nociones se conjugan en torno a la categoría de sujeto. En este sentido, nos proponemos reconstruir los conceptos y relaciones lógicas subyacentes a la paradoja de la sujeción y el dilema de la potencia, con miras a comprender el modo en que las estructuras sociales determinan parcialmente a los sujetos; al tiempo que son los sujetos los que recrean de continuo las condiciones estructurales que hacen posible su accionar. De manera tal que las estructuras simbólicas son, al mismo tiempo, condición y resultado de la acción performativa. O, dicho todavía en otros términos, las estructuras producen y subordinan a los sujetos, los que a su vez reproducen dichas estructuras, abriendo paso a la posibilidad de su transformación.

Recuperaremos fundamentalmente los siguientes textos de la autora: Sujetos del deseo ([1987] 2012), El género en disputa ([1990] 2011), Cuerpos que importan ([1993] 2010), Mecanismos psíquicos del poder ([1997b] 2001), Dar cuenta de sí mismo ([2005] 2009), Vida precaria ([2004b] 2009), Marcos de guerra. Las vidas lloradas ([2009] 2010) y su participación en Contingencia, Hegemonía y Universalidad (Butler et al., [2000] 2011) y Dispossession: the performative in the political (Athanasiou & Butler, [2013] 2015).

Los dos primeros apartados están destinados a exponer la paradoja de la sujeción a partir de la cual se entiende que las estructuras simultáneamente producen y subordinan a los sujetos. Para ello, tendremos en cuenta tanto la productividad del poder que construye cierta posición del sujeto mediante la interpelación, como la investidura que lleva (o no) a identificarse con determinada posición, allí donde lo social y lo psíquico se condicionan mutuamente, de manera tal que la interpelación opera a través del investimento psíquico, mientras que los contenidos psíquicos se encuentran informados socialmente. La hipótesis específica que presentamos en este punto supone que es a través de la concepción althusseriana de la interpelación y la conceptualización freudiana de la melancolía que Judith Butler logra repensar el modo en que el sujeto se constituye como sujeto de la falta en su subordinación respecto de las estructuras simbólicas, sin recurrir a la teoría lacaniana, pero manteniendo sin embargo aquellos acuerdos implícitos que hemos señalado en los capítulos anteriores. A partir de ello, sostenemos que uno de los principales aportes de Butler al problema de la estructura y la acción consiste en comprender el proceso de constitución de los sujetos como resultado del accionar conjunto entre la norma y la fantasía.

Pero si hasta aquí parece ser que la teoría butleriana conduce a la completa determinación y subordinación del sujeto por parte de las estructuras, incluso desde su propia formación psíquica, aún queda preguntarnos por la posibilidad estructural de la acción social. Siguiendo a Butler, argumentamos entonces que el hecho mismo de que las estructuras deban ser incesantemente reiteradas supone que éstas no están determinadas de una vez y para siempre sino que se encuentran en constante actualización. Para esta autora, las condiciones del poder deben ser reiteradas para que puedan persistir y es precisamente el sujeto el lugar donde ocurre dicha reiteración. De manera tal que si bien el sujeto se encuentra determinado por las estructuras sociales, es también el lugar de la reactualización de dichas estructuras y, por lo tanto, condición para su deconstitución. Butler denomina dilema de la potencia a esta ambivalencia.

En este sentido, se entiende que, en un marco de determinación parcial, la potencia puede oponerse a las condiciones sociales abriendo así paso a la posibilidad de su transformación. Como veremos, en este punto, la autora recupera la tesis foucaultiana sobre el poder en relación con su perspectiva sobre la performatividad al concebir la resistencia como un pliegue del poder sobre sí mismo, una recitación textual que puede llegar a producir un corrimiento subversivo respecto de la norma que actualiza.

Por último, presentamos de manera acabada la concepción butleriana sobre los sujetos como resultado de la puesta en relación entre su teoría de las estructuras simbólicas y la acción performativa. En este marco, sostenemos que la propuesta teórica elaborada por Butler da cuenta tanto del carácter constitutivo del proceso de sexuación/generización de los sujetos, como de la posibilidad que éstos tienen de producir corrimientos respecto de las normas que los sujetan. Tal es, según entendemos, otro de los principales aportes de Judith Butler para seguir pensando el problema de la estructura y la acción desde un nuevo enfoque.

Dicho esto, aún debemos agregar que la interpretación presentada en este capítulo continúa una línea de lecturas ya consolidadas que se han abocado a estudiar el tema de la sujeción y la potencia en la teoría butleriana. En este punto, no pretendemos incorporar ninguna innovación. Antes bien, aquí argumentamos que la paradoja de la sujeción y el dilema de la potencia constituyen un paso obligado para seguir pensando el problema de la estructura y la acción en los textos de Judith Butler, allí radica nuestra principal operación de lectura.

Asimismo, existen distintos trabajos que han analizado la relación entre la norma y la fantasía (Baraitser, 2015; Baraitser & Frosh, 2008; Sabsay, 2012) y el carácter constitutivo de los procesos de sexuación/generización de los sujetos (Sabsay, 2007a, 2010, 2011, 2012; Salamon, 2010; Femenías, 2000, 2003; Dorlin, 2009; Blumenfeld & Sönser, 2005; Salih, 2002; Burgos Díaz, 2000, 2002; Lloyd, 2007; Cano, 2013; Soley Beltrán, 2009; De Mauro Rucovsky, 2016; Pérez Navarro, 2008; Vacarezza, 2011, 2015, por mencionar sólo algunos ejemplos) en los textos de Butler. Una vez más, consideramos que las formulaciones presentadas en este capítulo consolidan aquellas interpretaciones canónicas que han tenido amplia repercusión en el campo de la teoría feminista y de los estudios sobre la teoría butleriana; sin embargo, veremos que adquieren principal relevancia y novedad en relación a aquellos referentes de la teoría social que han comprendido el problema de la estructura y la acción desde una perspectiva relacional.

A. La paradoja de la sujeción
1. La interpelación como forma de producción y subordinación del sujeto

En los cursos dictados en 1976 y publicados posteriormente bajo el título Microfísica del poder (1980), Michel Foucault plantea la pregunta sobre la constitución de los sujetos a partir de la multiplicidad (de cuerpos, de fuerzas, de energías, de materialidades, de deseos, de pensamientos) destacando la centralidad del problema de la dominación y el sometimiento (assujettissement).[1] De lo que se trata, dirá el autor, es de comprender cómo funcionan aquellos procesos continuos e ininterrumpidos que someten a los cuerpos, de “asir la instancia material del sometimiento en tanto que constitución de los sujetos” (Foucault, [1976] 2009:143). Es entonces en este marco que Foucault (1980, [1975] 2008c, [1976] 2009) desarrolla su concepción microfísica y productiva del poder, oponiéndose así a ciertas representaciones negativas centradas en su carácter jurídico y prohibitivo.

Ahora bien, como vimos en los capítulos anteriores, Judith Butler desarrolla una particular interpretación de la teoría foucaultiana al diferenciar dos modalidades opuestas pero complementarias del poder. Por un lado, en relación a lo que Foucault denomina la representación jurídico-discursiva, la autora señala el carácter prohibitivo o excluyente del poder. Por otro lado, recuperando la concepción microfísica, entiende el poder en su carácter netamente productivo. A partir de ello, veremos que Butler elabora una teoría sobre la sujeción que le permite dar cuenta de la simultánea producción y subordinación de los sujetos: allí donde el poder ejerce presión sobre el sujeto, dominándolo y subordinándolo desde fuera; y, al mismo tiempo, actúa como aquello que forma al sujeto, que le proporciona su condición de existencia y la trayectoria de su deseo.[2] Aún más, la autora incluso propone retomar “la doctrina de la interpelación de Althusser (como) una clara precursora de las posteriores ideas de Foucault sobre la ‘producción discursiva del sujeto’” (Butler, [1997b] 2001:16). Dedicaremos el presente apartado a exponer brevemente algunas formulaciones de la teoría althusseriana en este punto, para luego ver qué estatus adoptan en la teoría butleriana.

En Ideología y aparatos ideológicos del Estado ([1970] 2011), Louis Althusser postula una tesis central: “la categoría de sujeto es constitutiva de toda ideología (…) en tanto toda ideología tiene por función (función que la define) la ‘constitución’ de los individuos concretos en sujetos” ([1970] 2011:52). El funcionamiento de la ideología existe pues, según señala el autor, en ese juego de doble constitución en que toda ideología funciona a través de la categoría de sujeto, y que es sólo en la ideología y para ella que los sujetos existen. Althusser explica cómo esto opera por medio del concepto de interpelación a partir del ya clásico ejemplo en el que un policía interpela a un transeúnte y éste, al darse vuelta reconociéndose como la persona interpelada, se convierte en sujeto. La interpelación es entendida entonces como la producción del individuo en sujeto. En palabras del autor:

Sugerimos que la ideología ‘actúa’ o ‘funciona’ de tal modo que ‘recluta’ sujetos entre los individuos (los recluta a todos), o ‘transforma’ a los individuos en sujetos (los transforma a todos) por medio de esta operación muy precisa que llamamos interpelación (…) (Althusser, [1970] 2011:55)

Althusser (1967, [1970] 2011) señala además que para que tenga lugar la interpelación, el reconocimiento debe ser ofrecido y aceptado. Esto es, debe producirse el llamado del otro y el interpelado debe reconocerse como aquel al que se dirige la interpelación al tiempo que debe desconocer su carácter ideológico. La interpelación refiere pues al mecanismo a partir del cual la ideología convoca y constituye al interpelado como sujeto a partir del reconocimiento y posterior desconocimiento del llamado de otro.

