Siempre defendí la importancia de reconocer el carácter social de la producción de conocimiento, quiero decir, aquello que se presenta como un trabajo intelectual individual en realidad condensa una trama de sentidos construidos colectivamente mediante múltiples intercambios, retroalimentaciones y producciones compartidas. Esta tesis, como todo proceso de producción de conocimientos, es un producto colectivo. Si bien consistió en un profundo trabajo personal, por momentos por demás solitario, no puedo dejar de pensarlo como un producto –o un proceso en realidad– que precisó de la participación de muchos seres, principalmente si considero que es resultado de un camino relativamente largo que excede claramente al momento de su escritura.
Por tanto, la gratitud es inmensa. Son innumerables las personas y colectivos que debo agradecer por haber aportado –sabiéndolo o no– a este proceso. Sin embargo, cabe la tarea de destacar el aporte y la contribución de algunas personas y grupos en particular, aun sabiendo que posiblemente seré injusta u olvidaré la mención de otras. En primer lugar, quisiera agradecer a Norma Giarracca, como también a Miguel Teubal, que generosamente y con gran lucidez han sabido compartir el entusiasmo comprometido por este oficio que es la investigación social en el ámbito rural. Norma –que lamentablemente ya no está con nosotros/as– fue quien me invitó a ser parte del Grupo de Estudios Rurales (GER) y del Grupo de Estudios de los Movimientos Sociales de América Latina (GEMSAL) del Instituto de Investigaciones Gino Germani (IIGG-UBA), espacios que me han permitido desplegar y aprender en el compartir la tarea de investigar. A mis compañeros/as del GER GEMSAL va un especial agradecimiento por estar allí presentes, con la escucha, la inquietud y el compromiso que implica compartir proyectos de investigación y espacios colectivos de trabajo. Asimismo, al IIGG y a la UBA quiero agradecerles fuertemente porque han cumplido el rol de contención institucional necesaria para avanzar en esta tarea.
Quisiera destacar los aportes de gran cantidad de colegas que han nutrido con sus miradas, intercambios y retribuciones, en especial a quienes compartimos la construcción del Grupo de Trabajo CLACSO “Pueblos indígenas, autonomías y derechos colectivos” como Araceli Burguete Cal y Mayor, Pabel López Flores, Sarela Paz Patiño, Fátima Monasterio Mercado, Waldo Lao Fuentes Sanchez, Diana Itzu Gutiérrez Luna, Ana Alfinito Vieira, Fabio Alkmin, Salvador Schavelzon, Orlando Aragón Andrade, Santiago Bastos Amigo, Natalia Boffa, Elisa Cruz Rueda, Blanca Fernández, Sebastián Levalle, Malely Linares Sánchez, Rafaela Nunes Pannain, entre otros/as colegas. Asimismo, a Milson Betancourt, Carmen Cariño y Mercedes Solá Pérez, del Grupo de Trabajo CLACSO “Territorialidades en disputa y r-existencia”.
Del mismo modo, agradecer a compañeros/as con quienes nos hemos cruzado en el camino, ya sea por los Valles Calchaquíes o por territorios catamarqueños y que han aportado a pensar parte de los procesos abordados en la tesis. Allí quisiera destacar a Victoria Sabio Collado, Liz Rivadeneira, Ester Ríos, Julieta Yañez, la Asociación Civil Bienaventurados Los Pobres (en especial a Claudia Martínez, Santiago Machado Aráoz, Sebastián Pinetta y Patricia Agosto). También a compas como Darío Aranda, Belén Verón y Mario Bazán con quienes compartimos el compromiso con las luchas campesinas e indígenas y que hacen parte de estas construcciones.
La escritura de la tesis en sí ha sido un trabajo artesanal, y en esta artesanía intelectual –en términos de Wright Mills– tuvieron una participación más que fundamental mis directores, Juan Wahren y María Gisela Hadad, con quienes tengo la fortuna de compartir no sólo espacios laborales, sino también una amistad. Un gracias enorme a ellos por el acompañamiento, el aliento incondicional y la lectura atenta que hicieron posible lograr este objetivo que por momentos parecía inalcanzable.
En lo personal quisiera agradecer a mi papá y a mi mamá, por estimular desde pequeña mi curiosidad y por su profunda confianza en todo lo que emprendiera. También a mis hermanas, Mariana e Inés, con quienes venimos transitando épocas de dificultades y alta demanda de cuidados y dedicaciones. A Eva e Ivana que han colaborado en su rol de abuela y tía en momentos fundamentales. A mis amistades de la vida y a las más recientes, que me sostienen muchas veces a pesar de largas distancias que nos separan: Julia, Valeria, Lucila, Magalí, Dana, Clara, Blanca, Mabel, Walter, Mónica y Ricardo.
A mi compañero de vida, Sergio, que fue pilar fundamental en todo momento, acompañando paso a paso mi andar. A las pequeñas Maitena y Jacinta, que han sabido acompañar y ser parte de este arduo trabajo, incluso desde el juego y las travesuras.
Finalmente, un agradecimiento infinito va dedicado a las comunidades diaguitas que me han recibido como parte de su familia, y con quienes compartimos luchas y esperanzas. A las autoridades comunitarias, delegados/as de base, agentes sanitarios indígenas y comuneros/as, en especial a doña Guilla, don Carlos, don Raúl, Hernán, José, Jorgelina, Antonio, Nelly, Milagro, Noelia, Adela, Víctor, Chabelo, Hilda, Martín, Sergio, Rolando, de quienes aprendo día a día. A toda la Unión de Pueblos de la Nación Diaguita de Catamarca, gracias por su sabiduría, su lucha y su construcción territorial.
Y a la Pachamama, también gracias.







