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Capítulo II. Actos de habla, iteración y poder

La teoría butleriana de la acción performativa

Durante el siglo XX se han reformulado algunos de los problemas filosóficos tradicionales más importantes en los términos de un nuevo paradigma teórico. La expresión “giro lingüístico” (Rorty, [1967] 1990) resume este cambio de enfoque conforme al cual el lenguaje deja de ser entendido como un medio que permite representar la realidad anterior a la nominación lingüística y pasa a ser coextensivo a la misma. A partir de ello, se ha producido una revolución en el ámbito de las ciencias que no se agota en una reformulación de las áreas de investigación, tópicos y focos de análisis, sino que abarca una verdadera reconfiguración del pensamiento social en su conjunto. En este sentido, lejos de que el quiebre de la ilusión moderna en la objetividad de nuestros sistemas de saber conduzca a un relativismo absoluto, de lo que se trata es de comprender el modo en que la realidad se construye discursivamente, orientando el análisis hacia la producción, apropiación y circulación social de los sentidos (Palti, 1998; Howarth, 2000).

Más específicamente, siguiendo a Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, sostenemos que las teorías contemporáneas del discurso se caracterizan por producir tres corrimientos fundamentales. A) En primer lugar, el discurso no refiere a un tipo específico de objetos, un estilo en la producción de enunciados, un tema común, o un lenguaje en uso o un texto y habla en contexto; antes bien, de lo que se trata, es de entenderlo como un punto de vista a partir del cual concebir el mundo social. Lo que caracteriza a esta perspectiva discursiva es que supone que todo objeto y toda acción es significante y su sentido es un producto históricamente construido, de manera tal que la propia posibilidad de percepción, pensamiento y acción depende de la estructuración de un cierto campo de significación que le otorga sentido al mundo. B) En segundo lugar, y según lo dicho hasta aquí, se disuelven las diferencias sustanciales entre prácticas discursivas y no discursivas, o entre los aspectos lingüísticos y la agencia de una práctica social. Antes bien, se comprende que todo objeto es objeto de discurso en tanto emerge en el marco de una superficie significante, por lo que la diferencia entre la estructura y la acción corresponde a una distinción categorial interna a la propia producción social de sentido que adopta la forma de totalidades discursivas. c) Por último, si en lo anterior hemos argumentado que la objetividad se constituye discursivamente, aún debemos agregar que la subjetividad se produce del mismo modo. Desde esta perspectiva, ningún objeto ni sujeto existe bajo la forma de una positividad dada y delimitada sino que siempre se encuentran atravesados por la contingencia de la producción significante. De allí que el sujeto no sea entendido como fuente de sentido, sino como una posición en una totalidad discursiva (Laclau, 1993; Laclau & Mouffe, 2004).

En esta tesis consideramos la perspectiva sobre la performatividad de Judith Butler como paradigmática de este modo de concebir el discurso. Incluso sostenemos que dicha conceptualización constituye el fundamento de su teoría social. Y esto porque, como veremos, para esta autora, no se trata simplemente de pensar a la sociedad y sus sujetos al modo del lenguaje, sino que éstos son más bien entendidos a partir de una concepción productiva, constitutiva, esto es, performativa del discurso. Allí donde la performatividad refiere a una práctica reiterativa y ritual de poder que produce lo que nombra, así como su exterior, a la vez que esconde el proceso político e histórico que atraviesa su propia constitución mediante un efecto de naturalización.

Ahora bien, como ya dijimos, la apuesta general de esta tesis doctoral consiste en producir un primer momento de paráfrasis y rearticulación conceptual que nos permita leer el corpus teórico de Judith Butler a partir de un nuevo horizonte problemático: la relación entre la estructura y la acción. De manera tal que la exposición interpretativa que realizamos a lo largo de estas páginas tiene como eje central insertar los desarrollos de esta autora en el campo de los debates tradicionales de la teoría social. Para ello, partimos de la hipótesis general de que resulta posible componer una teoría butleriana sobre la acción performativa y las estructuras simbólicas que es el resultado de una tensión productiva entre dos campos de fuerza.

En este sentido, en el presente capítulo nos dedicamos a presentar lo que consideramos es la teoría butleriana sobre la acción performativa como el resultado de la puesta en tensión entre la tesis foucaultiana sobre la productividad e inmanencia de las relaciones de poder-saber y la tesis lacaniana sobre la falta de significado. Incluso argumentamos que, en este punto, la crítica derrideana a la teoría de los actos de habla opera al interior de la teoría butleriana como instancia mediadora entre estos dos campos. Dicho en otros términos, es precisamente a través de la teoría derrideana que Butler logra articular el carácter inmanente del poder respecto de la acción performativa y el carácter constitutivo del exterior que se encuentra siempre barrando o agrietando el orden de sentido.

A partir de lo dicho hasta aquí, afirmamos que resulta posible concebir butlerianamente los procesos de producción, reproducción y transformación de las estructuras sociales y de sus sujetos como resultado de la acción performativa. Por un lado, tomando como punto de partida el carácter ritual de la acción, las estructuras sociales son entendidas como el resultado de la sedimentación de normas y prácticas repetidas, citadas, reiteradas ritualmente. Aún más, dado que la acción performativa opera reactivando el sentido objetivado, es mediante la repetición ritual de determinadas convenciones duraderas que se producen y reproducen las estructuras sociales. Sin embargo, el ajuste entre la repetición y su contexto previo es sólo una de las formas posibles de acción en Butler. La producción y reproducción de las estructuras no es pues el producto automático de un proceso mecánico a partir del cual la regla condiciona la repetición y ésta reproduce las estructuras. Más bien, es un proceso abierto a la posibilidad de la subversión y la transformación. De este modo, sostenemos que Butler logra ampliar la concepción sobre la acción más allá del modelo de la reproducción social para pensar la transformación como potencia intrínseca de este mismo proceso.

1. Campos de fuerza en tensión en torno a la teoría de la performatividad

Dedicaremos esta primera sección a reconstruir la teoría butleriana de la acción performativa a partir de lo que consideramos son sus principales antecedentes teóricos en este punto, a saber: John Langshaw Austin, Jacques Derrida, Michel Foucault y Jacques Lacan. Ahora bien, como ya dijimos, distintos autores y autoras han señalado el nexo entre la performatividad y la agencia en la obra de Butler (Mc Nay, 2000; Sabsay, 2008, 2011, 2012; Salamon, 2010, 2014; Femenías, 2000, 2003; Pérez Navarro, 2008; Lloyd, 2007; Salih, 2002; Speer & Potter, 2002; Vasterling, 1999); incluso hay quienes han desarrollado un análisis crítico destacando lo que consideran es el determinismo o voluntarismo de dicho enfoque (Bourdieu, [1998] 2000; Copjec, 2006b; Benhabib, 1995; Nussbaum, 1999; Mc Nay, 2000; Amorós, 2005; Boucher, 2006). Esta bibliografía nos permite exponer un estado de la cuestión que es fundamental para nuestro análisis; sin embargo, en esta tesis consideramos que resulta necesario ir más allá de dichas intervenciones y producir una generalización de los principales postulados de la autora con miras a exponer explícitamente lo que consideramos es la teoría butleriana de la acción performativa en relación con las estructuras simbólicas.

El recorrido de esta exposición se encuentra signado además por la hipótesis general de que existe en los textos de Judith Butler una tensión productiva entre dos campos de fuerza a partir de la cual resulta posible rearticular una teoría butleriana sobre la acción performativa y las estructuras simbólicas. En este sentido, cabe destacar que no es el objetivo de esta tesis producir una exégesis sobre las distintas formulaciones que la autora ha desarrollado a lo largo de su obra respecto de la performatividad del discurso, ni sobre las múltiples resonancias que componen dicha perspectiva, entre las que podríamos destacar además a Simone De Beauvoir, Merleau Ponty, Monique Wittig y Víctor Turner, entre otros. Otros trabajos ya se han abocado a esta tarea (ver por ejemplo, Soley-Beltrán & Sabsay (eds), 2012; Lloyd, 2007; Pérez Navarro, 2008; De Mauro Rucovsky, 2016). Antes bien, en este capítulo argumentamos que es a través de la crítica derrideana a la teoría austiniana de los actos de habla, que Butler logra poner en diálogo la tesis foucaultiana sobre el carácter inmanente del poder-saber y la tesis lacaniana sobre el carácter constitutivo de la falta de significado, dando paso a lo que consideramos es su propia teoría sobre la acción performativa.

1.1 La iterabilidad de los actos ilocucionarios

En el marco de lo que se ha dado a llamar el “giro lingüístico”, y más específicamente en relación a la corriente pragmática de la lingüística, cabe destacar la amplia repercusión de la teoría de los actos de habla de John Langshaw Austin que tiene lugar a partir del dictado de una serie de conferencias en la Universidad de Harvard posteriormente publicadas bajo el título Cómo hacer cosas con palabras ([1962] 2008). Se trata de una propuesta que logra romper con la clásica dicotomía entre lo mental y lo material, entre lo subjetivo y lo objetivo o entre el discurso y la acción, al afirmar la existencia de ciertos enunciados que, como bien dice el título, “hacen cosas”.

En un primer momento, Austin diferencia dos tipos de enunciados: los constatativos, que son descripciones susceptibles de ser verdaderas o falsas, y los realizativos o performativos cuya particularidad consiste en que, en circunstancias apropiadas, expresar la acción es realizarla. Pero al avanzar en este ciclo de conferencias, el autor propone una segunda tópica a partir de la cual distingue entre los actos locutorios, que refieren al acto de decir algo, de expresar una oración con un cierto sentido y referencia; los actos ilocutorios, aquellos que tienen una cierta fuerza convencional a partir de la cual se puede realizar un acto al decir algo; y los actos perlocutorios, que remiten a las consecuencias o efectos que produce aquello que fue dicho, sea sobre quien emite la expresión o sobre otras personas. En este sentido, queda claro que la definición de los actos performativos de la primera tópica se corresponde, en la segunda, con la categoría de actos ilocucionarios. Sin embargo, es a partir de dicho desplazamiento que Austin logra distinguir entre la acción que realizamos al decir algo, esto es, los actos ilocucionarios, y sus efectos que son las perlocuciones.

Prometer, apostar, o bautizar son algunos de los ejemplos que propone el autor para comprender los actos ilocucionarios como actos hechos de conformidad con una convención. En este punto, Austin ([1962] 2008) destaca el papel fundamental que las circunstancias apropiadas tienen en el desarrollo exitoso de dichos actos. Esto es, para que un acto ilocutorio se desarrolle sin obstáculos, es necesario que tenga lugar un procedimiento aceptado que posea cierto efecto convencional, lo que debe incluir la emisión de determinadas palabras y la existencia de circunstancias y personas que deben ser las apropiadas para ese caso particular. Dicho procedimiento, dirá Austin, debe llevarse a cabo de manera correcta y en todos sus pasos. Aún más, dentro del contexto necesario para que el enunciado no fracase, Austin considera la presencia consciente de la intención del sujeto hablante respecto de la totalidad de su acto locutorio como un elemento central. Dicho en otros términos, para que un acto de habla logre hacer aquello que dice, los participantes deben comportarse efectivamente, incluso cuando ello suponga tener ciertos pensamientos o sentimientos requeridos por el mismo procedimiento.