Pero aún debemos agregar que si bien la explicación del mecanismo de interpelación se presenta usualmente mediante una secuencia temporal, las cosas ocurren sin ninguna sucesión. De allí que Althusser introduzca el término “individuo” sólo para satisfacer provisionalmente la necesidad gramatical de aludir a aquello que experimenta la sumisión para devenir sujeto.[3] Para este autor, la ideología y la interpelación se encuentran siempre ya funcionando, de modo que el individuo es siempre ya sujeto. De manera similar, Butler argumenta que en cuanto intentamos determinar el modo en que el poder produce a los sujetos y el modo en que éstos acogen el poder que los forma, “la paradoja de la sujeción conlleva una paradoja referencial: nos vemos obligados a referirnos a algo que aún no existe” (Butler, [1997b] 2001:14) Incluso cuando la constitución del sujeto se suele presentar a partir de la figura del darse vuelta, ningún sujeto existe más que como resultado de esa misma reflexividad. Más bien, la vuelta funciona como inauguración tropológica del sujeto. De allí que no se puede asumir la existencia de un sujeto que lleva a cabo una internalización si aún no tenemos una descripción de la formación del sujeto y, sin embargo, es necesario referir a aquella figura que aún no ha cobrado existencia. Se trata, según sostiene Butler, de un relato que presupone al mismo sujeto del que pretende dar cuenta. “Si el sujeto no existe más que como consecuencia de la sujeción, la narración que habría de explicarla exige que la temporalidad sea falsa, puesto que su gramática presupone que no existe sujeción sin un sujeto que la experimente” (Butler, [1997b] 2001:125).[4]

En este contexto, Butler ([1997b] 2001) señala que el llamado de la ideología en Althusser puede también pensarse, en términos lacanianos, como el llamado de lo simbólico que constituye al sujeto como sujeto barrado. Sin embargo, la autora no ahonda en esta relación. En este mismo sentido, Stavrakakis (2007) afirma que tanto para Lacan como para Butler el sujeto es constituido a través de la subordinación. Ahora bien, como vimos en el capítulo III, Lacan sostiene que es a partir de la instauración de la forclusión que establece la pérdida de todo acceso inmediato a lo real, que tiene lugar la emergencia del registro de lo simbólico y del sujeto como sujeto del significante. En otros términos, para este autor, el sujeto se constituye sobre la base de una exclusión fundante y de su posterior subordinación a las leyes del lenguaje. Según lo dicho hasta aquí, en esta tesis argumentamos entonces que tanto para Lacan como para Butler, el sujeto es entendido como un sujeto de la falta que se encuentra subordinado a lo simbólico.

Incluso consideramos que no es otra cosa aquello a lo que refiere Butler en Dar cuenta de sí mismo ([2005] 2009) cuando afirma que el sujeto se constituye al dar cuenta de sí ante otro y, en este sentido, se encuentra fuera de sí, depende del otro ante quien y a quien le dirige su relato. El sujeto se constituye en su dependencia frente al otro como un ser vulnerable o desposeído, de manera tal que la precariedad pasa a ser condición primaria del sujeto. Aún más, si al dar cuenta de sí mismo que el sujeto construye una estructura narrativa en la que destaca algunos sucesos o momentos y propone enlaces causales y motivaciones, en definitiva, ofrece una explicación de sí en la forma de un relato; Butler dirá que este esfuerzo de auto-recapitulación del sujeto fracasa y fracasa por necesidad. El sujeto que da cuenta de sí no puede dar cuenta de sí mismo en su vulnerabilidad. Tal es el momento más infundado de su narración que constituye un punto de opacidad e interrumpe una secuencia, induce una ruptura o erupción de lo no narrativizable.[5]

Sin embargo, como ya vimos en otras ocasiones, Butler evita referenciar de manera explícita a la teoría lacaniana por lo que considera es la universalidad y ahistoricidad que conllevan sus principales categorías y que resultan problemáticas para pensar la contingencia, la transformación y la variabilidad histórica. En este sentido, postulamos que la estrategia argumentativa de la autora consiste precisamente en mantener la lógica lacaniana a partir de la cual se entiende que el sujeto se constituye en su subordinación respecto de las estructuras simbólicas, pero evitando sus puntos críticos. Para ello, Butler incorpora el mecanismo althusseriano de la interpelación e incluso propone redefinirlo en sus propios términos. Exponer tal redefinición será el objetivo del siguiente apartado.

1.1 La concepción butleriana de la interpelación

Hasta aquí hemos presentado la concepción althusseriana de la interpelación y la noción foucaultiana del poder como antecedentes teóricos fundamentales de la concepción butleriana sobre la sujeción. A continuación expondremos algunos corrimientos claves que produce la autora respecto de dichas formulaciones.

En primer lugar, Butler elabora una lectura crítica de la teoría althusseriana de la ideología a partir de la cual sostiene que Althusser limita de antemano toda posibilidad de intervención en el funcionamiento de la ley al generalizar los ejemplos de la voz divina y del representante de la autoridad estatal. Ejemplos que, según señala la autora, presentan el llamado de la ley como una voz casi imposible de rechazar. Frente a ello, es fundamentalmente en Cuerpos que importan ([1993] 2010) y Mecanismos psíquicos del poder ([1997b] 2001) donde Butler define la interpelación como un acto performativo. Esto es, si para Althusser la interpelación es el mecanismo a partir del cual la ideología convoca al interpelado y éste, al darse vuelta, se constituye como sujeto desconociendo la operación ideológica que le otorga reconocimiento; Butler dirá que la interpelación consiste en la reiteración ritualizada de normas y prácticas que convocan incesantemente al interpelado y lo forman como sujeto, a la vez que naturalizan y ocultan la variabilidad histórica y las relaciones de poder que atraviesan su propia constitución.

Por un lado, al redefinir la interpelación como un acto performativo, Butler la entiende como una práctica de poder que subordina o domina al sujeto desde afuera y, al mismo tiempo, lo produce como tal. En este sentido, concuerda con Althusser al sostener que el sujeto se constituye socialmente con el llamado o la demanda de otro que representa la ley y que la impone mediante la interpelación. A partir de la convocatoria hecha al sujeto por el discurso, del reconocimiento que ofrece el poder y la fuerza que tiene la ley, el sujeto alcanza la existencia social. La autora denomina sujeción a este proceso de simultánea subordinación y formación del sujeto.

Pero al destacar la performatividad de la interpelación, Butler agrega además que se trata de un mecanismo que convoca, produce y subordina al sujeto mediante la repetición ritualizada de normas y prácticas. Repetición que, de manera similar a la función de desconocimiento en Althusser, produce un efecto de naturalización. Ahora bien, como ya vimos, para Butler, la repetición no remite a una reproducción idéntica de la norma sino que es siempre, más bien, una repetición iterable, de manera tal que al reformular el mecanismo althusseriano de la interpelación como un proceso de repetición, la autora produce un corrimiento fundamental que permite incorporar la posibilidad de que se produzcan toda una gama de desobediencias que abran una brecha entre el nombre o categoría social con la que el sujeto es interpelado y su apropiación. De hecho, dirá la autora, podría ser que ante el llamado del otro, el interpelado no escuche la llamada, la malinterprete, se de vuelta hacia otro lado, etc.

En este punto, debemos destacar que no es otra cosa aquello que hemos presentado en el capítulo anterior cuando argumentamos que, al comprender el proceso de constitución imaginaria de las estructuras simbólicas, Butler incorpora la posibilidad de que se produzcan recitaciones textuales que abran paso a su potencial resignificación. A partir de ello, la autora incluso expone toda una serie de identificaciones que invierten, subvierten y niegan la diferencia sexual heterosexual ofreciendo esquemas alternativos. De manera tal que la crítica butleriana a la teoría lacaniana y a la concepción althusseriana de la interpelación comparten un mismo horizonte: en ambos casos se trata de incorporar la posibilidad de pensar identificaciones iterables o fallidas respecto de la norma, formas en las que ésta se vuelve contra sí misma y puede generar versiones de sí que se opongan a los propósitos que la animan o multiplican. En posteriores apartados recuperaremos este argumento con miras a analizar sus consecuencias para pensar el dilema de la potencia.

Más adelante en su obra, Butler desarrolla una reelaboración de su propia concepción sobre la interpelación a partir de la cual pretende desligarse de lo que considera es el sesgo jurídico y punitivo que tiñe sus anteriores trabajos.[6] En este sentido, cabe señalar nuevamente que si bien la teoría foucaultiana del poder atraviesa toda la producción intelectual de Judith Butler, la autora incorpora distintos matices y modificaciones en sus propias formulaciones a medida que avanza con la lectura de los textos de Foucault. Es entonces con la publicación de Dar cuenta de sí mismo ([2005] 2009), que Butler recupera los desarrollos de Michel Foucault de la década de 1980, más específicamente en Historia de la sexualidad II. El uso de los placeres ([1984] 2011), con miras a comprender las condiciones en que un yo podría tomarse a sí mismo como objeto de reflexión y cultivación. En este texto, como ya vimos, Foucault produce un giro que le permite considerar las formas y modalidades de la relación consigo mismo por las que el sujeto se constituye y se reconoce. De lo que se trata, dirá el autor, es de “(….) analizar las prácticas mediante las cuales los individuos se vieron llevados a prestarse atención a ellos mismos, a descubrirse, a reconocerse y a declararse como sujetos del deseo (…)” (Foucault, [1984] 2011:11) Indagar cómo los individuos han sido llevados a ejercer sobre sí y sobre los demás, una hermenéutica del deseo en la que el comportamiento sexual ha sido sólo una parte. Se trata, de tener en cuenta la ascética o prácticas de sí que permiten a los sujetos efectuar cierto número de operaciones sobre su cuerpo y su alma, pensamientos, conducta, o cualquier forma de ser, obteniendo así una transformación de sí mismos.[7]

A partir de ello, Butler argumenta que si bien el sujeto se constituye como ser reflexivo mediante la interpelación de las normas, es dando cuenta de sí frente a otros que se auto-produce. El sujeto entra en contacto con las normas por medio de intercambios cercanos y vitales, en la medida en que lo interpela y se le pide que dé respuesta a la pregunta sobre quién es. Así, el sujeto se auto-produce en relación con un conjunto de códigos prescriptivos, un régimen de verdad históricamente establecido que determinan un tipo específico de sujeto, aquel que será inteligible para ese orden normativo particular. Así queda claro que, para esta autora, las estructuras simbólicas operan a través de normas reguladoras que rigen la inteligibilidad social permitiendo que ciertas prácticas y acciones sean reconocibles y excluyendo a otras de la red de legibilidad.

Pero Butler agrega además que el dar cuenta de sí es siempre ante otro. Doy cuenta de mí ante ti. En este sentido, la escena de la interpelación significa que al tiempo que el sujeto lleva adelante una actividad reflexiva, pensar en sí mismo y auto-construirse, también le habla al otro y, de tal modo, elabora una relación con el otro en el lenguaje. Esto es, en el momento en que el relato es destinado a alguien, supone a ese alguien y actúa sobre él interpelándolo. Si el sujeto da cuenta de sí ante el otro, su relato depende de una estructura de interpelación. El sujeto primero debe ser interpelado y constituirse como sujeto reflexivo, para dar cuenta de sí ante el otro, interpelándolo. Así, corriendo el énfasis del plano estrictamente punitivo a la auto-producción reflexiva del sujeto, Butler logra generalizar la noción althusseriana de la interpelación a toda relación intersubjetiva e introduce la posibilidad de producir apropiaciones de las normas en una moral viva.

En este punto, como ya dijimos, entendemos que resulta posible establecer cierta relación entre la teoría butleriana y la teoría de la racionalidad comunicativa de Habermas ([1981] 1992, [1981] 1999) en lo que respecta a la centralidad que estos autores le asignan a la noción de intersubjetividad. Mientras Habermas propone concebir la acción como aquello que tiene lugar a partir de la comunicación con otro, lo que supone una serie de saberes compartidos no expresados formalmente; para Butler, el sujeto se constituye dando cuenta de sí frente al llamado del otro que lo interpela. En ambos casos, la subjetivación se produce a través de la intersubjetividad. El sujeto nunca retorna a sí mismo sin el otro, de manera tal que su relacionalidad se convierte en constitutiva de lo que es.

2. Sobre la disposición del sujeto a la subordinación

En el apartado anterior hemos visto el modo en que Judith Butler comprende la simultánea producción y subordinación de los sujetos a partir de la articulación y reformulación de la concepción foucaultiana del poder y la noción althusseriana de la interpelación. Sin embargo, es en relación a la pregunta por la disposición del sujeto a ser producido como cuerpo dócil en términos foucaultianos, o a reconocerse en el llamado del otro en términos althusserianos, que la autora se distancia de tales propuestas.

En este sentido, Butler argumenta que es a partir de la extrapolación de los ejemplos de la voz divina y del representante de la autoridad estatal, ejemplos en los cuales no parece haber lugar para considerar el rechazo ante el llamado del otro, que Althusser pasa por alto o presupone la disposición del sujeto a darse la vuelta en busca de reconocimiento. Por su parte, es al concebir el psicoanálisis exclusivamente en términos de un discurso normalizador que opera en función de la producción de cuerpos dóciles que, según señala la autora, Foucault parece no considerar el sometimiento siguiendo los movimientos de la vida psíquica. Frente a ello, Butler sostiene que la producción y subordinación del sujeto no puede realizarse sin cierta disposición o deseo anticipador de parte de la persona a quien se dirige. Es decir, que para que se produzca la media vuelta del sujeto en tanto movimiento de anticipación en dirección a la identidad, no sólo es necesario, como ya vimos, que el individuo sea interpelado, que reconozca el llamado y que desconozca su carácter ideológico, sino que debe existir además cierta disposición a volverse.

(…) Como condición previa y esencial para la formación del sujeto, existe cierta disposición a ser apremiado por la interpelación autoritaria, lo cual sugiere que uno está ya, por así decir, en relación con la voz antes de responder a ella, está ya comprometido con los términos del reconocimiento errado pero vivificador que ofrece la autoridad a la que posteriormente se rinde. O quizás ya se ha rendido antes de darse la vuelta y este gesto no es más que el signo de la inevitable sumisión por la cual es establecido como un sujeto posicionado en el lenguaje como posible destinatario. (Butler, [1997b] 2001:125)

En este sentido, entendemos que es a partir de la noción de deseo de reconocimiento, implícita en Mecanismos psíquicos del poder ([1997b] 2001) y explícita en Dar cuenta de sí mismo ([2005] 2009), que Butler propone pensar la disposición del sujeto a la sujeción. Es ante el dilema entre la existencia en la subordinación o la no existencia que el sujeto se constituye subordinado al poder.[8] O, dicho todavía en otros términos, es precisamente porque prevalece el deseo a la vida, el deseo de supervivencia o deseo de ser reconocido que el sujeto se constituye como un ser vulnerable o explotable (Butler, [1997b] 2001; [2005] 2009). Butler incluso sostiene que el reconocimiento que alcanza el sujeto a través de la subordinación es siempre fallido, parcial e incompleto. No se trata simplemente de que el reconocimiento del otro sea necesario y la subordinación confiera una forma de reconocimiento, ya que el reconocimiento como proyecto es imposible de satisfacer, de allí que el sujeto reescenifica de continuo su subordinación al poder. En el próximo capítulo recuperaremos la concepción butleriana del reconocimiento como horizonte de la política de izquierda.

Según lo dicho hasta aquí, Butler destaca la existencia de un vínculo primario deseante respecto del poder que lo forma y lo subordina, del otro que le otorga reconocimiento, cuyo equivalente en la historia personal son los primeros objetos de amor perdidos.[9] En este sentido, la autora propone pensar la negación o el repudio como requisito para la constitución del sujeto, y la pérdida, como un elemento central en la formación de la psiquis que, sin embargo, se convierte en condición opaca. Una pérdida que, según señala la autora, no puede ser pensada, reconocida ni llorada, y que, por lo tanto, abre paso a un duelo interminable, incompleto e irresoluble. Nuevamente nos encontramos con la tesis lacaniana sobre la falta operando de manera implícita en la teoría butleriana, ahora en torno a la categoría de sujeto.

A partir de ello, es con miras a determinar el papel del duelo y la melancolía en la constitución del sujeto y su disposición a la interpelación que, como veremos a continuación, Butler desarrolla una particular lectura de dos textos de Sigmund Freud: Duelo y melancolía ([1917] 1993) y El yo y el ello ([1923] 1992).

2.1 El sujeto como resultado de identificaciones melancólicas

En Duelo y melancolía ([1917] 1993), Sigmund Freud sostiene que tanto en el duelo como en la melancolía, se trata de una reacción frente a la pérdida de una persona u objeto amado, o de una abstracción (que puede ser la patria, la libertad, un ideal, etc.). Pero mientras que en el trabajo del duelo se produce “(…) un quite de la libido de ese objeto (perdido) y su desplazamiento a uno nuevo (…)” (Freud, [1917] 1993:246); en la melancolía, en cambio, ante la pérdida de un objeto de amor, “(…) la libido libre no se desplazó a otro objeto sino que se retiró sobre el yo (…) (y) sirvió para establecer una identificación del yo con el objeto resignado” (Butler, [1993] 2010:246) Mientras en el duelo se produce una ruptura del vínculo y la posterior elaboración de vínculos nuevos; en la melancolía, se trata de una reconstrucción en el yo del objeto perdido, es decir, se produce la sustitución de una carga de objeto por una identificación. Freud agrega además que en la melancolía tiene lugar “(…) una pérdida de objeto sustraída de la conciencia, a diferencia del duelo, en el cual no hay nada inconsciente en lo que atañe a la pérdida” (Freud, [1917] 1993:243)

Por su parte, en El yo y el ello ([1923] 1992), Freud argumenta que la identificación característica de la melancolía participa en la estructuración del yo y contribuye fundamentalmente en la formación de su carácter. Cuando se pierde el objeto de amor surge en su lugar una modificación del yo a partir de la reconstrucción del objeto en el yo. De manera tal que “(…) el carácter del yo es una sedimentación de las investiduras de objeto reasignadas, contiene la historia de estas elecciones de objeto” (Freud, [1923] 1992:31). Butler incluso señala que, en este texto, la identificación propia de la melancolía puede ser entendida como la condición previa para que se produzca el abandono de objetos. De allí que, al parecer, la melancolía posibilitaría el duelo.

Ahora bien, a partir de lo dicho hasta aquí, Butler destaca dos corrimientos fundamentales al interior de los postulados freudianos. Por un lado, dirá la autora, la identificación melancólica pasa de ser una simple reconstrucción del objeto en el yo, a ser una parte fundamental en la constitución de su carácter y requisito previo para desligarse del objeto. Por otro lado, el duelo deja de ser entendido como una ruptura definitiva del vínculo y pasa a referir a la incorporación del objeto a partir de la identificación. En este marco, Butler ([1997b] 2001) sostiene que si, como vimos, en Althusser, la media vuelta del interpelado en dirección a la voz de la ley es al mismo tiempo reflexiva y autosubyugadora; en Freud, es a través de la vuelta melancólica que el sujeto se vuelve sobre sí mismo tras la pérdida del objeto de amor y, de este modo, se forma el yo como objeto psíquico.

Para Butler, la melancolía es el resultado de una pérdida no reconocida que lejos de suponer la abolición de sus objetos perdidos, los preserva como efectos psíquicos mediante la internalización. De modo que “la renuncia al objeto se vuelve posible sólo a condición de una internalización melancólica o, lo que para nuestros propósitos puede ser aún más importante, una incorporación melancólica” (Butler, [1997b] 2001:149) Si el objeto no puede seguir existiendo en el mundo externo, existirá en el interno y su internalización será el modo específico en que se logre negar la pérdida. En este sentido, si desligarse del objeto no significa abandonarlo sino que paradójicamente supone la transformación del estatuto del objeto que pasa de ser externo a ser interno, Butler dirá que “la melancolía conlleva la producción de un mundo interno y un conjunto topográfico de ficciones estructuradoras de la psique” (Butler, [1997b] 2001:185) Lejos de comprender el proceso de incorporación como el ingreso de la norma a un espacio psíquico preexistente, se entiende entonces que este proceso fabrica, él mismo, la distinción entre vida interior y exterior.

Por consiguiente, el yo no sólo sustituye al objeto sino que es precisamente en ese acto de sustitución que se instituye el sujeto entendido como la solidificación de una historia de pérdidas, la sedimentación de diversas relaciones de sustitución de objetos de amor abandonados. Si es por medio de la identificación que se preserva psíquicamente el objeto y este tipo de identificaciones son las que constituyen el yo, el objeto perdido lejos de perderse, se vuelve coextensivo al yo. Es decir, la relación con el objeto reaparece en el yo, estructurando la representación de la vida psíquica. Butler dirá entonces que, en la melancolía, “la pérdida por la que se pretende compensar no es superada y el objeto no es restaurado; por el contrario, la pérdida se convierte en condición opaca de la emergencia del yo, es una pérdida que lo habita de manera constitutiva desde el principio” (Butler, [1997b] 2001:184).