Según lo hasta aquí expuesto, resulta posible destacar al menos dos aspectos que Judith Butler retoma respecto de la propuesta austiniana para desarrollar su propia perspectiva sobre la performatividad. Por un lado, la idea de que las palabras, lejos de representar o reflejar una realidad externa, “hacen cosas”. De allí que, para esta autora, el discurso sea entendido en su capacidad netamente productiva. En este sentido, como veremos, Butler logra trascender el campo de la lingüística propiamente dicho para producir una teoría sobre la constitución performativa del mundo social. En segundo lugar, la autora recupera la idea de que las palabras producen actos. Esto es, las palabras producen, pero además producen acciones. De manera tal que el discurso no se encuentra en una instancia paralela o subordinada a la acción, sino que, por el contrario, hablar es hacer. A partir de ello, en esta tesis argumentamos que Butler elabora una teoría de la acción performativa donde el discurso pasa a ser entendido como práctica social.

Ahora bien, en este punto, debemos destacar el aporte de Jacques Derrida ([1967] 1989, [1971] 1998) al campo de los estudios literarios, más específicamente, en torno a la deconstrucción de la teoría del signo a partir de la cual propone pensar el carácter citacional o iterable del discurso. Y esto porque, según entendemos, es a través de la influencia de la teoría derrideana en la obra de Butler que la noción de performatividad adquiere un nuevo giro. Si tal como dijimos, Butler retoma de la propuesta de Austin el carácter productivo de los actos performativos; aún debemos agregar que es vía Derrida que esta autora se opone a concebir las condiciones apropiadas como circunstancias necesarias para la realización de dichos actos.

Si para Austin ([1962] 2008) la presencia consciente de los locutores o receptores es condición fundamental del éxito del performativo; Derrida ([1967] 1989, [1971] 1998) dirá entonces que la teoría de Austin permanece presa del referente, si no bajo la forma de una cosa o un estado de cosas, como sentido intencional y consciente. Dicha presencia implica que nada escapa a la totalización presente, que no existe ningún resto, ninguna polisemia irreductible, nada más allá del horizonte de la unidad del sentido. En oposición a ello, Derrida afirma que ningún contexto es absolutamente determinable, que nunca está suturada o asegurada su determinación. Nada impide entonces que los signos sean citados, rompiendo de este modo con todo contexto dado y engendrando constantemente nuevos contextos no saturables. De manera tal que todo enunciado continúa produciendo efectos más allá de la presencia del emisor y de su querer-decir “original”, en tanto rompe con todo anclaje y engendra constantemente nuevos contextos.

A partir de lo dicho hasta aquí, Derrida ([1967] 1989, [1971] 1998) señala además que la teoría de Austin mantiene una división entre los actos performativos, donde el enunciado coincide con la intención del hablante, y los usos estéticos o parasitarios del lenguaje en los que interviene el carácter citacional del enunciado. Es decir, entre aquellos performativos que resultan de la enunciación de las palabras adecuadas por personas autorizadas en circunstancias apropiadas, y aquellos enunciados que, por ejemplo, tienen lugar en una representación teatral. Ante ello, Derrida se pregunta si acaso un enunciado performativo podría ser un éxito si no fuera identificable como una cita. En este sentido, el autor propone pensar que todo signo, lingüístico o no lingüístico, puede ser citado; y, más aún, que todo enunciado es ya en sí mismo una cita y, por lo tanto, una repetición que nunca puede ser idéntica a otra sino que siempre conlleva la diferencia. Esta lógica de repetición y alteridad es lo que Derrida llama iterabilidad.[1] Así, lejos de entender el incumplimiento de las condiciones apropiadas como base del fracaso del lenguaje, Derrida propone pensarlo como una posibilidad interna y positiva, ley del lenguaje, elemento propio del signo lingüístico. De allí que, para este autor, la clave de un performativo exitoso radica precisamente en ser, en términos de Austin, “impuro”.

En este contexto, postulamos que es siguiendo la propuesta derrideana que Butler introduce dos corrimientos fundamentales respecto de la concepción austiniana de los actos de habla. En primer lugar, la autora se opone a entender las circunstancias apropiadas como condiciones necesarias para la realización de un acto performativo. Esto es, si para Austin son precisamente las circunstancias adecuadas las que legitiman aquello que se dice, asignándole su carácter performativo; Butler dirá, siguiendo a Derrida, que todo enunciado es ya una repetición iterable y, por lo tanto, resulta imposible reproducir fielmente las condiciones necesarias a las que alude Austin. Más bien, se trata de citaciones o reiteraciones que tendrán lugar siempre en nuevos contextos, por lo que provocarán distintos efectos.

De este modo, se incorpora la posibilidad del lenguaje de ser repetido en ausencia, no solamente de su referente sino de una determinada intención de significación, cierta inconsciencia estructural, en términos de Derrida, que impida toda saturación del contexto y deje un resto que escape a la totalización presente. En este punto, entendemos que es vía Derrida que, como veremos más adelante, Butler abre paso a la incorporación de la tesis lacaniana sobre el carácter constitutivo de la falta, al destacar la necesidad de pensar un resto o excedente respecto de la totalidad del sentido. A partir de ello, Butler despeja toda crítica de voluntarismo al oponerse a concebir la acción como resultado de la intención del actor; y, aún más, logra extender el carácter performativo de los actos ilocucionarios para pensar como performativas no sólo las palabras que hacen lo que dicen al ser pronunciadas bajo el contexto adecuado, sino toda circulación de discursos.

En segundo lugar, Butler retoma la noción derrideana de la cita al entender el acto performativo como una repetición iterable y, de este modo, incorpora una concepción particular de la repetición que, como veremos, le permite pensar no sólo la producción y reproducción de las estructuras sociales y sus sujetos sino también la posibilidad de su subversión. Por un lado, Butler dirá entonces que la performatividad opera a través de prácticas que producen lo que nombran mediante la repetición ritual de la regla. La autora incluso sostiene que es a partir de dicha reiteración que se genera el efecto de materialidad. Por otra parte, aunque simultáneamente, sostiene que la repetición lejos de ser una copia fiel e idéntica implica más bien una discontinuidad o distancia entre la acción que en efecto se está realizando y la regla que actualiza. Es precisamente en esta distancia donde radica, en potencia, la posibilidad de producir una repetición subversiva.

Dicho en otros términos, si aceptamos el carácter iterable de la citación debemos tener en cuenta que ninguna repetición reproduce fielmente aquello que pretende actualizar. Más bien, la repetición pasa a ser entendida, al mismo tiempo, como resignificación, reformulación, esto es, pasa a referir a toda una serie de desplazamientos respecto de la regla actualizada que marcan el contorno de posibilidades de la acción. En este punto, sostenemos que es a partir de la noción derrideana de iterabilidad que Butler logra articular la tesis foucaultiana sobre el carácter inmanente y productivo del poder a su propia perspectiva sobre la performatividad, al concebir la transformación como un pliegue del poder sobre sí mismo, una recitación de la trama textual que abre paso a la posibilidad de la subversión.

A continuación presentaremos entonces la tesis foucaultiana sobre el poder y algunas premisas de la teoría lacaniana sobre el carácter constitutivo de la falta con miras a reconstruir de manera acabada la concepción butleriana de la performatividad del discurso.

1.2 El acto performativo como efecto de poder

En la década de 1970, las investigaciones de Michel Foucault en torno al análisis de las relaciones de poder-saber, fundamentalmente en Vigilar y Castigar ([1975] 2008c) e Historia de la sexualidad I ([1976] 2009), se caracterizan por abocarse a la conceptualización del poder como parte de dicho binomio. En este sentido, en oposición a una representación jurídico-discursiva y negativa del poder que toma al derecho como modelo y como código, el autor elabora una perspectiva microfísica que permite concebirlo como una multiplicidad de relaciones de fuerza ante todo productivas.

Por un lado, dirá Foucault, la representación jurídico-discursiva del poder, centrada en el enunciado de la ley y el funcionamiento de lo prohibido, supone que éste se establece como una relación negativa, como rechazo, prohibición, barrera. Se trata de un poder que sólo tiene fuerza de decir “no”: de negar que algo esté permitido, de impedir que sea dicho y de negar que exista, ligando de este modo lo inexistente, lo ilícito y lo informulable. Desde esta perspectiva, el poder queda pues definido de un modo ciertamente limitativo.

Primero porque se trataría de un poder pobre en recursos, muy ahorrativo en sus procedimientos, monótono en sus tácticas, incapaz de invención y condenado a repetirse siempre. Luego, porque sería un poder que sólo tendría la fuerza para trazar límites, sería en esencia una antienergía; en ello consistiría la paradoja de su eficacia; no poder nada, salvo lograr que su sometido nada pueda tampoco, excepto lo que le deja hacer. Finalmente, porque se trataría de un poder cuyo modelo sería esencialmente jurídico, centrado en el solo enunciado de la ley y el solo funcionamiento de lo prohibido. (Foucault, [1976] 2009:82-83)

Frente a ello, Foucault (1980, [1975] 2008c, [1976] 2009) propone concebir el poder al modo de una microfísica que atraviesa el espesor de la sociedad y desempeña un papel directamente productivo. Aquel medio regulador y normativo que permite la formación de actos y sujetos, produce los cuerpos que gobierna, en virtud de normas y prácticas variables históricamente. El autor incluso señala que en tanto se trata de un poder que es fundamentalmente productivo, éste produce también saber. Toda sociedad se encuentra atravesada y constituida por relaciones de poder, pero dichas relaciones “(…) no pueden disociarse, ni establecerse, ni funcionar sin una producción, una acumulación, una circulación, un funcionamiento del discurso” (Foucault, 1980:139-140)[2] Poder y saber se implican directamente el uno al otro, de manera tal que no existe relación de poder sin la constitución correlativa de un campo de saber, ni existe saber sin la constitución de un determinado entramado de relaciones de poder.