Dicho esto, aún debemos agregar que, para Freud, mientras en el duelo las huellas del objeto se van venciendo paulatinamente, en la melancolía es la ambivalencia hacia el objeto la que impide este desligamiento progresivo del vínculo libidinal. Esta ambivalencia entre el odio por el objeto – que busca desligar a la libido del objeto – y el amor – que pretende evitar que esto se produzca – es lo característico de la melancolía.[10]

Si el amor por el objeto – ese amor que no puede resignarse al par que el objeto mismo es resignado – se refugia en la identificación narcisista, el odio se ensaña con ese objeto sustitutivo insultándolo, denigrándolo, haciéndolo sufrir y ganando en este sufrimiento una satisfacción sádica (Freud, [1917] 1993:248-249)

Pero más adelante, en el mismo texto, el autor sostiene que la ambivalencia bien puede ser un rasgo característico de todos los vínculos amorosos o el resultado de la amenaza de la pérdida del objeto. A partir de este nuevo deslizamiento en el planteo de Freud, Butler argumenta que “si la ambivalencia distingue a la melancolía del duelo, y éste produce ambivalencia como parte del proceso de tránsito, entonces no existe ninguna labor de duelo exenta de melancolía” (Butler, [1997b] 2001:207). Esto es, si es la ambivalencia hacia el objeto que hace imposible el desligamiento del vínculo libidinal aquello que caracteriza a la melancolía y, al mismo tiempo, la ambivalencia es entendida como un rasgo de todos los vínculos amorosos, de manera tal que bien podría ser el resultado de la pérdida, para Butler, el duelo parece quedar subsumido en la melancolía.

En este marco, Freud ([1917] 1993, [1923] 1992) afirma que es como resultado de esta ambivalencia frente al objeto de amor perdido que una parte del yo se contrapone a la otra y la toma por objeto de la crítica. En la melancolía “(…) el conflicto contra el yo y la persona amada, (hubo de mudarse) en una bipartición entre el yo crítico y el yo alterado por identificación” (Freud, [1917] 1993:245) De este modo, el autor relaciona el mecanismo de la melancolía con la génesis del ideal del yo. En este mismo sentido, Butler sostiene que la articulación de la ambivalencia que remite al amor-odio en relación al objeto perdido constituye la condición de posibilidad de la topografía psíquica yo- superyó. Es sólo una vez que se haya producido el retraimiento o la regresión de la libido propia de la ambivalencia hacia el objeto perdido, que puede tener lugar una invención de esta topografía psíquica. O, dicho todavía en otros términos, la topografía interna yo-superyó es un efecto de la melancolía.

De allí que, para Butler, la melancolía describe el proceso por el cual ante la negativa de romper la vinculación con un objeto perdido, se produce el retraimiento del objeto al yo, estableciendo un mundo interior en el que una instancia crítica se disocia del yo y pasa a tomarlo por objeto. Una vez producida la identificación con el objeto o ideal perdido, el yo se disocia: por un lado, la instancia que dirige al yo las acusaciones de amor y de odio destinadas al objeto; por otro, el yo que se convierte en objeto de crítica y juicio. “La relación reflexiva por la cual el yo se convierte en objeto para sí mismo resulta ser una relación retraída y transformada con el otro perdido; en este sentido, la reflexividad parece depender del funcionamiento anterior de la melancolía” (Butler, [1997b] 2001:195).

Pero si hasta aquí hemos propuesto pensar la vuelta melancólica como el modo en que se instituye la estructura psíquica, Butler agrega además que la melancolía inicia un límite variable entre lo psíquico y lo social, límite que distribuye y regula el ámbito psíquico en relación con las normas imperantes de regulación social. Así pues, en la melancolía no sólo se sustrae el objeto perdido a la conciencia sino que también se retrae a la psique una configuración del mundo social. En palabras de Butler: “(…) la forma psíquica de reflexividad que desarrolla la melancolía lleva dentro la huella del otro como socialidad disimulada (…)” (Butler, [1997b] 2001:195) Si el sujeto es efecto de un proceso de internalización melancólica y si dicha internalización supone además la integración del poder regulador social como idealización psíquica, Butler sostiene que en la melancolía el sujeto es al mismo tiempo formado y subordinado psíquica y socialmente.

Esto no quiere decir que las autoacusaciones de la conciencia sean entendidas como internalizaciones miméticas de las censuras impuestas por instancias sociales. No se trata de pensar la relación entre el poder y la instancia crítica que es el superyó a partir de la simple analogía. O dicho en otras palabras, las normas sociales que actúan sobre el sujeto para producir sus deseos y condicionar su funcionamiento no operan de modo unilateral, las formas sociales de poder no producen sujetos como sus efectos simples, ya que las normas no son directamente internalizadas como realidad psíquica. Antes bien, de lo que se trata es de pensar una relación más compleja entre la norma y la fantasía, allí donde la norma estructura la fantasía, pero no la determina; y, al mismo tiempo, la fantasía hace uso de la norma, pero no la crea. “Aquí no sería posible postular de un lado del análisis la norma social, y del otro la fantasía, pues el modus operandi de la norma es la fantasía, y la sintaxis misma de la fantasía no podría leerse sin una comprensión del léxico de la norma social” (Butler et al., [2000] 2011:160).

A partir de ello, Butler propone complejizar el planteo de Pierre Bourdieu al comprender la encarnación de la norma ya no como una simple incorporación sino como un modo de interpretación que se sostiene por las idealizaciones de la fantasía.

Las normas no sólo son encarnadas, como ha afirmado Bourdieu, sino que la encarnación es ella misma un modo de interpretación, no siempre consciente, que sujeta a la misma normatividad a una temporalidad iterable. Las normas no son entidades estáticas, sino elementos de la existencia incorporados e interpretados, que se sostienen por las idealizaciones que la fantasía provee (Butler et al., [2000] 2011:157)

Para Butler, ninguna norma actúa sin la activación de la fantasía y, más específicamente, del vínculo fantasmático con ideales que son a la vez sociales y psíquicos. Lejos de operar de manera directa, la puesta en práctica de las normas se encuentra mediada por la fantasía, y es precisamente a partir de este proceso de mediación que resulta posible pensar la inadecuación entre la norma y sus efectos. Dado que el poder se integra dentro de las operaciones de la psique como idealización psíquica, la pérdida de objeto y la consecuente incorporación de un ideal de carácter social pueden conducir a rearticulaciones y desligamientos respecto de la norma reguladora.

Postular posibilidades más allá de la norma o, incluso, postular un futuro diferente para la norma misma, es parte del trabajo de la fantasía (…) Además la fantasía es parte de la articulación de lo posible: nos llevará más allá de lo que es meramente actual o presente hacia el reino de la posibilidad, de lo que no está todavía actualizado o lo que no es actualizable (Butler, [2004a] 2005:45)

La fantasía es aquello que define los límites de la realidad, es aquello que la realidad impide realizar, su exterior constitutivo, y por lo tanto es aquello que nos permite retar los límites contingentes de lo que será o no considerado como realidad, es lo que nos permite establecer lo posible excediendo lo real. Se trata entonces de pensar que entre la norma social y su internalización psíquica existe una distancia tal que puede hacer entrar en crisis la reproducción de los imperativos sociales mediante una repetición potencialmente subversiva. De manera tal que la encarnación de la norma es ella misma una forma de apropiación o interpretación que abre paso a una temporalidad iterable a partir de la cual pueden tener lugar múltiples identificaciones. Repensar el proceso de constitución psíquica y social de los sujetos a partir de la relación entre la norma y la fantasía: tal es, según entendemos, uno de los principales aportes de Judith Butler para repensar el problema de la estructura y la acción en nuevos términos.

Resumiendo, hemos expuesto el modo en que, según sostiene Butler, el sujeto se constituye mediante cierta disposición psíquica a la subordinación. En este sentido, en primer lugar, debemos tener en cuenta que el sujeto se forma sobre la base del repudio o, lo que es lo mismo, se encuentra atravesado por una pérdida que es fundamental para su constitución. Ante la pérdida del objeto de amor se inicia un proceso de identificaciones melancólicas a partir del cual los objetos perdidos son incorporados constituyendo el yo. Aún más, es precisamente como resultado de la ambivalencia que se experimenta frente a dichos objetos que se constituye el yo en relación al superyó como instancia crítica. De allí podemos concluir, siguiendo a Butler, que es al modo de la topografía psíquica yo-superyó que tiene lugar a partir del rechazo y de las identificaciones melancólicas subsiguientes, que se constituye el sujeto psíquicamente dispuesto a la subordinación. En palabras de la autora:

El poder social hace desaparecer, provocando una serie de pérdidas forzosas. Por consiguiente, provoca una melancolía que reproduce el poder bajo la forma de la voz psíquica del juicio dirigida a uno mismo, con lo cual modela la reflexividad sobre la base del sometimiento [subjection] (Butler, [1997b] 2001:211-212)

De este modo, se entiende que es a partir de la melancolía, que actúa de manera complementaria a la interpelación, que las estructuras sociales subordinan y producen a los sujetos. Más específicamente, el llamado del otro, aquel que interpela al sujeto y lo produce en su subordinación, resulta efectivo porque el sujeto mantiene un vínculo apasionado con el otro/poder, vínculo que primero repudia y luego incorpora, instituyendo su propia realidad psíquica. Así se completa entonces la paradoja de la sujeción.

Habiendo llegado a este punto, en esta tesis argumentamos que uno de los aportes fundamentales de Butler al problema de la estructura y la acción consiste en incorporar la relación de la norma con la fantasía. En este sentido, coincidimos con Sabsay (2012), al sostener que es precisamente a partir de la dimensión psíquica presente en la teoría butleriana, que se puede tomar distancia de la tensión entre los enfoques subjetivistas y objetivistas. No se trata entonces de comprender las estructuras como resultado de la libreacción de los sujetos, o de concebir a los sujetos como un mero efecto de las estructuras. Si bien las estructuras determinan la acción, no lo hacen completamente, y si bien la acción produce y reproduce a las estructuras, no lo hace a voluntad. Antes bien, se trata de pensar una relación compleja entre la norma y la fantasía a partir de la cual se entiende que estructura y acción se encuentran mediadas por una vinculación fantasmática que puede abrir paso a una serie de inadecuaciones potencialmente subversivas respecto de las normas actualizadas.

En el siguiente apartado nos ocuparemos de la pregunta por la posibilidad de la acción social en un esquema en el que, como vimos, el sujeto se forma a partir de una doble determinación psíquica y social.

B. El dilema de la potencia
3. Donde hay estructura, hay acción

En Historia de la sexualidad II. El uso de los placeres ([1984] 2011), Michel Foucault propone comprender la resistencia como una interiorización del afuera del poder, una forma en la cual el poder se pliega sobre sí mismo. No se trata entonces, dirá el autor, de aquello que se encuentra en una posición de exterioridad respecto del poder, en otro registro, ni aquello que elude el poder, o que se reduce a un único lugar de rechazo; antes bien, se trata de concebir múltiples puntos de resistencia móviles y transitorios que surcan las estratificaciones sociales y las unidades individuales, a partir de cuya codificación estratégica puede tener lugar la transformación social.[11]

Ya desde El género en disputa ([1990] 2011), Judith Butler recupera a Foucault en este punto y afirma que el poder y la resistencia son coextensos, de manera tal que todo entramado de poder produce simultáneamente puntos de resistencia. Antes que una ruptura radical o revolucionaria con la estructura, antes que la posibilidad de articular un espacio libre más allá del poder; para Butler, la resistencia es entendida como una subversión crítica, un resultado potencial inmanente al poder.