Ahora bien, hasta aquí parecería ser que para la teoría foucaultiana todo es poder, por lo que no hay nada que logre escapar u oponerse a él. Sin embargo, siguiendo la lectura de Gilles Deleuze (1987), entendemos que es en Historia de la sexualidad II ([1984] 2011) donde Foucault logra sentar las bases para repensar la resistencia como una forma en la que el poder aparece replegado sobre sí mismo. Esto es, si como ya dijimos, el poder es entendido como una multiplicidad de relaciones de fuerza; aún debemos agregar que dichas relaciones se encuentran expuestas a luchas y enfrentamientos incesantes a partir de los cuales resulta posible plegar la fuerza, ponerla en relación consigo misma. Si todo es poder, si no hay nada que se encuentre afuera o más allá de él; la resistencia será entonces la capacidad de transformar y contrarrestar el poder en sus propios términos. De allí que, tal como afirma Foucault, donde hay poder hay resistencia.

En este marco, distintos autores entre los que podemos mencionar a Giorgio Agamben (2010), Roberto Espósito (2009), Maurizio Lazzarato (2010) y Gilles Deleuze (1996, 1998), entre otros, han retomado esta conceptualización del poder elaborada por Foucault para seguir pensando la biopolítica y las sociedades de control a partir de nuevas reapropiaciones teóricas. Judith Butler no ha sido ajena a estas lecturas e incluso ha incorporado algunas de sus formulaciones en sus últimos escritos. Sin embargo, aquí sostenemos que la principal apuesta de esta autora consiste en recuperar la concepción foucaultiana del poder con miras a componer su propia perspectiva sobre la performatividad del discurso.[3] En este sentido, si en el apartado anterior dijimos que Butler entiende los actos performativos como repeticiones iterables que producen lo que nombran, ahora debemos agregar que dichos actos son el efecto de una dinámica específica de poder, de normas reguladoras que gobiernan su materialización. Aún más, incluso podemos afirmar, siguiendo a la autora, que es como efecto de las prácticas reiterativas de poder que el acto aparece naturalizado, esto es, disimulada su historicidad.

Según lo dicho hasta aquí, consideramos tres aspectos fundamentales a partir de los cuales Butler articula su propia perspectiva sobre la performatividad vía la teoría foucaultiana del poder. En primer lugar, la autora logra insertar la producción de los discursos en un entramado de relaciones de poder, entendiendo el acto performativo como el resultado de fuerzas en pugna. En segundo lugar, aunque simultáneamente, propone pensar el efecto de naturalización ya no como el producto inocente de prácticas reiterativas, sino como el resultado de un proceso atravesado por una red de relaciones de fuerza que alcanzan a presentar como esencial o natural aquello que, desde esta perspectiva, se entiende es más bien construido e histórico. Por último, incorpora la posibilidad de concebir la subversión como un “(…) efecto del poder, como una parte del poder, como su autosubversión” ([1997b] 2001:106)

Sin embargo, en Mecanismos psíquicos del poder ([1997b] 2001), Butler sostiene que la teoría foucaultiana del poder es ineficaz para explicar no sólo lo que queda excluido de las economías de la inteligibilidad discursiva que describe, sino aquello que tiene que ser excluido para que tales economías funcionen como un sistema autosustentable. En este punto, entendemos que es a través de la recuperación implícita de la tesis lacaniana sobre el carácter constitutivo de la falta, que Butler tensiona y trasciende la propuesta foucaultiana con miras a articular su propia perspectiva sobre la performatividad.[4]

Uno de los principales aportes de Jacques Lacan a la teoría social ha sido producir una interpretación innovadora de la lingüística saussuriana que permita repensar el problema de la referencialidad del lenguaje en nuevos términos. En el conocido Curso de Lingüística General ([1916] 2007), Ferdinand de Saussure propone concebir el signo como la unión entre el significado y el significante o, lo que es lo mismo, entre el concepto y la imagen acústica. Dicho signo, dirá el autor, lejos de representar una cosa “real” o remitir a un referente externo, adquiere valor según la posición que tenga en un sistema de relaciones diferenciales. Esto es, el signo no tiene un sentido natural o preexistente sino que su sentido depende de sus diferencias con los otros elementos del sistema. A partir de ello, la gran torsión que produce Lacan ([1966] 2008a, [1981] 1984) consiste en introducir el registro de lo real a la teoría del lenguaje, invirtiendo el esquema saussuriano del signo lingüístico y otorgándole primacía al significante.[5] Para este autor, el significado es aquello que no puede ser hablado por el significante y que, por lo tanto, persiste como insimbolizable. De allí que el significado permanece sólo como el locus designado por una falta constitutiva y la promesa de llenar ese vacío en torno a la cual se articula la significación (Stavrakakis, 2007).

Desde esta perspectiva, se entiende que ni las cosas tienen un significado constitutivo, ni el lenguaje expresa al mundo de las cosas. Dicho todavía en otros términos, para Lacan, el significante ya no refiere a ningún objeto “significado”, a ningún referente. Antes bien, la significación se produce en torno a un agujero, a una falta constitutiva y originaria que es la falta de lo real.[6] Esta es la crítica radical que el autor articula en torno al principio de referencialidad del lenguaje y que, según entendemos, Butler comparte e incorpora a su perspectiva sobre la performatividad. Siempre hay algo perdido en el orden del lenguaje, de manera tal que la significación nunca es completa. En el próximo capítulo veremos de qué modo Butler se opone a la concepción lacaniana de lo real y propone redefinirla en sus propios términos. Sin embargo, hasta aquí nos interesa resaltar que persiste en la teoría butleriana la idea de que existe una falta, un resto o una exclusión constitutiva que atraviesa toda producción significante y que, según señala la autora, parece no estar contemplada por la teoría foucaultiana.

Como ya dijimos, la hipótesis general de esta tesis doctoral supone que la teoría butleriana se encuentra tensionada por dos campos de fuerza fundamentales. Por un lado, la tesis foucaultiana sobre el carácter inmanente del poder; y, por otro, la tesis lacaniana sobre el carácter constitutivo de la falta que atraviesa todo orden de sentido. Aún más, en este capítulo argumentamos que es vía la teoría derrideana sobre los actos de habla que Butler logra articular ambas tesis en torno a su teoría de la acción performativa.

En este sentido, si como ya vimos Foucault destaca el carácter inmanente del poder y propone concebir la resistencia como un pliegue del poder sobre sí mismo, como una forma en que el poder se enfrenta al poder; Butler, siguiendo a Derrida, incorpora la posibilidad de subversión como un efecto inesperado de la repetición. De este modo, es a partir de la noción derrideana de iterabilidad que Butler propone pensar la acción como una práctica reiterativa que siempre supone algún corrimiento en relación a su contexto original; de manera tal que la subversión es entendida como un efecto potencial de la acción. En esta tesis sostenemos que es precisamente en este punto que la autora articula la propuesta derrideana con la tesis foucaultiana para comprender el acto performativo como efecto de un determinado entramado de relaciones de fuerza que, a través de luchas y enfrentamientos incesantes, pueden ser transformadas, reforzadas o incluso invertidas.

Por otra parte, si para Lacan toda significación se produce en torno al intento siempre fallido de dar nombre a aquella falta constitutiva que atraviesa el lenguaje; Butler, siguiendo nuevamente a Derrida, destaca la posibilidad del lenguaje de ser repetido en ausencia, no sólo de su referente sino también de determinada intención de significación, dejando así un resto que escapa al mundo de sentido. A partir de ello, Butler propone concebir la performatividad del discurso como una práctica reiterativa de poder que produce lo que nombra y que produce, del mismo modo, lo que queda fuera como su exterior; incorporando así la idea de un exterior constitutivo, pero allí donde dicho exterior es él mismo un efecto del poder.

En este punto, cabe destacar la propuesta de Leticia Sabsay (2012), quien sostiene que la concepción butleriana del exterior constitutivo se encuentra a medio camino entre la tradición derrideana y la psicoanalítica. Asimismo, Elvira Burgos Díaz (2012) reconstruye la crítica butleriana respecto de la imposibilidad del fracaso de las identificaciones lacanianas, tomando como punto de partida la noción de iterabilidad. Queda pues en evidencia la clara relación entre la tradición derrideana y la psicoanalítica en la obra de Butler. Sin embargo, consideramos que la hipótesis desarrollada en este capítulo gana en especificidad al postular la centralidad de la teoría derrideana como mediadora entre la tesis foucaultiana y la lacaniana en relación a la conceptualización butleriana sobre la performatividad.

Entendemos entonces que el planteo de Butler se diferencia tanto de la propuesta foucaultiana como de la lacaniana. Y esto porque si bien Butler se opone a Foucault por no tener en cuenta aquello que queda excluido de los sistemas de inteligibilidad discursiva y, en este sentido, sigue a Lacan al considerar el carácter constitutivo de la falta; por otra parte, como veremos, se opone a la concepción lacaniana de lo real por su carácter ahistórico y, en este sentido, sigue a Foucault al concebir lo excluido como el resultado de un entramado de relaciones de poder. Como resultado de esta lectura cruzada, Butler incorpora el carácter constitutivo de la falta lacaniana, pero allí donde lo excluido es un efecto del poder socio-históricamente situado y, por lo tanto, puede ser potencialmente incorporado al orden de sentido, incluso cuando aquello suponga la producción de nuevas exclusiones. Aún más, es precisamente a partir del retorno de aquello que ha sido excluido por el orden de sentido que tendrá lugar la posibilidad de que se produzca una repetición subversiva. Retomaremos el modo específico en que Butler propone repensar lo excluido en el capítulo III de esta tesis. Asimismo, dedicaremos el capítulo V a analizar las consecuencias que tienen estas premisas teóricas para la transformación social.

2. La teoría butleriana de la acción performativa

Realizado este breve recorrido por los distintos campos de fuerza que a nuestro criterio atraviesan la perspectiva butleriana, proponemos concebir la acción performativa como una práctica reiterativa de poder que produce lo que nombra al tiempo que engendra su exterior constitutivo, exterior cuyo retorno dará lugar a la posibilidad de una repetición subversiva. A partir de esta definición, a continuación desagregamos cuatro aspectos fundamentales.

En primer lugar, la autora hace referencia a la eficacia productiva de los actos performativos en tanto se trata de actos que producen lo que nombran. De este modo, en oposición a una concepción meramente representativa o descriptiva del discurso, Butler propone concebir la performatividad como una práctica social que produce a la realidad y sus sujetos como parte integrante de un orden significante.

En segundo lugar, se destaca el carácter iterable de la acción. Esto es, la repetición ritualista que consiste precisamente en instituir una serie de significados ya determinados socialmente mediante la vuelta constante a su realización, permite concebir el acto performativo como un acto ritualmente repetido, citado, reiterado. Es a partir de esta repetición ritual que la performatividad consigue su efecto de materialidad. Pero aún debemos agregar que, para esta autora, toda repetición supone siempre una discontinuidad o distancia entre la acción que se está realizando y la regla que actualiza. De allí que toda repetición incorpore en sí misma la diferencia y, por lo tanto, se encuentre abierta a la posibilidad de la subversión.