Tal como vimos en el capítulo II, la acción performativa refiere a una práctica reiterativa y ritual del poder que produce lo que nombra al tiempo que engendra su exterior constitutivo, allí donde la reiteración supone siempre una distancia entre la acción que está siendo realizada y la regla que actualiza. En otras palabras, si las condiciones del poder deben ser reiteradas para que puedan persistir, el hecho mismo de que esta actualización incesante sea necesaria supone que el poder no se encuentra determinado de una sola vez y para siempre sino que está abierto a la contingencia. De allí que el proceso performativo de producción y reproducción de las estructuras sociales “(…) puede conllevar una modificación tal que el poder asumido o apropiado acabe actuando en contra del poder que hizo posible esa asunción” (Butler, [1997b] 2001:23) O dicho todavía en otros términos, es como resultado del proceso de constitución performativa de las estructuras que puede tener lugar una repetición tal que lejos de consolidar las normas, permita introducir un cambio que haga entrar en una crisis potencialmente productiva la fuerza de la normalización abriendo así paso a la transformación.

En este sentido, Butler distingue dos formas complementarias que asume el poder en relación al sujeto. Por un lado, se entiende que el poder produce y subordina al sujeto. Se trata del poder que es ejercido sobre el sujeto y que actualiza la subordinación que es condición de su existencia. De manera tal que el sujeto es entendido como un efecto del poder, poder que, como vimos, lo somete desde su propia constitución psíquica. Pero si hasta aquí la teoría butleriana parece recaer en el completo determinismo de los sujetos por parte de las estructuras, aún debemos agregar, siguiendo a Butler, que el hecho mismo de que la reiteración del poder sea necesaria supone que dicha subordinación nunca se acaba, nunca es del todo completa. El sujeto nunca está completamente determinado por el poder. Su devenir es más bien el resultado de una práctica de repetición impuesta pero incompleta y, por ello, llena de riesgos y abierta al cambio. En otras palabras, para Butler, el sujeto eclipsa al poder mediante el poder y, de este modo, se convierte en garante de su propia resistencia y oposición.

El sujeto es entonces él mismo un lugar de ambivalencia, puesto que emerge simultáneamente como efecto de poder y como condición de posibilidad de una forma de potencia. De allí que: “(…) cuando intentamos distinguir entre el poder que actúa [enacts] al sujeto y el poder puesto en práctica [enacted] por éste, es decir, entre el poder que forma al sujeto y el ‘propio’ poder de éste, surge una ambigüedad irresoluble” (Butler, [1997b] 2001:26). Butler denomina dilema de la potencia a esta dualidad en la que el poder es, al mismo tiempo, aquello que produce y determina al sujeto en su subordinación y lo que constituye la posibilidad del cambio.

En los términos en los que esto es planteado en Dar cuenta de sí mismo ([2005] 2009), el sujeto se auto-constituye en relación con un conjunto de normas sociales, normas que lo subordinan a la vez que lo producen instaurando su propia reflexividad. Es en el dar cuenta de sí que el sujeto se auto-produce; pero ese trabajo sobre el yo no tiene lugar con prescindencia de las normas, sino que se da siempre en un contexto normativo que precede y excede al sujeto y que fija los límites mismos de la inteligibilidad. Butler dirá entonces que no se trata de entender al sujeto como un mero efecto de la interpelación, inapelable e indiscutible; pero tampoco es posible dar cuenta de sí al margen de la estructura de interpelación. Más bien se trata de pensar la vinculación entre la autorrealización del sujeto, su dar cuenta de sí, y las normas que lo interpelan e instauran su reflexividad.

La relación que el yo asuma consigo mismo se establece en correspondencia con un conjunto de normas morales que configuran las formas posibles de inteligibilidad del sujeto. Sin embargo, la norma no produce al sujeto como su efecto necesario. Más bien, el modo en que el yo se forja en respuesta a un mandato, su manera de construirse y el trabajo que realice sobre sí mismo se mantiene abierto a la contingencia. De allí que, para Butler, “esa agencia ética nunca está del todo determinada ni es radicalmente libre” ([2005] 2009:33) El sujeto no es un mero efecto de la norma pero tampoco tiene plena libertad para ignorar la norma que instaura su reflexividad. Si bien hay lugar para la agencia, se da en el contexto de un campo facilitador y limitante de coacciones. En palabras de la autora:

(…) las normas no nos deciden de una manera determinista, aunque sí proporcionan el marco y el punto de referencia para cualquier conjunto de decisiones que tomemos a continuación. Esto no significa que un régimen de verdad dado fije un marco invariable para el reconocimiento: sólo quiere decir que este se produce en relación con ese marco, y también que en conexión con él se cuestionan y transforman las normas que gobiernan el reconocimiento. (Butler, [2005] 2009:37)

Según lo dicho hasta aquí, Butler propone seguir a Foucault para pensar la posibilidad de producir prácticas de desujeción que permitan exponer los límites del orden socio-histórico particular y de sus sujetos. Es precisamente a partir de la dimensión reflexiva que el sujeto podrá someter el horizonte normativo a una indagación crítica. O, dicho todavía en otros términos, es en el proceso de auto-constitución del sujeto que se puede producir una estética del yo que mantenga una relación crítica con las normas dominantes, exponiendo sus límites. Butler incluso agrega que un cuestionamiento de este tipo hace peligrar también al propio sujeto y su posibilidad de ser reconocido por otros, de manera tal que al disputar las normas sociales de reconocimiento, el sujeto se pone en riesgo como ser inteligible o reconocible. Dado que el sujeto se constituye en relación con esas normas, poner en cuestión el régimen de verdad que gobierna la subjetivación supone cuestionar la propia verdad y, por ende, el propio dar cuenta de sí, la propia subjetividad. Así, al disputar el régimen de verdad, se debate el régimen a través del cual el sujeto se constituye a sí mismo como un sujeto reconocible. Un auto-cuestionamiento de este tipo supone ponerse uno mismo en riesgo, hacer peligrar la posibilidad de ser reconocido por otros.

(…) Cuestionar las normas de reconocimiento que gobiernan lo que yo podría ser, preguntar qué excluyen, qué podrían verse obligadas a admitir, es, en relación con el régimen vigente, correr el riesgo de no ser reconocible como sujeto o, al menos, suscitar la oportunidad de preguntar quién es (o puede ser) uno, y si es o no reconocible ([2005] 2009:38)

A pesar de ello, Butler señala que el cuestionamiento al régimen de verdad establecido puede ser motivado por el deseo de reconocer a otro o ser reconocido por él. Esto es, ante la imposibilidad de alcanzar el reconocimiento dentro de las normas hegemónicas, el sujeto tiende a adoptar una relación crítica con ellas. En este sentido, lo inhumano se establece como un punto de partida crítico para un análisis de las condiciones sociales en que lo humano se constituye y des-constituye. Dicho esto, en el próximo capítulo nos dedicaremos a analizar distintos modelos a partir de los cuales Butler propone concebir la transformación de las estructuras como el resultado de la reintroducción de aquello que ha sido excluido del orden simbólico vigente.

4. Los sujetos como condición y consecuencia de las estructuras simbólicas

En los apartados anteriores hemos visto que las estructuras producen actos y sujetos mediante la repetición y la exclusión. Aún más, es a partir de la interpelación y la melancolía que los sujetos son constituidos en su subordinación a las estructuras simbólicas. Por otra parte, se entiende que el sujeto es asimismo el lugar en el cual dichas estructuras se actualizan vía la acción performativa y, por lo tanto, el locus para su potencial transformación. De manera tal que el sujeto es, al mismo tiempo, condición y consecuencia de las estructuras simbólicas. A partir de ello, en lo que sigue nos proponemos exponer el modo en que la teoría butleriana de la acción performativa y de las estructuras simbólicas se relacionan en torno a la categoría de sujeto.

En primer lugar, siguiendo a Butler, resulta posible concebir las estructuras como formaciones de poder variables históricamente que producen performativamente actos y sujetos. Si la performatividad es una cita que establece una complicidad originaria con el poder, el poder reiterativo del discurso mediante el cual éste produce lo que nombra, los fenómenos que regula e impone, al tiempo que engendra su exterior constitutivo, Butler propone pensar a los sujetos como el efecto de tal reiteración. Más específicamente, en este capítulo hemos expuesto el modo en que el sujeto se constituye a través de la interpelación y la melancolía; de manera tal que es sobre la base de una pérdida inaugural que dispone al sujeto a la subordinación y lo conduce a reconocerse en la voz autoritaria, de un vínculo apasionado con el poder que lo forma al tiempo que lo subordina, que las estructuras producen a los sujetos. Para Butler, el sujeto es pues una construcción que se presenta a sí misma como natural cuando no es sino resultado de prácticas reiterativas de poder situadas socio- históricamente y que, de hecho, son susceptibles de ser modificadas. De este modo, la autora se opone a toda concepción natural, esencial y estable del sujeto, ubicando su construcción en el centro de la escena. Construcción que es, desde ya, discursiva y, por ello, material, histórica y política.

En segundo lugar, si como ya dijimos, las estructuras simbólicas operan a través de la repetición y la exclusión, aún debemos agregar que la constitución de los sujetos supone toda una serie de exclusiones que producen un exterior como límite necesario que los funda y sostiene al tiempo que los desestabiliza. Ni cuerpos, ni sujetos, ni vidas, más bien, figuras ininteligibles, execrables, abyectas, fantasmas de discontinuidad e incoherencia. Butler dirá entonces que se trata de un exterior constitutivo que, si bien es presentado como natural y ahistórico, es el resultado de un entramado de relaciones de poder históricamente situadas y que, por lo tanto, puede ser transformado y políticamente disputado. A partir de ello, la autora postula la imposibilidad de establecer finalmente y por completo a los sujetos, en tanto siempre suponen la exclusión de una cierta particularidad.