En tercer lugar, Butler define la acción performativa como una cita que establece una complicidad originaria con el poder. Se trata del poder reiterativo del discurso mediante el cual éste produce los efectos que nombra, los fenómenos que regula e impone, presentándolos como naturales cuando no son sino efectos de prácticas de poder social e históricamente situadas y que, de hecho, pueden ser modificadas. Lejos de ser entonces una simple facticidad que no tiene valor y que es anterior a la significación, el acto performativo es entendido como efecto de una invención fabricada discursivamente que, al ser aceptada como esencia, logra encubrir las relaciones de poder que lo constituyen.

Por último, Butler afirma que es como resultado de la acción performativa que tiene lugar tanto la producción de actos y sujetos legítimos como de aquello que queda excluido de la norma como su exterior constitutivo. Como veremos más adelante, es precisamente a partir del retorno de dicho exterior que puede producirse una repetición tal que logre exponer el carácter construido del ordenamiento social y sus sujetos abriendo paso a la posibilidad de la transformación social.

Ahora bien, hasta aquí hemos presentado de manera acabada nuestra lectura sobre la teoría butleriana de la acción performativa, sin embargo aún debemos señalar que dicha conceptualización ha sufrido distintas críticas a partir de las cuales la autora ha ido reformulando su propia teoría. En este sentido, entendemos que en Sexo y género en ‘El segundo sexo’ de Simone de Beauvoir (1986), Variaciones sobre sexo y género. Beauvoir, Wittig y Foucault (1986), Actos performativos y constitución del género: un ensayo sobre fenomenología y teoría feminista (1988) e Ideología sexual y descripción fenomenológica. Una crítica feminista a ‘Fenomenología de la percepción’ de Merleau-Ponty (1989), Butler elabora una primera versión dramatúrgica, ritual y fenomenológica de la performance que encuentran su mayor sistematicidad en El género en disputa ([1990] 2011), donde la dimensión lingüística de la performatividad se encuentra relacionada con una dimensión teatral.[7]

Pero en el segundo prefacio de este mismo libro, escrito algunos años después de su publicación (1999), la autora afirma que tal concepción a veces ha sido entendida “(…) como si el género fuera una invención propia o como si el significado psíquico de una presentación dotada de género pudiera interpretarse directamente a partir de su exterior” (Butler, [1990] 2011:31) De este modo, Butler refiere a aquellas lecturas críticas que señalan cierto voluntarismo en su concepción sobre la performatividad tal y como había sido presentada inicialmente. En el capítulo anterior hemos expuesto brevemente algunos ejemplos destacados de dichas interpretaciones (Bourdieu, [1998] 2000; Copjec, 2006b; Amorós, 2005; Boucher, 2006). A partir de ello, la autora ha decidido ir modificando y especificando sus postulados en posteriores publicaciones.

En lo que respecta al carácter lingüístico y teatral de la performatividad, en Cuerpos que importan ([1993] 2010), Butler señala que si bien la performance es una parte crucial de la performatividad, ésta se encuentra limitada por normas que el sujeto no elije, normas que son, al mismo tiempo, condición de posibilidad y límite de la agencia. De manera tal que el acto performativo, lejos de ser primariamente teatral, adquiere una aparente teatralidad de carácter inevitable en la medida en que permanece disimulada su historicidad. Butler dirá entonces que

La dimensión “performativa” de la construcción es precisamente la reiteración forzada de normas. En este sentido, no se trata solamente de que haya restricciones a la performatividad; antes bien, es necesario reconcebir la restricción como la condición misma de la performatividad. La performatividad no es ni libre juego ni autorepresentación teatral; ni puede asimilarse sencillamente con la noción de performance en el sentido de realización (Butler, [1993] 2010:154)

Asimismo, como veremos en el capítulo IV, en Mecanismos psíquicos del poder ([1997b] 2001) Butler enfatiza el carácter constrictivo de las normas que producen y subordinan performativamente al sujeto incluso desde su propia formación psíquica.

Por otra parte, es en respuesta a aquellas críticas que la acusan de haber desarrollado una concepción puramente discursiva del mundo social y sus sujetos que, como veremos, Butler decide ampliar la noción de performatividad con miras a especificar su relación con la materialidad. En este sentido, destacamos el trabajo de Martha Nussbaum (1999) quien se opone a la propuesta elaborada por Butler por considerarla una política verbal y simbólica, y no material, que no tiene en cuenta la situación real de mujeres reales. Asimismo, Lois Mc Nay (2000) sostiene que una de las principales limitaciones del trabajo de Butler es que reduce el dominio socio-histórico a lo simbólico que, en última instancia, se encuentra además subsumido al orden lingüístico y, de este modo, no alcanza a considerar las dinámicas materiales que intervienen en el proceso de formación identitaria. Más específicamente, Mc Nay señala que Butler elabora un concepto de agencia que permanece como una potencialidad abstracta antes que como el resultado de prácticas sociales específicas, una agencia concebida en términos de efectos lingüísticos o como una posición al interior del lenguaje.[8]

Es fundamentalmente en Cuerpos que importan ([1993] 2010) y Lenguaje, Poder e Identidad ([1997a] 1997), donde Butler se aboca a repensar la relación entre el discurso y la materialidad o entre los actos de habla y los actos corporales. En este sentido, Butler ([1993] 2010) se opone a concebir las categorías lingüísticas como aquello que da cuenta o denota cierta materialidad ya existente. Incluso sostiene que dicha concepción tiene el inconveniente de depender de un referente que persiste sólo como una especie de ausencia o pérdida que nunca puede formar plenamente parte del lenguaje. En palabras de la autora: “postular una materialidad exterior al lenguaje, considerada ontológicamente distinta del lenguaje, equivale a socavar la posibilidad de que el lenguaje pueda indicar o corresponder a ese ámbito de alteridad radical.” ([1993] 2010:109) Esto es, al afirmar que la materialidad existe más allá del lenguaje, que es anterior y ajena a éste, se limita la función referencial que se le adjudica al lenguaje en primer lugar.

Frente a ello, Butler concibe la materialización como un proceso de sedimentación de prácticas reiterativas, una especie de apelación a las citas, que se extiende al tiempo que se lo inviste con las relaciones de poder; y la materialidad, como el resultado performativo que designa cierto efecto del poder o, más exactamente, es el poder en sus efectos formativos o constitutivos. Más adelante, en Lenguaje, Poder e Identidad ([1997a] 1997), incluso propone entender la relación entre la materialidad y el lenguaje a partir de la figura retórica del quiasmo. Esto es, como una relación de mutua interdependencia que no es de identidad pero tampoco de radical oposición o diferencia. Veremos qué consecuencias tienen estas premisas teóricas para pensar el carácter generizado/ sexuado de los sujetos en el capítulo IV de esta tesis.

3. Entre el ritual y la subversión

En esta sección nos dedicaremos a producir un abordaje diferencial de la perspectiva butleriana respecto de algunos postulados de la teoría de Pierre Bourdieu, en relación a su concepción del discurso y sus consecuencias para la acción. Y esto porque, siendo Bourdieu uno de los principales referentes de la teoría social abocado a reflexionar sobre el dualismo entre la estructura y la acción, consideramos que el diálogo crítico entre estos autores constituye una vía de entrada privilegiada para insertar los desarrollos de Butler en este campo de debates. Incluso entendemos que la escasa atención que se le ha prestado a este intercambio evidencia una vacancia fundamental respecto al problema que aquí nos convoca.[9] Recuperar estas lecturas con miras a identificar un terreno de discusiones comunes será el principal objetivo de esta sección.

Más adelante, en los capítulos IV y V de esta tesis veremos en qué sentido el debate entre estos autores informa asimismo lo que consideramos es el aporte de Judith Butler para pensar la relación entre la norma y la fantasía, el carácter constitutivo del proceso de sexuación/generización de los sujetos y la transformación social.

3.1 La magia de los actos performativos

En ¿Qué significa hablar? ([1982] 2008), Pierre Bourdieu procura analizar las operaciones sociales de nominación y los ritos de institución a través de los cuales esas realidades se cumplen, examinando el poder de la palabra como efecto del poder social. En este sentido, el autor se opone a comprender lingüísticamente el poder de las manifestaciones lingüísticas y propone, en cambio, concebir la eficacia del discurso ritual como un efecto del poder social garantizado por una autoridad legitimada. Se entiende entonces que la autoridad llega al lenguaje desde afuera y, como máximo, éste se limita a representarla, manifestarla o simbolizarla. Dicho todavía en otros términos, para Bourdieu, el uso del leguaje depende de la posición social del locutor, en tanto su palabra concentra el capital simbólico acumulado por el grupo que le ha otorgado ese mandato y de cuyo poder está investido: he allí su fuerza mágica.

Es el acceso a los instrumentos legítimos de expresión, y por tanto, a la participación en la autoridad de la institución, lo que marca toda la diferencia entre la simple impostura de los masqueraders que disfrazaban la afirmación performativa en afirmación descriptiva o constatativa y la impostura autorizada de quienes hacen lo mismo, pero con la autorización y autoridad de una institución (Bourdieu, [1982] 2008:69)

Bourdieu argumenta además que la especificidad del discurso de autoridad reside en que éste sólo ejerce su efecto a condición de ser reconocido como tal. Reconocimiento que, lejos de radicar en una creencia explícita, consciente y deliberada, supone más bien la incorporación tácita de la comprensión social de determinadas reglas. Esto es, para que el discurso instituya lo que nombra debe ser pronunciado en una situación legítima, por una persona legitimada, conocida y reconocida como habilitada y hábil para producir ese tipo de discurso, y siguiendo una forma y retórica también legítimas. Son estas condiciones las que producen la disposición al reconocimiento como desconocimiento y creencia. De manera tal que “el misterio de la magia performativa se resuelve en el misterio del ministerio” (Bourdieu, ([1982] 2008:66)

A partir de ello, Judith Butler se pregunta si acaso por fuera del marco de las condiciones necesarias, decir algo produce algún efecto. Esto es, si el performativo debe implicar el reconocimiento colectivo de una autoridad legítima para funcionar como tal, ¿esto significa que no hay ocasiones en que la enunciación, de hecho, produzca performativamente un cambio en los términos de la legitimidad como un efecto de la enunciación misma? ¿Los actos performativos implican sólo aquellas formas de reconocimiento que ya están institucionalizadas, o pueden también referir a una perspectiva crítica de las instituciones existentes? Es entonces con miras a desarrollar una concepción de la acción que permita pensar tanto su dimensión ritual como su potencial subversivo, que, como ya vimos, Judith Butler ([1990] 2011, [1993] 2010, [1997a] 1997) propone seguir a Derrida al concebir la iterabilidad como rasgo estructural de todo signo lingüístico.