Pero si bien hasta aquí parece ser que el sujeto se encuentra completamente determinado, Butler agrega que es precisamente en el sujeto donde tiene lugar la actualización de las estructuras sociales. El sujeto es entendido como aquel que podrá poner en práctica el poder, el mismo poder que lo subordina, a partir de la reescenificación de las estructuras, abriendo así paso a la posibilidad de su subversión. En este sentido, “(…) la potencia supone la asunción de un propósito no pretendido por el poder, el cual no hubiese podido derivarse lógica o históricamente y opera en una relación de contingencia e inversión con respecto al poder que lo hace posible y al que no obstante pertenece” (Butler, [1997b] 2001:26) O, dicho en los términos en que esto es presentado en Dar cuenta de sí mismo ([2005] 2009), es a partir de la dimensión reflexiva del sujeto, aquella que es, al mismo tiempo, resultado de las normas y condición para su crítica, que el sujeto se auto- produce como ser inteligible y puede, asimismo, distanciarse de las normas que lo constituyen, poniendo en cuestión el orden normativo hegemónico.

Por consiguiente, postulamos que en la teoría butleriana el sujeto no se encuentra absolutamente determinado por el poder, ni tampoco determina completamente al poder, sino que ambas cosas ocurren parcialmente. En palabras de la autora:

Yo sugeriría que la complicidad primaria con la subordinación no conduce forzosamente a ninguna conclusión histórica o lógica, pero que sí abre algunas posibilidades tentativas. El hecho de que la potencia esté comprometida en la subordinación no es señal de una inevitable contradicción interna en el núcleo del sujeto ni, por consiguiente, una prueba adicional de su carácter pernicioso u obsoleto. Pero tampoco permite restaurar una visión prístina del sujeto derivada de formulaciones liberales-humanistas clásicas, donde la potencia aparece siempre y exclusivamente, en oposición al poder (Butler, [1997b] 2001:28)

Por un lado, como ya vimos, si bien el sujeto es producido en su subordinación, es al mismo tiempo el locus necesario para la actualización de dicha subordinación y, por lo tanto, condición de su potencia. De manera tal que la complicidad del poder con la subordinación no conduce a ninguna conclusión necesaria. Si las estructuras simbólicas son el resultado de la reiteración de normas y prácticas que tiene lugar en los sujetos, podemos decir, siguiendo a Butler, que es precisamente en el sujeto que se podrá producir una repetición tal que logre subvertir las estructuras de poder que lo subordinan. Es en la distancia abierta entre la norma y su actualización o puesta en práctica que se abre paso a la posibilidad de una repetición que lejos de reproducir la norma, la subvierta. Así se entiende que la acción transformadora es una potencialidad inherente al proceso de reproducción social de las estructuras. En este sentido, como ya dijimos en el capítulo I, nos oponemos a aquellas interpretaciones que entienden la teoría butleriana como un exponente de la perspectiva determinista (Benhabib, 1995; Mc Nay, 2000; Nussbaum, 1999; Boucher, 2006).

Por otro lado, si las estructuras simbólicas se constituyen a partir de la repetición performativa de prácticas y normas, repetición que tiene lugar en los sujetos; y, al mismo tiempo, los sujetos son el efecto de las estructuras, podemos concluir que el sujeto produce las estructuras al tiempo que es producido por éstas. Lo que quiere decir que el sujeto establece las condiciones de su propia subordinación o se constituye subordinándose a las estructuras que él mismo actualiza. Dicho todavía en otros términos, el sujeto reproduce las estructuras simbólicas que lo constituyen y, de este modo, se reproduce como sujeto subordinado. Sin embargo, no por ello se supone que el sujeto puede manipular el poder a su antojo. Más bien, de lo que se trata es de un poder que si bien no determina condiciones necesarias, sí establece un marco de posibilidades contingentes para la agencia.

En este punto, nuestra interpretación difiere de quienes caracterizan la obra de Butler como un exponente del voluntarismo de la acción (Bourdieu, [1998] 2000; Copjec 2006b; Amorós, 2005; Boucher, 2006). Antes bien, aquí planteamos que la propuesta de esta autora desafía la idea de un sujeto soberano autónomo capaz de decir aquello que quiere y de dar sentido a las palabras del modo que quiere. Una de las apuestas fuertes de esta tesis doctoral consiste en sostener que la teoría butleriana logra desarrollar un abordaje relacional respecto del problema de la estructura y la acción, evitando recaer en una visión dicotómica donde se privilegie el determinismo estructural o el voluntarismo subjetivista.

4.1 Sobre la constitución sexo-genérica de los sujetos

El pensamiento de Judith Butler forma parte de una extensa tradición feminista que se ha abocado a analizar las categorías de sexo, género y deseo, así como la constitución de los sujetos sexuados/generizados desde distintas perspectivas teóricas. En este sentido, sea a través de la recuperación de algunos de sus principales postulados o del diálogo crítico con ellos, la teoría butleriana se nutre de toda una serie de debates propios del campo de estudios sobre el género y las sexualidades que constituyen una parte fundamental de sus antecedentes teóricos. Si bien en esta tesis no nos hemos dedicado a exponer acabadamente el diálogo de Butler con la teoría feminista, en el presente apartado nos proponemos recuperar los desarrollos de la autora en este punto, con miras a actualizar el problema de la relación entre la estructura y la acción tal y como ha sido pensado en la teoría social.[12]

En El género en disputa ([1990] 2011), Judith Butler señala que la coherencia o unicidad interna de las identidades supuesta en un sistema de géneros binario y opuesto encuentra su fundamento en una heterosexualidad estable que presupone una relación causal y coherente entre sexo, género y deseo en la cual el género refleja o está limitado por el sexo y el deseo refleja o expresa el género. Ante ello, la autora sostiene que incluso si aceptamos que el género corresponde a los significados culturales del cuerpo sexuado, de allí no se desprende que solamente un género sea producto de un sexo. Esto es, aunque los sexos sean considerados binarios, no hay razón para pensar que los géneros también lo sean. Más bien, la distinción entre sexo y género, llevada a su límite lógico, muestra una discontinuidad radical entre cuerpos sexuados y géneros culturalmente construidos.

Aún más, lejos de circunscribir su crítica al sistema binario de géneros, Butler cuestiona asimismo el carácter invariable del sexo y propone pensarlo como una construcción tan cultural como el género. Para Butler, el género es “(…) el medio discursivo/cultural a través del cual la ‘naturaleza sexuada’ o un ‘sexo natural’ se forma y establece como ‘prediscursivo’, anterior a la cultura, una superficie políticamente neutral sobre la cual actúa la cultura” (Butler, [1990] 2011:56); mientras que el sexo, biológico y natural, es el resultado del aparato de construcción cultural nombrado por el género que asegura su estabilidad interna y el marco binario situando la dualidad del sexo en un campo prediscursivo. O dicho todavía en otros términos, siendo la performatividad el poder reiterativo del discurso que produce los efectos que nombra, el sexo, en su materialidad, es un efecto político y cultural de tal reiteración que, además, crea la ilusión de una sustancialidad previa.

En Cuerpos que importan ([1993] 2010), Butler incluso propone concebir al sexo como un “ideal regulatorio” cuya fuerza se manifiesta produciendo, demarcando, circunscribiendo y diferenciando los cuerpos que gobierna en su materialidad. “Las normas reguladoras del ‘sexo’ obran de una manera performativa para constituir la materialidad de los cuerpos y, más específicamente, para materializar el sexo del cuerpo, para materializar la diferencia sexual en aras de consolidar el imperativo heterosexual” (Butler, [1993] 2010:18). De modo que una vez entendido el sexo en su normatividad, la materialidad del cuerpo sólo podrá concebirse a partir de la materialidad de esta norma reguladora.

Desde esta perspectiva, la distinción entre sexo y género en correlación con el par biología/cultura, se difumina, abriendo paso a la resignificación de las ficciones de coherencia heterosexual. Para esta autora, el sexo y el género, así como las identidades constituidas en torno a la unidad de experiencia de sexo-género-deseo, son entendidos como efectos performativos del discurso, productos de una relación política de vinculación creada por la sedimentación de normas que determinan y reglamentan la forma y el significado de la sexualidad. El cuerpo es una construcción que, ni verdadera ni falsa, se presenta a sí misma como natural, cuando no es sino el resultado de una práctica discursiva de poder variable históricamente. Lejos de ser una simple facticidad que, en tanto terreno o superficie del género, no tiene valor y es anterior a la significación, el cuerpo sexuado es un límite variable, una superficie permeable políticamente regulada, “(…) una práctica significante dentro de un campo cultural en el que hay una jerarquía de géneros y heterosexualidad obligatoria” (Butler, [1990] 2011:271). Se trata pues de una invención fabricada discursivamente como esencia interior que, al ser aceptada como dato primario, logra enterrar y enmascarar efectivamente las relaciones de poder que la constituyen.

En la medida en que el poder opere con éxito constituyendo el terreno de su objeto, un campo de inteligibilidad, como una ontología que se da por descontada, sus efectos materiales se consideran datos materiales o hechos primarios. Estas positividades materiales aparecen fuera del discurso y el poder, como sus referentes indiscutibles, sus significados trascendentales. Pero esa aparición es el momento en que más se disimula y resulta más efectivo el régimen de poder/ discurso (Butler, [1993] 2010:64)

En este marco, Butler ([1990] 2011; [1993] 2010) destaca la centralidad del proceso de sexuación/generización en la formación subjetiva. La autora sostiene entonces que el sujeto se constituye como sujeto sexuado/generizado mediante la interpelación de normas culturales históricamente moldeadas que subjetivan a los individuos, los vuelve inteligibles, asignándoles un sexo y un género ajustado a normas reconocibles. Más específicamente, es a partir de la interpelación sexo-genérica producida inicialmente por el llamado del médico que convierte al bebé en niño o niña introduciéndolo en el terreno del lenguaje y del parentesco incluso antes de su nacimiento, que el sujeto tiene lugar. No existe pues sujeto que no haya atravesado este proceso de interpelación sexo-genérica y, por lo tanto, no hay sujeto que no esté ya sexuado/generizado. A partir de ello, la autora argumenta que

sería erróneo pensar que primero debe analizarse la ‘identidad’ y después la identidad de género, por la sencilla razón de que las ‘personas’ sólo se vuelven inteligibles cuando poseen un género que se ajusta a normas reconocibles de inteligibilidad de género (Butler, [1990] 2011:70)

En este mismo sentido, podemos decir que los sujetos sólo son inteligibles cuando su sexo se ajusta a las normas de los cuerpos reconocibles. De allí que resulta erróneo concebir al sujeto de sexo/género como un tipo particular de una entidad general; antes bien, se entiende que todo sujeto se encuentra siempre ya sexuado/generizado. Dicho todavía en otros términos, los procesos de sexuación/generización, lejos de ser formas subsidiarias de caracterización de los sujetos, constituyen mecanismos fundamentales del proceso estructural de la sujeción.

Aún debemos agregar que, si como vimos anteriormente, el yo es el resultado de identificaciones melancólicas que tienen lugar a partir de la pérdida e internalización de determinados objetos de amor; Butler va a decir que la formación del yo genérico es el resultado de una serie de identificaciones melancólicas producto del repudio de los vínculos no heterosexuales. De este modo, las posiciones de lo masculino y lo femenino en tanto posiciones heterosexuales se establecen, según señala esta autora, a partir de prohibiciones que exigen la pérdida de ciertos vínculos sexuales a la vez que imposibilitan el reconocimiento de dichas pérdidas. De allí que, tal como señalamos en el capítulo anterior, para Butler, la heterosexualidad no se produce sólo a través de la prohibición del incesto sino imponiendo previamente la prohibición de la homosexualidad. Cito in extenso:

Si aceptamos la idea de que la prohibición de la homosexualidad opera a lo largo y ancho de una cultura mayoritariamente heterosexual como una de sus operaciones definitorias, entonces la pérdida de los objetos y las finalidades homosexuales parecería estar repudiada desde el principio (…) Cuando ciertos tipos de pérdidas son impuestas por unas prohibiciones culturalmente dominantes, ello da lugar a una forma culturalmente dominante de melancolía la cual señala la internalización de la carga homosexual no llorada y no llorable (Butler, [1997b] 2001:154)

A partir de ello, Butler incluso argumenta que el cuerpo debe entrar en la teorización de la norma y la fantasía como “(…) el sitio en que el deseo de la norma toma forma y la norma cultiva el deseo y la fantasía al servicio de la propia naturalización” (Butler et al., [2000] 2011:160). Así pues si la norma es siempre ya sexualizada y sexualizante, y la sexualidad se encuentra constituida, aunque no determinada, por la norma; es en el cuerpo sexuado donde la norma estructura la fantasía y la fantasía pone en práctica la norma.

Pero si hasta aquí hemos dicho que el sujeto se constituye a partir de la interpelación de normas sexo-genéricas y de identificaciones melancólicas que son producto del repudio de vínculos homosexuales, aún debemos agregar que es asimismo en el sujeto donde dichas normas se actualizan y reproducen de continuo, abriendo paso a la posibilidad de su subversión. De manera tal que si bien el sujeto se encuentra determinado parcialmente por las normas sexo-genéricas que lo constituyen, es también el lugar para su reformulación.

Dicho esto, Butler sostiene que de lo que se trata es de identificar lo limitado y limitante que es el marco cultural vigente para pensar lo humano, preguntarse qué es lo que reprime y excluye, para expandir la definición de lo humano de manera tal que sea posible incorporar las vidas de aquellas personas que no son consideradas sujetos. Tal es, según la autora, la tarea pendiente de los derechos humanos y de toda cultura democrática: articular una nueva concepción de lo humano más amplia y más inclusiva. De modo que las formas limitadas de lo humano, geográficas, raciales, religiosas, sexuales/genéricas, deberán retroceder ante nuevas formas más amplias de lo que consideramos como una comunidad global. Es entonces con este horizonte que en el próximo capítulo nos dedicaremos a analizar los modelos a partir de los cuales Butler propone concebir la transformación social.

Ahora bien, como ya dijimos, en esta tesis no pretendemos producir una interpretación innovadora de los textos de Judith Butler en torno al proceso de sexuación/generización de los sujetos. Antes bien, nuestra principal apuesta en este punto consiste en afirmar que dichas formulaciones aún no han sido incorporadas a los debates sobre el problema de la estructura y la acción, por lo que es en este campo donde adquieren principal relevancia y novedad. Aún más, en relación a los referentes que hemos recuperado para pensar un abordaje relacional de este problema, cabe destacar que si bien Pierre Bourdieu ([1998] 2000) ha trabajado el tema de la diferencia sexual y la dominación masculina en su obra, ofrece una concepción más bien monolítica sobre las relaciones de género que no permite pensar elementos desestabilizadores en relación al régimen vigente.[13] En este sentido, argumentamos que uno de los aportes más importantes de Judith Butler a la teoría social consiste en exponer el carácter constitutivo de los procesos de sexuación y generización de los sujetos, desmitificando la universalidad que usualmente se le asigna al sujeto masculino en el pensamiento moderno.

5. A modo de conclusión

En este capítulo nos hemos propuesto exponer el modo en que, según entendemos, la teoría butleriana de la acción performativa y de las estructuras simbólicas se articulan en torno a la categoría de sujeto.

En este sentido, en primer lugar, nos dedicamos a presentar la paradoja de la sujeción a partir de la cual Butler refiere al proceso de simultánea producción y subordinación de los sujetos. La hipótesis específica que presentamos en este punto consiste en sostener que es vía la teoría althusseriana de la ideología y la concepción freudiana de la melancolía que Butler retraduce en sus propios términos la tesis lacaniana sobre la constitución del sujeto barrado como resultado de la subordinación a lo simbólico.

Si Louis Althusser concibe la interpelación como el mecanismo a partir del cual la ideología convoca al individuo y lo constituye como sujeto mediante el reconocimiento y posterior desconocimiento del llamado de otro; Butler propone entenderlo además como un acto performativo. Así pues, en clara consonancia con la formulación althusseriana, Butler comprende la interpelación como una práctica de poder que subordina o domina al sujeto desde afuera y, al mismo tiempo, lo produce como tal. Pero al destacar la performatividad de la interpelación, la autora agrega que se trata de un mecanismo que convoca, produce y subordina al sujeto mediante la repetición ritualizada de normas y prácticas, incorporando así la posibilidad de que se produzcan repeticiones que, lejos de reproducir las normas sociales, abran una distancia entre el nombre o categoría social con la que el sujeto es interpelado y su apropiación.

Por otro lado, Butler argumenta que la subordinación del sujeto al poder supone necesariamente cierta disposición o deseo anticipador que lo conduzca a darse vuelta ante el llamado del otro. En este sentido, la autora recupera los desarrollos de Sigmund Freud respecto del duelo y la melancolía, señalando una serie de corrimientos en las propias formulaciones del autor, y concluye que es a través de la melancolía que se fabrica la distinción entre vida interior y exterior y, más aún, se instituye la topografía psíquica yo- superyó. Butler dirá entonces que es a través de las identificaciones melancólicas que el sujeto incorpora el objeto perdido a la conciencia y una determinada configuración del mundo social que, lejos de operar miméticamente, supone la activación del vínculo fantasmático con ideales que son, a la vez, sociales y psíquicos.

Hasta aquí hemos visto que las estructuras sociales subordinan y producen a los sujetos a través de la interpelación y la melancolía. Sin embargo, aún queda preguntarnos por la posibilidad del cambio en un esquema en el que, como vimos, el sujeto se forma mediante una determinación psíquica y social. En este sentido, Butler retoma la concepción foucaultiana de la resistencia entendida como una forma que adopta el poder, un pliegue del poder sobre sí mismo, y destaca la posibilidad de que en el proceso de constitución performativa una determinada repetición produzca un corrimiento respecto de la norma actualizada y, por lo tanto, haga entrar en crisis el orden vigente. El hecho de que las estructuras deban ser reiteradas para persistir supone que éstas no están absolutamente determinadas sino que se encuentran en constante construcción, por lo que resulta posible que se produzcan reiteraciones subversivas que abran paso a la posibilidad de la transformación social. En resumen, Butler distingue dos formas que asume el poder en relación al sujeto: por un lado, el poder produce y subordina al sujeto pero, sin embargo, no lo determina por completo; por otro lado, el poder es asumido y puesto en práctica por el sujeto, sin por ello ser un mero efecto de su voluntad. La autora denomina dilema de la potencia a esta ambivalencia.

Por último, a lo largo de este capítulo, hemos señalado dos aportes fundamentales de Judith Butler a la teoría social a partir de los cuales seguir pensando el problema de la estructura y la acción en nuevos términos. En primer lugar, argumentamos que resulta necesario incorporar el registro de la fantasía en relación a la norma reguladora para comprender el proceso de simultánea producción y subordinación de los sujetos, así como de su potencial transformación. En segundo lugar, afirmamos que la teoría social debe considerar los procesos de sexuación/generización ya no como formas subsidiarias de caracterización de los sujetos, sino como parte constitutiva de la producción subjetiva.