Tal y como lo hemos señalado en apartados anteriores, para Austin, los actos de habla ilocucionarios se caracterizan por tener una fuerza convencional a partir de la cual decir algo es realizarlo. Dicha fuerza o eficacia se obtiene recurriendo a condiciones que incluyen tanto la presencia de agentes determinados como de circunstancias apropiadas. De manera tal que una vez que se ha establecido una convención y que el acto participa en una fórmula convencional, el enunciado adquiere su carácter performativo. En este punto, Butler dirá entonces que, para Austin, la fuerza ilocucionaria de las palabras refiere a la estabilidad de las convenciones y, por lo tanto, a un contexto social perdurable en el cual dichas convenciones se han ido sedimentando. A partir de ello, Butler incluso sostiene que resulta posible asimilar la propuesta de Austin y la de Bourdieu respecto del modo en que ambos conciben la fuerza del performativo en relación a factores externos al lenguaje, las circunstancias apropiadas o el poder social según cada caso.[10]

Ahora bien, a diferencia de lo propuesto por Austin y Bourdieu, para Butler, la performatividad, esto es, la capacidad de producir aquello que nombra, es inmanente al discurso. En este sentido, la autora retoma a Derrida al identificar la fuerza del performativo ya no en el conjunto de condiciones necesarias o en el poder social sino en el carácter iterable de todo signo lingüístico. Tanto para Derrida como para Butler, la eficacia del acto performativo proviene pues de su capacidad de romper constantemente con el contexto previo y asumir nuevos contextos. Así, al situar la ruptura como un rasgo necesario de toda enunciación, se establece la independencia estructural del enunciado tanto respecto de los contextos específicos en que aparece, como de la intención “original” del actor.

Butler dirá entonces que si bien un performativo debe ser repetido para que funcione, lejos de tratarse de una repetición igual a sí misma, ésta siempre supone una distancia entre el contexto en el cual se origina y los efectos que produce, o entre la intención del actor y el resultado de sus acciones. Como señalamos en el capítulo I, entendemos que es en este mismo sentido que Anthony Giddens (1993, [1984] 1995) elabora la noción de “consecuencias no deseadas de la acción” para referir a cierto desacople entre las intenciones que guían al sujeto y el conocimiento de las condiciones de su actividad. Es precisamente en esa distancia donde Butler ubica su rechazo a las perspectivas voluntaristas de la acción e incluso, como veremos más adelante, incorpora la posibilidad de producir repeticiones que, lejos de reproducir el orden dominante, logren subvertirlo.

En este marco, consideramos resulta posible trazar cierto paralelismo entre la crítica derrideana a la teoría de los actos de habla y la crítica butleriana a Bourdieu en lo que respecta a la referencialidad del lenguaje. Esto es, si para Derrida es a partir de la presencia consciente de los locutores o receptores como condición fundamental del éxito del performativo que Austin reproduce de alguna manera la idea de referente; Butler señala que al ubicar la fuerza del discurso en una entidad exterior y ajena a él, esto es, haciendo del campo discursivo un epifenómeno del campo social, la teoría del discurso de Bourdieu queda asimismo presa del referente.

En este sentido, podemos distinguir dos propuestas teóricas diferentes, e incluso opuestas, en lo que respecta a la fuerza del acto performativo. Por un lado, para Bourdieu la fuerza elocutiva que detentan los performativos radica en el sistema de relaciones sociales. Para Butler, en cambio, aquello que le da fuerza al acto performativo radica precisamente en su lógica interna. Bourdieu dirá entonces que el fracaso de un performativo se explica por la falta de respaldo de expresiones apropiadas del poder social; mientras que la teoría butleriana permite concebir la performatividad del discurso como resultado del incumplimiento de las condiciones apropiadas, esto es, la posibilidad de repetir una fórmula convencional de modo no convencional.

En relación a este mismo debate, Peter Dews (1995) y Geoff M. Boucher (2006) sostienen que la teoría de la performatividad desarrollada por Butler colapsa la distinción entre actos locutorios e ilocutorios al ignorar el contexto institucional necesario para que se produzca un acto al decir algo. De allí que, para estos autores, la posibilidad política que Butler le asigna a la performatividad no logra materializarse. Dicho en otros términos, si se rechaza la importancia de las condiciones institucionales apropiadas que le otorgan legitimidad al acto performativo, no queda claro de qué modo las palabras pueden ser productivas. Cómo es que, a partir del constante cambio, los actos ilocutorios adquieren su eficacia.

Por su parte, en Declarations of Whiteness. The Non Performativity of Anti-Racism, Sara Ahmed (2004) propone repensar la concepción butleriana sobre la performatividad en relación al problema del racismo. La principal hipótesis que desarrolla esta autora consiste en sostener que si bien el racismo es resultado de la performatividad, los discursos anti- racistas no son performativos. Esto es, si incorporamos la concepción del discurso a partir de la cual se entiende que decir algo es hacerlo, afirmar la performatividad de los discursos anti-racistas parece suponer que su sola declaración disolvería el racismo. Sin embargo, para Ahmed, no alcanzan las declaraciones anti-racistas para producir Estados, instituciones o sujetos que puedan ser descriptos como tales. Aún más, la autora incluso argumenta que dichas declaraciones, lejos de producir lo que dicen, esto es, disputar el racismo, reproducen el racismo de manera solapada. Y esto porque el discurso anti-racista en un mundo racista no cuenta con las condiciones adecuadas para que dichos enunciados puedan hacer lo que dicen.

Lo que tienen en común las lecturas de Dews, Boucher y Ahmed es que pretenden entender la fuerza de los performativos (o su impotencia) como resultado de las condiciones sociales o del poder social. Así pues, a pesar de su adhesión explícita respecto de la teoría butleriana, comprenden la performatividad en términos más bien austinianos o incluso bourdianos al postular la necesidad de circunstancias sociales o de un poder social (anti-racista, en el caso de Ahmed) que legitimen al performativo como requisito para su éxito. Sin embargo, como ya vimos, Butler incorpora a su concepción sobre la performatividad la crítica derrideana a la teoría de los actos de habla a partir de la cual considera la productividad de los performativos en condiciones no adecuadas (el discurso anti-racista en un mundo racista). Y esto porque, desde esta perspectiva, la fuerza ilocutiva de los enunciados no radica en un factor externo, sea un contexto exhaustivamente determinado o una autoridad legitimada, sino en su iterabilidad.

En este sentido, siguiendo a Butler, entendemos que sería posible concebir la performatividad del discurso anti-racista en un mundo racista, aunque ello no suponga necesariamente la completa disolución del racismo y el cambio de las instituciones que respaldan dicha configuración de poder. Esto es, el discurso anti-racista produce lo que nombra, pero el sentido de aquello que se nombra es objeto de disputa en el campo social. De manera tal que aquello que sea considerado racista o anti-racista es el resultado de un determinado entramado de relaciones de poder. De allí que la performatividad del discurso racista no responda necesariamente a las intenciones del locutor, sino que existe la posibilidad de que éste provoque efectos inesperados. Dicho todavía en otros términos, incluso aunque el discurso anti-racista haya sido enunciado con la intencionalidad de poner en cuestión el régimen racista, puede terminar reproduciendo el mismo orden que pretendía disputar. El hecho de que éste sea subversivo o funcional al orden dominante no es condición para la eficacia del performativo. Antes bien, siguiendo a Butler, argumentamos que un enunciado anti-racista, aunque suponga variaciones respecto del discurso racista, puede ser incorporado por el discurso dominante, neutralizando así su potencialidad subversiva. Retomaremos este punto más adelante en este mismo capítulo.

Por último, en Touching Feeling, Eve Kosofsky Sedgwick (2003) pretende ir más allá de la distinción entre actos performativos y no-performativos, al incorporar la noción de periperformativos para designar aquellos enunciados que no son en sí mismo performativos explícitos pero que, sin embargo, refieren a ellos. Se trata, según señala la autora, de enunciados que aluden, describen o niegan a los performativos explícitos y que, por lo tanto, no son específicamente performativos, pero se ubican en sus inmediaciones. Es entonces a partir de los performativos negativos o, lo que es lo mismo, de la negación de un performativo por medio de un periperformativo, que Sedgwick propone pensar la posibilidad de la desinterpelación. De este modo, la potencia del periperformativo, según señala la autora, radica en poner en escena la contingencia de la agencia al introducir la posibilidad de rechazar la interpelación de la voz autorizada.

Sin embargo, aquí entendemos que, para Butler, es precisamente a partir del carácter iterable de la repetición que resulta posible incorporar la posibilidad de producir repeticiones que, lejos de reproducir el orden dominante, logren oponerse a él (al modo de los enunciados periperformativos a los que alude Sedgwick) e incluso puedan llegar a subvertirlo. De allí que, según señala la autora, los actos performativos no implican sólo aquellas formas de reconocimiento que ya están institucionalizadas, sino que pueden también referir a una perspectiva crítica de las identidades o instituciones existentes. En este sentido, sostenemos que la posibilidad que Sedgwick pretende incorporar a partir de la noción de enunciado periperformativo ya forma parte de la concepción butleriana de la performatividad. Asimismo, consideramos que al orientar su crítica a la elaboración de una categoría complementaria respecto de los performativos, Sedgwick se encuentra dialogando ya no con la teoría butleriana sino con la teoría de los actos de habla desarrollada por Austin. Y esto porque si, tal como señala Butler, la performatividad no refiere a un tipo de enunciados sino al modo en que opera todo discurso, desde esta perspectiva no sería posible concebir enunciados que no sean ya performativos.

A partir de lo dicho hasta aquí, a continuación veremos de qué modo Butler logra inscribir el debate respecto de la magia de los actos performativos en un marco de reflexión más amplio que permite repensar el problema de la reproducción y la transformación social.

3.2 El carácter ritual de la acción performativa

Como ya dijimos, la apuesta de esta tesis doctoral consiste en sostener que tanto Judith Butler como Pierre Bourdieu, incluso a pesar de las discrepancias que atraviesan sus respectivas conceptualizaciones sobre la fuerza de los actos performativos, se encuentran pensando un mismo problema, el de la relación entre la estructura y la acción. Es entonces en este sentido que en el presente apartado nos dedicamos a presentar el modo en que estos autores entienden el carácter ritual y corporal de la acción, así como sus implicancias para los procesos de producción, reproducción y naturalización de las estructuras sociales.

En primer lugar, Bourdieu ([1982] 2008) destaca la importancia de los ritos de institución que se caracterizan por poner en evidencia el modo en que las palabras producen realidad ritualmente, allí donde la dimensión ritual del acto de habla supone la reiteración de ciertas pautas y normas consideradas legítimas para que tenga lugar la magia del performativo. Esto es, para que el discurso ritual instituya lo que nombra, se deben reproducir determinadas condiciones siguiendo una forma y retórica legítimas. En este sentido, el autor hace referencia al límite arbitrario y productivo que actúa el rito instituyendo una diferencia duradera entre quienes están vinculados a él y quienes no lo están, de modo que el grupo instituido queda definido en relación a un grupo oculto. Se trata pues, dirá el autor, de crear distinciones, de producir diferencias, de hacer discontinuo con lo continuo.