  1. Butler cita dichos cursos en su edición norteamericana, bajo el título “Two Lectures” publicados en Power/Knowledge: Selected Interviews and Other Writings 1972-1977.
  2. Si bien en esta tesis no nos dedicaremos a trabajar específicamente el diálogo que Judith Butler entabla con G. W. Friedrich Hegel a lo largo de su obra, cabe destacar que en Mecanismos psíquicos del poder ([1997b] 2001) Butler inicia su reflexión sobre el carácter constitutivo del sometimiento con un análisis de la transición entre las secciones “Señorío y servidumbre” y “La libertad de la autoconciencia” de la Fenomenología del espíritu de G. W. Friedrich Hegel ([1807] 1985). Allí la autora propone entender la estructuración dual de la conciencia desgraciada de Hegel a partir de la distinción entre el pensamiento y la corporeidad. De manera tal que la propia conciencia queda desdoblada en dos momentos: siendo lo inmutable el pensamiento puro anhelado por los estoicos; el ámbito cambiante de las apariencias será, para Butler, el propio cuerpo. En este punto, y siguiendo a Hegel, para quien la plena dialectización sólo es posible a través de la subordinación de lo mudable al servicio del pensamiento, Butler sostiene que la superación de la dualidad supone la subordinación del cuerpo respecto del pensamiento. La conciencia desventurada se aferra a sí misma legislando una norma ética, un cierto imperativo, y al mismo tiempo se desvincula de su propio cuerpo, lo niega, lo subordina a la norma. Se establece así, dirá Butler, una relación entre el sometimiento corporal y la formulación de imperativos éticos que la conciencia desgraciada exige y pone en práctica. Sin embargo, mientras Hegel entiende este empobrecimiento o autosacrificio como un momento necesario que inicia el camino dialéctico hacia la conciencia indivisa que es conciencia doble, espíritu; aquí postulamos que Butler detiene la dialéctica en la conciencia desgraciada al entender la subordinación como condición constitutiva del sujeto. Dicho esto, nos parece interesante señalar que ya desde su tesis de doctorado, publicada con el título Sujetos del deseo. Reflexiones hegelianas en la Francia del siglo XX ([1987] 2012), Butler se ha interesado por la relación entre el deseo y el reconocimiento en la Fenomenología del espíritu ([1807] 1985) de Hegel y su influencia en la teoría francesa. Más adelante, en Dar cuenta de sí mismo ([2005] 2009) Butler indaga sobre la pregunta por el deseo de reconocimiento como motor del sujeto; en El grito de Antígona ([2000] 2001), desarrolla su propia lectura sobre el mito de Antígona en contraposición con la ya clásica interpretación de Hegel; y en Los sentidos del sujeto ([2015a] 2016), la autora explora el modo en que las pasiones intervienen en la constitución del sujeto a partir de su debate con Hegel. Para una reconstrucción detallada sobre la lectura que Judith Butler realiza respecto de la Fenomenología del Espíritu ([1807] 1985) de Hegel en Sujetos del deseo ([1987] 2012) y Mecanismos psíquicos del poder ([1997b] 2001), ver Suniga (en prensa). Para un análisis sobre el capítulo V de la Fenomenología del espíritu donde G. W. Fredrich Hegel desarrolla este pasaje hacia el espíritu, ver Razón y libertad (1994) de Rubén Dri. Sobre el debate entre Slavoj Zizek y Ernesto Laclau acerca de la necesidad o contingencia de las transiciones dialécticas hacia el espíritu absoluto de Hegel, ver: Contingencia, hegemonía y universalidad (Butler et al., [2000] 2011). Por su parte, Jean- Luc Nancy (2002) se opone a las lecturas que abordan el tema de la libertad en Hegel como formando parte de una clara teleología, al postular el desasosiego del yo como modo de devenir y expresión específica de su libertad.
  3. Si bien el sujeto es presentado a menudo como si fuese intercambiable con ‘la persona’ o ‘el individuo’, “la genealogía de la categoría crítica del sujeto sugiere que, más que identificarse de manera estricta con el individuo, debe considerarse al sujeto como una categoría lingüística, un comodín, una estructura en formación. Los individuos llegan a ocupar el lugar del sujeto y adquieren inteligibilidad sólo en tanto que están, por así decir, previamente establecidos en el lenguaje (…) Ningún individuo deviene sujeto sin antes padecer sujeción o experimentar subjetivación” (Butler, [1997b] 2001:22).
  4. En este punto, Butler ([1997b] 2001) propone comprender la noción hegeliana de la autoconciencia, el retorno desde la diferencia, desde el ser-otro, al modo del darse vuelta. Para esta autora, tanto Hegel como Althusser entienden al sujeto como el resultado de un movimiento de reflexividad a partir del cual el mundo sensible y perceptible, en términos hegelianos, la ley en Althusser, o la voz autoritaria, en términos butlerianos, son recapitulados como un rasgo de la autoconciencia o del sujeto.
  5. En Marcos de guerra. Las vidas lloradas ([2009] 2010), Butler agrega que esta vulnerabilidad que refiere al lazo original con el otro se explota diferencialmente bajo ciertas condiciones sociales y políticas, por lo que determinadas poblaciones están más expuestas que otras a la violencia y la muerte. Se produce así una distribución diferencial de la vida y la muerte, de aquello que es o no considerado una vida y de aquello que es o no susceptible de ser llorado. Retomaremos este punto más específicamente en el próximo capítulo.
  6. En Mecanismos psíquicos del poder ([1997b] 2001), Butler señala la subordinación o vulnerabilidad original respecto de un otro como condición de posibilidad para la constitución del sujeto. Y agrega que dicha vulnerabilidad ante la ley queda ejemplificada en la vuelta en dirección a ella con la esperanza de recibir una identidad mediante la identificación con el infractor de la ley. Ese individuo que no se encuentra en una situación de infracción antes de que se lo interpele, se constituye como sujeto social precisamente al ser amonestado mediante la interpelación. La existencia social del sujeto sólo puede obtenerse a través de una adhesión culpable a la ley, donde la culpabilidad garantiza la interpelación y la continuación de la existencia del sujeto. De manera análoga, en Dar cuenta de sí mismo ([2005] 2009), la autora presenta brevemente la propuesta nietzscheana como un ejemplo en que la constitución de los sujetos es entendida como el resultado de la interpelación de un sistema de justicia que impone un castigo y, a partir de ello, obliga a dar cuenta de sí.
  7. Más específicamente, Foucault ([1984] 2011) señala la permanencia de ciertos esquemas de comportamiento y prácticas de sí que han marcado la ética cristiana y la moral de las sociedades modernas. Se trata de toda una moral sobre el comportamiento sexual que pretende formar, educar y vigilar la sexualidad de los individuos, al tiempo que los constituye como sujetos de sexualidad. Dicha moral se dirige a los individuos principalmente con ocasión de las conductas que no son objeto de prohibiciones legales, de modo que “es necesario comprender estos temas de la austeridad sexual, no como una traducción o un comentario a prohibiciones profundas y esenciales, sino como elaboración y estilización de una actividad en el ejercicio de su poder y la práctica de su libertad” (Foucault, [1984] 2011:29).
  8. En la sección titulada “Señorío y servidumbre” de la Fenomenología del espíritu ([1807] 1985), G. W. Fredrich Hegel comprende el señorío y la servidumbre como el resultado necesario ante la experiencia del miedo en la lucha a muerte por el reconocimiento. Esto es, antes de que la lucha animada por la búsqueda de ser reconocido por el otro devenga en la muerte de una de las autoconciencias, una de ellas experimenta el miedo a la muerte y, por lo tanto, se somete, mientras que aquella que ha despreciado la vida adquiere verdadero poder sobre la primera. Quien se someta será el siervo entendido como el ser para otro; quien domine será el señor, ser para sí de la autoconciencia. A partir de ello, Butler dirá entonces que es ante el dilema entre la existencia en la subordinación o la no existencia (entre la servidumbre y la muerte) que el sujeto se constituye subordinado (siervo) al poder (amo).
  9. En este punto, Butler ([1997b] 2001) sostiene que el vínculo que el sujeto mantiene con el poder tiene su equivalente en la historia personal en los primeros objetos de amor. A partir de ello, Stavrakakis argumenta que si bien Butler coincide con Lacan al sostener que no hay formación de la subjetividad sin subordinación, “parece, sin embargo, que ella permanece dentro de los límites de una conceptualización algo tradicional del poder cuando personaliza su posición (aquellos a los que estamos subordinados son presumiblemente nuestros padres, especialmente durante los años tempranos de formación)” (Stavrakakis, 2007:44) En esta tesis postulamos, en cambio, que lejos de circunscribir la concepción del poder simultáneamente formador y subordinador a la conducta parental, Butler produce una teoría de la sujeción que no se limita a la presencia física o conducta de los padres tal como sugiere Stavrakakis. En este sentido, es importante advertir que, para esta autora, el reconocimiento excede las perspectivas de quienes lo otorgan o reciben, ya que se sustenta en un conjunto de normas que lo hacen posible. La posibilidad del reconocimiento exige así una normatividad del campo social, es decir, ciertas disposiciones y marcos culturales a partir de los cuales un sujeto se presenta como humano, inteligible, visible o reconocible (Butler, [1997b] 2001; [2005] 2009).
  10. Ya en Tótem y tabú ([1913] 1968) Freud había señalado, en relación al mito de los orígenes del totemismo, la ambivalencia de sentimientos de amor y odio que los hermanos experimentan respecto a la figura del padre como puntapié inicial para pensar la identificación e incorporación de la ley. Es entonces previo asesinato del padre y banquete totémico que, según señala el autor, los hermanos expulsados se identifican con el ideal del padre, incorporándolo. De manera que “lo que el padre había impedido anteriormente, por el hecho mismo de su existencia, se lo prohibieron luego los hijos a sí mismos, en virtud de aquella obediencia retrospectiva (…)” (Freud, [1913] 1968:186) Dicho esto, postulamos que es a través de su particular lectura sobre la melancolía que Butler retoma implícitamente la explicación freudiana sobre la introyección de la ley para pensar la íntima relación que el sujeto establece con el poder desde su constitución psíquica. Y, de este modo, la autora logra recuperar los presupuestos fundamentales que operan en la identificación e incorporación freudianas evitando las alusiones directas al complejo de Edipo.
  11. Michel Foucault ha recibido gran cantidad de críticas en torno a su conceptualización sobre la resistencia. En este sentido, Seyla Benhabib (1995) señala que, para Foucault, todo acto de resistencia es una manifestación de un complejo omnipresente de discurso-poder, como si aquellos que negociaran o resistieran al poder no existieran y las luchas fueran entre paradigmas de discurso y articulaciones de poder-saber en competencia. Por su parte, Nancy Fraser (1989) sostiene que la teoría foucaultiana carece de un marco normativo que permita determinar por qué resulta necesario resistir al régimen de saber-poder. Como hemos visto en el capítulo II, Benhabib y Fraser redirigen críticas similares a la propuesta butleriana. Desde otra perspectiva, en San Foucault. Para una hagiografía gay (2007), David Halperin se opone a los críticos de la “izquierda tradicional” para quienes la teoría foucaultiana refiere a formas contemporáneas de dominación tan completas en sus operaciones y tan abrumadoras en sus efectos que no dejan lugar para la resistencia individual o colectiva; y destaca, antes bien, la posibilidad que incorpora Foucault de resistir al poder desde el poder. Para un análisis sobre la teoría foucaultiana y su influencia en la política sexual, ver Halperin (2007).
  12. Algunos trabajos que se han dedicado a analizar los textos de Judith Butler en relación a la tradición feminista son, por ejemplo: Sabsay (2007a, 2010); Dorlin (2009); Femenías (2000, 2003); Pérez Navarro (2008); Soley Beltrán (2009, 2012); Lloyd (2007); De Mauro Rucovsky (2016), entre otros. Sobre la teoría butleriana y sus implicancias para pensar el sujeto sexuado/generizado, ver además Sabsay (2007a, 2007b, 2008, 2010, 2011, 2012), Salamon (2010), Lloyd (2007), Salih (2002), Femenías (2000, 2003), De Mauro Rucovsky (2016), Pérez Navarro (2008), Vacarezza (2011, 2015), entre tantos otros.
  13. Mc Nay (2000) señala que si bien Bourdieu aborda el tema de La dominación masculina ([1998] 2000), lo hace sin problematizar la relación de subordinación de la mujer, de manera tal que la fuerza determinante del principio transhistórico de la dominación masculina resulta en un abordaje monolítico de la reproducción de las relaciones de género. En esta tesis acordamos con la crítica de Mc Nay a Bourdieu en este punto. Para Mc Nay esto se debe a que Bourdieu no logra extender las implicancias de las nociones de campo y habitus en su entendimiento sobre las identidades de género. De allí que una de las principales apuestas de la autora consiste precisamente en repensar la generización de los sujetos a partir de la concepción bourdiana de la relación entre el campo y el habitus.


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