Por su parte, como ya vimos, Butler concibe la performatividad como el poder reiterativo del discurso mediante el cual éste produce aquello que nombra así como lo que queda excluido de la norma como su exterior. Desde esta perspectiva, es a partir de la repetición ritualista de ciertas normas y prácticas que resulta posible instituir una serie de significados ya determinados socialmente mediante la vuelta constante a su realización. De manera tal que, para Butler, la acción se presenta bajo la forma de un ritual, es decir, repetida en el tiempo. En este mismo sentido, Lois Mc Nay (2000) destaca la temporalidad que atraviesa la concepción butleriana de la acción performativa. Esto es, para Butler, la acción no refiere a una serie de momentos discretos; sino que, antes bien, supone un proceso de reiteración ritualizada que da lugar a la producción y reproducción de las estructuras sociales. En este punto, como ya dijimos en el capítulo anterior, la teoría butleriana comparte con el abordaje morfogenético propuesto por Margaret Archer (2010) su enfoque no sólo dual sino también secuencial, al incorporar la dimensión temporal en la que opera la acción performativa.

Ahora bien, en esta tesis sostenemos entonces que es a través del carácter ritual del acto de habla que tanto Bourdieu como Butler proponen concebir la producción y reproducción de las estructuras sociales y sus excluidos. Esto es, las estructuras llegan a existir como resultado de la reproducción recurrente de ciertas prácticas y normas, las que a su vez recrean las condiciones estructurales. De allí que las estructuras son entendidas al mismo tiempo como medio y consecuencia de las prácticas sociales. Incluso a pesar de que, como ya dijimos, Bourdieu comprende la eficacia de los actos performativos como un efecto del poder social, de manera tal que la ritualidad del discurso estará dada por la recreación de las condiciones necesarias para que dichos enunciados sean legitimados socialmente; mientras que Butler concibe la fuerza de los performativos como el resultado de su carácter iterable, por lo que la ritualidad del discurso refiere antes bien a su constante repetición en la alteridad. Dicho esto, en el próximo apartado veremos el modo en que el carácter ritual de la acción en Butler permite pensar no sólo la producción y reproducción social, sino también los procesos de transformación. Pero por ahora nos interesa dejar en claro que sea por la magia que le otorga la autoridad del locutor o aquella que se desprende de su carácter iterable, ambos autores sostienen que la acción produce y reproduce ritualmente a las estructuras sociales y sus excluidos.

En segundo lugar, tanto Bourdieu como Butler señalan la potencia de los actos performativos al nivel del cuerpo. En este sentido, consideramos que existe un punto de contacto entre la noción de habitus, tal y como es desarrollada por Bourdieu ([1980] 2007), y la teoría butleriana sobre la performatividad. Como ya vimos en el capítulo I, para Bourdieu el habitus refiere a sistemas de disposiciones duraderas que son el resultado de la incorporación de rituales cotidianos. Aún más, se trata de “(…) sistemas perdurables y trasponibles de esquemas de percepción, apreciación y acción resultante de la institución de lo social en los cuerpos” (Bourdieu, 1995:87). No es sino en este sentido que el autor entiende la relación con el cuerpo como una dimensión fundamental del habitus, en tanto es el cuerpo el que asume el carácter regulado del habitus al regirse por sus normas mediante su incorporación. Así se inscriben “(…) en los detalles en apariencia más anodinos del porte, del mantenimiento o de las maneras corporales y verbales, los principios fundamentales del arbitrio cultural, situados fuera de las tomas de conciencia y de la explicitación” (Bourdieu, [1980] 2007:119) De hecho, dirá el autor, el cuerpo como tal se forma en la hexis[11] de esta actividad de incorporación.

Asimismo, Butler sostiene que de lo que se trata es de “(…) repensar la performatividad como ritual cultural, como la reiteración de normas culturales, como el habitus del cuerpo en el cual las dimensiones estructurales y sociales de la significación no resultan finalmente separables” (Butler, [2000] 2011:37) Si como ya vimos la acción performativa refiere a las prácticas reiterativas de poder que producen lo que nombran, ahora debemos agregar que dichas reiteraciones tienen lugar en los cuerpos y, al mismo tiempo, es a través de la puesta en práctica o apropiación de las normas que los cuerpos se producen. Las convenciones sociales animan los cuerpos, los cuales a su vez reproducen y ritualizan estas convenciones como prácticas. En este sentido, Butler propone comprender el habitus en su performatividad, en tanto “(…) el habitus se forma, pero también es formativo: por eso el habitus corpóreo constituye una forma tácita de performatividad, una cadena citacional vivida y en la que se cree al nivel del cuerpo” (Butler, [1997a] 1997:250)

Por último, afirmamos que tanto Bourdieu como Butler destacan cierta vinculación entre las prácticas rituales y el poder, a partir de la cual proponen comprender el proceso de naturalización de las estructuras sociales. Por un lado, Bourdieu (1976, [1982] 2008) afirma que las diferencias creadas por el rito de institución lejos de aparecer como el producto de la instauración de un límite arbitrario, se presentan, en cambio, como diferencias legítimas. A partir de ello, dirá el autor, se consagra una doxa, esto es, un cierto ordenamiento social que es considerado legítimo al presentarse como natural, y que, precisamente por ello, cuenta con una adhesión silenciosa. Para Bourdieu, un orden establecido se instituye pues, en el sentido de consagrar, es decir, de sancionar y santificar, a partir de un doble desconocimiento: por un lado, se desconoce el acto mismo de su institución; y, por otro, se desconoce el carácter arbitrario del límite a partir del cual tiene lugar ese estado de cosas. Es así como el acto de institución entendido como acto solemne de categorización que tiende a producir lo que designa, esto es, como acto performativo, produce esencia social. Es sobre la base de las luchas por la imposición de límites legítimos, que son también luchas por el monopolio del poder de hacer ver y creer, conocer y reconocer, imponiendo las definiciones legítimas del mundo social, que según señala el autor se instituyen diferencias sociales como naturales a partir de las cuales se construyen grupos e identidades establecidas y dominadas.

De manera similar, Butler ([1990] 2011, [1993] 2010) argumenta que no es sino a partir de la acción ritual que el orden social y sus sujetos consiguen su efecto de naturalización. Esto es, en tanto efecto de verdad de un discurso de identidad primaria y estable, el orden social se presenta a sí mismo como natural, cuando no es sino resultado de una práctica discursiva de poder variable históricamente. Lejos de ser entonces anterior a la significación, es efecto de una invención discursiva, es el producto de un entramado específico de relaciones de poder que, al ser aceptado como dato primario, logra enterrar y enmascarar las mismas relaciones que lo constituyen. De este modo, queda claro que tanto Bourdieu como Butler elaboran una propuesta teórica que permite pensar la constitución histórica de las estructuras sociales y de sus sujetos como resultado de ciertas prácticas que, atravesadas por entramados de poder y relaciones de fuerza, logran naturalizar aquello que es, en cambio, socialmente construido y, por lo tanto, variable.

Para concluir, afirmamos que es como resultado de la repetición ritualizada y corporizada de prácticas y normas que se puede concebir butlerianamente la constitución, reproducción y naturalización de las estructuras sociales. Pero no es sino mediante la incorporación de la diferencia en la repetición que, como veremos en el siguiente apartado, se completa la teoría butleriana de la acción performativa al incorporar la posibilidad de transformar dichas estructuras.

3.3 El potencial subversivo de la acción performativa

Tal como hemos visto hasta aquí, Bourdieu ([1982] 2008) propone pensar la eficacia del acto performativo como resultado de un signo de autoridad legitimado y reconocido socialmente. Esto significa que para que un acto de habla produzca ritualmente aquello que designa, debe ser enunciado por un locutor cuyo capital simbólico le otorgue autoridad a lo dicho. Queda claro que si bien este autor desarrolla pues una teoría de la performatividad de los actos de habla, ésta no sería efectiva si no fuese por su intrínseca relación con la legitimidad social de las propias prácticas textuales.

Pero si esto es cierto, aún debemos agregar, siguiendo a Bourdieu (1976, [1982] 2008), que para que un enunciado sea subversivo y no simplemente un acto fallido, es necesario que tenga lugar una lucha simbólica en la que un discurso herético intente romper con el orden establecido de la doxa e imponerse como instancia legítima. Este proceso, dirá el autor, supone un primer momento de crisis en que las prácticas se encuentran objetivamente inadaptadas a las condiciones presentes, de manera tal que surgen desfases en los que las conductas parecen ininteligibles. Se trata de un desajuste entre la estructura de posiciones de los campos y el conjunto de disposiciones a actuar que constituyen los habitus. Desajuste que se origina cuando se produce una modificación en la relación de fuerzas de los campos que no está acompañada de una modificación en las disposiciones, de manera que el agente se encuentra enfrentado a condiciones objetivas diferentes de aquellas que constituyeron la instancia de formación del habitus.

Dicha crisis debe dar lugar además a una ruptura herética respecto del orden establecido, así como de las disposiciones y representaciones que éste engendra, quedando temporalmente suspendida la adhesión original y abriendo paso a la denuncia del contrato tácito que define la doxa. De allí que para que se produzca un cambio de orden, dirá Bourdieu, el discurso que caracteriza a la heterdoxia no sólo debe contribuir a romper la adhesión al sentido común de la doxa profesando públicamente la ruptura con ese orden, sino que también debe producir un nuevo sentido, integrando en él las prácticas y experiencias hasta ese momento rechazadas.[12]

A partir de ello, Butler sostiene que al ubicar la condición del éxito de los actos performativos en su participación de la autoridad de la institución, Bourdieu no permite pensar en apropiaciones ilegítimas de los sentidos hegemónicos. El argumento según el cual un acto de habla ejerce autoridad en la medida en que ya ha sido autorizado sugiere que los contextos que autorizan tales actos ya están establecidos y que los actos de habla no sirven para transformar los contextos que los pueden o no autorizar. Dicho de otro modo, al afirmar que el lenguaje sólo puede actuar si está respaldado por el poder social existente, Bourdieu no deja lugar para pensar la posibilidad de apropiarse indebidamente del performativo, hacer un uso impropio que sea capaz de producir un efecto de autoridad sin autorización previa. En este sentido, Butler entiende la propuesta de Bourdieu como una

(….) visión conservadora del acto de habla que, en tanto presupone que las convenciones que autorizan el performativo ya están establecidas, no tiene en cuenta la crisis que produce en las convenciones decir lo que no se puede decir, la fuerza revolucionaria que tiene el discurso censurado cuando irrumpe en el discurso oficial, abriendo el paso a un futuro impredecible (Butler, [1997a] 1997:232).

En este marco, Butler aboga por resignificar los discursos hablando de maneras que aún no han sido legitimadas, y por lo tanto, produciendo nuevas y futuras formas de legitimación. Para ello, la autora propone distinguir entre “estar autorizado a hablar” y “hablar con autoridad”. Y esto porque, según entiende, es perfectamente posible hablar con autoridad sin estar autorizado a hablar. Se trata entonces de incorporar elementos que permitan pensar los performativos no sólo como actos legítimos, sino como formas de agencia que sean capaces de expropiar al discurso dominante mediante la repetición en contextos diversos. Es entonces en la capacidad que tienen estos términos de adquirir sentidos poco comunes donde, según señala Butler, reside su inagotable poder subversivo.

En El grito de Antígona ([2000] 2001), Butler introduce este mismo argumento al sostener que lo que el mito de Antígona pone en evidencia es que incluso aquel que se encuentra excluido de la ley, aquel cuyo accionar no se encuentra legitimado ni permitido (por la ley de Creonte, en este caso) actúa (entierra a su hermano) y, de este modo, introduce una alteración. Más adelante retomaremos este punto para seguir pensando las implicancias que tiene la particular interpretación butleriana sobre este mito para pensar la acción y la transformación.

Por su parte, en Lenguaje, Poder e Identidad ([1997a] 1997) Butler recupera distintas posiciones respecto del debate sobre el discurso de odio y la libertad de expresión y se opone a quienes postulan la necesidad de remover el discurso discriminador del derecho a la libertad de expresión, y consecuentemente censurar este tipo de discurso, como único modo de asegurar la igualdad y el respeto entre los ciudadanos. Antes bien, Butler sostiene que el mejor modo de disputar los intentos de definir, degradar y discriminar determinadas identidades es salvaguardar el carácter incontrolable del significado, dejando abierta la posibilidad para su potencial resignificación por parte de quienes no están autorizados a hablar pero, sin embargo, pueden hablar con autoridad.

Para Butler no puede haber acción sin repetición y, sin embargo, esta misma repetición pone en tela de juicio la identidad que procura, dado que la repetición siempre tiene lugar en el ámbito de la diferencia. Todo acto es en sí mismo una recitación y, en tanto tal, supone siempre una distancia entre la acción que en efecto se está realizando y la regla que está siendo actualizada; Butler dirá entonces que es en esta distancia donde radica, en potencia, la posibilidad de producir un corrimiento tal que permita hacer entrar en una crisis potencialmente productiva la consolidación de las normas. Dicho en otros términos, las acciones subversivas son entendidas como el efecto potencial de aquellas repeticiones que, lejos de reproducir las estructuras sociales, abren paso a reconfiguraciones desestabilizadoras que logran exponer su carácter históricamente construido y excluyente mediante la reintroducción de aquello que fue excluido.

De este modo, la autora desarrolla una teoría de la acción performativa que incorpora la posibilidad de pensar no sólo la producción y reproducción de las estructuras sociales sino también su potencial transformación. Pero allí donde la transformación ya no es entendida, como propone Bourdieu, como el resultado de una lucha por la legitimidad de la palabra, sino antes bien como el efecto de una serie de reapropiaciones y resignificaciones puestas en acto por sujetos cuya palabra no se encuentra legitimada, que no están autorizados a hablar, y que, sin embargo, logran hablar con autoridad. Así, la autora introduce la posibilidad de que aquellos sujetos cuya palabra no es considerada legítima y aquellos cuerpos ininteligibles a los que no se les ha dado la prerrogativa de ser un sujeto, puedan hablar e incluso producir sentidos subversivos respecto del orden hegemónico. Volveremos a analizar las consecuencias teóricas de estas formulaciones para pensar la potencialidad de la concepción butleriana de la transformación social en el capítulo V de esta tesis.

Ahora bien, en Feminist Contentions (1995), Seyla Benhabib argumenta que la teoría butleriana no permite distinguir entre aquellos actos performativos que funcionan como repeticiones de aquellos que funcionan como transformaciones. Entendemos que esta confusión puede ser el resultado del hecho de que tanto los actos performativos reproductores de las normas sociales hegemónicas como aquellos que las subvierten, son repeticiones que difieren de un modo u otro respecto de las normas que intentan repetir. Sin embargo, en esta tesis postulamos que resulta posible diferenciar en la teoría butleriana ciertas repeticiones que reproducen más o menos fielmente la norma de aquellas que logran subvertirla exponiendo su historicidad y las exclusiones que son su producto. Desde este esquema, las primeras serán meras repeticiones, mientras que las segundas serán repeticiones subversivas.

Dicho esto, Butler señala además que para que las repeticiones sean subversivas o transformadoras resulta necesario que éstas mantengan su potencial crítico sin ser domesticadas por el orden hegemónico. De allí que, aquello que sea o no subversivo dependerá del contexto socio-político particular en el que se produzcan los actos performativos y cualquier intento de establecer un criterio general corre el riesgo de ser reincorporado y resignificado por el orden dominante. En otros términos, el hecho de que una acción sea efectivamente reproductora o subversiva del orden dependerá de la forma específica que adopte la repetición en relación a la distancia entre el contexto previo y el actual, o entre la regla y su actualización efectiva. Esto es, la acción performativa por sí misma no es subversiva, pero puede llegar a serlo si logra evitar ser domesticada y puesta nuevamente en circulación como instrumento de hegemonía cultural. De esta manera, Butler inaugura una teoría de la agencia lingüística en la que

(…) el acto de habla en tanto rito de institución, implica que sus contextos nunca están determinados completamente a priori y que la posibilidad de que el acto de habla adopte un sentido no ordinario para funcionar en contextos a los que no pertenecía, es precisamente la promesa política del performativo, una promesa que coloca al performativo en el centro de una política de la hegemonía, una promesa que ofrece un futuro político impredecible para el pensamiento deconstructivo (Butler, [1997a] 1997:259)

A partir de ello, en The Professor of Parody (1999), Martha Nussbaum señala la ausencia de una dimensión normativa claramente formulada en la perspectiva butleriana, y sostiene que aquello se traduce en la imposibilidad de responder qué actos subversivos son políticamente deseables y cuáles no. De manera tal que la subversión puede dirigirse en cualquier dirección. En este mismo sentido, en Feminist Contentions (1995), Nancy Fraser postula que la propuesta elaborada por Butler no permite distinguir entre un cambio positivo y uno negativo, de manera tal que resulta imposible determinar el carácter subversivo o conservador del retorno de lo excluido en la resignificación. Así, dirá Fraser, Butler parece valorizar el cambio en sí mismo, ya sea empoderador o reaccionario y opresivo, subordinando el momento normativo.

Acordamos con Nussbaum y Fraser en que existe un vacío en la propuesta de Butler que impide determinar a priori qué debe ser considerado subversivo. Tal y como lo expone en el Prefacio de 1999 incluido en El género en disputa ([1990] 2011), donde la autora responde a distintas críticas que ha recibido por la publicación de dicho libro:

No me propongo formular juicios sobre lo que distingue lo subversivo de lo no subversivo. No sólo creo que tales juicios no se pueden hacer fuera de contexto, sino que también pienso que no se pueden formular de forma que soporten el paso del tiempo (…) Las prácticas subversivas corren siempre el riesgo de convertirse en clichés adormecedores a base de repetirlas y, sobre todo, al repetirlas en una cultura en la que todo se considera mercancía y en la que la subversión tiene un valor de mercancía. Obstinarse en establecer el criterio de lo subversivo siempre fracasará, y debe hacerlo (Butler, [1990] 2011:26)

Desde esta perspectiva, podemos decir entonces que no hay ninguna práctica social que sea sustancialmente subversiva o reproductora del orden social, así como tampoco ninguna es en sí misma empoderadora u opresiva, progresista o reaccionaria. En este sentido, Butler se opone a configurar un marco normativo a partir del cual sea posible distinguir entre acciones subversivas y reproductoras del orden social, y propone más bien una distinción formal que luego deberá incorporar en cada caso un análisis complementario del contexto socio-histórico particular en el que tenga lugar dicha acción. Pero lejos de entender esto como una falencia, postulamos que es precisamente la falta de fundamentos normativos universales lo que abre paso a la posibilidad de elaborar una teoría y una práctica política siempre alertas a las exclusiones que operan en un sistema hegemónico determinado.

Ahora bien, en sus posteriores publicaciones, fundamentalmente a partir de Deshacer el género ([2004a] 2005) y Dar cuenta de sí mismo ([2005] 2009), Butler presenta un horizonte ético para la política de izquierda que consiste en reformular los marcos de inteligibilidad de las vidas vivibles mediante una política de la no violencia orientada al reconocimiento de la vulnerabilidad común, a partir de la cual propone distinguir las prácticas subversivas consideradas políticamente deseables de aquellas indeseables. En este sentido, entendemos que Butler logra dar respuesta a la crítica elaborada por Nussbaum y Fraser. Nos abocaremos a ampliar esta cuestión en el capítulo V de esta tesis.

4. A modo de conclusión

En este capítulo nos hemos abocado a rearticular lo que consideramos es la teoría butleriana de la acción performativa.

Para ello, en primer lugar, hemos expuesto el modo en que Judith Butler entiende la performatividad recuperando algunas de sus principales antecedentes teóricos en este punto, a saber: la teoría de los actos de habla de Austin, la noción de iterabilidad expuesta por Derrida, la teoría foucaultiana del poder y algunos postulados del psicoanálisis lacaniano. Más aún, en esta tesis argumentamos que es a través de la crítica derrideana a la teoría austiniana de los actos de habla que Butler logra poner en diálogo la tesis foucaultiana sobre el carácter inmanente del poder-saber y la tesis lacaniana sobre el carácter constitutivo de la falta, en torno a su propia teoría de la acción. En este marco, hemos propuesto concebir la acción performativa como un acto de poder que no sólo produce lo que nombra sino que produce del mismo modo lo que queda fuera como su exterior.

Luego hemos producido un abordaje diferencial de la perspectiva butleriana respecto de algunos postulados de la teoría de Pierre Bourdieu. En este sentido, concluimos que Butler se distancia de la propuesta bourdiana al desligar la capacidad de acción del poder social que la legitima, abriendo así paso a la posibilidad de que quienes no están autorizados a hablar puedan, sin embargo, hablar con autoridad. Es entonces a partir de su perspectiva sobre la performatividad que Butler logra articular una teoría sobre la acción social que permita dar cuenta tanto de los procesos de producción, reproducción y naturalización de las estructuras sociales, como de la posibilidad de producir una apropiación ilegítima de la norma que abra paso a la transformación. Por un lado, hemos visto que es como resultado de un proceso continuo de repetición ritual en el cual las prácticas se encuentran más o menos ajustadas al contexto previo o, incluso podemos decir, a las reglas sociales de un orden hegemónico dominante, que tiene lugar la reproducción social de las estructuras. Por otro lado, debemos agregar, que en este mismo proceso puede producirse una repetición cuya distancia con el contexto previo o la regla que pretende actualizar sea desarticuladora y, por lo tanto, logre subvertir o transformar a las estructuras sociales.

A partir de ello, en esta tesis postulamos que la teoría butleriana de la acción performativa comparte un mismo horizonte con aquellos autores y autoras que han desarrollado un abordaje relacional del problema de la estructura y la acción: evitar recaer en el objetivismo y en el subjetivismo. Más específicamente, argumentamos que es a partir del carácter iterable de la repetición que la teoría butleriana de la performatividad logra escapar tanto al voluntarismo de la acción como al determinismo de las estructuras.

Al concebir el acto performativo como una serie de repeticiones y resignificaciones cuyo origen y fin no son fijos ni se pueden fijar, se entiende que si bien puede existir una intencionalidad que anime la acción, ésta nunca logra reproducir fielmente aquello que pretende. Antes bien, la acción tiene efectos más allá de la intención del actor y de su motivación original. En otras palabras, la categoría de intención y la noción de agente ya no deben ser comprendidas como fuentes o principios causales de la acción; sino que la acción es el resultado de la repetición de ciertas normas sociales, y al agente es, al mismo tiempo, un efecto de la acción y el lugar donde ésta ocurre. De este modo, Butler incorpora a la acción performativa la capacidad de ser citada contra sus propósitos originales y producir incluso una inversión de sus efectos. Postulamos entonces que es precisamente en el carácter contingente del accionar performativo donde radica la principal barrera respecto del voluntarismo.

Por otra parte, tampoco sería justo afirmar que la citacionalidad de la acción determina completamente el comportamiento de los sujetos. Más bien, sostenemos que es la diferencia que conlleva toda repetición lo que provee un espacio para la resistencia y la transformación social. Dicho todavía en otros términos, es precisamente la infinita variabilidad de la repetición siempre en contextos diversos, la falta de un fundamento final o único, lo que abre paso a la posibilidad de la acción subversiva. En este sentido, postulamos que la teoría butleriana permite pensar el modo en que la interrupción eventual y la proliferación diferencial de los regímenes reguladores resultan posibles sin negar la determinación parcial de las estructuras entendidas como cristalización de las relaciones de poder. Se trata entonces de comprender el carácter constrictivo y capacitador de las estructuras sociales que, por un lado, reproducen determinada interpretación del mundo y, por otro, se encuentran abiertas a la contingencia.

En este punto, nos oponemos a las lecturas de autores como Bourdieu ([1998] 2000), Copjec, (2006b); Benhabib (1995), Mc Nay (2000), Nussbaum (1999) Amorós (2005) y Boucher (2006), que destacan cierto sesgo voluntarista o determinista en la teoría butleriana. Antes bien, en esta tesis coincidimos con la propuesta de Sabsay (2011, 2012), Salamon (2010, 2014), Femenías (2000, 2003) Lloyd (2007), Vasterling (1999), Burgos Díaz (2012), Pérez Navarro (2008), entre otros, quienes argumentan que la teoría butleriana se encuentra en una posición intermedia entre el voluntarismo de la acción y el determinismo de las estructuras. Estar sujetos a reglas no implica estar determinados completamente, pero lo contrario tampoco es cierto, la posibilidad de introducir corrimientos respecto de la regla no supone estar en una posición absolutamente libre para elegir las normas simbólicas que nos forman. Consideramos que es entonces en este marco que la teoría butleriana de la acción abre un espacio de autonomía relativa del sujeto respecto de las estructuras. Volveremos a este punto en el capítulo IV, una vez que hayamos expuesto la teoría butleriana de las estructuras simbólicas.


  1. En este punto, cabe destacar los desarrollos de Gilles Deleuze ([1968] 2002) respecto de las nociones de diferencia y repetición. Si bien no constituye el objetivo de esta tesis, consideramos que sería interesante explorar la influencia de dichas elaboraciones, así como su articulación con las tesis derrideanas, en la obra de Butler. Queda planteado el horizonte de trabajo para futuras investigaciones.
  2. En este sentido, una de las hipótesis fundamentales que presenta Foucault en Historia de la sexualidad I ([1976] 2009) consiste en sostener que la afirmación de una sexualidad reprimida y sometida va aparejada al énfasis de un discurso destinado a decir la verdad sobre el sexo. Lejos de tratarse de un puro y simple llamado al silencio, más bien lo que se ha venido configurando es una verdadera multiplicación de los discursos en torno y a propósito del sexo. Se trata pues de una sociedad que habla con prolijidad de su propio silencio, que se vuelca a hablar del sexo poniéndolo de relieve como el secreto. De este modo, el sexo se convierte en algo que debe ser dicho exhaustivamente según múltiples dispositivos discursivos. “Desde el imperativo singular que a cada cual impone transformar su sexualidad en un permanente discurso hasta los mecanismos múltiples que, en el orden de la economía, de la pedagogía, de la medicina y de la justicia, incitan, extraen, regulan e institucionalizan el discurso del sexo, nuestra sociedad ha requerido y organizado una inmensa prolijidad” (Foucault, [1976] 2009:35).
  3. Cabe destacar que si bien en sus primeras publicaciones Butler elabora una lectura sobre la teoría foucaultiana que se encuentra centrada exclusivamente en la concepción del poder-saber que exponemos en este apartado; es sobre todo a partir de Dar cuenta de sí mismo ([2005] 2009), que la autora incorpora textos posteriores de Foucault para pensar el modo en que operan las prácticas de sí en la auto-constitución del sujeto. Retomaremos este aspecto de la teoría foucaultiana y su recuperación butleriana más específicamente en el capítulo IV de esta tesis.
  4. Es en este mismo sentido que, como veremos en el capítulo III y IV de esta tesis, Butler ([1990] 2011) destaca una doble valencia del poder. Esto es, siguiendo la caracterización elaborada por Foucault ([1975] 2008c) sobre la representación jurídico-discursiva del poder y su concepción microfísica, Butler argumenta que el poder produce y excluye sentidos y sujetos. En este punto, cabe destacar que la lectura butleriana sobre la concepción foucaultiana del poder está lejos de ser ortodoxa.
  5. Para una reconstrucción detallada de la teoría lacaniana sobre el lenguaje y sus implicancias sobre su teoría del sujeto, ver: Rifflet-Lemaire (1971), Dor (1987), Stravakakis (2007).
  6. A lo largo de su obra, Jacques Lacan formula tres registros fundamentales: lo Imaginario, lo Simbólico y lo Real. En este punto, sólo nos interesa destacar que la tesis lacaniana sobre la falta se encuentra relacionada al registro de lo Real; sin embargo, en el próximo capítulo, nos dedicaremos a analizar más específicamente el modo en que, según entendemos, dichos registros son recuperados y reformulados por Judith Butler.
  7. Para ver el modo en que estos textos se conjugan en la versión de la performatividad sistematizada en El género en disputa ([1990] 2011), ver De Mauro Rucovsky (2016).
  8. Para abordar el modo en que, según señala Judith Butler, esta dicotomía se hace evidente en la política de izquierda al distinguir entre la lucha de clases y los movimientos “meramente culturales”, ver Merely cultural (Butler, 1998). Dicho artículo abre paso a un diálogo fructífero con Nancy Fraser, quien en respuesta escribe Heterosexism, Misrecognition and Capitalism: A response to Judith Butler (1997). Para un análisis sobre este debate y sus implicancias para el lugar del feminismo y la teoría queer en la transformación social y política, ver Bacci; Fernández Cordero; Oberti (2003).
  9. Algunos trabajos que se abocan a analizar la relación entre la perspectiva butleriana y la teoría bourdiana son: En el capítulo 2 de Gender and Agency (2000), titulado “Body, Position, Power: Bourdieu and Butler on agency”, McNay presenta las principales categorías de ambos autores y concluye que el trabajo de Bourdieu resulta más compatible con lo que ella considera es un paradigma generativo mientras que el constructo teórico de Butler se corresponde antes bien con un paradigma negativo. Si bien en esta tesis no coincidimos con la lectura que esta autora desarrolla respecto de la teoría butleriana, consideramos que el contrapunto que realiza entre ambos autores y la lectura de las principales nociones de Bourdieu resulta productiva para seguir pensando la relación entre ambos constructos teóricos. Asimismo, para una recuperación sobre la crítica de Butler a Bourdieu y sobre la crítica de Bourdieu a las performances paródicas butlerianas, ver el capítulo 3 de Del texto al sexo (2008) de Pérez Navarro, titulado “Políticas (pos)identitarias”.
  10. Cabe destacar que Bourdieu ([1982] 2008) no acuerda con esta lectura. Para este autor, la debilidad de la teoría de Austin consiste precisamente en entender el poder de las palabras prescindiendo de los usos del lenguaje, es decir, de las condiciones sociales de utilización de los enunciados. Se trata, según señala Bourdieu, de un intento por buscar en el lenguaje el principio de la lógica y la eficacia del lenguaje de institución: tal, dirá el autor, es el error cuya más cabal expresión nos proporciona Austin.
  11. Bourdieu define la hexis corporal como “(…) la mitología política realizada, incorporada, convertida en disposición permanente, manera duradera de mantenerse, de hablar, de caminar, y, por ello, de sentir y de pensar (Bourdieu, [1980] 2007:119) Aún más: “la hexis corporal habla directamente a la motricidad, en tanto que esquema postural que es a la vez singular y sistemático, porque es solidario con todo un sistema de objetos y está cargado de un cúmulo de significación y de valores sociales” (Bourdieu, [1980] 2007:126).
  12. Bourdieu (1976, [1982] 2008) destaca además que toda tentativa para instituir una nueva división tiene que contar con la resistencia de quienes ocupan la posición dominante en el orden establecido y tienen pues el interés en la perpetuación de una relación dóxica con el mundo social. “Dicho con otras palabras, los dominantes se unen entre sí con el consenso, acuerdo fundamental sobre el sentido del mundo social convertido así en mundo natural, dóxico fundado en el acuerdo sobre los principios de la división.” (Bourdieu, [1982] 2008:99) Así pues, a la crítica herética responde la ortodoxia como intento de los dominantes de restaurar el silencio de la doxa por medio de un discurso que, impregnado de la simplicidad y la transparencia del sentido común, caracterizado por la retórica de la imparcialidad, la neutralización y la naturalización del orden social, intenta anular la política en un discurso político despolitizado.


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